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IZARD, Miquel: Patagonia. Crónica de un viaje. Madrid, Catarata, 2011, 206 Págs., I.S.B.N. 978-84-8319-605-2.

 

        El autor declara haber cruzado el charco en más de cuarenta ocasiones, sin embargo, el viaje a la Patagonia argentina, desde Trelew a Usuahia, en 2009 fue especial. Había viajado a Buenos Aires para impartir un curso de Maestría, aprovechando la ocasión para visitar esta atractiva región austral. Dicha experiencia la usa como excusa para trazar una historia sucinta del país, desde su conquista por los españoles hasta la actualidad. Eso sí, se trata de una historia diferente, crítica, tratando de ver lo que hay detrás de la apariencia, iluminando lo que hay debajo de los silencios, en definitiva, con el sello característico de los estudios de este genuino historiador catalán.

La progresiva llegada de los europeos fue pareja a la disminución drástica de los nativos: tehuelches, mapuches, onas, yámanas, etc. Se remonta el autor a la época de la Conquista de la que dice que, pese a su barbarie, solo afectó a una pequeña porción del territorio. En el resto se mantuvo un cierto grado de libertad, conviviendo grupos nativos con inmigrantes de muy diverso tipo: negros cimarrones, minorías étnicas y hasta homosexuales que huían del clima irrespirable creado por la España inquisitorial. En la Patagonia vivían lo que el profesor Izard llama “naciones armónicas”, cuya base era la autosuficiencia, la reciprocidad, la solidaridad y la cooperación, siendo sus órganos políticos eran asamblearios. Y aunque los europeos los tildaron de bárbaros, vivían en completa sintonía con la madre naturaleza, entre otras cosas porque en ello les iba su propia supervivencia.

Sin embargo, si el daño provocado durante la colonia fue grave, el perpetrado por los criollos tras la Independencia fue aún peor y además irreversible. El pensamiento anti-nativo se convirtió en doctrina oficial en la Argentina contemporánea, justificando el genocidio el destierro y el saqueo. Por poner un ejemplo significativo, en un libro de geografía, aprobado como texto escolar por el Ministerio de Educación, y escrito en 1926 por el profesor Eduardo Acevedo Díaz, se podía leer lo siguiente:“La Republica Argentina no necesita de sus indios. Las razones sentimentales que aconsejan su protección son contrarias a las conveniencias nacionales”.

        Pero retomando el relato de la Patagonia, afirma el autor que cuando se divisan aquellas llanuras inabarcables afloraran todo un cúmulo de sensaciones, intuyendo que detrás de aquellas llanuras inabarcables, de aquellos vacíos y de aquellos silencios había cosas, historias y vidas por descubrir. Fue el cronista italiano Antonio Pigafetta quien bautizó el territorio por primera vez como región Patagona, popularizándose el uso de Patagonia en el último cuarto del siglo XVIII. Desde la Independencia fueron usurpadas todas las tierras y exterminados casi todos sus habitantes originarios ya que no se adaptaban bien a la explotación laboral del mundo capitalista. Las tierras fueron adquiridas por grandes empresas o grandes latifundistas que las emplearon para la ganadería ovina extensiva, sustituida por la vacuna y la agricultura del cereal desde mediados del siglo XIX. El sobrepastoreo fue insostenible provocando la desertización. Se ubicaron en Tierra de Fuego varios presidios penales, sobre todo el de Usuahia, considerado un verdadero Guantánamo de la primera mitad del siglo pasado. Al parecer, fugarse era impensable, y en caso de ocurrir no existía posibilidades de sobrevivir fuera por las inmensos territorios helados que había que recorrer. Hasta su cierre el 21 de marzo de 1947 se perpetraron allí todo tipo de crímenes de estado: homicidios, lesiones, violaciones, estupros, etc. como denunció en 1934 el diputado Manuel Ramírez en una visita al penal.

En la actualidad la región se beneficia del turismo masivo, que a medio plazo puede resultar insostenible. Los Parques nacionales sumaban en 2005 más de tres millones y medio de hectáreas, repartidas en 33 áreas, existiendo además otros 250 predios protegidos. El castor, un roedor semiacuático originario de América del Norte y Eurasia, fue introducido desde Canadá a mediados del siglo pasado, convirtiéndose en una verdadera plaga. La tierra ha sido adquirida por grandes firmas, como la Benetton de la que se decía en 1997 que poseía en la zona cerca de 900.000 hectáreas. En sus costas se han producido decenas de naufragios ya que, antes de la construcción del Canal de Panamá, la Tierra de Fuego, era ruta obligada para los barcos que pretendían cruzar del Atlántico al Pacífico. Cientos de barcos, y en no pocos casos los cadáveres de sus tripulantes, yacen en las soledades del fondo marino. Y todo ello en la actualidad con el agravante de los vertidos de combustibles que generan los navíos que transitan o que naufragan. En noviembre de 2007, el “Explorer”, un crucero turístico, se hundió en la Antártida, y aunque sus pasajeros fueron rescatados, vertió 185.000 litros de combustibles que dejaron una mancha de 40 km2 en una zona que está declarada reserva natural de la humanidad. En definitiva, un precario equilibrio que la masificación turística y la sobreexplotación amenazan con destruir.

El maestro Izard nos acerca, con su eterna mirada crítica y su aguda labor investigadora, el pasado y el presente de la Patagonia argentina, un territorio enigmático y atractivo, pero también extremadamente frágil.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS