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IZARD, Miquel: El miedo a la revolución. La lucha por la libertad en Venezuela 1777-1830. Caracas, Centro Nacional de Historia, 2009, 251 págs.

 

        El autor se centra en el largo periodo de más de medio siglo en el que Venezuela se estremeció por la revolución de Independencia, desde los primeros alzamientos a la segregación de la Gran Colombia. Hay dos partes bien diferenciadas: una primera en la que analiza la estructura socioeconómica previa a la Independencia y que explica el papel que cada clase jugó en el proceso. Y otra, en la que profundiza en el proceso independentista en sí y en el posicionamiento de cada clase social en función a sus intereses. Todo ello convirtió el proceso en una verdadera guerra civil en la que al tiempo que se dirimía la segregación de la metrópoli se producía una lucha entre la oligarquía cacaotera –también llamado mantuana- y la extensa clase subalterna, formada fundamentalmente por negros y mulatos.

        A lo largo del siglo XVIII Venezuela se había especializado en el cultivo del cacao que exportaba masivamente a Nueva España, a la metrópoli y, mediante el contrabando, a otros lugares de Europa. Este último comercio ilícito aumentó a partir del decreto de libre comercio de 1789. Pero de este comercio se beneficiaba una parte muy pequeña de la población, pues solo el uno por ciento poseía la mayor parte de los cacaotales del País. La minoría blanca apenas superaba el veinte por ciento de la población, y pese a su escaso número, mantenía intereses clasistas muy diferentes. Los campesinos pobres y los llaneros veían a la oligarquía mantuana con recelo, al tiempo que interpretaban que la metrópoli los protegía del exceso de ambición de esta élite. Pero incluso entre la oligarquía criolla había dos grandes grupos: los conservadores que pretendían mantener a toda costa la esclavitud y, temiendo los posibles beneficios que los aherrojados podían conseguir de la lucha armada, se alinearon junto al bando realista, es decir, del lado de los que defendían que Venezuela permaneciera dentro de la estructura del imperio, con un mayor o menor grado de autonomismo. Y los radicales, partidarios de la independencia que fueron paulatinamente ganando peso, aunque sin hacer apenas concesiones sociales a la clase subalterna. Eso le costó caro a la primera república que sucumbió a los realistas, apoyados por la mayoría de color de la isla que veía en los criollos a su adversario. Para colmo, un terremoto que azotó duramente Venezuela el 26 de abril de 1811 fue aprovechado por la Iglesia, y en particular por el arzobispo de Caracas Coll y Prat, para atribuir el mismo a un castigo divino contra los independentistas. Estos, llamados patriotas, quedaron muy mermados, al tiempo que el capitán Domingo Monterde, con un pequeño ejército traído desde Puerto Rico, entraba en Caracas sin apenas resistencia. Los independentistas capitularon a cambio de conservar la vida. Pese a lo pactado, la represión fue brutal, llenándose las cárceles de patriotas al tiempo que se les confiscaban sus tierras.

La ofensiva de los insurgentes prosiguió aunque se encontraron con un ordenado bando realista, dirigido por el asturiano José Tomás Boves y reforzado, desde 1815, por el general Pablo Morillo, enviado desde España. A finales de este año, toda Venezuela estaba bajo dominio realista; la contrarrevolución había triunfado.

Bolívar entonces maniobró inteligentemente, ofreciendo la libertad a los esclavos para ganar apoyos. Asimismo, centró sus esfuerzos en la liberación de Colombia, controlando en breve la ciudad de Bogotá. En pocos años pasaría a la ofensiva en Venezuela, librando la batalla final en Carabobo el 24 de junio de 1821. Los españoles quedaron reducidos a la plaza de Puerto Cabello hasta que, dos años después, no quedaron ya tropas realistas en la zona.

        Tras varias décadas de lucha, Venezuela había quedado totalmente asolada y para colmo en breve se produciría la ruptura de Gran Colombia porque la oligarquía venezolana interpretaba que sus intereses estaban muy alejados de los de los colombianos.

        La conclusión del profesor Izard es contundente, titulando el epígrafe muy gráficamente: “de la dependencia a la dependencia”. El egoísmo de la élite mantuana, incapaz de hacer la más mínima concesión, provocó que la Independencia no contribuyera al cambio social, negando cualquier transformación de la estructura socioeconómica del país. La nueva república se estructuró de acuerdo a sus propios intereses de clase. Se mantuvo inalterado el modo de producción y el sojuzgamiento de la clase subalterna. Dejaron de depender de España y pasaron a hacerlo de terceros países como Inglaterra o los Estrados Unidos de América. La traición de la burguesía, fue en el caso de Venezuela, la de la oligarquía terrateniente sobre el resto de la estructura social. Y así sigue Venezuela, “de aquellos polvos estos lodos”.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS