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MIRA CABALLOS, Esteban: “De la Formación del Espíritu Nacional a la Educación para la ciudadanía: un estudio comparado”. Badajoz, Editorial Anthropiqa 2.0, 2017, 200 págs. ISBN: 9780244603762.

 

Desde los orígenes de la civilización la escuela ha sido un elemento básico de socialización, de formación y de cohesión del colectivo. Todas las civilizaciones han considerado prioritario instruir a sus jóvenes en sus más profundas convicciones socio-políticas. Ningún régimen político ha renunciado a la instrucción educativa, pues, han sido conscientes de su importancia para garantizar la paz social. Ningún régimen político ha renunciado al adoctrinamiento educativo, pues, han sido conscientes de su importancia para garantizar la paz social. Ya en la antigüedad clásica se entendió la escuela como el reflejo de la sociedad. De hecho, Aristóteles decía que el ciudadano ateniense debía ser formado íntegramente, es decir, “físicamente, intelectualmente, estéticamente y moralmente”.

En la Edad Moderna la educación estuvo controlada por la Iglesia y el Estado pero era una escuela elitista, limitada a un puñado de privilegiados. El grueso de la población se instruía y educaba en el propio seno familiar. Ya en la Edad Contemporánea con la universalización progresiva de la enseñanza, la escuela cambió. La asumió plenamente el Estado y asumió asimismo el carácter instructor y educador que antaño tuvieron las familias.

En España, aunque la Ley Moyano de 1857 estableció la educación universal hasta los 9 años, lo cierto es que nunca hubo una verdadera intención política de ponerlo en práctica. Fue la II República, a partir de 1931, cuando se intentó su aplicación, democratizando la escuela, duplicando el número de centros educativos y adjudicando por primera vez al Estado, la responsabilidad de la educación (Flores Tristán, 2005: 33-34).

Tras el Alzamiento de 1936 el franquismo supuso una ruptura en la línea democratizadora y modernizadora iniciada durante la II República. Como escribió Carlos Alberto Montaner, el general Francisco Franco fue el contrarreformista más evidente, obvio, exitoso y tenaz de toda la Historia de España (1990: 38). Obviamente, a nivel educativo, lo primero que hizo el franquismo fue desmontar rápidamente la escuela republicana para crear un nuevo sistema adoctrinador que sirviera a su ideología. El franquismo asumió desde un primer momento la idea falangista de la revolución social, para ello montó una verdadera contrarrevolución educativa. Su revolución social sólo se podía llevar a cabo a medio plazo, educando a los jóvenes en la ideología nacionalcatolicista. Lo primero que hizo el régimen fue depurar el cuerpo docente, desde los maestros de educación primaria hasta los catedráticos de Universidad. Todos los sospechosos de ser de izquierdas, republicano o simplemente liberal fueron depurados. Pero la cosa no quedó ahí; a la caza de brujas siguió el expurgo de las bibliotecas escolares, eliminando todas aquellas publicaciones que no fuesen acordes con los nuevos ideales Nacionalcatolicistas. Todo ello, se completó con una férrea censura sobre las publicaciones, los periódicos, el cine, la televisión, el teatro, etcétera (Flores Tristán, 2005: 71). La democratización y la universalización de la escuela, implantada por la II República eran ya agua pasada. La nueva educación se basaría en una visión conservadora y patriótica de la historia nacional. La Institución Libre de Enseñanza fue condenada e intelectuales como Bosch Gimpera y Altamira tuvieron que exiliarse. Y la dictadura duró tanto que en muchos casos se fueron para no regresar nunca. El mismo Franco aseguraba que desde tiempos de Felipe II todo había ido mal, especialmente en el siglo XIX con el liberalismo. Él recuperaría España para su destino universal (Fontana, 2001: 257-259).

Una vez desmontado el espíritu liberador y democrático de la escuela republicana, el nuevo régimen comenzó su proyecto de adiestramiento de los jóvenes en los nuevos valores dominantes, es decir, en la ideología falangista y nacionalcatolicista. En 1944 escribió el inspector Alejandro Manzanares que la escuela debía ser una prolongación del hogar, una continuación de la familia. Y poco después, refiriéndose a la asignatura de religión, destaca su importancia no solamente para mantener las seculares tradiciones católicas de España sino también llevar a nuestra querida Patria al cumplimiento providencial de sus destinos imperiales. En 1968 Alfredo Gosálbez Celdrán escribió que la educación busca el desarrollo de las facultades morales, intelectuales y físicas del joven, que son necesarias para el cumplimiento de sus fines sociales y humanos (1968: 30).

El estudio comparado de la asignatura de la escuela franquista la Formación del Espíritu Nacional y de la Educación para la Ciudadanía permite al lector alcanzar una conclusión: la primera adoctrinaba en valores autoritarios, procedentes del ideario falangista y la otra formaba en valores democráticos, extraídos básicamente de la Declaración de los Derechos Humanos de 1948 y de la Constitución Española de 1978.

           Vivimos en un mundo hostil, peligroso y violento. Está claro que la única forma de revertir esta situación pasa por el conocimiento, el diálogo entre iguales y la defensa de los valores ilustrados de la libertad, la igualdad y la fraternidad. De hecho, si algo caracteriza a las actitudes xenófobas o integristas es la ausencia de diálogo y la falta de respeto a las opiniones ajenas.

 

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