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EL PASADO NO EXISTE. ENSAYO SOBRE LA HISTORIA

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SERNA, Justo: “El pasado no existe. Ensayo sobre la Historia”. Madrid, Punto de Vista Editores, 2016, 226 págs. I.S.B.N.: 9788415930334


           Justo Serna nos presenta un ensayo en el que trata de divulgar su idea del pasado, de la historia y del oficio de historiador. Empieza contextualizando su texto en el mundo actual, en una realidad en el que todo está en continua evolución y el bombardeo continuo de información nos ahoga, creando una sensación generalizada de zozobra. En este contexto, el historiador debería jugar un papel clave como indagador del pasado.

La historia no es una disciplina inútil, dedicada a rescatar curiosidades del pasado, como algunos han pretendido. Muy al contrario, tiene una importantísima función social. No en vano, la palabra historiador viene de la raíz “histor” que en griego significa “el que ve, el que sabe el que cuenta porque sabe”. La historia debe ser una maestra de vida, pues al analizar el pasado nos permite conocer sus errores y construir un presente y un futuro más justo. Y sin esa función transformadora del presente la historia no tiene ningún sentido.

Este pasado, como afirma Justo Serna, no existe, va progresivamente desapareciendo cuando van muriendo sus protagonistas. Sin embargo, nos quedan sus vestigios, más o menos abundantes, dependiendo de la época. Y como diría Lucien Febvre, esos materiales constituyen precisamente “el polen milenario” con el que los historiadores escriben la historia. Y eso es lo que hacemos exactamente, reconstruir ese pasado extinto a través de las fuentes que nos han quedado.

El problema es que cualquier persona no está cualificada para interpretar esos vestigios del pasado. Todos los documentos tienen algún sesgo, porque responden a alguna intencionalidad o a intereses particulares. También los recuerdos de las personas, están tamizados por su propia experiencia personal y por el carácter selectivo de la propia memoria. Como bien dice el profesor Serna todos tenemos pasado, y eso condiciona nuestros recuerdos. Lo cierto es que como ya escribió hace varias décadas Jacques Le Goff no hay documento inocente. Es por eso por lo que el historiador debe ser ese profesional cualificado que analice científicamente esos materiales. Unas fuentes que deben ser lo más amplias posibles, aunque debidamente cotejadas. Y es que no existe historia de calidad sin unas fuentes previamente calibradas y cuya veracidad y corrección hayan sido contrastadas. Pero para que los historiadores consigan hacer esa función social deben cumplir varios requisitos.

Primero, seguir unas normas deontológicas básicas. Fundamentalmente, afirma el autor, debemos evitar las explicaciones simplistas, la manipulación, el rencor personal, la fantasía y la mentira. La historia es una ciencia humanística y como tal tiene unos métodos de investigación y una terminología propia que solo el historiador conoce en profundidad. Como indica Justo Serna, el pensamiento del historiador debe ser “informado, analítico, contextual, hipotético, comprensivo y explicativo”.

Segundo, usar un lenguaje sencillo que les permita conectar con la sociedad. Muchos historiadores escriben solamente para sus colegas, con un lenguaje “obtuso”, no apto para el gran público. El autor distingue entre la historia de investigación y la de divulgación. La primera dirigida más a otros historiadores y la segunda encaminada a difundir esos saberes entre el gran público. Lo que ocurre a veces es que los historiadores se centran en la obra de investigación, abandonando la divulgación. Y ello ha traído como inconveniente que ese espacio de comunicación con la sociedad lo hayan ocupado otros profesionales, como periodistas, ensayistas, escritores o tertulianos. Algo que es una dejación de responsabilidad por parte de los historiadores. Por eso, el autor defiende, y además lo pone en práctica con su propio ejemplo, que los historiadores adoptemos un lenguaje sencillo que nos permita llegar a la sociedad y contribuir a formar opinión. Y yo debo añadir que para ello disponemos del mejor ejemplo a seguir, el de los historiadores anglosajones que son capaces de divulgar como nadie desde la investigación. Grandes maestros anglosajones como John Elliott, Henry Kamen, Hugh Thomas o Paul Preston practican lo que muchos llaman alta divulgación.

Tercero, reconstruir el pasado no nos puede llevar en ningún caso a tratar de predecir el futuro. Es cierto que los humanos se comportan de forma parecida desde hace miles de años pues, como señala el autor, somos menos originales de lo que creemos. Sin embargo, en el devenir histórico no solo influyen sujetos determinados sino que pueden confluir fuerzas sociales, reacciones, anticipaciones o revoluciones que alteran cualquier previsión predecible.

Y cuarto, luchar contra los mitos, escribiendo la verdad y no lo que los demás quieren oír. Como dijimos en líneas precedentes, el historiador debe conectar con la sociedad, aproximándose al pasado con honestidad y con un lenguaje sencillo, pero nunca alagándola con lo que ésta quiere escuchar. La historia, usando las mismas palabras que el autor, debe desmontar mitos, tópicos, estereotipos, esquemas, falsedades e inexactitudes. Es por eso que el analista puede ser un tipo fastidioso, porque destapa horrores y errores que molestan la conciencia de los lectores. Y para ello es importante preservar la independencia porque todos los regímenes, especialmente los nacionalistas, han financiado y patrocinado historias míticas para legitimar su Nación. Como dice el autor, especialmente durante los últimos dos siglos la historia ha servido para nacionalizarnos. Y concreta no solo el ejemplo del nacionalismo español sino también el valenciano, con el mito colectivo de la fundación del reino por Jaume I. Y todavía en la actualizad se tratan de evocar las gestas del pasado mediante las conmemoraciones, de las que el autor, con razón, desconfía.

           Ahora bien, que destapemos los horrores del pasado no significa que tengamos que pedir perdón por lo que otros hicieron hace cincuenta años, un siglo o cinco siglos. Como afirma Justo Serna, es tan indefendible como inaceptable que los descendientes de hoy tengan que rendir cuentas por lo que hicieron sus antepasados. Otra cosa muy diferente es que de alguna forma los descendientes nos veamos obligados, aunque sea de manera subconscientes, a cargar con las culpas de ese pasado.

           Se trata de un texto de ágil lectura y muy entretenido, aunque personalmente no me ha aportado gran cosa sobre el método histórico. Pero no porque no esté de acuerdo con él, sino al contrario, porque coincido en casi todo, y plantea una forma de hacer historia que yo también pongo en práctica desde hace muchos lustros. En resumidas cuentas, se trata de un libro bien escrito, muy ameno, y que plantea muchas ideas sensatas y bien fundamentadas de lo que debería ser el oficio de historiador. Un texto asequible y útil no solo para historiadores noveles sino para todas las personas interesadas en la historia.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL TÁBANO

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VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: El Tábano. Villafranca de los Barros, Imprenta Rayego, 2016, 144 Págs.

           Nueva entrega del profesor Viñuela que va aproximadamente a libro por año, por lo que sus lectores habituales, estamos siempre a la espera de su nuevo trabajo. Como siempre, su lectura es un disfrute por el lenguaje ameno y coloquial que emplea, por los ensayos cortos y variados y por su habilidad para que se empiece por la página que se empiece siempre tenga sentido el texto.

           En el fondo el Prof. Viñuela lo que pretende es dar sentido a la propia filosofía, como un camino para alcanzar la virtud, es decir, la excelencia. Él pretende que ésta sirva para ser mejores, dándole el valor que le daban en la Antigua Grecia. Y me gusta porque yo busco lo mismo en la historia, que pueda ser útil para construir un presente y un futuro mejor. Sin ese componente transformador del presente, ni la filosofía ni la historia tienen sentido. Y como digo, se trata de un problema común, pues muchos filósofos desvinculan su disciplina del presente, al igual que muchos historiadores se quedan en la mera narración de hechos pasados, despojando a una disciplina y a otra de su verdadero valor.

           El autor reconoce que está inmerso en un proceso de transformación de su propia filosofía, pues pretende que su práctica le lleve a un grado de meditación y de paz que mejore su estado físico y mental. Y en ese sentido llega a la conclusión razonada de que filosofía y vida son lo mismo. De hecho, siguiendo a los clásicos griegos, la filosofía es la medicina ideal para curarnos del vicio de la ignorancia intelectual y emocional, buscando el bien y la verdad. Así pretende alcanzar la paz y la serenidad. Pero no solo para él, sino también para otras personas que puedan alcanzar ese grado de virtud a través de terapias filosóficas que él mismo imparte. En cualquier caso, aunque no lo diga expresamente, la búsqueda de la virtud ha sido siempre uno de los grandes objetivos de su filosofía. Y en realidad no es nada nuevo sino que se trata solo de recuperar la vieja filosofía griega que defendía que alcanzado la virtud a través de la sabiduría, los filósofos podían sanarse a sí mismos y curar a los demás.

           Asimismo, define al hombre como un ser gregario y religioso. Y ello porque necesita un asidero para soportar la soledad de su existencia y el miedo a lo desconocido. De ahí que desde los primeros hombres del Paleolítico se empeñaran en construir toda una mitología ritual que a largo plazo se convertirían en religiones. De alguna forma yo creo que las religiones han sido una forma de adaptación del ser humano para favorecer su esperanza y su propia supervivencia. De ahí la necesidad de conocer el hecho religioso, pues no ha acompañado a lo largo de la historia. Aunque, esto nada tiene que ver con la enseñanza de la religión católica en las escuelas que, en opinión del autor, debería abandonarse y limitar este tipo de enseñanzas al ámbito personal. Actualmente, vivimos la emergencia de una nueva religión, la tecnociencia, idolatrada por la mayoría de los humanos que confían en el falso mito del progreso.

           La educación es otra de las constantes en la obra del autor, en contra sistemáticamente de todas las leyes actuales desde la LOGSE a la LOMCE que han establecido la obligatoriedad de la enseñanza hasta los dieciséis años. En este aspecto, difiero de la opinión del prof. Viñuela, como se lo he manifestado en más de una ocasión. Quizás sería pertinente buscar una vía alternativa para esos alumnos que están en clase obligados pero en cualquier caso, a mi juicio, sería un atraso social, eliminar dicha obligatoriedad. También denuncia el autor que muchos padres deleguen la educación de sus hijos en la escuela, haciendo una grave dejación de responsabilidad. Los padres deben educarlos y los profesores deberían centrarse en enseñarlos en sus respectivas materias. Obviamente, es más cómodo para muchos progenitores despreocuparse, echar balones fuera y dejarlo todo en manos de los profesores. Pero esta apuesta resulta casi siempre perdedora para la parte más débil de la cadena, el propio muchacho.

           El profesor Viñuela siempre se ha declarado un firme defensor de la Ilustración y sus valores de libertad, igualdad y fraternidad. Bien es cierto que se trata de un proyecto inacabado porque el último de los valores sigue estando inédito en el mundo actual. Eso sí, niega que el hombre sea bueno por naturaleza, como defendían los ilustrados, pues dependiendo de la afectividad y de la educación que se le dé a cada individuo desde su nacimiento podemos crear un ser bondadoso o perverso.

La sustitución del matriarcado paleolítico por el patriarcado, supuso también la implantación de un orden nuevo, el de la fuerza, el poder, la violencia y la competencia. Por eso defiende, un tanto utópicamente, la vuelta al matriarcado, en el que supuestamente reinarían las relaciones afectivas, basadas en los sentimientos naturales.

           Como en otras obras que le he leído desde hace muchos años, hace una crítica al propio ser humano por su servidumbre voluntaria, es decir, que preferimos obedecer que actuar por nosotros mismos. Yo creo que es algo innato al animal gregario que somos. Nuestra propia ignorancia nos lleva a caer en el gran engaño que supone creer que vivimos en una democracia y que tenemos capacidad decisoria cuando, en realidad, estamos totalmente maniatados por el poder. Y en esta línea sitúa el caso del nacionalismo catalán, que a su juicio responde a los intereses de una oligarquía catalana que ha conseguido imponer sus ideas sobre la “maltrecha ciudadanía”. Él se decanta en contra de la independencia, aludiendo primero a lo doloroso de la ruptura para unos y para otros, porque tenemos demasiada historia en común, y segundo al hecho de que está evitando lo que realmente se necesita que es una revolución social.

           Sería imposible comentar todos los aspectos a los que se refiere el prof. Viñuela, por eso, he seleccionado solo algunas de las temáticas y de los análisis que me han parecido más novedosos. El lector encontrará entre sus páginas mucho más, un verdadero bálsamo de sapiencia para entender mejor el mundo en el que vivimos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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ATRAVESANDO EL DESIERTO

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MANZANERA SALAVERT, Miguel: Atravesando el desierto. Balance y perspectivas del marxismo en el siglo XXI. Barcelona, El Viejo Topo, 2015, 317 págs. I.S.B.N.: 978-84-16288-35-9

 

        Nueva obra del Dr. Miguel Manzanera en la que aborda una historia de la teoría y de la praxis marxista, reconociendo los errores que le han llevado a una profunda crisis, pero destacando sus valores y su utilidad en el presente y en el futuro. Un planteamiento agudo, profundo, denso, serio y certero, en la línea de lo que han defendido en los últimos años otros filósofos e historiadores, especialmente Eric Hobsbawm en su obra Cómo cambiar el mundo, Marx y el marxismo 1840-2011 (Barcelona, Crítica, 2011).

        La doctrina marxista ha significado durante más de un siglo y medio una esperanza para millones de personas. Y pese a su fracaso como praxis política, ha transformado el mundo, pues ni siquiera el capitalismo ha sido el mismo después de su aparición. Efectivamente, el autor reconoce que ha fallado a la hora de conseguir establecer un mundo más justo para todos. Pero no se queda solo en el reconocimiento de estos errores sino que hace una profunda reflexión autocrítica, con el objetivo último de que esta evolución le permita seguir siendo una ideología útil en el siglo XXI.

        Tras el fracaso de los regímenes comunistas de la Europa del este y la posterior caída del muro de Berlín y de la URSS se habló de la muerte de Marx. La burocracia estatalizada de la era estalinista se cargó la democracia proletaria de los soviets, mientras que el sectarismo radical del partido comunista hizo el resto, ante “su incapacidad para establecer un diálogo con todas las corrientes sociales”. Este fracaso del socialismo real terminó por desprestigiar toda la doctrina marxista que quedó arrinconada como una ideología obsoleta, fracasada e inútil. Como contrapartida, el neoliberalismo conseguía imponerse a escala planetaria, implementando una explotación intensiva de los recursos del planeta Tierra y agudizando las diferencias entre norte y sur y entre ricos y pobres.

        Sin embargo, la última crisis del capitalismo, que comenzó en el año 2008, ha puesto de manifiesto que el neoliberalismo es una praxis peligrosa que puede llevarnos a medio plazo al colapso civilizatorio. La crisis es estructural porque la expansión consumista ha superado la capacidad del planeta de satisfacer esas necesidades. Marx se pudo equivocar en muchas cosas, sobre todo estimando en exceso la racionalidad humana, pero no en su crítica al capitalismo y en su convicción de que este sistema terminaría destruyendo las dos fuentes principales de riqueza: la tierra y el trabajador. La evolución posterior del capitalismo le ha terminado por dar la razón. Y es que parece obvio que el capitalismo actual, en su fase imperialista, está provocando dos dinámicas extremadamente perniciosas: una, que los ricos lo sean cada vez más y a la inversa, es decir, que los pobres sean cada vez más pobres. Y otra, que la voracidad del mercado, que obliga a un consumismo ilimitado, está esquilmando los recursos del planeta y provocando una verdadera catástrofe ecológica que estará en su momento álgido a mediados de este siglo. Ello unido a las armas de destrucción masiva, a la proliferación de transgénicos que amenazan la diversidad genética del planeta, a los genocidios continuos y a la contaminación del medio pueden terminar provocando el temido colapso civilizatorio. Y es que, como insiste el profesor Manzanera, la base del capitalismo es errónea e irracional porque se basa en el crecimiento continuo e ilimitado cuando los recursos del planeta son justo lo contrario, es decir, limitados. Y mientras todo eso ocurre la mayor parte de la población asiste como espectador impasible a dicho colapso, ubicada en el conformismo y reconfortada con la fe ciega en la tecnociencia, que suponen resolverá todos los problemas presentes y futuros.

        En medio de la actual zozobra del sistema capitalista, se antoja necesaria la inspiración ética del marxismo, como diría el recordado Francisco Fernández Buey. Es necesario superar el modo de producción capitalista y sustituirlo por un nuevo modo de producción que permita nuestra propia supervivencia como especie y la creación de un sistema más justo y equitativo para todos. Ahora bien, para recuperar la credibilidad del materialismo histórico hay que recurrir a las aportes de investigadores marxistas de cuarta generación, como Manuel Sacristán (1925-1985). Éste llevó a cabo una profunda reflexión sobre el comunismo, detectando los errores y proponiendo su renovación práctica, fundamentalmente a través de los movimientos sociales. Y es que merece la pena rescatar la doctrina marxista por sus ideales de justicia social y por su utilidad para explicar los fenómenos históricos en base a la lucha de clases.

        Por tanto queda claro, de acuerdo con el autor, que hay que rechazar el racionalismo productivista actual que cree ciegamente en la tecnociencia para dominar a la naturaleza y cambiarlo por un nuevo racionalismo ilustrado, que se base en la austeridad, en el respeto de los ecosistemas y en la presencia de repúblicas democráticas que mantengan entre ellas un sistema internacional de relaciones pacíficas. Un nuevo orden mundial basado en el respeto mutuo entre los seres humanos y entre estos y las demás especies del planeta. Ahora bien, como reconoce el Dr. Manzanera, no será fácil implementarlo entre otras cosas por la hegemonía de los países capitalistas y del capital y por el aburguesamiento de una parte de la sociedad, bajo el placebo del consumo. Pero antes o después el cambio llegará, voluntario o forzoso, dentro de occidente o fuera, y cuando eso ocurra, la doctrina marxista deberá ser tenida muy en cuenta para construir el nuevo orden.

        Este trabajo de Miguel Manzanera contribuye a revalorizar la doctrina marxista y a darle el sitio que merece en el pensamiento actual, como un modelo coherente y racional de entender la humanidad, muy diferente de la que propone el capitalismo neoliberal. Esta breve reseña mía es solo una reflexión de algunas de las ideas centrales de esta obra. El lector encontrará un análisis mucho más profundo de la evolución de la doctrina y de la praxis marxista, con sus aciertos y sus errores, así como una crítica aguda al sistema capitalista, actualmente en crisis.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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REFLEXIONES DE UN ESCÉPTICO

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VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Reflexiones de un escéptico. Villafranca de los Barros, Rayego, 2014, 196 págs.

 

        Buenas noches: es un placer para mí estar de nuevo en este Instituto Meléndez Valdés, donde hace ya una década impartí docencia en dos cursos académicos. Guardo un recuerdo imborrable; era entonces el director Juan Viera y el secretario Fernando Merino. Dos verdaderos personajes que a su manera siempre sabían resolver cada uno de los conflictos que se presentaban. Por ello, es muy grato para mí regresar a este centro y nada menos que para presentar el último libro de mi admirado amigo Juan Pedro Viñuela.

        Durante estos años, especialmente en los tres o cuatro últimos, hemos mantenido el contacto, intercambiando nuestras publicaciones y manteniendo debates en las redes sociales. Debo reconocer que el pensamiento de Juan Pedro me ha influido en mí forma de hacer historia. Ambos hemos llegado a conclusiones similares desde formaciones académicas muy diferentes. Él se define a sí mismo como un escéptico esperanzado, es más dice en el libro que todo escéptico por definición aúna la duda racional con la esperanza emocional. Yo en cambio, me defino a mí mismo como un ultra pesimista aunque también esperanzado. Ultra pesimista porque conocer la historia en profundidad me ha llevado a ese extremo; Desde la II Guerra Mundial, el pesimismo domina entre la intelectualidad. Miro al pasado igual que ese ángel de la historia divisaba espantado la barbarie de los tiempos. Cualquiera que conozca bien la historia, ese camino sembrado de cadáveres, llega a una convicción ultra pesimista. Y esperanzado porque no queda otra, todo historiador sabe que la esperanza es lo que han tenido millones de desheredados, de infelices, de hambrientos, de vencidos a lo largo de los tiempos. Antes la esperanza era la otra vida en el cielo ahora es mucho más mundana: la tecnociencia. Sin esperanza solo queda el suicidio por eso yo creo –de acuerdo con Juan Pedro- que la esperanza es innata, un mecanismo de supervivencia generado por la especie humana. Me pega a mí que el escéptico esperanzado y el ultra-pesimista esperanzado están muy próximos en sus convicciones.

        El caso de Juan Pedro es muy peculiar porque es un intelectual puro, sin bandera, eso le reporta mucha independencia pero también mucho aislamiento, mucho vacío. Juan Pedro lucha en su obra y en su vida contra la mentira y la hipocresía, proceda de quien proceda. El problema es que lo mismo ataca al neoliberalismo, que a los totalitarismos fascistas y marxistas o a los partidos políticos en general o a los sindicatos, sin distinción. Tampoco se libra el pueblo en general, es decir, la clase media que somos la inmensa mayoría que estamos a su juicio alienados y somos autoculpables –dice él- por nuestra indiferencia, cobardía y pereza. En ese sentido enlaza con La Boétie cuando hablaba de la servidumbre humana voluntaria. Eso confiere a su obra un valor extra, pues está bien claro que no se debe a nadie, sino sólo a sus ideas, algo que no deja de ser una rareza en los tiempos que corren. Para él todo pensamiento se hace como crítica al poder e implica siempre disidencia. Su crítica no se dirige contra un partido político concreto ni contra una tendencia ideológica sino contra el poder, lo ostente quien lo ostente. Ese es el verdadero trabajo intelectual del filósofo como afirma el autor, lo que a veces lleva aparejado un pernicioso aislamiento intelectual. Esa honestidad es un arma de doble filo porque le resta apoyos.

Entrando en el libro, quiero decir dos cosas:

 

Primero, que es un producto genuino de Juan Pedro, sus temas de siempre, de actualidad, comentado con su ingenio y su sentido crítico. También comparecen sus escritores favoritos, tanto clásicos como Platón, Séneca o Marco Aurelio o contemporáneos como Emil Ciorán, La Boétie.

Y segundo, hay una acumulación de reflexiones a veces inconexas, sin un hilo conductor, lo cual tiene su ventaja: se puede leer el libro salteado, de adelante atrás o a la inversa. Está plagado de máximas y de reflexiones, la mayoría referentes a problemas actuales y de una gran profundidad intelectual.

        Los temas tratados son tantos y tan variados que sería imposible ni tan siquiera relacionarlos en estas pocas líneas. Por ello, me centraré en algunos de los que me han llamado más la atención.

        Una de los grandes temas del libro es el del relativismo cultural en el que el autor abunda en varias ocasiones. Existe la idea generalizada que las personas somos libres para decir y hacer lo que queramos. Pero esto no es más que un tremendo error: no todo tiene el mismo valor epistemológico. Hay actuaciones y opiniones no sólo equivocadas sino también peligrosas y, por tanto, como indica el autor, deben ser combatidas. Por otro lado si todo es relativo y todo puede ser verdad se elimina la crítica, acabando a su vez con la dialéctica y ésta a su vez con la democracia. Sin pensamiento, sin crítica y sin disidencia, dice Juan Pedro, no existe la democracia. Para conseguirla es inexcusable que la Iglesia retorne al terreno de lo privado y haga suyo el discurso de la teología de la liberación que defiende que fuera de los pobres no hay salvación.

        El relativismo enlaza con el otro gran tema del libro que es el fracaso de la democracia actual y la existencia de lo que él llama una partidocracia oligárquica. Por ello, a su juicio urge reclamar un proceso constituyente para recuperarla.

De gran interés son sus reiterados comentarios sobre el sistema educativo, la LOGSE y la LOMCE son objetos de su crítica porque, a su juicio, conducen a la pérdida de la virtud y la excelencia, sustituida por el concepto unitario de la mediocridad. Según el autor, educación para todos no significa devaluación de los contenidos como ha ocurrido lo que unido a la falta de autoridad del profesor provoca un verdadero caos educativo. Aunque su argumento es básicamente cierto, sostengo cierta discrepancia, pues, a mi juicio tanto la LOGSE como las leyes educativas posteriores, pese a que en algunos aspectos pueden ser mejoradas, supusieron un salto adelante en la democratización de la enseñanza. Todavía recuerdo el elitismo de los años setenta donde los más desfavorecidos tenían muy escasas posibilidades de acceder al sistema educativo. Actualmente, aunque muchos jóvenes lo desaprovechen, nos queda la tranquilidad de que todos, tengan el origen social que tengan, pueden acceder sin dificultad a una educación de más o menos calidad. Se trata de uno de los grandes sueños de algunos pensadores y políticos del primer tercio del siglo XX que se ha visto, por fin, cumplido.

Pese a tanta lacra, el profesor Viñuela cree que habrá un cambio forzoso por el propio agotamiento del planeta así como la inviabilidad del capitalismo y del liberalismo. Una profunda transformación que finalmente hará triunfar los viejos valores ilustrados, incluyendo el más olvidado de todos, la fraternidad. El autor defiende el cosmopolitismo frente al nacionalismo pues este último siempre lleva implícito la exclusión. Todas las personas somos iguales en dignidad y todos tenemos los mismos derechos sobre el planeta en el que vivimos. A fin de cuentas el hombre no es ningún protagonista destacado del universo sino un ser vivo más. El universo existía antes que nosotros apareciéramos y seguirá existiendo después de nuestra extinción que, antes o después, llegará.

 

En definitiva, estamos ante un libro pequeño en extensión pero grande en compromiso social. Muy de agradecer es la claridad con la que se expresan todas sus ideas que contribuyen a la concienciación de sus lectores y seguidores, entre los cuales me incluyo. El pensamiento neoliberal –la nueva religión dice Juan Pedro- tiene como una de sus principales premisas que no existe vida más allá del capitalismo y que el sistema actual es insustituible. Lo más cómodo es pensar que las alternativas para crear un mundo más justo son utópicas. Pero no es cierto, yo como historiador sé que el mundo ha vivido durante millones de años sin capitalismo y puede sobrevivir al mismo. Sin embargo, que nadie olvide una frase del escritor chileno nacionalizado francés, Alejandro Jodorowsky, con la que quiero acabar mi intervención:

 

"Absolutamente todo lo que hoy nos parece imposible,

algún día será posible".

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Presentación del libro en el salón de actos del I.E.S. Meléndez Valdés de Villafranca de los Barros, 26 de noviembre de 2014).

 

 

 

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EL SIGLO DE LA GRAN PRUEBA

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RIECHMANN, Jorge: El siglo de la gran prueba. Tenerife, Ediciones de Baile del Sol- Colección Textos del Desorden, 2013, 162 págs.

 

        Curioso e interesante trabajo de Jorge Riechmann, profesor titular de filosofía moral en la Universidad Autónoma de Madrid, además de poeta, ensayista y traductor. Se trata de una recopilación de textos más o menos cortos, editados por el autor en forma de conferencias y artículos a lo largo de 2011 y 2012. No hay un inicio ni un final, sino reflexiones de temas diversos que permiten una lectura bidireccional. Presididas en buena parte por el tono irónico hay sentencias muy fáciles de entender y otras que requieren de dos o tres relecturas seguidas para entender el mensaje subliminar que el autor nos quiere hacer llegar.

        El tema fundamental que subyace en toda la obra es la crítica al capitalismo neoliberal y al relativismo imperante en nuestra época, al tiempo que plantea la necesidad de un cambio. No tiene nada de particular que la primera página del libro arranque con el Manifiesto ecosocialista, redactado en enero de 1992 por un grupo multidisciplinar de intelectuales de distintos países de Europa. Afirma con rotundidad, que el siglo XX fue trágico pero que el XXI lo va a ser multiplicadamente, si no cambiamos la actual e insostenible economía industrial y sociedad consumista. Lo cual no deja de ser trágico, máxime cuando vivimos en una época donde existen mejores condiciones tecnológicas y productivas que nunca para que todos los habitantes de este planeta llevasen una vida razonablemente buena. Pero lo cierto es que no ha sido así y, a su juicio, se trata de una de las grandes promesas incumplidas de la Ilustración y de la modernidad. Pero, la era del crecimiento ilimitado, que trajeron las revoluciones industriales contemporáneas se ha acabado y de no dar un giro radical pronto llegará una nueva Edad Media, idea que no solo predice Riechmann sino otros intelectuales como José David Sacristán, Slavoj Zizek y Juan Pedro Viñuela por citar solo a algunos. Es necesario, pues, cambiar radicalmente ya, pues como bien afirma el autor, el daño a la biosfera es ahora y el momento de la verdad –escribe- es ahora. Las multinacionales y los grandes poderes mundiales, en un acto de estupidez e irracionalidad, están acabando con el lugar en el que operan, es decir, con el propio planeta. Y mientras eso ocurre, algunas autoridades, dice el autor, transmiten la idea de que solo hay dos modelos productivos: el capitalismo existente o el fracasado modelo soviético. Es decir, capitalismo o capitalismo. Y lo peor de todo, es que estos discursos terminan calando en una parte de la población que piensa erróneamente que no hay alternativa. Pero, sí la hay, pero hay que actuar ¡ya! o será demasiado tarde. Si empezamos el cambio podemos paliar en cierta medida el colapso civilizatorio que se avecina y si nos quedamos de brazos cruzados nos sobrevendrá un drama aún mayor que el actual para varios miles de millones de personas. Lo cierto es que, aunque los medios de comunicación occidentales con frecuencia ridiculizan los regímenes antiliberales de Venezuela, Ecuador o Bolivia, a nadie le puede caber la menor duda que, antes o después, en el siglo XXII o en XXIII, en la tierra habrá algún tipo de socialismo, se llame así o no.

        Y para este cambio resulta fundamental modificar la actitud del ser humano. Actualmente, todo gira en torno al consumo como forma principal de satisfacción. Es necesario sustituir esta actitud ante la vida y mirar a la creación como forma de realizarnos: el arte, la poesía, la filosofía… son materias que nos permiten realizarnos personalmente, sin dañar el medio ambiente. Como dice el autor, los centenares de millones de personas que hoy buscan en el consumo un sentido a su vida podrían encontrarlo en el terreno de la creación y de las relaciones con los demás.

        Denuncia, asimismo, la cultura del soborno, de aquella que él llama de suplemento cultural y que está comprada por el poder. Eso provoca que junto a una cultura comprometida e independiente del poder, como la que practica Noam Chomsky o Ignacio Ramonet, haya otra que utilice la cultura como una cortina de humo, como una mera distracción intrascendente que narcotiza al pueblo, mientras la devastación del ecosistema y las desigualdades sociales prosiguen su dramática e imparable carrera. Las mismas multinacionales que asolan el mundo, luego financian lo mismo la conservación de un parque natural que una exposición de algún evento artístico. Una idea que hace años que denunció también Slavoj Zizek, cuando dijo que las personas más ricas del mundo, como los dueños de Zara, Amancio Ortega, o de Microsoft, Bill Gates, lavaban su imagen haciendo donaciones caritativas o a eventos culturales con el mismo dinero manchado del abuso capitalista. Como afirma el autor, la sociedad no se mueve exactamente en el nihilismo o en la carencia de valores, sino en los disvalores o antivalores, en unos valores acomodaticios que se ajustan perfectamente a los intereses del poder. Por eso, Riechmann, en una actitud algo provocativa, incita al lector a elegir: tienes que decidir con quién estás, con la cultura del compromiso o con la cultura prostituida. Más adelante, pide al lector una nueva decisión, el socialismo que pide la satisfacción de las necesidades básicas de todos los ciudadanos y el cultivo de la espiritualidad humana, o el capitalismo, que solo busca la acumulación de capital. Y añade un contundente: Tú decides.

El autor, que más que filósofo y poeta es las dos cosas juntas, filósofo-poeta, destaca las conexiones y similitudes entre estas dos formas de creación que aunque aparentemente diferentes tienen mucho en común. Dice escribir para ayudarse a sí mismo, lo cual, a veces, conlleva ayudar a los demás. Y no le falta razón, pues, todos los que escribimos lo hacemos ante todo por una necesidad vital, en mayor o menor medida egoísta, que, efectivamente, a veces puede servir a otros.

El cambio tiene que empezar ya, y para ello es importante abandonar el pensamiento revolucionario escatológico. Dejar de pensar en el advenimiento casi mítico de un futuro paraíso armonioso que la propiedad colectiva de los medios de producción traería. Para Riechmann es importante cambiar la imagen tradicional de la revolución y de los revolucionarios. Un marxismo sin mitos, sin tentaciones escatológicas y sin milenarismos. Un nuevo socialismo, basado en la búsqueda de los valores interiores de cada uno, de la empatía con el prójimo y de la certeza de pertenecer todos a una misma especie habitante de este maltrecho planeta llamado Tierra. Ahora bien, advierte el autor que no conviene crearse muchas expectativas y así los logros serán un regalo, minimizando el impacto de las decepciones. Una gran verdad, pues, somos muchos los que nos hemos esperanzado con cambios que después no han llegado y hemos caído en un patológico pesimismo que no contribuye a salir del túnel.

Para finalizar, creo que estamos ante un libro bien escrito, de contenido por momentos apasionante y en otras tedioso, pero que contiene algunas perlas que merece la pena, leer, saborear y disfrutar.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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CLÍO Y LAS AULAS

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MORADIELLOS, Enrique: Clío y las aulas. Ensayo sobre educación e Historia. Badajoz, Diputación Provincial, 2013, 315 págs.

 

        Esta obra, ganadora del premio Arturo Barea 2012, constituye un nuevo análisis de la evolución del concepto de Historia así como su docencia en las aulas. Como confiesa el propio autor, en estas páginas se sintetizan experiencias personales de más de veinte años de docencia, incluyendo la impartición de una asignatura sobre los fundamentos científicos de la historia en el Máster de Formación Universitaria del nuevo profesorado de enseñanza secundaria. Y efectivamente, leyendo el texto se aprecia continuamente el carácter didáctico con el que fue concebido. Pretende ser una orientación para los actuales y futuros profesores de historia, fundamentalmente los dedicados a la enseñanza secundaria, que es el destino de la mayoría de los que cursan la carrera. Al mismo tiempo, reivindica la necesidad de seguir contando con la Historia en los planes de estudio por ser una materia formativa global, que contribuye a crear conciencia cívica y, por tanto, ciudadanos.

        Como indica el autor, el primer requisito para ser un buen docente es dominar la materia. Es decir, hay que tener algo que enseñar. Y para argumentar esto utiliza, y repite hasta en tres ocasiones a lo largo del libro, la máxima clásica Primum discere, deinde docere, es decir, primero aprende y sólo después enseña. Pero no basta con tener conocimientos de la materia sino que también hay que saber transmitirlos. El autor dedica una parte entera del libro a explicar la didáctica de la historia y los elementos del proceso educativo. A su juicio, es imprescindible recurrir a la pedagogía, una disciplina que tiene experiencias acumuladas sobre cómo hay que realizar esa práctica docente. Cuando se confecciona la programación es importante que los contenidos cumplan varios requisitos: que guarden un orden lógico, que estén bien ordenados, actualizados y, sobre todo, que se adecuen a las características y a las necesidades del alumnado. La evaluación, por su parte, debe retroalimentar el proceso de enseñanza aprendizaje, de forma que no sólo evalúe al alumno sino la práctica docente en su globalidad. Y, por supuesto, debe ser siempre congruente con los objetivos y con los contenidos de la materia.

Dedica otra parte del libro a destacar las virtudes de la historia como saber disciplinar y, por tanto, de obligada enseñanza en cualquier sociedad mínimamente civilizada. La labor de la historia y de los historiadores es fundamental para desmontar los mitos y leyendas de la historia oficial. Se niega el autor a utilizar unos términos tan de moda como la memoria histórica porque, a su juicio, ésta es siempre engañosa y, a veces, hasta traicionera. Es más afirma, siguiendo a Gustavo Bueno, que la memoria es un concepto espurio, porque no es más que un recuerdo subjetivo del pasado mientras que la historia es el conocimiento científicamente elaborado del pasado. Como afirma Moradiellos, el historiador se acerca a la historia de un modo racional, riguroso, secular y demostrativo. Es verdad que el creador de Historia, es decir, el historiador, es una persona y, como tal, es falible, pero pretende siempre acercarse a la verdad con procedimientos objetivos. En cambio, la memoria, muestra la historia tamizada por la subjetividad del recuerdo.

        La Historia aparece en todos los planes de estudio españoles desde mediados del siglo XIX. Aquella realidad dio paso a la aparición del gremio de los historiadores, necesarios para impartir esa asignatura en todos los niveles educativos. Sin embargo, la asignatura ha estado cautiva, casi siempre, en manos de intereses nacionales o políticos diversos. Cada estado, cada nación, cada pueblo, pretende instruir a sus jóvenes en unos valores determinados, cimentados en una historia y en unos intereses particulares y diferentes del otro. Y ello porque ha sido utilizada como instrumento de legitimación de conductas perversas. Pero el historiador debe ser ante todo una persona crítica que analiza el pasado a partir de fuentes objetivas. Y el acercamiento a la verdad histórica del pasado es clave porque es la única base de datos que poseemos para afrontar con garantías el presente y el futuro. Precisamente lo que distingue al homo sapiens de otras especies es nuestra capacidad para acumular y aprender del pasado para construir sobre ellos nuevos avances. Y ese pasado debemos conocerlo desprovistos de los mitos pues, como escribió Tzvetan Todorov, no se prepara el porvenir sin aclarar el pasado.

        Da la impresión que el autor confía demasiado en la objetividad del historiador científico, sin advertir que todo el mundo es subjetivo aunque afirme lo contrario. A mi juicio, el historiador no debe buscar tanto la objetividad –que es una quimera- como la honestidad personal y profesional. Hay que ser profesional y buscar la verdad a secas, incluso a sabiendas de que no es más que nuestra propia verdad. Por otro lado, al historiador experimentado, la lectura de estas páginas sólo le sirve para confirmar algunos de los rudimentos relacionados con el conocimiento, la programación y la evaluación que usa a diario. Pero esto último no puede ser tomado como una crítica porque el autor es muestra explícito en el objetivo de este ensayo. Y es que la obra de Moradiellos no es ni más ni menos que un manual para estudiantes de historia, es decir, para los futuros profesores de la materia. Es sencillo, asequible desde el punto de vista terminológico, y didáctico. Una de sus mayores virtudes es la cantidad de ejemplos que usa para argumentar sus afirmaciones y que pasan por desmontar numerosos mitos, lo mismo relacionados con la guerra de Troya que con los Nazis. En general, creo que estamos ante un manual muy básico, pero por ello útil para los actuales y futuros profesores de historia.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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TRANSFORMAR EL MUNDO. REVOLUCIONES BURGUESAS Y REVOLUCIÓN SOCIAL

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DAVIDSON, Neil: Transformar el mundo. Revoluciones burguesas y revolución social. Barcelona, Pasado& Presente, 2013, 956 págs.

 

        El nuevo libro del profesor de Sociología de la Universidad de Strathclyde, Glasgow (Escocia), Neil Davidson, constituye una auténtica obra maestra, fruto de una reflexión de varias décadas, como afirma en el prólogo Josep Fontana. Un estudio de casi mil páginas en el que se desentraña todo lo relativo a la teoría y a la praxis de la revolución en la Historia. Pese a su extensión, el texto se lee con relativa facilidad por estar bien redactado y por el uso de una terminología asequible al lector medio.

        Se traza un extenso y largo recorrido por la historia de las revoluciones, en un sentido amplio, desde la inglesa, en el siglo XVII, pasando por la holandesa, estadounidense, la francesa, la rusa y la china, hasta llegar a la actualidad. Y se hace a través de los hechos pero también de los distintos autores de filosofía política, desde el siglo XVII a nuestros días. Dada la extensión de la obra, nos limitaremos a resumir las principales conclusiones a las que he llegado después de su lectura.

        En sus páginas, no solo encontramos un recorrido histórico por todos los hitos históricos sino que, además, poseen un componente ideológico, pues demuestran el verdadero espíritu social de aquellas revoluciones burguesas. Tradicionalmente se habían segregado totalmente las revoluciones burguesas y las proletarias. Sin embargo, el autor del libro demuestra que unas y otras formaron parte de una misma cadena revolucionaria, en pro de la libertad y de la justicia social. Dos objetivos revolucionarios iniciales que los burgueses tuvieron el mérito de poner en la agenda, aunque finalmente no se materializaran. Pero ese es el espíritu ético de la llamada Era de la Revolución, desde 1789 hasta la Primavera de los Pueblos de 1848, que terminaron cambiando el mundo. Ahora bien, es importante destacar dos matices: uno, el liberalismo clásico y el capitalismo económico no tenían nada de democráticos. Estos valores se incorporaron mucho después, más como consecuencia de la presión del movimiento obrero que de la evolución ideológica de la propia burguesía. Y otro, sí habrá que agradecerles que, pese a la larga lucha, pusieran de relieve que la revolución puede ser una opción ganadora. El triunfo de las revoluciones burguesas desmonta la tesis conservadora de que todas las revoluciones acaban fracasando. Está claro que sin lucha no hay progreso y se puede triunfar si hay unas movilizaciones masivas y una adecuada dirección. Igual que el capitalismo derrotó al feudalismo, el socialismo puede derrotar al capitalismo.

        En la parte central del libro se abordan las revoluciones proletarias, nacidas como respuestas al fracaso socializador de las revoluciones burguesas. Empieza analizando con detalle la rusa de 1917, que debió haber sido la última revolución burguesa y la primera proletaria. Muchos pusieron sus esperanzas en que fuera el inicio de una nueva oleada revolucionaria que transformara de nuevo el mundo en la búsqueda de una sociedad mejor, más igualitaria y justa. Pero desgraciadamente, acabaron en un régimen burocratizado de signo totalitario, dando al traste con el sueño de la revolución. La china comunista que era otra de las esperanzas ha dado un giro neoliberal que ha sembrado el desaliento hasta el punto de que, como indica Josep Fontana, muchos piensan que no hay nada fuera del capitalismo. Y finalmente, la transición de Cuba desde el comunismo al capitalismo intervenido, ha dado al traste con una de las últimas esperanzas de los que todavía soñaban con la igualdad y la justicia social.

        Sin embargo, como han defendido por separado Eric Hobsbawm, Josep Fontana y el propio Neil Davidson, el espíritu del socialismo es hoy en día más necesario que nunca para hacer desaparecer las amenazas de hambre, epidemias, catástrofe ecológica y guerra que amenazan todo el orbe, incluido a los propios países occidentales. Solo con sus ideas de justicia social podremos limitar el daño medioambiental y humanitario que está provocando el capitalismo por todos los rincones del mundo. Será cuestión de analizar los errores cometidos en el pasado, para abrir nuevas vías que permitan la viabilidad de un sistema económico y social alternativo al capitalismo. Probablemente, el paso de un estado capitalista a uno socialista provocaría a corto plazo un decrecimiento económico y del mercado. Pero es una incógnita ya que no disponemos de experiencias previas. Y es que nunca se ha producido una secuencia larga de un estado proletario, salvo en cortos períodos de tiempo, en la URSS de 1922 a 1928, en España en 1936-1937, Hungría en 1956, etc. Brotes revolucionarios en el siglo XXI, como los de la primavera árabe, que han conseguido derrocar gobiernos estables, han demostrado una vez más que sigue existiendo actualmente una gran potencialidad revolucionaria que solo hay que saber canalizar.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL MIEDO A LOS BÁRBAROS

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TODOROV, Tzvetan: El miedo a los bárbaros. Más allá del choque de civilizaciones. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2008, 312 pp.

 

        Este ensayo del filósofo búlgaro Tzvetan Todorov constituye una réplica inteligente a la polémica obra de Samuel P. Huntington sobre el choque de civilizaciones. Y digo inteligente porque desmonta, con argumentos sólidos, la existencia de dicha confrontación. Con una dialéctica divulgativa, asequible por tanto a cualquier persona con una formación cultural media, ahonda en los orígenes del concepto de bárbaro y lo confronta con el de civilización. Y a continuación, analiza con ejemplos recientes el supuesto enfrentamiento entre civilización –Occidente- y barbarie –países islámicos- así como los enfrentamientos supuestamente étnicos o culturales, dentro de las fronteras de los propios países occidentales.

Los partidarios de la teoría del choque de civilizaciones concretan un total de ocho civilizaciones, incluida la occidental, todas ellas rivales. Pero, a juicio de estos, solo dos de ellas, la occidental y la islámica, libran en la actualidad un combate a muerte por el liderazgo mundial. Este nuevo combate entre Occidente e Islam, comenzó a Partir de 1990 cuando cayó el Muro de Berlín y se desmoronaron los regímenes comunistas de Europa. Del enfrentamiento del Capitalismo-Comunismo hemos pasado al enfrentamiento entre Occidente e Islam. Y para justificar su tesis del enfrentamiento civilizatorio, esgrimen todos y cada uno de los atentados perpetrados por los yihadistas; los ataques terroristas como las Torres Gemelas de Nueva York o el de Atocha en Madrid, fueron muestras inequívocas de esa guerra civilizatoria. El Islam se confunde con el integrismo islámico y con el barbarismo, mientras que Occidente encarna los valores liberales y democráticos.

Pero la realidad no es exactamente así; estos atentados no indican la existencia de nada parecido a un choque de civilizaciones sino que responden tan solo al deseo de una minoría integrista de satisfacer sus rencores personales y al de los otros de devolverlos. En esta teoría coinciden tanto Tzvetan Todorov como el filósofo esloveno Slavoj Zizek. Y las venganzas con que actúa sobre todo Estados Unidos con sus guerras preventivas o las torturas en Guantánamo y Abú Graíb no hacen más que acentuar el odio y retroalimentar el resentimiento. Además, los extremistas a sabiendas de que si son capturados sufrirán torturas, prefieren morir como kamikazes a ser capturados, aumentando considerablemente los daños y las víctimas. Occidente está renunciando a sus valores democráticos con la excusa de que se lucha contra el terror. Eso permite a Estados Unidos y a sus acólitos campar a sus anchas, invadiendo países, robando, y sembrando el terror y la destrucción por allí donde pasan. Cada golpe terrorista, vinculado al islam, se responde con otro golpe, lo que provoca un encadenamiento funesto de hechos dramáticos. Un círculo vicioso que es necesario romper. Y para colmo, esas agresiones son vistas como legítimas por los llamados países democráticos. Sin embargo, este contraterrorismo cada vez se parece más al terrorismo que combaten, dando argumentos a estos grupos extremistas para seguir en su lucha. Como dice el autor, es precisamente este miedo a los bárbaros lo que amenaza seriamente con convertirnos a todos en bárbaros. Porque esta idea de la confrontación civilizatoria, pese a ser falsa, crea un ambiente de hostilidad mundial peligrosa para todos.

El autor califica a los países del mundo en cuatro grupos, a saber: primero, los de apetito, formado por países emergentes como China, la India, Brasil, México y Sudáfrica. Segundo, los del resentimiento, formado por aquellos estados que están enojados por la continua humillación, real o imaginaria, padecida a costa de Occidente. Aquí se agruparían la mayoría de los países musulmanes como Pakistán, Afganistán, Irán, Irak, Libia, etc. Tercero, los países del miedo, que estaría formado por los estados occidentales que temen por igual los ataques terroristas de los países del resentimiento como la pujanza económica de los países del apetito. Y cuarto y último, los indecisos, que son un grupo de naciones que podríamos denominar neutrales y que, por tanto, no se pueden enmarcar fácilmente en ninguno de los tres grupos anteriores.

        El gran problema de Occidente es el miedo a los bárbaros que está provocando una serie de actuaciones que retroalimentan el problema. La palabra bárbaro tiene lejanos orígenes grecolatinos, pues estos llamaban así a todo el que no dominaba el griego, es decir, a todos los extranjeros. Estos bárbaros se caracterizarían porque obedecen a un tirano y porque no reconocen la humanidad de los demás grupos humanos. Es decir, que un bárbaro se caracterizaba sobre todo por su incapacidad para reconocer la humanidad del resto de los mortales, a diferencia de lo que hacían los grupos civilizados. Si aplicamos el concepto al Occidente actual nos daremos cuenta que son tan bárbaros como aquellos otros a los que pretenden controlar. No olvidemos que Estados Unidos ha sido único país del mundo que ha lanzado bombas nucleares contra población civil, en Hiroshima y Nagasaki, allá por 1945. ¿Hay acto mayor de barbarie?

        A nivel interno, en estos países supuestamente civilizados, se está generando un rechazo hacia el extranjero, y muy en particular hacia el musulmán. La xenofobia y la islamofobia se están convirtiendo en un gran problema, apoyada por algunos intelectuales, como Pim Fortuyn, que han escrito que el Islam es el mayor enemigo del mundo libre. Los extranjeros, son vistos como una amenaza, por lo que piensan que sería conveniente aislarlos o, incluso, expulsarlos. Suponen que contaminan la cultura europea, obviando que todas las culturas que existen en el mundo son mestizas. Es más la cultura está en permanente estado de transformación. De hecho la identidad europea es fruto de múltiples influencias: persas, árabes, celtas y, por supuesto, grecorromanas. La discriminación que sufren los europeos con raíces magrebíes provoca que muchos de ellos, pese a haber nacido en Occidente o ser, incluso, hijos o nietos de occidentales, se vinculen a su identidad originaria, ante el rechazo social. Pero, como afirma Todorov, sus aspiraciones no pasan por imitar a los ayatolas o a los suicidas islámicos sino simplemente conseguir el dinero suficiente para satisfacer su consumismo: unas deportivas de marca o un teléfono móvil de última generación. Es decir, que la agitación social no la provoca el Islam ni los ayatolás sino la rabia y la impotencia de unas personas que se sienten discriminadas y rechazadas en su propio país. No hay nada parecido a ese supuesto choque de civilizaciones. Como escribe Todorov, las civilizaciones no chocan, los que chocan son los intereses económicos y políticos. El Islam es una religión esencialmente pacifista y caritativa, aunque tenga o haya tenido, como el cristianismo, fases más violentas relacionadas con la guerra santa. Confundir o comparar terrorismo con Islam, supone herir la dignidad y el orgullo de los mil millones de musulmanes que viven en el mundo. Y ello, no supone otra cosa que alimentar la confrontación. Por tanto, el remedio a tanta indignación y a la radicalización de algunos grupos de integristas no es religiosa, ni cultural, como afirma Todorov, sino política.

        Para concluir, debemos decir que este libro desmonta a base de argumentos razonados el mito del choque de civilizaciones. Todo un entramado artificial, auspiciado por oscuros intereses de Occidente y, en particular, de los Estados Unidos de América. Desde el momento que práctica la ley del talión, aterrorizando, asesinando y torturando a terroristas, asume que puede ser igual de bárbaro al menos que sus oponentes. Asimismo, presentar a los musulmanes como enemigos peligrosos y violentos supone, además de una falsedad, multiplicar por dos la confrontación y hacer de nuestro planeta un mundo mucho más inseguro y peligroso. Estas páginas, magníficamente redactadas, pueden servirnos para reorientar nuestros posicionamientos y entender mejor nuestra realidad actual. Solo con diálogo y con empatía podremos conseguir un mundo mejor y más seguro para todos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS


UN GRITO EN EL DESIERTO DE LO REAL

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VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Un grito en el desierto de lo real. Villafranca de los Barros, Imprenta Rayego, 2013, 198 págs.

 

        Último libro del filósofo extremeño en el que vuelve a abordar, con un lenguaje sencillo y directo, los grandes problemas de nuestro tiempo. Preguntas y respuestas se entrecruzan en su libro, casi siempre sin un orden aparente, siguiendo los impulsos espontáneos de su autor. Sin embargo, su elocuencia y sus característicos cambios de tercio, le dan una gran viveza al texto, al tiempo, que permiten una lectura libre, multidireccional, lo mismo por partes, que de principio a fin, que de fin a principio.

Su filosofía es utilitarista, pretende ser una herramienta para ayudar a entender nuestro mundo y servir al bien común. Y aunque difiero del autor en algunos de sus argumentos, coincido en lo fundamental, en su compromiso social. Para mí la filosofía –como la historia- no tiene ningún sentido si no contribuye a la construcción de un mundo mejor para todos. Y en este sentido, afirma el autor que, dado que la filosofía es pensar, no puede haber democracia sin filosofía, ni filosofía sin democracia. El valor de su obra reside en su juicio independiente, sin más compromiso que su conciencia y su lucha por la justicia social. Su crítica abarca a todas las instituciones de poder: Estado, Iglesia, Universidad, Academias, partidos políticos, etc. También analiza críticamente las ideologías, de todo tipo, no solo el capitalismo neoliberal. Y ello, supone un acto de valentía que puede conllevar algunas satisfacciones pero también grandes sacrificios personales. Como él mismo indica, lo fácil es estar con las mayorías y lo difícil vivir y hablar como un disidente. Eso le lleva al aislamiento, a la falta de apoyos institucionales y, hasta cierto punto, a la soledad académica. El poder recela siempre de estos pensadores, dedicados a destapar las grandes mentiras de nuestro tiempo. Y la forma con la que se le combate no es mediante el debate intelectual, sino con el silencio estremecedor del vacío; salvo a un grupo de fieles comprometidos con el cambio, en general se le ignora, lo que paradójicamente retroalimenta el deseo del autor de continuar en su lucha desde la que él llama su trinchera.

        Se abordan decenas de cuestiones, inquietudes que pasan por la cabeza de su autor, lo mismo referentes a estructuras de poder, que al origen del cosmos o al sentido de la vida y de la muerte. Como sería imposible reseñar todos los aspectos analizados, me limitaré a destacar algunas de las cuestiones que a mí personalmente más me han interesado.

El gran tema de su obra es la crítica al neoliberalismo y al pensamiento posmoderno, al tiempo que propone una alternativa: el ecosocialismo. El neoliberalismo nos está haciendo esclavos de los mercados, que son los que mandan en el mundo y los que están acabando con el estado del bienestar, abocándonos a una nueva Edad Media. Y ello, con la ayuda del pensamiento posmoderno cuyo relativismo favorece el nihilismo y narcotiza a las masas que aceptan sin rechistar la dramática situación. Y ello favorecido por la tendencia innata del hombre a la servidumbre voluntaria, como denunciara hace tiempo La Boètie. Lo cierto es que neoliberalismo y posmodernismo forman un cóctel verdaderamente letal. Por ello, el profesor Viñuela se atreve incluso a acusar al propio pueblo de permitir la tiranía. Y no le falta razón, pues de alguna forma toda la sociedad es responsable de lo que está ocurriendo, por su pasividad, por su renuncia al conocimiento, a la libertad y a la disidencia. Y ello porque no existe en nuestros días una conciencia de clase de los trabajadores frente a la oligarquía. Pronto nos obligarán a hacer las manifestaciones en el campo o en alguna especie de manistódromo, para no molestar, y nos quedaremos todos tan tranquilos, sin caer en la cuenta que una manifestación busca precisamente eso, incomodar cuanto más mejor y presionar al poder. En este mundo trivializado es donde aparecen algunas voces individuales, como la del profesor Viñuela, que no son otra cosa que gritos en el desierto ético, social y político de lo real. Un desierto que, como bien dice el autor, no es fruto de la casualidad sino que está auspiciado, controlado y dirigido por el poder que evita así la crítica de la razón, al tiempo que oculta sus despropósitos. Por eso, uno tiene la impresión de que ya no existen ideologías, ni soñadores que piensen que otro mundo mejor es posible, solo personas egoístas, nihilistas y hedonistas. Según el profesor Viñuela, no hemos sustituido la ética religiosa por la ética laica sino directamente por la indiferencia. El relativismo impuesto por el posmodernismo ha acabado con todo. Hasta aquí totalmente de acuerdo. Sin embargo, propone como alternativa retomar el programa inacabado de la Ilustración, que a su vez había sido continuación del proyecto ético de la Atenas de Pericles. Pretende la consecución, de una vez por todas, de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Pero, con todos mis respetos, tengo la impresión que tiene idealizada a la Ilustración y a los ilustrados, pues todos sabemos qué clase de libertad y de igualdad defendían. La Ilustración esgrimía las luces de la razón frente a la superchería, la libertad y la igualdad natural -la fraternidad ni siquiera se lo plantearon con seriedad-. Sin embargo, sí que justificaban la desigualdad por méritos, consagrando la sociedad de clases y, por supuesto, creían erróneamente que el progreso constante de la humanidad llevaría al ser humano a la felicidad. La ideología de progreso, el liberalismo clásico –idéntico al actual neoliberalismo- y el nacionalismo surgieron a la sombra del movimiento ilustrado. No lo olvidemos.

En cambio, en otro lugar de la obra, el autor se suma muy acertadamente al proyecto ecosocialista, como única alternativa posible al neoliberalismo actual. Esta ideología aunaría la justicia social del socialismo con la necesidad de un equilibrio con la naturaleza que propone el ecologismo, a través de un decrecimiento progresivo, como defiende Carlos Taibo. Se trataría de ligar la impronta ética del marxismo con una idea que el propio Karl Marx no pudo prever, es decir, con la necesaria conservación de la naturaleza, sustituyendo el antropocentrismo por el biocentrismo. El capitalismo está llevando a nuestro planeta al límite, pues plantea un consumo ilimitado, cuando los recursos son limitados. Como aclara el autor del libro, no se trata de volver a las cavernas, sino de racionalizar el consumo, de reducir drásticamente nuestras necesidades, de aprovechar todo, como viene haciendo desde hace milenios la propia naturaleza. Se trataría de vivir con menos, de reducir la producción y el consumo de bienes superfluos, de revalorizar valores de antaño como la conversación, la lectura o la meditación. En definitiva, de ralentizar el tiempo. Y no lo olvidemos, este decrecimiento llegará antes o después, por las buenas, planificado por el estado, o por las malas, impuesto por el agotamiento de los recursos. Con el actual crecimiento demográfico y el nivel de consumo de las potencias desarrolladas y emergentes, la lucha por el control de los recursos energéticos, alimentarios y de agua potable van a ser, a medio o largo plazo, dramáticos. Si no cambia radicalmente la situación, y no parece que vaya a ocurrir, se avecinan tiempos muy difíciles para varios miles de millones de seres humanos. Según el autor, para implantar este nuevo ecosocialismo es esencial que los ciudadanos fuercen el cambio.

La institución eclesiástica también es objeto de la crítica porque la iglesia dejó por el camino la idea de justicia social de Jesús de Nazaret y de los propios evangelios. Los cristianos fueron inicialmente perseguidos pero, desde el siglo IV d. C, en que el cristianismo se convirtió en religión oficial del Imperio Romano, pasaron de perseguidos a perseguidores. Su estrecha y secular vinculación con el Estado, a lo largo de los siglos, pervirtieron la institución, convirtiéndola en un excepcional instrumento de opresión de las masas. Pero eso no significa que, en la Iglesia de base, no hayan existido religiosos modélicos que han seguido realmente a Jesucristo y han practicado la caridad. Desde fray Bartolomé de Las Casas a los defensores en nuestro tiempo de la teología de la liberación. Precisamente el profesor Viñuela cita una frase del jesuita Jon Sobrino, militante de este último movimiento, que dice que fuera de los pobres no hay salvación. Y está claro que si existiera un Dios justiciero, la mayor parte de la jerarquía eclesiástica estaría condenada al infierno.

En cuanto al sistema educativo, el autor sitúa el origen de todos los males en la LOGSE, aprobada en 1990. Una norma que, a su juicio, primaba la mediocridad frente a la excelencia, al centrarse en la atención a la diversidad y en las TICs. Estoy con el autor cuando dice que la ley contiene errores, pues es necesario ofrecer alternativas formativas a aquellos que no quieren estudiar y terminan creando disrupción. También debería existir la posibilidad legal de adaptar el currículo, no sólo por abajo sino también por arriba, para aquellos alumnos mejor preparados. Sin embargo, a mi juicio, el avance social que supuso la LOGSE es irrenunciable. Los que tenemos ya una edad y conocimos la antigua educación, sabemos la cantidad de compañeros que se quedaron por el camino, casi todos pertenecientes a familias de baja extracción social. La ley de 1990 implicó un progreso sin precedentes, sobre todo al ampliar la obligatoriedad de la enseñanza hasta los 16 años. Y está demostrado que cuanto más tardía es la decisión de dejar los estudios menos correlación hay entre abandono y origen social. Mucho más de acuerdo estoy en su crítica a las leyes posteriores y en particular a la LOMCE, que en vez de arreglar los errores de la ley original, han sembrado de incertidumbre y de provisionalidad al sistema educativo.

También reflexiona Viñuela sobre la muerte de la que dice que es inminente –puede ocurrir en cualquier momento- y necesaria. Y yo añadiría, además, que es el más importante agente de justicia social, pues termina por igualarnos a todos. A fin de cuentas, la vida no es más que una larga lucha por la supervivencia cuya batalla final tenemos todos perdida.

Por las limitaciones de espacio que una reseña impone dejo aquí mi glosa, no sin antes aclarar al posible lector que en el libro encontrará, de manera mucho más amplia, sabías y profundas reflexiones sobre estos y otros temas. El texto invita a la reflexión, y por tanto, a la disidencia porque, como bien explica el autor, la razón es revolucionaria mientras que el poder es siempre reaccionario. Una obra útil, inteligente e interesante que intenta dar respuesta a los grandes problemas de nuestro tiempo. Animo a todas las personas comprometidas con el mundo en el que viven a disfrutar pausadamente de su lectura.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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IMPERIALISMO Y PODER

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ESTEBAN MIRA CABALLOS.: Imperialismo y poder. Una historia desde la óptica de los vencidos. /El Ejido/, Editorial Círculo Rojo, /2013/. 215 p., índice, 21 cm. D. L. AL. 618-2013. ISBN 978-84-9050-230-3

 

        El Dr. Mira Caballos, Profesor del I.E.S.O. “Mariano Barbacid” de Solana de los Barros que, en 2011 nos regaló una excelente, bien documentada, sugerente y novedosa biografía del metellinense Hernán Cortés, de la que nos hicimos eco en su momento en esa misma sección de La CAPITAL, nos ofrece su nuevo libro que, a tenor de su título, se ajusta a los conceptos y criterios historiográficos que maneja y de los que hace gala el autor ya desde las primeras palabras de la Introducción de la obra: Presento en este volumen un conjunto de reflexiones en las que analizo, desde una óptica que podríamos llamar alternativa, las formas de poder del pasado y del presente así como sus consecuencias (p. 9). A tenor de este planteamiento, Esteban Mira es consciente de que su Imperialismo y poder podrá ser considerado e, incluso, catalogado como acientífico por cuanto la historiografía clásica no ve con buenos ojos analizar, desde prismas diferentes, los acontecimientos porque permite alcanzar nuevas conclusiones en relación a las viejas cuestiones que deben revisarse con un punto de vista profundamente crítico y, de manera especial, con el poder.

        Sin embargo, al margen de este novedoso planteamiento crítico, interesa constatar que subyace en este libro y, en general, en toda la obra de Mira Caballos, un loable deseo de divulgar, alta vulgarización la denomina el propio autor, los hechos históricos, sus causas y sus consecuencias porque la historia no puede circunscribirse únicamente al ámbito de los historiadores o investigadores como un arcano manejado o manoseado al albur de unos intereses más o menos bastardos. Es absolutamente necesario, en ello estamos de acuerdo con el Dr. Mira Caballos, dar a conocer la historia, explicarla con intención de que sea comprensible para una sociedad ávida de entender su pasado, discernir el presente y, en lo posible, predecir el futuro. Entiende Mira Caballos que la historia, por desgracia, está llegando “al gran público (a través) de la cinematografía así como de algunas novelas, historias, narrativas y best sellers,escritos por periodistas, tertulianos, políticos y oportunistas que estando con frecuencia poco o mal documentados, tiene un gran impacto social” (p. 10). Es necesario, en consecuencia, escribir buenos libros de historia para que los acontecimientos sean conocidos, comprendidos y valorados en su justa medida para que el estudio de la historia y su divulgación cumplan la función social que deben tener.

        La obra de Esteban Mira está estructurada en quince capítulos-reflexiones de temática variada con el hilo conductor de plantear cuestiones polémicas sobre las que cabe la posibilidad de debatir desde perspectivas distintas. Es cierto que, entre las cuestiones alas que nos referimos,tienen un mayor peso específico las de temática americanista y, de manera señalada, las que abordan el siglo XVI, dada la especialización del Dr. Mira. Sin embargo, lo más significativo no es tanto la temática como el punto de vista desde el que se aborda.

        Esta perspectiva, según Esteban Mira, debe basarse en el compromiso social de historiadores como Vilar o Fontana y tiene tres columnas vertebrales. En primer lugar, los historiadores deben plantearse nuevas preguntas para dar respuesta a las necesidades de la sociedad de nuestro tiempo (p. 17), lo que no significa en absoluto que tengan que hacer investigación desde determinadas posiciones ideológicas o políticas. En segundo lugar, es necesario ir olvidando la idea de que el historiador no debe enjuiciar sino solo narrar y, por supuesto, siempre de aspectos pasados no presentes, lo que implicar llegar a las mismas viejas conclusiones (p. 18). Y en tercer lugar, hay que dar protagonismo a esa masa anónima porque ha llegado la hora de construir la verdadera historia, donde el sujeto no sean las élites, ni tan siquiera la humanidad entera sino la clase subalterna (p. 19). Con esta filosofía Mira Caballos se enfrenta a los hechos históricos y trata de reflexionar sobre sus causas, su desarrollo y sus consecuencias para entender el futuro porque parece evidente que los esquemas de la sociedad actual, que se fundamentan en el capitalismo, se está desplomando de forma estrepitosa.

        No es de extrañar, en consecuencia, que cada una de las breves reflexiones de Esteban Mira aborde cuestiones que, en ningún caso, dejan indiferente al lector que ve como los hechos históricos se plantean desde prismas que permiten su extrapolación y relación con un rabioso presente con la intención de hacer ver al lector que los acontecimientos no suceden porque sí, que tienen objetivos concretos que se traducen, casi siempre, en la supremacía de determinadas clases sociales, culturales, instituciones, ideologías, élites intelectuales, poderes económicos, religiosos, económicos o militares y siempre al servicio de intereses que pueden ser discutibles y/o discutidos.

        Desfilan así, por las páginas de Imperialismo y poder, cuestiones variadas como el imperialismo y su justificación ética, la discriminación y la violencia en la España moderna, el problema de los moriscos españoles, el genocidio en la conquista de América, el final del capitalismo, el terrorismo como estrategia ejercido por los conquistadores de América, la situación de los expósitos durante el Antiguo Régimen y la limpieza de sangre y su repercusión en la España moderna.

         El libro de Esteban Mira tiene para el lector el atractivo de que se puede leer de manera intermitente, no es absolutamente necesario engancharse como con una novela. Sin embargo, sí es capaz de captar la atención porque está planteando, desde los hechos históricos más o menos recientes, cuestiones de debate a fondo lo que implica tomar conciencia y postura a nivel personal lo que supone una actitud ética ante la realidad actual. Se puede o no estar de acuerdo con los puntos de vista del Dr. Mira Caballos, pero lo que sí es evidente es que el libro no deja indiferente a nadie y exige una lectura reflexiva que, además, va más allá de un simple planteamiento intelectual.

        Felicitamos a Esteban Mira Caballos por su libro. Un libro que está pensado para analizar hechos históricos con un sentido profundamente divulgativo, cualidad de la que tan necesitada está la historiografía actual que, quizá, está haciendo dejación de esta función que es tan importante o más que la propia investigación.

 

JOSÉ ÁNGEL CALERO CARRETERO

(Reseña publicada en La Capital de Tierra de Barros, octubre de 2013, p. 26)

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LA IDEA DE LA HISTORIA EN ARTURO CAMPIÓN

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Emilio Majuelo: La idea de la historia en Arturo Campión. Donostia: Eusko Ikaskuntza, 2011. 295 páginas.

 

Entre el tercer tercio del siglo XIX y principios de la centuria siguiente se desarrolló en Euskal Herria una intensa actividad intelectual, coincidiendo con la emergencia del nacionalismo vasco. En ese movimiento brillaron un nutrido grupo de intelectuales, de muy diversas ramas humanísticas, como Juan Carlos Guerra, Serapio Múgica, Telesforo de Aranzadi, Domingo de Aguirre, Julio Urquijo, Carmelo Echegaray o Julio Campión, entre otros. Todos ellos merecen el reconocimiento de su obra, y muy especialmente este último, pues, como afirma Emilio Majuelo, fue uno de los autores más influyentes de Euskal Herria en las primeras décadas del siglo pasado. Además de su fecundidad intelectual, desempeñó cargos políticos y administrativos pues fue, por un lado, senador por la provincia de Vizcaya del partido Comunión Nacionalista Vasca y, por el otro, presidente de la Sociedad de Estudios Vascos y miembro de varias academias, entre ellas, de la R.A.H. El estallido de la Guerra Civil y la posterior dictadura franquista relegaron su obra al olvido, del que no salió hasta el advenimiento de la democracia.

Su personalidad y su obra estuvieron marcadas por la guerra civil carlista -iniciada en 1872- y la eliminación de los privilegios forales, así como por la emergencia del nacionalismo político, liderado por Sabino Arana y Goiri. Fue un humanista a la antigua usanza, es decir, poseía unos vastos conocimientos que abarcaban una amplitud de disciplinas: filología, historia, literatura, música, antropología, genealogía, geografía, etc., aunque circunscritos fundamentalmente a su querida patria. Y mantuvo contactos con decenas de investigadores españoles, alemanes y, sobre todo, franceses. Asimismo, se sumergió en los ricos archivos navarros lo que le otorgó una sólida base sobre la que fundamentar sus hipótesis.

Su pensamiento fue tremendamente complejo y sólo se puede entender en la época y en el entorno en el que vivió. Miembro de una familia acomodada, que residió a caballo entre Pamplona y Donostia, fue anticarlista, aunque sintió y sufrió las consecuencias de la derrota de estos, sobre todo en lo referente a la supresión de fueros en 1876 y a la brutal centralización del gobierno canovista. Fue, asimismo, un católico practicante, hasta el punto que creía que el cristianismo constituía un componente esencial de la espiritualidad vasco-navarra. Asimismo, fue un republicano convencido, nacionalista, antiimperialista, antimilitarista y antimarxista, doctrina esta última a la que atacó en varios de sus escritos. Para él, el nacionalismo constituía la legítima lucha de los pueblos irredentos por su libertad, frente al imperialismo protagonizado por aquellos Estados que pretendían sojuzgar por la fuerza a otros más pequeños. Fue toda su vida un defensor de su patria pero jamás abrazó claramente el independentismo, ni siquiera en la época final de su vida, cuando estaba decepcionado del difícil encaje entre Euskal Herria y España. Pero es más, en toda su obra se trasluce un cierto pesimismo que fue en aumento con el paso de los años, cuando comprendió que las relaciones de igualdad, que su patria había mantenido con otras naciones de su entorno hasta su conquista en 1512, jamás se recuperarían. Añoró a los comuneros castellanos que lucharon por sus libertades, al igual que los vascones lo hicieron entre 1512 y 1521 frente a la conquista castellana. Una anexión, insistía Campión, que no fue fruto de una unión espontánea ni de un proceso legítimo sino de una anexión militar. A su juicio, Euskal Herria había sido maltratada durante siglos por la nacionalidad dominante, es decir, por la española. Pese a todo –insisto- mantuvo toda su vida un posicionamiento federal, soñando con una patria vasco-navarra que mantuviese relaciones de igualdad con la española.

En la etapa final de su vida, sobre todo durante la II República española, recibió numerosos homenajes y su obra fue reconocida, no sólo en Euskal Herria sino también en los círculos intelectuales españoles y europeos. En 1930, la Sociedad de Estudios Vascos le brindó un emotivo homenaje; sin embargo, en 1936 estalló la Guerra Civil y justo un año después, concretamente el 19 de agosto de 1937, fallecía en su casa de Donostia. Bien es cierto -como dice el autor del libro- que se evitó el sufrimiento de la dura postguerra franquista y el arrasamiento de las culturas periféricas que perpetró el régimen dictatorial que gobernó los destinos de España hasta 1975. Su legado fue silenciado durante décadas, pero su obra escrita perduró hasta su rescate en el último cuarto del siglo XX, sobre todo a raíz de la publicación de sus Obras Completas, entre 1983 y 1985. El escritor y político navarro nos dejó un importante legado, el de un enamorado de su patria que con un trabajo metódico y científico trató de ahondar en las raíces históricas del pueblo vasco-navarro. Un verdadero cronista de su tierra, como en el siglo XVII lo fue el padre Moret. Obras como El genio de Navarra o Celtas, Iberos y Euskaros, por citar sólo dos de las más significativas, forman parte esencial del acervo bibliográfico de Euskal Herria.

Encontramos en el libro algunos aspectos mejorables: para empezar, el propio título resulta engañoso pues, en teoría, sólo se debía analizar su idea de la Historia, cuando en realidad se traza una valoración completa de su ideario, de su obra y de su personalidad. Y para ello, el autor no escatimó esfuerzos, recabando información de muy diversos repositorios, en particular del Fondo Campión que se conserva en el Archivo General de Navarra. También apreciamos un excesivo abigarramiento de datos así como una deficiente estructura, lo cual dificulta considerablemente su lectura y su comprensión. Pese a ello, huelga decir que estamos ante un trabajo muy bien documentado y, por tanto, valioso, que muestra el pensamiento equilibrado, maduro, profundo, preñado de razones y de amor a su patria de Arturo Campión. Un humanista que siempre buscó el difícil encaje y la empatía de Euskal Herria con el resto de España. En este respeto mutuo que defendiera Campión, en esta federación de naciones ibéricas, puede estar la clave de la buena convivencia en la España del siglo XXI.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Reseña publicada en Iberoamericana Nº 50. Berlín, 2013, Págs. 257-259)

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EL PROBLEMA DE LA INCREDULIDAD EN EL SIGLO XVI

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FEBVRE, Lucien: El problema de la incredulidad en el siglo XVI. La religión de Rabelais. Madrid, Akal, 1993, 362 págs.

 

         Estamos ante una obra maestra del historiador francés, uno de los fundadores de la Escuela de los Annales, publicada originariamente en 1947, pero no editada en castellano hasta casi medio siglo después. De acuerdo con su propia metodología, defendida en su célebre libro Combates por la Historia, el autor parte del planteamiento de un problema al que pretende dar respuesta. Su gran objetivo no fue otro que el estudio de la psicología colectiva, a través de la problemática de la incredulidad. Y se introduce en ella analizando un caso muy concreto, el del afamado humanista galo, François Rabelais. Este último nació en la última década del siglo XV, siendo inicialmente fraile –primero franciscano y luego benedictino-, y abandonando después la vida monástica para recorrer Francia y doctorarse en medicina. Nos dejó muchas obras importantes, como la vida de Pantagruel o el Gran Gargantua. Rabelais es un librepensador que, a partir de 1532, se planteó aspectos éticos y espirituales que durante siglos nadie se había cuestionado. Un pensamiento muy avanzado para su época que lucha abiertamente contra la superstición de esos pobres idiotas que le rodean, que sigue con apasionada curiosidad los dramas de la Reforma, pero cuya piedad está más cerca de la religión erasmiana, liberalmente interpretada, que de la reformista; sus ideas están más vinculadas a Erasmo de Rotterdam que a protestantes como Juan Calvino o Martín Lutero. Y ello a pesar de que algunos historiadores pasados y presentes le dieron el apelativo de reformado. Él reniega de las supersticiones y de los supersticiosos, especialmente de aquellos que creían en la influencia de los astros en el destino de los hombres. A su juicio, el mundo dependía única y exclusivamente de la voluntad de Dios, de un Dios bondadoso, cuyo único tributo del feligrés debía ser la lectura, la meditación y la praxis del evangelio.

La cuestión clave era saber hasta qué punto Rabelais fue un producto de su tiempo o un adelantado a él. En opinión de Febvre, responder a esta cuestión resultaba clave para entender realmente la mentalidad del quinientos. Obviamente fue lo segundo, es decir, un personaje excepcional, al igual que otros de su tiempo como Leonardo da Vinci o Miguel Servet. Por ello, su mentalidad no se puede ni mucho menos generalizar; fue un verdadero precursor de la libertad, varios siglos antes de que la proclamasen a los cuatro vientos los revolucionarios franceses. No olvidemos que en su época la fe lo iluminaba todo, y cualquier intento de interpretación razonada era cuanto menos tildada de impía o de blasfema. El cristianismo era, como dice el autor, el aire mismo que se respiraba en Europa. Entonces ser cristiano no era una opción sino una obligación. Todas las personas desde su nacimiento hasta su muerte, e incluso después de ésta, estaban condicionas por el credo institucionalizado por San Pedro. Con esa obsesión se inició el descubrimiento y conquista del Nuevo Mundo, desde finales del siglo XV. Por eso hay que dice que la conquista de América fue la última cruzada de Occidente.

Me ha llamado la atención un dato marginal, pero muy interesante. A mí me había llamado siempre la atención que grandes personajes del quinientos, como Hernán Cortés, no supiesen su edad con exactitud. De hecho este último manifestó su edad en cinco ocasiones, ofreciendo cinco cifras diferentes. Pero como explica Febvre, lo celestial y lo terrenal estaban tan íntimamente ligados que las personas no sentían la necesidad de conocer su edad con precisión, pues el tiempo tenía una importancia muy relativa. No se celebraba el aniversario sino la onomástica, vinculada siempre al santoral católico. De ahí que muchas personas tan solo tuviesen una idea aproximada de su fecha de nacimiento.

 A medida que avanzamos en la lectura de sus páginas, salen al paso personajes diversos que Lucien Febvre tiene el acierto de revivir. Sus páginas están repletas de descripciones y retratos, y a través de todas esas imágenes sorprendentes aparece el perfil de una época, con su clima moral y su atmósfera. Consigue alcanzar así la realidad de un momento histórico, con toda su riqueza de matices y contradicciones, lo que le permite evitar, en sus propias palabras, el mayor pecado de los pecados, el más imperdonable de todos: el anacronismo. Este libro es una gran lección de método, pero también de prudencia y de modestia, pues el propio autor recuerda que ningún historiador está en posesión de la verdad absoluta. A su juicio jamás tenemos convicciones absolutas cuando se trata de hechos históricos… El historiador no es el que sabe. Es el que investiga.

Estamos ante un clásico de la historiografía, es decir, una obra que no pierde su valor con el paso de los años. Prueba de ello, es que sesenta y seis años después de su primera edición, sigue siendo igual de útil, igual de novedosa e igual de actual que cuando vio la luz justo dos años después del final de la II Guerra Mundial.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA POBREZA DE CLÍO

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BOLDIZZONI, Francesco: La pobreza de Clío. Crisis y renovación en el estudio de la historia. Barcelona, Crítica, 2013, 350 págs.

 

        En apariencia el libro se debería referir a la crisis de la ciencia histórica y las propuestas para superarla. Así se especifica incluso en la sinopsis de la contraportada, mientras que en el prefacio su autor confiesa que su objetivo ha sido el de un historiador preocupado por evangelizar a los economistas. Sin embargo, más bien parece que su objetivo real ha sido el inverso, es decir, el de un economista preocupado por evangelizar a los historiadores. Básicamente, el libro vuelve a incidir en el viejo enfrentamiento en el seno de la historia económica entre los partidarios de llevar la cuantificación hasta sus últimas consecuencias y los que no. Entre los primeros están la corriente cuantitativa que, a mediados del siglo pasado, lideró S. Kuznets, y la New Economic History –también llamada actualmente cliometría- que poco después encabezaron economistas como Conrad y Meyer, Fislow y R. W. Fogel. La escuela cliométrica, aunque cuenta con pocos adeptos, tiene una gran influencia en la historiografía anglosajona y amenaza también con ganar terreno en la europea.

        El autor atribuye la crisis actual de la historia a los historiadores historicistas que formularon una historia narrativa acorde con la ideología neoliberal y que, por tanto, no daban respuestas a los problemas de hoy. Y no le falta razón, sólo que hay más responsables, entre otros los economistas historiadores de la escuela cuantitativa que redujeron la historia a flujos económicos, haciendo extrapolaciones poco fiables. Tampoco contribuyeron al buen nombre de la historia los miembros de la escuela cliométrica cuando plantearon una historia contrafactual, utilizando hipótesis alternativas que no llevaban a ningún sitio. No tiene ningún sentido plantearse hipótesis contrafactuales: ¿cómo hubiese sido el curso de la historia Antigua si Aníbal hubiese conquistado Roma? ¿qué hubiese pasado si Hitler hubiese ganado la II Guerra Mundial?, etc. Evidentemente la historia hubiese sido otra, pero no podemos saber cómo, sencillamente porque no disponemos de herramientas para ello. Por tanto, la historia que plantea la cliometría es, de acuerdo con E. P. Thompson, totalmente inútil e improductiva. Además, en el fondo, cometen el error de tratar de compatibilizar el pasado con la economía neoliberal. Lo cierto es que la situación crítica en la que se encuentra la historia actualmente no se debe sólo a la insolvencia del método historicista sino también al fracaso de las escuelas cuantitativas y cliométrica. .

Dado que hay historiadores insatisfechos y economistas discrepantes, está claro que urge una solución alternativa que dé nuevas herramientas de análisis del pasado. Para evitar contaminaciones ideológicas el autor afirma que se ha esforzado en buscar una cierta neutralidad. Pero como suele ocurrir, el resultado final es un trabajo raro, mal definido ideológicamente, donde con mucha tibieza se critican los excesos del neoliberalismo y de las escuelas económicas cuantitativas. No obstante, y pese a su precaución por no implicarse ideológicamente, el autor está más próximo a una lectura neoliberal que supuestamente critica que a una interpretación progresista de la historia. La solución que plantea no es otra que el uso de los últimos avances en la historia económica. Enfoques muldimensionales del desarrollo de la economía que contribuyan a renovarla. Sin embargo, este planteamiento solo puede ser una solución para la historia económica no para la ciencia histórica en su globalidad. Y es que la historia es mucho más que eso, pues está condicionada y protagonizada por individuos y sociedades en las que la cultura, la ideología y las mentalidades condicionan la actividad humana. A mi juicio, hay corrientes historiográficas que han supuesto un aporte impagable a la historiografía, como la Escuela Anales que en su día supuso una verdadera revolución, o la escuela marxista, entre otras. El aporte a la historia económica de Karl Marx y sus discípulos ha sido notabilísimo, pese al silenciamiento que se hace de él en esta obra, pues su autor considera que eso pertenece ya al pasado. Asimismo, el profesor Boldizzoni insiste en que es necesario superar el relativismo que supone que estemos continuamente reescribiendo la historia para adecuarnos a los problemas del presente. Y en apoyo de ello, dice algo tan reaccionario como que el buen conocimiento de la historiografía tiene la acción beneficiosa de disminuir en gran medida las pretensiones de innovación de los profesionales actuales. Como si la innovación no fuese en realidad una necesidad perentoria. Yo creo precisamente lo contrario, es decir, que el buen conocimiento de la historiografía nos puede ayudar a innovar el método y el conocimiento del pasado desde nuestro presente. De hecho, la historia solo tiene valor si trata de proporcionarnos respuestas a los problemas de nuestro tiempo, es decir, si es historia del pasado-presente. No podemos olvidar que la historia, como quería Antonio Gramsci, es una disciplina que se refiere a todos los hombres del mundo en cuanto se unen entre sí en sociedades y trabajan, luchan y se mejoran a sí mismos. Los individuos responden a un entorno social, pero son en menor o mayor grado responsables de sus actos, no son una mera unión de moléculas egoístas que determinan sus acciones. Por eso, es impensable que la historia económica por sí sola pueda constituir una metodología global para la complejidad de la ciencia histórica.

  El análisis del profesor Boldizzoni puede ser brillante, no lo dudo, pero simple y llanamente no se ajusta al contenido del título, lo que no deja de ser una decepción para el lector que espera otra cosa entre sus páginas. Acierta de pleno en sus críticas a la corriente cliométrica, al tiempo que introduce sugerencias metodológicas atractivas sobre la historia económica. De hecho, su libro acaba con una especie de manifiesto en el que establece cinco recomendaciones para la renovación de la historia económica: fidelidad a las fuentes primarias, contextualización histórica, relación con otras disciplinas, uso adecuado de las técnicas cuantitativas y la puesta en práctica de una metodología inductiva. Sin embargo, apenas dedica unas páginas a las innovaciones metodológicas que en el último medio siglo han aportado la historia social, la antropología y la sociología. Acaso, la unión de esfuerzos de todas estas disciplinas así como los crecientes aportes de la historiografía de los países emergentes mejoren la creatividad y la credibilidad de nuestra querida ciencia histórica.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

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LOSURDO, Domenico: Contrahistoria del Liberalismo. Barcelona, El Viejo Topo, 2007, 374 págs.

 

        Domenico Losurdo, profesor de Filosofía de la Historia en la Universidad de Urbina, reflexiona en este libro sobre las contradicciones y mitos del liberalismo. La ideología liberal fue la responsable del fin del Antiguo Régimen, esgrimiendo las libertades individuales, frente al poder absoluto. Sin embargo, dicha ideología no puede identificarse con la libertad sin más. No podemos obviar –recalca Losurdo- que pese a su utilidad en el tránsito del Viejo al Nuevo Régimen, se trataba de un credo de clase, de la clase burguesa. Y por ello, siempre ha tendido a la defensa de los intereses del grupo dominante y no del pueblo. Como ya dijo en el siglo pasado René Rémond, el liberalismo tiende a mantener la desigualdad social. Por eso no sólo tolera la esclavitud sino que la auspicia y la justifica.

El aporte del autor de este libro consiste en haber demostrado de manera incontestable que la esclavitud y el imperialismo –de cualquier tipo- no es que permanezca residualmente en los inicios del liberalismo sino que es consustancial a él y que, incluso, alcanza su máximo desarrollo tras el triunfo liberal. Naciones tradicionalmente liberales como Inglaterra u Holanda estuvieron más implicadas que nadie en la trata negrera. Pero es más, padres del liberalismo, como Locke, Calhoun o John Stuart Mill defendieron la institución de la esclavitud en mayor o en menor grado, aunque otros como Montesquieu o el propio libertador Simón Bolívar, la censurasen con claridad. Locke lo mismo criticaba el servilismo autocrático de la monarquía absoluta que justificaba la esclavitud en las colonias. Es sin duda el último de los grandes filósofos que argumenta a favor de la esclavitud absoluta y perpetua, pues no en vano el mismo poseía inversiones en el lucrativo negocio de la trata. La situación en el siglo XVIII llegó a tal extremo que era más difícil que un esclavo de una colonia británica alcanzase la manumisión que otro que hubiese vivido en el antiguo Imperio Romano.

Si ya de por sí muchos liberales justificaban la esclavitud, con muchas más razones, lo hacían del servilismo. Incluso los abolicionistas tienen intereses velados, pues rechazan la esclavitud pero sostienen el trabajo servil. Las reclutas forzadas de marineros y de soldados eran prácticas habituales en el mundo anglosajón en los siglos XVIII y XIX. Dada la dureza de estos oficios y la alta tasa de mortalidad, las autoridades metropolitanas se veían obligadas a recurrir a métodos drásticos para mantener en servicio las más de 700 naves de guerra que surcaban y mantenían su imperio. Una forma de servidumbre que no guardaba apenas diferencias con la esclavitud.

Llegados a ese punto, el profesor Losurdo se plantea una interesante pregunta: ¿se puede ser liberal y esclavista al mismo tiempo? La respuesta no admite dudas, rotundamente sí. Dicha ideología, al ser clasista, defiende los derechos y libertades de la clase dominante, negando todas estas prerrogativas a pobres, marginados, huérfanos, vagabundos y minorías étnicas. La idea ciceroniana de que algunos pueblos eran indignos de la libertad se mantenía con énfasis en el ideario liberal. Para John Stuart Mill los anglosajones estaban en la cúspide civilizatoria, pues habían contribuido al progreso general de la humanidad. Por eso, el sometimiento de otros pueblos, teóricamente bárbaros, no sólo era posible sino deseable. Pero en esa defensa clasista los ideólogos liberales van mucho más allá: en caso de que dentro del propio país civilizado se produjese una barbarie interna –revueltas, manifestaciones, huelgas- que amenazase la estabilidad, es posible suprimir temporalmente las libertades y establecer un gobierno dictatorial. Esta idea la defendió en su día Montesquieu y la esgrime y usa reiteradamente el neoliberalismo en pleno siglo XXI.

        Asimismo, insiste el autor que el estado del bienestar, que durante varias décadas hemos conocido en Europa, no ha sido fruto del liberalismo como piensa la mayoría. En realidad, estos avances sociales no han sido una concesión graciosa de la élite dirigente –la burguesía- sino fruto de la larga lucha de clases que se inicia fundamentalmente a parte de la revolución rusa de 1917. Desde la caída del muro de Berlín, y tras el desprestigio de la praxis marxista, esta última ideología ha perdido fuerza lo que ha aprovechado la ideología liberal para acabar con el estado del bienestar. Si nada ni nadie lo remedia vamos a asistir en los próximos lustros al fin del estado social y a la vuelta de las grandes desigualdades sociales. La clase media se reducirá drásticamente, al tiempo que aparece una extensa prole de trabajadores pobres que ni aun trabajando conseguirán satisfacer sus necesidades más perentorias.

Lo que Losurdo deja claro en esta brillante obra es que la ideología y la praxis liberal no solo no han impedido la esclavitud, la servidumbre o el expansionismo imperialista sino que han sido consustanciales a su propio sistema. El panorama se presenta sombrío por el triunfo de la ideología neoliberal. La única esperanza que nos queda es que precisamente la reaparición de la clase obrera en su más extenso sentido, dé lugar a un retorno del movimiento obrero y a un renacer del pensamiento marxiano. También sería positivo que potencias regionales como Rusia o emergentes como China, consiguiesen el potencial suficiente para frenar o al menos limitar el expansionismo estadounidense por el mundo y su ideología neoliberal.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL ACOSO DE LAS FANTASÍAS

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ZIZEK, Slavoj: El acoso de las fantasías. Madrid, Ediciones Akal, 2011, 266 págs.

 

        El profesor Zizek aborda en este libro nada más y nada menos que el funcionamiento de la ideología postmoderna, condicionada por las fantasías. Dada la extensión del libro, las múltiples aportaciones y las numerosas ejemplificaciones, me voy a limitar a destacar algunos aspectos que me han llamado especialmente la atención.

El autor explora las relaciones entre la fantasía y la ideología. Aquella estructura el goce pero a la vez coarta sus excesos. Revela claramente su gran poder, capaz de enmascarar la realidad y de condicionar nuestra relación con el mundo visible. La fantasía se convierte así en un mecanismo para ocultarnos a nosotros mismos el horror de innumerables situaciones concretas que vivimos personalmente o conocemos a través de los medios de comunicación. Y va incluso más lejos, al afirmar que la función de la fantasía es similar al esquematismo trascendental kantiano: una fantasía conforma nuestro deseo, es decir, nos enseña cómo desear. La fantasía guarda con la realidad una íntima relación de cercanía y lejanía, creando un escenario en el que se enturbia el horror de la realidad. Todo se cubre bajo su manto, evitando ver la realidad tal cual. Este falseamiento de lo existente otorga cobertura ideológica a todo tipo de injusticias, desigualdades, asesinatos y genocidios. Así, por ejemplo, en la Alemania Nazi, el judío fue identificado con el mal, dando cobertura ideológica y justificación moral a los perpetradores del holocausto. Asesinar judíos aparecía así como algo aceptable para miles de alemanes que lo aceptaban como una muestra más de patriotismo. De igual manera, al Tercer Mundo se le otorga una imagen fantasmática irreal, como el infierno terrenal, un espacio desolado, donde sólo es posible el alivio mediante la caridad de occidente. Así, de paso que se esconde la verdadera causa del problema, las relaciones asimétricas que genera el capitalismo, se evita toda acción política para resolverlo. Por ello, queda bien claro que la fantasía puede ser la mejor amiga y a la vez la peor enemiga del ser humano.

Afirma Zizek que, dado que no hay una fórmula universal, cada persona individualmente inventa sus propias fantasías en su relación con la realidad. Cuando no se puede asumir la realidad en base a la razón se recurre casi instintivamente a ella. Sin embargo, a mi juicio, no somos tan originales, y dado que nos enfrentamos todos a situaciones muy similares, éstas no suelen ser particulares ni especialmente ingeniosas sino análogas o, al menos, incluidas en un corto número de variables. Lo cierto es que como bien explica el autor, la fantasía está detrás de toda organización humana, pues constituye el entramado sobre el que se articula todo discurso. Cuando la lógica social entra en conflicto, entonces es indispensable sumergirse en el abonado campo de la fantasía para encontrar el punto de fricción.

        La época actual, afirma el autor, está plagada de fantasmas, por el creciente antagonismo entre la abstracción del ciberespacio, con sus relaciones sociales y económicas virtuales, y el bombardeo continuo de imágenes concretas. Tradicionalmente se ha estudiado la relación entre la abstracción y la realidad social concreta, pero el autor plantea un análisis inverso, es decir, partir de lo concreto para llegar a lo abstracto. Analiza las consecuencias que el ciberespacio provoca sobre las relaciones sociales de los individuos y de las sociedades. Cada vez más, la actividad humana se limita a enviar señales a través del ratón de nuestro ordenador, desvinculando a las personas del mundo vital concreto. Dedica bastantes páginas a estudiar el cibersexo que, como bien dice, supone una fantasía ideológica en la que se separa la mente del cuerpo, permitiendo el goce de todos los placeres de la carne, deshaciéndonos de nuestros cuerpos. Muchos recurren a la pornografía para acceder a distintas formas de goce a las que no pueden convenir en su vida real. Y para acabar con el capítulo dedicado al mundo virtual del ciberespacio, el autor se plantea una interesante pregunta: si somos capaces de establecer todo tipo de relaciones a través del ordenador, incluidas las sexuales, ¿por qué no reemplazar las guerras reales por otras virtuales?

Para ir concluyendo, debemos decir que en esta obra su autor mantiene su tradicional crudeza, no concediendo ni un milímetro al academicismo y realizando una crítica directa y aguda lo mismo al estalinismo que al nazismo o, más recientemente, a la guerra en la antigua Yugoslavia. También permanece su discurso adictivo, en el que se mezcla su profundo conocimiento sociológico y filosófico con ejemplos y chistes extraídos de la vida real, igual de un episodio de los Simpson que de una actuación del tristemente desaparecido Michael Jackson. Sus ejemplos son tan expresivos, como rompedores –el cibersexo, o las diferencias nacionales a través del diseño de los inodoros, etc.-. A través de ellos explora el modo en que las fantasías estimulan el placer. En definitiva, estamos ante otra obra magistral del filósofo esloveno, preñada de reflexiones siempre agudas y críticas que nos permiten aproximarnos mejor a la complejidad del ser humano en el siglo XXI. Solo teniendo en cuenta la omnipresencia de las fantasías se puede llegar a entender la realidad pasada y presente.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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IMPERIALISMO Y PODER

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MIRA CABALLOS, Esteban: Imperialismo y poder. Una historia desde la óptica de los vencidos. El Ejido, Círculo Rojo, 2013, 220 págs.

 

Se presentan en este volumen un conjunto de reflexiones en las que se analiza, desde una óptica alternativa, las formas de poder del pasado y del presente así como sus consecuencias. Aunque se estudian aspectos muy diferentes, todos tienen en común el tratamiento que se hace de ellos, pretendiendo desmontar viejos mitos que se han perpetuado a lo largo del tiempo. Al final, buena parte de la historia de nuestra era se resume en las tres palabras incluidas en el título: Imperialismo y poder, que encierran lo esencial de la dramática historia de la humanidad en los últimos dos mil años.

El objetivo último ha sido la divulgación, pero realizada desde el conocimiento, es decir, intentando aunar una literatura asequible con el rigor científico. Se trata de lo que Eric Hobsbawm llamó la alta vulgarización que practican con frecuencia los intelectuales anglosajones.

En el primer ensayo se analiza el concepto de ciencia histórica a la luz del siglo XXI y la necesidad de formular la disciplina desde la óptica de los oprimidos. No se trata tanto de ideologías como de replantearnos las categorías históricas con las que trabajamos.

        Seguidamente se aborda el Imperialismo de Occidente y su justificación ética. El etnocentrismo ha planteado una historia deliberadamente falsa: todo el que no era occidental pertenecía a una cultura inferior y, por tanto, existía una justificación moral para invadirlos y someterlos. Ello enlaza con el siguiente acápite, en el que trato de destapar eso que yo llamo el gran engaño de Occidente, es decir, la idea generalizada de que el pensamiento racional tuvo su origen en el mundo grecolatino, sin conexión alguna con las grandes civilizaciones medievales. El Renacimiento, uno de los grandes hitos de la historia –eso es indudable- se nos presenta como un renacer de la sabiduría clásica, olvidada durante la oscura época medieval. Se trata de una premisa falsa, sobre la que se ha sustentado todo el pensamiento occidental y la supuesta superioridad indoeuropea. Y ello, como veremos, porque buena parte del pensamiento grecolatino, llegó a la cultura renacentista a través de pensadores islámicos.

Las exclusiones sociales sufridas en España -y en buena parte de Europa- durante la época moderna, constituyen otra de las grandes materias de análisis de este libro. Se trataba de una sociedad fundamentada en la desigualdad: los que tenían sangre noble frente a los que no, los cristianos viejos frente a los neófitos, los burgueses ricos frente a los pobres, los hombres sobre las mujeres, los adultos sobre los niños, etc. Por un lado, acometemos el problema de la venalidad y la corrupción en los cargos de la administración, en la que sólo había cabida para el noble o para aquel que era capaz de hacer un servicio pecuniario a la Corona. Y por el otro, nos adentramos en el estudio de los sectores sociales más débiles, es decir, los huérfanos y las mujeres. Asimismo, analizamos el problema morisco, una minoría perseguida durante casi un siglo y que fue, finalmente, extirpada de la sociedad cristiana. Y es que en la España Imperial se llegó a discriminar a todo aquel que no poseía sangre limpia, es decir, a los conversos o sus descendientes y a los perseguidos por la Santa Inquisición.

La América de la Conquista está ampliamente estudiada y ello debido tanto a razones de índole personal como científica. En cuanto a lo primero, se trata simplemente de la propia condición de americanista de su autor. Y en relación a lo segundo, por la convicción de la importancia que el Descubrimiento, la Conquista y la Colonización tuvieron en el desarrollo de Occidente y del capitalismo, en los últimos cinco siglos.

Los dos últimos acápites versan sobre el previsible colapso civilizatorio de Occidente y sus consecuencias. Después de varios siglos en los que el capitalismo ha sido el sistema dominante en el mundo, muchos tienden a pensar que es insustituible, es decir, que no podemos vivir sin él. Sin embargo, es obvio que esta idea además de errónea no resiste la más mínima crítica. El ser humano vivió varios millones de años sin el capitalismo y puede sobrevivir perfectamente a él. De lo que se trata es de repensar una alternativa al mismo, más justa y equilibrada. Se trata de retomar la senda de la fraternidad entre los seres humanos y entre nosotros y los demás seres vivos de nuestro sufrido planeta. Si queremos sobrevivir como especie, urge recuperar la armonía con la madre naturaleza.

        En definitiva, en este libro se amalgaman planteamientos y temas muy diversos que empiezan con una reflexión sobre la ciencia histórica y terminan vaticinando el más que previsible fin del capitalismo. Sin embargo, todo el texto tiene un hilo conductor, pues traza un largo viaje a través del tiempo desde una óptica diferente, tratando de empatizar con los vencidos, con los explotados y con los marginados. Y ello con la esperanza de contribuir a despertar la conciencia social ciudadana, a día de hoy un tanto aletargada.

Enlace al booktrailer: http://youtu.be/TTOvXbdbqj8

(El libro se puede adquirir en formato digital en la editorial Círculo Rojo y en papel, escribiendo al email: Caballoss1@gmail.com)

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SOBRE LA VIOLENCIA

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ZIZEK, Slavoj: Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Barcelona, Paidós, 2009, 287 págs.

 

        Excelente libro del filósofo esloveno, discípulo de Heidegger, en el que analiza, desde distintos puntos de vista, la omnipresencia de la violencia en nuestro tiempo. El libro se estructura en seis capítulos que coinciden con otros tantos ensayos. Sin embargo, no vamos a hacer un comentario uno a uno sino una valoración general de las ideas más destacadas.

Para él la violencia es sistémica, es decir, forma parte del sistema productivo y de las relaciones de dominación del capitalismo. Más allá de la violencia física y pública existe otra más profunda, anónima e invisible que genera excluidos sociales, desigualdades y dramas. Millones de personas han quedado en el camino desde la aparición de la idea de progreso, allá por los orígenes del capitalismo. Lo mismo las conquistas del siglo XVI que el Imperialismo de los siglos XIX y XX han generado grandes dramas que la población percibe como el necesario peaje del progreso. Y para colmo, la globalización ha demostrado la capacidad del capitalismo para adaptarse a todo tipo de civilizaciones.

        El colmo del cinismo capitalista es la presencia de lo que Zizek llama comunistas liberales, como Bill Gates o George Soros. Estos se enriquecieron con el capitalismo y ahora pretenden devolver parte de lo que ganaron entre los necesitados del mundo. De hecho, el primero se considera el mayor benefactor de la historia. Lo mismo dona dinero para paliar el hambre en África que financia campañas a favor de la infancia o en pro de la liberación de la mujer. Sin embargo, denuncia el autor, que estos supuestos benefactores, dan ahora lo que antes tomaron y además su actitud es hipócrita porque luchan contra la violencia subjetiva al tiempo que aceptan la violencia sistémica. Muy lúcidamente afirma Zizek que la acumulación de riqueza primero y la caridad después, han formado parte inherente del capitalismo desde sus orígenes. Y ello para intentar paliar en parte los desequilibrios entre ricos y pobres que el sistema ha generado y genera. Pero no podemos olvidar que en el fondo, todos estos filántropos son reaccionarios, pues se sitúan frente a la lucha progresista, atenuando en buena medida la crisis del capitalismo. De hecho, como afirma el autor, estos mismos bienhechores que donan miles de millones a la lucha contra las enfermedades o contra el hambre son los mismos que han arruinado la vida de millones de personas en su afán obsesivo de enriquecimiento.

        Asimismo, se refiere a la despersonalización de la tortura y la muerte. De hecho, explica el autor que a muchos les resultaría mucho más fácil matar a varias miles de personas apretando el botón de una bomba nuclear que ejecutar por sí mismo a una sola persona. Y de acuerdo con Chomsky, esto no deja de ser una absurda hipocresía, pues los mismos que están en contra de la violación de los Derechos Humanos en un caso concreto tolerarían, en cambio, el asesinato de miles de personas en una de las tristemente famosas guerras preventivas que practican con frecuencia los Estados Unidos. Por otro lado, es cierto que muchas personas, y hay miles de casos documentados, pueden cometer verdaderas atrocidades con sus enemigos o simplemente con personas a las que no conocen personalmente y desplegar una cálida humanidad con los suyos. Es decir, niegan al otro los derechos éticos básicos que siempre reconocerían a su entorno o a sus compatriotas. Un corporativismo, que en el caso de grupos de poder, como el ejército o la iglesia, ha permitido la impunidad de algunos delitos, como las torturas que marines infringieron a prisioneros de la guerra de Irak.

        Señala Slavoj Zizek que desgraciadamente la mayor parte de los seres humanos llevan dentro un deseo ilimitado que les hace estar siempre insatisfechos con lo que tienen y pedir siempre más. Eso provoca una patológica rivalidad y a la postre, en muchos casos, violencia. Por eso está claro, como bien indica el autor, que lo ilimitado está relacionado con el mal y lo limitado, lo finito, incluida la capacidad de morir, con el bien.

        Ahora bien, toda forma de violencia conlleva un reconocimiento implícito de impotencia, de fracaso. Atentados terroristas recientes, como el de las Torres Gemelas en Nueva York o el de Atocha en Madrid, no fueron más que muestras del odio que los integristas musulmanes sienten hacia occidente. Como afirma Zizek, no pretendían ningún noble objetivo sino simplemente causar daño para dar satisfacción a su rencor. Y por si fuera poco, estos ataques han dado alas a los países occidentales, y en especial a los Estados Unidos, para utilizar la fuerza en decenas de guerras que ellos llaman preventivas. Desaparecida la URSS, se ha producido un desequilibrio que ha permitido a los norteamericanos campar a sus anchas por el mundo.

Las exclusiones, la pobreza y las desigualdades cada vez mayores entre Norte y Sur han provocado la arribada masiva de inmigrantes a las fronteras de Occidente que ha optado por atrincherarse, dejando entrever su propio fracaso. Y digo que su fracaso porque han sido ellos mismos los que han generado millones de desplazados en el mundo. Evidentemente, la solución no debería ser la construcción de muros sino ofrecerles las condiciones socioeconómicas adecuadas para que esos inmigrantes no tengan que abandonar su país.

        En cuanto a la vieja Europa, dice Zizek, que su gran singularidad no son sus raíces cristianas, sino su ateísmo. Es decir, la posibilidad que tienen sus ciudadanos de optar por su condición de ateos de manera legítima sin que ello suponga una rémora social. Un liberalismo religioso que surgió fruto del sufrimiento que experimento Europa en las guerras religiosas entre católicos y protestantes en los siglos XVI y XVII.

        En resumen, el filósofo balcánico analiza en estas brillantes páginas las principales formas de violencia de nuestro tiempo, desde los ataques terroristas, a las manifestaciones estudiantiles, señalando como causa última de todas ellas, el miedo al prójimo. Destapar y condenar la violencia explícita e implícita de nuestro tiempo, puede contribuir a tomar consciencia de ella y a partir de ahí sentar las bases para superarla. Como bien dice el autor, en ocasiones no hacer nada es lo más violento que (se) puede hacer.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA LENGUA DEL IMPERIO

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CONDE, José Luis: La lengua del Imperio. La retórica del imperialismo en Roma y la globalización. Alcalá la Real, Alcalá Grupo Editorial, 2008, 230 págs.

 

          Esta obra, que obtuvo el II Premio Rosa María Calaf de Investigación Social 2008, plantea un análisis comparativo entre el imperialismo romano y el actual, liderado este último por los Estados Unidos. Sobre el influjo del imperialismo romano en los imperios modernos y contemporáneos existe una amplia bibliografía anglosajona. Sin embargo, en castellano, la literatura es mucho más parca por lo que este libro viene a cubrir ese vacío historiográfico, acercando la temática al lector hispano.

El autor establece interesantísimas conexiones ideológica entre los pensadores romanos imperialistas o antiimperialistas –Cicerón, Salustio, Cornelio Tácito, Tito Livio, etc.- y los estadounidenses –Miles, Chalmers, Badian, etc.- así como símiles sorprendentes en la evolución política de ambos imperios. Y como casi siempre, las estrategias que usan la comparación siempre ofrecen grandes y sorprendentes resultados, pese a que medien entre los elementos comparados dos milenios. Llaman la atención los paralelismos entre los defensores y sustentadores del imperialismo actual con los que, hace dos mil años, defendían y sostenían el de la Roma Imperial. Los romanos, crearon toda una corriente ideológica tendente a justificar su expansión. Ya en el siglo I d. C., Cornelio Tácito, en su obra Historias, afirmó que todas las anexiones territoriales se habían justificado en el falso pretexto de llevar la libertad a sus habitantes. Y es que, por paradójico que resulte, Roma justificaba sus guerras exteriores en motivos defensivos, para garantizar su seguridad y la de sus aliados. Algo tan absurdo como usar la guerra para preservar la paz. Pero lo realmente increíble que estos argumentos, esgrimidos hace cientos de años por escritores romanos, como Marco Tulio Cicerón, son absolutamente idénticos a los que sostienen una parte importante de la sociedad estadounidense, cuando alude a sus guerras preventivas. Asimismo, se someten países sin conquistarlos físicamente, siempre bajo la justificación de liberarlos o de democratizarlos. Estados Unidos, la mayor potencia bélica de nuestro tiempo, al igual que la Roma de los emperadores, hace la guerra por aquí y por allá, con la excusa de garantizar la paz, los derechos humanos y la libertad.

Conviene recordar, aunque no sea objeto de este libro, que estos mismos argumentos no saltaron en el tiempo dos mil años hasta llegar a nuestros días sino que han permanecido incrustados en el pensamiento de Occidente a lo largo de toda nuestra era. De hecho, en el siglo XVI también se alabó la expansión conquistadora, en nombre de Dios y de la cristiandad, en unos momentos donde cristiano equivalía a civilizado y pagano a bárbaro. La Conquista fue presentada como el triunfo de la civilización sobre la barbarie. Para la mayoría de los europeos de la época los amerindios constituían sociedades degeneradas y salvajes, por lo que se imponía la necesidad caritativa de civilizarlos o de cristianizarlos. Los romanos justificaron su expansión en la necesidad de difundir la cultura grecolatina que consideraban superior, y más de quince siglos después, los españoles, defendieron su imperio ultramarino en la necesidad de trasladar la fe cristianas a los paganos que vivían en las tinieblas. Y es que toda campaña militar o imperialista, o más aún, toda actuación política, ha ido siempre ligada a su correspondiente justificación ética.

Pero volviendo a la comparativa entre Roma y Washington, hay que señalar que las élites estadounidenses han visto en aquella el espejo remoto en el que mirarse y fuente permanente de justificación de sus actuaciones. Y lo peor de todo, es que pese al sabor rancio de sus argumentos, estos han calado en buena parte de la opinión pública. La larga rivalidad entre Roma y Cartago la compara el autor con la que mantuvieron USA y URSS durante la guerra fría, aunque la primera durase varios siglos y la segunda menos de medio. Desde la destrucción de Cartago, Roma se mantuvo como líder mundial en solitario, de forma similar al liderazgo sin límites que ostentan los Estados Unidos desde la desaparición de la Unión Soviética. Roma estableció un protectorado sobre los territorios de sus aliados, similar al que ejerce en nuestros días Estados Unidos. Roma tomaba duras represalias contra aquellos amigos que se atrevían a actuar por su cuenta, justo lo mismo que hacen ahora los americanos con aquellos aliados, como Sadam Husein o los talibanes afganos, que dejan de obedecer sus consignas. Y si para ello hay que inventar pruebas que justifiquen la guerra, como la existencia de armas químicas de destrucción masiva –que en Irak nunca aparecieron-, pues se inventan, ante la indiferencia o la credulidad de la comunidad internacional. Una situación que el autor de este libro compara con la guerra que Roma emprendió contra Mitrídates, un aliado díscolo, que se atrevió a crear un reino poderoso en la frontera oriental del imperio e intentó apoderarse de territorios vecinos, lo que fue interpretado por Roma como una amenaza para su seguridad.

          Esta comparación entre el imperialismo estadounidense y el romano, entre el que median más de dos milenios, la utiliza el autor para aseverar, acertadamente, que en el mundo actual conviven elementos antiguos, medievales y contemporáneos. Es decir, subsisten y coexisten la brutalidad de la Edad de Piedra, las supersticiones medievales, los ideales de limpieza de sangre modernos y el racionalismo contemporáneo. Muchas sombras y algunas luces, todas mezcladas en la sociedad de nuestro tiempo, en un cóctel harto peligroso.

          El Imperio Romano duró cinco siglos, hasta su desaparición fruto de las invasiones de los bárbaros del norte y de su propia descomposición interna. El autor se plantea, si los Estados Unidos están actualmente en el comienzo, en la madurez o en el crepúsculo de su evolución para tratar de predecir la durabilidad de su liderazgo. Pero, en realidad, contrariamente a lo que opina el profesor Conde, creo que eso no se puede pronosticar, pues aunque los argumentos ideológicos para justificar el imperialismo son idénticos, la durabilidad de ambas estructuras imperiales no tiene por qué ser idéntica.

          Para finalizar diré que no he pretendido hacer una reseña exhaustiva de esta obra, limitándome a comentar algunos aspectos que han llamado más mi atención. El lector podrá encontrar en esta bien documentada y brillante obra de Juan Luis Conde, muchos otros matices, detalles y datos no reflejados en estas líneas y que le ayudarán a comprender mejor las estructuras de poder del presente y del pasado.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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ÁGORA. ESTUDIO Y CRÍTICA DE FILOSOFÍA POLÍTICA

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VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Ágora. Estudio y crítica de filosofía política. Villafranca de los Barros, Imprenta Rayego, 2012, 173 págs.

 

          El autor de Filosofía desde la trinchera o Pensamientos contra el poder, nos vuelve a sorprender ahora con esta valiosa obra sobre filosofía política. El objetivo, el método y la ideología son plenamente coherentes con sus trabajos anteriores. Se trata de un texto redactado en clave antiacadémica, como él mismo lo califica porque, a su juicio, así debe ser todo pensamiento que se dirija frente al poder. Asimismo, llama la atención su absoluta independencia de pensamiento, pues lo mismo ataca al neoliberalismo, que a los totalitarismos fascistas y marxistas o a los partidos políticos en general, sin distinción. Eso confiere a su obra un valor extra, pues está bien claro que no se debe a nadie, sino sólo a sus ideas, algo que no deja de ser una rareza en nuestro tiempo. Y ello a pesar de las consecuencias que puede tener situarse siempre frente al poder, por la falta total de apoyos institucionales. Este nuevo libro del profesor Viñuela, tiene desde mi punto de vista dos puntales que lo hacen especialmente valioso:

Primero, su objetivo didáctico, pues, continuamente alude a sus alumnos como si estos fuesen los lectores de su obra o los oyentes de su añorado ágora. Esto no sería más que una anécdota si no fuera porque el autor se empeña continuamente en hacer su pensamiento lo más accesible posible. Ello confiere al texto un carácter inteligible, no siempre fácil de encontrar entre las obras de los filósofos. El texto está pensado para ser entendido por cualquier persona, desde un estudiante de Enseñanza Secundaria a un profesor universitario. En ello, tiene una idea universalista porque su objetivo es contribuir a la concienciación social de la ciudadanía, intentando llegar al máximo número posible de lectores.

Y segundo, su estructura muy clara y ordenada pues sigue un orden cronológico, empezando por la polis griega y terminando por la democracia actual, aunque él no la defina exactamente como tal. El resto de los temas de actualidad, muy presentes en toda su producción anterior, como el relativismo, la eutanasia o el sexismo, los incluye en una especie de apéndice que él denomina addenda.

En el prólogo, hace una declaración de intenciones, justificando el sentido de su libro, dirigido especialmente a sus educandos y denunciando algo con lo que estoy plenamente de acuerdo: que tras la crisis económica subyace una crisis ética de dimensiones colosales. Por ello, frente a ella reivindica ante todo filosofía, dialéctica y acuerdo. Sólo así –afirma- conseguiremos verdaderos ciudadanos y haremos factible que el poder resida realmente en el pueblo. Y en relación a ello, cita a su admirado Sócrates quien decía que sin la reflexión y el análisis la vida no merece la pena.

En el primer capítulo se refiere a la democracia ateniense, a la que él admira, por ser el cimiento de Occidente, donde se obró el milagro del pensamiento racional. Concretamente la polis ateniense fue la que se convirtió en el centro del mundo civilizado por el desarrollo de la filosofía, del diálogo y de la democracia. Una democracia asamblearia, que valoraba la virtud y que otorgaba la igualdad ante la ley y la libertad de expresión. Allí, en el ágora –lo que hoy llamaríamos la plaza pública- se reunían personas que utilizaban la razón, el logos, el lenguaje y la argumentación. Nadie tenía la verdad absoluta y por el diálogo consensuado se llegaba al acuerdo. La participación pública de los ciudadanos y su reflexión les permitían un alto grado de libertad, inexistente en las que al autor denomina plutocracias y partidocracias actuales. Según Platón, el gobierno no debería ser de la mayoría ignorante sino de los mejores, es decir, de los sabios. Su gobierno ideal estaría formado por una élite aristocrática, aunque el tiempo le quitó la razón, pues ésta no tardó en convertirse en una oligarquía tiránica que sólo defendía sus propios intereses. Con el helenismo, sucumbió la democracia griega, al aparecer un imperio en el que los antiguos ciudadanos de las polis pasaron a convertirse en súbditos.

La aparición de Jesucristo, significó una renovación ética que desgraciadamente duró muy poco porque sus discípulos se encargaron de crear una institución de poder, llamada la Iglesia. San Pablo consiguió hacer triunfar su idea de que el mensaje de Jesús era universalista y se dirigía a todo el mundo y no sólo a los judíos. Ya en tiempos del emperador Constantino, se instauró una alianza entre el trono y el altar que tuvo consecuencias nefastas para la libertad. Con esta alianza dieron comienzo la expansión fanática, las cruzadas y las persecuciones de todo aquel que no parecía cristiano y que, por tanto, no podía ser otra cosa que pagano, infiel o hereje. Buena parte de la Edad Media estuvo dominada por el barbarismo, con el único bastión racionalista de Al-Andalus.

El Renacimiento es otro de los grandes hitos de Occidente en el que, en palabras del autor, se salió del claustro medieval, cambiando el teocentrismo por el antropocentrismo. Sin embargo, se terminaron imponiendo las teorías cesaristas, es decir, el absolutismo, fundamentado en teorías como la de Thomas Hobbes. Éste justificaba un poder fuerte, absoluto, justificándolo en la necesidad del ser humano de seguridad frente a la depredación de otros. Unas tesis que desgraciadamente siguen vigentes en nuestros días cuando, por temor, se blinda occidente frente a las oleadas de emigrantes del Tercer Mundo o cuando se practican las llamadas guerras preventivas.

En el último siglo de la Edad Moderna, llegó la Ilustración, otro de los grandes hitos de la Historia, junto al Renacimiento, en el que el hombre salió de su autoculpable minoría de edad. Las ideas ilustradas trajeron aire fresco a Occidente, quebrándose la alianza Estado-Iglesia, pues las luces de la razón introdujeron un laicismo que iba contra la verdad absoluta impuesta desde el altar. Se impuso la razón sobre la fe y eso contribuyó a hacer más libre a la humanidad. Sin embargo, se equivocaron en su optimismo y, sobre todo, en su idea de progreso como solución a los problemas y a los males pasados. Bien es cierto que Juan Jacobo Rousseau no compartía esta idea, pero el liberalismo contemporáneo la terminó imponiendo, lo que nos está llevando al agotamiento de los recursos planetarios y a la destrucción de nuestro propio hábitat.

En el siglo XIX, el marxismo cambió la forma de ver la Historia, fundamentándola en el economicismo y dotándola entre otras cosas de una impronta ética. La filosofía de Marx va encaminada, como él mismo afirmó, a transformar el mundo. Sin embargo, la praxis marxiana terminó derivando en totalitarismos que acabaron definitivamente tras la caída del Muro de Berlín. El problema es que, en la actualidad, se ha impuesto un capitalismo neoliberal radical, sin la competencia ya de los marxismos, que está acabando no sólo con el estado del bienestar sino también con la mismísima democracia. Socialdemocracia, derechos humanos y estado del bienestar están en franco retroceso en todo el mundo. De ahí que el autor hable del proyecto inacabado de la Ilustración. Para colmo, se está desarrollando una brutal globalización que sólo afecta a las finanzas, pero no a las personas, ni a la expansión de los Derechos Humanos o del Estado del bienestar. En el caso particular de España, sufrimos un bipartidismo en el que alternan las dos facciones de la casta política en defensa de sus propios intereses. El autor destaca el mito de la mayoría, pues para él, aunque tengan legitimación no siempre tienen la razón, por el mero hecho de constituir una mayoría.

En su opinión, ya no basta con reformar el capitalismo sino que urge plantear un nuevo sistema que auspicie la austeridad como forma de vida y la redistribución de la riqueza. Como dice al autor, en el Renacimiento se pasó del teocentrismo al antropocentrismo, y ahora urge dar un nuevo giro de tuerca y pasar al biocentrismo. Si no somos capaces de transformar este mundo antropocentrista, nacionalista y egoísta en otro cosmopolita y ecocentrista, la civilización, tal como la concebimos hoy, terminará desapareciendo.

          En definitiva, estamos ante un libro pequeño en extensión pero grande en compromiso social. Muy de agradecer es la claridad con la que se expresan todas sus ideas que contribuyen a la concienciación de sus lectores y seguidores, entre los cuales me incluyo. Así, pues estamos ante una magnífica interpretación filosófica del poder desde la antigüedad a nuestros días. Aunque, por desgracia también es la crónica del triste fracaso de la democracia y del proyecto inacabado de la Ilustración.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS


LA DECADENCIA DE OCCIDENTE

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Oswald Spengler: La decadencia de Occidente. Bosquejo de una morfología de la Historia Universal. Madrid, Espasa Calpe, 2002, (ed. original en Múnich, 1923), 2 vols., 748 pp., y 806 pp.

 

              Obra escrita durante la I Guerra Mundial y publicada poco después de acabada la contienda, fue un ingenioso intento de síntesis e interpretación filosófica de la historia universal, la cual, a su juicio, englobaba ocho grandes civilizaciones. La base de esas civilizaciones no era política, ni tan siquiera económica, sino cultural, en la que él cree encontrar el verdadero objeto histórico. Las influencias filosóficas del autor son variadas pero se notan muy especialmente las de Nietzsche, Goethe y Dilthey. Él reconoció explícitamente su deuda con los dos primeros, pero no tanto con el último.

El libro tuvo en su tiempo un éxito notabilísimo, editándose decenas de miles de ejemplares en varias ediciones que se vendieron una tras otra, en diversos idiomas. Pese a ello, en un trabajo tan ambicioso como éste, las críticas han sido muchas, aunque las podemos resumir en cuatro: primera, que presenta como propias muchas ideas que ya habían sido expuestas por otros autores con anterioridad. Segunda, que se fundamenta en una bibliografía de segundo orden, obviando obras maestras que eran perfectamente accesibles en su tiempo. Tercera, que introduce toda una plaga de imprecisiones en los datos, muchos de los cuales hierran en su cronología. Y cuarta, que establece comparaciones triviales o ingenuas en unos casos y, en otros, claramente equivocadas.

             A su juicio, todas las culturas tienen un ciclo vital, que pasa por su juventud, madurez y vejez. A través de la comparación con el devenir de otras civilizaciones que había acabado su ciclo a lo largo de la historia, se permite obtener conclusiones sobre lo que ocurrirá con la civilización de su tiempo, es decir, la occidental. Según Spengler, ésta se encontraba en su fase final, es decir en su vejez, decrepitud o decadencia –de ahí el título de la obra-. El imperialismo europeo de finales del siglo XIX y principios del XX era la evidencia clara de que se encontraba en sus postrimerías. En breve, la civilización del dinero daría pasó a otra dominada por el cesarismo. La fuerza bruta de las armas dominaría en un corto plazo a los tecnócratas y su dictadura del dinero y pondría en marcha un nuevo autoritarismo, dominado por la fuerza y la sangre. Todas las grandes culturas empeñadas en buscar la razón por encima de la acción, como la minoica o la bizantina, acabaron sucumbiendo. Y eso mismo vaticinaba que le ocurriría a Europa que, ensimismada en la búsqueda de la verdad y de la justicia, caería pronto en manos de otros para los que la acción estaba por encima de la razón. Sin embargo, su interpretación partía de supuestos erróneos, entre otras cosas porque parece obvio que el problema de la Europa de su tiempo no es que estuviese dominada por la razón sino al revés, por la sinrazón del imperialismo que provocó una carrera armamentística que terminó desembocando nada más y nada menos que en las dos mayores conflagraciones mundiales de la Historia.

             Oswald Spengler pretendió aportar una nueva visión de la historia, alternativa a la ofrecida medio siglo antes por Marx y Engels. Por eso fue muy bien acogida por todo un público no identificado con el socialismo. Ahora bien, mientras Karl Marx hizo una interpretación pionera y con una base científica incuestionable, la de Spengler carece de solidez y más bien parece un mosaico de retazos cuyas piezas no encajan. Como ha escrito Josep Fontana, su teoría sobre la decadencia de las civilizaciones, analizada con detenimiento, no aguanta la más mínima crítica y, por tanto, no resulta convincente ni creíble.

Es posible que los Nazis vieran con simpatía este libro que de alguna forma significaba una premonición, es decir, el asalto al poder que pronto ellos mismos protagonizarían. El Nacionalsocialismo se fundamentaba precisamente en la fuerza y en la acción, por lo que se parecían mucho al final cesarista que profetizaba Spengler. De hecho, el III Reich, liderado por Adolf Hitler, estuvo a punto de conseguir sus objetivos de expandir por gran parte de Europa un régimen racista, xenófobo y violento.

Occidente está actualmente en decadencia pero no porque se haya acabado el ciclo vital de su cultura sino porque el capitalismo sobre el que se sustenta está agonizando, fruto de sus propias contradicciones internas. Nada parecido a lo que dijo Oswald Spengler y sí a lo que predijo Marx. Ahora bien, en estos momentos se corre el peligro de que la cada vez más empobrecida clase media, permita de nuevo el advenimiento de los totalitarismos, como ocurrió en el período de Entreguerras. Habrá que estar alerta para que no termine sonando la flauta de las erróneas previsiones cesaristas planteadas por Oswald Spengler.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL LADO OSCURO DEL HOMBRE

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GHIGLIERI, Michael P.: El lado oscuro del hombre. Los orígenes de la violencia masculina. Barcelona, Tusquets Editores, 2005, 375 págs.
    
         Estamos ante una excelente obra que analiza el instinto humano, tratando de buscar respuestas a nuestro comportamiento agresivo. Reconozco que pocos libros me han impactado tanto como éste, por los paralelismos que establece entre el comportamiento  humano y el de los prosimios. Esencialmente Michael Ghiglieri trata de demostrar que nuestro  comportamiento depredador está mediatizado a partes iguales por la genética y por las condiciones sociales y ambientales. Muchos de nuestros instintos proceden de nuestro pasado prehistórico, que por cierto duró millones de años. Según explica de manera convincente el autor, compartimos con los chimpancés el 98,4 % de nuestro ADN nuclear. Unos mamíferos a los que el autor ha investigado durante décadas, llegando a la conclusión que muchos de nuestros comportamientos tienen en buena parte un origen genético, procedente de nuestro amplio pasado primate. Así, por ejemplo, la gula que exhiben muchas personas estaría condicionada genéticamente, pues los primates, al igual que los simios actuales, comían cuanto podían en las épocas de abundancia para sobrevivir en los largos períodos de carestía. Las conductas violentas también tendrían relación con el comportamiento vehemente, sexista y xenófobo de los simios. A su juicio, ahí se encuentran las raíces de nuestro comportamiento.
        Ello explicaría la omnipresencia de la violencia en el pasado y en el presente de la historia humana. De hecho, se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Y es que parece obvio que la guerra ha estado plenamente ligada a la historia de la humanidad y, sobre todo, de la civilización. Y por si fuera poco, el siglo pasado ha sido el más bárbaro de la Historia, la centuria de las guerras como la denominó acertadamente Nietzsche. Además, el genocidio adquirió un carácter más perfeccionado y refinadamente inhumano. Obviamente las masacres han sido más masivas y sanguinarias a medida que la ciencia ha ido poniendo en manos del hombre artilugios cada vez más letales. Y es que la guerra moderna evolucionó hacia lo que algunos han llamado la guerra total industrial que implicaba la utilización de avanzadas tecnologías para causar el mayor daño posible al oponente. Un caso extremo fue el de los Nazis que, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica, depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e, incluso, alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían, según ellos, ser exterminados. Y lo peor de todo es que no se trataba de la idea de un demente, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales.
        Pero desgraciadamente el genocidio Nazi, con ser el más conocido, no ha sido ni mucho menos el único. A la par que ellos cometían su particular genocidio en Europa, su alma gemela, que era el Japón de la II Guerra Mundial, estaba llevando a cabo su expansión genocida por el Pacífico. Pretendían alcanzar, de manera similar a los nazis, el espacio vital para la raza yamato. Ha habido decenas de casos más antes y después, con el agravante de que no han calado tanto en la opinión pública y, en algunos casos, no ha habido nada parecido a los juicios de Núremberg. Por ejemplo, el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, cuando ya se sabía que los japoneses estaban dispuestos a suscribir la paz. Primó el interés de los estadounidenses por comprobar si su nuevo artilugio era realmente letal. Por desgracia, fue todo un éxito. En el lado opuesto, el gobierno comunista de Pekín, desde su ocupación del Tíbet, en 1959, se estima que ha eliminado a más de tres millones de tibetanos. En Camboya los Jemeres Rojos, liderados por el comunista Pol Pot, aterrorizaron a parte de la población y ejecutaron al menos a 14.000 personas. Pese a que sus actos de genocidio fueron mundialmente conocidos, el cruel líder camboyano murió rodeado de los suyos y sin haber respondido ante la justicia.
         En definitiva, Ghiglieri trata de hacer comprensible el comportamiento humano desde nuestro pasado biológico y desde el contexto ambiental. Estos dos factores explicarían buena parte de nuestras actitudes violentas, tanto de carácter criminal como sexual. Los planteamientos del autor son muy convincentes y, en parte, consiguen que entendamos algunas de las actitudes violentas del ser humano. No obstante, Ghiglieri habla de un cierto determinismo genético y ambiental, reduciendo excesivamente nuestro margen de autonomía. Yo creo que no debemos hablar de determinantes sino sólo de condicionantes porque afortunadamente el ser humano siempre ha tenido y tiene un margen más o menos amplio de libertad. Ese espacio es el que utilizan la mayor parte de las personas para neutralizar sus posibles instintos animales y comportarse como seres humanos, es decir, humanitariamente. Por tanto, es posible que estemos condicionados por nuestro pasado animal, pero no determinados, y así lo demuestra la propia Historia, salpicada tanto de hechos violentos como de destellos de humanidad.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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HAY ALTERNATIVAS. PROPUESTAS PARA CREAR EMPLEO Y BIENESTAR SOCIAL EN ESPAÑA

NAVARRO, Vicenç, Juan TORRES LÓPEZ y Alberto GARZÓN ESPINOSA: Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España. Madrid, Ediciones Sequitur, 2011, 225 pp.

    En esta magnífica y clarividente obra se nos presenta un estudio muy completo sobre el origen de la crisis, el fracaso de las medidas neoliberales de austeridad y las posibles alternativas. Los autores son tres economistas que se mueven en una línea de pensamiento alternativo, muy cercana a las reivindicaciones del Movimiento 15M. No obstante, huelga decir que no cuestionan el capitalismo como modelo global, sino que buscan su mejoramiento, situándose en el polo opuesto de las tesis neoliberales y defendiendo una fuerte intervención estatal.
    En el prólogo, Noam Chomsky comienza hablando de la tendencia mundial a la  polarización social. Es decir, hay una minoría que está concentrando la riqueza y el poder mientras que el grueso de la población se empobrece. Una realidad que, si ningún cambio radical lo impide, se irá acentuando progresivamente en las próximas décadas.
    El detonante de la crisis fue la crisis financiera iniciada en 2008 por la banca estadounidense, que no tardó en extenderse a todo el mundo. Ello provocó, a su vez, el cierre del grifo del crédito, con la consiguiente caída de la actividad económica, lo que  redujo drásticamente la recaudación estatal y multiplicó el déficit. En el caso particular de España, todo esto se ha visto agravado por unas condiciones particulares, como el endeudamiento previo del Estado y de las familias, así como la burbuja inmobiliaria. La coincidencia de la crisis financiera mundial, con los problemas intrínsecos del país, le ha colocado al borde del abismo. Lo que algunos han denominado terrorismo financiero de los mercados, amenaza con arruinar a España y repartirse sus despojos. La Unión Europea se tambalea.   
    Ante esta situación, la respuesta de los países desarrollados, sometidos a la dictadura de los mercados, ha sido emprender una política de ajustes económicos, consistentes básicamente en la reducción de los salarios públicos y privados y en una disminución considerable del gasto social. Lo cual está provocando, a corto plazo, un aumento de la tasa de población que vive en el umbral de la pobreza y una reducción del poder adquisitivo de las clases medias. De hecho, los autores aportan un dato demoledor: 1.400 personas en España acaparan el 80,5% del PIB nacional. Es decir, el 0,0034% de la población acumulan más de cuatro quintas partes de la riqueza. Y lo peor de todo, es que las recetas neoliberales sólo van a conseguir acentuar aún más esta brecha social. La competitividad no aumentará bajando los salarios. De hecho, en España son más bajos que en los países ricos de la Unión Europea y no por ello el país es más competitivo. Es posible mejorar la competencia bajando precios de venta y no los salarios.
      A nivel mundial, la situación es aún más catastrófica, hay 2.400 millones de personas por debajo del umbral de la pobreza, y la cifra tiende a aumentar por el descenso acusado de la ayuda de los países desarrollados al llamado Tercer Mundo.
      El objetivo final de este libro es demostrar que hay alternativas mucho más justas y eficientes para salir de la crisis. De hecho, citan a grandes economistas, como Joseph Stiglitz o Paul Krugman, que se oponen a los planes de austeridad porque, según ellos, no harán otra cosa que prolongar durante años la recesión económica, agravando los padecimientos de la clase trabajadora.
       Como alternativa a la política económica neoliberal, los autores presentan más de un centenar de propuestas de toda índole, unas aplicables a España y otras al mundo. En ellas se reivindica desde una democracia participativa a una redistribución de la riqueza a nivel mundial y una economía al servicio de las personas y no de los poderes fácticos. Nosotros hemos agrupado algunas de ellas en cinco grandes bloques, que a mi juicio son las más importantes:
     Una, el fortalecimiento del mercado interno, mejorando el poder adquisitivo de los trabajadores. Se trata justo de lo contrario que se está haciendo, es decir, de estimular moderadamente la economía, evitando las políticas radicales de austeridad, aplicadas por el gobierno actual, que están agudizando la crisis y provocando el aumento del paro.
     Dos, el desarrollo de nuevos sistemas productivos, alternativos al inmobiliario, invirtiendo en energías alternativas, innovación, nuevas tecnologías, cultura, ocio, creación, reciclaje, ecología, agricultura, servicios sociales… En definitiva, un cambio radical del modelo productivo.
     Tres, la reforma del sistema bancario, que a juicio de los autores, se ha demostrado poco fiable. Debe crearse una banca más ética, vigilada de cerca por los organismos internacionales, y en la que se depuren las responsabilidades cada vez que se produzcan abusos. También proponen nacionalizar las Cajas de Ahorros.
      Cuatro, financiar suficientemente el sector público. El problema de España no es el funcionariado que, desde un punto de vista cuantitativo, es inferior al de otros países de nuestro entorno. Así, mientras en España solo el 9% de los trabajadores son funcionarios, en los países más desarrollados de Europa superan el 20%. Las cifras ponen al descubierto el mito de que España es un país de funcionarios.
      Y cinco, atajar la economía sumergida, que supone casi la cuarta parte del P.I.B. y que no contribuye al desarrollo del estado del bienestar.
       El libro tiene un enorme valor, pues pone al descubierto, con datos objetivos, las grandes mentiras del neoliberalismo, y además plantea soluciones concretas con las que mejorar la situación de España y del mundo. Sin embargo, pese a lo que pueda parecer, se trata de medidas que sólo buscan reformar el capitalismo. A mi juicio, ya puestos a soñar, habría que dar un paso más allá y crear un nuevo sistema que no se base en la acumulación de riqueza, en el capital y en la libre competencia. De hecho, el nuevo capitalismo que plantean los autores de este libro, presenta dos graves deficiencias:
      Primera, pretende aumentar el nivel de renta de la población, incrementando el consumo y de paso favoreciendo el crecimiento. Pero, precisamente el consumo y el crecimiento insostenible son dos de las lacras más importantes de nuestro tiempo. No podemos seguir consumiendo en los niveles actuales.
      Y segunda, prácticamente omiten el problema del agotamiento de las energías fósiles lo que provocará un aumento generalizado del precio de los alimentos. Todo ello nos llevará, en pocas décadas, como vaticinó Ramón Fernández Durán, a un colapso del capitalismo con dramáticas consecuencias para la humanidad.
      Por ello, a mi juicio, no basta con reformar el capitalismo sino que urge plantear un nuevo sistema que parta de una revolución ética, y que auspicie la austeridad como forma de vida, el consumo responsable de los recursos del planeta, el respeto por el medio ambiente y la redistribución global y local de la riqueza. Sólo así podremos sentar las bases de un mundo mejor para todos, compatible con el entorno en el que vivimos.


ESTEBAN MIRA CABALLOS


EL PERIPLO DE LA RAZÓN

MANZANERA SALAVERT, Miguel: El periplo de la razón. El racionalismo musulmán en la Edad Media. Sevilla, Fénix Editora, 2011. ISBN: 978-84-939261-4-4, 263 pp.

            Este libro aborda uno de los grandes mitos de la historia: la creencia generalizada de que el pensamiento racional tiene su origen en el mundo grecolatino, sin conexión alguna con las grandes civilizaciones medievales. El Renacimiento, uno de los grandes hitos de la Historia –eso es indudable- se nos presenta como un renacer de la sabiduría clásica, olvidada durante la oscura época medieval. En esta premisa falsa, se sustenta todo el pensamiento eurocentrista y la supuesta superioridad indoeuropea.

            A mí siempre me pareció sospechosamente falsa la idea de que el Renacimiento saltara diez siglos atrás para beber directamente de las fuentes antiguas. Realmente, lo que hizo fue tomarla de la sabiduría islámica y judía que habían mantenido vivo durante siglos el racionalismo. Como afirma el autor del libro, la gran revolución científica del Renacimiento no se puede explicar sin las aportaciones de la ciencia islámica, especialmente entre los siglos VII y XII de nuestra era.

            Sin embargo, la exclusión de la ciencia islámica y judía de los orígenes del racionalismo occidental no fue casual, sino que supuso un intento –logrado por cierto- de falsear conscientemente la Historia para fundamentar la superioridad de Occidente. Ese ha sido uno de los pilares del llamado choque de civilizaciones, utilizando los términos de Samuel P. Huntington.      

            El gran merito de la obra del profesor Manzanera consiste en haber demostrado, con un análisis minucioso, que la conexión entre el racionalismo renacentista y el antiguo se hizo a través de la sabiduría judía y, sobre todo, islámica. De esta forma, se le otorga la importancia vital que tuvo el islam y, muy particularmente, la brillante civilización de Al-Andalus, en la configuración del racionalismo moderno y contemporáneo.  

            La dialéctica, es decir, el diálogo entre distintos puntos de vista, surgió en la Grecia clásica, donde además se desarrollaron avances científicos en áreas como la lógica, la política, la metafísica, la ética o la biología. Todos estos conocimientos, junto a la razón misma, se extendieron durante la época helenística, cuando Alejandro Magno creó un efímero imperio que se extendía desde Egipto al río Indo. Por tanto, fue entonces cuando todo ese saber clásico se extendió por una buena parte de las civilizaciones mediterráneas. La Biblioteca de Alejandría es un buen ejemplo de ese saber, con epicentro en el norte de África y en oriente próximo. Unos siglos después, fue Al-Andalus la que experimentó un extraordinario desarrollo no sólo agrícola y artesanal sino también científico. Y es que en esos territorios la ciencia aristotélica se perpetuó durante siglos. Los sabios musulmanes bebieron directamente de las fuentes clásicas, dando un nuevo impulso científico en materias muy variadas como la filosofía, la astronomía, la geografía, la medicina, las matemáticas, la biología, la lógica, etc. Como bien demuestra Miguel Manzanera, el pensamiento racional no sólo no se perdió en el medievo –como sostiene la historiografía tradicional- sino que al menos en el Mediterráneo oriental aumentó considerablemente su acervo.

             El Islam contribuyó de manera decisiva en esa expansión del racionalismo, dado el ambiente de tolerancia que vivió en sus primeros siglos. De hecho, se trató de una herejía tolerante, que no tuvo dificultades para extenderse por territorios donde la población estaba harta de la rigidez dogmática del cristianismo. No olvidemos que el cristianismo, que había nacido como una religión revolucionaria que defendía el amor al prójimo, no tardó en alejarse en la praxis de estos ideales para convertirse en una institución de poder. Eso fue aprovechado por el Islam que permitía –y contra lo que pueda pensarse, todavía permite- una mayor libertad de conciencia, al menos en cuestiones dogmáticas. Ello creó un caldo de cultivo idóneo para el desarrollo del pensamiento y de la investigación científica, especialmente hasta el siglo X o XII d. C. Desde esa fecha, también en el seno del Islam se generó una gran intransigencia, probablemente provocada por la lucha feroz con el cristianismo, que terminó afectando al racionalismo. Sobrevivió en Al-Andalus, pero ese enorme saber desapareció en parte con la Reconquista, que supuso una verdadera tragedia en términos científicos y culturales. No olvidemos las quemas de libros decretadas por orden del cardenal Cisneros a principios del siglo XVI, así como las persecuciones y expulsiones de judíos primero y de musulmanes. 

            El libro, en definitiva, otorga un papel destacado a los filósofos, pensadores y científicos, no sólo islámicos, sino también judíos e, incluso, chinos e hindúes. El Renacimiento bebió directamente de ellos, por lo que es oportuno decir que el racionalismo actual es heredero no sólo del pensamiento grecolatino sino también de la cultura oriental, especialmente de la islámica. Dicho de otra forma, el Renacimiento fue posible gracias a la asimilación del saber oriental por parte de occidente. La sabiduría islámica actuó de puente entre el racionalismo grecolatino y el moderno.

            A mi juicio estamos ante un gran libro, pues desmonta uno de los grandes mitos de la cultura occidental. La Historia se ha construido durante siglos en base a mitos y creo que es hora ya, en pleno siglo XXI, de desmontarlos y de conocer la verdad.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA QUIEBRA DEL CAPITALISMO GLOBAL



Fernández Durán, Ramón: La quiebra del Capitalismo Global: 2000-2030. Preparándonos para el comienzo del colapso de la Civilización Industrial. Madrid, Editorial Virus, 2011, 123 págs.

            Nueva entrega de Ramón Fernández que anuncia ser la introducción de un proyecto mucho más amplio que verá la luz en un futuro. El panorama que presenta es verdaderamente apocalíptico pues, de alguna forma, lo que viene a decirnos es que la cuenta atrás para la desaparición del Capitalismo Global actual ha comenzado y culminará a mediados de este presente siglo. Y lo peor de todo es que los argumentos sobre los que fundamenta sus funestas previsiones son bastante creíbles.

            Desde la I Revolución Industrial, el desarrollo se ha sustentado sobre el consumo de energías fósiles, primero el carbón y, después, el petróleo y el gas. Las perspectivas son que en los próximos años su consumo aumente considerablemente, por la industrialización de los nuevos países emergentes. Es decir el consumo aumentará mientras que las reservas serán cada vez menores, por lo que llegará un momento en que se producirá un colapso energético. En varias décadas el petróleo comenzará a escasear y poco después el gas natural –del que quedan algunas reservas más- y el carbón. La carestía provocará una escalada en los precios de los combustibles que provocará graves desajustes, especialmente en aquellos países que no cuentan con recursos propios. Y como afirma el autor, no existe un plan B, ya que las energías alternativas no podrán compensar, ni muchísimo menos, la capacidad energética de los recursos fósiles. Esta vez, la crisis energética no será coyuntural sino estructural, debido a su propio agotamiento.

A partir del año 2030 nos podemos encontrar con un mundo superpoblado, con más de 8.000 millones de habitantes, un ecosistema profundamente alterado, un cambio climático en plena vorágine y un capitalismo industrial en quiebra por falta de fuentes de energía baratas. Ello provocará a su vez un crecimiento generalizado del precio de los alimentos, que por otro lado ya ha comenzado, así como la escasez cada vez mayor de agua dulce de calidad. Crisis energética, cambio climático, colapso ecológico, derrumbe del sistema capitalista, hambrunas y migraciones a gran escala serán, si nada ni nadie lo remedia, inevitables. Además, es posible que en medio de la crisis del capitalismo puedan surgir regímenes totalitarios y que la democracia vaya perdiendo terreno progresivamente. Así, pues, la quiebra del capitalismo no llegará tanto de la mano de la revolución proletaria, como previera Karl Marx, sino fruto del agotamiento de las fuentes de energía fósiles y de sus consecuencias.

            ¿Afectará a todo el mundo? Pues en líneas generales sí, aunque, como reconoce el autor, perturbará mucho más a las tradicionales regiones industriales y a los países emergentes que a las áreas más atrasadas o aquellas en las que la población indígena vive al margen del consumismo capitalista.

            Y finalmente, ¿hay algún motivo para la esperanza? En principio el cambio tranquilo parece difícil, entre otras cosas porque una buena parte de la población, sobre todo en Occidente, está desmovilizada. A su vez, los medios de comunicación, aunque masivos en la actualidad y fácilmente accesibles, muestran la información sesgada y totalmente manipulada, ante la indiferencia de la mayoría. Asimismo, existe una fe ciega en la tecnociencia, es decir, la creencia de que la tecnología solucionará todos los problemas del presente y del futuro. Será duro para la actual juventud que, salvo excepciones, está inmersa en un mundo hedonista e insolidario. Sin embargo, no podemos perder la esperanza, que es la llama que ha mantenido viva a la humanidad. Con total seguridad, tras la dramática y dolorosa transformación del mundo, que dejará miles de cadáveres en el camino, surgirá una sociedad más respetuosa con el medio ambiente, más justa y más solidaria. Como indica Ramón Fernández, la ilusión en que otro mundo es posible nos debe iluminar el camino. Mientras eso ocurre, no podemos quedarnos de brazos cruzados, debemos seguir luchando para que las mejoras sociales del siglo XX no sólo no se desmantelen sino que se extiendan a todo el mundo.

             Para acabar, solo me queda felicitar al autor por un análisis tan exacto como revelador. De nuestra toma de conciencia depende que el cambio sea más o menos traumático. Suerte a todos.

                                                                                                                              ESTEBAN MIRA CABALLOS

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CÓMO CAMBIAR EL MUNDO

Hobsbawm, Eric: Cómo cambiar el mundo. Marx y el marxismo 1840-2011. Barcelona, Crítica, 2011, 490 pp.

 

Este libro es fruto de una compilación de trabajos presentados por el autor a lo largo de varias décadas, unidos a otros nuevos. Empieza con un novedoso ensayo sobre Marx en la actualidad en el que pone de manifiesto la necesidad que tenemos ahora más que nunca de observar el espíritu marxista. Como dice Hobsbawm, Karl Marx nunca ocupó altos cargos políticos, administrativos ni docentes. Incluso, su obra despertó poco interés en un primer momento, siendo su éxito póstumo. Actualmente, la obra de Marx puede considerarse la obra más influyente en toda la Edad Contemporánea. Lo que nos descubre el autor en este ensayo es que el filósofo alemán no sólo ha sido un pensador para el siglo XX sino también, y muy especialmente, para el XXI. Así, por ejemplo, si ponemos su nombre en cualquier buscador encontramos un número de entradas tan abismal que solamente es superado por dos personajes: Einstein y Darwin.

Eric Hobsbawm, uno de los historiadores más destacados de nuestro tiempo, ha militado a lo largo de toda su vida intelectual en el marxismo. Pese a ello, no reivindica la conversión del mundo a esta ideología sino simplemente el uso del espíritu de Marx para intentar crear un mundo mejor. Concretamente afirma sabiamente que para que haya alguna posibilidad de éxito ante los retos a los que se enfrenta actualmente el mundo deberán plantearse las preguntas formuladas por Marx, aunque no se quieran aceptar las respuestas que dieron sus discípulos. Para colmo, siempre habíamos pensado que Marx se equivocó cuando predijo el fin del capitalismo por sus propias crisis internas y por los conflictos sociales a los que daría lugar. Sin embargo, él no estableció plazos, por lo que todavía, viendo la crisis tan severa en la que se encuentra inmerso el capitalismo, no podemos descartar que finalmente tuviese también razón en esta predicción. Como dice el propio Hobsbawm, el fin del capitalismo fue una predicción marxista que todavía le suena plausible. Y es que el capitalismo siempre ha generado grandes desigualdades entre ricos y pobres así como crisis periódicas. Sin embargo, la actual no parece una crisis más sino el inicio de la quiebra de un sistema que lleva implícita su propia autodestrucción. No olvidemos que se basa en una falacia, es decir, el consumo ilimitado, cuando los recursos del planeta son limitados. El progresivo agotamiento de los recursos en las próximas décadas va a generar guerras, luchas y dramas a escala planetaria que, antes o después, pueden acabar con el sistema. Por ello, de acuerdo con el autor, no nos equivocamos, cuando decimos que el pensamiento de Marx es hoy en día más necesario que nunca.

Si la aplicación práctica del marxismo ha fracasado se ha debido en gran parte a la desvirtuación que hicieron algunos regímenes totalitarios de izquierda del pensamiento marxiano. Marx apenas concretó nada sobre la forma en que habría de planificarse la economía por lo que prácticas como los planes quinquenales, en los que se plantearon la consecución de ciertos objetivos de desarrollo a cualquier precio, no tuvieron nada de marxistas. La revolución rusa ha sido uno de los pocos intentos serios de organizar una economía marxista. Sin embargo, personajes siniestros como Stalin, acabaron con el sueño revolucionario de millones de obreros que antaño soñaron con un mundo comunista que los redimiera de sus miserias. Todos ellos, han perdido desde entonces lo único que les quedaba, es decir, la esperanza.

En el periodo comprendido entre 1983 y el 2000, el marxismo estuvo en franca recesión, afectado por la caída de la URSS y del muro de Berlín así como por el aparente éxito del sistema capitalista. Como reconoce el autor, el desmoronamiento de la URSS, del único país que intentó seriamente reconstruir una sociedad socialista, afectó no sólo a los comunistas sino incluso a la socialdemocracia. Todo el mundo pensó que el capitalismo había triunfado definitivamente sobre el modelo socialista. La profunda crisis del capitalismo de los últimos años ha vuelto a colocar al pensamiento marxista donde debe estar. Y en ese sentido las palabras del profesor Hobsbawn no pueden ser más claras: una vez más, ha llegado la hora de tomarse en serio a Marx.

Finalmente, decir que esta obra nos invita a reflexionar sobre la necesidad de releer a Marx, quien todavía en pleno siglo XXI nos puede ofrecer algunas de las claves necesarias para superar la grave crisis sistémica en la que estamos inmersos. Antes o después, el capitalismo se autodestruirá y, cuando esto ocurra, será necesario tener muy presente las ideas de justicia social planteadas por el gran filósofo alemán.

 

Esteban Mira Caballos

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PENSAMIENTOS CONTRA EL PODER

VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Pensamientos contra el poder. Villafranca de los Barros, Imprenta Rayego, 2010. I.S.B.N.: 978-84-693-5372-11

 

           Nueva entrega del profesor villafranqués Juan Pedro Viñuela. La estructura de este ensayo es original adoptando la forma de diario de clase, curso 2009-2010. Ello le permite afrontar decenas de ideas que fueron surgiendo en el devenir diario. Incluye reflexiones relacionadas sobre temas de actualidad que fueron surgiendo así como comentarios sobre libros y lecturas que fue leyendo. Para mí, el gran valor de esta obra consiste en su lucha contra la mentira y la hipocresía, proceda de quien proceda. Se trata de uno de los pocos intelectuales actuales a los que no se les nota ninguna afiliación política concreta. Su crítica no se dirige contra un partido político ni contra una tendencia ideológica sino contra el poder, lo ostente quien lo ostente. Ese es el verdadero trabajo intelectual del filósofo como afirma el autor, lo que a veces lleva aparejado un pernicioso aislamiento intelectual.

            Los temas tratados son tantos y tan variados que sería imposible ni tan siquiera relacionarlos en estas pocas líneas. Por ello, me centraré en algunos de los que me han llamado más la atención. Dedica decenas de páginas al análisis de la crisis económica actual, trascendiendo incluso a sus posibles soluciones. Interesantes son sus apuestas en torno al ecosocialismo. Para él la única salida para evitar una catástrofe no muy lejana es, por un lado, el decrecimiento sostenible y, por el otro, la redistribución. Estoy totalmente de acuerdo con el autor cuando delata que el actual capitalismo neoliberal nos está llevando a un callejón sin salida, es decir, a una mayor desigualdad en el mundo y al agotamiento de los recursos. Es obvio que el actual consumismo ilimitado es un modelo insostenible que nos terminará pasando factura.

            Otra de las grandes ideas del libro es la del relativismo cultural en la que el autor abunda en varias ocasiones. Existe la idea generalizada que las personas somos libres para decir y hacer lo que queramos. Pero esto no es más que un tremendo error: no todo tiene el mismo valor epistemológico. Hay actuaciones y opiniones no sólo equivocadas sino también peligrosas y, por tanto, como indica el autor, deben ser combatidas. No podemos olvidar que nuestra libertad individual acaba donde empieza la libertad del prójimo.

            La política, los políticos y los peligros que acechan a la democracia actual son otros temas largamente analizados en el libro. El autor lanza duros ataques a la política que a su juicio lleva implícita la corrupción y a los políticos cuyo principal objetivo no es el bien público sino alcanzar a toda costa el poder. Unos políticos que no viven para la política sino de la política. Censura a todos los gobernantes, lo mismo de derechas que de esa izquierda que él llama light, con capacidad para acceder al poder.

De gran interés son sus reiterados comentarios sobre el sistema educativo y la pérdida de la virtud y la excelencia que a su juicio han sido sustituidos por el concepto unitario de la mediocridad. Según el autor, educación para todos no significa devaluación de los contenidos como ha ocurrido lo que unido a la falta de autoridad del profesor provoca un verdadero caos educativo. Aunque su argumento es básicamente cierto, sostengo cierta discrepancia, pues, a mi juicio tanto la LOGSE como las leyes educativas posteriores, pese a que en algunos aspectos pueden ser mejoradas, supusieron un salto adelante en la democratización de la enseñanza. Todavía recuerdo el elitismo de los años setenta donde los más desfavorecidos tenían muy escasas posibilidades de acceder al sistema educativo. Actualmente, aunque muchos jóvenes lo desaprovechen, nos queda la tranquilidad de que todos, tengan el origen social que tengan, pueden acceder sin dificultad a una educación de más o menos calidad. Se trata de uno de los grandes sueños de algunos pensadores y políticos del primer tercio del siglo XX que se ha visto, por fin, cumplido.

Pese a tanta lacra, el profesor Viñuela se muestra relativamente optimista. A su juicio, aunque actuaremos tarde, el propio agotamiento del planeta así como la inviabilidad del capitalismo y del liberalismo nos llevarán a un cambio forzoso. Una profunda transformación que finalmente hará triunfar los viejos valores ilustrados, incluyendo el más olvidado de todos, la fraternidad. El autor defiende el cosmopolitismo frente al nacionalismo pues este último siempre lleva implícito la exclusión. Todas las personas somos iguales en dignidad y todos tenemos los mismos derechos sobre el planeta en el que vivimos. A fin de cuentas el hombre no es ningún protagonista destacado del universo sino un ser vivo más. El universo existía antes que nosotros apareciéramos y seguirá existiendo después de nuestra extinción que, antes o después, llegará.

            A mi modo de ver, esta obra presenta un conglomerado de ideas de la máxima actualidad que nos puede ayudar a entender los principales problemas de nuestro mundo. Una reflexión brillante aunque también valiente y arriesgada porque sus críticas alcanzan a todos los poderes fácticos, tanto a la Iglesia como al Estado. Sin embargo, como diría su autor, cueste lo que cueste y pese a quien pese, todo pensamiento debe ir frente a la verdad absoluta impuesta desde el poder.

Esteban Mira Caballos

1Esta reseña se ha publicado en la revista Ars et Sapientia (Cáceres, 2010)

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