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Libros de Historia

HERNÁN CORTÉS. EL GRAN AVENTURERO QUE CAMBIO EL DESTINO DEL MÉXICO AZTECA

HERNÁN CORTÉS. EL GRAN AVENTURERO QUE CAMBIO EL DESTINO DEL MÉXICO AZTECA

LEE MARKS, Richard: Hernán Cortés. El gran aventurero que cambió el destino del México azteca. Barcelona, Vergara, 2005, 327 págs. I.S.B.N.: 88-666-2095-8

           El norteamericano Richard Leer es autor de varias novelas, ensayos, e incluso, una obra de teatro. No es especialista en la conquista, ni tan siquiera en Hernán Cortés, aunque vivió un tiempo en México y en España y en esos dos mundos nació su interés por la figura del metellinense.

           El libro está magníficamente redactado y se lee del tirón, haciéndose progresivamente más interesante. A través de las crónicas y del conocimiento del terreno el autor conoce mejor la etapa mexicana del conquistador que la española. Relativiza la crueldad de Cortés, alegando sus intentos reiterados para alcanzar un acuerdo con Moctezuma II, para evitar la guerra y convertirlo en vasallo y tributario de la Corona de Castilla. La narración se desenvuelve como si de una novela histórica se tratase, percibiéndose la vitalidad desbordante y el apasionamiento de Hernán Cortés, a un mismo tiempo comprensivo o cruel, según aconsejasen las circunstancias. Al principio del libro incluye tres mapas, los únicos que aparecen en toda la obra, cuya autora es Claudia Carlson y que tienen un valor extraordinario. Señala con una gran claridad la ruta seguida por las huestes desde Veracruz a Tenochtitlán. Destaca asimismo, el carácter prolífico y mujeriego del metellinense a quien califica de “auténtico semental”. En otro de los mapas representa con detalle la zona lacustre de Tenochtitlán, con las calzadas, y los tres lagos el Texcoco, el Xochimilco y el Chalco.

           A lo largo de las páginas del libro se aprecia la dureza de la conquista, donde tuvieron que derrotar militarmente incluso a los que, solo después de probar los aceros toledanos, aceptaron la alianza con los hispanos. Los mexicas ofrecieron una gran resistencia pese a la parálisis inicial del tlatoani Moctezuma II que pensaba que era el dios Quetzalcóatl y sus hombres que regresaban para acabar con su mundo y establecer una nueva era. Afirma lúcidamente el autor que fue una suerte que no usaran flechas envenenadas y que no lo hacían para evitar contaminar la carne de unos prisioneros que constituían su despensa proteínica.

           En Cholula protagonizaron una gran matanza aunque no hicieron otra cosa que adelantarse a una encerrona en donde pretendían apresarlos para luego enviarlos a Tenochtitlán para ser sacrificados en presencia de Moctezuma. Bien es cierto que ya era suficiente falta de respeto que las huestes llegasen a la ciudad sagrada del valle de México y lo primero que hiciesen fuera pedirles que renunciasen a sus creencias y abandonasen a sus dioses. En esta ciudad dice el autor que murieron entre seis mil y diez mil personas aunque lo más probable es que los fallecidos estuviesen en torno a los tres millares.

           Trepidante es la narración de la subida al cráter del volcán Popocatépetl, que entró en erupción poco después. Éste se encontraba a 6.000 metros de altura y los expedicionarios estuvieron capitaneados por Diego de Ordaz, a quien el emperador le otorgó el derecho de incluir un volcán humeante en su escudo heráldico.

            Los españoles consiguieron entrar en la capital sin disparar ni un solo tiro, siendo hospedados por el tlatoani en el palacio de su padre. Estos quedaron impresionados por la ciudad, especialmente por el mercado de Tlatelolco, frecuentado por sesenta mil personas, entre mercaderes y compradores. La llegada de Narváez a San Juan de Ulúa lo cambió todo, obligando a Cortés a salir de la ciudad y dirigirse a su encuentro. Cuando regresó la ciudad estaba ya en pie de guerra contra los hispanos que tuvieron que salir huyendo en la Noche Triste, donde perecieron más de la mitad de sus efectivos. Eso sí, en la batalla final, la de Otumba, pocos días después, consiguieron derrotar a los mexicas, tras matar a su general, que iba en unas andas, la tropa salió en estampida. Luego comenzaría el cerco de Tenochtitlán, que duró setenta y cinco días, y cayó un 13 de agosto de 1521, festividad de San Hipólito.

Ahora bien, sí que hay que señalar algunos errores de bulto que comete su autor, de más grueso calibre cuando se refiere a las etapas vividas por el conquistador en la Península Ibérica. Citaré algunos de los más llamativos: Afirma que en la Edad Media las España tenía muchos reinos como “Aragón, León, Asturias, Cataluña, Valencia, Zaragoza, Castilla, Toledo y otros” –p. 21-, ignorando que muchos de ellos nunca fueron reinos independientes. Poco más adelante afirma que “cuando nació Hernán Cortés su nombre se inscribió en el libro de bautismo de la iglesia de Medellín”, desconociendo de nuevo que en esa fecha no se registraban todavía los nombres en los libros de bautismo y que en la villa había cuatro parroquias no una como insinúa el autor. Asimismo, hace a los Alvarado de Lobán –por Lobón- cuando hoy sabemos que eran en realidad de Badajoz –p. 51-. Por otro lado acepta clichés cuando dice que Cortés era muy bromista algo que es “un rasgo y un talento español”. Asimismo, afirma que Cortés zarpó de Sevilla con destino a Nueva España a mediados de 1531 cuando hay documentación en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla que demuestra que ese hecho se produjo más de un año antes, concretamente en marzo de 1530. Para finalizar, omite algunas crónicas a mi juicio imprescindibles, como las de Fernández de Oviedo o Pedro Mártir de Anglería, y biografías clave como la de José Luis Martínez, que ya estaban editada años antes de que el autor publicase su obra.

            En general, la obra merece la pena, hay algunas valoraciones muy acertadas y una visión bastante equilibrada del conquistador. Asimismo, el autor posee una pluma ágil que permite una lectura fluida y atractiva.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HERNÁN CORTÉS: LOS PASOS BORRADOS

HERNÁN CORTÉS: LOS PASOS BORRADOS

COARASA, Ricardo: “Hernán Cortés. Los pasos borrados”. Madrid, Espejo de Tinta, 2007, ISBN: 978-84-96280-99-1, 221 págs.

 

            La lectura de este libro no me ha decepcionado, precisamente porque no aspira a ser lo que no es; no se trata de una biografía de Hernán Cortés, sino de un relato minucioso del viaje que el autor hizo a México, en compañía de su esposa, buscando especialmente los lugares cortesianos. El autor aprovecha la visita de cada ciudad o monumento para recrear históricamente los hechos protagonizados por el conquistador y sus huestes.

          El subtítulo de la obra tampoco es azaroso, “los pasos borrados”, porque refleja bien, una idea que resalta el autor una y otra vez, que la huella de Cortés está escondida, camuflada, por lo que hay que ir preguntando e indagando para encontrarla. Ni una sola estatua en México D.F.,  ni una sola placa conmemorativa, y para colmo sus restos casi ocultos en un solitario rincón de la capilla del antiguo hospital de Jesús Nazareno fundado por él mismo. Los mexicanos aún no se han reconciliado con su pasado, no han asumido que son una nación mestiza fruto de la irrupción de los hispanos y de su mezcla racial y cultural con los distintos pueblos que poblaban Nueva España. Y precisamente, un escritor mexicano lo ha expresado mejor que nadie cuando en su biografía sobre el conquistador le colocó el subtítulo del inventor de México.

          Empieza su recorrido por México, D.F. visitando la Catedral, la Plaza de las Tres Culturas –antiguo mercado de Tlatelolco-, el santuario de Guadalupe y el hospital de Jesús, donde se encuentra enterrado el conquistador. El autor llama la atención sobre este sobrio mausoleo, empotrado en la nave central de la capilla hospitalaria, en el número 82 de la avenida 20 de Noviembre, en el Zócalo del Distrito Federal. No tiene más inscripción que el escudo de armas del marqués del Valle de Oaxaca y la aséptica inscripción “Hernán Cortés, 1485-1547”. Señala el autor que todos los forjadores de la patria mexicana tienen su sitio, sus estatuas, sus plazas o sus placas conmemorativas, incluido el general Santa Anna que perdió 2,4 millones de km2 a costa de los yanquis, excepto Hernán Cortés. El santuario de Guadalupe se ubica donde se apareció la Virgen a Juan Diego, otra víctima del malinchismo, según Ricardo Coarasa, porque de alguna forma se le sitúa entre los traidores, al colaborar con los extranjeros. Por cierto, menciona la visita a Culiacán, zona donde residió Cortés y que hoy está integrada en la propia capital federal.

          Pero la obra no se limita solo a narrar los sitios cortesianos, también se alude a otros aspectos festivos, gastronómicos o folclóricos. Menciona la costumbre de los vendedores ambulantes de ofrecerte un trago de pulque o tequila, al tiempo que tratan de vender sus botellas. El pulque es una bebida de origen prehispánico, que se obtiene de la fermentación del jugo de maguey. A diferencia del tequila, tiene una graduación muy baja, similar a la cerveza. También señala el gusto de los mexicanos por las parrilladas de insectos, algo también tradicional, pues los mexicas tenían fama de comerse todo lo que se moviese. También refiere la presencia a veces pesada de mariachis o de danzantes con taparrabos que tratan de reproducir, con escaso mérito, las supuestas danzas de los mexicas a sus antiguas divinidades. 

          La visita a Teotihuacán, impresionó al autor por las dimensiones de la pirámide que evidencia la gran civilización que en su día albergó. Tlaxcala, la ciudad aliada de Cortés fue otra de las paradas obligadas, así como las ciudades de Xalapa y la Antigua Villa Rica de Veracruz, la primera fundación en Nueva España. También visitó Cholula, aquella villa ceremonial en la que el metellinense protagonizó la brutal matanza de caciques. Afirma Coarasa, que actualmente está poblada de iglesias y capillas católicas, lo que la sitúa como el paradigma de la mutación cultural, religiosa y social que sufrió el mundo mexica tras la llegada de los españoles. Y cómo no, estuvo en Cuernavaca, donde Cortés ubicó su residencia de manera definitiva, aunque solo vivió en él unos cinco años, a diferencia de su segunda esposa Juana de Arellano y Zúñiga que permaneció allí casi dos décadas. La ciudad de Taxco, a 160 km de la capital, aunque no estuvo vinculada a Cortés, muestra palacios y templos barrocos muy suntuosos, acordes con su apogeo como centro minero en los siglos XVII y XVIII. Tampoco faltaron visitas a zonas arqueológicas como Cacaxtla, Tajín, Cempoala o visitas a zonas naturales como la laguna de Catemaco.

          El libro ofrece muchos más detalles de los sitios cortesianos y de la idiosincrasia de los mexicanos. Se trata de un buen relato, cuya lectura recomiendo para aquellos que tengan pensado visitar México, y en particular, las ciudades, villas y lugares por donde anduvo el metellinense. Asimismo, las valoraciones y juicios del autor son sorprendentemente comedidos, alejados tanto de la habitual leyenda negra como de la rosa.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

A PROPÓSITO DE UNA RESEÑA: LA LIBERTAD EN LA SOCIEDAD ESPAÑOLA EN LOS SIGLOS XVI Y XVII

A PROPÓSITO DE UNA RESEÑA: LA LIBERTAD EN LA SOCIEDAD ESPAÑOLA EN LOS SIGLOS XVI Y XVII

Esteban Mira Caballos; Historia de la villa de Solana de los BarrosOrdenanzas municipales de 1554, Badajoz, edita Diputación Provincial de Badajoz 2014, 190 pags.

 

 

1. La obra

 

        El autor es Doctor en Historia por la Universidad de Sevilla y profesor de Geografía e Historia en el I.E.S. Mariano Barbacid de Solana de los Barros (Badajoz).

        La obra es aparentemente modesta por su contenido, pues utiliza como eje la Ordenanza municipal de 1554. Sin embargo va mucho más allá y está arropada por datos económicos, costumbres, sentimiento religioso, la evolución de la población y su mortalidad, estratos sociales (incluidos los esclavos), emigración a América y sus requisitos y limitaciones, y resulta de gran ayuda para comprender una época en sus grandezas y miserias.

 

        Accedí a esta lectura casualmente y en seguida me dejó atrapado y me impulsó a compartir el texto a través de una reseña y de los comentarios que me sugirió tanto la organización municipal como la sociedad rural que era mayoritaria en la España de la Edad Moderna e incluso hasta el siglo XIX con la desamortización y que en muchos aspectos continuó - si bien cada vez más deteriorada - hasta mediados del siglo XX.

 

        A través de las Ordenanzas y de su aplicación práctica, se comprende hasta qué punto era Castilla, en los siglos XVI y XVII, una tierra mayoritariamente de hombres libres y profundamente religiosos, a pesar de existir una exigua minoría de esclavos y libertos que en ningún momento llegó al 5%, y ello en contraste con la Cataluña de pequeños señores feudales y no digamos con la mayoría del resto de Europa en la que el feudalismo había estado fuertemente implantado.

 

        El autor comienza describiendo el tipo de propiedad y poblamiento del municipio, de características comunes a buena parte de los municipios de Castilla. A mediados del siglo XVI, el concejo de Solana de los Barros (Badajoz) adquirió un terreno de una legua y una sexma de largo por media legua de ancho en 6.000 ducados. Para hacerse una idea de la extensión y el precio de la finca, baste decir que tenía una superficie de unas 1.800 Hras. de tierra de primera calidad como es la tierra de aluvión del Guadiana y su afluente el Guadajira en la comarca de Tierra de Barros y el precio actualizado estimo que sería aproximadamente el equivalente actual (2015) a poco más de 800.000 euros, es decir de algo menos de 500/ Hra., equivalente estimado a 3,35 ducados/Ha.. Es destacable que la superficie de esta finca comunal representaba casi un tercio del término municipal de Solana de los Barros y era explotada únicamente por los vecinos.

 

 

2. Comentarios al contexto social y económico del municipio

 

        En otras comarcas del Ducado de Feria, como Zafra, Feria o La Parra, los terrenos eran de propiedad particular. En cambio en Solana de los barros, salvo las pequeñas fincas particulares y la gran dehesa propiedad comunal del Concejo, gran parte de las tierras eran de propiedad señorial. Estas tierras eran cedidas en arrendamiento perpetuo a cambio del pago de 1/9 de la producción del arrendamiento, después de deducir el diezmo de la Iglesia. La renta de la alcabala, que era un impuesto que gravaba con el 5% todas las transacciones comerciales, tanto de mercancías como de muebles e inmuebles, varió desde el siglo XVI hasta mediados del XVII entre 124.000 maravedíes (un ducado = 375 maravedíes) y 365.000. La renta del arrendamiento venía a ser otro tanto, lo que da idea de la producción total del municipio, que debería estimarse multiplicar la renta del arrendamiento aproximadamente por 10 y sumarle la producción particular y la comunal, además del producto de los diversos oficios. Ello para una población estimada a lo largo del siglo XVI hasta mediados del siglo XVII que varió entre los 600 y 1.200 habitantes, calculada apartir de los censos de vecinos. Todo esto unido al diezmo a la Iglesia, y los gastos del municipio, que se autofinanciaba con las rentas de su propiedad, podía estimarse una presión fiscal por todos los conceptos inferior al 20% lo que en comparación con la media actual en España, y en cualquier Estado, parece irrisoria. A estos impuestos había que sumar ciertas aportaciones extraordinarias ocasionales, como la de 650 fanegas (aproximadamente equivalente a unos 1.600 kgs.) de trigo en 1580, para abastecer los tercios que entraron en Portugal cuando se produjo la unión a la corona española de Felipe II, y que parece una aportación poco onerosa en relación a la producción estimada del municipio que como media sería de unos 1.200 Kgs./Hra., o algo superior.

 

        Con estos datos podría estimarse que la renta per cápita en aquella época podría estimarse en un equivalente a no menos de 6.000 euros actuales, a lo que habría que sumar el autoconsumo y el conjunto de unos modestos servicios de comerciantes y artesanos. Ello explica que en esta época hubiera en el concejo nada menos que 6 sastres censados, además de zapateros, herrero, mesoneros, barberos, molinos, carnicería con una rígida reglamentación sanitaria, así como comerciantes con una estricta regulación de pesos y medidas. A estas actividades habría que sumarle la industria de la construcción y el servicio de transportes que representarían más del 10% de la actividad y renta del municipio. A estos datos relevantes como indicios de actividad económica, hay que añadir que se daba un volumen de transacciones bastante elevado, a juzgar por el importe anual del impuesto de la alcabala. Esto indica una sociedad sencilla pero de cierta complejidad y relativamente acomodada, incluso en comparación con el medio rural actual.

 

        Desde el punto de vista social, la gran extensión de una gran propiedad comunal igualitaria daba lugar automáticamente a una población del municipio sin grandes desigualdades económicas y en la que las diferencias de riqueza estaban generadas fundamentalmente por el trabajo y habilidad en las explotaciones familiares.

        Esta sociedad igualitaria y relativamente próspera, explica que hubiera ciertos servicios sociales embrionarios, como la asistencia en la enfermedad y gastos de sepelio, que al parecer se realizaba a través de una hermandad de Ánimas. Incluso existía un hospital de pobres desaparecido en el siglo XVII y que era visitado por los alcaldes, en presencia del escribano, que verificaba que estaba bien provisto para atender a los enfermos. Hay que suponer que en una localidad pequeña el hospital se limitaba a una sala común en la que se atendía a enfermos sin recursos, pero esto era una avance considerable en comparación no solo con lo existente en otros países, sino también con lo que era habitual en la España del siglo XIX.

 

        Los bautizos, la sucesión de la administración de sacramentos, las fiestas religiosas, la regulación de las ayudas a misas, velas, etc., demuestra que no sólo la argamasa que unía sólidamente esta sociedad era la moral y religión católicas, sino que también era el espíritu vital que la animaba tal como de forma afortunada había expresado sintéticamente Marcelino Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos. A este respecto resulta significativo un hecho reflejado con toda naturalidad en el registro parroquial en 1706: <<Pedro, hijo de María de los Ángeles, esclava de Pedro Sánchez Notario, le eché el agua en casa por algún peligro>>.

 

        Por ejemplo, el número de esclavos y libertos existente durante la segunda mitad del siglo XVI y primera del XVII, nunca llegó al 5% y ello a pesar de ser el municipio de la comarca con mayor número de esclavos. Resulta significativo que los esclavos eran bautizados al igual que el resto de los ciudadanos, lo que indica que el sello que certificaba su pertenencia a la comunidad era su integración en la Iglesia. A partir de la segunda mitad del siglo XVII el número de esclavos era casi inexistente. La escasa cifra de esclavos en esa época, sin ser despreciable, no permite calificar la esclavitud de institución de cierto peso, sobre todo si se compara por ejemplo con la existente en la América anglosajona de fines del siglo XVIII, ya que en las 5 colonias inglesas del Sur de las 13 colonias del pequeño territorio de Norteamérica se estima que representaban prácticamente la mitad de la población, con más de un millón de personas.

 

        La emigración era un fenómeno poco frecuente, tal como precisa la documentación existente, al menos en este municipio. Ello se deduce de los datos de la emigración en el siglo XVI (33 personas) y en el siglo XVII (12 personas), muestra que su incidencia en la población puede calificarse de insignificante. La mayoría de los emigrantes eran solteros, pero no faltaban familias enteras, lo que explica que casi el 18% fueran mujeres. A mi juicio, el escaso número de emigrantes se debe por un lado a lo estricto de su selección de los emigrantes, ya que se les exigía una especie de certificado de buena conducta, al contrario de lo que ocurría en otros países europeos, donde la mayoría de los emigrantes eran delincuentes y penados, incluso en el siglo XIX. A lo estricto de la selección se unía que el pasaje no era barato, como consta en la documentación de un pasaje en el que el coste por persona a principios del siglo XVI era de dos ducados (que podría ser el equivalente actual a unos 300 euros, que no era poco teniendo en cuenta que era una economía poco monetizada).

 

        El hecho de que a lo largo de dos siglos el total de emigrantes fuera de 45, da idea de la poca incidencia que tuvo la emigración en su población y posible repercusión indirecta en la decadencia de España. Esta perspectiva se ve acentuada con que durante el siglo XVII la emigración se redujo a 12 personas en paralelo con la reducción de población media del municipio que pasa de [6001000] personas durante más de un siglo a unas 250 y que se mantiene estable a lo largo de dos siglos, desde mediados del siglo XVII hasta mediados del XIX. La reducción de población se explica mejor por la elevación de la mortalidad, que está documentada entre 1673 y 1709, con una mortalidad media en esos años de 13 por año, de los cuales casi el 50% corresponden a mortalidad infantil. Una mortalidad tan alta resulta inexplicable ya que significaría la desaparición de la población del municipio en pocas décadas. No hay constancia de las causas de tan altas tasas de mortalidad, que podría ser debidas a la gravísima epidemia de peste que en 1649, procedente de África, se extendió desde Sevilla y que probablemente prolongó sus efectos demográficos durante mucho tiempo. Los pequeños ejércitos de la época empleados en las guerras representarían una mortalidad relativa, sobre el total de la población, muy baja.

 

        Un fenómeno que está también documentado es el de los expósitos. Entre 1614 y 1713, el número de niños expósitos fue de 6, sobre un número de nacimientos de más de 1.000, lo que teniendo en cuenta la inexistencia de abortos provocados, resulta una cifra insignificante y confirma la existencia de una sociedad sana moralmente y carente de agobios económicos.

 

 

3. Comentarios a la organización política del municipio

 

        Llama la atención el sistema de elección de alcaldes y cargos con voz y voto en el concejo, que eran ocho en total y elegidos por duplicado en cabildo secreto el día de pascua de Navidad, en presencia del escribano, por un período de un año. Del total de los 16 elegidos, el conde elegía a su vez ocho. Desde 1481, era obligatorio que los municipios dispusiera de un edificio para la celebración de los cabildos y una cárcel municipal. El autor pudo comprobar que los alcaldes y oficiales no eran reelegibles, ni tan siquiera sus parientes.

 

        Este sistema de elección está cerca del sistema de la Atenas clásica en el que el sistema de elección era por sorteo entre los ciudadanos en una sociedad relativamente numerosa. En una sociedad poco numerosa como el municipio, un sistema de rotación tan rápido, permitía que la mayor parte de los vecinos ejercieran un cargo público a lo largo de sus vidas.

 

        En un ambiente así, de hombres libres y sin grandes desigualdades sociales, se puede comprender que unAlcalde de Zalamea, no es una mera figura literaria, sino que probablemente fue un personaje y unos hechos reales. Y una sociedad trabada con esas prácticas y regida por estas leyes y costumbres se comprende que era sumamente sólida y que no podía tener competencia ni como potencia militar ni económica ni cultural, en el mundo del siglo XVI y XVII.

 

        El sistema de participación política ciudadana y razonablemente democrática causa sorpresa dado el grado de libertad e igualdad de derechos que representa en una pequeña sociedad como es el municipio.

 

        A mi juicio, el sistema fiscal español del siglo XVI y XVII descrito en la obra tenía el inconveniente que concentraba excesivo poder económico en la Iglesia y en los diferentes señoríos, en detrimento del poder regio central. Ello a pesar de que buena parte de las obras públicas como puentes y caminos, hospitales, universidades así como la educación y, por supuesto la asistencia social, era sufragada en gran parte por los señores y sobre todo por la Iglesia. Bien es cierto que un sistema fiscal centralizado, ya sea en el Estado o en otras entidades locales también tiene serios inconvenientes, al concentrar el poder en unas oligarquías más o menos numerosas y poderosas.

 

        Sin que la obra pretenda demostrarlo, la decadencia de este municipio de Extremadura coincide casi exactamente con el inicio de la decadencia española en la segunda mitad del siglo XVII, pero sin embargo no aparece, ni directa ni indirectamente, ninguna de las causas que numerosos historiadores atribuyen a la decadencia española. Las causas de la decadencia que suelen enumerarse hasta convertirse en un tópico son la expulsión de los judíos y moriscos, la emigración a América, las guerras, la pobreza, el hambre y un sentimiento generalizado de minusvaloración del trabajo, que en todo caso tendrían una influencia marginal.

 

        Si este municipio extremeño es representativo de los municipios castellanosy todo parece indicar que - , ninguna de las supuestas causas de la decadencia parece tener ninguna influencia. Si nos fijamos en la influencia de la expulsión de judíos y moriscos, al margen de que su número debió ser escaso en relación a la población, los judíos se dedicaron preferentemente al comercio y al préstamo residiendo en barrios de núcleos urbanos lo que no parece que tenga influencia significativa en el sistema económico; los moriscos, al parecer relativamente numerosos en Extremadura, se dedicaban en su mayor parte a la agricultura y artesanía por lo que la repercusión en la economía debió de ser mayor, pero tampoco significativa. La emigración a América se comprueba que por su proporción insignificante en la población española tampoco pudo tener una incidencia negativa, incluso aunque fuera un poco potenciada al ser selectiva de personas de cierto nivel y de buena conducta. Las guerras, eran mantenidas por España con un pequeño ejército permanente, del que casi dos tercios estaban constituidos por italianos, alemanes y suizos, por lo que su influencia en términos de población debió ser insignificante. La pobreza y el hambre se puede afirmar que eran inexistentes en el medio rural, al menos hasta la segunda mitad del siglo XVII. En cambio debió ser importante la incidencia de enfermedades como demuestra la mortalidad registrada a finales del siglo XVII. La holganza o el sentimiento de minusvaloración del trabajo parecen ausentes de la sociedad rural estudiada.

 

 

4. A modo de conclusión

 

        La religiosidad empapaba y regía la vida del municipio y en las ordenanzas se alude constantemente al santoral y a las ayudas que prestaba directamente el municipio en algunas fiestas señaladas, en especial en Semana Santa en el que el concejo contrataba a un predicador durante la Cuaresma.

 

        Un elemento de estas ordenanzas y de la vida en el municipio que destaca por su influencia en una sociedad equilibrada y con escasas desigualdades, es la propiedad comunal.

 

        La desaparición de la propiedad comunal, - de manera destacada por la desamortización,- debió influir decisivamente en la decadencia del municipio y potenció la acumulación de riqueza en pocas manos y consiguientemente el empobrecimiento y proletarización de gran parte de la sociedad española.

 

        Actualmente estamos asistiendo a la última fase de este despojo de la propiedad comunal, con la desaparición de las Cajas de ahorro y Montes de Piedad, las cooperativas, las mutuas y las hermandades, que eran el último baluarte de una sociedad solidaria que al fragmentarse y desestructurarse se ha convertido en presa fácil de grandes corporaciones.

 

        Una faceta colateral de este proceso es la privatización de empresas nacionalizadas de sectores calves (telecomunicaciones, energía eléctrica y petróleo, motor, naval, aeronáutica, militar,) por parte de gobiernos calificados tanto de izquierdas como de derechas. En definitiva, una empresa nacionalizada no es o era más que una propiedad comunal, al menos formalmente, a escala nacional.

 

        Lo que parece deducirse como enseñanza de la Historia y de estas ordenanzas municipales, es que toda comunidad política necesita para su cohesión una religión común, tal como ocurrió desde los sucesivos imperios egipcios, el romano con la deificación de la propia Roma y el Emperador, o al menos un sucedáneo como ocurre actualmente con China y la URSS con el comunismo o con EEUU en su culto por la democracia, más o menos mitificada y mixtificada, la propia nación y combinada con una moral puritana.

 

        Cuando el sistema de creencias se diluye, se acelera la decadencia y muerte de esa sociedad, como parece que comienza a percibirse en EEUU, donde la literatura y el cine comienzan a cuestionar un sistema al que presentan como una oligarquía de forma semejante a lo que ya ocurrió con Inglaterra y su Iglesia nacional, que se ha diluido al mismo tiempo que la moral victoriana.

 

        En definitiva, una obra que creo puede resultar una mina para un historiador del siglo XVI y XVII y que le puede ayudar a una mayor comprensión de la sociedad de esa época, pues el tipo de ordenanzas municipales, era común al menos en Castilla. Bien es cierto que cada historiador pondrá el acento en algunos aspectos más que en otros y destacará algún matiz de acuerdo con su formación y con información complementaria.

 

Antonio de Mendoza Casas

 

 

Madrid 18 de agosto de 2015

FRANCISCO PIZARRO. EL SÍMBOLO SECRETO

FRANCISCO PIZARRO. EL SÍMBOLO SECRETO

LUDEÑA RESTAURE, Hugo: Francisco Pizarro, el símbolo secreto. Un estudio sobre su origen y significado. Lima, Editorial Universitaria, 2014. 214 págs.

 

        Acaba de caer en mis manos este pequeño librito del profesor peruano Hugo Ludeña. Una bonita edición, muy cuidada, con fotografías a color y un texto muy bien redactado y de ágil lectura. El autor, que es doctor en arqueología y profesor en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima, lleva décadas investigando la cuestión de los restos del conquistador trujillano Francisco Pizarro. En esta ocasión cree haber descubierto el secreto mejor guardado del conquistador extremeño. Como es sabido, cuando en 1977 se exhumaron sus restos, apareció un osario en cuyo interior estaban los huesos por un lado y, en una caja de plomo, su cabeza. En su tapa superior aparecía esgrafiada una roseta de seis pétalos y la inscripción: “Aquí está la cabeza del señor marqués don Francisco Pizarro que descubrió y gano los reinos del Perú y puso en la real corona de Castilla”.

        En un primer momento, interpretó que la figura esgrafiada era meramente decorativa. Pero con posterioridad ha podido averiguar que dicho motivo fue usado de manera prolija por los judíos y que su presencia en la caja demuestra que el trujillano tenía alguna ascendencia hebrea. Sobre dicha idea fundamenta todo su estudio, apoyado además en un hecho tan circunstancia como su buena relación con otros personajes de ascendencia hebraica como Diego de Almagro, Gaspar de Espinosa o el propio Pedrarias Dávila, gobernador de Castilla del Oro.

         Sin embargo, con todo mi respeto hacia el autor, me parece que su tesis es poco consistente. Cabría plantearle varias objeciones, a saber: primero, la roseta de seis pétalos estaba muy difundida desde la antigüedad, no solo entre los judíos. Se trataba de un tipo de decoración vegetal -y geométrica, pues se realizaba a compás- que usaron ampliamente diversos pueblos prerromános, romanos, visigodos y musulmanes. Rosetas de seis pétalos encontramos por doquier en muchos dinteles y jambas visigodas. Es decir, no hacía falta ser judío para esgrafiarla.

Segundo, desconocemos quién, cuándo, ni con qué objetivo fue esgrafiada. Alguien lo hizo con posterioridad a su muerte, pero pudo ser porque creyese –con fundamento o no- en un origen hebraico del difunto, o simplemente porque le pareció oportuno completar el exterior de la caja con ese motivo vegetal.

Y tercero, que dicha prueba por si sola es insuficiente no solo para verificar el origen judaico del conquistador del Perú, aunque bien se puede plantear como hipótesis.

        En definitiva, estamos ante un libro curioso, entretenido, muy bien escrito y bastante documentado, aunque no podamos suscribir, al menos de momento, sin la existencia de otras pruebas, su tesis fundamental, es decir, los orígenes hebraicos de alguna rama de su ascendencia familiar.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

ESPAÑA ANTE SUS CRÍTICOS. LAS CLAVES DE LA LEYENDA NEGRA

ESPAÑA ANTE SUS CRÍTICOS. LAS CLAVES DE LA LEYENDA NEGRA

RODRÍGUEZ PÉREZ, Yolanda, SÁNCHEZ JIMÉNEZ, Antonio y BOER, Harm den (Eds.): España ante sus críticos: las claves de la Leyenda Negra. Madrid, Iberoamericana, 2015, ISBN: 978-84-8489-906-8, 275 págs.

 

         La historiografía sobre la Leyenda Negra cuenta ya con una amplísima producción bibliográfica, desde los pioneros estudios de Julián Juderías, pasando por los de Rómulo Carbia, Philip W. Powell, Esteban Calle Iturrino, Miguel Molina, Ricardo García Cárcel, Miguel Ángel García Olmo, Jesús Villanueva, entre otros muchos. Ésta fue todo un alegato contra la primera potencia imperial del momento, para lo cual se exageraron todos los aspectos negativos, acusándola de mantener una política expansiva. Los españoles eran objeto de los peores calificativos: crueles, bárbaros, iletrados, moros, judíos, marranos, lascivos, vanidosos, falsos, entre otras lindezas. Pilares de esa leyenda fueron la Inquisición, los vicios personales de Felipe II, la crueldad innata de los hispanos y sus deseos de dominar el orbe. Obviamente, los argumentos no son más que clichés falsos, pensados como oposición al dominio de la primera potencia mundial de la época.

        Este libro supone una puesta al día, un estado de la cuestión, al tiempo que se aportan nuevas reflexiones, nuevos perfiles de esa leyenda, aún poco explorados. Se trata de un total de once aportes, diez redactados en castellano y uno en inglés, firmados por profesores de distintas universidades europeas y americanas.

        El primero de los trabajos, firmado por Antonio Sánchez Jiménez, es un estado de la cuestión en el que se analiza la ingente bibliografía, destacando el alto grado de politización de los mismos. Muy interesante es el aporte del profesor Jesús María Usunáriz que se ocupa de la respuesta que la intelectualidad y el poder monárquico dio a estos ataques para tratar de contrarrestarlos. A veces tenemos la impresión de que España no respondió a la hispanofobia. Sin embargo, no solo se leyó la literatura antiespañola sino que fueron pertinentemente replicados, e, ocasiones de forma airada. Guillermo de Orange atacó a Felipe II y a los españoles, pero los autores españoles lo tildaron a él de traidor, hereje, ambicioso, alevoso, tirano, usurpador, forajido, cruel, etc. Ejemplos como el del fraile Pedro Cornejo, autor de Antiapología, solo un año después de la publicación de la Apología de Guillermo de Orange, es muy clarificador al respecto. Es cierto que no hubo una respuesta orquestada u organizada, es decir, que no hubo nada parecido a un Ministerio de la Propaganda, como tuvieron los nazis, pero no lo es menos que entre los propios auspiciadores de la Leyenda Negra, según demostró en su día Ricardo García Cárcel, tampoco la hubo.

        Por su parte, Santiago López Moreda aclara que los orígenes de la Leyenda Negra son muy anteriores a la época del padre fray Bartolomé de Las Casas o a la fecha de la publicación de la Apología de Guillermo de Orange. En realidad, comenzó a forjarse en Italia, como respuesta a la animadversión que estos sentían por la presencia de aragoneses en su tierra. Llaman la atención los calificativos que el papa Bonifacio VIII dedica especialmente a los catalanes de los que dice que ninguno era de fiar y que no eran personas de bien. Después la Leyenda se extendió a los territorios de expansión de la monarquía: América, Flandes y Portugal.

Concretamente, en Portugal, el prior de Crato, aspirante al trono luso, auspició dicha leyenda, colocando a Felipe II como un vulgar usurpador, exactamente igual que Guillermo de Orange hacía en el caso flamenco. Desde su exilio en Francia, Crato mantuvo sus aspiraciones al trono de Portugal, lanzando periódicamente soflamas contra la tiranía y crueldad del peor de los monarcas, Felipe II. Pero la leyenda no se limitó a los territorios americano, flamenco y portugués. El Dr. Juan Luis González analiza el caso del desdichado príncipe don Carlos, hijo de Felipe II y de Isabel de Portugal. Había quedado huérfano de madre a los pocos días de nacer y fue un niño enfermizo. En enero de 1568, cuando tenía veintitrés años, y tras verificarse que sus dolencias físicas y mentales no tenían solución, fue encerrado por orden de su padre, en una de las torres del alcázar de Madrid. Y ello, porque el monarca interpretó que había que retirarlo de la vida pública y de cualquier posibilidad de gobierno. Murió entre esas cuatro paredes varios meses después. Los sucesos fueron llevados a cabo por el monarca con el máximo secretismo, lo que no impidió que se convirtiera en una de las novelizaciones de la Leyenda Negra. Cómo no, Guillermo de Orange, se encargó de afirmar que el padre había asesinado al hijo.

        El caso del escritor calabrés Tomasso Campanella es singular porque pasó de ser en su juventud un apologista de la Monarquía a un detractor en los últimos años de su vida. Actuó así por intereses personales, al principio defendió que España había recibido la tarea divina de defender el catolicismo en el mundo, y ello con la intención de que se le indultase por su intento de sedición. Sin embargo, cuando ya no le interesó congraciarse, desveló su verdadero pensamiento, atribuyendo a los españoles casi todos los estereotipos de la Leyenda Negra: avariciosos, crueles, libidinosos, perezosos, etc.

        Eric Griffin analiza un conjunto de panfletos antihispánicos que se publicaron en Inglaterra para impedir el acercamiento entre ese país y España, durante los últimos años del reinado de Jacobo I. Por su parte, Carmen Sanz Ayán estudia los panfletos que se editaron en Génova, un aliado tradicional del Imperio de los Habsburgo. La coalición se basaba en beneficios mutuos, pues España disponía de la flota ligur y, a cambio, los genoveses comerciaban libremente en el Imperio Hispánico y obtenían grandes ganancias como prestamistas de la monarquía. Sin embargo, no faltaron los detractores de esta alianza que practicaron una literatura de oposición, usando los tópicos clásicos de la Leyenda Negra: crueles, lujuriosos, avariciosos, etc.

        Y el último aporte, firmado por Harm den Boer, analiza el papel que tuvieron los exiliados españoles en la forja de la literatura antiespañola. De especial relevancia fueron los textos de los protestantes expatriados, así como de los judeoconversos, que vieron en estas soflamas una buena oportunidad para vengarse.

        La Leyenda Negra muestra el odio que muchos europeos sentían hacia España que interpretaban era su máximo rival político. Ahora bien, como ha escrito Barbara Fuchs, en el fondo también subyace el reconocimiento explícito de esa superioridad hispánica e implícito de una cierta admiración por su modelo cultural. El tema sigue teniendo plena vigencia y este libro incorpora los últimos aportes sobre la materia, al tiempo que aporta nuevas líneas de trabajo en las que seguir profundizando en los próximos años.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA NOBLEZA EN LA ESPAÑA MODERNA. CAMBIO Y CONTINUIDAD

LA NOBLEZA EN LA ESPAÑA MODERNA. CAMBIO Y CONTINUIDAD

SORIA MESA, Enrique: “La nobleza en la España moderna. Cambio y continuidad”. Madrid, Marcial Pons, 2007, 371 págs. I.S.B.N.: 978-84-96467-40-8

 

        Este libro constituye un estado de la cuestión sobre el estamento privilegiado en la Edad Moderna. Su tesis fundamental es que el Primer Estado estuvo lejos de ser un estamento estático. Los linajes se veían continuamente renovados por casamiento o a través de la venalidad de títulos, hidalguías y hábitos de caballería, que adquirían lo mismo políticos que banqueros, comerciantes, mercaderes y hasta conversos del Tercer Estado. Se trata de una idea que no es nueva, pues ya Antonio Domínguez Ortiz, en su clásica obra “Las clases privilegiadas en el Antiguo Régimen” (1973) aludió a esta venalidad a lo largo de toda la Edad Moderna. En cambio, sí hay que reconocer al autor el mérito de haber abundado mucho más en esta permeabilidad, aislando y estudiando numerosos casos. Menos frecuentes fueron las ventas de hidalguías, probablemente porque con poco más dinero se podía falsear la genealogía y comprar testigos para conseguir unos orígenes “inmemoriales” con los que lustrar verdaderamente a su estirpe. Todo ello favorecido por la ausencia de reglas que regulasen el uso de los apellidos, que se colocaban o cambiaban al antojo de cada cual. Lo cierto es que ya advirtió Francisco de Quevedo que “poderoso caballero era don dinero”. Y efectivamente, con numerario resultaba extremadamente fácil acceder al estamento nobiliario. Bien es cierto que el ochenta por ciento de los privilegiados pertenecían a la baja nobleza, mientras que la alta nobleza constituía un porcentaje muy reducido.

A lo largo de la Edad Moderna, los problemas de liquidez de la Corona hicieron que recurriese a la venta de todo lo vendible: desde oficios públicos, a señoríos, títulos de ciudad, títulos nobiliarios o simples hidalguías. Efectivamente, se vendieron al mejor postor condados, marquesados y Grandezas de España. Si había dinero para pagarlos y para comprar testigos no había demasiados problemas en con seguir el ansiado ennoblecimiento. Como afirma el autor, esta absorción de advenedizos reforzaba la sociedad estamental, pues estos reciente egresados en el privilegio no lo hacían para cuestionarlo sino al revés para perpetuarlo. Por eso, el Dr. Soria Mesa habla de cambio inmóvil, pues este trasiego de sangre nueva implicaba cambios pero a la vez contribuía a la perpetuación del sistema y en definitiva al inmovilismo. Esta renovación, posibilitó de manera sistemática la renovación biológica del estamento, reforzando las bases sobre las que descansaba el sistema absolutista-estamental de la época. El culmen de la venalidad se alcanzó durante el reinado de Carlos II en el que se vendieron nada menos que 411 títulos nobiliarios, 54 más de los que expidió su sucesor en el trono, el rey Felipe V.

Conocíamos casos muy sonados, que por cierto no cita el autor, como el del mercader Antonio Corzo, que compró el señorío de Cantillana, o el del indiano riojano Juan José de Ovejas, primer marqués de Casa Torre, que en una sola generación pasó de ser un simple perulero a un miembro destacado de la aristocracia. Lo primero que hizo, fue desde luego construirse un imponente palacio en su tierra natal, porque no bastaba con ser noble, también había que parecerlo. Muchos mercaderes y comerciantes extranjeros, establecidos en la cabecera de las Indias, la mayoría genoveses, también obtuvieron su título nobiliario, como Bartolomé Spínola, Conde de Pezuela de las Torres, Domingo Grillo, Marqués de Clarafuente y Grande de España, o Juan esteban Imbrea y Franquis, Conde de Yelbes, por citar solo tres. Incluso, un nutrido grupo de moriscos granadinos y de judeoconversos consiguieron hidalguías y hasta títulos nobiliarios y/o hábitos de caballería, lo que no deja de ser sorprendente como señala el propio autor. Así, el alcaide de Baza, Cidi Yahya al-Nayyar, tras entregar la ciudad a los Reyes Católicos, se convirtió al cristianismo, bautizándose como don Pedro de Granada, obteniendo una regiduría en la ciudad de su apellido. Hizo una gran fortuna y sus sucesores entroncaron con lo más granado de la nobleza castellana.

Tampoco faltaron entre el estamento privilegiado algunos amerindios, descendientes de los reyes mexicas e incas, la mayoría mestizos, que disfrutaron de una gran fortuna, como doña Francisca Pizarro Yupanqui, el Inca Garcilaso o Pedro Tesifón de Moctezuma, cuyos descendientes obtuvieron una Grandeza de España.

El mayorazgo fue un instrumento que permitió a las familias concentrar en una sola persona gran parte de su patrimonio, facilitando su perpetuación. Normalmente se vinculaban al varón legítimo de más edad, aunque en muchos casos la ilegitimidad no fue un impedimento, si el progenitor lo reconocía como hijo. Al resto de los hijos siempre les quedaba la posibilidad de hacer carrera militar o eclesiástica, mientras que las hijas eran desposadas con otros personajes de la nobleza o, si los recursos escaseaban, recluidas en un convento, que era una salida muy digna y resultaba mucho más económica. En uno y otro caso, las decisiones las tomaban los progenitores, en función a los intereses familiares. Como bien afirma el profesor Soria, el matrimonio por amor fue un invento burgués del siglo XIX, probablemente perpetuado desde el romanticismo. Eso sí, había excepciones, las del típico marqués que se enamoraba y desposaba con una persona del cuerpo de servicio y, por supuesto, era mucho más frecuente entre las capas más bajas de la sociedad, donde no había dinero de por medio, y por tanto primaban estos enlaces por amor.

En mi humilde opinión el libro tiene dos puntos débiles: uno, que menciona mucha casuística nobiliaria andaluza, y especialmente granadina, que es la que el autor ha investigado personalmente, pero omite o trata muy ligeramente a la nobleza riojana, extremeña o navarra por citar solo algunos casos. Y dos, que pese a que maneja una amplia gama de fuentes, se acusan algunas ausencias bibliográficas como, por ejemplo, los numerosos trabajos del profesor Francisco Andújar que le hubiese permitido documentar más ampliamente la venalidad de la Corona de Castilla. También se echan en falta los enjundiosos estudios de Ángela Atienza, que le hubiesen proporcionado más información sobre la relación de la nobleza con el estamento eclesiástico, al que controló, mediante mecanismos como la compra de patronatos conventuales. La cuestión de la nobleza indígena y mestiza en la España moderna lo liquida en ¡dos páginas!, pese a la importancia cuantitativa y cualitativa que tuvo. Y ello, porque desconoce trabajos de mi autoría así como los de José Luis de Rojas o Miguel Luque Talaván, entre otros.

Pese a estas observaciones, podemos concluir que se trata de un libro sólido, documentado y bien estructurado, cuya lectura es recomendable y útil no solo para los modernistas sino para todos los interesados en la historia social de España.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

BERCEO. REVISTA RIOJANA DE CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES

BERCEO. REVISTA RIOJANA DE CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES

Berceo. Revista riojana de ciencias sociales y humanidades, Nº 168, Logroño, 2015, 301 págs., ISSN: 0210-8550

 

        Acabo de recibir el último número de la revista Berceo que me ha enviado un colaborador de la misma, el joven investigador Javier Ortiz Arza. Me ha sorprendido lo cuidada y costeada que está la edición, así como el contenido, con nueve artículos de fondo, además de algunas reseñas.

De entre esos trabajos merece destacarse el del citado Ortiz Arza sobre la participación en el comercio Atlántico de los riojanos, originarios de Nájera, Miguel Martínez de Jáuregui y de su hermano Jerónimo de Jáuregui, en el último cuarto del siglo XVI. Se trata de dos hidalgos de escasa fortuna que decidieron marchar a Sevilla en busca de unas oportunidades que su tierra natal les negaba. Conocíamos grupos de mercaderes vascos, burgaleses, genoveses, flamencos, pero cada vez se vislumbra más la existencia de mercaderes, comerciantes y prestamistas de otros lugares, como la Rioja, Navarra o Extremadura. Los Jáuregui tocaron casi todos los palos, pues lo mismo comerciaban con distintas mercancías, incluidos los esclavos, que prestaban dinero o firmaban seguros marítimos. El mundo indiano ofrecía entonces las posibilidades de ganar mucho dinero aunque también conllevaba riesgos, como prueban las numerosas quiebras que conocemos de compañías o de personas individuales. A los Jáuregui la aventura les salió bien y en menos de un cuarto de siglo consiguieron no solo amasar una gran fortuna, sino ennoblecer su estirpe. Compraron veinticuatrías –regidurías- en la ciudad de Sevilla, además de tierras y rentas, alcanzando el hijo de Miguel Martínez de Jáuregui un hábito de la Orden de Calatrava. El autor del artículo, aporta un ejemplo más de aquellos comerciantes que en breve plazo se enriquecieron y consiguieron dar lustre a sus linajes en una sola generación. Cuánta razón tenía Francisco de Quevedo cuando decía que “poderoso caballero era don dinero”. Con fortuna, uno podía comprar cargos y títulos, evidenciando que la frontera entre el primer estamento y el Tercer Estado era mucho más permeable de lo que creíamos. Casos como el de Antonio Corzo, señor de Cantillana, cada vez se nos muestran menos excepcionales. Asimismo, el autor confirma la existencia de un nutrido grupo de riojanos, quizás no tan potentes como los flamencos o los vascos, pero que tuvieron cierta influencia en el comercio indiano, con nombres como Alonso de Belorado, Juan de Ocón, Álvarez de Enciso y los hermanos Jáuregui.

El trabajo de Pilar Andueza sobre el palacio construido por el indiano Juan José de Ovejas, primer marqués de Casa Torre, en Igea, comarca de Cervera, es también muy representativo de la ascensión social de los peruleros. Usó su fortuna para construirse un palacete que sirviera como imagen o memoria viva de la ascensión social de su linaje. Curiosamente, igual que Hernando Pizarro se construyó un siglo y pico antes su palacio en Trujillo sobre las modesta morada de su padre, Gonzalo Pizarro, Juan José de Ovejas lo erigió sobre un antiguo corral y huerta de su padre. Y es que, como recuerda la autora, no bastaba con ser noble, también había que parecerlo.

Y finalmente, quiero destacar el documentadísimo texto de Guillermo Soriano sobre la influencia del humanista calagurritano Quintiliano, un escritor hispanorromano del siglo I d. de C. Una influencia que introdujeron personajes de amplia formación que pasaron por el Nuevo Mundo, como Alejandro Geraldini, obispo de Santo Domingo, Américo Vespuccio, Gaspar de Espinosa, Francisco Cervantes de Salazar, etc.

Otras contribuciones de materia histórica y literaria, firmadas por Alfonso Rubio, Carlos Villar, José López, Diego Téllez y Mario Ruiz, completan el contenido de este número que sin duda merece la pena leer pausadamente.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HISTORIA DE LA TRATA DE NEGROS

HISTORIA DE LA TRATA DE NEGROS

MANNIX, Daniel P. y M. COWLEY: Historia de la trata de negros. Madrid, Alianza Editorial, 1968, 283 págs.

 

        Hace la friolera de cuarenta y siete años que se editó esta obra en castellano, los mismos que ha tardado en caer en mis manos. Diego Parra, bibliotecario del Centro Cultural Santa Ana de Almendralejo, me advirtió hace unos días de la incorporación de un ejemplar a los fondos de la biblioteca, seguramente por donación fruto del descarte de alguna biblioteca pública. En cualquier caso no he sido el único despistado, pues he consultado obras clásicas del tráfico de esclavos como las de Hugh Thomas, Willian D. Phillips y Herbert S. Klein y tampoco la citan entre sus fuentes.

        La obra de Mannix y Cowley es un estudio de la trata de esclavos negros con destino a los mercados americanos desde la época del Descubrimiento. Me ha sorprendido la cantidad y la calidad de la información que manejan los autores, pese a que aún no habían aparecido estudios detallados sobre los asientos de esclavos y sobre la cuantificación del tráfico. Hay aspectos que lo analizan con mayor minuciosidad que otras obras más recientes. En particular dedican un capítulo a explicar las flotas esclavistas inglesas, con sede en Londres –a través del río Támesis-, Bristol y Liverpool. Y en dichas páginas se evidencia que la fortuna obtenida con el tráfico de seres humanos fue la base del desarrollo manufacturero y comercial de Inglaterra. Las demandas de bienes para el abasto de estas flotas, fueron un factor decisivo para el desarrollo económico no solo de estos puertos sino también de condados como Lancashire y Yorkshire y de otros del interior del país donde se fabricaban las manufacturas.

        La tripulación de estos barcos negreros estaba formada por lo peor de la sociedad inglesa. Aunque en general la navegación en la Edad Moderna era peligrosa, cuando se trataba de traficantes de esclavos, los riesgos se multiplicaban por dos o por tres. La travesía era verdaderamente comprometida, siendo atacados durante el trayecto por todo tipo de bandidos, al tiempo que ellos se reconvertían fácilmente en piratas o corsarios cada vez que las circunstancias lo aconsejaban. La frontera que separa el comercio lícito de esclavos con el bandidaje era extremadamente sutil.

        El tráfico de seres humanos en condiciones infrahumanas endurecía el corazón del más benevolente de los capitanes. Este inframundo conseguía que aflorara en las tripulaciones los peores instintos. El capitán tenía solo dos objetivos: sobrevivir y obtener los máximos beneficios; y si ello implicaba la muerte de aherrojados o de su propia chusma de subordinados no había ningún problema. Y si no disfrutaban más con el sufrimiento de estos esclavos era porque la pérdida de sus vidas podían suponerle un quebranto económico y la posibilidad de no cumplir con las expectativas de lucro. Era el único freno. Aún así, la mortalidad de esclavos en el trayecto desde las costas africanas a los mercados americanos se podía situar fácilmente entre el 15 y el 30 por ciento del total de embarcados. Ya lo tenían previsto por lo que embarcaban un tercio más de esclavos que el número de licencias de las que disponían, anticipándose a dicha mortalidad.

        El último capítulo lo dedican íntegramente al análisis de la abolición de la esclavitud en el mundo anglosajón que quedó prohibida en el tercer cuarto del siglo XIX. Por cierto que España, aunque en territorio peninsular la abolió en 1837, la mantuvo en Puerto Rico hasta 1873 y en Cuba nada menos que hasta 1880. Finalmente, la O.N.U. la abolió en teoría en todo el orbe el 2 de diciembre de 1949 –resolución 319 (IV)-, sin embargo, en pleno siglo XXI sigue siendo todavía una lacra, pues se sigue padeciendo en diversas latitudes de nuestro planeta.

 

 

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