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Libros de Historia

EL SISTEMA NAVAL DEL IMPERIO ESPAÑOL. ARMADAS, FLOTAS Y GALEONES EN EL SIGLO XVI

EL SISTEMA NAVAL DEL IMPERIO ESPAÑOL. ARMADAS, FLOTAS Y GALEONES EN EL SIGLO XVI

        En este libro analizaremos la estructura naval del imperio español en el siglo XVI, su organización por el emperador Carlos V y su perfeccionamiento durante el reinado de Felipe II. Un inciso previo: a lo largo de este libro aludimos indistintamente al Imperio español o al Imperio de los Habsburgo, o de los Austrias, para referirnos a la misma estructura política, al imperio de Carlos V y Felipe II, el mismo del que se decía que el sol no nacía ni se ponía porque poseía territorios en todos los continentes conocidos.

        El emperador Carlos, auténtico césar de la cristiandad, heredó unos territorios de unas dimensiones que no tenían precedentes en la historia de Occidente. En una época en la que el mar era el auténtico hilo que unía a los territorios se vio obligado a configurar un sistema naval acorde con esa compleja realidad espacial. El resultado fue tan exitoso que España pudo dominar los océanos hasta bien entrado el siglo XVII.

        Antes de analizar el modelo naval creado por los Austrias mayores conviene que hablemos del modelo preexistente, es decir, del que hubo hasta el reinado de los Reyes Católicos. En la Baja Edad Media existió una Armada Real de Galeras, institucionalizada por Alfonso X el Sabio. Fue aprestada por primera vez a mediados del siglo XIII y estaba formada por unas dieciocho galeras de distinto porte que se financiaban a través de las rentas de una veintena de alquerías –algo así como una granja– destinadas a tal fin. La citada escuadra estaba regida por un almirante, rango que tendrá una larga tradición en la historia naval española y que fue creado por primera vez en estas fechas. Al parecer, dicha armada tuvo desde el mismo momento de su creación destacadas actuaciones, concretamente en el ataque al puerto de Salé –en el actual Marruecos– ocurrido en 1260 y en la toma de Cádiz, dos años después. Su cometido era doble: por un lado, la defensa del área del Estrecho frente a los ataques de los corsarios berberiscos, y por el otro, evitar el envío de refuerzos berberiscos al reino Nazarí. En ocasiones, si las circunstancias así lo requerían, la escuadra actuaba también en la vertiente atlántica, contra el vecino reino de Portugal. En el reinado de Juan II, la flota estaba al frente del almirante Alonso Enríquez, quien acostumbraba a poner al frente de la misma a su hermano Juan Enríquez. En agosto de 1407, estaba compuesta por 13 galeras y tuvo diversos enfrentamientos con la armada del reino de Granada.

        El panorama naval se completaba en el área suroeste con la existencia de verdaderos corsarios españoles que llevaban a cabo acciones de pillaje con el consentimiento real. El objetivo de sus tropelías eran los súbditos de otras naciones enemigas, fundamentalmente de berberiscos y turcos, pero también los mercaderes portugueses que comerciaban con los puertos del África occidental. En el norte de España, otros armadores privados defendían sus costas y practicaban el corso sobre los buques ingleses y franceses. En Santander fondeaba en 1391 una pequeña armada de tan solo dos galeras destinadas a la protección de las costas del Cantábrico.

        Y finalmente, en el área mediterránea las galeras catalanas y valencianas hacían lo propio con los berberiscos y protegían el Estrecho de una posible invasión norteafricana. La situación llegó a tal punto que, en 1489, Fernando el Católico prohibió la práctica del corso en todas las tierras del reino de Aragón.

         Durante los reinados de Enrique IV y de los Reyes Católicos la política naval se desatendió más aún, aunque parece ser que se mantuvo activa una pequeña armada de cuatro galeras para la custodia de las aguas de las costas del reino de Granada. Sin embargo, a partir de 1492, año clave en la historia de España, se produjo un profundo cambio en el devenir de los reinos peninsulares. La conquista de Granada por Castilla y el descubrimiento de América trajeron consigo una nueva realidad histórica. De esta forma se sentaron las bases de uno de los primeros estados modernos de Europa y, por supuesto, del primer gran imperio de la Historia Moderna.



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HISTORIA DE LA VILLA DE SOLANA DE LOS BARROS. ORDENANZAS MUNICIPALES, 1554

HISTORIA DE LA VILLA DE SOLANA DE LOS BARROS. ORDENANZAS MUNICIPALES, 1554

MIRA CABALLOS, ESTEBAN. Historia de la villa de Solana de los Barros. Ordenanzas Municipales 1554. /Presentación de Valentín Cortés Cabanillas. Badajoz, Excma. Diputación Provincial de Badajoz, 2014/. 190 p., fot. en col., V apéndices., V gráficos y XII cuadros en el texto, 23’5 cm. D.L. Ba. 000178/2014.

 

        El Dr. Mira Caballos, un carmonense afincado en Almendralejo, nos regala una nueva obra de su ya prolífica producción, pese a su juventud, en la que podemos apuntar una veintena de libros, más de cien artículos en revistas especializadas de España, Europa y América Latina, amén de mantener un muy visitado blog (estebanmiracaballos.blogia.com) en el que cuelga mensualmente reseñas bibliográficas, artículos, opiniones y críticas en torno a cuestiones relacionadas con la historia y, de manera significativa, con temas americanistas en los que se puede considerar uno de nuestros principales especialistas. Fruto de su reconocido trabajo es el hecho de haber galardonado con premios tan prestigiosos como el de la Fundación Xavier de Salas, el de la Obra Pía de los Pizarro y el José María Pérez de Herrasti y Narváez, además de haber sido finalista del Algaba de investigación histórica en 2008. Entre su bibliografía es necesario destacar las novedosas biografías de Hernán Cortes: el fin de una leyenda. Badajoz, 2010 y Hernando de Soto, el conquistador de las tres Américas. Badajoz, 2012 y el sugerente, debatido y apasionante Imperialismo y poder. Una historia desde la óptica de los vencidos. El Ejido, 2013 que ya hemos reseñado anteriormente.

        La historia de Solana de los Barros está íntimamente relacionada con la realidad vital de Esteban Mira, con su interés por la sociedad en la que vive y con la que convive y por su evidente compromiso con su entorno más cercano, no en vano ejerce, desde hace más de una década, como profesor de Geografía e Historia en el I.E.S.O. “Mariano Barbacid” de la localidad. Sin embargo, en consonancia con su concepto y su visión de las Ciencias Sociales y lo que ello supone, su libro no presenta la clásica visión panegírica de la historia de Solana, antes al contrario, huye de esta práctica habitual para describirnos una imagen, no tanto crítica como dramática, de una sociedad profundamente rural y rural izada en la que la autarquía constituye la formula básica de convivencia que se supera gracias a una solidaridad que sorprende, incluso, al propio autor.

        El libro se estructura en dos partes bien diferenciadas. La primera, después de la necesaria Presentación y los lógicos Agradecimientos, es una descripción de Solana en la Edad Moderna en la que repasa, de forma rápida, la evolución de la villa desde 1481 con la concesión de la Carta Puebla hasta fines de la Edad Moderna. A continuación, estudia la evolución y estructura de la población y sus procesos migratorios incidiendo en la presencia llamativa de minorías étnicas y esclavos, por encima de las cifras de toda la Tierra de Barros -el porcentaje medio de la comarca es 2’33, el de Almendralejo 2’44 y el de Solana 3’41- comprados para labrar las tierras arrendadas al Duque de Feria. La vida municipal, es decir, la estructura política del concejo de la villa, se examina a través de las Ordenanzas de 1554 desmenuzando el papel de alcaldes y regidores y la organización de la administración local. El sector primario fue, sin duda, el más importante en Solana moderna, donde las tierras eran propiedad señorial, excepto unas 60 fanegas, y estaban dedicadas al cultivo del cereal, aunque el viñedo tenía una gran importancia, mientras el sector ganadero estaba representado por el ovino y el vacuno. Los otros sectores productivos, en función de lo que dicen las Ordenanzas debía tener poca importancia pues no hay ninguna alusión a artesanos o gremios, aunque las carnicerías estaban perfectamente reguladas. La cuestión de las infraestructuras incluye el ayuntamiento, la cárcel, las fuentes públicas, la mencionada carnicería, la parroquia, una ermita, molinos, tahonas, mesones y un puente para pasar el Guadajira ubicado en el mismo lugar en que se conserva el actual. En cuanto a la higiene pública y el medioambiente, las Ordenanzas regulan la recogida de basura, el cuidado de las fuentes y la limpieza de la rivera aunque es necesario reconocer que la medicina era ineficaz para controlar las epidemias. Finalmente, en lo que atañe al ocio, la moralidad y la religiosidad, advertimos que la pesca y la caza constituyen, casi, la única diversión, entretanto la vida espiritual está rígidamente controlada por la autoridad religiosa, perteneciente al obispado de Badajoz, con el inestimable apoyo de las civiles y habría, con toda seguridad, una fuerte discriminación por causa del sexo, cosa habitual en la época.

        La segunda parte del libro está dedicada a las Ordenanzas municipales de 1554. En la introducción, el Dr. Mira Caballos repasa el estado de la cuestión en el tema de las Ordenanzas y expone la necesidad de abordarlo con una visión global. A continuación, analiza el documento original aprobado por el Conde de Feria el 6 de mayo de 1554. Finalmente, antes de la transcripción completa de los XXXIX títulos más otro añadido sobre las dehesas sin numerar, lo que constituye un verdadero repaso y la regulación de todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana de Solana de los Barros a partir del siglo XVI, el autor insiste en la trascendencia que, desde el punto de vista de la legalidad, tienen estos corpus de los que estaban dotados muchos concejos en España.

        Finalmente, el libro se cierra con el correspondiente listado bibliográfico, un índice onomástico y otro topográfico, que son imprescindibles en un buen libro, y el general en el que aparecen los apéndices, los gráficos y los cuadros.

        El libro del Dr. Mira Caballos es otro buen ejemplo de historia local en la que, como se ha mencionado anteriormente, se huye del panegirismo localista para abordar con espíritu abierto la vida cotidiana de una comunidad condicionada por la subsistencia en un medio esencialmente rural, encorsetada por un entorno ya de por sí difícil. El estudio, al margen de los datos concretos referidos a Solana, podría ser extrapolable a otros núcleos urbanos de la comarca por lo que la investigación que ahora se publica, incide en una línea de trabajo que, a corto plazo junto a otras Ordenanzas ya publicas, enriquecerá el conocimiento que tenemos de Extremadura.

        La investigación que reseñamos, además de manejar el texto de las Ordenanzas que atesora el Archivo Municipal de Solana, se ha laborado consultando la documentación del Archivo Parroquial del pueblo y la del Archivo Histórico Municipal de Zafra. Sin embargo, la imposibilidad de manejar los fondos del Ducado de Medinaceli y del obispado de Badajoz, por razones que de todos son conocidas y siguen siendo inexplicables y, lo que es peor, no han sido suficientemente explicadas, no han permitido al autor ampliar el marco temporal de sus estudios.

        Para terminar, felicitamos al Dr. Mira Caballos por su excelente trabajo y a la Diputación Provincial de Badajoz que, gracias a las buenas gestiones de Dª Isabel Antúnez Nieto, ha publicado el texto. Animamos al autor para que, en los próximos años, nos obsequie con una completa historia de Solana de los Barros.

 

José Ángel Calero Carretero

 

(Publicada en Cuadernos de Çafra Nº XI, 2014-2015, pp. 347-350).

EL PROCESO DE EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS DE ESPAÑA (1609-1614)

EL PROCESO DE EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS DE ESPAÑA (1609-1614)

LOMAS CORTÉS, Manuel: El proceso de expulsión de los moriscos de España (1609-1614). Valencia, Biblioteca de Estudios Moriscos, 2011, 582 págs.

 

        Este libro constituyó en su día lo esencial de la tesis con la que el profesor Lomas Cortés alcanzó el título de doctor por la Universidad de Valencia. En este trabajo se marcó como objetivo revisar la documentación que había manejado el historiador francés Henri Lapeyre en su clásica monografía Geografía de la España Morisca, publicada en francés en 1959, en castellano en 1986 y reeditada en 2009. En aquella ocasión, el historiador galo abordó de manera global el problema de la expulsión, en base a documentación procedente fundamentalmente del Archivo General de Simancas, concretamente de las secciones de Estado y Guerra. En su estudio se centró especialmente en cuantificar, a través de los recuentos de embarque y de los censos, la cifra total de expulsados que él cuantificó en unos 300.000 efectivos. Ello supuso un revulsivo en los estudios sobre la materia ya que hasta esa fecha ni tan siquiera sabíamos a cuántas personas había afectado tan dramática decisión.

        Sin embargo, todos sabíamos que la documentación podía ofrecer otros matices que el profesor Lapeyre en su pionero estudio no abordó o simplemente analizó muy superficialmente. Por ello, Manuel Lomas, siguiendo indicaciones de sus directores de tesis, se planteó una revisión de aquella ingente documentación, buscando otros datos sobre todos relacionados con los mecanismos de expulsión y el proceso de embarque. Ello le ha permitido trazar un panorama mucho más completo del proceso, de los puertos de embarque y de los destinos.

        En la primera parte del trabajo, dedicada a los moriscos valencianos, incluye un análisis detallado de las causas que movieron a Felipe III a tomar la fatal decisión. Dado que el prestigio de la monarquía estaba en entredicho desde principios de su reinado, éste optó por ganar reputación a costa de un gran acontecimiento que acallara las críticas. Si no se hizo antes fue por la influencia en contra de la expulsión del confesor del rey, fray Jerónimo Javierre. Su repentina muerte dejó a Lerma el terreno libre para convencer al monarca y a su Consejo de Estado de los beneficios que dicho decreto podían reportar. Los andalusíes moriscos pagaron el pato y la Corona decidió expatriarlos para ganar ese ansiado prestigio a nivel internacional, reforzando de paso su histórico papel de salvaguarda del dogma católico.

        La estructura del libro es clásica pero muy clara y en parte deudora del propio índice del libro de Lapeyre al que pretendía completar. Además del prólogo y la introducción, hay cuatro partes, a saber: la expulsión valenciana, el proceso castellano, el destierro catalano-aragonés y la clausura del proceso. Los primeros en salir fueron los valencianos y se hizo creer que la orden solo afectaría a la zona costera de la Península Ibérica. Los andalusíes moriscos no tardaron en averiguar lo equivocados que estaban. Eso sí, la expulsión de los valencianos sirvió de experiencia para los demás territorios, lo que permitió una reducción de gastos y de efectivos militares en su implementación. Los últimos en salir fueron los mudéjares murcianos por su mayor grado de asimilación en la cristiandad. Su expulsión, aunque empezada en 1611 se prolongó nada menos que hasta 1614.

        Expeler a tanta gente y trasladarlos hasta el norte de África o a Francia e Italia requirió de un gran esfuerzo técnico y administrativo. Las distintas administraciones implicadas generaron una gran cantidad de documentos que en buena parte se conservan en el archivo vallisoletano y en otros archivos locales. A nivel global supuso un alarde de vigor de la burocracia hispánica, pues la expulsión se llevó a cabo más o menos satisfactoriamente lo que no era un logro menor. Ahora bien, la maquinaria administrativa no fue perfecta y hubo que recurrir con frecuencia a la improvisación. El proceso fue complejo y se produjeron constantes choques de jurisdicciones entre las distintas autoridades. La solución de la Corona fue nombrar comisiones y comisarios con amplios poderes que en esta cuestión se situaban por encima de las autoridades locales, salvaguardando los intereses de la Corona.

        Los andalusíes sufrieron todo tipo de penalidades, pues fueron robados durante el trayecto. En muchas ocasiones, a su llegada a los puertos de embarque debían esperar días y a veces semanas hasta su embarque, gastando lo poco que tenían en la compra de alimentos. Ese compás de espera terminaba provocando su ruina, pues muchos se aprovechaban de la situación inflando los precios especulativamente. Es cierto que con frecuencia se daba una gran solidaridad grupal en la que los más ricos ayudaban a los más pobres. Pero con el paso del tiempo cada vez era más infrecuente encontrar moriscos ricos, por lo que las situaciones que se vivieron fueron realmente dramáticas. En algunos casos, se les arrebataba a sus propios hijos antes de embarcar, pues en teoría habían quedado al margen de la expulsión. Así ocurrió con los hornachegos, embarcados el 16 de febrero de 1610, a los que el marqués de San Germán ordenó en última instancia quitarles a sus hijos, para evitar “que fuera desterrada gente inocente”. Un verdadero drama para aquellas familias, forzadas a marchar al exilio, expoliadas y maltratadas. Y la cosa no acababa ahí, pues el embarque se hacía en condiciones de hacinamiento y a su llegada, una vez en territorio magrebí, no siempre eran bien aceptados.

        En esta reseña hemos tratado de resumir los principales aspectos tratados en esta obra, sin una mayor profundidad. Sin duda, el profesor Lomas ha cumplido con creces sus objetivos, editando este voluminoso trabajo en el que se aportan muchos detalles sobre el drama que sufrieron estos expatriados, su embarque y los puertos de arribada. Sin embargo, quede bien claro que estas pocas líneas no son suficientes para poner en valor el enorme caudal de información que atesora este libro y que el lector podrá encontrar entre sus apretadas páginas.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL PENSAMIENTO DE PEDRO DE VALENCIA

EL PENSAMIENTO DE PEDRO DE VALENCIA

SUÁREZ SÁNCHEZ DE LEÓN, Juan Luis: El pensamiento de Pedro de Valencia. Escepticismo y modernidad en el Humanismo Español. Badajoz, Diputación Provincial, 1997, 336 págs. I.S.B.N.: 84-7796-831-4

 

        Con casi dos décadas de retraso ha caído en mis manos esta obra sobre el humanista, filólogo y filósofo zafrense Pedro de Valencia. El origen del texto es la tesis con la que el autor obtuvo el grado de doctor en filosofía por la Universidad de Salamanca. Curiosamente la misma Universidad en la que curso estudios el célebre humanista objeto de su trabajo.

Este libro constituye un estudio casi definitivo sobre el pensamiento de este gran erudito extremeño que vivió a caballo entre el siglo XVI y el XVII. Precisamente su autor titula el primer capítulo “Entre el Renacimiento y el Barroco”, analizando el contexto en el que vivió su biografiado. Su pensamiento, muy evolucionado para la época, se enmarca dentro del humanismo moderno, heredero directo del humanismo renacentista. De hecho, recibió un buen número de influencias de los movimientos filosóficos helenísticos, especialmente del escepticismo y del cinismo. Esa es precisamente la base de su pensamiento a la que añadió un estudio profundo de los textos originales, siguiendo criterios verdaderamente científicos. En la Universidad de Salamanca recibió clases de El Brocense y de Benito Arias Montano, los cuales le dejaron una fuerte impronta, insertándose en el movimiento de Filología Polígrafa que tiempo atrás fundara Cipriano de la Huerga.

Lo más interesante de la obra de Pedro de Valencia es que afrontó desde un punto de vista filosófico los grandes problemas de la España de su tiempo. Para él, la base de los males de España eran dos: el monetarismo y la ociosidad. Con respecto al monetarismo pensaba que la llegada de metal precioso de las Indias era uno de los grandes males del país. España puso demasiado empeño en acumular oro, descuidando la base de la riqueza de un país que a su juicio era la agricultura. Ésta era la actividad económica principal para el mantenimiento de la población. Valencia se muestra como un verdadero precursor de las doctrinas fisiocráticas y contrario a la política económica mercantilista imperante en su tiempo.

En cuanto a la ociosidad, defendía que para el desarrollo de los reinos de España era fundamental reducir las extensas bolsas de desempleo. Reivindicaba que debía ser la Corona la que obligase y garantizase el uso de un oficio por parte de toda la ciudadanía, ampliando de esta forma la base productiva del país. Entre los grupos que había que incorporar al mercado laboral cita expresamente a los nobles rentistas, a las mujeres y a los pobres, mendigos y vagabundos. Siguiendo a Vives cree que incluso los invidentes podían realizar determinados trabajos en los que no se requería el sentido de la vista. Algunos tratadistas previos ya habían reivindicado algo parecido pero lo novedoso de Pedro de Valencia es que él lo hace extensible a la nobleza, siempre reticente al desempeño de empleos manuales.

Partiendo de esa premisa del trabajo reivindica a la mujer que, a su juicio, –y en esto es un adelantado a su tiempo- podía realizar justo los mismos trabajos que los hombres. La incorporación de la mujer al sistema productivo nacional es un logro de la democracia actual que ya reivindicó en su día Pedro de Valencia en su “Discurso contra la ociosidad”. Eso no evita que el humanista trate, siguiendo la tradición de los humanistas cristianos, la especifidad de la espiritualidad femenina.

Y finalmente, bajo esta misma premisa de la necesidad de ampliar la fuerza laboral critica abiertamente la expulsión de los moriscos andalusíes. En su “Discurso acerca de los moriscos de España” los valora por su gran capacidad de trabajo, siendo un ejemplo a seguir por el resto de los españoles. A su juicio destacaban no solo por su laboriosidad sino también por su alta productividad y su capacidad de sacrificio y de ahorro. Esa afirmación le lleva a criticar la expulsión y a proponer su evangelización pacífica y en caso extremo su diáspora por España para facilitar su integración. Decía Valencia que los andalusíes eran súbditos de Felipe III y por tanto igual de ciudadanos que los cristianos viejos.

Para finalizar, hay que destacar el pensamiento tan avanzado y clarividente de Pedro de Valencia. Lástima que estos grandes pensadores, de mentes abiertas, de amplia formación y de ecuánimes juicios pesaran menos que las voces radicales y lacerantes de personas ambiciosas, mediocres y sin escrúpulos. Los cristianos viejos consiguieron evitar la competencia de las minorías étnicas, de los conversos y de burgueses a través de sus estúpidos estatutos de limpieza de sangre. Se reservaron para sí mismos los mejores cargos de la administración, y así nos fue. Qué diferente hubiese sido el pasado y el presente de España si hubiésemos hecho caso de estos grandes humanistas, en detrimento de los intransigentes. La ampliación de la base laboral, con la integración de las minorías étnicas y la incorporación de la mujer al trabajo productivo hubiesen cambiado el destino de España y quizás el del mundo. El libro de Luis Suárez sorprende por la amplitud de fuentes y el profundo estudio del pensamiento de este gran humanista extremeño. Un texto excelente que quizás no ha tenido la difusión que merece.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

ATRAVESANDO EL DESIERTO

ATRAVESANDO EL DESIERTO

MANZANERA SALAVERT, Miguel: Atravesando el desierto. Balance y perspectivas del marxismo en el siglo XXI. Barcelona, El Viejo Topo, 2015, 317 págs. I.S.B.N.: 978-84-16288-35-9

 

        Nueva obra del Dr. Miguel Manzanera en la que aborda una historia de la teoría y de la praxis marxista, reconociendo los errores que le han llevado a una profunda crisis, pero destacando sus valores y su utilidad en el presente y en el futuro. Un planteamiento agudo, profundo, denso, serio y certero, en la línea de lo que han defendido en los últimos años otros filósofos e historiadores, especialmente Eric Hobsbawm en su obra Cómo cambiar el mundo, Marx y el marxismo 1840-2011 (Barcelona, Crítica, 2011).

        La doctrina marxista ha significado durante más de un siglo y medio una esperanza para millones de personas. Y pese a su fracaso como praxis política, ha transformado el mundo, pues ni siquiera el capitalismo ha sido el mismo después de su aparición. Efectivamente, el autor reconoce que ha fallado a la hora de conseguir establecer un mundo más justo para todos. Pero no se queda solo en el reconocimiento de estos errores sino que hace una profunda reflexión autocrítica, con el objetivo último de que esta evolución le permita seguir siendo una ideología útil en el siglo XXI.

        Tras el fracaso de los regímenes comunistas de la Europa del este y la posterior caída del muro de Berlín y de la URSS se habló de la muerte de Marx. La burocracia estatalizada de la era estalinista se cargó la democracia proletaria de los soviets, mientras que el sectarismo radical del partido comunista hizo el resto, ante “su incapacidad para establecer un diálogo con todas las corrientes sociales”. Este fracaso del socialismo real terminó por desprestigiar toda la doctrina marxista que quedó arrinconada como una ideología obsoleta, fracasada e inútil. Como contrapartida, el neoliberalismo conseguía imponerse a escala planetaria, implementando una explotación intensiva de los recursos del planeta Tierra y agudizando las diferencias entre norte y sur y entre ricos y pobres.

        Sin embargo, la última crisis del capitalismo, que comenzó en el año 2008, ha puesto de manifiesto que el neoliberalismo es una praxis peligrosa que puede llevarnos a medio plazo al colapso civilizatorio. La crisis es estructural porque la expansión consumista ha superado la capacidad del planeta de satisfacer esas necesidades. Marx se pudo equivocar en muchas cosas, sobre todo estimando en exceso la racionalidad humana, pero no en su crítica al capitalismo y en su convicción de que este sistema terminaría destruyendo las dos fuentes principales de riqueza: la tierra y el trabajador. La evolución posterior del capitalismo le ha terminado por dar la razón. Y es que parece obvio que el capitalismo actual, en su fase imperialista, está provocando dos dinámicas extremadamente perniciosas: una, que los ricos lo sean cada vez más y a la inversa, es decir, que los pobres sean cada vez más pobres. Y otra, que la voracidad del mercado, que obliga a un consumismo ilimitado, está esquilmando los recursos del planeta y provocando una verdadera catástrofe ecológica que estará en su momento álgido a mediados de este siglo. Ello unido a las armas de destrucción masiva, a la proliferación de transgénicos que amenazan la diversidad genética del planeta, a los genocidios continuos y a la contaminación del medio pueden terminar provocando el temido colapso civilizatorio. Y es que, como insiste el profesor Manzanera, la base del capitalismo es errónea e irracional porque se basa en el crecimiento continuo e ilimitado cuando los recursos del planeta son justo lo contrario, es decir, limitados. Y mientras todo eso ocurre la mayor parte de la población asiste como espectador impasible a dicho colapso, ubicada en el conformismo y reconfortada con la fe ciega en la tecnociencia, que suponen resolverá todos los problemas presentes y futuros.

        En medio de la actual zozobra del sistema capitalista, se antoja necesaria la inspiración ética del marxismo, como diría el recordado Francisco Fernández Buey. Es necesario superar el modo de producción capitalista y sustituirlo por un nuevo modo de producción que permita nuestra propia supervivencia como especie y la creación de un sistema más justo y equitativo para todos. Ahora bien, para recuperar la credibilidad del materialismo histórico hay que recurrir a las aportes de investigadores marxistas de cuarta generación, como Manuel Sacristán (1925-1985). Éste llevó a cabo una profunda reflexión sobre el comunismo, detectando los errores y proponiendo su renovación práctica, fundamentalmente a través de los movimientos sociales. Y es que merece la pena rescatar la doctrina marxista por sus ideales de justicia social y por su utilidad para explicar los fenómenos históricos en base a la lucha de clases.

        Por tanto queda claro, de acuerdo con el autor, que hay que rechazar el racionalismo productivista actual que cree ciegamente en la tecnociencia para dominar a la naturaleza y cambiarlo por un nuevo racionalismo ilustrado, que se base en la austeridad, en el respeto de los ecosistemas y en la presencia de repúblicas democráticas que mantengan entre ellas un sistema internacional de relaciones pacíficas. Un nuevo orden mundial basado en el respeto mutuo entre los seres humanos y entre estos y las demás especies del planeta. Ahora bien, como reconoce el Dr. Manzanera, no será fácil implementarlo entre otras cosas por la hegemonía de los países capitalistas y del capital y por el aburguesamiento de una parte de la sociedad, bajo el placebo del consumo. Pero antes o después el cambio llegará, voluntario o forzoso, dentro de occidente o fuera, y cuando eso ocurra, la doctrina marxista deberá ser tenida muy en cuenta para construir el nuevo orden.

        Este trabajo de Miguel Manzanera contribuye a revalorizar la doctrina marxista y a darle el sitio que merece en el pensamiento actual, como un modelo coherente y racional de entender la humanidad, muy diferente de la que propone el capitalismo neoliberal. Esta breve reseña mía es solo una reflexión de algunas de las ideas centrales de esta obra. El lector encontrará un análisis mucho más profundo de la evolución de la doctrina y de la praxis marxista, con sus aciertos y sus errores, así como una crítica aguda al sistema capitalista, actualmente en crisis.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LOS MORISCOS MUDÉJARES DE PLIEGO

LOS MORISCOS MUDÉJARES DE PLIEGO

PASCUAL MARTÍNEZ, José: Los moriscos mudéjares de Pliego: origen y expulsión de una comunidad. Murcia, Editum, 2014, 370 págs. I.S.B.N.: 978-84-16038-31-2

 

        Este libro sobre los andalusíes moriscos de la villa de Pliego, Murcia me ha sorprendido gratamente. Y me ha sorprendido tanto por el amplio manejo de fuentes documentales y bibliográficas que exhibe el autor, como por la cantidad y trascendencia de sus aportes.

        En general, el proceso de expulsión de los moriscos andalusíes murcianos fue singular, pues duró casi un lustro, permitiendo la permanencia o el retorno de un gran número de los expelidos. Y ello porque su nivel de integración con los cristianos viejos era mayor que en otras partes de la Península, como Valencia o Granada. La carta del Común de Murcia a favor de los mudéjares de Pliego, fechada el 4 de abril de 1610, que el autor reproduce en el anexo II es muy significativa al respecto: manifestaban el sentimiento que en la villa había causado el bando de expulsión porque eran todos buenos cristianos y leales a la Corona. Pese a que estaban integrados y no mantenían costumbres, lengua ni indumentaria de su pasado mudéjar, muchos de ellos –no todos- se vieron implicados en el edicto de destierro del 19 de octubre de 1613. En esta fecha se comisionó al conde de Salazar para que viajase al Reino de Murcia y organizase la expulsión de los moriscos del valle de Ricote. Para llevarla a cabo dispuso del apoyo de Pedro de Rocaful, sargento mayor de la milicia del reino de Murcia, así como del alguacil Diego de Marta, Hernando de Parrilla y Juan Ruiz. Los días 17 y 18 de diciembre de ese mismo año se cumplimentó la orden, siendo encaminados al puerto de Cartagena.

        Ahora bien, lo que hay que descartar de nuevo es que expulsaran a todos o a casi todos los andalusíes. En el caso de Pliego, el autor demuestra que muchos eludieron el destierro y otros regresaron. Más de la mitad de los moriscos andalusíes de Pliego consiguieron eludir la expulsión, pues el descenso entre 1611 y 1631 lo ha cifrado el autor en el 26,59 % según las listas de expulsados o en el 40,07 según los censos. Los vecinos de Pliego ingeniaron todo tipo de estratagemas para eludir el bando de expulsión. Muchos se ausentaron de la villa el mismo día del bando o en los inmediatamente posteriores por lo que no pudieron ser localizados para ejecutar la expulsión. Pero hay un dato que me ha impresionado por su magnitud: el mismo día 21 de diciembre de 1613 cuando los expulsos debían marchar al destierro se celebraron en la parroquia de Santiago Apóstol de Pliego ¡43 matrimonios!, todos ellos concertados para evitar la expatriación. Salvo en un caso, todos los varones contrayentes eran cristianos viejos o mudéjares excluidos de los bandos de expulsión. Pero hay más, en el año comprendido entre el 21 de diciembre de 1613 y finales de 1614, cuando se produjo el último bando de expulsión, se celebraron en una villa que apenas superaba el millar de habitantes ¡98 matrimonios!

Se trata de una práctica que todos conocíamos, la de féminas que se desposaron con cristianos viejos para eludir el cadalso. En otras villas murcianas también se produjo pero en menor medida, como en Mulas con diez esponsales o en Blanca con 21 matrimonios entre diciembre de 1613 y enero de 1614. Pero el caso de Pliego es singular por la magnitud y por el descaro con las que estas desesperadas mujeres se casaron con el primero que encontraron para evitar el cadalso. Muchos de los forasteros que acudieron a Pliego a desposarse con las andalusíes no lo hacían por motivos altruistas sino atraídos por las posesiones que los padres expulsos dejaban a sus hijas. Como dice el autor, el elevado número de enlaces puede ser indicativo del alto poder adquisitivo de estos moriscos andalusíes de Pliego.

Hay casos curiosos y dramáticos como el de María de Montoya que concertó su matrimonio con Juan de Zafra, con la idea de eludir el bando. Pese a tener las amonestaciones y todos los trámites en regla, al final éste no se quiso desposar. Para evitar in extremis el cadalso se encontró con un “pobre hombre” llamado Francisco de Ávila, natural de Mallorca, y le suplicó que enlazara con ella, fingiendo ser Juan de Zafra, dada la urgencia del desposorio. Así evitó el destierro. Sin embargo sus penalidades no acabaron ahí. Francisco de Ávila no tardó en desaparecer por lo que el 29 de agosto de 1616 se casó de nuevo con Francisco de Toro, natural de Totana. Fue descubierto su doble matrimonio y condenada por la Inquisición a pasearla como rea por las calles del pueblo y a una pena de cuatro años de destierro. No fue el único caso, en 1621 fue condenado un tal Luis Ballesteros porque, pese a estar casado en la villa de Santiesteban, se desposó con una mujer de Pliego llamada Catalina de Leiva que “se echó a sus pies y le dijo que por amor de Dios” que no quería ir a tierra de enemigos.

Los hijos de las familias incluidas en el bando los dejaron con familiares excluidos de la expulsión o con cristianos viejos, concertando el matrimonio presente o futuro de sus hijas, a las que dotaron con los bienes que dejaban atrás.

        Pese a la permanencia de unos y al retorno de otros, es obvio que los decretos de Felipe III supusieron un auténtico drama para estos andalusíes perseguidos y expulsados. Además, fue un desastre cultural y económico para España, pues la rica huerta morisca jamás recuperó su productividad hasta el punto que se decía en relación a la huerta de Ojós (Murcia) que una parcela que antes alimentaba a diez o más moriscos ahora no sustentaba ni a un cristiano por el deficiente aprovechamiento de la tierra de los nuevos colonos. Destapar el drama de esta población morisca perseguida, señala y expatriada, cuya memoria fue borrada de nuestra historia, es otro de los grandes retos de la historiografía actual. El libro de José Pascual Martínez constituye un avance notabilísimo en ese proceso de recuperación de la memoria de estos andalusíes.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

GENOCIDAS, CRUZADOS Y CASTRADORES

GENOCIDAS, CRUZADOS Y CASTRADORES

IZARD, Miquel: Genocidas, cruzados y castradores. Terror y humillación en nuestro pasado. Madrid, Los Libros de la Catarata, 2015, 238 págs. I.S.B.N.: 978-84-9097-021-8

 

Nueva entrega del maestro de historiadores Miquel Izard que en esta ocasión nos sorprende con un ensayo en el que compara la conquista de América y la guerra civil y la postguerra. Hay que recordar que el profesor Izard ha sido a lo largo de toda su carrera un historiador combativo y apasionado; su obra no ha dejado indiferente a nadie porque sus posiciones y su lenguaje han sido siempre contundentes. De él aprendí que el trabajo de cualquier historiador que se precie debía ser doble: por un lado, dar voz a los oprimidos, a los vencidos a los eternamente olvidados, y por el otro, desenmascarar los mitos de la historia tradicional. Y eso solo se consigue otorgando el protagonismo a la masa anónima, a esos millones de personas que, como diría Michel Vovelle, no han podido pagarse el lujo de una expresión individual. Hacer historia implica necesariamente reconstruir el pasado nunca escrito de los eternamente vencidos pues, como afirmo Walter Benjamin, si la situación no da un vuelco definitivo, tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, un adversario que no ha cesado de vencer. Y esta afirmación en el caso que nos ocupa es axiomática, pues, como demuestra el profesor Izard, a los vencidos no solo les robaron sus vidas sino también su memoria. Los que hoy pretenden pasar página mediante el olvido ignoran que una herida de esta magnitud solo se puede cerrar destapando la verdad, por dura que ésta sea. No puede ser, como muy bien indica el autor, que un país como España, encabece el ranking mundial de desaparecidos, solo superado por Camboya.

Uno de los aspectos más novedosos de esta obra es la comparativa que hace entre los cruzados de la conquista de América y los de la Guerra Civil y la Postguerra. En ambos casos hubo matanzas, así como vencedores y vencidos; en la primera europeos e indios y en la segunda fascistas y rojos. Y en ambos episodios se escamoteo el pasado, usando términos del propio Izard, convirtiendo sendos genocidios en dos cruzadas gloriosas. Tras la victoria se produjo el reparto del botín, es decir, el prorrateo de cargos políticos, cátedras, titularidades y puestos de responsabilidad de aquellos que pertenecían al bando vencedor, en detrimento obviamente de los vencidos. Un empobrecimiento en todos los ámbitos, merced a personas que ocuparon altos cargos de la administración o de la empresa privada no por méritos propios sino por filiación política. Un salto atrás en el tiempo que nos recuerda a los rancios estatutos de limpieza de sangre que coartaban el acceso a la administración a todo aquel que no fuese cristiano viejo.

Es cierto que en el período que transcurrió entre febrero y julio de 1936 hubo una grave crisis de convivencia, así como detenciones ilegales de derechistas. Pero, como ha escrito Francisco Espinosa, no sabemos aún hasta qué punto las amenazas y los intentos de golpe de estado, que empezaron en 1931, provocaron reacciones violentas entre los republicanos para así obtener la cobertura ideológica necesaria para emprender el alzamiento definitivo. Efectivamente, en la zona gubernamental se produjeron excesos y matanzas de inocentes. Sin embargo, la diferencia fundamental es que mientras estos desmanes fueron obra de personas o de grupos de incontrolados, los nacionales urdieron un plan sistemático de exterminio del adversario político. Y prueba de esta premeditación es que allí donde triunfaba el alzamiento, le seguía la represión, variando tan sólo la intensidad de la misma, dependiendo de las circunstancias. Y es que, como ha escrito Josep Fontana, el objetivo del golpe depurador estaba claro. Había que aniquilar todos los elementos de la sociedad española que habían servido para articular aquella alternativa reformista iniciada en 1931 y que el triunfo electoral de 1936 volvía a poner en marcha. En cualquier caso no se trata solo de interpretaciones pues basta con leer las afirmaciones de algunos de estos cruzados, para verificarlo. El profesor Izar reproduce algunas locuciones del general Queipo de Llano que explicitan muy bien el talante de estos nuevos salvadores de la patria: ¿Parlamentar? ¡Jamás! Esta guerra tiene que terminar con el exterminio de los enemigos de España… Yo veo a mi padre en las filas contrarias y lo fusilo. Ésta era la justicia de Queipo, usando otra vez palabras del historiador Francisco Espinosa.

Otra idea mil veces repetida y que debemos matizar es la que afirma que hubo bajas en ambos bandos. Y lo digo porque encubre otra realidad, es decir, que cayeron muchos más republicanos que nacionales. Y ello sin contar con algo mucho más difícil de evaluar que vino después: los abusos velados de los vencedores hacia los vencidos que se prolongaron durante décadas. Por ello, tras la represión física llegaron la contrarreforma agraria, que empobreció aún más a los desheredados, y las relaciones asimétricas con los supervivientes, entonces llamados braceros, gañanes, jornaleros o directamente rojos. Algo que ya nos impresionó en la obra de Miguel Delibes, Los Santos Inocentes y que desgraciadamente, como se observa en este libro, no fueron hechos aislados.

La posición de la iglesia fue muy clara, proporcionando la necesaria cobertura ética a la insurrección militar, a la que calificó de cruzada cristiana. La guerra no enfrentaba a golpistas y a republicanos sino a buenos y a malos, los primeros encarnación de la providencia divina y los segundos marxistas, inspirados por el mismísimo diablo. La Virgen, el Sagrado Corazón de Jesús y el resto de la corte celestial, cómo no, eran monárquicos y, por tanto, estaban con los nacionales. Lo mismo el alzamiento que la guerra y la represión posterior estuvieron bendecidos por el altar y por Dios.

Una vez perpetrado el genocidio urgía montar una buena coartada que resultase creíble a las generaciones venideras. Empezaron eliminando todas las pruebas documentales que pudieron –los archivos del terror como les llama Izard- y, después de tres décadas machacando con lo mismo, se impuso una gruesa losa de mentira que creo ha llegado el momento de romper. Difundieron –exitosamente por cierto- hechos supuestamente perpetrados por el bando republicano que nunca ocurrieron o que sucedieron muy puntualmente: amputaciones de miembros, torturas, violaciones, exclaustraciones de monjas, quema de iglesias, etc. Y la excusa más reiterada para justificar sus propias atrocidades: ellos hubiesen hecho lo mismo si hubiesen ganado la guerra. Bueno, no lo podemos descartar, pero no ocurrió y nunca podremos saber si hubiera sido así o no.

Asimismo, tras la victoria pasaron a construir una nueva patria ultranacionalista, tradicionalista y católica. Para ello era fundamental contar con mujeres adoctrinadoras en el hogar y con una escuela vinculada al régimen. Lo primero que hicieron fue desmontar rápidamente la escuela republicana, realizando una dramática purga entre los enseñantes, comenzando por el cuerpo de maestros y profesores de secundaria y terminando con los de la Universidad. Todo aquel que hubiese mostrado alguna inclinación o simpatía hacia la república o simplemente hacia el ideario liberal era una posible cabeza de turco. Unos fueron fusilados y otros consiguieron escapar al exilio. Pero la cosa no quedó ahí; el franquismo asumió desde un primer momento la idea falangista de la revolución social, poniendo en marcha una verdadera contrarrevolución educativa. Ésta sólo se podía llevar a cabo a medio plazo, educando a los jóvenes en la ideología Nacional-Catolicista. A la caza de brujas que supuso la depuración de educadores, siguió el expurgo de las bibliotecas escolares, eliminando todas aquellas publicaciones que no fuesen acordes con el nuevo espíritu que ellos llamaban revolucionario pero que en todo caso era contrarrevolucionario. El círculo se cerró con una férrea censura, supervisada por la Iglesia, sobre las publicaciones, los periódicos, el cine, la televisión, el teatro, etcétera. La democratización y la universalización de la escuela, que con tanto ímpetu pretendiera implantar la II República, eran ya agua pasada. La nueva educación se basaría en una visión conservadora y patriótica de la historia nacional.

Las historias que narra Miquel Izar sobre las cárceles de mujeres y los orfanatos, conmueven. Las mujeres y los niños, esposas e hijos de los vencidos, constituían el segmento de población más vulnerable y sufrieron con rigor la larga dictadura. Durante el dilatado período franquista fueron maltratadas decenas de miles de mujeres y niños pues a fin de cuentas los vencedores interpretaban que eran personas descarriadas, contaminadas por ideales incompatibles con la el nuevo régimen que pretendían construir. Se les amedrentó para que escondieran su propia memoria en lo más profundo de su alma, aceptando o aparentando aceptar la nueva ideología de los vencedores, de los mismos que habían asesinado a los suyos.

Duele comprobar que la España democrática, la misma que con orgullo se dedicó durante años a juzgar genocidios internacionales ocurridos muy lejos de nuestras fronteras, tenga tantos muertos escondidos y haya corrido un tupido velo de silencio sobre ellos. Creo que los españoles estamos ya preparados para conocer la verdad, sin venganzas y sin rencores. Simplemente se trata de desvelar la magnitud del genocidio y de restaurar el honor a decenas de miles de personas y sus familias que fueron asesinadas y maltratadas durante décadas por el simple hecho de simpatizar con la república o de no ser afectos a los alzados. En la Transición se cometió el error de vincular la reconciliación al olvido lo cual, según Izard, es una constante en todas las dictaduras, es decir, que tras su desaparición afloran los organizadores del olvido. Pero esto nunca debió hacerse así y menos aún, como escribió Francisco Espinosa, que la amnistía se extendiera a la historia. El libro de Miquel Izard desafía a la Memoria Oficial al tiempo que contribuye de manera muy notable a reconstruir el pasado escamoteado y a hacer justicia a los eternamente vencidos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Reseña tomada del prólogo la obra, escrito por mí)

CONGRESO INTERNACIONAL LOS DESCENDIENTES DE ANDALUSÍES MORISCOS EN MARRUECOS, ESPAÑA Y PORTUGAL

CONGRESO INTERNACIONAL LOS DESCENDIENTES DE ANDALUSÍES MORISCOS EN MARRUECOS, ESPAÑA Y PORTUGAL

AITOUTOUHEN TEMSAMANI, Fatima-Zahra (Coord.): Congreso Internacional los descendientes Andalusíes “Moriscos” en Marruecos, España y Portugal. Tánger, Fundación Al-Idrisi, 2014, I.S.B.N.: 978-9954-9484-0-0

 

        Acaba de caer en mis manos el libro impreso de las Actas del I Congreso Internacional de descendientes Andalusíes, aunque ya se han publicado en CDROM las del II Congreso, celebradas en abril de 2015 en Ojós (Murcia). El libro recoge las aportaciones presentadas en ese evento celebrado en Tánger en 2013, por profesores de distintas universidades del norte de África y de Europa. La mayor parte de las ponencias están en castellano, pero también las hay en francés, portugués y árabe.

        Muy interesante es el estudio preliminar del Dr. Ahmed Tahiri, en el que plantea la necesidad de sustituir el término morisco por el de andalusí. Y es que el término morisco tiene un matiz peyorativo y fue impuesto por los “cristianos viejos” para señalar, identificar y marginar a los cristianos nuevos. Ellos nunca se autodenominaron moriscos sino andalusíes, y esta es la denominación que a su juicio debe prevalecer. Se trata de un detalle en el que no había caído y que demuestra hasta qué punto los verdugos consiguieron imponer una denominación que todavía usa la mayor parte de la historiografía en pleno siglo XXI. Por tanto, su nombre era andalusíes y además me permito añadir que no fueron expulsados sino expatriados.

        La ponencia de Amparo Sánchez Rosell, del Centro Cultural Islámico de Valencia, se refiere a su propia familia y cuenta experiencias personales. Pese a ello me ha impresionado como en su familia perduraron generación tras generación determinadas costumbres, ya sin saber o ser consciente de su origen andalusí. Costumbres tan típicas como lavarse específicamente los pies de manera recurrente y que le llevaron a descubrir su descendencia morisca, pues su familia paterna era oriunda nada menos que del valle de Ricote. Y digo que el aporte es interesante pues evidencia como muchas de estas familias ocultaron sus orígenes, pero mantuvieron en el interior de sus hogares determinadas costumbres.

        El aporte del Dr. Mohamed Khattabi se centró en la influencia de estos andalusíes en la arquitectura mudéjar americana. Es bien sabido que muchos de ellos consiguieron emigrar a las Indias, dejando su influjo en la cultura y el arte al otro lado del océano.

        El profesor Trevor J. Dadson abundó en un tema en él que ha sido pionero, el de la permanencia y el retorno de muchos andalusíes del Campo de Calatrava. El problema fundamental que tuvieron que afrontar una vez retornados fue de pura supervivencia, pues sus bienes habían sido enajenados y vendidos. Debieron esperar para litigar por ellos, temiendo que eso delatase su retorno y se produjese una nueva orden de expulsión. Lo realmente sorprendente es que por la persistencia de Pedro de Yébenes “el Ciego” consiguieron que en 1627 Felipe IV les confirmase sus antiguos privilegios, reconociendo que descendían de musulmanes convertidos después de la toma de Granada. Parece increíble que Felipe IV actuase contra lo decretado por su padre entre 1609 y 1614.

        Antonio Manuel Rodríguez Ramos, explica la necesidad de restituir el daño realizado contra decenas de miles de españoles conversos. Se trata de una restitución moral, concediéndoles la nacionalidad española a los descendientes del genocidio que logren acreditarlo. Así se ha hecho hace solo unos meses con los sefardíes y es de justicia que también se extienda a los andalusíes. Es más, creo que es un agravio comparativo que se les haya concedido a unos y no a los otros, cuando sufrieron una exclusión y un cadalso similar. También es necesario poner en valor el legado que esos andalusíes nos dejaron, en la lengua, en la economía, en el folclore popular, en la cultura y en las artes no solo en España sino también en América y en el Magreb.

        En estas líneas tan solo he querido ofrecer una muestra de algunas de las ideas que más me han llamado la atención de esta obra. Obviamente, los aportes de los ponentes y comunicantes van mucho más allá de lo que se pueden incluir en una breve reseña como ésta. Una lectura muy recomendable no solo para los especialistas en la cuestión morisca sino para todos los interesados en la historia social de Europa, América y África.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS