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EL PERÚ POR DENTRO

EL PERÚ POR DENTRO

VALADÉS, María del Carmen: El Perú por dentro. Una guía cultural para el viajero. Barcelona, José J. de Olañeta, Editor, 2012, 483 págs.

 

        No estamos ante una guía cultural al uso, sino ante una obra extensa, excelentemente documentada y fundamental para entender la idiosincrasia del Perú y de los peruanos. Y ello porque María del Carmen Valadés es una antropóloga española que ha pasado muchos años de su vida en la selva peruana. Ello le da un conocimiento y una seguridad cuando habla del Perú difícilmente igualable.

Trata todos los aspectos, empezando por el entorno geográfico, como marco en el que se desarrolla la peruanidad. Le sigue un concienzudo y amplio capítulo dedicado a la Historia, que arranca en el período arcaico y se prolonga hasta la Edad Contemporánea. Los siguientes acápites son aspectos específicos de la realidad del país: religión y mitología –Cap. III-, sociedad y tradición –Cap. IV-, lenguas y arte –Cap. V-, el Estado –Cap. VI- y el Perú esencial –Cap. VII-. Finaliza con unos apéndices en los que se incluyen entre otros, un glosario de términos, topónimos quechuas y una bibliografía estructurada por temática.

        Llama la atención la particularidad de un país en el que, como dice la autora, todo el pasado está presente en su devenir diario. La masificación turísticas ha afectado a las grandes ciudades como Lima o Cuzco, y a centros de afluencia turística masiva como Machu Picchu pero, en cambio, todavía se pueden apreciar los “sabores, olores y colores” de la tierra en poblaciones situadas fuera de estos circuitos. El mundo incaico está muy presente en el sentimiento de sus habitantes; es lo que ellos llaman el “lamento andino”, que no es otra cosa que la añoranza por el pasado inca. También el tiempo discurre para ellos de forma distinta a la de un europeo, rememorando una forma de entender el mundo precolombino, para los que el tiempo reproducía un “esquema circular-espiral”, en el que solo existía el presente.

Se aprecian todavía en la actualidad tres grandes regiones con formas de vida y realidades socio-económicas totalmente diferentes: el desierto costero, que constituye el 12 por ciento del territorio, los Andes, con un 28 por ciento y la selva que supone un 60 por ciento. El grueso de la población es mestiza aunque también hay un porcentaje considerable de indígenas, personas de color y criollos, estos últimos descendientes de los antiguos colonos. Las lenguas cooficiales son el quechua y el español, el primero de ellos hablado por una tercera parte de la población. La religión es la católica, aunque perviven ciertas formas sincréticas lo que implica la asimilación de Dios con el culto al sol, Jesús con Viracocha o la Virgen con la Pachamama.

En un extenso capítulo trata la historia del Tahuantinsuyu, el mayor imperio de la época prehispánica en América, que llegó a abarcar territorios de los actuales estados de Perú, Ecuador, Bolivia Colombia, Brasil, Chile y Argentina. La capital era Cusco, una ciudad preincaica desde cuyo templo principal, el Coricancha, partían los cuatro caminos que se dirigían a cada una de las partes del Estado. En la capital imperial residía el Inca, identificado como el hijo del sol, la máxima autoridad civil y religiosa. En toda la época prehispánica se tiene constancia de trece Incas según unos cronistas, catorce según otros, incluyendo a Atahualpa. Residían, asimismo, los funcionarios y disponían de vivienda, asimismo, los principales curacas o jefes de los ayllus de todo el imperio. Así, los incas conseguían crear un estrecho vínculo y a la vez un férreo control sobre los jefes de los distintos pueblos sometidos a la autoridad imperial. Dado que tenía al oeste el océano Pacífico y al este la selva ecuatorial, los incas pensaban que la expansión había terminado y que ahora solo tocaba consolidar el dominio sobre tan vasto territorio. Su mayor mérito consistió en crear una estructura económica razonablemente próspera, basada en los principios de producción, recaudación y redistribución. Huelga decir que no poseían ningún rasgo ni tan siquiera parecido al capitalismo, pues ni usaban dinero, ni las producciones se regían por las reglas del libre mercado.

La vida en la colonia fue mucho más dura para el pueblo llano, simplemente porque se quebró el sistema de reciprocidad incaico. El estado inca se mantuvo residualmente en Vilcabamba hasta la captura de Túpac Amaru I en 1572. La Independencia, tras la batalla de Ayacucho de 1824, significó la creación de la República del Perú.

Es imposible glosar ni resumir todos los aspectos tratados en esta obra: los mitos, las costumbres, su cosmovisión, los dioses, los ritos, la literatura, el arte y la situación política y social del país en nuestros días. Son aspectos tratados con precisión, amplitud, conocimiento y rigor que deben ser disfrutados con una lectura pausada por parte del lector. Solo añadir el gran interés que tiene el capítulo 38 en el que la autora ofrece una serie de recomendaciones para viajar al país. En particular habla del “soroche”, una fatiga que experimentan muchas personas no acostumbradas cuando ascienden por encima de los 2.500 o los 3.000 metros de altura y que se combate habitualmente con los “matesitos de coca”.

        Hay algunos pequeños errores sobre todo en la parte histórica. Por ejemplo, dice que Atahualpa nunca se coronó con la mascapaicha, lo que no es cierto porque, como es bien sabido, apareció coronado con ella cuando fue capturado en Cajamarca. Asimismo afirma que los Trece la Fama fueron en realidad doce, cuando en realidad sabemos que fueron algunos más que trece. En cualquier caso se trata de pequeñeces que no empañan la extraordinaria valía de esta obra, cuya lectura recomendamos a todos los interesados en la historia del Perú.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL MIEDO A LA REVOLUCIÓN. LA LUCHA POR LA LIBERTAD EN VENEZUELA, 1777-1820

EL MIEDO A LA REVOLUCIÓN. LA LUCHA POR LA LIBERTAD EN VENEZUELA, 1777-1820

IZARD, Miquel: El miedo a la revolución. La lucha por la libertad en Venezuela 1777-1830. Caracas, Centro Nacional de Historia, 2009, 251 págs.

 

        El autor se centra en el largo periodo de más de medio siglo en el que Venezuela se estremeció por la revolución de Independencia, desde los primeros alzamientos a la segregación de la Gran Colombia. Hay dos partes bien diferenciadas: una primera en la que analiza la estructura socioeconómica previa a la Independencia y que explica el papel que cada clase jugó en el proceso. Y otra, en la que profundiza en el proceso independentista en sí y en el posicionamiento de cada clase social en función a sus intereses. Todo ello convirtió el proceso en una verdadera guerra civil en la que al tiempo que se dirimía la segregación de la metrópoli se producía una lucha entre la oligarquía cacaotera –también llamado mantuana- y la extensa clase subalterna, formada fundamentalmente por negros y mulatos.

        A lo largo del siglo XVIII Venezuela se había especializado en el cultivo del cacao que exportaba masivamente a Nueva España, a la metrópoli y, mediante el contrabando, a otros lugares de Europa. Este último comercio ilícito aumentó a partir del decreto de libre comercio de 1789. Pero de este comercio se beneficiaba una parte muy pequeña de la población, pues solo el uno por ciento poseía la mayor parte de los cacaotales del País. La minoría blanca apenas superaba el veinte por ciento de la población, y pese a su escaso número, mantenía intereses clasistas muy diferentes. Los campesinos pobres y los llaneros veían a la oligarquía mantuana con recelo, al tiempo que interpretaban que la metrópoli los protegía del exceso de ambición de esta élite. Pero incluso entre la oligarquía criolla había dos grandes grupos: los conservadores que pretendían mantener a toda costa la esclavitud y, temiendo los posibles beneficios que los aherrojados podían conseguir de la lucha armada, se alinearon junto al bando realista, es decir, del lado de los que defendían que Venezuela permaneciera dentro de la estructura del imperio, con un mayor o menor grado de autonomismo. Y los radicales, partidarios de la independencia que fueron paulatinamente ganando peso, aunque sin hacer apenas concesiones sociales a la clase subalterna. Eso le costó caro a la primera república que sucumbió a los realistas, apoyados por la mayoría de color de la isla que veía en los criollos a su adversario. Para colmo, un terremoto que azotó duramente Venezuela el 26 de abril de 1811 fue aprovechado por la Iglesia, y en particular por el arzobispo de Caracas Coll y Prat, para atribuir el mismo a un castigo divino contra los independentistas. Estos, llamados patriotas, quedaron muy mermados, al tiempo que el capitán Domingo Monterde, con un pequeño ejército traído desde Puerto Rico, entraba en Caracas sin apenas resistencia. Los independentistas capitularon a cambio de conservar la vida. Pese a lo pactado, la represión fue brutal, llenándose las cárceles de patriotas al tiempo que se les confiscaban sus tierras.

La ofensiva de los insurgentes prosiguió aunque se encontraron con un ordenado bando realista, dirigido por el asturiano José Tomás Boves y reforzado, desde 1815, por el general Pablo Morillo, enviado desde España. A finales de este año, toda Venezuela estaba bajo dominio realista; la contrarrevolución había triunfado.

Bolívar entonces maniobró inteligentemente, ofreciendo la libertad a los esclavos para ganar apoyos. Asimismo, centró sus esfuerzos en la liberación de Colombia, controlando en breve la ciudad de Bogotá. En pocos años pasaría a la ofensiva en Venezuela, librando la batalla final en Carabobo el 24 de junio de 1821. Los españoles quedaron reducidos a la plaza de Puerto Cabello hasta que, dos años después, no quedaron ya tropas realistas en la zona.

        Tras varias décadas de lucha, Venezuela había quedado totalmente asolada y para colmo en breve se produciría la ruptura de Gran Colombia porque la oligarquía venezolana interpretaba que sus intereses estaban muy alejados de los de los colombianos.

        La conclusión del profesor Izard es contundente, titulando el epígrafe muy gráficamente: “de la dependencia a la dependencia”. El egoísmo de la élite mantuana, incapaz de hacer la más mínima concesión, provocó que la Independencia no contribuyera al cambio social, negando cualquier transformación de la estructura socioeconómica del país. La nueva república se estructuró de acuerdo a sus propios intereses de clase. Se mantuvo inalterado el modo de producción y el sojuzgamiento de la clase subalterna. Dejaron de depender de España y pasaron a hacerlo de terceros países como Inglaterra o los Estrados Unidos de América. La traición de la burguesía, fue en el caso de Venezuela, la de la oligarquía terrateniente sobre el resto de la estructura social. Y así sigue Venezuela, “de aquellos polvos estos lodos”.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

DOÑA FRANCISCA PIZARRO YUPANQUI EN EL ARCHIVO DE PROTOCOLOS DE TRUJILLO

DOÑA FRANCISCA PIZARRO YUPANQUI EN EL ARCHIVO DE PROTOCOLOS DE TRUJILLO

LÓPEZ ROL, María Luisa: Doña Francisca Pizarro Yupanqui en el Archivo de Protocolos de Trujillo. Badajoz, Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2014, 227 págs.

 

Francisca Pizarro Yupanqui es uno de esos personajes que, varios siglos después de su muerte, siguen causando fascinación. Hija del marqués Francisco Pizarro y de Inés Huaylas, fue la más rica mestiza que se paseó por tierras castellanas. Dado que todos los hijos varones del marqués fallecieron prematuramente y sin descendencia, ella se convirtió en la heredera de la enorme fortuna de su padre, el conquistador del Imperio de los Incas.

Tras las guerras civiles del Perú, la Corona optó por sacar de aquel territorio a todos los Pizarro, por lo que en abril de 1551 se encaminó a España. Una vez en la Península se desposó con su tío Hernando, hermano de su difunto padre, unificando entre ambos la gran fortuna familiar. Obviamente, fue un matrimonio de conveniencia, pues ella tenía 19 años y él en torno al medio siglo. Hernando Pizarro sentaba la base para recuperar todo el patrimonio familiar, consolidando social y económicamente a su estirpe para varias generaciones. Cuando Francisca enviudó en 1578, era una de las mujeres más ricas de España. Se casó en segundas nupcias con un arruinado noble extremeño, llamado Pedro Arias Portocarrero, Conde de Puñonrostro, con quien vivió en Madrid, en un palacete en la calle princesa hasta su fallecimiento en 1598. El inventario de sus bienes realizado entre junio y septiembre de 1598, demuestra que vivió con un esplendor solo comprable al de la corte madrileña.

        En este libro la archivera de Trujillo, María Luisa López Rol, recopila un total de 58 documentos, unos protocolizados directamente por ella o por alguno de sus apoderados y otros, formalizados por otros pero en relación a ella. Entre ellos figuran poderes, arrendamientos, escrituras de compra-venta, cuentas, pleitos, etc. Los umbrales cronológicos se mueven entre 1574 y 1598, fecha de su fallecimiento. Se trata de un material documental totalmente inédito y en algunos casos no manejados hasta la fecha por la historiografía. Hay un aporte importante a la actividad social y económica desplegada en Trujillo por la más ilustre de las mestizas. Da la impresión que nadie la discriminó por tener la sangre manchada, Y es que entonces pasaba como ahora, que si el racialmente diferente o el extranjero tenía fortuna no había ningún problema en aceptarlo y hasta integrarlo. No hay que olvidar que hubo mestizos y hasta descendientes de musulmanes granadinos que ostentaron hábitos de caballería y en ocasiones hasta títulos nobiliarios. Doña Francisca era mestiza sí, pero pesaba a su favor su noble ascendencia incaica y la enorme fortuna que poseía ella y su marido Hernando Pizarro. Mucho linaje y mucho postín como para que alguien con menos posición económica que ella la discriminase. Y es que como decía Francisco Quevedo el metal precioso indiano igualaba lo mismo al noble que al pordiosero, al cobarde que al guerrero “porque poderoso caballero es don Dinero”.

        Bienvenida esta nueva obra que aporta datos inéditos sobre las actividades de doña Francisca Pizarro y que contribuyen a esclarecer un poco más la biografía de una de las mujeres más ricas y afamadas de su tiempo.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

OREJANOS, CIMARRONES Y ARROCHELADOS

OREJANOS, CIMARRONES Y ARROCHELADOS

IZARD, Miquel: Orejanos, cimarrones y arrochelados. Barcelona, Sendai Ediciones, 1988, 126 págs.

 

        Excelente trabajo sobre los Llaneros y la extensa región del Llano, entre Venezuela y Colombia, en la época moderna y contemporánea. Me ha sorprendido que, pese a las casi tres décadas que hace que fue publicado, su texto es verdaderamente imperecedero y en mi opinión lo hubiese escrito sin añadir ni quitar una coma en este año 2015 en el que vivimos.

        Está en la línea habitual en la que se mueve el autor, siempre dando voz a los marginados, a los rebeldes y a los oprimidos, que casi siempre suelen ser los mismos. De esta forma pretende dar voz a los eternamente vencidos, a uno de esos grupos humanos que fueron barridos por el devenir, al representar un estorbo en el proceso de expansión de las sociedades excedentarias o capitalistas. Por robarles, se les robó hasta el alma, la memoria de su propia existencia. Y es que, como diría Walter Benjamin, tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, un enemigo que no ha cesado de vencer.

        Con la ocupación europea del territorio americano, se desencadenó una violencia fatal, tendente a explotar económicamente el territorio con mano de obra indígena y africana en condiciones en ambos casos de esclavitud. Sin embargo, los hispanos solo ocuparon las áreas nucleares, zonas donde había mano de obra aprovechable, pues habían estado al servicio de una organización estatal, y minas de metales preciosos. En total, el Imperio apenas ocupó un 20 por ciento del continente, quedando grandes vacios, como el oeste de Norteamérica, la Pampa austral o los Llanos, un espacio de más de 500.000 Km2 entre los actuales estados de Venezuela y Colombia. A aquel espacio, dominado por la sabana, escaparon algunas reses vacunas y équidos que en breve plazo formaron grandes manadas de ganado cimarrón.

Allí, junto a los nativos, sociedades primitivas autosuficientes, fueron llegando infinidad de arrochelados de muy distinta condición étnica: esclavos negros, mulatos, mestizos, indios y hasta europeos que huían de la represión física o ideológica de la llamada “civilización”. Estos continuaron arribando a lo largo de toda la colonia, huyendo casi siempre de la presión tributaria en los pueblos controlados por las autoridades coloniales. Una vez en el Llano se disolvían en un espacio inmenso y podían sobrevivir de la caza, de manera independiente o uniéndose a otros grupos de forajidos. Algunas rochelas llegaron a tener varios centenares de personas, mientras que otras se limitaban a una familia nuclear o simplemente a una o dos personas.

En este medio, agreste, pero también libre, se desarrolló una cultura riquísima, de la que desgraciadamente han llegado pocos vestigios hasta nuestros días. Estos llaneros se enfrentaban a las inclemencias de la naturaleza, la misma que unas veces se lo daba todo y otras se lo quitaba. Para los propios llaneros solo existían dos cosas, o al menos dos cosas importantes: el ganado y el cielo. Eran nómadas o seminómadas y viajaban necesariamente muy cortos de equipaje. Además del imprescindible caballo, apenas poseían dos pequeñas alforjas, con algunos enseres: sogas, lazos, aguja, cera, un cuerno usado como vaso y poco más. En sus diversiones recitaban historias de llaneros legendarios y entonaban canciones, acompañadas de alguno de los instrumentos que usaban habitualmente: maracas, hechas de calabaza con pepitas en su interior, una especie de guitarra de cuatro cuerdas y el arpa, esta última de madera de cedro con 32 cuerdas. Asimismo, conocían las plantas curativas que el entorno les proporcionaba y que usaban para combatir males comunes como la fiebre, dolores de estómago o las temidas diarreas.

Este mundo fue calificado de bárbaro, simplemente porque sus habitantes no se movían por el afán de lucro como en las sociedades capitalistas. Desde mediados del siglo XVII fueron llegando misioneros con la excusa de la evangelización y con el beneplácito de la oligarquía del norte que veía en ello una gran posibilidad de enriquecimiento. Obviamente, estos últimos ambicionaban aquellas extensas sabanas y sobre todo las grandes manadas de ganado orejano que allí había. Los primeros religiosos fueron franciscanos capuchinos, que trataron con poco éxito de reducirlos a pueblos. Después se incorporaron al proyecto otras órdenes como la dominica y la jesuita. Tras los religiosos llegaban siempre los empresarios u los oportunistas, dispuestos a quedarse con la tierra y sobre todo con el abundante ganado. La expulsión de los jesuitas, dejó grandes terrenos vacíos, ocasión que aprovecharon algunos oligarcas para hacerse con miles de hectáreas. La élite caraqueña siempre ambicionó el control del Llano de manera que a finales de la colonia el enfrentamiento de los grandes propietarios con los llaneros era una realidad enquistada. Estos viendo amenazada su propia supervivencia adoptaron una posición hostil en la que surgieron caudillos, como Esteban, el Jerezano o Pedro Peña que decidieron morir luchando en defensa de sus libertades. Obviamente, a la violencia de los grandes propietarios solo se podía responder con más violencia por lo que los llaneros, tomaron fama de crueles, ya que a veces después de asesinar a sus oponentes los desollaban y los colgaban de árboles. Era su forma brutal de resistencia, de marcar su territorio frente a la invasión que se les venía encima. Todo ello en un último, desesperado e infructuoso intento de salvar su mundo.

En la guerra de la independencia y en la federal los llaneros jugaron un papel muy destacado, pero fueron finalmente traicionados por la oligarquía criolla. Durante este tiempo el Llano recibió numerosas oleadas de desertores que preferían la huída a una muerte segura en el campo de batalla, luchando por ideales que les eran ajenos. Ello provocó un desquiciamiento cultural y un desarraigo que aumentó aún más el grado de violencia, al tiempo que se incrementaban las incursiones del ejército para apresar a ladrones, vagos y todo aquel que no pareciese una persona civilizada a la usanza occidental. La Revolución no significó un cambio social, los llaneros se sintieron traicionados y se vieron obligados a continuar el combate para salvaguarda su tierra y su cultura. Considerados simples bandidos, personas irreductibles, refractarios al capitalismo, fueron combatidos, exterminados y su cultura silenciada.

Una vez más, Miquel Izard se sitúa en el bando de los derrotados, de los eternamente olvidados, para darles voz a estos llaneros brutalmente exterminados y silenciados. El mayor mérito del autor es que consigue emocionar y enganchar al lector, restableciendo la memoria de este entrañable mundo del Llano y de los llaneros que sucumbieron ante el avance arrollador de la llamada “civilización” y del modo de producción capitalista.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

FRANCISCO PIZARRO, EL HOMBRE DESCONOCIDO

FRANCISCO PIZARRO, EL HOMBRE DESCONOCIDO

MARTÍN RUBIO, María del Carmen: Francisco Pizarro, el hombre desconocido. Oviedo, Ediciones Nobel, 2014, 413 págs. ISBN: 978-84-8459-715-5

 

        Nueva obra sobre el conquistador del imperio de los incas, en esta ocasión escrita por la doctora y académica María del Carmen Martín Rubio. El libro incluye un prólogo, firmado por el Cónsul General del Perú en Madrid, Arturo Chipoco, un prefacio sobre la decadencia de España, firmados por Gracia Rubio y Salvador Rojí, una introducción, catorce capítulos, epíteto, apéndice y bibliografía. El libro está bien escrito y magníficamente editado, casi se lee como una novela histórica. Asimismo, tiene su punto fuerte en el buen conocimiento que la autora posee del territorio andino, lo que le permite identificar perfectamente los topónimos de la época de la conquista con los nombres actuales. A mi juicio ese es su mejor aporte, el estudio pormenorizado de la ruta que siguió la hueste conquistadora, señalando uno a uno cada uno de los pueblos y curacas que fueron sometidos por los hispanos en su proceso de anexión del Tahuantinsuyu.

        Ahora bien, nuevamente nos vemos en la tesitura, con todo el respeto hacia la autora, de objetar la apología que se hace del trujillano. En la introducción explica la metodología y las fuentes, quedando al descubierto las debilidades que vamos a encontrar a lo largo de todo el texto. Se presenta como un libro novedoso que pretende descubrir la “sensibilidad humanitaria” de Francisco Pizarro -Pág. 372-, hasta ahora oculta por culpa de la leyenda negra. Sorprenden afirmaciones como que Pizarro ¡siempre intentó proteger a los nativos mediante la legislación! Y digo que sorprenden porque, al igual que los demás conquistadores, sabía infringir castigos dolorosos y ejemplarizantes cuando lo creía oportuno. Estando en la isla de la Puná, cuando los nativos urdieron a sus espaldas una rebelión, decidió propinar un castigo ejemplar: los cabecillas fueron todos ajusticiados quemando en la hoguera a algunos de ellos y cortando las cabezas a los otros. Pero la autora no ofrece ni un solo dato de estas matanzas, ni en relación a la Puná ni a otros lugares, como Cajamarca, donde ni siquiera formula una estimación de las posibles bajas de dicha celada. Y por supuesto, la ejecución del Inca la hizo engañado por los testimonios del intérprete Felipe de Poechos, despechado por el amor que sentía hacia una de sus mujeres. Ello le lleva a concluir que el trujillano apreciaba mucho al Inca y que lamentó profundamente su ejecución -Págs. 230-231-. Es más, a su juicio, el tribunal que lo juzgó estuvo formado por almagristas quienes lo aprobaron pese a su oposición y, dado que era analfabeto, no pudo ni tan siquiera leer su sentencia –Pág. 377-. En lo que respecta a la muerte en la hoguera de Calcuchímac, el general de Atahualpa, dice la profesora Martín Rubio que fue inevitable porque era la muerte establecida por el catolicismo de la época a los infieles. Bueno, el argumento no es convincente, sobre todo teniendo en cuenta que los amerindios eran vasallos de la corona de Castilla desde tiempos de Isabel la Católica y, por cierto, no eran infieles sino paganos, que no era exactamente lo mismo. Está claro que Pizarro tenía un extraño sentido de la bondad y del amor que supuestamente profesó a los pobres quechuas. Y es que hablar de “sensibilidad humanitaria” en aquella época no deja de ser chusco y más si va referido a un conquistador.

Asimismo, huelga decir que su línea historiográfica no es nueva porque, muy contrariamente a lo que afirma ella misma, el grueso de la bibliografía pizarrista es hagiográfica y en este sentido esta obra es continuista. En cuanto al método, sostiene que ha escrito una obra “rigurosa, imparcial y objetiva”, limitándose a narrar los hechos para que el lector los juzgue y construya su propia opinión. Evidentemente estamos ante la más rancia metodología historicista, superada al menos desde mediados del siglo pasado.

En cuanto a las fuentes, afirma que son muy novedosas, pero en realidad son exclusivamente bibliográficas y encima extremadamente magras. Se basa fundamentalmente en el regesto publicado en 1986 por Guillermo Lohmann y en la crónica de Juan de Betanzos que ella misma editó hace unos años. Fuentes de sobra conocidas por todos los investigadores de ambos lados del océano.

Por lo demás encontramos ciertos errores e imprecisiones que conviene aclarar para evitar que continúen pasando a las obras de síntesis. Señala como fecha de nacimiento del conquistador el 26 de abril de 1478, siguiendo el testimonio de Pedro Cieza que dijo que en el momento de su óbito tenía 63 años y dos meses. Sin embargo, otras fuentes no verifican ese dato y hay que tener en cuenta que este mismo autor equivocó otras fechas que proporcionó. Además, Cieza no llegó a conocer personalmente al trujillano por lo que se debió basar en algún testimonio de su época. A mi juicio, sin disponer de una partida de bautismo o de un registro de nacimiento, es más que osado intentar fijar una fecha de nacimiento con día y mes. Mucho más grave es afirmar, siguiendo a José Antonio del Busto, que se bautizó en la parroquia de San Miguel de Trujillo. Y ello por la práctica de muchos historiadores de copiar de fuentes anteriores sin verificar los datos. Digo esto porque en esa ciudad extremeña jamás ha existido, ni en el pasado ni en el presente, una parroquia dedicada a esa advocación. Tampoco hay datos que verifiquen la presencia del trujillano en las guerras de Italia. Conocía las tácticas de combate del Gran Capitán, pero su fama en la época fue de tal magnitud que no hacía falta haber luchado con él para conocerlas. También afirma la Dra. Martín Rubio que “hay plena constancia” de que se embarcó en la armada de Nicolás de Ovando, arribando al puerto de Santo Domingo en 1502. Sin embargo, de constancia nada de nada, acabo de publicar yo mismo el rol de aquella expedición y he descartado totalmente su presencia en la misma. Igualmente, comete el error de copiar los nombres de los “Trece de la Fama” de la transcripción de la capitulación de Toledo que insertó en su obra el cronista López de Caravantes, induciéndole a algunos errores que hubiera evitado si los hubiese tomado directamente del documento original que es accesible desde el portal PARES y además se encuentra publicado en numerosas obras. Y finalmente, no creo que en marzo de 1529 se entrevistase en Toledo con Carlos V. Todo parece indicar que llegó varios días después de su marcha de ahí que en las instrucciones que le dejó a su esposa para los asuntos de Indias no mencione ni media palabra de la cuestión peruana ni mucho menos de la capitulación que tenía que firmar con el trujillano.

Otras erratas se pasean por el libro, lo que no dejan de ofrecer una mala impresión aunque se trate de errores sin importancia. Entre ellos, aparece el gobernador de Santa Marta García de Lerma como Pedro de Lerma o el historiador Guillermo Lohmann como Lhomann. Finalmente, en el apéndice transcribe el acta de refundación de Cuzco del 23 de marzo de 1534, documento que lejos de ser novedoso, está recogido en numerosos libros, sin errores paleográficos. Pero la autora se permite volverlo a transcribir, sin mencionar que no era inédito y para colmo, por error tipográfico, se saltó la primera línea del mismo.

En definitiva, como libro de lectura, como narración de hechos, está bien escrito y puede ser entretenido. Pero como libro de historia contiene enfoques metodológicos que distorsionan la realidad con el objetivo de verificar su hipótesis inicial, es decir el carácter humanitario y bondadoso del conquistador. Que más hubiese querido yo que los conquistadores hubiesen sido esos adalides del bien, esos caballeros andantes como nuestro legendario don Quijote de la Mancha.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

PATAGONIA. CRÓNICA DE UN VIAJE

PATAGONIA. CRÓNICA DE UN VIAJE

IZARD, Miquel: Patagonia. Crónica de un viaje. Madrid, Catarata, 2011, 206 Págs., I.S.B.N. 978-84-8319-605-2.

 

        El autor declara haber cruzado el charco en más de cuarenta ocasiones, sin embargo, el viaje a la Patagonia argentina, desde Trelew a Usuahia, en 2009 fue especial. Había viajado a Buenos Aires para impartir un curso de Maestría, aprovechando la ocasión para visitar esta atractiva región austral. Dicha experiencia la usa como excusa para trazar una historia sucinta del país, desde su conquista por los españoles hasta la actualidad. Eso sí, se trata de una historia diferente, crítica, tratando de ver lo que hay detrás de la apariencia, iluminando lo que hay debajo de los silencios, en definitiva, con el sello característico de los estudios de este genuino historiador catalán.

La progresiva llegada de los europeos fue pareja a la disminución drástica de los nativos: tehuelches, mapuches, onas, yámanas, etc. Se remonta el autor a la época de la Conquista de la que dice que, pese a su barbarie, solo afectó a una pequeña porción del territorio. En el resto se mantuvo un cierto grado de libertad, conviviendo grupos nativos con inmigrantes de muy diverso tipo: negros cimarrones, minorías étnicas y hasta homosexuales que huían del clima irrespirable creado por la España inquisitorial. En la Patagonia vivían lo que el profesor Izard llama “naciones armónicas”, cuya base era la autosuficiencia, la reciprocidad, la solidaridad y la cooperación, siendo sus órganos políticos eran asamblearios. Y aunque los europeos los tildaron de bárbaros, vivían en completa sintonía con la madre naturaleza, entre otras cosas porque en ello les iba su propia supervivencia.

Sin embargo, si el daño provocado durante la colonia fue grave, el perpetrado por los criollos tras la Independencia fue aún peor y además irreversible. El pensamiento anti-nativo se convirtió en doctrina oficial en la Argentina contemporánea, justificando el genocidio el destierro y el saqueo. Por poner un ejemplo significativo, en un libro de geografía, aprobado como texto escolar por el Ministerio de Educación, y escrito en 1926 por el profesor Eduardo Acevedo Díaz, se podía leer lo siguiente:“La Republica Argentina no necesita de sus indios. Las razones sentimentales que aconsejan su protección son contrarias a las conveniencias nacionales”.

        Pero retomando el relato de la Patagonia, afirma el autor que cuando se divisan aquellas llanuras inabarcables afloraran todo un cúmulo de sensaciones, intuyendo que detrás de aquellas llanuras inabarcables, de aquellos vacíos y de aquellos silencios había cosas, historias y vidas por descubrir. Fue el cronista italiano Antonio Pigafetta quien bautizó el territorio por primera vez como región Patagona, popularizándose el uso de Patagonia en el último cuarto del siglo XVIII. Desde la Independencia fueron usurpadas todas las tierras y exterminados casi todos sus habitantes originarios ya que no se adaptaban bien a la explotación laboral del mundo capitalista. Las tierras fueron adquiridas por grandes empresas o grandes latifundistas que las emplearon para la ganadería ovina extensiva, sustituida por la vacuna y la agricultura del cereal desde mediados del siglo XIX. El sobrepastoreo fue insostenible provocando la desertización. Se ubicaron en Tierra de Fuego varios presidios penales, sobre todo el de Usuahia, considerado un verdadero Guantánamo de la primera mitad del siglo pasado. Al parecer, fugarse era impensable, y en caso de ocurrir no existía posibilidades de sobrevivir fuera por las inmensos territorios helados que había que recorrer. Hasta su cierre el 21 de marzo de 1947 se perpetraron allí todo tipo de crímenes de estado: homicidios, lesiones, violaciones, estupros, etc. como denunció en 1934 el diputado Manuel Ramírez en una visita al penal.

En la actualidad la región se beneficia del turismo masivo, que a medio plazo puede resultar insostenible. Los Parques nacionales sumaban en 2005 más de tres millones y medio de hectáreas, repartidas en 33 áreas, existiendo además otros 250 predios protegidos. El castor, un roedor semiacuático originario de América del Norte y Eurasia, fue introducido desde Canadá a mediados del siglo pasado, convirtiéndose en una verdadera plaga. La tierra ha sido adquirida por grandes firmas, como la Benetton de la que se decía en 1997 que poseía en la zona cerca de 900.000 hectáreas. En sus costas se han producido decenas de naufragios ya que, antes de la construcción del Canal de Panamá, la Tierra de Fuego, era ruta obligada para los barcos que pretendían cruzar del Atlántico al Pacífico. Cientos de barcos, y en no pocos casos los cadáveres de sus tripulantes, yacen en las soledades del fondo marino. Y todo ello en la actualidad con el agravante de los vertidos de combustibles que generan los navíos que transitan o que naufragan. En noviembre de 2007, el “Explorer”, un crucero turístico, se hundió en la Antártida, y aunque sus pasajeros fueron rescatados, vertió 185.000 litros de combustibles que dejaron una mancha de 40 km2 en una zona que está declarada reserva natural de la humanidad. En definitiva, un precario equilibrio que la masificación turística y la sobreexplotación amenazan con destruir.

El maestro Izard nos acerca, con su eterna mirada crítica y su aguda labor investigadora, el pasado y el presente de la Patagonia argentina, un territorio enigmático y atractivo, pero también extremadamente frágil.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LAS INDEPENDENCIAS AMERICANAS Y SIMÓN BOLÍVAR, 1810-2010

LAS INDEPENDENCIAS AMERICANAS Y SIMÓN BOLÍVAR, 1810-2010

­CAVA MESA, Begoña (Coord.): Las Independencias Americanas y Simón Bolívar, 1810-2010. Bilbao, Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País, 2010, 96 págs.

 

        En este pequeño libro se recogen las cuatro conferencias impartidas en Bilbao en 2010, por los profesores Roberto Breña Sánchez, Miquel Izard Llorens, Lionel Enrique Muñoz Paz y Carlos Malamud Rikles. El evento se realizó en la capital vizcaína , bajo el patrocinio del Ayuntamiento, la Diputación Foral de Vizcaya, la Consejería de Cultura del Gobierno Vasco y la Universidad de Deusto. El acto se realizó aprovechando la conmemoración del Bicentenario de la Independencia y bajo el recordatorio de los remotos orígenes familiares vizcaínos del Libertador.

        Roberto Breña Sánchez, profesor del Colegio de México, disertó sobre la Independencia novohispana y su comparativa con la de Sudamérica. México evolucionó desde el autonomismo defendido en 1810 a la lucha por la independencia que se consumó en 1821 de la mano de Agustín de Iturbide. Se estableció una monarquía a diferencia de lo que ocurrió en el resto de Latinoamérica, exceptuando Brasil.

        Por su parte Lionel Muñoz Paz, de la Universidad Central de Venezuela, disertó sobre el proceso independentista en Venezuela, que también evolucionó desde el juntismo de 1808 en apoyo de la soberanía de Fernando VII a una rápida voluntad independentista a partir de 1810. El proceso estuvo muy influido por el ideario de la Ilustración y de la Francia Revolucionaria. El proceso fue relativamente rápido, impulsado por Simón Bolívar y Francisco Miranda, por lo que el 5 de julio de 1811 se proclamó la Independencia. Unos meses después, el 21 de diciembre de ese mismo año, se promulgaría la primera Constitución de Venezuela, claramente insipirada –si no copiada- de la Norteamericana.

        Carlos Malamud, profesor de la U.N.E.D., trazó un recorrido por la Independencia pero desde la óptica de revoluciones políticas. La Independencia fue mucho más que un enfrentamiento exclusivo entre criollos y peninsulares. Concluye Malamud que las independencias latinoamericanas no fueron revoluciones sociales ni económicas, pues las estructuras sociales y los sectores productivos y comerciales no sufrieron apenas variación. En muy poco tiempo todo retornó a la normalidad y las cosas siguieron siendo más o menos igual, aunque el control de los Estados Unidos y de Inglaterra fueron muy superiores al que ejerció la antigua metrópolis. Ahora bien, los sistemas políticos si experimentaron una gran variación desde la monarquía absoluta a un modelo republicano que, exceptuando el caso portugués, triunfó desde muy temprano en casi toda Latinoamérica. Como dice Malamud, el origen revolucionario de las naciones latinoamericanas dio lugar a la restauración del viejo ideal republicano, que se pretendía vincular a una regeneración de las nacientes repúblicas.

        Muy interesante es el trabajo de Miquel Izard, titulado “Libertarios versus libertadores” en el que se muestra muy crítico con las consecuencias de la Independencia para las poblaciones indígenas y cimarronas. Él, que había analizado críticamente la Conquista por las consecuencias humanitarias que acarreó a las culturas y civilizaciones aborígenes, arremete con argumentos sólidos contra lo ocurrido tras la emancipación. Y en este sentido ofrece un dato muy significativo, durante la colonia solo se ocupó realmente el 20 por ciento del territorio, quedando un inmenso espacio de libertad, donde se asentaron sociedades cimarronas, formadas por negros alzados, indios y renegados europeos de todo tipo, gitanos, presidiarios, pícaros, desertores, etc. A lo largo del siglo XIX se produjo la ocupación de todo el territorio americano, en un proceso de expansión “civilizatorio” que acarreó el exterminio de aquellos extensos espacios de libertad. Como dice el profesor Izard hacia 1880 los gobiernos americanos, con el nuevo fusil remington, “agredieron al 80% del Continente que hasta entonces se había ahorrado la civilización, lo que fue acompañado del exterminio de sus moradores, originarios o cimarrones. Y todo ello se hizo bajo la cobertura moral de todo un discurso “germinal y patriótico” que trató de justificar el genocidio en pro de la civilización, de la unidad nacional y de la patria. Fueron negadas y aniquiladas todas las identidades subalternas, homogeneizándolas todas a la fuerza bajo la excusa de la civilización. Como bien afirma Izard, la visión del indígena no fue ni comprendida ni respetada. Eso ocurrió muy claramente en el llamado Desierto argentino que no era tal, pero que fue despoblado a sangre y fuego para repoblarlo después con inmigrantes europeos, fundamentalmente italianos y españoles.

        En definitiva, la revolución de Independencia, fundamentalmente criolla, fue la llave que abrió la puerta a un nuevo genocidio, mayor aún que el colonial, en el que eliminados los enormes espacios de libertad del continente americano. En el fondo los criollos estaban convencidos de que estos representaban un lastre para el desarrollo. Una idea muy generalizada en Latinoamérica a lo largo de toda la Edad Contemporánea. Por ello, estaban decididos a sacarlos del pasado y a incorporarlos a su nueva sociedad. Ya no habría ni República de indios, ni nación india, ni comunidades indígenas, tampoco sociedades cimarronas, esas categorías desaparecerían por las buenas o por las malas.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA GRAN ARMADA COLONIZADORA DE NICOLÁS DE OVANDO, 1501-1502

LA GRAN ARMADA COLONIZADORA DE NICOLÁS DE OVANDO, 1501-1502

MIRA CABALLOS, Esteban: La gran armada colonizadora de Nicolás de Ovando, 1501-1502. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2014, 460 págs.

 

         El período de gobierno de Nicolás de Ovando me viene interesando desde mis años de estudiante de la licenciatura de Historia de América. Hace ya más de dos décadas llamó poderosamente mi atención este freire a quien se encargó enderezar el rumbo de la fracasada factoría colombina. Siempre me pareció su gobierno, austero, duro, brutal y sangriento, pero también leal y, sobre todo, eficaz, para asentar una colonización que hasta ese momento estaba siendo cuestionada. Y, en especial, me interesé por la gran escuadra de más de treinta navíos que se aprestó en Sevilla desde finales de 1501. El bullicio que presumiblemente generó debió ser verdaderamente espectacular. Dicha flota tuvo una importancia excepcional por varios motivos: primero, porque fue la mayor empresa colonizadora preparada hasta esos momentos por Castilla. Segundo, porque fue la primera aprestada en Sevilla, ciudad que comenzaba a configurarse como la metrópolis del comercio indiano, en detrimento de los puertos onubenses y gaditanos, como se confirmaría solo un año después con la fundación en aquella ciudad de la Casa de la Contratación. Y tercero, porque su organización fue modélica, hasta el punto que se convirtió en punto de referencia para otras posteriores, como la de Diego Colón de 1509 o la de Pedrarias Dávila de 1513.

         Sin embargo, pese a la importancia del acontecimiento y a falta del libro de armada, nos teníamos que conformar con los datos ofrecidos por los principales cronistas. El tiempo pasó, y en el año 1998 apareció un extraordinario estudio sobre la flota de Pedrarias Dávila a Castilla del Oro (1513-1514), publicado por la doctora María del Carmen Mena García. Desde ese momento siempre quise realizar un trabajo similar de la escuadra ovandina, aprestada más de una década antes y con la que guardaba muchos paralelismos, aunque también notables diferencias. Por ello, me parece justo decir que el modelo que he seguido para la realización de este texto ha sido el libro de la armada de Pedrarias. No obstante, he dispuesto de bastante menos información, de ahí que haya numerosos aspectos que, muy a mi pesar, no he podido reconstruir.

         Mi objetivo ha sido recolectar minuciosamente todos los datos fiables que conocemos sobre la escuadra para, a continuación, realizar un análisis detallado de la misma. Es posible que éste sea el único mérito de esta obra, es decir, el de haber recopilado todos los datos que circulaban, la mayoría impresos, en muy distintos ensayos, trabajos de investigación y colecciones documentales. Huelga decir, que el libro puede tener cierto valor mientras no aparezca el libro de armada porque cuando eso ocurra –si ocurre-, su trascendencia será meramente anecdótica, aunque eso sí, sabremos exactamente cuántas de mis hipótesis eran ciertas.

         La elección del título ha sido meditada; hablamos de colonización frente a descubrimiento y conquista porque, por primera vez, la idea era establecer lo que Juan Pérez de Tudela llamó nuevo poblamiento, de ahí que se premiase con pasaje franco a todos los casados que decidiesen llevar consigo a sus familias. No ignoro que algunas armadas anteriores, especialmente la del segundo viaje colombino, también habían tenido pretensiones colonizadoras, pero nunca hasta ahora se había puesto tanto empeño en asentar la colonización. Y asimismo, utilizamos la palabra flota y no armada, aunque en la documentación ambos términos se emplean de manera sinónima. Sin embargo, pese al mantenimiento del nombre de las Flotas de Nueva España, en adelante se usó más el término armada cuando era una formación de carácter estrictamente militar, y flota cuando se trataba de una comercial. Por este motivo, y aunque la diferencia entre armadas y flotas era muy sutil, he preferido usar este último concepto.

         E incluido al final del texto ocho apéndices en los que aparece la información básica sobre la que hemos cimentado nuestro análisis. El primero tiene, a mi juicio, un valor extraordinario ya que es la primera relación alfabética documentada de los pasajeros. Se trata de un listado con cerca de medio millar de personas cuya presencia en la flota es segura o muy probable. Está confeccionada con todo el material documental e impreso disponible hasta la fecha. Hemos excluido de la lista a todo aquel sobre el que teníamos dudas fundamentadas, incluyéndolos en el apéndice II. Los apéndices III, IV y V no tendrían ningún valor si se conservase el libro de armada, hasta el presente extraviado. Se trata de tres extractos que realizaron otros tantos historiadores, de ahí su interés. El apéndice III es una interesante relación que elaboró, en el siglo XVIII, el célebre erudito y archivero Juan Bautista Muñoz y que nos aporta infinidad de detalles sobre los pasajeros y la cargazón. En el apéndice IV, reproducimos otro extracto, en esta ocasión redactado en 1886 por Fernando Belmonte y Clemente, que se centra fundamentalmente en los navíos y en la tripulación. Y finalmente, en el apéndice V, incluimos otro resumen que publicó fray Ángel Ortega O.F.M. sobre los franciscanos que viajaron en la misma y los enseres que llevaban. Las tres minutas son complementarias y suplen en buena medida la ausencia del tantas veces citado –y añorado- libro de armada. En el apéndice VI, presentamos una extensa relación de todos los trabajadores que viajaban con contrato laboral, especificando sus condiciones. En el apéndice VII, reproducimos el registro de la nao Santa Catalina que zarpó del puerto de Santo Domingo en septiembre de 1505. En dicha relación se incluyen los nombres de algunos recién llegados que enviaban a Castilla diversas partidas de oro, algunas muy cuantiosas. Y finalmente, en el apéndice VIII, elaboramos un listado fiable de aquellas personas que permanecieron en la isla, retornaron a la Península o marcharon a otros lugares. En base a este registro, ofrecemos algunas reflexiones en el texto.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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