Blogia
Libros de Historia

Libros de Historia de América

HISTORIA MILITAR DE SANTO DOMINGO

HISTORIA MILITAR DE SANTO DOMINGO

UTRERA, fray Cipriano de: Historia Militar de Santo Domingo (Documentos y noticias). Santo Domingo, Banreservas-Sociedad Dominicana de Bibliófilos, 2014, (3 vols. de 492, 459 y 445 págs.)

 

        Los estudiosos de la historia de la colonización temprana del Nuevo Mundo hemos recibido con alegría la reedición de esta obra del célebre capuchino fray Cipriano de Utrera (Utrera, Sevilla, 1886-Antequera, Málaga, 1958). El religioso llegó a la República Dominicana en 1910, con el cometido de dirigir la misión franciscana en la isla. En este país caribeño vivió varias décadas, escribiendo numerosos libros sobre la historia y el patrimonio artístico del país. Todos sus textos se caracterizan por sus abigarrados datos y por un aparato crítico insólito para su época, cuyos datos obtenía de sus frecuentes visitas al Archivo General de Indias. El problema era que sus publicaciones eran autoediciones de las que se imprimían unos pocos ejemplares, motivo por el cual su obra es rarísima y apenas conocida por unos pocos investigadores, vinculados a la historia dominicana en el siglo XVI.

La Historia Militar de Santo Domingo la comenzó a publicar hacia 1947 por fascículos en la Revista Militar órgano del Ejército Nacional de la República, editando tres años después una compilación de los mismos en formato de libro. Yo poseía un ejemplar fotocopiado que conseguí en una de mis estancias en la isla, allá por el año de 1994. Pero incluso, los originales se leían muy mal pues empleaba un cuerpo de letra extremadamente reducido tanto en las transcripciones de documentos como en las notas.

        Por ello, esta obra es para unos pocos una reedición pero para la mayoría como una obra totalmente nueva. Los ejemplares se presentan con una cuidada edición y una normalización en el cuerpo de la letra que permite disfrutar de sus páginas e, incluso, ver detalles que en las viejas fotocopias se leían con dificultad o simplemente pasaban desapercibidos. Asimismo, esta reedición incorpora una magnífica presentación a cargo del doctor Genaro Rodríguez Morel que sintetiza muy bien las virtudes y los defectos –que también los tiene- del libro.

Ahora bien, como dice el citado Rodríguez Morel el texto ha sido ampliamente superado, pues la historiografía ha evolucionado muchísimo desde mediados del siglo XX. Fray Cipriano no era más que un acucioso e inagotable transcriptor de documentación. Hay veces que ofrece comentarios que parecen suyos y que hemos podido comprobar que eran en realidad copia de algún documento o afirmaciones de algunos de los cronistas más conocidos de esa centuria. Por tanto, el lector no va a encontrar un análisis sesudo de fray Cipriano pero sí todo un océano de datos extraídos pacientemente a pie de archivo. Incluso yo, que había consultado decenas de veces las viejas fotocopias de la primera edición, he encontrado datos interesantes que se me habían pasado tanto en el original como en el Archivo de Indias.

        Asimismo, huelga decir que, pese al título, el autor apenas trabaja las cuestiones militares de la isla sino que se centra en realidad en la historia política a lo largo del siglo XVI. Están comentadas una a una cada una de las etapas, estructuras en base a los distintos gobernadores y presidentes de audiencia que fueron pasando por la isla. Empieza pues a finales del siglo XV, con el gobierno de don Bartolomé Colón, hermano del Almirante, y termina en la primera década del siglo XVII, coincidiendo con el período de gobierno de Antonio Osorio.

       En resumen, es muy de agradecer el esfuerzo y en empeño de la Sociedad Dominicana de Bibliófilos y del Banco de Reservas de la República Dominicana por editar esta obra. Unos textos que, como afirma Rodríguez Morel, han permanecido en el anonimato durante más de seis décadas, no solo para los investigadores europeos sino incluso para la mayor parte de los historiadores dominicanos. Estos tres tomos de fray Cipriano de Utrera constituyen una fuente inagotable de información para cualquier investigador interesado en la historia de la isla Española en el primer siglo de la colonización.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LAS CUATRO PARTES DEL MUNDO

LAS CUATRO PARTES DEL MUNDO

GRUZINSKI, Serge: Las cuatro partes del mundo. Historia de una mundialización. México, Fondo de Cultura Económica, 2010, 480 págs., il.

 

        Acaba de caer en mis manos este ejemplar del historiador Serge Gruzinski, especializado en lo relacionado con el mestizaje moderno en su sentido más extenso. Ahora que tan de moda está el fenómeno de la globalización, este libro tiene un extraordinario interés pues aclara con cientos de pruebas el inicio de este fenómeno, a raíz de la expansión ibérica del siglo XVI. Que la globalización empezaba en la Edad Moderna era algo que ya sabíamos, o más bien sospechábamos, pero Serge Gruzinski aporta tal número de pruebas que queda demostrado definitivamente

El estudio arranca con el análisis del Diario de Domingo Chimalpahin, un indio chalca –señorío situado al sur del valle de México- que narró sucesos como el asesinato del rey Enrique IV de Francia. Este último era el segundo rey galo que moría en un intervalo de menos de dos décadas. Pero no era el único que se interesaba por la historia de Europa. Pintores japoneses también representaron al rey francés junto a otros príncipes del mundo. El propio Chimalpahin en su texto también se hace eco de diversas noticias ocurridas en Japón, como la tortura y muerte de seis franciscanos en aquellas remotas tierras del lejano oriente. A juicio de este indio el mundo de su tiempo se dividía en cuatro partes, a saber: Europa, Asia, África y el Nuevo Mundo con capital en Roma y un soberano universal como era el rey de España. Un mundo global con una única capital y con un único soberano.

        Todo esto lo que demuestra es que el mundo estaba ya globalizado a principios del siglo XVII, pues las noticias, los libros, los objetos artísticos, las ideas y las personas circulaban a escala planetaria. El propio Domingo Chimalpahin, aunque indígena, era por su formación un escritor mestizo. El hecho de que se interese lo mismo por la Francia de Enrique IV que por el Japón de los Tokugawa nos está indicando los vínculos de los cuatro continentes conocidos. Desde el siglo XVI miles de personas emigraron de Europa y África a las Indias Occidentales y Orientales, unos voluntariamente y otros de manera forzada, como mano de obra esclava. Además, varios miles de indígenas americanos llegaron a territorios europeos a lo largo de la Edad Moderna, creando incluso una oligarquía indígena y mestiza en la Península Ibérica. Hay un caso muy representativo como es el del cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo que realizó varias decenas de viajes entre España y América, como si de un turista del siglo XXI se tratase.

        También los libros circulaban por las Indias desde los primeros años de la colonización. Unas décadas después se sintió la necesidad de instalar imprentas en el Nuevo mundo, sobre todo por el deseo de producir in situ catecismos adaptados a las necesidades de la evangelización. En 1561 se instaló en México la primera imprenta del Nuevo Mundo, aunque el Perú, debió esperar aún cuatro décadas para que el piamontés Antonio Ricardo estableciera la suya.

        Las obras de arte circularon también por las cuatro partes del mundo. Las colecciones de los nobles europeos no tardaron en atesorar lo mismo idolillos indígenas que cuernos de rinoceronte, huevos de avestruz, colmillos de elefante o pinturas y joyas de muy diversas civilizaciones. Hubo escultores índígenas, en México y en Puebla de los Ángeles por ejemplo, que realizaron imágenes de crucificados y santos para iglesias, conventos y cofradías españolas en el mismo siglo XVI. Así, por ejemplo, en 1571, el sevillano Pedro Martínez de Quevedo encargó al indio Joaquín n retablo con treinta escenas de los misterios de la Pasión así como de varias figuras de santas. Talleres indígenas que poseían entre su clientela a nobles europeos. Los colegios conventuales y las primeras universidades indianas se encargaron de difundir el latín como lengua culta, occidentalizando todo el orbe. También el pensamiento culto, en su tradición aristotélica formó parte del proceso de mundialización ibérica.

        Algún dato de los que aporta me parece más que dudoso. Por ejemplo, dice que Gonzalo Fernández de Oviedo realizó más de medio centenar de viajes entre España y America -pág. 54-. Sin embargo, eso es impensable pues implicaría casi un viaje anual; solo algunos marinos y tripulaciones con mucha suerte pudieron superar tal número de viajes. Y digo suerte porque es difícil pensar que sobrevivieran a tantas travesías.

        Pese a ésta y otras imprecisiones, podemos concluir que estamos ante una obra excelente y bien escrita que demuestra que la globalización dio comienzo en el siglo XVI, íntima ligada a la formación del primer gran imperio de la Edad Moderna, el hispánico.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

ESPAÑOLAS DEL NUEVO MUNDO

ESPAÑOLAS DEL NUEVO MUNDO

GÓMEZ-LUCENA, Eloísa: Españolas del Nuevo Mundo. Ensayos biográficos, siglos XVI-XVII. Madrid, Cátedras, 2013, 462 págs.

 

        Se compendian en este libro 38 biografías -18 extensas y 20 breves- de otras tantas mujeres que hicieron las Américas en los dos primeros siglos de la colonización. Entre ellas hay un poco de todo, desde conquistadoras a gobernadoras, pasando por simples doncellas, costureras y hasta una prostituta, María de Ledesma. Maneja la autora una amplia bibliografía por lo que algunas de sus protagonistas están excelentemente documentadas. Se trata de un ensayo que sintetiza magníficamente lo que sabemos pero huelga decir que no es una obra de investigación por lo que no hay aportes significativos sobre esas biografiadas. De hecho, hay personajes como Ana de Ayala o doña Juana de Arellano y Zúñiga, esposas de Francisco de Orellana y Hernán Cortés respectivamente, de las que sabemos muy poco y que todavía esperan la mano de algún investigador que complete sus respectivas biografías.

        Tiene razón la autora cuando afirma que los cronistas de Indias narraron fundamentalmente las hazañas de los varones, omitiendo el de aquellas féminas que también estuvieron allí, en muchas ocasiones luchando codo a codo con ellos. En este sentido, reprocha a Bernal Díaz del Castillo que relacione uno a uno los équidos que llevaba Cortés y omitiera el nombre de las mujeres que iban en la hueste. Sin embargo, se trata de un comportamiento discriminatorio que estaba generalizado en la época y, ello sin contar que era más importante para la conquista un caballo que cualquier miembro de la hueste, hombre o mujer.

        La selección de biografías siempre es discutible sobre todo porque con las descartadas se podría escribir un segundo y hasta un tercer volumen. Sin embargo, sorprende que incluya algunas mujeres irrelevantes, no por su oficio sino porque murieron en la travesía sin pisar tierras americanas, como Francisca de la Cueva, y en cambio excluya a personas de tronío como las dos Isabel de Bobadilla, madre e hija. La madre era la esposa de Pedrarias Dávila, una mujer temperamental que quiso acompañar a su marido a Castilla del Oro mientras que la hija fue la mujer de Hernando de Soto, quien quedó como gobernadora interina en Cuba, cuando éste marchó a la Florida. También se nota la ausencia de doña Guiomar de Guzmán, recia encomendera con ansias de poder, que tuvo una gran significación en la Cuba de los primeros años, desposándose con el contador Pedro de Paz, y en segundas nupcias con el gobernador de la isla Gonzalo de Guzmán. Tampoco comparece la trujillana Inés Muñoz, la valiente esposa de Francisco Martín de Alcántara que tuvo agallas para enfrentarse a los almagristas, acusándolos de asesinos, al tiempo que salvaba la vida de los hijos del marqués, escondiéndolos en el convento de la Merced. Y por citar un último ejemplo, doña Isabel Rodríguez de Romera y Tamariz fue otra mujer singular, esposa del sevillano Rodrigo de Bastidas, y cuyos restos reposan en la catedral de Santo Domingo, bajo una losa con la siguiente inscripción: “Aquí yace la virtuosa cristiana y religiosa señora doña Isabel Rodríguez de Romera, natural de la insigne villa de Carmona, mujer que fue del Adelantado don Rodrigo de Bastidas y madre del Reverendo obispo de San Juan, don Rodrigo de Bastidas. Falleció año de 1553 a 15 de septiembre. Requiescat in Pace”.

         Dado que sería imposible reseñar una a una las 38 biografías que incluye la autora, nos limitaremos a glosar algunas de ellas para que el lector se pueda hacer una idea del contenido y del alcance de esta excelente obra. Sin duda una de las mujeres con más linaje que pisaron el continente americano fue la virreina de las Indias María Álvarez de Toledo, esposa de Diego Colón y por tanto nuera del Primer Almirante. Por cierto, llama la atención que reconstruya la vida de su esposo en base a un “Diccionario de Historia de España” en vez de usar la clásica obra de Luis Arranz Márquez –Don Diego Colón, T. I. Madrid, 1982-. Ella acompañó a su marido en la flota de 1509, llegando a Santo Domingo con un cortejo de damas que causaron verdadera sensación en la isla, instalándose desde 1514 en el bello alcázar gótico mudéjar que ellos mismos se mandaron construir. En 1526, tras la muerte de su esposo, se encargó de luchar por los derechos de sus hijos en los conocidos “Pleitos Colombinos”. En 1544 se reembarcó rumbo a la Española con un equipaje muy singular, los restos mortales de su marido y de su suegro que los llevaba a sepultar en la catedral de Santo Domingo, donde unos años después también se inhumó ella.

No menos apasionante es la vida de Ana de Ayala, esposa de Francisco de Orellana, el descubridor del Amazonas. Viajó junto a su esposo en la segunda expedición descubridora, zarpando de Sevilla en febrero de 1545 con la intención de remontar el Amazonas y poblar río arriba. A primeros de noviembre de 1546 falleció Francisco de Orellana víctima de una enfermedad, en medio de la selva ecuatorial, cuando sólo tenía 35 años. Entre los pocos supervivientes se contó su esposa Ana de Ayala que consiguió llegar, junto a un puñado de hombres, a la isla Margarita. Apenas hay datos para reconstruir su vida desde 1545, pese a que sobrevivió a su esposo más de un cuarto de siglo.

Muy interesante es también la biografía de la metellinense doña Mencía Calderón, Adelantada del Río de la Plata. Su marido había obtenido en 1547 licencia para descubrir y poblar el Río de la Plata. Pero, por desgracia falleció inesperadamente en Sevilla a primeros de marzo de 1549, justo antes de zarpar la expedición. En ese momento entró en acción su esposa, realizando unas eficaces y rápidas gestiones para lograr que su hijo Diego de Sanabria figurase como nuevo titular de la capitulación firmada por su marido. Ella zarpó, con sus hijas, hacia el Río de la Plata en 1550 al frente de tres barcos capitaneados por Hernando de Trejo, mientras su hijo se quedaba solucionando algunos asuntos en el Consejo de Indias. La travesía resultó ser muy accidentada; primero los vientos desplazaron la flota hasta las costa de África, donde fueron asaltados y robados por corsarios berberiscos, luego consiguieron arribar al puerto de Santa Catalina en Brasil. Desde allí pidieron socorros pero, como no llegaron, decidieron ir a pie a la ciudad de Asunción. Doña Mencía Calderón consiguió finalmente su objetivo, llegando al Río de la Plata y convirtiéndose en muy poco tiempo en una de las personas más influyentes del lugar.

         El relato de Catalina de Erauso, la Monja Alférez, era de obligada inclusión en esta obra y así lo hizo su autora que le dedica veintidós jugosas páginas. Como afirma Gómez-Lucena se trataba de un varón aprisionado en el cuerpo de una mujer por lo que se travistió de hombre, paseándose por toda América y viviendo infinidad de aventuras y peripecias. Son llamativas tanto su facilidad para hacerse pasar por un hombre como la comprensión por parte de algunas autoridades, en aquellas ocasiones en que fue descubierto su secreto. Y digo esto porque la sociedad de la época no se caracterizaba precisamente por la tolerancia, sobre todo en temas relacionados con la sexualidad.

         Comparecen varias de las mujeres que estuvieron presentes en la hueste cortesiana. Sin duda, la más destacada fue la soldado María de Estrada que tomó parte en los principales lances de la conquista de la confederación mexica. Por cierto, como mera anécdota, la autora niega que los mexicas practicasen el canibalismo ritual con sus prisioneros y, siguiendo a Motolinía, afirma que solo se comían el corazón los sacerdotes. Sin embargo, existen innumerables pruebas que demuestran lo contrario, pues a falta de grandes animales mamíferos, sus santuarios parecían mugrientas carnicerías donde los prisioneros eran descuartizados para el consumo. Los textos del antropólogo estadounidense Marvin Harris son muy explícitos en este sentido. Beatriz González, la propia María de Estrada, Isabel Rodríguez y Beatriz Bermúdez de Velasco hicieron de improvisadas enfermeras de los heridos, ante la falta de personal sanitario especializado.

         Muy completas y acertadas son las biografías de las damas Catalina Juárez –o Suárez- y Juana de Arellano y Zúñiga, las dos esposas que tuvo Hernán Cortés. La primera falleció en 1522 en extrañas circunstancias, sin haber llegado a tener descendencia, desposándose en segundas nupcias siete años después con doña Juana de Arellano y Zúñiga. Esta última era hija de Carlos Ramírez de Arellano, segundo Conde de Aguilar de Inestrillas y de doña Juana de Zúñiga. Era una muchacha joven, capaz de darle los hijos que el metellinense quería, de alta alcurnia y virtuosa. Regresó a España en los años sesenta y mantuvo un largo pleito con su hijo primogénito. Apenas tenemos referencias sobre su vida en Sevilla hasta su fallecimiento en 1578.

        Entre las biografías menores, destaca la de María de Escobar, mujer que fue de Martín Estete primero y después del trujillano Francisco de Chaves. Según Garcilaso de la Vega fue la primera persona que cultivó trigo en Perú, aunque bien es cierto que el padre Cobo atribuye tal logro a Inés Muñoz, la cuñada del gobernador.

        Por lo demás, se detectan algunos errores conceptuales, como confundir los Libros de Armada con los Registros de Pasajeros de la Casa de la Contratación –pág. 65- que son dos fuentes diferentes como sabe toda persona habituada a investigar en el Archivo de Indias. Asimismo, unifica las dos fases de las guerras civiles peruanas lo que le lleva a decir erróneamente que Diego de Almagro pertenecía al bando realista leal al rey mientras que Francisco Pizarro y su hermano Gonzalo, deseaban crear su propio reino independiente de la corona de los Habsburgo –págs. 46 y 47-. Tampoco usa correctamente algunos términos como navegación en “conserva” o la encomienda indiana.

        A modo de conclusión, hemos de decir que pese a estas puntualizaciones, estamos ante una obra valiosa, inteligente y bien documentada. Un libro recomendable lo mismo para cualquier lector no especializado que para el investigador que encontrará un estado de la cuestión a partir del cual seguir construyendo la historia de estas mujeres.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

QUETZATCOÁTL. LA ESPIGA DE FUEGO

QUETZATCOÁTL. LA ESPIGA DE FUEGO

 

        Último libro de la trilogía que el periodista y escritor Luis Amado ha dedicado a la conquista de América. En su línea divulgativa habitual, analiza distintos aspectos del hundimiento de la confederación mexica y de la incaica. Como bien dice el autor, se trataba de estados legítimos, tan civilizados o incivilizados como los propios países europeos.

La figura de Quetzalcóatl, ocupa un lugar principal en la trama argumental, el dios civilizador azteca, la serpiente emplumada que, según la leyenda, retornaría al valle de México para establecer una nueva era. Esas profecías atenazaron a Moctezuma II que interpretó que Hernán Cortés era la encarnación del dios que retornaba a su reino. Esta errónea interpretación fue una de las causas del rápido hundimiento de la confederación mexica. También se trata extensamente la figura de doña Marina, la Malinche, una mujer objeto de duras críticas por la traición al pueblo indígena. Su apoyo fue decisivo en la consumación de la Conquista, no sólo por ser su traductora personal sino porque era siempre la primera en enterarse de las conspiraciones. Precisamente por ello algunos historiadores, indianistas e indigenistas, la acusan de traicionar a su pueblo, opinión muy extendida en el México actual. Para muchos, es una mujer maldita, una de las principales responsables de la caída de la confederación. Me atrevo a decir que se ha encontrado un chivo expiatorio que, como en tantos casos, suele ser la persona más débil. Igual que se acusa a los propios indios de haber matado a Moctezuma, hecho no del todo probado, se señala a una nativa de ser una de las causantes del desastre de la Conquista. Pero huelga decir que no se le puede culpar de haber traicionado al pueblo mexicano porque éste no existía como tal, pero ni tan siquiera al pueblo indio porque nunca tuvieron conciencia de unidad –y esa fue precisamente su perdición-. Tampoco le debía nada a la confederación mexica, pues su misma madre la había vendido en Tabasco –Yucatán-. El único error que cometió fue enamorarse de un hombre que no le correspondió en la misma medida en que recibió. De hecho, posteriormente la regaló a su amigo y paisano Hernández de Portocarrero. Pero, tras enviarlo a España, la volvió a tomar, procreando con ella. Un mero espejismo porque no tardó en despreciarla de nuevo, entregándola a su amigo, el barcarroteño Juan Jaramillo.

Finaliza el libro con una sugerente crítica a la Conquista, en la que el autor insiste en la necesidad de restitución del inenarrable daño causado durante el proceso. Y es que, tradicionalmente la historiografía hispanista ha defendido ardorosamente los grandes aportes de España a Iberoamérica: una lengua común, una cultura, una religión superior, el fin de prácticas indígenas como el canibalismo, la poligamia o los sacrificios rituales. Todo eso está muy bien, pero ¿a qué precio se impuso todo eso?, ¿realmente mejoró a corto o medio plazo la vida de esos indios? Claro está que no. Como bien refleja el autor en este libro, al margen de los cientos de miles de amerindios que murieron por enfermedades, hambres y malos tratos, los que sobrevivieron tuvieron que afrontar unas condiciones laborales penosas. Los hispanos usaron palabras eufemísticas para designar a la esclavitud –encomienda- o a las razias –armadas de rescate-, tratando de disimular los atropellos cometidos.

Muy curiosa es la inclusión en un capítulo –el 21- titulado Juicio de Residencia y digo que es curioso, porque el juez es el propio autor que, sin pesquisa secreta, presenta los principales cargos contra conquistadores como Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, y los hermanos Pizarro. El fallo no deja de ser ocurrente: condeno a todos y cada uno de los aquí imputados a la condenación en los infiernos, por ésta mi sentencia que de suso va incorporada…

Esto y mucho más puede encontrar el lector entre las páginas de este libro, entretenido, curioso, documentado y bien razonado desde el punto de vista ideológico. Cinco siglos después de la Conquista ya es hora de redimir y hacer justicia con la América Prehispánica, desaparecida entre el olor a pólvora de las humeantes bombardas. Ese es el empeño que anima los textos de Luis Amado.

En cuanto a las críticas, son pocas pero no quiero dejar de reseñarlas: por un lado, las láminas son de una calidad ínfima y no aportan nada al relato por lo que debió haberlas omitido. Y por el otro, como de costumbre en los textos de Luis Amado, se aprecia un cierto desorden en la secuencia de los hechos, yo creo que muy acorde con la personalidad de su autor, que escribe en base a impulsos más que a una planificación serena. Bien es cierto, que esta anarquía en la línea argumental, le proporciona a su obra un notable dinamismo que impiden que el aburrimiento del lector.

Enhorabuena, pues, a su autor por esta nueva entrega y por culminar el proyecto que empezara hace algún tiempo con la publicación del primer tomo de la trilogía. Y dicho sea de paso, está en fase avanzada la grabación de un documental, La estrategia del ajedrez, cuyo guión se basa en los textos de esta trilogía.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

BIBLIOGRAFÍA DE LA HISTORIA DOMINICANA

BIBLIOGRAFÍA DE LA HISTORIA DOMINICANA

MOYA PONS, Frank: Bibliografía de la Historia Dominicana, 1730-2010. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2013, 3 vols. (I: 893 págs.; II: 850 págs.; III: 833 págs.).

 

        Se trata de un exhaustivo repertorio de la bibliografía dominicana desde 1730 al 2010, es decir, un recorrido por prácticamente toda la historiografía del país. Como indica el autor en la introducción, se trata de un trabajo de toda una vida, pues comenzó a recopilar las primeras fichas en 1962, coincidiendo con el inicio de sus estudios universitarios, junto al maestro de maestros Vetilio Alfau Durán. Seis años después publicó un avance de sus estudios sobre la temática en la prestigiosa revista Latin American Research Review. Con el paso de los años, al tiempo que visitaba bibliotecas europeas, latinoamericanas y estadounidenses, fue ampliando el número de entradas. El acceso a las tecnologías de la información, desde las dos últimas décadas del siglo XX, le ha permitido completar un catálogo que aspira a ser exhaustivo. El repertorio publicado por la Academia Dominicana, siendo precisamente su presidente el propio Frank Moya, cuenta con poco más de 12.000 obras, entre artículos, ponencias y libros. Solo se han excluido de la relación los artículos de periódico y las reseñas de obras, pues a juicio del autor, este listado ya estaba cubierto por los regestos periódicos que el Dr. Emilio Cordero publica en la revista Clío, órgano de la Academia Dominicana de la Historia.

El trabajo se presenta en tres extensos volúmenes: en el primero, secuencia la serie de manera periódica y temática, en el segundo, adopta un orden cronológico, y, finalmente, en el tercero, se ordenan alfabéticamente, encabezando por el primer apellido de cada autor o, en su defecto, por la institución patrocinadora.

        Estamos, ante una obra fundamental para aquellos investigadores que, como yo, nos interesamos en la historia dominicana.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LOS CARNICEROS DE LA GLORIA

LOS CARNICEROS DE LA GLORIA

AMADO, Luis: Los carniceros de la gloria. Sevilla, Editorial Punto Rojo, 2013, 254 págs.

 

        Segunda entrega de la trilogía que el periodista, escritor y pintor está dedicando a la conquista de América, correspondiente en este caso a los hermanos Pizarro y a la conquista del Perú.

        Nuevamente hemos de hablar de una obra divulgativa, donde se traza el hilo conductor de la conquista desde una perspectiva crítica. Palabras como invasión, destrucción, desolación, carnicería, genocidio, barbarie, crimen planificado, torturas, sangre o ambición están presentes a lo largo y ancho de todo el relato. En ese sentido, el autor se aleja bastante de esas historietas rosas de héroes que han arruinado el interés por la literatura sobre la conquista. No se trata de una historia al uso de las que desgraciadamente estamos acostumbrados a leer.

        Tras analizar pausadamente sus páginas, uno termina interiorizando el drama de la conquista, que el autor, en un tono agrio pero certero, califica de verdadera pocilga vestida con ríos de sangre. Esa es la esencia crítica que nos une a Luis Amado y a mí, aunque nuestros lectores sean muy diferentes. Yo trato de documentar aquel drama sangriento que vivieron millones de naturales, y él trata de divulgarlo. Tratándose de un ensayo histórico-literario el autor no tiene la necesidad de documentar necesariamente cada una de las ideas o de los datos que expone. Ello le da un juego formidable que le permite, llegado el caso, reflejar diálogos que acaso nunca ocurrieron. Por ejemplo, habla de un encuentro en el monasterio de La Rábida entre Hernán Cortés y su tío Francisco Pizarro, reflejando un diálogo entre ellos en el que el primero le desveló al segundo la clave para conquistar su imperio: coger al que manda. Por cierto, que esta misma idea es la base del documental, basado precisamente en el guión de Luis Amado y titulado La estrategia del ajedrez que se estrenará próximamente. Es posible que ambos se encontrasen, aunque yo creo que no en La Rábida sino en Sevilla, en enero de 1530, cuando ambos trataban de reembarcarse para Nueva España y Nueva Castilla respectivamente. Asimismo, considero que es probable que mantuviesen una conversación y también que hablasen de la forma en la que el primero había conquistado a los aztecas. Es decir, el encuentro y el diálogo es un recurso imaginativo del autor porque no está documentado pero que entra dentro de lo posible; no sabemos que sucediera pero pudo suceder. Pero, insisto, esa es la libertad y quizás la ventaja que tiene el escritor sobre el historiador.

        Por lo demás, el autor se sitúa dentro de la corriente crítica que encabezó en su día el dominico fray Bartolomé de Las Casas. Tanto admira al afamado protector de los indios que reproduce en Apéndice documental ¡íntegramente! La Brevísima Historia de la Destrucción de las Indias. Una obra esencial en la literatura de la conquista, a la que el lector que lo desee puede acceder sin necesidad de cambiar de libro. La lectura de los textos de Luis Amado y Bartolomé de Las Casas, el crítico del siglo XXI y el del XVI frente a frente, permiten hacernos una idea de lo que significó la conquista del Perú. Una sensación ciertamente agria, pues así fue la historia que se relata y que el autor sintetiza magníficamente en las últimas tres líneas de la contraportada:

 

        Cuando caminé por los senderos de la historia, mis sentimientos tocaron arrebato. Cuánta maldad, y cuánta carencia de sentimientos humanos, en eso se resume la invasión del Nuevo Mundo.

 

        En definitiva, estamos ante un ensayo interesante, crítico, a veces caótico, pero que no dejará indiferente a nadie. Encontramos algunas erratas, pero no dejan de ser una anécdota en la trama general del libro. Una lectura, pues, muy recomendable.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HERNANDO DE SOTO. EL CONQUISTADOR DE LAS TRES AMÉRICAS

HERNANDO DE SOTO. EL CONQUISTADOR DE LAS TRES AMÉRICAS

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernando de Soto. El conquistador de las tres Américas. Badajoz, Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2012 (2ª ed.) 127 págs.

 

        El Dr. Mira Caballos, un sevillano de Carmona, está incardinado en nuestra tierra y no tan solo por razones familiares, su tarea investigadora se ha centrado en una cuestión profundamente relacionada con Extremadura que está presente en algunos de sus libros de forma expresa mientras, en otros, aparece a través de sus protagonistas. Nos estamos refiriendo a las relaciones que a partir del siglo XVI, en el que Mira Caballos es uno de los más importantes especialistas a nivel nacional, se establecen entre España y América Latina. Así se desprende, a título de ejemplo, de la lectura de su Imperialismo y poder. Una historia desde la óptica de los vencidos (El Ejido, 2013), donde reflexiona desde nuevas premisas sobre la realidad de la conquista y colonización americana y sus consecuencias hasta la actualidad y de la apasionante biografía de Hernán Cortés. El fin de una leyenda (Badajoz, 2010). A estos dos recientes libros, debemos sumar sus colaboraciones para el Diccionario Biográfico Español, que ha editado la Real Academia de la Historia, con más de cien biografías de personajes relacionados con América, y el volumen II de la Historia Militar de España del Instituto de Historia Militar y su investigación, en la actualidad, para la próxima publicación de la biografía de Francisco Pizarro, además de una quincena de libros y un buen número de artículos en revistas especializadas de Europa y América.

        En la bibliografía del profesor Mira Caballos se analizan los personajes, los sucesos y los avatares históricos a partir del estudio riguroso de la documentación, de las fuentes y de una exhaustiva revisión de la bibliografía para mostrar todos y cada uno de los perfiles del personaje o del hecho planteado. Pero, además, haciendo gala de una minuciosidad encomiable, su visión de la historia trata de contextualizar los hechos para que, en ningún caso, se puedan percibir de forma errónea o se juzguen con una mentalidad actual lo que puede deformar y desvirtuar los propios hechos que se examinan.

        El libro que reseñamos se enmarca en esta visión de la historia con la propuesta de Hernando de Soto puesto que, como dice el autor: A mi juicio, y en esta ocasión de acuerdo con los historiadores marxistas, los hilos de la historia los mueven efectivamente los medios de producción de cada época y no las personas; éstas actúan de la manera que su época les impone. Por ello, nada tiene de particular que los conquistadores se comportasen de modo más o menos similar, ante situaciones parecidas. Eran guerreros de su tiempo, cuya escala de valores no coincidía exactamente con la actual (p. 9). Precisamente por ello, Esteban Mira, nos presenta un Hernando de Soto, al que llama individuo carismático, que junto a Pizarro y Cortés constituye el modelo de conquistador del siglo XVI.

        La publicación de esta segunda edición de la biografía de Hernando de Soto por parte del Dr. Mira Caballos se enmarca en el loable objetivo de ir completando, como ya ha hecho con Hernán Cortés y frey Nicolás de Ovando y hará con Francisco Pizarro, las semblanzas de los conquistadores que, por desgracia, presentan importantes lagunas, lugares comunes en muchos casos insuficientemente contrastados con las fuentes o repetidos sin una crítica severa a partir de la bibliografía decimonónica. Por esta razón, el Prof. Mira Caballos, haciendo honor a su profesión, explicita con todo lujo de detalles la metodología empleada en la confección del libro y describe las numerosas fuentes utilizadas sin dejar prácticamente ninguna sin consultar.

        El libro que estamos presentando es, en estricto sentido, una biografía al uso en la que se repasa la vida de un barcarroteño que vive de manera intensa en poco más de cuatro décadas y fue el único conquistador que participó en la ocupación de las tres grandes áreas geográficas vinculadas a la colonización española: Norteamérica, Centroamérica y Sudamérica.

        La estructura del libro es muy sencilla. El primer capítulo está dedicado, como hemos señalado, a la metodología y a las fuentes. En el segundo, plantea el origen del conquistador y la discusión sobre su nacimiento en Barcarrota pese a que otras localidades, como Badajoz y Jerez de los Caballeros, se postulan con razones de peso, también, como lugar de su natalicio, describiendo a continuación la villa de Barcarrota en la que nació. En el tercer capítulo estudia cómo se fue fraguando su personalidad, su espíritu guerrero desde muy joven cuando con catorce años decidió embarcar a las Indias y, especialmente, su decisivo papel en la conquista de Panamá y Nicaragua. En el cuarto capítulo se describe su participación junto a Pizarro en la conquista del imperio Inca. En el quinto explica su vuelta a España con una gran fortuna que le permitió comprar voluntades para, en 1537, firmar la Capitulación que le otorgaba el título de Adelantado, Capitán General y Gobernador de las provincias del Río de las Palmas hasta la Florida y Cuba. En el sexto, Esteban Mira examina las circunstancias y la organización de la armada que en 1538 tenía como destino la exploración de la Florida. El capítulo séptimo aborda los detalles de la empresa de la Florida y sus vicisitudes que acaban con la vida de Hernando de Soto a fines de mayo de 1534, cerca del río Mississippi que él mismo había descubierto un año antes y el regreso de la expedición en 1543. En las conclusiones, Mira Caballos afirma refiriéndose a Hernando de Soto: El barcarroteño fue, pues, un hombre de su tiempo que se comportó de la manera que todos esperaban que se comportase. Fue leal a las personas que confiaron en él y por ello, en el contexto de su época debemos valorarlo (p. 101). El libro se completa con una excelente y completa bibliografía y un clarificador y escogido apéndice documental que ayudan a comprender la biografía de un Hernando de Soto que, en definitiva, fue un hombre de su tiempo.

        Al margen de los acontecimientos descritos, que constituyen la biografía de otro extremeño universal que contribuyó, con las lógicas luces y sombras, a la conquista y colonización de América, el libro se convierte de la mano del Dr. Mira Caballos en una nueva reflexión sobre el significado de las relaciones entre España y el Nuevo Mundo. Una reflexión que, gracias a una cuidada redacción, se lee con placer y tiene la virtud de enganchar al lector que va descubriendo al personaje y su obra en el contexto de una ingente tarea en la que Extremadura y sus hombres y mujeres tienen un papel determinante.

        Finalmente, felicitamos a Esteban Mira por su nuevo libro y le animamos a que, más pronto que tarde, dé a la imprenta la biografía de Francisco Pizarro para ayudarnos a valorar y contextualizar debidamente el papel de España y, por ende, de Extremadura en la conquista y colonización del Nuevo Mundo y entender su dimensión en la actualidad.

 

JOSÉ ÁNGEL CALERO CARRETERO

Profesor de Secundaria y Bachillerato y del Centro Asociado de la U.N.E.D. de Mérida

 

(Reseña publicada en La Capital de Tierra de Barros, abril de 2014, p. 28)

SOMOS COMO INCAS

SOMOS COMO INCAS

PÉREZ GALÁN, Beatriz: Somos como Incas. Autoridades tradicionales en los Andes peruanos, Cuzco. Madrid, Iberoamericana, 2004, 270 págs.

 

        Interesante estudio etnográfico realizado por esta profesora de antropología de la Universidad de Granada, sobre las comunidades locales del distrito peruano de Pisac, provincia de Calca (Cuzco). En él se muestra claramente la pervivencia de la hibridación política, social, económica y cultural entre el mundo incaico y el hispánico. Tras varias campañas de investigación realizadas sobre el terreno entre los años 1994 y 1997, la autora analiza la naturaleza mixta de la organización política de los Andes, la cual ha sobrevivido hasta nuestros días.

Como explica la profesora Pérez Galán, la elección del espacio no fue azarosa, pues Pisac se ubica en el llamado Valle Sagrado de los Incas, cuna del Tahuantinsuyu. Aunque esta civilización carecía de escritura es obvio que poseía la capacidad de transmitir sus hechos históricos y sus formas de organización. El mayor mérito de los incas consistió en crear una estructura económica razonablemente próspera, basada en los principios de producción, recaudación y redistribución. Huelga decir que no poseían ningún rasgo ni tan siquiera parecido al capitalismo, pues ni usaban dinero ni las producciones se regían por las reglas del libre mercado (Rostworowski, 2009: 285). Más bien al contrario, el Estado acaparaba una buena parte de la producción que después se encargaba de redistribuir. Según John Murra, había una reciprocidad a dos niveles: entre los propios ayllus que se encontraban relacionados por lazos de parentesco, y entre estos y la administración central. Se trataba, obviamente, de una reciprocidad asimétrica entre las comunidades de base y la administración, pero se mantenía un cierto equilibrio. Es más, este sistema, aunque fuese desigual, es el que le otorgó una razonable viabilidad al sistema económico incaico (Wachtel, 1976: 96-100). La redistribución permitía reducir el impacto de las hambrunas. Había tres tipos de tierras: las del Sol, las del Inca, y las de los ayllus pero, en realidad, todas pertenecían al Estado que se reservaba las más fértiles mientras que el resto las explotaban los campesinos.

Como es bien sabido, la existencia durante la época colonial de una república de indios segregada de la de los españoles implicaba el reconocimiento del fracaso de la asimilación completa de ambas culturas. Para garantizar la supervivencia de las comunidades nativas, se permitió la existencia de tierras comunales y el mantenimiento de sus jerarquías políticas y sociales, al tiempo que se mantuvieron las autoridades locales. La nobleza indígena asumió el papel de intermediaria entre los extranjeros y los nativos, encargándose de la recaudación de tributos y de la recluta de mitayos. Los ayllus como tales desparecieron pero se mantuvo una parte de la propiedad comunal (Castán Esteban, 2001: 170).

Tras un concienzudo trabajo de investigación etnográfica, la autora demuestra o confirma algunas de las certezas que teníamos: primero, la coexistencia de dos estructuras de poder, la estatal y la local, regida mediante un sistema de autoridades tradicionales bajo el principio de la mayordomía o del cargo. Y segundo, que esa nobleza incaica no solo cumplió cometidos relacionados con el cobro de impuestos o con la recluta de mano de obra sino que también se encargaron de transmitir y reactualizar la cosmovisión indígena. En palabras de la autora fueron los transmisores y reactualizadores simbólicos de un conjunto de significados acerca de la naturaleza trascendente del mundo y del papel que el grupo ocupaba en él (p. 46). Todo ese mundo simbólico que ellos se encargaban de transmitir y de escenificar les permitió diferenciarse de los invasores primeros y de los foráneos después.

En la actualidad las autoridades más respetadas de Pisac son los kuraq, es decir, los mayores, pero no referido a la edad sino a las personas de mayor estatus después de haber culminado todos los cargos que componen el wachu de la autoridad. De hecho, no todos los kuraq son ancianos (p. 93). Sus habitantes se esfuerzan en desempeñar los cargos de la comunidad, como un servicio social a su gente. Los oficios en cuestión son los de alférez, regidor, capitán, sargentos, segunda, velada, alcalde y mayordomo mayor. Los dos últimos cargos son los de mayor rango del wachu. El alcalde es el máximo representante de la comunidad, dentro y fuera de ella, mientras que el mayordomo mayor custodia las llaves del templo. Una vez que se han desempeñado todos esos oficios en servicio de la comunidad, se les otorga el status de kuraq, exonerándolos desde entonces de cualquier gravamen u obligación y reservándoles un lugar de privilegio en los actos festivos, lúdicos o políticos, de renovación de los símbolos de autoridad.

La mujer cumplía -y cumple en la actualidad- obligaciones domésticas, lo que no le exonera del trabajo en el campo y en el cuidado del ganado, así como de la venta de los excedentes familiares en el mercado de Pisac. Por eso su jornada laboral diaria supera en varias horas a la del hombre. Pero como esposas y socias complementarias y necesarias de sus maridos, ostentaban también el título de alcaldesas y mayordomas y podían acceder también al status de kuraq, en el mismo momento en que lo obtuvieran sus esposos (p. 118).

El estudio de la profesora Beatriz Pérez Galán, constituye un excepcional trabajo de campo sobre un área muy incaizada, que nos permite constatar una vez más la supervivencia de estructuras de poder andinas a lo largo de casi cinco siglos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS