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ALONSO BORREGÁN Y SU CONQUISTA DEL PERÚ

ALONSO BORREGÁN Y SU CONQUISTA DEL PERÚ

BORREGÁN, Alonso: La Conquista del Perú (Eva Stoll y María de las Nieves Vázquez Núñez, eds.). Madrid, Iberoamericana, 2011, 211 págs., il.

    Este relato de un personaje que llegó poco después de la primera conquista del Perú, en torno a 1535, permaneció inédito hasta que Rafael Loredo lo publicó completo por primera vez en Sevilla, en 1948. Esta primera edición completa circuló poco, pero sí la reimpresión de 1968, que hemos manejado habitualmente todos los estudiosos de la conquista del Perú. Sabíamos que no estaba bien escrita por la escasa formación de su autor –las editoras lo tildan de semiculto- y que contenía incorrecciones sintácticas, interpolaciones azarosas y ausencia de signos de puntuación. Todo ello, hace de la obra de Borregán un texto de difícil lectura y comprensión. No tiene nada de extraño que Francisco Esteve Barba indicara en su obra Historiografía Indiana la necesidad de reeditarla, modernizando, puntuando y acentuando correctamente el texto para así facilitar su uso por los historiadores.
    Esta nueva edición de Eva Stoll y María de las Nieves Vázquez, constituye el mejor análisis realizado hasta ahora de esta obra, con una transcripción paleográfica perfecta, respetando el texto tal cual fue escrito. Las autoras mencionan la sugerencia de Esteve Barba, pero decidieron no seguirla, según dicen, porque ello hubiese significado reescribirla, dados los continuos errores sintácticos y expresivos, no siempre fáciles de actualizar. Sin embargo, hay una segunda causa no especificada pero implícita, y es la formación académica de las editoras, ambas filólogas y no historiadoras. Yo como historiador, reconozco que el texto editado sigue siendo difícil de leer y también de comprender. Leyendo sus páginas uno tiene la sensación de estar trabajando sobre el manuscrito original, transcribiendo cada una de sus palabras y de sus expresiones. Por tanto, dado que su mayor valor es el de constituir una fuente histórica de primera magnitud, mientras que su valor literario es absolutamente irrelevante, quizás hubiera sido oportuno intentar una edición modernizada.
    Al margen de ese comentario, quizás personal e interesado, estamos ante una excelente edición, primorosamente cuidada que permite dar una mayor accesibilidad a un texto fundamental para reconstruir la etapa de las guerras civiles del Perú, que su autor vivió en primera persona. Se trata de un soldado subalterno; salvando las distancias, algo así como un Bernal Díaz del Castillo peruano. Con la diferencia de que mientras Bernal admirada a su líder, Borregán estaba con los opositores. Está claro que simpatizó con el bando almagrista y, por tanto, muchos de sus comentarios son tendenciosos y tienden a culpar de todo a los Pizarro exonerando a los Almagro. No tiene nada de particular que al tiempo que dice que los Pizarro planificaron minuciosamente la ejecución de Almagro, exime al hijo de éste de cualquier responsabilidad en la muerte del gobernador Francisco Pizarro. De hecho, afirma que ésta fue responsabilidad exclusiva de Francisco de Herrada y sus once correligionarios. Pero ello no le resta valor a la obra, ya que ninguna crónica de la conquista es neutra. Todos los estudiosos que estamos habituados a trabajar esta apasionante etapa de la historia sabemos que hay que analizar todas las fuentes distinguiendo entre los almagristas, los pizarristas y los oficialistas. Alonso Borregán fue un testigo presencial de muchos de los actos que cuenta y, por tanto, su testimonio, analizándolo adecuadamente, tiene un alto valor histórico. Además, algunos comentarios secundarios, sin contenido político, nos aclara detalles y nos cita personajes de los que desconocíamos su participación exacta.
    En definitiva, felicidades a las editoras y a las instituciones que han hecho posible la edición de este texto fundamental para los estudiosos de la Conquista.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HISTORIA VERDADERA DE LA CONQUISTA DE NUEVA ESPAÑA

HISTORIA VERDADERA DE LA CONQUISTA DE NUEVA ESPAÑA

DÍAZ DEL CASTILLO, Bernal: Historia verdadera de la conquista de Nueva España (ed. de Guillermo Seres). Madrid, R.A.E., 2011, 1530 págs.

 

        Nunca pensé que las ediciones de la Historia verdadera de Bernal Díaz del Castillo, publicadas por Carmelo Sáenz de Santa María (1966), y Miguel León-Portilla (1984), pudiesen algún día ser superadas. Sin embargo, lo han sido. La edición que ahora reseñamos ha superado con creces a todas sus predecesoras, no solo por su cuidadísima edición, sino también por los centenares de notas a pie de página que aclaran certeramente infinidad de aspectos narrados y por el estudio detallado de la vida y de la obra de Bernal Díaz. Ya no hace falta acudir a las diversas ediciones de esta obra, mexicanas y europeas, para reconstruir la semblanza del medinense sino que basta con acercarse a las páginas de este libro para tener toda la información.

        Curiosamente, se ha optado por colocar primero el texto bernaldiano y al final, en una extensa segunda parte, los estudios históricos y literarios así como los anexos. Y digo que me resulta curioso porque lo habitual en todas las ediciones de textos clásicos que conozco es empezar por el estudio introductorio, seguido de la obra. El estudio científico resulta impresionante, abarcando desde la hoja 1.117 a la 1.357, es decir, un total de 340 páginas de letra prieta en las que se analizan la vida y la obra del escritor de Medina del Campo. Se trata, sin duda, del más extenso, detallado, valioso y serio estudio de Bernal Díaz del Castillo y de su obra. Por tanto, al excepcional valor histórico de la Historia verdadera hemos de añadir el más completo análisis de la personalidad del medinense y de su crónica. Y al final de la misma, se incorporan un grupo de anexos, entre los que destacan una enumeración cronológica de las principales ediciones de la obra, las traducciones, una cronología extensa de la vida de Bernal Díaz, y un excelente y utilísimo índice de nombres y lugares. Nada tiene que ver el estudio científico de Guillermo Seres, Catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, con otros trabajos recientemente aparecidos -con gran repercusión mediática por cierto- del hispanista francés Christian Duverger.

Dado que sería inabarcable y estéril tratar de resumir o extractar los aportes de un libro de más de mil páginas de letra abigarrada, me limitaré a destacar algunas ideas que su lectura me ha sugerido. Por él texto se pasean cientos de pobladores de los primeros años de la conquista, centenares de anécdotas, con la anotación erudita y siempre acertada de Guillermo Seres. Bernal no era latino, como él mismo dijo, pero sí tuvo una capacidad excepcional para captar y reflejar con un lenguaje sencillo todos los lances ocurridos, antes, durante y después de la conquista de México. De hecho, la obra se divide en tres partes bien diferenciadas: una, en la que relata con detalle su participación en los viajes previos a la península del Yucatán. Dos, la conquista de la confederación mexica propiamente dicha, desde la llegada a Veracruz hasta el asedio y caída de la casi mítica ciudad lacustre de Tenochtitlán en 1521. Y tres, el viaje a Honduras, la situación de los encomenderos y la colonización hasta 1568.

Todo el relato esta tamizado por su condición de soldado de a pie. De hecho, como se ha dicho tradicionalmente y confirma el profesor Seres, su objetivo no fue otro que rescatar del olvido las hazañas de la hueste. Porque, a su juicio, las historias de López de Gómara, Illescas o el mismísimo Cortés, habían ensalzado al capitán y minimizado a su hueste. Por ello, considera que su historia ha de ser verdadera y alternativa, porque la conquista no fue tarea de un héroe sino de muchos. Una estrategia que no pretendía otra cosa que reivindicarse a sí mismo, al ponderar su papel y el del resto de la hueste como verdaderos conquistadores. En el fondo subyace la idea de que, pese al heroísmo de la tropa, ésta ha recibido poca recompensa y lo personaliza en sí mismo cuando escribe: y dígolo con tristeza de mi corazón porque me veo pobre y muy viejo… y no puedo ir a Castila ante Su Majestad para representarle cosas cumplideras a su real servicio y también para que me haga mercedes, pues se me deben…

Desde el punto de vista literario su relato, en primera persona, constituye una memoria vital, no una historia. Ello confiere una extraordinaria viveza al texto, pues Bernal se inmiscuye directamente en la acción directa, haciendo partícipe al lector. El uso de la primera persona asegura, asimismo, una gran veracidad al relato, al narrar experiencias vividas. Todo ello hace de la Historia verdadera una obra especial, única, pues consigue introducir al lector en las escenas que narra, en la atmósfera de aquellos lances de guerra. Sorprende, asimismo, la capacidad del medinense para recordar detalles de las personas que desfilan por su obra, construyendo una verdadera galería de retratos, caracterizados, como afirma el editor, con breves pero certeros trazos.

Finalmente hay que decir que, al valor histórico de la obra de Bernal y al excelente estudio científico de Guillermo Seres, hay que sumar la magnífica edición, en un formato manejable y con unos índices que facilitan el acceso a la preciosa información de esta obra cumbre de la cronística de la conquista. No me excedo ni un ápice si digo que se trata de la edición más cuidada hasta la fecha del texto bernaldiano, el mejor análisis literario de la obra y la más completa biografía de su autor. Un trabajo de referencia obligada para todos los historiadores interesados en el drama de la conquista de México y en la vida y la obra de sus protagonistas.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA CONQUISTA DE AMÉRICA. UNA REVISIÓN CRÍTICA

LA CONQUISTA DE AMÉRICA. UNA REVISIÓN CRÍTICA

ESPINO LÓPEZ, Antonio: La conquista de América. Una revisión crítica. Barcelona, R.B.A., 2013, 407 págs.

 

        El libro se ajusta perfectamente al título y constituye una síntesis crítica y actual de la conquista de América. Una visión de la Conquista acorde con el siglo XXI en el que vivimos. El autor no maneja documentación inédita pero sí que hace una buena síntesis de los principales cronistas y de lo esencial de la bibliografía sobre esa etapa histórica.

        En líneas generales, comparto las tesis del autor y además me parece una síntesis útil. Se sitúa en una línea revisionista de la que fueron pioneros a finales del siglo XX, Miquel Izard y John F. Guilmartin, y que han continuado Bartolomé Clavero, James Anaya, José María Rojas, Tzvetan Todorov y yo mismo. El autor analiza sintéticamente las tácticas de combate de los hispanos, en especial el uso del escuadrón que él bien conoce porque es especialista en historia de la guerra. Y todo eso lo contrapone a las armas indígenas, muy rudimentarias, aunque algunos grupos caribeños disponían de flechas envenenadas muy temidas por los hispanos.

        Insiste, asimismo, en el uso de la violencia y de prácticas aterrorizantes calculadas para someter a la población indígena. Lo mismo aperreaban a los naturales, que los quemaban en la hoguera o les amputaban alguna extremidad, para causar pavor entre los demás. Como dijo John Hemming, ese tipo de práctica era el último recurso psicológico de los españoles. Las traiciones de los naturales o el asesinato de algún español, eran duramente castigados para evitar que estos incrementasen su animosidad. Cada asesinato era vengado con alguna salvajada, quemando en la hoguera, amputando miembros o torturando a un número muy superior. Ya expliqué yo por extenso en mi libro Conquista y destrucción de las Indias (Sevilla, 2009) que era una consigna tácita entre las huestes: cada gota de sangre hispana derramada les costaría a los indios un torrente.

        Sin embargo, discrepo de dos de las tesis fundamentales y originales que defiende el autor a lo largo de todo su libro: primero, afirma que la guerra de conquista fue muy difícil de ganar, oponiéndose a la tesis general, que arranca del propio padre Las Casas, de que la diferencia técnica, táctica y psicológica fue de tal magnitud que se trató de un verdadero paseo triunfal para los hispanos. Y llama la atención que lo diga precisamente el autor de este libro que es especialista en la guerra moderna, sabiendo lo difícil que eran las guerras de Italia y Francia, y las de turco en el Mediterráneo. Yo sigo pensando que el enfrentamiento fue totalmente desigual. ¿Cómo explicar si no la conquista de las Antillas Mayores en unos pocos años por varios cientos de españoles y la práctica extinción de los taínos en menos de treinta años? ¿Fue difícil la conquista de Cuba por Diego Velázquez y su reducida hueste? ¿Y la conquista de la confederación Mexica por Hernán Cortés en dos años? ¿Y la caída del gran imperio de los Incas en menos de tres años, por un puñado de barbudos? ¿Eso parece indicar que fue una guerra muy difícil de ganar? Pues no, en absoluto, varios miles de hispanos conquistaron varios miles de kilómetros cuadrados en poco más de tres décadas. ¿En qué otra conquista de la historia ha habido un proceso tan rápido y por unos tropas tan reducidas? En ninguna, el caso de la conquista de América es en ese sentido único en la historia, no tiene precedentes anteriores ni posteriores. A mi juicio, la conquista fue dramática para el mundo indígena porque fue tan rápida que no tuvieron tiempo suficiente de reacción, aunque intentaron modificar sus tácticas de combate, aprendiendo de los enemigos sobre el terreno. Precisamente, por eso cuando en 1541, Hernán Cortés tomó parte en la desastrosa campaña de Argel los demás militares de graduación se negaron a aceptarlo en el consejo de guerra, mofándose de él: este animal cree que tiene que vérselas con sus indiecitos porque allí bastaban diez hombres a caballo para aniquilar a veinticinco mil. Eso no significa que, en algunos momentos, los españoles sintiesen pavor cuando observaban enfrente a decenas de miles de soldados indígenas. Y en ese sentido, cita el autor a Pedro Pizarro quien confesó que, en Cajamarca, muchos compañeros cuando vieron acercarse a Atahualpa acercarse con un séquito de varias decenas de miles de soldados se orinaron de puro temor.

       Y segundo, resta importancia a la superioridad armamentística hispana, pues a su juicio, dispusieron de muy escasas armas de fuego y de pocos caballos y perros. Y frente a ello, afirma con rotundidad que en realidad, el más importante y decisivo instrumento de la conquista fueron los propios aborígenes. Tampoco comparto semejante afirmación, al menos en los términos en que está expresada. Con pocas armas de fuego o con muchas, la superioridad técnica, táctica y psicológica de los hispanos fue infinitamente superior a la de los amerindios, lo mismo los seminómadas del Amazonas que los que vivían en jefaturas o estados. En varias ocasiones he puesto por escrito que fue algo así como si en la actualidad un ejército con armas nucleares se enfrentara a otro que solo dispusiese de armas convencionales. Por otro lado, le resta cierta importancia al caballo como elemento decisivo, aludiendo a que en algunos momentos dispusieron de muy pocos équidos y que, en otros, el terreno era agreste y fueron de poca utilidad. Yo opino, que no hay que decidir salomónicamente entre uno u otro. Los équidos fueron decisivos en las Antillas y en áreas de Norteamérica donde no fue fácil conseguir indios aliados o guatiaos. En Mesoamérica y sobre todo en el área andina, los indios aliados sí que fueron más decisivos para el éxito, sin menospreciar, por supuesto, la importancia de la caballería. Como afirma el autor, muchas etnias indígenas se equivocaron de aliado, pues, cuando se dieron cuenta que los hispanos eran peores que sus antiguos señores incas o mexicas, era demasiado tarde. Pese a todo, sigo pensando, que desgraciadamente para los amerindios, la conquista fue un dramático, sangriento y rápido paseo triunfal de las huestes.

        En resumidas cuentas, el libro plantea a mi juicio algunas ideas muy discutibles. Sin embargo, en general, se encuentra dentro de la nueva línea revisionista de la Conquista, mucho más ecuánime que la clásica visión apologética a la que estamos acostumbrados. Así que bienvenido este nuevo manual que nos ayuda mucho a los que, como yo, hace años que estamos empeñados en desentrañar el drama de aquella guerra.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

AMADO, Luis: Nova Hispania. Sevilla, Punto Rojo Libros, 2013, 215 págs. il.

 

        Mi amigo Luis Amado, periodista, pintor y escritor me ha hecho llegar su última obra, dedicada a la conquista de Nueva España por el conquistador Hernán Cortés. Al final de la obra, se anuncia que esta historia continuará en un segundo volumen, titulado los carniceros de la gloria, dedicado a la conquista del Perú.

        Se trata de un trabajo divulgativo, esencialmente bien documentado y con puntos de vistas coherentes sobre lo que fue el proceso de conquista. El metellinense Hernán Cortés aparece desprovisto del halo de héroe tan propio de otras obras literarias e históricas. El autor hace suyas las principales acusaciones que el ayuntamiento de Guadalajara (México) dictaminó en 1921 para oponerse a la erección de un monumento al conquistador. Da por seguro el estrangulamiento de su primera esposa Catalina Suárez Marcayda, así como la tortura de Cuauhtémoc o la conspiración contra su antigua compañera doña Marina. No escatima en calificativos cuando se refiere al saqueo, explotación y destrucción del mundo indígena. Sin embargo, no puede sustraerse a una cierta fascinación por su biografiado del que destaca que consiguió derrotar a oponentes cien veces superiores en número en la tristemente famosa batalla de Otumba. Asimismo, destaca el afán misionero que mostró en todo momento, anteponiendo siempre la conversión de los naturales.

Una de las partes más brillantes de la obra es un supuesto diálogo entre el escritor y Hernán Cortés, en el que Luis Amado le hace las preguntas que todos quisiéramos hacerle al conquistador, y éste responde. Y aquí muestra el autor su casta de periodista porque las preguntas no pueden estar mejor seleccionadas: ¿toleró la muerte de Moctezuma? ¿Ordenó la ejecución de Cristóbal de Olid? ¿atentó contra su esposa legítima? ¿fueron los tlaxcaltecas unos traidores?, etc. Y las respuestas no pueden ser más ecuánimes; a mi juicio, las podía haber contestado así el mismísimo Cortés. También son bastante lucidas las páginas que dedica al botín obtenido en la recámara de Moctezuma y al tesoro escondido, y tantas veces buscado, de su sucesor Cuauhtémoc. El libro finaliza con un extenso apéndice gráfico, en el que incluye imágenes –en blanco y negro- sobre Cortés y su conquista, así como artículos periodísticos reproducidos del original.

El autor, entremete comentarios suyos con otros extraídos de otros autores a los que, por supuesto, cita. El orden es relativo, pero a base de epígrafes y capítulos cortos y de una literatura sencilla consigue enganchar al lector. Lo más positivo de esta obra es que, en unas pocas horas, uno puede tener una visión bastante completa de Hernán Cortés y de la conquista de la confederación azteca.

A mi juicio hay pequeños aspectos mejorables, además de algunas erratas impertinentes. Da por segura la tesis del francés Christian Duverger cuando afirma que Hernán Cortés fue el autor de la Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España, en detrimento del falsario medinense Bernal Díaz –p. 94-. Sin embargo, con posterioridad sigue citando los textos del famoso escritor de Medina del Campo como si el hubiese sido su autor. Una contradicción provocada por la aceptación sin críticas de la tesis de Duverger que, como ha desmontado la crítica, no tiene fundamento alguno. Son pequeñas objeciones a una obra que, a mi juicio, cubre con suficiencia su objetivo de divulgar la conquista de Nueva España

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HERNÁN CORTÉS. MÁS ALLÁ DE LA LEYENDA

HERNÁN CORTÉS. MÁS ALLÁ DE LA LEYENDA

DUVERGER, Christian: Hernán Cortés. Más allá de la leyenda. Madrid, Taurus, 2013, 439 págs., más cuadernillo con ilustraciones.

 

        Hace pocos meses escribí mis refutaciones a otro trabajo del historiador francés, Crónica de la Eternidad (2012), en la que éste afirmaba que el autor de la Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España no fue Bernal Díaz del Castillo sino el mismísimo Hernán Cortés. Creo que en aquella ocasión rebatí convincentemente su hipótesis. Ahora le toca el turno a su nueva obra: Hernán Cortés. Más allá de la leyenda (Madrid, Taurus, 2013).

Debemos empezar advirtiendo que este libro es anterior en realidad a su Crónica de la Eternidad, pues fue editado inicialmente en el año 2005, aunque la mayoría lo hemos conocido ahora, con motivo de su reedición, en julio de 2013. Por tanto, no es de extrañar que Bernal Díaz del Castillo siga siendo en esta obra el autor de la Historia Verdadera, porque aun faltaban varios años para que el historiador galo se plantease lo contrario. Sí sorprende, en cambio, que aporte incluso argumentos en contra de su futura hipótesis. Así, por ejemplo, afirma que la expedición de Grijalva llegó a San Cristóbal de La Habana, como bien sabía Cortés, y a diferencia de lo que afirma Bernal que situó la arribada en la villa de Santiago –Pág. 125-. Asimismo, dice que Hernán Cortés tuvo un hijo con una princesa Náhuatl a la que amó, pero que Bernal Díaz no se acordaba de su nombre de ahí que la llamara doña Fulana de Hermosilla –Pág. 244-. Queda claro, que si el metellinense hubiese sido el autor de la Historia Verdadera nunca hubiese olvidado el nombre de uno de sus primeros amores.

        En esta nueva entrega el profesor Duverger vuelve a sorprendernos con planteamientos e hipótesis inverosímiles que no consigue documentar, ni tan siquiera argumentar de manera convincente. El libro sigue su línea habitual: está magníficamente redactado, con una literatura fluida como solo los hispanistas franceses e ingleses saben hacer. Está descargado de aparato crítico, pues apenas se incluyen al final del texto varias decenas de notas así como una escueta bibliografía. Alterna capítulos dedicados a la conquista con otros en los que va describiendo la situación en Europa, lo que a mi juicio es un acierto, por dos motivos: primero, porque inscribe perfectamente la conquista de México en el contexto europeo y en el marco de los descubrimientos y de la conquista de América. Y segundo porque permite respiros periódicos que favorecen su lectura. El problema es que se presenta como una biografía histórica, realizada por un historiador científico. Y digo que es un problema porque reiteradamente esgrime planteamientos infundados y comete todo tipo de errores, unas veces provocados por un análisis deficiente, tendente a justificar sus hipótesis previas y, otras, por su desconocimiento de los avances historiográficos logrados en la materia de los últimos años.

Ya en los capítulos introductorios nos sorprende con ideas mal documentadas o deficientemente justificadas. Da por hecho que América fue descubierta por los portugueses en torno a 1481, convirtiendo de un plumazo a Cristóbal Colón en un impostor. Otro más, como Bernal Díaz del Castillo. Y todo ello lo basa simplemente en su apreciación de que el genovés sabía a dónde iba y cómo regresar. No es que personalmente no comparta lo esencial de la teoría del protonauta, pero una idea así, de tanto calado, merece una justificación más extensa o al menos una referencia al gran defensor de dicha tesis, el recordado Juan Manzano, y a su famosa y completa obra Colón y su secreto. También asume la tesis judía de Salvador de Madariaga, alegando que para compensar la expulsión sefardita de 1492, la reina le ofreció un contrato maravilloso. No creo que la soberana aceptara las capitulaciones de Santa Fe para calmar su conciencia por la expulsión de los supuestos correligionarios del genovés. Es rizar el rizo en exceso. En cuanto al gobernador frey Nicolás de Ovando, lo convierte en fraile, alegando que los miembros de las ordenes militares anteponían al nombre el distintivo fray –hermano-. Pero se equivoca otra vez porque, como es bien sabido, a los altos cargos de las órdenes militares no se les daba el tratamiento de fray sino de frey –véase la voz frey en el diccionario de la R.A.E.-, que no era ni por asomo lo mismo.

La hipótesis principal del libro es que Hernán Cortés nunca fue el guerrero cruel del que se ha hablado sino un pacifista –sic- que se pasó toda la conquista intentando alcanzar acuerdos de paz y minimizando daños. Su proyecto vital, como pacifista, fue crear un nuevo mundo mestizo, fruto de la feliz fusión de lo europeo y de lo indígena. Él no quería trasplantar las costumbres castellanas a México, sino crear un nuevo estado autóctono, fruto de la hibridación racial y cultural de ambos mundos – Pág. 234-. Como indica en el prólogo José Luis Martínez, glosando al francés, Cortés era bueno y los indígenas también mientras que los malos eran, en cualquier caso, el emperador Carlos V y la administración hispana que impidieron al héroe Cortés llevar a cabo sus acciones de mestizaje –pág. 17, prólogo-. ¡Toma ya! Ésta es la hipótesis impresionante, inverosímil e impactante con la que trabaja el historiador francés a lo largo de todo el libro. Pero va incluso un paso más allá; desde 1514, mucho antes de que nadie intuyese la existencia de una gran civilización en el valle de México, ya Cortés piensa en México –pág. 112- y en el nuevo mundo que quiere crear. Y al autor le parece una prueba irrefutable de su proyecto civilizatorio el hecho de que no apreciase el dinero. Afirma Duverger, que cuando recibió un rico presente de Moctezuma, en vez de salir corriendo para disfrutarlo en España, como otros hubiesen hecho, le restó importancia, lo que demostraría –en su opinión- que su interés no era otro que la construcción de un nuevo estado mestizo –Págs. 146-147-. Francamente, es absurdo; el metellinense dijo por activa y por pasiva, en numerosas ocasiones, que él no había ido a las Indias a por tan poca cosa como era el vil metal sino para servir a Dios y al Emperador. Es bien sabido que no le interesaba tanto el dinero como la honra y el poder. Y la misma idea muestran reiteradamente otros grandes protagonistas de la conquista de América, como Hernando de Soto, Francisco Pizarro, Diego de Almagro, etc.

        Como ya hemos dicho, defiende que Cortés siempre fue un pacifista, un padre Las Casas laico o un Mahatma Gandhi del siglo XVI. Afirma taxativamente: Cortés ama a los indios… y se ubicó muy pronto del lado indígena –Pág. 111-. Pues mire usted, amar lo que se dice amar a los indios y ponerse del lado de ellos parece tan ridículo en un conquistador que si el propio Cortés lo hubiese escuchado decir de él, se hubiese sonrojado. Y si tanto los amaba, ¿por qué fue el máximo responsable de la destrucción del mundo azteca, provocando millones de muertos directa o indirectamente? Sin duda no debieron pensar eso los naturales cuando quemó en la hoguera a Cuahpopoca y a varias decenas de miembros de su séquito, ante la atónita mirada de cientos de personas sobrecogidas por la esperpéntica escena. Tampoco se debieron sentir amadas el medio centenar de mujeres tlaxcaltecas que les llevaron comida a su campamento y el extremeño, sospechando que eran espías, decidió amputarles ambas manos a todas ellas. Por cierto, que el autor cita el dato –pág. 167-, pero sin especificar que eran mujeres, porque eso desmontaría su idea que desarrollaremos después, de que amaba a las indígenas, como procreadoras del nuevo mundo mestizo con el que soñaba. Y finalmente, por no extenderme en este aspecto, tampoco se aprecia el amor hacia los naturales cuando analizamos el inventario de bienes que poseía en Cuernavaca: se especificaron nada menos que 188 indios esclavos, de los cuales una veintena eran tlaxcaltecas, pese a la ayuda que estos le prestaron en la Conquista. La hecatombe de Cholula donde murieron, como en una enorme jaula, varios miles de indígenas, lo justifica el autor diciendo que era un acto de guerra, en una lógica de guerra –pág. 174-. Y lo mismo podría decirse de los 20.000 muertos en los llanos de Otumba. Un caso diferente, a juicio del profesor Duverger, es el brutal asedio de Tenochtitlán, uno de los más dramáticos de toda la historia de la humanidad que costó la vida a unas ¡100.000 personas! En este caso –afirma el autor- se trato de una inmolación del propio pueblo azteca, ante las reiteradas peticiones de paz del pacífico, inofensivo y civilizado Hernán Cortés. También menciona el posterior martirio y ejecución de Cuauhtémoc para que dijese donde ocultaba el oro. Pero matiza, claro: se hizo a espaldas de Cortés y, cuando éste lo supo, ordenó piadosamente su ejecución para evitarle el suplicio. Bueno, sobran los ejemplos y los comentarios, juzgue el propio lector.

         Pero Duverger, para defender su carácter pacifista se ve en la obligación de tratar de desmontar cualquier implicación del metellinense en todo tipo de asuntos turbios o siniestros. Cuando llegó el juez Ponce de León a hacerle un juicio de residencia, en breve plazo murieron de manera inesperada dicho juez y nada menos que una treintena de sus partidarios. Desde aquel justo instante, todo el mundo sostuvo la muerte del jurista por envenenamiento, perpetrada bien por el propio Cortés, o bien, por alguno de sus criados o amigos. Pero claro, una mancha tan grande perjudicaría la tesis de Duverger de su supuesto pacifismo, por lo que se permite atribuirlo el autor a una nefasta coincidencia –Pág. 287-.

        La otra de sus grandes hipótesis es el gran amor que el extremeño sentía hacia las mujeres indígenas, las mismas que debían ser las artífices de su idílica arcadia. Por eso -afirma Duverger- nunca consintió la presencia de españolas en sus armadas para así ¡favorecer la copulación con las nativas! Amó a la mujer indígena, en especial a Leonor Pizarro, a la que le dio el apellido materno, y a doña Marina, la Malinche. Si se desposó con españolas fue obligado por las circunstancias; primero con doña Catalina Suárez, por complacer al teniente de gobernador Diego Velázquez, y después, con Juana de Zúñiga para conseguir así el apoyo de una importante familia castellana. Nuevamente, para salvaguardar su supuesto pacifismo, el autor culpa del asesinato de su primera mujer, nada más y nada menos que ¡¡al despecho de doña Marina!! o de alguna otra de las indias con las que mantenía relaciones. ¿Será posible? reconstruyamos los hechos: tras una discusión pública, se retiró el metellinense y su esposa Catalina Suárez a sus aposentos. Poco después ésta apareció muerta en la alcoba, con señales de estrangulamiento y con las cuentas de su collar desparramadas. Pero según se deduce del relato de Duverger, Cortés debió quedarse profundamente dormido mientras, a su lado, su esposa era estrangulada por alguna de las concubinas indígenas que pudo acceder a la habitación. ¡Pero bueno!, algo así no ocurre ni en las mejores películas de ficción. A mi juicio, la explicación es mucho más simple: Hernán Cortés siempre quiso tener descendencia legítima con una española –por eso no se desposó con ninguna de las nativas con las que tuvo relación- y Catalina Suárez, no podía darle hijos. Era un estorbo, y el metilense tras comprobar que no había forma de librarse de ella, optó por acabar con su vida. Un acto brutal de violencia de género, pero no hay que rasgarse las vestiduras, uno más de los miles que se producían en aquellos tiempos y más aún en el marco de la guerra de aquella nueva frontera castellana. Después, como viudo, pudo desposarse con muchas de las amantes o combinas indias que tuvo pero no lo hizo porque, había encargado a su padre que le apañase unos esponsales con una mujer linajuda de Castilla. Y así lo hizo, aunque Duverger afirma que se casó ¡desgarrado por el dolor!, por la memoria de su padre y por la protección que le podría proporcionar su nueva familia política –Pág. 303-. Sin embargo, es obvio para todos los quehemos estudiado al metellinense que ese desgarramiento y ese dolor del que habla el autor no cuadra en absoluto con su personalidad.

Por otro lado, descarta los excesos libertinos que se le han achacado. Se le conocen relaciones con decenas de mujeres, algunas simultáneas en el tiempo. En Cuernavaca llegó a poseer un harem con más de cuarenta féminas, con la mayoría de las cuales mantenía relaciones, incluyendo, eso sí, a su segunda mujer, Juana de Zúñiga. Pero, según Duverger, no lo hacía por libertinaje sino porque quería imitar al tlatoani Náhuatl, de ahí que tratase con respeto y deferencia a sus numerosas esposas –Pág. 242-. ¡Increíble!; pero es más, ¿cómo trato a su amadísima doña Marina? La utilizó a su antojo; no se separó de ella mientras le interesó y, cuando ya no le fue útil, no dudó en regalársela al barcarroteño Juan Jaramillo.

Hay otros aspectos secundarios de la vida de Cortés que tampoco están bien documentados. Da por seguro que el metellinense estudio en la Universidad de Salamanca, obviando las dudas de la mayoría de los especialistas y sobre todo, ignorando el libro del doctor Demetrio Ramos, en el que desmontó de manera convincente dicha posibilidad. Según Duverger, el metellinense estuvo en Salamanca entre los 14 y los 16 años, pero ni tenía edad para cursar estudios universitarios ni estuvo el tiempo suficiente para conseguir un título universitario.

Su estancia en La Española, entre 1504 y 1511, la fundamenta en conjeturas, siguiendo a pie juntillas a López de Gómara que se permitió rellenar los huecos que desconocía de su hagiografía como buenamente le parecía. Ello, le induce a escribir que fue un personaje clave en la pacificación de la isla, algo que no suscribe ninguno de los especialistas en historia dominicana ni en la cortesiana. Su repartimiento en el Dayguao o su residencia en la conocida como casa de Francia de la capital dominicana son meras conjeturas que Duverger asume como ciertas, sin aportar el más mínimo argumento. Menos plausible aún es que se enriqueciera no con la minería ni con la agricultura sino por su intervención en el circuito administrativo –pág. 95-. Los salarios de los administradores públicos eran bajos y nadie, en aquellos años, se enriquecía con dicha actividad sino con la actividad minera y la esclavista. Por otro lado, según Duverger, si no se embarcó con Alonso de Ojeda, el 12 de noviembre de 1509, no fue por ningún contratiempo lógico sino porque adivinó que esa bicefalia entre Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda acabaría mal, como de hecho ocurrió. Una vez más le atribuye capacidades casi sobrenaturales, al igual que cuando afirma que era capaz de descifrar y leer los pictogramas náhuatl, aserto que cuestiona el mismísimo prologuista del libro –pág. 18-. Por cierto, nuevamente hierra cuando dice que Sebastián de Ocampo, circunnavegó por primera vez Cuba en 1509, cuando está probado documentalmente que lo hizo en 1506 –Revista de Indias Nº 206 de 1996, págs. 199-204-.

        Asimismo, niega que los mexicas tuviesen a los españoles por dioses, esgrimiendo que es un error de apreciación y que la idea fue incorporada por los cronistas posteriores a la Conquista –pág. 146-. Sin embargo, las pruebas que indican lo contrario son abrumadoras y no es suficiente con lanzar la idea. Debió empezar por rebatir primero al prestigioso mexicanista israelí Tzvi Medin quien en un reciente libro, publicado en 2009, situó el ideal mitológico de los aztecas como clave en su rápido desplome, al pensar precisamente que los invasores eran dioses.

        Finalmente, sin ánimo de ser exhaustivo, me gustaría indicar que algunos de los conceptos del glosario que incorpora al final del libro están mal definidos. Afirma cosas tan sorprendentes como que la encomienda era una propiedad territorial donada, que los indios naborías eran esclavos o que un vecino es un residente en una villa.

Creo que si el profesor Duverger hubiese añadido algunos personajes ficticios, hubiese redactado una buena novela histórica que acaso le habría reportado más ventas y quizás la notoriedad pública que persigue. Pero como libro de historia que es, lamento decir que es malo, carente de metodología histórica, plagado de incongruencias, de faltas de sentido común y de hipótesis innovadoras sin la más mínima base documental o argumental

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA CONQUISTA DE LOS INCAS

LA CONQUISTA DE LOS INCAS

HEMMING, John: La conquista de los incas. México, Fondo de Cultura Económica, 2000, 687 págs.

        Esta obra fue publicada en inglés en 1970, siendo corregida y ampliada en 1993, coincidiendo con su traducción al castellano. Se trata de una densa y bien documentada historia de la conquista del incario, desde la llegada de los españoles hasta la caída de Vilcabamba la Vieja, en junio de 1572. Asimismo, incluye una breve biografía de los descendientes de la familia real inca, algunos de los cuales acabaron en España, abarcando hasta el primer tercio del siglo XVII. Estamos, sin duda, ante una obra cumbre sobre la conquista del Tahuantinsuyu que, a día de hoy, es todo un clásico, imprescindible para cualquiera que pretenda acercarse a la temática.

Como aclara el propio autor en el prefacio, no es una historia de la sociedad inca, ni tampoco una biografía de Francisco Pizarro. De ambos aspectos existen excelentes obras como las de María Rostworowski de Díez Canseco, José Antonio del Busto, Raúl Porras Barrenechea, etc., aunque ninguna de ellas puede considerarse definitiva.

Resumir el contenido de esta obra, implicaría una extensión inapropiada para una reseña. Y ello porque cada línea, cada párrafo, cada página, es fruto de la sosegada reflexión del autor, reforzada además por un denso aparato crítico. Todas sus aseveraciones cuentan con un amplio respaldo documental y bibliográfico. En ocasiones son fruto de deducciones realizadas a pie de campo, es decir, sobre unas ruinas y una topografía que Hemming conoce a la perfección.

Lo más destacado del texto que ahora comentamos es su aporte a la evolución de los incas desde su retiro a Vilcabamba, donde un grupo de naturales mantuvo por espacio de más de 40 años, un pequeño estado inca paralelo al español. Es decir, durante décadas convivieron el pequeño estado de Vilcabamba con el virreinato peruano, con sede en la Ciudad de los Reyes. Frente a lo que se había creído, Hemming demuestra la feroz resistencia de los incas a la conquista. La sorpresa inicial provocó la rápida caída de Atahualpa, excesivamente confiado en su superioridad numérica y, poco después, la de su ingenuo general Calcuchímac que se dejó arrestar sin oposición. Sin embargo, luego comenzó una feroz resistencia, iniciada por los generales quiteños Quizquiz y Rumiñahui, que prosiguió Manco Cápac en su reino de Vilcabamba. Inicialmente la rebelión pretendió aplastar a los pocos españoles que estaban en el Perú. Para ello planearon tomar la capital inca y ocupar después el resto de localidades en poder de los hispanos, como Jauja y la Ciudad de los Reyes. Probablemente faltó decisión, confiados de nuevo en su aplastante superioridad numérica. Ello les llevó a pensar que, antes o después, los hispanos capitularían. Pero se equivocaban, el tiempo concedido a sus oponentes permitió que estos planteasen una defensa eficaz del Cuzco, al tiempo que fueron llegando paulatinamente nuevos contingentes de europeos. Finalmente, los nativos comprendieron que era imposible acabar con los invasores por lo que, con buen criterio, Manco Cápac decidió retirarse, con sus más fieles seguidores, a las soledades selváticas de Vilcabamba, en la frontera nordeste del incario.

El autor, haciéndose eco de las últimas informaciones arqueológicas y aportando deducciones y datos propios, demuestra definitivamente el misterio de la ubicación del enclave en las ruinas hoy ubicadas en Espíritu Pampa. Por cierto, que confirma algo que ya sabíamos y es que no se puede identificar ni tan siquiera relacionar Vilcabamba con las ruinas de Machu Picchu, ciudad que seguramente fue una residencia real, abandonada después de la ocupación del Tahuantinsuyu por los hispanos. Lo cierto es que en Vilcabamba la Vieja consiguieron mantener durante casi cuatro décadas un pequeño estado indígena, en paralelo con el Perú español. Sus dimensiones eran muy modestas, apenas unas trescientas casas, controlando un territorio poco poblado de varias decenas de leguas a la redonda. Sin embargo, el virrey Francisco de Toledo, sorprendentemente creyó en la amenaza del pequeño reino, sobre todo por la posibilidad de que otros indios tomasen ejemplo y siguiesen el camino de la rebelión. Por ello, se empeñó en destruir dicho reducto, deportando de allí a los descendientes de la familia real incaica. Con ello, acababa el sueño de un puñado de personas que intentaron mantener su forma de vida, lejos de la tierra que los vio nacer. De haber sobrevivido, como indica el autor, hoy sería un pequeño reino indígena, probablemente reconocido por Naciones Unidas, de una extensión similar a la de algunos de los estados de Centroamérica.

Para acabar, destacaremos que el autor tiene un conocimiento detallado del Perú y de las ruinas incas. Eso, unido a la ingente documentación que manejó, le lleva a construir una narración de la conquista creíble, detallada, precisa y muy documentada. El texto consolida muchas de las ideas que ya teníamos sobre la conquista del incario y refuta otras. El minucioso estudio de la evolución de los orejones en su retiro de Vilcabamba es verdaderamente magistral. Tuvieron la capacidad de recrear la estructura política y religiosa del Tahuantinsuyu en un rincón alejado de los hispanos y de su propia tierra natal. Un verdadero exilio al que se adaptaron con éxito, pasando de ser una civilización andina a otra selvática.

        Los errores son pocos, casi todos relacionados con la biografía de Francisco Pizarro. Su desconocimiento del territorio de origen de los conquistadores induce al autor a escribir cosas como que los navíos que iban a Tierra Firme, pasaban primero por las islas Canarias y luego por las Azores, antes de tocar en las costas panameñas. Asimismo, afirma que Hernando Pizarro estuvo encerrado en Madrid, en el castillo de Medina del Campo –p. 611-, cuando como es bien sabido esta villa se encuentra en la provincia de Valladolid. Asimismo, afirma que Francisco Pizarro pasó a la Española en 1502, cuando la historiografía hace años que retrasa su llegada al menos a 1503 o 1505. Pese a esos errores e imprecisiones, propios de una obra monumental como ésta, estamos ante una obra singular, y yo diría, incluso, que insuperable, al menos en lo concerniente a la conquista del Tahuantinsuyu.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA ESTRATEGIA DEL TERROR EN LA GUERRA DE CONQUISTA

LA ESTRATEGIA DEL TERROR EN LA GUERRA DE CONQUISTA

ROJAS, José María: La estrategia del terror en la guerra de conquista, 1492-1552. Medellín, Hombre Nuevo Editores, 2011, 165 págs.

 

        Interesante libro del sociólogo colombiano José María Rojas en el que se aborda la Conquista desde una nueva perspectiva así como sus consecuencias en la América Contemporánea. Comparto totalmente la línea argumental del autor, tal y como defendí en mi libro Conquista y destrucción de las Indias (Sevilla, 2009), y me parecen oportunos los términos que utiliza, evitando eufemismos de la época todavía usados en la actualidad como rescate, pacificación o evangelización. En la conquista se cometieron todo tipo de atrocidades y hubo una política sistemática y premeditada de terror, necesaria para que un puñado de conquistadores sometiera a millones de aborígenes a lo largo y ancho del continente americano. Por eso hubo matanzas ejemplarizantes, como las de Anacaona, Moctezuma, Atahualpa y otros cientos –quizás miles- de caciques y reyezuelos locales que mostraron resistencia al invasor. Aperreamientos, mutilaciones y quemas en la hoguera fueron moneda de cambo habitual en todo el proceso. Como afirma el autor, la cruz de una iglesia intransigente, inquisitorial, y el estado casticista se unieron para someter a sangre y fuego varios millones de kilómetros cuadrados. Y todo ello porque al tratarse de empresas privadas, en las que cada adelantado o conquistador capitulaba y financiaba su campaña, existía una necesidad perentoria de rentabilizarla por cualquier medio. Por las buenas o por las malas los conquistadores necesitaban obtener oro y esclavos. Si no había causa justa para la guerra, bastaba con provocarlos para que todo tipo de matanzas y rapiñas quedasen bendecidas.

Sin embargo, se aprecia que el autor no es especialista en la época y que además su documentación es magra, pues tan solo enumera diecisiete referencias bibliográficas entre cronistas y obras contemporáneas. Ello provoca que salten al texto algunos errores e imprecisiones. Así, por ejemplo afirma que el testamento de Isabel La Católica fue redactado por sus consejeros, cosa que no parece nada probable. Asimismo afirma que fueron expulsados de España entre 160.000 y dos millones de judíos, cifra sobre todo la última totalmente descartada. También afirma que Hernán Cortés se llevó en 1519 los últimos indios de Cuba, hecho totalmente incierto, o que Francisco Pizarro murió octogenario cuando es bien sabido que en el momento de su asesinato era sólo sexagenario.

Sin ninguna duda, la parte más brillante del libro es el último capítulo, dieciséis páginas en las que el autor aborda una aproximación al conflicto desde la contemporaneidad. Aquí sí que se aprecia la capacidad de análisis de un sociólogo que ha trabajado temas relacionados con la clase obrera y la minoría indígena en la Edad Contemporánea. La conquista creo unas relaciones asimétricas entre vencedores y vencidos que la oligarquía criolla se encargó de reproducir miméticamente en la Edad Contemporánea. En el siglo XX, dictaduras militares, apoyadas precisamente por esta oligarquía y bendecidas por Estados Unidos, se encargaron de mantener el status quo. Estos regímenes reprimieron todas las libertades individuales y cometieron impunemente miles de asesinatos, con la excusa de evitar el totalitarismo comunista. Y con ese razonamiento, Estados Unidos ha apoyado a personajes siniestros como Sadam Hussein, Bin Ladem o al propio Gadafi. Tras la caída de la URSS, y sobre todo desde 2001, el nuevo enemigo es el terrorismo internacional, y con la excusa de atajarlo realiza guerras preventivas y práctica cuando lo cree necesario todo tipo de violaciones de los derechos humanos. Los nuevos conquistadores son las grandes multinacionales que campan a sus anchas en países como Colombia, apoyadas por Estados Unidos y por el capitalismo internacional. Actualmente, mantiene al estado colombiano prácticamente intervenido con la excusa de luchar contra el narcotráfico o contra la insurgencia de la guerrilla. Un conflicto que dura ya más de medio siglo, que ha dejado miles de muertos y, lo que es peor una sociedad mafiosa. Y el Estado, con la excusa de luchar contra las mafias, con el beneplácito del Imperio, practica una guerra sucia en la que las víctimas son con frecuencia campesinos, sindicalistas, maestros, líderes comunales o ideólogos de izquierda. Grupos paramilitares, con la complacencia del ejército y de la policía, realizan razias en las que asesinan, sin mediar palabra, a personas simplemente sospechosas de simpatizar con la insurgencia.

La historia de Colombia en los últimos cinco siglos, ha dejado un interminable reguero de muertos en el camino. Primero los conquistadores, luego la oligarquía criolla y actualmente las injerencias del Imperio se han encargado de la destrucción del país. Este libro pretende contribuir a la concienciación ciudadana que permita la emancipación sociopolítica no solo de Colombia sino también de toda Latinoamérica.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA LEYENDA NEGRA. HISTORIA NATURAL Y MORAL DE UNA CATÁSTROFE ECOLÓGICA (1492-1592)

LA LEYENDA NEGRA. HISTORIA NATURAL Y MORAL DE UNA CATÁSTROFE ECOLÓGICA (1492-1592)

MUÑOZ SANZ, Agustín: La Leyenda Negra. Historia natural y moral de una catástrofe ecológica (1492-1592). Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2012, 252 pp.

 

        Interesante trabajo realizado por un médico en activo de la Unidad de Patología Infecciosa del hospital Infanta Cristina de Badajoz. En los orígenes de la colonización española del Nuevo Mundo aparecieron varias oleadas epidemiológicas que diezmaron, en algunos casos de forma irreversible, a las poblaciones indígenas: la influenza suina o gripe del cerdo (1493), la viruela (1518-1526), el sarampión (1530-1532, 1559, 1563-1564 y 1595), la varicela (1538), la gripe (1558-1559), el tifus o la peste pulmonar (1545-1548 y 1576-1580), las paperas (1550) la tosferina (1562), la peste (1560-1561 y 1587-1595), la difteria, etcétera. La mortalidad fue espantosa al igual que dos siglos después lo fue en Oceanía, muy a pesar de que ya se conocían los mecanismos de transmisión así como algunas vacunas, como la de la viruela.

El estudio de estas epidemias ha sido afrontado tanto por historiadores como por galenos, existiendo destacados estudios tanto de unos como de otros. Pues bien, el trabajo del Dr. Agustín Muñoz es un nuevo intento de concreción de las primeras epidemias desatadas en el Nuevo Mundo y su interpretación en el marco del proceso expansivo, en relación a la historia y a la leyenda. Para sustentar sus análisis contrasta los testimonios de la época con la sintomatología que esas patologías producen. Obviamente, en ello, los médicos tienen una formación de la que carecen los historiadores, y que les permiten precisar más razonadamente las enfermedades concretas que azotaron el Nuevo Mundo.

Precisamente, un médico, Francisco Guerra, fue el primero que demostró convincentemente que la primera gran epidemia americana tras la llegada de los europeos, la desatada en la Española en 1493, fue fruto de la influenza suina, trasmitida por unas cerdas compradas por Colón en la Gomera. Un tipo de gripe que se transmite del cerdo al ser humano y que provoca infecciones respiratorias severas que con frecuencia acaban en el deceso del afectado. Han sido historiadores los que han cuestionado, de forma quizás poco convincente, que se tratase de influenza. Así, Noble David Cook ha defendido que fue en realidad el primer brote de viruela, mientras que Massimo Livi Bacci ha llegado a decir que no hubo epidemia y que la hecatombe se debió al trastorno que experimentaron las estructuras socio-económicas indígenas. Agustín Sanz, que parece desconocer parte de la obra de Cook e ignora totalmente a Bacci, rebate por infundada la tesis de la viruela, posicionándose junto a los que defienden la influenza, aunque estableciendo un matiz bastante convincente: esta gripe pudo haber sido de origen porcino, pero también humana o aviar, o por la acción combinada de todas ellas.

Asimismo, plantea la posibilidad, siguiendo a Pablo Patrón, de que el Inca Huayna Cápac hubiese muerto entre 1525 y 1530 no de viruela, como tradicionalmente se ha sostenido, sino de una enfermedad endémica en el Perú, la bartonelosis. Con las reservas de un historiador, que no se siente seguro en cuestiones médicas, no creo que haya razones para pensar eso, precisamente por su carácter endémico en el área andina. De hecho, Adam Szászdi demostró que la epidemia que estuvo a punto de acabar con todos los hombres de Francisco Pizarro en Coaque, antes de la celada de Cajamarca, fue un brote de Bartonelosis. Sin embargo, dado que solía aparecer en forma benigna en la infancia, los naturales estaban más o menos inmunizados. Por ello, en principio no parece probable que la gran epidemia que asoló el Tahuantinsuyu, matando al Inca, fuese bartonelosis.

Pero la obra de Muñoz Sanz, brillante en los aspectos médicos, tiene a mi juicio, algunas lagunas cuando trata de contextualizarlos desde el punto de vista histórico. Aunque escribe, citando a Motolinía y a otros cronistas, que además de las enfermedades hubo otras causas que favorecieron la desaparición de millones de amerindios, en el fondo no parece integrar esta idea en su forma de entender el derrumbe de la población indígena. De hecho, termina cayendo en el error de usar la epidemiología para negar el genocidio –pág. 17-. Según el autor, epidemias y catástrofes naturales fueron las responsables de la hecatombe demográfica casi en exclusiva. Aunque él no lo sepa, se trata de una vieja línea de pensamiento defendida desde hace décadas por una parte de la historiografía hispanista, que afirma que la mortalidad provocada por las enfermedades, unido a otros factores concatenados en el tiempo, desmentían el genocidio. Además, recurre a la manida estrategia de desacreditar a la América Precolombina, con sus guerras, su antropofagia ritual y con la brutalidad de algunos de sus líderes. Sin embargo, con ser cierto, esto ni niega ni afirma el genocidio de la conquista.

A mi juicio, esta línea argumental habría que matizarla: por un lado, las epidemias con ser indudablemente la causa principal de la despoblación, no fue la única ni muchísimo menos. Es obvio que ni todos ni casi todos murieron por las enfermedades, ni tampoco por la tiranía ejercida por los vencedores; ambas posiciones implican una simplificación que necesariamente falsea la realidad. Millones de ellos perecieron de enfermedades pero otros cientos de miles fueron víctimas de asesinatos, violaciones, ejecuciones sistemáticas y esclavización hasta la extenuación. Algunos territorios americanos se convirtieron en los primeros años en factorías de esclavos a bajo precio, llegando a venderse varios miles de ellos en los mercados de esclavos de la propia Castilla. Y segundo, la leyenda negra, obviamente como tal leyenda, es absolutamente falsa y simple como bien indica el autor, pero no porque no se hubiesen cometido en la conquista todo tipo de crueldades –como en toda guerra- sino porque atribuye a los españoles una forma de actuar que había usado toda la humanidad, al menos desde los orígenes de la civilización. Por tanto, quede claro que la mayor parte de la población indígena murió de enfermedades, pero eso no excluye el genocidio. Cualquiera que esté habituado a leer los textos de la época, sabe que hubo un etnocidio sistemático y más puntualmente un genocidio que podríamos llamar arcaico o moderno.

Por lo demás encontramos algunos errores o erratas como citar al cronista Gonzalo Fernández de Oviedo como Francisco –pág. 28-, mencionar a Bartolomé de Las Casas como agustino –pág. 222-, o hablar del imperio azteca –pág. 108- cuando nunca pasó de ser una confederación, formada por Tenochtitlán, Texcoco y Tlatelolco. Asimismo, nos extraña en una obra tan documentada la ausencia de dos monografías que han revolucionado los estudios epidemiológicos del Nuevo Mundo, a saber: La conquista biológica. Las enfermedades en el Nuevo Mundo (Madrid, Siglo XXI, 2005) de Noble David Cook y Los estragos de la conquista (Barcelona, Crítica, 2006) del demógrafo italiano Massimo Livi Bacci.

Y para concluir, creo que el libro del Dr. Muñoz contiene algunos aportes de interés, sobre todo relacionados con cuestiones médicas. Además establece posicionamientos abiertos que al menos permiten el debate intelectual, aportando pistas para reflexiones e investigaciones futuras.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS