Blogia
Libros de Historia

Libros de Historia de América

LEYENDA NEGRA Y LEYENDAS DORADAS EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA. PEDRARIAS Y BALBOA

LEYENDA NEGRA Y LEYENDAS DORADAS EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA. PEDRARIAS Y BALBOA

ARAM, Bethany: Leyenda negra y leyendas doradas en la conquista de América. Pedrarias y Balboa. Madrid, Marcial Pons, 2008, 451 pp.

          Con un lustro de retraso he leído esta brillante obra sobre este dúo de conquistadores, el segoviano Pedrarias Dávila y el jerezano Vasco Núñez de Balboa. Constituye un acierto de la autora el estudio comparado de ambos personajes porque no se puede entender uno sin el otro. Aram intenta ofrecer un punto de vista objetivo, aunque también confiesa su creciente simpatía por ambos conquistadores, especialmente por el primero. No obstante, a mi juicio sí consigue romper con el maniqueísmo tradicional que asociaba a Balboa con el héroe del pueblo, frente Pedrarias que pasó a la historia como el intransigente cortesano que envió al patíbulo al primero. No en vano, Hugh Thomas llegó a escribir que Pedrarias fue la persona más odiosa de toda la conquista. Obviamente, esta visión tan radical entre el héroe y el tirano, favorecida por la rápida desaparición del primero, no se ajusta a la realidad. El hecho ya lo había puesto de relieve María del Carmen Mena en su magnífica biografía de Pedrarias, pero lo apuntala definitivamente Bethany Aram.
          Como ya hemos dicho, la autora no logra totalmente esa supuesta neutralidad porque, en ocasiones, se aprecia una gran simpatía personal hacia la figura del conquistador segoviano. Tanto es así que llega a justificar el ajusticiamiento de Balboa en Acla por su rebelión, no contra Pedrarias sino contra su sucesor Lope de Sosa. A mi juicio, no hay pruebas suficientes que sugieran que el jerezano tuviese en mente rebelarse contra el poder real sino que, como tantos otros, pretendía ignorar al gobernador, proseguir con sus descubrimientos y después solicitar a posteriori el reconocimiento real. El segoviano pudo haber mostrado un ápice de indulgencia, pero no lo hizo, ni siquiera tratándose del prometido de su hija. Lo cierto es que a esto mismo jugaron decenas de conquistadores, y a unos les salió bien y a otros mal. Balboa fue uno más de tantos que desgraciadamente fracasaron, entre otras cosas porque se encontró enfrente a una persona dispuesta a aplicar la ley hasta sus últimas consecuencias. No debe ser casualidad que a Pedrarias se le conociera como el gran justador. Sin embargo, el jerezano tuvo una muerte acorde con su forma de vida, por eso los cronistas de su época interpretaron que, con traición o sin ella, su ejecución fue un castigo divino por las atrocidades cometidas durante su vida. Pedrarias Dávila tuvo algo más de suerte, pero no mucha más, pues aunque le sobrevivió más de una década, murió en la pobreza, tras perder a dos de sus hijos, y sólo, lejos de su querida esposa, doña Isabel de Bobadilla.
          Pero, ¿quién provocó el enfrentamiento? Pues indirectamente la propia Corona que, con frecuencia, contraponía a dos personas con la intención de facilitar el control del territorio. Ocurrió con Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda, ahora con Balboa y Pedrarias y pocos años después con Diego de Almagro y Francisco Pizarro. Y todo ello en beneficio propio, pues conseguía que uno controlase el exceso de poder del otro y viceversa.
          La autora señala la desmedida ambición del jerezano, dispuesto incluso a convertir el Darién en un gran mercado exportador de indios esclavos. Sin embargo, es indudable que Pedrarias también exhibía grandes dosis de ambición, por lo que, al igual que Balboa, estaba dispuesto a cualquier cosa con tan de enriquecerse. De hecho, para cobrar sus emolumentos, dado que la tierra no proporcionaba rentas suficientes, permitió todo tipo de abusos contra los sufridos nativos.
          Tampoco comparto con la autora sus juicios de valor cuando compara la crueldad de la conquista con la de la reconquista. Y no la comparto porque aunque las razias, la destrucción y las muertes fuesen similares, las fuerzas musulmanas mantenían un cierto equilibrio con las cristianas. En cambio, los pobres indios no tuvieron la más mínima oportunidad de éxito; su mundo estaba condenado a la desaparición.
          Una de las cuestiones más novedosas de esta obra, sustentada en documentación inédita, es el interés de Pedrarias en la empresa que Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Fernando de Luque pretendían llevar al Levante y que acabó a medio plazo con la conquista del Tahuantinsuyu. Tradicionalmente, se pensaba que el segoviano puso muchas cortapisas a estas expediciones por la sangría de hombres y de esfuerzos que provocó en los primeros años. Sin embargo, la autora presenta un documento de 1525, en el que se pretendía cuantificar lo gastado desde 1524 en la campaña del Sur, confirmando la participación en la empresa a partes iguales de Almagro, Pizarro, Luque y Pedrarias. Toda la jornada dependía directamente del gobernador que se involucró en la jornada, repartiendo en cuatro partes la inversión y los futuros beneficios. Por tanto, queda claro, que las primeras expediciones en busca del Tahuantinsuyu gozaron de la bendición y la participación de la máxima autoridad de Castilla del Oro.  
          En general, algunos puntos de vista de la autora pueden ser discutibles, pero construye su argumentación sobre un aparato crítico impresionante, incontestable. Por un lado, sintetiza todo lo que sabíamos hasta la fecha sobre ambos personajes y, por el otro, aporta algunos documentos nuevos que nos permiten perfilarlos mucho mejor. Y además no se queda en la anécdota sino que trata de reconstruir a los personajes en su contexto histórico, lo que aporta singularidad a su estudio. Por tanto, huelga decir que estamos ante una obra valiosa que aporta novedades y nuevos puntos de vista a la historia de la colonización temprana de Castilla del Oro y a la biografía de sus protagonistas.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HISTORIA GENERAL DEL PUEBLO DOMINICANO

HISTORIA GENERAL DEL PUEBLO DOMINICANO

V.V.A.A.: Historia General del Pueblo Dominicano, T. I. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2013, 762 págs.

 

          Primero de los seis tomos en que la Academia Dominicana de la Historia ha programado esta obra que pretende ser a la vez síntesis y estado de la cuestión de la historia de la República Dominicana. La colección está coordinada y supervisada por el Dr. Roberto Cassá, mientras que el presente volumen ha estado coordinado por el Dr. Genaro Rodríguez Morel. Colaboran en él nueve investigadores, seis dominicanos y tres españoles, todos ellos con una larga trayectoria profesional. No se puede adscribir el libro a una escuela historiográfica concreta porque colaboran autores con formaciones, sensibilidades, intereses y especialidades muy diferentes. Ha prevalecido, como indica en la presentación el coordinador del presente tomo, el deseo de integrar todos los conocimientos y los últimos avances historiográficos, por encima de partidismos o de afinidades personales.

          Estamos, a mi juicio, ante un verdadero hito historiográfico, pues prácticamente, todas las obras generales sobre la historia de la República Dominicana habían sido firmadas por un solo autor, Antonio del Monte, José Gabriel García, Bernardo Pichardo, Máximo Coiscou, Américo Lugo, Gustavo Adolfo Mejía Ricard o Roberto Cassá, por citar solo algunos. En fechas muy recientes, Frank Moya Pons coordinó en un solo volumen una historia dominicana, útil aunque de objetivos modestos. Por eso, la obra que ahora reseñamos constituye la primera síntesis extensa, global y colectiva de la historia dominicana. Precisamente, se inicia con un amplio capítulo sobre historiografía, firmado por Roberto Cassá. En él se explica su tardío inicio tras la independencia, y su retraso secular, agudizado durante la etapa trujillista, entre 1930 y 1961. La dictadura provocó el exilio de los principales intelectuales, mientras que los historiadores afines al régimen plantearon una historia tradicionalista, positivista y hagiográfica, quedando un espacio mínimo de libertad para el resto de los intelectuales. Julián Casanova ha hablado del secano español para aludir al retraso de la historiografía española, provocada, en parte, por los 36 años de dictadura franquista, y esas mismas palabras pueden ser aplicadas a la historiografía dominicana. Muy tardíamente, en los años sesenta, emergió la historiografía marxista que contribuyó de manera fundamental a la renovación y a la innovación, con historiadores de cierta proyección, como Juan Bosch, Juan Isidro Jiménez Grullón o Emilio Cordero Michel. Tras ellos, aparecieron dos historiadores, con formaciones metodológicas muy diferentes, que ejercieron una enorme influencia en las generaciones posteriores de historiadores: Roberto Cassá y Frank Moya Pons. De entre su amplia producción historiográfica no podemos dejar de mencionar, del primero, su Historia social y económica de la República Dominicana, publicada en 1976, y del segundo su Manual de Historia Dominicana editado justo al año siguiente, aunque con numerosas reediciones posteriores. En la actualidad, está en activo una amplia generación de historiadores, unos vinculados a la corriente historiográfica marxista y, otros que, superando el historicismo tradicional, han incorporado elementos de muy distintas corrientes metodológicas.

          Muy acertada ha sido la inclusión de un capítulo dedicado a la geografía física y humana, que firma Frank Moya Pons. En él se especifica la extensión del territorio, el clima, la orografía, los ríos, los patrones de asentamiento de la población, los ecosistemas y su degradación a lo largo del tiempo. Se trata de una síntesis magistral del espacio insular lo que nos permite entender mejor los procesos humanos en él desarrollados. El medio condiciona la actividad humana, en todas sus estructuras, por lo que estas brillantes páginas hacen más comprensible la evolución del poblamiento y la dinámica histórica de la isla.

          Le siguen dos acápites en los que Marcio Veloz analiza las sociedades prehispánicas, empezando por las bandas arcaicas y terminando por las sociedades agrarias. Es de elogiar el esfuerzo de su autor por presentar un texto asequible, muy alejado de la especialización técnica de la arqueología. Hubo primitivamente unas sociedades arcaicas, los ciboneyes, que vivían en bandas recolectoras de mariscos, reptiles y frutos y cuya presencia en la isla está documentada al menos desde el 2.000 a. C. Eran de pequeña estatura y su esperanza media de vida no superaba los 15 años de edad. En el siglo V o IV a. C. llegaron los tainos, de origen arawaco, introduciendo la agricultura de roza en la isla, aunque manteniendo la caza y la recolección. En el norte de la isla, coexistieron otros grupos étnicos diferentes al tainato, concretamente los macorijes y los ciguayos. La sociedad taína fue la que alcanzó un mayor grado de desarrollo, cultivando la tierra y asentándose en poblados circulares, con plaza central que podían llegar a superar los 2.000 habitantes. Se agrupaban en cacicazgos, que llegaron a adquirir una gran extensión territorial. Eran politeístas, y se comunicaban con sus dioses haciendo sahumerios o cohobas, mientras que a través de sus bailes o areitos transmitían de generación en generación, las experiencias pasadas y la historia. Sorprende el amplio volumen demográfico que alcanzaron -entre 100.000 y 500.000 personas, según los autores- pues, los colonizadores europeos tardaron varios siglos en igualar esa cifra. Ello demuestra la perfecta adaptación de los taínos al medio.

          La conquista empezó de forma abrupta en 1492, sobre todo por el virulento azote de las enfermedades –influencia suina y/o aviar, gripe, viruela, sarampión, etc.-, y por la servidumbre abusiva impuesta por los conquistadores. No mucho mejor les fue a los españoles, mal dirigidos por un navegante sin experiencia gubernamental y con una ambición áurea desmedida. Para colmo, como indican Consuelo Varela y Juan Gil, no se calcularon adecuadamente las necesidades alimentarias, lo que combinado con la estrategia de los taínos de no cultivar la tierra para provocar su marcha, desató grandes hambrunas, a la par que se desencadenaban enfermedades, especialmente la sífilis, conocida entonces como el mal de las bubas. La primera ciudad del Nuevo Mundo, la Isabela, se erigió en el sitio equivocada y fue arrasada, primero, por el fuego y luego, en 1495, por un devastador huracán. A finales del año 1500, la colonia era un verdadero desastre, los hispanos no llegaban al medio millar y estaban enfrentados entre ellos, mientras que Santo Domingo no era más que una aldea formada por varias viviendas, construidas con materiales vernáculos. Los reyes enviaron sin suerte a Francisco de Bobadilla y, después, a Nicolás de Ovando que tuvo el mérito de enderezar el rumbo de la colonia, garantizando su viabilidad y afianzando la autoridad real. La creación de la Real Audiencia, en 1511, marco un hito en la historia política dominicana. Y ello, como destaca Wenceslao Vega, por los amplios poderes y la extensa jurisdicción de esta institución que, como es bien sabido, no comenzó a mermar hasta 1527, cuando se erigió la Audiencia novohispana.

          A nivel social se produjo una resistencia de los grupos oprimidos, primero de los indios y luego de los esclavos negros. Por fortuna para los dominadores, nunca hubo una alianza de la clase subalterna para hacer frente conjuntamente al poder. Como explica Genaro Rodríguez, los taínos siempre entendieron que la población de color eran elementos foráneos que formaban parte del sistema de dominación. Ni las rebeliones indígenas, ni las de cimarrones negros buscaron nunca cambiar el sistema sino simplemente su libertad. Y aunque se convirtieron en endémicas a lo largo de todo el siglo, nunca supusieron un peligro real para la élite criolla.

          Se analiza con especial detenimiento la economía de la isla, empezando por el llamado ciclo del oro, que resultó ser muy efímero, aunque los depósitos sedimentarios eran considerables a juzgar por las cantidades fundidas. Y segundo, el ciclo del azúcar, que tanta importancia tuvo a lo largo de toda la época colonial, aunque vivió su período álgido entre 1520 y 1560. En esos momentos, los esclavos llegaron a ser más de 25.000, mientras que la población blanca apenas superó los cinco millares. De esta simbiosis racial y cultural nació el componente social más importante de la colonia, el criollo. La economía de la isla no se colapsó porque los colonos buscaron otras fuentes de ingresos, produciendo y exportando jengibre, cañafístula, palo brasil, cueros vacunos y fortaleciendo las relaciones económicas con los corsarios en la banda norte. A mediados de siglo, había grandes hateros que tenían 20.000 y hasta 25.000 cabezas de ganado vacuno. Pero además, la fundición de oro continuó, como desvelan las páginas de esta obra, pues tan sólo en el quinquenio comprendido entre 1537 y 1542 se fundieron más de ¡260.000 pesos de oro! A partir de la segunda mitad del siglo XVI, el contrabando, practicado especialmente en la banda norte, se convirtió en uno de los motores de la economía insular. En realidad, no fue otra cosa que la respuesta de los sectores productivos locales a la tiranía impuesta por los cargadores sevillanos. Sin embargo, éste era un grupo demasiado poderoso como para consentir semejante violación del pacto colonial. Tras varios intentos fallidos de despoblar la zona para erradicar el fraude, se optó por una medida absolutamente radical, las tristemente famosas devastaciones llevadas a cabo por el gobernador Antonio Osorio entre 1605 y 1606. La decisión fue tan traumática que sentó las bases de la futura secesión de la isla.

          Además de las estructuras política, social y económica, se analizan también aspectos ideológicos, religiosos, culturales, artísticos y religiosos. El establecimiento de las primeras órdenes religiosas, las diócesis, las parroquias, los hospitales y las cofradías. Asimismo, Eugenio Pérez Montás nos introduce en la apasionante temática de las fundaciones de villas, el urbanismo y las primeras construcciones, tanto civiles como religiosas. Los españoles fueron conscientes en todo momento que conquistar equivalía a poblar y solo se podía poblar realmente mediante la fundación de ciudades. Todo esto y mucho más encontrará el lector entre las páginas de esta obra.

          En la introducción, el coordinador general señaló la intención de que este texto no solo fuese una síntesis novedosa de todos los conocimientos sobre la historia dominicana sino que, a la vez, tuviese un carácter divulgativo. El reto era difícil, porque nunca es fácil unir rigor científico con divulgación. La historiografía anglosajona tiene una amplia trayectoria en ese sentido pero no la hispánica. Por fortuna, el objetivo se ha superado, pues los textos poseen toda la veracidad científica, planteando un estado de la cuestión e, incluso, proyectando cuestiones no resueltas, marcando caminos a seguir por la historiografía y todo ello con un lenguaje accesible a cualquier persona que desee conocer el pasado de su país. Carlos Forcadell ha escrito acertadamente que uno de los grandes problemas de la historiografía hispánica es el miedo secular a las obras de síntesis, por la dificultad que tiene establecer generalizaciones. Por eso este libro tiene un valor añadido ya que contribuye al cambio de tendencia no sólo de la historiografía dominicana sino también de la hispánica. Pero al margen de su valor dentro del terreno historiográfico, lo realmente importante es su trascendencia en términos de utilidad social para cualquier persona interesada en conocer la verdad histórica en una época en la que la historia de la República Dominicana, se confunde con la historia del Imperio y, por extensión, con la historia del mundo.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

REBELIÓN DE LOS CAPITANES

REBELIÓN DE LOS CAPITANES



CASSÁ, Roberto: Rebelión de los Capitanes: viva el rey muera el mal gobierno. Santo Domingo, Archivo General de la Nación, 2011, 514 pp. I.S.B.N.: 978-9945-074-37-6

 

          La nueva obra del profesor Cassá versa sobre unos acontecimientos poco conocidos por la historiografía dominicana y española. Basándose en un análisis exhaustivo de las fuentes primarias, localizadas en archivos españoles y dominicanos, y apoyado por una extensa bibliografía, completa un análisis minucioso de este conflicto.

          La secuencia expositiva es clásica, pues se estructura en cinco extensos capítulos en los que se analizan las relaciones sociales en el momento previo a los acontecimientos, la incubación del conflicto, los hitos de la rebelión, la derrota y el mantenimiento de la protesta, acabando con una conclusión.

          En la pequeña ciudad de Santiago de los Caballeros, cercana a la frontera con la colonia francesa, se habían venido produciendo intercambios comerciales desde tiempo inmemorial. No por motivos políticos, de ruptura con la metrópolis, sino económicos, por una mera cuestión de supervivencia. El problema se remontaba nada menos que al segundo tercio del siglo XVI, cuando la isla quedó marginada del circuito comercial del Imperio. En las flotas llegaba muy poco género y a precios desorbitados. Para los vecinos de Santiago, el comercio con los corsarios de la banda norte primero, y con los colonos de Saint Domingue después, no era una cuestión de lucro personal ni mucho menos de traición. Ambos grupos humanos se respetaban, a sabiendas de que eran enemigos potenciales, pero a la par eran conscientes de que dependían unos de otros para su propia conservación. En diciembre de 1720, en la ciudad de Santiago, los rebeldes se negaron a obedecer al gobernador, capitán general y presidente de la audiencia, Fernando Constanzo Ramírez. Éste había pretendido no ya impedir el contrabando, como se intentó en otros lugares, sino lucrarse personalmente, imponiendo un gravamen extraoficial a todo el que traficara con la colonia gala. Dado que el pago voluntario no fue posible, se destacaron soldados que no sólo se cobraban las tasas mediante el pillaje sino que para colmo debían ser mantenidos por los vecinos, es decir, por los mismos que los sufrían.

Los santiagueros vieron muy afectada su ya de por si precaria economía, colocándolos en una situación muy difícil. Y en ello había acuerdo entre la plebe, que malvivía miserablemente, y los nobles que no disfrutaban de unas condiciones de vida mucho mejores. La nobleza se limitaba a unas cuantas familias, con una cierta influencia en su entorno próximo, a saber: los Pichardo, Morel de Santa Cruz, Almonte, Padilla, Villafañe y Ortega entre otras, que no tuvieron mucha dificultad en establecer una buena conexión con la clase subalterna. Y es que unos y otros vivían y trabajaban codo a codo, pese a la diferencia clasista. Incluso, se incorporó a la revuelta la población esclava, mostrando una evidente complicidad con sus dueños.

El comisionado Francisco Jiménez Lora ya había sido apuñalado en octubre de 1718, pero las autoridades de Santo Domingo no dieron una especial importancia al suceso. Y ello muy a pesar de que era una clara muestra de lo que se avecinaba si se persistía en la política de control del contrabando. Finalmente, la guarnición militar fue expulsada de la ciudad, al tiempo que los cuatro capitanes, encabezados por Santiago Morel, se situaban al frente de la revuelta. La rebelión fue neutralizada sin demasiada dificultad y los cuatro cabecillas apresados y encarcelados en Santo Domingo durante casi una década. Aunque fueron intencionadamente difamados de traidores, al final no sólo resultaron absueltos sino, incluso, rehabilitados en sus dignidades. Y además, los santiagueros se terminaron saliendo con la suya, pues la permeabilidad de la frontera continuó como siempre, es decir, prohibida en teoría pero permitida de facto. Parece obvio que las autoridades centrales terminaron comprendiendo que lo que estaba en juego era la viabilidad de la ciudad de Santiago, y en definitiva, la posibilidad de que los franceses ocupasen terrenos a costa del Santo Domingo español, amenazando la integridad de la primera colonia española en el Nuevo Mundo.

          El hecho en sí puede parecer muy marginal, pues se desarrolló en una colonia que en el siglo XVIII estaba totalmente al margen del circuito comercial del imperio, y además sucedió en una pequeñísima ciudad rural del interior de la isla. Sin embargo, esta rebelión posee algunos elementos de análisis que nos parece necesario contextualizar:

          Primero, la rebelión de los Capitanes se encuadra dentro de todo un conjunto de alzamientos que fueron, en palabras de Jorge Domínguez, parte integral de la política colonial normal. Esta rebelión, como todas las demás ocurridas en la época colonial, no supuso una amenaza para el Imperio. Nada tiene de particular que los rebeldes gritasen ¡viva el rey y muera el mal gobierno! Prácticamente todas las rebeliones, desde el siglo XVI, habían usado tal fórmula. Los conjurados de Santiago sabían que debían dejar muy claro que en ningún caso se dirigían contra la monarquía, pues eso equivalía a firmar su propia sentencia de muerte. De hecho, sus escritos reivindicativos, los enviaron directamente al rey o a la audiencia, a sabiendas de que esta institución siempre fue a lo largo de toda la colonia, el contrapeso de los gobernadores y capitanes generales. Los alzados confiaron en todo momento en que esta institución fallase a su favor.

          Segundo, los sucesos demuestran claramente que el problema del contrabando, que comenzó en la isla en el segundo tercio del siglo XVI, nunca se atajó, y ello porque, como afirmaron Stanley y Bárbara Stein, fue un producto intrínseco del propio sistema monopolístico sevillano. Monopolio y contrabando fueron inherentes, es decir, formaron parte del mismo sistema. Por ello, la decisión de extirparlo a cualquier precio, como ocurrió un siglo antes con las devastaciones de Osorio, fue tan radical como ineficaz. En aquella ocasión, la brutal medida terminó dejando vía libre a los corsarios para establecerse en una extensa franja occidental de la isla, sentándose las bases de la futura secesión entre Haití y Santo Domingo. La rebelión de los Capitanes se produjo tras un nuevo intento de las autoridades de controlar dicho comercio ilegal. Y para colmo con el agravante de que el objetivo no era otro que el afán crematístico del corrupto gobernador de la isla. Conviene resaltar que, quizás, pesó en el perdón de los capitanes y en el mantenimiento del status quo la experiencia del fracaso de la política emprendida un siglo antes por Osorio.

          Y tercero, esta rebelión se produjo en un siglo en el que la mayor eficiencia de la administración borbónica provocó muchas revueltas criollas. Una de las primeras fue la de los Capitanes de Santiago, que curiosamente coincidió en el tiempo con la de los Vegueros de Cuba que, como es bien sabido, surgió tras la decisión de la Corona de monopolizar el comercio de tabaco, imponiendo a la metrópoli como única compradora. Estas primeras insurrecciones fueron el embrión de otras de mayores repercusiones que se desencadenarán a lo largo de toda la centuria, en distintos lugares del Iberoamérica.

          Para finalizar, hay que agradecer al autor no sólo el haber escrito una obra rigurosa sobre un tema poco conocido, sino también el haberlo hecho con una literatura fluida que permite leerla como si de una novela histórica se tratase. Sin duda, estamos ante un texto primordial no solo para la historiografía dominicana sino para todos los interesados en los mal llamados movimientos precursores del siglo XVIII.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Reseña publicada en Revista de Indias Vol. 72, Nº 256. Madrid, 2012, pp. 853-855)

HERNÁN CORTÉS. EL FIN DE UNA LEYENDA

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés. El fin de una leyenda. Cáceres, Palacio de los Barrantes Cervantes, 2010, 589 pp.

       Escribir una nueva biografía de Hernán Cortés es una tarea difícil, principalmente por la cantidad de textos que se han escrito sobre él, en particular la última obra monumental de Juan Miralles. Lo que Mira Caballos propone, como innovación dentro del género es hacer una biografía heterodoxa, rompiendo con las líneas habituales de pensamiento: Yo pretendo desmitificar al conquistados, presentándolo no como un héroe no como un villano, sino como lo que realmente fue, es decir, como un hombre de su época (p. 11). El autor se centra en los períodos de su vida que han permanecido más oscuros, en particular aquéllos transcurridos en España. Adopta un formato, según sus palabras, lo más accesible posible, como un ensayo, renunciando a una parte del aparato crítico dentro del texto, aunque citándolo completo en la bibliografía. Sin embargo, a pesar de su deseo de escribir un texto ameno para un público amplio, muchos de los capítulos (por ejemplo los tres primeros o el capítulo V) discuten la bibliografía existente de forma muy detallista, como si hubieran sido pensados como un diálogo con especialistas.

        El trabajo muestra, como lo señala el autor en la introducción, un largo y minucioso trabajo de investigación en diferentes archivos y un gran manejo de las fuentes primarias. Poco más de la mitad de las páginas (323) se dedican a la biografía, mientras que el resto es información organizada de los compañeros de viajes de Cortés, algunas transcripciones de documentos, fotografías de fuentes, cronología y otros datos. La presentación de la obra (el papel, la edición) ha sido muy cuidada y es de gran calidad, incluyendo las fotos que se reproducen.

       El autor propone salir del esquema maniqueo que ha estado siempre rondando la historiografía cortesiana, que lo califica de héroe o de villano, insertándolo en lo que fue su tiempo, principalmente a partir del recurso de la comparación con otros conquistadores como Cristóbal Colón o Francisco Pizarro. La construcción que el autor hace del conquistador, sin embargo, no se limita al período histórico analizado sino que alude también a otros actores como algunos políticos actuales (Felipe González, Bill Clinton y Nicolás Sarkozy) o a conquistadores de tiempos anteriores (Alejandro Magno, Julio César), así como a los que podrían ser los contramodelos (Jesucristo, Gandhi, Luther King).

      En la práctica, el que parece haber sido el camino seguido por Mira Caballos para escapar al esquema maniqueo fue exponer sin censuras lo que él considera las virtudes y los defectos de Cortés, lo bueno y lo malo de su obra. El juicio del autor sobre el conquistador y su obra, sin embargo, está presente en muchas partes del libro, interfiriendo con su deseo de objetividad. Sobre este punto nos extenderemos en los siguientes párrafos.

      Uno de los argumentos clásicos de la leyenda rosa que a esta altura, desde mi punto de vista, resulta difícil de sostener, es el de la gesta de un grupo de valerosos españoles que pudieron conquistar prácticamente solos dos gigantescos imperios de guerreros, como el mexica o el incaico. El autor conoce muy bien la bibliografía y, de hecho, menciona el apoyo de los tlaxcaltecas, totalmente decisivos a la hora de inclinar la balanza de la guerra a su favor (p. 51). Sin embargo, el discurso que predomina en el texto es el de la admiración por ese puñado de valientes que logró dominar a Moctezuma a partir de su superioridad en armas y estrategias: si las diferencias técnicas eran abismales, no lo eran menos las tácticas, donde la ingenuidad de los amerindios se hacía más evidente. Los españoles estaban acostumbrados a luchar contra los árabes, los berberiscos, los turcos y los europeos, todos ellos con unas tácticas de combate muy desarrolladas (p. 182). De día o de noche los españoles eran infinitamente superiores y la derrota era inevitable (p. 201). El relato no logra articular el papel decisivo de los tlaxcaltecas con la supuesta superioridad española, que es la que predomina, ya que los indígenas aparecen muy desdibujados y pasivos en esta historia. El autor, podría decir, y de hecho lo advierte en su introducción que no es su objetivo reescribir la historia de la conquista, pero el relato de la acción de Cortés en ese momento sienta posición y se aleja de la pretendida objetividad histórica. Como le ocurre a muchos historiadores, el autor se ve envuelto en la vida de Cortés: es difícil escapar a la fascinación que ejercen algunos de estos protagonistas de la historia y eso no necesariamente tiene que ser un problema, salvo que se lo califique de objetividad y verdad.

        Resulta difícil sostener actualmente, a partir de los avances que hubo en la historiografía y en el análisis del discurso que la objetividad se logra, por ejemplo, exponiendo por igual los defectos y las virtudes de los actores históricos, entendiendo que la perspectiva del autor se puede neutralizar a partir de la exposición sin censura de lo que dicen los documentos como portadores de la verdad. Éste es el punto más débil de la obra. Por cierto, el autor puede tener una perspectiva diferente sobre el tema, pero creo que no se puede ignorar la discusión que hubo en las ciencias sociales aunque sea para sentar una posición contraria.

        Como síntesis se puede decir que los aportes sustanciales del libro se centran en los años vividos por Cortés en España, aporrtes que estimamos serán muy apreciados por los especialistas. El costado débil es el de la falta de integración de los debates recientes sobre el papel de los indígenas en la conquista (enunciados pero no incorporados al relato realmente) y la omisión de los debates acerca de la verdad histórica que encierran las fuentes, como si no fueran ellas mismas discursos.

 

RAQUEL GIL MONTERO (Instituto Superior de Estudios Sociales CONICET-Universidad Nacional de Tucumán, Argentina)

Reseña publicada en Iberoamericana Nºº 46. Berlín, 2012, pp. 261-262.

EL RÉGIMEN JURÍDICO DE LAS ARMADAS DE LA CARRERA DE INDIAS

EL RÉGIMEN JURÍDICO DE LAS ARMADAS DE LA CARRERA DE INDIAS



CABALLERO JUÁREZ, José Antonio: El régimen jurídico de las armadas de la Carrera de Indias. Siglos XVI y XVII. México, U.N.A.M., 1997, 387 pp. (Publicado en Historia Latinoamericana en Europa Nº 24. Torino, 1999, pp. 40-43)

 

            Esta obra, publicada por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, contribuye brillantemente al conocimiento de las Armadas y Flotas de Indias en la Edad Moderna.

            La principal virtud del trabajo es que auna las labores de síntesis sin descuidar la investigación. Así, por un lado, el autor ha compendiado la extensa bibliografía existente sobre la temática que abarca desde las clásicas obras de Clarence H. Haring o Guillermo Céspedes del Castillo hasta las más recientes de Pablo E. Pérez Mallaína, José Luis Rubio, Antonio García-Baquero y Antonio Miguel Bernal entre algunos otros. Sin embargo, por otro lado, ha cotejado esas informaciones con una revisión documental llevada a cabo en varios repositorios españoles, a saber: el Archivo General de Indias, el Archivo del Museo Naval de Madrid, la Biblioteca Nacional y la Biblioteca del Palacio Real.

           El libro se estructura en seis capítulos, más un apartado de fuentes y dos anexos. El primer capítulo lo titula: Génesis y desarrollo del sistema, el cual hace las veces de introducción y síntesis global de lo que desarrollará con detenimiento en el resto del ensayo. Así, pues, en este apartado se traza un bosquejo que abarca desde el mismo Descubrimiento de América, hasta el sistema naval en tiempos de Carlos II. Llama la atención, en un trabajo tan exhaustivo, que en un epígrafe dedicado a la Casa de la Contratación no cite la conocida obra que la investigadora Juana Gil-Bermejo dedicó a la mencionada institución.

           El segundo capítulo analiza las más altas instituciones competentes en la gestión y provisión de las Armadas de Indias. Describe con detalle las competencias propias del rey y las que éste delegaba en el Consejo de Indias, la Casa de la Contratación y la Junta de Guerra de Indias. Como bien afirma el autor, el rey era la cabeza de toda la jerarquía estatal, y sólo él decidía los poderes que delegaba y a qué organismos.

           Seguidamente, en el tercer capítulo, el autor indaga en los mandos de las armadas que eran los siguientes: el capitán general, el almirante, el gobernador del tercio, los capitanes, el veedor y el contador. El capitán general era, como es obvio, la máxima autoridad de la armada, siendo el rey el único que podía investirlo. En cuanto al lugarteniente, era un oficio que apareció en la segunda mitad del quinientos, configurándose desde entonces como el segundo mando de a bordo. Inicialmente era la Casa de la Contratación la que lo designaba por delegación real pero, a partir de 1561, fue el mismo monarca quien expedía el nombramiento. Por su parte, el gobernador del tercio se encargaba de coordinar las tropas de infantería que se encontraban embarcadas. En relación al capitán debemos decir que frecuentemente solía ser el dueño o propietario del navío. Asimismo, solía desempeñar a la vez el cargo de maestre. El capitán tenía la máxima responsabilidad dentro del buque y respondía directamente ante el capitán general. Y finalmente, el veedor y el contador eran dos oficiales cuyo trabajo no estaba tan directamente relacionado con la actividad de la Armada. En realidad, su función estaba dirigidas a salvaguardar los intereses reales; el primero, velando por el cumplimiento de la normativa vigente; y el segundo, registrando cualquier operación que afectara a los fondos, bienes, derechos y obligaciones de la armada, así como de hacer las libranzas que fueran necesarias.

           En el capítulo cuarto, se traza un detenido estudio, por un lado, de la tipología y pertrecho de los navíos, y por el otro, de la tripulación. Realmente, se trata de un capítulo muy extenso -unas setenta y cinco páginas- donde se afrontan dos cuestiones muy distintas. Quizás hubiera sido más correcto haber dedicado el capítulo cuarto al estudio de la tripulación, siguiendo al tercero en el que se trataron los mandos de las armadas, y haber dejado la tipología naval para otro capítulo independiente. Así, pues, en esta densa sección se tratan los distintos tipos de embarcación utilizadas, es decir, naos, galeones, carabelas, carracas y pataches fundamentalmente. Además, no sólo es descrita la tipología sino que además se describe todo el proceso que va desde la fabricación hasta su precio o su puesta a punto. El apresto de una nave consistía no sólo en dotarla de todos los petrechos y jarcia necesaria para su buena navegación sino también en mantenerla en buen estado. Si necesitaba una reparación a fondo se carenaba, mientras que si tan sólo hacía falta un repaso superficial se daba de lado, según la terminología de la época. Como ya hemos afirmado, en este mismo capítulo se hace un detallado examen de todo lo relacionado con la tripulación, es decir, alistamiento, salario, servicios que prestaba y privilegios. El capítulo termina con una breve narración de la vida y la muerte a bordo del navío.

          El capítulo quinto, está dedicado íntegramente a los aspectos relacionados con la navegación, a saber: los puertos -tanto peninsulares como indianos-, las derrotas, el calendario de actuación, el orden del convoy y las funciones de las distintas armadas indianas.

          Y finalmente, en el sexto capítulo -más reducido que los anteriores- se analiza la financiación de las armadas. Una especial atención se presta al estudio de la avería, impuesto esporádico de viejos orígenes castellanos que gravaba con un porcentaje las mercancías que iban o venían de las Indias a los puertos andaluces. Como han escrito recientemente las profesoras del Vas Mingo y Navarro Azcue, su fin último era reducir el riesgo del transporte marítimo contra peligros no cubiertos por los seguros marítimos ordinarios.

          El libro se cierra con varios apéndices documentales, donde destaca una relación bastante completa de los distintos viajes de las armadas de Indias entre 1521 y 1599. En esta relación se especifica la fecha, el tipo de armada, el nombre de su general o almirante, así como algunas observaciones esporádicas.

          Creo que el libro de Juan Antonio Caballero constituye un aporte fundamental para la historia naval de España y América. Un tema difícil porque cubre nada menos que dos siglos de navegación ultramarina, con dos grandes escollos a salvar: las lagunas existentes -que han sido solventadas con una investigación propia- y la abundantísima bibliografía que el autor ha sabido sintentizar.

           Pocas son, por tanto, las críticas que se pueden hacer a esta obra. Tan sólo queremos mencionar alguna ausencia bibliográfica y documental. En cuanto a lo primero, debemos señalar que no aparecen algunos trabajos clásicos y a la par fundamentales de Rumeu de Armas, Carlos Martínez Campos y Ricardo Cerezo Martínez. Asimismo, cuando se refiere a los navíos de aviso omite algunas publicaciones monográficas de la investigadora Antonia Heredia. Y en lo que se refiere a la documentación se percibe la ausencia del Archivo General de Simancas, que posee un material relativamente abundante para este tema de investigación en las secciones de Secretaría de Estado, Guerra y Marina y Consejo y Juntas de Hacienda. A pesar de estas pequeñas observaciones, podemos concluir que estamos ante un libro bien escrito y a la vez sólido, recomendable no sólo para los investigadores de los temas navales sino para cualquier interesado en la temática histórica.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL ORO DEL DARIÉN

EL ORO DEL DARIÉN

Carmen Mena García: El oro del Darién. Entradas y cabalgadas en la conquista de Tierra Firme (1509-1526). Sevilla, Centro de Estudios Andaluces, 2011, 640 págs.

 

             En 1984 la autora publicó un libro, titulado La sociedad de Panamá en el siglo XVI, que actualmente es un verdadero clásico dentro de la historiografía americanista y panameña al que siguieron, en los años sucesivos, otras obras también centradas en el istmo. Pues bien, después de casi tres décadas, ve la luz este nuevo título que, a mi juicio, es su obra cumbre, pues, vierte en sus páginas todo el poso de conocimiento que la Dra. Mena adquirió a lo largo de toda una vida dedicada al estudio de ese territorio y de esa cronología.

             No se puede obviar la relación que guarda con el clásico de Mario Góngora, los grupos de conquistadores en Tierra Firme (1509-1530). Aunque con frecuencia se afirma que los clásicos nunca se superan, en esta ocasión yo creo que se consigue de largo. Pero es más, la obra de Góngora, aunque brillante, se centra exclusivamente en el análisis de las huestes de Tierra Firme, mientras que el presente trabajo aspira a ofrecer una visión global del territorio darienita, en el período analizado. Presenta una estructuración válida y muy clara, dividiéndose en cuatro grandes bloques, a saber:

El primero dedicado a la geohistoria del Darién, un área que constituyó la primera frontera continental de las Indias. Un medio hostil e inhóspito de tupidas selvas tropicales donde se curtieron y experimentaron decenas de hombres, llamados a ampliar las conquistas, lo mismo al norte que al sur que al levante y al poniente. En estos pioneros expedicionarios se cebaron enfermedades como la fiebre amarilla, la disentería o el paludismo. El tasa de mortalidad fue en los primeros años elevada, pero los supervivientes fueron muy valorados como baquianos, es decir, como personas experimentadas y sobre todo adaptadas al medio, inmunizadas a sus enfermedades y habituadas a la forma de guerrear de los aborígenes.

El territorio dependía administrativa y comercialmente de las Antillas Mayores, y especialmente de Santo Domingo, desde donde se abastecía de alimentos europeos, armas y hombres. A veces el contacto se ralentizaba de tal manera que la búsqueda de alimentos se convertía en un motor de conquista superior al oro. Y es que cuando el hambre arreciaba, los sueños áureos podían esperar, lo primero era lo primero, y nadie quería morir de inanición. Los cuevas, indígenas que habitaban el territorio, pertenecían al grupo arahuaco y practicaban una economía de subsistencia, en base a la caza, la recolección, la pesca y al cultivo de granos, tubérculos y frutales. Llegaron a desarrollar estilos metalúrgicos locales, aunque bajo una fuerte influencia del área colombiana. Experimentaron un descenso poblacional brutal, concretamente del 90 o del 95 por ciento entre 1500 y 1520, situándose casi al borde de la extinción. A la hecatombe demográfica se unió otra menos estudiada de carácter ecológica.

              El segundo bloque, se centra en el análisis pormenorizado de la efímera fundación de Santa María de la Antigua, nombre que recibió en honor a la Virgen de esta advocación de la Catedral de Sevilla. Su fundación en noviembre de 1510, en el interior de la selva, solo se explica en el contexto de espontaneidad tan propio de los primeros años de la colonización. De ahí que en breve plazo terminara siendo abandonada. Tanto Diego de Nicuesa como Alonso de Ojeda, los primeros gobernadores del istmo, acabaron muy malparados. Mientras el primero fue abandonado a su suerte por el jerezano Vasco Núñez de Balboa sin que nunca más se supiera de él, Alonso de Ojeda se marchó a Santo Domingo para no regresar. El de Jerez de Badajoz –hoy Jerez de los Caballeros- fue el encargado de someter a sangre y fuego a los caciques del Darién y de paso cruzar el istmo y descubrir el mar del Sur. Tras poco menos de cuatro semanas, el 27 de septiembre, él y sus 64 hombres pudieron divisar las aguas del océano Pacífico. Entre ellos se encontraba un joven trujillano, Francisco Pizarro, que varios lustros después se convertiría en el conquistador del incario. La expedición regresó exultante a Santa María de la Antigua. Sin embargo, la estrella de Balboa no tardaría en apagarse. En 1514 arribaría al istmo la gran armada que traía el nuevo gobernador Pedrarias Dávila que no tardaría en desembarazarse del jerezano que terminó ejecutado. Y es que la traición y la venganza fueron inherentes a la conquista. El asiento de Santa María de la Antigua, cobijo de las huestes en los primeros años, no tardó en despoblarse, por lo que en 1524 no era más que un recuerdo.

El tercer bloque enfoca el análisis de la hueste conquistadora de Tierra Firme, verdadera espina dorsal del libro. La autora realiza un meritorio análisis global de la hueste, sus características, sus armas y su capacidad ofensiva. Además de ofrecer interesantes puntos de vista, aporta un documento inédito de un valor excepcional: la nómina de la hueste real que el gobernador segoviano trajo en su armada, entre los que figuraban capitanes –casi todos ellos hidalgos de su entera confianza-, oficiales, su guardia personal, músicos, artilleros y soldados. Entre los capitanes destacaban el posteriormente afamado Diego de Almagro, mientras que entre su guardia personal aparece curiosamente un tal Hernando Cortés. Este último no parece que sea el futuro conquistador de la confederación mexica pero bien podría tratarse de algún pariente suyo, pues tanto su tío carnal como su primo hermano se llamaban exactamente así. En el Darién, en 1509, dieron comienzo las cabalgadas de origen medieval pero que formaron parte sustancial de la Conquista. Éstas implicaron el traslado a las Indias del espíritu de la Reconquista. En realidad, no fueron otra cosa que incursiones sobre cacicazgos indígenas con la única finalidad de obtener un botín. Ni que decir tiene que en ellas los conquistadores derrocharon crueldad con unos indios que se defendían como podían, es decir, con palos, piedras y flechas. El botín se repartía entre las huestes aunque eso sí, extrayendo previamente el quinto Real.

Y finalmente, en el cuarto bloque plantea un concienzudo estudio de las finanzas de la conquista, analizando las cuentas de las Cajas Reales de Tierra Firme en el período objeto de su investigación. Y los resultados vuelven a sorprendernos; la autora demuestra que entre 1520 y 1526 se fundieron en el istmo más de 220.000 pesos de oro. Unas cifras muy superiores a las que se suponían hasta la fecha, y comparables a las que en ese mismo período se extraían en el mayor centro aurífero del Caribe, es decir, en La Española. Una de las principales compañías mineras estuvo formada por Francisco Pizarro, Hernando de Luque y Diego de Almagro, que aparecen juntos desde 1521 y que mantendrán su asociación, incluso, después de 1524 cuando el trujillano se embarcó en su primera expedición a tierras del Levante.

El libro se cierra con una extensísima y completísima bibliografía y con útiles índices onomástico y topográfico así como de figuras, mapas, gráficos y tablas. Sin embargo, por señalar una crítica, en un trabajo tan completo y extenso hubiera sido oportuno incluir una buena conclusión, donde se sintetizasen y ponderasen los múltiples aportes hilvanados en sus densas páginas. Obviamente se trata de una mera sugerencia que en absoluto empaña la calidad de una obra que resulta, desde el mismo momento de su aparición, fundamental para entender el proceso conquistador en su conjunto.

 

Esteban Mira Caballos

HERNÁN CORTÉS. EL FIN DE UNA LEYENDA



Esteban Mira Caballos: HERNÁN CORTÉS (EL FIN DE UNA LEYENDA). Badajoz, Palacio Barrantes-Cervantes, 2010, 590 pp. I.S.B.N.: 978-84-613-8066-4

 

En este nuevo libro intentamos desmitificar al conquistador. La visión apologética, como tendremos ocasión de demostrar, la iniciaron su primer biógrafo, Francisco López de Gómara, y el propio interesado en sus famosas Cartas de Relación. También Bernal Díaz del Castillo lo trata como a un héroe pero, claro, en interés propio extiende dicho calificativo a toda su hueste. Cientos de historiadores posteriores se situaron en esta misma línea. Así, por ejemplo, Dorantes de Carranza o Dávila Padilla lo presentaron como un ser magnánimo y valeroso, elegido por la providencia divina. En 1637 Baltasar Gracián comparó su heroísmo con el de Alejandro Magno y Julio César, repartiéndose entre los tres la conquista del mundo por sus partes. Igualmente, por aquellas fechas, Francisco de Quevedo lo ponderó como uno de esos grandes elegidos por Dios para expandir la fe:

¿Quién sino Dios, cuya mano es miedo sobre todas las cosas, amparó a Cortés para que lograse dichosos atrevimientos, cuyo premio fue todo un Nuevo Mundo?

 

Pero, lo verdaderamente sorprendente es que un buen número de historiadores contemporáneos, tanto mexicanos como españoles, hayan mantenido ideas similares, destacando al extremeño como el adalid de la cristiandad y de la civilización. Entre ellos, Vicente Barrantes, Manuel Orozco y Berra, Ángel Dotor, Jaime Delgado, Luis Torres, Raúl Martín Berrío, Joaquín García Izcalbaceta, Manuel Giménez Fernández o Salvador de Madariaga, por citar solo algunos. Escribió Vicente Barrantes, en 1875, que el alma gemela de Cortés fue el Cid Campeador, pues ambos, a través de los siglos se dan fraternalmente la mano para pedir a su patria iguales honores. El mexicano Orozco y Berra lo citaba como un colosal prohombre al que sólo se podía alzar los ojos para verle el rostro, mientras que Ángel Dotor lo llamaba el césar de la Hispanidad. Luisa Cuesta y Jaime Delgado sostuvieron que la conquista de México fue una gesta heroica, protagonizada por un jefe genial. Otro escritor, Luis Torres, era mucho más claro en cuanto a sus pretensiones, al comparar a Cortés y Colón y decir lo siguiente:

Son dos de los hombres que han colocado a España en la cumbre del mundo. Cuanto se escriba, cuanto se fantasee para glorificarlos, no estará de más.

 

Raúl Martín Berrío interpretó la conquista de México como una gesta libertadora, donde los indios fueron liberados del yugo al que le sometían los gobernantes mexicas, elevando a los indios a la condición de personas. Bastante más allá fue Manuel Giménez Fernández, ilustre historiador y político sevillano del siglo pasado, pues estaba convencido que el extremeño fue un elegido por la providencia para cumplir altos fines. El de Medellín no fue un conquistador más sino el conquistador, mientras que la Conquista de México constituyó una gesta sagrada, una obra de titanes, dedicada a cristianizar y a civilizar a bárbaros, caníbales y brutos. Su actuación abrió las puertas del cielo a muchas almas paganas y acrecentó los límites del imperio español de forma inimaginable. Por ello, a su juicio, nada tenía de particular que se le haya comparado con Alejandro Magno, con Aquiles, con Rómulo y hasta con Moisés. En 1947, en los actos conmemorativos del IV Centenario de su muerte, el director del Instituto de Cultura Hispánica terminó su discurso, excitando a todos a imitar el ejemplo de Hernán Cortés, para así preparar un futuro cada día más glorioso para nuestra estirpe. Cortés ha sido, como diría Miquel Izard, uno de esos miembros protegidos, por esa leyenda apologética y legitimadora.

Lo cierto es que su biografía está plagada de mitos, desde su propia descripción física a la quema de los buques en el puerto de Veracruz, pasando por sus extraordinarios conocimientos militares o su carácter mesiánico. Mera fábula, pues el extremeño fue ante todo un ser humano, un hombre de su tiempo, aunque eso sí, con un empuje verdaderamente singular. Es cierto que, a diferencia de la mayoría, y pese a los problemas y pleitos que tuvo en su vida, él sí fue un triunfador. Pero ello, no se debió a nada sobrenatural sino a aspectos tan humanos como su gran optimismo –que nadie le puede negar-, sus habilidades diplomáticas –que en eso sí destacó- y, sobre todo, su suerte que le acompañó siempre a lo largo de gran parte de su vida. Y digo que fue un hombre afortunado porque salvó milagrosamente su vida en varias ocasiones, a saber: de pequeño, cuando nació enfermizo y sobrevivió por los desvelos de su nodriza. Décadas después, poco antes de firmar la paz con Tlaxcala, su hueste estaba tan desanimada que, a decir de los cronistas, si la guerra hubiese durado más, los mismos españoles tenían por cierta su perdición. Estando ya en Tenochtitlán, Moctezuma lo pudo matar, pero la pasividad de éste le salvó. Luego, tras el desastre de la Noche Triste, a su llegada a Tlaxcala, estos pudieron haber acabado definitivamente con todos ellos. Lo curioso es que el mismo Cortés sospechó esa posibilidad que finalmente no se cumplió, probablemente porque las bajas tlaxcaltecas propiciaron la solidaridad entre los derrotados.

Mucha más suerte aún tuvo en la conquista ya de la ciudad en 1521, cuando su caballo se echó de cansancio y, estando acorralado, un tlaxcalteca lo ayudó, levantó su caballo y le salvó literalmente la vida. El español Cristóbal de Olea murió en su defensa mientras que otro miembro de su hueste resultó herido. Pero no fue, ni mucho menos, la última vez que estuvo prematuramente al borde del abismo. En la desgraciadísima expedición a las Hibueras regresó tan enfermo y con tantas calenturas que, al llegar a Cuba, ni tan siquiera lo reconocieron. Asimismo, la expedición que capitaneo al Mar del Sur en 1535 le costó nuevamente muchísimos esfuerzos y su nave estuvo a punto de zozobrar. Y finalmente, en la batalla de Argel de 1541 estuvo a punto de ahogarse, junto a dos de sus hijos, cuando el barco en el que viajaba naufragó.

             Como ha escrito recientemente Matthew Restall, si Colón no hubiese llegado a América, otro navegante lo hubiera logrado en menos de una década. Y con Cortés se podría decir algo parecido: si hubiese muerto en su tierna infancia, ¿no se hubiese conquistado Tenochtitlán? Obviamente sí, pues pese a la existencia de grandes personajes, yo estoy convencido que la Historia la mueven básicamente los modos de producción y no los individuos. Tenochtitlán hubiese caído con o sin Cortés, aunque probablemente en otras circunstancias, con mayores tropiezos, con muchas más dificultades y quizás tras más años de lucha armada. Y no faltaban candidatos que, como el propio Cortés, aunaban empuje, inteligencia y ambición, como Hernando de Soto, Pedro de Alvarado, Rodrigo de Bastidas, Francisco Montejo, Cristóbal de Olid o Pánfilo de Narváez, por citar sólo algunos.

No cabe duda que en torno a Hernán Cortés y, en menor medida, a Francisco Pizarro se han forjado sendas leyendas que han tergiversado en parte la realidad. Nadie puede olvidar que casi todas las actuaciones de Cortés o de Pizarro, calificadas de genialidades, eran formas de proceder que tenían amplios precedentes en la Reconquista, en las exploraciones portuguesas del siglo XV, e incluso, más cercanamente en el tiempo, en la conquista de las Canarias y de las Grandes Antillas. Pero, desmontemos la leyenda paso a paso:

En cuanto a la quema de naves en Veracruz es una vieja idea sostenida durante siglos y que sorprendentemente ha sobrevivido en algunos casos al siglo XXI. Según Hugh Thomas, el error partió de Cervantes de Salazar que en un documento leyó quemando en vez de quebrando. El Marqués de Polavieja, ya en el siglo XX, continuó sosteniendo la tesis de la quema, aprovechando el dato para ensalzar su heroísmo, pues, según él, si otros capitanes actuaron así antes, nunca con un ejército tan pequeño. La fabulación de sus hagiógrafos hizo el resto, representando a Cortés con la tea en la mano, quemando sus buques. Pero, sorprende que este falso mito se haya perpetuado porque ya algunas cronistas de la época y el mismísimo Cortés advirtieron que no las quemó sino que simplemente dio con los barcos al través. De hecho, según relató Andrés de Tapia, los navíos estaban en tan malas condiciones que no eran aptos para navegar por lo que se encallaron en la costa para romperlos porque se excuse el trabajo de sostenerlos. Al parecer, tan sólo preservaron tres navíos que, a juicio de los pilotos y maestres, estaban en mejor estado. En teoría lo hizo para permitir el retorno de los desafectos a su causa. Una inteligente y perspicaz manera de enterarse de quiénes y cuántos eran. Cuando lo supo ajustició a los cabecillas, incorporó al resto y uso los buques para mejores menesteres. Concretamente, el que estaba en mejor estado sirvió para trasladar a España, en 1519, a sus procuradores Francisco de Montejo y a Hernández Portocarrero, con informes y presentes para el Emperador mientras que, los otros dos, se quedaron aderezados en el puerto de Veracruz para suplir cualquier eventualidad que pudiese surgir.

Ahora, bien, ¿por qué los hundió?, la versión oficial de los hechos fue que lo hizo para evitar que sus hombres diesen un paso atrás. Crónicas y documentos insisten en ello. Por ejemplo, Martín Vázquez declaró en 1525 que se desguazaron para mejor poblar y conquistar esta tierra. Cronistas como Pedro Mártir de Anglería explicaron igualmente que el principal motivo fue quitar a sus soldados toda esperanza de fuga, idea que se repite de forma parecida en la Real Provisión del 7 de marzo de 1525. En este último documento, en el que se le concedió a Cortés un escudo de armas, se mencionó que lo hizo para impedir el retroceso de las huestes.

Sin embargo, el objetivo real no era tan heroico; más bien pretendía evitar que algunos aprovecharan la primera ocasión que se les presentase para retornar a Cuba e informar a Velázquez de la defección de su capitán. Pero, obviamente esta explicación no era políticamente correcta por lo que el mismo Cortés se encargó, de difundir el falso motivo. De hecho, poco antes de proceder a su destrucción conoció la conspiración encabezada por Diego Escudero, Juan Cermeño, el piloto Gonzalo de Umbría y otros fieles a Velázquez para hurtar uno de los bergantines y volver a Cuba. Descubierta la trama ahorcó a los dos primeros y cortó el pie al tercero. A continuación, procedió a su desguace para evitar más motines. Transcurría el mes de agosto de 1519. Antonio de Herrera, en el siglo XVI, sí que captó perfectamente el motivo real, al escribir que los echo al través por quitar la esperanza a los amigos de Velázquez de volverse a Cuba.

Por tanto, en la misma época de la Conquista tuvieron claro que no los quemaron sino que más bien, dado su lamentable estado, los encallaron para luego desguazarlos, utilizando la jarcia para los bergantines que después construyó para la toma de Tenochtitlán. De paso, se aseguró que se cortaba toda relación entre su expedición y Diego Velázquez. En definitiva, ni ardieron las naves ni se hizo valerosamente para cortar el retroceso. Pero, es más, aunque lo hubiese hecho así, tampoco habría constituido un hecho excepcional, como una parte de la historiografía ha dado a entender. Existen decenas de precedentes, algunos muy lejanos en el tiempo pero otros sorprendentemente cercanos. Sin ir más lejos, en 1508, al llegar la expedición de Diego de Nicuesa a Veragua, rompieron los navíos en la costa, para que los hombres no confiasen en la partida. Y siete años después, es decir en 1515, el tristemente recordado conquistador Gonzalo de Badajoz quemó sus naves en el puerto de Nombre de Dios precisamente con el mismo objetivo, es decir, para evitar que sus hombres huyeran. También se ha destacado su visión excepcional a la hora de transportar los bergantines desde Veracruz al lago de Tenochtitlán. Sin embargo, ya advirtió hace décadas Georg Friederici que era una vieja táctica usada frecuentemente por Normandos, bizantinos y turcos.

               En cuanto a su excepcional capacidad estratégica se trata de un argumento repetido una y otra vez por la historiografía. El propio Bernal Díaz lo comparó con otros grandes genios militares, nada menos que con Alejandro Magno, Julio César, Pompeyo, Aníbal y el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba. Sus hagiógrafos se encargaron de magnificar su gesta, consagrándolo como un gran genio militar. Sin embargo, aunque tuvo unas excepcionales dotes diplomáticas nunca fue un estratega. De hecho ni sus tácticas fueron originales ni ideo una nueva forma de hacer la guerra. Y es que, a diferencia de algunos miembros de su hueste, no tenía experiencia militar previa a la conquista de México. Desde su más tierna juventud sus padres se empeñaron en que se convirtiera un hombre de letras, enviándolo con ese fin a Salamanca. Cuando llegó a La Española, la isla se encontraba totalmente pacificada por lo que no llegó a participar en acciones bélicas. En Cuba, la resistencia de los tainos fue escasísima y los hechos de armas mínimos. ¿De dónde procedían entonces sus escasos conocimientos militares?, pues, ya veremos en páginas posteriores que de su familia paterna, pues tanto su padre como su abuelo, ambos de nombre Martín, habían tomado parte en la guerra de Granada. La vena militar le venía, pues de familia. Además, tuvo la suerte de que los pocos conocimientos que tenía de la vieja caballería medieval le fueron muy útiles en la Conquista. No olvidemos que mientras en América, la tradicional caballería siguió siendo el sistema defensivo y ofensivo más eficaz, en Europa, desde principios del XVI, estaba triunfando la infantería.

Aunque los tercios se crearon en 1534, éstos no fueron fruto de la casualidad sino de una evolución en la forma de hacer la guerra bien patente desde finales del siglo XV y que afianzó a principios del XVI el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, en las guerras de Italia. Éste, en las batallas de Ceriñola (1502) y Garigliano (1503), desplazó a la caballería a un segundo plano, estructurando sus fuerzas en torno a una gran infantería, pertrechada con armas de fuego ligeras. Un ejército moderno que causó admiración en toda Europa y que dio la primacía a los Habsburgo en el campo de batalla, al menos hasta el primer cuarto del siglo XVII.

Puede que Hernán Cortés hubiese escuchado noticias de las victorias del Gran Capitán en los campos de batalla de europeos. Pero, pese a ello, era totalmente ajeno a muchos de estos avances militares de su tiempo. Sus huestes no se parecían en nada a los afamados tercios, ni a los escuadrones italianos. Él seguía primando la caballería y utilizando armas tan tradicionales como el trabuco o la catapulta. Este aparato lo usó en el asedio final a Tenochtitlán, con tan poco acierto que se vio obligado a disimular el espantoso ridículo. Al parecer, según su propio testimonio, unos carpinteros le propusieron su construcción y él aceptó. Una vez acabado, lo llevaron a la plaza del mercado mientras los indios aliados, sorprendidos por tan aparatoso artilugio, amenazaban a los mexicas, diciéndoles que los habíamos de matar a todos. Sin embargo, fue mal diseñado por sus inexpertos constructores, volando el proyectil en vertical de forma que casi mata a los propios españoles. Según William Prescott, el enorme peñasco destruyó el artilugio, extremo que los cronistas no confirman. Más bien, parece que decidieron retirar la fracasada máquina, después del chasco. Según Hernán Cortés, disimularon cuanto pudieron, intentando convencer a los asediados que lo retiraban porque, movidos de compasión, no los queríamos acabar de matar. En cuanto a la brillante idea de bloquear por tierra y por mar la ciudad de Tenochtitlán es posible, según declaro Andrés de Tapia, que se la sugiriese el carpintero y capitán de bergantín Martín López.

Por lo demás, es cierto que, algunas de sus victorias fueron muy llamativas porque derrotó a ejércitos más de cien veces superiores en número. Pero ello se debió más a la ingenuidad bélica de los mexicas que a la excepcional capacidad de sus enemigos. Caso evidente de lo que decimos fue la batalla de Otumba, donde situaron a su jefe en lugar visible, con un vistoso y colorido penacho de plumas. Le bastó a Cortés dirigirse hacia él, alancearlo y enarbolar el estandarte para que decenas de miles de indígenas huyeran en desbandada. Es cierto que derrotó a los mexicas con menos de un millar de españoles, pero no lo es menos que Francisco Pizarro conquistó el incario con muchos menos efectivos.

Pero no solo no mostró una excepcional capacidad sino que, incluso, cometió errores de peso como, por ejemplo, tomar Tenochtitlán al asalto, cuando bastaba con cercarla hasta que los defensores se rindieran por pura inanición. Esta decisión le costó no pocas bajas entre los suyos y un sufrimiento atroz para los asediados, incluida la destrucción de su ciudad. Está claro que pese a la pericia táctica que le han atribuido algunos historiadores, como el general José Gómez de Arteche, lo cierto es que no tuvo una formación militar, ni más graduación que la de capitán. Pero, además fue un grado que le otorgaron sus hombres en Veracruz, más cívico que militar. Como es bien sabido, no fue nunca el capitán de un ejército sino el de una hueste.

Así, cuando en 1541 tomó parte en la desastrosa campaña de Argel los demás militares de graduación se negaron a aceptarlo en el consejo de guerra, dando por fracasada la empresa y desoyendo la opinión del extremeño que seguía confiando en la victoria. Incluso se mofaron de él, porque al parecer, ante la insistencia del medellinense, uno de los capitanes comentó:

 

Este animal cree que tiene que vérselas con sus indiecitos porque allí bastaban diez hombres a caballo para aniquilar a veinticinco mil.

 

               Como puede observarse, ni siquiera el mismo Cortés se consideró a sí mismo un militar. Él era un hombre de letras, con grandes dotes diplomáticas. Nada parecido al genio militar de Alejandro Magno, de Julio César, del Gran Capitán, o mucho después, de Napoleón Bonaparte. Pero, incluso, en el mismo siglo XVI hubo destacados capitanes, al servicio de la monarquía hispánica, que destacaron por su astucia y su ingenio militar, desde el Marqués de Pescara a Alejandro Farnesio, pasando por Hugo de Moncada o Antonio de Leyva. El primero de ellos, el Marqués de Pescara, que se consideraba a sí mismo un discípulo de Julio Cesar, fue un auténtico maestro en la táctica del asalto nocturno, diseñando asimismo una eficaz formación de arcabuceros que hicieron verdaderos estragos entre sus enemigos. Muchos de ellos luchaban victoriosamente en Italia, mientras Cortés tomaba Tenochtitlán. Y los enemigos mexicas, aunque muy superiores en número, no tenían ni un ápice de la capacidad de los capitanes franceses, italianos o turcos. No obstante, debemos decir en su defensa que supo rodearse de un grupo notable de capitanes, muchos de ellos con más experiencia militar que él, a los que siempre consultaba antes de entrar en combate. Y es que ingenio y capacidad no le faltaban, aunque no tuviese una formación militar.

              Se ha destacado su capacidad diplomática así como su don de gentes. Y realmente debemos reconocer que se trató de su gran virtud, es decir, del rasgo más destacado de su personalidad. Tuvo siempre un enorme poder de convocatoria entre los hispanos y una capacidad extraordinaria para utilizar a su antojo a los aborígenes. Siempre conseguía que sus huestes hicieran piña en torno a su líder, hasta el punto que, según Bernal Díaz, todos pusiéramos la vida por él. Con respecto a los indios, firmó numerosos pactos guatiaos de amistad. Conocemos el caso del cacique de Clacupanalo que adoptó el nombre de Antonio Cortés y que recibió un escudo de armas por su colaboración con los hispanos en la conquista de México. Asimismo, tuvo una habilidad excepcional para captar rencillas entre sus enemigos y conseguir aliados. Según Las Casas, Cortés se holgó de hallar en aquella tierra unos señores enemigos de otros. Pero esta táctica de buscar alianzas era tan antigua como la guerra misma. Ya en la Reconquista, los reinos cristianos mantenían unas habilidosas relaciones con las distintas taifas, aprovechándose de las disputas internas entre unas y otras. Pero había precedentes mucho más cercanos, tanto en el tiempo como en el espacio. Recuérdese en La Española, la alianza de Cristóbal Colón con el cacique Guacanagarí en la última década del siglo XV, para derrotar a los demás reyezuelos de la isla.

También debemos destacar su habilidad psicológica, pues supo captar la mentalidad de los naturales de Nueva España para manipularlos a su antojo. Obviamente, desconocía los detalles de la cosmovisión indígena pero no tardó en percibir el tratamiento de dioses que muchos mexicas, y en especial su líder, Moctezuma, le rendían. Y supo aprovecharse inteligentemente de ello, reforzando la idea de su divinidad, es decir, confirmando o al menos no negando que se tratase efectivamente de Quetzalcoatl que retornaba a su reino. Y la táctica le sirvió para entrar en Tenochtitlán de forma pacífica. A la larga, este precioso tiempo que ganó fue determinante para la conquista final de la confederación. Pese a su clarividencia, debemos reconocer que tampoco era nueva esta táctica de la que existen amplios precedentes en el área caribeña, mucho antes de la Conquista de México. Asimismo, su recurrente decisión de aterrorizarlos con disparos de bombardas, eran estrategias ampliamente utilizadas desde que los primeros españoles pusieron pié en el Nuevo Mundo. En este sentido, escribió Pedro Mártir de Anglería que Colón ordenó disparar bombardas a los indios pero sin hacer diana deliberadamente porque, aterrorizados con el estruendo, caen todos a tierra, piden la paz y comercian mutuamente… Cortés, cada vez que llegaban embajadores de Moctezuma, improvisaba un teatro al aire libre en el que, lo mismo hacía trotar a un grupo de caballos repletos de cascabeles, que les ponía la aterradora sinfonía de las bombardas. Una verdadera guerra psicológica que, aunque no era nueva, le permitió entrar pacíficamente en Tenochtitlán.

Se ha destacado asimismo su pericia para buscar lenguas o intérpretes desde su misma partida de Cuba. Pero esta actitud, ni era nueva ni tampoco especialmente ingeniosa, entre otras cosas porque figuraba en las instrucciones que le otorgó Diego Velázquez. De hecho, entre la tripulación quiso contar con los servicios de Melchor, un intérprete indio que había ido en las expediciones previas de Francisco Hernández y de Grijalva y que utilizó apenas tocó tierra en la pequeña isla de Cozumel.

Ahora, bien, eso sí, Cortés fue siempre un ardoroso combatiente, como afirmó hace ya bastantes décadas el Marqués de Polavieja. Un combatiente que aunó al menos dos de las tres virtudes que las Siete Partidas señalaban como cualidades esenciales de todo buen capitán, es decir, sentido común y una gran capacidad de sufrimiento excepcional. Los nativos se resistieron, pero las diferencias eran abismales, no sólo estratégicas sino también armamentísticas. Aceros toledanos, ballestas y pólvora frente a frágiles espadas de madera con filos de obsidiana, flechas, piedras y mazas de madera o macanas.

Los indios confiaban en el gran poder de algunos de sus líderes semidivinos, como el temido y a la vez admirado Moctezuma. Prueba de esta confianza es que cuando los indios de Cholula eran masacrados, según el padre Las Casas, afirmaban:

 

¿Por qué nos matáis?, andad, que a México iréis, donde nuestro universal señor Moctezuma de vosotros nos hará venganza.

 

Sin embargo, para desgracia y desánimo de los nativos, el miedo o la excesiva precaución atenazó a su emperador, al único que tenía el poder suficiente como para frenar la ocupación, al menos temporalmente. Éste tenía cientos de espías que le informaban de cada una de las batallas que ganaba el de Medellín por lo que, a medida que se aproximaba a Tenochtitlán, sus inquietud se iba acentuando. Llama la atención la pasividad de una persona que, antes de ser nombrado el tlatoani o emperador, había sido un intrépido y cruel caudillo, vencedor en muchas batallas. Pero probablemente se dejó obsesionar por esos mitos indígenas que auguraban periódicamente el cambio de ciclo. Desde que escuchó hablar de las andanzas de los extranjeros en Tierra Firme, comenzó a sospechar que el final de su era se aproximaba. Un pesimismo crónico, auspiciado por la cosmovisión mexica, que contribuyó de manera considerable a su derrota final. Muy probablemente si Moctezuma hubiese presentado una resistencia militar inmediata, como lo hicieron otros líderes indígenas menores, la conquista de Tenochtitlán hubiese sido más dificultosa y, su caída se hubiese demorado bastante más tiempo.

Y finalmente, fue destacado por muchos cronistas por su carácter mesiánico, pensando que era un elegido de Dios para dirigir la cruzada contra los paganos y ampliar los dominios de la cristiandad. Según Bernal Díaz, el extremeño le confesó a Gerónimo de Aguilar que no había ido a las Indias a tan poca cosa como era conseguir oro sino para servir a Dios y al Rey. Pero, es más, el mismo Cortés sostuvo algo parecido cuando escribió que su verdadera intención fue siempre la de ensalzar nuestra fe o ampliar la corona de mi César. Fray Toribio de Motolinía también creyó que era un enviado de Dios para acabar con los vicios y sacrificios humanos que los aborígenes ofrecían a sus dioses. Por su parte, el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga O.F.M., en 1529, justificó su rebeldía con respecto a Velázquez, diciendo que actuó bajo inspiración divina. Varias décadas después, el cronista fray Gerónimo de Mendieta volvió a hacerse eco de esta misma idea, comparándolo con Moisés, pues, a su juicio, fue elegido por Dios para llevar la fe a los paganos. Prueba de ello, decía el religioso, era el celo que mostró en todo momento por su conversión:

 

Y verdaderamente para conocer muy a la clara que Dios misteriosamente eligió a Cortés para este su negocio, basta el haber él siempre mostrado tan buen celo como tuvo de la honra y servicio de ese mismo Dios y salvación de las almas…

 

El mesianismo Cortesiano se mantuvo a lo largo de los siglos. En 1794 fray Servando Teresa de Mier, precursor de la Independencia, en una homilía por el alma del metellinense, lo elogió por haber destruido la idolatría, los sacrificios humanos sangrientos y traído y comunicado la luz del evangelio a los que moraban en las tinieblas de Egipto. Más sorprendente aún es que, hace pocos años, se haya afirmado, siguiendo más o menos a Mendieta, que Cortés fue un cruzado, un abanderado de la fe… el libertador del indio a través de la fe como instrumento redentor y salvador… Pero, aunque lo jurara el propio Cortés, la realidad no era tan bonita, pues, de hecho se convirtió en una de las personas más ricas de su época.

Más recientemente, se ha hablado de la caridad heroica de Hernán Cortés, básicamente porque fundó en su testamento el hospital de Nuestra Señora de la Concepción de México. Sin embargo, la actitud de Cortés no tenía nada de excepcional, pues al fundar dicho sanatorio no hizo otra cosa que mimetizar lo que hacían las personas más pudientes de su época. Una caridad que se suponía era una virtud cristiana que debían practicar los nobles, los burgueses ricos y, sobre todo, el estamento eclesiástico, al que se le presuponía una especial humanidad. La beneficencia de los ricos es una constante en la historia que se ha prolongado prácticamente hasta la Edad Contemporánea.

Tampoco se le puede considerar, como se ha escrito, un bienhechor de indios, a los que supuestamente tuteló y amparó. Su actitud compasiva distó mucho de parecerse a la de un fraile, como Bartolomé de Las Casas, o a la de un pacifista, como Erasmo de Rótterdam, entre otras cosas porque de haber sido así nunca hubiese conquistado un imperio. No olvidemos que cuando debió actuar con crueldad lo hizo. En agosto de 1519 mandó cortar las manos a medio centenar de mujeres tlaxcaltecas que, con la excusa de llevarles comida, se habían introducido en el campamento para espiarlos. A continuación, las soltaron para que llevasen a sus pueblos el mensaje y supieran, en palabras de Bernal Díaz, quienes éramos. La famosa matanza de Cholula fue ordenada directamente por él, al igual que la pena de muerte que dictó contra el jefe tlaxcalteca Xicotencatl El Mozo, tras su traición, justo después del episodio de la Noche Triste. Claro está que ambas decisiones estuvieron bien medidas y le permitieron una obediencia ciega, primero de los cholutecas y luego de los tlaxcaltecas.

Pero, incluso, después de la Conquista, establecido ya como encomendero, tampoco les dispensó un trato especialmente compasivo. Aunque promulgó unas ordenanzas defendiendo su buen tratamiento, él mismo fue acusado por los suyos de hacer lo contrario. De hecho, los naturales de Cuernavaca, en el actual Estado mexicano de Morelos, en 1533, le imputaron un delito de malos tratos reiterados así como de cobrarles excesivos tributos y hasta servicios personales. Llegaron a testificar en el juicio que el Marqués del Valle no los trataba como a vasallos sino como a esclavos. En el inventario de sus bienes, que se realizó en Cuernavaca, el 26 de agosto de 1549, se contabilizaron 188 indios esclavos, una veintena de ellos naturales de Tlaxcala. No olvidemos que el metellinense no tuvo reparos en practicar el tráfico esclavista cuando las necesidades de mano de obra en su señorío le apremiaron. De hecho, en 1542, suscribió un contrató con el mercader genovés Leonardo Lomellino para que le enviase desde Cabo Verde 500 esclavos que pretendía vender en Nueva España a 66 ducados la pieza. Como casi todas las personas de su época aceptó la esclavitud como una institución legal y hasta legítima.

Sabía el extremeño tener mesura pero también era capaz de actuar con todo el rigor cuando las circunstancias así lo requerían. En 1521, no le tembló la mano cuando decretó la horca para Antonio de Villafaña. Éste, había protagonizado poco antes un levantamiento contra él con la intención de colocar en su lugar a Francisco Verdugo, cuñado del teniente de gobernador Diego Velázquez.

He huido de la historia sagrada, aunque también me distanciaré de los que conciben su biografía y la conquista de América desde el lado opuesto; no se puede satanizar a Cortés por pensar de la misma forma que lo había hecho todo el mundo civilizado durante más de dos mil años. Fue, en definitiva, un hombre de su tiempo, un guerrero de la frontera cristiana. Que nadie busque en él a una persona pacifista, compasiva y misericordiosa, sino a un luchador agreste dispuesto a conquistar un imperio a cualquier precio. No importaban las vidas individuales, sino la grandeza de Dios, de Castilla y de él mismo. Pero como a estas alturas del siglo XXI es difícil que algo no se haya dicho de este querido y odiado conquistador, concluiré con unas palabras escritas por el recordado jurista Francisco Tomás y Valiente que me parecen justas y equitativas:

 

Ni ángel ni bestia, ni dios, ni enviado de los dioses, sino hombre de carne y sangre, valiente y cruel, aventurero insaciable, ambicioso y tenaz, codicioso y noble, Cortés, con sus contradicciones a cuestas, hizo lo que hizo y entendió lo que vio desde sus coordenadas culturales y, más en particular, con las ideas políticas vigentes en su viejo mundo.

 

Pero, algo debe quedar claro, nos guste o no, héroe o malhechor, cruel o caritativo, ambicioso o generoso, es parte destacadísima de la historia de la querida y sufrida nación mexicana, y cómo no, de la historia de Medellín y de Extremadura.

BREVÍSIMA RELACIÓN DE LA DESTRUICIÓN DE LAS INDIAS

Fray Bartolomé de Las Casas: Brevísima relación de la destruición de las Indias (Ed. de José Miguel Martínez Torrejón). Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2009, 286 pp.

 

             Estamos sin duda ante una edición prácticamente definitiva de la Brevísima. Se había editado decenas de veces tanto en español como en otros idiomas, siendo una de las obras más influyentes en el pensamiento occidental durante los últimos cinco siglos. Sin embargo, algunas de las ediciones anteriores adolecían de cuidadas transcripciones, mientras que otras no habían utilizado el texto príncipe –del año 1552-, o bien, no fueron convenientemente anotadas.

            Esta edición de José Miguel Martínez Torrejón, además de incorporar un estudio preeliminar – a modo de prólogo- del prestigioso hispanista inglés John H. Elliot, dispone de una extensa y completa introducción donde se traza un recorrido por el contenido de la obra y por las múltiples ediciones que se dieron a la estampa desde el mismo siglo XVI. Asimismo, presenta un texto extremadamente cuidado, contrastado con todos los originales de la obra, conservados en distintos repositorios. Pero lo que le da a esta edición un valor excepcional es que incorpora al texto nada menos que 383 notas a pie de página, aclarando infinidad de aspectos, tanto de carácter filológico como histórico. Y en este extenso aparato crítico se vislumbra el profundo conocimiento que el editor tiene tanto del pensamiento del dominico como del fenómeno de la Conquista.

             Como es sabido, el padre Las Casas comenzó esta relación en 1540, finalizándola en 1552. Se trata de una obra muy breve en la que en tan sólo veintiún capítulos –unos mucho más extensos que otros- explica al príncipe Felipe, las atrocidades cometidas por los conquistadores en los más diversos rincones del continente americano. Su brevedad se debía a una cuestión práctica pues no se concibió con formato libresco –para ello escribió su Historia de las Indias- sino cómo una simple carta informativa. Su objetivo era informar de la destrucción –lo que hoy llamaríamos genocidio- que se estaba perpetrando en las Indias. Como dice el editor, no sólo narró los horrores de la Conquista sino que cuestionó los fundamentos de la legitimidad de la acción española en las Indias. Que el dominico logró su fin de conmover a todos salta a la vista, pues la legislación protectora del indio estuvo desde entonces influida por el pensamiento lascasista. Y es que Bartolomé de Las Casas se adelantó varios siglos a su tiempo, pues demostró que el enfrentamiento entre civilizaciones supuestamente superiores con otras inferiores acababa siempre con la aniquilación o destrucción de la segunda, justo la premisa que la Antropología Cultural descubrió en la Edad Contemporánea (Alcina, 1985: 45).

             A la Brevísima se le ha objetado su generalidad, pues no ofrece los nombres de las personas que cometieron las tropelías y la mayor parte de los hechos que denuncia lo hace sin ofrecer detalles concretos. Sin embargo, basta cruzar la Brevísima con la Historia de las Indias para encontrar con nombres y apellidos a los perpetradores. La Brevísima fue en ese sentido un breve extracto donde de forma sintética se pretendió denunciar la forma de actuar de la España conquistadora, como el propio Las Casas insinuó.

El problema fue que sus textos fueron utilizados en el exterior y manipulados cínicamente, fundamentándose sobre ellos la Leyenda Negra. Ésta no fue más que el alegato que los europeos hicieron frente a la indiscutible primera potencia mundial que era, en esos momentos, el imperio de los Habsburgo. Y hablo de manipulación cínica porque se acusó a España de una política expansiva que todas las naciones practicaban allí donde podían, e incluso, con muchos menos prejuicios morales. Posteriormente, los criollos utilizaron la obra a su antojo, primero apoyándola, pues les sirvió para aglutinar voluntades contra la metrópolis y, luego, cuando decidieron continuar el genocidio, condenándola. Pero, lo que es indudable es que, por encima de cualquier consideración partidista, la figura del defensor de los indios debe brillar por la incansable e ingente tarea que llevó a cabo en defensa de los más desfavorecidos.

             El editor, pese a que verifica con notas a pie de página muchos de los datos ofrecidos por el dominico, pone en duda sistemáticamente todos aquellos que él no consiguió contrastar. Además continúa sosteniendo, de acuerdo con la historiografía tradicional, que muchos de sus datos no se pueden dar por validos porque, bien, se los inventó (véase la nota 96) o bien usó y abusó de la hipérbole. No comparto esta opinión pues, aunque es cierto que se equivocó en algunas cifras, no fue con la intención premeditada de exagerar sino porque le falló la memoria o cometió errores de apreciación. Entre los primeros, afirma que Santa Marta se fundó en 1523 (p. 72) cuando en realidad como observa certeramente el editor, ocurrió en julio de 1525. Asimismo, cuando habla de tres millones de indios o de que las ciudades de Nueva España estaban más pobladas que las de Toledo o Sevilla (p. 41), obviamente, no se detuvo a contar individuos no constituyendo más que estimaciones realizadas a bote pronto. Las cifras pues tienen muy escasa fiabilidad pero no por que mintiera deliberadamente sino porque carecen del más mínimo rigor científico. Asimismo, cuando alude a los ríos de la Vega, en La Española, diciendo que eran tan grandes como el Ebro, el Duero o el Guadalquivir (p. 19) resulta a todas luces exagerado pero con total seguridad ni se detuvo a medir los ríos españoles ni menos aún los dominicanos. Finalmente, señalar que el editor anota en la página veintitrés que Ovando introdujo la encomienda en 1504 cuando en realidad lo hizo en 1505. Se trata de pequeñas objeciones que en absoluto empañan el excepcional valor de esta edición.

En definitiva, quiero insistir que estamos ante la mejor edición publicada hasta la fecha de una de las obras más relevantes del pensamiento occidental.

 

 

Esteban Mira Caballos

Academia Dominicana de la Historia