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EL PESO DE LA SANGRE. LIMPIOS, MESTIZOS Y NOBLES EN EL MUNDO HISPÁNICO

EL PESO DE LA SANGRE. LIMPIOS, MESTIZOS Y NOBLES EN EL MUNDO HISPÁNICO

Böttcher, Nikolaus, Hausberger, Bernd y Hering Torres, Max S. (Comp.): El peso de la sangre. Limpios, mestizos y nobles en el mundo hispánico. México, El Colegio de México, 2011, 320 pp.

    La obra recoge un total de diez contribuciones sobre la temática, la mayoría presentadas en unos coloquios celebrados en El Colegio de México en diciembre de 2007. La primera de ellas, firmada por Max S. Hering Torres, constituye una excelente interpretación de la teoría y la praxis de la limpieza de sangre en España y en América. En la Península, las probanzas comenzaron a mediados del siglo XV y sirvieron para discriminar de los altos cargos de la administración a los conversos, es decir a los cristianos nuevos. Y ello porque se entendía, como se estableció en la Sentencia-Estatuto del cabildo de Toledo de 1449, que independientemente de su fidelidad al cristianismo, tenían un origen manchado y un linaje perverso. Dado que los apellidos sospechosos eran fácilmente sustituibles se hizo necesario establecer mecanismos para verificar el linaje de cada persona. Por tanto, las pruebas o probanzas de sangre no fueron más que un instrumento de investigación genealógica. A partir de la conquista de América, este mismo instrumento se utilizó para discriminar a las castas, es decir, a los mestizos, mulatos, zambos, cuarterones, etc.
     Por su parte Oscar Mazín analiza la nobleza española y establece los vínculos con la América española. Partiendo del análisis de los trabajos de Adelina Rucquoi, Manuel Hespanha y Juan-Paul Zúñiga, establece la evolución del concepto de pureza de sangre desde la metrópolis a sus colonias. De acuerdo con Rucquoi, el autor afirma que en sus orígenes las limpiezas de sangre no sólo se dirigieron contra los judeoconversos sino que tuvieron como fin principal la exclusión de todos aquellos que no fuesen blancos. En América, precisamente siguiendo este mismo mecanismo, la limpieza tuvo como objeto discriminar a las castas con respecto a los linajes de los conquistadores. De alguna forma se adoptó la vertiente nobiliar de la limpieza, por lo que, siendo consecuentes, respetaron y asimilaron a la nobleza indígena.
     Uno de los trabajos más brillantes del volumen es el que firma Bernd Hausberger sobre la limpieza de sangre en el caso concreto de los vasco. Los vizcaínos –como ellos mismos se solían llamar en la época- utilizaron la limpieza de sangre, para consolidarse como una minoría privilegiada dentro de la Península. Se enfrentaron al reto migratorio, reforzando sus vínculos regionales. Aunque este mecanismo de cohesión no fue exclusivo de los vascos, estos lo utilizaron de manera muy especial. Verificar estos orígenes les sirvió para mantener su cohesión en la diáspora, manteniendo algunos privilegios dentro de la monarquía de los Habsburgo. Y es que los vascos se consideraron a sí mismos –los demás no los veían exactamente así- como la extirpe más limpia de toda España. Obviamente, en ningún caso este discurso identitario tenía tintes independentistas, limitándose como dice el autor, a subrayar su particularidad histórica y política dentro del marco español.
     Javier Sanchiz, Norma Angélica Castillo Palma, Solange Alberro y Nikolaus Böttcher se ocupan por separado de la limpieza de sangre en el virreinato novohispano. Estudiando casos diferentes todos ellos llegan a conclusiones similares, a saber: uno, que la limpieza de sangre sirvió en Nueva España no sólo para excluir a los judeoconversos sino también a los indios y a las castas. Y otro que personas destacadas socialmente conseguían con cierta facilidad sortear las exigencias de la limpieza de sangre, accediendo sin problemas a altos cargos de la administración civil o eclesiástica. Solange Alberro analiza varios casos de personas de orígenes familiares judeoconversos que alcanzaron altos cargos, incluido el de calificador del Santo Oficio. Bien es cierto, que ya Ruth Pike detectó, hace varias décadas, un fenómeno similar en la Sevilla del Siglo de Oro, cuando numerosos mercaderes conversos, mantuvieron su patrimonio y sus privilegios merced a su poder económico.
     Por su parte Alexander Coello analiza el peso de la sangre en el virreinato limeño a través del enfrentamiento entre el Colegio de San Martín y el Real de San Felipe, en el siglo XVII. Se trataba de dos instituciones educativas muy influyentes en el Perú, que lucharon por la preeminencia. El de San Felipe era más selecto y rechazaba a todos aquellos que no dispusiesen de una genealogía familiar limpia, tanto desde un punto de vista fenotípico como relacionadas con el credo. Por ello, también reclamaba para sus colegiales la precedencia en todos los actos públicos con respecto a los alumnos de San Martín.
      Marta Zambrano extiende el análisis de la limpieza de sangre a Santa Fe, donde fueron discriminados de las altas jerarquías los mestizos y las demás castas. Hubo algunas excepciones en las que mestizos prominentes, ayudados por la influencia de sus progenitores, todos ellos conquistadores, consiguieron no sin dificultad alcanzar algunos puestos de relevancia.
      Y finalmente, Guillermo Zermeño establece las diferencias entre los conceptos de mestizo, que apuntaba sólo a un hecho racial, y de mestizaje que terminó convirtiéndose en el signo de identidad colectiva de muchas naciones hispanoamericanas surgidas tras la Independencia. El autor cita una frase de Simón Bolívar que resume bien esta idea: No somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles.
      En general, en esta obra se recalca la influencia que ejerció la sangre a ambos lados del océano. Un mecanismo que llevaba implícitas unas obvias connotaciones racistas –o si se prefiere, protorracistas- , aunque el concepto no tenga el mismo contenido que en la actualidad. Asimismo, su aplicación en las colonias presentó algunas particularidades: primero, se aplicó más en la discriminación de las castas que en la persecución de los judeoconversos. Por tanto dejó de ser un mecanismo de persecución del neófito para convertirse en un instrumento de limpieza fenotípica de negros, indios y sus híbridos. Segundo, que no siempre las informaciones contaron con las garantías necesarias para verificar lo que allí se decía. En aquella época la Península Ibérica parecía estar demasiado lejos como para conocer con detalle los orígenes del aspirante. Por eso no era de extrañar, como denunciaba la audiencia de Santo Domingo en 1572, que muchos, siendo descendientes de judíos, elaborasen informaciones falsas accediendo a puestos destacados de la administración. Un aspecto que ratifica Javier Sanchiz pues detectó varios casos de personas con tacha genealógica que consiguieron burlar los controles de limpieza y acceder a altos cargos. Y tercero que, a diferencia de lo que ocurría en la metrópolis, el peso de estas informaciones de limpieza no siempre fue decisivo para apartar a una persona del alto funcionariado. A veces, cuando el sujeto en cuestión disponía de suficiente influencia social, no había demasiada dificultad en alcanzar los altos cargos, pese a existir fundadas sospechas de su origen neófito.

   Esteban Mira Caballos

(Esta reseña está publicada en la revista Iberoamericana, Berlín, 2011)

CADA UNO EN SU LEY

Schwartz, Stuart B.: Cada uno en su ley. Salvación y tolerancia religiosa en el Atlántico ibérico. Madrid, Akal, 2010, 390 pp.

          Es bien sabido que dentro de la sociedad ibérica, y especialmente de la americana, hubo una cierta tolerancia religiosa. Precisamente por ello se creo la Inquisición, es decir, para velar por el cumplimiento del dogma, evitando relajaciones, contaminaciones protestantes o paganas y las temidas desviaciones de iluminados. El mérito de esta obra reside en que consigue aislar decenas de casos concretos donde se verifica esta tolerancia entre la población y todo ello con una base documental y bibliográfica abrumadora. En una edición muy cuidada y magníficamente redactada, se analizan decenas de juicios inquisitoriales desarrollados en España y Portugal así como en sus respectivas colonias, estableciendo puntos en común entre los testimonios de los encausados.
          El profesor Schwartz contabilizó un total de 116 casos en los que los sujetos fueron condenados por afirmar que cada uno podía salvarse en su ley, independientemente de que profesasen la religión de Yahvé, la de Alá o las politeístas de las grandes civilizaciones mesoamericanas o andinas. Los que más formación tenían, especialmente los religiosos, fundamentaban su afirmación en la ley natural, mientras que los demás utilizaron argumentos más rudimentarios o simplemente lo justificaban en el sentido común. Un inglés residente en Guatemala, Mariano Gordón, afirmó muy significativamente: crea usted en su ley que yo creeré en la mía y el día del juicio nos veremos. Una tolerancia religiosa que, por tanto, no podemos circunscribir específicamente al mundo ibérico.
          La tesis fundamental de su autor es que esta tolerancia hacia otros credos estuvo más generalizada de lo que se había creído, no sólo entre los conversos sino también entre los cristianos viejos de España y de América. Ahora bien, algunos de los casos sobre los que el profesor Schwartz fundamenta su hipótesis constituyen, en realidad, pura y llana disidencia. Ya Henry Kamen advirtió hace varios lustros que en España se desarrolló más una sociedad de la disidencia que de la tolerancia. Algunos sí se parecían a Menocchio, el viejo molinero de Friuli, pero la mayoría eran más bien locos, marginados sociales, crispados, resentidos o, en cualquier caso, personas que tenían muy poco que perder y que se la jugaron desafiando al más temido de los tribunales, el de la Inquisición. Estos disidentes llevaron sus ideas contracorriente hasta extremos insospechados. El autor cita el caso de Mateo Salado, un francés de 45 años que se ganaba la vida como huaquero –buscador de tumbas con ajuar áureo- en el Perú. Lo menos que dijo fue que no existía el purgatorio o que la Santísima Trinidad lo formaban en realidad dos personas y no tres. Asimismo se atrevió a acusar al mismísimo Papa de gastarse los dineros de la iglesia en prostitutas. Lógicamente, fue quemado en la hoguera en Lima en noviembre de 1573; pero a mí, el pobre de Mateo Salado, que probablemente estaba perturbado, no me parece un tolerante sino un disidente radical, casi tanto como sus verdugos. Otro extremista fue sin duda Francisco de Escobar, un hacendado mestizo de Lima quien, además de dudar de la virginidad de María, se acostaba con toda india o mestiza que pillaba, con la excusa de la famosa cita bíblica crecer, multiplicados y llenar el mundo. Fue condenado a muerte. Nuevamente se trataba de auténtico obseso sexual tan radical como los inmisericordes inquisidores que lo juzgaron. El caso de Bento Texeira, un joven de Oporto, radicado en Pernambuco no es menos significativo; asesinó a su esposa al sorprenderla con otro pero no fue condenado por eso sino por sostener ideas que se parecían peligrosamente a la predestinación calvinista, pues, en su opinión, cuando Dios había decidido el destino de una persona, de nada servían ya las buenas obras. Nuevamente, no parece que el portugués fuese un modelo de tolerancia religiosa sino de disidencia abierta y directa frente al catolicismo.
          Asimismo, se detiene el autor en los muchos casos de sincretismo religioso que desplegaron los indígenas y que, nuevamente, intenta presentar como claros casos de tolerancia entre religiones. Sin embargo, también en esta ocasión habría que hablar no tanto de tolerancia como de resistencia hacia una religión que durante mucho tiempo consideraron ajena.  
Pudo haber una cierta tolerancia entre los cristianos viejos y prueba de ello son los numerosos casos en los que encubrieron a familias moriscas para evitarles el cadalso. Pero, en cualquier caso, si estuvo más o menos generalizada entre la población, ésta debió quedar recluida en la más estricta de las intimidades familiares, dado el férreo control que ejercían las implacables autoridades inquisitoriales. Por cierto, sirva de aviso que todavía en pleno siglo XXI ninguno de los grandes credos monoteístas aceptan plenamente esta idea de que cada uno puede salvarse en su fe. Quizás sería oportuno mimetizar el sentido común que exhibían algunos de estos condenados por la Inquisición.
          Huelga decir que la obra encierra algunas de las mejores virtudes de todo buen libro de Historia: plantea nuevas hipótesis, apunta líneas de investigación alternativas e incita a la reflexión. Por tanto se trata de una excelente y bien documentada monografía, independientemente de que algunas de sus conclusiones puedan ser más que discutibles.

Esteban Mira Caballos

* Esta reseña saldrá publicada próximamente en la revista Iberoamérica, Berlín.

EL INDIO ANTILLANO: REPARTIMIENTO, ENCOMIENDA Y ESCLAVITUD.

EL INDIO ANTILLANO: REPARTIMIENTO, ENCOMIENDA Y ESCLAVITUD.

MIRA CABALLOS, Esteban: El indio antillano: repartimiento, encomienda y esclavitud (1492-1542). Sevilla, Muñoz Moya editor, 1997, 448 p.

    Con el ropaje característico de una tesis doctoral, dirigida por el Dr. Adolfo Luis González Rodríguez, que la prologa, se ha publicado en Sevilla este libro de gran pretensión, como es el de estudiar las relaciones entre los conquistadores y sus conquistados durante el primer medio siglo de historia antillana. Sus parámetros están bien cogidos, pues abarca una región y un período significativo, cosa poco frecuente (ahora, no antes) en los historiadores españoles que afrontan el estudio del caribe, que suelen escoger rocambolescamente una isla y un período de medio o de un siglo, rebanando artificialmente de la Historia, para hilvanarnos la documentación que sobre ambos, isla y siglo, existe en el Archivo General de Indias. Las Antillas son indudablemente una región preñada de elementos homogéneos a lo largo del proceso colonial, y más aun en el de su formación. En cuanto al período escogido está igualmente bien seleccionado, pues va desde el descubrimiento en las islas hasta las Leyes Nuevas que marcan el final del trabajo de la esclavitud indígena legal, y real para esta zona, donde fue relevado por la esclavitud negra. También nos parecen adecuadas las fuentes documentales, aunque algo parcas las de los archivos matritenses y vallisoletano, que se han utilizado y citado, pero no en profundidad. La selección de las numerosas fuentes documentales impresas adolece en cambio de falta de aparato crítico, algo que también se ha hecho muy someramente con la bibliografía. Los apéndices documentales son muy valiosos.
    El tratamiento del tema se ha realizado en tres partes, con arreglo a un esquema muy académico, pero perfectamente válido, como son las de la población, los repartimientos y encomiendas, y la esclavitud y resistencia indígenas. El método es descriptivo, pero a través de la narración abundan refrenados comentarios críticos que permiten adivinar un historiador inconformista y analítico de calado, que no ha podido desprenderse de la moderación y ponderación impuestos por el academicismo universitario. Particularmente se observa en la tercera parte, la relativa esclavitud del indio donde nos ha dejado muchas sugerencias, y no ha sido poca la de tratar la esclavitud americana en España, donde siempre ha sido un tema de, llamémosle, poco gusto, en el que se han adentrado muy pocos. De peor gusto es hablar del descenso poblacional indígena, como hace Mora objetivamente, acusando de ello al sistema laboral y más concretamente a la encomienda, aunque concediendo al academicismo la incidencia en el mismo del bajo desarrollo cultural indígena y una dieta alimenticia baja en proteínas.
    Entre los aspectos más sobresalientes del libro de Mira destacan un intento de cuantificación de la población esclava africana llegada a las Antillas, los abusos de los encomenderos que explotaban a sus encomendados haciendo caso omiso de lo que la Corona ordenaba y sin una decidida oposición de la Iglesia, y la sangría indígena producida por las armadas de rescate. Es por esto que se trata de un libro muy útil para quienes estudiamos la Historia de América desde abajo y desde arriba, contrastándola, que adivinamos en Mira un compañero de fecundos trabajos futuros.

                        Prof. Dr. D. Manuel Lucena Salmoral

Publicada en la revista Estudios de Historia Social y Económica de América Nº 15, Universidad de Alcalá de Henares 1997, pp. 449-450

Caballos y équidos españoles en la conquista y colonización de América

RÍO MORENO, Justo Lucas: Caballos y équidos españoles en la conquista y colonización de América (siglo XVI). Sevilla, Gráficas del Guadalquivir, 1992.
    
    Esta obra posee un doble interés ya que, por un lado, es extremadamente rigurosa, haciendo interesantes aportes al mundo americanista y, por el otro, lo suficientemente amena como para interesar a un amplio abanico de aficionados al mundo ganadero en general y caballar en particular.
    En lo que concierne al caballo, se insiste en la importancia que tuvo como elemento de conquista, hasta el punto de señalar que los indios preferían matar antes a un caballo que a cinco españoles. El análisis amplia esa línea clásica de investigación del équido como elemento de conquista, tratando ahora inéditas cuestiones sociales, económicas y técnicas, como la doma, las razas y la monta.
    El équido aparece reflejado como uno de los más claros símbolos de la primitiva sociedad hispanoamericana. Se ahonda en todo lo que supuso la tenencia de un rocín a la hora de otorgar repartimientos de tierras e indios y su importancia para dotar a su poseedor de un alto status social. Hasta tal punto fue valioso este animal en la primera sociedad de la conquista que, como bien explica el autor, la peor afrenta que se le podía hacer a un caballero era cortarle la cola a su caballo.
    A la par, queda analizado el comercio y el lucro económico que generó en principio para la élite dominicana la crianza de estos animales en los primeros años de la colonización. Según puso de manifiesto el propio Justo del Río, el caballo en Tierra Firme, en torno a 1521 o 1522, llegó a cotizarse entre 120 y 190 indios, loo que supone cifras verdaderamente elevadas.
    Más valiosas aún son las aportaciones que se hacen en relación al ganado asnar y mular, pues se pone de relieve la importancia de estos en el avance de la conquista y colonización de las Indias. Estios animales llegaron a La Española en la primera década del siglo XVI, aliviando al indio a quien sustituyó en el porteo, en aquellas áreas donde fue posible.
    En resumidas cuentas, podemos decir que estamos frente a una obra que es ya hoy, un instrumento básico para el conocimiento de la ganadería equina en la decimosexta centuria y que, sin duda, con el paso de los años, se convertirá en un manual clásico.
                            Esteban Mira Caballos

Reseña publicada en la revista Ecos del Instituto de Historia de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, año II, Nº 3, Santo Domingo 1994, p. 242. 

LAS ANTILLAS MAYORES, 1492-1550: (ENSAYOS Y DOCUMENTOS)

LAS ANTILLAS MAYORES, 1492-1550: (ENSAYOS Y DOCUMENTOS)

Esteban MIRA CABALLOS, Las Antillas Mayores 1492-1550 (Ensayos y documentos), Iberoamericana-Vervuert, Madrid-Frankfurt 2000, 350 pp .

    Esteban Mira, investigador formado en la Universidad de Sevilla, reúne en este libro diez estudios, ensayos les llama el autor, referidos a las Antillas Mayores en las primeras décadas de la colonización. Unos eran inéditos, otros son reelaboraciones de artículos publicados previamemente.
    Fruto de diez años de investigación, los trabajos, dedicados a temas muy diversos, abordan precisamente el espacio y el tiempo en que se fraguó el modelo de colonización que se trasladó al continente y permanecería en vigor más de tres siglos. Mira aborda temas de índole varia: institucionales, sociales económicos, etc. Entre los institucionales destaca el dedicado al repartimiento y la encomienda, en el que, tras precisar sus diferencias fundamentales, Mira atribuye a Nicolás de Ovando la introducción de la encomienda antillana en 1505; de interés es el trabajo sobre los cabildos antillanos (1492-1542) y el mapa de cacicazgos indígenas de Cuba.
    El Autor aborda temas sociales al estudiar el pleito entre Diego Colón y Francisco Solís, sobre vejaciones a los indios; celebrado  en 1509, fue el primer litigio en torno a este importante tema; se incluye la transcripción completa del texto del proceso (Archivo General de Simancas); trata también el tema del  mestizaje en las Antillas, de temprana aparición, pero que pronto sería asimilado racialmente al europeo.
    Presenta las cuentas del tesorero Cristóbal de Santa Clara (1505-1507) con datos precisos sobre la economía de La Española. De tema variado son los capítulos dedicados a las armadas de averías, al urbanismo y arquitectura de los primeros asentamientos españoles en las Antillas y a la medicina indígena y su comercialización (1492-1550).
    Autor sostiene la institucionalización eclesiástica en las Antillas ya durante la gobernación de Nicolás de Ovando 1502-1509), y aporta los datos de doce clérigos nombrados por Ovando para los curatos de las villas españolas de la isla. Contra lo que la historiografía ha venido sosteniendo Mira afirma de  modo rotundo la inexistencia de indígenas cristianos en las Antillas: «En definitiva —es cribe—, creemos que ha quedado perfectamente demostrado que ni tan siquiera los indios más aculturados llegaron a comprender y  a practicar la religión cristiana, continuando  aferrados a sus creencias tradicionales» (p. 269). El Dr. Leandro Tormo, buen especialista en la iglesia antillana, y que Mira no recoge  en su bibliografía, tras exponer el fracaso de  inculturación en las islas, admite una cristianización del indio antillano hasta su extinción  (vid. pp. 180-181). Esta cristianización respondería, según Tormo, a la evangelización metódica que empezó en 1500, tras la llegada desde 1499 de expediciones de franciscanos (p. 106) (vid. Leandro TORMO, Historia de la Iglesia en América Latina, 1. La evangelización, FERES-OCSHA, Friburgo-Madrid, Madrid 1962).
    Por lo demás, el libro de indudable interés para los americanistas, recoge unos estudios valiosos, muy cercanos a la documentación y que enriquecen un periodo que aún no está suficientemente conocido.
Prof. Dra. Elisa Luque Alcaide
Universidad de Navarra
(Publicada originalmente en el Anuario de Historia de la Iglesia Vol. XI, p. 545).

CONQUISTA Y DESTRUCCIÓN DE LAS INDIAS

CONQUISTA Y DESTRUCCIÓN DE LAS INDIAS

Mira Caballos, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias (1492-1573). Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

 

El profesor Esteban Mira nos ha regalado con otro de sus numerosos trabajos. Este doctor en Historia cuenta con una densa labor investigadora centrada básicamente en la temática americana durante la Edad Moderna.

En esta ocasión se ha ocupado de la conquista y colonización de las Indias entre 1492 y 1573, en la consideración de que los españoles dieron por acabada la conquista definitivamente en la última fecha.

Se trata de un libro amplio, de líneas apretadas, denso de contenidos y con abundantes citas bibliográficas. Está dividido en siete grandes apartados con 21 capítulos en total, más la conclusión. Se completa con los ineludibles apartados de fuentes, bibliografía, ocho apéndices, un índice onomástico y otro topográfico. En suma, es una obra de más de 400 páginas.

Es un libro asequible al lector no especializado, pero elaborado con rigor metodológico. Se pretende dar una visión de la conquista y colonización de América por los españoles en la época indicada, alejada tanto de la “leyenda negra” como de la “leyenda blanca” con que la historiografía anterior ha envuelto este proceso histórico. El autor ha evaluado sistemáticamente todas las posiciones en pro y en contra sobre los distintos aspectos del tema, dando su valoración propia u ofreciendo una nueva posición.

Sostiene la tesis de que la conquista española supuso la aniquilación de la riqueza cultural precolombina y provocó también una auténtica hecatombe demográfica. Y todo ello se hizo, dice el autor, para implantar una cultura unitaria y unificadora, la de los vencedores. Los españoles contemplaron la riqueza cultura y racial que encontraron en las Indias con unos ojos reductores que sólo vieron “el indio”, sin entrar ni en matices ni en distinciones.

Sin embargo, Esteba Mira lo mismo que pone de relieve los valores de las civilizaciones precolombinas, también pone de manifiesto sus graves defectos, a la vez que demuestra que la conquista española tuvo muchos puntos de contacto con su paralela la anglosajona y que los caracteres de ambas tuvieron más que ver con los condicionamientos de la época que con la idiosincrasia propia. Aunque viene a decir en varias ocasiones que la explotación del hombre por el hombre en un fenómeno universal en el espacio y en el tiempo.

Sigue con un análisis de la legislación protectora de indio llevada a cabo por los Austrias, aunque demuestra que se acató pero pocas veces se cumplió. Carga la culpa mayor de tal circunstancia sobre los españoles afincados en las Indias, pero también señala que la Corona adoptó una posición demasiado pasiva ante los atropellos, por miedo a la reacción de aquellos españoles, que controlaban allí casi todos los resortes de poder.

Rechaza la posición oficial de la Corona española para quien la razón justificativa de la conquista y de la colonización fue la evangelización de los indios y encomia la labor evangelizadora de la Iglesia, sobre todo de los dominicos y algunos franciscanos. Aunque también señala que el clero contemporizó frecuentemente con la situación de explotación imperante y protagonizó la eliminación de las religiones anteriores, en un claro proceso de alienación cultural.

Hace un minucioso examen de la praxis conquistadora en la que pone de manifiesto la superioridad tecnológica y psicológica de los españoles sobre los indios, la política de terror aplicada por los primeros para consolidar su poder en un enorme mundo indio en donde los conquistadores fueron una exigua minoría, y después expone el triste destino de unos y otros en muchos casos.

Igualmente evalúa con detalle el proceso de colonización posterior. Resalta el genocidio que trajo la misma para numerosos grupos amerindios, pone de manifiesto las vejaciones y la esclavitud colectivas que sufrieron los indios a manos de los encomenderos y explica cómo la eliminación de las élites precolombinas fue un método de control de la población.

En las conclusiones finales el profesor Esteban Mira afirma que la conquista supuso un coste muy elevado para los indios, pues sufrieron una durísima merma demográfica, perdieron su mundo y además no mejoraron su calidad de vida. También cuestiona el beneficio real que España obtuvo de esta conquista y colonización que supuso una sangría migratoria para ella y favoreció el hundimiento de su economía.

Añade que la explotación de los indios es una estructura de larga duración que ha llegado a nuestros días pasando por encima incluso de la independencia de las naciones iberoamericas a principios del siglo XIX. Por último propone debatir sobre si fue posible otro tipo de comportamiento y de relación más civilizada y humana con los indios por parte de España. El autor de este libro opina que sí.

 

 

 

Miguel Ángel Naranjo Sanguino

-Reseña publicada en la Revista de Estudios Extremeños, 2010.

EL INDIO ANTILLANO: REPARTIMIENTO, ENCOMIENDA Y ESCLAVITUD.

EL INDIO ANTILLANO: REPARTIMIENTO, ENCOMIENDA Y ESCLAVITUD.

Esteban Mira Caballos, El indio antillano: repartimiento, encomienda

y esclavitud (1492-1542), Sevilla, Muñoz Moya editor, 1997, 450 pp. 1

 

El trabajo que expone en este libro el historiador Esteban Mira Caballos fue

la tesis doctoral que presentó a la Universidad de Sevilla, con la cual obtuvo

la máxima distinción que concede ese centro docente: Apto Cum Laude. Los

temas que aborda, así como los propósitos que persigue y las estrategias

usadas para lograrlos, permiten decir que si bien adopta un tema tradicional

de estudio, hace aportes relevantes en relación, especialmente, con los

orígenes y evolución de instituciones como el repartimiento y la encomienda.

El texto se inicia con una discusión acerca del comportamiento demográfico

de la población de las Antillas. Tal discusión se relaciona directamente, al

menos para la población indígena y blanca, con el estudio de los

repartimientos y las encomiendas. Estas son analizadas tanto en sus formas

originales como en las adoptadas luego de consecutivas reformas. Dichas

instituciones, y sus características inherentes, expresan el contenido de las

relaciones sociales que se dieron en el contexto de la conquista y traza una

gama de posibilidades que va desde un paternalismo proteccionista hasta la

esclavitud. Finalmente, el autor aborda la situación laboral de los indios antillanos

hacia 1542 y el contexto en el cual se aplicaron las Leyes Nuevas.

Estos temas son estudiados en el periodo de 1492 a 1542. La primera fecha,

es señalada por el autor como la iniciación de las prestaciones laborales de

los indios a los españoles. La segunda es importante porque significa el

final del trabajo compulsivo para los aborígenes antillanos debido a la acelerada

extinción y también a la aplicación de las Leyes Nuevas. Aparte de

estos puntos, dicho periodo resulta especialmente crítico debido a que durante

los primeros cincuenta años de la presencia de España en América se

delinearon y trazaron los rasgos principales y los matices extremos de la

relación hispano-india, cuyos sucesivos desarrollos y replanteamientos dejaron

efectos duraderos para los habitantes de las Antillas y para las demás

culturas que, entre el siglo XVI y el XVIII, entablaron relaciones con los

españoles a lo largo y ancho del continente.

El marco geográfico que abarca este texto comprende las Antillas Mayores,

es decir: la Española (cuyo territorio actualmente está dividido entre la República

Dominicana y la República de Haití), Cuba, San Juan (actual Puerto Rico) y

Jamaica. Puntos geográficos antillanos que fueron, como se sabe, los escenarios

preliminares de contacto entre conquistadores e indios y, por ende, los primeros

territorios sujetos a los procesos de colonización hispana. El autor aclara que «el

concepto de Antillanidad como un todo homogéneo», (pág 21) no es válido para

la época prehispánica, ni para la actualidad, pero si lo fue para el siglo XVI, ya

que con la llegada de los Españoles, hubo un proceso de unificación del espacio

de las grandes islas caribeñas. Esta unidad estuvo dada por el papel que jugó

como área intermedia entre España y el continente americano, rol que sería

confirmado con el establecimiento de una Real Audiencia cuya sede fue Santo

Domingo. De este hecho se desprendió una dinámica que permitió, según el autor,

el desarrollo de una estructura social, política, económica y cultural con unas

características propias, que hicieron de las Antillas un espacio distinto de la

metrópoli y de la porción del continente hasta ese momento conocida.

Tales especificidades tuvieron una expresión en aspectos como el demográfico.

Refiriéndose a los indios, el autor argumenta que las consecuencias

de la llegada de los españoles al Nuevo Mundo se sintieron con rapidez en el

volumen de su población. Según él, la disminución no fue provocada por

enfrentamientos con los españoles durante la conquista, «sino, sobre todo,

por la imposición, sobre una cultura en un bajo estadio de desarrollo, de un

sistema laboral desconocido por ella.» (pág 359) A ello añade otras causas

de posterior ocurrencia como el trabajo excesivo y una dieta pobre en

proteínas. Esta situación los hizo muy vulnerables a las epidemias, las

cuales «fueron, en última instancia, las grandes responsables de la extinción

del aborigen antillano», (pág 359) Su número disminuyó rápidamente

y al cabo de medio siglo estaban casi extintos. Según las cifras del autor, en

1492 existían unos 300.000 en las cuatro islas estudiadas, hacia el año de

1550 apenas si quedaban 500 en la Española, poco más de mil en Cuba, y,

un centenar en San Juan y en Jamaica, respectivamente.

A medida que disminuía la población indígena fue necesario acudir a los

esclavos negros para reemplazarla. Estos fueron llegando lentamente desde

la primera década del siglo XVI, sin embargo, fue sólo a partir de 1518

cuando arribaron en mayor número. Su asignación a cada isla estaba en

correspondencia con los recursos explotables de cada una de ellas. Hasta el

año de 1518, a la Española fueron llevados más de 1800, a Cuba 708, a San

Juan 570 y a Jamaica 302sla. La prosperidad de la industria azucarera

iniciada en la Española requería de un mayor número de ellos. No ocurrió

así con San Juan y Cuba, las cuales tenían una magra economía signada por

la explotación del oro, en tanto que Jamaica se mantenía exclusivamente de

la producción agropecuaria.

La dinámica de la economía de las Antillas estaba en manos de una

población europea que inicialmente ocupó, de manera progresiva, la isla de la

Española. En los inicios del siglo XVI, empezó el poblamiento del resto de

islas de las Antillas Mayores, y no cesó de hacerlo hasta finales de la década

de 1620. Ya por esta época, se habían conformado grupos de intereses entre

los habitantes. La encomienda permitió la conformación de un sector que

tomó el control político a través de los Cabildos, desempeñando cargos de

oficiales reales y regidores. Estos, además, actuaron casi siempre en forma

armónica con la iglesia, en razón de intereses comunes, pues el sistema de

encomienda era el único que garantizaba la conversión de los indios. Sin

embargo, la prosperidad económica empezó su declive y, paralelo a él, se

fueron despoblando las islas. Los habitantes españoles se desplazaron a

otros puntos continentales, entre ellos México, en donde los descubrimientos

y las riquezas atrajeron su atención. De otro lado, la economía del oro había

entrado en declive y, en consecuencia, el alto endeudamiento de los

empresarios antillanos estimuló su fuga para evitar el pago y para probar

fortuna en otras tierras. Su salida de las islas se acentuó conforme se fueron

sucediendo nuevos y atractivos descubrimientos en el continente, el Perú

por ejemplo, y con ello se agudizaron los problemas de escasez de población

blanca para la administración colonial. Aunque hubo varios intentos

de repoblación, todos resultaron fallidos.

Al aspecto singular del comportamiento poblacional en las Antillas,

se añadió el de la especificidad de las instituciones que regularon las relaciones

entre españoles e indios. Por ejemplo, la evolución de la encomienda en

estos primeros años de aplicación demostró que, desde un principio, fue la

institución articuladora de todo el sistema social y económico de las islas.

Tomó fuerza a partir de la necesidad de crear un mecanismo de sujeción de

los aborígenes al español, permitir la explotación económica de su trabajo y

facilitar su evangelización. Estas concesiones, sin embargo, favorecieron

la ocurrencia de toda clase de abusos, por ejemplo, el trabajo excesivo, la

deficiencia en la calidad de la alimentación, y la permisividad de las autoridades

frente a la venta y alquiler de los indios. Si bien desde la segunda década del

siglo XVI hubo esfuerzos para contener o eliminar estas situaciones,

lo cierto es que sólo desaparecieron con la institución, la que a su vez

desapareció junto con los últimos indios. Tales hechos hicieron difícil la distinción

entre los indios encomendados, que supuestamente eran libres y los

indios esclavos. Un matiz de las relaciones de los españoles con los indios,

introducido por el autor, sugiere que el tipo de encomienda implantado a

finales del siglo XV en la Española, y en la primera década del siglo XVI en

San Juan, estuvo caracterizado por un trato muy duro hacia los nativos, en

razón de la falta de control de las autoridades hacia los actos de los

encomenderos. No parece haber ocurrido así con los indios de Cuba y Jamaica,

los cuales estaban protegidos, al menos formalmente, por una legislación

emanada de la experiencia encomendera de las dos primeras islas.

La encomienda en las Antillas se caracterizó, en los primeros años, por ser

eminentemente de servicios. Diferenciándose, en cada isla, el tipo de servicio

exigido a los indios, pues éste estaba en función de las

especializaciones de cada economía insular. En la Española, los indios

estaban dedicados a la minería. Años después, hacia 1520, el agotamiento

del oro y el florecimiento de la industria azucarera, los llevó a trabajar en los

ingenios. Ante la necesidad de una mayor fuerza de trabajo y dada una

especialización más compleja de la industria azucarera se incorporaron

esclavos africanos. Los pocos indios sobrevivientes fueron asignados

entonces al cuidado de los ganados. Similar situación puede dibujarse para

San Juan, aunque la importancia de su industria azucarera fue menor. Allí,

al indio desplazado del ingenio se le llevó a trabajar al campo. En cambio, en

Cuba, la permanencia de la economía del oro obligó a que estuvieran

dedicados a su explotación. En Jamaica, la inexistencia de fuentes auríferas

determinó su ocupación en faenas agrícolas desde la llegada de los

españoles.

Otra especificidad de las Antillas es que, durante el período analizado, no

sólo hubo indios en encomienda, también existió la esclavitud indígena. La

diferencia entre estas dos formas del trabajo compulsivo parecería ser grande,

pero en los aspectos prácticos fueron similares, siendo el único hecho

verdaderamente distinto, Imposibilidad de vender los indios esclavos. Estos

podían tener dos orígenes: los capturados durante los tiempos de la con quista

de las cuatro islas, cuyo número fue insignificante y, la mayoría,

constituida por los capturados en las armadas de rescate, especialmente a

partir de la segunda década del siglo XVI, traídos de las Antillas Menores y

Tierra Firme. No se conoce el número de indígenas esclavos, el autor sos-

tiene que la cantidad debió ser superior a seis mil, y este dato lo calcula a

partir de retroproyectar el número de ellos que aún vivía hacia 1550. La

disminución de la población indígena en las Antillas Mayores creó una

demanda creciente de mano de obra, ocasión que fue aprovechada por la

élite encomendera para organizar, previa autorización, las mencionadas

armadas de rescate. Este negocio fue muy lucrativo, pues los encomenderos

controlaban la oferta y la demanda de indios esclavos.

Los indios capturados en las Antillas Menores, no pertenecían a las mismas

culturas de quienes habitaban en las Antillas Mayores. De acuerdo con el

autor, antes de la llegada de los españoles a éstas últimas, «existían diversos

grupos pertenecientes a culturas diferentes como los ciboneyes, los

macoriex, los tainos y, finalmente, los caribes, indígenas estos últimos que

durante estos años se encontraban en pleno proceso de expansión hacia las

Antillas Mayores.» (pág 21) Los capturados en las Antillas Menores eran

caribes, y su sujeción a la esclavitud causó muchos inconvenientes a los

españoles. Los incidentes fueron creciendo y generaron preocupación en la

metrópoli, al punto de organizar, en 1514, una expedición desde Sevilla para

atacar sus posiciones en la isla de Guadalupe. Los problemas no sólo eran

causados por los indios libres de estas pequeñas islas, sino, también por aquellos

capturados y sometidos al trabajo y la esclavitud en las Antillas Mayores.

Fueron numerosos sus alzamientos, algunos de ellos, liderados por indios

conocedores del sistema hispano. Por otro lado, la despoblación española de

las islas les permitió el dominio de amplias zonas abandonadas en su interior

en las cuales se hicieron fuertes para resistir las numerosas expediciones

organizadas en su contra. Según el autor, la suerte de las insurreciones fue variada,

debido al fuerte descenso de la población indígena. La falta de intereses

comunes entre los grupos y la ausencia de una conciencia colectiva, hicieron

fracasar cualquier intento de mayor envergadura.

Hacia 1542, cuando se promulgaron las Leyes Nuevas, la encomienda había

perdido importancia para las economías insulares, debido a que los indios

se encontraban en una etapa irreversible de extinción. Por esta razón no fue

vigorosa la oposición de los encomenderos a las reformas y a los cambios

que la aplicación de tales leyes implicaba. Las medidas, sin embargo, suscitaron

cierta inquietud, basada fundamentalmente en que dada la fragilidad económica

de los españoles, éstos no pudieron comprar esclavos negros y por lo tanto su

sostenimiento dependía, casi exclusivamente, de la mano de obra de los indios.

Esta situación fue común para la Española, en donde aún había cierto número

de ellos sometidos a la esclavitud, y para Cuba en donde quedaban todavía unos

900 de encomienda y unos 730 en esclavitud, todos ellos ocupados en trabajos

de servicio como la atención a los hatos ganaderos y el trabajo en las estancias.

Se considera necesario resaltar algunos aspectos muy precisos que desarrolla

la obra, especialmente aquellos atinentes al periodo prehispánico de las

Antillas. El primero de ellos habla de que las diversas culturas antillanas a la

llegada de los españoles, estarían en una etapa de desarrollo neolítica,

subsistiendo gracias a la caza, la recolección y la agricultura. Si bien parece

un esfuerzo interesante tratar de insertar en un contexto global la presencia

de los grupos humanos antillanos, dicha labor requiere de una indagación

que rebase los límites de una frase bien hecha. Tal clasificación requeriría

por lo menos de un profundo análisis acerca de los rasgos comunes que

caracterizarían a los grupos en ese período. No se debe olvidar que desde

un principio el autor habló de grupos diversos y que esa condición impide

hacer amplias generalizaciones. Más aún, si, como parece, no se cuenta con

material de análisis que permita distinguir unos de otros. Por otro lado,

sería importante saber si las labores de caza, recolección y agricultura eran

practicadas por todos los grupos o sólo por algunos de ellos, dado que los

estudios arqueológicos han precisado, al menos para América, la importancia

de matizar entre cazadores-recolectores y cazadores, recolectores y agricultores,

en razón de que dicha diferencia implica un paso entre la banda

nómade y aquellas bandas que, circunscritas a un amplio territorio, practicaban

el semi-nomadismo, en el caso de que las labores de cultivo no los

hubiera llevado a sedentarizarse.

Afirmaciones como las ya señaladas están presentes a lo largo del trabajo.

Estas hacen evidente que el autor ha adoptado una perspectiva evolucionista

para explicar a través de ella las diversas culturas antillanas. No es el pro-

pósito de esta reseña discutir la predilección del autor por esta corriente

teórica, sin embargo, es pertinente resaltar algunas afirmaciones que pre tenden

hacer pasar por razones históricas verificadas lo que simplemente es

producto de la adecuación de ciertos hechos a las líneas de desarrollo trazadas

por la teoría propuesta o, el intento de llenar los vacíos del conocimiento con

respecto a los indios con formulaciones teóricas. Por ejemplo, refiriéndose

a la rápida extinción del indio antillano, el autor argumenta que "la causa

fundamental fue el choque cultural que fue mucho más duro en las Antillas

que en el resto del continente, lo cual se debió tanto al retraso evolutivo de

las culturas que allí habitaban, como al confinamiento que impuso la

geografía isleña, sin olvidar, por supuesto, el sistema laboral impuesto por

los españoles donde los malos tratos se convirtieron en algo usual y

cotidiano." (pág 66) Como se ve, la rápida extinción de los indios, según el

autor, habría sido fundamentalmente causada por un "retraso evolutivo de

las culturas".

En primer lugar, no se especifica a cuales culturas se refiere, además

no hay un conocimiento teórico ni documentado de ellas, y en últimas, no se

sabe con respecto a qué referente o a qué patrón de medida se encontraban

retrasadas. En segundo lugar, se habla de un confinamiento indígena impuesto

por la geografía isleña. Al respecto vale la pena recordar que los indios

Caribes, cuya expansión se hallaba en camino hacia las islas de las Antillas

Mayores cuando apareció Colón, originarios del Alto Xingú, en el corazón

amazónico, se habían desplegado hacia el norte del continente suramericano

y conquistado una por una, las incontables islas de las Antillas menores. Por

otro lado, los demás indios antillanos eran avezados circunnavegantes de

su archipiélago, dadas las constantes luchas libradas entre sí. Mal podría,

entonces, argumentarse que su confinamiento geográfico fue una causa

importante para la extinción de unos navegantes tan experimentados. Este

hecho podría explicarse, más bien, en el confinamiento de indios sujetos a

sistemas de trabajo extenuante, como el tipo repartimiento y de encomienda

que caracterizó el periodo, y en el tráfico de indígenas capturados y

sometidos a la esclavitud. Marco bajo el cual la población nativa fue objeto

de una amplia gama de formas de explotación y vejación, entre ellas la

subalimentación, que los llevó a morir por centenares frente al más inofensivo

virus. No fue gratuita, entonces, aunque el autor la tilde de exagerada, la

actitud de Bartolomé de Las Casas y la dinámica generada en torno a la

protección de los indios que desembocaría en las sucesivas reformas

implementadas por la Corona para el uso de la mano de obra india. La extinción

de los indios antillanos no fue causada por un "atraso evolutivo de sus culturas",

sino por un afán incontrolado de lucro económico encadenado a condiciones

de extrema dureza en el trabajo.

 

Luis Enrique Rodríguez B.

 

1Reseña publicada en la revista Fronteras Nº 3, vol. 3, 1998 (pp. 297-304).