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LOS MORISCOS MUDÉJARES DE PLIEGO

LOS MORISCOS MUDÉJARES DE PLIEGO

PASCUAL MARTÍNEZ, José: Los moriscos mudéjares de Pliego: origen y expulsión de una comunidad. Murcia, Editum, 2014, 370 págs. I.S.B.N.: 978-84-16038-31-2

 

        Este libro sobre los andalusíes moriscos de la villa de Pliego, Murcia me ha sorprendido gratamente. Y me ha sorprendido tanto por el amplio manejo de fuentes documentales y bibliográficas que exhibe el autor, como por la cantidad y trascendencia de sus aportes.

        En general, el proceso de expulsión de los moriscos andalusíes murcianos fue singular, pues duró casi un lustro, permitiendo la permanencia o el retorno de un gran número de los expelidos. Y ello porque su nivel de integración con los cristianos viejos era mayor que en otras partes de la Península, como Valencia o Granada. La carta del Común de Murcia a favor de los mudéjares de Pliego, fechada el 4 de abril de 1610, que el autor reproduce en el anexo II es muy significativa al respecto: manifestaban el sentimiento que en la villa había causado el bando de expulsión porque eran todos buenos cristianos y leales a la Corona. Pese a que estaban integrados y no mantenían costumbres, lengua ni indumentaria de su pasado mudéjar, muchos de ellos –no todos- se vieron implicados en el edicto de destierro del 19 de octubre de 1613. En esta fecha se comisionó al conde de Salazar para que viajase al Reino de Murcia y organizase la expulsión de los moriscos del valle de Ricote. Para llevarla a cabo dispuso del apoyo de Pedro de Rocaful, sargento mayor de la milicia del reino de Murcia, así como del alguacil Diego de Marta, Hernando de Parrilla y Juan Ruiz. Los días 17 y 18 de diciembre de ese mismo año se cumplimentó la orden, siendo encaminados al puerto de Cartagena.

        Ahora bien, lo que hay que descartar de nuevo es que expulsaran a todos o a casi todos los andalusíes. En el caso de Pliego, el autor demuestra que muchos eludieron el destierro y otros regresaron. Más de la mitad de los moriscos andalusíes de Pliego consiguieron eludir la expulsión, pues el descenso entre 1611 y 1631 lo ha cifrado el autor en el 26,59 % según las listas de expulsados o en el 40,07 según los censos. Los vecinos de Pliego ingeniaron todo tipo de estratagemas para eludir el bando de expulsión. Muchos se ausentaron de la villa el mismo día del bando o en los inmediatamente posteriores por lo que no pudieron ser localizados para ejecutar la expulsión. Pero hay un dato que me ha impresionado por su magnitud: el mismo día 21 de diciembre de 1613 cuando los expulsos debían marchar al destierro se celebraron en la parroquia de Santiago Apóstol de Pliego ¡43 matrimonios!, todos ellos concertados para evitar la expatriación. Salvo en un caso, todos los varones contrayentes eran cristianos viejos o mudéjares excluidos de los bandos de expulsión. Pero hay más, en el año comprendido entre el 21 de diciembre de 1613 y finales de 1614, cuando se produjo el último bando de expulsión, se celebraron en una villa que apenas superaba el millar de habitantes ¡98 matrimonios!

Se trata de una práctica que todos conocíamos, la de féminas que se desposaron con cristianos viejos para eludir el cadalso. En otras villas murcianas también se produjo pero en menor medida, como en Mulas con diez esponsales o en Blanca con 21 matrimonios entre diciembre de 1613 y enero de 1614. Pero el caso de Pliego es singular por la magnitud y por el descaro con las que estas desesperadas mujeres se casaron con el primero que encontraron para evitar el cadalso. Muchos de los forasteros que acudieron a Pliego a desposarse con las andalusíes no lo hacían por motivos altruistas sino atraídos por las posesiones que los padres expulsos dejaban a sus hijas. Como dice el autor, el elevado número de enlaces puede ser indicativo del alto poder adquisitivo de estos moriscos andalusíes de Pliego.

Hay casos curiosos y dramáticos como el de María de Montoya que concertó su matrimonio con Juan de Zafra, con la idea de eludir el bando. Pese a tener las amonestaciones y todos los trámites en regla, al final éste no se quiso desposar. Para evitar in extremis el cadalso se encontró con un “pobre hombre” llamado Francisco de Ávila, natural de Mallorca, y le suplicó que enlazara con ella, fingiendo ser Juan de Zafra, dada la urgencia del desposorio. Así evitó el destierro. Sin embargo sus penalidades no acabaron ahí. Francisco de Ávila no tardó en desaparecer por lo que el 29 de agosto de 1616 se casó de nuevo con Francisco de Toro, natural de Totana. Fue descubierto su doble matrimonio y condenada por la Inquisición a pasearla como rea por las calles del pueblo y a una pena de cuatro años de destierro. No fue el único caso, en 1621 fue condenado un tal Luis Ballesteros porque, pese a estar casado en la villa de Santiesteban, se desposó con una mujer de Pliego llamada Catalina de Leiva que “se echó a sus pies y le dijo que por amor de Dios” que no quería ir a tierra de enemigos.

Los hijos de las familias incluidas en el bando los dejaron con familiares excluidos de la expulsión o con cristianos viejos, concertando el matrimonio presente o futuro de sus hijas, a las que dotaron con los bienes que dejaban atrás.

        Pese a la permanencia de unos y al retorno de otros, es obvio que los decretos de Felipe III supusieron un auténtico drama para estos andalusíes perseguidos y expulsados. Además, fue un desastre cultural y económico para España, pues la rica huerta morisca jamás recuperó su productividad hasta el punto que se decía en relación a la huerta de Ojós (Murcia) que una parcela que antes alimentaba a diez o más moriscos ahora no sustentaba ni a un cristiano por el deficiente aprovechamiento de la tierra de los nuevos colonos. Destapar el drama de esta población morisca perseguida, señala y expatriada, cuya memoria fue borrada de nuestra historia, es otro de los grandes retos de la historiografía actual. El libro de José Pascual Martínez constituye un avance notabilísimo en ese proceso de recuperación de la memoria de estos andalusíes.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

GENOCIDAS, CRUZADOS Y CASTRADORES

GENOCIDAS, CRUZADOS Y CASTRADORES

IZARD, Miquel: Genocidas, cruzados y castradores. Terror y humillación en nuestro pasado. Madrid, Los Libros de la Catarata, 2015, 238 págs. I.S.B.N.: 978-84-9097-021-8

 

Nueva entrega del maestro de historiadores Miquel Izard que en esta ocasión nos sorprende con un ensayo en el que compara la conquista de América y la guerra civil y la postguerra. Hay que recordar que el profesor Izard ha sido a lo largo de toda su carrera un historiador combativo y apasionado; su obra no ha dejado indiferente a nadie porque sus posiciones y su lenguaje han sido siempre contundentes. De él aprendí que el trabajo de cualquier historiador que se precie debía ser doble: por un lado, dar voz a los oprimidos, a los vencidos a los eternamente olvidados, y por el otro, desenmascarar los mitos de la historia tradicional. Y eso solo se consigue otorgando el protagonismo a la masa anónima, a esos millones de personas que, como diría Michel Vovelle, no han podido pagarse el lujo de una expresión individual. Hacer historia implica necesariamente reconstruir el pasado nunca escrito de los eternamente vencidos pues, como afirmo Walter Benjamin, si la situación no da un vuelco definitivo, tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, un adversario que no ha cesado de vencer. Y esta afirmación en el caso que nos ocupa es axiomática, pues, como demuestra el profesor Izard, a los vencidos no solo les robaron sus vidas sino también su memoria. Los que hoy pretenden pasar página mediante el olvido ignoran que una herida de esta magnitud solo se puede cerrar destapando la verdad, por dura que ésta sea. No puede ser, como muy bien indica el autor, que un país como España, encabece el ranking mundial de desaparecidos, solo superado por Camboya.

Uno de los aspectos más novedosos de esta obra es la comparativa que hace entre los cruzados de la conquista de América y los de la Guerra Civil y la Postguerra. En ambos casos hubo matanzas, así como vencedores y vencidos; en la primera europeos e indios y en la segunda fascistas y rojos. Y en ambos episodios se escamoteo el pasado, usando términos del propio Izard, convirtiendo sendos genocidios en dos cruzadas gloriosas. Tras la victoria se produjo el reparto del botín, es decir, el prorrateo de cargos políticos, cátedras, titularidades y puestos de responsabilidad de aquellos que pertenecían al bando vencedor, en detrimento obviamente de los vencidos. Un empobrecimiento en todos los ámbitos, merced a personas que ocuparon altos cargos de la administración o de la empresa privada no por méritos propios sino por filiación política. Un salto atrás en el tiempo que nos recuerda a los rancios estatutos de limpieza de sangre que coartaban el acceso a la administración a todo aquel que no fuese cristiano viejo.

Es cierto que en el período que transcurrió entre febrero y julio de 1936 hubo una grave crisis de convivencia, así como detenciones ilegales de derechistas. Pero, como ha escrito Francisco Espinosa, no sabemos aún hasta qué punto las amenazas y los intentos de golpe de estado, que empezaron en 1931, provocaron reacciones violentas entre los republicanos para así obtener la cobertura ideológica necesaria para emprender el alzamiento definitivo. Efectivamente, en la zona gubernamental se produjeron excesos y matanzas de inocentes. Sin embargo, la diferencia fundamental es que mientras estos desmanes fueron obra de personas o de grupos de incontrolados, los nacionales urdieron un plan sistemático de exterminio del adversario político. Y prueba de esta premeditación es que allí donde triunfaba el alzamiento, le seguía la represión, variando tan sólo la intensidad de la misma, dependiendo de las circunstancias. Y es que, como ha escrito Josep Fontana, el objetivo del golpe depurador estaba claro. Había que aniquilar todos los elementos de la sociedad española que habían servido para articular aquella alternativa reformista iniciada en 1931 y que el triunfo electoral de 1936 volvía a poner en marcha. En cualquier caso no se trata solo de interpretaciones pues basta con leer las afirmaciones de algunos de estos cruzados, para verificarlo. El profesor Izar reproduce algunas locuciones del general Queipo de Llano que explicitan muy bien el talante de estos nuevos salvadores de la patria: ¿Parlamentar? ¡Jamás! Esta guerra tiene que terminar con el exterminio de los enemigos de España… Yo veo a mi padre en las filas contrarias y lo fusilo. Ésta era la justicia de Queipo, usando otra vez palabras del historiador Francisco Espinosa.

Otra idea mil veces repetida y que debemos matizar es la que afirma que hubo bajas en ambos bandos. Y lo digo porque encubre otra realidad, es decir, que cayeron muchos más republicanos que nacionales. Y ello sin contar con algo mucho más difícil de evaluar que vino después: los abusos velados de los vencedores hacia los vencidos que se prolongaron durante décadas. Por ello, tras la represión física llegaron la contrarreforma agraria, que empobreció aún más a los desheredados, y las relaciones asimétricas con los supervivientes, entonces llamados braceros, gañanes, jornaleros o directamente rojos. Algo que ya nos impresionó en la obra de Miguel Delibes, Los Santos Inocentes y que desgraciadamente, como se observa en este libro, no fueron hechos aislados.

La posición de la iglesia fue muy clara, proporcionando la necesaria cobertura ética a la insurrección militar, a la que calificó de cruzada cristiana. La guerra no enfrentaba a golpistas y a republicanos sino a buenos y a malos, los primeros encarnación de la providencia divina y los segundos marxistas, inspirados por el mismísimo diablo. La Virgen, el Sagrado Corazón de Jesús y el resto de la corte celestial, cómo no, eran monárquicos y, por tanto, estaban con los nacionales. Lo mismo el alzamiento que la guerra y la represión posterior estuvieron bendecidos por el altar y por Dios.

Una vez perpetrado el genocidio urgía montar una buena coartada que resultase creíble a las generaciones venideras. Empezaron eliminando todas las pruebas documentales que pudieron –los archivos del terror como les llama Izard- y, después de tres décadas machacando con lo mismo, se impuso una gruesa losa de mentira que creo ha llegado el momento de romper. Difundieron –exitosamente por cierto- hechos supuestamente perpetrados por el bando republicano que nunca ocurrieron o que sucedieron muy puntualmente: amputaciones de miembros, torturas, violaciones, exclaustraciones de monjas, quema de iglesias, etc. Y la excusa más reiterada para justificar sus propias atrocidades: ellos hubiesen hecho lo mismo si hubiesen ganado la guerra. Bueno, no lo podemos descartar, pero no ocurrió y nunca podremos saber si hubiera sido así o no.

Asimismo, tras la victoria pasaron a construir una nueva patria ultranacionalista, tradicionalista y católica. Para ello era fundamental contar con mujeres adoctrinadoras en el hogar y con una escuela vinculada al régimen. Lo primero que hicieron fue desmontar rápidamente la escuela republicana, realizando una dramática purga entre los enseñantes, comenzando por el cuerpo de maestros y profesores de secundaria y terminando con los de la Universidad. Todo aquel que hubiese mostrado alguna inclinación o simpatía hacia la república o simplemente hacia el ideario liberal era una posible cabeza de turco. Unos fueron fusilados y otros consiguieron escapar al exilio. Pero la cosa no quedó ahí; el franquismo asumió desde un primer momento la idea falangista de la revolución social, poniendo en marcha una verdadera contrarrevolución educativa. Ésta sólo se podía llevar a cabo a medio plazo, educando a los jóvenes en la ideología Nacional-Catolicista. A la caza de brujas que supuso la depuración de educadores, siguió el expurgo de las bibliotecas escolares, eliminando todas aquellas publicaciones que no fuesen acordes con el nuevo espíritu que ellos llamaban revolucionario pero que en todo caso era contrarrevolucionario. El círculo se cerró con una férrea censura, supervisada por la Iglesia, sobre las publicaciones, los periódicos, el cine, la televisión, el teatro, etcétera. La democratización y la universalización de la escuela, que con tanto ímpetu pretendiera implantar la II República, eran ya agua pasada. La nueva educación se basaría en una visión conservadora y patriótica de la historia nacional.

Las historias que narra Miquel Izar sobre las cárceles de mujeres y los orfanatos, conmueven. Las mujeres y los niños, esposas e hijos de los vencidos, constituían el segmento de población más vulnerable y sufrieron con rigor la larga dictadura. Durante el dilatado período franquista fueron maltratadas decenas de miles de mujeres y niños pues a fin de cuentas los vencedores interpretaban que eran personas descarriadas, contaminadas por ideales incompatibles con la el nuevo régimen que pretendían construir. Se les amedrentó para que escondieran su propia memoria en lo más profundo de su alma, aceptando o aparentando aceptar la nueva ideología de los vencedores, de los mismos que habían asesinado a los suyos.

Duele comprobar que la España democrática, la misma que con orgullo se dedicó durante años a juzgar genocidios internacionales ocurridos muy lejos de nuestras fronteras, tenga tantos muertos escondidos y haya corrido un tupido velo de silencio sobre ellos. Creo que los españoles estamos ya preparados para conocer la verdad, sin venganzas y sin rencores. Simplemente se trata de desvelar la magnitud del genocidio y de restaurar el honor a decenas de miles de personas y sus familias que fueron asesinadas y maltratadas durante décadas por el simple hecho de simpatizar con la república o de no ser afectos a los alzados. En la Transición se cometió el error de vincular la reconciliación al olvido lo cual, según Izard, es una constante en todas las dictaduras, es decir, que tras su desaparición afloran los organizadores del olvido. Pero esto nunca debió hacerse así y menos aún, como escribió Francisco Espinosa, que la amnistía se extendiera a la historia. El libro de Miquel Izard desafía a la Memoria Oficial al tiempo que contribuye de manera muy notable a reconstruir el pasado escamoteado y a hacer justicia a los eternamente vencidos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Reseña tomada del prólogo la obra, escrito por mí)

CONGRESO INTERNACIONAL LOS DESCENDIENTES DE ANDALUSÍES MORISCOS EN MARRUECOS, ESPAÑA Y PORTUGAL

CONGRESO INTERNACIONAL LOS DESCENDIENTES DE ANDALUSÍES MORISCOS EN MARRUECOS, ESPAÑA Y PORTUGAL

AITOUTOUHEN TEMSAMANI, Fatima-Zahra (Coord.): Congreso Internacional los descendientes Andalusíes “Moriscos” en Marruecos, España y Portugal. Tánger, Fundación Al-Idrisi, 2014, I.S.B.N.: 978-9954-9484-0-0

 

        Acaba de caer en mis manos el libro impreso de las Actas del I Congreso Internacional de descendientes Andalusíes, aunque ya se han publicado en CDROM las del II Congreso, celebradas en abril de 2015 en Ojós (Murcia). El libro recoge las aportaciones presentadas en ese evento celebrado en Tánger en 2013, por profesores de distintas universidades del norte de África y de Europa. La mayor parte de las ponencias están en castellano, pero también las hay en francés, portugués y árabe.

        Muy interesante es el estudio preliminar del Dr. Ahmed Tahiri, en el que plantea la necesidad de sustituir el término morisco por el de andalusí. Y es que el término morisco tiene un matiz peyorativo y fue impuesto por los “cristianos viejos” para señalar, identificar y marginar a los cristianos nuevos. Ellos nunca se autodenominaron moriscos sino andalusíes, y esta es la denominación que a su juicio debe prevalecer. Se trata de un detalle en el que no había caído y que demuestra hasta qué punto los verdugos consiguieron imponer una denominación que todavía usa la mayor parte de la historiografía en pleno siglo XXI. Por tanto, su nombre era andalusíes y además me permito añadir que no fueron expulsados sino expatriados.

        La ponencia de Amparo Sánchez Rosell, del Centro Cultural Islámico de Valencia, se refiere a su propia familia y cuenta experiencias personales. Pese a ello me ha impresionado como en su familia perduraron generación tras generación determinadas costumbres, ya sin saber o ser consciente de su origen andalusí. Costumbres tan típicas como lavarse específicamente los pies de manera recurrente y que le llevaron a descubrir su descendencia morisca, pues su familia paterna era oriunda nada menos que del valle de Ricote. Y digo que el aporte es interesante pues evidencia como muchas de estas familias ocultaron sus orígenes, pero mantuvieron en el interior de sus hogares determinadas costumbres.

        El aporte del Dr. Mohamed Khattabi se centró en la influencia de estos andalusíes en la arquitectura mudéjar americana. Es bien sabido que muchos de ellos consiguieron emigrar a las Indias, dejando su influjo en la cultura y el arte al otro lado del océano.

        El profesor Trevor J. Dadson abundó en un tema en él que ha sido pionero, el de la permanencia y el retorno de muchos andalusíes del Campo de Calatrava. El problema fundamental que tuvieron que afrontar una vez retornados fue de pura supervivencia, pues sus bienes habían sido enajenados y vendidos. Debieron esperar para litigar por ellos, temiendo que eso delatase su retorno y se produjese una nueva orden de expulsión. Lo realmente sorprendente es que por la persistencia de Pedro de Yébenes “el Ciego” consiguieron que en 1627 Felipe IV les confirmase sus antiguos privilegios, reconociendo que descendían de musulmanes convertidos después de la toma de Granada. Parece increíble que Felipe IV actuase contra lo decretado por su padre entre 1609 y 1614.

        Antonio Manuel Rodríguez Ramos, explica la necesidad de restituir el daño realizado contra decenas de miles de españoles conversos. Se trata de una restitución moral, concediéndoles la nacionalidad española a los descendientes del genocidio que logren acreditarlo. Así se ha hecho hace solo unos meses con los sefardíes y es de justicia que también se extienda a los andalusíes. Es más, creo que es un agravio comparativo que se les haya concedido a unos y no a los otros, cuando sufrieron una exclusión y un cadalso similar. También es necesario poner en valor el legado que esos andalusíes nos dejaron, en la lengua, en la economía, en el folclore popular, en la cultura y en las artes no solo en España sino también en América y en el Magreb.

        En estas líneas tan solo he querido ofrecer una muestra de algunas de las ideas que más me han llamado la atención de esta obra. Obviamente, los aportes de los ponentes y comunicantes van mucho más allá de lo que se pueden incluir en una breve reseña como ésta. Una lectura muy recomendable no solo para los especialistas en la cuestión morisca sino para todos los interesados en la historia social de Europa, América y África.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

MUJERES ESCLAVAS Y ABOLICIONISTAS EN LA ESPAÑA DE LOS SIGLOS XVI AL XIX

MUJERES ESCLAVAS Y ABOLICIONISTAS EN LA ESPAÑA DE LOS SIGLOS XVI AL XIX

MARTÍN CASARES, Aurelia y PERIÁÑEZ GÓMEZ, Rocío (Eds.): Mujeres esclavas y abolicionistas en la España de los siglos XVI al XIX. Madrid, Iberoamericana, 2014, 265 págs.

 

        Este libro reúne una decena de trabajos relacionados con la esclavitud femenina entre los siglos XVI y XIX. Se estructura en dos grandes bloques: el primero dedicado a las mujeres esclavas y, el segundo, al análisis de la obra de las primeras mujeres comprometidas con la literatura antiesclavista.

        Carmen Fracchia y Luis Méndez Rodríguez se ocupan de la representación de las esclavas en la pintura española. Casos muy concretos porque éstas no fueron nunca, ni podían serlo, sujetos relevantes para los artistas que, en cambio, dedicaron su tiempo a pintar composiciones religiosas para las instituciones eclesiásticas y paisajes, bodegones y retratos para la élite. No obstante, nos han quedado algunos ejemplos excepcionales como el cuadro “La mulata” atribuido al célebre pintor de cámara de Felipe IV, Diego Velázquez. En él, como no podía ser de otra forma, aparece una mujer de color con mirada bondadosa y sumisa, como aceptando su condición. Y es que ésta era la mayor virtud que se esperaba de una aherrojada.

        Interesantísimo es el trabajo firmado por la Dra. Martín Casares sobre el mundo laboral de las esclavas. En unas páginas esclarecedoras demuestra que estas empleadas de hogar forzosas eran trabajadoras rentables para sus dueños, pues realizaban una multitud de trabajos, a veces especializados, como planchadoras, cocineras o lavanderas. También, dependiendo de las circunstancias, las encontramos ejerciendo de nodrizas, o cuidando enfermos. Otros servicios domésticos no siempre se producían dentro del hogar del dueño o de la dueña, pues con frecuencia la esclava acudía al mercado a comprar vituallas, actuaba de moza de recados o incluso de dama de compañía de su dueña.

También existía la posibilidad de alquilar sus servicios a otra familia percibiendo el dueño todo o parte del dinero obtenido por su esclava. Estos salarios por el alquiler del trabajo vuelven a verificar el alto valor económico del servicio domestico. Además, habría que sumar el repugnante uso sexual que algunos dueños hacían de sus aherrojadas así como la posibilidad de procrear nuevos esclavos. Todo ello, determinaba un mayor valor en el mercado que el esclavo de sexo masculino.

        Bernard Vincent analiza la devoción que profesaban a Santa Ifigenia y en menor medida a San Elesbán, dos santos negros. Estos, junto a San Benito de Palermo y a San Mateo –que predicó en Etiopía-, son algunos de las advocaciones más veneradas por los esclavos y libertos. La mayor parte de las imágenes de estos santos que se conservan en España eran propiedad de antiguas cofradías de negros, como la de los Negritos de Sevilla o la de Nuestra Señora de la Salud, San Benito de Palermo y Santa Ifigenia de la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Rosario de Cádiz.

        Sobre la liberación de esclavos tratan los trabajos de Alessandro Stella y Rocío Periáñez. Concederles la libertad –también llamada ahorría- dependía exclusivamente de la voluntad del propietario. En algunos casos fue totalmente altruista, bien por haberse criado la persona en cuestión en casa de su señor o por haberlos servido fielmente durante largo tiempo. Con cierta frecuencia se deja dispuesta su libertad en el testamento del dueño como un acto de caridad más. Sin embargo, esta caridad era limitada pues, como bien explica Rocío Periáñez, el esclavo era una inversión en una fuerza laboral a la que el dueño no quería renunciar. Por ello, hay muchos casos en que la libertad se concede después de haber pagado un “rescate”. Incluso, según la Dra. Periáñez, algunos amos inflaban el precio cuando sabían que había un marido enamorado o una madre empeñada en conseguir la libertad de su esposa o de su hija. Otras veces se les concedía la libertad pero con condiciones, que podían ir desde servirlos por un período de tiempo determinado, que no se pudiesen desposar o que sirviesen a la otorgante y a sus hijos mientras estos viviesen. Esta última era tan gravosa que probablemente el aherrojado moría antes de haber conseguido su libertad. Muchas, una vez conseguida la libertad, quedaban como criadas de sus antiguos dueños, desempeñando prácticamente el mismo trabajo. Eso lleva a la Dra. Periáñez a plantearse si les compensaba la obtención de la libertad, a lo que ella misma responde, que sí, pese a la penosa situación en la que se encontraban. Y es que ya lo decía Miguel de Cervantes: “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos…”

        En el segundo bloque del libro se incluyen cuatro trabajos referidos a mujeres antiesclavistas y abolicionistas, firmados sucesivamente por Marie Christine Delaigue, Arturo Morgado, Carmen de la Guardia y Enriqueta Vila. Sin duda, la pionera fue Gertrudis Gómez de Avellaneda cuya novela “Sab”, publicada en 1841, se adelantó una década a la famosa obra de la norteamericana Harriet Beecher Stowe, “La Cabaña del Tío Tom”. Sorprende la crítica que hace de la situación de la mujer que a su juicio es peor que la de los esclavos porque ésta estaba siempre sometida a su marido, mientras que estos podían cambiar de dueño o comprar su libertad.

        En definitiva, estamos ante un libro valioso que aporta datos y reflexiones novedosas sobre las mujeres esclavas y las escritoras abolicionistas. Dos caras de una misma moneda, las sometidas y las que encontraron la posibilidad de luchar con su pluma en defensa de la libertad.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LOS ÚLTIMOS MORISCOS

LOS ÚLTIMOS MORISCOS

SORIA MESA, Enrique: Los últimos moriscos. Pervivencias de la población de origen islámico en el Reino de Granada (Siglos XVII-XVIII). Valencia, Biblioteca de Estudios Moriscos, 2014, 289 págs.

 

        Este libro supone un avance imprescindible en el estudio de la minoría morisca que permaneció incrustada en la sociedad española, tras la supuesta expulsión de 1609-1610. Ya Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent señalaron que un grupo más o menos reducido de neófitos permanecieron en tierras peninsulares o regresaron. Sin embargo, los trabajos de Trevor J. Dadson sobre Villarrubia de los Ojos pusieron de manifiesto la magnitud del error en el que había incurrido la historiografía, al creer que todos o casi todos los moriscos habían abandonado la Península Ibérica, tras los decretos de expulsión de Felipe III. Desde entonces se ha producido un goteo constante de estudios sobre distintas zonas de España en las que se evidenciaba que el caso de Villarrubia no era un hecho aislado sino que podía extenderse incluso a buena parte del territorio español. Entre esos trabajos hay que citar los de Manuel Fernández Chaves, Rafael M. Pérez García, James B. Tueller, François Martínez, Manuel Lomas Cortés, Rafael Benítez Sánchez-Blanco, Miguel Ángel Moreno Ramírez de Arellano y el que escribe estas líneas, entre algunos otros. La obra que ahora reseñamos supone un salto adelante en esta línea revisionista, pues el autor ha manejado una ingente documentación que le ha permitido constatar la extraordinaria magnitud de la permanencia en el antiguo reino de Granada.

        Efectivamente verifica que cientos de familias eludieron las dos expulsiones, la de 1570 en dirección al interior peninsular y luego la de 1609. Conocíamos casos aislados de colaboracionistas como los Granada Venegas, estudiados por el propio prof. Soria. También sabíamos de la persistencia de esclavos –que además continuaron llegando-, de niños y de personas deposadas con “cristianos viejos”. Lo realmente novedoso de esta obra, como ya henos afirmado, es la magnitud de la permanencia en el caso granadino. Se trata de decenas de familias que se quedaron y que muchas de ellas han perdurado en el solar peninsular hasta nuestros días. Algunas de ellas descendientes de la vieja nobleza nazarí, como la Casa de Granada y los marqueses de Campotéjar, y otras puramente moriscas, algunas de gran solera como los Venegas de Monachil, los Belvís de Almería o los Salido de Guadix. En cualquier caso, como advierte el autor, las familias moriscas identificadas son necesariamente pocas porque el éxito de la permanencia se basó precisamente en la ocultación. Obviamente nadie en su sano juicio reconocería una ascendencia morisca, ni menos aún mostraría signos externos de prácticas islamizantes. Por ello, todos estos datos pacientemente documentados por el Prof. Soria Mesa, pueden ser acaso la punta del iceberg de un fenómeno mucho más generalizado y extendido quizás a buena parte de la geografía nacional.

        Otra cuestión que me ha parecido muy novedosa es que muchos mantuvieron en secreto sus ancestrales prácticas islámicas. Las prácticas endogámicas reforzaron y renovaron continuamente los lazos de solidaridad grupal. En caso de no encontrar un marido de su misma ascendencia étnica-religiosa para una hija, optaban por la soltería definitiva, quedando la fémina al amparo de su familia. En la tardía fecha de 1728 y 1729 hubo dos autos de fe en los que fueron procesadas un total de 250 personas por prácticas islámicas, lo que denota la pervivencia no solo de moriscos, sino de prácticas mahometanas. Pero hay más, en 1729 desembarcó en Turquía una familia granadina completa, los Figueroa Aranda, alegando que eran descendientes de los reyes moros de Granada y que pretendían observar públicamente la religión de Alá. Obviamente, el visir de la Sublime Puerta los acogió con todos los honores. El caso es que no fueron los únicos que se exiliaron pues hay constancia de la llegada a Túnez de otros granadinos, por motivos similares. Y digo que todo esto es sorprendente porque en otras partes de la Península, como Extremadura o Villarrubia de los Ojos, da la impresión que la mayor parte de los conversos que permanecieron, lo hicieron por su integración plena en la sociedad cristiana. Y para ello contaron con el apoyo del resto de los vecinos y de los párrocos que omitieron la condición conversa de muchos de sus feligreses, al entender que eran buenos cristianos y estaban bien integrados. En el momento de la expulsión, muchas familias conversas llevaban varias generaciones conviviendo pacíficamente con los cristianos de sangre limpia, sin que se apreciasen diferencias externas entre ellos.

        También interesante es el estudio de la actividad económica de estos conversos que demuestra la habilidad de muchas de estas familias para sobreponerse a las expulsiones y a las confiscaciones de bienes. En los siglos XVII y XVIII se dedicaron a una gran variedad de oficios, muchos de ellos relacionados con los oficios públicos –médicos, abogados, escribanos, etc.- el comercio, la artesanía -fundamentalmente de la seda- y la administración de patrimonios nobiliarios. Esta actividad económica les permitió adquirir fincas rústicas y urbanas, así como rentas censales, obtenidas a través de la concesión de préstamos. Incluso, muchos de ellos se ennoblecieron sin demasiados problemas, obteniendo la hidalguía y en algunos casos entroncando con la alta nobleza y obteniendo algún hábito de caballería. Y es que, aunque era preferible ser “cristiano viejo”, el grado de discriminación que sufrieron los morisco o amerindios nunca fue equiparable al que padecieron los judeoconversos.

        Para concluir diré que este libro del Dr. Enrique Soria supone un salto cualitativo en los estudios sobre la permanencia morisca en la Península Ibérica. Un estudio extraordinariamente sólido por el amplio repertorio de fuentes documentales e impresas que ha manejado su autor. Su conclusión no deja lugar a la duda: en el reino de Granada, millares de moriscos lograron quedarse a pesar de las estrictas órdenes regias.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

ENTRE LA IRA, LA INQUIETUD Y EL PÁNICO. LA RETIRADA DE CATALUÑA, PRINCIPIOS DE 1939

ENTRE LA IRA, LA INQUIETUD Y EL PÁNICO. LA RETIRADA DE CATALUÑA, PRINCIPIOS DE 1939

IZARD, Miquel: Entre la ira, la inquietud y el pánico. La retirada de Cataluña, principios de 1939. Barcelona, Plataforma Editorial, 2013, 226 págs.

 

        Todo el libro transcurre en las dos semanas que mediaron entre la toma de Barcelona por las tropas franquistas, el 26 de enero de 1939, y la ocupación de la frontera con Francia entre el 10 y el 13 de febrero de 1939. Un capítulo casi olvidado, pues los libros de historia suelen concluir con la ocupación de Barcelona por las tropas llamadas nacionales.

        Desconocemos el número de personas que trataron de cruzar los Pirineos, en un desesperado intento por salvar sus vidas. Probablemente medio millón, de las que varios cientos, quizás miles, murieron por el camino, unos víctimas de los bombardeos fascistas y otros por estar heridos o enfermos y no resistir las duras condiciones del viaje. Ahora bien, ¿por qué huían si Cataluña había sido ocupada y la guerra había acabado? Pues está claro, todos conocían lo que ocurría después de que las tropas franquistas ocupaban una villa o ciudad; siempre el mismo patrón, el fusilamiento de todo aquel que hubiese tenido la más mínima vinculación con la República. El profesor Izard rescata del olvido el drama que vivieron estas personas, muchas de las cuales no habían tomado parte en ningún combate militar ni habían cometido más delito que vivir en la zona republicana durante el transcurso de la guerra. Y como reconoce el autor, la reconstrucción no ha sido fácil porque la propaganda fascista se encargó de inventar y difundir mentiras sobre esta columna de exiliados a los que acusaban de ser hordas rojas, que saqueaban lo que encontraban a su paso y que viajaban cargados de dinero para vivir lujosamente en el país galo. Nada parecido a la realidad, pues a través de cientos de testimonios personales el autor ha podido reconstruir el drama de aquellas personas que sufrieron el cadalso o murieron en su intento.

        Entre las páginas de esta obra se palpa, se vive, se sufre, el drama de miles de personas, que se atropellaban unas a otras, buscando simplemente su supervivencia. Una auténtica caravana de la muerte por donde transitaron soldados derrotados, políticos, intelectuales pero también niños, mujeres y ancianos, padeciendo todo tipo de calamidades. Muchas familias iban al completo, acarreando sus ropas y a veces hasta muebles, que abandonaban por el camino a medida que iban desfalleciendo. Es curioso los listados de enseres que portaban, que con frecuencia dependía de su condición social. Por ejemplo, el periodista y poeta Jaume Pla, redujo su equipaje a una maleta cargada con cajas de leche condensada, botes de pintura y la Historia Universal de Espasa Calpe, que debió ir abandonando por el camino. Evidentemente, muchos iban heridos o enfermos y se dejaron la vida por el camino, mientras que otros sufrieron los bombardeos de la aviación italiana. Era verdaderamente infame que ciudades y villas indefensas y derrotadas, así como la columna de huidos fuesen reiteradamente bombardeados, matando inútilmente a decenas de seres humanos.

        Esta columna de exiliados fue considerada por los franquistas como una amenaza que había que exterminar. O sea que lejos de aplicar el viejo refrán de “enemigo que huye puente de plata”, los acometieron, en un acto de barbarie más de los muchos que se cometieron en la guerra y en la postguerra. Por cierto, que el autor se muestra muy prolijo en bibliografía sobre la guerra en Cataluña pero omite referencias a otros episodios de la guerra y la postguerra en España que recuerdan claramente lo ocurrido en el paso pirenaico. Me estoy refiriendo a la “Columna de los Ocho Mil”, formada por mujeres, niños ancianos y milicianos mal armados de Huelva, Badajoz y Sevilla, que fueron huyendo de sus pueblos a medida que los tomaban las tropas franquistas. Esta bolsa, formada por personas famélicas y desesperadas que trataban de salvar su vida cruzando por la zona franquista hasta llegar a la zona republicana de la Serena, fueron atacados deliberadamente con armamento de repetición en el cerro de la Alcornocosa, muriendo muchos de ellos. La prensa franquista se hizo eco de la gran victoria sobre lo que ellos llamaban un “ejército rojo”, cuando en realidad no eran más que personas civiles, la mayoría desarmadas.

        Dedica el autor bastantes páginas a hablar, como siempre sin tapujos, de los excesos y errores que se cometieron en la Cataluña republicana. Hacía tiempo que había toda una lucha de clases entre los grupos dominantes, que solo funcionaban con la coerción, y la clase trabajadora. Esta tensión se había puesto de relieve en la Semana Trágica y en diversas huelgas, en especial la general de 1917. Hubo desmesuras, asesinatos, persecuciones contra la Iglesia, lo mismo de militantes de la F.A.I. que de la C.N.T., pero niega siguiendo a a Manuel Cruells, que se tratase de una campaña sistemática de exterminio del burgués sino de actos incontrolados o de venganzas personales. Se quemaron algunos conventos, que eran vistos como símbolos de la opresión capitalista, y aunque las autoridades republicana los condenaron, quizás no fueron todo lo contundentes que cabría esperar. También, como señala Izard, hubo traiciones y comportamientos poco ético de algunos dirigentes políticos. Muchos de ellos huían camino de Francia al tiempo que arengaban al pueblo a resistir. De hecho, en la propia ruta del exilio, aunque todos sufrían la contrariedad de abandonar su tierra, mientras la mayoría viajaban a pie, famélicos y al borde la inanición, algunos políticos y burócratas republicanos circulaban en coches privados o en autobuses. Asimismo, se produjeron muchas diferencias y enfrentamientos, tanto entre los propios políticos republicanos como entre los altos mandos militares, facilitando el triunfo a sus oponentes.

        Ahora bien, dicho esto y reconociendo que en la zona republicana se cometieron excesos, hay que señalar la forma de actuar mucho más metódica del bando nacional. Así, cuando los franquistas ocuparon Cataluña, hubo fusilamientos sistemáticos de todos aquellos que habían colaborado con la República o simplemente eran sospechosos de no estar con el nuevo régimen. Nuevamente, en esta cuestión hay estudios sobre otras partes de España que llegan a conclusiones similares. Por ejemplo, en Extremadura, los caídos del bando republicano fueron más de 6.900 mientras que en el bando nacional no superaron los tres centenares. Sostiene Francisco Espinosa, que una vez comenzada la contienda existió un plan de exterminio orquestado por el bando nacional que no tuvo parangón con los excesos puntuales que cometieron los republicanos. Y en este sentido afirma que la izquierda tuvo en las cárceles “a lo más granado de la derecha extremeña” –fascistas, grandes propietarios y curas- y la mayor parte de ellos salvaron la vida. Nada que ver con el exterminio llevado a cabo por la derecha, como lo prueba el hecho de que allí donde triunfaba el golpe, le seguía la represión, variando únicamente la intensidad de la misma, dependiendo de las circunstancias.

        Hay que concluir diciendo que se trata de un libro muy meritorio, donde el autor ha reconstruido en base a decenas de testimonios este drama olvidado de nuestra historia. El rescate de la memoria es el único medio que tenemos los historiadores para tratar de redimir a estas víctimas de nuestro pasado reciente. Una obra bien escrita y magníficamente editada que se lee como si de una novela histórica se tratase, aunque por desgracia sus datos y sus dramas sean absolutamente ciertos y reales.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

PODER Y SOCIEDAD MORISCA EN EL ALTO VALLE DEL ALHAMA (LA RIOJA)

PODER Y SOCIEDAD MORISCA EN EL ALTO VALLE DEL ALHAMA (LA RIOJA)

MORENO RAMÍREZ DE ARELLANO, Miguel A.: Poder y sociedad morisca en el alto Valle del Alhama (1570-1614). Logroño. Instituto de Estudios Riojanos, 2009, 320 págs.

 

        Magnífico y documentado trabajo sobre el fenómeno morisco en el alto Valle del Alhama (La Rioja), antes durante y después de la expulsión, es decir, entre 1570 y 1614. Le precede un interesante prólogo del profesor Pedro Andrés Porras Arboledas, en el que afirma con argumentos sólidos que el cadalso morisco no fue una expulsión sino una expatriación. Se envió al cadalso a decenas de miles de personas que vivían en la Península Ibérica desde tiempo inmemorial y que en su mayor parte se sentían cristianos y españoles.

En el Valle del Alhama se dieron una serie de particularidades, empezando por la casi perfecta integración y asimilación de los neófitos, que estaban muy mezclados por vía matrimonial. A diferencia de lo que ocurría en otras zonas como Valencia o Granada, en las dos Castillas, la mayor parte de los moriscos estaban radicados allí de antiguo –no llegados tras la rebelión de las Alpujarras-, eran cristianos sinceros y estaban en un estado muy avanzado de aculturación. Habían olvidado la escritura islámica –algarabía-, usaban apellidos y nombres cristianos, y salvo excepciones, vestían y comían como castellanos.

Asimismo, como demuestra el autor, estos cristianos nuevos se alejaban bastante del prototipo de población marginada que se les atribuye en otras zonas de España, donde desempeñaban oficios propios de las capas más bajas de la sociedad, como arrieros, campesinos, braceros, artesanos, etc. En cambio, en esta comarca “su nivel de vida era equiparable al de sus convecinos cristianos viejos, y en la práctica totalidad eran propietarios, algunos de considerables haciendas”. Es decir, en el Valle del Alhama casi todos eran pequeños, medianos o grandes propietarios, lo cual además queda demostrado en el apéndice IV en el que se relaciona un listado interminable de propiedades que dejaron tras su expulsión.

Dada su casi perfecta integración en esta zona riojana, se palpa mejor que en otros sitios el drama humano que sufrieron antes y sobre todo después de la expulsión. El sinsentido de la extirpación quirúrgica de una parte de la población que no había cometido más delito que ser descendientes de antiguos conversos. Concejos, párrocos y vecinos salieron en defensa de sus vecinos y amigos, amenazados por la sinrazón del Estado. Es muy elocuente la escritura de poder que formalizó el concejo de Aguilar el 6 de diciembre de 1609 para tratar de evitar la posible expulsión de los neófitos del pueblo. La carta no tiene desperdicio por lo que me permito reproducirla parcialmente:

 

“La mayor parte de los vecinos de esta villa son descendientes de nuevamente convertidos de los muy antiguos y tan buenos cristianos que como tales siempre y de ordinario han recibido y reciben el Santísimo Sacramento y juntamente con los cristianos viejos han sido en fundar cofradías… Y han sido y son cofrades y alcaldes-mayordomos y priostes de ellas y elegidos y nombrados por alcaldes ordinarios, regidores, procuradores y otros oficios del concejo sin distinción como los cristianos viejos y muchos de estos por vía de matrimonio están mezclados con cristianos viejos y demás de estos han sido y son tan fieles y leales vasallos del rey…”

 

Está claro a juzgar por éste y otros testimonios que eran unos españoles más, que estaban totalmente integrados y que por el simple hecho de tener la sangre manchada se les señaló con el dedo, se les persiguió, se les sancionó y en muchos casos se les expulsó.

¿De quién o de quiénes partió la idea de la expulsión y por qué motivos? Pese a lo que pueda parecer yo creo que es una cuestión que sigue sin estar clara. Con respecto a quién, la Iglesia por lo general los protegió –tanto los párrocos como los altos prelados- al tiempo que Papa Paulo V nunca sancionó ni respaldó moralmente dicha expatriación. Las autoridades locales por lo general los protegieron, mientras que el Consejo mantuvo primero una actitud dubitativa y, finalmente, cambió de opinión para situarse a favor de la exclusión. Sin embargo, hasta el propio Duque de Lerma mantuvo escrúpulos de conciencia por lo que suponía enviar al cadalso a varios cientos de miles de cristianos, aunque fuesen solo neófitos, engordando la población de la civilización islámica a la que consideraban enemiga. Por tanto, creo que la primera respuesta es contundente, se trató de una decisión de una minoría intransigente, radical e irracional, situada en el entorno de Felipe III. Con respecto a los motivos tampoco está claro; tradicionalmente se afirmó que fue la consecuencia del fracaso de la asimilación y el miedo a que se convirtieran en la quinta columna islámica que colaborase desde dentro a una reconquista de berberiscos y turcos. Es posible que a la Corona también le movieran objetivos económicos cortoplacistas, pues le debió parecer una buena oportunidad de conseguir dinero fácil y rápido a través de la confiscación de los bienes dejados por los neófitos. Sin embargo, no hay que olvidar que tras la consumación del genocidio, decenas de arbitristas se dedicaron a construir una explicación que justificase tan dramática decisión. Todo gobierno, todo estado, ha tratado siempre de justificar éticamente sus actuaciones. Consumada la expulsión muy pocos se atrevieron a criticar ya el decreto. Al tiempo que la maquinaria oficial elaboró una coartada oficial. A mi juicio fue una decisión absurda, basada en conjeturas y auspiciada por una minoría cristiana intransigente.

Con respecto a la cuestión de la permanencia el autor ofrece interesantísimos datos. Primero, detecta en la mayor parte de los pueblos del alto Valle del Alhama un aumento considerable de los matrimonios mixtos de moriscas con cristianos viejos, mientras que otros consiguieron licencias para quedarse, lo que en la época llamó el propio conde de Salazar “bulas de buenos cristianos”. Otros muchos permanecieron por encontrarse enfermos o como ocurrió en Aguilar, por no tener descendencia y comprometerse por escrito a legar su patrimonio, tras sus respectivos fallecimientos, a la Real Hacienda. Y segundo, consigue aislar numerosos casos de conversos que regresaron a los tres o cuatro años, reintegrándose en sus pueblos sin demasiados problemas. Algunos incluso, reclamaron y consiguieron la restitución de los bienes que perdieron tras la expulsión. Ahora bien, pese a los numerosos casos que documenta el autor concluye que la permanencia fue solo residual. Pero yo creo que esa conclusión está condicionada por el peso excesivo de la historiografía tradicional que sostuvo siempre tal circunstancia. No da la impresión, por los numerosos casos que aísla perfectamente el autor, que fuera solo residual. Muchos eludieron la expulsión, en algunos casos por estar incrustados en la sociedad cristiana por vía matrimonial, otros consiguieron licencias y un pequeño grupo regresó, en ocasiones sin problemas para reintegrarse. A mi juicio, la permanencia en el alto Valle del Alhama, obviamente no fue ni pudo ser masiva pero afecto a un porcentaje razonablemente alto de antiguos moriscos muchos de ellos tan mezclados con los cristianos viejos que pasaron desapercibidos.

Para finalizar diré que al trabajo de Miguel A. Moreno Ramírez de Arellano no se le puede hacer ni una sola crítica. Se trata de un estudio serio, profundo, y sobre todo excelentemente documentado con fuentes primarias de muy diversos archivos locales, provinciales y nacionales y con una bibliografía actualizada y muy completa. Un paso más en el largo proceso de reconstrucción de la historia de los moriscos españoles en el que muchos estamos embarcados desde hace años.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

POR LA RELIGIÓN Y LA PATRIA

POR LA RELIGIÓN Y LA PATRIA

ESPINOSA MAESTRE, Francisco y GARCÍA MÁRQUEZ, José María: Por la religión y la patria. La Iglesia y el golpe militar de julio de 1936. Barcelona, Crítica, 2014, 214 págs.

 

        Último libro del historiador Francisco Espinosa, en esta ocasión realizado en colaboración con el investigador José María García, ambos con una larga trayectoria en la temática de la guerra y de la postguerra. La obra en cuestión expone sintéticamente y con una redacción fluida, los argumentos que ligan a la Iglesia con la sublevación militar de 1936 y también como colaborador necesario y consustancial en el proceso depurador posterior. Era algo que ya sabíamos, aunque sus autores consiguen aislar decenas de ejemplos que demuestran de manera incontestable sus tesis. Y digo que ya lo sabíamos porque la II República pretendía conseguir una sociedad plenamente democrática para lo cual estimaba que era necesario el laicismo. Y éste a su vez implicaba necesariamente la aconfesionalidad del Estado y la relegación de lo religioso al ámbito de lo privado. La República entendía que la influencia de la Iglesia, sobre todo en el ámbito de la educación, era un obstáculo insalvable para el progreso social. En coherencia con tal pensamiento dictó leyes anticlericales, sacando a la institución de las escuelas y creando cientos de centros educativos públicos. Asimismo, aprobó la ley del divorcio, los matrimonios civiles y el sufragio universal femenino. Es obvio, que a los católicos radicales y a los monárquicos estas ideas les parecieron del todo inaceptables, vinculándose desde el primer momento a los opositores al régimen. Y ello porque no estaban dispuestos a perder de un plumazo los privilegios consolidados durante siglos.

Es importante señalar que las primeras iniciativas reaccionarias se produjeron en el mismo año de 1931, catalizándose al año siguiente en el fracasado golpe del general Sanjurjo. Y aquí los autores insertan una reflexión que no por obvia deja de ser relevante: frente a lo que se ha repetido hasta la saciedad, la oposición frontal y hasta militar a la república es anterior a la quema de conventos, a la revolución de 1934, en la que ardieron medio centenar de conventos y fueron asesinados algo más de treinta religiosos y, obviamente, al asesinato de Calvo Sotelo. Lo cierto es que como bien escriben los autores, la Iglesia tardó muy poco tiempo en pasar de sentirse víctima de la República a verdugo de los republicanos.

        El clero proporcionó la necesaria cobertura ética al golpe, calificándolo de cruzada cristiana. La guerra no enfrentaba a golpistas y a republicanos sino a buenos y a malos, los primeros encarnación de la providencia divina y los segundos marxistas, inspirados por el mismísimo diablo. La Virgen, el Sagrado Corazón de Jesús y el resto de la corte celestial, cómo no, eran monárquicos y, por tanto, estaban con los nacionales. Lo mismo el alzamiento que la guerra y la represión posterior estuvieron bendecidos por el altar y por Dios. Por ello, la mayoría no veía contradicción entre sus convicciones cristianas y la matanza de miles de personas, cuyo único delito había sido ser republicanos y/o de izquierdas. Nada tiene de extraño que muchos prelados hablasen de asesinados para referirse a los derechistas represaliados y de fusilados cuando aludían a los caídos de izquierda. Y esto no solo ocurrió al más alto nivel de prelaturas sino en cada parroquia, en cada púlpito, en los que se predisponía a los católicos a la beligerancia con la democracia republicana. Es ocioso repetir aquí los testimonios de autoridades religiosas que hablan en este sentido, pues se cuentan por centenares. Citaremos solo algunos muy representativos, como las palabras del obispo de Vitoria, Monseñor Mateo Múgica, quien afirmó que la peor de las monarquías era siempre preferible a la mejor de las repúblicas. No menos flagrante fue la actitud del prelado de Teruel, Anselmo Polanco, que al ver desde su balcón el desfile del Tercio Sanjurjo, con orejas, narices y otros miembros pinchados en las bayonetas de los soldados se limitó a comentar que se trataba de los excesos naturales de toda guerra. Un comentario del todo inapropiado para una persona que en teoría era un siervo de Dios. Asimismo, el párroco de la iglesia de San Martín de Salamanca, desde el púlpito, dijo a sus feligreses: ¿Sabéis quien mató a Jesucristo…, quién lo crucificó? Los rojos de entonces. Como ya hemos dicho, esta era la idea: los republicanos eran los malos, los judíos, mientras que los nacionales eran los elegidos por Dios para llevar adelante la cruzada cristiana.

En general, cientos de párrocos participaron activa o pasivamente en la guerra, junto al bando Nacional, como el cura de Zafra Juan Galán, el jesuita Bernabé Copado, Eugenio López, párroco de Encinasola, José Martín Domínguez, cura en Barcarrota, etcétera. Y después de la contienda, no les tembló el pulso a la hora de testificar en contra de miles de personas a lo largo y ancho de la geografía española. Y para facilitar la depuración no dudaron en inventar testimonios falsos cuando lo creyeron oportuno. Eso también lo sabíamos, lo novedoso de este libro es que demuestra con innumerables ejemplos, que esa perversa actitud no fue excepcional sino la norma. Eso sí, la mayoría de ellos se preocupaba de que a los condenados se les administrase la Extremaunción e, incluso, si no estaban desposados por la iglesia, los exhortaban a casarse instantes antes de su asesinato. Sus cuerpos se perdían pero salvaban sus almas, esta era la obsesión de estos infames, que incluso permitieron la ejecución de embarazadas.

        Es bien conocido el asesinato de unos seis mil curas a manos de los republicanos, y lo sabemos porque la Iglesia se ha encargado de investigar en sus propios archivos y de pregonar sus pérdidas. Sin embargo, al tiempo que usan libremente sus archivos en su beneficio impiden el acceso de otros investigadores a ellos que puedan esclarecer muchas de las verdades que esconden. Entre ellas, a los curas que fueron represaliados por los nacionales por no comulgar con sus ideas o simplemente por proteger a sus feligreses. Es conocido el asesinato de dieciséis curas vascos por su ideología nacionalista, pero existen algunos casos más hasta ahora no reconocidos, como el del cura de Caseda (Navarra) Eladio Celaya, o del párroco de Pereña de la Ribera (Salamanca), Leopoldo Vicente Urraza. Los autores consiguen identificar y aislar numerosos ejemplos aunque hay que decir que nunca fue un fenómeno generalizado porque, como ya hemos dicho, la mayor parte del clero se posicionó con los golpistas. Los que fueron asesinados a manos de los propios fascistas, la Iglesia no los consideran mártires porque, según dicen todavía en la actualidad, no murieron defendiendo su fe sino sus ideas nacionalistas o republicanas.

Los autores dedican un capítulo entero a la depuración de maestros lo cual era vital para la construcción del nuevo orden. Todos aquellos que habían mostrado su simpatía por la República o simplemente no habían apoyado el golpe, fueron apartados de sus puestos en el mejor de los casos o asesinados en el peor. Solo en la provincia de Sevilla ejecutaron a unos sesenta de ellos. Uno de los casos más flagrantes fue el de la joven maestra de Villafranca de los Barros, Catalina Rivera Recio. La pasividad del párroco de la villa, Tomás Carretero, contribuyó a ello con sus informes tibios. Consumada la ejecución, el citado clérigo se limitó a decir miserablemente: ha sido fusilada por marxista.

        Y para finalizar los autores aluden al tema recurrente del cura bueno, es decir, de aquellos religiosos que según la tradición oral se opusieron con todas sus fuerzas a las ejecuciones del bando Nacional. Es cierto que hubo religiosos que se mantuvieron al margen del golpe, e incluso algunos lucharon en las filas del bando republicano. Sin embargo, en algunos casos los relatos de estos curas buenos, están a medio camino entre la realidad y la ficción. Y para sostener esta afirmación se basan en el ejemplo del cura de Mérida, César Lozano, que en el último momento impidió la ejecución de diez trabajadores del ferrocarril. Pues bien, la literatura posterior exageró sus actos, hablando de su continua oposición a las matanzas, sin embargo, los autores solo han conseguido documentar esta actitud en una ocasión. Nada parecido a lo que Oscar Schindler hizo en el III Reich, salvando a miles de judíos. De Ahí que maticen cuando dicen que en realidad fue un cura bueno pero por un solo día. Más admiración merece fray Gurmesindo de Estrella que estuvo asistiendo a los presos que iban a ser fusilados en la cárcel de Torrero entre 1936 y 1942. Su detallado diario muestra el terror impuesto por los vencedores y el horror y la impotencia que sentía el pobre capuchino. Su diario constituye, como indican los autores, un testimonio del infierno fascista, realizado desde el interior de la máquina de matar franquista.

        A mi juicio este libro constituye un paso más en el conocimiento de la verdad sobre la guerra y la postguerra, un trabajo con el que están comprometidos los autores desde hace bastantes lustros. Para ser totalmente sincero, su lectura me ha resultado descorazonadora; la miseria del ser humano no tiene límites, como demuestran las actitudes de estos prelados ansiosos de vengar a sangre y fuego agravios pasados. Me hubiese gustado que la historia fuese otra, pero fue la que fue. Y en este compromiso con la historia y con la verdad me siento identificado con los autores.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS