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HISTORIA DE LA VILLA DE SOLANA DE LOS BARROS

HISTORIA DE LA VILLA DE SOLANA DE LOS BARROS

Mira Caballos, Esteban: Historia de la villa de Solana de los Barros. (Sus ordenanzas de 1554). Badajoz, Diputación Provincial, 2014. 190 págs.

 

Mi interés y mi vinculación a la historia de Solana nace del hecho de que llevo una década impartiendo Historia en el I.E.S.O. Mariano Barbacid de Solana. Dado que siempre trato de motivar a mis alumnos poniendo ejemplos cercanos a los lejanos, me comencé a interesar por la historia local. Si me refería a los señores feudales hablaba del castillo de Villalba, si me refería a campesinos y siervos aludía a los de Solana, si trataba el arte barroco aludía a los retablos de la parroquia de Santa María Magdalena, o si me refería al valle de los Caídos, citaba la obra de Juan de Ávalos para la parroquia,

Pero como en las aulas el aprendizaje suele ser mutuo, fue por uno de mis alumnos que supe de la existen en el archivo municipal de un libro manuscrito de la época de Carlos V. Un buen día me acerqué al ayuntamiento y ¡sorpresa! Se trataba de unas ordenanzas municipales originales aprobadas en 1554. Inicialmente realicé una transcripción de las mismas y un estudio introductorio que presenté a las V Jornadas de Historia de Almendralejo y Tierra de Barros, dedicadas a la vida municipal, y celebradas en el mes de noviembre de 2013.

Con posterioridad, mi amiga Isabel Antúnez, diputada en la institución pacense se ofreció a realizar las gestiones para sondear la posibilidad de publicación por la citada institución. Sus eficaces gestiones y la buena disposición de don Francisco Muñoz dieron luz verde al proyecto. Una vez aprobada su publicación decidí ampliar los objetivos, redactando una primera historia global de la villa desde sus orígenes y, en particular, desde la carta puebla de 1481 hasta el final del Antiguo Régimen.

He manejado numerosos documentos inéditos, localizados fundamentalmente en el archivo Municipal de Solana, en el parroquial y en el Municipal de Zafra. Ahora bien, quiero insistir que solo es un primer paso, y tiene dos limitaciones: Primero, no incluye la Edad Contemporánea, y segundo, ha sido imposible llevar a cabo un estudio sistemático del archivo ducal de Medinaceli porque actualmente no está disponible ni en el del obispado de Badajoz, que está en fase de catalogación y no se pueden consultar los documentos.

El poblamiento de Solana fue extremadamente precario hasta el otorgamiento de la Carta Puebla del 1 de octubre de 1481. Se favoreció el asentamiento en las aldeas de Los Caballeros y del Charco de la Peña, pero los pobladores decidieron hacerlo en un lugar equidistante entre ambos puntos, la aldea de Solana. ¿A qué se debió esta elección? No pudo ser casualidad, a los nuevos pobladores les debió parecer el sitió más idóneo para establecerse. Estaba en alto, en la cara soleada del cerro, junto al río Guadajira y señoreaba tierras de una gran fertilidad. Es decir, reunía las condiciones idóneas para el poblamiento, y prueba de su acierto es el hecho de que subsista su poblamiento cinco siglos después.

        Para finalizar quisiera decir que la lectura de estas páginas puede introducir al lector en un mundo muy diferente, rural y precapitalista. Estaba formada por sacrificados campesinos y jornaleros que, pese a las guerras, las servidumbres señoriales y las epidemias consiguieron salir adelante. En este libro, a falta de grandes personajes, la colectividad se erige en protagonista, narrándose su forma de vida, sus creencias, sus fiestas, su organización política y su estructura social. Por tanto, la historia que tengo el gusto de presentar se aleja bastante del clásico panegírico de historia local, convirtiéndose, en cambio, en un registro de la memoria histórica de un pueblo de la Baja Extremadura. El texto introduce al lector en todo un mundo rural, muy diferente al actual, que encierra dramas vitales pero también vivencias colectivas que hoy añoramos y hasta extrañamos. Lo que más me ha llamado la atención a un americanista como yo acostumbrado a estudiar las grandes compañías comerciales americanas, la llegada de metal precioso de las Indias, y el naciente capitalismo, es encontrar una sociedad tan precapitalista. Solana de los Barros era un mundo casi autárquico con muy escasos intercambios comerciales con el exterior. La gente vivía de lo que el medio le ofrecía, eran muy pobres, vivían la mayor parte de las veces con carestías, pero también tenían virtudes hoy añoradas: tenían pocas necesidades consumistas, eran muy solidarios entre ellos y, por supuesto, enormemente respetuosos con la madre tierra de la que vivían.

Espero que los lectores, especialmente los solaneros, gocen con la lectura de estas páginas donde se palpa la forma de vida en sus ascendientes. Sí es así el trabajo habrá merecido la pena.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EN LOS MÁRGENES DE LA CIUDAD DE DIOS. MORISCOS EN SEVILLA

EN LOS MÁRGENES DE LA CIUDAD DE DIOS. MORISCOS EN SEVILLA

FERNÁNDEZ CHAVES, Manuel F. y Rafael M. PÉREZ GARCÍA: En los márgenes de la ciudad de Dios. Moriscos en Sevilla. Valencia, Universidad, 2009, 532 págs.

 

        Con cierto retraso ha caído en mis manos esta obra sobre los moriscos sevillanos. Su lectura me ha sorprendido gratamente por el profuso y documentado trabajo realizado por sus autores que cubre un verdadero vacío historiográfico. Han escudriñado todos los archivos que disponían de documentación sobre la temática, tanto civiles como eclesiásticos y de todo el ámbito nacional, lo mismo locales, que autonómicos y nacionales. El esfuerzo ha sido titánico a lo largo de casi un lustro, como reconocen los propios autores.

        Aunque pueda parecer una historia local, limitada a una sola urbe, no es tal, primero porque en Sevilla vivía la mayor comunidad conversa de la Península Ibérica, y segundo, porque en realidad se trabaja todo el fenómeno morisco a través de este caso concreto. Salen a relucir moriscos de muchos otros lugares de España, como por ejemplo hornachegos, merced a las relaciones comerciales que mantenían con la capital hispalense.

        Se trata de un estudio metódico que abarca todos los aspectos relacionados con la Sevilla morisca. Empiezan en las primeras páginas haciendo un balance historiográfico, y continúan con el estudio de esta minoría en Sevilla antes y después de la rebelión de 1569, su vida hasta su expulsión y los pormenores de su cadalso hasta el Magreb. La llegada de esclavos granadinos, tras la rebelión de 1569, supuso un antes y un después para la ciudad. Entre 1569 y 1570 localizan los autores un total de 1.511 esclavos de los que 584 son moriscos, es decir, un 38,6%. Algunos habían sido obtenidos en buena guerra pero otros eran personas ajenas a la rebelión que soldados y personas sin escrúpulos capturaron de manera ilegítima. Lo cierto que el contingente de piezas vendidas en Sevilla era muy superior al que se comercializaban en los años anteriores y posteriores. También se concentraron un gran número de rebeldes en Carmona y Écija, localidades que funcionaron, a juicio de los autores, como focos de concentración para una posterior redistribución de los mismos por la geografía peninsular. Y así se hizo pese a la oposición de las élites locales a su salida, siempre necesitada de mano de obra barata. Lo cierto es que el grupo morisco revolucionó el mercado esclavista sevillano. Y es que Sevilla era por aquellas fechas el mayor mercado de esclavos de toda Europa Occidental. El contingente de moriscos en 1580 ascendía a 6.247 de los que una sexta parte aproximadamente estaban sometidos a servidumbre, mientras que en 1589 su número había aumentado hasta un total de 6.406, de los que 408 eran esclavos.

        Su salida, a raíz del bando de expulsión del 12 de enero de 1610, supuso un quebranto económico para la economía local, pues la mayoría de ellos se empleaba en el sector primario, como hortelanos o labradores, y no faltaban artesanos que lo mismo trabajaban en el sector textil que en la construcción o en la forja. Las causas del fatídico decreto fueron variadas: religiosas, políticas, económicas, militares y psicológicas. Según los autores, la Tregua de los Doce Años constituyó un síntoma externo de debilidad para la monarquía de los Habsburgo cuyo chivo expiatorio fueron los moriscos, usados para dar sensación de autoridad o para desviar la atención de otros problemas más graves. Asimismo, la Corona pasaba por serios apuros financieros y necesitaba liquidez inmediata para pagar a sus acreedores por lo que los bienes dejados por los moriscos se convirtieron en un efímero balón de oxígeno.

        Este exhaustivo trabajo contribuye a sacar del olvido a esta minoría injustamente extirpada y expulsada de la sociedad española. Una parte de ellos consiguió integrarse plenamente en la sociedad casticista, poniendo, incluso de moda lo morisco: alfombras, paños alfanjes y camisas moriscas se observan en muchos inventarios incluso de miembros de la aristocracia y hasta de la realeza castellana.

        Y para finalizar, quiero decir que este libro con ser una excelente contribución no agota la temática sino que más bien abre nuevas líneas de investigación y nuevas interrogantes que están todavía por resolver: ¿cuántos se quedaron integrados en la sociedad? ¿Cuántos regresaron tras la expulsión? ¿Cómo fue la integración y disolución de la minoría conversa en la sociedad casticista? No parece que hubiese en Sevilla muchos matrimonios mixtos, pero sí es seguro que un grupo indeterminado de ellos eludieron el exilio. Además, de niños, mujeres, esclavos y enfermos, hubo familias bien integradas que eludieron el control, mientras el marqués de San Germán, encargado de su expulsión, hacía la vista gorda. Pero, como reconocen los propios autores, son problemáticas que deberán estudiarse y despejarse en el futuro.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

TOLERANCE AND COEXISTENCE IN EARLY MODERN SPAIN

TOLERANCE AND COEXISTENCE IN EARLY MODERN SPAIN

DADSON, Trevor J.: Tolerance and coexistence in Early Modern Spain. Old christians and moriscos in the Campo de Calatrava. New York, Tamesis, 2014, 279 págs.

 

         Nueva entrega del hispanista Trevor J. Dadson, profesor de Queen Mary University of London, que viene a ampliar su ya larga trayectoria investigadora sobre los moriscos españoles. En teoría, el libro se presenta como una ampliación a los pueblos del Campo de Calatrava de su trabajo sobre esta minoría en Villarrubia de los Ojos (Madrid: Iberoamericana, 2007). Una comarca ubicada en la actual provincia de Ciudad Real y que incluiría, además de a la citada Villarrubia, a las localidades de Almagro, Daimiel, Aldea del Rey y Bolaños. Todas ellas comparten el hecho de haber albergado un contingente notable de conversos que, en el caso de Bolaños, suponía el 70 por ciento de su población. Sin embargo, huelga decir que el trabajo supera con creces este marco. El profesor Dadson, en un encomiable acto de modestia, destaca esa zona en particular porque fue objeto de una exhaustiva investigación personal sobre documentación de archivo, especialmente el de Simancas y el ducal de Híjar, depositado en el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza. Pero en su libro encontramos alusiones a los moriscos de toda la geografía peninsular, constituyendo un verdadero estado de la cuestión, pues incluye un amplio repertorio bibliográfico que el autor ha sabido asimilar y sistematizar para llegar a conclusiones propias.

        El trabajo cuenta con una introducción, once capítulos, un glosario, una amplia bibliografía y un utilísimo índice de personas y lugares. Empieza analizando la situación de los moriscos antes de la expulsión, haciendo un especial hincapié en la actuación de la Inquisición y en la movilidad social y económica de esta minoría. Asimismo, frente a lo tradicionalmente sostenido, afirma que una parte de esta minoría era alfabeta y que, a medida que avanzaba el siglo XVI, su porcentaje aumentó, llegando a ser similar al que había entre los cristianos viejos. Pero es más, demuestra, con datos en la mano, el surgimiento de una élite morisca en Villarrubia bien instruida que quizás podría extrapolarse a otras villas morunas de la geografía española.

Le sigue un pormenorizado estudio de la expulsión y de la retorica del poder a favor de la misma, así como la oposición de amplios sectores de la población. Los fatídicos decretos fueron respaldados por la literatura oficial, que defendían su connivencia con los corsarios berberiscos o su mayor fecundidad, lo que significaba un potencial peligro para los cristianos. Pero no era cierto, pues ni había pactos con los berberiscos ni las parejas moriscas eran más fecundas que las formadas por cristianos viejos. Uno de los aspectos más novedosos de este trabajo es el estudio sistemático de todos los testimonios en defensa de la minoría conversa que se situó frente a la expulsión (Cap. 6). Hubo un sinfín de autoridades que se opusieron a la misma, desde religiosos –cardenales, obispos, abades o simples párrocos- a grandes señores –el duque del Infantado, por ejemplo- o simples regidores locales.

        El estudio de los que eludieron la orden de expulsión (Cap. 7) y los que regresaron (Cap. 8) es otro de los puntales de esta obra. No disponemos aún de datos exactos sobre el número de moriscos que permaneció en su tierra natal pero, a juicio del autor, bien pudo suponer el 40 por ciento de todos ellos, ¡en torno a 200.000 personas! Esclavos, niños menores de siete años, mujeres, ancianos y enfermos pero también familias integradas en la cristiandad. Como afirmó Domínguez Ortiz, había mucha diferencia entre unos moriscos irreductibles, como los valencianos, y otros más integrados en la sociedad cristiana mayoritaria. Muchas de estas familias ni siquiera fueron señaladas por sus conciudadanos, mientras que otras consiguieron demostrar su cristianismo sincero. Había habido no pocos matrimonios mixtos y sus descendientes lo eran tanto de cristianos viejos como de conversos. Algunos, incluso, ostentaban cargos de responsabilidad en los concejos y en algunas cofradías, en los momentos previos a la expulsión, lo que evidencia la confianza que depositaban en ellos sus conciudadanos. Además, habría que sumar los retornados, unos 30.000, o acaso más del doble si hemos de creer al historiador norteamericano Earl Hamilton. Una vez repatriados, algunos de ellos, residentes en el valle de Ricote y en el Campo de Calatrava, incluso otorgaron escrituras notariales para recuperar sus bienes, sin que nadie los denunciase por un retorno teóricamente ilegal. Un caso llamativo es el de Alonso Herrador, perteneciente a una conocida familia del Campo de Calatrava, que fue expulsado a Francia en agosto de 1611 y que ¡al mes siguiente! estaba de regreso en su villa natal, junto a otros de los compañeros de cadalso.

        Y finaliza el profesor Dadson disertando sobre la necesidad de reescribir la historia de esta minoría (Cap. 9), desde un enfoque diferente al tradicional y destacando la integración de una buena parte ellos (Cap. 11). Hay que corregir la tesis que defiende, siguiendo la literatura oficial, que la expulsión fue tan necesaria como inevitable. Los testimonios oficiales de la época moderna tienden a justificar lo injustificable, es decir, la expulsión, mientras que las fuentes inquisitoriales acentúan la diferencia. Pero no olvidemos que eran parte interesada, pues se financiaban en buena medida a través de las multas impuestas a esta minoría. Insiste el autor que no todo fue intolerancia dentro de la España casticista. Y no solo se integró a una parte de los moriscos sino también a los judeoconversos, al menos en el caso de Villarrubia de los Ojos, donde desaparecen de la documentación después de los procesos desarrollados entre 1511 y 1516. Fue precisamente esa coexistencia pacífica, a lo largo de más de un siglo, la que permitió que muchos evitasen el cadalso, tras los decretos de 1609 a 1614. Como dice acertadamente el autor, ni todos los moriscos eran falsos cristianos ni todos los cristianos viejos fanáticos intransigentes. La propia Inquisición, en ocasiones, se mostraba más tolerante de lo que cabría esperar, por lo que parece obvio que los fanáticos de un lado y de otro no dejaban de ser una parte más o menos pequeña. Frente a ellos hubo conversos dispuestos a integrarse plenamente y muchos cristianos viejos que los ayudaron en ese sentido, unos criticando la expulsión o consiguiendo permisos de permanencia para ellos, y otros, simplemente, no delatando el origen de sus conciudadanos. Hubo párrocos que omitieron la condición de moriscos de algunos de sus feligreses, que eran buenos cristianos y estaban bien integrados. En el momento de la expulsión, muchas familias conversas llevaban varias generaciones conviviendo pacíficamente con los cristianos de sangre limpia, sin que se apreciasen diferencias externas entre ellos.

        A mi juicio, este libro contribuye a desmontar la Leyenda Negra contra España, imperante desde la Edad Moderna en buena parte de Europa. Es cierto que hubo una España casticistas e intransigente que buscaba la limpieza religiosa, sin embargo, no lo es menos que había otra más tolerante, tradicionalmente silenciada por la historiografía. Se confirma pues, la tesis que hace años planteó Domínguez Ortiz y retomó recientemente Stuart Schwartz (Madrid, 2010) según la cual la tolerancia hacia otros credos estuvo más generalizada en el mundo ibérico de lo que se había creído. El hecho de que esta nueva obra se publique en inglés y fuera de España, puede facilitar la difusión en el mundo anglosajón de esta visión más equilibrada y coherente de nuestro pasado, al tiempo que revigoriza nuestro irrenunciable pasado moruno.

Pocas pegas se le pueden poner a un libro tan novedoso y sistemático como éste. No obstante, no me resisto a señalar algunas ausencias de obras importantes como los estudios de Nicolás Cabrillana sobre la Almería morisca (Granada, 1982), de Fermín Mayorga sobre los moriscos y la Inquisición de Llerena o el reciente y exhaustivo trabajo de Bartolomé Miranda y Francisco de Córdoba sobre el caso de la villa morisca de Magacela (Badajoz, 2010). Es cierto que, en teoría, como ya hemos dicho, el libro se centra en el Campo de Calatrava, pero dada la extensísima bibliografía que manejó el autor, bien pudo haber incluido a estos autores.

        Para concluir, huelga decir que esta obra constituye un nuevo hito en el estudio sobre la temática, similar al que en su día supuso la edición de Geógrafie de l’Espagne morisque (París, 1959) de Henry Lapeyre o la Historia de los moriscos (Madrid, 1993) de Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent. Un texto, pues, que es desde el mismo momento de su aparición de referencia obligada para todos los estudiosos de las minorías étnicas en la España Moderna.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

UNA METRÓPOLI ESCLAVISTA. EL CÁDIZ DE LA MODERNIDAD

UNA METRÓPOLI ESCLAVISTA. EL CÁDIZ DE LA MODERNIDAD

MORGADO GARCÍA, Arturo: Una metrópoli esclavista. El Cádiz de la modernidad. Granada, Universidad, 2013, 360 págs.

 

Esta nueva obra del profesor Arturo Morgado, catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Cádiz, supone un nuevo peldaño en el conocimiento de esa gran lacra social que fue a lo largo de la Edad Moderna la esclavitud. Como es bien sabido, la sociedad de la Edad Moderna se basaba en la desigualdad. La esclavitud fue una institución comúnmente admitida desde la antigüedad pues, siguiendo la tradición aristotélica y el posterior Derecho Romano, había personas que nacían para mandar y otras para servir. Desde entonces y hasta el siglo XIX se admitió como normal, incluso por la Iglesia, pese a la existencia de algunas voces –muy pocas- disidentes en su seno. Entres estos gloriosas disidentes habría que citar a los dominicos fray Tomás de Mercado y fray Bartolomé de Las Casas, así como a fray Bartolomé Frías de Albornoz.

Los estudios sobre la institución se han multiplicado en los últimos años. Atrás quedaron los pioneros trabajos de de Antonio Domínguez Ortiz (1952), Vicenta Cortés Alonso (1964), Alfonso Franco Silva (1979) y Manuel Lobo Cabrera (1982), para dar lugar a un conocimiento más exhaustivo, enfocando la institución desde distintas perspectivas y a muy diferentes escalas geográficas. Enumerar aquí ni tan siquiera las obras esenciales sobre la esclavitud sería algo imposible por lo que remito al estado de la cuestión editado hace dos décadas por Manuel Lobo Cabrera (1990: 1091-1104). Bien es cierto que se hace necesaria la elaboración de un nuevo regesto que integre las decenas de aportes de los últimos años. También el tráfico esclavista en el Imperio Habsburgo así como la esclavitud en las Colonias han experimentado un enorme auge, especialmente notable en aquellas áreas donde el fenómeno esclavista fue más complejo; nos referimos a economías como las de Brasil, Cuba, etc., posiblemente por ser sociedades donde la esclavitud se desarrolló con más intensidad. Son imprescindibles los estudios de Curtin (1969), Knight (1970), Schwartz (1985) y Klein (1986).

        El trabajo del profesor Morgado supone a mi juicio un nuevo hito en la historiografía sobre la esclavitud en España, como lo fue hace pocos años el de Alessandro Stella para la esclavitud en la Península Ibérica (2000), el de la Dra. Martín Casares para el caso granadino (2000) y mucho más recientemente el de Rocío Periáñez para Extremadura (2010). Y digo que es un nuevo hito porque no es un estudio más sobre la esclavitud. El manejo de fuentes es notabilísimo, trabajando archivos parroquiales, diocesano, municipales, notariales, etc. lo que supone un esfuerzo extraordinario que solo las personas habituadas a trabajar en estos repositorios saben ponderar. La bibliografía también es muy amplia y exhaustiva, con muy pocas ausencias de significación. En muchos aspectos esta obra confirma lo que ya sospechábamos, mientras que en otras nos ha sorprendido por la novedad de sus planteamientos.

Sorprende que mientras en gran parte de la Península, el máximo esplendor de la institución correspondió a la segunda mitad del siglo XVI y al primer tercio del XVII, en Cádiz se concentró un siglo después es decir, en la segunda mitad del XVII -7.143 esclavos bautizados- y en menor medida en la primera mitad de la siguiente centuria -1.639 cristianados-. Y ello porque en aquellos años fue cuando Cádiz se convirtió en la gran metrópoli del sur, cabecera del comercio colonial. Llama la atención, asimismo, que aunque la trata de esclavos se prohibió en 1814 se mantuvo la esclavitud hasta muy avanzado en siglo XIX. Sabíamos que en Puerto Rico y Cuba, España mantuvo la institución hasta 1873 y 1886 respectivamente, pero desconocíamos que en la propia Cádiz hubo esclavos hasta mediados del siglo XIX. Transcribe el autor varios documentos sorprendentes, por ejemplo, un listado de anuncios de venta de esclavos publicados en el Diario Mercantil de Cádiz entre 1803 y 1805 (pp. 318-319). ¡Increible! Pocos años antes del Cádiz casi mítico de las Cortes, de la libertad, aparecen anuncios vendiendo personas como si fuesen animales con la más absoluta normalidad. Asimismo, menciona un interesante padrón municipal de Cádiz de 1830 en el que todavía se incluyen 22 aherrojados, algunos de ellos libertos ya, mientras que ¡en 1840! todavía se registraban un total de cinco. Y digo que me sorprende porque yo tras un meticuloso estudio de la esclavitud en Tierra de Barros la última alusión que encontré a la esclavitud fue una carta de ahorría, fechada el 21 de septiembre de 1805, a favor de una esclava llamada Josefa Antonia, residente en Ribera del Fresno (Badajoz). Lo cierto es que en Cádiz, la servidumbre se mantuvo con la connivencia de toda la sociedad que seguía viendo por lo general la esclavitud como algo normal. La propia Iglesia como institución condenó la trata esclavista pero no la esclavitud hasta bien avanzada la centuria decimonónica.

        Según el profesor Morgado, el esclavo era un producto caro y conllevaba además unos gastos de manutención lo que provocaba que fuese más rentable contratar trabajadores libres a jornal. Pero en la historia no siempre ha primado la racionalidad económica. Por eso su uso en Cádiz, como en otros lugares de la geografía española, respondía en unos casos a un objeto suntuario, como signo de distinción social y, en otros, sí que contribuían a la estructura productiva. Ambos usos son compatibles, primando uno u otro dependiendo de las circunstancias y de sus propietarios. Está claro, por ejemplo, que en las minas de Guadalcanal o Almadén o en las plantaciones coloniales su uso era exclusivamente productivo, desarrollando los trabajos más duros.

Esta obra confirma varias cosas que ya sabíamos como que se vendieron más mujeres que hombres y que éstas alcanzaron mayor. Las féminas se solían cotizar a más precio por su uso como concubinas por los dueños, por ser reproductoras de nuevos esclavos y por su mayor docilidad (p. 165). En este aspecto, no difiere de lo que ocurría en el resto de la Península Ibérica. Todos los aherrojados tuvieron el status de cosa por lo que no nos debe extrañar que la compra-venta se realizase con una pasmosa naturalidad. Nos sorprende a nosotros pero no a sus protagonistas en la España Moderna que muy al contrario lo interpretaban como algo no solamente legal sino también legítimo. Sin embargo, destaca el autor que en la práctica muchos dueños dieron un trato aceptable a sus esclavos, en algunos casos quizás por caridad cristiana y en otros por una cuestión de racionalidad económica, es decir, por el deseo de conservar la inversión realizada. En cualquier caso, se trataba, como dice el profesor Morgado, de una cuestión de buena o mala suerte (p. 211). Ahora bien, no ocurría exactamente así en su traslado a la Península, pues a los traficantes les salía más rentable dejar morir a una sexta o a una séptima parte del pasaje que alimentarlos adecuadamente durante la travesía.

Se posiciona el autor junto a los que piensan que era una sociedad esclavista. Se trata de un tema polémico y discutible; es obvio, que se trataba de una sociedad con esclavos, pero muchos autores estiman que no era una sociedad esclavista, porque el porcentaje de población esclava era muy reducido. De hecho, Neil Davidson en un recientísimo trabajo ha defendido que, aunque en casi todas las sociedades ha habido esclavos, el modelo esclavista de producción solo se dio en las polis griegas y en el Estado Romano (2013: 288).

        Y para finalizar quisiera decir que a un estudio tan brillante y documentado como éste se le pueden señalar pocas objeciones. No obstante, la decisión del autor de excluir de su estudio el siglo XVI y la segunda mitad del XVIII, en el primer caso por la escasez de fuentes documentales y en el segundo por el descenso de la actividad esclavista, no me parece acertada. Debió incluir toda la Edad Moderna para evitar que su trabajo se quedase en un estudio de la esclavitud gaditana en una parte de la Edad Moderna. Aunque las fuentes locales son escasas para la Cádiz del siglo XVI, todos los americanistas nos hemos encontrado con numerosas referencias sobre entrada o salidas de esclavos al puerto de Cádiz en esa centuria. Asimismo, llama la atención que cite las obras de Tzvetan Todorov en sus ediciones francesas (p. 12), cuando todas ellas tienen traducción al castellano. Y finalmente, aunque no estaba obligado a citar toda la bibliografía sobre la esclavitud, dado que su listado es bastante completo, se echan en falta referencias a distintas obras sobre la esclavitud en Barcarrota, Salvaleón, Mérida y Tierra de Barros, en Extremadura o de Almería, en Andalucía. Pese a estas pequeñas observaciones, no creo equivocarme si digo que esta obra supone un salto cualitativo en los estudios sobre la esclavitud en España. Una obra que es ya de referencia obligada para todos los que trabajamos el dramático fenómeno de la esclavitud y de las minorías étnicas en el mundo Moderno.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LO CONVERSO: ORDEN IMAGINARIO Y REALIDAD EN LA CULTURA ESPAÑOLA

LO CONVERSO: ORDEN IMAGINARIO Y REALIDAD EN LA CULTURA ESPAÑOLA

FINE, Ruth, GUILLEMONT, Michèle y VILA, Juan Diego (eds.): Lo converso: orden imaginario y realidad en la cultura española (siglos XIV-XVII). Madrid, Iberoamericana, 2013, 535 págs.

 

        El libro recoge una veintena de aportaciones presentadas en el Coloquio Internacional, La literatura de conversos después de 1492, celebrado en la Universidad Hebrea de Jerusalén, en enero de 2010. Se trata de un verdadero estado de la cuestión, donde se integran innovaciones metodológicas, precisiones terminológicas y novedosos puntos de vista. Los especialistas allí reunidos proceden tanto del terreno de la literatura como de la historia. Como dicen los propios editores en el prólogo el objetivo de la reunión no fue otro que intercambiar perspectivas, renovar agendas críticas, recuperar cauces exegéticos o impugnar asertos tradicionalmente sostenidos sobre la cuestión conversa.

        En vez de hacer un análisis de cada una de las aportaciones, glosaré algunas ideas transversales tratadas por la mayoría de los ponentes. En primer lugar, se analizan los métodos de identificación de la literatura conversa, al tiempo que se reivindica el estudio de aquellos sefarditas exiliados en Ámsterdam, Venecia, Ruán o Constantinopla. A veces, son matices, ciertas expresiones o ciertos resentimientos los que pueden ofrecer pistas sobre un posible origen converso de un autor. No olvidemos que, en teoría, el converso era un cristiano nuevo y, por lo general, trataba de ocultar su pasado judaico. Esta literatura tiene su problemática, sobre todo por la falta de acuerdo sobre si basta algún aspecto biográfico, la actitud crítica, o el simple uso de un género determinado –como la novela picaresca- para incluirse entre los conversos.

Está claro que el género de la novela picaresca, incluye un posicionamiento crítico que sirve de desahogo al sufrimiento de los escritores judeoconversos, como bien afirma Augustín Redondo. A Mateo Alemán se le considera el verdadero creador del género, continuado por el autor del Lazarillo de Tormes y del Guzmán de Alfarache. No tiene nada de particular que el cirujano judeoconverso Francisco de Peñaranda, emparedada un ejemplar del Lazarillo de 1554 en su casa de Barcarrota (Badajoz), antes de abandonarla. Trataba de ocultar lo más posible las huellas de su pasado judío.

A lo largo de esta obra, los distintos autores ponen el acento en la literatura conversa y en los rasgos que la distinguen, desde Fernando de Rojas a Miguel de Cervantes, pasando por los escritores sefarditas exiliados. Por las páginas de esta obra se pasean personajes tan relevantes como Mateo Alemán, Hernando de Talavera, Juan Ramírez de Lucena, Alfonso de Santa Cruz, Juan de Mal Lara, Jorge de Montemayor, Juan Méndez Nieto, Miguel de Cervantes y Juan Lluis Vives, entre otros. Y todo ello sin perder de vista que, en una sociedad tan casticista como la hispánica, muchos optaron por el silencio, por lo que no siempre es fácil identificar a los autores y a la literatura conversa. Interesante es el trabajo de Juan Ignacio Pulido que argumenta sobre la supuesta ascendencia conversa de Cervantes, ratificando lo aseverado hace décadas por Américo Castro. Hay ciertas expresiones de Don Quijote que pueden ser indicativos, como cuando afirma que los sábados comía duelos y quebrantos, aludiendo a los huevos y al tocino respectivamente. Ello implica que el caballero de la Mancha, como muchos conversos, aborrecía un alimento que se veía obligado a consumir, precisamente en la fiesta del Sabbat. También, como afirma Ruth Fine, el tratamiento que reciben en sus obras los marginados pueden ser otros indicios de esa filiación cristiano-nueva.

No podían faltar algunas ponencias relativas a los judeoconversos en las colonias americanas. Muy interesante es el texto de Aliza Moreno-Goldschmide sobre el médico Juan Méndez Nieto, que marchó a América, afincándose en Cartagena de Indias. Allí encontró su espacio de libertad, pues, como él mismo escribió en sus memorias, en las colonias uno podía prosperar con dinero y esfuerzo y no por su ascendencia familiar. Muy singular me ha resultado el trabajo de Jan Szeminski sobre el drama de la muerte de Ataw Walpa, una obra teatral quechua, escrita a mediados del siglo XVI en la que se niega la ascendencia judía de los indios, al tiempo que se le atribuye nada más y nada menos que a Francisco Pizarro. Y ello con la intención literaria de contraponer por un lado lo bueno -indios cristianos- frente a lo malo -el conquistador marrano-. Y ello con la intención de demostrar que Pizarro fue lo peor entre ambos mundos, el Perú cristiano y España.

En general, como bien se explica en estas páginas, los conversos pudieron haberse integrado en la sociedad castellana; lo intentaron. Eran descendientes de judíos, pero cristianos al fin y al cabo, siendo los irreductibles, como afirma Rica Amrán, una minoría. Sin embargo, fue el radicalismo inquisitorial y la actitud casticista de la mayoría de los cristianos viejos los que hicieron inviable el proceso. A fin de cuentas, como dice Rachel Ibáñez-Sperber, eran conversos simple y llanamente porque los demás –los otros- los tenían como tales. Fueron, pues, endógamos a la fuerza ya que nunca fue tanto una opción propia como producto del rechazo de los cristianos viejos. Incluso, se vieron obligados a crear sus propias cofradías de conversos, como la de San Cristóbal de Gandía, fundada en julio de 1403. Por ese mismo rechazo, a finales de ese siglo comenzaron a aparecer en Castilla las cofradías de negros, y en el siglo siguiente las de moriscos. Fueron obligados a vivir en barrios separados, al tiempo que se les limitó el acceso a determinados oficios y a los altos cargos de la administración. Así, por ejemplo, el gremio de plateros de Valencia exigía un expediente de pureza de sangre. Un destino tan trágico como el de los moriscos y el de otros híbridos, sobre los que siempre pesó la sospecha.

Ésta era la España excluyente, intransigente y casticista de ayer que las páginas de este libro ayudan a desentrañar. Éste es nuestro irrenunciable pasado, trágico, pero nuestro. Y tenemos la obligación de desentrañarlo y conocer toda la verdad por dura que ésta sea.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA ENCOMIENDA DE LARES

LA ENCOMIENDA DE LARES

GUERRERO CABANILLAS, Víctor: Encomienda de Lares (siglos XIII-XIX). Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2013, 525 págs.

 

        El autor, natural de Esparragosa de Lares, viene a engrosar la larga lista de médicos escritores, en este caso con una historia referida a su tierra natal. Ahora bien, no se trata de una microhistoria más, por varios motivos: primero, porque fue, junto a la mayor de Brozas, la encomienda más importante de la Orden, con unas 50.000 fanegas de tierra. Además, se ubicaba en el estratégico paso de las rutas mesteñas Leonesa Oriental y Soriana-segoviana. Segundo, porque se trata de un trabajo documentadísimo, en base a fuentes primarias obtenidas a pie de archivo y de una exhaustiva bibliografía. Y tercero, por los grandes personajes que ostentaron la Comendadoría de Lares, y que hace que esta obra tenga repercusión e interés, incluso, al otro lado del océano. Entre esos comendadores figuraron personajes tan conocidos como Nicolás de Ovando, Juan de Sotomayor, García de Toledo o Gonzalo de Raudona. El primero de ellos, fue nombrado comendador de Lares en 1478 y, entre 1501 y 1509, ostentó la gobernación de las Indias, por nombramiento de Isabel La Católica. Yo como americanista he leído muchas veces el título de Comendador de Lares que ostentaba Nicolás de Ovando. Pues bien, debo reconocer que no he tenido una percepción exacta de lo que significaba hasta que no leí el libro objeto de esta reseña.

        La encomienda, tuvo originalmente su sede en la fortaleza y el lugar de Lares, abarcando a las actuales localidades de Esparragosa de Lares, Galizuela y Santi Spíritus. El poblamiento prerromano de la zona, entre los siglos VII y VI a. C. marca el punto de partida de esta historia. El asentamiento en la sierra de Lares, permitía una cierta seguridad, que acertaron a vislumbrar los musulmanes quienes, a partir del siglo VIII de nuestra era, crearon el primer recinto amurallado en lo que ellos llamaron al-Laris. Éste fue ampliado y reforzado en varias ocasiones por su importancia estratégica, al constituirse como base de operaciones desde la que los islámicos lanzaban sus razias sobre el territorio cristiano –p. 71-. Sería a partir de la reconquista, en el siglo XIII, cuando la fortaleza de Lares y su entorno se convirtió en la más importante encomienda de la orden en la comarca de la Serena. Por cierto, que fue una de las primeras encomiendas alcantarinas, pues ya en el año 1284 está documentada la presencia de un tal frey Salvador Méndez, como comendador de Lares. Y bajo este dominio señorial se mantuvo durante seis siglos, justo hasta el final del Antiguo Régimen. Pero a partir del siglo XV, consolidada ya la conquista, la fortaleza perdió su importancia estratégica, siendo abandonada a su suerte. A finales del siglo XVI, tanto esta fortaleza como la aldea o villa aledaña quedaron totalmente extinguidas. En cambio, Esparragosa de Lares –fundada presumiblemente a finales del siglo XIII o principios del XIV- así como su pedanía –Galizuela- subsistieron hasta nuestros días. Y ello, a pesar de las trabas permanentes, impuestas por la propia Orden y por el Honrado Concejo de la Mesta, que lastraban el desarrollo agrario. La mortalidad catastrófica, con hambrunas y epidemias periódicas, hicieron el resto, impidiendo el crecimiento demográfico de las localidades de la encomienda. Eso no impidió que en el siglo de las Luces, Esparragosa experimentase un considerable crecimiento, pasando de 1.575 habitantes a mediados del siglo XVIII a casi 3.000 a finales de esa misma centuria. Asimismo, dispuso de unas infraestructuras sanitarias mínimas pues, a mediados del siglo XVIII, sabemos que el concejo asalariaba a un médico, un cirujano, un barbero sangrador y un boticario –p. 465-.

La Orden mantuvo sobre todos sus territorios y, por supuesto, también sobre la encomienda de Lares los poderes gubernativo, judicial y tributario. Sus titulares gozaron del pleno disfrute de rentas y beneficios además de otros derechos y preeminencias. Como contrapartida, al menos en teoría, el titular de la encomienda debía mantener los edificios civiles y religiosos, así como garantizar la atención espiritual y la protección militar de los vasallos de su jurisdicción. El estudio se prolonga hasta finales del siglo XVIII, analizando las construcciones civiles y religiosas de la encomienda así como el reformismo agrario de los ilustrados y el tránsito de los campesinos de su condición servil de vasallos a la de ciudadanos.

Sorprenden las duras críticas del autor hacia la mayoría los titulares de la encomienda. Salvando casos honrosos como los de Nicolás de Ovando, la mayoría fueron personas infelices, corroídas por la codicia, la soberbia y las envidias, además de falsarios, absentistas, parásitos sociales, déspotas y presuntuosos -pp. 18-19-. Y digo que sorprende no porque no lo crea así sino porque no es usual encontrar escritores tan críticos, especialmente cuando tratan de reconstruir su historia local. Pero también en este aspecto la honestidad del autor para enjuiciar y valorar la historia tal como fue está fuera de toda duda. Asimismo, encontramos, como en toda obra de gran envergadura, algunos errores o imprecisiones. Así, por ejemplo, hay algunas obras que se citan a pie de página, como las de José Miguel de Mayoralgo, pero que el autor se olvidó de incluir en la bibliografía final. Igualmente, cita erróneamente la referencia topográfica de la real cédula por la que se concedió el blasón a la villa de Lares de Guahava, en la Española. El autor, la cita como conservada en el Archivo de Indias, Indiferente General 418, L. 1, F52R-1, probablemente porque la tomó de algún libro antiguo. Sin embargo, cualquier persona habituada a trabajar en dicho repositorio sabe que esa referencia no existe ni ha existido nunca. En realidad, el documento en cuestión, que ha sido publicado en varios regestos documentales, se conserva en la misma sección pero en otro legajo, el 1961, L. 1, fols. 97r-98v. En cualquier caso, se trata de pequeñas objeciones que en absoluto empañan el valor de esta obra.

En definitiva, creo que estamos ante un aporte serio, exhaustivo y bien razonado de una de las encomiendas más importantes del señorío alcantarino. Por ello, viene a completar brillantemente los trabajos de Feliciano Novoa Portela, sobre la Orden de Alcántara.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

ALCÁNTARA Nº 78 (julio-Diciembre de 2013)

ALCÁNTARA Nº 78 (julio-Diciembre de 2013)

Alcántara, Revista del Seminario de Estudios Cacereños, Nº 79. Cáceres, julio-diciembre de 2013, 178 págs.

 

         Acaba de aparecer el último número de la revista de la Diputación de Cáceres Alcántara, correspondiente al segundo semestre de 2013. Como de costumbre, se trata de un ejemplar muy cuidado con artículos bien seleccionados, unos de carácter literario y otros relacionados con la historia de Extremadura.

         Como dice el propio coordinador de la revista, Salvador Calvo Muñoz, Alcántara fue siempre y es literatura. Y efectivamente, el signo de identidad de esta revista ha sido siempre la literatura, primero por el cuidado de todos los textos, y segundo, por la presencia de páginas de contenido literario. Destacan en este sentido las contribuciones de Cristina Torres Barrado sobre el poema de Federico García Lorca, Poeta en Nueva York, Alfonso Bernáldez Ordóñez, Ángela Vallvey y Matías Simón Villares.

         Sin embargo, a mí como historiador, me atraen más los ensayos históricos con contribuciones de Enrique Gómez Solano, Juan Antonio Caro del Corral, Fernando Cid Lucas, Rodrigo Calvo Tornero y José L. Rodríguez Plasencia. De entre ellos, destacaremos algunos que me han resultado más interesantes:

El trabajo de Caro del Corral sobre el ataque portugués a Sierra de Gata me ha parecido muy bien documentado, con fuentes que proceden de muy diversos repositorios españoles y portugueses. En unos momentos donde la historiografía se centra con profusión en los estudios contemporáneos resulta novedoso encontrar un trabajo referente a la Edad Moderna y en particular a una guerra, como la de Portugal, que tanto afectó negativamente a Extremadura. La primavera de 1642 marcó el inicio de la guerra en Sierra de Gata que sufrieron, de una u otra forma, hasta febrero de 1668.

Notable es el aporte de Fernando Cid que destaca la presencia de extremeños en los siglos XVI y XVII en Japón.. En los últimos años la historiografía está investigando la presencia de españoles en China y Japón a lo largo de la Edad Moderna. Los españoles fueron pioneros en el descubrimiento del Lejano Oriente, y en ello debemos incidir en unos momentos en los que el epicentro económico del mundo se está desplazando a aquella zona. Concretamente se centra en la figura de tres personajes: Pedro de Burguillos, Diego Collado y Lourenço Mexía. El primero de ellos, fray Pedro de Burguillos, nació en Burguillos del Cerro, en la segunda mitad de siglo XVI, dejándonos una crónica sobre su estancia en Japón entre 1601 y 1602. Fray Diego Collado O.P. fue natural de Miajadas, estuvo en el colegio de San Esteban de Salamanca, llegando a ser vicario de su orden en el territorio nipón. Y finalmente, Lourenço Mexía, nació en Olivenza –entonces perteneciente a Portugal- en 1539, marchando a evangelizar al Extremo Oriente y muriendo, en 1599, en la ciudad de Macao.

Y finalmente, me ha parecido muy curioso el trabajo de José L. Rodríguez, sobre el entorno mágico del Santuario de la Virgen de Navelonga de Cilleros. La presencia en el entorno de tumbas anteriores a nuestra era, cazoletas prerromanas y ronchaderas o resbaladeras, llevan al autor a concluir que en ese entorno pudo existir un lucus sacrum o un centro de culto. Incluso, sugiere la posibilidad de que estuviesen dedicados a la diosa celta Aataecina o alguna otra divinidad prerromana. No se trata más que de conjeturas, pero hay que reconocer que la aglomeración de todos estos restos anteriores a nuestra era, sugieren que aquel lugar fue especial para sus primitivos habitantes.

Solo me queda felicitar a los miembros de la revista y a los autores de los artículos por este nuevo número de tanta calidad. Desde estas líneas quiero animar a los lectores a disfrutar pausadamente de cada una de sus páginas.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL PODER DEL DINERO. VENTAS DE CARGOS Y HONORES EN EL ANTIGUO RÉGIMEN

EL PODER DEL DINERO. VENTAS DE CARGOS Y HONORES EN EL ANTIGUO RÉGIMEN

Francisco Andújar Castillo y María del Mar Felices de la Fuente (eds.): El poder del dinero. Ventas de cargos y honores en el Antiguo Régimen. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva, 2011. 357 páginas.

 

Teníamos noticias de la venalidad en España, desde los clásicos trabajos de Antonio Domínguez Ortiz y Francisco Tomás y Valiente, sin embargo, hasta fechas relativamente recientes no hemos conocido su verdadera magnitud. La venta de oficios públicos por parte de la Corona fue una constante en el Antiguo Régimen a lo largo y ancho del Imperio. Ello se enmarcaba en un proceso más amplio de enajenación de todo el patrimonio regio, por necesidades monetarias, que abarcó a todo lo vendible, desde títulos de ciudad a nobiliarios, pasando por Grandezas de España y todo tipo de cargos de la administración civil y militar, tanto nacional como local.

En el presente libro se recogen un total de diecisiete contribuciones sobre la materia que analizan un amplio espectro cronológico –los tres siglos de la Edad Moderna-, espacial –El mundo ibérico y sus colonias- y temático –oficios municipales, judiciales, militares, honores, etc.-. El objetivo último, según reconocen los propios editores, era plantear una reflexión sobre lo realizado hasta ahora, aclarando términos, planteando nuevas estrategias metodológicas y marcando las pautas del trabajo a desarrollar en los próximos años. En definitiva, la pretensión era la de presentar un estado de la cuestión, que permitiera a los investigadores las orientaciones necesarias para seguir avanzando en la materia.

La obra se estructura en cinco bloques que abarcan los principales aspectos de la venalidad ibérica. En el primero, encontramos cuatro contribuciones que tratan de resolver problemas conceptuales como merced, beneficio, venta, corrupción, transmisión de oficios y disimulación. Inauguran el volumen, los estudios de Jean-Pierre Dedieu, en solitario, y otro firmado junto a Andoni Artola, sobre los sistemas de transmisión de cargos. Ambos sostienen la necesidad de superar el cliché negativo de la venalidad, pues ésta no afectó a la eficiencia administrativa ya que existieron mecanismos para garantizar que el comprador cumplía los requisitos necesarios para desempeñarlos. E incluso –afirman- que si aun así se producía el nombramiento, la propia administración se podía negar a aceptarlo si se demostraba su ineptitud o si no pertenecía a la élite política. En una línea similar, Michel Bertrand, plantea la necesidad de matizar la equivalencia entre venalidad y corrupción porque, a su juicio, no necesariamente implicaba un debilitamiento de la autoridad de la monarquía. Por su parte, Francisco Andújar clarifica la diferencia entre beneficio y venta pues, mientras el primer término implicaba el disfrute de un cargo por un tiempo determinado –con frecuencia de 3 a 8 años-, la venta suponía la enajenación del oficio a perpetuidad.

En el segundo, se agrupan tres trabajos en los que se ahonda en la venalidad municipal, tanto en el ámbito de realengo como en el señorial. Los trabajos de Alberto Marcos y de María López se centran en la Península, el primero en el siglo XVI y la segunda en las otras dos centurias de la Edad Moderna. Esta última autora apunta su menor incidencia en los núcleos señoriales. Por su parte, Pilar Ponce Leiva analiza la venalidad municipal en un espacio muy distinto, la ciudad de Quito en el siglo XVII, destacando las consecuencias sociales y políticas de la enajenación en esa localidad colonial. La renunciación de oficios en el ámbito indiano quedó regulada por una orden del 14 de diciembre de 1606, sin que exista nada parecido para la España peninsular.

En el tercer bloque encontramos un buen grupo de contribuciones, referidas específicamente a los cargos militares y judiciales así como al acceso a honores y cargos a través del reclutamiento. Interesante es el aporte de Antonio Jiménez Estrella quien demuestra que la venalidad en el reclutamiento de tropas, bien documentada en el siglo XVIII, debe retrotraerse al menos hasta la primera mitad de la centuria anterior. Thomas Glesener analiza dichas prácticas en un espacio diferente, los Países Bajos, mientras que Inés Gómez se centra en los oficios de la Chancillería de Granada y Ana Victoria López-Cordón en los cargos obtenidos en el entorno cortesano. Por cierto que en la Corte era el único lugar en el que se podían obtener cargos por cauces diferentes al del vil metal.

En el siguiente apartado, los estudios se centran en la venta de títulos nobiliarios y hábitos de órdenes militares que se podían obtener con dinero o a través del reclutamiento de tropas. Apunta María del Mar Felices que las exigencias para acceder a la nobleza titulada eran frecuentemente menores que las requeridas para acceder al escalón más bajo del estamento nobiliario, es decir, a la hidalguía. La entrada de savia nueva dio al primer estamento un cierto dinamismo que lo aleja del tópico de inmovilismo tradicionalmente sostenido. Como destaca Antonio José Rodríguez, había muchas formas de acceder a un título, vinculación a la Corte, méritos civiles o militares, recluta de soldados o simplemente el dinero. Por su parte, Marcos Giménez Carrillo amplía la venalidad nobiliaria a los hábitos de órdenes militares, mientras que José Manuel Díaz Blanco destaca las ventas de habilitaciones a extranjeros para comerciar con América en tiempos de Felipe IV.

Y en el último apartado encontramos dos contribuciones, una firmada por Roberta Giannubilo y otra por Fernanda Olival, en las que se examina la venalidad en el vecino reino de Portugal y en su colonia brasileña. La primera elabora un estado de la cuestión mientras que la segunda indaga en la renunciación de cargos, destacando que era una forma encubierta de venta, muy similar a lo que ocurría en Castilla. En general, todo parece indicar que la enajenación de cargos, oficios y títulos también estuvo presente en el imperio luso, aunque con una menor intensidad que en el Habsburgo.

Esta obra constituye un punto de referencia para todo aquel que desee introducirse o continuar con la investigación de la venalidad en la España moderna. Se aprecian algunas contradicciones entre unos autores y otros a la hora de valorar éticamente la venta de cargos y títulos, lo cual no deja de ser normal teniendo en cuenta que se trata de una obra colectiva. Sin embargo, huelga decir que la obra consigue su objetivo de especificar lo realizado hasta ahora, clarificando la terminología y señalando aspectos todavía inexplorados que esperan la mano de algún investigador que los saque a la luz.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Reseña publicada en Iberoamericana Nº 50. Berlín, 2013, págs. 253-254)