Blogia
Libros de Historia

libros de Historia de España

EL ÁRBOL Y LA RAÍZ

EL ÁRBOL Y LA RAÍZ

CLAVERO, Bartolomé: El árbol y la raíz. Memoria histórica familiar. Barcelona, Crítica, 2013, 217 págs.

 

        Nueva entrega del profesor Bartolomé Clavero, catedrático de Historia del Derecho en la Universidad de Sevilla, en la que traza un recorrido por los abusos del franquismo con los vencidos, a través de una microhistoria: la de su propia familia –franquista- y su entorno en la pequeña villa sevillana de Cazalla de la Sierra. Básicamente, el autor incide en tres cuestiones:

Una, que tras la victoria del bando Nacional se produjo el reparto del botín de guerra, es decir, el prorrateo de cargos políticos, cátedras, titularidades y puestos de responsabilidad de aquellos que pertenecían al bando vencedor, en detrimento de los vencidos. Un empobrecimiento en todos los ámbitos, merced a personas que ocuparon altos cargos de la administración o de la empresa privada no por méritos propios sino por filiación política. Un salto atrás en el tiempo que nos recuerda a los rancios estatutos de limpieza de sangre que coartaban el acceso a los puestos de la administración de todo aquel que no fuese cristiano viejo. Desgraciadamente, todavía en la España del siglo XXI, a la hora de acceder a cualquier puesto público o privado pesa más la familia o el apellido que los méritos.

Dos, en los abusos velados de los vencedores hacia los vencidos que se prolongaron durante décadas. La cruenta represión en Cazalla de la Sierra, como en tantos otros pueblos pequeños y no tan pequeños de Andalucía y Extremadura, que llevó al paredón, a personas como Isabel Acevedo León, de 19 años, simplemente por haber servido en la casa del alcalde republicano. Pero la mayor parte de la población era de extracción humilde y, por tanto, sospechosa de ser republicana, o peor aún, izquierdista. Pero no podían morir todos, hacían falta manos para trabajar la tierra de propietarios y rentistas. Por ello, tras la represión física, llegaron, por un lado, la contrarreforma agraria que empobreció aún más a los desheredados, y por el otro, las relaciones asimétricas con los supervivientes, entonces llamados braceros, gañanes o jornaleros. Algo que ya nos impresionó en el libro de Miguel Delibes, Los Santos Inocentes y que desgraciadamente, como se observa en este libro, no fueron hechos aislados. Es más, la mayoría veía ese tipo de relaciones serviles, casi feudales, como algo natural. Bartolomé Clavero, a través de su propia familia y de sus relaciones con los trabajadores de su finca, nos ofrece noticias conmovedoras sobre las personas que estaban al servicio de su propia parentela. Personas que habían sufrido la represión franquista, supervivientes del holocausto, como el matrimonio que vivía en la casilla –no casa- de su finca, y que por no poseer no poseían ni el derecho a su intimidad. Un medianero que trabajaba sin contrato escrito y en unas condiciones que el propio autor califica de leoninas y por las que encima debía mostrar agradecimiento.

        Y tres, en la necesidad de reconciliación, para lo que Bartolomé Clavero, a título individual –no familiar- pone su granito de arena. Él dice haber escrito el libro para descargar su conciencia, reconociendo su pertenencia a una familia que prosperó a la sombra del régimen y, por tanto, a costa de la desventaja y del sufrimiento de las demás. Tras la dura dictadura de más de tres décadas, en la Transición, se hizo un pacto de silencio y olvido, como dice el autor, para pasar página, concediéndole al franquismo el status de régimen preconstitucional pero legítimo. Y en esta política del olvido tuvo un papel destacado la complicidad de la Universidad, por mediación de profesores que ocuparon las cátedras de los republicanos asesinados o exiliados y de los que estos a su vez colocaron. A algunos de sus propios profesores, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, les acusa de perpetuar la desmemoria no ya de la Transición sino del franquismo. Afirma que la fachada de la Universidad aparentaba normalidad pero que moralmente estaba en ruinas, tras el arrasamiento franquista. Desde profesores sin los conocimientos adecuados hasta perpetradores de plagios. Pero lo peor de todo es que este olvido e, incluso, esta contramemoria ha llegado en algunos casos hasta nuestros días. Los testimonios actuales evidencian el holocausto no ya de la guerra sino de la postguerra, primero mediante la eliminación sistemática del adversario político, y luego a través de su silenciamiento. El olvido no se puede mantener por más tiempo, como indica la propia Ley de la Memoria Histórica. Ésta pretendía hacer justicia con las cientos de miles de víctimas de la postguerra y de la dictadura, pasando página no mediante el olvido sino por el reconocimiento de lo que allí ocurrió, para asentar sólidamente las bases de la reconciliación nacional. Sin embargo, como casi siempre, una cosa es la ley y otra su aplicación, que se está viendo indefinidamente retrasada por los poderes fácticos que temen que la verdad histórica destape horrores inconfesables que han permanecido ocultos durante décadas.

        Personalmente, debo reconocer que el libro me ha impresionado mucho, pese a que los que leemos asiduamente al profesor Clavero, conocemos su escritura directa y en ocasiones descarnada. Es innegable el fondo de razón de su línea argumental y lo digo no ya como historiador, sino como un ciudadano más que vivió en su juventud los años finales del franquismo. Todos conocimos la discriminación de aquellos amanerados a los que, en ocasiones sin serlo, se les atribuía la condición de homosexual. Todos vivimos la separación clara que existía entre las familias bien, las franquistas de toda la vida, frente a las que no se manifestaban públicamente como afines al régimen. Solamente, el velo de la sospecha era suficiente para postergar, despreciar, infravalorar o discriminar no sólo a individuos concretos sino a familias enteras. Verdaderas patentes familiares, en muchos casos las mismas que siglos atrás, alegaron la limpieza de sangre para quitarse competidores más meritorios. Por ello, aunque algún día tengamos todos o casi todos los nombres de la represión del régimen, jamás podremos cuantificar los miedos, los silencios o las postergaciones de miles de personas que nunca fueron represaliadas y que, por tanto, nunca figurarán en ninguna lista. Son los casos de algunos de los protagonistas de este libro, como el bueno de Manolo Palma o de Manolo Bernabé.

        Para finalizar, hay que agradecer y elogiar la valentía de su autor a la hora de reconocer sus propias culpas y la tardanza en tomar conciencia de las discriminaciones de las que fue partícipe en su juventud en el seno de su privilegiada familia. Expresamente reconoce que descarga su conciencia como su contribución a la recuperación de la Memoria Histórica. Pero su contribución no es pequeña, pues puede y debe refrescar la desmemoria de muchos, e incluso contribuir a la concienciación de personas que fueron partícipes –muchos sin saberlo- de la sociedad de castas y de la ideología represiva del régimen. Ahora bien, a mi juicio, se ensaña en exceso con algunos miembros de su familia hasta el punto de colocar al propio lector en una situación incómoda y, en ocasiones, hasta desagradable. Ahonda en viejas heridas familiares, en algunos casos relacionadas con el problema subyacente de la ideología franquista pero en otros meras cuestiones personales –como disputas por la herencia- que no contribuyen en nada al objetivo reconciliatorio del libro. En el fondo, aunque pide disculpas por ello, intenta redimir a toda su estirpe, pero él no debió erigirse en redentor de aquellos que no tienen conciencia de haber cometido agravio alguno o simplemente que no desean arrepentirse o disculparse. Y lo único que consigue es ofrecer argumentos a aquellos detractores que puedan pensar que su objetivo ha sido más la venganza personal que el resarcimiento de la Memoria Histórica. Ahora bien, todo esto no puede empañar su valor a la hora de enfrentarse a sus propios fantasmas personales. Un ejerció loable que nos puede iluminar en nuestro deseo de alcanzar la verdad histórica y acabar definitivamente con la impunidad de la desmemoria.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

NI UNA GOTA DE SANGRE IMPURA

NI UNA GOTA DE SANGRE IMPURA

STALLAERT, Christiane: Ni una gota de sangre impura. La España inquisitorial y la Alemania nazi cara a cara. Barcelona, Galaxia-Gutenberg, 2006, 537 págs.

 

La antropóloga belga Christiane Stallaert, siguiendo el camino iniciado unos años antes por el discutido historiador israelí Benzion Netanyahu, ha realizado un novedoso ensayo comparando la España Inquisitorial con la Alemania Nazi, sin importarle el tiempo que media entre ambos acontecimientos. La autora se mueve dentro del comparativismo constructivo que está proporcionando en las últimas décadas grandes frutos. Ya Marcel Detienne nos habló de la necesidad de comparar lo incomparable, sin miedos, porque se podrán obtener de esta forma puntos de vistas interesantes y novedosas interpretaciones. Y efectivamente, este enlace ente pasado y presente lo han llevado a cabo ya numerosos historiadores con sorprendentes y enjundiosos resultados. Por citar algunos ejemplos, Eduardo Galeano comparó el saqueo de los conquistadores con el de los tecnócratas actuales, mientras que Bartolomé Clavero estableció paralelismos entre la destrucción de las Indias en la Conquista con la contemporánea destrucción del Mayab. Este último ha insistido en la perpetuación a lo largo de los siglos, como un fenómeno de larga duración, de la discriminación de los indígenas, que llega a nuestros días, en medio de la apatía y de la pasividad de la mayoría. 

La apuesta de la autora era arriesgada y, de hecho, ha recibido grandes críticas de algunos sectores de la historiografía hispana por entender que la simple comparación era inadmisible y hasta ofensiva. Sin embargo, una lectura sosegada de la obra, nos desvela los grandes frutos que puede ofrecernos la comparación histórica, aunque se trate de acontecimientos tan distantes en el tiempo. Los puentes que establece entre ellos nos ayudan a comprender que, a fin de cuentas,  los intransigentes, los narcisistas y hasta los genocidas comparten aspectos en común, aunque entre ellos medien siglos y hasta milenios. 

Es cierto que hubo diferencias de peso entre ambas realidades históricas, tanto cuantitativas como cualitativas. El genocidio nazi fue la forma más brutal de exterminio del diferente que haya ocurrido en la Historia. De hecho, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos –cinco millones más se salvaron porque les faltó tiempo-, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e incluso alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían ser exterminados. Y obviamente no se trataba de la idea de un demente, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales. En cambio, el objetivo último de la España inquisitorial no era eliminar sino incluir, es decir, integrar a las minorías dentro del más estricto casticismo católico. Asimismo, los españoles se movían más por un afán de unidad religiosa que no por un racismo biológico. El propio Felipe II lo decía con una claridad meridiana: prefiero no reinar a reinar sobre herejes.

Ahora bien, una vez enfatizadas las grandes diferencias entre ambas realidades históricas, conviene reconocer, de acuerdo con la autora, que también hubo aspectos en común. De hecho, ambos fenómenos compartieron una verdadera obsesión enfermiza por eliminar la diversidad –religiosa en un caso y étnica en el otro- y por lograr la más absoluta cohesión social. ¿Hubo racismo en la España Moderna? Los estatutos de pureza de sangre no dejan lugar a la duda. Estos mecanismos llevaban implícitas unas obvias connotaciones racistas –o si se prefiere, protorracistas- , aunque el concepto no tenga el mismo contenido que en la actualidad. Además, aunque no fuera su objetivo inicial, el casticismo español terminó provocando dramáticas exclusiones que terminaron con la expulsión de unos 100.000 judíos y cerca de 300.000 moriscos considerados irreductibles, así como con la destrucción del mundo indígena americano. Además, no podemos cuantificar el silencio y la discriminación que sufrieron miles de personas atemorizadas por el Santo Oficio. Todo ello inspirado, según Stallaert, no tanto en el odio al otro como en un enfermizo sentimiento narcisista de amor a sí mismo.  

 Como podemos observar, no sólo la Alemania nazi dejó víctimas en el camino. Y lo peor de todo, los nazis no consiguieron cumplir su objetivo de limpieza étnica, pero el casticismo español sí, logrando la unidad religiosa del imperio. Como muy bien afirma la autora, actualmente lloramos el genocidio perpetrado contra el pueblo judío, pero ¿quién se acuerda de los moriscos? Nadie; se trata de otra memoria escamoteada, como consecuencia del triunfo del casticismo. 

La obra de Christiane Stallaert me parece excelente porque busca nuevos cauces interpretativos, mediante una metodología novedosa. Probablemente no sea casualidad que los mejores trabajos sobre la Inquisición y sobre el casticismo español estén realizados por autores extranjeros, lejos de los condicionamientos de los historiadores españoles. Pero creo que ya es hora de perder el miedo al pasado; la historia fue la que fue y de eso no es responsable nadie. De lo que se trata es de conocer la verdad histórica, por amarga que ésta sea, y a partir de ahí intentar construir un futuro mejor.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

POR EL BIEN DEL IMPERIO



Fontana, Josep: Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945. Barcelona, Pasado& Presente, 2011, 1.230 pp.

 

             El profesor Fontana, vuelve a sorprendernos una vez más, con otra obra magistral en la que realiza un minucioso análisis de la historia reciente del mundo, desde 1945 hasta nuestros días. Obviamente, no se trata de una historia contemporánea más, sino una historia alternativa, diferente de la que la historiografía oficial y los poderes fácticos nos han ofrecido.

             Confiesa el autor que tardó tres lustros en escribirla y que es fruto de la frustración de las esperanzas que su generación depositó en las promesas contenidas en la Carta del Atlántico de 1941. En esos momentos, las potencias que después saldrían victoriosas de la II Guerra Mundial se comprometieron a luchar contra toda forma de totalitarismo y a garantizar un futuro mundial libres de guerras y de miseria. Sin embargo, nunca hubo voluntad de cumplir con tales promesas. La llamada guerra fría comenzó poco después del fin de la II Guerra Mundial, provocando enfrentamientos armadas como los de Corea o Vietnam. Después de la caída del muro de Berlín, todos volvimos a albergar esperanzas que el enfrentamiento mundial se acabase por falta del oponente político. El Pacto de Varsovia desapareció, pero ¿desaparecería la OTAN? Pues no, los países occidentales con Estados Unidos a la cabeza justificaron su permanencia, creando un nuevo concepto de enfrentamiento armado: la guerra preventiva contra el terror. Si no había enemigo había que inventarlo para de esta forma seguir justificando la existencia de la estructura militar que garantizaba la hegemonía del imperio. Ello explica, como afirma el autor, que sigan existiendo en la actualidad nada menos que 865 bases militares estadounidenses repartidas por el mundo.

Tras realizar un minucioso recorrido por todos los acontecimientos políticos y económicos ocurridos hasta 2010 en los cinco continentes, acaba el libro con la actual crisis global. La subida especulativa de los precios de los alimentos, así como el cambio climático y la crisis del capitalismo global pueden provocar gravísimos daños en un futuro cercano. Y la respuesta de los países europeos a esta crisis está consistiendo en la restricción progresiva de los gastos en servicios sociales, imitando el modelo estadounidense. Unas políticas que terminarán desmontando el estado del bienestar que hasta estos momentos había sido uno de los signos de identidad de la vieja Europa. Ahora bien, como indica el profesor Fontana, hay otra cara de la crisis mucho menos conocida y que está afectando gravemente a los países subdesarrollados. Se están paralizando o disminuyendo las ayudas al desarrollo, a la par que se encarecen los precios de los alimentos básicos en esos países. Todo un drama que justifica la proliferación en los últimos tiempos de motines, revoluciones y protestas populares que amenazan la estabilidad de muchos gobiernos, la mayoría de ellos tiránicos u oligárquicos.

Lamentablemente, setenta años después de la firma de la Carta del Atlántico, parece evidente que no fueron más que buenas palabras y que nunca hubo la más mínima intención de hacerlas cumplir. Las guerras, las desigualdades entre Norte y Sur y los abusos del capitalismo no sólo no han disminuido sino que se han multiplicado. Vivimos en un mundo peor, donde las diferencias entre unos países y otros son mayores que a mediados del siglo XX. Y lo peor de todo, ya no existe la esperanza de la alternativa comunista con la que soñaron antaño millones de personas en todo el mundo. La falta de una alternativa viable al capitalismo está llevando a un retorno del neoliberalismo que está provocando una involución en materia social. Como afirman algunos, el totalitarismo económico ya está aquí y es posible que el político pueda retornar en pocos años. Uno de los pensadores más destacados de nuestros tiempo, Tzvetan Todorov, ha confesado recientemente en una entrevista que estamos a menos de tres lustros de la reaparición de los totalitarismos. Josep Fontana no ofrece ninguna predicción en este sentido pero en su obra es fácil advertir su pesimismo sobre el futuro.

             En definitiva, el presente libro descubre las claves de lo ocurrido en los últimos setenta años de historia, desmontando todo tipo de mitos y de mentiras. Su lectura nos sirve para conocer mejor la realidad pasada para tratar de reconducir el presente y el futuro. No hay peor injusticia social que el hecho de que los grupos opresores ganen también la batalla de la memoria histórica. El presente libro tiene el mérito excepcional de descubrirnos la realidad que hay detrás de la historia oficial, poniendo a cada cual en su sitio. Y aunque en estas pocas cuartillas no es posible calibrar el verdadero alcance de una obra de esta magnitud, huelga decir que estamos ante un texto fundamental para entender la realidad presente y afrontar adecuadamente los difíciles retos a los que nos tendremos que enfrentar en los próximos años.

 Esteban Mira Caballos

SANGRE LIMPIA, SANGRE ESPAÑOLA



Jesús Hernández Franco: Sangre limpia, sangre española. El debate de los estatutos de limpieza (siglos XV-XVII). Madrid, Cátedra, 2011, 300 pág.

 

            La temática cuenta ya con una larga trayectoria, que se inició con los pioneros estudios de Antonio Domínguez Ortiz y Albert Sicroff seguidos, algunos lustros después, por los de Gutiérrez Nieto. En los últimos años la temática ha despertado el interés de numerosos historiadores que han ido aportando puntos de vista novedosos, pero nada de la envergadura de la obra que ahora comentamos. Este libro constituye un nuevo hito historiográfico por dos motivos: primero, porque sintetiza magistralmente lo que sabíamos hasta la fecha, y segundo, porque aporta concienzudas reflexiones, fruto de un profundo conocimiento de la materia. Precisamente los planteamientos del autor poseen una gran solidez porque los fundamenta sobre un abanico de fuentes verdaderamente abrumador y sobre una reflexión serena fruto de años de trabajo.

Como es de sobra conocido, estos perniciosos estatutos dieron comienzo en 1449 con la famosa Sentencia pronunciada por Pedro Sarmiento para el concejo de Toledo por la cual los descendientes de conversos fueron privados de cualquier oficio en la ciudad. Al parecer, en un primero momento ni la realeza ni el papado los vieron con buenos ojos. Ello no impidió su desarrollo, haciéndose omnipresentes en los siglos XVI y XVII y prolongando sus tentáculos hasta la Edad Contemporánea. Los llamados cristianos viejos consiguieron discriminar de los altos cargos de la administración a todas aquellas personas teóricamente sospechosas de tener un pasado judío o converso. Y todo con una excusa falsa, es decir, que la mayoría de los cristianos nuevos no sólo no eran buenos cristianos sino que además conspiraban contra la monarquía cristiana. Así, pues, se presentó al neófito como un mal cristiano y un mal súbdito de la monarquía. Una generalización que no se ajustaba a la verdad, pues, aunque hubo algunos conversos que se mostraron inasimilables, la mayoría trató de integrarse felizmente en la sociedad cristiana.

Lo cierto es que los conversos fueron perseguidos por la Inquisición y sus descendientes marginados de la administración, de los más prestigiosos colegios mayores, de las ordenes militares, e incluso, de determinadas congregaciones religiosas, como la jerónima. Fueron considerados, al igual que los judíos, linajes deicidas, con una permanente deuda de sangre. Además implantaron en España una perniciosa tradición, que en algunos sectores sociales ha llegado hasta la Edad Contemporánea, de que sólo la sospecha es suficiente para excluir a alguien. Los estatutos de limpieza sirvieron a los cristianos viejos para limitar la capacidad de los neófitos de acceder a las instituciones castellanas. En ellos había un componente racista, aunque el término no equivalga exactamente al contenido actual. Es por ello por lo que unos hablan de protorracismo y otros, como el profesor Columbus Collado, de racismo cultural.

Los afectados trataron de ocultar su pasado, recurriendo a diversas estrategias: cambio de apellido, mudanza de localidad, falsificación de su propia genealogía, e incluso, comprando testigos que aseverasen su pasado cristiano. Como indica el autor, esas estrategias permitieron al padre de Santa Teresa ocultar su origen converso.

Desde el siglo XVI estos estatutos habían tenido opositores, tan conocidos, como el arzobispo de Sevilla fray Diego de Deza, fray Luis de León, Domingo de Soto, Fernando Vázquez de Menchaca, Gerónimo Cevallos, el licenciado Martín de Cellorigo y el jesuita Fernando de Valdés, entre otros. Concretamente, el franciscano Uceda, en 1586, criticó los estatutos como un medio de los cristianos viejos para conseguir altos puestos de la administración con linaje, disimulando así su falta de méritos. No menos claro fue el licenciado Cellorigo cuando escribió, en 1619, que Jesús vino al mundo a reunir a todos los pueblos bajo las aguas del bautismo, eliminando el odio, justo lo contrario que los cristianos viejos hacían con los conversos. Y no menos elocuente se mostró Fernando de Valdés cuando negó las discriminaciones contra los neófitos alegando que los padres de la Iglesia fueron conversos y no por ello malos cristianos. En el segundo cuarto del siglo XVII, hubo un notable grupo de intelectuales, religiosos y políticos que se posicionó en contra de los estatutos a los que responsabilizaban de privar a la Monarquía de personas talentosas. El Conde Duque de Olivares, descendiente de conversos, intentó una reforma en profundidad para acabar con sus indeseables efectos, pues no hacían más que enfrentar a la sociedad entre cristianos viejos y nuevos, evitando que grandes talentos pudiesen acceder a los altos cargos de la administración. En 1623 expidió una reforma de estas probanzas por la que, entre otras medidas, se prohibían los memoriales anónimos y las murmuraciones, como pruebas acusatorias, como se había venido haciendo hasta ese momento.

Sin embargo, a juicio del autor, que se posiciona con Sicroff y frente a Henry Kamen, los apoyos al sistema estatutario fueron mucho mayores: primero, entre una parte de la intelectualidad -como Juan Martínez Silíceo-, y segundo, entre un amplio sector del Tercer Estado. Esta base social estatutaria terminó provocando el fracaso de lo todos los intentos de reforma, prolongándose estas prácticas nada menos que hasta el siglo XIX. Según el autor del libro, todavía en las Cortes de Cádiz hubo quien defendió la necesidad de mantenerlos para diferenciar a los neófitos de los cristianos viejos. El dato es tan elocuente que explica por sí solo el enorme retraso en todos los órdenes que acumulaba España a principios del siglo XIX.

Las consecuencias fueron nefastas tanto para la sociedad como para la economía del país. Por un lado, dividieron y enfrentaron a la sociedad y, por el otro, apartaron del poder a un buen número de personas meritorias. Miles de familias sufrieron la sospecha, mientras los cristianos viejos copaban los altos puestos de la administración sin exhibir más mérito que su supuesta sangre limpia. Todo ello contribuyó no sólo al progresivo retraso de España con respecto a sus competidores europeos, como Inglaterra, Holanda o Francia sino a ofrecer una imagen negativa de España en el contexto europeo.

Pocas críticas se pueden formular a un libro de esta solidez, no obstante, no me resisto a mencionar algunas pequeñeces: en el libro se alude en varias ocasiones al problema de la limpieza de sangre en Hispanoamérica pero, a mi juicio, hubiese sido oportuno dedicarle un epígrafe completo, sobre todo por las connotaciones especiales que en el espacio colonial tuvieron. Como es bien sabido, en las colonias se utilizó más como un mecanismo discriminatorio de las castas que para perseguir a los posibles judeoconversos. Asimismo, en una obra tan contundente donde se aglutinan infinidad de puntos de vista, hubiese sido oportuno incluir un capítulo de conclusiones en el que se recapitularan los principales aportes.

Pese a esas pequeñas objeciones, huelga decir que estamos ante una obra esencial no sólo para los estudiosos de la temática estatutaria sino para cualquier interesado en la historia social de España.

 

Esteban Mira Caballos

EL ESCULTOR E IMAGINERO FRANCISCO FERNÁNDEZ BUIZA

EL ESCULTOR E IMAGINERO FRANCISCO FERNÁNDEZ BUIZA

MARTÍNEZ LEAL, Pedro Ignacio: El escultor e imaginero Francisco Fernández Buiza. Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 2000, ISBN:84-8093-045-4, 363 págs., il.

Doce años después de que el autor presentara este trabajo como su Tesis de Licenciatura en la Universidad de Sevilla, obteniendo la máxima calificación de Sobresaliente por Unanimidad, en un tribunal formado por valiosos especialistas, ve la luz por fin este esperado libro.

Su aparición ha llenado de satisfacción a los estudiosos del arte y de las cofradías de toda Andalucía donde tan prolífico su quehacer artístico. Un orgullo tanto m s grande para el que suscribe estas líneas en tanto en cuanto Paco Buiza se sintió siempre ante todo carmonense, muy a pesar de que durante una buena parte de su vida vivió en la capital hispalense. Sin duda, las circunstancias de la Posguerra le obligaron a marcharse a vivir a Sevilla, concretamente al barrio de la Feria. Pero, pese a las circunstancias, jamás perdió el amor por su ciudad natal ni, por su puesto, su profunda devoción a la Virgen de Gracia, patrona de Carmona.

La obra se distribuye inteligentemente en una introducción y cuatro grandes partes, a saber: biografía, taller, estilo y catálogo de obras. En la biografía desgrana con sumo detalle y esmero cada uno de los aspecto de su vida. En la lectura de estas líneas se percibe claramente la implicación del autor en la vida del recordado escultor y de su familia mucho más allá del mero trabajo de investigación. En este sentido el trabajo de Martínez Leal es envidiable. Como no podía ser de otra forma destaca de manera notable su vinculación con la ciudad de Carmona, y su relación -no siempre fácil- con ésta. De origen humilde, estudio algunos años en el antiguo colegio salesiano de Carmona, para trabajar desde corta edad en distintos oficios, como pastor, jornalero y hasta panadero. Una vez en Sevilla estudio modelado en la Escuela de Artes y Oficios y trabajó de ceramista en distintos talleres hasta que conoció al que sería su maestro Sebastián Santos Rojas. Hasta 1954 no tuvo su taller propio, desde el que realizó su prolífica labor artística.

Se incide asimismo en ese fatídico accidente de motocicleta, ocurrido en 1962, que tanto marcó no solo su aspecto físico sino también su carácter desde entonces mucho m s seco y desconfiado. Incluso las circunstancias concretas de su fallecimiento en 1983 son desgranadas con el rigor de un historiador pero también con el detalle de un periodista.

Sus clientes eran fundamentalmente instituciones religiosas, iglesias y sobre todo hermandades, pues, su producción, aunque cuenta con obras profanas, es sobre todo de carácter devota. Su trabajo para las hermandades andaluzas fue muy prolífico hasta el punto que pasan del medio centenar las efigies salidas de su taller que procesionan en la Semana Santa Andaluza. Auténticas obras emblemáticas dentro de la imaginería andaluza que sería imposible mencionar todas aquí de las que, no obstante, son buena muestra el misterio del Santo Entierro de la hermandad del mismo nombre de Carmona, el Cristo Yacente de Coria del Río, el Crucificado de la Sangre de la Hermandad de San Benito de Sevilla, el Cristo de la Columna de la hermandad de las Cigarreras, el Cristo de la Agonía de la iglesia de San Julián de Málaga, entre un largo etcétera. Sin olvidar tampoco una iconografía muy querida por él, la del Niño Jesús, así como sus innumerables Vírgenes, como la de la Santísima Trinidad de la parroquia de Santa Cruz de Cádiz o la de la O de la hermandad de los Gitanos, donde presenta esas mujeres maduras, guapas y, como dice Martínez Leal, también sufridas.

Realmente fue Buiza un autor polifacético que realizó todo tipo de iconografías religiosas y profanas, restauró imágenes como el Crucificado de la hermandad de la Amargura de Carmona, realizó numerosas canastillas. En ellas labró como nadie los querubines y angelotes, siendo, como afirma el autor del libro, el "escultor de los ángeles", y en ese aspecto destacó sobre otros grandes decoradores de pasos de su época.

No solo trabajó una gran variedad de iconografías sino también utilizó muy diversos materiales como el barro, muy especialmente el pino y excepcionalmente el marfil.

Buiza puede considerarse como el último gran escultor barroco de Sevilla. Sus obras recuerdan a los grandes escultores del siglo de oro sevillano desde Martínez Montañés a Duque Cornejo, pasando por Alonso Cano y por Juan de Mesa.

En el extenso catálogo de obras que aparece en la última parte del libro se detallan, por iconografías, cada una de las obras identificadas del imaginero carmonense. Es de destacar la modestia del autor al titular dicha parte como "catálogo provisional", cuando incluye cientos de obras, algunas de ellas ubicadas en lugares tan recónditos como el crucificado de la capilla del cortijo de Martín Juan, en los confines de la vega de Carmona. El catálogo es pues extenso y muy completo pese a que es posible citar algunas obras muy específicas que no aparecen en él como una Virgen del Carmen de la capilla del colegio "El Tomillar" de Badajoz. Detalles sin importancia que el mismo Martínez Leal previó y que en absoluto empañan la labor realizada por este investigador sevillano.

Mi más sincera enhorabuena al autor por deleitarnos con una obra que es, desde el mismo momento de su aparición, de lectura obligada para todos los interesados en la historia de las cofradías, de las advocaciones religiosas y de la imaginería andaluza.

 

Esteban Mira Caballos

ESPAÑA EN SU CENIT (1516-1598)

ESPAÑA EN SU CENIT (1516-1598)

NADAL, Jordi: España en su cenit (1516-1598). Un ensayo de interpretación. Barcelona, Editorial Crítica, 2001, I.S.B.N.: 84-8432-180-0. 170 págs.

 

 

Después de una vida dedicada a la Historia de la Economía, aportando valiosísimos trabajos, el profesor Jordi Nadal nos ha sorprendido con un nuevo libro en esta ocasión referente a ese apasionante período de la Historia de España que Domínguez Ortiz denomina "el gran siglo". No obstante, el libro no abarca exactamente toda la centuria decimosexta sino exactamente los reinados del Emperador Carlos V y el de su hijo Felipe II, es decir, desde la llegada al trono de aquel, en 1516, hasta el fallecimiento de éste, en 1598.

El volumen está formado por diecisiete ensayos, referentes a distintos aspectos relacionados con dicho período histórico, completados por una breve introducción y un índice, etiquetado como onomástico pero que también hace las veces de topográfico. Está redactado sin aparato crítico, es decir, sin notas a pie de página ni bibliografía, y con una prosa amena y sencilla, comprensible para cualquier persona no especializada. De esta forma el autor logra su objetivo, explícito en la introducción, de aportar algunos comentarios a cuestiones cardinales de la época que verdaderamente consiguen suscitar -como él pretendía- la reflexión del lector.

Empieza el libro, como no podía ser de otra forma, con un ensayo dedicado al Imperio de Carlos V. Éste concentró enormes territorios en su persona, procedentes tanto de sus abuelos paternos, Maximiliano y María de Borgoña, como de los maternos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Y se fija el autor en un aspecto muy concreto, es decir, en la influencia que tuvo siempre en el Emperador el hecho de que el legado de su abuela paterna careciese precisamente de su núcleo esencial, el Ducado de Borgoña, arrebatado por Francia en el último cuarto del siglo XV. Según el autor, gran parte de la enemistad que Carlos V mantuvo con la Corona gala se debió a su pasado borgoñón. Por otro lado, se insiste en que fueron las circunstancias, y concretamente la gran cantidad de territorios que heredó, los que obligaron a Carlos V a adoptar la institución imperial, a la que dotó de contenido, en base a su ideal de república cristiana.

Otra de las cuestiones controvertidas a las que el profesor Nadal aporta su propia interpretación es a las causas que llevaron al Emperador a convertir a Castilla en el "pivote de su imperio". Probablemente pesaron decididamente tanto su ubicación geográfica, entre el mediterráneo y el pujante atlántico, como su buena situación política, desde la época de los Reyes Católicos.

Pero la creación de una monarquía absoluta moderna requería sobre todo una administración y un ejército eficiente. Y obviamente, la clave para conseguir estos dos elementos residía en la disponibilidad continua de dinero para sustentarlos. Según el autor, Carlos V se encontró para ello con dos graves obstáculos, a saber: uno, la existencia de amplias jurisdicciones señoriales, y dos, la corrupción del funcionariado que, a diferencia de lo que ocurría en Europa, era de baja extracción social. Pero el gran problema, tanto del Emperador como de su sucesor, fue siempre la balanza comercial negativa, derivada de los excesivos gastos destinados al mantenimiento del ejército. Esto provocó el recurso continuo al crédito, bien en forma de juros al siete por ciento, cuando se trataba de pequeñas cantidades, o de prestamos, concertados con grandes banqueros, al treinta y hasta al cincuenta por ciento de interés. Además, la llegada del metal precioso trajo consigo una revolución de los precios que desencadenó en breve tiempo el hundimiento de las manufacturas castellanas. Estos dos elementos: los gastos desmesurados en tropas y la quiebra del artesanado, dada su incapacidad para competir con los precios de los productos europeos, provocó a medio plazo el inicio del declive del imperio español.

Igualmente se analiza el afán hidalguista de la sociedad española. Afirma el autor que lo que sorprendía en el extranjero no era la existencia de hidalgos, que a fin de cuentas era un fenómeno europeo, sino su excesivo número. Aproximadamente el doce por ciento de la población española logró el reconocimiento de algún tipo de hidalguía, consiguiendo de esta forma la ansiada exención fiscal. Una dura lacra para España, pues, excluyendo a los disminuidos físicos -un 10 por ciento de la población- a los hidalgos, a los eclesiásticos, a las mujeres, a los niños y a los ancianos quedaban exclusivamente 1.350.000 tributarios para sufragar las necesidades imperiales.

No podía omitirse en esta obra el análisis de un fenómeno tan "genuinamente hispánico" como el erasmismo y el movimiento de los alumbrados. Una corriente religiosa heterodoxa que fue duramente reprimida y aniquilada y de cuyas cenizas aparecería posteriormente la Compañía de Jesús. Bajo Carlos V, y sobre todo bajo Felipe II, la Inquisición actuó con dureza sobre todos los brotes sospechosos de protestantismo en España.

En cuanto a la política internacional afirma Jordi Nadal que, pese a la apariencia, durante buena parte del siglo XVI el mediterráneo continuó siendo el epicentro de la política española. Y es cierto que Carlos V mostró siempre un gran interés por el dominio del mediterráneo en contraposición a la escasa atención que prestó a las colonias americanas. Un interés que se plasmó en las rivalidades con los turcos y en las pretensiones sobre Italia, territorio que se disputaron España y Francia. Sin embargo, a nuestro juicio, con Felipe II, el interés por las Indias y sobre todo por las remesas de metal precioso que, no en vano, eran el auténtico sostén del Imperio, hizo que el epicentro se trasladase decididamente a la vertiente atlántica.

Como es bien sabido, las Indias fueron vinculadas a la Corona de Castilla. Escribe el profesor Nadal que la prohibición del paso de aragoneses se prolongó hasta 1525 y posteriormente se reimplantó en 1538. El hecho parece dudoso, la prohibición oficial duró efectivamente hasta la expedición de una Real Cédula, fechada el 10 de noviembre de 1525, en que se autorizó el paso de cualquier persona del Imperio "como lo pueden hacer los naturales de estos nuestros reinos de Castilla y León". Y no hubo más prohibiciones, aunque sí recelos ocasionales de los colonos que protestaban por las intromisiones, alegando -como escribía Fernández de Oviedo- que fueron los castellanos los que descubrieron las Indias, "y no aragoneses, ni catalanes, ni valencianos...".

Los últimos ocho capítulos se dedican al reinado de Felipe II, abarcando aproximadamente la mitad del libro. Un monarca polémico del que se ha dicho lo mejor y lo peor. Fue un cristiano convencido que invirtió un buen número de caudales en la evangelización del continente americano. Tuvo un gobierno personalista que provocó una lentitud burocrática que perjudicó seriamente al Imperio. Afirma el autor que Felipe II sentía una gran desconfianza hacia los hombres, de ahí su intento desesperado y agónico por controlar personalmente la administración de su Imperio.

En lo referente a la política internacional mostró un gran empeño en la anexión de Portugal, motivado no solo por el viejo sueño de la unidad peninsular sino también por la importancia estratégica de la fachada oeste para la consolidación de las rutas comerciales atlánticas. Afirma Nadal que se ha censurado a Felipe II no haber trasladado la capital a Lisboa. Sin embargo, todo parece indicar que nada hubiera cambiado con esa medida. Desde muy pronto se vio que la unión duraría poco, sobre todo porque había llegado demasiado tarde, cuando el sentimiento luso como pueblo estaba plenamente consolidado y arraigado entre la población. Algo parecido ocurría con la región de Flandes, donde el empeño de Felipe II por conservarla a toda costa provocó luchas encarnizadas de las que a la larga el prestigio de Felipe II quedó seriamente dañado.

Para el dominio del Imperio se necesitaba una gran armada, como la que llegó a poseer Felipe II. Sus armadas fueron las más poderosas de su tiempo. El desastre de la invencible, en 1588, se debió a una serie de acontecimientos encadenados que hicieron que solo regresaran de la empresa sesenta y seis buques de los ciento treinta y uno enviados. La muerte del marino más preparado de su tiempo, Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, las tormentas, las mareas de cuadratura de los puertos flamencos y otras adversidades llevaron a la Armada al desastre. El profesor Nadal cita una frase muy conocida de Felipe II que resume muy bien lo ocurrido: "Envié mis naves a luchar contra los hombres, no contra los elementos". Frente a lo que han defendido algunos historiadores, sobre todo ingleses, la derrota de la Armada Invencible no supuso el declive del dominio español de los mares hasta el punto que se sabe que, poco antes de su muerte, Felipe II tenía preparada una nueva armada con la que volver a intentar el asalto de Inglaterra.

Y estos son algunos de los aspectos relevantes que nos ha inspirado la lectura de este libro. No obstante, estas pocas páginas mías no agotan su contenido en el que el lector interesado en la Edad Moderna Española encontrará muy sugerentes ideas con las que profundizar en el controvertido y a la vez apasionante siglo XVI.

 ESTEBAN MIRA CABALLOS