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PASCUAL MARTÍNEZ, José: Los moriscos mudéjares de Pliego: origen y expulsión de una comunidad. Murcia, Editum, 2014, 370 págs. I.S.B.N.: 978-84-16038-31-2

 

        Este libro sobre los andalusíes moriscos de la villa de Pliego, Murcia me ha sorprendido gratamente. Y me ha sorprendido tanto por el amplio manejo de fuentes documentales y bibliográficas que exhibe el autor, como por la cantidad y trascendencia de sus aportes.

        En general, el proceso de expulsión de los moriscos andalusíes murcianos fue singular, pues duró casi un lustro, permitiendo la permanencia o el retorno de un gran número de los expelidos. Y ello porque su nivel de integración con los cristianos viejos era mayor que en otras partes de la Península, como Valencia o Granada. La carta del Común de Murcia a favor de los mudéjares de Pliego, fechada el 4 de abril de 1610, que el autor reproduce en el anexo II es muy significativa al respecto: manifestaban el sentimiento que en la villa había causado el bando de expulsión porque eran todos buenos cristianos y leales a la Corona. Pese a que estaban integrados y no mantenían costumbres, lengua ni indumentaria de su pasado mudéjar, muchos de ellos –no todos- se vieron implicados en el edicto de destierro del 19 de octubre de 1613. En esta fecha se comisionó al conde de Salazar para que viajase al Reino de Murcia y organizase la expulsión de los moriscos del valle de Ricote. Para llevarla a cabo dispuso del apoyo de Pedro de Rocaful, sargento mayor de la milicia del reino de Murcia, así como del alguacil Diego de Marta, Hernando de Parrilla y Juan Ruiz. Los días 17 y 18 de diciembre de ese mismo año se cumplimentó la orden, siendo encaminados al puerto de Cartagena.

        Ahora bien, lo que hay que descartar de nuevo es que expulsaran a todos o a casi todos los andalusíes. En el caso de Pliego, el autor demuestra que muchos eludieron el destierro y otros regresaron. Más de la mitad de los moriscos andalusíes de Pliego consiguieron eludir la expulsión, pues el descenso entre 1611 y 1631 lo ha cifrado el autor en el 26,59 % según las listas de expulsados o en el 40,07 según los censos. Los vecinos de Pliego ingeniaron todo tipo de estratagemas para eludir el bando de expulsión. Muchos se ausentaron de la villa el mismo día del bando o en los inmediatamente posteriores por lo que no pudieron ser localizados para ejecutar la expulsión. Pero hay un dato que me ha impresionado por su magnitud: el mismo día 21 de diciembre de 1613 cuando los expulsos debían marchar al destierro se celebraron en la parroquia de Santiago Apóstol de Pliego ¡43 matrimonios!, todos ellos concertados para evitar la expatriación. Salvo en un caso, todos los varones contrayentes eran cristianos viejos o mudéjares excluidos de los bandos de expulsión. Pero hay más, en el año comprendido entre el 21 de diciembre de 1613 y finales de 1614, cuando se produjo el último bando de expulsión, se celebraron en una villa que apenas superaba el millar de habitantes ¡98 matrimonios!

Se trata de una práctica que todos conocíamos, la de féminas que se desposaron con cristianos viejos para eludir el cadalso. En otras villas murcianas también se produjo pero en menor medida, como en Mulas con diez esponsales o en Blanca con 21 matrimonios entre diciembre de 1613 y enero de 1614. Pero el caso de Pliego es singular por la magnitud y por el descaro con las que estas desesperadas mujeres se casaron con el primero que encontraron para evitar el cadalso. Muchos de los forasteros que acudieron a Pliego a desposarse con las andalusíes no lo hacían por motivos altruistas sino atraídos por las posesiones que los padres expulsos dejaban a sus hijas. Como dice el autor, el elevado número de enlaces puede ser indicativo del alto poder adquisitivo de estos moriscos andalusíes de Pliego.

Hay casos curiosos y dramáticos como el de María de Montoya que concertó su matrimonio con Juan de Zafra, con la idea de eludir el bando. Pese a tener las amonestaciones y todos los trámites en regla, al final éste no se quiso desposar. Para evitar in extremis el cadalso se encontró con un “pobre hombre” llamado Francisco de Ávila, natural de Mallorca, y le suplicó que enlazara con ella, fingiendo ser Juan de Zafra, dada la urgencia del desposorio. Así evitó el destierro. Sin embargo sus penalidades no acabaron ahí. Francisco de Ávila no tardó en desaparecer por lo que el 29 de agosto de 1616 se casó de nuevo con Francisco de Toro, natural de Totana. Fue descubierto su doble matrimonio y condenada por la Inquisición a pasearla como rea por las calles del pueblo y a una pena de cuatro años de destierro. No fue el único caso, en 1621 fue condenado un tal Luis Ballesteros porque, pese a estar casado en la villa de Santiesteban, se desposó con una mujer de Pliego llamada Catalina de Leiva que “se echó a sus pies y le dijo que por amor de Dios” que no quería ir a tierra de enemigos.

Los hijos de las familias incluidas en el bando los dejaron con familiares excluidos de la expulsión o con cristianos viejos, concertando el matrimonio presente o futuro de sus hijas, a las que dotaron con los bienes que dejaban atrás.

        Pese a la permanencia de unos y al retorno de otros, es obvio que los decretos de Felipe III supusieron un auténtico drama para estos andalusíes perseguidos y expulsados. Además, fue un desastre cultural y económico para España, pues la rica huerta morisca jamás recuperó su productividad hasta el punto que se decía en relación a la huerta de Ojós (Murcia) que una parcela que antes alimentaba a diez o más moriscos ahora no sustentaba ni a un cristiano por el deficiente aprovechamiento de la tierra de los nuevos colonos. Destapar el drama de esta población morisca perseguida, señala y expatriada, cuya memoria fue borrada de nuestra historia, es otro de los grandes retos de la historiografía actual. El libro de José Pascual Martínez constituye un avance notabilísimo en ese proceso de recuperación de la memoria de estos andalusíes.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS