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IZARD, Miquel: Genocidas, cruzados y castradores. Terror y humillación en nuestro pasado. Madrid, Los Libros de la Catarata, 2015, 238 págs. I.S.B.N.: 978-84-9097-021-8

 

Nueva entrega del maestro de historiadores Miquel Izard que en esta ocasión nos sorprende con un ensayo en el que compara la conquista de América y la guerra civil y la postguerra. Hay que recordar que el profesor Izard ha sido a lo largo de toda su carrera un historiador combativo y apasionado; su obra no ha dejado indiferente a nadie porque sus posiciones y su lenguaje han sido siempre contundentes. De él aprendí que el trabajo de cualquier historiador que se precie debía ser doble: por un lado, dar voz a los oprimidos, a los vencidos a los eternamente olvidados, y por el otro, desenmascarar los mitos de la historia tradicional. Y eso solo se consigue otorgando el protagonismo a la masa anónima, a esos millones de personas que, como diría Michel Vovelle, no han podido pagarse el lujo de una expresión individual. Hacer historia implica necesariamente reconstruir el pasado nunca escrito de los eternamente vencidos pues, como afirmo Walter Benjamin, si la situación no da un vuelco definitivo, tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, un adversario que no ha cesado de vencer. Y esta afirmación en el caso que nos ocupa es axiomática, pues, como demuestra el profesor Izard, a los vencidos no solo les robaron sus vidas sino también su memoria. Los que hoy pretenden pasar página mediante el olvido ignoran que una herida de esta magnitud solo se puede cerrar destapando la verdad, por dura que ésta sea. No puede ser, como muy bien indica el autor, que un país como España, encabece el ranking mundial de desaparecidos, solo superado por Camboya.

Uno de los aspectos más novedosos de esta obra es la comparativa que hace entre los cruzados de la conquista de América y los de la Guerra Civil y la Postguerra. En ambos casos hubo matanzas, así como vencedores y vencidos; en la primera europeos e indios y en la segunda fascistas y rojos. Y en ambos episodios se escamoteo el pasado, usando términos del propio Izard, convirtiendo sendos genocidios en dos cruzadas gloriosas. Tras la victoria se produjo el reparto del botín, es decir, el prorrateo de cargos políticos, cátedras, titularidades y puestos de responsabilidad de aquellos que pertenecían al bando vencedor, en detrimento obviamente de los vencidos. Un empobrecimiento en todos los ámbitos, merced a personas que ocuparon altos cargos de la administración o de la empresa privada no por méritos propios sino por filiación política. Un salto atrás en el tiempo que nos recuerda a los rancios estatutos de limpieza de sangre que coartaban el acceso a la administración a todo aquel que no fuese cristiano viejo.

Es cierto que en el período que transcurrió entre febrero y julio de 1936 hubo una grave crisis de convivencia, así como detenciones ilegales de derechistas. Pero, como ha escrito Francisco Espinosa, no sabemos aún hasta qué punto las amenazas y los intentos de golpe de estado, que empezaron en 1931, provocaron reacciones violentas entre los republicanos para así obtener la cobertura ideológica necesaria para emprender el alzamiento definitivo. Efectivamente, en la zona gubernamental se produjeron excesos y matanzas de inocentes. Sin embargo, la diferencia fundamental es que mientras estos desmanes fueron obra de personas o de grupos de incontrolados, los nacionales urdieron un plan sistemático de exterminio del adversario político. Y prueba de esta premeditación es que allí donde triunfaba el alzamiento, le seguía la represión, variando tan sólo la intensidad de la misma, dependiendo de las circunstancias. Y es que, como ha escrito Josep Fontana, el objetivo del golpe depurador estaba claro. Había que aniquilar todos los elementos de la sociedad española que habían servido para articular aquella alternativa reformista iniciada en 1931 y que el triunfo electoral de 1936 volvía a poner en marcha. En cualquier caso no se trata solo de interpretaciones pues basta con leer las afirmaciones de algunos de estos cruzados, para verificarlo. El profesor Izar reproduce algunas locuciones del general Queipo de Llano que explicitan muy bien el talante de estos nuevos salvadores de la patria: ¿Parlamentar? ¡Jamás! Esta guerra tiene que terminar con el exterminio de los enemigos de España… Yo veo a mi padre en las filas contrarias y lo fusilo. Ésta era la justicia de Queipo, usando otra vez palabras del historiador Francisco Espinosa.

Otra idea mil veces repetida y que debemos matizar es la que afirma que hubo bajas en ambos bandos. Y lo digo porque encubre otra realidad, es decir, que cayeron muchos más republicanos que nacionales. Y ello sin contar con algo mucho más difícil de evaluar que vino después: los abusos velados de los vencedores hacia los vencidos que se prolongaron durante décadas. Por ello, tras la represión física llegaron la contrarreforma agraria, que empobreció aún más a los desheredados, y las relaciones asimétricas con los supervivientes, entonces llamados braceros, gañanes, jornaleros o directamente rojos. Algo que ya nos impresionó en la obra de Miguel Delibes, Los Santos Inocentes y que desgraciadamente, como se observa en este libro, no fueron hechos aislados.

La posición de la iglesia fue muy clara, proporcionando la necesaria cobertura ética a la insurrección militar, a la que calificó de cruzada cristiana. La guerra no enfrentaba a golpistas y a republicanos sino a buenos y a malos, los primeros encarnación de la providencia divina y los segundos marxistas, inspirados por el mismísimo diablo. La Virgen, el Sagrado Corazón de Jesús y el resto de la corte celestial, cómo no, eran monárquicos y, por tanto, estaban con los nacionales. Lo mismo el alzamiento que la guerra y la represión posterior estuvieron bendecidos por el altar y por Dios.

Una vez perpetrado el genocidio urgía montar una buena coartada que resultase creíble a las generaciones venideras. Empezaron eliminando todas las pruebas documentales que pudieron –los archivos del terror como les llama Izard- y, después de tres décadas machacando con lo mismo, se impuso una gruesa losa de mentira que creo ha llegado el momento de romper. Difundieron –exitosamente por cierto- hechos supuestamente perpetrados por el bando republicano que nunca ocurrieron o que sucedieron muy puntualmente: amputaciones de miembros, torturas, violaciones, exclaustraciones de monjas, quema de iglesias, etc. Y la excusa más reiterada para justificar sus propias atrocidades: ellos hubiesen hecho lo mismo si hubiesen ganado la guerra. Bueno, no lo podemos descartar, pero no ocurrió y nunca podremos saber si hubiera sido así o no.

Asimismo, tras la victoria pasaron a construir una nueva patria ultranacionalista, tradicionalista y católica. Para ello era fundamental contar con mujeres adoctrinadoras en el hogar y con una escuela vinculada al régimen. Lo primero que hicieron fue desmontar rápidamente la escuela republicana, realizando una dramática purga entre los enseñantes, comenzando por el cuerpo de maestros y profesores de secundaria y terminando con los de la Universidad. Todo aquel que hubiese mostrado alguna inclinación o simpatía hacia la república o simplemente hacia el ideario liberal era una posible cabeza de turco. Unos fueron fusilados y otros consiguieron escapar al exilio. Pero la cosa no quedó ahí; el franquismo asumió desde un primer momento la idea falangista de la revolución social, poniendo en marcha una verdadera contrarrevolución educativa. Ésta sólo se podía llevar a cabo a medio plazo, educando a los jóvenes en la ideología Nacional-Catolicista. A la caza de brujas que supuso la depuración de educadores, siguió el expurgo de las bibliotecas escolares, eliminando todas aquellas publicaciones que no fuesen acordes con el nuevo espíritu que ellos llamaban revolucionario pero que en todo caso era contrarrevolucionario. El círculo se cerró con una férrea censura, supervisada por la Iglesia, sobre las publicaciones, los periódicos, el cine, la televisión, el teatro, etcétera. La democratización y la universalización de la escuela, que con tanto ímpetu pretendiera implantar la II República, eran ya agua pasada. La nueva educación se basaría en una visión conservadora y patriótica de la historia nacional.

Las historias que narra Miquel Izar sobre las cárceles de mujeres y los orfanatos, conmueven. Las mujeres y los niños, esposas e hijos de los vencidos, constituían el segmento de población más vulnerable y sufrieron con rigor la larga dictadura. Durante el dilatado período franquista fueron maltratadas decenas de miles de mujeres y niños pues a fin de cuentas los vencedores interpretaban que eran personas descarriadas, contaminadas por ideales incompatibles con la el nuevo régimen que pretendían construir. Se les amedrentó para que escondieran su propia memoria en lo más profundo de su alma, aceptando o aparentando aceptar la nueva ideología de los vencedores, de los mismos que habían asesinado a los suyos.

Duele comprobar que la España democrática, la misma que con orgullo se dedicó durante años a juzgar genocidios internacionales ocurridos muy lejos de nuestras fronteras, tenga tantos muertos escondidos y haya corrido un tupido velo de silencio sobre ellos. Creo que los españoles estamos ya preparados para conocer la verdad, sin venganzas y sin rencores. Simplemente se trata de desvelar la magnitud del genocidio y de restaurar el honor a decenas de miles de personas y sus familias que fueron asesinadas y maltratadas durante décadas por el simple hecho de simpatizar con la república o de no ser afectos a los alzados. En la Transición se cometió el error de vincular la reconciliación al olvido lo cual, según Izard, es una constante en todas las dictaduras, es decir, que tras su desaparición afloran los organizadores del olvido. Pero esto nunca debió hacerse así y menos aún, como escribió Francisco Espinosa, que la amnistía se extendiera a la historia. El libro de Miquel Izard desafía a la Memoria Oficial al tiempo que contribuye de manera muy notable a reconstruir el pasado escamoteado y a hacer justicia a los eternamente vencidos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Reseña tomada del prólogo la obra, escrito por mí)