Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes al tema libros de Historia de España.

HISTORIA Y ARTE DE EXTREMADURA

20170226202747-001.jpg

Mira Caballos, Esteban: “Historia y arte de Extremadura” (Prol. De José Ángel Calero). Madrid, Art Duomo Global, 2017, 96 págs. I.S.B.N.: 978-84-617-8404-2

 

           Tercer volumen de un total de trece en los que se traza una síntesis histórica y artística de las diecisiete Comunidades Autónomas españolas, más Ceuta y Melilla. De ellas, solamente ocho (Andalucía, Aragón, Baleares, Castilla-La Mancha, Cataluña, Galicia, Madrid y Extremadura), disponen de un volumen exclusivo. Y ello, en unos casos por su importancia demográfica, política o económica y, en otros, por su enorme peso histórico, como es el caso de Extremadura.

Como se vislumbra en la obra, Extremadura es un verdadero paraíso natural, un entorno privilegiado de los que quedan pocos en Europa. Lugar de peregrinación de zoólogos, biólogos y de los amantes de la naturaleza. Un espacio que no experimentó la Revolución Industrial y que ha mantenido niveles bajos de poblamiento lo que ha preservado su valor natural. Pero también es un edén para arqueólogos e historiadores por los importantísimos vestigios del pasado que conserva. Extremadura ha sido siempre un crisol de civilizaciones pues por su tierra han pasado todo tipo de pueblos desde la prehistoria y ha sido lugar de encuentro y desencuentro de judíos, islámicos y cristianos. No sabemos el origen de la denominación; una de las teorías más plausibles sostiene que cuando la reconquista alcanzó el río Duero, se utilizó el término latino Extrema Durii para denominar a esa zona que en castellano significa frontera del Duero. Más tarde, los territorios conquistados por los cristianos sobrepasaron este río, pero se siguió utilizando dicha denominación para señalar los nuevos territorios. En el siglo XIII, durante el reinado de Fernando III el Santo, estos territorios recibieron ya de manera definitiva el nombre de Extremadura.

La historia de esta tierra tiene hondas raíces históricas. Por su territorio se han paseado vetones, lusitanos, túrdulos, cartagineses, romanos, visigodos, árabes, judíos y cristianos. Dos aspectos han marcado su historia: uno, la existencia de una élite oligárquica que monopolizó la casi única fuente de riqueza, es decir, la tierra. Y otro, su carácter fronterizo con el reino de Portugal, lo que la convirtió en un lugar estratégico, primero para el reino de Castilla y León y luego para España. Desde entonces, fue uno de los escenarios prioritarios de las guerras de la monarquía. Tanto, que los extremeños se terminaron acostumbraron al ciclo destrucción-creación y a reconstruir siempre sobre sus propias cenizas. Ahora bien, la frontera no fue impermeable, igual que hubo dramáticos y reiterados sucesos que lastraron el progreso de la región también se produjeron unas relaciones humanas, económicas y culturales muy enriquecedoras.

Como ha escrito Javier Cercas, actualmente Extremadura tiene algo de portuguesa, algo de castellana y algo de andaluza. Y este crisol de culturas y de influencias, conforman la esencia de lo que hoy es Extremadura y el pueblo extremeño.

           El presente volumen, supone una buena síntesis de lo que Extremadura ha representado en la historia y en el arte de España y de Occidente. Pero solo son pinceladas pues el cuadro completo solo se puede pintar sobre el terreno, visitando esta tierra preñada de historia y de vestigios del pasado. Esperemos que estas pocas páginas animen a muchos lectores a visitar Extremadura, una de las grandes desconocidas de España.

 

E.M.C.

Etiquetas: , , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

ALCÁNTARA, Nº 84, julio-diciembre de 2016

20170118185921-001.jpg

ALCÁNTARA, revista del Seminario de Estudios Cacereños Nº 84. Cáceres, julio-diciembre de 2016, ISSN: 0210-9859, 135 págs.

 

           Acaba de presentarse el último número de la revista Alcántara, el correspondiente al segundo semestre de 2016. Coordinada y dirigida por Salvador Calvo Muñoz, la revista mantiene su sello de siempre, un formato casi de bolsillo y una edición austera pero muy cuidada. Conserva, asimismo, su estructura en tres apartados: estudios científicos, textos literarios y reseñas de libros.

           Entre los estudios, destacan el trabajo de Enrique Gómez Solano sobre la teología del jesuita Teilhard de Chardin. Se trata de una continuación de otro trabajo suyo publicado en el número 78 de esta misma revista, correspondiente al segundo semestre de 2013. El principal objetivo de su filosofía era tratar de compatibilizar la teoría de la evolución con la presencia y existencia de Cristo como destino final.

José Antonio Ramos Rubio y Oscar de San Macario analizan, con el apoyo de abundante material gráfico, los restos arqueológicos medievales del entorno de la finca Gil Téllez, cerca de Cáceres. Se trata de quince tumbas, además de algunas inscripciones epigráficas y varios tableros tallados en la roca del juego del Alquerque.

Por su parte, José Luis Rodríguez Analiza la fiesta de Todos los Santos en la provincia de Badajoz. Básicamente eran similares aunque con variantes y con nombres diferentes para definir la misma tradición: chaquetía, saquitía, calbotá, calvochá, tosantos, etc.

Esteban Mira analiza los orígenes de Alcuéscar a partir de la compra que los vecinos hicieron de su propia jurisdicción en 1599. Para ello debieron pagar 7,6 millones de maravedís que aportó el perulero metellinense Juan Velázquez de Acevedo, tras formalizar tres censos sobre los propios de la recién segregada villa de Alcuéscar. El proceso de segregación había empezado en 1588 y culminó en 1599, es decir, once años después, cuando se hizo efectiva la cuantía solicitada por la Corona. Eso sí, Montánchez presentó un pleito para evitar la pérdida de dichos territorios, pero lo perdió por sentencia en grado de apelación de 1603. El trabajo se completa con la transcripción de varios documentos, procedentes del Archivo Histórico Provincial de Sevilla.

Tirso Bañeza diserta sobre los primeros estudios nocturnos implantados en Extremadura, concretamente en el IES el Brocense de Cáceres. Un centro que tuvo unos pioneros inicios antes de mediar el siglo XIX, como Instituto Elemental de Segunda Enseñanza, dependiente de la Universidad de Salamanca. Los estudios nocturnos comenzaron a principios del siglo XX, cuando se impartían clases gratuitas a los obreros. Desgraciadamente el proyecto fue efímero, pues quedaron suspendidas entre 1907 y 1961, reiniciándose a partir de este último año de manera ya ininterrumpida.

Otros ensayos aluden al Museo de los Iconos de Monroy, firmado por Paquita Morgado y Gervasio Reolid, o al médico de Alcollarín Juan Bernardo Cuadrado (1878-1968), este último firmado por el escritor Félix Piñero. El Doctor Cuadrado se formó en la entonces llamada Universidad Central de Madrid y desempeñó una labor impagable y en ocasiones altruista en la lucha contra el paludismo en el medio rural. Siempre trabajó a favor de los más desfavorecidos lo que provocó que se llevara varios años encausado, supuestamente por simpatizar con el bando republicano. Finalmente, gracias a los testimonios favorables de algunos amigos, salió absuelto e, incluso, en 1954 recibió la Medalla de Oro al Mérito en el Trabajo.

El volumen se completa con los aportes literarios de Matías Simón Villares, Emilio J. Martín, Juan José Romero Montesino-Espartero, Ada Salas, y Paco Neila, así como de cuatro reseñas a sendos libros aparecidos en 2015 y en el primer semestre de 2016.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

ENTUSIASTAS OLVIDADOS

20170115191204-im.jpg

IZARD, Miquel (Coord.): “Entusiastas olvidados. Comprometidos con el verano libertario borrados de la memoria”. Barcelona, Editorial Descontrol, 2016, ISBN: 9788416553679. 389 págs.

           Se compilan la vida y la obra de algo más de una treintena de personajes, la mayoría españoles, pero algunos extranjeros, vinculados a la Cataluña republicana, en el período comprendido entre julio de 1936 y enero de 1939. Como es bien sabido, mientras en Madrid dominaron los comunistas y los socialistas en Barcelona fueron mayoría los anarquistas. Junto a esos treinta personajes aparecen referencias a varios centenares más que tuvieron relación con aquel movimiento revolucionario que se generó en la Cataluña de aquellos años. Casi todos ellos activistas anarquistas o comunistas libertarios, algunos simples milicianos, otros arquitectos, pintores, médicos, cineastas, maestros, empresarios, emprendedores y mujeres que militaron en su praxis en el feminismo. Las mujeres consideradas secularmente seres inferiores, sometidas al varón, pudieron alzar la voz y salieron de su ostracismo. Ellas defendieron la escolarización gratuita de todos los niños, al tiempo que trataban de erradicar prácticas como la prostitución. Y todos en general, desarrollaron o trataron de desarrollar propuestas rompedoras, unas por idealistas y otras por radicales, lo mismo en la sanidad, que en la escuela, en la economía o en la producción artística.

España era en los años treinta un país muy atrasado, eminentemente agrícola, donde malvivían miles de campesinos andaluces y extremeños con condiciones laborales y salariales deplorables. Por eso es plausible pensar que en la Cataluña de aquellos tiempos, algunos tuvieron una sensación de pánico por las reformas radicales pero quizás la inmensa mayoría, vivieron los cambios con un “entusiasmo contagioso”. No hay que perder de vista que en la Cataluña de 1936, la CNT tenía más de 178.000 afiliados, siendo uno de los puntos neurálgicos del anarquismo mundial. Allí trataron de recrear una sociedad igualitaria, sin Estado, Iglesia, ni propiedad, al tiempo que aumentaron los servicios urbanos y orientaron la economía al bien común. Hasta pensaron en usar energías alternativas, o construir ciudades ecológicas donde lo rural y lo urbano estuviesen imbricados.

           Llama la atención el drama de estos libertarios inconformistas que soñaron con un mundo mejor. La mayoría murió prematuramente o en el exilio, pues tras el triunfo de los Nacionales fueron proscritos y perseguidos. Pero lo peor de todo es que fueron eliminados de la memoria colectiva y sus historias silenciadas y olvidadas. Ahora bien, no solo fueron perseguidos por franquistas y falangistas, sino también por comunistas estalinistas, que ejecutaron en sus checas a muchos de ellos. Aunque en momentos concretos hubo una colaboración necesaria e interesada entre comunistas y anarquistas, también hubo gravísimos enfrentamientos. Me ha llamado la atención la pugna a muerte entre miembros del PCE, PSUC y PCUS con los anarquistas de la FAI, de la CNT y del POUM. Los anarquistas Camilo Berneri y Francesco Barbieri fueron asesinados en las checas simplemente por escribir contra el autoritarismo estalinista. Bruno Castaldi sufrió apresamientos por parte de los comunistas en España y fue ejecutado en 1962, en Florencia, con el cargo falso y absurdo de colaborar con Franco y Hitler. También el joven Pedro Trufó, miembro de las Juventudes Libertarias, fue detenido en un control en 1937 por estalinistas, y asesinado sin mediar ni media palabra. El caso más surrealista de todos fue el del anarquista Jack Bilbo, nacido en Alemania y que vivió toda su vida bajo la sospecha de colaborar con los nazis, los mismos contra los que combatía. Estuvo a punto de ser ejecutado en Sitges y, tras su exilio a Gran Bretaña, fue internado en un campo de concentración por las mismas sospechas.

Esta pugna entre libertarios y comunistas ha tenido unas consecuencias brutales: detuvieron el proceso revolucionario, tuvieron mucha responsabilidad en el triunfo del bando Nacional y sembraron dudas perpetuas sobre la viabilidad del sueño revolucionario. Como dice Paco Madrid, mucho de estos anarquistas ejecutados por los estalinistas eran camaradas fieles “que frente al fascismo hubiesen caído con una sonrisa en los labios, satisfechos de dar su vida por el ideal”, pero que vivieron el durísimo trance de caer por las balas de camaradas fratricidas.

Tras la derrota en la batalla del Ebro y la caída inexorable de Barcelona, en enero de 1939, comenzó una huída frenética de revolucionarios, libertarios, anarquistas, comunistas o simples republicanos, hacia Francia. Pero sus penalidades no acabaron en el país galo; la mayoría terminó en campos de concentración, como el de Argelès-sur-Mer o el de Saint Cyprien. Otros, los que tenían directamente las manos manchadas de sangre, fueron identificados, devueltos a España y fusilados, como le ocurrió al activista Justo Bueno.

Los supervivientes en el exilio tuvieron una existencia complicada porque sus ideas radicales inquietaban no solo a las fuerzas conservadoras españolas sino incluso a los gobiernos europeos, supuestamente democráticos. La mayoría acabó luchando contra los nazis y otros consiguieron marchar a Latinoamérica. Pero, no lo olvidemos, en muchos países del otro lado del charco había regímenes fascistas por lo que debieron mantener un activismo clandestino o semiclandestino. Eso ocurrió en México, Argentina, Venezuela o en República Dominicana. En este país caribeño el general Leónidas Trujillo los aceptó de más o menos buen grado por su deseo de repoblar la frontera con Haití con colonos blancos, españoles de pura cepa. Allí llegaron, por ejemplo, Tomás Orts y Proudhon Carbó con un numeroso grupo de cenetistas y algún miembro de Esquerra Republicana. Otra libertaria, de la talla de Ada Martí, seguidora de Schopenhauer y Nietzsche, vivió sus últimos años sola, pobre y deprimida, muriendo a los 45 años de edad por una sobredosis de somníferos.

Muy excepcionalmente hubo algunos libertarios a los que les sonrió la suerte, como Cristóbal Pons que, pese a que participó en hechos como el intento de atentado contra el general Franco de 1934, cuando era Capitán General de Baleares, sobrevivió al exilio en Francia y regresó a España falleciendo por causas naturales a los 91 años. También fueron longevas la médica Mercedes Maestre y la anarcosindicalista gala Emilienne Morin. La primera cometió el delito de impartir conferencias de educación sexual en las que divulgaba los métodos anticonceptivos. Fue depurada y viajó al exilio, pero se le permitió el regreso en 1961, viviendo en Valencia aunque, eso sí, aislada y sin ningún reconocimiento, pese a haber sido una de las médicas más progresistas de su tiempo. La segunda, tras trabajar en la Consejería de Defensa de Barcelona, consiguió regresar a su país natal, donde siguió su activismo, aunque en sus últimos años sufrió la amargura de ver el fracaso y la inutilidad de las ideas por las que siempre luchó.

           Me ha costado bastante la lectura y comprensión de este libro precisamente porque está plagado de personajes y de hechos totalmente desconocidos para mí. Cuesta interiorizar una lectura como ésta, con tantos y tan condensados trazos de historia incógnita. He visto entre sus páginas decenas de personajes que truncaron sus vidas y las de sus familias por un sueño, por un viaje a ninguna parte. Margareth Zimbal, miliciana del PUM, murió en una trinchera a los 19 años. Muchos otros cayeron con veinte años o con treinta, lo mismo en el frente que fusilados por falangistas o por estalinistas. Cuesta ver a una jovencita como Simone Weil, con sus gafitas de empollona y su cuerpo delgado y frágil en el frente. Mientras leía su vida, me anticipaba pensando que duraría menos en el campo de batalla que una moneda en la puerta de un colegio. Pero me equivoqué, sobrevivió a la guerra y vivió en Francia, Estados Unidos y Gran Bretaña, pero su precaria salud la llevó a la tumba en 1943, cuando solo tenía 34 años. Otros, como el pintor Luís Quintanilla, comprometido con la legalidad republicana, murió en el exilio olvidado y con su obra en España destruida físicamente.

Permítame el lector, y las familias de los implicados, que me plantee otra cuestión: ¿mereció la pena?, ¿fue un empeño inútil? Mi respuesta a bote pronto es no a la primera pregunta y sí a la segunda. Prueba de ello es el hecho de que no solo murieran sino que su memoria fuese cercenada, como si jamás hubiesen nacido. Cuando los franquistas le preguntaron a Mussolini qué hacer con los brigadistas italianos capturados él respondió: “que los fusilen”. El Duce estaba seguro de algo: “los muertos no cuentan la historia”. A lo mejor, alguien me convence de lo contrario, es decir, que mereció la pena; estoy abierto a todos los argumentos.

En cualquier caso lo que sí tengo claro es que este libro es una ventanita abierta al pasado reciente por la que asoman muchos de estos personajes silenciados, depurados y borrados de la memoria. El profesor Izard, que lleva en la brecha más de medio siglo, continúa con su encomiable e incansable tarea de acabar con los mitos y de dar a conocer páginas enteras escamoteadas de la memoria colectiva por la historiografía oficial.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

APUNTES PARA LA HISTORIA DE LA CIUDAD DE BADAJOZ, T. XI

20161229142209-004.jpg

“Apuntes para la historia de la ciudad de Badajoz”, T. XI. Badajoz, Real Sociedad Económica de Amigos del País, 2016, ISBN: 978-8461765188, 211 Págs.

         Desde el año 2015, el coordinador de esta publicación, el Dr. Miguel Ángel Naranjo Sanguino, ha conseguido transformar una publicación poco útil, en una obra esperada por muchos interesados en la historia de Badajoz. El profesor Naranjo, Catedrático de Historia, se ha preocupado por homogeneizar la publicación, con trabajos que mantienen la misma línea en cuanto a aparato crítico y a extensión. Asimismo, se ha preocupado de recabar trabajos entre investigadores acreditados, de manera que los textos tienen todas las garantías y presentan aportes desconocidos.

         Dado que en 2016 se produjeron dos efemérides, el bicentenario de la Económica (1816-2016) y la renuncia del presidente de la institución desde 1989 a 2016, el profesor y pintor don Francisco Pedraja Muñoz, se dedican varios artículos a ambas cuestiones. Carmen Araya aborda la labor del presidente saliente, al tiempo que Zacarías Calzado analiza su extensa obra pictórica. Por su parte, Laura Marroquín Martínez, firma una crónica de los actos realizados por la Sociedad Económica en 2016, con motivo del citado bicentenario.

         Pedro Castellano Bote realiza un pormenorizado estudio de la casa del Cordón, actualmente sede del Arzobispado de Mérida-Badajoz, analizando pormenorizadamente la evolución del solar y la casa, los deslindes y sus sucesivos propietarios. El escudo que aparece, en el centro de la portada corresponde a su antiguo dueño Miguel de Andrade Alvarado, y puede fecharse en torno a 1775.

         Muy interesante es el trabajo del prof. Julián García Blanco sobre la cárcel pública de Badajoz, de la que se conservan referencias al menos desde 1495. Como ya intuíamos la situación del presidio fue casi siempre deplorable, debido a sus pésimas condiciones de salubridad y a la corrupción de los propios alcaides. Incluso, hubo años en los que no hubo alcaide por falta de dotación económica. Lo cierto es que, bien por negligencia o bien por prevaricación del responsable de la prisión, se produjeron innumerables fugas, en muchos casos de presos que estaban condenados a servir en galeras. En el siglo XIX la situación del recinto debió mejorar por lo que las fugas ya no se producían desde el interior de la cárcel sino en los traslados al hospital o a otra cárcel o durante las salidas para realizar trabajos para el municipio. La cárcel real –también llamada vieja-, fue demolida en los años treinta del siglo pasado.

         Muy peliagudo era el trabajo del cronista local Alberto González Rodríguez, sobre historiadores, archiveros y cronistas vinculados a Badajoz. Pero el autor completa este trabajo historiográfico con bastante solvencia y sin entrar en vanas polémicas. Hace un completo recorrido por todas las personas que desde hace siglos han realizado algún trabajo relacionado con la historia o con la documentación del municipio. Cita a cientos de autores modernos y contemporáneos y no se aprecian olvidos significativos ni entra en cuestiones polémicas de signo ideológico. Es un buen trabajo de síntesis historiográfica sobre Badajoz.

         Teodoro A. López, canónigo archivero del repositorio Diocesano analiza el archivo de la Catedral de Badajoz, con unos umbrales cronológicos que van desde el año 1255 hasta nuestros días. Se limita a describir los fondos lo que hace con solvencia ya que es la persona que mejor los conoce.

         Muy interesante es el estudio que presenta Álvaro Meléndez Teodoro sobre los cementerios de Badajoz, haciendo especial hincapié en el de San Juan. Un camposanto inaugurado en 1839 y que se mantiene en activo en nuestros días. Reivindica su consideración como espacio histórico para evitar la desaparición de lápidas antiguas y monumentos que constituyen verdaderas obras de arte desconocidas.

         Le sigue mi trabajo sobre los pacenses participantes en la conquista del Perú. En él destaco el origen badajocenses del famoso artillero de Cajamarca, Pedro de Candía. Asimismo, dedico varias páginas al enfrentamiento entre almagristas y pizarristas, que llevo a varios oriundos de la ciudad a luchar en bandos opuestos a varios miles de kilómetros de su ciudad natal.

         Y el volumen se cierra con un trabajo del Prof. Tomás Pérez Marín sobre el comercio en Badajoz en el Siglo de las Luces. Analiza los abastos de pan, carne, vino, aceite, etc., que salvo en el caso del pan se sacaba anualmente a subasta. Los precios variaban mucho en función a la oferta, es decir, a la abundancia o escasez de esos productos que dependía de la cosecha. Otros productos eran un estanco regio, como la sal, el tabaco o los naipes. Destaca especialmente el comercio transfronterizo con Portugal, una parte del cual era legal aunque también había mucho contrabando. Este comercio ilegal era mayor en tiempos de crisis, de guerras o de malas cosechas, pues la limitada oferta hacía que el precio de los productos se disparase y el contrabando resultase mucho más rentable.

         Para finalizar, destacar la calidad científica de los textos presentados en este volumen, lo cual obviamente hay que agradecer a los profesores participantes pero sobre todo al coordinador del volumen.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

CUADERNOS DE ÇAFRA (2016)

20160725183322-002.jpg

Cuadernos de Çafra. Estudios sobre la historia y el Estado de Feria, Nº XII. Zafra, 2016, I.S.N.N.: 1696-344X, 312 págs.

            Acabo de recibir el último número de la revista “Cuadernos de Çafra” que edita el Centro de Estudios del Estado de Feria. Al igual que en números anteriores, se trata de una edición muy cuidada en el que se incluyen numerosos aportes a la historia de la villa. Como de costumbre integra los dos trabajos presentados a las XVI Jornadas de Historia de Zafra y el Estado de Feria así como seis artículos, para cerrar con varias reseñas de libros.

            El número abre con el trabajo de Rogelio Segovia sobre las monedas del Museo de Santa Clara de Zafra, en la que ofrece un estudio pormenorizado de cada una de ellas. Sigue el aporte de los profesores Miguel Ángel Naranjo y Manuel Roso sobre la desamortización de Godoy en Zafra. Se trata del proceso desamortizador menos conocido de los tres y del que estos dos profesores son los máximos especialistas en el caso extremeño.

            En cuanto a los artículos, destacan los tres aportes sobre las relaciones entre Zafra y América, dos de ellos firmados por el que escribe estas líneas y un tercero por la joven investigadora Lucía Lobato Hidalgo sobre los bienes de difuntos de los emigrantes zafrenses. El artículo de Juan Miguel Fernández Sánchez indaga en la vida de la familia Lieves, maestros canteros de origen cántabro que destacaron en el panorama arquitectónico de la Baja Extremadura en el siglo XVI. El autor viene investigando a esta saga de canteros desde hace varias lustros, y en este artículo analiza su vinculación con la Torre de Miguel Sesmero. Y por último, se incluyen dos trabajos, el de  José Antonio Torquemada sobre el ferrocarril en Zafra y otro sobre la vida del político del siglo pasado Francisco Luna Ortiz, firmado por Juan Carlos Fernández.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

EXTREMEÑOS CONDENADOS A GALERAS

20160603091655-001.jpg

Carmona Gutiérrez, Jessica: Extremeños condenados a galeras. Delito y represión en tiempos de Felipe II. Badajoz, Diputación Provincial, 2015, 205 págs., I.S.B.N.: 978-84-7796-278-6

        Este libro se circunscribe al análisis de un grupo de ocho expedientes del Archivo General de Simancas, concretamente de la sección Cámara de Castilla, legajos 28 (Nº 1 y 2) y 29 (Nº 1 al 6). Después de la batalla de Lepanto, concretamente a finales de 1572, el monarca ordenó a las justicias de Castilla que señalasen el número de condenados que había en las cárceles públicas con la intención de incorporarlos como remeros en las galeras reales. Había un déficit crónico de estos efectivos lo que provocó que casi a cualquier delincuente, por pequeña que fuese la infracción cometida, se le enviase al menos dos años para servir de fuerza motriz de las embarcaciones del Mediterráneo. Un total de diecisiete municipios extremeños respondieron y en base a esas respuestas la autora confeccionó el presente libro. Cronológicamente se limita también a un período muy concreto, determinado por los umbrales cronológicos de esa misma documentación, el reinado de Felipe II. Pese a este encorsetamiento, el trabajo resulta de interés por el atractivo tema que aborda y por el serio análisis de los datos localizados.

        El tema tiene ya una larga trayectoria, pues disponemos de trabajos clásicos firmados por autores como José Luis de las Heras, Manuel Martínez o José Manuel Marchena. Sabíamos de lo ingrato que era el trabajo de galeote, tanto que la mayor parte de ellos eran condenados porque pocos estaban dispuestos a ir asalariados. De ahí que se hablase de remeros de buena boya –asalariados- frente a los de mala boya –forzados-aunque a todos se les llamase chusma. Un concepto que, como se aclara en el prólogo, no tenía las connotaciones despectivas que tiene en la actualidad.

        Las necesidades de forzados en las galeras provocaron que cualquier delito por nimio que fuese se condenase con la pena de entre dos y diez años de galeras. Un simple hurto se condenaba a seis años, mientras que el simple hecho de ser vagabundo se condenaba con cuatro o el ser jugador con seis. Un vagabundo era, según Castillo de Bovadilla, un holgazán y éste a su vez era un ladrón en tanto que mendigando vivía del sudor de la frente de las demás personas. El simple hecho de deshonrar a una doncella, prometiéndole falsamente matrimonio para tener acceso carnal con ella se condenaba con cinco o seis años de servicio en galeras. Pero por la misma razón, un delito grave, como el asesinato o el incesto, que normalmente se saldaba con la ejecución del infractor, también en estos momentos se conmutaba por el servicio en la boga.

        Asimismo, en la misma cédula de 1572 se incluía entre los candidatos a galeotes a los gitanos. Una minoría que fue criminalizada en tiempos del rey prudente, quien satisfacía con ellos las necesidades de galeotes al tiempo que reducía el problema del descontrol de estos grupos seminómadas. En cuanto a la edad de estos forzados se amplió la edad de servicio, pues en 1530 se estableció que los remeros debían tener al menos veinte años, y en 1566 se rebajó hasta los diecisiete, aunque desde los catorce podían trabajar en las galeras pero no en sus bancadas. Eso sí, la edad máxima se mantuvo en los cincuenta porque era un trabajo tan duro que difícilmente una persona que superase esa edad podía ser útil para la boga.

        Por lo demás, dedica un epígrafe a los moriscos, aduciendo un testimonio del corregidor de Trujillo en el que recomendaba su recluta para dicho fin. Sin embargo, la autora no consigue documentar ni un solo caso concreto por lo que no podemos saber si realmente fue una práctica más o menos habitual. En cambio, llama la atención que no aparezcan expósitos, pese a que hay documentación que indica que muchos de estos engrosaron las filas de la mendicidad en las grandes ciudades, acabando finalmente, junto a los demás vagabundos, encadenados al banco de una galera.

        El volumen se completa con un apéndice documental de casi cuarenta páginas y con un completo regesto de fuentes documentales y bibliográficas.

        Se trata de un libro de objetivos limitados, pues tan solo analiza unos documentos muy concretos del Archivo de Simancas. El contraste, mucho más laborioso, de este material con los documentos localizados en los archivos locales le hubiese proporcionado muchísima más información. Yo mismo he visto algunas cartas de en las que los dueños de esclavos condenaban al servicio en galeras de sus aherrojados más desobedientes. Pese a dichas limitaciones, el mérito de su autora es ofrecer bastantes ejemplos de extremeños condenados a galeras por dichos delitos. En resumidas cuentas, estamos ante un libro atractivo por su temática y que consigue aislar no pocos casos de extremeños que acabaron sus días en un medio tan diferente al suyo como era el banco de una galera.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

A PROPÓSITO DE UNA RESEÑA: LA LIBERTAD EN LA SOCIEDAD ESPAÑOLA EN LOS SIGLOS XVI Y XVII

20160130113521-verbo539-540.png

Esteban Mira Caballos; Historia de la villa de Solana de los BarrosOrdenanzas municipales de 1554, Badajoz, edita Diputación Provincial de Badajoz 2014, 190 pags.

 

 

1. La obra

 

        El autor es Doctor en Historia por la Universidad de Sevilla y profesor de Geografía e Historia en el I.E.S. Mariano Barbacid de Solana de los Barros (Badajoz).

        La obra es aparentemente modesta por su contenido, pues utiliza como eje la Ordenanza municipal de 1554. Sin embargo va mucho más allá y está arropada por datos económicos, costumbres, sentimiento religioso, la evolución de la población y su mortalidad, estratos sociales (incluidos los esclavos), emigración a América y sus requisitos y limitaciones, y resulta de gran ayuda para comprender una época en sus grandezas y miserias.

 

        Accedí a esta lectura casualmente y en seguida me dejó atrapado y me impulsó a compartir el texto a través de una reseña y de los comentarios que me sugirió tanto la organización municipal como la sociedad rural que era mayoritaria en la España de la Edad Moderna e incluso hasta el siglo XIX con la desamortización y que en muchos aspectos continuó - si bien cada vez más deteriorada - hasta mediados del siglo XX.

 

        A través de las Ordenanzas y de su aplicación práctica, se comprende hasta qué punto era Castilla, en los siglos XVI y XVII, una tierra mayoritariamente de hombres libres y profundamente religiosos, a pesar de existir una exigua minoría de esclavos y libertos que en ningún momento llegó al 5%, y ello en contraste con la Cataluña de pequeños señores feudales y no digamos con la mayoría del resto de Europa en la que el feudalismo había estado fuertemente implantado.

 

        El autor comienza describiendo el tipo de propiedad y poblamiento del municipio, de características comunes a buena parte de los municipios de Castilla. A mediados del siglo XVI, el concejo de Solana de los Barros (Badajoz) adquirió un terreno de una legua y una sexma de largo por media legua de ancho en 6.000 ducados. Para hacerse una idea de la extensión y el precio de la finca, baste decir que tenía una superficie de unas 1.800 Hras. de tierra de primera calidad como es la tierra de aluvión del Guadiana y su afluente el Guadajira en la comarca de Tierra de Barros y el precio actualizado estimo que sería aproximadamente el equivalente actual (2015) a poco más de 800.000 euros, es decir de algo menos de 500/ Hra., equivalente estimado a 3,35 ducados/Ha.. Es destacable que la superficie de esta finca comunal representaba casi un tercio del término municipal de Solana de los Barros y era explotada únicamente por los vecinos.

 

 

2. Comentarios al contexto social y económico del municipio

 

        En otras comarcas del Ducado de Feria, como Zafra, Feria o La Parra, los terrenos eran de propiedad particular. En cambio en Solana de los barros, salvo las pequeñas fincas particulares y la gran dehesa propiedad comunal del Concejo, gran parte de las tierras eran de propiedad señorial. Estas tierras eran cedidas en arrendamiento perpetuo a cambio del pago de 1/9 de la producción del arrendamiento, después de deducir el diezmo de la Iglesia. La renta de la alcabala, que era un impuesto que gravaba con el 5% todas las transacciones comerciales, tanto de mercancías como de muebles e inmuebles, varió desde el siglo XVI hasta mediados del XVII entre 124.000 maravedíes (un ducado = 375 maravedíes) y 365.000. La renta del arrendamiento venía a ser otro tanto, lo que da idea de la producción total del municipio, que debería estimarse multiplicar la renta del arrendamiento aproximadamente por 10 y sumarle la producción particular y la comunal, además del producto de los diversos oficios. Ello para una población estimada a lo largo del siglo XVI hasta mediados del siglo XVII que varió entre los 600 y 1.200 habitantes, calculada apartir de los censos de vecinos. Todo esto unido al diezmo a la Iglesia, y los gastos del municipio, que se autofinanciaba con las rentas de su propiedad, podía estimarse una presión fiscal por todos los conceptos inferior al 20% lo que en comparación con la media actual en España, y en cualquier Estado, parece irrisoria. A estos impuestos había que sumar ciertas aportaciones extraordinarias ocasionales, como la de 650 fanegas (aproximadamente equivalente a unos 1.600 kgs.) de trigo en 1580, para abastecer los tercios que entraron en Portugal cuando se produjo la unión a la corona española de Felipe II, y que parece una aportación poco onerosa en relación a la producción estimada del municipio que como media sería de unos 1.200 Kgs./Hra., o algo superior.

 

        Con estos datos podría estimarse que la renta per cápita en aquella época podría estimarse en un equivalente a no menos de 6.000 euros actuales, a lo que habría que sumar el autoconsumo y el conjunto de unos modestos servicios de comerciantes y artesanos. Ello explica que en esta época hubiera en el concejo nada menos que 6 sastres censados, además de zapateros, herrero, mesoneros, barberos, molinos, carnicería con una rígida reglamentación sanitaria, así como comerciantes con una estricta regulación de pesos y medidas. A estas actividades habría que sumarle la industria de la construcción y el servicio de transportes que representarían más del 10% de la actividad y renta del municipio. A estos datos relevantes como indicios de actividad económica, hay que añadir que se daba un volumen de transacciones bastante elevado, a juzgar por el importe anual del impuesto de la alcabala. Esto indica una sociedad sencilla pero de cierta complejidad y relativamente acomodada, incluso en comparación con el medio rural actual.

 

        Desde el punto de vista social, la gran extensión de una gran propiedad comunal igualitaria daba lugar automáticamente a una población del municipio sin grandes desigualdades económicas y en la que las diferencias de riqueza estaban generadas fundamentalmente por el trabajo y habilidad en las explotaciones familiares.

        Esta sociedad igualitaria y relativamente próspera, explica que hubiera ciertos servicios sociales embrionarios, como la asistencia en la enfermedad y gastos de sepelio, que al parecer se realizaba a través de una hermandad de Ánimas. Incluso existía un hospital de pobres desaparecido en el siglo XVII y que era visitado por los alcaldes, en presencia del escribano, que verificaba que estaba bien provisto para atender a los enfermos. Hay que suponer que en una localidad pequeña el hospital se limitaba a una sala común en la que se atendía a enfermos sin recursos, pero esto era una avance considerable en comparación no solo con lo existente en otros países, sino también con lo que era habitual en la España del siglo XIX.

 

        Los bautizos, la sucesión de la administración de sacramentos, las fiestas religiosas, la regulación de las ayudas a misas, velas, etc., demuestra que no sólo la argamasa que unía sólidamente esta sociedad era la moral y religión católicas, sino que también era el espíritu vital que la animaba tal como de forma afortunada había expresado sintéticamente Marcelino Menéndez Pelayo en su Historia de los heterodoxos. A este respecto resulta significativo un hecho reflejado con toda naturalidad en el registro parroquial en 1706: <<Pedro, hijo de María de los Ángeles, esclava de Pedro Sánchez Notario, le eché el agua en casa por algún peligro>>.

 

        Por ejemplo, el número de esclavos y libertos existente durante la segunda mitad del siglo XVI y primera del XVII, nunca llegó al 5% y ello a pesar de ser el municipio de la comarca con mayor número de esclavos. Resulta significativo que los esclavos eran bautizados al igual que el resto de los ciudadanos, lo que indica que el sello que certificaba su pertenencia a la comunidad era su integración en la Iglesia. A partir de la segunda mitad del siglo XVII el número de esclavos era casi inexistente. La escasa cifra de esclavos en esa época, sin ser despreciable, no permite calificar la esclavitud de institución de cierto peso, sobre todo si se compara por ejemplo con la existente en la América anglosajona de fines del siglo XVIII, ya que en las 5 colonias inglesas del Sur de las 13 colonias del pequeño territorio de Norteamérica se estima que representaban prácticamente la mitad de la población, con más de un millón de personas.

 

        La emigración era un fenómeno poco frecuente, tal como precisa la documentación existente, al menos en este municipio. Ello se deduce de los datos de la emigración en el siglo XVI (33 personas) y en el siglo XVII (12 personas), muestra que su incidencia en la población puede calificarse de insignificante. La mayoría de los emigrantes eran solteros, pero no faltaban familias enteras, lo que explica que casi el 18% fueran mujeres. A mi juicio, el escaso número de emigrantes se debe por un lado a lo estricto de su selección de los emigrantes, ya que se les exigía una especie de certificado de buena conducta, al contrario de lo que ocurría en otros países europeos, donde la mayoría de los emigrantes eran delincuentes y penados, incluso en el siglo XIX. A lo estricto de la selección se unía que el pasaje no era barato, como consta en la documentación de un pasaje en el que el coste por persona a principios del siglo XVI era de dos ducados (que podría ser el equivalente actual a unos 300 euros, que no era poco teniendo en cuenta que era una economía poco monetizada).

 

        El hecho de que a lo largo de dos siglos el total de emigrantes fuera de 45, da idea de la poca incidencia que tuvo la emigración en su población y posible repercusión indirecta en la decadencia de España. Esta perspectiva se ve acentuada con que durante el siglo XVII la emigración se redujo a 12 personas en paralelo con la reducción de población media del municipio que pasa de [6001000] personas durante más de un siglo a unas 250 y que se mantiene estable a lo largo de dos siglos, desde mediados del siglo XVII hasta mediados del XIX. La reducción de población se explica mejor por la elevación de la mortalidad, que está documentada entre 1673 y 1709, con una mortalidad media en esos años de 13 por año, de los cuales casi el 50% corresponden a mortalidad infantil. Una mortalidad tan alta resulta inexplicable ya que significaría la desaparición de la población del municipio en pocas décadas. No hay constancia de las causas de tan altas tasas de mortalidad, que podría ser debidas a la gravísima epidemia de peste que en 1649, procedente de África, se extendió desde Sevilla y que probablemente prolongó sus efectos demográficos durante mucho tiempo. Los pequeños ejércitos de la época empleados en las guerras representarían una mortalidad relativa, sobre el total de la población, muy baja.

 

        Un fenómeno que está también documentado es el de los expósitos. Entre 1614 y 1713, el número de niños expósitos fue de 6, sobre un número de nacimientos de más de 1.000, lo que teniendo en cuenta la inexistencia de abortos provocados, resulta una cifra insignificante y confirma la existencia de una sociedad sana moralmente y carente de agobios económicos.

 

 

3. Comentarios a la organización política del municipio

 

        Llama la atención el sistema de elección de alcaldes y cargos con voz y voto en el concejo, que eran ocho en total y elegidos por duplicado en cabildo secreto el día de pascua de Navidad, en presencia del escribano, por un período de un año. Del total de los 16 elegidos, el conde elegía a su vez ocho. Desde 1481, era obligatorio que los municipios dispusiera de un edificio para la celebración de los cabildos y una cárcel municipal. El autor pudo comprobar que los alcaldes y oficiales no eran reelegibles, ni tan siquiera sus parientes.

 

        Este sistema de elección está cerca del sistema de la Atenas clásica en el que el sistema de elección era por sorteo entre los ciudadanos en una sociedad relativamente numerosa. En una sociedad poco numerosa como el municipio, un sistema de rotación tan rápido, permitía que la mayor parte de los vecinos ejercieran un cargo público a lo largo de sus vidas.

 

        En un ambiente así, de hombres libres y sin grandes desigualdades sociales, se puede comprender que unAlcalde de Zalamea, no es una mera figura literaria, sino que probablemente fue un personaje y unos hechos reales. Y una sociedad trabada con esas prácticas y regida por estas leyes y costumbres se comprende que era sumamente sólida y que no podía tener competencia ni como potencia militar ni económica ni cultural, en el mundo del siglo XVI y XVII.

 

        El sistema de participación política ciudadana y razonablemente democrática causa sorpresa dado el grado de libertad e igualdad de derechos que representa en una pequeña sociedad como es el municipio.

 

        A mi juicio, el sistema fiscal español del siglo XVI y XVII descrito en la obra tenía el inconveniente que concentraba excesivo poder económico en la Iglesia y en los diferentes señoríos, en detrimento del poder regio central. Ello a pesar de que buena parte de las obras públicas como puentes y caminos, hospitales, universidades así como la educación y, por supuesto la asistencia social, era sufragada en gran parte por los señores y sobre todo por la Iglesia. Bien es cierto que un sistema fiscal centralizado, ya sea en el Estado o en otras entidades locales también tiene serios inconvenientes, al concentrar el poder en unas oligarquías más o menos numerosas y poderosas.

 

        Sin que la obra pretenda demostrarlo, la decadencia de este municipio de Extremadura coincide casi exactamente con el inicio de la decadencia española en la segunda mitad del siglo XVII, pero sin embargo no aparece, ni directa ni indirectamente, ninguna de las causas que numerosos historiadores atribuyen a la decadencia española. Las causas de la decadencia que suelen enumerarse hasta convertirse en un tópico son la expulsión de los judíos y moriscos, la emigración a América, las guerras, la pobreza, el hambre y un sentimiento generalizado de minusvaloración del trabajo, que en todo caso tendrían una influencia marginal.

 

        Si este municipio extremeño es representativo de los municipios castellanosy todo parece indicar que - , ninguna de las supuestas causas de la decadencia parece tener ninguna influencia. Si nos fijamos en la influencia de la expulsión de judíos y moriscos, al margen de que su número debió ser escaso en relación a la población, los judíos se dedicaron preferentemente al comercio y al préstamo residiendo en barrios de núcleos urbanos lo que no parece que tenga influencia significativa en el sistema económico; los moriscos, al parecer relativamente numerosos en Extremadura, se dedicaban en su mayor parte a la agricultura y artesanía por lo que la repercusión en la economía debió de ser mayor, pero tampoco significativa. La emigración a América se comprueba que por su proporción insignificante en la población española tampoco pudo tener una incidencia negativa, incluso aunque fuera un poco potenciada al ser selectiva de personas de cierto nivel y de buena conducta. Las guerras, eran mantenidas por España con un pequeño ejército permanente, del que casi dos tercios estaban constituidos por italianos, alemanes y suizos, por lo que su influencia en términos de población debió ser insignificante. La pobreza y el hambre se puede afirmar que eran inexistentes en el medio rural, al menos hasta la segunda mitad del siglo XVII. En cambio debió ser importante la incidencia de enfermedades como demuestra la mortalidad registrada a finales del siglo XVII. La holganza o el sentimiento de minusvaloración del trabajo parecen ausentes de la sociedad rural estudiada.

 

 

4. A modo de conclusión

 

        La religiosidad empapaba y regía la vida del municipio y en las ordenanzas se alude constantemente al santoral y a las ayudas que prestaba directamente el municipio en algunas fiestas señaladas, en especial en Semana Santa en el que el concejo contrataba a un predicador durante la Cuaresma.

 

        Un elemento de estas ordenanzas y de la vida en el municipio que destaca por su influencia en una sociedad equilibrada y con escasas desigualdades, es la propiedad comunal.

 

        La desaparición de la propiedad comunal, - de manera destacada por la desamortización,- debió influir decisivamente en la decadencia del municipio y potenció la acumulación de riqueza en pocas manos y consiguientemente el empobrecimiento y proletarización de gran parte de la sociedad española.

 

        Actualmente estamos asistiendo a la última fase de este despojo de la propiedad comunal, con la desaparición de las Cajas de ahorro y Montes de Piedad, las cooperativas, las mutuas y las hermandades, que eran el último baluarte de una sociedad solidaria que al fragmentarse y desestructurarse se ha convertido en presa fácil de grandes corporaciones.

 

        Una faceta colateral de este proceso es la privatización de empresas nacionalizadas de sectores calves (telecomunicaciones, energía eléctrica y petróleo, motor, naval, aeronáutica, militar,) por parte de gobiernos calificados tanto de izquierdas como de derechas. En definitiva, una empresa nacionalizada no es o era más que una propiedad comunal, al menos formalmente, a escala nacional.

 

        Lo que parece deducirse como enseñanza de la Historia y de estas ordenanzas municipales, es que toda comunidad política necesita para su cohesión una religión común, tal como ocurrió desde los sucesivos imperios egipcios, el romano con la deificación de la propia Roma y el Emperador, o al menos un sucedáneo como ocurre actualmente con China y la URSS con el comunismo o con EEUU en su culto por la democracia, más o menos mitificada y mixtificada, la propia nación y combinada con una moral puritana.

 

        Cuando el sistema de creencias se diluye, se acelera la decadencia y muerte de esa sociedad, como parece que comienza a percibirse en EEUU, donde la literatura y el cine comienzan a cuestionar un sistema al que presentan como una oligarquía de forma semejante a lo que ya ocurrió con Inglaterra y su Iglesia nacional, que se ha diluido al mismo tiempo que la moral victoriana.

 

        En definitiva, una obra que creo puede resultar una mina para un historiador del siglo XVI y XVII y que le puede ayudar a una mayor comprensión de la sociedad de esa época, pues el tipo de ordenanzas municipales, era común al menos en Castilla. Bien es cierto que cada historiador pondrá el acento en algunos aspectos más que en otros y destacará algún matiz de acuerdo con su formación y con información complementaria.

 

Antonio de Mendoza Casas

 

 

Madrid 18 de agosto de 2015

Etiquetas: , , , , , , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

ESPAÑA ANTE SUS CRÍTICOS. LAS CLAVES DE LA LEYENDA NEGRA

20151212234027-003.jpg

RODRÍGUEZ PÉREZ, Yolanda, SÁNCHEZ JIMÉNEZ, Antonio y BOER, Harm den (Eds.): España ante sus críticos: las claves de la Leyenda Negra. Madrid, Iberoamericana, 2015, ISBN: 978-84-8489-906-8, 275 págs.

 

         La historiografía sobre la Leyenda Negra cuenta ya con una amplísima producción bibliográfica, desde los pioneros estudios de Julián Juderías, pasando por los de Rómulo Carbia, Philip W. Powell, Esteban Calle Iturrino, Miguel Molina, Ricardo García Cárcel, Miguel Ángel García Olmo, Jesús Villanueva, entre otros muchos. Ésta fue todo un alegato contra la primera potencia imperial del momento, para lo cual se exageraron todos los aspectos negativos, acusándola de mantener una política expansiva. Los españoles eran objeto de los peores calificativos: crueles, bárbaros, iletrados, moros, judíos, marranos, lascivos, vanidosos, falsos, entre otras lindezas. Pilares de esa leyenda fueron la Inquisición, los vicios personales de Felipe II, la crueldad innata de los hispanos y sus deseos de dominar el orbe. Obviamente, los argumentos no son más que clichés falsos, pensados como oposición al dominio de la primera potencia mundial de la época.

        Este libro supone una puesta al día, un estado de la cuestión, al tiempo que se aportan nuevas reflexiones, nuevos perfiles de esa leyenda, aún poco explorados. Se trata de un total de once aportes, diez redactados en castellano y uno en inglés, firmados por profesores de distintas universidades europeas y americanas.

        El primero de los trabajos, firmado por Antonio Sánchez Jiménez, es un estado de la cuestión en el que se analiza la ingente bibliografía, destacando el alto grado de politización de los mismos. Muy interesante es el aporte del profesor Jesús María Usunáriz que se ocupa de la respuesta que la intelectualidad y el poder monárquico dio a estos ataques para tratar de contrarrestarlos. A veces tenemos la impresión de que España no respondió a la hispanofobia. Sin embargo, no solo se leyó la literatura antiespañola sino que fueron pertinentemente replicados, e, ocasiones de forma airada. Guillermo de Orange atacó a Felipe II y a los españoles, pero los autores españoles lo tildaron a él de traidor, hereje, ambicioso, alevoso, tirano, usurpador, forajido, cruel, etc. Ejemplos como el del fraile Pedro Cornejo, autor de Antiapología, solo un año después de la publicación de la Apología de Guillermo de Orange, es muy clarificador al respecto. Es cierto que no hubo una respuesta orquestada u organizada, es decir, que no hubo nada parecido a un Ministerio de la Propaganda, como tuvieron los nazis, pero no lo es menos que entre los propios auspiciadores de la Leyenda Negra, según demostró en su día Ricardo García Cárcel, tampoco la hubo.

        Por su parte, Santiago López Moreda aclara que los orígenes de la Leyenda Negra son muy anteriores a la época del padre fray Bartolomé de Las Casas o a la fecha de la publicación de la Apología de Guillermo de Orange. En realidad, comenzó a forjarse en Italia, como respuesta a la animadversión que estos sentían por la presencia de aragoneses en su tierra. Llaman la atención los calificativos que el papa Bonifacio VIII dedica especialmente a los catalanes de los que dice que ninguno era de fiar y que no eran personas de bien. Después la Leyenda se extendió a los territorios de expansión de la monarquía: América, Flandes y Portugal.

Concretamente, en Portugal, el prior de Crato, aspirante al trono luso, auspició dicha leyenda, colocando a Felipe II como un vulgar usurpador, exactamente igual que Guillermo de Orange hacía en el caso flamenco. Desde su exilio en Francia, Crato mantuvo sus aspiraciones al trono de Portugal, lanzando periódicamente soflamas contra la tiranía y crueldad del peor de los monarcas, Felipe II. Pero la leyenda no se limitó a los territorios americano, flamenco y portugués. El Dr. Juan Luis González analiza el caso del desdichado príncipe don Carlos, hijo de Felipe II y de Isabel de Portugal. Había quedado huérfano de madre a los pocos días de nacer y fue un niño enfermizo. En enero de 1568, cuando tenía veintitrés años, y tras verificarse que sus dolencias físicas y mentales no tenían solución, fue encerrado por orden de su padre, en una de las torres del alcázar de Madrid. Y ello, porque el monarca interpretó que había que retirarlo de la vida pública y de cualquier posibilidad de gobierno. Murió entre esas cuatro paredes varios meses después. Los sucesos fueron llevados a cabo por el monarca con el máximo secretismo, lo que no impidió que se convirtiera en una de las novelizaciones de la Leyenda Negra. Cómo no, Guillermo de Orange, se encargó de afirmar que el padre había asesinado al hijo.

        El caso del escritor calabrés Tomasso Campanella es singular porque pasó de ser en su juventud un apologista de la Monarquía a un detractor en los últimos años de su vida. Actuó así por intereses personales, al principio defendió que España había recibido la tarea divina de defender el catolicismo en el mundo, y ello con la intención de que se le indultase por su intento de sedición. Sin embargo, cuando ya no le interesó congraciarse, desveló su verdadero pensamiento, atribuyendo a los españoles casi todos los estereotipos de la Leyenda Negra: avariciosos, crueles, libidinosos, perezosos, etc.

        Eric Griffin analiza un conjunto de panfletos antihispánicos que se publicaron en Inglaterra para impedir el acercamiento entre ese país y España, durante los últimos años del reinado de Jacobo I. Por su parte, Carmen Sanz Ayán estudia los panfletos que se editaron en Génova, un aliado tradicional del Imperio de los Habsburgo. La coalición se basaba en beneficios mutuos, pues España disponía de la flota ligur y, a cambio, los genoveses comerciaban libremente en el Imperio Hispánico y obtenían grandes ganancias como prestamistas de la monarquía. Sin embargo, no faltaron los detractores de esta alianza que practicaron una literatura de oposición, usando los tópicos clásicos de la Leyenda Negra: crueles, lujuriosos, avariciosos, etc.

        Y el último aporte, firmado por Harm den Boer, analiza el papel que tuvieron los exiliados españoles en la forja de la literatura antiespañola. De especial relevancia fueron los textos de los protestantes expatriados, así como de los judeoconversos, que vieron en estas soflamas una buena oportunidad para vengarse.

        La Leyenda Negra muestra el odio que muchos europeos sentían hacia España que interpretaban era su máximo rival político. Ahora bien, como ha escrito Barbara Fuchs, en el fondo también subyace el reconocimiento explícito de esa superioridad hispánica e implícito de una cierta admiración por su modelo cultural. El tema sigue teniendo plena vigencia y este libro incorpora los últimos aportes sobre la materia, al tiempo que aporta nuevas líneas de trabajo en las que seguir profundizando en los próximos años.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , ,


LA NOBLEZA EN LA ESPAÑA MODERNA. CAMBIO Y CONTINUIDAD

20151113201227-004.jpg

SORIA MESA, Enrique: “La nobleza en la España moderna. Cambio y continuidad”. Madrid, Marcial Pons, 2007, 371 págs. I.S.B.N.: 978-84-96467-40-8

 

        Este libro constituye un estado de la cuestión sobre el estamento privilegiado en la Edad Moderna. Su tesis fundamental es que el Primer Estado estuvo lejos de ser un estamento estático. Los linajes se veían continuamente renovados por casamiento o a través de la venalidad de títulos, hidalguías y hábitos de caballería, que adquirían lo mismo políticos que banqueros, comerciantes, mercaderes y hasta conversos del Tercer Estado. Se trata de una idea que no es nueva, pues ya Antonio Domínguez Ortiz, en su clásica obra “Las clases privilegiadas en el Antiguo Régimen” (1973) aludió a esta venalidad a lo largo de toda la Edad Moderna. En cambio, sí hay que reconocer al autor el mérito de haber abundado mucho más en esta permeabilidad, aislando y estudiando numerosos casos. Menos frecuentes fueron las ventas de hidalguías, probablemente porque con poco más dinero se podía falsear la genealogía y comprar testigos para conseguir unos orígenes “inmemoriales” con los que lustrar verdaderamente a su estirpe. Todo ello favorecido por la ausencia de reglas que regulasen el uso de los apellidos, que se colocaban o cambiaban al antojo de cada cual. Lo cierto es que ya advirtió Francisco de Quevedo que “poderoso caballero era don dinero”. Y efectivamente, con numerario resultaba extremadamente fácil acceder al estamento nobiliario. Bien es cierto que el ochenta por ciento de los privilegiados pertenecían a la baja nobleza, mientras que la alta nobleza constituía un porcentaje muy reducido.

A lo largo de la Edad Moderna, los problemas de liquidez de la Corona hicieron que recurriese a la venta de todo lo vendible: desde oficios públicos, a señoríos, títulos de ciudad, títulos nobiliarios o simples hidalguías. Efectivamente, se vendieron al mejor postor condados, marquesados y Grandezas de España. Si había dinero para pagarlos y para comprar testigos no había demasiados problemas en con seguir el ansiado ennoblecimiento. Como afirma el autor, esta absorción de advenedizos reforzaba la sociedad estamental, pues estos reciente egresados en el privilegio no lo hacían para cuestionarlo sino al revés para perpetuarlo. Por eso, el Dr. Soria Mesa habla de cambio inmóvil, pues este trasiego de sangre nueva implicaba cambios pero a la vez contribuía a la perpetuación del sistema y en definitiva al inmovilismo. Esta renovación, posibilitó de manera sistemática la renovación biológica del estamento, reforzando las bases sobre las que descansaba el sistema absolutista-estamental de la época. El culmen de la venalidad se alcanzó durante el reinado de Carlos II en el que se vendieron nada menos que 411 títulos nobiliarios, 54 más de los que expidió su sucesor en el trono, el rey Felipe V.

Conocíamos casos muy sonados, que por cierto no cita el autor, como el del mercader Antonio Corzo, que compró el señorío de Cantillana, o el del indiano riojano Juan José de Ovejas, primer marqués de Casa Torre, que en una sola generación pasó de ser un simple perulero a un miembro destacado de la aristocracia. Lo primero que hizo, fue desde luego construirse un imponente palacio en su tierra natal, porque no bastaba con ser noble, también había que parecerlo. Muchos mercaderes y comerciantes extranjeros, establecidos en la cabecera de las Indias, la mayoría genoveses, también obtuvieron su título nobiliario, como Bartolomé Spínola, Conde de Pezuela de las Torres, Domingo Grillo, Marqués de Clarafuente y Grande de España, o Juan esteban Imbrea y Franquis, Conde de Yelbes, por citar solo tres. Incluso, un nutrido grupo de moriscos granadinos y de judeoconversos consiguieron hidalguías y hasta títulos nobiliarios y/o hábitos de caballería, lo que no deja de ser sorprendente como señala el propio autor. Así, el alcaide de Baza, Cidi Yahya al-Nayyar, tras entregar la ciudad a los Reyes Católicos, se convirtió al cristianismo, bautizándose como don Pedro de Granada, obteniendo una regiduría en la ciudad de su apellido. Hizo una gran fortuna y sus sucesores entroncaron con lo más granado de la nobleza castellana.

Tampoco faltaron entre el estamento privilegiado algunos amerindios, descendientes de los reyes mexicas e incas, la mayoría mestizos, que disfrutaron de una gran fortuna, como doña Francisca Pizarro Yupanqui, el Inca Garcilaso o Pedro Tesifón de Moctezuma, cuyos descendientes obtuvieron una Grandeza de España.

El mayorazgo fue un instrumento que permitió a las familias concentrar en una sola persona gran parte de su patrimonio, facilitando su perpetuación. Normalmente se vinculaban al varón legítimo de más edad, aunque en muchos casos la ilegitimidad no fue un impedimento, si el progenitor lo reconocía como hijo. Al resto de los hijos siempre les quedaba la posibilidad de hacer carrera militar o eclesiástica, mientras que las hijas eran desposadas con otros personajes de la nobleza o, si los recursos escaseaban, recluidas en un convento, que era una salida muy digna y resultaba mucho más económica. En uno y otro caso, las decisiones las tomaban los progenitores, en función a los intereses familiares. Como bien afirma el profesor Soria, el matrimonio por amor fue un invento burgués del siglo XIX, probablemente perpetuado desde el romanticismo. Eso sí, había excepciones, las del típico marqués que se enamoraba y desposaba con una persona del cuerpo de servicio y, por supuesto, era mucho más frecuente entre las capas más bajas de la sociedad, donde no había dinero de por medio, y por tanto primaban estos enlaces por amor.

En mi humilde opinión el libro tiene dos puntos débiles: uno, que menciona mucha casuística nobiliaria andaluza, y especialmente granadina, que es la que el autor ha investigado personalmente, pero omite o trata muy ligeramente a la nobleza riojana, extremeña o navarra por citar solo algunos casos. Y dos, que pese a que maneja una amplia gama de fuentes, se acusan algunas ausencias bibliográficas como, por ejemplo, los numerosos trabajos del profesor Francisco Andújar que le hubiese permitido documentar más ampliamente la venalidad de la Corona de Castilla. También se echan en falta los enjundiosos estudios de Ángela Atienza, que le hubiesen proporcionado más información sobre la relación de la nobleza con el estamento eclesiástico, al que controló, mediante mecanismos como la compra de patronatos conventuales. La cuestión de la nobleza indígena y mestiza en la España moderna lo liquida en ¡dos páginas!, pese a la importancia cuantitativa y cualitativa que tuvo. Y ello, porque desconoce trabajos de mi autoría así como los de José Luis de Rojas o Miguel Luque Talaván, entre otros.

Pese a estas observaciones, podemos concluir que se trata de un libro sólido, documentado y bien estructurado, cuya lectura es recomendable y útil no solo para los modernistas sino para todos los interesados en la historia social de España.

 

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

BERCEO. REVISTA RIOJANA DE CIENCIAS SOCIALES Y HUMANIDADES

20151025182549-072.jpg

Berceo. Revista riojana de ciencias sociales y humanidades, Nº 168, Logroño, 2015, 301 págs., ISSN: 0210-8550

 

        Acabo de recibir el último número de la revista Berceo que me ha enviado un colaborador de la misma, el joven investigador Javier Ortiz Arza. Me ha sorprendido lo cuidada y costeada que está la edición, así como el contenido, con nueve artículos de fondo, además de algunas reseñas.

De entre esos trabajos merece destacarse el del citado Ortiz Arza sobre la participación en el comercio Atlántico de los riojanos, originarios de Nájera, Miguel Martínez de Jáuregui y de su hermano Jerónimo de Jáuregui, en el último cuarto del siglo XVI. Se trata de dos hidalgos de escasa fortuna que decidieron marchar a Sevilla en busca de unas oportunidades que su tierra natal les negaba. Conocíamos grupos de mercaderes vascos, burgaleses, genoveses, flamencos, pero cada vez se vislumbra más la existencia de mercaderes, comerciantes y prestamistas de otros lugares, como la Rioja, Navarra o Extremadura. Los Jáuregui tocaron casi todos los palos, pues lo mismo comerciaban con distintas mercancías, incluidos los esclavos, que prestaban dinero o firmaban seguros marítimos. El mundo indiano ofrecía entonces las posibilidades de ganar mucho dinero aunque también conllevaba riesgos, como prueban las numerosas quiebras que conocemos de compañías o de personas individuales. A los Jáuregui la aventura les salió bien y en menos de un cuarto de siglo consiguieron no solo amasar una gran fortuna, sino ennoblecer su estirpe. Compraron veinticuatrías –regidurías- en la ciudad de Sevilla, además de tierras y rentas, alcanzando el hijo de Miguel Martínez de Jáuregui un hábito de la Orden de Calatrava. El autor del artículo, aporta un ejemplo más de aquellos comerciantes que en breve plazo se enriquecieron y consiguieron dar lustre a sus linajes en una sola generación. Cuánta razón tenía Francisco de Quevedo cuando decía que “poderoso caballero era don dinero”. Con fortuna, uno podía comprar cargos y títulos, evidenciando que la frontera entre el primer estamento y el Tercer Estado era mucho más permeable de lo que creíamos. Casos como el de Antonio Corzo, señor de Cantillana, cada vez se nos muestran menos excepcionales. Asimismo, el autor confirma la existencia de un nutrido grupo de riojanos, quizás no tan potentes como los flamencos o los vascos, pero que tuvieron cierta influencia en el comercio indiano, con nombres como Alonso de Belorado, Juan de Ocón, Álvarez de Enciso y los hermanos Jáuregui.

El trabajo de Pilar Andueza sobre el palacio construido por el indiano Juan José de Ovejas, primer marqués de Casa Torre, en Igea, comarca de Cervera, es también muy representativo de la ascensión social de los peruleros. Usó su fortuna para construirse un palacete que sirviera como imagen o memoria viva de la ascensión social de su linaje. Curiosamente, igual que Hernando Pizarro se construyó un siglo y pico antes su palacio en Trujillo sobre las modesta morada de su padre, Gonzalo Pizarro, Juan José de Ovejas lo erigió sobre un antiguo corral y huerta de su padre. Y es que, como recuerda la autora, no bastaba con ser noble, también había que parecerlo.

Y finalmente, quiero destacar el documentadísimo texto de Guillermo Soriano sobre la influencia del humanista calagurritano Quintiliano, un escritor hispanorromano del siglo I d. de C. Una influencia que introdujeron personajes de amplia formación que pasaron por el Nuevo Mundo, como Alejandro Geraldini, obispo de Santo Domingo, Américo Vespuccio, Gaspar de Espinosa, Francisco Cervantes de Salazar, etc.

Otras contribuciones de materia histórica y literaria, firmadas por Alfonso Rubio, Carlos Villar, José López, Diego Téllez y Mario Ruiz, completan el contenido de este número que sin duda merece la pena leer pausadamente.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

No hay comentarios. Comentar. Más...

HISTORIA DE LA VILLA DE SOLANA DE LOS BARROS. ORDENANZAS MUNICIPALES, 1554

20150706175601-20140714154438-fotoblog.jpg

MIRA CABALLOS, ESTEBAN. Historia de la villa de Solana de los Barros. Ordenanzas Municipales 1554. /Presentación de Valentín Cortés Cabanillas. Badajoz, Excma. Diputación Provincial de Badajoz, 2014/. 190 p., fot. en col., V apéndices., V gráficos y XII cuadros en el texto, 23’5 cm. D.L. Ba. 000178/2014.

 

        El Dr. Mira Caballos, un carmonense afincado en Almendralejo, nos regala una nueva obra de su ya prolífica producción, pese a su juventud, en la que podemos apuntar una veintena de libros, más de cien artículos en revistas especializadas de España, Europa y América Latina, amén de mantener un muy visitado blog (estebanmiracaballos.blogia.com) en el que cuelga mensualmente reseñas bibliográficas, artículos, opiniones y críticas en torno a cuestiones relacionadas con la historia y, de manera significativa, con temas americanistas en los que se puede considerar uno de nuestros principales especialistas. Fruto de su reconocido trabajo es el hecho de haber galardonado con premios tan prestigiosos como el de la Fundación Xavier de Salas, el de la Obra Pía de los Pizarro y el José María Pérez de Herrasti y Narváez, además de haber sido finalista del Algaba de investigación histórica en 2008. Entre su bibliografía es necesario destacar las novedosas biografías de Hernán Cortes: el fin de una leyenda. Badajoz, 2010 y Hernando de Soto, el conquistador de las tres Américas. Badajoz, 2012 y el sugerente, debatido y apasionante Imperialismo y poder. Una historia desde la óptica de los vencidos. El Ejido, 2013 que ya hemos reseñado anteriormente.

        La historia de Solana de los Barros está íntimamente relacionada con la realidad vital de Esteban Mira, con su interés por la sociedad en la que vive y con la que convive y por su evidente compromiso con su entorno más cercano, no en vano ejerce, desde hace más de una década, como profesor de Geografía e Historia en el I.E.S.O. “Mariano Barbacid” de la localidad. Sin embargo, en consonancia con su concepto y su visión de las Ciencias Sociales y lo que ello supone, su libro no presenta la clásica visión panegírica de la historia de Solana, antes al contrario, huye de esta práctica habitual para describirnos una imagen, no tanto crítica como dramática, de una sociedad profundamente rural y rural izada en la que la autarquía constituye la formula básica de convivencia que se supera gracias a una solidaridad que sorprende, incluso, al propio autor.

        El libro se estructura en dos partes bien diferenciadas. La primera, después de la necesaria Presentación y los lógicos Agradecimientos, es una descripción de Solana en la Edad Moderna en la que repasa, de forma rápida, la evolución de la villa desde 1481 con la concesión de la Carta Puebla hasta fines de la Edad Moderna. A continuación, estudia la evolución y estructura de la población y sus procesos migratorios incidiendo en la presencia llamativa de minorías étnicas y esclavos, por encima de las cifras de toda la Tierra de Barros -el porcentaje medio de la comarca es 2’33, el de Almendralejo 2’44 y el de Solana 3’41- comprados para labrar las tierras arrendadas al Duque de Feria. La vida municipal, es decir, la estructura política del concejo de la villa, se examina a través de las Ordenanzas de 1554 desmenuzando el papel de alcaldes y regidores y la organización de la administración local. El sector primario fue, sin duda, el más importante en Solana moderna, donde las tierras eran propiedad señorial, excepto unas 60 fanegas, y estaban dedicadas al cultivo del cereal, aunque el viñedo tenía una gran importancia, mientras el sector ganadero estaba representado por el ovino y el vacuno. Los otros sectores productivos, en función de lo que dicen las Ordenanzas debía tener poca importancia pues no hay ninguna alusión a artesanos o gremios, aunque las carnicerías estaban perfectamente reguladas. La cuestión de las infraestructuras incluye el ayuntamiento, la cárcel, las fuentes públicas, la mencionada carnicería, la parroquia, una ermita, molinos, tahonas, mesones y un puente para pasar el Guadajira ubicado en el mismo lugar en que se conserva el actual. En cuanto a la higiene pública y el medioambiente, las Ordenanzas regulan la recogida de basura, el cuidado de las fuentes y la limpieza de la rivera aunque es necesario reconocer que la medicina era ineficaz para controlar las epidemias. Finalmente, en lo que atañe al ocio, la moralidad y la religiosidad, advertimos que la pesca y la caza constituyen, casi, la única diversión, entretanto la vida espiritual está rígidamente controlada por la autoridad religiosa, perteneciente al obispado de Badajoz, con el inestimable apoyo de las civiles y habría, con toda seguridad, una fuerte discriminación por causa del sexo, cosa habitual en la época.

        La segunda parte del libro está dedicada a las Ordenanzas municipales de 1554. En la introducción, el Dr. Mira Caballos repasa el estado de la cuestión en el tema de las Ordenanzas y expone la necesidad de abordarlo con una visión global. A continuación, analiza el documento original aprobado por el Conde de Feria el 6 de mayo de 1554. Finalmente, antes de la transcripción completa de los XXXIX títulos más otro añadido sobre las dehesas sin numerar, lo que constituye un verdadero repaso y la regulación de todos y cada uno de los aspectos de la vida cotidiana de Solana de los Barros a partir del siglo XVI, el autor insiste en la trascendencia que, desde el punto de vista de la legalidad, tienen estos corpus de los que estaban dotados muchos concejos en España.

        Finalmente, el libro se cierra con el correspondiente listado bibliográfico, un índice onomástico y otro topográfico, que son imprescindibles en un buen libro, y el general en el que aparecen los apéndices, los gráficos y los cuadros.

        El libro del Dr. Mira Caballos es otro buen ejemplo de historia local en la que, como se ha mencionado anteriormente, se huye del panegirismo localista para abordar con espíritu abierto la vida cotidiana de una comunidad condicionada por la subsistencia en un medio esencialmente rural, encorsetada por un entorno ya de por sí difícil. El estudio, al margen de los datos concretos referidos a Solana, podría ser extrapolable a otros núcleos urbanos de la comarca por lo que la investigación que ahora se publica, incide en una línea de trabajo que, a corto plazo junto a otras Ordenanzas ya publicas, enriquecerá el conocimiento que tenemos de Extremadura.

        La investigación que reseñamos, además de manejar el texto de las Ordenanzas que atesora el Archivo Municipal de Solana, se ha laborado consultando la documentación del Archivo Parroquial del pueblo y la del Archivo Histórico Municipal de Zafra. Sin embargo, la imposibilidad de manejar los fondos del Ducado de Medinaceli y del obispado de Badajoz, por razones que de todos son conocidas y siguen siendo inexplicables y, lo que es peor, no han sido suficientemente explicadas, no han permitido al autor ampliar el marco temporal de sus estudios.

        Para terminar, felicitamos al Dr. Mira Caballos por su excelente trabajo y a la Diputación Provincial de Badajoz que, gracias a las buenas gestiones de Dª Isabel Antúnez Nieto, ha publicado el texto. Animamos al autor para que, en los próximos años, nos obsequie con una completa historia de Solana de los Barros.

 

José Ángel Calero Carretero

 

(Publicada en Cuadernos de Çafra Nº XI, 2014-2015, pp. 347-350).

Etiquetas: , , , , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

EL PROCESO DE EXPULSIÓN DE LOS MORISCOS DE ESPAÑA (1609-1614)

20150619115536-001.jpg

LOMAS CORTÉS, Manuel: El proceso de expulsión de los moriscos de España (1609-1614). Valencia, Biblioteca de Estudios Moriscos, 2011, 582 págs.

 

        Este libro constituyó en su día lo esencial de la tesis con la que el profesor Lomas Cortés alcanzó el título de doctor por la Universidad de Valencia. En este trabajo se marcó como objetivo revisar la documentación que había manejado el historiador francés Henri Lapeyre en su clásica monografía Geografía de la España Morisca, publicada en francés en 1959, en castellano en 1986 y reeditada en 2009. En aquella ocasión, el historiador galo abordó de manera global el problema de la expulsión, en base a documentación procedente fundamentalmente del Archivo General de Simancas, concretamente de las secciones de Estado y Guerra. En su estudio se centró especialmente en cuantificar, a través de los recuentos de embarque y de los censos, la cifra total de expulsados que él cuantificó en unos 300.000 efectivos. Ello supuso un revulsivo en los estudios sobre la materia ya que hasta esa fecha ni tan siquiera sabíamos a cuántas personas había afectado tan dramática decisión.

        Sin embargo, todos sabíamos que la documentación podía ofrecer otros matices que el profesor Lapeyre en su pionero estudio no abordó o simplemente analizó muy superficialmente. Por ello, Manuel Lomas, siguiendo indicaciones de sus directores de tesis, se planteó una revisión de aquella ingente documentación, buscando otros datos sobre todos relacionados con los mecanismos de expulsión y el proceso de embarque. Ello le ha permitido trazar un panorama mucho más completo del proceso, de los puertos de embarque y de los destinos.

        En la primera parte del trabajo, dedicada a los moriscos valencianos, incluye un análisis detallado de las causas que movieron a Felipe III a tomar la fatal decisión. Dado que el prestigio de la monarquía estaba en entredicho desde principios de su reinado, éste optó por ganar reputación a costa de un gran acontecimiento que acallara las críticas. Si no se hizo antes fue por la influencia en contra de la expulsión del confesor del rey, fray Jerónimo Javierre. Su repentina muerte dejó a Lerma el terreno libre para convencer al monarca y a su Consejo de Estado de los beneficios que dicho decreto podían reportar. Los andalusíes moriscos pagaron el pato y la Corona decidió expatriarlos para ganar ese ansiado prestigio a nivel internacional, reforzando de paso su histórico papel de salvaguarda del dogma católico.

        La estructura del libro es clásica pero muy clara y en parte deudora del propio índice del libro de Lapeyre al que pretendía completar. Además del prólogo y la introducción, hay cuatro partes, a saber: la expulsión valenciana, el proceso castellano, el destierro catalano-aragonés y la clausura del proceso. Los primeros en salir fueron los valencianos y se hizo creer que la orden solo afectaría a la zona costera de la Península Ibérica. Los andalusíes moriscos no tardaron en averiguar lo equivocados que estaban. Eso sí, la expulsión de los valencianos sirvió de experiencia para los demás territorios, lo que permitió una reducción de gastos y de efectivos militares en su implementación. Los últimos en salir fueron los mudéjares murcianos por su mayor grado de asimilación en la cristiandad. Su expulsión, aunque empezada en 1611 se prolongó nada menos que hasta 1614.

        Expeler a tanta gente y trasladarlos hasta el norte de África o a Francia e Italia requirió de un gran esfuerzo técnico y administrativo. Las distintas administraciones implicadas generaron una gran cantidad de documentos que en buena parte se conservan en el archivo vallisoletano y en otros archivos locales. A nivel global supuso un alarde de vigor de la burocracia hispánica, pues la expulsión se llevó a cabo más o menos satisfactoriamente lo que no era un logro menor. Ahora bien, la maquinaria administrativa no fue perfecta y hubo que recurrir con frecuencia a la improvisación. El proceso fue complejo y se produjeron constantes choques de jurisdicciones entre las distintas autoridades. La solución de la Corona fue nombrar comisiones y comisarios con amplios poderes que en esta cuestión se situaban por encima de las autoridades locales, salvaguardando los intereses de la Corona.

        Los andalusíes sufrieron todo tipo de penalidades, pues fueron robados durante el trayecto. En muchas ocasiones, a su llegada a los puertos de embarque debían esperar días y a veces semanas hasta su embarque, gastando lo poco que tenían en la compra de alimentos. Ese compás de espera terminaba provocando su ruina, pues muchos se aprovechaban de la situación inflando los precios especulativamente. Es cierto que con frecuencia se daba una gran solidaridad grupal en la que los más ricos ayudaban a los más pobres. Pero con el paso del tiempo cada vez era más infrecuente encontrar moriscos ricos, por lo que las situaciones que se vivieron fueron realmente dramáticas. En algunos casos, se les arrebataba a sus propios hijos antes de embarcar, pues en teoría habían quedado al margen de la expulsión. Así ocurrió con los hornachegos, embarcados el 16 de febrero de 1610, a los que el marqués de San Germán ordenó en última instancia quitarles a sus hijos, para evitar “que fuera desterrada gente inocente”. Un verdadero drama para aquellas familias, forzadas a marchar al exilio, expoliadas y maltratadas. Y la cosa no acababa ahí, pues el embarque se hacía en condiciones de hacinamiento y a su llegada, una vez en territorio magrebí, no siempre eran bien aceptados.

        En esta reseña hemos tratado de resumir los principales aspectos tratados en esta obra, sin una mayor profundidad. Sin duda, el profesor Lomas ha cumplido con creces sus objetivos, editando este voluminoso trabajo en el que se aportan muchos detalles sobre el drama que sufrieron estos expatriados, su embarque y los puertos de arribada. Sin embargo, quede bien claro que estas pocas líneas no son suficientes para poner en valor el enorme caudal de información que atesora este libro y que el lector podrá encontrar entre sus apretadas páginas.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

EL PENSAMIENTO DE PEDRO DE VALENCIA

20150608193837-004.jpg

SUÁREZ SÁNCHEZ DE LEÓN, Juan Luis: El pensamiento de Pedro de Valencia. Escepticismo y modernidad en el Humanismo Español. Badajoz, Diputación Provincial, 1997, 336 págs. I.S.B.N.: 84-7796-831-4

 

        Con casi dos décadas de retraso ha caído en mis manos esta obra sobre el humanista, filólogo y filósofo zafrense Pedro de Valencia. El origen del texto es la tesis con la que el autor obtuvo el grado de doctor en filosofía por la Universidad de Salamanca. Curiosamente la misma Universidad en la que curso estudios el célebre humanista objeto de su trabajo.

Este libro constituye un estudio casi definitivo sobre el pensamiento de este gran erudito extremeño que vivió a caballo entre el siglo XVI y el XVII. Precisamente su autor titula el primer capítulo “Entre el Renacimiento y el Barroco”, analizando el contexto en el que vivió su biografiado. Su pensamiento, muy evolucionado para la época, se enmarca dentro del humanismo moderno, heredero directo del humanismo renacentista. De hecho, recibió un buen número de influencias de los movimientos filosóficos helenísticos, especialmente del escepticismo y del cinismo. Esa es precisamente la base de su pensamiento a la que añadió un estudio profundo de los textos originales, siguiendo criterios verdaderamente científicos. En la Universidad de Salamanca recibió clases de El Brocense y de Benito Arias Montano, los cuales le dejaron una fuerte impronta, insertándose en el movimiento de Filología Polígrafa que tiempo atrás fundara Cipriano de la Huerga.

Lo más interesante de la obra de Pedro de Valencia es que afrontó desde un punto de vista filosófico los grandes problemas de la España de su tiempo. Para él, la base de los males de España eran dos: el monetarismo y la ociosidad. Con respecto al monetarismo pensaba que la llegada de metal precioso de las Indias era uno de los grandes males del país. España puso demasiado empeño en acumular oro, descuidando la base de la riqueza de un país que a su juicio era la agricultura. Ésta era la actividad económica principal para el mantenimiento de la población. Valencia se muestra como un verdadero precursor de las doctrinas fisiocráticas y contrario a la política económica mercantilista imperante en su tiempo.

En cuanto a la ociosidad, defendía que para el desarrollo de los reinos de España era fundamental reducir las extensas bolsas de desempleo. Reivindicaba que debía ser la Corona la que obligase y garantizase el uso de un oficio por parte de toda la ciudadanía, ampliando de esta forma la base productiva del país. Entre los grupos que había que incorporar al mercado laboral cita expresamente a los nobles rentistas, a las mujeres y a los pobres, mendigos y vagabundos. Siguiendo a Vives cree que incluso los invidentes podían realizar determinados trabajos en los que no se requería el sentido de la vista. Algunos tratadistas previos ya habían reivindicado algo parecido pero lo novedoso de Pedro de Valencia es que él lo hace extensible a la nobleza, siempre reticente al desempeño de empleos manuales.

Partiendo de esa premisa del trabajo reivindica a la mujer que, a su juicio, –y en esto es un adelantado a su tiempo- podía realizar justo los mismos trabajos que los hombres. La incorporación de la mujer al sistema productivo nacional es un logro de la democracia actual que ya reivindicó en su día Pedro de Valencia en su “Discurso contra la ociosidad”. Eso no evita que el humanista trate, siguiendo la tradición de los humanistas cristianos, la especifidad de la espiritualidad femenina.

Y finalmente, bajo esta misma premisa de la necesidad de ampliar la fuerza laboral critica abiertamente la expulsión de los moriscos andalusíes. En su “Discurso acerca de los moriscos de España” los valora por su gran capacidad de trabajo, siendo un ejemplo a seguir por el resto de los españoles. A su juicio destacaban no solo por su laboriosidad sino también por su alta productividad y su capacidad de sacrificio y de ahorro. Esa afirmación le lleva a criticar la expulsión y a proponer su evangelización pacífica y en caso extremo su diáspora por España para facilitar su integración. Decía Valencia que los andalusíes eran súbditos de Felipe III y por tanto igual de ciudadanos que los cristianos viejos.

Para finalizar, hay que destacar el pensamiento tan avanzado y clarividente de Pedro de Valencia. Lástima que estos grandes pensadores, de mentes abiertas, de amplia formación y de ecuánimes juicios pesaran menos que las voces radicales y lacerantes de personas ambiciosas, mediocres y sin escrúpulos. Los cristianos viejos consiguieron evitar la competencia de las minorías étnicas, de los conversos y de burgueses a través de sus estúpidos estatutos de limpieza de sangre. Se reservaron para sí mismos los mejores cargos de la administración, y así nos fue. Qué diferente hubiese sido el pasado y el presente de España si hubiésemos hecho caso de estos grandes humanistas, en detrimento de los intransigentes. La ampliación de la base laboral, con la integración de las minorías étnicas y la incorporación de la mujer al trabajo productivo hubiesen cambiado el destino de España y quizás el del mundo. El libro de Luis Suárez sorprende por la amplitud de fuentes y el profundo estudio del pensamiento de este gran humanista extremeño. Un texto excelente que quizás no ha tenido la difusión que merece.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

LOS MORISCOS MUDÉJARES DE PLIEGO

20150518191703-009.jpg

PASCUAL MARTÍNEZ, José: Los moriscos mudéjares de Pliego: origen y expulsión de una comunidad. Murcia, Editum, 2014, 370 págs. I.S.B.N.: 978-84-16038-31-2

 

        Este libro sobre los andalusíes moriscos de la villa de Pliego, Murcia me ha sorprendido gratamente. Y me ha sorprendido tanto por el amplio manejo de fuentes documentales y bibliográficas que exhibe el autor, como por la cantidad y trascendencia de sus aportes.

        En general, el proceso de expulsión de los moriscos andalusíes murcianos fue singular, pues duró casi un lustro, permitiendo la permanencia o el retorno de un gran número de los expelidos. Y ello porque su nivel de integración con los cristianos viejos era mayor que en otras partes de la Península, como Valencia o Granada. La carta del Común de Murcia a favor de los mudéjares de Pliego, fechada el 4 de abril de 1610, que el autor reproduce en el anexo II es muy significativa al respecto: manifestaban el sentimiento que en la villa había causado el bando de expulsión porque eran todos buenos cristianos y leales a la Corona. Pese a que estaban integrados y no mantenían costumbres, lengua ni indumentaria de su pasado mudéjar, muchos de ellos –no todos- se vieron implicados en el edicto de destierro del 19 de octubre de 1613. En esta fecha se comisionó al conde de Salazar para que viajase al Reino de Murcia y organizase la expulsión de los moriscos del valle de Ricote. Para llevarla a cabo dispuso del apoyo de Pedro de Rocaful, sargento mayor de la milicia del reino de Murcia, así como del alguacil Diego de Marta, Hernando de Parrilla y Juan Ruiz. Los días 17 y 18 de diciembre de ese mismo año se cumplimentó la orden, siendo encaminados al puerto de Cartagena.

        Ahora bien, lo que hay que descartar de nuevo es que expulsaran a todos o a casi todos los andalusíes. En el caso de Pliego, el autor demuestra que muchos eludieron el destierro y otros regresaron. Más de la mitad de los moriscos andalusíes de Pliego consiguieron eludir la expulsión, pues el descenso entre 1611 y 1631 lo ha cifrado el autor en el 26,59 % según las listas de expulsados o en el 40,07 según los censos. Los vecinos de Pliego ingeniaron todo tipo de estratagemas para eludir el bando de expulsión. Muchos se ausentaron de la villa el mismo día del bando o en los inmediatamente posteriores por lo que no pudieron ser localizados para ejecutar la expulsión. Pero hay un dato que me ha impresionado por su magnitud: el mismo día 21 de diciembre de 1613 cuando los expulsos debían marchar al destierro se celebraron en la parroquia de Santiago Apóstol de Pliego ¡43 matrimonios!, todos ellos concertados para evitar la expatriación. Salvo en un caso, todos los varones contrayentes eran cristianos viejos o mudéjares excluidos de los bandos de expulsión. Pero hay más, en el año comprendido entre el 21 de diciembre de 1613 y finales de 1614, cuando se produjo el último bando de expulsión, se celebraron en una villa que apenas superaba el millar de habitantes ¡98 matrimonios!

Se trata de una práctica que todos conocíamos, la de féminas que se desposaron con cristianos viejos para eludir el cadalso. En otras villas murcianas también se produjo pero en menor medida, como en Mulas con diez esponsales o en Blanca con 21 matrimonios entre diciembre de 1613 y enero de 1614. Pero el caso de Pliego es singular por la magnitud y por el descaro con las que estas desesperadas mujeres se casaron con el primero que encontraron para evitar el cadalso. Muchos de los forasteros que acudieron a Pliego a desposarse con las andalusíes no lo hacían por motivos altruistas sino atraídos por las posesiones que los padres expulsos dejaban a sus hijas. Como dice el autor, el elevado número de enlaces puede ser indicativo del alto poder adquisitivo de estos moriscos andalusíes de Pliego.

Hay casos curiosos y dramáticos como el de María de Montoya que concertó su matrimonio con Juan de Zafra, con la idea de eludir el bando. Pese a tener las amonestaciones y todos los trámites en regla, al final éste no se quiso desposar. Para evitar in extremis el cadalso se encontró con un “pobre hombre” llamado Francisco de Ávila, natural de Mallorca, y le suplicó que enlazara con ella, fingiendo ser Juan de Zafra, dada la urgencia del desposorio. Así evitó el destierro. Sin embargo sus penalidades no acabaron ahí. Francisco de Ávila no tardó en desaparecer por lo que el 29 de agosto de 1616 se casó de nuevo con Francisco de Toro, natural de Totana. Fue descubierto su doble matrimonio y condenada por la Inquisición a pasearla como rea por las calles del pueblo y a una pena de cuatro años de destierro. No fue el único caso, en 1621 fue condenado un tal Luis Ballesteros porque, pese a estar casado en la villa de Santiesteban, se desposó con una mujer de Pliego llamada Catalina de Leiva que “se echó a sus pies y le dijo que por amor de Dios” que no quería ir a tierra de enemigos.

Los hijos de las familias incluidas en el bando los dejaron con familiares excluidos de la expulsión o con cristianos viejos, concertando el matrimonio presente o futuro de sus hijas, a las que dotaron con los bienes que dejaban atrás.

        Pese a la permanencia de unos y al retorno de otros, es obvio que los decretos de Felipe III supusieron un auténtico drama para estos andalusíes perseguidos y expulsados. Además, fue un desastre cultural y económico para España, pues la rica huerta morisca jamás recuperó su productividad hasta el punto que se decía en relación a la huerta de Ojós (Murcia) que una parcela que antes alimentaba a diez o más moriscos ahora no sustentaba ni a un cristiano por el deficiente aprovechamiento de la tierra de los nuevos colonos. Destapar el drama de esta población morisca perseguida, señala y expatriada, cuya memoria fue borrada de nuestra historia, es otro de los grandes retos de la historiografía actual. El libro de José Pascual Martínez constituye un avance notabilísimo en ese proceso de recuperación de la memoria de estos andalusíes.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

GENOCIDAS, CRUZADOS Y CASTRADORES

20150511181046-004.jpg

IZARD, Miquel: Genocidas, cruzados y castradores. Terror y humillación en nuestro pasado. Madrid, Los Libros de la Catarata, 2015, 238 págs. I.S.B.N.: 978-84-9097-021-8

 

Nueva entrega del maestro de historiadores Miquel Izard que en esta ocasión nos sorprende con un ensayo en el que compara la conquista de América y la guerra civil y la postguerra. Hay que recordar que el profesor Izard ha sido a lo largo de toda su carrera un historiador combativo y apasionado; su obra no ha dejado indiferente a nadie porque sus posiciones y su lenguaje han sido siempre contundentes. De él aprendí que el trabajo de cualquier historiador que se precie debía ser doble: por un lado, dar voz a los oprimidos, a los vencidos a los eternamente olvidados, y por el otro, desenmascarar los mitos de la historia tradicional. Y eso solo se consigue otorgando el protagonismo a la masa anónima, a esos millones de personas que, como diría Michel Vovelle, no han podido pagarse el lujo de una expresión individual. Hacer historia implica necesariamente reconstruir el pasado nunca escrito de los eternamente vencidos pues, como afirmo Walter Benjamin, si la situación no da un vuelco definitivo, tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, un adversario que no ha cesado de vencer. Y esta afirmación en el caso que nos ocupa es axiomática, pues, como demuestra el profesor Izard, a los vencidos no solo les robaron sus vidas sino también su memoria. Los que hoy pretenden pasar página mediante el olvido ignoran que una herida de esta magnitud solo se puede cerrar destapando la verdad, por dura que ésta sea. No puede ser, como muy bien indica el autor, que un país como España, encabece el ranking mundial de desaparecidos, solo superado por Camboya.

Uno de los aspectos más novedosos de esta obra es la comparativa que hace entre los cruzados de la conquista de América y los de la Guerra Civil y la Postguerra. En ambos casos hubo matanzas, así como vencedores y vencidos; en la primera europeos e indios y en la segunda fascistas y rojos. Y en ambos episodios se escamoteo el pasado, usando términos del propio Izard, convirtiendo sendos genocidios en dos cruzadas gloriosas. Tras la victoria se produjo el reparto del botín, es decir, el prorrateo de cargos políticos, cátedras, titularidades y puestos de responsabilidad de aquellos que pertenecían al bando vencedor, en detrimento obviamente de los vencidos. Un empobrecimiento en todos los ámbitos, merced a personas que ocuparon altos cargos de la administración o de la empresa privada no por méritos propios sino por filiación política. Un salto atrás en el tiempo que nos recuerda a los rancios estatutos de limpieza de sangre que coartaban el acceso a la administración a todo aquel que no fuese cristiano viejo.

Es cierto que en el período que transcurrió entre febrero y julio de 1936 hubo una grave crisis de convivencia, así como detenciones ilegales de derechistas. Pero, como ha escrito Francisco Espinosa, no sabemos aún hasta qué punto las amenazas y los intentos de golpe de estado, que empezaron en 1931, provocaron reacciones violentas entre los republicanos para así obtener la cobertura ideológica necesaria para emprender el alzamiento definitivo. Efectivamente, en la zona gubernamental se produjeron excesos y matanzas de inocentes. Sin embargo, la diferencia fundamental es que mientras estos desmanes fueron obra de personas o de grupos de incontrolados, los nacionales urdieron un plan sistemático de exterminio del adversario político. Y prueba de esta premeditación es que allí donde triunfaba el alzamiento, le seguía la represión, variando tan sólo la intensidad de la misma, dependiendo de las circunstancias. Y es que, como ha escrito Josep Fontana, el objetivo del golpe depurador estaba claro. Había que aniquilar todos los elementos de la sociedad española que habían servido para articular aquella alternativa reformista iniciada en 1931 y que el triunfo electoral de 1936 volvía a poner en marcha. En cualquier caso no se trata solo de interpretaciones pues basta con leer las afirmaciones de algunos de estos cruzados, para verificarlo. El profesor Izar reproduce algunas locuciones del general Queipo de Llano que explicitan muy bien el talante de estos nuevos salvadores de la patria: ¿Parlamentar? ¡Jamás! Esta guerra tiene que terminar con el exterminio de los enemigos de España… Yo veo a mi padre en las filas contrarias y lo fusilo. Ésta era la justicia de Queipo, usando otra vez palabras del historiador Francisco Espinosa.

Otra idea mil veces repetida y que debemos matizar es la que afirma que hubo bajas en ambos bandos. Y lo digo porque encubre otra realidad, es decir, que cayeron muchos más republicanos que nacionales. Y ello sin contar con algo mucho más difícil de evaluar que vino después: los abusos velados de los vencedores hacia los vencidos que se prolongaron durante décadas. Por ello, tras la represión física llegaron la contrarreforma agraria, que empobreció aún más a los desheredados, y las relaciones asimétricas con los supervivientes, entonces llamados braceros, gañanes, jornaleros o directamente rojos. Algo que ya nos impresionó en la obra de Miguel Delibes, Los Santos Inocentes y que desgraciadamente, como se observa en este libro, no fueron hechos aislados.

La posición de la iglesia fue muy clara, proporcionando la necesaria cobertura ética a la insurrección militar, a la que calificó de cruzada cristiana. La guerra no enfrentaba a golpistas y a republicanos sino a buenos y a malos, los primeros encarnación de la providencia divina y los segundos marxistas, inspirados por el mismísimo diablo. La Virgen, el Sagrado Corazón de Jesús y el resto de la corte celestial, cómo no, eran monárquicos y, por tanto, estaban con los nacionales. Lo mismo el alzamiento que la guerra y la represión posterior estuvieron bendecidos por el altar y por Dios.

Una vez perpetrado el genocidio urgía montar una buena coartada que resultase creíble a las generaciones venideras. Empezaron eliminando todas las pruebas documentales que pudieron –los archivos del terror como les llama Izard- y, después de tres décadas machacando con lo mismo, se impuso una gruesa losa de mentira que creo ha llegado el momento de romper. Difundieron –exitosamente por cierto- hechos supuestamente perpetrados por el bando republicano que nunca ocurrieron o que sucedieron muy puntualmente: amputaciones de miembros, torturas, violaciones, exclaustraciones de monjas, quema de iglesias, etc. Y la excusa más reiterada para justificar sus propias atrocidades: ellos hubiesen hecho lo mismo si hubiesen ganado la guerra. Bueno, no lo podemos descartar, pero no ocurrió y nunca podremos saber si hubiera sido así o no.

Asimismo, tras la victoria pasaron a construir una nueva patria ultranacionalista, tradicionalista y católica. Para ello era fundamental contar con mujeres adoctrinadoras en el hogar y con una escuela vinculada al régimen. Lo primero que hicieron fue desmontar rápidamente la escuela republicana, realizando una dramática purga entre los enseñantes, comenzando por el cuerpo de maestros y profesores de secundaria y terminando con los de la Universidad. Todo aquel que hubiese mostrado alguna inclinación o simpatía hacia la república o simplemente hacia el ideario liberal era una posible cabeza de turco. Unos fueron fusilados y otros consiguieron escapar al exilio. Pero la cosa no quedó ahí; el franquismo asumió desde un primer momento la idea falangista de la revolución social, poniendo en marcha una verdadera contrarrevolución educativa. Ésta sólo se podía llevar a cabo a medio plazo, educando a los jóvenes en la ideología Nacional-Catolicista. A la caza de brujas que supuso la depuración de educadores, siguió el expurgo de las bibliotecas escolares, eliminando todas aquellas publicaciones que no fuesen acordes con el nuevo espíritu que ellos llamaban revolucionario pero que en todo caso era contrarrevolucionario. El círculo se cerró con una férrea censura, supervisada por la Iglesia, sobre las publicaciones, los periódicos, el cine, la televisión, el teatro, etcétera. La democratización y la universalización de la escuela, que con tanto ímpetu pretendiera implantar la II República, eran ya agua pasada. La nueva educación se basaría en una visión conservadora y patriótica de la historia nacional.

Las historias que narra Miquel Izar sobre las cárceles de mujeres y los orfanatos, conmueven. Las mujeres y los niños, esposas e hijos de los vencidos, constituían el segmento de población más vulnerable y sufrieron con rigor la larga dictadura. Durante el dilatado período franquista fueron maltratadas decenas de miles de mujeres y niños pues a fin de cuentas los vencedores interpretaban que eran personas descarriadas, contaminadas por ideales incompatibles con la el nuevo régimen que pretendían construir. Se les amedrentó para que escondieran su propia memoria en lo más profundo de su alma, aceptando o aparentando aceptar la nueva ideología de los vencedores, de los mismos que habían asesinado a los suyos.

Duele comprobar que la España democrática, la misma que con orgullo se dedicó durante años a juzgar genocidios internacionales ocurridos muy lejos de nuestras fronteras, tenga tantos muertos escondidos y haya corrido un tupido velo de silencio sobre ellos. Creo que los españoles estamos ya preparados para conocer la verdad, sin venganzas y sin rencores. Simplemente se trata de desvelar la magnitud del genocidio y de restaurar el honor a decenas de miles de personas y sus familias que fueron asesinadas y maltratadas durante décadas por el simple hecho de simpatizar con la república o de no ser afectos a los alzados. En la Transición se cometió el error de vincular la reconciliación al olvido lo cual, según Izard, es una constante en todas las dictaduras, es decir, que tras su desaparición afloran los organizadores del olvido. Pero esto nunca debió hacerse así y menos aún, como escribió Francisco Espinosa, que la amnistía se extendiera a la historia. El libro de Miquel Izard desafía a la Memoria Oficial al tiempo que contribuye de manera muy notable a reconstruir el pasado escamoteado y a hacer justicia a los eternamente vencidos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Reseña tomada del prólogo la obra, escrito por mí)

Etiquetas: , , , , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

CONGRESO INTERNACIONAL LOS DESCENDIENTES DE ANDALUSÍES MORISCOS EN MARRUECOS, ESPAÑA Y PORTUGAL

20150509180043-003.jpg

AITOUTOUHEN TEMSAMANI, Fatima-Zahra (Coord.): Congreso Internacional los descendientes Andalusíes “Moriscos” en Marruecos, España y Portugal. Tánger, Fundación Al-Idrisi, 2014, I.S.B.N.: 978-9954-9484-0-0

 

        Acaba de caer en mis manos el libro impreso de las Actas del I Congreso Internacional de descendientes Andalusíes, aunque ya se han publicado en CDROM las del II Congreso, celebradas en abril de 2015 en Ojós (Murcia). El libro recoge las aportaciones presentadas en ese evento celebrado en Tánger en 2013, por profesores de distintas universidades del norte de África y de Europa. La mayor parte de las ponencias están en castellano, pero también las hay en francés, portugués y árabe.

        Muy interesante es el estudio preliminar del Dr. Ahmed Tahiri, en el que plantea la necesidad de sustituir el término morisco por el de andalusí. Y es que el término morisco tiene un matiz peyorativo y fue impuesto por los “cristianos viejos” para señalar, identificar y marginar a los cristianos nuevos. Ellos nunca se autodenominaron moriscos sino andalusíes, y esta es la denominación que a su juicio debe prevalecer. Se trata de un detalle en el que no había caído y que demuestra hasta qué punto los verdugos consiguieron imponer una denominación que todavía usa la mayor parte de la historiografía en pleno siglo XXI. Por tanto, su nombre era andalusíes y además me permito añadir que no fueron expulsados sino expatriados.

        La ponencia de Amparo Sánchez Rosell, del Centro Cultural Islámico de Valencia, se refiere a su propia familia y cuenta experiencias personales. Pese a ello me ha impresionado como en su familia perduraron generación tras generación determinadas costumbres, ya sin saber o ser consciente de su origen andalusí. Costumbres tan típicas como lavarse específicamente los pies de manera recurrente y que le llevaron a descubrir su descendencia morisca, pues su familia paterna era oriunda nada menos que del valle de Ricote. Y digo que el aporte es interesante pues evidencia como muchas de estas familias ocultaron sus orígenes, pero mantuvieron en el interior de sus hogares determinadas costumbres.

        El aporte del Dr. Mohamed Khattabi se centró en la influencia de estos andalusíes en la arquitectura mudéjar americana. Es bien sabido que muchos de ellos consiguieron emigrar a las Indias, dejando su influjo en la cultura y el arte al otro lado del océano.

        El profesor Trevor J. Dadson abundó en un tema en él que ha sido pionero, el de la permanencia y el retorno de muchos andalusíes del Campo de Calatrava. El problema fundamental que tuvieron que afrontar una vez retornados fue de pura supervivencia, pues sus bienes habían sido enajenados y vendidos. Debieron esperar para litigar por ellos, temiendo que eso delatase su retorno y se produjese una nueva orden de expulsión. Lo realmente sorprendente es que por la persistencia de Pedro de Yébenes “el Ciego” consiguieron que en 1627 Felipe IV les confirmase sus antiguos privilegios, reconociendo que descendían de musulmanes convertidos después de la toma de Granada. Parece increíble que Felipe IV actuase contra lo decretado por su padre entre 1609 y 1614.

        Antonio Manuel Rodríguez Ramos, explica la necesidad de restituir el daño realizado contra decenas de miles de españoles conversos. Se trata de una restitución moral, concediéndoles la nacionalidad española a los descendientes del genocidio que logren acreditarlo. Así se ha hecho hace solo unos meses con los sefardíes y es de justicia que también se extienda a los andalusíes. Es más, creo que es un agravio comparativo que se les haya concedido a unos y no a los otros, cuando sufrieron una exclusión y un cadalso similar. También es necesario poner en valor el legado que esos andalusíes nos dejaron, en la lengua, en la economía, en el folclore popular, en la cultura y en las artes no solo en España sino también en América y en el Magreb.

        En estas líneas tan solo he querido ofrecer una muestra de algunas de las ideas que más me han llamado la atención de esta obra. Obviamente, los aportes de los ponentes y comunicantes van mucho más allá de lo que se pueden incluir en una breve reseña como ésta. Una lectura muy recomendable no solo para los especialistas en la cuestión morisca sino para todos los interesados en la historia social de Europa, América y África.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

MUJERES ESCLAVAS Y ABOLICIONISTAS EN LA ESPAÑA DE LOS SIGLOS XVI AL XIX

20150329122511-002.jpg

MARTÍN CASARES, Aurelia y PERIÁÑEZ GÓMEZ, Rocío (Eds.): Mujeres esclavas y abolicionistas en la España de los siglos XVI al XIX. Madrid, Iberoamericana, 2014, 265 págs.

 

        Este libro reúne una decena de trabajos relacionados con la esclavitud femenina entre los siglos XVI y XIX. Se estructura en dos grandes bloques: el primero dedicado a las mujeres esclavas y, el segundo, al análisis de la obra de las primeras mujeres comprometidas con la literatura antiesclavista.

        Carmen Fracchia y Luis Méndez Rodríguez se ocupan de la representación de las esclavas en la pintura española. Casos muy concretos porque éstas no fueron nunca, ni podían serlo, sujetos relevantes para los artistas que, en cambio, dedicaron su tiempo a pintar composiciones religiosas para las instituciones eclesiásticas y paisajes, bodegones y retratos para la élite. No obstante, nos han quedado algunos ejemplos excepcionales como el cuadro “La mulata” atribuido al célebre pintor de cámara de Felipe IV, Diego Velázquez. En él, como no podía ser de otra forma, aparece una mujer de color con mirada bondadosa y sumisa, como aceptando su condición. Y es que ésta era la mayor virtud que se esperaba de una aherrojada.

        Interesantísimo es el trabajo firmado por la Dra. Martín Casares sobre el mundo laboral de las esclavas. En unas páginas esclarecedoras demuestra que estas empleadas de hogar forzosas eran trabajadoras rentables para sus dueños, pues realizaban una multitud de trabajos, a veces especializados, como planchadoras, cocineras o lavanderas. También, dependiendo de las circunstancias, las encontramos ejerciendo de nodrizas, o cuidando enfermos. Otros servicios domésticos no siempre se producían dentro del hogar del dueño o de la dueña, pues con frecuencia la esclava acudía al mercado a comprar vituallas, actuaba de moza de recados o incluso de dama de compañía de su dueña.

También existía la posibilidad de alquilar sus servicios a otra familia percibiendo el dueño todo o parte del dinero obtenido por su esclava. Estos salarios por el alquiler del trabajo vuelven a verificar el alto valor económico del servicio domestico. Además, habría que sumar el repugnante uso sexual que algunos dueños hacían de sus aherrojadas así como la posibilidad de procrear nuevos esclavos. Todo ello, determinaba un mayor valor en el mercado que el esclavo de sexo masculino.

        Bernard Vincent analiza la devoción que profesaban a Santa Ifigenia y en menor medida a San Elesbán, dos santos negros. Estos, junto a San Benito de Palermo y a San Mateo –que predicó en Etiopía-, son algunos de las advocaciones más veneradas por los esclavos y libertos. La mayor parte de las imágenes de estos santos que se conservan en España eran propiedad de antiguas cofradías de negros, como la de los Negritos de Sevilla o la de Nuestra Señora de la Salud, San Benito de Palermo y Santa Ifigenia de la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Rosario de Cádiz.

        Sobre la liberación de esclavos tratan los trabajos de Alessandro Stella y Rocío Periáñez. Concederles la libertad –también llamada ahorría- dependía exclusivamente de la voluntad del propietario. En algunos casos fue totalmente altruista, bien por haberse criado la persona en cuestión en casa de su señor o por haberlos servido fielmente durante largo tiempo. Con cierta frecuencia se deja dispuesta su libertad en el testamento del dueño como un acto de caridad más. Sin embargo, esta caridad era limitada pues, como bien explica Rocío Periáñez, el esclavo era una inversión en una fuerza laboral a la que el dueño no quería renunciar. Por ello, hay muchos casos en que la libertad se concede después de haber pagado un “rescate”. Incluso, según la Dra. Periáñez, algunos amos inflaban el precio cuando sabían que había un marido enamorado o una madre empeñada en conseguir la libertad de su esposa o de su hija. Otras veces se les concedía la libertad pero con condiciones, que podían ir desde servirlos por un período de tiempo determinado, que no se pudiesen desposar o que sirviesen a la otorgante y a sus hijos mientras estos viviesen. Esta última era tan gravosa que probablemente el aherrojado moría antes de haber conseguido su libertad. Muchas, una vez conseguida la libertad, quedaban como criadas de sus antiguos dueños, desempeñando prácticamente el mismo trabajo. Eso lleva a la Dra. Periáñez a plantearse si les compensaba la obtención de la libertad, a lo que ella misma responde, que sí, pese a la penosa situación en la que se encontraban. Y es que ya lo decía Miguel de Cervantes: “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos…”

        En el segundo bloque del libro se incluyen cuatro trabajos referidos a mujeres antiesclavistas y abolicionistas, firmados sucesivamente por Marie Christine Delaigue, Arturo Morgado, Carmen de la Guardia y Enriqueta Vila. Sin duda, la pionera fue Gertrudis Gómez de Avellaneda cuya novela “Sab”, publicada en 1841, se adelantó una década a la famosa obra de la norteamericana Harriet Beecher Stowe, “La Cabaña del Tío Tom”. Sorprende la crítica que hace de la situación de la mujer que a su juicio es peor que la de los esclavos porque ésta estaba siempre sometida a su marido, mientras que estos podían cambiar de dueño o comprar su libertad.

        En definitiva, estamos ante un libro valioso que aporta datos y reflexiones novedosas sobre las mujeres esclavas y las escritoras abolicionistas. Dos caras de una misma moneda, las sometidas y las que encontraron la posibilidad de luchar con su pluma en defensa de la libertad.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

LOS ÚLTIMOS MORISCOS

20150125122927-003.jpg

SORIA MESA, Enrique: Los últimos moriscos. Pervivencias de la población de origen islámico en el Reino de Granada (Siglos XVII-XVIII). Valencia, Biblioteca de Estudios Moriscos, 2014, 289 págs.

 

        Este libro supone un avance imprescindible en el estudio de la minoría morisca que permaneció incrustada en la sociedad española, tras la supuesta expulsión de 1609-1610. Ya Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent señalaron que un grupo más o menos reducido de neófitos permanecieron en tierras peninsulares o regresaron. Sin embargo, los trabajos de Trevor J. Dadson sobre Villarrubia de los Ojos pusieron de manifiesto la magnitud del error en el que había incurrido la historiografía, al creer que todos o casi todos los moriscos habían abandonado la Península Ibérica, tras los decretos de expulsión de Felipe III. Desde entonces se ha producido un goteo constante de estudios sobre distintas zonas de España en las que se evidenciaba que el caso de Villarrubia no era un hecho aislado sino que podía extenderse incluso a buena parte del territorio español. Entre esos trabajos hay que citar los de Manuel Fernández Chaves, Rafael M. Pérez García, James B. Tueller, François Martínez, Manuel Lomas Cortés, Rafael Benítez Sánchez-Blanco, Miguel Ángel Moreno Ramírez de Arellano y el que escribe estas líneas, entre algunos otros. La obra que ahora reseñamos supone un salto adelante en esta línea revisionista, pues el autor ha manejado una ingente documentación que le ha permitido constatar la extraordinaria magnitud de la permanencia en el antiguo reino de Granada.

        Efectivamente verifica que cientos de familias eludieron las dos expulsiones, la de 1570 en dirección al interior peninsular y luego la de 1609. Conocíamos casos aislados de colaboracionistas como los Granada Venegas, estudiados por el propio prof. Soria. También sabíamos de la persistencia de esclavos –que además continuaron llegando-, de niños y de personas deposadas con “cristianos viejos”. Lo realmente novedoso de esta obra, como ya henos afirmado, es la magnitud de la permanencia en el caso granadino. Se trata de decenas de familias que se quedaron y que muchas de ellas han perdurado en el solar peninsular hasta nuestros días. Algunas de ellas descendientes de la vieja nobleza nazarí, como la Casa de Granada y los marqueses de Campotéjar, y otras puramente moriscas, algunas de gran solera como los Venegas de Monachil, los Belvís de Almería o los Salido de Guadix. En cualquier caso, como advierte el autor, las familias moriscas identificadas son necesariamente pocas porque el éxito de la permanencia se basó precisamente en la ocultación. Obviamente nadie en su sano juicio reconocería una ascendencia morisca, ni menos aún mostraría signos externos de prácticas islamizantes. Por ello, todos estos datos pacientemente documentados por el Prof. Soria Mesa, pueden ser acaso la punta del iceberg de un fenómeno mucho más generalizado y extendido quizás a buena parte de la geografía nacional.

        Otra cuestión que me ha parecido muy novedosa es que muchos mantuvieron en secreto sus ancestrales prácticas islámicas. Las prácticas endogámicas reforzaron y renovaron continuamente los lazos de solidaridad grupal. En caso de no encontrar un marido de su misma ascendencia étnica-religiosa para una hija, optaban por la soltería definitiva, quedando la fémina al amparo de su familia. En la tardía fecha de 1728 y 1729 hubo dos autos de fe en los que fueron procesadas un total de 250 personas por prácticas islámicas, lo que denota la pervivencia no solo de moriscos, sino de prácticas mahometanas. Pero hay más, en 1729 desembarcó en Turquía una familia granadina completa, los Figueroa Aranda, alegando que eran descendientes de los reyes moros de Granada y que pretendían observar públicamente la religión de Alá. Obviamente, el visir de la Sublime Puerta los acogió con todos los honores. El caso es que no fueron los únicos que se exiliaron pues hay constancia de la llegada a Túnez de otros granadinos, por motivos similares. Y digo que todo esto es sorprendente porque en otras partes de la Península, como Extremadura o Villarrubia de los Ojos, da la impresión que la mayor parte de los conversos que permanecieron, lo hicieron por su integración plena en la sociedad cristiana. Y para ello contaron con el apoyo del resto de los vecinos y de los párrocos que omitieron la condición conversa de muchos de sus feligreses, al entender que eran buenos cristianos y estaban bien integrados. En el momento de la expulsión, muchas familias conversas llevaban varias generaciones conviviendo pacíficamente con los cristianos de sangre limpia, sin que se apreciasen diferencias externas entre ellos.

        También interesante es el estudio de la actividad económica de estos conversos que demuestra la habilidad de muchas de estas familias para sobreponerse a las expulsiones y a las confiscaciones de bienes. En los siglos XVII y XVIII se dedicaron a una gran variedad de oficios, muchos de ellos relacionados con los oficios públicos –médicos, abogados, escribanos, etc.- el comercio, la artesanía -fundamentalmente de la seda- y la administración de patrimonios nobiliarios. Esta actividad económica les permitió adquirir fincas rústicas y urbanas, así como rentas censales, obtenidas a través de la concesión de préstamos. Incluso, muchos de ellos se ennoblecieron sin demasiados problemas, obteniendo la hidalguía y en algunos casos entroncando con la alta nobleza y obteniendo algún hábito de caballería. Y es que, aunque era preferible ser “cristiano viejo”, el grado de discriminación que sufrieron los morisco o amerindios nunca fue equiparable al que padecieron los judeoconversos.

        Para concluir diré que este libro del Dr. Enrique Soria supone un salto cualitativo en los estudios sobre la permanencia morisca en la Península Ibérica. Un estudio extraordinariamente sólido por el amplio repertorio de fuentes documentales e impresas que ha manejado su autor. Su conclusión no deja lugar a la duda: en el reino de Granada, millares de moriscos lograron quedarse a pesar de las estrictas órdenes regias.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

ENTRE LA IRA, LA INQUIETUD Y EL PÁNICO. LA RETIRADA DE CATALUÑA, PRINCIPIOS DE 1939

20150122121625-002.jpg

IZARD, Miquel: Entre la ira, la inquietud y el pánico. La retirada de Cataluña, principios de 1939. Barcelona, Plataforma Editorial, 2013, 226 págs.

 

        Todo el libro transcurre en las dos semanas que mediaron entre la toma de Barcelona por las tropas franquistas, el 26 de enero de 1939, y la ocupación de la frontera con Francia entre el 10 y el 13 de febrero de 1939. Un capítulo casi olvidado, pues los libros de historia suelen concluir con la ocupación de Barcelona por las tropas llamadas nacionales.

        Desconocemos el número de personas que trataron de cruzar los Pirineos, en un desesperado intento por salvar sus vidas. Probablemente medio millón, de las que varios cientos, quizás miles, murieron por el camino, unos víctimas de los bombardeos fascistas y otros por estar heridos o enfermos y no resistir las duras condiciones del viaje. Ahora bien, ¿por qué huían si Cataluña había sido ocupada y la guerra había acabado? Pues está claro, todos conocían lo que ocurría después de que las tropas franquistas ocupaban una villa o ciudad; siempre el mismo patrón, el fusilamiento de todo aquel que hubiese tenido la más mínima vinculación con la República. El profesor Izard rescata del olvido el drama que vivieron estas personas, muchas de las cuales no habían tomado parte en ningún combate militar ni habían cometido más delito que vivir en la zona republicana durante el transcurso de la guerra. Y como reconoce el autor, la reconstrucción no ha sido fácil porque la propaganda fascista se encargó de inventar y difundir mentiras sobre esta columna de exiliados a los que acusaban de ser hordas rojas, que saqueaban lo que encontraban a su paso y que viajaban cargados de dinero para vivir lujosamente en el país galo. Nada parecido a la realidad, pues a través de cientos de testimonios personales el autor ha podido reconstruir el drama de aquellas personas que sufrieron el cadalso o murieron en su intento.

        Entre las páginas de esta obra se palpa, se vive, se sufre, el drama de miles de personas, que se atropellaban unas a otras, buscando simplemente su supervivencia. Una auténtica caravana de la muerte por donde transitaron soldados derrotados, políticos, intelectuales pero también niños, mujeres y ancianos, padeciendo todo tipo de calamidades. Muchas familias iban al completo, acarreando sus ropas y a veces hasta muebles, que abandonaban por el camino a medida que iban desfalleciendo. Es curioso los listados de enseres que portaban, que con frecuencia dependía de su condición social. Por ejemplo, el periodista y poeta Jaume Pla, redujo su equipaje a una maleta cargada con cajas de leche condensada, botes de pintura y la Historia Universal de Espasa Calpe, que debió ir abandonando por el camino. Evidentemente, muchos iban heridos o enfermos y se dejaron la vida por el camino, mientras que otros sufrieron los bombardeos de la aviación italiana. Era verdaderamente infame que ciudades y villas indefensas y derrotadas, así como la columna de huidos fuesen reiteradamente bombardeados, matando inútilmente a decenas de seres humanos.

        Esta columna de exiliados fue considerada por los franquistas como una amenaza que había que exterminar. O sea que lejos de aplicar el viejo refrán de “enemigo que huye puente de plata”, los acometieron, en un acto de barbarie más de los muchos que se cometieron en la guerra y en la postguerra. Por cierto, que el autor se muestra muy prolijo en bibliografía sobre la guerra en Cataluña pero omite referencias a otros episodios de la guerra y la postguerra en España que recuerdan claramente lo ocurrido en el paso pirenaico. Me estoy refiriendo a la “Columna de los Ocho Mil”, formada por mujeres, niños ancianos y milicianos mal armados de Huelva, Badajoz y Sevilla, que fueron huyendo de sus pueblos a medida que los tomaban las tropas franquistas. Esta bolsa, formada por personas famélicas y desesperadas que trataban de salvar su vida cruzando por la zona franquista hasta llegar a la zona republicana de la Serena, fueron atacados deliberadamente con armamento de repetición en el cerro de la Alcornocosa, muriendo muchos de ellos. La prensa franquista se hizo eco de la gran victoria sobre lo que ellos llamaban un “ejército rojo”, cuando en realidad no eran más que personas civiles, la mayoría desarmadas.

        Dedica el autor bastantes páginas a hablar, como siempre sin tapujos, de los excesos y errores que se cometieron en la Cataluña republicana. Hacía tiempo que había toda una lucha de clases entre los grupos dominantes, que solo funcionaban con la coerción, y la clase trabajadora. Esta tensión se había puesto de relieve en la Semana Trágica y en diversas huelgas, en especial la general de 1917. Hubo desmesuras, asesinatos, persecuciones contra la Iglesia, lo mismo de militantes de la F.A.I. que de la C.N.T., pero niega siguiendo a a Manuel Cruells, que se tratase de una campaña sistemática de exterminio del burgués sino de actos incontrolados o de venganzas personales. Se quemaron algunos conventos, que eran vistos como símbolos de la opresión capitalista, y aunque las autoridades republicana los condenaron, quizás no fueron todo lo contundentes que cabría esperar. También, como señala Izard, hubo traiciones y comportamientos poco ético de algunos dirigentes políticos. Muchos de ellos huían camino de Francia al tiempo que arengaban al pueblo a resistir. De hecho, en la propia ruta del exilio, aunque todos sufrían la contrariedad de abandonar su tierra, mientras la mayoría viajaban a pie, famélicos y al borde la inanición, algunos políticos y burócratas republicanos circulaban en coches privados o en autobuses. Asimismo, se produjeron muchas diferencias y enfrentamientos, tanto entre los propios políticos republicanos como entre los altos mandos militares, facilitando el triunfo a sus oponentes.

        Ahora bien, dicho esto y reconociendo que en la zona republicana se cometieron excesos, hay que señalar la forma de actuar mucho más metódica del bando nacional. Así, cuando los franquistas ocuparon Cataluña, hubo fusilamientos sistemáticos de todos aquellos que habían colaborado con la República o simplemente eran sospechosos de no estar con el nuevo régimen. Nuevamente, en esta cuestión hay estudios sobre otras partes de España que llegan a conclusiones similares. Por ejemplo, en Extremadura, los caídos del bando republicano fueron más de 6.900 mientras que en el bando nacional no superaron los tres centenares. Sostiene Francisco Espinosa, que una vez comenzada la contienda existió un plan de exterminio orquestado por el bando nacional que no tuvo parangón con los excesos puntuales que cometieron los republicanos. Y en este sentido afirma que la izquierda tuvo en las cárceles “a lo más granado de la derecha extremeña” –fascistas, grandes propietarios y curas- y la mayor parte de ellos salvaron la vida. Nada que ver con el exterminio llevado a cabo por la derecha, como lo prueba el hecho de que allí donde triunfaba el golpe, le seguía la represión, variando únicamente la intensidad de la misma, dependiendo de las circunstancias.

        Hay que concluir diciendo que se trata de un libro muy meritorio, donde el autor ha reconstruido en base a decenas de testimonios este drama olvidado de nuestra historia. El rescate de la memoria es el único medio que tenemos los historiadores para tratar de redimir a estas víctimas de nuestro pasado reciente. Una obra bien escrita y magníficamente editada que se lee como si de una novela histórica se tratase, aunque por desgracia sus datos y sus dramas sean absolutamente ciertos y reales.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

PODER Y SOCIEDAD MORISCA EN EL ALTO VALLE DEL ALHAMA (LA RIOJA)

20141026105204-002.jpg

MORENO RAMÍREZ DE ARELLANO, Miguel A.: Poder y sociedad morisca en el alto Valle del Alhama (1570-1614). Logroño. Instituto de Estudios Riojanos, 2009, 320 págs.

 

        Magnífico y documentado trabajo sobre el fenómeno morisco en el alto Valle del Alhama (La Rioja), antes durante y después de la expulsión, es decir, entre 1570 y 1614. Le precede un interesante prólogo del profesor Pedro Andrés Porras Arboledas, en el que afirma con argumentos sólidos que el cadalso morisco no fue una expulsión sino una expatriación. Se envió al cadalso a decenas de miles de personas que vivían en la Península Ibérica desde tiempo inmemorial y que en su mayor parte se sentían cristianos y españoles.

En el Valle del Alhama se dieron una serie de particularidades, empezando por la casi perfecta integración y asimilación de los neófitos, que estaban muy mezclados por vía matrimonial. A diferencia de lo que ocurría en otras zonas como Valencia o Granada, en las dos Castillas, la mayor parte de los moriscos estaban radicados allí de antiguo –no llegados tras la rebelión de las Alpujarras-, eran cristianos sinceros y estaban en un estado muy avanzado de aculturación. Habían olvidado la escritura islámica –algarabía-, usaban apellidos y nombres cristianos, y salvo excepciones, vestían y comían como castellanos.

Asimismo, como demuestra el autor, estos cristianos nuevos se alejaban bastante del prototipo de población marginada que se les atribuye en otras zonas de España, donde desempeñaban oficios propios de las capas más bajas de la sociedad, como arrieros, campesinos, braceros, artesanos, etc. En cambio, en esta comarca “su nivel de vida era equiparable al de sus convecinos cristianos viejos, y en la práctica totalidad eran propietarios, algunos de considerables haciendas”. Es decir, en el Valle del Alhama casi todos eran pequeños, medianos o grandes propietarios, lo cual además queda demostrado en el apéndice IV en el que se relaciona un listado interminable de propiedades que dejaron tras su expulsión.

Dada su casi perfecta integración en esta zona riojana, se palpa mejor que en otros sitios el drama humano que sufrieron antes y sobre todo después de la expulsión. El sinsentido de la extirpación quirúrgica de una parte de la población que no había cometido más delito que ser descendientes de antiguos conversos. Concejos, párrocos y vecinos salieron en defensa de sus vecinos y amigos, amenazados por la sinrazón del Estado. Es muy elocuente la escritura de poder que formalizó el concejo de Aguilar el 6 de diciembre de 1609 para tratar de evitar la posible expulsión de los neófitos del pueblo. La carta no tiene desperdicio por lo que me permito reproducirla parcialmente:

 

“La mayor parte de los vecinos de esta villa son descendientes de nuevamente convertidos de los muy antiguos y tan buenos cristianos que como tales siempre y de ordinario han recibido y reciben el Santísimo Sacramento y juntamente con los cristianos viejos han sido en fundar cofradías… Y han sido y son cofrades y alcaldes-mayordomos y priostes de ellas y elegidos y nombrados por alcaldes ordinarios, regidores, procuradores y otros oficios del concejo sin distinción como los cristianos viejos y muchos de estos por vía de matrimonio están mezclados con cristianos viejos y demás de estos han sido y son tan fieles y leales vasallos del rey…”

 

Está claro a juzgar por éste y otros testimonios que eran unos españoles más, que estaban totalmente integrados y que por el simple hecho de tener la sangre manchada se les señaló con el dedo, se les persiguió, se les sancionó y en muchos casos se les expulsó.

¿De quién o de quiénes partió la idea de la expulsión y por qué motivos? Pese a lo que pueda parecer yo creo que es una cuestión que sigue sin estar clara. Con respecto a quién, la Iglesia por lo general los protegió –tanto los párrocos como los altos prelados- al tiempo que Papa Paulo V nunca sancionó ni respaldó moralmente dicha expatriación. Las autoridades locales por lo general los protegieron, mientras que el Consejo mantuvo primero una actitud dubitativa y, finalmente, cambió de opinión para situarse a favor de la exclusión. Sin embargo, hasta el propio Duque de Lerma mantuvo escrúpulos de conciencia por lo que suponía enviar al cadalso a varios cientos de miles de cristianos, aunque fuesen solo neófitos, engordando la población de la civilización islámica a la que consideraban enemiga. Por tanto, creo que la primera respuesta es contundente, se trató de una decisión de una minoría intransigente, radical e irracional, situada en el entorno de Felipe III. Con respecto a los motivos tampoco está claro; tradicionalmente se afirmó que fue la consecuencia del fracaso de la asimilación y el miedo a que se convirtieran en la quinta columna islámica que colaborase desde dentro a una reconquista de berberiscos y turcos. Es posible que a la Corona también le movieran objetivos económicos cortoplacistas, pues le debió parecer una buena oportunidad de conseguir dinero fácil y rápido a través de la confiscación de los bienes dejados por los neófitos. Sin embargo, no hay que olvidar que tras la consumación del genocidio, decenas de arbitristas se dedicaron a construir una explicación que justificase tan dramática decisión. Todo gobierno, todo estado, ha tratado siempre de justificar éticamente sus actuaciones. Consumada la expulsión muy pocos se atrevieron a criticar ya el decreto. Al tiempo que la maquinaria oficial elaboró una coartada oficial. A mi juicio fue una decisión absurda, basada en conjeturas y auspiciada por una minoría cristiana intransigente.

Con respecto a la cuestión de la permanencia el autor ofrece interesantísimos datos. Primero, detecta en la mayor parte de los pueblos del alto Valle del Alhama un aumento considerable de los matrimonios mixtos de moriscas con cristianos viejos, mientras que otros consiguieron licencias para quedarse, lo que en la época llamó el propio conde de Salazar “bulas de buenos cristianos”. Otros muchos permanecieron por encontrarse enfermos o como ocurrió en Aguilar, por no tener descendencia y comprometerse por escrito a legar su patrimonio, tras sus respectivos fallecimientos, a la Real Hacienda. Y segundo, consigue aislar numerosos casos de conversos que regresaron a los tres o cuatro años, reintegrándose en sus pueblos sin demasiados problemas. Algunos incluso, reclamaron y consiguieron la restitución de los bienes que perdieron tras la expulsión. Ahora bien, pese a los numerosos casos que documenta el autor concluye que la permanencia fue solo residual. Pero yo creo que esa conclusión está condicionada por el peso excesivo de la historiografía tradicional que sostuvo siempre tal circunstancia. No da la impresión, por los numerosos casos que aísla perfectamente el autor, que fuera solo residual. Muchos eludieron la expulsión, en algunos casos por estar incrustados en la sociedad cristiana por vía matrimonial, otros consiguieron licencias y un pequeño grupo regresó, en ocasiones sin problemas para reintegrarse. A mi juicio, la permanencia en el alto Valle del Alhama, obviamente no fue ni pudo ser masiva pero afecto a un porcentaje razonablemente alto de antiguos moriscos muchos de ellos tan mezclados con los cristianos viejos que pasaron desapercibidos.

Para finalizar diré que al trabajo de Miguel A. Moreno Ramírez de Arellano no se le puede hacer ni una sola crítica. Se trata de un estudio serio, profundo, y sobre todo excelentemente documentado con fuentes primarias de muy diversos archivos locales, provinciales y nacionales y con una bibliografía actualizada y muy completa. Un paso más en el largo proceso de reconstrucción de la historia de los moriscos españoles en el que muchos estamos embarcados desde hace años.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

Etiquetas: , , , , , , , , ,

No hay comentarios. Comentar. Más...

POR LA RELIGIÓN Y LA PATRIA

20140811081011-libro-de-espinosa.jpg

ESPINOSA MAESTRE, Francisco y GARCÍA MÁRQUEZ, José María: Por la religión y la patria. La Iglesia y el golpe militar de julio de 1936. Barcelona, Crítica, 2014, 214 págs.

 

        Último libro del historiador Francisco Espinosa, en esta ocasión realizado en colaboración con el investigador José María García, ambos con una larga trayectoria en la temática de la guerra y de la postguerra. La obra en cuestión expone sintéticamente y con una redacción fluida, los argumentos que ligan a la Iglesia con la sublevación militar de 1936 y también como colaborador necesario y consustancial en el proceso depurador posterior. Era algo que ya sabíamos, aunque sus autores consiguen aislar decenas de ejemplos que demuestran de manera incontestable sus tesis. Y digo que ya lo sabíamos porque la II República pretendía conseguir una sociedad plenamente democrática para lo cual estimaba que era necesario el laicismo. Y éste a su vez implicaba necesariamente la aconfesionalidad del Estado y la relegación de lo religioso al ámbito de lo privado. La República entendía que la influencia de la Iglesia, sobre todo en el ámbito de la educación, era un obstáculo insalvable para el progreso social. En coherencia con tal pensamiento dictó leyes anticlericales, sacando a la institución de las escuelas y creando cientos de centros educativos públicos. Asimismo, aprobó la ley del divorcio, los matrimonios civiles y el sufragio universal femenino. Es obvio, que a los católicos radicales y a los monárquicos estas ideas les parecieron del todo inaceptables, vinculándose desde el primer momento a los opositores al régimen. Y ello porque no estaban dispuestos a perder de un plumazo los privilegios consolidados durante siglos.

Es importante señalar que las primeras iniciativas reaccionarias se produjeron en el mismo año de 1931, catalizándose al año siguiente en el fracasado golpe del general Sanjurjo. Y aquí los autores insertan una reflexión que no por obvia deja de ser relevante: frente a lo que se ha repetido hasta la saciedad, la oposición frontal y hasta militar a la república es anterior a la quema de conventos, a la revolución de 1934, en la que ardieron medio centenar de conventos y fueron asesinados algo más de treinta religiosos y, obviamente, al asesinato de Calvo Sotelo. Lo cierto es que como bien escriben los autores, la Iglesia tardó muy poco tiempo en pasar de sentirse víctima de la República a verdugo de los republicanos.

        El clero proporcionó la necesaria cobertura ética al golpe, calificándolo de cruzada cristiana. La guerra no enfrentaba a golpistas y a republicanos sino a buenos y a malos, los primeros encarnación de la providencia divina y los segundos marxistas, inspirados por el mismísimo diablo. La Virgen, el Sagrado Corazón de Jesús y el resto de la corte celestial, cómo no, eran monárquicos y, por tanto, estaban con los nacionales. Lo mismo el alzamiento que la guerra y la represión posterior estuvieron bendecidos por el altar y por Dios. Por ello, la mayoría no veía contradicción entre sus convicciones cristianas y la matanza de miles de personas, cuyo único delito había sido ser republicanos y/o de izquierdas. Nada tiene de extraño que muchos prelados hablasen de asesinados para referirse a los derechistas represaliados y de fusilados cuando aludían a los caídos de izquierda. Y esto no solo ocurrió al más alto nivel de prelaturas sino en cada parroquia, en cada púlpito, en los que se predisponía a los católicos a la beligerancia con la democracia republicana. Es ocioso repetir aquí los testimonios de autoridades religiosas que hablan en este sentido, pues se cuentan por centenares. Citaremos solo algunos muy representativos, como las palabras del obispo de Vitoria, Monseñor Mateo Múgica, quien afirmó que la peor de las monarquías era siempre preferible a la mejor de las repúblicas. No menos flagrante fue la actitud del prelado de Teruel, Anselmo Polanco, que al ver desde su balcón el desfile del Tercio Sanjurjo, con orejas, narices y otros miembros pinchados en las bayonetas de los soldados se limitó a comentar que se trataba de los excesos naturales de toda guerra. Un comentario del todo inapropiado para una persona que en teoría era un siervo de Dios. Asimismo, el párroco de la iglesia de San Martín de Salamanca, desde el púlpito, dijo a sus feligreses: ¿Sabéis quien mató a Jesucristo…, quién lo crucificó? Los rojos de entonces. Como ya hemos dicho, esta era la idea: los republicanos eran los malos, los judíos, mientras que los nacionales eran los elegidos por Dios para llevar adelante la cruzada cristiana.

En general, cientos de párrocos participaron activa o pasivamente en la guerra, junto al bando Nacional, como el cura de Zafra Juan Galán, el jesuita Bernabé Copado, Eugenio López, párroco de Encinasola, José Martín Domínguez, cura en Barcarrota, etcétera. Y después de la contienda, no les tembló el pulso a la hora de testificar en contra de miles de personas a lo largo y ancho de la geografía española. Y para facilitar la depuración no dudaron en inventar testimonios falsos cuando lo creyeron oportuno. Eso también lo sabíamos, lo novedoso de este libro es que demuestra con innumerables ejemplos, que esa perversa actitud no fue excepcional sino la norma. Eso sí, la mayoría de ellos se preocupaba de que a los condenados se les administrase la Extremaunción e, incluso, si no estaban desposados por la iglesia, los exhortaban a casarse instantes antes de su asesinato. Sus cuerpos se perdían pero salvaban sus almas, esta era la obsesión de estos infames, que incluso permitieron la ejecución de embarazadas.

        Es bien conocido el asesinato de unos seis mil curas a manos de los republicanos, y lo sabemos porque la Iglesia se ha encargado de investigar en sus propios archivos y de pregonar sus pérdidas. Sin embargo, al tiempo que usan libremente sus archivos en su beneficio impiden el acceso de otros investigadores a ellos que puedan esclarecer muchas de las verdades que esconden. Entre ellas, a los curas que fueron represaliados por los nacionales por no comulgar con sus ideas o simplemente por proteger a sus feligreses. Es conocido el asesinato de dieciséis curas vascos por su ideología nacionalista, pero existen algunos casos más hasta ahora no reconocidos, como el del cura de Caseda (Navarra) Eladio Celaya, o del párroco de Pereña de la Ribera (Salamanca), Leopoldo Vicente Urraza. Los autores consiguen identificar y aislar numerosos ejemplos aunque hay que decir que nunca fue un fenómeno generalizado porque, como ya hemos dicho, la mayor parte del clero se posicionó con los golpistas. Los que fueron asesinados a manos de los propios fascistas, la Iglesia no los consideran mártires porque, según dicen todavía en la actualidad, no murieron defendiendo su fe sino sus ideas nacionalistas o republicanas.

Los autores dedican un capítulo entero a la depuración de maestros lo cual era vital para la construcción del nuevo orden. Todos aquellos que habían mostrado su simpatía por la República o simplemente no habían apoyado el golpe, fueron apartados de sus puestos en el mejor de los casos o asesinados en el peor. Solo en la provincia de Sevilla ejecutaron a unos sesenta de ellos. Uno de los casos más flagrantes fue el de la joven maestra de Villafranca de los Barros, Catalina Rivera Recio. La pasividad del párroco de la villa, Tomás Carretero, contribuyó a ello con sus informes tibios. Consumada la ejecución, el citado clérigo se limitó a decir miserablemente: ha sido fusilada por marxista.

        Y para finalizar los autores aluden al tema recurrente del cura bueno, es decir, de aquellos religiosos que según la tradición oral se opusieron con todas sus fuerzas a las ejecuciones del bando Nacional. Es cierto que hubo religiosos que se mantuvieron al margen del golpe, e incluso algunos lucharon en las filas del bando republicano. Sin embargo, en algunos casos los relatos de estos curas buenos, están a medio camino entre la realidad y la ficción. Y para sostener esta afirmación se basan en el ejemplo del cura de Mérida, César Lozano, que en el último momento impidió la ejecución de diez trabajadores del ferrocarril. Pues bien, la literatura posterior exageró sus actos, hablando de su continua oposición a las matanzas, sin embargo, los autores solo han conseguido documentar esta actitud en una ocasión. Nada parecido a lo que Oscar Schindler hizo en el III Reich, salvando a miles de judíos. De Ahí que maticen cuando dicen que en realidad fue un cura bueno pero por un solo día. Más admiración merece fray Gurmesindo de Estrella que estuvo asistiendo a los presos que iban a ser fusilados en la cárcel de Torrero entre 1936 y 1942. Su detallado diario muestra el terror impuesto por los vencedores y el horror y la impotencia que sentía el pobre capuchino. Su diario constituye, como indican los autores, un testimonio del infierno fascista, realizado desde el interior de la máquina de matar franquista.

        A mi juicio este libro constituye un paso más en el conocimiento de la verdad sobre la guerra y la postguerra, un trabajo con el que están comprometidos los autores desde hace bastantes lustros. Para ser totalmente sincero, su lectura me ha resultado descorazonadora; la miseria del ser humano no tiene límites, como demuestran las actitudes de estos prelados ansiosos de vengar a sangre y fuego agravios pasados. Me hubiese gustado que la historia fuese otra, pero fue la que fue. Y en este compromiso con la historia y con la verdad me siento identificado con los autores.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

No hay comentarios. Comentar. Más...

HISTORIA DE LA VILLA DE SOLANA DE LOS BARROS

20140714154438-fotoblog.jpg

Mira Caballos, Esteban: Historia de la villa de Solana de los Barros. (Sus ordenanzas de 1554). Badajoz, Diputación Provincial, 2014. 190 págs.

 

Mi interés y mi vinculación a la historia de Solana nace del hecho de que llevo una década impartiendo Historia en el I.E.S.O. Mariano Barbacid de Solana. Dado que siempre trato de motivar a mis alumnos poniendo ejemplos cercanos a los lejanos, me comencé a interesar por la historia local. Si me refería a los señores feudales hablaba del castillo de Villalba, si me refería a campesinos y siervos aludía a los de Solana, si trataba el arte barroco aludía a los retablos de la parroquia de Santa María Magdalena, o si me refería al valle de los Caídos, citaba la obra de Juan de Ávalos para la parroquia,

Pero como en las aulas el aprendizaje suele ser mutuo, fue por uno de mis alumnos que supe de la existen en el archivo municipal de un libro manuscrito de la época de Carlos V. Un buen día me acerqué al ayuntamiento y ¡sorpresa! Se trataba de unas ordenanzas municipales originales aprobadas en 1554. Inicialmente realicé una transcripción de las mismas y un estudio introductorio que presenté a las V Jornadas de Historia de Almendralejo y Tierra de Barros, dedicadas a la vida municipal, y celebradas en el mes de noviembre de 2013.

Con posterioridad, mi amiga Isabel Antúnez, diputada en la institución pacense se ofreció a realizar las gestiones para sondear la posibilidad de publicación por la citada institución. Sus eficaces gestiones y la buena disposición de don Francisco Muñoz dieron luz verde al proyecto. Una vez aprobada su publicación decidí ampliar los objetivos, redactando una primera historia global de la villa desde sus orígenes y, en particular, desde la carta puebla de 1481 hasta el final del Antiguo Régimen.

He manejado numerosos documentos inéditos, localizados fundamentalmente en el archivo Municipal de Solana, en el parroquial y en el Municipal de Zafra. Ahora bien, quiero insistir que solo es un primer paso, y tiene dos limitaciones: Primero, no incluye la Edad Contemporánea, y segundo, ha sido imposible llevar a cabo un estudio sistemático del archivo ducal de Medinaceli porque actualmente no está disponible ni en el del obispado de Badajoz, que está en fase de catalogación y no se pueden consultar los documentos.

El poblamiento de Solana fue extremadamente precario hasta el otorgamiento de la Carta Puebla del 1 de octubre de 1481. Se favoreció el asentamiento en las aldeas de Los Caballeros y del Charco de la Peña, pero los pobladores decidieron hacerlo en un lugar equidistante entre ambos puntos, la aldea de Solana. ¿A qué se debió esta elección? No pudo ser casualidad, a los nuevos pobladores les debió parecer el sitió más idóneo para establecerse. Estaba en alto, en la cara soleada del cerro, junto al río Guadajira y señoreaba tierras de una gran fertilidad. Es decir, reunía las condiciones idóneas para el poblamiento, y prueba de su acierto es el hecho de que subsista su poblamiento cinco siglos después.

        Para finalizar quisiera decir que la lectura de estas páginas puede introducir al lector en un mundo muy diferente, rural y precapitalista. Estaba formada por sacrificados campesinos y jornaleros que, pese a las guerras, las servidumbres señoriales y las epidemias consiguieron salir adelante. En este libro, a falta de grandes personajes, la colectividad se erige en protagonista, narrándose su forma de vida, sus creencias, sus fiestas, su organización política y su estructura social. Por tanto, la historia que tengo el gusto de presentar se aleja bastante del clásico panegírico de historia local, convirtiéndose, en cambio, en un registro de la memoria histórica de un pueblo de la Baja Extremadura. El texto introduce al lector en todo un mundo rural, muy diferente al actual, que encierra dramas vitales pero también vivencias colectivas que hoy añoramos y hasta extrañamos. Lo que más me ha llamado la atención a un americanista como yo acostumbrado a estudiar las grandes compañías comerciales americanas, la llegada de metal precioso de las Indias, y el naciente capitalismo, es encontrar una sociedad tan precapitalista. Solana de los Barros era un mundo casi autárquico con muy escasos intercambios comerciales con el exterior. La gente vivía de lo que el medio le ofrecía, eran muy pobres, vivían la mayor parte de las veces con carestías, pero también tenían virtudes hoy añoradas: tenían pocas necesidades consumistas, eran muy solidarios entre ellos y, por supuesto, enormemente respetuosos con la madre tierra de la que vivían.

Espero que los lectores, especialmente los solaneros, gocen con la lectura de estas páginas donde se palpa la forma de vida en sus ascendientes. Sí es así el trabajo habrá merecido la pena.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

No hay comentarios. Comentar. Más...

EN LOS MÁRGENES DE LA CIUDAD DE DIOS. MORISCOS EN SEVILLA

20140618234842-002.jpg

FERNÁNDEZ CHAVES, Manuel F. y Rafael M. PÉREZ GARCÍA: En los márgenes de la ciudad de Dios. Moriscos en Sevilla. Valencia, Universidad, 2009, 532 págs.

 

        Con cierto retraso ha caído en mis manos esta obra sobre los moriscos sevillanos. Su lectura me ha sorprendido gratamente por el profuso y documentado trabajo realizado por sus autores que cubre un verdadero vacío historiográfico. Han escudriñado todos los archivos que disponían de documentación sobre la temática, tanto civiles como eclesiásticos y de todo el ámbito nacional, lo mismo locales, que autonómicos y nacionales. El esfuerzo ha sido titánico a lo largo de casi un lustro, como reconocen los propios autores.

        Aunque pueda parecer una historia local, limitada a una sola urbe, no es tal, primero porque en Sevilla vivía la mayor comunidad conversa de la Península Ibérica, y segundo, porque en realidad se trabaja todo el fenómeno morisco a través de este caso concreto. Salen a relucir moriscos de muchos otros lugares de España, como por ejemplo hornachegos, merced a las relaciones comerciales que mantenían con la capital hispalense.

        Se trata de un estudio metódico que abarca todos los aspectos relacionados con la Sevilla morisca. Empiezan en las primeras páginas haciendo un balance historiográfico, y continúan con el estudio de esta minoría en Sevilla antes y después de la rebelión de 1569, su vida hasta su expulsión y los pormenores de su cadalso hasta el Magreb. La llegada de esclavos granadinos, tras la rebelión de 1569, supuso un antes y un después para la ciudad. Entre 1569 y 1570 localizan los autores un total de 1.511 esclavos de los que 584 son moriscos, es decir, un 38,6%. Algunos habían sido obtenidos en buena guerra pero otros eran personas ajenas a la rebelión que soldados y personas sin escrúpulos capturaron de manera ilegítima. Lo cierto que el contingente de piezas vendidas en Sevilla era muy superior al que se comercializaban en los años anteriores y posteriores. También se concentraron un gran número de rebeldes en Carmona y Écija, localidades que funcionaron, a juicio de los autores, como focos de concentración para una posterior redistribución de los mismos por la geografía peninsular. Y así se hizo pese a la oposición de las élites locales a su salida, siempre necesitada de mano de obra barata. Lo cierto es que el grupo morisco revolucionó el mercado esclavista sevillano. Y es que Sevilla era por aquellas fechas el mayor mercado de esclavos de toda Europa Occidental. El contingente de moriscos en 1580 ascendía a 6.247 de los que una sexta parte aproximadamente estaban sometidos a servidumbre, mientras que en 1589 su número había aumentado hasta un total de 6.406, de los que 408 eran esclavos.

        Su salida, a raíz del bando de expulsión del 12 de enero de 1610, supuso un quebranto económico para la economía local, pues la mayoría de ellos se empleaba en el sector primario, como hortelanos o labradores, y no faltaban artesanos que lo mismo trabajaban en el sector textil que en la construcción o en la forja. Las causas del fatídico decreto fueron variadas: religiosas, políticas, económicas, militares y psicológicas. Según los autores, la Tregua de los Doce Años constituyó un síntoma externo de debilidad para la monarquía de los Habsburgo cuyo chivo expiatorio fueron los moriscos, usados para dar sensación de autoridad o para desviar la atención de otros problemas más graves. Asimismo, la Corona pasaba por serios apuros financieros y necesitaba liquidez inmediata para pagar a sus acreedores por lo que los bienes dejados por los moriscos se convirtieron en un efímero balón de oxígeno.

        Este exhaustivo trabajo contribuye a sacar del olvido a esta minoría injustamente extirpada y expulsada de la sociedad española. Una parte de ellos consiguió integrarse plenamente en la sociedad casticista, poniendo, incluso de moda lo morisco: alfombras, paños alfanjes y camisas moriscas se observan en muchos inventarios incluso de miembros de la aristocracia y hasta de la realeza castellana.

        Y para finalizar, quiero decir que este libro con ser una excelente contribución no agota la temática sino que más bien abre nuevas líneas de investigación y nuevas interrogantes que están todavía por resolver: ¿cuántos se quedaron integrados en la sociedad? ¿Cuántos regresaron tras la expulsión? ¿Cómo fue la integración y disolución de la minoría conversa en la sociedad casticista? No parece que hubiese en Sevilla muchos matrimonios mixtos, pero sí es seguro que un grupo indeterminado de ellos eludieron el exilio. Además, de niños, mujeres, esclavos y enfermos, hubo familias bien integradas que eludieron el control, mientras el marqués de San Germán, encargado de su expulsión, hacía la vista gorda. Pero, como reconocen los propios autores, son problemáticas que deberán estudiarse y despejarse en el futuro.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

No hay comentarios. Comentar. Más...

TOLERANCE AND COEXISTENCE IN EARLY MODERN SPAIN

20140528170446-002.jpg

DADSON, Trevor J.: Tolerance and coexistence in Early Modern Spain. Old christians and moriscos in the Campo de Calatrava. New York, Tamesis, 2014, 279 págs.

 

         Nueva entrega del hispanista Trevor J. Dadson, profesor de Queen Mary University of London, que viene a ampliar su ya larga trayectoria investigadora sobre los moriscos españoles. En teoría, el libro se presenta como una ampliación a los pueblos del Campo de Calatrava de su trabajo sobre esta minoría en Villarrubia de los Ojos (Madrid: Iberoamericana, 2007). Una comarca ubicada en la actual provincia de Ciudad Real y que incluiría, además de a la citada Villarrubia, a las localidades de Almagro, Daimiel, Aldea del Rey y Bolaños. Todas ellas comparten el hecho de haber albergado un contingente notable de conversos que, en el caso de Bolaños, suponía el 70 por ciento de su población. Sin embargo, huelga decir que el trabajo supera con creces este marco. El profesor Dadson, en un encomiable acto de modestia, destaca esa zona en particular porque fue objeto de una exhaustiva investigación personal sobre documentación de archivo, especialmente el de Simancas y el ducal de Híjar, depositado en el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza. Pero en su libro encontramos alusiones a los moriscos de toda la geografía peninsular, constituyendo un verdadero estado de la cuestión, pues incluye un amplio repertorio bibliográfico que el autor ha sabido asimilar y sistematizar para llegar a conclusiones propias.

        El trabajo cuenta con una introducción, once capítulos, un glosario, una amplia bibliografía y un utilísimo índice de personas y lugares. Empieza analizando la situación de los moriscos antes de la expulsión, haciendo un especial hincapié en la actuación de la Inquisición y en la movilidad social y económica de esta minoría. Asimismo, frente a lo tradicionalmente sostenido, afirma que una parte de esta minoría era alfabeta y que, a medida que avanzaba el siglo XVI, su porcentaje aumentó, llegando a ser similar al que había entre los cristianos viejos. Pero es más, demuestra, con datos en la mano, el surgimiento de una élite morisca en Villarrubia bien instruida que quizás podría extrapolarse a otras villas morunas de la geografía española.

Le sigue un pormenorizado estudio de la expulsión y de la retorica del poder a favor de la misma, así como la oposición de amplios sectores de la población. Los fatídicos decretos fueron respaldados por la literatura oficial, que defendían su connivencia con los corsarios berberiscos o su mayor fecundidad, lo que significaba un potencial peligro para los cristianos. Pero no era cierto, pues ni había pactos con los berberiscos ni las parejas moriscas eran más fecundas que las formadas por cristianos viejos. Uno de los aspectos más novedosos de este trabajo es el estudio sistemático de todos los testimonios en defensa de la minoría conversa que se situó frente a la expulsión (Cap. 6). Hubo un sinfín de autoridades que se opusieron a la misma, desde religiosos –cardenales, obispos, abades o simples párrocos- a grandes señores –el duque del Infantado, por ejemplo- o simples regidores locales.

        El estudio de los que eludieron la orden de expulsión (Cap. 7) y los que regresaron (Cap. 8) es otro de los puntales de esta obra. No disponemos aún de datos exactos sobre el número de moriscos que permaneció en su tierra natal pero, a juicio del autor, bien pudo suponer el 40 por ciento de todos ellos, ¡en torno a 200.000 personas! Esclavos, niños menores de siete años, mujeres, ancianos y enfermos pero también familias integradas en la cristiandad. Como afirmó Domínguez Ortiz, había mucha diferencia entre unos moriscos irreductibles, como los valencianos, y otros más integrados en la sociedad cristiana mayoritaria. Muchas de estas familias ni siquiera fueron señaladas por sus conciudadanos, mientras que otras consiguieron demostrar su cristianismo sincero. Había habido no pocos matrimonios mixtos y sus descendientes lo eran tanto de cristianos viejos como de conversos. Algunos, incluso, ostentaban cargos de responsabilidad en los concejos y en algunas cofradías, en los momentos previos a la expulsión, lo que evidencia la confianza que depositaban en ellos sus conciudadanos. Además, habría que sumar los retornados, unos 30.000, o acaso más del doble si hemos de creer al historiador norteamericano Earl Hamilton. Una vez repatriados, algunos de ellos, residentes en el valle de Ricote y en el Campo de Calatrava, incluso otorgaron escrituras notariales para recuperar sus bienes, sin que nadie los denunciase por un retorno teóricamente ilegal. Un caso llamativo es el de Alonso Herrador, perteneciente a una conocida familia del Campo de Calatrava, que fue expulsado a Francia en agosto de 1611 y que ¡al mes siguiente! estaba de regreso en su villa natal, junto a otros de los compañeros de cadalso.

        Y finaliza el profesor Dadson disertando sobre la necesidad de reescribir la historia de esta minoría (Cap. 9), desde un enfoque diferente al tradicional y destacando la integración de una buena parte ellos (Cap. 11). Hay que corregir la tesis que defiende, siguiendo la literatura oficial, que la expulsión fue tan necesaria como inevitable. Los testimonios oficiales de la época moderna tienden a justificar lo injustificable, es decir, la expulsión, mientras que las fuentes inquisitoriales acentúan la diferencia. Pero no olvidemos que eran parte interesada, pues se financiaban en buena medida a través de las multas impuestas a esta minoría. Insiste el autor que no todo fue intolerancia dentro de la España casticista. Y no solo se integró a una parte de los moriscos sino también a los judeoconversos, al menos en el caso de Villarrubia de los Ojos, donde desaparecen de la documentación después de los procesos desarrollados entre 1511 y 1516. Fue precisamente esa coexistencia pacífica, a lo largo de más de un siglo, la que permitió que muchos evitasen el cadalso, tras los decretos de 1609 a 1614. Como dice acertadamente el autor, ni todos los moriscos eran falsos cristianos ni todos los cristianos viejos fanáticos intransigentes. La propia Inquisición, en ocasiones, se mostraba más tolerante de lo que cabría esperar, por lo que parece obvio que los fanáticos de un lado y de otro no dejaban de ser una parte más o menos pequeña. Frente a ellos hubo conversos dispuestos a integrarse plenamente y muchos cristianos viejos que los ayudaron en ese sentido, unos criticando la expulsión o consiguiendo permisos de permanencia para ellos, y otros, simplemente, no delatando el origen de sus conciudadanos. Hubo párrocos que omitieron la condición de moriscos de algunos de sus feligreses, que eran buenos cristianos y estaban bien integrados. En el momento de la expulsión, muchas familias conversas llevaban varias generaciones conviviendo pacíficamente con los cristianos de sangre limpia, sin que se apreciasen diferencias externas entre ellos.

        A mi juicio, este libro contribuye a desmontar la Leyenda Negra contra España, imperante desde la Edad Moderna en buena parte de Europa. Es cierto que hubo una España casticistas e intransigente que buscaba la limpieza religiosa, sin embargo, no lo es menos que había otra más tolerante, tradicionalmente silenciada por la historiografía. Se confirma pues, la tesis que hace años planteó Domínguez Ortiz y retomó recientemente Stuart Schwartz (Madrid, 2010) según la cual la tolerancia hacia otros credos estuvo más generalizada en el mundo ibérico de lo que se había creído. El hecho de que esta nueva obra se publique en inglés y fuera de España, puede facilitar la difusión en el mundo anglosajón de esta visión más equilibrada y coherente de nuestro pasado, al tiempo que revigoriza nuestro irrenunciable pasado moruno.

Pocas pegas se le pueden poner a un libro tan novedoso y sistemático como éste. No obstante, no me resisto a señalar algunas ausencias de obras importantes como los estudios de Nicolás Cabrillana sobre la Almería morisca (Granada, 1982), de Fermín Mayorga sobre los moriscos y la Inquisición de Llerena o el reciente y exhaustivo trabajo de Bartolomé Miranda y Francisco de Córdoba sobre el caso de la villa morisca de Magacela (Badajoz, 2010). Es cierto que, en teoría, como ya hemos dicho, el libro se centra en el Campo de Calatrava, pero dada la extensísima bibliografía que manejó el autor, bien pudo haber incluido a estos autores.

        Para concluir, huelga decir que esta obra constituye un nuevo hito en el estudio sobre la temática, similar al que en su día supuso la edición de Geógrafie de l’Espagne morisque (París, 1959) de Henry Lapeyre o la Historia de los moriscos (Madrid, 1993) de Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent. Un texto, pues, que es desde el mismo momento de su aparición de referencia obligada para todos los estudiosos de las minorías étnicas en la España Moderna.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

No hay comentarios. Comentar. Más...

UNA METRÓPOLI ESCLAVISTA. EL CÁDIZ DE LA MODERNIDAD

20140427114009-001.jpg

MORGADO GARCÍA, Arturo: Una metrópoli esclavista. El Cádiz de la modernidad. Granada, Universidad, 2013, 360 págs.

 

Esta nueva obra del profesor Arturo Morgado, catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Cádiz, supone un nuevo peldaño en el conocimiento de esa gran lacra social que fue a lo largo de la Edad Moderna la esclavitud. Como es bien sabido, la sociedad de la Edad Moderna se basaba en la desigualdad. La esclavitud fue una institución comúnmente admitida desde la antigüedad pues, siguiendo la tradición aristotélica y el posterior Derecho Romano, había personas que nacían para mandar y otras para servir. Desde entonces y hasta el siglo XIX se admitió como normal, incluso por la Iglesia, pese a la existencia de algunas voces –muy pocas- disidentes en su seno. Entres estos gloriosas disidentes habría que citar a los dominicos fray Tomás de Mercado y fray Bartolomé de Las Casas, así como a fray Bartolomé Frías de Albornoz.

Los estudios sobre la institución se han multiplicado en los últimos años. Atrás quedaron los pioneros trabajos de de Antonio Domínguez Ortiz (1952), Vicenta Cortés Alonso (1964), Alfonso Franco Silva (1979) y Manuel Lobo Cabrera (1982), para dar lugar a un conocimiento más exhaustivo, enfocando la institución desde distintas perspectivas y a muy diferentes escalas geográficas. Enumerar aquí ni tan siquiera las obras esenciales sobre la esclavitud sería algo imposible por lo que remito al estado de la cuestión editado hace dos décadas por Manuel Lobo Cabrera (1990: 1091-1104). Bien es cierto que se hace necesaria la elaboración de un nuevo regesto que integre las decenas de aportes de los últimos años. También el tráfico esclavista en el Imperio Habsburgo así como la esclavitud en las Colonias han experimentado un enorme auge, especialmente notable en aquellas áreas donde el fenómeno esclavista fue más complejo; nos referimos a economías como las de Brasil, Cuba, etc., posiblemente por ser sociedades donde la esclavitud se desarrolló con más intensidad. Son imprescindibles los estudios de Curtin (1969), Knight (1970), Schwartz (1985) y Klein (1986).

        El trabajo del profesor Morgado supone a mi juicio un nuevo hito en la historiografía sobre la esclavitud en España, como lo fue hace pocos años el de Alessandro Stella para la esclavitud en la Península Ibérica (2000), el de la Dra. Martín Casares para el caso granadino (2000) y mucho más recientemente el de Rocío Periáñez para Extremadura (2010). Y digo que es un nuevo hito porque no es un estudio más sobre la esclavitud. El manejo de fuentes es notabilísimo, trabajando archivos parroquiales, diocesano, municipales, notariales, etc. lo que supone un esfuerzo extraordinario que solo las personas habituadas a trabajar en estos repositorios saben ponderar. La bibliografía también es muy amplia y exhaustiva, con muy pocas ausencias de significación. En muchos aspectos esta obra confirma lo que ya sospechábamos, mientras que en otras nos ha sorprendido por la novedad de sus planteamientos.

Sorprende que mientras en gran parte de la Península, el máximo esplendor de la institución correspondió a la segunda mitad del siglo XVI y al primer tercio del XVII, en Cádiz se concentró un siglo después es decir, en la segunda mitad del XVII -7.143 esclavos bautizados- y en menor medida en la primera mitad de la siguiente centuria -1.639 cristianados-. Y ello porque en aquellos años fue cuando Cádiz se convirtió en la gran metrópoli del sur, cabecera del comercio colonial. Llama la atención, asimismo, que aunque la trata de esclavos se prohibió en 1814 se mantuvo la esclavitud hasta muy avanzado en siglo XIX. Sabíamos que en Puerto Rico y Cuba, España mantuvo la institución hasta 1873 y 1886 respectivamente, pero desconocíamos que en la propia Cádiz hubo esclavos hasta mediados del siglo XIX. Transcribe el autor varios documentos sorprendentes, por ejemplo, un listado de anuncios de venta de esclavos publicados en el Diario Mercantil de Cádiz entre 1803 y 1805 (pp. 318-319). ¡Increible! Pocos años antes del Cádiz casi mítico de las Cortes, de la libertad, aparecen anuncios vendiendo personas como si fuesen animales con la más absoluta normalidad. Asimismo, menciona un interesante padrón municipal de Cádiz de 1830 en el que todavía se incluyen 22 aherrojados, algunos de ellos libertos ya, mientras que ¡en 1840! todavía se registraban un total de cinco. Y digo que me sorprende porque yo tras un meticuloso estudio de la esclavitud en Tierra de Barros la última alusión que encontré a la esclavitud fue una carta de ahorría, fechada el 21 de septiembre de 1805, a favor de una esclava llamada Josefa Antonia, residente en Ribera del Fresno (Badajoz). Lo cierto es que en Cádiz, la servidumbre se mantuvo con la connivencia de toda la sociedad que seguía viendo por lo general la esclavitud como algo normal. La propia Iglesia como institución condenó la trata esclavista pero no la esclavitud hasta bien avanzada la centuria decimonónica.

        Según el profesor Morgado, el esclavo era un producto caro y conllevaba además unos gastos de manutención lo que provocaba que fuese más rentable contratar trabajadores libres a jornal. Pero en la historia no siempre ha primado la racionalidad económica. Por eso su uso en Cádiz, como en otros lugares de la geografía española, respondía en unos casos a un objeto suntuario, como signo de distinción social y, en otros, sí que contribuían a la estructura productiva. Ambos usos son compatibles, primando uno u otro dependiendo de las circunstancias y de sus propietarios. Está claro, por ejemplo, que en las minas de Guadalcanal o Almadén o en las plantaciones coloniales su uso era exclusivamente productivo, desarrollando los trabajos más duros.

Esta obra confirma varias cosas que ya sabíamos como que se vendieron más mujeres que hombres y que éstas alcanzaron mayor. Las féminas se solían cotizar a más precio por su uso como concubinas por los dueños, por ser reproductoras de nuevos esclavos y por su mayor docilidad (p. 165). En este aspecto, no difiere de lo que ocurría en el resto de la Península Ibérica. Todos los aherrojados tuvieron el status de cosa por lo que no nos debe extrañar que la compra-venta se realizase con una pasmosa naturalidad. Nos sorprende a nosotros pero no a sus protagonistas en la España Moderna que muy al contrario lo interpretaban como algo no solamente legal sino también legítimo. Sin embargo, destaca el autor que en la práctica muchos dueños dieron un trato aceptable a sus esclavos, en algunos casos quizás por caridad cristiana y en otros por una cuestión de racionalidad económica, es decir, por el deseo de conservar la inversión realizada. En cualquier caso, se trataba, como dice el profesor Morgado, de una cuestión de buena o mala suerte (p. 211). Ahora bien, no ocurría exactamente así en su traslado a la Península, pues a los traficantes les salía más rentable dejar morir a una sexta o a una séptima parte del pasaje que alimentarlos adecuadamente durante la travesía.

Se posiciona el autor junto a los que piensan que era una sociedad esclavista. Se trata de un tema polémico y discutible; es obvio, que se trataba de una sociedad con esclavos, pero muchos autores estiman que no era una sociedad esclavista, porque el porcentaje de población esclava era muy reducido. De hecho, Neil Davidson en un recientísimo trabajo ha defendido que, aunque en casi todas las sociedades ha habido esclavos, el modelo esclavista de producción solo se dio en las polis griegas y en el Estado Romano (2013: 288).

        Y para finalizar quisiera decir que a un estudio tan brillante y documentado como éste se le pueden señalar pocas objeciones. No obstante, la decisión del autor de excluir de su estudio el siglo XVI y la segunda mitad del XVIII, en el primer caso por la escasez de fuentes documentales y en el segundo por el descenso de la actividad esclavista, no me parece acertada. Debió incluir toda la Edad Moderna para evitar que su trabajo se quedase en un estudio de la esclavitud gaditana en una parte de la Edad Moderna. Aunque las fuentes locales son escasas para la Cádiz del siglo XVI, todos los americanistas nos hemos encontrado con numerosas referencias sobre entrada o salidas de esclavos al puerto de Cádiz en esa centuria. Asimismo, llama la atención que cite las obras de Tzvetan Todorov en sus ediciones francesas (p. 12), cuando todas ellas tienen traducción al castellano. Y finalmente, aunque no estaba obligado a citar toda la bibliografía sobre la esclavitud, dado que su listado es bastante completo, se echan en falta referencias a distintas obras sobre la esclavitud en Barcarrota, Salvaleón, Mérida y Tierra de Barros, en Extremadura o de Almería, en Andalucía. Pese a estas pequeñas observaciones, no creo equivocarme si digo que esta obra supone un salto cualitativo en los estudios sobre la esclavitud en España. Una obra que es ya de referencia obligada para todos los que trabajamos el dramático fenómeno de la esclavitud y de las minorías étnicas en el mundo Moderno.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

No hay comentarios. Comentar. Más...

LO CONVERSO: ORDEN IMAGINARIO Y REALIDAD EN LA CULTURA ESPAÑOLA

20140222000711-001.jpg

FINE, Ruth, GUILLEMONT, Michèle y VILA, Juan Diego (eds.): Lo converso: orden imaginario y realidad en la cultura española (siglos XIV-XVII). Madrid, Iberoamericana, 2013, 535 págs.

 

        El libro recoge una veintena de aportaciones presentadas en el Coloquio Internacional, La literatura de conversos después de 1492, celebrado en la Universidad Hebrea de Jerusalén, en enero de 2010. Se trata de un verdadero estado de la cuestión, donde se integran innovaciones metodológicas, precisiones terminológicas y novedosos puntos de vista. Los especialistas allí reunidos proceden tanto del terreno de la literatura como de la historia. Como dicen los propios editores en el prólogo el objetivo de la reunión no fue otro que intercambiar perspectivas, renovar agendas críticas, recuperar cauces exegéticos o impugnar asertos tradicionalmente sostenidos sobre la cuestión conversa.

        En vez de hacer un análisis de cada una de las aportaciones, glosaré algunas ideas transversales tratadas por la mayoría de los ponentes. En primer lugar, se analizan los métodos de identificación de la literatura conversa, al tiempo que se reivindica el estudio de aquellos sefarditas exiliados en Ámsterdam, Venecia, Ruán o Constantinopla. A veces, son matices, ciertas expresiones o ciertos resentimientos los que pueden ofrecer pistas sobre un posible origen converso de un autor. No olvidemos que, en teoría, el converso era un cristiano nuevo y, por lo general, trataba de ocultar su pasado judaico. Esta literatura tiene su problemática, sobre todo por la falta de acuerdo sobre si basta algún aspecto biográfico, la actitud crítica, o el simple uso de un género determinado –como la novela picaresca- para incluirse entre los conversos.

Está claro que el género de la novela picaresca, incluye un posicionamiento crítico que sirve de desahogo al sufrimiento de los escritores judeoconversos, como bien afirma Augustín Redondo. A Mateo Alemán se le considera el verdadero creador del género, continuado por el autor del Lazarillo de Tormes y del Guzmán de Alfarache. No tiene nada de particular que el cirujano judeoconverso Francisco de Peñaranda, emparedada un ejemplar del Lazarillo de 1554 en su casa de Barcarrota (Badajoz), antes de abandonarla. Trataba de ocultar lo más posible las huellas de su pasado judío.

A lo largo de esta obra, los distintos autores ponen el acento en la literatura conversa y en los rasgos que la distinguen, desde Fernando de Rojas a Miguel de Cervantes, pasando por los escritores sefarditas exiliados. Por las páginas de esta obra se pasean personajes tan relevantes como Mateo Alemán, Hernando de Talavera, Juan Ramírez de Lucena, Alfonso de Santa Cruz, Juan de Mal Lara, Jorge de Montemayor, Juan Méndez Nieto, Miguel de Cervantes y Juan Lluis Vives, entre otros. Y todo ello sin perder de vista que, en una sociedad tan casticista como la hispánica, muchos optaron por el silencio, por lo que no siempre es fácil identificar a los autores y a la literatura conversa. Interesante es el trabajo de Juan Ignacio Pulido que argumenta sobre la supuesta ascendencia conversa de Cervantes, ratificando lo aseverado hace décadas por Américo Castro. Hay ciertas expresiones de Don Quijote que pueden ser indicativos, como cuando afirma que los sábados comía duelos y quebrantos, aludiendo a los huevos y al tocino respectivamente. Ello implica que el caballero de la Mancha, como muchos conversos, aborrecía un alimento que se veía obligado a consumir, precisamente en la fiesta del Sabbat. También, como afirma Ruth Fine, el tratamiento que reciben en sus obras los marginados pueden ser otros indicios de esa filiación cristiano-nueva.

No podían faltar algunas ponencias relativas a los judeoconversos en las colonias americanas. Muy interesante es el texto de Aliza Moreno-Goldschmide sobre el médico Juan Méndez Nieto, que marchó a América, afincándose en Cartagena de Indias. Allí encontró su espacio de libertad, pues, como él mismo escribió en sus memorias, en las colonias uno podía prosperar con dinero y esfuerzo y no por su ascendencia familiar. Muy singular me ha resultado el trabajo de Jan Szeminski sobre el drama de la muerte de Ataw Walpa, una obra teatral quechua, escrita a mediados del siglo XVI en la que se niega la ascendencia judía de los indios, al tiempo que se le atribuye nada más y nada menos que a Francisco Pizarro. Y ello con la intención literaria de contraponer por un lado lo bueno -indios cristianos- frente a lo malo -el conquistador marrano-. Y ello con la intención de demostrar que Pizarro fue lo peor entre ambos mundos, el Perú cristiano y España.

En general, como bien se explica en estas páginas, los conversos pudieron haberse integrado en la sociedad castellana; lo intentaron. Eran descendientes de judíos, pero cristianos al fin y al cabo, siendo los irreductibles, como afirma Rica Amrán, una minoría. Sin embargo, fue el radicalismo inquisitorial y la actitud casticista de la mayoría de los cristianos viejos los que hicieron inviable el proceso. A fin de cuentas, como dice Rachel Ibáñez-Sperber, eran conversos simple y llanamente porque los demás –los otros- los tenían como tales. Fueron, pues, endógamos a la fuerza ya que nunca fue tanto una opción propia como producto del rechazo de los cristianos viejos. Incluso, se vieron obligados a crear sus propias cofradías de conversos, como la de San Cristóbal de Gandía, fundada en julio de 1403. Por ese mismo rechazo, a finales de ese siglo comenzaron a aparecer en Castilla las cofradías de negros, y en el siglo siguiente las de moriscos. Fueron obligados a vivir en barrios separados, al tiempo que se les limitó el acceso a determinados oficios y a los altos cargos de la administración. Así, por ejemplo, el gremio de plateros de Valencia exigía un expediente de pureza de sangre. Un destino tan trágico como el de los moriscos y el de otros híbridos, sobre los que siempre pesó la sospecha.

Ésta era la España excluyente, intransigente y casticista de ayer que las páginas de este libro ayudan a desentrañar. Éste es nuestro irrenunciable pasado, trágico, pero nuestro. Y tenemos la obligación de desentrañarlo y conocer toda la verdad por dura que ésta sea.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

No hay comentarios. Comentar. Más...

LA ENCOMIENDA DE LARES

20140208180118-006.jpg

GUERRERO CABANILLAS, Víctor: Encomienda de Lares (siglos XIII-XIX). Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2013, 525 págs.

 

        El autor, natural de Esparragosa de Lares, viene a engrosar la larga lista de médicos escritores, en este caso con una historia referida a su tierra natal. Ahora bien, no se trata de una microhistoria más, por varios motivos: primero, porque fue, junto a la mayor de Brozas, la encomienda más importante de la Orden, con unas 50.000 fanegas de tierra. Además, se ubicaba en el estratégico paso de las rutas mesteñas Leonesa Oriental y Soriana-segoviana. Segundo, porque se trata de un trabajo documentadísimo, en base a fuentes primarias obtenidas a pie de archivo y de una exhaustiva bibliografía. Y tercero, por los grandes personajes que ostentaron la Comendadoría de Lares, y que hace que esta obra tenga repercusión e interés, incluso, al otro lado del océano. Entre esos comendadores figuraron personajes tan conocidos como Nicolás de Ovando, Juan de Sotomayor, García de Toledo o Gonzalo de Raudona. El primero de ellos, fue nombrado comendador de Lares en 1478 y, entre 1501 y 1509, ostentó la gobernación de las Indias, por nombramiento de Isabel La Católica. Yo como americanista he leído muchas veces el título de Comendador de Lares que ostentaba Nicolás de Ovando. Pues bien, debo reconocer que no he tenido una percepción exacta de lo que significaba hasta que no leí el libro objeto de esta reseña.

        La encomienda, tuvo originalmente su sede en la fortaleza y el lugar de Lares, abarcando a las actuales localidades de Esparragosa de Lares, Galizuela y Santi Spíritus. El poblamiento prerromano de la zona, entre los siglos VII y VI a. C. marca el punto de partida de esta historia. El asentamiento en la sierra de Lares, permitía una cierta seguridad, que acertaron a vislumbrar los musulmanes quienes, a partir del siglo VIII de nuestra era, crearon el primer recinto amurallado en lo que ellos llamaron al-Laris. Éste fue ampliado y reforzado en varias ocasiones por su importancia estratégica, al constituirse como base de operaciones desde la que los islámicos lanzaban sus razias sobre el territorio cristiano –p. 71-. Sería a partir de la reconquista, en el siglo XIII, cuando la fortaleza de Lares y su entorno se convirtió en la más importante encomienda de la orden en la comarca de la Serena. Por cierto, que fue una de las primeras encomiendas alcantarinas, pues ya en el año 1284 está documentada la presencia de un tal frey Salvador Méndez, como comendador de Lares. Y bajo este dominio señorial se mantuvo durante seis siglos, justo hasta el final del Antiguo Régimen. Pero a partir del siglo XV, consolidada ya la conquista, la fortaleza perdió su importancia estratégica, siendo abandonada a su suerte. A finales del siglo XVI, tanto esta fortaleza como la aldea o villa aledaña quedaron totalmente extinguidas. En cambio, Esparragosa de Lares –fundada presumiblemente a finales del siglo XIII o principios del XIV- así como su pedanía –Galizuela- subsistieron hasta nuestros días. Y ello, a pesar de las trabas permanentes, impuestas por la propia Orden y por el Honrado Concejo de la Mesta, que lastraban el desarrollo agrario. La mortalidad catastrófica, con hambrunas y epidemias periódicas, hicieron el resto, impidiendo el crecimiento demográfico de las localidades de la encomienda. Eso no impidió que en el siglo de las Luces, Esparragosa experimentase un considerable crecimiento, pasando de 1.575 habitantes a mediados del siglo XVIII a casi 3.000 a finales de esa misma centuria. Asimismo, dispuso de unas infraestructuras sanitarias mínimas pues, a mediados del siglo XVIII, sabemos que el concejo asalariaba a un médico, un cirujano, un barbero sangrador y un boticario –p. 465-.

La Orden mantuvo sobre todos sus territorios y, por supuesto, también sobre la encomienda de Lares los poderes gubernativo, judicial y tributario. Sus titulares gozaron del pleno disfrute de rentas y beneficios además de otros derechos y preeminencias. Como contrapartida, al menos en teoría, el titular de la encomienda debía mantener los edificios civiles y religiosos, así como garantizar la atención espiritual y la protección militar de los vasallos de su jurisdicción. El estudio se prolonga hasta finales del siglo XVIII, analizando las construcciones civiles y religiosas de la encomienda así como el reformismo agrario de los ilustrados y el tránsito de los campesinos de su condición servil de vasallos a la de ciudadanos.

Sorprenden las duras críticas del autor hacia la mayoría los titulares de la encomienda. Salvando casos honrosos como los de Nicolás de Ovando, la mayoría fueron personas infelices, corroídas por la codicia, la soberbia y las envidias, además de falsarios, absentistas, parásitos sociales, déspotas y presuntuosos -pp. 18-19-. Y digo que sorprende no porque no lo crea así sino porque no es usual encontrar escritores tan críticos, especialmente cuando tratan de reconstruir su historia local. Pero también en este aspecto la honestidad del autor para enjuiciar y valorar la historia tal como fue está fuera de toda duda. Asimismo, encontramos, como en toda obra de gran envergadura, algunos errores o imprecisiones. Así, por ejemplo, hay algunas obras que se citan a pie de página, como las de José Miguel de Mayoralgo, pero que el autor se olvidó de incluir en la bibliografía final. Igualmente, cita erróneamente la referencia topográfica de la real cédula por la que se concedió el blasón a la villa de Lares de Guahava, en la Española. El autor, la cita como conservada en el Archivo de Indias, Indiferente General 418, L. 1, F52R-1, probablemente porque la tomó de algún libro antiguo. Sin embargo, cualquier persona habituada a trabajar en dicho repositorio sabe que esa referencia no existe ni ha existido nunca. En realidad, el documento en cuestión, que ha sido publicado en varios regestos documentales, se conserva en la misma sección pero en otro legajo, el 1961, L. 1, fols. 97r-98v. En cualquier caso, se trata de pequeñas objeciones que en absoluto empañan el valor de esta obra.

En definitiva, creo que estamos ante un aporte serio, exhaustivo y bien razonado de una de las encomiendas más importantes del señorío alcantarino. Por ello, viene a completar brillantemente los trabajos de Feliciano Novoa Portela, sobre la Orden de Alcántara.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS


ALCÁNTARA Nº 78 (julio-Diciembre de 2013)

20140118190338-003.jpg

Alcántara, Revista del Seminario de Estudios Cacereños, Nº 79. Cáceres, julio-diciembre de 2013, 178 págs.

 

         Acaba de aparecer el último número de la revista de la Diputación de Cáceres Alcántara, correspondiente al segundo semestre de 2013. Como de costumbre, se trata de un ejemplar muy cuidado con artículos bien seleccionados, unos de carácter literario y otros relacionados con la historia de Extremadura.

         Como dice el propio coordinador de la revista, Salvador Calvo Muñoz, Alcántara fue siempre y es literatura. Y efectivamente, el signo de identidad de esta revista ha sido siempre la literatura, primero por el cuidado de todos los textos, y segundo, por la presencia de páginas de contenido literario. Destacan en este sentido las contribuciones de Cristina Torres Barrado sobre el poema de Federico García Lorca, Poeta en Nueva York, Alfonso Bernáldez Ordóñez, Ángela Vallvey y Matías Simón Villares.

         Sin embargo, a mí como historiador, me atraen más los ensayos históricos con contribuciones de Enrique Gómez Solano, Juan Antonio Caro del Corral, Fernando Cid Lucas, Rodrigo Calvo Tornero y José L. Rodríguez Plasencia. De entre ellos, destacaremos algunos que me han resultado más interesantes:

El trabajo de Caro del Corral sobre el ataque portugués a Sierra de Gata me ha parecido muy bien documentado, con fuentes que proceden de muy diversos repositorios españoles y portugueses. En unos momentos donde la historiografía se centra con profusión en los estudios contemporáneos resulta novedoso encontrar un trabajo referente a la Edad Moderna y en particular a una guerra, como la de Portugal, que tanto afectó negativamente a Extremadura. La primavera de 1642 marcó el inicio de la guerra en Sierra de Gata que sufrieron, de una u otra forma, hasta febrero de 1668.

Notable es el aporte de Fernando Cid que destaca la presencia de extremeños en los siglos XVI y XVII en Japón.. En los últimos años la historiografía está investigando la presencia de españoles en China y Japón a lo largo de la Edad Moderna. Los españoles fueron pioneros en el descubrimiento del Lejano Oriente, y en ello debemos incidir en unos momentos en los que el epicentro económico del mundo se está desplazando a aquella zona. Concretamente se centra en la figura de tres personajes: Pedro de Burguillos, Diego Collado y Lourenço Mexía. El primero de ellos, fray Pedro de Burguillos, nació en Burguillos del Cerro, en la segunda mitad de siglo XVI, dejándonos una crónica sobre su estancia en Japón entre 1601 y 1602. Fray Diego Collado O.P. fue natural de Miajadas, estuvo en el colegio de San Esteban de Salamanca, llegando a ser vicario de su orden en el territorio nipón. Y finalmente, Lourenço Mexía, nació en Olivenza –entonces perteneciente a Portugal- en 1539, marchando a evangelizar al Extremo Oriente y muriendo, en 1599, en la ciudad de Macao.

Y finalmente, me ha parecido muy curioso el trabajo de José L. Rodríguez, sobre el entorno mágico del Santuario de la Virgen de Navelonga de Cilleros. La presencia en el entorno de tumbas anteriores a nuestra era, cazoletas prerromanas y ronchaderas o resbaladeras, llevan al autor a concluir que en ese entorno pudo existir un lucus sacrum o un centro de culto. Incluso, sugiere la posibilidad de que estuviesen dedicados a la diosa celta Aataecina o alguna otra divinidad prerromana. No se trata más que de conjeturas, pero hay que reconocer que la aglomeración de todos estos restos anteriores a nuestra era, sugieren que aquel lugar fue especial para sus primitivos habitantes.

Solo me queda felicitar a los miembros de la revista y a los autores de los artículos por este nuevo número de tanta calidad. Desde estas líneas quiero animar a los lectores a disfrutar pausadamente de cada una de sus páginas.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

No hay comentarios. Comentar. Más...

EL PODER DEL DINERO. VENTAS DE CARGOS Y HONORES EN EL ANTIGUO RÉGIMEN

20131021173601-004.jpg

Francisco Andújar Castillo y María del Mar Felices de la Fuente (eds.): El poder del dinero. Ventas de cargos y honores en el Antiguo Régimen. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva, 2011. 357 páginas.

 

Teníamos noticias de la venalidad en España, desde los clásicos trabajos de Antonio Domínguez Ortiz y Francisco Tomás y Valiente, sin embargo, hasta fechas relativamente recientes no hemos conocido su verdadera magnitud. La venta de oficios públicos por parte de la Corona fue una constante en el Antiguo Régimen a lo largo y ancho del Imperio. Ello se enmarcaba en un proceso más amplio de enajenación de todo el patrimonio regio, por necesidades monetarias, que abarcó a todo lo vendible, desde títulos de ciudad a nobiliarios, pasando por Grandezas de España y todo tipo de cargos de la administración civil y militar, tanto nacional como local.

En el presente libro se recogen un total de diecisiete contribuciones sobre la materia que analizan un amplio espectro cronológico –los tres siglos de la Edad Moderna-, espacial –El mundo ibérico y sus colonias- y temático –oficios municipales, judiciales, militares, honores, etc.-. El objetivo último, según reconocen los propios editores, era plantear una reflexión sobre lo realizado hasta ahora, aclarando términos, planteando nuevas estrategias metodológicas y marcando las pautas del trabajo a desarrollar en los próximos años. En definitiva, la pretensión era la de presentar un estado de la cuestión, que permitiera a los investigadores las orientaciones necesarias para seguir avanzando en la materia.

La obra se estructura en cinco bloques que abarcan los principales aspectos de la venalidad ibérica. En el primero, encontramos cuatro contribuciones que tratan de resolver problemas conceptuales como merced, beneficio, venta, corrupción, transmisión de oficios y disimulación. Inauguran el volumen, los estudios de Jean-Pierre Dedieu, en solitario, y otro firmado junto a Andoni Artola, sobre los sistemas de transmisión de cargos. Ambos sostienen la necesidad de superar el cliché negativo de la venalidad, pues ésta no afectó a la eficiencia administrativa ya que existieron mecanismos para garantizar que el comprador cumplía los requisitos necesarios para desempeñarlos. E incluso –afirman- que si aun así se producía el nombramiento, la propia administración se podía negar a aceptarlo si se demostraba su ineptitud o si no pertenecía a la élite política. En una línea similar, Michel Bertrand, plantea la necesidad de matizar la equivalencia entre venalidad y corrupción porque, a su juicio, no necesariamente implicaba un debilitamiento de la autoridad de la monarquía. Por su parte, Francisco Andújar clarifica la diferencia entre beneficio y venta pues, mientras el primer término implicaba el disfrute de un cargo por un tiempo determinado –con frecuencia de 3 a 8 años-, la venta suponía la enajenación del oficio a perpetuidad.

En el segundo, se agrupan tres trabajos en los que se ahonda en la venalidad municipal, tanto en el ámbito de realengo como en el señorial. Los trabajos de Alberto Marcos y de María López se centran en la Península, el primero en el siglo XVI y la segunda en las otras dos centurias de la Edad Moderna. Esta última autora apunta su menor incidencia en los núcleos señoriales. Por su parte, Pilar Ponce Leiva analiza la venalidad municipal en un espacio muy distinto, la ciudad de Quito en el siglo XVII, destacando las consecuencias sociales y políticas de la enajenación en esa localidad colonial. La renunciación de oficios en el ámbito indiano quedó regulada por una orden del 14 de diciembre de 1606, sin que exista nada parecido para la España peninsular.

En el tercer bloque encontramos un buen grupo de contribuciones, referidas específicamente a los cargos militares y judiciales así como al acceso a honores y cargos a través del reclutamiento. Interesante es el aporte de Antonio Jiménez Estrella quien demuestra que la venalidad en el reclutamiento de tropas, bien documentada en el siglo XVIII, debe retrotraerse al menos hasta la primera mitad de la centuria anterior. Thomas Glesener analiza dichas prácticas en un espacio diferente, los Países Bajos, mientras que Inés Gómez se centra en los oficios de la Chancillería de Granada y Ana Victoria López-Cordón en los cargos obtenidos en el entorno cortesano. Por cierto que en la Corte era el único lugar en el que se podían obtener cargos por cauces diferentes al del vil metal.

En el siguiente apartado, los estudios se centran en la venta de títulos nobiliarios y hábitos de órdenes militares que se podían obtener con dinero o a través del reclutamiento de tropas. Apunta María del Mar Felices que las exigencias para acceder a la nobleza titulada eran frecuentemente menores que las requeridas para acceder al escalón más bajo del estamento nobiliario, es decir, a la hidalguía. La entrada de savia nueva dio al primer estamento un cierto dinamismo que lo aleja del tópico de inmovilismo tradicionalmente sostenido. Como destaca Antonio José Rodríguez, había muchas formas de acceder a un título, vinculación a la Corte, méritos civiles o militares, recluta de soldados o simplemente el dinero. Por su parte, Marcos Giménez Carrillo amplía la venalidad nobiliaria a los hábitos de órdenes militares, mientras que José Manuel Díaz Blanco destaca las ventas de habilitaciones a extranjeros para comerciar con América en tiempos de Felipe IV.

Y en el último apartado encontramos dos contribuciones, una firmada por Roberta Giannubilo y otra por Fernanda Olival, en las que se examina la venalidad en el vecino reino de Portugal y en su colonia brasileña. La primera elabora un estado de la cuestión mientras que la segunda indaga en la renunciación de cargos, destacando que era una forma encubierta de venta, muy similar a lo que ocurría en Castilla. En general, todo parece indicar que la enajenación de cargos, oficios y títulos también estuvo presente en el imperio luso, aunque con una menor intensidad que en el Habsburgo.

Esta obra constituye un punto de referencia para todo aquel que desee introducirse o continuar con la investigación de la venalidad en la España moderna. Se aprecian algunas contradicciones entre unos autores y otros a la hora de valorar éticamente la venta de cargos y títulos, lo cual no deja de ser normal teniendo en cuenta que se trata de una obra colectiva. Sin embargo, huelga decir que la obra consigue su objetivo de especificar lo realizado hasta ahora, clarificando la terminología y señalando aspectos todavía inexplorados que esperan la mano de algún investigador que los saque a la luz.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Reseña publicada en Iberoamericana Nº 50. Berlín, 2013, págs. 253-254)

No hay comentarios. Comentar. Más...

EL ÁRBOL Y LA RAÍZ

20130726165313-001.jpg

CLAVERO, Bartolomé: El árbol y la raíz. Memoria histórica familiar. Barcelona, Crítica, 2013, 217 págs.

 

        Nueva entrega del profesor Bartolomé Clavero, catedrático de Historia del Derecho en la Universidad de Sevilla, en la que traza un recorrido por los abusos del franquismo con los vencidos, a través de una microhistoria: la de su propia familia –franquista- y su entorno en la pequeña villa sevillana de Cazalla de la Sierra. Básicamente, el autor incide en tres cuestiones:

Una, que tras la victoria del bando Nacional se produjo el reparto del botín de guerra, es decir, el prorrateo de cargos políticos, cátedras, titularidades y puestos de responsabilidad de aquellos que pertenecían al bando vencedor, en detrimento de los vencidos. Un empobrecimiento en todos los ámbitos, merced a personas que ocuparon altos cargos de la administración o de la empresa privada no por méritos propios sino por filiación política. Un salto atrás en el tiempo que nos recuerda a los rancios estatutos de limpieza de sangre que coartaban el acceso a los puestos de la administración de todo aquel que no fuese cristiano viejo. Desgraciadamente, todavía en la España del siglo XXI, a la hora de acceder a cualquier puesto público o privado pesa más la familia o el apellido que los méritos.

Dos, en los abusos velados de los vencedores hacia los vencidos que se prolongaron durante décadas. La cruenta represión en Cazalla de la Sierra, como en tantos otros pueblos pequeños y no tan pequeños de Andalucía y Extremadura, que llevó al paredón, a personas como Isabel Acevedo León, de 19 años, simplemente por haber servido en la casa del alcalde republicano. Pero la mayor parte de la población era de extracción humilde y, por tanto, sospechosa de ser republicana, o peor aún, izquierdista. Pero no podían morir todos, hacían falta manos para trabajar la tierra de propietarios y rentistas. Por ello, tras la represión física, llegaron, por un lado, la contrarreforma agraria que empobreció aún más a los desheredados, y por el otro, las relaciones asimétricas con los supervivientes, entonces llamados braceros, gañanes o jornaleros. Algo que ya nos impresionó en el libro de Miguel Delibes, Los Santos Inocentes y que desgraciadamente, como se observa en este libro, no fueron hechos aislados. Es más, la mayoría veía ese tipo de relaciones serviles, casi feudales, como algo natural. Bartolomé Clavero, a través de su propia familia y de sus relaciones con los trabajadores de su finca, nos ofrece noticias conmovedoras sobre las personas que estaban al servicio de su propia parentela. Personas que habían sufrido la represión franquista, supervivientes del holocausto, como el matrimonio que vivía en la casilla –no casa- de su finca, y que por no poseer no poseían ni el derecho a su intimidad. Un medianero que trabajaba sin contrato escrito y en unas condiciones que el propio autor califica de leoninas y por las que encima debía mostrar agradecimiento.

        Y tres, en la necesidad de reconciliación, para lo que Bartolomé Clavero, a título individual –no familiar- pone su granito de arena. Él dice haber escrito el libro para descargar su conciencia, reconociendo su pertenencia a una familia que prosperó a la sombra del régimen y, por tanto, a costa de la desventaja y del sufrimiento de las demás. Tras la dura dictadura de más de tres décadas, en la Transición, se hizo un pacto de silencio y olvido, como dice el autor, para pasar página, concediéndole al franquismo el status de régimen preconstitucional pero legítimo. Y en esta política del olvido tuvo un papel destacado la complicidad de la Universidad, por mediación de profesores que ocuparon las cátedras de los republicanos asesinados o exiliados y de los que estos a su vez colocaron. A algunos de sus propios profesores, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, les acusa de perpetuar la desmemoria no ya de la Transición sino del franquismo. Afirma que la fachada de la Universidad aparentaba normalidad pero que moralmente estaba en ruinas, tras el arrasamiento franquista. Desde profesores sin los conocimientos adecuados hasta perpetradores de plagios. Pero lo peor de todo es que este olvido e, incluso, esta contramemoria ha llegado en algunos casos hasta nuestros días. Los testimonios actuales evidencian el holocausto no ya de la guerra sino de la postguerra, primero mediante la eliminación sistemática del adversario político, y luego a través de su silenciamiento. El olvido no se puede mantener por más tiempo, como indica la propia Ley de la Memoria Histórica. Ésta pretendía hacer justicia con las cientos de miles de víctimas de la postguerra y de la dictadura, pasando página no mediante el olvido sino por el reconocimiento de lo que allí ocurrió, para asentar sólidamente las bases de la reconciliación nacional. Sin embargo, como casi siempre, una cosa es la ley y otra su aplicación, que se está viendo indefinidamente retrasada por los poderes fácticos que temen que la verdad histórica destape horrores inconfesables que han permanecido ocultos durante décadas.

        Personalmente, debo reconocer que el libro me ha impresionado mucho, pese a que los que leemos asiduamente al profesor Clavero, conocemos su escritura directa y en ocasiones descarnada. Es innegable el fondo de razón de su línea argumental y lo digo no ya como historiador, sino como un ciudadano más que vivió en su juventud los años finales del franquismo. Todos conocimos la discriminación de aquellos amanerados a los que, en ocasiones sin serlo, se les atribuía la condición de homosexual. Todos vivimos la separación clara que existía entre las familias bien, las franquistas de toda la vida, frente a las que no se manifestaban públicamente como afines al régimen. Solamente, el velo de la sospecha era suficiente para postergar, despreciar, infravalorar o discriminar no sólo a individuos concretos sino a familias enteras. Verdaderas patentes familiares, en muchos casos las mismas que siglos atrás, alegaron la limpieza de sangre para quitarse competidores más meritorios. Por ello, aunque algún día tengamos todos o casi todos los nombres de la represión del régimen, jamás podremos cuantificar los miedos, los silencios o las postergaciones de miles de personas que nunca fueron represaliadas y que, por tanto, nunca figurarán en ninguna lista. Son los casos de algunos de los protagonistas de este libro, como el bueno de Manolo Palma o de Manolo Bernabé.

        Para finalizar, hay que agradecer y elogiar la valentía de su autor a la hora de reconocer sus propias culpas y la tardanza en tomar conciencia de las discriminaciones de las que fue partícipe en su juventud en el seno de su privilegiada familia. Expresamente reconoce que descarga su conciencia como su contribución a la recuperación de la Memoria Histórica. Pero su contribución no es pequeña, pues puede y debe refrescar la desmemoria de muchos, e incluso contribuir a la concienciación de personas que fueron partícipes –muchos sin saberlo- de la sociedad de castas y de la ideología represiva del régimen. Ahora bien, a mi juicio, se ensaña en exceso con algunos miembros de su familia hasta el punto de colocar al propio lector en una situación incómoda y, en ocasiones, hasta desagradable. Ahonda en viejas heridas familiares, en algunos casos relacionadas con el problema subyacente de la ideología franquista pero en otros meras cuestiones personales –como disputas por la herencia- que no contribuyen en nada al objetivo reconciliatorio del libro. En el fondo, aunque pide disculpas por ello, intenta redimir a toda su estirpe, pero él no debió erigirse en redentor de aquellos que no tienen conciencia de haber cometido agravio alguno o simplemente que no desean arrepentirse o disculparse. Y lo único que consigue es ofrecer argumentos a aquellos detractores que puedan pensar que su objetivo ha sido más la venganza personal que el resarcimiento de la Memoria Histórica. Ahora bien, todo esto no puede empañar su valor a la hora de enfrentarse a sus propios fantasmas personales. Un ejerció loable que nos puede iluminar en nuestro deseo de alcanzar la verdad histórica y acabar definitivamente con la impunidad de la desmemoria.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

No hay comentarios. Comentar. Más...

NI UNA GOTA DE SANGRE IMPURA

20120429210941-002.jpg

STALLAERT, Christiane: Ni una gota de sangre impura. La España inquisitorial y la Alemania nazi cara a cara. Barcelona, Galaxia-Gutenberg, 2006, 537 págs.

 

La antropóloga belga Christiane Stallaert, siguiendo el camino iniciado unos años antes por el discutido historiador israelí Benzion Netanyahu, ha realizado un novedoso ensayo comparando la España Inquisitorial con la Alemania Nazi, sin importarle el tiempo que media entre ambos acontecimientos. La autora se mueve dentro del comparativismo constructivo que está proporcionando en las últimas décadas grandes frutos. Ya Marcel Detienne nos habló de la necesidad de comparar lo incomparable, sin miedos, porque se podrán obtener de esta forma puntos de vistas interesantes y novedosas interpretaciones. Y efectivamente, este enlace ente pasado y presente lo han llevado a cabo ya numerosos historiadores con sorprendentes y enjundiosos resultados. Por citar algunos ejemplos, Eduardo Galeano comparó el saqueo de los conquistadores con el de los tecnócratas actuales, mientras que Bartolomé Clavero estableció paralelismos entre la destrucción de las Indias en la Conquista con la contemporánea destrucción del Mayab. Este último ha insistido en la perpetuación a lo largo de los siglos, como un fenómeno de larga duración, de la discriminación de los indígenas, que llega a nuestros días, en medio de la apatía y de la pasividad de la mayoría. 

La apuesta de la autora era arriesgada y, de hecho, ha recibido grandes críticas de algunos sectores de la historiografía hispana por entender que la simple comparación era inadmisible y hasta ofensiva. Sin embargo, una lectura sosegada de la obra, nos desvela los grandes frutos que puede ofrecernos la comparación histórica, aunque se trate de acontecimientos tan distantes en el tiempo. Los puentes que establece entre ellos nos ayudan a comprender que, a fin de cuentas,  los intransigentes, los narcisistas y hasta los genocidas comparten aspectos en común, aunque entre ellos medien siglos y hasta milenios. 

Es cierto que hubo diferencias de peso entre ambas realidades históricas, tanto cuantitativas como cualitativas. El genocidio nazi fue la forma más brutal de exterminio del diferente que haya ocurrido en la Historia. De hecho, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos –cinco millones más se salvaron porque les faltó tiempo-, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e incluso alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían ser exterminados. Y obviamente no se trataba de la idea de un demente, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales. En cambio, el objetivo último de la España inquisitorial no era eliminar sino incluir, es decir, integrar a las minorías dentro del más estricto casticismo católico. Asimismo, los españoles se movían más por un afán de unidad religiosa que no por un racismo biológico. El propio Felipe II lo decía con una claridad meridiana: prefiero no reinar a reinar sobre herejes.

Ahora bien, una vez enfatizadas las grandes diferencias entre ambas realidades históricas, conviene reconocer, de acuerdo con la autora, que también hubo aspectos en común. De hecho, ambos fenómenos compartieron una verdadera obsesión enfermiza por eliminar la diversidad –religiosa en un caso y étnica en el otro- y por lograr la más absoluta cohesión social. ¿Hubo racismo en la España Moderna? Los estatutos de pureza de sangre no dejan lugar a la duda. Estos mecanismos llevaban implícitas unas obvias connotaciones racistas –o si se prefiere, protorracistas- , aunque el concepto no tenga el mismo contenido que en la actualidad. Además, aunque no fuera su objetivo inicial, el casticismo español terminó provocando dramáticas exclusiones que terminaron con la expulsión de unos 100.000 judíos y cerca de 300.000 moriscos considerados irreductibles, así como con la destrucción del mundo indígena americano. Además, no podemos cuantificar el silencio y la discriminación que sufrieron miles de personas atemorizadas por el Santo Oficio. Todo ello inspirado, según Stallaert, no tanto en el odio al otro como en un enfermizo sentimiento narcisista de amor a sí mismo.  

 Como podemos observar, no sólo la Alemania nazi dejó víctimas en el camino. Y lo peor de todo, los nazis no consiguieron cumplir su objetivo de limpieza étnica, pero el casticismo español sí, logrando la unidad religiosa del imperio. Como muy bien afirma la autora, actualmente lloramos el genocidio perpetrado contra el pueblo judío, pero ¿quién se acuerda de los moriscos? Nadie; se trata de otra memoria escamoteada, como consecuencia del triunfo del casticismo. 

La obra de Christiane Stallaert me parece excelente porque busca nuevos cauces interpretativos, mediante una metodología novedosa. Probablemente no sea casualidad que los mejores trabajos sobre la Inquisición y sobre el casticismo español estén realizados por autores extranjeros, lejos de los condicionamientos de los historiadores españoles. Pero creo que ya es hora de perder el miedo al pasado; la historia fue la que fue y de eso no es responsable nadie. De lo que se trata es de conocer la verdad histórica, por amarga que ésta sea, y a partir de ahí intentar construir un futuro mejor.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

No hay comentarios. Comentar. Más...

POR EL BIEN DEL IMPERIO



Fontana, Josep: Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945. Barcelona, Pasado& Presente, 2011, 1.230 pp.

 

             El profesor Fontana, vuelve a sorprendernos una vez más, con otra obra magistral en la que realiza un minucioso análisis de la historia reciente del mundo, desde 1945 hasta nuestros días. Obviamente, no se trata de una historia contemporánea más, sino una historia alternativa, diferente de la que la historiografía oficial y los poderes fácticos nos han ofrecido.

             Confiesa el autor que tardó tres lustros en escribirla y que es fruto de la frustración de las esperanzas que su generación depositó en las promesas contenidas en la Carta del Atlántico de 1941. En esos momentos, las potencias que después saldrían victoriosas de la II Guerra Mundial se comprometieron a luchar contra toda forma de totalitarismo y a garantizar un futuro mundial libres de guerras y de miseria. Sin embargo, nunca hubo voluntad de cumplir con tales promesas. La llamada guerra fría comenzó poco después del fin de la II Guerra Mundial, provocando enfrentamientos armadas como los de Corea o Vietnam. Después de la caída del muro de Berlín, todos volvimos a albergar esperanzas que el enfrentamiento mundial se acabase por falta del oponente político. El Pacto de Varsovia desapareció, pero ¿desaparecería la OTAN? Pues no, los países occidentales con Estados Unidos a la cabeza justificaron su permanencia, creando un nuevo concepto de enfrentamiento armado: la guerra preventiva contra el terror. Si no había enemigo había que inventarlo para de esta forma seguir justificando la existencia de la estructura militar que garantizaba la hegemonía del imperio. Ello explica, como afirma el autor, que sigan existiendo en la actualidad nada menos que 865 bases militares estadounidenses repartidas por el mundo.

Tras realizar un minucioso recorrido por todos los acontecimientos políticos y económicos ocurridos hasta 2010 en los cinco continentes, acaba el libro con la actual crisis global. La subida especulativa de los precios de los alimentos, así como el cambio climático y la crisis del capitalismo global pueden provocar gravísimos daños en un futuro cercano. Y la respuesta de los países europeos a esta crisis está consistiendo en la restricción progresiva de los gastos en servicios sociales, imitando el modelo estadounidense. Unas políticas que terminarán desmontando el estado del bienestar que hasta estos momentos había sido uno de los signos de identidad de la vieja Europa. Ahora bien, como indica el profesor Fontana, hay otra cara de la crisis mucho menos conocida y que está afectando gravemente a los países subdesarrollados. Se están paralizando o disminuyendo las ayudas al desarrollo, a la par que se encarecen los precios de los alimentos básicos en esos países. Todo un drama que justifica la proliferación en los últimos tiempos de motines, revoluciones y protestas populares que amenazan la estabilidad de muchos gobiernos, la mayoría de ellos tiránicos u oligárquicos.

Lamentablemente, setenta años después de la firma de la Carta del Atlántico, parece evidente que no fueron más que buenas palabras y que nunca hubo la más mínima intención de hacerlas cumplir. Las guerras, las desigualdades entre Norte y Sur y los abusos del capitalismo no sólo no han disminuido sino que se han multiplicado. Vivimos en un mundo peor, donde las diferencias entre unos países y otros son mayores que a mediados del siglo XX. Y lo peor de todo, ya no existe la esperanza de la alternativa comunista con la que soñaron antaño millones de personas en todo el mundo. La falta de una alternativa viable al capitalismo está llevando a un retorno del neoliberalismo que está provocando una involución en materia social. Como afirman algunos, el totalitarismo económico ya está aquí y es posible que el político pueda retornar en pocos años. Uno de los pensadores más destacados de nuestros tiempo, Tzvetan Todorov, ha confesado recientemente en una entrevista que estamos a menos de tres lustros de la reaparición de los totalitarismos. Josep Fontana no ofrece ninguna predicción en este sentido pero en su obra es fácil advertir su pesimismo sobre el futuro.

             En definitiva, el presente libro descubre las claves de lo ocurrido en los últimos setenta años de historia, desmontando todo tipo de mitos y de mentiras. Su lectura nos sirve para conocer mejor la realidad pasada para tratar de reconducir el presente y el futuro. No hay peor injusticia social que el hecho de que los grupos opresores ganen también la batalla de la memoria histórica. El presente libro tiene el mérito excepcional de descubrirnos la realidad que hay detrás de la historia oficial, poniendo a cada cual en su sitio. Y aunque en estas pocas cuartillas no es posible calibrar el verdadero alcance de una obra de esta magnitud, huelga decir que estamos ante un texto fundamental para entender la realidad presente y afrontar adecuadamente los difíciles retos a los que nos tendremos que enfrentar en los próximos años.

 Esteban Mira Caballos

No hay comentarios. Comentar. Más...

SANGRE LIMPIA, SANGRE ESPAÑOLA



Jesús Hernández Franco: Sangre limpia, sangre española. El debate de los estatutos de limpieza (siglos XV-XVII). Madrid, Cátedra, 2011, 300 pág.

 

            La temática cuenta ya con una larga trayectoria, que se inició con los pioneros estudios de Antonio Domínguez Ortiz y Albert Sicroff seguidos, algunos lustros después, por los de Gutiérrez Nieto. En los últimos años la temática ha despertado el interés de numerosos historiadores que han ido aportando puntos de vista novedosos, pero nada de la envergadura de la obra que ahora comentamos. Este libro constituye un nuevo hito historiográfico por dos motivos: primero, porque sintetiza magistralmente lo que sabíamos hasta la fecha, y segundo, porque aporta concienzudas reflexiones, fruto de un profundo conocimiento de la materia. Precisamente los planteamientos del autor poseen una gran solidez porque los fundamenta sobre un abanico de fuentes verdaderamente abrumador y sobre una reflexión serena fruto de años de trabajo.

Como es de sobra conocido, estos perniciosos estatutos dieron comienzo en 1449 con la famosa Sentencia pronunciada por Pedro Sarmiento para el concejo de Toledo por la cual los descendientes de conversos fueron privados de cualquier oficio en la ciudad. Al parecer, en un primero momento ni la realeza ni el papado los vieron con buenos ojos. Ello no impidió su desarrollo, haciéndose omnipresentes en los siglos XVI y XVII y prolongando sus tentáculos hasta la Edad Contemporánea. Los llamados cristianos viejos consiguieron discriminar de los altos cargos de la administración a todas aquellas personas teóricamente sospechosas de tener un pasado judío o converso. Y todo con una excusa falsa, es decir, que la mayoría de los cristianos nuevos no sólo no eran buenos cristianos sino que además conspiraban contra la monarquía cristiana. Así, pues, se presentó al neófito como un mal cristiano y un mal súbdito de la monarquía. Una generalización que no se ajustaba a la verdad, pues, aunque hubo algunos conversos que se mostraron inasimilables, la mayoría trató de integrarse felizmente en la sociedad cristiana.

Lo cierto es que los conversos fueron perseguidos por la Inquisición y sus descendientes marginados de la administración, de los más prestigiosos colegios mayores, de las ordenes militares, e incluso, de determinadas congregaciones religiosas, como la jerónima. Fueron considerados, al igual que los judíos, linajes deicidas, con una permanente deuda de sangre. Además implantaron en España una perniciosa tradición, que en algunos sectores sociales ha llegado hasta la Edad Contemporánea, de que sólo la sospecha es suficiente para excluir a alguien. Los estatutos de limpieza sirvieron a los cristianos viejos para limitar la capacidad de los neófitos de acceder a las instituciones castellanas. En ellos había un componente racista, aunque el término no equivalga exactamente al contenido actual. Es por ello por lo que unos hablan de protorracismo y otros, como el profesor Columbus Collado, de racismo cultural.

Los afectados trataron de ocultar su pasado, recurriendo a diversas estrategias: cambio de apellido, mudanza de localidad, falsificación de su propia genealogía, e incluso, comprando testigos que aseverasen su pasado cristiano. Como indica el autor, esas estrategias permitieron al padre de Santa Teresa ocultar su origen converso.

Desde el siglo XVI estos estatutos habían tenido opositores, tan conocidos, como el arzobispo de Sevilla fray Diego de Deza, fray Luis de León, Domingo de Soto, Fernando Vázquez de Menchaca, Gerónimo Cevallos, el licenciado Martín de Cellorigo y el jesuita Fernando de Valdés, entre otros. Concretamente, el franciscano Uceda, en 1586, criticó los estatutos como un medio de los cristianos viejos para conseguir altos puestos de la administración con linaje, disimulando así su falta de méritos. No menos claro fue el licenciado Cellorigo cuando escribió, en 1619, que Jesús vino al mundo a reunir a todos los pueblos bajo las aguas del bautismo, eliminando el odio, justo lo contrario que los cristianos viejos hacían con los conversos. Y no menos elocuente se mostró Fernando de Valdés cuando negó las discriminaciones contra los neófitos alegando que los padres de la Iglesia fueron conversos y no por ello malos cristianos. En el segundo cuarto del siglo XVII, hubo un notable grupo de intelectuales, religiosos y políticos que se posicionó en contra de los estatutos a los que responsabilizaban de privar a la Monarquía de personas talentosas. El Conde Duque de Olivares, descendiente de conversos, intentó una reforma en profundidad para acabar con sus indeseables efectos, pues no hacían más que enfrentar a la sociedad entre cristianos viejos y nuevos, evitando que grandes talentos pudiesen acceder a los altos cargos de la administración. En 1623 expidió una reforma de estas probanzas por la que, entre otras medidas, se prohibían los memoriales anónimos y las murmuraciones, como pruebas acusatorias, como se había venido haciendo hasta ese momento.

Sin embargo, a juicio del autor, que se posiciona con Sicroff y frente a Henry Kamen, los apoyos al sistema estatutario fueron mucho mayores: primero, entre una parte de la intelectualidad -como Juan Martínez Silíceo-, y segundo, entre un amplio sector del Tercer Estado. Esta base social estatutaria terminó provocando el fracaso de lo todos los intentos de reforma, prolongándose estas prácticas nada menos que hasta el siglo XIX. Según el autor del libro, todavía en las Cortes de Cádiz hubo quien defendió la necesidad de mantenerlos para diferenciar a los neófitos de los cristianos viejos. El dato es tan elocuente que explica por sí solo el enorme retraso en todos los órdenes que acumulaba España a principios del siglo XIX.

Las consecuencias fueron nefastas tanto para la sociedad como para la economía del país. Por un lado, dividieron y enfrentaron a la sociedad y, por el otro, apartaron del poder a un buen número de personas meritorias. Miles de familias sufrieron la sospecha, mientras los cristianos viejos copaban los altos puestos de la administración sin exhibir más mérito que su supuesta sangre limpia. Todo ello contribuyó no sólo al progresivo retraso de España con respecto a sus competidores europeos, como Inglaterra, Holanda o Francia sino a ofrecer una imagen negativa de España en el contexto europeo.

Pocas críticas se pueden formular a un libro de esta solidez, no obstante, no me resisto a mencionar algunas pequeñeces: en el libro se alude en varias ocasiones al problema de la limpieza de sangre en Hispanoamérica pero, a mi juicio, hubiese sido oportuno dedicarle un epígrafe completo, sobre todo por las connotaciones especiales que en el espacio colonial tuvieron. Como es bien sabido, en las colonias se utilizó más como un mecanismo discriminatorio de las castas que para perseguir a los posibles judeoconversos. Asimismo, en una obra tan contundente donde se aglutinan infinidad de puntos de vista, hubiese sido oportuno incluir un capítulo de conclusiones en el que se recapitularan los principales aportes.

Pese a esas pequeñas objeciones, huelga decir que estamos ante una obra esencial no sólo para los estudiosos de la temática estatutaria sino para cualquier interesado en la historia social de España.

 

Esteban Mira Caballos

No hay comentarios. Comentar. Más...

EL ESCULTOR E IMAGINERO FRANCISCO FERNÁNDEZ BUIZA

20120521110442-006-2-.jpg

MARTÍNEZ LEAL, Pedro Ignacio: El escultor e imaginero Francisco Fernández Buiza. Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 2000, ISBN:84-8093-045-4, 363 págs., il.

Doce años después de que el autor presentara este trabajo como su Tesis de Licenciatura en la Universidad de Sevilla, obteniendo la máxima calificación de Sobresaliente por Unanimidad, en un tribunal formado por valiosos especialistas, ve la luz por fin este esperado libro.

Su aparición ha llenado de satisfacción a los estudiosos del arte y de las cofradías de toda Andalucía donde tan prolífico su quehacer artístico. Un orgullo tanto m s grande para el que suscribe estas líneas en tanto en cuanto Paco Buiza se sintió siempre ante todo carmonense, muy a pesar de que durante una buena parte de su vida vivió en la capital hispalense. Sin duda, las circunstancias de la Posguerra le obligaron a marcharse a vivir a Sevilla, concretamente al barrio de la Feria. Pero, pese a las circunstancias, jamás perdió el amor por su ciudad natal ni, por su puesto, su profunda devoción a la Virgen de Gracia, patrona de Carmona.

La obra se distribuye inteligentemente en una introducción y cuatro grandes partes, a saber: biografía, taller, estilo y catálogo de obras. En la biografía desgrana con sumo detalle y esmero cada uno de los aspecto de su vida. En la lectura de estas líneas se percibe claramente la implicación del autor en la vida del recordado escultor y de su familia mucho más allá del mero trabajo de investigación. En este sentido el trabajo de Martínez Leal es envidiable. Como no podía ser de otra forma destaca de manera notable su vinculación con la ciudad de Carmona, y su relación -no siempre fácil- con ésta. De origen humilde, estudio algunos años en el antiguo colegio salesiano de Carmona, para trabajar desde corta edad en distintos oficios, como pastor, jornalero y hasta panadero. Una vez en Sevilla estudio modelado en la Escuela de Artes y Oficios y trabajó de ceramista en distintos talleres hasta que conoció al que sería su maestro Sebastián Santos Rojas. Hasta 1954 no tuvo su taller propio, desde el que realizó su prolífica labor artística.

Se incide asimismo en ese fatídico accidente de motocicleta, ocurrido en 1962, que tanto marcó no solo su aspecto físico sino también su carácter desde entonces mucho m s seco y desconfiado. Incluso las circunstancias concretas de su fallecimiento en 1983 son desgranadas con el rigor de un historiador pero también con el detalle de un periodista.

Sus clientes eran fundamentalmente instituciones religiosas, iglesias y sobre todo hermandades, pues, su producción, aunque cuenta con obras profanas, es sobre todo de carácter devota. Su trabajo para las hermandades andaluzas fue muy prolífico hasta el punto que pasan del medio centenar las efigies salidas de su taller que procesionan en la Semana Santa Andaluza. Auténticas obras emblemáticas dentro de la imaginería andaluza que sería imposible mencionar todas aquí de las que, no obstante, son buena muestra el misterio del Santo Entierro de la hermandad del mismo nombre de Carmona, el Cristo Yacente de Coria del Río, el Crucificado de la Sangre de la Hermandad de San Benito de Sevilla, el Cristo de la Columna de la hermandad de las Cigarreras, el Cristo de la Agonía de la iglesia de San Julián de Málaga, entre un largo etcétera. Sin olvidar tampoco una iconografía muy querida por él, la del Niño Jesús, así como sus innumerables Vírgenes, como la de la Santísima Trinidad de la parroquia de Santa Cruz de Cádiz o la de la O de la hermandad de los Gitanos, donde presenta esas mujeres maduras, guapas y, como dice Martínez Leal, también sufridas.

Realmente fue Buiza un autor polifacético que realizó todo tipo de iconografías religiosas y profanas, restauró imágenes como el Crucificado de la hermandad de la Amargura de Carmona, realizó numerosas canastillas. En ellas labró como nadie los querubines y angelotes, siendo, como afirma el autor del libro, el "escultor de los ángeles", y en ese aspecto destacó sobre otros grandes decoradores de pasos de su época.

No solo trabajó una gran variedad de iconografías sino también utilizó muy diversos materiales como el barro, muy especialmente el pino y excepcionalmente el marfil.

Buiza puede considerarse como el último gran escultor barroco de Sevilla. Sus obras recuerdan a los grandes escultores del siglo de oro sevillano desde Martínez Montañés a Duque Cornejo, pasando por Alonso Cano y por Juan de Mesa.

En el extenso catálogo de obras que aparece en la última parte del libro se detallan, por iconografías, cada una de las obras identificadas del imaginero carmonense. Es de destacar la modestia del autor al titular dicha parte como "catálogo provisional", cuando incluye cientos de obras, algunas de ellas ubicadas en lugares tan recónditos como el crucificado de la capilla del cortijo de Martín Juan, en los confines de la vega de Carmona. El catálogo es pues extenso y muy completo pese a que es posible citar algunas obras muy específicas que no aparecen en él como una Virgen del Carmen de la capilla del colegio "El Tomillar" de Badajoz. Detalles sin importancia que el mismo Martínez Leal previó y que en absoluto empañan la labor realizada por este investigador sevillano.

Mi más sincera enhorabuena al autor por deleitarnos con una obra que es, desde el mismo momento de su aparición, de lectura obligada para todos los interesados en la historia de las cofradías, de las advocaciones religiosas y de la imaginería andaluza.

 

Esteban Mira Caballos

No hay comentarios. Comentar. Más...

ESPAÑA EN SU CENIT (1516-1598)

20120522092712-002-3-.jpg

NADAL, Jordi: España en su cenit (1516-1598). Un ensayo de interpretación. Barcelona, Editorial Crítica, 2001, I.S.B.N.: 84-8432-180-0. 170 págs.

 

 

Después de una vida dedicada a la Historia de la Economía, aportando valiosísimos trabajos, el profesor Jordi Nadal nos ha sorprendido con un nuevo libro en esta ocasión referente a ese apasionante período de la Historia de España que Domínguez Ortiz denomina "el gran siglo". No obstante, el libro no abarca exactamente toda la centuria decimosexta sino exactamente los reinados del Emperador Carlos V y el de su hijo Felipe II, es decir, desde la llegada al trono de aquel, en 1516, hasta el fallecimiento de éste, en 1598.

El volumen está formado por diecisiete ensayos, referentes a distintos aspectos relacionados con dicho período histórico, completados por una breve introducción y un índice, etiquetado como onomástico pero que también hace las veces de topográfico. Está redactado sin aparato crítico, es decir, sin notas a pie de página ni bibliografía, y con una prosa amena y sencilla, comprensible para cualquier persona no especializada. De esta forma el autor logra su objetivo, explícito en la introducción, de aportar algunos comentarios a cuestiones cardinales de la época que verdaderamente consiguen suscitar -como él pretendía- la reflexión del lector.

Empieza el libro, como no podía ser de otra forma, con un ensayo dedicado al Imperio de Carlos V. Éste concentró enormes territorios en su persona, procedentes tanto de sus abuelos paternos, Maximiliano y María de Borgoña, como de los maternos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Y se fija el autor en un aspecto muy concreto, es decir, en la influencia que tuvo siempre en el Emperador el hecho de que el legado de su abuela paterna careciese precisamente de su núcleo esencial, el Ducado de Borgoña, arrebatado por Francia en el último cuarto del siglo XV. Según el autor, gran parte de la enemistad que Carlos V mantuvo con la Corona gala se debió a su pasado borgoñón. Por otro lado, se insiste en que fueron las circunstancias, y concretamente la gran cantidad de territorios que heredó, los que obligaron a Carlos V a adoptar la institución imperial, a la que dotó de contenido, en base a su ideal de república cristiana.

Otra de las cuestiones controvertidas a las que el profesor Nadal aporta su propia interpretación es a las causas que llevaron al Emperador a convertir a Castilla en el "pivote de su imperio". Probablemente pesaron decididamente tanto su ubicación geográfica, entre el mediterráneo y el pujante atlántico, como su buena situación política, desde la época de los Reyes Católicos.

Pero la creación de una monarquía absoluta moderna requería sobre todo una administración y un ejército eficiente. Y obviamente, la clave para conseguir estos dos elementos residía en la disponibilidad continua de dinero para sustentarlos. Según el autor, Carlos V se encontró para ello con dos graves obstáculos, a saber: uno, la existencia de amplias jurisdicciones señoriales, y dos, la corrupción del funcionariado que, a diferencia de lo que ocurría en Europa, era de baja extracción social. Pero el gran problema, tanto del Emperador como de su sucesor, fue siempre la balanza comercial negativa, derivada de los excesivos gastos destinados al mantenimiento del ejército. Esto provocó el recurso continuo al crédito, bien en forma de juros al siete por ciento, cuando se trataba de pequeñas cantidades, o de prestamos, concertados con grandes banqueros, al treinta y hasta al cincuenta por ciento de interés. Además, la llegada del metal precioso trajo consigo una revolución de los precios que desencadenó en breve tiempo el hundimiento de las manufacturas castellanas. Estos dos elementos: los gastos desmesurados en tropas y la quiebra del artesanado, dada su incapacidad para competir con los precios de los productos europeos, provocó a medio plazo el inicio del declive del imperio español.

Igualmente se analiza el afán hidalguista de la sociedad española. Afirma el autor que lo que sorprendía en el extranjero no era la existencia de hidalgos, que a fin de cuentas era un fenómeno europeo, sino su excesivo número. Aproximadamente el doce por ciento de la población española logró el reconocimiento de algún tipo de hidalguía, consiguiendo de esta forma la ansiada exención fiscal. Una dura lacra para España, pues, excluyendo a los disminuidos físicos -un 10 por ciento de la población- a los hidalgos, a los eclesiásticos, a las mujeres, a los niños y a los ancianos quedaban exclusivamente 1.350.000 tributarios para sufragar las necesidades imperiales.

No podía omitirse en esta obra el análisis de un fenómeno tan "genuinamente hispánico" como el erasmismo y el movimiento de los alumbrados. Una corriente religiosa heterodoxa que fue duramente reprimida y aniquilada y de cuyas cenizas aparecería posteriormente la Compañía de Jesús. Bajo Carlos V, y sobre todo bajo Felipe II, la Inquisición actuó con dureza sobre todos los brotes sospechosos de protestantismo en España.

En cuanto a la política internacional afirma Jordi Nadal que, pese a la apariencia, durante buena parte del siglo XVI el mediterráneo continuó siendo el epicentro de la política española. Y es cierto que Carlos V mostró siempre un gran interés por el dominio del mediterráneo en contraposición a la escasa atención que prestó a las colonias americanas. Un interés que se plasmó en las rivalidades con los turcos y en las pretensiones sobre Italia, territorio que se disputaron España y Francia. Sin embargo, a nuestro juicio, con Felipe II, el interés por las Indias y sobre todo por las remesas de metal precioso que, no en vano, eran el auténtico sostén del Imperio, hizo que el epicentro se trasladase decididamente a la vertiente atlántica.

Como es bien sabido, las Indias fueron vinculadas a la Corona de Castilla. Escribe el profesor Nadal que la prohibición del paso de aragoneses se prolongó hasta 1525 y posteriormente se reimplantó en 1538. El hecho parece dudoso, la prohibición oficial duró efectivamente hasta la expedición de una Real Cédula, fechada el 10 de noviembre de 1525, en que se autorizó el paso de cualquier persona del Imperio "como lo pueden hacer los naturales de estos nuestros reinos de Castilla y León". Y no hubo más prohibiciones, aunque sí recelos ocasionales de los colonos que protestaban por las intromisiones, alegando -como escribía Fernández de Oviedo- que fueron los castellanos los que descubrieron las Indias, "y no aragoneses, ni catalanes, ni valencianos...".

Los últimos ocho capítulos se dedican al reinado de Felipe II, abarcando aproximadamente la mitad del libro. Un monarca polémico del que se ha dicho lo mejor y lo peor. Fue un cristiano convencido que invirtió un buen número de caudales en la evangelización del continente americano. Tuvo un gobierno personalista que provocó una lentitud burocrática que perjudicó seriamente al Imperio. Afirma el autor que Felipe II sentía una gran desconfianza hacia los hombres, de ahí su intento desesperado y agónico por controlar personalmente la administración de su Imperio.

En lo referente a la política internacional mostró un gran empeño en la anexión de Portugal, motivado no solo por el viejo sueño de la unidad peninsular sino también por la importancia estratégica de la fachada oeste para la consolidación de las rutas comerciales atlánticas. Afirma Nadal que se ha censurado a Felipe II no haber trasladado la capital a Lisboa. Sin embargo, todo parece indicar que nada hubiera cambiado con esa medida. Desde muy pronto se vio que la unión duraría poco, sobre todo porque había llegado demasiado tarde, cuando el sentimiento luso como pueblo estaba plenamente consolidado y arraigado entre la población. Algo parecido ocurría con la región de Flandes, donde el empeño de Felipe II por conservarla a toda costa provocó luchas encarnizadas de las que a la larga el prestigio de Felipe II quedó seriamente dañado.

Para el dominio del Imperio se necesitaba una gran armada, como la que llegó a poseer Felipe II. Sus armadas fueron las más poderosas de su tiempo. El desastre de la invencible, en 1588, se debió a una serie de acontecimientos encadenados que hicieron que solo regresaran de la empresa sesenta y seis buques de los ciento treinta y uno enviados. La muerte del marino más preparado de su tiempo, Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, las tormentas, las mareas de cuadratura de los puertos flamencos y otras adversidades llevaron a la Armada al desastre. El profesor Nadal cita una frase muy conocida de Felipe II que resume muy bien lo ocurrido: "Envié mis naves a luchar contra los hombres, no contra los elementos". Frente a lo que han defendido algunos historiadores, sobre todo ingleses, la derrota de la Armada Invencible no supuso el declive del dominio español de los mares hasta el punto que se sabe que, poco antes de su muerte, Felipe II tenía preparada una nueva armada con la que volver a intentar el asalto de Inglaterra.

Y estos son algunos de los aspectos relevantes que nos ha inspirado la lectura de este libro. No obstante, estas pocas páginas mías no agotan su contenido en el que el lector interesado en la Edad Moderna Española encontrará muy sugerentes ideas con las que profundizar en el controvertido y a la vez apasionante siglo XVI.

 ESTEBAN MIRA CABALLOS

No hay comentarios. Comentar. Más...



Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris
Plantilla basada en el tema iDream de Templates Next