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HISTORIA GENERAL DEL PUEBLO DOMINICANO

HISTORIA GENERAL DEL PUEBLO DOMINICANO

V.V.A.A.: Historia General del Pueblo Dominicano, T. I. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2013, 762 págs.

 

          Primero de los seis tomos en que la Academia Dominicana de la Historia ha programado esta obra que pretende ser a la vez síntesis y estado de la cuestión de la historia de la República Dominicana. La colección está coordinada y supervisada por el Dr. Roberto Cassá, mientras que el presente volumen ha estado coordinado por el Dr. Genaro Rodríguez Morel. Colaboran en él nueve investigadores, seis dominicanos y tres españoles, todos ellos con una larga trayectoria profesional. No se puede adscribir el libro a una escuela historiográfica concreta porque colaboran autores con formaciones, sensibilidades, intereses y especialidades muy diferentes. Ha prevalecido, como indica en la presentación el coordinador del presente tomo, el deseo de integrar todos los conocimientos y los últimos avances historiográficos, por encima de partidismos o de afinidades personales.

          Estamos, a mi juicio, ante un verdadero hito historiográfico, pues prácticamente, todas las obras generales sobre la historia de la República Dominicana habían sido firmadas por un solo autor, Antonio del Monte, José Gabriel García, Bernardo Pichardo, Máximo Coiscou, Américo Lugo, Gustavo Adolfo Mejía Ricard o Roberto Cassá, por citar solo algunos. En fechas muy recientes, Frank Moya Pons coordinó en un solo volumen una historia dominicana, útil aunque de objetivos modestos. Por eso, la obra que ahora reseñamos constituye la primera síntesis extensa, global y colectiva de la historia dominicana. Precisamente, se inicia con un amplio capítulo sobre historiografía, firmado por Roberto Cassá. En él se explica su tardío inicio tras la independencia, y su retraso secular, agudizado durante la etapa trujillista, entre 1930 y 1961. La dictadura provocó el exilio de los principales intelectuales, mientras que los historiadores afines al régimen plantearon una historia tradicionalista, positivista y hagiográfica, quedando un espacio mínimo de libertad para el resto de los intelectuales. Julián Casanova ha hablado del secano español para aludir al retraso de la historiografía española, provocada, en parte, por los 36 años de dictadura franquista, y esas mismas palabras pueden ser aplicadas a la historiografía dominicana. Muy tardíamente, en los años sesenta, emergió la historiografía marxista que contribuyó de manera fundamental a la renovación y a la innovación, con historiadores de cierta proyección, como Juan Bosch, Juan Isidro Jiménez Grullón o Emilio Cordero Michel. Tras ellos, aparecieron dos historiadores, con formaciones metodológicas muy diferentes, que ejercieron una enorme influencia en las generaciones posteriores de historiadores: Roberto Cassá y Frank Moya Pons. De entre su amplia producción historiográfica no podemos dejar de mencionar, del primero, su Historia social y económica de la República Dominicana, publicada en 1976, y del segundo su Manual de Historia Dominicana editado justo al año siguiente, aunque con numerosas reediciones posteriores. En la actualidad, está en activo una amplia generación de historiadores, unos vinculados a la corriente historiográfica marxista y, otros que, superando el historicismo tradicional, han incorporado elementos de muy distintas corrientes metodológicas.

          Muy acertada ha sido la inclusión de un capítulo dedicado a la geografía física y humana, que firma Frank Moya Pons. En él se especifica la extensión del territorio, el clima, la orografía, los ríos, los patrones de asentamiento de la población, los ecosistemas y su degradación a lo largo del tiempo. Se trata de una síntesis magistral del espacio insular lo que nos permite entender mejor los procesos humanos en él desarrollados. El medio condiciona la actividad humana, en todas sus estructuras, por lo que estas brillantes páginas hacen más comprensible la evolución del poblamiento y la dinámica histórica de la isla.

          Le siguen dos acápites en los que Marcio Veloz analiza las sociedades prehispánicas, empezando por las bandas arcaicas y terminando por las sociedades agrarias. Es de elogiar el esfuerzo de su autor por presentar un texto asequible, muy alejado de la especialización técnica de la arqueología. Hubo primitivamente unas sociedades arcaicas, los ciboneyes, que vivían en bandas recolectoras de mariscos, reptiles y frutos y cuya presencia en la isla está documentada al menos desde el 2.000 a. C. Eran de pequeña estatura y su esperanza media de vida no superaba los 15 años de edad. En el siglo V o IV a. C. llegaron los tainos, de origen arawaco, introduciendo la agricultura de roza en la isla, aunque manteniendo la caza y la recolección. En el norte de la isla, coexistieron otros grupos étnicos diferentes al tainato, concretamente los macorijes y los ciguayos. La sociedad taína fue la que alcanzó un mayor grado de desarrollo, cultivando la tierra y asentándose en poblados circulares, con plaza central que podían llegar a superar los 2.000 habitantes. Se agrupaban en cacicazgos, que llegaron a adquirir una gran extensión territorial. Eran politeístas, y se comunicaban con sus dioses haciendo sahumerios o cohobas, mientras que a través de sus bailes o areitos transmitían de generación en generación, las experiencias pasadas y la historia. Sorprende el amplio volumen demográfico que alcanzaron -entre 100.000 y 500.000 personas, según los autores- pues, los colonizadores europeos tardaron varios siglos en igualar esa cifra. Ello demuestra la perfecta adaptación de los taínos al medio.

          La conquista empezó de forma abrupta en 1492, sobre todo por el virulento azote de las enfermedades –influencia suina y/o aviar, gripe, viruela, sarampión, etc.-, y por la servidumbre abusiva impuesta por los conquistadores. No mucho mejor les fue a los españoles, mal dirigidos por un navegante sin experiencia gubernamental y con una ambición áurea desmedida. Para colmo, como indican Consuelo Varela y Juan Gil, no se calcularon adecuadamente las necesidades alimentarias, lo que combinado con la estrategia de los taínos de no cultivar la tierra para provocar su marcha, desató grandes hambrunas, a la par que se desencadenaban enfermedades, especialmente la sífilis, conocida entonces como el mal de las bubas. La primera ciudad del Nuevo Mundo, la Isabela, se erigió en el sitio equivocada y fue arrasada, primero, por el fuego y luego, en 1495, por un devastador huracán. A finales del año 1500, la colonia era un verdadero desastre, los hispanos no llegaban al medio millar y estaban enfrentados entre ellos, mientras que Santo Domingo no era más que una aldea formada por varias viviendas, construidas con materiales vernáculos. Los reyes enviaron sin suerte a Francisco de Bobadilla y, después, a Nicolás de Ovando que tuvo el mérito de enderezar el rumbo de la colonia, garantizando su viabilidad y afianzando la autoridad real. La creación de la Real Audiencia, en 1511, marco un hito en la historia política dominicana. Y ello, como destaca Wenceslao Vega, por los amplios poderes y la extensa jurisdicción de esta institución que, como es bien sabido, no comenzó a mermar hasta 1527, cuando se erigió la Audiencia novohispana.

          A nivel social se produjo una resistencia de los grupos oprimidos, primero de los indios y luego de los esclavos negros. Por fortuna para los dominadores, nunca hubo una alianza de la clase subalterna para hacer frente conjuntamente al poder. Como explica Genaro Rodríguez, los taínos siempre entendieron que la población de color eran elementos foráneos que formaban parte del sistema de dominación. Ni las rebeliones indígenas, ni las de cimarrones negros buscaron nunca cambiar el sistema sino simplemente su libertad. Y aunque se convirtieron en endémicas a lo largo de todo el siglo, nunca supusieron un peligro real para la élite criolla.

          Se analiza con especial detenimiento la economía de la isla, empezando por el llamado ciclo del oro, que resultó ser muy efímero, aunque los depósitos sedimentarios eran considerables a juzgar por las cantidades fundidas. Y segundo, el ciclo del azúcar, que tanta importancia tuvo a lo largo de toda la época colonial, aunque vivió su período álgido entre 1520 y 1560. En esos momentos, los esclavos llegaron a ser más de 25.000, mientras que la población blanca apenas superó los cinco millares. De esta simbiosis racial y cultural nació el componente social más importante de la colonia, el criollo. La economía de la isla no se colapsó porque los colonos buscaron otras fuentes de ingresos, produciendo y exportando jengibre, cañafístula, palo brasil, cueros vacunos y fortaleciendo las relaciones económicas con los corsarios en la banda norte. A mediados de siglo, había grandes hateros que tenían 20.000 y hasta 25.000 cabezas de ganado vacuno. Pero además, la fundición de oro continuó, como desvelan las páginas de esta obra, pues tan sólo en el quinquenio comprendido entre 1537 y 1542 se fundieron más de ¡260.000 pesos de oro! A partir de la segunda mitad del siglo XVI, el contrabando, practicado especialmente en la banda norte, se convirtió en uno de los motores de la economía insular. En realidad, no fue otra cosa que la respuesta de los sectores productivos locales a la tiranía impuesta por los cargadores sevillanos. Sin embargo, éste era un grupo demasiado poderoso como para consentir semejante violación del pacto colonial. Tras varios intentos fallidos de despoblar la zona para erradicar el fraude, se optó por una medida absolutamente radical, las tristemente famosas devastaciones llevadas a cabo por el gobernador Antonio Osorio entre 1605 y 1606. La decisión fue tan traumática que sentó las bases de la futura secesión de la isla.

          Además de las estructuras política, social y económica, se analizan también aspectos ideológicos, religiosos, culturales, artísticos y religiosos. El establecimiento de las primeras órdenes religiosas, las diócesis, las parroquias, los hospitales y las cofradías. Asimismo, Eugenio Pérez Montás nos introduce en la apasionante temática de las fundaciones de villas, el urbanismo y las primeras construcciones, tanto civiles como religiosas. Los españoles fueron conscientes en todo momento que conquistar equivalía a poblar y solo se podía poblar realmente mediante la fundación de ciudades. Todo esto y mucho más encontrará el lector entre las páginas de esta obra.

          En la introducción, el coordinador general señaló la intención de que este texto no solo fuese una síntesis novedosa de todos los conocimientos sobre la historia dominicana sino que, a la vez, tuviese un carácter divulgativo. El reto era difícil, porque nunca es fácil unir rigor científico con divulgación. La historiografía anglosajona tiene una amplia trayectoria en ese sentido pero no la hispánica. Por fortuna, el objetivo se ha superado, pues los textos poseen toda la veracidad científica, planteando un estado de la cuestión e, incluso, proyectando cuestiones no resueltas, marcando caminos a seguir por la historiografía y todo ello con un lenguaje accesible a cualquier persona que desee conocer el pasado de su país. Carlos Forcadell ha escrito acertadamente que uno de los grandes problemas de la historiografía hispánica es el miedo secular a las obras de síntesis, por la dificultad que tiene establecer generalizaciones. Por eso este libro tiene un valor añadido ya que contribuye al cambio de tendencia no sólo de la historiografía dominicana sino también de la hispánica. Pero al margen de su valor dentro del terreno historiográfico, lo realmente importante es su trascendencia en términos de utilidad social para cualquier persona interesada en conocer la verdad histórica en una época en la que la historia de la República Dominicana, se confunde con la historia del Imperio y, por extensión, con la historia del mundo.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA LENGUA DEL IMPERIO

LA LENGUA DEL IMPERIO

CONDE, José Luis: La lengua del Imperio. La retórica del imperialismo en Roma y la globalización. Alcalá la Real, Alcalá Grupo Editorial, 2008, 230 págs.

 

          Esta obra, que obtuvo el II Premio Rosa María Calaf de Investigación Social 2008, plantea un análisis comparativo entre el imperialismo romano y el actual, liderado este último por los Estados Unidos. Sobre el influjo del imperialismo romano en los imperios modernos y contemporáneos existe una amplia bibliografía anglosajona. Sin embargo, en castellano, la literatura es mucho más parca por lo que este libro viene a cubrir ese vacío historiográfico, acercando la temática al lector hispano.

El autor establece interesantísimas conexiones ideológica entre los pensadores romanos imperialistas o antiimperialistas –Cicerón, Salustio, Cornelio Tácito, Tito Livio, etc.- y los estadounidenses –Miles, Chalmers, Badian, etc.- así como símiles sorprendentes en la evolución política de ambos imperios. Y como casi siempre, las estrategias que usan la comparación siempre ofrecen grandes y sorprendentes resultados, pese a que medien entre los elementos comparados dos milenios. Llaman la atención los paralelismos entre los defensores y sustentadores del imperialismo actual con los que, hace dos mil años, defendían y sostenían el de la Roma Imperial. Los romanos, crearon toda una corriente ideológica tendente a justificar su expansión. Ya en el siglo I d. C., Cornelio Tácito, en su obra Historias, afirmó que todas las anexiones territoriales se habían justificado en el falso pretexto de llevar la libertad a sus habitantes. Y es que, por paradójico que resulte, Roma justificaba sus guerras exteriores en motivos defensivos, para garantizar su seguridad y la de sus aliados. Algo tan absurdo como usar la guerra para preservar la paz. Pero lo realmente increíble que estos argumentos, esgrimidos hace cientos de años por escritores romanos, como Marco Tulio Cicerón, son absolutamente idénticos a los que sostienen una parte importante de la sociedad estadounidense, cuando alude a sus guerras preventivas. Asimismo, se someten países sin conquistarlos físicamente, siempre bajo la justificación de liberarlos o de democratizarlos. Estados Unidos, la mayor potencia bélica de nuestro tiempo, al igual que la Roma de los emperadores, hace la guerra por aquí y por allá, con la excusa de garantizar la paz, los derechos humanos y la libertad.

Conviene recordar, aunque no sea objeto de este libro, que estos mismos argumentos no saltaron en el tiempo dos mil años hasta llegar a nuestros días sino que han permanecido incrustados en el pensamiento de Occidente a lo largo de toda nuestra era. De hecho, en el siglo XVI también se alabó la expansión conquistadora, en nombre de Dios y de la cristiandad, en unos momentos donde cristiano equivalía a civilizado y pagano a bárbaro. La Conquista fue presentada como el triunfo de la civilización sobre la barbarie. Para la mayoría de los europeos de la época los amerindios constituían sociedades degeneradas y salvajes, por lo que se imponía la necesidad caritativa de civilizarlos o de cristianizarlos. Los romanos justificaron su expansión en la necesidad de difundir la cultura grecolatina que consideraban superior, y más de quince siglos después, los españoles, defendieron su imperio ultramarino en la necesidad de trasladar la fe cristianas a los paganos que vivían en las tinieblas. Y es que toda campaña militar o imperialista, o más aún, toda actuación política, ha ido siempre ligada a su correspondiente justificación ética.

Pero volviendo a la comparativa entre Roma y Washington, hay que señalar que las élites estadounidenses han visto en aquella el espejo remoto en el que mirarse y fuente permanente de justificación de sus actuaciones. Y lo peor de todo, es que pese al sabor rancio de sus argumentos, estos han calado en buena parte de la opinión pública. La larga rivalidad entre Roma y Cartago la compara el autor con la que mantuvieron USA y URSS durante la guerra fría, aunque la primera durase varios siglos y la segunda menos de medio. Desde la destrucción de Cartago, Roma se mantuvo como líder mundial en solitario, de forma similar al liderazgo sin límites que ostentan los Estados Unidos desde la desaparición de la Unión Soviética. Roma estableció un protectorado sobre los territorios de sus aliados, similar al que ejerce en nuestros días Estados Unidos. Roma tomaba duras represalias contra aquellos amigos que se atrevían a actuar por su cuenta, justo lo mismo que hacen ahora los americanos con aquellos aliados, como Sadam Husein o los talibanes afganos, que dejan de obedecer sus consignas. Y si para ello hay que inventar pruebas que justifiquen la guerra, como la existencia de armas químicas de destrucción masiva –que en Irak nunca aparecieron-, pues se inventan, ante la indiferencia o la credulidad de la comunidad internacional. Una situación que el autor de este libro compara con la guerra que Roma emprendió contra Mitrídates, un aliado díscolo, que se atrevió a crear un reino poderoso en la frontera oriental del imperio e intentó apoderarse de territorios vecinos, lo que fue interpretado por Roma como una amenaza para su seguridad.

          Esta comparación entre el imperialismo estadounidense y el romano, entre el que median más de dos milenios, la utiliza el autor para aseverar, acertadamente, que en el mundo actual conviven elementos antiguos, medievales y contemporáneos. Es decir, subsisten y coexisten la brutalidad de la Edad de Piedra, las supersticiones medievales, los ideales de limpieza de sangre modernos y el racionalismo contemporáneo. Muchas sombras y algunas luces, todas mezcladas en la sociedad de nuestro tiempo, en un cóctel harto peligroso.

          El Imperio Romano duró cinco siglos, hasta su desaparición fruto de las invasiones de los bárbaros del norte y de su propia descomposición interna. El autor se plantea, si los Estados Unidos están actualmente en el comienzo, en la madurez o en el crepúsculo de su evolución para tratar de predecir la durabilidad de su liderazgo. Pero, en realidad, contrariamente a lo que opina el profesor Conde, creo que eso no se puede pronosticar, pues aunque los argumentos ideológicos para justificar el imperialismo son idénticos, la durabilidad de ambas estructuras imperiales no tiene por qué ser idéntica.

          Para finalizar diré que no he pretendido hacer una reseña exhaustiva de esta obra, limitándome a comentar algunos aspectos que han llamado más mi atención. El lector podrá encontrar en esta bien documentada y brillante obra de Juan Luis Conde, muchos otros matices, detalles y datos no reflejados en estas líneas y que le ayudarán a comprender mejor las estructuras de poder del presente y del pasado.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

REBELIÓN DE LOS CAPITANES

REBELIÓN DE LOS CAPITANES



CASSÁ, Roberto: Rebelión de los Capitanes: viva el rey muera el mal gobierno. Santo Domingo, Archivo General de la Nación, 2011, 514 pp. I.S.B.N.: 978-9945-074-37-6

 

          La nueva obra del profesor Cassá versa sobre unos acontecimientos poco conocidos por la historiografía dominicana y española. Basándose en un análisis exhaustivo de las fuentes primarias, localizadas en archivos españoles y dominicanos, y apoyado por una extensa bibliografía, completa un análisis minucioso de este conflicto.

          La secuencia expositiva es clásica, pues se estructura en cinco extensos capítulos en los que se analizan las relaciones sociales en el momento previo a los acontecimientos, la incubación del conflicto, los hitos de la rebelión, la derrota y el mantenimiento de la protesta, acabando con una conclusión.

          En la pequeña ciudad de Santiago de los Caballeros, cercana a la frontera con la colonia francesa, se habían venido produciendo intercambios comerciales desde tiempo inmemorial. No por motivos políticos, de ruptura con la metrópolis, sino económicos, por una mera cuestión de supervivencia. El problema se remontaba nada menos que al segundo tercio del siglo XVI, cuando la isla quedó marginada del circuito comercial del Imperio. En las flotas llegaba muy poco género y a precios desorbitados. Para los vecinos de Santiago, el comercio con los corsarios de la banda norte primero, y con los colonos de Saint Domingue después, no era una cuestión de lucro personal ni mucho menos de traición. Ambos grupos humanos se respetaban, a sabiendas de que eran enemigos potenciales, pero a la par eran conscientes de que dependían unos de otros para su propia conservación. En diciembre de 1720, en la ciudad de Santiago, los rebeldes se negaron a obedecer al gobernador, capitán general y presidente de la audiencia, Fernando Constanzo Ramírez. Éste había pretendido no ya impedir el contrabando, como se intentó en otros lugares, sino lucrarse personalmente, imponiendo un gravamen extraoficial a todo el que traficara con la colonia gala. Dado que el pago voluntario no fue posible, se destacaron soldados que no sólo se cobraban las tasas mediante el pillaje sino que para colmo debían ser mantenidos por los vecinos, es decir, por los mismos que los sufrían.

Los santiagueros vieron muy afectada su ya de por si precaria economía, colocándolos en una situación muy difícil. Y en ello había acuerdo entre la plebe, que malvivía miserablemente, y los nobles que no disfrutaban de unas condiciones de vida mucho mejores. La nobleza se limitaba a unas cuantas familias, con una cierta influencia en su entorno próximo, a saber: los Pichardo, Morel de Santa Cruz, Almonte, Padilla, Villafañe y Ortega entre otras, que no tuvieron mucha dificultad en establecer una buena conexión con la clase subalterna. Y es que unos y otros vivían y trabajaban codo a codo, pese a la diferencia clasista. Incluso, se incorporó a la revuelta la población esclava, mostrando una evidente complicidad con sus dueños.

El comisionado Francisco Jiménez Lora ya había sido apuñalado en octubre de 1718, pero las autoridades de Santo Domingo no dieron una especial importancia al suceso. Y ello muy a pesar de que era una clara muestra de lo que se avecinaba si se persistía en la política de control del contrabando. Finalmente, la guarnición militar fue expulsada de la ciudad, al tiempo que los cuatro capitanes, encabezados por Santiago Morel, se situaban al frente de la revuelta. La rebelión fue neutralizada sin demasiada dificultad y los cuatro cabecillas apresados y encarcelados en Santo Domingo durante casi una década. Aunque fueron intencionadamente difamados de traidores, al final no sólo resultaron absueltos sino, incluso, rehabilitados en sus dignidades. Y además, los santiagueros se terminaron saliendo con la suya, pues la permeabilidad de la frontera continuó como siempre, es decir, prohibida en teoría pero permitida de facto. Parece obvio que las autoridades centrales terminaron comprendiendo que lo que estaba en juego era la viabilidad de la ciudad de Santiago, y en definitiva, la posibilidad de que los franceses ocupasen terrenos a costa del Santo Domingo español, amenazando la integridad de la primera colonia española en el Nuevo Mundo.

          El hecho en sí puede parecer muy marginal, pues se desarrolló en una colonia que en el siglo XVIII estaba totalmente al margen del circuito comercial del imperio, y además sucedió en una pequeñísima ciudad rural del interior de la isla. Sin embargo, esta rebelión posee algunos elementos de análisis que nos parece necesario contextualizar:

          Primero, la rebelión de los Capitanes se encuadra dentro de todo un conjunto de alzamientos que fueron, en palabras de Jorge Domínguez, parte integral de la política colonial normal. Esta rebelión, como todas las demás ocurridas en la época colonial, no supuso una amenaza para el Imperio. Nada tiene de particular que los rebeldes gritasen ¡viva el rey y muera el mal gobierno! Prácticamente todas las rebeliones, desde el siglo XVI, habían usado tal fórmula. Los conjurados de Santiago sabían que debían dejar muy claro que en ningún caso se dirigían contra la monarquía, pues eso equivalía a firmar su propia sentencia de muerte. De hecho, sus escritos reivindicativos, los enviaron directamente al rey o a la audiencia, a sabiendas de que esta institución siempre fue a lo largo de toda la colonia, el contrapeso de los gobernadores y capitanes generales. Los alzados confiaron en todo momento en que esta institución fallase a su favor.

          Segundo, los sucesos demuestran claramente que el problema del contrabando, que comenzó en la isla en el segundo tercio del siglo XVI, nunca se atajó, y ello porque, como afirmaron Stanley y Bárbara Stein, fue un producto intrínseco del propio sistema monopolístico sevillano. Monopolio y contrabando fueron inherentes, es decir, formaron parte del mismo sistema. Por ello, la decisión de extirparlo a cualquier precio, como ocurrió un siglo antes con las devastaciones de Osorio, fue tan radical como ineficaz. En aquella ocasión, la brutal medida terminó dejando vía libre a los corsarios para establecerse en una extensa franja occidental de la isla, sentándose las bases de la futura secesión entre Haití y Santo Domingo. La rebelión de los Capitanes se produjo tras un nuevo intento de las autoridades de controlar dicho comercio ilegal. Y para colmo con el agravante de que el objetivo no era otro que el afán crematístico del corrupto gobernador de la isla. Conviene resaltar que, quizás, pesó en el perdón de los capitanes y en el mantenimiento del status quo la experiencia del fracaso de la política emprendida un siglo antes por Osorio.

          Y tercero, esta rebelión se produjo en un siglo en el que la mayor eficiencia de la administración borbónica provocó muchas revueltas criollas. Una de las primeras fue la de los Capitanes de Santiago, que curiosamente coincidió en el tiempo con la de los Vegueros de Cuba que, como es bien sabido, surgió tras la decisión de la Corona de monopolizar el comercio de tabaco, imponiendo a la metrópoli como única compradora. Estas primeras insurrecciones fueron el embrión de otras de mayores repercusiones que se desencadenarán a lo largo de toda la centuria, en distintos lugares del Iberoamérica.

          Para finalizar, hay que agradecer al autor no sólo el haber escrito una obra rigurosa sobre un tema poco conocido, sino también el haberlo hecho con una literatura fluida que permite leerla como si de una novela histórica se tratase. Sin duda, estamos ante un texto primordial no solo para la historiografía dominicana sino para todos los interesados en los mal llamados movimientos precursores del siglo XVIII.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Reseña publicada en Revista de Indias Vol. 72, Nº 256. Madrid, 2012, pp. 853-855)

ÁGORA. ESTUDIO Y CRÍTICA DE FILOSOFÍA POLÍTICA

ÁGORA. ESTUDIO Y CRÍTICA DE FILOSOFÍA POLÍTICA

VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Ágora. Estudio y crítica de filosofía política. Villafranca de los Barros, Imprenta Rayego, 2012, 173 págs.

 

          El autor de Filosofía desde la trinchera o Pensamientos contra el poder, nos vuelve a sorprender ahora con esta valiosa obra sobre filosofía política. El objetivo, el método y la ideología son plenamente coherentes con sus trabajos anteriores. Se trata de un texto redactado en clave antiacadémica, como él mismo lo califica porque, a su juicio, así debe ser todo pensamiento que se dirija frente al poder. Asimismo, llama la atención su absoluta independencia de pensamiento, pues lo mismo ataca al neoliberalismo, que a los totalitarismos fascistas y marxistas o a los partidos políticos en general, sin distinción. Eso confiere a su obra un valor extra, pues está bien claro que no se debe a nadie, sino sólo a sus ideas, algo que no deja de ser una rareza en nuestro tiempo. Y ello a pesar de las consecuencias que puede tener situarse siempre frente al poder, por la falta total de apoyos institucionales. Este nuevo libro del profesor Viñuela, tiene desde mi punto de vista dos puntales que lo hacen especialmente valioso:

Primero, su objetivo didáctico, pues, continuamente alude a sus alumnos como si estos fuesen los lectores de su obra o los oyentes de su añorado ágora. Esto no sería más que una anécdota si no fuera porque el autor se empeña continuamente en hacer su pensamiento lo más accesible posible. Ello confiere al texto un carácter inteligible, no siempre fácil de encontrar entre las obras de los filósofos. El texto está pensado para ser entendido por cualquier persona, desde un estudiante de Enseñanza Secundaria a un profesor universitario. En ello, tiene una idea universalista porque su objetivo es contribuir a la concienciación social de la ciudadanía, intentando llegar al máximo número posible de lectores.

Y segundo, su estructura muy clara y ordenada pues sigue un orden cronológico, empezando por la polis griega y terminando por la democracia actual, aunque él no la defina exactamente como tal. El resto de los temas de actualidad, muy presentes en toda su producción anterior, como el relativismo, la eutanasia o el sexismo, los incluye en una especie de apéndice que él denomina addenda.

En el prólogo, hace una declaración de intenciones, justificando el sentido de su libro, dirigido especialmente a sus educandos y denunciando algo con lo que estoy plenamente de acuerdo: que tras la crisis económica subyace una crisis ética de dimensiones colosales. Por ello, frente a ella reivindica ante todo filosofía, dialéctica y acuerdo. Sólo así –afirma- conseguiremos verdaderos ciudadanos y haremos factible que el poder resida realmente en el pueblo. Y en relación a ello, cita a su admirado Sócrates quien decía que sin la reflexión y el análisis la vida no merece la pena.

En el primer capítulo se refiere a la democracia ateniense, a la que él admira, por ser el cimiento de Occidente, donde se obró el milagro del pensamiento racional. Concretamente la polis ateniense fue la que se convirtió en el centro del mundo civilizado por el desarrollo de la filosofía, del diálogo y de la democracia. Una democracia asamblearia, que valoraba la virtud y que otorgaba la igualdad ante la ley y la libertad de expresión. Allí, en el ágora –lo que hoy llamaríamos la plaza pública- se reunían personas que utilizaban la razón, el logos, el lenguaje y la argumentación. Nadie tenía la verdad absoluta y por el diálogo consensuado se llegaba al acuerdo. La participación pública de los ciudadanos y su reflexión les permitían un alto grado de libertad, inexistente en las que al autor denomina plutocracias y partidocracias actuales. Según Platón, el gobierno no debería ser de la mayoría ignorante sino de los mejores, es decir, de los sabios. Su gobierno ideal estaría formado por una élite aristocrática, aunque el tiempo le quitó la razón, pues ésta no tardó en convertirse en una oligarquía tiránica que sólo defendía sus propios intereses. Con el helenismo, sucumbió la democracia griega, al aparecer un imperio en el que los antiguos ciudadanos de las polis pasaron a convertirse en súbditos.

La aparición de Jesucristo, significó una renovación ética que desgraciadamente duró muy poco porque sus discípulos se encargaron de crear una institución de poder, llamada la Iglesia. San Pablo consiguió hacer triunfar su idea de que el mensaje de Jesús era universalista y se dirigía a todo el mundo y no sólo a los judíos. Ya en tiempos del emperador Constantino, se instauró una alianza entre el trono y el altar que tuvo consecuencias nefastas para la libertad. Con esta alianza dieron comienzo la expansión fanática, las cruzadas y las persecuciones de todo aquel que no parecía cristiano y que, por tanto, no podía ser otra cosa que pagano, infiel o hereje. Buena parte de la Edad Media estuvo dominada por el barbarismo, con el único bastión racionalista de Al-Andalus.

El Renacimiento es otro de los grandes hitos de Occidente en el que, en palabras del autor, se salió del claustro medieval, cambiando el teocentrismo por el antropocentrismo. Sin embargo, se terminaron imponiendo las teorías cesaristas, es decir, el absolutismo, fundamentado en teorías como la de Thomas Hobbes. Éste justificaba un poder fuerte, absoluto, justificándolo en la necesidad del ser humano de seguridad frente a la depredación de otros. Unas tesis que desgraciadamente siguen vigentes en nuestros días cuando, por temor, se blinda occidente frente a las oleadas de emigrantes del Tercer Mundo o cuando se practican las llamadas guerras preventivas.

En el último siglo de la Edad Moderna, llegó la Ilustración, otro de los grandes hitos de la Historia, junto al Renacimiento, en el que el hombre salió de su autoculpable minoría de edad. Las ideas ilustradas trajeron aire fresco a Occidente, quebrándose la alianza Estado-Iglesia, pues las luces de la razón introdujeron un laicismo que iba contra la verdad absoluta impuesta desde el altar. Se impuso la razón sobre la fe y eso contribuyó a hacer más libre a la humanidad. Sin embargo, se equivocaron en su optimismo y, sobre todo, en su idea de progreso como solución a los problemas y a los males pasados. Bien es cierto que Juan Jacobo Rousseau no compartía esta idea, pero el liberalismo contemporáneo la terminó imponiendo, lo que nos está llevando al agotamiento de los recursos planetarios y a la destrucción de nuestro propio hábitat.

En el siglo XIX, el marxismo cambió la forma de ver la Historia, fundamentándola en el economicismo y dotándola entre otras cosas de una impronta ética. La filosofía de Marx va encaminada, como él mismo afirmó, a transformar el mundo. Sin embargo, la praxis marxiana terminó derivando en totalitarismos que acabaron definitivamente tras la caída del Muro de Berlín. El problema es que, en la actualidad, se ha impuesto un capitalismo neoliberal radical, sin la competencia ya de los marxismos, que está acabando no sólo con el estado del bienestar sino también con la mismísima democracia. Socialdemocracia, derechos humanos y estado del bienestar están en franco retroceso en todo el mundo. De ahí que el autor hable del proyecto inacabado de la Ilustración. Para colmo, se está desarrollando una brutal globalización que sólo afecta a las finanzas, pero no a las personas, ni a la expansión de los Derechos Humanos o del Estado del bienestar. En el caso particular de España, sufrimos un bipartidismo en el que alternan las dos facciones de la casta política en defensa de sus propios intereses. El autor destaca el mito de la mayoría, pues para él, aunque tengan legitimación no siempre tienen la razón, por el mero hecho de constituir una mayoría.

En su opinión, ya no basta con reformar el capitalismo sino que urge plantear un nuevo sistema que auspicie la austeridad como forma de vida y la redistribución de la riqueza. Como dice al autor, en el Renacimiento se pasó del teocentrismo al antropocentrismo, y ahora urge dar un nuevo giro de tuerca y pasar al biocentrismo. Si no somos capaces de transformar este mundo antropocentrista, nacionalista y egoísta en otro cosmopolita y ecocentrista, la civilización, tal como la concebimos hoy, terminará desapareciendo.

          En definitiva, estamos ante un libro pequeño en extensión pero grande en compromiso social. Muy de agradecer es la claridad con la que se expresan todas sus ideas que contribuyen a la concienciación de sus lectores y seguidores, entre los cuales me incluyo. Así, pues estamos ante una magnífica interpretación filosófica del poder desde la antigüedad a nuestros días. Aunque, por desgracia también es la crónica del triste fracaso de la democracia y del proyecto inacabado de la Ilustración.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

CULTURAS POLÍTICAS DE LA REGIÓN ANDINA

CULTURAS POLÍTICAS DE LA REGIÓN ANDINA

Christian Büschges/ Olaf Kaltmeier/ Sebastián Thies (eds.): Culturas políticas en la región andina. Madrid: Iberoamericana, 2011. 436 páginas.

      Se reúnen un total de dieciocho contribuciones, referentes al área andina en la Edad Contemporánea. De ellas, cuatro analizan la participación ciudadana, otras tantas los actores políticos y los espacios públicos, cinco la participación política del conglomerado indígena, dos la cooperación y los conflictos transnacionales y, finalmente, otras cuatro la cultura, el arte y las pautas alimentarias. La mayoría de las aportaciones se centran en la historia más reciente, es decir en las dos últimas décadas, con algunas excepciones dedicadas a la época decimonónica o a los inicios del siglo pasado. Como puede observarse, las cuestiones tratadas son muy heterogéneas, pero tienen en común el estar circunscritas al espacio andino, con toda la singularidad que le otorgan el territorio y la historia.
      De especial interés son los trabajos que tratan sobre esa innovadora corriente política, liderada por Hugo Chávez, que él mismo ha denominado la V República Bolivariana de Venezuela, y su influjo en otros muchos países, como Ecuador, Bolivia o Brasil. El trabajo de Hans-Jürgen Burchardt, analiza críticamente los avances y atrasos conseguidos por el régimen del carismático líder venezolano, especialmente desde la aprobación de la nueva Constitución, a finales de 1999. La prioridad de este régimen es la universalización de los derechos sociales y el fomento de la participación económica y política de toda la ciudadanía. Y además, con el objetivo final de servir de referente, es decir, de locomotora para otros países que se quieran sumar al movimiento bolivariano. Por su parte, María Pilar García-Guadilla, trata en concreto de los éxitos y frustraciones de la actual democracia participativa venezolana. Logros como la lucha contra la pobreza, la política social y la participación política de la ciudadanía se combinan con aspectos bastante menos positivos, como el clientelismo y el paternalismo político, tan típicos, por otro lado, de la cultura política venezolana en particular y latinoamericana en general. Pese a todo, el régimen chavista constituye una alternativa seria al capitalismo, hasta el punto que algunos lo denominan ya como el socialismo del siglo XXI. Por ello, lo que empezó siendo una aventura aislada y aparentemente pasajera de un militar se ha convertido en una seria opción política para muchos países de su entorno. Los gobiernos de Hugo Chávez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia y Rafael Correa en Ecuador están liderando, con resultados dispares, una ruptura con la democracia liberal y con el tradicional monopolio de los altos cargos políticos por parte de la oligarquía.
     La participación política indígena es otra de las grandes temáticas tratadas en este volumen. Marta Irurozqui demuestra que ya en el siglo XIX hubo una cierta partición política del conglomerado indígena, que fue considerado trabajador y, por tanto, ciudadano, aunque a finales de esa centuria se extendiese de nuevo una cierta exclusión. Sin embargo, en la última década del siglo XX, la situación ha vuelto a cambiar. Desde que, en 1991, la nueva Constitución colombiana proclamase el carácter multicultural del Estado, otros muchos países, como Perú, Venezuela, Ecuador y Bolivia han seguido su senda. El caso de Bolivia es especialmente significativo pues, desde 2006, el presidente del gobierno es de ascendencia aymara, siendo el primer indígena que preside un país latinoamericano. Además, ese mismo año coincidió con la promulgación por la ONU de los Derechos de los Pueblos Indígenas, un verdadero hito para este colectivo durante tanto tiempo marginado. Nidia Catherine González analiza un caso muy singular de participación política en Colombia: el del movimiento indígena del proyecto Nasa del norte del Cauca, que busca la autonomía política indígena, y el del proceso constituyente de Mogotes, en el departamento del Santander. Dos iniciativas aisladas, que intentan implementar un modelo alternativo de democracia participativa, pues promueven la inclusión y la participación ciudadana frente al excluyente modelo estatal. Por su parte, Andrea Kramer, Ulrich Müller, Simón Ramírez Voltaire, Almut Schilling-Vacaflor y Bettina Schorr se centran en el examen de distintos casos de participación local también en Bolivia, desde la implantación de la descentralización del país. Los dos primeros tratan el caso del distrito indígena de Kaami, en el Chaco, mientras que el tercero estudia los casos del municipio de Tiquipaya, en el departamento de Cochabamba, y de un barrio de la populosa ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Este último destaca el contraste entre el peso político del movimiento indígena de Tiquipaya frente a la debilidad de los sindicatos indígenas en Santa Cruz. Los dos últimos autores analizan las cuatro organizaciones indígenas más importantes del país demostrando que, pese a que desde fuera se pueda ver como un movimiento unificado, en realidad no forman un bloque monolítico sino que existen tensiones y conflictos entre ellos. Peor aún es el caso de Ecuador donde, según el trabajo de Jonas Wolff, el movimiento indígena sufre un evidente retroceso por la división interna de sus líderes, acentuada deliberadamente por el propio gobierno. Coincide básicamente con lo que afirma Pablo Ospina Peralta, es decir, que el gobierno de Rafael Correa presenta algunas contradicciones pues, por un lado, aprobó en 2008 una constitución que declaraba al Estado como plurinacional, y por el otro, está permitiendo exclusiones de las organizaciones indígenas. Unas contradicciones en la conformación de lo público en las que los medios de comunicación están jugando un papel decisivo, como aclara Marcos Navas Alvear. Pese a este cúmulo de avances y retrocesos, en líneas generales se puede decir que los tradicionalmente excluidos, especialmente los grupos indígenas, son cada vez más visibles en la sociedad actual andina.  
      Varios trabajos analizan las difíciles relaciones y la cooperación, por un lado, entre los distintos Estados andinos, y por el otro, entre los propios grupos indígenas. Así, mientras Hartmut Sangmeister y Alexa Schönstedt insisten en el fracaso de la unificación de Latinoamérica desde los utópicos proyectos de Simón Bolívar, Theodor Rathgeber estudia detenidamente esta cooperación entre distintas organizaciones indígenas, que actualmente tienen la voluntad de hacerse notar en la toma de decisiones de toda la zona.  
      El volumen se cierra con dos interesantes aportes: uno de Thomas Bosshard sobre el impacto de la histórica escuela de Warisata en la actual Ley de Educación boliviana, aprobada durante el mandato de Evo Morales. Y otro de María Dabringer que diserta sobre la coexistencia en Ecuador de la gastronomía globalizada con la tradicional. En un mundo globalizado, donde las grandes cadenas de restaurantes internacionales se abren paso, también subsiste una cultura gastronómica andina que se reivindica como un factor identitario.
     En definitiva, los trabajos recogidos en esta obra constituyen un avance en el entendimiento de un espacio político diverso, singular y cambiante como es el andino. Tradición y globalización, occidentalismo e indigenismo, neoliberalismo y colectivismo son ingredientes que hacen especialmente singular a esta región, preñada de historia y con un presente y un futuro difícil pero a la vez muy esperanzador.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

(Reseña publicada en Iberoamericana, Nº 47. Berlín, 2012)                              

HERNANDO DE SOTO

HERNANDO DE SOTO

Mira Caballos, Esteban: Hernando de Soto. El conquistador de las Tres Américas. Barcarrota, Ayuntamiento y Fundación de los Pizarro, 2012.

      Natural de Carmona y doctor en Historia de América, Esteban Mira, que pasó a Extremadura como profesor de Bachillerato, tiene publicadas una veintena de obras y ha suscrito un centenar de biografías en el Diccionario Biográfico Español de la Academia de la Historia. Distinguen sus estudios tres características básicas: atención a las fuentes documentales, conocimiento de la bibliografía histórica clásica y reciente e independencia de criterio, lo que más de una vez le impulsa a contradecir tesis tradicionalmente aceptadas. Así lo demostró en trabajos como Hernán Cortés. El fin de una leyenda (2010) y lo confirma esta biografía del “Conquistador de las tres Américas”, según llama a Hernando de Soto.
     Aunque no ha podido tdeterminar el año (1500, aprox.), ni el lugar de su nacimiento (Jerez de los Caballeros, Badajoz o Barcarrota), así como otras lagunas de este “carismático individuo” (Max Weber), la personalidad de quien dejase la vida en las riberas del recién descubierto Mississippí se percibe a través de estas páginas, poco condescedientes con cualquier espíritu hagiográfico, extraordinariamente atractiva.
     Las obras de Fidalgo de Elvas (Expedición de Hernando de Soto a la Florida, Madrid, Espasa Calpe, 1965), el Inca Garcilaso de la Vega (La Florida del Inca, Madrid, FUE. 1982), Luis Villanueva (Hernando de Soto, Badajoz, Arqueros, 1929 ), Miguel Muñoz de San Pedro (El jerezano Hernando de Soto, Jerez, La Competidora, 1968) y M.C. Mena García (El oro de Darién. Entradas y cabalgadas en la conquista de Tierra Firme, Sevilla, Junta de Andalucía, 2011), son las referencias bibliográficas fundamentales del rico elenco que recoge el oportuno apéndice.
     Pasado al Nuevo Mundo con apenas quince años, Soto fue personaje sobresaliente en la conquista del Perú, junto a Pizarro, a quien criticará por el asesinato Atahualpa. Enriquecido con los tesoros incaicos (unos 38 millones de euros, se calcula), el temible guerrero invertirá toda su hacienda, buscando honra, pretigio y mayores ganancias en la empresa que a la postre le acarreará ruina y muerte: la conquista de la Florida y demás territorios norteamericanos, donde sólo encontrará poblaciones belicosas, escasos bienes de consumo y apenas oro, plata, perlas o piedras preciosas, que tan ansiosamente buscó a través de miles de kilómetros, llanuras infinitas y ríos interminables. Casi la mitad de sus huestes procedían de Extremadura.
     Pese a lo que no pocas veces dice, también Hernando de Soto, hombre de singular valentía y arrojo, se condujo según las crueles normas de la guerra: “Nunca cuestionó la legalidad de la conquista, como hicieron algunos religiosos, especialmente los dominicos, y además recurrió a tormentos, ejecuciones y mutilaciones cuando los juzgó necesarios, exactamente igual que los demás guerreros de su tiempo” (pág. 33), declara el historiador, no sin insistir en que a cada persona hay que juzgarla en el contexto que le tocó vivir.
     No dejan de sorprender ciertas inexactitudes de este riguroso investigador, que insiste en citar publicaciones de la Institución pacense “Juan de Valencia” (en vez de Pedro) o recuerda al estudioso extremeño Felipe (en vez de Vicente) Navarro del Castillo. Pequeños lunares en una obra tan densa como atractiva.

(Reseña publicada por el prof. Manuel Pecellín en el diario Hoy de Badajoz, 21 de septiembre de 2012)

WALTER BENJAMIN Y SU TESIS SOBRE LA HISTORIA

WALTER BENJAMIN Y SU TESIS SOBRE LA HISTORIA

BENJAMIN, Walter: Tesis sobre la Historia y otros fragmentos (introducción y traducción de Bolívar Echeverría). México, U.A.C.M., 2008, 119 pp., ISBN: 978-968-7943-95-4

    Hace unos meses cayó en mis manos este ejemplar, recientemente editado, que ha supuesto para mí un verdadero hallazgo. Es un libro delicioso, tanto por los textos de su autor, como por la excelente introducción del profesor Bolívar Echeverría, así como por su cuidada edición. Ello hace de su lectura un verdadero placer, pues aúna la excepcional capacidad intelectual de su autor con una de esas ediciones que gusta tocar, palpar, hojear…
    Como es bien sabido, Walter Benjamin, escritor y filósofo alemán de origen judío, estaba escribiendo esta obra cuando, tras ser acosado por los Nazis, se suicidó antes de ser apresado. La había comenzado a escribir en 1939 y, a su muerte, en 1940, con 48 años de edad, la dejó inconclusa. Dos años después, se editó por primera vez, pero con otro título: Sobre el concepto de Historia, basándose en varios borradores y en diversas anotaciones realizadas, mientras huía. Algunos de esos textos están escritos en hojas sueltas y hasta en los márgenes de las páginas de los periódicos que con frecuencia leía. Por tanto, hay que examinar la obra teniendo en cuenta estos condicionantes. Muchas ideas están sin desarrollar o a medio explicar por las dramáticas circunstancias que rodearon la vida de Benjamin en los últimos años de su vida y que le impidieron culminar su última obra. Sin embargo, la capacidad de Benjamin es tan excepcional que cada párrafo, cada frase, es un verdadero tesoro que provoca la reflexión y el sobresalto continuo en el lector.
    Básicamente, su autor trató de construir una estructura teórica, una nueva metodología a partir de la cual rescribir la Historia. Por supuesto se opuso al historicismo porque, a su juicio, empatizaba siempre con los vencedores. Esta corriente historiográfica, tan criticada por Benjamin, plantea el pasado como algo remoto, a diferencia del materialismo histórico que concibe un tiempo pleno, una imbricación entre tiempo-ahora, o entre pasado y presente. No es de extrañar que el autor plantee la posibilidad y hasta la necesidad de partir del presente para explicarse el pasado. De ahí que algunos historiadores actuales, entre ellos Eric Hobsbawm, afirmen que toda historia es necesariamente contemporánea. Y para Benjamin, el sumun del historicismo reaccionario se alcanza en la historia universal que, a su juicio, carece de cualquier armazón teórico y, por tanto, solo contiene una narración de hechos vacíos, sin valor alguno.
     Asimismo, recalca vehementemente que todos los bienes culturales actuales, no son otra cosa que el botín de guerra de los vencedores, pues deben su existencia no sólo a los genios que los idearon sino a la servidumbre anónima de sus contemporáneos. Todo vestigio cultural es a su vez un documento de la barbarie. Y efectivamente, si lo pensamos bien, todos los testimonios y legados culturales son, bien, obra directa de los vencedores, o bien, trofeos arrebatados a los vencidos.
Ahora bien, también critica abiertamente la metodología marxista de su tiempo, lo que probablemente le restó los apoyos necesarios para su propia supervivencia vital.  Y es que Walter Benjamin, como buen intelectual, se situó en todo momento frente al poder, se llamase éste fascismo o estalinismo, algo que le honra. Él pretendía introducir en el materialismo histórico una radical corrección mesiánica. Curiosamente, llega a comparar al capitalismo con el anticristo y al materialismo histórico con el Mesías, el mismo que, a su juicio, estaba a punto de redimir al mundo. Su prematura muerte impidió explicar bien cómo conseguiría aunar el materialismo histórico con el mesianismo judío para dar lugar a una nueva metodología que, utilizando sus propias palabras, diese eficiencia al discurso materialista y auspiciase una nueva revolución frente al capitalismo. Un sistema, este último, que a su juicio había entrado en su ocaso, con regímenes ultranacionalistas como el Nazi.
    Como buen revolucionario, Benjamin rechaza de plano la socialdemocracia porque estima que es un reducto de conformismo que impide la derrota de las clases dominantes. Por todo ello, cree que ha llegado la hora de la verdadera revolución, cuya base ideológica debía estar en una nueva metodología de la Historia, en una renovación del materialismo histórico, que pusiese al descubierto las miserias y mentiras de la clase dominante. Defiende, asimismo, que el sujeto de esta nueva historia no debe ser la humanidad entera sino sólo la clase subalterna. Para él, hacer historia implica necesariamente reconstruir el pasado nunca escrito de los eternamente vencidos.  Y en una de sus frases más lúcidas afirma que si esta nueva revolución no da un vuelco definitivo de la situación tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, un enemigo que no ha cesado de vencer.  
    El objetivo último de la revolución, de esa locomotora de la historia, como él la denomina, es, por un lado, el fin del progreso –origen de la catástrofe- y, por el otro, la consecución de una sociedad sin clases. Suena bien, aunque a muchos les pueda parecer utópico. Pero la utopía es lo único que nos queda a los que todavía soñamos con un mundo más justo.Obviamente, no se puede separar al personaje y a su pensamiento de sus circunstancias personales. Su origen judío y el tiempo de barbarie que le tocó vivir, especialmente durante la Alemania Nazi, están en el germen de toda su obra.
    En definitiva, pese a estar inacabada, esta Tesis sobre la Historia es una obra fundamental del pensamiento contemporáneo, útil para cualquier persona que quiera hacer Historia en el siglo XXI. Y es que Walter Benjamin, además de ser una persona comprometida socialmente, hasta el punto de dejarse en ello su propia vida, fue uno de los más brillantes pensadores del siglo pasado.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HERNÁN CORTÉS. EL FIN DE UNA LEYENDA

 

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés. El fin de una leyenda. Cáceres, Palacio de los Barrantes Cervantes, 2010, 589 pp.

       Escribir una nueva biografía de Hernán Cortés es una tarea difícil, principalmente por la cantidad de textos que se han escrito sobre él, en particular la última obra monumental de Juan Miralles. Lo que Mira Caballos propone, como innovación dentro del género es hacer una biografía heterodoxa, rompiendo con las líneas habituales de pensamiento: Yo pretendo desmitificar al conquistados, presentándolo no como un héroe no como un villano, sino como lo que realmente fue, es decir, como un hombre de su época (p. 11). El autor se centra en los períodos de su vida que han permanecido más oscuros, en particular aquéllos transcurridos en España. Adopta un formato, según sus palabras, lo más accesible posible, como un ensayo, renunciando a una parte del aparato crítico dentro del texto, aunque citándolo completo en la bibliografía. Sin embargo, a pesar de su deseo de escribir un texto ameno para un público amplio, muchos de los capítulos (por ejemplo los tres primeros o el capítulo V) discuten la bibliografía existente de forma muy detallista, como si hubieran sido pensados como un diálogo con especialistas.

        El trabajo muestra, como lo señala el autor en la introducción, un largo y minucioso trabajo de investigación en diferentes archivos y un gran manejo de las fuentes primarias. Poco más de la mitad de las páginas (323) se dedican a la biografía, mientras que el resto es información organizada de los compañeros de viajes de Cortés, algunas transcripciones de documentos, fotografías de fuentes, cronología y otros datos. La presentación de la obra (el papel, la edición) ha sido muy cuidada y es de gran calidad, incluyendo las fotos que se reproducen.

       El autor propone salir del esquema maniqueo que ha estado siempre rondando la historiografía cortesiana, que lo califica de héroe o de villano, insertándolo en lo que fue su tiempo, principalmente a partir del recurso de la comparación con otros conquistadores como Cristóbal Colón o Francisco Pizarro. La construcción que el autor hace del conquistador, sin embargo, no se limita al período histórico analizado sino que alude también a otros actores como algunos políticos actuales (Felipe González, Bill Clinton y Nicolás Sarkozy) o a conquistadores de tiempos anteriores (Alejandro Magno, Julio César), así como a los que podrían ser los contramodelos (Jesucristo, Gandhi, Luther King).

      En la práctica, el que parece haber sido el camino seguido por Mira Caballos para escapar al esquema maniqueo fue exponer sin censuras lo que él considera las virtudes y los defectos de Cortés, lo bueno y lo malo de su obra. El juicio del autor sobre el conquistador y su obra, sin embargo, está presente en muchas partes del libro, interfiriendo con su deseo de objetividad. Sobre este punto nos extenderemos en los siguientes párrafos.

      Uno de los argumentos clásicos de la leyenda rosa que a esta altura, desde mi punto de vista, resulta difícil de sostener, es el de la gesta de un grupo de valerosos españoles que pudieron conquistar prácticamente solos dos gigantescos imperios de guerreros, como el mexica o el incaico. El autor conoce muy bien la bibliografía y, de hecho, menciona el apoyo de los tlaxcaltecas, totalmente decisivos a la hora de inclinar la balanza de la guerra a su favor (p. 51). Sin embargo, el discurso que predomina en el texto es el de la admiración por ese puñado de valientes que logró dominar a Moctezuma a partir de su superioridad en armas y estrategias: si las diferencias técnicas eran abismales, no lo eran menos las tácticas, donde la ingenuidad de los amerindios se hacía más evidente. Los españoles estaban acostumbrados a luchar contra los árabes, los berberiscos, los turcos y los europeos, todos ellos con unas tácticas de combate muy desarrolladas (p. 182). De día o de noche los españoles eran infinitamente superiores y la derrota era inevitable (p. 201). El relato no logra articular el papel decisivo de los tlaxcaltecas con la supuesta superioridad española, que es la que predomina, ya que los indígenas aparecen muy desdibujados y pasivos en esta historia. El autor, podría decir, y de hecho lo advierte en su introducción que no es su objetivo reescribir la historia de la conquista, pero el relato de la acción de Cortés en ese momento sienta posición y se aleja de la pretendida objetividad histórica. Como le ocurre a muchos historiadores, el autor se ve envuelto en la vida de Cortés: es difícil escapar a la fascinación que ejercen algunos de estos protagonistas de la historia y eso no necesariamente tiene que ser un problema, salvo que se lo califique de objetividad y verdad.

        Resulta difícil sostener actualmente, a partir de los avances que hubo en la historiografía y en el análisis del discurso que la objetividad se logra, por ejemplo, exponiendo por igual los defectos y las virtudes de los actores históricos, entendiendo que la perspectiva del autor se puede neutralizar a partir de la exposición sin censura de lo que dicen los documentos como portadores de la verdad. Éste es el punto más débil de la obra. Por cierto, el autor puede tener una perspectiva diferente sobre el tema, pero creo que no se puede ignorar la discusión que hubo en las ciencias sociales aunque sea para sentar una posición contraria.

        Como síntesis se puede decir que los aportes sustanciales del libro se centran en los años vividos por Cortés en España, aporrtes que estimamos serán muy apreciados por los especialistas. El costado débil es el de la falta de integración de los debates recientes sobre el papel de los indígenas en la conquista (enunciados pero no incorporados al relato realmente) y la omisión de los debates acerca de la verdad histórica que encierran las fuentes, como si no fueran ellas mismas discursos.

 

RAQUEL GIL MONTERO (Instituto Superior de Estudios Sociales CONICET-Universidad Nacional de Tucumán, Argentina)

Reseña publicada en Iberoamericana Nºº 46. Berlín, 2012, pp. 261-262.