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Libros de Historia

LA DECADENCIA DE OCCIDENTE

LA DECADENCIA DE OCCIDENTE



Oswald Spengler: La decadencia de Occidente. Bosquejo de una morfología de la Historia Universal. Madrid, Espasa Calpe, 2002, (ed. original en Múnich, 1923), 2 vols., 748 pp., y 806 pp.

 

              Obra escrita durante la I Guerra Mundial y publicada poco después de acabada la contienda, fue un ingenioso intento de síntesis e interpretación filosófica de la historia universal, la cual, a su juicio, englobaba ocho grandes civilizaciones. La base de esas civilizaciones no era política, ni tan siquiera económica, sino cultural, en la que él cree encontrar el verdadero objeto histórico. Las influencias filosóficas del autor son variadas pero se notan muy especialmente las de Nietzsche, Goethe y Dilthey. Él reconoció explícitamente su deuda con los dos primeros, pero no tanto con el último.

El libro tuvo en su tiempo un éxito notabilísimo, editándose decenas de miles de ejemplares en varias ediciones que se vendieron una tras otra, en diversos idiomas. Pese a ello, en un trabajo tan ambicioso como éste, las críticas han sido muchas, aunque las podemos resumir en cuatro: primera, que presenta como propias muchas ideas que ya habían sido expuestas por otros autores con anterioridad. Segunda, que se fundamenta en una bibliografía de segundo orden, obviando obras maestras que eran perfectamente accesibles en su tiempo. Tercera, que introduce toda una plaga de imprecisiones en los datos, muchos de los cuales hierran en su cronología. Y cuarta, que establece comparaciones triviales o ingenuas en unos casos y, en otros, claramente equivocadas.

             A su juicio, todas las culturas tienen un ciclo vital, que pasa por su juventud, madurez y vejez. A través de la comparación con el devenir de otras civilizaciones que había acabado su ciclo a lo largo de la historia, se permite obtener conclusiones sobre lo que ocurrirá con la civilización de su tiempo, es decir, la occidental. Según Spengler, ésta se encontraba en su fase final, es decir en su vejez, decrepitud o decadencia –de ahí el título de la obra-. El imperialismo europeo de finales del siglo XIX y principios del XX era la evidencia clara de que se encontraba en sus postrimerías. En breve, la civilización del dinero daría pasó a otra dominada por el cesarismo. La fuerza bruta de las armas dominaría en un corto plazo a los tecnócratas y su dictadura del dinero y pondría en marcha un nuevo autoritarismo, dominado por la fuerza y la sangre. Todas las grandes culturas empeñadas en buscar la razón por encima de la acción, como la minoica o la bizantina, acabaron sucumbiendo. Y eso mismo vaticinaba que le ocurriría a Europa que, ensimismada en la búsqueda de la verdad y de la justicia, caería pronto en manos de otros para los que la acción estaba por encima de la razón. Sin embargo, su interpretación partía de supuestos erróneos, entre otras cosas porque parece obvio que el problema de la Europa de su tiempo no es que estuviese dominada por la razón sino al revés, por la sinrazón del imperialismo que provocó una carrera armamentística que terminó desembocando nada más y nada menos que en las dos mayores conflagraciones mundiales de la Historia.

             Oswald Spengler pretendió aportar una nueva visión de la historia, alternativa a la ofrecida medio siglo antes por Marx y Engels. Por eso fue muy bien acogida por todo un público no identificado con el socialismo. Ahora bien, mientras Karl Marx hizo una interpretación pionera y con una base científica incuestionable, la de Spengler carece de solidez y más bien parece un mosaico de retazos cuyas piezas no encajan. Como ha escrito Josep Fontana, su teoría sobre la decadencia de las civilizaciones, analizada con detenimiento, no aguanta la más mínima crítica y, por tanto, no resulta convincente ni creíble.

Es posible que los Nazis vieran con simpatía este libro que de alguna forma significaba una premonición, es decir, el asalto al poder que pronto ellos mismos protagonizarían. El Nacionalsocialismo se fundamentaba precisamente en la fuerza y en la acción, por lo que se parecían mucho al final cesarista que profetizaba Spengler. De hecho, el III Reich, liderado por Adolf Hitler, estuvo a punto de conseguir sus objetivos de expandir por gran parte de Europa un régimen racista, xenófobo y violento.

Occidente está actualmente en decadencia pero no porque se haya acabado el ciclo vital de su cultura sino porque el capitalismo sobre el que se sustenta está agonizando, fruto de sus propias contradicciones internas. Nada parecido a lo que dijo Oswald Spengler y sí a lo que predijo Marx. Ahora bien, en estos momentos se corre el peligro de que la cada vez más empobrecida clase media, permita de nuevo el advenimiento de los totalitarismos, como ocurrió en el período de Entreguerras. Habrá que estar alerta para que no termine sonando la flauta de las erróneas previsiones cesaristas planteadas por Oswald Spengler.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HERNANDO DE SOTO. EL CONQUISTADOR DE LAS TRES AMÉRICAS

HERNANDO DE SOTO. EL CONQUISTADOR DE LAS TRES AMÉRICAS

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernando de Soto. El conquistador de las tres Américas. Zafra, Excmo. Ayuntamiento de Barcarrota y Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2012, 127 pp.

 

Hernando de Soto fue el modelo mejor acabado de conquistador. Una persona extraordinariamente inquieta, lo que le empujaba continuamente a la acción. Estuvo en muy diversos escenarios, hasta el punto que pocos se pueden jactar de haber participado activamente en tantos escenarios diferentes: Panamá, Nicaragua, Perú y Norteamérica. Recorrió miles de kilómetros en una época en la que los medios de transportes eran extremadamente precarios. No sería demasiado aventurado decir que fue el conquistador que más distancias recorrió a lo largo y ancho de todo el continente americano, desde Norteamérica a Sudamérica.

Siempre destacó por su arrojo, por su valentía y, por qué no decirlo, por su crueldad. Sin estas cualidades no hubiese sido nunca el conquistador que fue. Se trataba de conquistar a sangre y fuego todo un continente y él así lo hizo. Se comportó simplemente como uno de los más eficientes conquistadores. En Castilla del Oro, Nicaragua y, sobre todo, Perú, se adaptó a todo tipo de situaciones. El clima del Perú era muy particular con extensas zonas desérticas o semidesérticas, con heladoras montañas y fértiles valles que salpicaban el territorio. Superar tan sólo las dificultades que el medio físico presentaba, equivalía a formar pequeños contingentes de hombres con gran movilidad que fuesen pasando rápido de un valle a otro, evitando las hambrunas entre las huestes.

Ese carácter inconformista e inquieto le costó caro, muy caro, tanto a él como a su mujer. Gonzalo Fernández de Oviedo, comparó muy agudamente el arrojo del barcarroteño que, como tantos otros, acabó en drama, frente a la capacidad de su socio Hernán Ponce que supo dejar las armas a tiempo y disfrutar de una vejez dulce. Sus palabras son muy significativas sobre dos talantes muy diferentes:

El capitán Hernán Ponce, que no llevó menos oro e plata a España que sus compañeros, me parece que él mejor que otros, ha entendido estas cosas de Indias; porque ido a Castilla, se casó con mujer rica e de buena casta e se heredó en Sevilla, donde vive muy honrado e a su placer y donde podrá emplear muy bien el tiempo e gozar de lo que tiene, sirviendo a Dios como caballero honrado. E con su persona ha alcanzado lo que Dios le ha dado, que es lo que he dicho, y en buena edad, para que con sus bienes temporales pueda granjear los de la vida eterna; pues no quiso, como otros embelesarse y buscar esos títulos de vana señoría…

 

Ambos regresaron riquísimos a Sevilla, pues se dice que traía cada uno más de 100.000 pesos de oro. Mientras Hernando de Soto lo invirtió prácticamente todo en su armada, su amigo Hernán Ponce, que en realidad no era un conquistador sino un hombre de negocios, decidió quedarse a vivir en Sevilla, disfrutando de su enorme fortuna y obteniendo una regiduría. Y es que el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, se refirió con ironía al mal fario de los adelantados de forma que ningún hombre en sus cabales procuraría tal título. Y no le faltaba razón, pues la mayoría de los adelantados y conquistadores tuvieron una muerte prematura y violenta mientras que otros acabaron totalmente arruinados, tras invertir en expediciones que terminaron en el más absoluto de los fracasos. Si el barcarroteño se hubiese comportado como su socio Hernán Ponce. Jamás hubiesen hablado de él los libros de historia. Vivió siempre en el filo de la navaja y tuvo una muerte dramática, acorde con su forma de vida.

El barcarroteño fue, pues, un hombre de su tiempo que se comportó de la manera que todos esperaban que se comportase. Fue leal a las personas que confiaron en él. Y por ello, en el contexto de su época, debemos valorarlo. Eso no impide que podamos juzgar e, incluso, denunciar ciertas formas de actuar del pasado, como el uso reincidente y recurrente de la guerra o la tolerancia con la esclavitud. Precisamente, si en algo puede contribuir la Historia a nuestra sociedad actual es en destapar los errores del pasado para intentar construir un mundo más justo y humano.

ORÍGENES DE LA ECONOMÍA DE PLANTACIÓN DE LA ESPAÑOLA

ORÍGENES DE LA ECONOMÍA DE PLANTACIÓN DE LA ESPAÑOLA

Genaro Rodríguez Morel: Orígenes de la economía de plantación de La Española. Santo Domingo, Editora Nacional, 2012. 371 páginas.
    
       Esta obra, galardonada con el Premio Nacional de Historia José Gabriel García, año 2011, que otorga el Estado de la República Dominicana, constituye la base de lo que fue en su día la tesis doctoral del autor, leída en la Universidad Jaume I de Castellón. Cubre un incomprensible vacío historiográfico, pues mientras otras áreas, como las islas Canarias, Cuba o Brasil, disponían de una abundante literatura sobre la industria del dulce, en el caso de Santo Domingo apenas si contábamos con varios estudios parciales de Mervin Ratekin, Justo L. del Río Moreno y del propio Rodríguez Morel. Y ello a pesar de que en esta isla se radicó la primera economía de plantación y la primera industria azucarera de todo el continente americano.
       La estructura es clásica, pues comienza con un prefacio, una presentación y una introducción, seguida de dos grandes bloques de contenido, el primero centrado en el apartado humano y estructurado en cuatro capítulos, y el segundo, dedicado estrictamente a la economía, al que se dedican otros tantos acápites. En su conjunto, detalla los orígenes de la economía de plantación en la Española en una doble vertiente: por un lado, analiza los grupos humanos implicados en el proceso, es decir, los dueños de ingenios, todos ellos pertenecientes a la élite blanca, los técnicos, la mayoría de origen canario o portugués, y la mano de obra, tanto india como negra. Y por el otro, se detalla el proceso productivo, desde la privatización de la tierra, a la siembra de la caña, la producción del dulce en trapiches e ingenios y su comercialización, tanto legal como a través del contrabando. Como es bien sabido, los trapiches eran movidos por tracción animal, mientras que los ingenios lo hacían con energía hidráulica, por lo que requerían una mayor inversión en infraestructura. Obviamente, los trapiches precedieron a los ingenios. A mediados del siglo XVI, la producción de la isla superaba las 100.000 arrobas anuales, incluyendo doce tipos de azúcares diferentes, fundamentalmente blanco, mascabado, quebrado y rosado.
        Dada la pronta desaparición de la población indígena, sobre todo a partir de la segunda década del siglo XVI, los esclavos negros fueron ocupando su puesto en los ingenios y plantaciones. Aunque en un primer momento los oficios más especializados los desempeñaban canarios o portugueses, no tardaron en dominarlos los propios herrados, que terminaron copando toda la cadena productiva, desde purgadores, a espumeros, refinadores y hasta maestros de azúcar. Aunque el dulce fuese de peor calidad, siempre resultaba más rentable a los dueños de ingenios que pagar a técnicos europeos. Las esclavas, en cambio, se dedicaban más a las tareas domésticas dentro del ingenio y de la plantación, aunque no faltaron algunas que se integraron en la cadena productiva del dulce. El precio de los esclavos fue siempre elevado, pero con el paso del tiempo se incrementó de manera prohibitiva lo que lastró las posibilidades económicas de los señores de ingenios que tenían que desembolsar grandes cantidades de numerario para conseguir mano de obra. Se estima que hacia 1546, los esclavos negros de la isla sumaban entre 12.000 y 15.000 efectivos. La mayoría eran Biáfaras o Manicongos, aunque también los había de otras muchas etnias africanas, como los Bran o los Zape. Y hasta tal punto era así que ya desde mediado del siglo XVI se puede decir, de acuerdo con el autor, que la isla era una colonia fundamentalmente negra y, unas décadas después, también mulata. Este conglomerado esclavo, jugó un papel determinante en la configuración de las relaciones sociales de la isla desde el mismo siglo XVI. Ante el miedo a las rebeliones, algunas tan sonadas como las de Sebastián Lemba o Diego de Guzmán, se incentivó el matrimonio entre esclavos, hasta el punto de ofrecerles, a cambio, su libertad. Curioso, pues en la Península, donde no había riesgo de alzamientos, ocurría justo lo contrario, es decir, sus dueños dificultaban los enlaces hasta donde podían, ya que además de la pérdida de valor de las esclavas desposadas, el matrimonio canónico les otorgaba en teoría ciertos privilegios contradictorios con su condición servil.
         La población blanca, al igual que la india, también entró en declive, aunque por motivos distintos. Así, mientras estos últimos desparecieron por las enfermedades y por su inadaptación al trabajo sistemático de una economía precapitalista, los españoles, fueron abandonando la isla, a medida que se descubrían nuevos territorios en Nueva España y el Perú. Y ello a pesar de los incentivos ofrecidos por la Corona para arraigar a sus pobladores dado que, a juicio del autor, se dirigieron a la élite y no a la gente común que era la más predispuesta a buscar nuevos horizontes.
        Una de las cuestiones más novedosas de este trabajo es el análisis de la siniestralidad laboral. Obviamente, no existía nada parecido a la prevención de riesgos laborales por lo que había frecuentes lesiones, sobre todo, rotura de huesos, llagas, pérdida de dedos y hernias. No menos interesante es el estudio del impacto medioambiental de las plantaciones, así como de los trapiches e ingenios. Ello provocó una hecatombe ecológica sin precedentes. A medio plazo se deforestó una isla que estaba formada por grandes bosques subtropicales, a la par que se fueron desecando humedales, hasta el punto que, a finales de la centuria, había graves dificultades para conseguir leña para las calderas y agua para mover los mecanismos hidráulicos. Este crecimiento insostenible provocó graves perjuicios al propio sector azucarero. En este sentido, esta obra contribuye a esa nueva corriente historiográfica que trata de reivindicar la naturaleza dentro de la historia.
        La industria azucarera dominicana siempre adoleció de varios problemas crónicos: primero, la dependencia de los capitales sevillanos, en su mayor parte de genoveses afincados en la capital del Guadalquivir. Y ello a pesar de las ayudas de hasta 6.000 pesos que la Corona concedía a aquellos que, desde 1520, quisiesen construir un ingenio, además de determinadas exenciones fiscales. Ello provocaba que las condiciones de producción y comercialización se impusieran desde la metrópolis, aunque los intereses no siempre coincidiesen con los de la élite local. Segundo, la competencia del azúcar procedente de otros lugares de América y de la propia España, en especial desde que se desarrolló la industria del dulce en Motril y en la costa levantina. Y tercero, el problema comercial, pues llegaban muy pocos barcos a la isla, y los que lo hacían vendían sus productos a precios muy altos y cobraban altos fletes por embarcar las mercancías de la tierra. Ello provocó un pujante contrabando, que hizo que, a finales del siglo XVI, gran parte del negocio de la isla se realizase al margen de la ley.   
       Se detectan en la obra pequeñas erratas y errores, sobre todo en los cuadros, pero que no alteran la línea argumental y que, por supuesto, no empañan su valía. Estamos ante una obra llamada a convertirse en un clásico de los estudios sobre plantación y producción de azúcar en el continente americano.

  ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL RECHAZO A LA CIVILIZACIÓN

EL RECHAZO A LA CIVILIZACIÓN

Miquel Izard: El rechazo a la civilización. Sobre quienes no se tragaron que las Indias fueron esa maravilla. Barcelona, Península, 2000, 219 páginas.

 

           Esta obra, publicada hace más de una década, supuso un antes y un después en los estudios americanistas españoles. Su autor, que vivió largos años en el exilio venezolano para retornar a Barcelona en 1975, plantea una historia alternativa sobre la Conquista de América, revisando críticamente la historiografía academicista. Esta etapa ha sido considerada durante años como sagrada e intocable, uno de los grandes iconos de la historia patria. Ésta entendía la Conquista como una hazaña de titanes dedicados a cristianizar a personas que vivían en un estado de barbarie. Sin embargo, Miquel Izard, tilda esta forma de entender la Conquista como providencial, machista, racista, franquista, españolista y reaccionaria. A mi juicio se ensaña excesivamente con los principales autores de la leyenda apologética, como Rafael García Casariego, Julián Juderías o Ramiro de Maeztu, por citar sólo algunos de los representantes de aquella corriente que el autor del libro llama apologética. Concretamente a Maeztu lo tilda de teológico, racista, providencial y etnocentrista entre otros calificativos. Y aunque, su visión de la España imperial, como un cúmulo de virtudes, se aleja bastante de la realidad, no deja de ser un producto más de su tiempo.

Ahora bien, no le falta razón sobre su visión alternativa de la Conquista. Aquella no fue exactamente idílica, como defendió –y defiende aún- la historiografía tradicional, sino una guerra cruel donde se cometieron todo tipo de atrocidades. Desde los tiempos de Colón, la conquista estuvo jalonada de matanzas periódicas, premeditadas y sistemáticas de indígenas. También de mutilaciones de miembros así como de ajusticiamientos públicos en la hoguera, todo con la idea de que disuadiesen posibles alzamientos. Bien es cierto que no se trataba de tácticas inventadas por los conquistadores, sino que tenían una larga tradición desde la antigüedad clásica.

Por todo ello, el autor aboga por acabar de una vez por todas con el eurocentrismo y escribir una verdadera historia de la Conquista, donde se destape todo el dramatismo de aquella guerra. Y para ello –afirma- un buen punto de partida sería superar la celebración jovial y festiva del Día de la Hispanidad –antigua Fiesta de la Raza-, pues obvia que el 12 de octubre de 1492 fue el punto de partida de un genocidio que acabo con la vida de millones de indios en todo el continente americano. En otro trabajo publicado en 1995, el propio Miquel Izard se preguntaba irónicamente si dentro de 450 años los alemanes cambiarán de parecer y, al igual que hace España con el descubrimiento y la conquista, celebrarán la efeméride del holocausto de los nazis sobre el pueblo judío.

En definitiva, esta obra, algo radical en los duros calificativos contra los historiadores de la escuela tradicional, supuso en su momento un punto de inflexión en la historiografía americanista española. Un verdadero hito revisionista que hay que atribuírselo al profesor Izard. Él inauguró una corriente que trata de ver la Conquista de una manera mucho más ajustada a la realidad. Una historia desgraciadamente muy truculenta y muy lejos de las hazañas y heroísmos que tradicionalmente nos enseñaron nuestros maestros.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL LADO OSCURO DEL HOMBRE

EL LADO OSCURO DEL HOMBRE

GHIGLIERI, Michael P.: El lado oscuro del hombre. Los orígenes de la violencia masculina. Barcelona, Tusquets Editores, 2005, 375 págs.
    
         Estamos ante una excelente obra que analiza el instinto humano, tratando de buscar respuestas a nuestro comportamiento agresivo. Reconozco que pocos libros me han impactado tanto como éste, por los paralelismos que establece entre el comportamiento  humano y el de los prosimios. Esencialmente Michael Ghiglieri trata de demostrar que nuestro  comportamiento depredador está mediatizado a partes iguales por la genética y por las condiciones sociales y ambientales. Muchos de nuestros instintos proceden de nuestro pasado prehistórico, que por cierto duró millones de años. Según explica de manera convincente el autor, compartimos con los chimpancés el 98,4 % de nuestro ADN nuclear. Unos mamíferos a los que el autor ha investigado durante décadas, llegando a la conclusión que muchos de nuestros comportamientos tienen en buena parte un origen genético, procedente de nuestro amplio pasado primate. Así, por ejemplo, la gula que exhiben muchas personas estaría condicionada genéticamente, pues los primates, al igual que los simios actuales, comían cuanto podían en las épocas de abundancia para sobrevivir en los largos períodos de carestía. Las conductas violentas también tendrían relación con el comportamiento vehemente, sexista y xenófobo de los simios. A su juicio, ahí se encuentran las raíces de nuestro comportamiento.
        Ello explicaría la omnipresencia de la violencia en el pasado y en el presente de la historia humana. De hecho, se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Y es que parece obvio que la guerra ha estado plenamente ligada a la historia de la humanidad y, sobre todo, de la civilización. Y por si fuera poco, el siglo pasado ha sido el más bárbaro de la Historia, la centuria de las guerras como la denominó acertadamente Nietzsche. Además, el genocidio adquirió un carácter más perfeccionado y refinadamente inhumano. Obviamente las masacres han sido más masivas y sanguinarias a medida que la ciencia ha ido poniendo en manos del hombre artilugios cada vez más letales. Y es que la guerra moderna evolucionó hacia lo que algunos han llamado la guerra total industrial que implicaba la utilización de avanzadas tecnologías para causar el mayor daño posible al oponente. Un caso extremo fue el de los Nazis que, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica, depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e, incluso, alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían, según ellos, ser exterminados. Y lo peor de todo es que no se trataba de la idea de un demente, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales.
        Pero desgraciadamente el genocidio Nazi, con ser el más conocido, no ha sido ni mucho menos el único. A la par que ellos cometían su particular genocidio en Europa, su alma gemela, que era el Japón de la II Guerra Mundial, estaba llevando a cabo su expansión genocida por el Pacífico. Pretendían alcanzar, de manera similar a los nazis, el espacio vital para la raza yamato. Ha habido decenas de casos más antes y después, con el agravante de que no han calado tanto en la opinión pública y, en algunos casos, no ha habido nada parecido a los juicios de Núremberg. Por ejemplo, el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, cuando ya se sabía que los japoneses estaban dispuestos a suscribir la paz. Primó el interés de los estadounidenses por comprobar si su nuevo artilugio era realmente letal. Por desgracia, fue todo un éxito. En el lado opuesto, el gobierno comunista de Pekín, desde su ocupación del Tíbet, en 1959, se estima que ha eliminado a más de tres millones de tibetanos. En Camboya los Jemeres Rojos, liderados por el comunista Pol Pot, aterrorizaron a parte de la población y ejecutaron al menos a 14.000 personas. Pese a que sus actos de genocidio fueron mundialmente conocidos, el cruel líder camboyano murió rodeado de los suyos y sin haber respondido ante la justicia.
         En definitiva, Ghiglieri trata de hacer comprensible el comportamiento humano desde nuestro pasado biológico y desde el contexto ambiental. Estos dos factores explicarían buena parte de nuestras actitudes violentas, tanto de carácter criminal como sexual. Los planteamientos del autor son muy convincentes y, en parte, consiguen que entendamos algunas de las actitudes violentas del ser humano. No obstante, Ghiglieri habla de un cierto determinismo genético y ambiental, reduciendo excesivamente nuestro margen de autonomía. Yo creo que no debemos hablar de determinantes sino sólo de condicionantes porque afortunadamente el ser humano siempre ha tenido y tiene un margen más o menos amplio de libertad. Ese espacio es el que utilizan la mayor parte de las personas para neutralizar sus posibles instintos animales y comportarse como seres humanos, es decir, humanitariamente. Por tanto, es posible que estemos condicionados por nuestro pasado animal, pero no determinados, y así lo demuestra la propia Historia, salpicada tanto de hechos violentos como de destellos de humanidad.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

NI UNA GOTA DE SANGRE IMPURA

NI UNA GOTA DE SANGRE IMPURA

STALLAERT, Christiane: Ni una gota de sangre impura. La España inquisitorial y la Alemania nazi cara a cara. Barcelona, Galaxia-Gutenberg, 2006, 537 págs.

 

La antropóloga belga Christiane Stallaert, siguiendo el camino iniciado unos años antes por el discutido historiador israelí Benzion Netanyahu, ha realizado un novedoso ensayo comparando la España Inquisitorial con la Alemania Nazi, sin importarle el tiempo que media entre ambos acontecimientos. La autora se mueve dentro del comparativismo constructivo que está proporcionando en las últimas décadas grandes frutos. Ya Marcel Detienne nos habló de la necesidad de comparar lo incomparable, sin miedos, porque se podrán obtener de esta forma puntos de vistas interesantes y novedosas interpretaciones. Y efectivamente, este enlace ente pasado y presente lo han llevado a cabo ya numerosos historiadores con sorprendentes y enjundiosos resultados. Por citar algunos ejemplos, Eduardo Galeano comparó el saqueo de los conquistadores con el de los tecnócratas actuales, mientras que Bartolomé Clavero estableció paralelismos entre la destrucción de las Indias en la Conquista con la contemporánea destrucción del Mayab. Este último ha insistido en la perpetuación a lo largo de los siglos, como un fenómeno de larga duración, de la discriminación de los indígenas, que llega a nuestros días, en medio de la apatía y de la pasividad de la mayoría. 

La apuesta de la autora era arriesgada y, de hecho, ha recibido grandes críticas de algunos sectores de la historiografía hispana por entender que la simple comparación era inadmisible y hasta ofensiva. Sin embargo, una lectura sosegada de la obra, nos desvela los grandes frutos que puede ofrecernos la comparación histórica, aunque se trate de acontecimientos tan distantes en el tiempo. Los puentes que establece entre ellos nos ayudan a comprender que, a fin de cuentas,  los intransigentes, los narcisistas y hasta los genocidas comparten aspectos en común, aunque entre ellos medien siglos y hasta milenios. 

Es cierto que hubo diferencias de peso entre ambas realidades históricas, tanto cuantitativas como cualitativas. El genocidio nazi fue la forma más brutal de exterminio del diferente que haya ocurrido en la Historia. De hecho, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos –cinco millones más se salvaron porque les faltó tiempo-, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e incluso alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían ser exterminados. Y obviamente no se trataba de la idea de un demente, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales. En cambio, el objetivo último de la España inquisitorial no era eliminar sino incluir, es decir, integrar a las minorías dentro del más estricto casticismo católico. Asimismo, los españoles se movían más por un afán de unidad religiosa que no por un racismo biológico. El propio Felipe II lo decía con una claridad meridiana: prefiero no reinar a reinar sobre herejes.

Ahora bien, una vez enfatizadas las grandes diferencias entre ambas realidades históricas, conviene reconocer, de acuerdo con la autora, que también hubo aspectos en común. De hecho, ambos fenómenos compartieron una verdadera obsesión enfermiza por eliminar la diversidad –religiosa en un caso y étnica en el otro- y por lograr la más absoluta cohesión social. ¿Hubo racismo en la España Moderna? Los estatutos de pureza de sangre no dejan lugar a la duda. Estos mecanismos llevaban implícitas unas obvias connotaciones racistas –o si se prefiere, protorracistas- , aunque el concepto no tenga el mismo contenido que en la actualidad. Además, aunque no fuera su objetivo inicial, el casticismo español terminó provocando dramáticas exclusiones que terminaron con la expulsión de unos 100.000 judíos y cerca de 300.000 moriscos considerados irreductibles, así como con la destrucción del mundo indígena americano. Además, no podemos cuantificar el silencio y la discriminación que sufrieron miles de personas atemorizadas por el Santo Oficio. Todo ello inspirado, según Stallaert, no tanto en el odio al otro como en un enfermizo sentimiento narcisista de amor a sí mismo.  

 Como podemos observar, no sólo la Alemania nazi dejó víctimas en el camino. Y lo peor de todo, los nazis no consiguieron cumplir su objetivo de limpieza étnica, pero el casticismo español sí, logrando la unidad religiosa del imperio. Como muy bien afirma la autora, actualmente lloramos el genocidio perpetrado contra el pueblo judío, pero ¿quién se acuerda de los moriscos? Nadie; se trata de otra memoria escamoteada, como consecuencia del triunfo del casticismo. 

La obra de Christiane Stallaert me parece excelente porque busca nuevos cauces interpretativos, mediante una metodología novedosa. Probablemente no sea casualidad que los mejores trabajos sobre la Inquisición y sobre el casticismo español estén realizados por autores extranjeros, lejos de los condicionamientos de los historiadores españoles. Pero creo que ya es hora de perder el miedo al pasado; la historia fue la que fue y de eso no es responsable nadie. De lo que se trata es de conocer la verdad histórica, por amarga que ésta sea, y a partir de ahí intentar construir un futuro mejor.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL RÉGIMEN JURÍDICO DE LAS ARMADAS DE LA CARRERA DE INDIAS

EL RÉGIMEN JURÍDICO DE LAS ARMADAS DE LA CARRERA DE INDIAS



CABALLERO JUÁREZ, José Antonio: El régimen jurídico de las armadas de la Carrera de Indias. Siglos XVI y XVII. México, U.N.A.M., 1997, 387 pp. (Publicado en Historia Latinoamericana en Europa Nº 24. Torino, 1999, pp. 40-43)

 

            Esta obra, publicada por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, contribuye brillantemente al conocimiento de las Armadas y Flotas de Indias en la Edad Moderna.

            La principal virtud del trabajo es que auna las labores de síntesis sin descuidar la investigación. Así, por un lado, el autor ha compendiado la extensa bibliografía existente sobre la temática que abarca desde las clásicas obras de Clarence H. Haring o Guillermo Céspedes del Castillo hasta las más recientes de Pablo E. Pérez Mallaína, José Luis Rubio, Antonio García-Baquero y Antonio Miguel Bernal entre algunos otros. Sin embargo, por otro lado, ha cotejado esas informaciones con una revisión documental llevada a cabo en varios repositorios españoles, a saber: el Archivo General de Indias, el Archivo del Museo Naval de Madrid, la Biblioteca Nacional y la Biblioteca del Palacio Real.

           El libro se estructura en seis capítulos, más un apartado de fuentes y dos anexos. El primer capítulo lo titula: Génesis y desarrollo del sistema, el cual hace las veces de introducción y síntesis global de lo que desarrollará con detenimiento en el resto del ensayo. Así, pues, en este apartado se traza un bosquejo que abarca desde el mismo Descubrimiento de América, hasta el sistema naval en tiempos de Carlos II. Llama la atención, en un trabajo tan exhaustivo, que en un epígrafe dedicado a la Casa de la Contratación no cite la conocida obra que la investigadora Juana Gil-Bermejo dedicó a la mencionada institución.

           El segundo capítulo analiza las más altas instituciones competentes en la gestión y provisión de las Armadas de Indias. Describe con detalle las competencias propias del rey y las que éste delegaba en el Consejo de Indias, la Casa de la Contratación y la Junta de Guerra de Indias. Como bien afirma el autor, el rey era la cabeza de toda la jerarquía estatal, y sólo él decidía los poderes que delegaba y a qué organismos.

           Seguidamente, en el tercer capítulo, el autor indaga en los mandos de las armadas que eran los siguientes: el capitán general, el almirante, el gobernador del tercio, los capitanes, el veedor y el contador. El capitán general era, como es obvio, la máxima autoridad de la armada, siendo el rey el único que podía investirlo. En cuanto al lugarteniente, era un oficio que apareció en la segunda mitad del quinientos, configurándose desde entonces como el segundo mando de a bordo. Inicialmente era la Casa de la Contratación la que lo designaba por delegación real pero, a partir de 1561, fue el mismo monarca quien expedía el nombramiento. Por su parte, el gobernador del tercio se encargaba de coordinar las tropas de infantería que se encontraban embarcadas. En relación al capitán debemos decir que frecuentemente solía ser el dueño o propietario del navío. Asimismo, solía desempeñar a la vez el cargo de maestre. El capitán tenía la máxima responsabilidad dentro del buque y respondía directamente ante el capitán general. Y finalmente, el veedor y el contador eran dos oficiales cuyo trabajo no estaba tan directamente relacionado con la actividad de la Armada. En realidad, su función estaba dirigidas a salvaguardar los intereses reales; el primero, velando por el cumplimiento de la normativa vigente; y el segundo, registrando cualquier operación que afectara a los fondos, bienes, derechos y obligaciones de la armada, así como de hacer las libranzas que fueran necesarias.

           En el capítulo cuarto, se traza un detenido estudio, por un lado, de la tipología y pertrecho de los navíos, y por el otro, de la tripulación. Realmente, se trata de un capítulo muy extenso -unas setenta y cinco páginas- donde se afrontan dos cuestiones muy distintas. Quizás hubiera sido más correcto haber dedicado el capítulo cuarto al estudio de la tripulación, siguiendo al tercero en el que se trataron los mandos de las armadas, y haber dejado la tipología naval para otro capítulo independiente. Así, pues, en esta densa sección se tratan los distintos tipos de embarcación utilizadas, es decir, naos, galeones, carabelas, carracas y pataches fundamentalmente. Además, no sólo es descrita la tipología sino que además se describe todo el proceso que va desde la fabricación hasta su precio o su puesta a punto. El apresto de una nave consistía no sólo en dotarla de todos los petrechos y jarcia necesaria para su buena navegación sino también en mantenerla en buen estado. Si necesitaba una reparación a fondo se carenaba, mientras que si tan sólo hacía falta un repaso superficial se daba de lado, según la terminología de la época. Como ya hemos afirmado, en este mismo capítulo se hace un detallado examen de todo lo relacionado con la tripulación, es decir, alistamiento, salario, servicios que prestaba y privilegios. El capítulo termina con una breve narración de la vida y la muerte a bordo del navío.

          El capítulo quinto, está dedicado íntegramente a los aspectos relacionados con la navegación, a saber: los puertos -tanto peninsulares como indianos-, las derrotas, el calendario de actuación, el orden del convoy y las funciones de las distintas armadas indianas.

          Y finalmente, en el sexto capítulo -más reducido que los anteriores- se analiza la financiación de las armadas. Una especial atención se presta al estudio de la avería, impuesto esporádico de viejos orígenes castellanos que gravaba con un porcentaje las mercancías que iban o venían de las Indias a los puertos andaluces. Como han escrito recientemente las profesoras del Vas Mingo y Navarro Azcue, su fin último era reducir el riesgo del transporte marítimo contra peligros no cubiertos por los seguros marítimos ordinarios.

          El libro se cierra con varios apéndices documentales, donde destaca una relación bastante completa de los distintos viajes de las armadas de Indias entre 1521 y 1599. En esta relación se especifica la fecha, el tipo de armada, el nombre de su general o almirante, así como algunas observaciones esporádicas.

          Creo que el libro de Juan Antonio Caballero constituye un aporte fundamental para la historia naval de España y América. Un tema difícil porque cubre nada menos que dos siglos de navegación ultramarina, con dos grandes escollos a salvar: las lagunas existentes -que han sido solventadas con una investigación propia- y la abundantísima bibliografía que el autor ha sabido sintentizar.

           Pocas son, por tanto, las críticas que se pueden hacer a esta obra. Tan sólo queremos mencionar alguna ausencia bibliográfica y documental. En cuanto a lo primero, debemos señalar que no aparecen algunos trabajos clásicos y a la par fundamentales de Rumeu de Armas, Carlos Martínez Campos y Ricardo Cerezo Martínez. Asimismo, cuando se refiere a los navíos de aviso omite algunas publicaciones monográficas de la investigadora Antonia Heredia. Y en lo que se refiere a la documentación se percibe la ausencia del Archivo General de Simancas, que posee un material relativamente abundante para este tema de investigación en las secciones de Secretaría de Estado, Guerra y Marina y Consejo y Juntas de Hacienda. A pesar de estas pequeñas observaciones, podemos concluir que estamos ante un libro bien escrito y a la vez sólido, recomendable no sólo para los investigadores de los temas navales sino para cualquier interesado en la temática histórica.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

HAY ALTERNATIVAS. PROPUESTAS PARA CREAR EMPLEO Y BIENESTAR SOCIAL EN ESPAÑA

NAVARRO, Vicenç, Juan TORRES LÓPEZ y Alberto GARZÓN ESPINOSA: Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España. Madrid, Ediciones Sequitur, 2011, 225 pp.

    En esta magnífica y clarividente obra se nos presenta un estudio muy completo sobre el origen de la crisis, el fracaso de las medidas neoliberales de austeridad y las posibles alternativas. Los autores son tres economistas que se mueven en una línea de pensamiento alternativo, muy cercana a las reivindicaciones del Movimiento 15M. No obstante, huelga decir que no cuestionan el capitalismo como modelo global, sino que buscan su mejoramiento, situándose en el polo opuesto de las tesis neoliberales y defendiendo una fuerte intervención estatal.
    En el prólogo, Noam Chomsky comienza hablando de la tendencia mundial a la  polarización social. Es decir, hay una minoría que está concentrando la riqueza y el poder mientras que el grueso de la población se empobrece. Una realidad que, si ningún cambio radical lo impide, se irá acentuando progresivamente en las próximas décadas.
    El detonante de la crisis fue la crisis financiera iniciada en 2008 por la banca estadounidense, que no tardó en extenderse a todo el mundo. Ello provocó, a su vez, el cierre del grifo del crédito, con la consiguiente caída de la actividad económica, lo que  redujo drásticamente la recaudación estatal y multiplicó el déficit. En el caso particular de España, todo esto se ha visto agravado por unas condiciones particulares, como el endeudamiento previo del Estado y de las familias, así como la burbuja inmobiliaria. La coincidencia de la crisis financiera mundial, con los problemas intrínsecos del país, le ha colocado al borde del abismo. Lo que algunos han denominado terrorismo financiero de los mercados, amenaza con arruinar a España y repartirse sus despojos. La Unión Europea se tambalea.   
    Ante esta situación, la respuesta de los países desarrollados, sometidos a la dictadura de los mercados, ha sido emprender una política de ajustes económicos, consistentes básicamente en la reducción de los salarios públicos y privados y en una disminución considerable del gasto social. Lo cual está provocando, a corto plazo, un aumento de la tasa de población que vive en el umbral de la pobreza y una reducción del poder adquisitivo de las clases medias. De hecho, los autores aportan un dato demoledor: 1.400 personas en España acaparan el 80,5% del PIB nacional. Es decir, el 0,0034% de la población acumulan más de cuatro quintas partes de la riqueza. Y lo peor de todo, es que las recetas neoliberales sólo van a conseguir acentuar aún más esta brecha social. La competitividad no aumentará bajando los salarios. De hecho, en España son más bajos que en los países ricos de la Unión Europea y no por ello el país es más competitivo. Es posible mejorar la competencia bajando precios de venta y no los salarios.
      A nivel mundial, la situación es aún más catastrófica, hay 2.400 millones de personas por debajo del umbral de la pobreza, y la cifra tiende a aumentar por el descenso acusado de la ayuda de los países desarrollados al llamado Tercer Mundo.
      El objetivo final de este libro es demostrar que hay alternativas mucho más justas y eficientes para salir de la crisis. De hecho, citan a grandes economistas, como Joseph Stiglitz o Paul Krugman, que se oponen a los planes de austeridad porque, según ellos, no harán otra cosa que prolongar durante años la recesión económica, agravando los padecimientos de la clase trabajadora.
       Como alternativa a la política económica neoliberal, los autores presentan más de un centenar de propuestas de toda índole, unas aplicables a España y otras al mundo. En ellas se reivindica desde una democracia participativa a una redistribución de la riqueza a nivel mundial y una economía al servicio de las personas y no de los poderes fácticos. Nosotros hemos agrupado algunas de ellas en cinco grandes bloques, que a mi juicio son las más importantes:
     Una, el fortalecimiento del mercado interno, mejorando el poder adquisitivo de los trabajadores. Se trata justo de lo contrario que se está haciendo, es decir, de estimular moderadamente la economía, evitando las políticas radicales de austeridad, aplicadas por el gobierno actual, que están agudizando la crisis y provocando el aumento del paro.
     Dos, el desarrollo de nuevos sistemas productivos, alternativos al inmobiliario, invirtiendo en energías alternativas, innovación, nuevas tecnologías, cultura, ocio, creación, reciclaje, ecología, agricultura, servicios sociales… En definitiva, un cambio radical del modelo productivo.
     Tres, la reforma del sistema bancario, que a juicio de los autores, se ha demostrado poco fiable. Debe crearse una banca más ética, vigilada de cerca por los organismos internacionales, y en la que se depuren las responsabilidades cada vez que se produzcan abusos. También proponen nacionalizar las Cajas de Ahorros.
      Cuatro, financiar suficientemente el sector público. El problema de España no es el funcionariado que, desde un punto de vista cuantitativo, es inferior al de otros países de nuestro entorno. Así, mientras en España solo el 9% de los trabajadores son funcionarios, en los países más desarrollados de Europa superan el 20%. Las cifras ponen al descubierto el mito de que España es un país de funcionarios.
      Y cinco, atajar la economía sumergida, que supone casi la cuarta parte del P.I.B. y que no contribuye al desarrollo del estado del bienestar.
       El libro tiene un enorme valor, pues pone al descubierto, con datos objetivos, las grandes mentiras del neoliberalismo, y además plantea soluciones concretas con las que mejorar la situación de España y del mundo. Sin embargo, pese a lo que pueda parecer, se trata de medidas que sólo buscan reformar el capitalismo. A mi juicio, ya puestos a soñar, habría que dar un paso más allá y crear un nuevo sistema que no se base en la acumulación de riqueza, en el capital y en la libre competencia. De hecho, el nuevo capitalismo que plantean los autores de este libro, presenta dos graves deficiencias:
      Primera, pretende aumentar el nivel de renta de la población, incrementando el consumo y de paso favoreciendo el crecimiento. Pero, precisamente el consumo y el crecimiento insostenible son dos de las lacras más importantes de nuestro tiempo. No podemos seguir consumiendo en los niveles actuales.
      Y segunda, prácticamente omiten el problema del agotamiento de las energías fósiles lo que provocará un aumento generalizado del precio de los alimentos. Todo ello nos llevará, en pocas décadas, como vaticinó Ramón Fernández Durán, a un colapso del capitalismo con dramáticas consecuencias para la humanidad.
      Por ello, a mi juicio, no basta con reformar el capitalismo sino que urge plantear un nuevo sistema que parta de una revolución ética, y que auspicie la austeridad como forma de vida, el consumo responsable de los recursos del planeta, el respeto por el medio ambiente y la redistribución global y local de la riqueza. Sólo así podremos sentar las bases de un mundo mejor para todos, compatible con el entorno en el que vivimos.


ESTEBAN MIRA CABALLOS