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Libros de Historia

HERNÁN CORTÉS. EL FIN DE UNA LEYENDA

HERNÁN CORTÉS. EL FIN DE UNA LEYENDA

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés, el fin de una leyenda. Trujillo, Editorial Palacio de los Barrantes Cervantes, 2010, en Revista de Estudios Históricos, del Instituto Chileno de Investigaciones Genealógicas, Nº 53. Santiago de Chile, 2011, pp. 361-363.

El autor, Esteban Mira Caballos, de nacionalidad española, natural de Carmona, es actualmente profesor de historia. Se licenció en 1990 en Geografía e Historia en la Universidad de Sevilla, doctorándose en Historia de América en la misma universidad en 1995.

Se ha especializado en el estudio de las relaciones entre España y América en el siglo XVI, teniendo 16 libros publicados y 30 ponencias en congresos españoles e internacionales. Asimismo, alrededor de 60 artículos suyos han sido dados a conocer en revistas relacionadas con la historia, tanto españolas como extranjeras. Actualmente, ayuda a la Academia de la Historia de España en la preparación de biografías para el Diccionario Biográfico Español, como asimismo, a la Academia Dominicana de la Historia, de la cual es miembro correspondiente, en la elaboración de una Historia General de la Nación Dominicana.

En el libro que comentamos, dividido en 11 capítulos, conclusión, bibliografía y apéndices, se analiza con detención la figura y obra de Hernán Cortés a la luz de archivos españoles y americanos consultados por el autor. La personalidad de Cortés, sus ancestros, su familia, su religiosidad, su relación con la corona española y con sus representantes en América, su vida y obra en Méjico, particularmente la conquista del imperio azteca, sus iniciativas posteriores, el regreso a España y muerte, son entre otros temas tratados de forma acuciosa por el autor.

Asimismo, se incluyen numerosos documentos como los ingresos anuales de Martín Cortés (padre del conquistador de Méjico) a principios del siglo XVI que demuestran que en ningún caso se trataba de una persona carente de recursos, de procedencia geográfica de los hombre de Cortés, la relación detallada de los componentes identificados de la expedición de Cortés, numerosas cartas dirigidas por Cortés al Emperador y al Consejo de Indias, varios relativos a la condición de hidalgos de la familia Cortés y la genealogía de Catalina Pizarro Altamirano, madre del conquistador.

En todo caso, lo que de preferencia nos interesa está tratado en los capítulos IV, “su familia en la Extremadura bajomedieval”, y V, “nacimiento, infancia y juventud”, donde se analizan los antecedentes familiares de Cortés y sus antepasados, la posición social y económica de su familia en la entonces Castilla de fines del siglo XV y la primera mitad del siglo XVI y que nos permite tener un conocimiento más preciso del entorno familiar del conquistador de Méjico. Asimismo, resulta de interés para Chile por la posible relación familiar que pudiese existir entre el conquistador de Méjico y Pedro Cortés Monroy quien llegó a Chile, como soldado, en 1557 y culminó su carrera militar como Maestre de Campo General del Ejército de Chile, constituyéndose en uno de los conquistadores más notables que llegaron a nuestro país, tronco de viejos linajes serenenses y genearca de la sociedad chilena.

Esteban Mira Caballos en su obra sobre Cortés, desautoriza a diversos investigadores que hacen descender a su familia de un abuelo paterno Monroy casado con una María Cortés, la cual nunca habría existido; como de otros que le asignaron por varonía paterna la de Rodríguez de las Varillas. Según sus investigaciones, el más remoto antepasado conocido de Cortés por línea de varón es su bisabuelo Nuño Cortés, vecino del Reino de León, al parecer residente en Salamanca y a quien cataloga como “probablemente hidalgo”. Hijo suyo y por consiguiente, abuelo de Hernán Cortés fue Martín Cortés el viejo, quien debe haber nacido en Salamanca, quien hacia 1431 participó en incursiones sobre la vega de Granada, tomando parte en la batalla de Higueruela el 1 de julio de ese año, oportunidad que vencieron las tropas comandadas por Juan II de Castilla, quien dos días después, el 3 de julio, armó al abuelo de Cortés, Caballero de la Espuela Dorada. Con posterioridad residió en Medellín donde tenía su casa solariega y en Don Benito donde tenía las tierras, las que le habrían sido otorgadas por sus servicios militares.

Según el autor, de las tres formas de caballería que había en Castilla la Espuela Dorada era la superior y solo se otorgaba a los hidalgos, motivo que probaría que Martín Cortés el viejo había nacido bajo esa condición de nobleza media, superior al hidalgo pero inferior a la nobleza titulada. El Caballero de la Espuela Dorada estaba obligado a mantener armas y caballos para salir en defensa de su rey. Precisamente este hecho constituyó un problema, según Mira Caballos, para los hijos y nietos de Martín Cortés, por haberse diluido el patrimonio familiar, tanto por lo numerosa de su descendencia como por la pobreza general que experimentó en esa época la comarca de Medellín, lo que provocó que muchas veces sus descendientes no pudiesen hacer frente a las obligaciones que implicaba pertenecer al estamento de los caballeros como concurrir con armas y caballos propios en los hechos de armas. Al no poder hacerlo, los descendientes de Martín Cortés el viejo, en numerosas ocasiones, incluso en el siglo XVII, tuvieron que solicitar en el concejo de Medellín y de Don Benito que no los eliminasen del padrón de hidalgos. Por esta circunstancia el padre del conquistador de Méjico habría tomado parte en la conquista de Granada como simple soldado de infantería, lo que sin embargo no implicaba que fuera pobre sino que carente de medios, según el autor, ya que contaba con varias propiedades agrícolas en el lugar de su residencia, además de casas en Medellín y en Don Benito pero que sin embargo en determinados períodos de su existencia no le permitieron mantenerse de acuerdo a su condición social.

Para Mira Caballos, Martín Cortés el viejo se habría casado con una Monroy a la que cataloga como una familia de abolengo, teniendo el matrimonio seis hijos, cuatro hombres y dos mujeres, además de por lo menos una hija nacida fuera del matrimonio. El mayor fue Hernán Cortés de Monroy, quien reclamó para si el privilegio de caballería. El segundo, Juan Cortés de Monroy, padre de Francisco Cortés, natural de Don Benito y activo en Méjico en 1518. El tercero se llamó Alonso quien, en 1500, era vecino de Don Benito, casado y con al menos dos hijas, y el cuarto fue Martín Cortés de Monroy, padre del conquistador, nacido alrededor de 1449, casado con Catalina Pizarro Altamirano, de antiguas familias hidalgas de Trujillo, siendo Hernán Cortés al parecer el único hijo hombre. Desafortunadamente, las mujeres no las menciona salvo la media hermana de su padre Inés Gómez de Paz, casada con Francisco Núñez Varela, profesor universitario en Salamanca, en cuya casa vivió el conquistador cuando asistió a esa universidad.

En lo que respecta al interés para nuestro país de esta obra, cabe señalar que al tratar el parentesco de los Cortés con los Monroy menciona que dispone de la partida de bautismo de Pedro Cortés de Monroy, celebrado en la parroquia de la Zarza de Alange el 15 de abril de 1536, “hijo de Juan Regas, natural de la Zarza y María Mateos y Cortés de Monroy, natural de Medellín”, lo que expresa que debe haber sido hija de una hermana de Martín Cortés de Monroy y por consiguiente, prima hermana del conquistador de México, el cual no es otro que nuestro conocido conquistador llegado a Chile en 1557 y quien según ello, sería sobrino en segundo grado de Hernán Cortés.

De acuerdo a esos antecedentes, Cortés de Monroy, conquistador en Chile tendría un posible origen hidalgo y no de pechero, condición que siempre se le ha otorgado y que además, fue refrendada por el Consejo de Órdenes cuando su segundo hijo solicitó el hábito de Santiago y dicho Consejo dictaminó que el solicitante era nieto de hombre llano y pechero llamado Juan Borregas, que es el mismo Juan Regas antes indicado. Asimismo, llama la atención que la descendencia de Pedro Cortés de Monroy jamás invocara su parentesco con Hernán Cortés, el conquistador de Méjico. Esperamos, en todo caso, que este probable parentesco origine a nuevos estudios sobre el tema.

 

Manuel José Ureta Álamos

Miembro de Número

Instituto Chileno de Investigaciones Genealógicas.

EL PERIPLO DE LA RAZÓN

MANZANERA SALAVERT, Miguel: El periplo de la razón. El racionalismo musulmán en la Edad Media. Sevilla, Fénix Editora, 2011. ISBN: 978-84-939261-4-4, 263 pp.

            Este libro aborda uno de los grandes mitos de la historia: la creencia generalizada de que el pensamiento racional tiene su origen en el mundo grecolatino, sin conexión alguna con las grandes civilizaciones medievales. El Renacimiento, uno de los grandes hitos de la Historia –eso es indudable- se nos presenta como un renacer de la sabiduría clásica, olvidada durante la oscura época medieval. En esta premisa falsa, se sustenta todo el pensamiento eurocentrista y la supuesta superioridad indoeuropea.

            A mí siempre me pareció sospechosamente falsa la idea de que el Renacimiento saltara diez siglos atrás para beber directamente de las fuentes antiguas. Realmente, lo que hizo fue tomarla de la sabiduría islámica y judía que habían mantenido vivo durante siglos el racionalismo. Como afirma el autor del libro, la gran revolución científica del Renacimiento no se puede explicar sin las aportaciones de la ciencia islámica, especialmente entre los siglos VII y XII de nuestra era.

            Sin embargo, la exclusión de la ciencia islámica y judía de los orígenes del racionalismo occidental no fue casual, sino que supuso un intento –logrado por cierto- de falsear conscientemente la Historia para fundamentar la superioridad de Occidente. Ese ha sido uno de los pilares del llamado choque de civilizaciones, utilizando los términos de Samuel P. Huntington.      

            El gran merito de la obra del profesor Manzanera consiste en haber demostrado, con un análisis minucioso, que la conexión entre el racionalismo renacentista y el antiguo se hizo a través de la sabiduría judía y, sobre todo, islámica. De esta forma, se le otorga la importancia vital que tuvo el islam y, muy particularmente, la brillante civilización de Al-Andalus, en la configuración del racionalismo moderno y contemporáneo.  

            La dialéctica, es decir, el diálogo entre distintos puntos de vista, surgió en la Grecia clásica, donde además se desarrollaron avances científicos en áreas como la lógica, la política, la metafísica, la ética o la biología. Todos estos conocimientos, junto a la razón misma, se extendieron durante la época helenística, cuando Alejandro Magno creó un efímero imperio que se extendía desde Egipto al río Indo. Por tanto, fue entonces cuando todo ese saber clásico se extendió por una buena parte de las civilizaciones mediterráneas. La Biblioteca de Alejandría es un buen ejemplo de ese saber, con epicentro en el norte de África y en oriente próximo. Unos siglos después, fue Al-Andalus la que experimentó un extraordinario desarrollo no sólo agrícola y artesanal sino también científico. Y es que en esos territorios la ciencia aristotélica se perpetuó durante siglos. Los sabios musulmanes bebieron directamente de las fuentes clásicas, dando un nuevo impulso científico en materias muy variadas como la filosofía, la astronomía, la geografía, la medicina, las matemáticas, la biología, la lógica, etc. Como bien demuestra Miguel Manzanera, el pensamiento racional no sólo no se perdió en el medievo –como sostiene la historiografía tradicional- sino que al menos en el Mediterráneo oriental aumentó considerablemente su acervo.

             El Islam contribuyó de manera decisiva en esa expansión del racionalismo, dado el ambiente de tolerancia que vivió en sus primeros siglos. De hecho, se trató de una herejía tolerante, que no tuvo dificultades para extenderse por territorios donde la población estaba harta de la rigidez dogmática del cristianismo. No olvidemos que el cristianismo, que había nacido como una religión revolucionaria que defendía el amor al prójimo, no tardó en alejarse en la praxis de estos ideales para convertirse en una institución de poder. Eso fue aprovechado por el Islam que permitía –y contra lo que pueda pensarse, todavía permite- una mayor libertad de conciencia, al menos en cuestiones dogmáticas. Ello creó un caldo de cultivo idóneo para el desarrollo del pensamiento y de la investigación científica, especialmente hasta el siglo X o XII d. C. Desde esa fecha, también en el seno del Islam se generó una gran intransigencia, probablemente provocada por la lucha feroz con el cristianismo, que terminó afectando al racionalismo. Sobrevivió en Al-Andalus, pero ese enorme saber desapareció en parte con la Reconquista, que supuso una verdadera tragedia en términos científicos y culturales. No olvidemos las quemas de libros decretadas por orden del cardenal Cisneros a principios del siglo XVI, así como las persecuciones y expulsiones de judíos primero y de musulmanes. 

            El libro, en definitiva, otorga un papel destacado a los filósofos, pensadores y científicos, no sólo islámicos, sino también judíos e, incluso, chinos e hindúes. El Renacimiento bebió directamente de ellos, por lo que es oportuno decir que el racionalismo actual es heredero no sólo del pensamiento grecolatino sino también de la cultura oriental, especialmente de la islámica. Dicho de otra forma, el Renacimiento fue posible gracias a la asimilación del saber oriental por parte de occidente. La sabiduría islámica actuó de puente entre el racionalismo grecolatino y el moderno.

            A mi juicio estamos ante un gran libro, pues desmonta uno de los grandes mitos de la cultura occidental. La Historia se ha construido durante siglos en base a mitos y creo que es hora ya, en pleno siglo XXI, de desmontarlos y de conocer la verdad.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA QUIEBRA DEL CAPITALISMO GLOBAL



Fernández Durán, Ramón: La quiebra del Capitalismo Global: 2000-2030. Preparándonos para el comienzo del colapso de la Civilización Industrial. Madrid, Editorial Virus, 2011, 123 págs.

            Nueva entrega de Ramón Fernández que anuncia ser la introducción de un proyecto mucho más amplio que verá la luz en un futuro. El panorama que presenta es verdaderamente apocalíptico pues, de alguna forma, lo que viene a decirnos es que la cuenta atrás para la desaparición del Capitalismo Global actual ha comenzado y culminará a mediados de este presente siglo. Y lo peor de todo es que los argumentos sobre los que fundamenta sus funestas previsiones son bastante creíbles.

            Desde la I Revolución Industrial, el desarrollo se ha sustentado sobre el consumo de energías fósiles, primero el carbón y, después, el petróleo y el gas. Las perspectivas son que en los próximos años su consumo aumente considerablemente, por la industrialización de los nuevos países emergentes. Es decir el consumo aumentará mientras que las reservas serán cada vez menores, por lo que llegará un momento en que se producirá un colapso energético. En varias décadas el petróleo comenzará a escasear y poco después el gas natural –del que quedan algunas reservas más- y el carbón. La carestía provocará una escalada en los precios de los combustibles que provocará graves desajustes, especialmente en aquellos países que no cuentan con recursos propios. Y como afirma el autor, no existe un plan B, ya que las energías alternativas no podrán compensar, ni muchísimo menos, la capacidad energética de los recursos fósiles. Esta vez, la crisis energética no será coyuntural sino estructural, debido a su propio agotamiento.

A partir del año 2030 nos podemos encontrar con un mundo superpoblado, con más de 8.000 millones de habitantes, un ecosistema profundamente alterado, un cambio climático en plena vorágine y un capitalismo industrial en quiebra por falta de fuentes de energía baratas. Ello provocará a su vez un crecimiento generalizado del precio de los alimentos, que por otro lado ya ha comenzado, así como la escasez cada vez mayor de agua dulce de calidad. Crisis energética, cambio climático, colapso ecológico, derrumbe del sistema capitalista, hambrunas y migraciones a gran escala serán, si nada ni nadie lo remedia, inevitables. Además, es posible que en medio de la crisis del capitalismo puedan surgir regímenes totalitarios y que la democracia vaya perdiendo terreno progresivamente. Así, pues, la quiebra del capitalismo no llegará tanto de la mano de la revolución proletaria, como previera Karl Marx, sino fruto del agotamiento de las fuentes de energía fósiles y de sus consecuencias.

            ¿Afectará a todo el mundo? Pues en líneas generales sí, aunque, como reconoce el autor, perturbará mucho más a las tradicionales regiones industriales y a los países emergentes que a las áreas más atrasadas o aquellas en las que la población indígena vive al margen del consumismo capitalista.

            Y finalmente, ¿hay algún motivo para la esperanza? En principio el cambio tranquilo parece difícil, entre otras cosas porque una buena parte de la población, sobre todo en Occidente, está desmovilizada. A su vez, los medios de comunicación, aunque masivos en la actualidad y fácilmente accesibles, muestran la información sesgada y totalmente manipulada, ante la indiferencia de la mayoría. Asimismo, existe una fe ciega en la tecnociencia, es decir, la creencia de que la tecnología solucionará todos los problemas del presente y del futuro. Será duro para la actual juventud que, salvo excepciones, está inmersa en un mundo hedonista e insolidario. Sin embargo, no podemos perder la esperanza, que es la llama que ha mantenido viva a la humanidad. Con total seguridad, tras la dramática y dolorosa transformación del mundo, que dejará miles de cadáveres en el camino, surgirá una sociedad más respetuosa con el medio ambiente, más justa y más solidaria. Como indica Ramón Fernández, la ilusión en que otro mundo es posible nos debe iluminar el camino. Mientras eso ocurre, no podemos quedarnos de brazos cruzados, debemos seguir luchando para que las mejoras sociales del siglo XX no sólo no se desmantelen sino que se extiendan a todo el mundo.

             Para acabar, solo me queda felicitar al autor por un análisis tan exacto como revelador. De nuestra toma de conciencia depende que el cambio sea más o menos traumático. Suerte a todos.

                                                                                                                              ESTEBAN MIRA CABALLOS

CÓMO CAMBIAR EL MUNDO

Hobsbawm, Eric: Cómo cambiar el mundo. Marx y el marxismo 1840-2011. Barcelona, Crítica, 2011, 490 pp.

 

Este libro es fruto de una compilación de trabajos presentados por el autor a lo largo de varias décadas, unidos a otros nuevos. Empieza con un novedoso ensayo sobre Marx en la actualidad en el que pone de manifiesto la necesidad que tenemos ahora más que nunca de observar el espíritu marxista. Como dice Hobsbawm, Karl Marx nunca ocupó altos cargos políticos, administrativos ni docentes. Incluso, su obra despertó poco interés en un primer momento, siendo su éxito póstumo. Actualmente, la obra de Marx puede considerarse la obra más influyente en toda la Edad Contemporánea. Lo que nos descubre el autor en este ensayo es que el filósofo alemán no sólo ha sido un pensador para el siglo XX sino también, y muy especialmente, para el XXI. Así, por ejemplo, si ponemos su nombre en cualquier buscador encontramos un número de entradas tan abismal que solamente es superado por dos personajes: Einstein y Darwin.

Eric Hobsbawm, uno de los historiadores más destacados de nuestro tiempo, ha militado a lo largo de toda su vida intelectual en el marxismo. Pese a ello, no reivindica la conversión del mundo a esta ideología sino simplemente el uso del espíritu de Marx para intentar crear un mundo mejor. Concretamente afirma sabiamente que para que haya alguna posibilidad de éxito ante los retos a los que se enfrenta actualmente el mundo deberán plantearse las preguntas formuladas por Marx, aunque no se quieran aceptar las respuestas que dieron sus discípulos. Para colmo, siempre habíamos pensado que Marx se equivocó cuando predijo el fin del capitalismo por sus propias crisis internas y por los conflictos sociales a los que daría lugar. Sin embargo, él no estableció plazos, por lo que todavía, viendo la crisis tan severa en la que se encuentra inmerso el capitalismo, no podemos descartar que finalmente tuviese también razón en esta predicción. Como dice el propio Hobsbawm, el fin del capitalismo fue una predicción marxista que todavía le suena plausible. Y es que el capitalismo siempre ha generado grandes desigualdades entre ricos y pobres así como crisis periódicas. Sin embargo, la actual no parece una crisis más sino el inicio de la quiebra de un sistema que lleva implícita su propia autodestrucción. No olvidemos que se basa en una falacia, es decir, el consumo ilimitado, cuando los recursos del planeta son limitados. El progresivo agotamiento de los recursos en las próximas décadas va a generar guerras, luchas y dramas a escala planetaria que, antes o después, pueden acabar con el sistema. Por ello, de acuerdo con el autor, no nos equivocamos, cuando decimos que el pensamiento de Marx es hoy en día más necesario que nunca.

Si la aplicación práctica del marxismo ha fracasado se ha debido en gran parte a la desvirtuación que hicieron algunos regímenes totalitarios de izquierda del pensamiento marxiano. Marx apenas concretó nada sobre la forma en que habría de planificarse la economía por lo que prácticas como los planes quinquenales, en los que se plantearon la consecución de ciertos objetivos de desarrollo a cualquier precio, no tuvieron nada de marxistas. La revolución rusa ha sido uno de los pocos intentos serios de organizar una economía marxista. Sin embargo, personajes siniestros como Stalin, acabaron con el sueño revolucionario de millones de obreros que antaño soñaron con un mundo comunista que los redimiera de sus miserias. Todos ellos, han perdido desde entonces lo único que les quedaba, es decir, la esperanza.

En el periodo comprendido entre 1983 y el 2000, el marxismo estuvo en franca recesión, afectado por la caída de la URSS y del muro de Berlín así como por el aparente éxito del sistema capitalista. Como reconoce el autor, el desmoronamiento de la URSS, del único país que intentó seriamente reconstruir una sociedad socialista, afectó no sólo a los comunistas sino incluso a la socialdemocracia. Todo el mundo pensó que el capitalismo había triunfado definitivamente sobre el modelo socialista. La profunda crisis del capitalismo de los últimos años ha vuelto a colocar al pensamiento marxista donde debe estar. Y en ese sentido las palabras del profesor Hobsbawn no pueden ser más claras: una vez más, ha llegado la hora de tomarse en serio a Marx.

Finalmente, decir que esta obra nos invita a reflexionar sobre la necesidad de releer a Marx, quien todavía en pleno siglo XXI nos puede ofrecer algunas de las claves necesarias para superar la grave crisis sistémica en la que estamos inmersos. Antes o después, el capitalismo se autodestruirá y, cuando esto ocurra, será necesario tener muy presente las ideas de justicia social planteadas por el gran filósofo alemán.

 

Esteban Mira Caballos

POR EL BIEN DEL IMPERIO



Fontana, Josep: Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945. Barcelona, Pasado& Presente, 2011, 1.230 pp.

 

             El profesor Fontana, vuelve a sorprendernos una vez más, con otra obra magistral en la que realiza un minucioso análisis de la historia reciente del mundo, desde 1945 hasta nuestros días. Obviamente, no se trata de una historia contemporánea más, sino una historia alternativa, diferente de la que la historiografía oficial y los poderes fácticos nos han ofrecido.

             Confiesa el autor que tardó tres lustros en escribirla y que es fruto de la frustración de las esperanzas que su generación depositó en las promesas contenidas en la Carta del Atlántico de 1941. En esos momentos, las potencias que después saldrían victoriosas de la II Guerra Mundial se comprometieron a luchar contra toda forma de totalitarismo y a garantizar un futuro mundial libres de guerras y de miseria. Sin embargo, nunca hubo voluntad de cumplir con tales promesas. La llamada guerra fría comenzó poco después del fin de la II Guerra Mundial, provocando enfrentamientos armadas como los de Corea o Vietnam. Después de la caída del muro de Berlín, todos volvimos a albergar esperanzas que el enfrentamiento mundial se acabase por falta del oponente político. El Pacto de Varsovia desapareció, pero ¿desaparecería la OTAN? Pues no, los países occidentales con Estados Unidos a la cabeza justificaron su permanencia, creando un nuevo concepto de enfrentamiento armado: la guerra preventiva contra el terror. Si no había enemigo había que inventarlo para de esta forma seguir justificando la existencia de la estructura militar que garantizaba la hegemonía del imperio. Ello explica, como afirma el autor, que sigan existiendo en la actualidad nada menos que 865 bases militares estadounidenses repartidas por el mundo.

Tras realizar un minucioso recorrido por todos los acontecimientos políticos y económicos ocurridos hasta 2010 en los cinco continentes, acaba el libro con la actual crisis global. La subida especulativa de los precios de los alimentos, así como el cambio climático y la crisis del capitalismo global pueden provocar gravísimos daños en un futuro cercano. Y la respuesta de los países europeos a esta crisis está consistiendo en la restricción progresiva de los gastos en servicios sociales, imitando el modelo estadounidense. Unas políticas que terminarán desmontando el estado del bienestar que hasta estos momentos había sido uno de los signos de identidad de la vieja Europa. Ahora bien, como indica el profesor Fontana, hay otra cara de la crisis mucho menos conocida y que está afectando gravemente a los países subdesarrollados. Se están paralizando o disminuyendo las ayudas al desarrollo, a la par que se encarecen los precios de los alimentos básicos en esos países. Todo un drama que justifica la proliferación en los últimos tiempos de motines, revoluciones y protestas populares que amenazan la estabilidad de muchos gobiernos, la mayoría de ellos tiránicos u oligárquicos.

Lamentablemente, setenta años después de la firma de la Carta del Atlántico, parece evidente que no fueron más que buenas palabras y que nunca hubo la más mínima intención de hacerlas cumplir. Las guerras, las desigualdades entre Norte y Sur y los abusos del capitalismo no sólo no han disminuido sino que se han multiplicado. Vivimos en un mundo peor, donde las diferencias entre unos países y otros son mayores que a mediados del siglo XX. Y lo peor de todo, ya no existe la esperanza de la alternativa comunista con la que soñaron antaño millones de personas en todo el mundo. La falta de una alternativa viable al capitalismo está llevando a un retorno del neoliberalismo que está provocando una involución en materia social. Como afirman algunos, el totalitarismo económico ya está aquí y es posible que el político pueda retornar en pocos años. Uno de los pensadores más destacados de nuestros tiempo, Tzvetan Todorov, ha confesado recientemente en una entrevista que estamos a menos de tres lustros de la reaparición de los totalitarismos. Josep Fontana no ofrece ninguna predicción en este sentido pero en su obra es fácil advertir su pesimismo sobre el futuro.

             En definitiva, el presente libro descubre las claves de lo ocurrido en los últimos setenta años de historia, desmontando todo tipo de mitos y de mentiras. Su lectura nos sirve para conocer mejor la realidad pasada para tratar de reconducir el presente y el futuro. No hay peor injusticia social que el hecho de que los grupos opresores ganen también la batalla de la memoria histórica. El presente libro tiene el mérito excepcional de descubrirnos la realidad que hay detrás de la historia oficial, poniendo a cada cual en su sitio. Y aunque en estas pocas cuartillas no es posible calibrar el verdadero alcance de una obra de esta magnitud, huelga decir que estamos ante un texto fundamental para entender la realidad presente y afrontar adecuadamente los difíciles retos a los que nos tendremos que enfrentar en los próximos años.

 Esteban Mira Caballos

EL ORO DEL DARIÉN

EL ORO DEL DARIÉN

Carmen Mena García: El oro del Darién. Entradas y cabalgadas en la conquista de Tierra Firme (1509-1526). Sevilla, Centro de Estudios Andaluces, 2011, 640 págs.

 

             En 1984 la autora publicó un libro, titulado La sociedad de Panamá en el siglo XVI, que actualmente es un verdadero clásico dentro de la historiografía americanista y panameña al que siguieron, en los años sucesivos, otras obras también centradas en el istmo. Pues bien, después de casi tres décadas, ve la luz este nuevo título que, a mi juicio, es su obra cumbre, pues, vierte en sus páginas todo el poso de conocimiento que la Dra. Mena adquirió a lo largo de toda una vida dedicada al estudio de ese territorio y de esa cronología.

             No se puede obviar la relación que guarda con el clásico de Mario Góngora, los grupos de conquistadores en Tierra Firme (1509-1530). Aunque con frecuencia se afirma que los clásicos nunca se superan, en esta ocasión yo creo que se consigue de largo. Pero es más, la obra de Góngora, aunque brillante, se centra exclusivamente en el análisis de las huestes de Tierra Firme, mientras que el presente trabajo aspira a ofrecer una visión global del territorio darienita, en el período analizado. Presenta una estructuración válida y muy clara, dividiéndose en cuatro grandes bloques, a saber:

El primero dedicado a la geohistoria del Darién, un área que constituyó la primera frontera continental de las Indias. Un medio hostil e inhóspito de tupidas selvas tropicales donde se curtieron y experimentaron decenas de hombres, llamados a ampliar las conquistas, lo mismo al norte que al sur que al levante y al poniente. En estos pioneros expedicionarios se cebaron enfermedades como la fiebre amarilla, la disentería o el paludismo. El tasa de mortalidad fue en los primeros años elevada, pero los supervivientes fueron muy valorados como baquianos, es decir, como personas experimentadas y sobre todo adaptadas al medio, inmunizadas a sus enfermedades y habituadas a la forma de guerrear de los aborígenes.

El territorio dependía administrativa y comercialmente de las Antillas Mayores, y especialmente de Santo Domingo, desde donde se abastecía de alimentos europeos, armas y hombres. A veces el contacto se ralentizaba de tal manera que la búsqueda de alimentos se convertía en un motor de conquista superior al oro. Y es que cuando el hambre arreciaba, los sueños áureos podían esperar, lo primero era lo primero, y nadie quería morir de inanición. Los cuevas, indígenas que habitaban el territorio, pertenecían al grupo arahuaco y practicaban una economía de subsistencia, en base a la caza, la recolección, la pesca y al cultivo de granos, tubérculos y frutales. Llegaron a desarrollar estilos metalúrgicos locales, aunque bajo una fuerte influencia del área colombiana. Experimentaron un descenso poblacional brutal, concretamente del 90 o del 95 por ciento entre 1500 y 1520, situándose casi al borde de la extinción. A la hecatombe demográfica se unió otra menos estudiada de carácter ecológica.

              El segundo bloque, se centra en el análisis pormenorizado de la efímera fundación de Santa María de la Antigua, nombre que recibió en honor a la Virgen de esta advocación de la Catedral de Sevilla. Su fundación en noviembre de 1510, en el interior de la selva, solo se explica en el contexto de espontaneidad tan propio de los primeros años de la colonización. De ahí que en breve plazo terminara siendo abandonada. Tanto Diego de Nicuesa como Alonso de Ojeda, los primeros gobernadores del istmo, acabaron muy malparados. Mientras el primero fue abandonado a su suerte por el jerezano Vasco Núñez de Balboa sin que nunca más se supiera de él, Alonso de Ojeda se marchó a Santo Domingo para no regresar. El de Jerez de Badajoz –hoy Jerez de los Caballeros- fue el encargado de someter a sangre y fuego a los caciques del Darién y de paso cruzar el istmo y descubrir el mar del Sur. Tras poco menos de cuatro semanas, el 27 de septiembre, él y sus 64 hombres pudieron divisar las aguas del océano Pacífico. Entre ellos se encontraba un joven trujillano, Francisco Pizarro, que varios lustros después se convertiría en el conquistador del incario. La expedición regresó exultante a Santa María de la Antigua. Sin embargo, la estrella de Balboa no tardaría en apagarse. En 1514 arribaría al istmo la gran armada que traía el nuevo gobernador Pedrarias Dávila que no tardaría en desembarazarse del jerezano que terminó ejecutado. Y es que la traición y la venganza fueron inherentes a la conquista. El asiento de Santa María de la Antigua, cobijo de las huestes en los primeros años, no tardó en despoblarse, por lo que en 1524 no era más que un recuerdo.

El tercer bloque enfoca el análisis de la hueste conquistadora de Tierra Firme, verdadera espina dorsal del libro. La autora realiza un meritorio análisis global de la hueste, sus características, sus armas y su capacidad ofensiva. Además de ofrecer interesantes puntos de vista, aporta un documento inédito de un valor excepcional: la nómina de la hueste real que el gobernador segoviano trajo en su armada, entre los que figuraban capitanes –casi todos ellos hidalgos de su entera confianza-, oficiales, su guardia personal, músicos, artilleros y soldados. Entre los capitanes destacaban el posteriormente afamado Diego de Almagro, mientras que entre su guardia personal aparece curiosamente un tal Hernando Cortés. Este último no parece que sea el futuro conquistador de la confederación mexica pero bien podría tratarse de algún pariente suyo, pues tanto su tío carnal como su primo hermano se llamaban exactamente así. En el Darién, en 1509, dieron comienzo las cabalgadas de origen medieval pero que formaron parte sustancial de la Conquista. Éstas implicaron el traslado a las Indias del espíritu de la Reconquista. En realidad, no fueron otra cosa que incursiones sobre cacicazgos indígenas con la única finalidad de obtener un botín. Ni que decir tiene que en ellas los conquistadores derrocharon crueldad con unos indios que se defendían como podían, es decir, con palos, piedras y flechas. El botín se repartía entre las huestes aunque eso sí, extrayendo previamente el quinto Real.

Y finalmente, en el cuarto bloque plantea un concienzudo estudio de las finanzas de la conquista, analizando las cuentas de las Cajas Reales de Tierra Firme en el período objeto de su investigación. Y los resultados vuelven a sorprendernos; la autora demuestra que entre 1520 y 1526 se fundieron en el istmo más de 220.000 pesos de oro. Unas cifras muy superiores a las que se suponían hasta la fecha, y comparables a las que en ese mismo período se extraían en el mayor centro aurífero del Caribe, es decir, en La Española. Una de las principales compañías mineras estuvo formada por Francisco Pizarro, Hernando de Luque y Diego de Almagro, que aparecen juntos desde 1521 y que mantendrán su asociación, incluso, después de 1524 cuando el trujillano se embarcó en su primera expedición a tierras del Levante.

El libro se cierra con una extensísima y completísima bibliografía y con útiles índices onomástico y topográfico así como de figuras, mapas, gráficos y tablas. Sin embargo, por señalar una crítica, en un trabajo tan completo y extenso hubiera sido oportuno incluir una buena conclusión, donde se sintetizasen y ponderasen los múltiples aportes hilvanados en sus densas páginas. Obviamente se trata de una mera sugerencia que en absoluto empaña la calidad de una obra que resulta, desde el mismo momento de su aparición, fundamental para entender el proceso conquistador en su conjunto.

 

Esteban Mira Caballos

SANGRE LIMPIA, SANGRE ESPAÑOLA



Jesús Hernández Franco: Sangre limpia, sangre española. El debate de los estatutos de limpieza (siglos XV-XVII). Madrid, Cátedra, 2011, 300 pág.

 

            La temática cuenta ya con una larga trayectoria, que se inició con los pioneros estudios de Antonio Domínguez Ortiz y Albert Sicroff seguidos, algunos lustros después, por los de Gutiérrez Nieto. En los últimos años la temática ha despertado el interés de numerosos historiadores que han ido aportando puntos de vista novedosos, pero nada de la envergadura de la obra que ahora comentamos. Este libro constituye un nuevo hito historiográfico por dos motivos: primero, porque sintetiza magistralmente lo que sabíamos hasta la fecha, y segundo, porque aporta concienzudas reflexiones, fruto de un profundo conocimiento de la materia. Precisamente los planteamientos del autor poseen una gran solidez porque los fundamenta sobre un abanico de fuentes verdaderamente abrumador y sobre una reflexión serena fruto de años de trabajo.

Como es de sobra conocido, estos perniciosos estatutos dieron comienzo en 1449 con la famosa Sentencia pronunciada por Pedro Sarmiento para el concejo de Toledo por la cual los descendientes de conversos fueron privados de cualquier oficio en la ciudad. Al parecer, en un primero momento ni la realeza ni el papado los vieron con buenos ojos. Ello no impidió su desarrollo, haciéndose omnipresentes en los siglos XVI y XVII y prolongando sus tentáculos hasta la Edad Contemporánea. Los llamados cristianos viejos consiguieron discriminar de los altos cargos de la administración a todas aquellas personas teóricamente sospechosas de tener un pasado judío o converso. Y todo con una excusa falsa, es decir, que la mayoría de los cristianos nuevos no sólo no eran buenos cristianos sino que además conspiraban contra la monarquía cristiana. Así, pues, se presentó al neófito como un mal cristiano y un mal súbdito de la monarquía. Una generalización que no se ajustaba a la verdad, pues, aunque hubo algunos conversos que se mostraron inasimilables, la mayoría trató de integrarse felizmente en la sociedad cristiana.

Lo cierto es que los conversos fueron perseguidos por la Inquisición y sus descendientes marginados de la administración, de los más prestigiosos colegios mayores, de las ordenes militares, e incluso, de determinadas congregaciones religiosas, como la jerónima. Fueron considerados, al igual que los judíos, linajes deicidas, con una permanente deuda de sangre. Además implantaron en España una perniciosa tradición, que en algunos sectores sociales ha llegado hasta la Edad Contemporánea, de que sólo la sospecha es suficiente para excluir a alguien. Los estatutos de limpieza sirvieron a los cristianos viejos para limitar la capacidad de los neófitos de acceder a las instituciones castellanas. En ellos había un componente racista, aunque el término no equivalga exactamente al contenido actual. Es por ello por lo que unos hablan de protorracismo y otros, como el profesor Columbus Collado, de racismo cultural.

Los afectados trataron de ocultar su pasado, recurriendo a diversas estrategias: cambio de apellido, mudanza de localidad, falsificación de su propia genealogía, e incluso, comprando testigos que aseverasen su pasado cristiano. Como indica el autor, esas estrategias permitieron al padre de Santa Teresa ocultar su origen converso.

Desde el siglo XVI estos estatutos habían tenido opositores, tan conocidos, como el arzobispo de Sevilla fray Diego de Deza, fray Luis de León, Domingo de Soto, Fernando Vázquez de Menchaca, Gerónimo Cevallos, el licenciado Martín de Cellorigo y el jesuita Fernando de Valdés, entre otros. Concretamente, el franciscano Uceda, en 1586, criticó los estatutos como un medio de los cristianos viejos para conseguir altos puestos de la administración con linaje, disimulando así su falta de méritos. No menos claro fue el licenciado Cellorigo cuando escribió, en 1619, que Jesús vino al mundo a reunir a todos los pueblos bajo las aguas del bautismo, eliminando el odio, justo lo contrario que los cristianos viejos hacían con los conversos. Y no menos elocuente se mostró Fernando de Valdés cuando negó las discriminaciones contra los neófitos alegando que los padres de la Iglesia fueron conversos y no por ello malos cristianos. En el segundo cuarto del siglo XVII, hubo un notable grupo de intelectuales, religiosos y políticos que se posicionó en contra de los estatutos a los que responsabilizaban de privar a la Monarquía de personas talentosas. El Conde Duque de Olivares, descendiente de conversos, intentó una reforma en profundidad para acabar con sus indeseables efectos, pues no hacían más que enfrentar a la sociedad entre cristianos viejos y nuevos, evitando que grandes talentos pudiesen acceder a los altos cargos de la administración. En 1623 expidió una reforma de estas probanzas por la que, entre otras medidas, se prohibían los memoriales anónimos y las murmuraciones, como pruebas acusatorias, como se había venido haciendo hasta ese momento.

Sin embargo, a juicio del autor, que se posiciona con Sicroff y frente a Henry Kamen, los apoyos al sistema estatutario fueron mucho mayores: primero, entre una parte de la intelectualidad -como Juan Martínez Silíceo-, y segundo, entre un amplio sector del Tercer Estado. Esta base social estatutaria terminó provocando el fracaso de lo todos los intentos de reforma, prolongándose estas prácticas nada menos que hasta el siglo XIX. Según el autor del libro, todavía en las Cortes de Cádiz hubo quien defendió la necesidad de mantenerlos para diferenciar a los neófitos de los cristianos viejos. El dato es tan elocuente que explica por sí solo el enorme retraso en todos los órdenes que acumulaba España a principios del siglo XIX.

Las consecuencias fueron nefastas tanto para la sociedad como para la economía del país. Por un lado, dividieron y enfrentaron a la sociedad y, por el otro, apartaron del poder a un buen número de personas meritorias. Miles de familias sufrieron la sospecha, mientras los cristianos viejos copaban los altos puestos de la administración sin exhibir más mérito que su supuesta sangre limpia. Todo ello contribuyó no sólo al progresivo retraso de España con respecto a sus competidores europeos, como Inglaterra, Holanda o Francia sino a ofrecer una imagen negativa de España en el contexto europeo.

Pocas críticas se pueden formular a un libro de esta solidez, no obstante, no me resisto a mencionar algunas pequeñeces: en el libro se alude en varias ocasiones al problema de la limpieza de sangre en Hispanoamérica pero, a mi juicio, hubiese sido oportuno dedicarle un epígrafe completo, sobre todo por las connotaciones especiales que en el espacio colonial tuvieron. Como es bien sabido, en las colonias se utilizó más como un mecanismo discriminatorio de las castas que para perseguir a los posibles judeoconversos. Asimismo, en una obra tan contundente donde se aglutinan infinidad de puntos de vista, hubiese sido oportuno incluir un capítulo de conclusiones en el que se recapitularan los principales aportes.

Pese a esas pequeñas objeciones, huelga decir que estamos ante una obra esencial no sólo para los estudiosos de la temática estatutaria sino para cualquier interesado en la historia social de España.

 

Esteban Mira Caballos

HERNÁN CORTÉS. EL FIN DE UNA LEYENDA



Esteban Mira Caballos: HERNÁN CORTÉS (EL FIN DE UNA LEYENDA). Badajoz, Palacio Barrantes-Cervantes, 2010, 590 pp. I.S.B.N.: 978-84-613-8066-4

 

En este nuevo libro intentamos desmitificar al conquistador. La visión apologética, como tendremos ocasión de demostrar, la iniciaron su primer biógrafo, Francisco López de Gómara, y el propio interesado en sus famosas Cartas de Relación. También Bernal Díaz del Castillo lo trata como a un héroe pero, claro, en interés propio extiende dicho calificativo a toda su hueste. Cientos de historiadores posteriores se situaron en esta misma línea. Así, por ejemplo, Dorantes de Carranza o Dávila Padilla lo presentaron como un ser magnánimo y valeroso, elegido por la providencia divina. En 1637 Baltasar Gracián comparó su heroísmo con el de Alejandro Magno y Julio César, repartiéndose entre los tres la conquista del mundo por sus partes. Igualmente, por aquellas fechas, Francisco de Quevedo lo ponderó como uno de esos grandes elegidos por Dios para expandir la fe:

¿Quién sino Dios, cuya mano es miedo sobre todas las cosas, amparó a Cortés para que lograse dichosos atrevimientos, cuyo premio fue todo un Nuevo Mundo?

 

Pero, lo verdaderamente sorprendente es que un buen número de historiadores contemporáneos, tanto mexicanos como españoles, hayan mantenido ideas similares, destacando al extremeño como el adalid de la cristiandad y de la civilización. Entre ellos, Vicente Barrantes, Manuel Orozco y Berra, Ángel Dotor, Jaime Delgado, Luis Torres, Raúl Martín Berrío, Joaquín García Izcalbaceta, Manuel Giménez Fernández o Salvador de Madariaga, por citar solo algunos. Escribió Vicente Barrantes, en 1875, que el alma gemela de Cortés fue el Cid Campeador, pues ambos, a través de los siglos se dan fraternalmente la mano para pedir a su patria iguales honores. El mexicano Orozco y Berra lo citaba como un colosal prohombre al que sólo se podía alzar los ojos para verle el rostro, mientras que Ángel Dotor lo llamaba el césar de la Hispanidad. Luisa Cuesta y Jaime Delgado sostuvieron que la conquista de México fue una gesta heroica, protagonizada por un jefe genial. Otro escritor, Luis Torres, era mucho más claro en cuanto a sus pretensiones, al comparar a Cortés y Colón y decir lo siguiente:

Son dos de los hombres que han colocado a España en la cumbre del mundo. Cuanto se escriba, cuanto se fantasee para glorificarlos, no estará de más.

 

Raúl Martín Berrío interpretó la conquista de México como una gesta libertadora, donde los indios fueron liberados del yugo al que le sometían los gobernantes mexicas, elevando a los indios a la condición de personas. Bastante más allá fue Manuel Giménez Fernández, ilustre historiador y político sevillano del siglo pasado, pues estaba convencido que el extremeño fue un elegido por la providencia para cumplir altos fines. El de Medellín no fue un conquistador más sino el conquistador, mientras que la Conquista de México constituyó una gesta sagrada, una obra de titanes, dedicada a cristianizar y a civilizar a bárbaros, caníbales y brutos. Su actuación abrió las puertas del cielo a muchas almas paganas y acrecentó los límites del imperio español de forma inimaginable. Por ello, a su juicio, nada tenía de particular que se le haya comparado con Alejandro Magno, con Aquiles, con Rómulo y hasta con Moisés. En 1947, en los actos conmemorativos del IV Centenario de su muerte, el director del Instituto de Cultura Hispánica terminó su discurso, excitando a todos a imitar el ejemplo de Hernán Cortés, para así preparar un futuro cada día más glorioso para nuestra estirpe. Cortés ha sido, como diría Miquel Izard, uno de esos miembros protegidos, por esa leyenda apologética y legitimadora.

Lo cierto es que su biografía está plagada de mitos, desde su propia descripción física a la quema de los buques en el puerto de Veracruz, pasando por sus extraordinarios conocimientos militares o su carácter mesiánico. Mera fábula, pues el extremeño fue ante todo un ser humano, un hombre de su tiempo, aunque eso sí, con un empuje verdaderamente singular. Es cierto que, a diferencia de la mayoría, y pese a los problemas y pleitos que tuvo en su vida, él sí fue un triunfador. Pero ello, no se debió a nada sobrenatural sino a aspectos tan humanos como su gran optimismo –que nadie le puede negar-, sus habilidades diplomáticas –que en eso sí destacó- y, sobre todo, su suerte que le acompañó siempre a lo largo de gran parte de su vida. Y digo que fue un hombre afortunado porque salvó milagrosamente su vida en varias ocasiones, a saber: de pequeño, cuando nació enfermizo y sobrevivió por los desvelos de su nodriza. Décadas después, poco antes de firmar la paz con Tlaxcala, su hueste estaba tan desanimada que, a decir de los cronistas, si la guerra hubiese durado más, los mismos españoles tenían por cierta su perdición. Estando ya en Tenochtitlán, Moctezuma lo pudo matar, pero la pasividad de éste le salvó. Luego, tras el desastre de la Noche Triste, a su llegada a Tlaxcala, estos pudieron haber acabado definitivamente con todos ellos. Lo curioso es que el mismo Cortés sospechó esa posibilidad que finalmente no se cumplió, probablemente porque las bajas tlaxcaltecas propiciaron la solidaridad entre los derrotados.

Mucha más suerte aún tuvo en la conquista ya de la ciudad en 1521, cuando su caballo se echó de cansancio y, estando acorralado, un tlaxcalteca lo ayudó, levantó su caballo y le salvó literalmente la vida. El español Cristóbal de Olea murió en su defensa mientras que otro miembro de su hueste resultó herido. Pero no fue, ni mucho menos, la última vez que estuvo prematuramente al borde del abismo. En la desgraciadísima expedición a las Hibueras regresó tan enfermo y con tantas calenturas que, al llegar a Cuba, ni tan siquiera lo reconocieron. Asimismo, la expedición que capitaneo al Mar del Sur en 1535 le costó nuevamente muchísimos esfuerzos y su nave estuvo a punto de zozobrar. Y finalmente, en la batalla de Argel de 1541 estuvo a punto de ahogarse, junto a dos de sus hijos, cuando el barco en el que viajaba naufragó.

             Como ha escrito recientemente Matthew Restall, si Colón no hubiese llegado a América, otro navegante lo hubiera logrado en menos de una década. Y con Cortés se podría decir algo parecido: si hubiese muerto en su tierna infancia, ¿no se hubiese conquistado Tenochtitlán? Obviamente sí, pues pese a la existencia de grandes personajes, yo estoy convencido que la Historia la mueven básicamente los modos de producción y no los individuos. Tenochtitlán hubiese caído con o sin Cortés, aunque probablemente en otras circunstancias, con mayores tropiezos, con muchas más dificultades y quizás tras más años de lucha armada. Y no faltaban candidatos que, como el propio Cortés, aunaban empuje, inteligencia y ambición, como Hernando de Soto, Pedro de Alvarado, Rodrigo de Bastidas, Francisco Montejo, Cristóbal de Olid o Pánfilo de Narváez, por citar sólo algunos.

No cabe duda que en torno a Hernán Cortés y, en menor medida, a Francisco Pizarro se han forjado sendas leyendas que han tergiversado en parte la realidad. Nadie puede olvidar que casi todas las actuaciones de Cortés o de Pizarro, calificadas de genialidades, eran formas de proceder que tenían amplios precedentes en la Reconquista, en las exploraciones portuguesas del siglo XV, e incluso, más cercanamente en el tiempo, en la conquista de las Canarias y de las Grandes Antillas. Pero, desmontemos la leyenda paso a paso:

En cuanto a la quema de naves en Veracruz es una vieja idea sostenida durante siglos y que sorprendentemente ha sobrevivido en algunos casos al siglo XXI. Según Hugh Thomas, el error partió de Cervantes de Salazar que en un documento leyó quemando en vez de quebrando. El Marqués de Polavieja, ya en el siglo XX, continuó sosteniendo la tesis de la quema, aprovechando el dato para ensalzar su heroísmo, pues, según él, si otros capitanes actuaron así antes, nunca con un ejército tan pequeño. La fabulación de sus hagiógrafos hizo el resto, representando a Cortés con la tea en la mano, quemando sus buques. Pero, sorprende que este falso mito se haya perpetuado porque ya algunas cronistas de la época y el mismísimo Cortés advirtieron que no las quemó sino que simplemente dio con los barcos al través. De hecho, según relató Andrés de Tapia, los navíos estaban en tan malas condiciones que no eran aptos para navegar por lo que se encallaron en la costa para romperlos porque se excuse el trabajo de sostenerlos. Al parecer, tan sólo preservaron tres navíos que, a juicio de los pilotos y maestres, estaban en mejor estado. En teoría lo hizo para permitir el retorno de los desafectos a su causa. Una inteligente y perspicaz manera de enterarse de quiénes y cuántos eran. Cuando lo supo ajustició a los cabecillas, incorporó al resto y uso los buques para mejores menesteres. Concretamente, el que estaba en mejor estado sirvió para trasladar a España, en 1519, a sus procuradores Francisco de Montejo y a Hernández Portocarrero, con informes y presentes para el Emperador mientras que, los otros dos, se quedaron aderezados en el puerto de Veracruz para suplir cualquier eventualidad que pudiese surgir.

Ahora, bien, ¿por qué los hundió?, la versión oficial de los hechos fue que lo hizo para evitar que sus hombres diesen un paso atrás. Crónicas y documentos insisten en ello. Por ejemplo, Martín Vázquez declaró en 1525 que se desguazaron para mejor poblar y conquistar esta tierra. Cronistas como Pedro Mártir de Anglería explicaron igualmente que el principal motivo fue quitar a sus soldados toda esperanza de fuga, idea que se repite de forma parecida en la Real Provisión del 7 de marzo de 1525. En este último documento, en el que se le concedió a Cortés un escudo de armas, se mencionó que lo hizo para impedir el retroceso de las huestes.

Sin embargo, el objetivo real no era tan heroico; más bien pretendía evitar que algunos aprovecharan la primera ocasión que se les presentase para retornar a Cuba e informar a Velázquez de la defección de su capitán. Pero, obviamente esta explicación no era políticamente correcta por lo que el mismo Cortés se encargó, de difundir el falso motivo. De hecho, poco antes de proceder a su destrucción conoció la conspiración encabezada por Diego Escudero, Juan Cermeño, el piloto Gonzalo de Umbría y otros fieles a Velázquez para hurtar uno de los bergantines y volver a Cuba. Descubierta la trama ahorcó a los dos primeros y cortó el pie al tercero. A continuación, procedió a su desguace para evitar más motines. Transcurría el mes de agosto de 1519. Antonio de Herrera, en el siglo XVI, sí que captó perfectamente el motivo real, al escribir que los echo al través por quitar la esperanza a los amigos de Velázquez de volverse a Cuba.

Por tanto, en la misma época de la Conquista tuvieron claro que no los quemaron sino que más bien, dado su lamentable estado, los encallaron para luego desguazarlos, utilizando la jarcia para los bergantines que después construyó para la toma de Tenochtitlán. De paso, se aseguró que se cortaba toda relación entre su expedición y Diego Velázquez. En definitiva, ni ardieron las naves ni se hizo valerosamente para cortar el retroceso. Pero, es más, aunque lo hubiese hecho así, tampoco habría constituido un hecho excepcional, como una parte de la historiografía ha dado a entender. Existen decenas de precedentes, algunos muy lejanos en el tiempo pero otros sorprendentemente cercanos. Sin ir más lejos, en 1508, al llegar la expedición de Diego de Nicuesa a Veragua, rompieron los navíos en la costa, para que los hombres no confiasen en la partida. Y siete años después, es decir en 1515, el tristemente recordado conquistador Gonzalo de Badajoz quemó sus naves en el puerto de Nombre de Dios precisamente con el mismo objetivo, es decir, para evitar que sus hombres huyeran. También se ha destacado su visión excepcional a la hora de transportar los bergantines desde Veracruz al lago de Tenochtitlán. Sin embargo, ya advirtió hace décadas Georg Friederici que era una vieja táctica usada frecuentemente por Normandos, bizantinos y turcos.

               En cuanto a su excepcional capacidad estratégica se trata de un argumento repetido una y otra vez por la historiografía. El propio Bernal Díaz lo comparó con otros grandes genios militares, nada menos que con Alejandro Magno, Julio César, Pompeyo, Aníbal y el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba. Sus hagiógrafos se encargaron de magnificar su gesta, consagrándolo como un gran genio militar. Sin embargo, aunque tuvo unas excepcionales dotes diplomáticas nunca fue un estratega. De hecho ni sus tácticas fueron originales ni ideo una nueva forma de hacer la guerra. Y es que, a diferencia de algunos miembros de su hueste, no tenía experiencia militar previa a la conquista de México. Desde su más tierna juventud sus padres se empeñaron en que se convirtiera un hombre de letras, enviándolo con ese fin a Salamanca. Cuando llegó a La Española, la isla se encontraba totalmente pacificada por lo que no llegó a participar en acciones bélicas. En Cuba, la resistencia de los tainos fue escasísima y los hechos de armas mínimos. ¿De dónde procedían entonces sus escasos conocimientos militares?, pues, ya veremos en páginas posteriores que de su familia paterna, pues tanto su padre como su abuelo, ambos de nombre Martín, habían tomado parte en la guerra de Granada. La vena militar le venía, pues de familia. Además, tuvo la suerte de que los pocos conocimientos que tenía de la vieja caballería medieval le fueron muy útiles en la Conquista. No olvidemos que mientras en América, la tradicional caballería siguió siendo el sistema defensivo y ofensivo más eficaz, en Europa, desde principios del XVI, estaba triunfando la infantería.

Aunque los tercios se crearon en 1534, éstos no fueron fruto de la casualidad sino de una evolución en la forma de hacer la guerra bien patente desde finales del siglo XV y que afianzó a principios del XVI el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, en las guerras de Italia. Éste, en las batallas de Ceriñola (1502) y Garigliano (1503), desplazó a la caballería a un segundo plano, estructurando sus fuerzas en torno a una gran infantería, pertrechada con armas de fuego ligeras. Un ejército moderno que causó admiración en toda Europa y que dio la primacía a los Habsburgo en el campo de batalla, al menos hasta el primer cuarto del siglo XVII.

Puede que Hernán Cortés hubiese escuchado noticias de las victorias del Gran Capitán en los campos de batalla de europeos. Pero, pese a ello, era totalmente ajeno a muchos de estos avances militares de su tiempo. Sus huestes no se parecían en nada a los afamados tercios, ni a los escuadrones italianos. Él seguía primando la caballería y utilizando armas tan tradicionales como el trabuco o la catapulta. Este aparato lo usó en el asedio final a Tenochtitlán, con tan poco acierto que se vio obligado a disimular el espantoso ridículo. Al parecer, según su propio testimonio, unos carpinteros le propusieron su construcción y él aceptó. Una vez acabado, lo llevaron a la plaza del mercado mientras los indios aliados, sorprendidos por tan aparatoso artilugio, amenazaban a los mexicas, diciéndoles que los habíamos de matar a todos. Sin embargo, fue mal diseñado por sus inexpertos constructores, volando el proyectil en vertical de forma que casi mata a los propios españoles. Según William Prescott, el enorme peñasco destruyó el artilugio, extremo que los cronistas no confirman. Más bien, parece que decidieron retirar la fracasada máquina, después del chasco. Según Hernán Cortés, disimularon cuanto pudieron, intentando convencer a los asediados que lo retiraban porque, movidos de compasión, no los queríamos acabar de matar. En cuanto a la brillante idea de bloquear por tierra y por mar la ciudad de Tenochtitlán es posible, según declaro Andrés de Tapia, que se la sugiriese el carpintero y capitán de bergantín Martín López.

Por lo demás, es cierto que, algunas de sus victorias fueron muy llamativas porque derrotó a ejércitos más de cien veces superiores en número. Pero ello se debió más a la ingenuidad bélica de los mexicas que a la excepcional capacidad de sus enemigos. Caso evidente de lo que decimos fue la batalla de Otumba, donde situaron a su jefe en lugar visible, con un vistoso y colorido penacho de plumas. Le bastó a Cortés dirigirse hacia él, alancearlo y enarbolar el estandarte para que decenas de miles de indígenas huyeran en desbandada. Es cierto que derrotó a los mexicas con menos de un millar de españoles, pero no lo es menos que Francisco Pizarro conquistó el incario con muchos menos efectivos.

Pero no solo no mostró una excepcional capacidad sino que, incluso, cometió errores de peso como, por ejemplo, tomar Tenochtitlán al asalto, cuando bastaba con cercarla hasta que los defensores se rindieran por pura inanición. Esta decisión le costó no pocas bajas entre los suyos y un sufrimiento atroz para los asediados, incluida la destrucción de su ciudad. Está claro que pese a la pericia táctica que le han atribuido algunos historiadores, como el general José Gómez de Arteche, lo cierto es que no tuvo una formación militar, ni más graduación que la de capitán. Pero, además fue un grado que le otorgaron sus hombres en Veracruz, más cívico que militar. Como es bien sabido, no fue nunca el capitán de un ejército sino el de una hueste.

Así, cuando en 1541 tomó parte en la desastrosa campaña de Argel los demás militares de graduación se negaron a aceptarlo en el consejo de guerra, dando por fracasada la empresa y desoyendo la opinión del extremeño que seguía confiando en la victoria. Incluso se mofaron de él, porque al parecer, ante la insistencia del medellinense, uno de los capitanes comentó:

 

Este animal cree que tiene que vérselas con sus indiecitos porque allí bastaban diez hombres a caballo para aniquilar a veinticinco mil.

 

               Como puede observarse, ni siquiera el mismo Cortés se consideró a sí mismo un militar. Él era un hombre de letras, con grandes dotes diplomáticas. Nada parecido al genio militar de Alejandro Magno, de Julio César, del Gran Capitán, o mucho después, de Napoleón Bonaparte. Pero, incluso, en el mismo siglo XVI hubo destacados capitanes, al servicio de la monarquía hispánica, que destacaron por su astucia y su ingenio militar, desde el Marqués de Pescara a Alejandro Farnesio, pasando por Hugo de Moncada o Antonio de Leyva. El primero de ellos, el Marqués de Pescara, que se consideraba a sí mismo un discípulo de Julio Cesar, fue un auténtico maestro en la táctica del asalto nocturno, diseñando asimismo una eficaz formación de arcabuceros que hicieron verdaderos estragos entre sus enemigos. Muchos de ellos luchaban victoriosamente en Italia, mientras Cortés tomaba Tenochtitlán. Y los enemigos mexicas, aunque muy superiores en número, no tenían ni un ápice de la capacidad de los capitanes franceses, italianos o turcos. No obstante, debemos decir en su defensa que supo rodearse de un grupo notable de capitanes, muchos de ellos con más experiencia militar que él, a los que siempre consultaba antes de entrar en combate. Y es que ingenio y capacidad no le faltaban, aunque no tuviese una formación militar.

              Se ha destacado su capacidad diplomática así como su don de gentes. Y realmente debemos reconocer que se trató de su gran virtud, es decir, del rasgo más destacado de su personalidad. Tuvo siempre un enorme poder de convocatoria entre los hispanos y una capacidad extraordinaria para utilizar a su antojo a los aborígenes. Siempre conseguía que sus huestes hicieran piña en torno a su líder, hasta el punto que, según Bernal Díaz, todos pusiéramos la vida por él. Con respecto a los indios, firmó numerosos pactos guatiaos de amistad. Conocemos el caso del cacique de Clacupanalo que adoptó el nombre de Antonio Cortés y que recibió un escudo de armas por su colaboración con los hispanos en la conquista de México. Asimismo, tuvo una habilidad excepcional para captar rencillas entre sus enemigos y conseguir aliados. Según Las Casas, Cortés se holgó de hallar en aquella tierra unos señores enemigos de otros. Pero esta táctica de buscar alianzas era tan antigua como la guerra misma. Ya en la Reconquista, los reinos cristianos mantenían unas habilidosas relaciones con las distintas taifas, aprovechándose de las disputas internas entre unas y otras. Pero había precedentes mucho más cercanos, tanto en el tiempo como en el espacio. Recuérdese en La Española, la alianza de Cristóbal Colón con el cacique Guacanagarí en la última década del siglo XV, para derrotar a los demás reyezuelos de la isla.

También debemos destacar su habilidad psicológica, pues supo captar la mentalidad de los naturales de Nueva España para manipularlos a su antojo. Obviamente, desconocía los detalles de la cosmovisión indígena pero no tardó en percibir el tratamiento de dioses que muchos mexicas, y en especial su líder, Moctezuma, le rendían. Y supo aprovecharse inteligentemente de ello, reforzando la idea de su divinidad, es decir, confirmando o al menos no negando que se tratase efectivamente de Quetzalcoatl que retornaba a su reino. Y la táctica le sirvió para entrar en Tenochtitlán de forma pacífica. A la larga, este precioso tiempo que ganó fue determinante para la conquista final de la confederación. Pese a su clarividencia, debemos reconocer que tampoco era nueva esta táctica de la que existen amplios precedentes en el área caribeña, mucho antes de la Conquista de México. Asimismo, su recurrente decisión de aterrorizarlos con disparos de bombardas, eran estrategias ampliamente utilizadas desde que los primeros españoles pusieron pié en el Nuevo Mundo. En este sentido, escribió Pedro Mártir de Anglería que Colón ordenó disparar bombardas a los indios pero sin hacer diana deliberadamente porque, aterrorizados con el estruendo, caen todos a tierra, piden la paz y comercian mutuamente… Cortés, cada vez que llegaban embajadores de Moctezuma, improvisaba un teatro al aire libre en el que, lo mismo hacía trotar a un grupo de caballos repletos de cascabeles, que les ponía la aterradora sinfonía de las bombardas. Una verdadera guerra psicológica que, aunque no era nueva, le permitió entrar pacíficamente en Tenochtitlán.

Se ha destacado asimismo su pericia para buscar lenguas o intérpretes desde su misma partida de Cuba. Pero esta actitud, ni era nueva ni tampoco especialmente ingeniosa, entre otras cosas porque figuraba en las instrucciones que le otorgó Diego Velázquez. De hecho, entre la tripulación quiso contar con los servicios de Melchor, un intérprete indio que había ido en las expediciones previas de Francisco Hernández y de Grijalva y que utilizó apenas tocó tierra en la pequeña isla de Cozumel.

Ahora, bien, eso sí, Cortés fue siempre un ardoroso combatiente, como afirmó hace ya bastantes décadas el Marqués de Polavieja. Un combatiente que aunó al menos dos de las tres virtudes que las Siete Partidas señalaban como cualidades esenciales de todo buen capitán, es decir, sentido común y una gran capacidad de sufrimiento excepcional. Los nativos se resistieron, pero las diferencias eran abismales, no sólo estratégicas sino también armamentísticas. Aceros toledanos, ballestas y pólvora frente a frágiles espadas de madera con filos de obsidiana, flechas, piedras y mazas de madera o macanas.

Los indios confiaban en el gran poder de algunos de sus líderes semidivinos, como el temido y a la vez admirado Moctezuma. Prueba de esta confianza es que cuando los indios de Cholula eran masacrados, según el padre Las Casas, afirmaban:

 

¿Por qué nos matáis?, andad, que a México iréis, donde nuestro universal señor Moctezuma de vosotros nos hará venganza.

 

Sin embargo, para desgracia y desánimo de los nativos, el miedo o la excesiva precaución atenazó a su emperador, al único que tenía el poder suficiente como para frenar la ocupación, al menos temporalmente. Éste tenía cientos de espías que le informaban de cada una de las batallas que ganaba el de Medellín por lo que, a medida que se aproximaba a Tenochtitlán, sus inquietud se iba acentuando. Llama la atención la pasividad de una persona que, antes de ser nombrado el tlatoani o emperador, había sido un intrépido y cruel caudillo, vencedor en muchas batallas. Pero probablemente se dejó obsesionar por esos mitos indígenas que auguraban periódicamente el cambio de ciclo. Desde que escuchó hablar de las andanzas de los extranjeros en Tierra Firme, comenzó a sospechar que el final de su era se aproximaba. Un pesimismo crónico, auspiciado por la cosmovisión mexica, que contribuyó de manera considerable a su derrota final. Muy probablemente si Moctezuma hubiese presentado una resistencia militar inmediata, como lo hicieron otros líderes indígenas menores, la conquista de Tenochtitlán hubiese sido más dificultosa y, su caída se hubiese demorado bastante más tiempo.

Y finalmente, fue destacado por muchos cronistas por su carácter mesiánico, pensando que era un elegido de Dios para dirigir la cruzada contra los paganos y ampliar los dominios de la cristiandad. Según Bernal Díaz, el extremeño le confesó a Gerónimo de Aguilar que no había ido a las Indias a tan poca cosa como era conseguir oro sino para servir a Dios y al Rey. Pero, es más, el mismo Cortés sostuvo algo parecido cuando escribió que su verdadera intención fue siempre la de ensalzar nuestra fe o ampliar la corona de mi César. Fray Toribio de Motolinía también creyó que era un enviado de Dios para acabar con los vicios y sacrificios humanos que los aborígenes ofrecían a sus dioses. Por su parte, el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga O.F.M., en 1529, justificó su rebeldía con respecto a Velázquez, diciendo que actuó bajo inspiración divina. Varias décadas después, el cronista fray Gerónimo de Mendieta volvió a hacerse eco de esta misma idea, comparándolo con Moisés, pues, a su juicio, fue elegido por Dios para llevar la fe a los paganos. Prueba de ello, decía el religioso, era el celo que mostró en todo momento por su conversión:

 

Y verdaderamente para conocer muy a la clara que Dios misteriosamente eligió a Cortés para este su negocio, basta el haber él siempre mostrado tan buen celo como tuvo de la honra y servicio de ese mismo Dios y salvación de las almas…

 

El mesianismo Cortesiano se mantuvo a lo largo de los siglos. En 1794 fray Servando Teresa de Mier, precursor de la Independencia, en una homilía por el alma del metellinense, lo elogió por haber destruido la idolatría, los sacrificios humanos sangrientos y traído y comunicado la luz del evangelio a los que moraban en las tinieblas de Egipto. Más sorprendente aún es que, hace pocos años, se haya afirmado, siguiendo más o menos a Mendieta, que Cortés fue un cruzado, un abanderado de la fe… el libertador del indio a través de la fe como instrumento redentor y salvador… Pero, aunque lo jurara el propio Cortés, la realidad no era tan bonita, pues, de hecho se convirtió en una de las personas más ricas de su época.

Más recientemente, se ha hablado de la caridad heroica de Hernán Cortés, básicamente porque fundó en su testamento el hospital de Nuestra Señora de la Concepción de México. Sin embargo, la actitud de Cortés no tenía nada de excepcional, pues al fundar dicho sanatorio no hizo otra cosa que mimetizar lo que hacían las personas más pudientes de su época. Una caridad que se suponía era una virtud cristiana que debían practicar los nobles, los burgueses ricos y, sobre todo, el estamento eclesiástico, al que se le presuponía una especial humanidad. La beneficencia de los ricos es una constante en la historia que se ha prolongado prácticamente hasta la Edad Contemporánea.

Tampoco se le puede considerar, como se ha escrito, un bienhechor de indios, a los que supuestamente tuteló y amparó. Su actitud compasiva distó mucho de parecerse a la de un fraile, como Bartolomé de Las Casas, o a la de un pacifista, como Erasmo de Rótterdam, entre otras cosas porque de haber sido así nunca hubiese conquistado un imperio. No olvidemos que cuando debió actuar con crueldad lo hizo. En agosto de 1519 mandó cortar las manos a medio centenar de mujeres tlaxcaltecas que, con la excusa de llevarles comida, se habían introducido en el campamento para espiarlos. A continuación, las soltaron para que llevasen a sus pueblos el mensaje y supieran, en palabras de Bernal Díaz, quienes éramos. La famosa matanza de Cholula fue ordenada directamente por él, al igual que la pena de muerte que dictó contra el jefe tlaxcalteca Xicotencatl El Mozo, tras su traición, justo después del episodio de la Noche Triste. Claro está que ambas decisiones estuvieron bien medidas y le permitieron una obediencia ciega, primero de los cholutecas y luego de los tlaxcaltecas.

Pero, incluso, después de la Conquista, establecido ya como encomendero, tampoco les dispensó un trato especialmente compasivo. Aunque promulgó unas ordenanzas defendiendo su buen tratamiento, él mismo fue acusado por los suyos de hacer lo contrario. De hecho, los naturales de Cuernavaca, en el actual Estado mexicano de Morelos, en 1533, le imputaron un delito de malos tratos reiterados así como de cobrarles excesivos tributos y hasta servicios personales. Llegaron a testificar en el juicio que el Marqués del Valle no los trataba como a vasallos sino como a esclavos. En el inventario de sus bienes, que se realizó en Cuernavaca, el 26 de agosto de 1549, se contabilizaron 188 indios esclavos, una veintena de ellos naturales de Tlaxcala. No olvidemos que el metellinense no tuvo reparos en practicar el tráfico esclavista cuando las necesidades de mano de obra en su señorío le apremiaron. De hecho, en 1542, suscribió un contrató con el mercader genovés Leonardo Lomellino para que le enviase desde Cabo Verde 500 esclavos que pretendía vender en Nueva España a 66 ducados la pieza. Como casi todas las personas de su época aceptó la esclavitud como una institución legal y hasta legítima.

Sabía el extremeño tener mesura pero también era capaz de actuar con todo el rigor cuando las circunstancias así lo requerían. En 1521, no le tembló la mano cuando decretó la horca para Antonio de Villafaña. Éste, había protagonizado poco antes un levantamiento contra él con la intención de colocar en su lugar a Francisco Verdugo, cuñado del teniente de gobernador Diego Velázquez.

He huido de la historia sagrada, aunque también me distanciaré de los que conciben su biografía y la conquista de América desde el lado opuesto; no se puede satanizar a Cortés por pensar de la misma forma que lo había hecho todo el mundo civilizado durante más de dos mil años. Fue, en definitiva, un hombre de su tiempo, un guerrero de la frontera cristiana. Que nadie busque en él a una persona pacifista, compasiva y misericordiosa, sino a un luchador agreste dispuesto a conquistar un imperio a cualquier precio. No importaban las vidas individuales, sino la grandeza de Dios, de Castilla y de él mismo. Pero como a estas alturas del siglo XXI es difícil que algo no se haya dicho de este querido y odiado conquistador, concluiré con unas palabras escritas por el recordado jurista Francisco Tomás y Valiente que me parecen justas y equitativas:

 

Ni ángel ni bestia, ni dios, ni enviado de los dioses, sino hombre de carne y sangre, valiente y cruel, aventurero insaciable, ambicioso y tenaz, codicioso y noble, Cortés, con sus contradicciones a cuestas, hizo lo que hizo y entendió lo que vio desde sus coordenadas culturales y, más en particular, con las ideas políticas vigentes en su viejo mundo.

 

Pero, algo debe quedar claro, nos guste o no, héroe o malhechor, cruel o caritativo, ambicioso o generoso, es parte destacadísima de la historia de la querida y sufrida nación mexicana, y cómo no, de la historia de Medellín y de Extremadura.