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Libros de Historia

BREVÍSIMA RELACIÓN DE LA DESTRUICIÓN DE LAS INDIAS

Fray Bartolomé de Las Casas: Brevísima relación de la destruición de las Indias (Ed. de José Miguel Martínez Torrejón). Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2009, 286 pp.

 

             Estamos sin duda ante una edición prácticamente definitiva de la Brevísima. Se había editado decenas de veces tanto en español como en otros idiomas, siendo una de las obras más influyentes en el pensamiento occidental durante los últimos cinco siglos. Sin embargo, algunas de las ediciones anteriores adolecían de cuidadas transcripciones, mientras que otras no habían utilizado el texto príncipe –del año 1552-, o bien, no fueron convenientemente anotadas.

            Esta edición de José Miguel Martínez Torrejón, además de incorporar un estudio preeliminar – a modo de prólogo- del prestigioso hispanista inglés John H. Elliot, dispone de una extensa y completa introducción donde se traza un recorrido por el contenido de la obra y por las múltiples ediciones que se dieron a la estampa desde el mismo siglo XVI. Asimismo, presenta un texto extremadamente cuidado, contrastado con todos los originales de la obra, conservados en distintos repositorios. Pero lo que le da a esta edición un valor excepcional es que incorpora al texto nada menos que 383 notas a pie de página, aclarando infinidad de aspectos, tanto de carácter filológico como histórico. Y en este extenso aparato crítico se vislumbra el profundo conocimiento que el editor tiene tanto del pensamiento del dominico como del fenómeno de la Conquista.

             Como es sabido, el padre Las Casas comenzó esta relación en 1540, finalizándola en 1552. Se trata de una obra muy breve en la que en tan sólo veintiún capítulos –unos mucho más extensos que otros- explica al príncipe Felipe, las atrocidades cometidas por los conquistadores en los más diversos rincones del continente americano. Su brevedad se debía a una cuestión práctica pues no se concibió con formato libresco –para ello escribió su Historia de las Indias- sino cómo una simple carta informativa. Su objetivo era informar de la destrucción –lo que hoy llamaríamos genocidio- que se estaba perpetrando en las Indias. Como dice el editor, no sólo narró los horrores de la Conquista sino que cuestionó los fundamentos de la legitimidad de la acción española en las Indias. Que el dominico logró su fin de conmover a todos salta a la vista, pues la legislación protectora del indio estuvo desde entonces influida por el pensamiento lascasista. Y es que Bartolomé de Las Casas se adelantó varios siglos a su tiempo, pues demostró que el enfrentamiento entre civilizaciones supuestamente superiores con otras inferiores acababa siempre con la aniquilación o destrucción de la segunda, justo la premisa que la Antropología Cultural descubrió en la Edad Contemporánea (Alcina, 1985: 45).

             A la Brevísima se le ha objetado su generalidad, pues no ofrece los nombres de las personas que cometieron las tropelías y la mayor parte de los hechos que denuncia lo hace sin ofrecer detalles concretos. Sin embargo, basta cruzar la Brevísima con la Historia de las Indias para encontrar con nombres y apellidos a los perpetradores. La Brevísima fue en ese sentido un breve extracto donde de forma sintética se pretendió denunciar la forma de actuar de la España conquistadora, como el propio Las Casas insinuó.

El problema fue que sus textos fueron utilizados en el exterior y manipulados cínicamente, fundamentándose sobre ellos la Leyenda Negra. Ésta no fue más que el alegato que los europeos hicieron frente a la indiscutible primera potencia mundial que era, en esos momentos, el imperio de los Habsburgo. Y hablo de manipulación cínica porque se acusó a España de una política expansiva que todas las naciones practicaban allí donde podían, e incluso, con muchos menos prejuicios morales. Posteriormente, los criollos utilizaron la obra a su antojo, primero apoyándola, pues les sirvió para aglutinar voluntades contra la metrópolis y, luego, cuando decidieron continuar el genocidio, condenándola. Pero, lo que es indudable es que, por encima de cualquier consideración partidista, la figura del defensor de los indios debe brillar por la incansable e ingente tarea que llevó a cabo en defensa de los más desfavorecidos.

             El editor, pese a que verifica con notas a pie de página muchos de los datos ofrecidos por el dominico, pone en duda sistemáticamente todos aquellos que él no consiguió contrastar. Además continúa sosteniendo, de acuerdo con la historiografía tradicional, que muchos de sus datos no se pueden dar por validos porque, bien, se los inventó (véase la nota 96) o bien usó y abusó de la hipérbole. No comparto esta opinión pues, aunque es cierto que se equivocó en algunas cifras, no fue con la intención premeditada de exagerar sino porque le falló la memoria o cometió errores de apreciación. Entre los primeros, afirma que Santa Marta se fundó en 1523 (p. 72) cuando en realidad como observa certeramente el editor, ocurrió en julio de 1525. Asimismo, cuando habla de tres millones de indios o de que las ciudades de Nueva España estaban más pobladas que las de Toledo o Sevilla (p. 41), obviamente, no se detuvo a contar individuos no constituyendo más que estimaciones realizadas a bote pronto. Las cifras pues tienen muy escasa fiabilidad pero no por que mintiera deliberadamente sino porque carecen del más mínimo rigor científico. Asimismo, cuando alude a los ríos de la Vega, en La Española, diciendo que eran tan grandes como el Ebro, el Duero o el Guadalquivir (p. 19) resulta a todas luces exagerado pero con total seguridad ni se detuvo a medir los ríos españoles ni menos aún los dominicanos. Finalmente, señalar que el editor anota en la página veintitrés que Ovando introdujo la encomienda en 1504 cuando en realidad lo hizo en 1505. Se trata de pequeñas objeciones que en absoluto empañan el excepcional valor de esta edición.

En definitiva, quiero insistir que estamos ante la mejor edición publicada hasta la fecha de una de las obras más relevantes del pensamiento occidental.

 

 

Esteban Mira Caballos

Academia Dominicana de la Historia

EL PESO DE LA SANGRE. LIMPIOS, MESTIZOS Y NOBLES EN EL MUNDO HISPÁNICO

EL PESO DE LA SANGRE. LIMPIOS, MESTIZOS Y NOBLES EN EL MUNDO HISPÁNICO

Böttcher, Nikolaus, Hausberger, Bernd y Hering Torres, Max S. (Comp.): El peso de la sangre. Limpios, mestizos y nobles en el mundo hispánico. México, El Colegio de México, 2011, 320 pp.

    La obra recoge un total de diez contribuciones sobre la temática, la mayoría presentadas en unos coloquios celebrados en El Colegio de México en diciembre de 2007. La primera de ellas, firmada por Max S. Hering Torres, constituye una excelente interpretación de la teoría y la praxis de la limpieza de sangre en España y en América. En la Península, las probanzas comenzaron a mediados del siglo XV y sirvieron para discriminar de los altos cargos de la administración a los conversos, es decir a los cristianos nuevos. Y ello porque se entendía, como se estableció en la Sentencia-Estatuto del cabildo de Toledo de 1449, que independientemente de su fidelidad al cristianismo, tenían un origen manchado y un linaje perverso. Dado que los apellidos sospechosos eran fácilmente sustituibles se hizo necesario establecer mecanismos para verificar el linaje de cada persona. Por tanto, las pruebas o probanzas de sangre no fueron más que un instrumento de investigación genealógica. A partir de la conquista de América, este mismo instrumento se utilizó para discriminar a las castas, es decir, a los mestizos, mulatos, zambos, cuarterones, etc.
     Por su parte Oscar Mazín analiza la nobleza española y establece los vínculos con la América española. Partiendo del análisis de los trabajos de Adelina Rucquoi, Manuel Hespanha y Juan-Paul Zúñiga, establece la evolución del concepto de pureza de sangre desde la metrópolis a sus colonias. De acuerdo con Rucquoi, el autor afirma que en sus orígenes las limpiezas de sangre no sólo se dirigieron contra los judeoconversos sino que tuvieron como fin principal la exclusión de todos aquellos que no fuesen blancos. En América, precisamente siguiendo este mismo mecanismo, la limpieza tuvo como objeto discriminar a las castas con respecto a los linajes de los conquistadores. De alguna forma se adoptó la vertiente nobiliar de la limpieza, por lo que, siendo consecuentes, respetaron y asimilaron a la nobleza indígena.
     Uno de los trabajos más brillantes del volumen es el que firma Bernd Hausberger sobre la limpieza de sangre en el caso concreto de los vasco. Los vizcaínos –como ellos mismos se solían llamar en la época- utilizaron la limpieza de sangre, para consolidarse como una minoría privilegiada dentro de la Península. Se enfrentaron al reto migratorio, reforzando sus vínculos regionales. Aunque este mecanismo de cohesión no fue exclusivo de los vascos, estos lo utilizaron de manera muy especial. Verificar estos orígenes les sirvió para mantener su cohesión en la diáspora, manteniendo algunos privilegios dentro de la monarquía de los Habsburgo. Y es que los vascos se consideraron a sí mismos –los demás no los veían exactamente así- como la extirpe más limpia de toda España. Obviamente, en ningún caso este discurso identitario tenía tintes independentistas, limitándose como dice el autor, a subrayar su particularidad histórica y política dentro del marco español.
     Javier Sanchiz, Norma Angélica Castillo Palma, Solange Alberro y Nikolaus Böttcher se ocupan por separado de la limpieza de sangre en el virreinato novohispano. Estudiando casos diferentes todos ellos llegan a conclusiones similares, a saber: uno, que la limpieza de sangre sirvió en Nueva España no sólo para excluir a los judeoconversos sino también a los indios y a las castas. Y otro que personas destacadas socialmente conseguían con cierta facilidad sortear las exigencias de la limpieza de sangre, accediendo sin problemas a altos cargos de la administración civil o eclesiástica. Solange Alberro analiza varios casos de personas de orígenes familiares judeoconversos que alcanzaron altos cargos, incluido el de calificador del Santo Oficio. Bien es cierto, que ya Ruth Pike detectó, hace varias décadas, un fenómeno similar en la Sevilla del Siglo de Oro, cuando numerosos mercaderes conversos, mantuvieron su patrimonio y sus privilegios merced a su poder económico.
     Por su parte Alexander Coello analiza el peso de la sangre en el virreinato limeño a través del enfrentamiento entre el Colegio de San Martín y el Real de San Felipe, en el siglo XVII. Se trataba de dos instituciones educativas muy influyentes en el Perú, que lucharon por la preeminencia. El de San Felipe era más selecto y rechazaba a todos aquellos que no dispusiesen de una genealogía familiar limpia, tanto desde un punto de vista fenotípico como relacionadas con el credo. Por ello, también reclamaba para sus colegiales la precedencia en todos los actos públicos con respecto a los alumnos de San Martín.
      Marta Zambrano extiende el análisis de la limpieza de sangre a Santa Fe, donde fueron discriminados de las altas jerarquías los mestizos y las demás castas. Hubo algunas excepciones en las que mestizos prominentes, ayudados por la influencia de sus progenitores, todos ellos conquistadores, consiguieron no sin dificultad alcanzar algunos puestos de relevancia.
      Y finalmente, Guillermo Zermeño establece las diferencias entre los conceptos de mestizo, que apuntaba sólo a un hecho racial, y de mestizaje que terminó convirtiéndose en el signo de identidad colectiva de muchas naciones hispanoamericanas surgidas tras la Independencia. El autor cita una frase de Simón Bolívar que resume bien esta idea: No somos europeos, no somos indios, sino una especie media entre los aborígenes y los españoles.
      En general, en esta obra se recalca la influencia que ejerció la sangre a ambos lados del océano. Un mecanismo que llevaba implícitas unas obvias connotaciones racistas –o si se prefiere, protorracistas- , aunque el concepto no tenga el mismo contenido que en la actualidad. Asimismo, su aplicación en las colonias presentó algunas particularidades: primero, se aplicó más en la discriminación de las castas que en la persecución de los judeoconversos. Por tanto dejó de ser un mecanismo de persecución del neófito para convertirse en un instrumento de limpieza fenotípica de negros, indios y sus híbridos. Segundo, que no siempre las informaciones contaron con las garantías necesarias para verificar lo que allí se decía. En aquella época la Península Ibérica parecía estar demasiado lejos como para conocer con detalle los orígenes del aspirante. Por eso no era de extrañar, como denunciaba la audiencia de Santo Domingo en 1572, que muchos, siendo descendientes de judíos, elaborasen informaciones falsas accediendo a puestos destacados de la administración. Un aspecto que ratifica Javier Sanchiz pues detectó varios casos de personas con tacha genealógica que consiguieron burlar los controles de limpieza y acceder a altos cargos. Y tercero que, a diferencia de lo que ocurría en la metrópolis, el peso de estas informaciones de limpieza no siempre fue decisivo para apartar a una persona del alto funcionariado. A veces, cuando el sujeto en cuestión disponía de suficiente influencia social, no había demasiada dificultad en alcanzar los altos cargos, pese a existir fundadas sospechas de su origen neófito.

   Esteban Mira Caballos

(Esta reseña está publicada en la revista Iberoamericana, Berlín, 2011)

CADA UNO EN SU LEY

Schwartz, Stuart B.: Cada uno en su ley. Salvación y tolerancia religiosa en el Atlántico ibérico. Madrid, Akal, 2010, 390 pp.

          Es bien sabido que dentro de la sociedad ibérica, y especialmente de la americana, hubo una cierta tolerancia religiosa. Precisamente por ello se creo la Inquisición, es decir, para velar por el cumplimiento del dogma, evitando relajaciones, contaminaciones protestantes o paganas y las temidas desviaciones de iluminados. El mérito de esta obra reside en que consigue aislar decenas de casos concretos donde se verifica esta tolerancia entre la población y todo ello con una base documental y bibliográfica abrumadora. En una edición muy cuidada y magníficamente redactada, se analizan decenas de juicios inquisitoriales desarrollados en España y Portugal así como en sus respectivas colonias, estableciendo puntos en común entre los testimonios de los encausados.
          El profesor Schwartz contabilizó un total de 116 casos en los que los sujetos fueron condenados por afirmar que cada uno podía salvarse en su ley, independientemente de que profesasen la religión de Yahvé, la de Alá o las politeístas de las grandes civilizaciones mesoamericanas o andinas. Los que más formación tenían, especialmente los religiosos, fundamentaban su afirmación en la ley natural, mientras que los demás utilizaron argumentos más rudimentarios o simplemente lo justificaban en el sentido común. Un inglés residente en Guatemala, Mariano Gordón, afirmó muy significativamente: crea usted en su ley que yo creeré en la mía y el día del juicio nos veremos. Una tolerancia religiosa que, por tanto, no podemos circunscribir específicamente al mundo ibérico.
          La tesis fundamental de su autor es que esta tolerancia hacia otros credos estuvo más generalizada de lo que se había creído, no sólo entre los conversos sino también entre los cristianos viejos de España y de América. Ahora bien, algunos de los casos sobre los que el profesor Schwartz fundamenta su hipótesis constituyen, en realidad, pura y llana disidencia. Ya Henry Kamen advirtió hace varios lustros que en España se desarrolló más una sociedad de la disidencia que de la tolerancia. Algunos sí se parecían a Menocchio, el viejo molinero de Friuli, pero la mayoría eran más bien locos, marginados sociales, crispados, resentidos o, en cualquier caso, personas que tenían muy poco que perder y que se la jugaron desafiando al más temido de los tribunales, el de la Inquisición. Estos disidentes llevaron sus ideas contracorriente hasta extremos insospechados. El autor cita el caso de Mateo Salado, un francés de 45 años que se ganaba la vida como huaquero –buscador de tumbas con ajuar áureo- en el Perú. Lo menos que dijo fue que no existía el purgatorio o que la Santísima Trinidad lo formaban en realidad dos personas y no tres. Asimismo se atrevió a acusar al mismísimo Papa de gastarse los dineros de la iglesia en prostitutas. Lógicamente, fue quemado en la hoguera en Lima en noviembre de 1573; pero a mí, el pobre de Mateo Salado, que probablemente estaba perturbado, no me parece un tolerante sino un disidente radical, casi tanto como sus verdugos. Otro extremista fue sin duda Francisco de Escobar, un hacendado mestizo de Lima quien, además de dudar de la virginidad de María, se acostaba con toda india o mestiza que pillaba, con la excusa de la famosa cita bíblica crecer, multiplicados y llenar el mundo. Fue condenado a muerte. Nuevamente se trataba de auténtico obseso sexual tan radical como los inmisericordes inquisidores que lo juzgaron. El caso de Bento Texeira, un joven de Oporto, radicado en Pernambuco no es menos significativo; asesinó a su esposa al sorprenderla con otro pero no fue condenado por eso sino por sostener ideas que se parecían peligrosamente a la predestinación calvinista, pues, en su opinión, cuando Dios había decidido el destino de una persona, de nada servían ya las buenas obras. Nuevamente, no parece que el portugués fuese un modelo de tolerancia religiosa sino de disidencia abierta y directa frente al catolicismo.
          Asimismo, se detiene el autor en los muchos casos de sincretismo religioso que desplegaron los indígenas y que, nuevamente, intenta presentar como claros casos de tolerancia entre religiones. Sin embargo, también en esta ocasión habría que hablar no tanto de tolerancia como de resistencia hacia una religión que durante mucho tiempo consideraron ajena.  
Pudo haber una cierta tolerancia entre los cristianos viejos y prueba de ello son los numerosos casos en los que encubrieron a familias moriscas para evitarles el cadalso. Pero, en cualquier caso, si estuvo más o menos generalizada entre la población, ésta debió quedar recluida en la más estricta de las intimidades familiares, dado el férreo control que ejercían las implacables autoridades inquisitoriales. Por cierto, sirva de aviso que todavía en pleno siglo XXI ninguno de los grandes credos monoteístas aceptan plenamente esta idea de que cada uno puede salvarse en su fe. Quizás sería oportuno mimetizar el sentido común que exhibían algunos de estos condenados por la Inquisición.
          Huelga decir que la obra encierra algunas de las mejores virtudes de todo buen libro de Historia: plantea nuevas hipótesis, apunta líneas de investigación alternativas e incita a la reflexión. Por tanto se trata de una excelente y bien documentada monografía, independientemente de que algunas de sus conclusiones puedan ser más que discutibles.

Esteban Mira Caballos

* Esta reseña saldrá publicada próximamente en la revista Iberoamérica, Berlín.

EL INDIO ANTILLANO: REPARTIMIENTO, ENCOMIENDA Y ESCLAVITUD.

EL INDIO ANTILLANO: REPARTIMIENTO, ENCOMIENDA Y ESCLAVITUD.

MIRA CABALLOS, Esteban: El indio antillano: repartimiento, encomienda y esclavitud (1492-1542). Sevilla, Muñoz Moya editor, 1997, 448 p.

    Con el ropaje característico de una tesis doctoral, dirigida por el Dr. Adolfo Luis González Rodríguez, que la prologa, se ha publicado en Sevilla este libro de gran pretensión, como es el de estudiar las relaciones entre los conquistadores y sus conquistados durante el primer medio siglo de historia antillana. Sus parámetros están bien cogidos, pues abarca una región y un período significativo, cosa poco frecuente (ahora, no antes) en los historiadores españoles que afrontan el estudio del caribe, que suelen escoger rocambolescamente una isla y un período de medio o de un siglo, rebanando artificialmente de la Historia, para hilvanarnos la documentación que sobre ambos, isla y siglo, existe en el Archivo General de Indias. Las Antillas son indudablemente una región preñada de elementos homogéneos a lo largo del proceso colonial, y más aun en el de su formación. En cuanto al período escogido está igualmente bien seleccionado, pues va desde el descubrimiento en las islas hasta las Leyes Nuevas que marcan el final del trabajo de la esclavitud indígena legal, y real para esta zona, donde fue relevado por la esclavitud negra. También nos parecen adecuadas las fuentes documentales, aunque algo parcas las de los archivos matritenses y vallisoletano, que se han utilizado y citado, pero no en profundidad. La selección de las numerosas fuentes documentales impresas adolece en cambio de falta de aparato crítico, algo que también se ha hecho muy someramente con la bibliografía. Los apéndices documentales son muy valiosos.
    El tratamiento del tema se ha realizado en tres partes, con arreglo a un esquema muy académico, pero perfectamente válido, como son las de la población, los repartimientos y encomiendas, y la esclavitud y resistencia indígenas. El método es descriptivo, pero a través de la narración abundan refrenados comentarios críticos que permiten adivinar un historiador inconformista y analítico de calado, que no ha podido desprenderse de la moderación y ponderación impuestos por el academicismo universitario. Particularmente se observa en la tercera parte, la relativa esclavitud del indio donde nos ha dejado muchas sugerencias, y no ha sido poca la de tratar la esclavitud americana en España, donde siempre ha sido un tema de, llamémosle, poco gusto, en el que se han adentrado muy pocos. De peor gusto es hablar del descenso poblacional indígena, como hace Mora objetivamente, acusando de ello al sistema laboral y más concretamente a la encomienda, aunque concediendo al academicismo la incidencia en el mismo del bajo desarrollo cultural indígena y una dieta alimenticia baja en proteínas.
    Entre los aspectos más sobresalientes del libro de Mira destacan un intento de cuantificación de la población esclava africana llegada a las Antillas, los abusos de los encomenderos que explotaban a sus encomendados haciendo caso omiso de lo que la Corona ordenaba y sin una decidida oposición de la Iglesia, y la sangría indígena producida por las armadas de rescate. Es por esto que se trata de un libro muy útil para quienes estudiamos la Historia de América desde abajo y desde arriba, contrastándola, que adivinamos en Mira un compañero de fecundos trabajos futuros.

                        Prof. Dr. D. Manuel Lucena Salmoral

Publicada en la revista Estudios de Historia Social y Económica de América Nº 15, Universidad de Alcalá de Henares 1997, pp. 449-450

Caballos y équidos españoles en la conquista y colonización de América

RÍO MORENO, Justo Lucas: Caballos y équidos españoles en la conquista y colonización de América (siglo XVI). Sevilla, Gráficas del Guadalquivir, 1992.
    
    Esta obra posee un doble interés ya que, por un lado, es extremadamente rigurosa, haciendo interesantes aportes al mundo americanista y, por el otro, lo suficientemente amena como para interesar a un amplio abanico de aficionados al mundo ganadero en general y caballar en particular.
    En lo que concierne al caballo, se insiste en la importancia que tuvo como elemento de conquista, hasta el punto de señalar que los indios preferían matar antes a un caballo que a cinco españoles. El análisis amplia esa línea clásica de investigación del équido como elemento de conquista, tratando ahora inéditas cuestiones sociales, económicas y técnicas, como la doma, las razas y la monta.
    El équido aparece reflejado como uno de los más claros símbolos de la primitiva sociedad hispanoamericana. Se ahonda en todo lo que supuso la tenencia de un rocín a la hora de otorgar repartimientos de tierras e indios y su importancia para dotar a su poseedor de un alto status social. Hasta tal punto fue valioso este animal en la primera sociedad de la conquista que, como bien explica el autor, la peor afrenta que se le podía hacer a un caballero era cortarle la cola a su caballo.
    A la par, queda analizado el comercio y el lucro económico que generó en principio para la élite dominicana la crianza de estos animales en los primeros años de la colonización. Según puso de manifiesto el propio Justo del Río, el caballo en Tierra Firme, en torno a 1521 o 1522, llegó a cotizarse entre 120 y 190 indios, loo que supone cifras verdaderamente elevadas.
    Más valiosas aún son las aportaciones que se hacen en relación al ganado asnar y mular, pues se pone de relieve la importancia de estos en el avance de la conquista y colonización de las Indias. Estios animales llegaron a La Española en la primera década del siglo XVI, aliviando al indio a quien sustituyó en el porteo, en aquellas áreas donde fue posible.
    En resumidas cuentas, podemos decir que estamos frente a una obra que es ya hoy, un instrumento básico para el conocimiento de la ganadería equina en la decimosexta centuria y que, sin duda, con el paso de los años, se convertirá en un manual clásico.
                            Esteban Mira Caballos

Reseña publicada en la revista Ecos del Instituto de Historia de la Universidad Autónoma de Santo Domingo, año II, Nº 3, Santo Domingo 1994, p. 242. 

EL ESCULTOR E IMAGINERO FRANCISCO FERNÁNDEZ BUIZA

EL ESCULTOR E IMAGINERO FRANCISCO FERNÁNDEZ BUIZA

MARTÍNEZ LEAL, Pedro Ignacio: El escultor e imaginero Francisco Fernández Buiza. Sevilla, Ediciones Guadalquivir, 2000, ISBN:84-8093-045-4, 363 págs., il.

Doce años después de que el autor presentara este trabajo como su Tesis de Licenciatura en la Universidad de Sevilla, obteniendo la máxima calificación de Sobresaliente por Unanimidad, en un tribunal formado por valiosos especialistas, ve la luz por fin este esperado libro.

Su aparición ha llenado de satisfacción a los estudiosos del arte y de las cofradías de toda Andalucía donde tan prolífico su quehacer artístico. Un orgullo tanto m s grande para el que suscribe estas líneas en tanto en cuanto Paco Buiza se sintió siempre ante todo carmonense, muy a pesar de que durante una buena parte de su vida vivió en la capital hispalense. Sin duda, las circunstancias de la Posguerra le obligaron a marcharse a vivir a Sevilla, concretamente al barrio de la Feria. Pero, pese a las circunstancias, jamás perdió el amor por su ciudad natal ni, por su puesto, su profunda devoción a la Virgen de Gracia, patrona de Carmona.

La obra se distribuye inteligentemente en una introducción y cuatro grandes partes, a saber: biografía, taller, estilo y catálogo de obras. En la biografía desgrana con sumo detalle y esmero cada uno de los aspecto de su vida. En la lectura de estas líneas se percibe claramente la implicación del autor en la vida del recordado escultor y de su familia mucho más allá del mero trabajo de investigación. En este sentido el trabajo de Martínez Leal es envidiable. Como no podía ser de otra forma destaca de manera notable su vinculación con la ciudad de Carmona, y su relación -no siempre fácil- con ésta. De origen humilde, estudio algunos años en el antiguo colegio salesiano de Carmona, para trabajar desde corta edad en distintos oficios, como pastor, jornalero y hasta panadero. Una vez en Sevilla estudio modelado en la Escuela de Artes y Oficios y trabajó de ceramista en distintos talleres hasta que conoció al que sería su maestro Sebastián Santos Rojas. Hasta 1954 no tuvo su taller propio, desde el que realizó su prolífica labor artística.

Se incide asimismo en ese fatídico accidente de motocicleta, ocurrido en 1962, que tanto marcó no solo su aspecto físico sino también su carácter desde entonces mucho m s seco y desconfiado. Incluso las circunstancias concretas de su fallecimiento en 1983 son desgranadas con el rigor de un historiador pero también con el detalle de un periodista.

Sus clientes eran fundamentalmente instituciones religiosas, iglesias y sobre todo hermandades, pues, su producción, aunque cuenta con obras profanas, es sobre todo de carácter devota. Su trabajo para las hermandades andaluzas fue muy prolífico hasta el punto que pasan del medio centenar las efigies salidas de su taller que procesionan en la Semana Santa Andaluza. Auténticas obras emblemáticas dentro de la imaginería andaluza que sería imposible mencionar todas aquí de las que, no obstante, son buena muestra el misterio del Santo Entierro de la hermandad del mismo nombre de Carmona, el Cristo Yacente de Coria del Río, el Crucificado de la Sangre de la Hermandad de San Benito de Sevilla, el Cristo de la Columna de la hermandad de las Cigarreras, el Cristo de la Agonía de la iglesia de San Julián de Málaga, entre un largo etcétera. Sin olvidar tampoco una iconografía muy querida por él, la del Niño Jesús, así como sus innumerables Vírgenes, como la de la Santísima Trinidad de la parroquia de Santa Cruz de Cádiz o la de la O de la hermandad de los Gitanos, donde presenta esas mujeres maduras, guapas y, como dice Martínez Leal, también sufridas.

Realmente fue Buiza un autor polifacético que realizó todo tipo de iconografías religiosas y profanas, restauró imágenes como el Crucificado de la hermandad de la Amargura de Carmona, realizó numerosas canastillas. En ellas labró como nadie los querubines y angelotes, siendo, como afirma el autor del libro, el "escultor de los ángeles", y en ese aspecto destacó sobre otros grandes decoradores de pasos de su época.

No solo trabajó una gran variedad de iconografías sino también utilizó muy diversos materiales como el barro, muy especialmente el pino y excepcionalmente el marfil.

Buiza puede considerarse como el último gran escultor barroco de Sevilla. Sus obras recuerdan a los grandes escultores del siglo de oro sevillano desde Martínez Montañés a Duque Cornejo, pasando por Alonso Cano y por Juan de Mesa.

En el extenso catálogo de obras que aparece en la última parte del libro se detallan, por iconografías, cada una de las obras identificadas del imaginero carmonense. Es de destacar la modestia del autor al titular dicha parte como "catálogo provisional", cuando incluye cientos de obras, algunas de ellas ubicadas en lugares tan recónditos como el crucificado de la capilla del cortijo de Martín Juan, en los confines de la vega de Carmona. El catálogo es pues extenso y muy completo pese a que es posible citar algunas obras muy específicas que no aparecen en él como una Virgen del Carmen de la capilla del colegio "El Tomillar" de Badajoz. Detalles sin importancia que el mismo Martínez Leal previó y que en absoluto empañan la labor realizada por este investigador sevillano.

Mi más sincera enhorabuena al autor por deleitarnos con una obra que es, desde el mismo momento de su aparición, de lectura obligada para todos los interesados en la historia de las cofradías, de las advocaciones religiosas y de la imaginería andaluza.

 

Esteban Mira Caballos

LOS INDIOS EL DERECHO CANÓNICO Y LA JUSTICIA ECLESIÁSTICA

Zaballa Beascoechea, Ana de (ed.): Los indios el Derecho Canónico y la justicia eclesiástica en la América virreinal. Madrid: Iberoamericana, 2011,  243 páginas.

    Este libro recoge las ponencias presentadas en el Seminario Internacional Iglesia, justicia y población indígena en la América virreinal, celebrado en febrero de 2009. Se presentaron un total de nueve trabajos por parte de algunos de los principales especialistas en la temática, procedentes de diversos países de Europa y de América. Las ponencias se agrupan en tres bloques: el primero, analiza la relación de los nativos con el Derecho Canónico; el segundo versa sobre las visitas eclesiásticas y las campañas de extirpación de idolatrías; y el tercero, abunda sobre el uso que los nativos hicieron de los tribunales de justicia eclesiástica. El objetivo expreso del seminario era profundizar en el conocimiento que los indios tuvieron del Derecho Canónico y el uso que hicieron del mismo para conseguir sentencias a su favor.
    El libro comienza con un prólogo de Ana de Zaballa y una interesante introducción firmada por el profesor Jorge E. Traslosheros en la que sintetiza los principales aportes ofrecidos en la citada reunión científica. En su opinión, este uso que con frecuencia hacían los aborígenes de los tribunales de justicia eclesiástica pondrían en cuestión esa imagen estereotípica que tenemos de ellos como sujetos pasivos e ingenuos frente a los resabiados y malos conquistadores. Asimismo, destaca el trato favorable que siempre tuvieron aquéllos ante estos tribunales por su condición de cristianos nuevos y jurídicamente miserables. La justicia eclesiástica entendía que no era lo mismo cometer apostasía por maldad que por ignorancia.
    La primera ponencia la firma Thomas Duve quien trata de explicar la íntima vinculación entre el Derecho Canónico y el mundo indígena. Obviamente debió adaptar su tradicional ayuda a los más débiles –pupilos, viudas y huérfanos-, a la nueva realidad americana, donde había millones de nativos que necesitaban ser tutelados y convertidos. Por ello recibieron la condición de miserables, es decir, de personas menores de edad necesitadas de una especial protección. Fue precisamente esta condición jurídica lo que permitió que, al menos en teoría, los asuntos indígenas, perteneciesen a la jurisdicción eclesiástica y no a la civil.
En la segunda ponencia, Ana de Zaballa abunda en el conocimiento que los indígenas tuvieron del derecho eclesiástico, dado el frecuente uso que hicieron de los tribunales de justicia eclesiásticos. Los numerosos litigios que iniciaron y sus conocimientos jurídicos son, para la autora, una prueba evidente de la notable asimilación de las costumbres castellanas. Ahora bien, en mi opinión generalizar este conocimiento legal a todos o a la mayoría de los indios parece excesivo. En cualquier caso, habría que vincularlo a la élite indígena que no siempre defendía más intereses que los suyos propios.
    La tercera y la cuarta ponencia versan sobre distintos aspectos del III Concilio Mexicano y su relación con la población indígena, y están firmadas por Alberto Carrillo Cázares y Luis Martínez Ferrer. El primero abunda en los debates sobre cuestiones indígenas en dicho Concilio y el segundo en la legalidad y la libertad que allí se acordó para que se pudiesen desposar indios y negros. Y ello en coherencia con la doctrina tradicional de la Iglesia que, distanciándose del derecho romano, reconocía y auspiciaba la libertad como base del matrimonio, incluido el de los esclavos. Otra cosa era la práctica, pues, durante décadas los caciques continuaron admitiendo aquellas hijas que muchos de sus súbditos les entregaban para congraciarse con ellos, como habían hecho desde la época prehispánica.   
    Le siguen tres trabajos sobre las llamadas visitas de idolatrías. La primera de ellas de la profesora Macarena Cordero que trata de demostrar que estas visitas desarrolladas en el Perú llegaron a convertirse en una institución de Derecho Canónico. Al parecer, fue el arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero el que las tipificó minuciosamente como institución, siendo reconocida oficialmente en el sínodo de 1613. Desde entonces la visita de idolatría quedó perfectamente regulada. Obviamente, la autora se posiciona en contra tanto de las tesis de Nicholas Griffiths, quien estima que jamás constituyeron una institución, como de las de Kenneth Mills y de Pierre Duviols quienes consideran que no fueron más que la variante indígena de la Inquisición.
El trabajo de Juan Carlos García hace hincapié en el estudio de la pervivencia de la idolatría en el arzobispado de Lima, denunciada por Francisco de Ávila. Este último había sido acusado de corrupto por una parte de la historiografía, pero el profesor García intenta rehabilitar su figura, desmintiendo dichas acusaciones y afirmando, por el contrario, que se movió exclusivamente por sinceras convicciones cristianas. Precisamente, a su juicio, Francisco de Ávila y el arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero mostraron una clara determinación por acabar con la idolatría por motivos estrictamente  religiosos. Ahora bien, en mi opinión esta supuesta convicción religiosa no justifica la intransigencia que mostraron a la hora de reprimir las conductas sincréticas indígenas que en el fondo no fueron otra cosa que una forma de resistencia.  
El profesor Guibovich Pérez, en contraposición con lo que en este mismo libro sostiene la profesora Macarena Cordero, intenta demostrar que las campañas de extirpación de idolatrías sólo se pueden entender en el marco de la visita eclesiástica y nunca como un fenómeno desligado de ésta. De hecho, la visita fue a su juicio la piedra angular sobre la que se organizó la Iglesia después del Concilio de Trento. Para este autor, las campañas de extirpación de idolatrías no fueron ni mucho menos una institución sino simplemente una variante de la visita eclesiástica común.
    El trabajo de John Charles toma como fuente la obra de Felipe Guaman Poma de Ayala, escrita en 1615, para analizar el uso de la justicia eclesiástica por parte de los indígenas. No en vano, Felipe Guaman fue un excelente conocedor de la justicia eclesiástica y, como otros muchos, un incansable litigante.
    Y finalmente el profesor sueco Magnus Lundberg estudia algunos casos concretos de litigios entre indios y sacerdotes en el marco mexicano, ampliando a Nueva España, algunas de las conclusiones que John Charles aporta para el caso peruano. Y para defender sus derechos recurrieron tanto a los tribunales civiles como a los eclesiásticos. Muchas de estas denuncias están escritas en Náhuatl, con traducción adjunta y en ella se acusa con frecuencia a sacerdotes, como Gerónimo Frías Quijada, que desatendiendo su obligación de practicar la caridad cristiana cometieron todo tipo de tropelías. Concluye el autor que a través de estos escritos es posible escuchar la voz de los marginales que, como se ha demostrado a lo largo de este libro, conocían bien los mecanismos legales para formalizar sus reivindicaciones.
    En conclusión, este libro ofrece los últimos puntos de vista sobre las relaciones entre los indios y el Derecho Canónico, tanto a nivel teórico como práctico. Algunos de los puntos de vista aquí sostenidos pueden ser muy discutibles pero, en cualquier caso, constituyen una buena aportación al debate historiográfico.         
    
Esteban Mira Caballos

MASACRE. LA REPRESIÓN FRANQUISTA EN VILLAFRANCA DE LOS BARROS

ESPINOSA MAESTRE, Francisco: Masacre. La represión franquista en Villafranca de los Barros (1936-1945). Sevilla, Aconcagua Libros, 2011, I.S.B.N.978-84-96178-43-4, 335 págs.
                                
    Este libro narra lo sucedido en una localidad media de la Baja Extremadura, desde los momentos del golpe militar del general Franco en 1936 hasta 1945, año en que podemos dar por acabada la primera represión franquista. Por tanto, no habla de la guerra civil –en Villafranca de los Barros no hubo guerra sino ocupación- sino de la postguerra. Quiero empezar advirtiendo al lector que no se trata de una historia local más. Las fuentes, la metodología, la estructura, la esmerada redacción y la bonita edición hacen de ella una obra singular dentro del panorama historiográfico español. Lo ocurrido en esta villa durante la postguerra sobrecoge por tres motivos que pasaremos a desarrollar:
Primero por la magnitud del genocidio, pues, mientras no se produjo ninguna baja en la derecha fueron fusilados más de medio millar de izquierdistas. Francisco Espinosa ha conseguido documentar unos 270, incluidas 27 mujeres, pero no es descabellado pensar que fuesen más del doble. Y ello sin contar a varios cientos más que sufrieron en el mejor de los casos desprecios o vejaciones y en el peor una buena temporada en la cárcel. Por el simple hecho de haber  repartido propaganda de algún partido republicano o haber defendido en una tertulia alguna idea progresista le podían caer a cualquiera doce años de cárcel. A muchos les pilló absolutamente desprevenidos pues, tras el paso de la columna de Asensio, regresaron a sus casas pensando que jamás serían procesados y condenados por el simple hecho de estar afiliados a algún partido o sindicato de izquierdas. Pero se equivocaron, pues, lo peor estaba todavía por llegar. Esta abultadísima asimetría entre los fallecidos de un bando y de otro prueba una vez más el proyecto de los golpistas de aniquilar físicamente al adversario. El precedente creado en Villafranca y en otras localidades sirvió para que el bando que permaneció con la República comprendiera que iban a ser exterminados, estuviesen sus manos manchadas de sangre o no. En adelante no habría tanta comprensión con los derechistas.
Segundo, por el extenso elenco de fuentes que maneja el autor, desde tesis de licenciatura inéditas hasta libros raros pasando, por supuesto, por todo tipo de manuscritos, tanto procedentes de archivos locales como nacionales. El autor lleva investigando la postguerra en su pueblo natal intermitentemente desde 1972, lo que equivale a decir que su libro es fruto de más de cuatro décadas de investigación. Esta amplia base documental unida a su larga, minuciosa y madura reflexión le han permitido elaborar un relato incontestable.
Tercero, por su gran sinceridad y objetividad. En un original capítulo titulado Los historiadores también tenemos historia, el profesor Espinosa, habla a corazón abierto de sus antecedentes familiares. Se sincera contando las conversaciones que mantuvo con su padre, que militó activamente en el falangismo local. Fue él quien le ofreció los primeros datos sobre lo ocurrido –aunque muy subjetivos- que después el autor pasaría a investigar y a cotejar. Por supuesto, como afirma el profesor Espinosa, este pasado familiar puede condicionar pero por encima de ello debe primar la profesionalidad del historiador, dispuesto siempre a contar la verdad, pese a quien pese y, como en este caso, afecte a quien afecte. A su juicio fueron precisamente los hijos de los vencedores los que más posibilidades tuvieron para estudiar carreras universitarias y, por tanto, los que por lo general pudieron reconstruir la historia de la represión. Suscribo plenamente sus palabras y voy incluso más lejos, pues Eric Hobsbawn ha escrito que los revolucionarios del siglo XX –aunque muy pocos hicieron la revolución- fueron en su mayor parte jóvenes intelectuales, con carreras universitarias y procedentes de familias acomodadas.          
Y cuarto, porque detrás de las cifras hay una semblanza personal de algunos de los depurados, especialmente de tres, del último alcalde republicano Jesús Yuste Marzo, de la maestra Catalina Rivero Recio y del entrañable José Molano Verdejo. A través de ellos, el autor reconstruye el drama de la postguerra. Debo confesar que he sufrido mucho leyendo esta obra y hasta he llorado; ¡me hubiese gustado tanto que la historia fuese otra!, pero fue la que fue. Uno siente impotencia y desánimo al comprobar las atrocidades que puede llegar a perpetrar el ser humano.
Los casos del último alcalde republicano de Villafranca de los Barros, Jesús Yuste Marzo, y de José Molano Verdejo, presidente de la UGT en tiempos del golpe, son especialmente sangrantes. Ambos fueron dos demócratas convencidos, enemigos radicales de la violencia. El primero dado que era panadero y padecía una cojera en una pierna se le apodaba como el Cojo de los Molletes. Su principal objetivo fue aliviar la extrema pobreza de las clases más desfavorecidas, asentando en parcelas a algunos yunteros y obligando a los principales empresarios agrícolas a ofrecerles jornales. Esos fueron sus principales delitos. En cuanto al segundo, arriesgo su vida para evitar que un grupo de descontrolados quemaran vivos a los derechistas que estaban retenidos en la sacristía. Ello no impidió que ambos fuesen condenados a muerte, en sendos consejos de guerra. Intervenciones de personas allegadas consiguieron conmutarles in extremis sus respectivas penas de muerte por las de cárcel. Pobre consuelo para dos personas buenas cuyas vidas quedaron marcadas por la sinrazón de la postguerra.
Pero lo ocurrido con la pobre de Catalina, la maestra enamorada fusilada con 35 primaveras cuando estaba ultimando los preparativos para desposarse, conmueve mucho más. Natural de Zorita (Cáceres) era la mayor de seis hermanos. Se graduó en magisterio en tan sólo tres años –en vez de cuatro- con la intención de ayudar a su padre –viudo- y a sus cinco hermanos. ¿Por qué la fusilaron? ¿había matado a alguien? ¿Había robado? ¿Había atentado contra las autoridades? Pues no, había perpetrado algo aún peor para los golpistas, estaba educando a sus pupilos en la libertad, en la igualdad entre hombres y mujeres, algo absolutamente inasumible para los que pretendían forjar la nueva España franquista sobre la fuerza de las armas. En el sumario se justifica la condena a muerte con el cargo de ¡rebelión! Estupendo, los rebeldes acusando de rebelión, es decir, el mundo al revés. Más sincero fue el párroco cuando anotó: fusilada por marxista. El general Cuesta Monereo, jefe del Estado Mayor de la II División, destacó la feliz noticia de la detención de la peligrosa maestra por dos valientes falangistas. En fin, sobran las palabras. Catalina, desapareció sin dejar rastro; alguien debería molestarse, no en hacerle un monumento que a lo mejor ella, tan discreta, nunca aprobaría, pero al menos sí en rotular su nombre en algún sitio donde la gente de bien pudiese llevarle rosas rojas.
Por el libro se pasean decenas de falangistas, derechistas y oportunistas, que nunca habían matado a nadie y que un buen día decidieron cruzar la línea y convertirse o en perpetradores del genocidio o en cómplices. Unos cogieron la pistola y comenzaron a pegar tiros en la nuca a todo aquel que no pensaba como ellos. Otros fueron denunciantes y jueces, mientras la mayoría justificó, ocultó, jaleó y hasta homenajeó a los asesinos.     
    Una vez perpetrado el genocidio urgía montar una buena coartada que resultase creíble a las generaciones venideras. Empezaron eliminando todas las pruebas documentales que pudieron y, después de tres décadas machacando con lo mismo, se impuso una gruesa losa de mentira que creo que ha llegado el momento de romper. Hechos que nunca ocurrieron o que ocurrieron muy puntualmente se les dio un carácter generalizado: amputaciones de miembros, violaciones, exclaustraciones de monjas, quema de iglesias, etc. Y la excusa más reiterada para justificar el genocidio lo constituyó la frase: ellos hubiesen hecho lo mismo si hubiesen ganado la guerra. No lo podemos descartar, pero no ocurrió y nunca podremos saber si hubiera sido así o no. En el caso concreto de Villafranca, que no hubo víctimas de derechas, la coartada oficial fue, como en otras muchas localidades de Andalucía y Extremadura, que dada la rápida entrada de las tropas del teniente coronel Asensio Cabanillas, no tuvieron tiempo de asesinar a los derechistas. E incluso se difundió la leyenda urbana de que tenían preparada una fosa común para ellos. Obviamente, la justificación raya lo absurdo; ¿cómo que no hubo tiempo? Fueron detenidos 114 derechistas, 60 en la cárcel y 54 en la sacristía; estuvieron presos más de veinte días cuando en tan sólo varias horas hubiesen podido acabar con todos ellos. En lo que concierne a la fosa jamás se ha encontrado la más mínima alusión a ella entre los documentos de la época, pese a que pudo haber constituido el mejor argumento justificativo para el bando vencedor. Se trata sin duda de un invento posterior nuevamente para justificar lo injustificable. Pese a quien pese, al menos en Villafranca, como afirma Francisco Espinosa, nunca hubo una voluntad real de acabar con la vida de los derechistas. El sufrimiento, las vejaciones, las humillaciones y los vacíos hacia las familias de los republicanos e izquierdistas depurados es algo que sólo se atisba en el libro de Espinosa y que habrá que seguir investigando en el futuro.
Duele comprobar que la España democrática, la misma que con orgullo se dedica a juzgar genocidios internacionales ocurridos muy lejos de nuestras fronteras tenga tantos muertos escondidos y haya corrido un velo de silencio sobre ellos. Espinosa ofrece  precisamente un dato muy significativo: sólo en la provincia de Badajoz hubo el triple de represaliados que en toda la dictadura del dictador chileno Augusto Pinochet. Creo que los españoles estamos ya preparados para conocer la verdad, sin venganzas y sin rencores. Simplemente se trata de conocer la magnitud del genocidio y de restaurar el honor de decenas de miles de personas y sus familias que fueron asesinadas y maltratadas durante décadas por el simple hecho de ser de izquierdas. Llama la atención y hasta indigna que casi todos los condenados a muerte fuesen acusados de rebelión, cuando los que se rebelaron contra la legalidad democrática fueron ellos. Y digo que indigna porque bien pudieron inventarse algún cargo más creíble.
    Creo que no se puede sostener por mas tiempo la mentira impuesta por los vencedores y que ha perdurado hasta el mismísimo siglo XXI. Hay demasiadas evidencias para seguir negando el genocidio. Ha llegado el momento de destapar la verdad, de empatizar con las víctimas y de saldar una vieja deuda pendiente que seguimos teniendo con los represaliados por el franquismo. No es posible pasar página mediante el olvido, como muchos han pretendido desde la Transición, sino conociendo y reconociendo los crímenes pasados. Es hora ya de darles voz a esos que Jean-Claude Schmitt ha llamado los marginales, es decir, a todos aquellos que la Historia dejó en el camino. Sólo así podremos realmente cerrar las heridas de este oscuro capítulo de nuestro pasado. En esa tarea está empeñado desde hace años el profesor Espinosa a quien debemos agradecer el esfuerzo de toda una vida por dar a conocer la verdad, por dura y dolorosa que ésta fuese.

Esteban Mira Caballos