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Libros de Historia

LAS ANTILLAS MAYORES, 1492-1550: (ENSAYOS Y DOCUMENTOS)

LAS ANTILLAS MAYORES, 1492-1550: (ENSAYOS Y DOCUMENTOS)

Esteban MIRA CABALLOS, Las Antillas Mayores 1492-1550 (Ensayos y documentos), Iberoamericana-Vervuert, Madrid-Frankfurt 2000, 350 pp .

    Esteban Mira, investigador formado en la Universidad de Sevilla, reúne en este libro diez estudios, ensayos les llama el autor, referidos a las Antillas Mayores en las primeras décadas de la colonización. Unos eran inéditos, otros son reelaboraciones de artículos publicados previamemente.
    Fruto de diez años de investigación, los trabajos, dedicados a temas muy diversos, abordan precisamente el espacio y el tiempo en que se fraguó el modelo de colonización que se trasladó al continente y permanecería en vigor más de tres siglos. Mira aborda temas de índole varia: institucionales, sociales económicos, etc. Entre los institucionales destaca el dedicado al repartimiento y la encomienda, en el que, tras precisar sus diferencias fundamentales, Mira atribuye a Nicolás de Ovando la introducción de la encomienda antillana en 1505; de interés es el trabajo sobre los cabildos antillanos (1492-1542) y el mapa de cacicazgos indígenas de Cuba.
    El Autor aborda temas sociales al estudiar el pleito entre Diego Colón y Francisco Solís, sobre vejaciones a los indios; celebrado  en 1509, fue el primer litigio en torno a este importante tema; se incluye la transcripción completa del texto del proceso (Archivo General de Simancas); trata también el tema del  mestizaje en las Antillas, de temprana aparición, pero que pronto sería asimilado racialmente al europeo.
    Presenta las cuentas del tesorero Cristóbal de Santa Clara (1505-1507) con datos precisos sobre la economía de La Española. De tema variado son los capítulos dedicados a las armadas de averías, al urbanismo y arquitectura de los primeros asentamientos españoles en las Antillas y a la medicina indígena y su comercialización (1492-1550).
    Autor sostiene la institucionalización eclesiástica en las Antillas ya durante la gobernación de Nicolás de Ovando 1502-1509), y aporta los datos de doce clérigos nombrados por Ovando para los curatos de las villas españolas de la isla. Contra lo que la historiografía ha venido sosteniendo Mira afirma de  modo rotundo la inexistencia de indígenas cristianos en las Antillas: «En definitiva —es cribe—, creemos que ha quedado perfectamente demostrado que ni tan siquiera los indios más aculturados llegaron a comprender y  a practicar la religión cristiana, continuando  aferrados a sus creencias tradicionales» (p. 269). El Dr. Leandro Tormo, buen especialista en la iglesia antillana, y que Mira no recoge  en su bibliografía, tras exponer el fracaso de  inculturación en las islas, admite una cristianización del indio antillano hasta su extinción  (vid. pp. 180-181). Esta cristianización respondería, según Tormo, a la evangelización metódica que empezó en 1500, tras la llegada desde 1499 de expediciones de franciscanos (p. 106) (vid. Leandro TORMO, Historia de la Iglesia en América Latina, 1. La evangelización, FERES-OCSHA, Friburgo-Madrid, Madrid 1962).
    Por lo demás, el libro de indudable interés para los americanistas, recoge unos estudios valiosos, muy cercanos a la documentación y que enriquecen un periodo que aún no está suficientemente conocido.
Prof. Dra. Elisa Luque Alcaide
Universidad de Navarra
(Publicada originalmente en el Anuario de Historia de la Iglesia Vol. XI, p. 545).

ESPAÑA EN SU CENIT (1516-1598)

ESPAÑA EN SU CENIT (1516-1598)

NADAL, Jordi: España en su cenit (1516-1598). Un ensayo de interpretación. Barcelona, Editorial Crítica, 2001, I.S.B.N.: 84-8432-180-0. 170 págs.

 

 

Después de una vida dedicada a la Historia de la Economía, aportando valiosísimos trabajos, el profesor Jordi Nadal nos ha sorprendido con un nuevo libro en esta ocasión referente a ese apasionante período de la Historia de España que Domínguez Ortiz denomina "el gran siglo". No obstante, el libro no abarca exactamente toda la centuria decimosexta sino exactamente los reinados del Emperador Carlos V y el de su hijo Felipe II, es decir, desde la llegada al trono de aquel, en 1516, hasta el fallecimiento de éste, en 1598.

El volumen está formado por diecisiete ensayos, referentes a distintos aspectos relacionados con dicho período histórico, completados por una breve introducción y un índice, etiquetado como onomástico pero que también hace las veces de topográfico. Está redactado sin aparato crítico, es decir, sin notas a pie de página ni bibliografía, y con una prosa amena y sencilla, comprensible para cualquier persona no especializada. De esta forma el autor logra su objetivo, explícito en la introducción, de aportar algunos comentarios a cuestiones cardinales de la época que verdaderamente consiguen suscitar -como él pretendía- la reflexión del lector.

Empieza el libro, como no podía ser de otra forma, con un ensayo dedicado al Imperio de Carlos V. Éste concentró enormes territorios en su persona, procedentes tanto de sus abuelos paternos, Maximiliano y María de Borgoña, como de los maternos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Y se fija el autor en un aspecto muy concreto, es decir, en la influencia que tuvo siempre en el Emperador el hecho de que el legado de su abuela paterna careciese precisamente de su núcleo esencial, el Ducado de Borgoña, arrebatado por Francia en el último cuarto del siglo XV. Según el autor, gran parte de la enemistad que Carlos V mantuvo con la Corona gala se debió a su pasado borgoñón. Por otro lado, se insiste en que fueron las circunstancias, y concretamente la gran cantidad de territorios que heredó, los que obligaron a Carlos V a adoptar la institución imperial, a la que dotó de contenido, en base a su ideal de república cristiana.

Otra de las cuestiones controvertidas a las que el profesor Nadal aporta su propia interpretación es a las causas que llevaron al Emperador a convertir a Castilla en el "pivote de su imperio". Probablemente pesaron decididamente tanto su ubicación geográfica, entre el mediterráneo y el pujante atlántico, como su buena situación política, desde la época de los Reyes Católicos.

Pero la creación de una monarquía absoluta moderna requería sobre todo una administración y un ejército eficiente. Y obviamente, la clave para conseguir estos dos elementos residía en la disponibilidad continua de dinero para sustentarlos. Según el autor, Carlos V se encontró para ello con dos graves obstáculos, a saber: uno, la existencia de amplias jurisdicciones señoriales, y dos, la corrupción del funcionariado que, a diferencia de lo que ocurría en Europa, era de baja extracción social. Pero el gran problema, tanto del Emperador como de su sucesor, fue siempre la balanza comercial negativa, derivada de los excesivos gastos destinados al mantenimiento del ejército. Esto provocó el recurso continuo al crédito, bien en forma de juros al siete por ciento, cuando se trataba de pequeñas cantidades, o de prestamos, concertados con grandes banqueros, al treinta y hasta al cincuenta por ciento de interés. Además, la llegada del metal precioso trajo consigo una revolución de los precios que desencadenó en breve tiempo el hundimiento de las manufacturas castellanas. Estos dos elementos: los gastos desmesurados en tropas y la quiebra del artesanado, dada su incapacidad para competir con los precios de los productos europeos, provocó a medio plazo el inicio del declive del imperio español.

Igualmente se analiza el afán hidalguista de la sociedad española. Afirma el autor que lo que sorprendía en el extranjero no era la existencia de hidalgos, que a fin de cuentas era un fenómeno europeo, sino su excesivo número. Aproximadamente el doce por ciento de la población española logró el reconocimiento de algún tipo de hidalguía, consiguiendo de esta forma la ansiada exención fiscal. Una dura lacra para España, pues, excluyendo a los disminuidos físicos -un 10 por ciento de la población- a los hidalgos, a los eclesiásticos, a las mujeres, a los niños y a los ancianos quedaban exclusivamente 1.350.000 tributarios para sufragar las necesidades imperiales.

No podía omitirse en esta obra el análisis de un fenómeno tan "genuinamente hispánico" como el erasmismo y el movimiento de los alumbrados. Una corriente religiosa heterodoxa que fue duramente reprimida y aniquilada y de cuyas cenizas aparecería posteriormente la Compañía de Jesús. Bajo Carlos V, y sobre todo bajo Felipe II, la Inquisición actuó con dureza sobre todos los brotes sospechosos de protestantismo en España.

En cuanto a la política internacional afirma Jordi Nadal que, pese a la apariencia, durante buena parte del siglo XVI el mediterráneo continuó siendo el epicentro de la política española. Y es cierto que Carlos V mostró siempre un gran interés por el dominio del mediterráneo en contraposición a la escasa atención que prestó a las colonias americanas. Un interés que se plasmó en las rivalidades con los turcos y en las pretensiones sobre Italia, territorio que se disputaron España y Francia. Sin embargo, a nuestro juicio, con Felipe II, el interés por las Indias y sobre todo por las remesas de metal precioso que, no en vano, eran el auténtico sostén del Imperio, hizo que el epicentro se trasladase decididamente a la vertiente atlántica.

Como es bien sabido, las Indias fueron vinculadas a la Corona de Castilla. Escribe el profesor Nadal que la prohibición del paso de aragoneses se prolongó hasta 1525 y posteriormente se reimplantó en 1538. El hecho parece dudoso, la prohibición oficial duró efectivamente hasta la expedición de una Real Cédula, fechada el 10 de noviembre de 1525, en que se autorizó el paso de cualquier persona del Imperio "como lo pueden hacer los naturales de estos nuestros reinos de Castilla y León". Y no hubo más prohibiciones, aunque sí recelos ocasionales de los colonos que protestaban por las intromisiones, alegando -como escribía Fernández de Oviedo- que fueron los castellanos los que descubrieron las Indias, "y no aragoneses, ni catalanes, ni valencianos...".

Los últimos ocho capítulos se dedican al reinado de Felipe II, abarcando aproximadamente la mitad del libro. Un monarca polémico del que se ha dicho lo mejor y lo peor. Fue un cristiano convencido que invirtió un buen número de caudales en la evangelización del continente americano. Tuvo un gobierno personalista que provocó una lentitud burocrática que perjudicó seriamente al Imperio. Afirma el autor que Felipe II sentía una gran desconfianza hacia los hombres, de ahí su intento desesperado y agónico por controlar personalmente la administración de su Imperio.

En lo referente a la política internacional mostró un gran empeño en la anexión de Portugal, motivado no solo por el viejo sueño de la unidad peninsular sino también por la importancia estratégica de la fachada oeste para la consolidación de las rutas comerciales atlánticas. Afirma Nadal que se ha censurado a Felipe II no haber trasladado la capital a Lisboa. Sin embargo, todo parece indicar que nada hubiera cambiado con esa medida. Desde muy pronto se vio que la unión duraría poco, sobre todo porque había llegado demasiado tarde, cuando el sentimiento luso como pueblo estaba plenamente consolidado y arraigado entre la población. Algo parecido ocurría con la región de Flandes, donde el empeño de Felipe II por conservarla a toda costa provocó luchas encarnizadas de las que a la larga el prestigio de Felipe II quedó seriamente dañado.

Para el dominio del Imperio se necesitaba una gran armada, como la que llegó a poseer Felipe II. Sus armadas fueron las más poderosas de su tiempo. El desastre de la invencible, en 1588, se debió a una serie de acontecimientos encadenados que hicieron que solo regresaran de la empresa sesenta y seis buques de los ciento treinta y uno enviados. La muerte del marino más preparado de su tiempo, Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, las tormentas, las mareas de cuadratura de los puertos flamencos y otras adversidades llevaron a la Armada al desastre. El profesor Nadal cita una frase muy conocida de Felipe II que resume muy bien lo ocurrido: "Envié mis naves a luchar contra los hombres, no contra los elementos". Frente a lo que han defendido algunos historiadores, sobre todo ingleses, la derrota de la Armada Invencible no supuso el declive del dominio español de los mares hasta el punto que se sabe que, poco antes de su muerte, Felipe II tenía preparada una nueva armada con la que volver a intentar el asalto de Inglaterra.

Y estos son algunos de los aspectos relevantes que nos ha inspirado la lectura de este libro. No obstante, estas pocas páginas mías no agotan su contenido en el que el lector interesado en la Edad Moderna Española encontrará muy sugerentes ideas con las que profundizar en el controvertido y a la vez apasionante siglo XVI.

 ESTEBAN MIRA CABALLOS

PENSAMIENTOS CONTRA EL PODER

VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Pensamientos contra el poder. Villafranca de los Barros, Imprenta Rayego, 2010. I.S.B.N.: 978-84-693-5372-11

 

           Nueva entrega del profesor villafranqués Juan Pedro Viñuela. La estructura de este ensayo es original adoptando la forma de diario de clase, curso 2009-2010. Ello le permite afrontar decenas de ideas que fueron surgiendo en el devenir diario. Incluye reflexiones relacionadas sobre temas de actualidad que fueron surgiendo así como comentarios sobre libros y lecturas que fue leyendo. Para mí, el gran valor de esta obra consiste en su lucha contra la mentira y la hipocresía, proceda de quien proceda. Se trata de uno de los pocos intelectuales actuales a los que no se les nota ninguna afiliación política concreta. Su crítica no se dirige contra un partido político ni contra una tendencia ideológica sino contra el poder, lo ostente quien lo ostente. Ese es el verdadero trabajo intelectual del filósofo como afirma el autor, lo que a veces lleva aparejado un pernicioso aislamiento intelectual.

            Los temas tratados son tantos y tan variados que sería imposible ni tan siquiera relacionarlos en estas pocas líneas. Por ello, me centraré en algunos de los que me han llamado más la atención. Dedica decenas de páginas al análisis de la crisis económica actual, trascendiendo incluso a sus posibles soluciones. Interesantes son sus apuestas en torno al ecosocialismo. Para él la única salida para evitar una catástrofe no muy lejana es, por un lado, el decrecimiento sostenible y, por el otro, la redistribución. Estoy totalmente de acuerdo con el autor cuando delata que el actual capitalismo neoliberal nos está llevando a un callejón sin salida, es decir, a una mayor desigualdad en el mundo y al agotamiento de los recursos. Es obvio que el actual consumismo ilimitado es un modelo insostenible que nos terminará pasando factura.

            Otra de las grandes ideas del libro es la del relativismo cultural en la que el autor abunda en varias ocasiones. Existe la idea generalizada que las personas somos libres para decir y hacer lo que queramos. Pero esto no es más que un tremendo error: no todo tiene el mismo valor epistemológico. Hay actuaciones y opiniones no sólo equivocadas sino también peligrosas y, por tanto, como indica el autor, deben ser combatidas. No podemos olvidar que nuestra libertad individual acaba donde empieza la libertad del prójimo.

            La política, los políticos y los peligros que acechan a la democracia actual son otros temas largamente analizados en el libro. El autor lanza duros ataques a la política que a su juicio lleva implícita la corrupción y a los políticos cuyo principal objetivo no es el bien público sino alcanzar a toda costa el poder. Unos políticos que no viven para la política sino de la política. Censura a todos los gobernantes, lo mismo de derechas que de esa izquierda que él llama light, con capacidad para acceder al poder.

De gran interés son sus reiterados comentarios sobre el sistema educativo y la pérdida de la virtud y la excelencia que a su juicio han sido sustituidos por el concepto unitario de la mediocridad. Según el autor, educación para todos no significa devaluación de los contenidos como ha ocurrido lo que unido a la falta de autoridad del profesor provoca un verdadero caos educativo. Aunque su argumento es básicamente cierto, sostengo cierta discrepancia, pues, a mi juicio tanto la LOGSE como las leyes educativas posteriores, pese a que en algunos aspectos pueden ser mejoradas, supusieron un salto adelante en la democratización de la enseñanza. Todavía recuerdo el elitismo de los años setenta donde los más desfavorecidos tenían muy escasas posibilidades de acceder al sistema educativo. Actualmente, aunque muchos jóvenes lo desaprovechen, nos queda la tranquilidad de que todos, tengan el origen social que tengan, pueden acceder sin dificultad a una educación de más o menos calidad. Se trata de uno de los grandes sueños de algunos pensadores y políticos del primer tercio del siglo XX que se ha visto, por fin, cumplido.

Pese a tanta lacra, el profesor Viñuela se muestra relativamente optimista. A su juicio, aunque actuaremos tarde, el propio agotamiento del planeta así como la inviabilidad del capitalismo y del liberalismo nos llevarán a un cambio forzoso. Una profunda transformación que finalmente hará triunfar los viejos valores ilustrados, incluyendo el más olvidado de todos, la fraternidad. El autor defiende el cosmopolitismo frente al nacionalismo pues este último siempre lleva implícito la exclusión. Todas las personas somos iguales en dignidad y todos tenemos los mismos derechos sobre el planeta en el que vivimos. A fin de cuentas el hombre no es ningún protagonista destacado del universo sino un ser vivo más. El universo existía antes que nosotros apareciéramos y seguirá existiendo después de nuestra extinción que, antes o después, llegará.

            A mi modo de ver, esta obra presenta un conglomerado de ideas de la máxima actualidad que nos puede ayudar a entender los principales problemas de nuestro mundo. Una reflexión brillante aunque también valiente y arriesgada porque sus críticas alcanzan a todos los poderes fácticos, tanto a la Iglesia como al Estado. Sin embargo, como diría su autor, cueste lo que cueste y pese a quien pese, todo pensamiento debe ir frente a la verdad absoluta impuesta desde el poder.

Esteban Mira Caballos

1Esta reseña se ha publicado en la revista Ars et Sapientia (Cáceres, 2010)

CONQUISTA Y DESTRUCCIÓN DE LAS INDIAS

CONQUISTA Y DESTRUCCIÓN DE LAS INDIAS

Mira Caballos, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias (1492-1573). Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

 

El profesor Esteban Mira nos ha regalado con otro de sus numerosos trabajos. Este doctor en Historia cuenta con una densa labor investigadora centrada básicamente en la temática americana durante la Edad Moderna.

En esta ocasión se ha ocupado de la conquista y colonización de las Indias entre 1492 y 1573, en la consideración de que los españoles dieron por acabada la conquista definitivamente en la última fecha.

Se trata de un libro amplio, de líneas apretadas, denso de contenidos y con abundantes citas bibliográficas. Está dividido en siete grandes apartados con 21 capítulos en total, más la conclusión. Se completa con los ineludibles apartados de fuentes, bibliografía, ocho apéndices, un índice onomástico y otro topográfico. En suma, es una obra de más de 400 páginas.

Es un libro asequible al lector no especializado, pero elaborado con rigor metodológico. Se pretende dar una visión de la conquista y colonización de América por los españoles en la época indicada, alejada tanto de la “leyenda negra” como de la “leyenda blanca” con que la historiografía anterior ha envuelto este proceso histórico. El autor ha evaluado sistemáticamente todas las posiciones en pro y en contra sobre los distintos aspectos del tema, dando su valoración propia u ofreciendo una nueva posición.

Sostiene la tesis de que la conquista española supuso la aniquilación de la riqueza cultural precolombina y provocó también una auténtica hecatombe demográfica. Y todo ello se hizo, dice el autor, para implantar una cultura unitaria y unificadora, la de los vencedores. Los españoles contemplaron la riqueza cultura y racial que encontraron en las Indias con unos ojos reductores que sólo vieron “el indio”, sin entrar ni en matices ni en distinciones.

Sin embargo, Esteba Mira lo mismo que pone de relieve los valores de las civilizaciones precolombinas, también pone de manifiesto sus graves defectos, a la vez que demuestra que la conquista española tuvo muchos puntos de contacto con su paralela la anglosajona y que los caracteres de ambas tuvieron más que ver con los condicionamientos de la época que con la idiosincrasia propia. Aunque viene a decir en varias ocasiones que la explotación del hombre por el hombre en un fenómeno universal en el espacio y en el tiempo.

Sigue con un análisis de la legislación protectora de indio llevada a cabo por los Austrias, aunque demuestra que se acató pero pocas veces se cumplió. Carga la culpa mayor de tal circunstancia sobre los españoles afincados en las Indias, pero también señala que la Corona adoptó una posición demasiado pasiva ante los atropellos, por miedo a la reacción de aquellos españoles, que controlaban allí casi todos los resortes de poder.

Rechaza la posición oficial de la Corona española para quien la razón justificativa de la conquista y de la colonización fue la evangelización de los indios y encomia la labor evangelizadora de la Iglesia, sobre todo de los dominicos y algunos franciscanos. Aunque también señala que el clero contemporizó frecuentemente con la situación de explotación imperante y protagonizó la eliminación de las religiones anteriores, en un claro proceso de alienación cultural.

Hace un minucioso examen de la praxis conquistadora en la que pone de manifiesto la superioridad tecnológica y psicológica de los españoles sobre los indios, la política de terror aplicada por los primeros para consolidar su poder en un enorme mundo indio en donde los conquistadores fueron una exigua minoría, y después expone el triste destino de unos y otros en muchos casos.

Igualmente evalúa con detalle el proceso de colonización posterior. Resalta el genocidio que trajo la misma para numerosos grupos amerindios, pone de manifiesto las vejaciones y la esclavitud colectivas que sufrieron los indios a manos de los encomenderos y explica cómo la eliminación de las élites precolombinas fue un método de control de la población.

En las conclusiones finales el profesor Esteban Mira afirma que la conquista supuso un coste muy elevado para los indios, pues sufrieron una durísima merma demográfica, perdieron su mundo y además no mejoraron su calidad de vida. También cuestiona el beneficio real que España obtuvo de esta conquista y colonización que supuso una sangría migratoria para ella y favoreció el hundimiento de su economía.

Añade que la explotación de los indios es una estructura de larga duración que ha llegado a nuestros días pasando por encima incluso de la independencia de las naciones iberoamericas a principios del siglo XIX. Por último propone debatir sobre si fue posible otro tipo de comportamiento y de relación más civilizada y humana con los indios por parte de España. El autor de este libro opina que sí.

 

 

 

Miguel Ángel Naranjo Sanguino

-Reseña publicada en la Revista de Estudios Extremeños, 2010.

EL INDIO ANTILLANO: REPARTIMIENTO, ENCOMIENDA Y ESCLAVITUD.

EL INDIO ANTILLANO: REPARTIMIENTO, ENCOMIENDA Y ESCLAVITUD.

Esteban Mira Caballos, El indio antillano: repartimiento, encomienda

y esclavitud (1492-1542), Sevilla, Muñoz Moya editor, 1997, 450 pp. 1

 

El trabajo que expone en este libro el historiador Esteban Mira Caballos fue

la tesis doctoral que presentó a la Universidad de Sevilla, con la cual obtuvo

la máxima distinción que concede ese centro docente: Apto Cum Laude. Los

temas que aborda, así como los propósitos que persigue y las estrategias

usadas para lograrlos, permiten decir que si bien adopta un tema tradicional

de estudio, hace aportes relevantes en relación, especialmente, con los

orígenes y evolución de instituciones como el repartimiento y la encomienda.

El texto se inicia con una discusión acerca del comportamiento demográfico

de la población de las Antillas. Tal discusión se relaciona directamente, al

menos para la población indígena y blanca, con el estudio de los

repartimientos y las encomiendas. Estas son analizadas tanto en sus formas

originales como en las adoptadas luego de consecutivas reformas. Dichas

instituciones, y sus características inherentes, expresan el contenido de las

relaciones sociales que se dieron en el contexto de la conquista y traza una

gama de posibilidades que va desde un paternalismo proteccionista hasta la

esclavitud. Finalmente, el autor aborda la situación laboral de los indios antillanos

hacia 1542 y el contexto en el cual se aplicaron las Leyes Nuevas.

Estos temas son estudiados en el periodo de 1492 a 1542. La primera fecha,

es señalada por el autor como la iniciación de las prestaciones laborales de

los indios a los españoles. La segunda es importante porque significa el

final del trabajo compulsivo para los aborígenes antillanos debido a la acelerada

extinción y también a la aplicación de las Leyes Nuevas. Aparte de

estos puntos, dicho periodo resulta especialmente crítico debido a que durante

los primeros cincuenta años de la presencia de España en América se

delinearon y trazaron los rasgos principales y los matices extremos de la

relación hispano-india, cuyos sucesivos desarrollos y replanteamientos dejaron

efectos duraderos para los habitantes de las Antillas y para las demás

culturas que, entre el siglo XVI y el XVIII, entablaron relaciones con los

españoles a lo largo y ancho del continente.

El marco geográfico que abarca este texto comprende las Antillas Mayores,

es decir: la Española (cuyo territorio actualmente está dividido entre la República

Dominicana y la República de Haití), Cuba, San Juan (actual Puerto Rico) y

Jamaica. Puntos geográficos antillanos que fueron, como se sabe, los escenarios

preliminares de contacto entre conquistadores e indios y, por ende, los primeros

territorios sujetos a los procesos de colonización hispana. El autor aclara que «el

concepto de Antillanidad como un todo homogéneo», (pág 21) no es válido para

la época prehispánica, ni para la actualidad, pero si lo fue para el siglo XVI, ya

que con la llegada de los Españoles, hubo un proceso de unificación del espacio

de las grandes islas caribeñas. Esta unidad estuvo dada por el papel que jugó

como área intermedia entre España y el continente americano, rol que sería

confirmado con el establecimiento de una Real Audiencia cuya sede fue Santo

Domingo. De este hecho se desprendió una dinámica que permitió, según el autor,

el desarrollo de una estructura social, política, económica y cultural con unas

características propias, que hicieron de las Antillas un espacio distinto de la

metrópoli y de la porción del continente hasta ese momento conocida.

Tales especificidades tuvieron una expresión en aspectos como el demográfico.

Refiriéndose a los indios, el autor argumenta que las consecuencias

de la llegada de los españoles al Nuevo Mundo se sintieron con rapidez en el

volumen de su población. Según él, la disminución no fue provocada por

enfrentamientos con los españoles durante la conquista, «sino, sobre todo,

por la imposición, sobre una cultura en un bajo estadio de desarrollo, de un

sistema laboral desconocido por ella.» (pág 359) A ello añade otras causas

de posterior ocurrencia como el trabajo excesivo y una dieta pobre en

proteínas. Esta situación los hizo muy vulnerables a las epidemias, las

cuales «fueron, en última instancia, las grandes responsables de la extinción

del aborigen antillano», (pág 359) Su número disminuyó rápidamente

y al cabo de medio siglo estaban casi extintos. Según las cifras del autor, en

1492 existían unos 300.000 en las cuatro islas estudiadas, hacia el año de

1550 apenas si quedaban 500 en la Española, poco más de mil en Cuba, y,

un centenar en San Juan y en Jamaica, respectivamente.

A medida que disminuía la población indígena fue necesario acudir a los

esclavos negros para reemplazarla. Estos fueron llegando lentamente desde

la primera década del siglo XVI, sin embargo, fue sólo a partir de 1518

cuando arribaron en mayor número. Su asignación a cada isla estaba en

correspondencia con los recursos explotables de cada una de ellas. Hasta el

año de 1518, a la Española fueron llevados más de 1800, a Cuba 708, a San

Juan 570 y a Jamaica 302sla. La prosperidad de la industria azucarera

iniciada en la Española requería de un mayor número de ellos. No ocurrió

así con San Juan y Cuba, las cuales tenían una magra economía signada por

la explotación del oro, en tanto que Jamaica se mantenía exclusivamente de

la producción agropecuaria.

La dinámica de la economía de las Antillas estaba en manos de una

población europea que inicialmente ocupó, de manera progresiva, la isla de la

Española. En los inicios del siglo XVI, empezó el poblamiento del resto de

islas de las Antillas Mayores, y no cesó de hacerlo hasta finales de la década

de 1620. Ya por esta época, se habían conformado grupos de intereses entre

los habitantes. La encomienda permitió la conformación de un sector que

tomó el control político a través de los Cabildos, desempeñando cargos de

oficiales reales y regidores. Estos, además, actuaron casi siempre en forma

armónica con la iglesia, en razón de intereses comunes, pues el sistema de

encomienda era el único que garantizaba la conversión de los indios. Sin

embargo, la prosperidad económica empezó su declive y, paralelo a él, se

fueron despoblando las islas. Los habitantes españoles se desplazaron a

otros puntos continentales, entre ellos México, en donde los descubrimientos

y las riquezas atrajeron su atención. De otro lado, la economía del oro había

entrado en declive y, en consecuencia, el alto endeudamiento de los

empresarios antillanos estimuló su fuga para evitar el pago y para probar

fortuna en otras tierras. Su salida de las islas se acentuó conforme se fueron

sucediendo nuevos y atractivos descubrimientos en el continente, el Perú

por ejemplo, y con ello se agudizaron los problemas de escasez de población

blanca para la administración colonial. Aunque hubo varios intentos

de repoblación, todos resultaron fallidos.

Al aspecto singular del comportamiento poblacional en las Antillas,

se añadió el de la especificidad de las instituciones que regularon las relaciones

entre españoles e indios. Por ejemplo, la evolución de la encomienda en

estos primeros años de aplicación demostró que, desde un principio, fue la

institución articuladora de todo el sistema social y económico de las islas.

Tomó fuerza a partir de la necesidad de crear un mecanismo de sujeción de

los aborígenes al español, permitir la explotación económica de su trabajo y

facilitar su evangelización. Estas concesiones, sin embargo, favorecieron

la ocurrencia de toda clase de abusos, por ejemplo, el trabajo excesivo, la

deficiencia en la calidad de la alimentación, y la permisividad de las autoridades

frente a la venta y alquiler de los indios. Si bien desde la segunda década del

siglo XVI hubo esfuerzos para contener o eliminar estas situaciones,

lo cierto es que sólo desaparecieron con la institución, la que a su vez

desapareció junto con los últimos indios. Tales hechos hicieron difícil la distinción

entre los indios encomendados, que supuestamente eran libres y los

indios esclavos. Un matiz de las relaciones de los españoles con los indios,

introducido por el autor, sugiere que el tipo de encomienda implantado a

finales del siglo XV en la Española, y en la primera década del siglo XVI en

San Juan, estuvo caracterizado por un trato muy duro hacia los nativos, en

razón de la falta de control de las autoridades hacia los actos de los

encomenderos. No parece haber ocurrido así con los indios de Cuba y Jamaica,

los cuales estaban protegidos, al menos formalmente, por una legislación

emanada de la experiencia encomendera de las dos primeras islas.

La encomienda en las Antillas se caracterizó, en los primeros años, por ser

eminentemente de servicios. Diferenciándose, en cada isla, el tipo de servicio

exigido a los indios, pues éste estaba en función de las

especializaciones de cada economía insular. En la Española, los indios

estaban dedicados a la minería. Años después, hacia 1520, el agotamiento

del oro y el florecimiento de la industria azucarera, los llevó a trabajar en los

ingenios. Ante la necesidad de una mayor fuerza de trabajo y dada una

especialización más compleja de la industria azucarera se incorporaron

esclavos africanos. Los pocos indios sobrevivientes fueron asignados

entonces al cuidado de los ganados. Similar situación puede dibujarse para

San Juan, aunque la importancia de su industria azucarera fue menor. Allí,

al indio desplazado del ingenio se le llevó a trabajar al campo. En cambio, en

Cuba, la permanencia de la economía del oro obligó a que estuvieran

dedicados a su explotación. En Jamaica, la inexistencia de fuentes auríferas

determinó su ocupación en faenas agrícolas desde la llegada de los

españoles.

Otra especificidad de las Antillas es que, durante el período analizado, no

sólo hubo indios en encomienda, también existió la esclavitud indígena. La

diferencia entre estas dos formas del trabajo compulsivo parecería ser grande,

pero en los aspectos prácticos fueron similares, siendo el único hecho

verdaderamente distinto, Imposibilidad de vender los indios esclavos. Estos

podían tener dos orígenes: los capturados durante los tiempos de la con quista

de las cuatro islas, cuyo número fue insignificante y, la mayoría,

constituida por los capturados en las armadas de rescate, especialmente a

partir de la segunda década del siglo XVI, traídos de las Antillas Menores y

Tierra Firme. No se conoce el número de indígenas esclavos, el autor sos-

tiene que la cantidad debió ser superior a seis mil, y este dato lo calcula a

partir de retroproyectar el número de ellos que aún vivía hacia 1550. La

disminución de la población indígena en las Antillas Mayores creó una

demanda creciente de mano de obra, ocasión que fue aprovechada por la

élite encomendera para organizar, previa autorización, las mencionadas

armadas de rescate. Este negocio fue muy lucrativo, pues los encomenderos

controlaban la oferta y la demanda de indios esclavos.

Los indios capturados en las Antillas Menores, no pertenecían a las mismas

culturas de quienes habitaban en las Antillas Mayores. De acuerdo con el

autor, antes de la llegada de los españoles a éstas últimas, «existían diversos

grupos pertenecientes a culturas diferentes como los ciboneyes, los

macoriex, los tainos y, finalmente, los caribes, indígenas estos últimos que

durante estos años se encontraban en pleno proceso de expansión hacia las

Antillas Mayores.» (pág 21) Los capturados en las Antillas Menores eran

caribes, y su sujeción a la esclavitud causó muchos inconvenientes a los

españoles. Los incidentes fueron creciendo y generaron preocupación en la

metrópoli, al punto de organizar, en 1514, una expedición desde Sevilla para

atacar sus posiciones en la isla de Guadalupe. Los problemas no sólo eran

causados por los indios libres de estas pequeñas islas, sino, también por aquellos

capturados y sometidos al trabajo y la esclavitud en las Antillas Mayores.

Fueron numerosos sus alzamientos, algunos de ellos, liderados por indios

conocedores del sistema hispano. Por otro lado, la despoblación española de

las islas les permitió el dominio de amplias zonas abandonadas en su interior

en las cuales se hicieron fuertes para resistir las numerosas expediciones

organizadas en su contra. Según el autor, la suerte de las insurreciones fue variada,

debido al fuerte descenso de la población indígena. La falta de intereses

comunes entre los grupos y la ausencia de una conciencia colectiva, hicieron

fracasar cualquier intento de mayor envergadura.

Hacia 1542, cuando se promulgaron las Leyes Nuevas, la encomienda había

perdido importancia para las economías insulares, debido a que los indios

se encontraban en una etapa irreversible de extinción. Por esta razón no fue

vigorosa la oposición de los encomenderos a las reformas y a los cambios

que la aplicación de tales leyes implicaba. Las medidas, sin embargo, suscitaron

cierta inquietud, basada fundamentalmente en que dada la fragilidad económica

de los españoles, éstos no pudieron comprar esclavos negros y por lo tanto su

sostenimiento dependía, casi exclusivamente, de la mano de obra de los indios.

Esta situación fue común para la Española, en donde aún había cierto número

de ellos sometidos a la esclavitud, y para Cuba en donde quedaban todavía unos

900 de encomienda y unos 730 en esclavitud, todos ellos ocupados en trabajos

de servicio como la atención a los hatos ganaderos y el trabajo en las estancias.

Se considera necesario resaltar algunos aspectos muy precisos que desarrolla

la obra, especialmente aquellos atinentes al periodo prehispánico de las

Antillas. El primero de ellos habla de que las diversas culturas antillanas a la

llegada de los españoles, estarían en una etapa de desarrollo neolítica,

subsistiendo gracias a la caza, la recolección y la agricultura. Si bien parece

un esfuerzo interesante tratar de insertar en un contexto global la presencia

de los grupos humanos antillanos, dicha labor requiere de una indagación

que rebase los límites de una frase bien hecha. Tal clasificación requeriría

por lo menos de un profundo análisis acerca de los rasgos comunes que

caracterizarían a los grupos en ese período. No se debe olvidar que desde

un principio el autor habló de grupos diversos y que esa condición impide

hacer amplias generalizaciones. Más aún, si, como parece, no se cuenta con

material de análisis que permita distinguir unos de otros. Por otro lado,

sería importante saber si las labores de caza, recolección y agricultura eran

practicadas por todos los grupos o sólo por algunos de ellos, dado que los

estudios arqueológicos han precisado, al menos para América, la importancia

de matizar entre cazadores-recolectores y cazadores, recolectores y agricultores,

en razón de que dicha diferencia implica un paso entre la banda

nómade y aquellas bandas que, circunscritas a un amplio territorio, practicaban

el semi-nomadismo, en el caso de que las labores de cultivo no los

hubiera llevado a sedentarizarse.

Afirmaciones como las ya señaladas están presentes a lo largo del trabajo.

Estas hacen evidente que el autor ha adoptado una perspectiva evolucionista

para explicar a través de ella las diversas culturas antillanas. No es el pro-

pósito de esta reseña discutir la predilección del autor por esta corriente

teórica, sin embargo, es pertinente resaltar algunas afirmaciones que pre tenden

hacer pasar por razones históricas verificadas lo que simplemente es

producto de la adecuación de ciertos hechos a las líneas de desarrollo trazadas

por la teoría propuesta o, el intento de llenar los vacíos del conocimiento con

respecto a los indios con formulaciones teóricas. Por ejemplo, refiriéndose

a la rápida extinción del indio antillano, el autor argumenta que "la causa

fundamental fue el choque cultural que fue mucho más duro en las Antillas

que en el resto del continente, lo cual se debió tanto al retraso evolutivo de

las culturas que allí habitaban, como al confinamiento que impuso la

geografía isleña, sin olvidar, por supuesto, el sistema laboral impuesto por

los españoles donde los malos tratos se convirtieron en algo usual y

cotidiano." (pág 66) Como se ve, la rápida extinción de los indios, según el

autor, habría sido fundamentalmente causada por un "retraso evolutivo de

las culturas".

En primer lugar, no se especifica a cuales culturas se refiere, además

no hay un conocimiento teórico ni documentado de ellas, y en últimas, no se

sabe con respecto a qué referente o a qué patrón de medida se encontraban

retrasadas. En segundo lugar, se habla de un confinamiento indígena impuesto

por la geografía isleña. Al respecto vale la pena recordar que los indios

Caribes, cuya expansión se hallaba en camino hacia las islas de las Antillas

Mayores cuando apareció Colón, originarios del Alto Xingú, en el corazón

amazónico, se habían desplegado hacia el norte del continente suramericano

y conquistado una por una, las incontables islas de las Antillas menores. Por

otro lado, los demás indios antillanos eran avezados circunnavegantes de

su archipiélago, dadas las constantes luchas libradas entre sí. Mal podría,

entonces, argumentarse que su confinamiento geográfico fue una causa

importante para la extinción de unos navegantes tan experimentados. Este

hecho podría explicarse, más bien, en el confinamiento de indios sujetos a

sistemas de trabajo extenuante, como el tipo repartimiento y de encomienda

que caracterizó el periodo, y en el tráfico de indígenas capturados y

sometidos a la esclavitud. Marco bajo el cual la población nativa fue objeto

de una amplia gama de formas de explotación y vejación, entre ellas la

subalimentación, que los llevó a morir por centenares frente al más inofensivo

virus. No fue gratuita, entonces, aunque el autor la tilde de exagerada, la

actitud de Bartolomé de Las Casas y la dinámica generada en torno a la

protección de los indios que desembocaría en las sucesivas reformas

implementadas por la Corona para el uso de la mano de obra india. La extinción

de los indios antillanos no fue causada por un "atraso evolutivo de sus culturas",

sino por un afán incontrolado de lucro económico encadenado a condiciones

de extrema dureza en el trabajo.

 

Luis Enrique Rodríguez B.

 

1Reseña publicada en la revista Fronteras Nº 3, vol. 3, 1998 (pp. 297-304).

HERNÁN CORTÉS. EL FIN DE UNA LEYENDA



Esteban Mira Caballos: HERNÁN CORTÉS (EL FIN DE UNA LEYENDA). Badajoz, Palacio de los Barrantes-Cervantes, 2010, 590 pp. I.S.B.N.: 978-84-613-8066-4

 

En este nuevo libro intentamos desmitificar al conquistador. La visión apologética, como tendremos ocasión de demostrar, la iniciaron su primer biógrafo, Francisco López de Gómara, y el propio interesado en sus famosas Cartas de Relación. También Bernal Díaz del Castillo lo trata como a un héroe pero, claro, en interés propio extiende dicho calificativo a toda su hueste. Cientos de historiadores posteriores se situaron en esta misma línea. Así, por ejemplo, Dorantes de Carranza o Dávila Padilla lo presentaron como un ser magnánimo y valeroso, elegido por la providencia divina. En 1637 Baltasar Gracián comparó su heroísmo con el de Alejandro Magno y Julio César, repartiéndose entre los tres la conquista del mundo por sus partes. Igualmente, por aquellas fechas, Francisco de Quevedo lo ponderó como uno de esos grandes elegidos por Dios para expandir la fe:

¿Quién sino Dios, cuya mano es miedo sobre todas las cosas, amparó a Cortés para que lograse dichosos atrevimientos, cuyo premio fue todo un Nuevo Mundo?

 

Pero, lo verdaderamente sorprendente es que un buen número de historiadores contemporáneos, tanto mexicanos como españoles, hayan mantenido ideas similares, destacando al extremeño como el adalid de la cristiandad y de la civilización. Entre ellos, Vicente Barrantes, Manuel Orozco y Berra, Ángel Dotor, Jaime Delgado, Luis Torres, Raúl Martín Berrío, Joaquín García Izcalbaceta, Manuel Giménez Fernández o Salvador de Madariaga, por citar solo algunos. Escribió Vicente Barrantes, en 1875, que el alma gemela de Cortés fue el Cid Campeador, pues ambos, a través de los siglos se dan fraternalmente la mano para pedir a su patria iguales honores. El mexicano Orozco y Berra lo citaba como un colosal prohombre al que sólo se podía alzar los ojos para verle el rostro, mientras que Ángel Dotor lo llamaba el césar de la Hispanidad. Luisa Cuesta y Jaime Delgado sostuvieron que la conquista de México fue una gesta heroica, protagonizada por un jefe genial. Otro escritor, Luis Torres, era mucho más claro en cuanto a sus pretensiones, al comparar a Cortés y Colón y decir lo siguiente:

Son dos de los hombres que han colocado a España en la cumbre del mundo. Cuanto se escriba, cuanto se fantasee para glorificarlos, no estará de más.

 

Raúl Martín Berrío interpretó la conquista de México como una gesta libertadora, donde los indios fueron liberados del yugo al que le sometían los gobernantes mexicas, elevando a los indios a la condición de personas. Bastante más allá fue Manuel Giménez Fernández, ilustre historiador y político sevillano del siglo pasado, pues estaba convencido que el extremeño fue un elegido por la providencia para cumplir altos fines. El de Medellín no fue un conquistador más sino el conquistador, mientras que la Conquista de México constituyó una gesta sagrada, una obra de titanes, dedicada a cristianizar y a civilizar a bárbaros, caníbales y brutos. Su actuación abrió las puertas del cielo a muchas almas paganas y acrecentó los límites del imperio español de forma inimaginable. Por ello, a su juicio, nada tenía de particular que se le haya comparado con Alejandro Magno, con Aquiles, con Rómulo y hasta con Moisés. En 1947, en los actos conmemorativos del IV Centenario de su muerte, el director del Instituto de Cultura Hispánica terminó su discurso, excitando a todos a imitar el ejemplo de Hernán Cortés, para así preparar un futuro cada día más glorioso para nuestra estirpe. Cortés ha sido, como diría Miquel Izard, uno de esos miembros protegidos, por esa leyenda apologética y legitimadora.

Lo cierto es que su biografía está plagada de mitos, desde su propia descripción física a la quema de los buques en el puerto de Veracruz, pasando por sus extraordinarios conocimientos militares o su carácter mesiánico. Mera fábula, pues el extremeño fue ante todo un ser humano, un hombre de su tiempo, aunque eso sí, con un empuje verdaderamente singular. Es cierto que, a diferencia de la mayoría, y pese a los problemas y pleitos que tuvo en su vida, él sí fue un triunfador. Pero ello, no se debió a nada sobrenatural sino a aspectos tan humanos como su gran optimismo –que nadie le puede negar-, sus habilidades diplomáticas –que en eso sí destacó- y, sobre todo, su suerte que le acompañó siempre a lo largo de gran parte de su vida. Y digo que fue un hombre afortunado porque salvó milagrosamente su vida en varias ocasiones, a saber: de pequeño, cuando nació enfermizo y sobrevivió por los desvelos de su nodriza. Décadas después, poco antes de firmar la paz con Tlaxcala, su hueste estaba tan desanimada que, a decir de los cronistas, si la guerra hubiese durado más, los mismos españoles tenían por cierta su perdición. Estando ya en Tenochtitlán, Moctezuma lo pudo matar, pero la pasividad de éste le salvó. Luego, tras el desastre de la Noche Triste, a su llegada a Tlaxcala, estos pudieron haber acabado definitivamente con todos ellos. Lo curioso es que el mismo Cortés sospechó esa posibilidad que finalmente no se cumplió, probablemente porque las bajas tlaxcaltecas propiciaron la solidaridad entre los derrotados.

Mucha más suerte aún tuvo en la conquista ya de la ciudad en 1521, cuando su caballo se echó de cansancio y, estando acorralado, un tlaxcalteca lo ayudó, levantó su caballo y le salvó literalmente la vida. El español Cristóbal de Olea murió en su defensa mientras que otro miembro de su hueste resultó herido. Pero no fue, ni mucho menos, la última vez que estuvo prematuramente al borde del abismo. En la desgraciadísima expedición a las Hibueras regresó tan enfermo y con tantas calenturas que, al llegar a Cuba, ni tan siquiera lo reconocieron. Asimismo, la expedición que capitaneo al Mar del Sur en 1535 le costó nuevamente muchísimos esfuerzos y su nave estuvo a punto de zozobrar. Y finalmente, en la batalla de Argel de 1541 estuvo a punto de ahogarse, junto a dos de sus hijos, cuando el barco en el que viajaba naufragó.

Como ha escrito recientemente Matthew Restall, si Colón no hubiese llegado a América, otro navegante lo hubiera logrado en menos de una década. Y con Cortés se podría decir algo parecido: si hubiese muerto en su tierna infancia, ¿no se hubiese conquistado Tenochtitlán? Obviamente sí, pues pese a la existencia de grandes personajes, yo estoy convencido que la Historia la mueven básicamente los modos de producción y no los individuos. Tenochtitlán hubiese caído con o sin Cortés, aunque probablemente en otras circunstancias, con mayores tropiezos, con muchas más dificultades y quizás tras más años de lucha armada. Y no faltaban candidatos que, como el propio Cortés, aunaban empuje, inteligencia y ambición, como Hernando de Soto, Pedro de Alvarado, Rodrigo de Bastidas, Francisco Montejo, Cristóbal de Olid o Pánfilo de Narváez, por citar sólo algunos.

No cabe duda que en torno a Hernán Cortés y, en menor medida, a Francisco Pizarro se han forjado sendas leyendas que han tergiversado en parte la realidad. Nadie puede olvidar que casi todas las actuaciones de Cortés o de Pizarro, calificadas de genialidades, eran formas de proceder que tenían amplios precedentes en la Reconquista, en las exploraciones portuguesas del siglo XV, e incluso, más cercanamente en el tiempo, en la conquista de las Canarias y de las Grandes Antillas. Pero, desmontemos la leyenda paso a paso:

En cuanto a la quema de naves en Veracruz es una vieja idea sostenida durante siglos y que sorprendentemente ha sobrevivido en algunos casos al siglo XXI. Según Hugh Thomas, el error partió de Cervantes de Salazar que en un documento leyó quemando en vez de quebrando. El Marqués de Polavieja, ya en el siglo XX, continuó sosteniendo la tesis de la quema, aprovechando el dato para ensalzar su heroísmo, pues, según él, si otros capitanes actuaron así antes, nunca con un ejército tan pequeño. La fabulación de sus hagiógrafos hizo el resto, representando a Cortés con la tea en la mano, quemando sus buques. Pero, sorprende que este falso mito se haya perpetuado porque ya algunas cronistas de la época y el mismísimo Cortés advirtieron que no las quemó sino que simplemente dio con los barcos al través. De hecho, según relató Andrés de Tapia, los navíos estaban en tan malas condiciones que no eran aptos para navegar por lo que se encallaron en la costa para romperlos porque se excuse el trabajo de sostenerlos. Al parecer, tan sólo preservaron tres navíos que, a juicio de los pilotos y maestres, estaban en mejor estado. En teoría lo hizo para permitir el retorno de los desafectos a su causa. Una inteligente y perspicaz manera de enterarse de quiénes y cuántos eran. Cuando lo supo ajustició a los cabecillas, incorporó al resto y uso los buques para mejores menesteres. Concretamente, el que estaba en mejor estado sirvió para trasladar a España, en 1519, a sus procuradores Francisco de Montejo y a Hernández Portocarrero, con informes y presentes para el Emperador mientras que, los otros dos, se quedaron aderezados en el puerto de Veracruz para suplir cualquier eventualidad que pudiese surgir.

Ahora, bien, ¿por qué los hundió?, la versión oficial de los hechos fue que lo hizo para evitar que sus hombres diesen un paso atrás. Crónicas y documentos insisten en ello. Por ejemplo, Martín Vázquez declaró en 1525 que se desguazaron para mejor poblar y conquistar esta tierra. Cronistas como Pedro Mártir de Anglería explicaron igualmente que el principal motivo fue quitar a sus soldados toda esperanza de fuga, idea que se repite de forma parecida en la Real Provisión del 7 de marzo de 1525. En este último documento, en el que se le concedió a Cortés un escudo de armas, se mencionó que lo hizo para impedir el retroceso de las huestes.

Sin embargo, el objetivo real no era tan heroico; más bien pretendía evitar que algunos aprovecharan la primera ocasión que se les presentase para retornar a Cuba e informar a Velázquez de la defección de su capitán. Pero, obviamente esta explicación no era políticamente correcta por lo que el mismo Cortés se encargó, de difundir el falso motivo. De hecho, poco antes de proceder a su destrucción conoció la conspiración encabezada por Diego Escudero, Juan Cermeño, el piloto Gonzalo de Umbría y otros fieles a Velázquez para hurtar uno de los bergantines y volver a Cuba. Descubierta la trama ahorcó a los dos primeros y cortó el pie al tercero. A continuación, procedió a su desguace para evitar más motines. Transcurría el mes de agosto de 1519. Antonio de Herrera, en el siglo XVI, sí que captó perfectamente el motivo real, al escribir que los echo al través por quitar la esperanza a los amigos de Velázquez de volverse a Cuba.

Por tanto, en la misma época de la Conquista tuvieron claro que no los quemaron sino que más bien, dado su lamentable estado, los encallaron para luego desguazarlos, utilizando la jarcia para los bergantines que después construyó para la toma de Tenochtitlán. De paso, se aseguró que se cortaba toda relación entre su expedición y Diego Velázquez. En definitiva, ni ardieron las naves ni se hizo valerosamente para cortar el retroceso. Pero, es más, aunque lo hubiese hecho así, tampoco habría constituido un hecho excepcional, como una parte de la historiografía ha dado a entender. Existen decenas de precedentes, algunos muy lejanos en el tiempo pero otros sorprendentemente cercanos. Sin ir más lejos, en 1508, al llegar la expedición de Diego de Nicuesa a Veragua, rompieron los navíos en la costa, para que los hombres no confiasen en la partida. Y siete años después, es decir en 1515, el tristemente recordado conquistador Gonzalo de Badajoz quemó sus naves en el puerto de Nombre de Dios precisamente con el mismo objetivo, es decir, para evitar que sus hombres huyeran. También se ha destacado su visión excepcional a la hora de transportar los bergantines desde Veracruz al lago de Tenochtitlán. Sin embargo, ya advirtió hace décadas Georg Friederici que era una vieja táctica usada frecuentemente por Normandos, bizantinos y turcos.

En cuanto a su excepcional capacidad estratégica se trata de un argumento repetido una y otra vez por la historiografía. El propio Bernal Díaz lo comparó con otros grandes genios militares, nada menos que con Alejandro Magno, Julio César, Pompeyo, Aníbal y el Gran Capitán Gonzalo Fernández de Córdoba. Sus hagiógrafos se encargaron de magnificar su gesta, consagrándolo como un gran genio militar. Sin embargo, aunque tuvo unas excepcionales dotes diplomáticas nunca fue un estratega. De hecho ni sus tácticas fueron originales ni ideo una nueva forma de hacer la guerra. Y es que, a diferencia de algunos miembros de su hueste, no tenía experiencia militar previa a la conquista de México. Desde su más tierna juventud sus padres se empeñaron en que se convirtiera un hombre de letras, enviándolo con ese fin a Salamanca. Cuando llegó a La Española, la isla se encontraba totalmente pacificada por lo que no llegó a participar en acciones bélicas. En Cuba, la resistencia de los tainos fue escasísima y los hechos de armas mínimos. ¿De dónde procedían entonces sus escasos conocimientos militares?, pues, ya veremos en páginas posteriores que de su familia paterna, pues tanto su padre como su abuelo, ambos de nombre Martín, habían tomado parte en la guerra de Granada. La vena militar le venía, pues de familia. Además, tuvo la suerte de que los pocos conocimientos que tenía de la vieja caballería medieval le fueron muy útiles en la Conquista. No olvidemos que mientras en América, la tradicional caballería siguió siendo el sistema defensivo y ofensivo más eficaz, en Europa, desde principios del XVI, estaba triunfando la infantería.

Aunque los tercios se crearon en 1534, éstos no fueron fruto de la casualidad sino de una evolución en la forma de hacer la guerra bien patente desde finales del siglo XV y que afianzó a principios del XVI el Gran Capitán, Gonzalo Fernández de Córdoba, en las guerras de Italia. Éste, en las batallas de Ceriñola (1502) y Garigliano (1503), desplazó a la caballería a un segundo plano, estructurando sus fuerzas en torno a una gran infantería, pertrechada con armas de fuego ligeras. Un ejército moderno que causó admiración en toda Europa y que dio la primacía a los Habsburgo en el campo de batalla, al menos hasta el primer cuarto del siglo XVII.

Puede que Hernán Cortés hubiese escuchado noticias de las victorias del Gran Capitán en los campos de batalla de europeos. Pero, pese a ello, era totalmente ajeno a muchos de estos avances militares de su tiempo. Sus huestes no se parecían en nada a los afamados tercios, ni a los escuadrones italianos. Él seguía primando la caballería y utilizando armas tan tradicionales como el trabuco o la catapulta. Este aparato lo usó en el asedio final a Tenochtitlán, con tan poco acierto que se vio obligado a disimular el espantoso ridículo. Al parecer, según su propio testimonio, unos carpinteros le propusieron su construcción y él aceptó. Una vez acabado, lo llevaron a la plaza del mercado mientras los indios aliados, sorprendidos por tan aparatoso artilugio, amenazaban a los mexicas, diciéndoles que los habíamos de matar a todos. Sin embargo, fue mal diseñado por sus inexpertos constructores, volando el proyectil en vertical de forma que casi mata a los propios españoles. Según William Prescott, el enorme peñasco destruyó el artilugio, extremo que los cronistas no confirman. Más bien, parece que decidieron retirar la fracasada máquina, después del chasco. Según Hernán Cortés, disimularon cuanto pudieron, intentando convencer a los asediados que lo retiraban porque, movidos de compasión, no los queríamos acabar de matar. En cuanto a la brillante idea de bloquear por tierra y por mar la ciudad de Tenochtitlán es posible, según declaro Andrés de Tapia, que se la sugiriese el carpintero y capitán de bergantín Martín López.

Por lo demás, es cierto que, algunas de sus victorias fueron muy llamativas porque derrotó a ejércitos más de cien veces superiores en número. Pero ello se debió más a la ingenuidad bélica de los mexicas que a la excepcional capacidad de sus enemigos. Caso evidente de lo que decimos fue la batalla de Otumba, donde situaron a su jefe en lugar visible, con un vistoso y colorido penacho de plumas. Le bastó a Cortés dirigirse hacia él, alancearlo y enarbolar el estandarte para que decenas de miles de indígenas huyeran en desbandada. Es cierto que derrotó a los mexicas con menos de un millar de españoles, pero no lo es menos que Francisco Pizarro conquistó el incario con muchos menos efectivos.

Pero no solo no mostró una excepcional capacidad sino que, incluso, cometió errores de peso como, por ejemplo, tomar Tenochtitlán al asalto, cuando bastaba con cercarla hasta que los defensores se rindieran por pura inanición. Esta decisión le costó no pocas bajas entre los suyos y un sufrimiento atroz para los asediados, incluida la destrucción de su ciudad. Está claro que pese a la pericia táctica que le han atribuido algunos historiadores, como el general José Gómez de Arteche, lo cierto es que no tuvo una formación militar, ni más graduación que la de capitán. Pero, además fue un grado que le otorgaron sus hombres en Veracruz, más cívico que militar. Como es bien sabido, no fue nunca el capitán de un ejército sino el de una hueste.

Así, cuando en 1541 tomó parte en la desastrosa campaña de Argel los demás militares de graduación se negaron a aceptarlo en el consejo de guerra, dando por fracasada la empresa y desoyendo la opinión del extremeño que seguía confiando en la victoria. Incluso se mofaron de él, porque al parecer, ante la insistencia del medellinense, uno de los capitanes comentó:

 

Este animal cree que tiene que vérselas con sus indiecitos porque allí bastaban diez hombres a caballo para aniquilar a veinticinco mil.

 

Como puede observarse, ni siquiera el mismo Cortés se consideró a sí mismo un militar. Él era un hombre de letras, con grandes dotes diplomáticas. Nada parecido al genio militar de Alejandro Magno, de Julio César, del Gran Capitán, o mucho después, de Napoleón Bonaparte. Pero, incluso, en el mismo siglo XVI hubo destacados capitanes, al servicio de la monarquía hispánica, que destacaron por su astucia y su ingenio militar, desde el Marqués de Pescara a Alejandro Farnesio, pasando por Hugo de Moncada o Antonio de Leyva. El primero de ellos, el Marqués de Pescara, que se consideraba a sí mismo un discípulo de Julio Cesar, fue un auténtico maestro en la táctica del asalto nocturno, diseñando asimismo una eficaz formación de arcabuceros que hicieron verdaderos estragos entre sus enemigos. Muchos de ellos luchaban victoriosamente en Italia, mientras Cortés tomaba Tenochtitlán. Y los enemigos mexicas, aunque muy superiores en número, no tenían ni un ápice de la capacidad de los capitanes franceses, italianos o turcos. No obstante, debemos decir en su defensa que supo rodearse de un grupo notable de capitanes, muchos de ellos con más experiencia militar que él, a los que siempre consultaba antes de entrar en combate. Y es que ingenio y capacidad no le faltaban, aunque no tuviese una formación militar.

Se ha destacado su capacidad diplomática así como su don de gentes. Y realmente debemos reconocer que se trató de su gran virtud, es decir, del rasgo más destacado de su personalidad. Tuvo siempre un enorme poder de convocatoria entre los hispanos y una capacidad extraordinaria para utilizar a su antojo a los aborígenes. Siempre conseguía que sus huestes hicieran piña en torno a su líder, hasta el punto que, según Bernal Díaz, todos pusiéramos la vida por él. Con respecto a los indios, firmó numerosos pactos guatiaos de amistad. Conocemos el caso del cacique de Clacupanalo que adoptó el nombre de Antonio Cortés y que recibió un escudo de armas por su colaboración con los hispanos en la conquista de México. Asimismo, tuvo una habilidad excepcional para captar rencillas entre sus enemigos y conseguir aliados. Según Las Casas, Cortés se holgó de hallar en aquella tierra unos señores enemigos de otros. Pero esta táctica de buscar alianzas era tan antigua como la guerra misma. Ya en la Reconquista, los reinos cristianos mantenían unas habilidosas relaciones con las distintas taifas, aprovechándose de las disputas internas entre unas y otras. Pero había precedentes mucho más cercanos, tanto en el tiempo como en el espacio. Recuérdese en La Española, la alianza de Cristóbal Colón con el cacique Guacanagarí en la última década del siglo XV, para derrotar a los demás reyezuelos de la isla.

También debemos destacar su habilidad psicológica, pues supo captar la mentalidad de los naturales de Nueva España para manipularlos a su antojo. Obviamente, desconocía los detalles de la cosmovisión indígena pero no tardó en percibir el tratamiento de dioses que muchos mexicas, y en especial su líder, Moctezuma, le rendían. Y supo aprovecharse inteligentemente de ello, reforzando la idea de su divinidad, es decir, confirmando o al menos no negando que se tratase efectivamente de Quetzalcoatl que retornaba a su reino. Y la táctica le sirvió para entrar en Tenochtitlán de forma pacífica. A la larga, este precioso tiempo que ganó fue determinante para la conquista final de la confederación. Pese a su clarividencia, debemos reconocer que tampoco era nueva esta táctica de la que existen amplios precedentes en el área caribeña, mucho antes de la Conquista de México. Asimismo, su recurrente decisión de aterrorizarlos con disparos de bombardas, eran estrategias ampliamente utilizadas desde que los primeros españoles pusieron pié en el Nuevo Mundo. En este sentido, escribió Pedro Mártir de Anglería que Colón ordenó disparar bombardas a los indios pero sin hacer diana deliberadamente porque, aterrorizados con el estruendo, caen todos a tierra, piden la paz y comercian mutuamente… Cortés, cada vez que llegaban embajadores de Moctezuma, improvisaba un teatro al aire libre en el que, lo mismo hacía trotar a un grupo de caballos repletos de cascabeles, que les ponía la aterradora sinfonía de las bombardas. Una verdadera guerra psicológica que, aunque no era nueva, le permitió entrar pacíficamente en Tenochtitlán.

Se ha destacado asimismo su pericia para buscar lenguas o intérpretes desde su misma partida de Cuba. Pero esta actitud, ni era nueva ni tampoco especialmente ingeniosa, entre otras cosas porque figuraba en las instrucciones que le otorgó Diego Velázquez. De hecho, entre la tripulación quiso contar con los servicios de Melchor, un intérprete indio que había ido en las expediciones previas de Francisco Hernández y de Grijalva y que utilizó apenas tocó tierra en la pequeña isla de Cozumel.

Ahora, bien, eso sí, Cortés fue siempre un ardoroso combatiente, como afirmó hace ya bastantes décadas el Marqués de Polavieja. Un combatiente que aunó al menos dos de las tres virtudes que las Siete Partidas señalaban como cualidades esenciales de todo buen capitán, es decir, sentido común y una gran capacidad de sufrimiento excepcional. Los nativos se resistieron, pero las diferencias eran abismales, no sólo estratégicas sino también armamentísticas. Aceros toledanos, ballestas y pólvora frente a frágiles espadas de madera con filos de obsidiana, flechas, piedras y mazas de madera o macanas.

Los indios confiaban en el gran poder de algunos de sus líderes semidivinos, como el temido y a la vez admirado Moctezuma. Prueba de esta confianza es que cuando los indios de Cholula eran masacrados, según el padre Las Casas, afirmaban:

 

¿Por qué nos matáis?, andad, que a México iréis, donde nuestro universal señor Moctezuma de vosotros nos hará venganza.

 

Sin embargo, para desgracia y desánimo de los nativos, el miedo o la excesiva precaución atenazó a su emperador, al único que tenía el poder suficiente como para frenar la ocupación, al menos temporalmente. Éste tenía cientos de espías que le informaban de cada una de las batallas que ganaba el de Medellín por lo que, a medida que se aproximaba a Tenochtitlán, sus inquietud se iba acentuando. Llama la atención la pasividad de una persona que, antes de ser nombrado el tlatoani o emperador, había sido un intrépido y cruel caudillo, vencedor en muchas batallas. Pero probablemente se dejó obsesionar por esos mitos indígenas que auguraban periódicamente el cambio de ciclo. Desde que escuchó hablar de las andanzas de los extranjeros en Tierra Firme, comenzó a sospechar que el final de su era se aproximaba. Un pesimismo crónico, auspiciado por la cosmovisión mexica, que contribuyó de manera considerable a su derrota final. Muy probablemente si Moctezuma hubiese presentado una resistencia militar inmediata, como lo hicieron otros líderes indígenas menores, la conquista de Tenochtitlán hubiese sido más dificultosa y, su caída se hubiese demorado bastante más tiempo.

Y finalmente, fue destacado por muchos cronistas por su carácter mesiánico, pensando que era un elegido de Dios para dirigir la cruzada contra los paganos y ampliar los dominios de la cristiandad. Según Bernal Díaz, el extremeño le confesó a Gerónimo de Aguilar que no había ido a las Indias a tan poca cosa como era conseguir oro sino para servir a Dios y al Rey. Pero, es más, el mismo Cortés sostuvo algo parecido cuando escribió que su verdadera intención fue siempre la de ensalzar nuestra fe o ampliar la corona de mi César. Fray Toribio de Motolinía también creyó que era un enviado de Dios para acabar con los vicios y sacrificios humanos que los aborígenes ofrecían a sus dioses. Por su parte, el primer obispo de México, fray Juan de Zumárraga O.F.M., en 1529, justificó su rebeldía con respecto a Velázquez, diciendo que actuó bajo inspiración divina. Varias décadas después, el cronista fray Gerónimo de Mendieta volvió a hacerse eco de esta misma idea, comparándolo con Moisés, pues, a su juicio, fue elegido por Dios para llevar la fe a los paganos. Prueba de ello, decía el religioso, era el celo que mostró en todo momento por su conversión:

 

Y verdaderamente para conocer muy a la clara que Dios misteriosamente eligió a Cortés para este su negocio, basta el haber él siempre mostrado tan buen celo como tuvo de la honra y servicio de ese mismo Dios y salvación de las almas…

 

El mesianismo Cortesiano se mantuvo a lo largo de los siglos. En 1794 fray Servando Teresa de Mier, precursor de la Independencia, en una homilía por el alma del metellinense, lo elogió por haber destruido la idolatría, los sacrificios humanos sangrientos y traído y comunicado la luz del evangelio a los que moraban en las tinieblas de Egipto. Más sorprendente aún es que, hace pocos años, se haya afirmado, siguiendo más o menos a Mendieta, que Cortés fue un cruzado, un abanderado de la fe… el libertador del indio a través de la fe como instrumento redentor y salvador… Pero, aunque lo jurara el propio Cortés, la realidad no era tan bonita, pues, de hecho se convirtió en una de las personas más ricas de su época.

Más recientemente, se ha hablado de la caridad heroica de Hernán Cortés, básicamente porque fundó en su testamento el hospital de Nuestra Señora de la Concepción de México. Sin embargo, la actitud de Cortés no tenía nada de excepcional, pues al fundar dicho sanatorio no hizo otra cosa que mimetizar lo que hacían las personas más pudientes de su época. Una caridad que se suponía era una virtud cristiana que debían practicar los nobles, los burgueses ricos y, sobre todo, el estamento eclesiástico, al que se le presuponía una especial humanidad. La beneficencia de los ricos es una constante en la historia que se ha prolongado prácticamente hasta la Edad Contemporánea.

Tampoco se le puede considerar, como se ha escrito, un bienhechor de indios, a los que supuestamente tuteló y amparó. Su actitud compasiva distó mucho de parecerse a la de un fraile, como Bartolomé de Las Casas, o a la de un pacifista, como Erasmo de Rótterdam, entre otras cosas porque de haber sido así nunca hubiese conquistado un imperio. No olvidemos que cuando debió actuar con crueldad lo hizo. En agosto de 1519 mandó cortar las manos a medio centenar de mujeres tlaxcaltecas que, con la excusa de llevarles comida, se habían introducido en el campamento para espiarlos. A continuación, las soltaron para que llevasen a sus pueblos el mensaje y supieran, en palabras de Bernal Díaz, quienes éramos. La famosa matanza de Cholula fue ordenada directamente por él, al igual que la pena de muerte que dictó contra el jefe tlaxcalteca Xicotencatl El Mozo, tras su traición, justo después del episodio de la Noche Triste. Claro está que ambas decisiones estuvieron bien medidas y le permitieron una obediencia ciega, primero de los cholutecas y luego de los tlaxcaltecas.

Pero, incluso, después de la Conquista, establecido ya como encomendero, tampoco les dispensó un trato especialmente compasivo. Aunque promulgó unas ordenanzas defendiendo su buen tratamiento, él mismo fue acusado por los suyos de hacer lo contrario. De hecho, los naturales de Cuernavaca, en el actual Estado mexicano de Morelos, en 1533, le imputaron un delito de malos tratos reiterados así como de cobrarles excesivos tributos y hasta servicios personales. Llegaron a testificar en el juicio que el Marqués del Valle no los trataba como a vasallos sino como a esclavos. En el inventario de sus bienes, que se realizó en Cuernavaca, el 26 de agosto de 1549, se contabilizaron 188 indios esclavos, una veintena de ellos naturales de Tlaxcala. No olvidemos que el metellinense no tuvo reparos en practicar el tráfico esclavista cuando las necesidades de mano de obra en su señorío le apremiaron. De hecho, en 1542, suscribió un contrató con el mercader genovés Leonardo Lomellino para que le enviase desde Cabo Verde 500 esclavos que pretendía vender en Nueva España a 66 ducados la pieza. Como casi todas las personas de su época aceptó la esclavitud como una institución legal y hasta legítima.

Sabía el extremeño tener mesura pero también era capaz de actuar con todo el rigor cuando las circunstancias así lo requerían. En 1521, no le tembló la mano cuando decretó la horca para Antonio de Villafaña. Éste, había protagonizado poco antes un levantamiento contra él con la intención de colocar en su lugar a Francisco Verdugo, cuñado del teniente de gobernador Diego Velázquez.

INDIOS Y MESTIZOS EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

MIRA CABALLOS, Esteban: Indios y mestizos americanos en la España del siglo XVI. Madrid, Iberoamericana, 2000, 174 pág. ISBN: 84951077831

 

Como acertadamente indica el autor, el fenómeno de los esclavos indios en la España del siglo XVI ha sido relegado en la casi totalidad de la historiografía americana, siendo escasos los historiadores que aluden al tema y, menos todavía, los que han investigado sobre él. Las causas de esta postura provienen, muy probablemente, de las escasas fuentes documentales con que contamos, de la dificultad para acceder a ellas y de la escasa importancia que se le ha otorgado dentro del contexto más amplio del indígena americano, que ofrece facetas y asuntos mucho más atractivos y significativos para el historiador.

A Mira Caballos, sin duda el mejor experto y que más ha investigado en el estudio de los esclavos indios en España, le debemos las mejores aportaciones en la materia, fruto de un trabajo difícil, arduo y tenaz, desarrollado en estos últimos años, que ha tenido como resultado la publicación de varios artículos y, finalmente, el libro que comentamos.

El autor, con toda sinceridad, nos habla de esa paciente labor, que ha tenido que realizar en el Archivo General de Indias (secciones de Indiferente General, Justicia, Contratación y Patronato) y en archivos parroquiales y protocolos notariales, en la búsqueda, no pocas veces incierta, en los documentos que pudieran aportar luz al tema, a lo que habría que añadir los incompletos resultados finales de su investigación, que hay que llenar con hipótesis más o menos plausibles.

En resumen, pocas fuentes, dificultades para su búsqueda y, en consecuencia, magros resultados concretos, que no por ello dejan de ser importantes. Esta trabajosa labor dice mucho a favor de Mira Caballos, pues, a pesar de tales y tantas dificultades, se ha adentrado en el tema con todo el rigor científico posible y, al menos, ha puesto de manifiesto el fenómeno de los esclavos indios en España que, de ahora adelante, tendrán que ser objeto de atención por parte de los historiadores y ocupar el lugar que le corresponde en la Historia de España y América.

Hay una cierta confusión en las materias tratadas en los dos primeros capítulos, pues el apartado del capítulo I legislación y Armadas de rescate, parece que hubiera sido mejor incluirlo en el capítulo II, dedicado primordialmente a la legislación. De esta manera, en el capítulo I, se podía haber profundizado más en la institución de la esclavitud en general, doctrina que el autor resume en dos cortos párrafos y que tan decisiva fue en su aplicación a los esclavos indios.

El capítulo II contiene como aportación novedosa la normativa particular sobre los esclavos indios en España. Los textos son pocos, pero lo bastante para indicarnos que sobre este asunto había problemas en España que merecieron normas adicionales, especialmente a partir de las Leyes Nuevas de 1542. Es mérito del autor el indicar que hubo diferencias en su aplicación en las Indias y en España, y la noticia de la entrada de esclavos indios procedentes del Brasil, sobre todo a partir de 1550, que se vendían mayoritariamente en Lisboa. Son aportaciones acertadas que demuestran que la esclavitud de los indios en España no podía ser tratada con los mismos criterios que se utilizaron en las Indias.

Hubiese sido conveniente que el autor hubiera desarrollado en extensión y en profundidad el largo proceso que abocó en la supresión definitiva de la esclavitud de los indios en América y , particularmente, en la polémica teológica y jurídica que se suscitó en España y en las Indias sobre este asunto.

En el capítulo III, se adentra el autor en resultados concretos de sus investigaciones: la travesía, los momentos iniciales en la Península, la visión española del indio, su status social y lugar en la estructura socio-laboral, los mercados de esclavos indígenas, principalmente en Lisboa y Sevilla, los indios libres, la enseñanza de hijos de caciques y, finalmente, la singular situación de los mestizos en España.

En el capítulo IV se nos ofrece un estudio aproximado de los indios traídos a la Península y del sexo y precio de los mismos. Es de alabar el esfuerzo del autor por exprimir al máximo los datos encontrados, con resultados cuyo valor histórico es innegable. A tenor de la documentación registrada hasta 1550 llegan a la Península 2.442 indios, la mitad de ellos durante los años 1493 a 1502 en los que se desarrolló un notable tráfico de esclavos indios, iniciado por Colón y expandida en el contexto de la factoría colombina.

En el capítulo V se dedica a hacer algunas valoraciones sobre la distribución geográfica del indio en la Península. La mayoría, por razones obvias, se localizan en Sevilla, seguida por las provincias occidentales andaluzas y Extremadura. Se presume que no fueron muchos los que llegaron a otros lugares de la Península, aunque hay datos esporádicos al respecto. Hay documentación sobre venta de indios en Zafra y en las islas Canarias, pero en pequeña cantidad. En cualquier caso, el porcentaje de esclavos indios con referencia a los negros era bajísimo. Añade el autor al final de la obra interesantes apéndices, del que es de destacar el primero, en el que da una estadística global del envío de indios a Castilla, señalando el número, los lugares de origen y de compra. El resto de los apéndices son diversas reales cédulas que tratan de la materia. Es interesante el documento de la venta de un indio en Valladolid en 1554.

José María García Añoveros

Instituto de Historia, CSIC

1 Reseña publicada en Hispania, Revista Española de Historia Nº 208. Madrid, 2001, pp. 778-781.

HISTORIA SOCIAL Y ECONÓMICA DE LA REPÚBLICA DOMINICANA

HISTORIA SOCIAL Y ECONÓMICA DE LA REPÚBLICA DOMINICANA

CASSÁ, Roberto: Historia social y económica de la República Dominicana, T. I. Santo Domingo, Editora Alfa y Omega, 2003, I.S.B.N.: 99934-76-82-X

 

        Desde que esta obra viera la letra impresa, allá por 1976, se ha convertido en todo un clásico de la historiografía americanista y especialmente de la dominicana. De hecho, ha sido un manual básico para centenares de estudiantes de historia en su país pero también para muchos investigadores, de muy distintos rincones del mundo, que pretendíamos aproximarnos a la historia de la República Dominicana, llamada en época colonial la Española. Una treintena de reediciones y centenares de referencias en repertorios bibliográficos son una buena prueba de todo lo que estamos diciendo. Pues, bien, veintisiete años después aparece esta nueva edición, en este caso revisada, corregida, reescrita y sustancialmente ampliada. De momento, solo ha aparecido el primer tomo, dedicado a la geografía y a la historia del país desde los orígenes hasta el final del período colonial.

       El autor, reconoce que se trata de la misma obra de 1976 y en parte tiene razón, pues, además del título, mantiene la estructura y la secuenciación cronológica de los contenidos. Sin embargo, aunque muchos aspectos recuerdan a la clásica obra, los capítulos incorporados, los novedosos puntos de vista, los nuevos cuadros y el material gráfico hacen que se mantenga la atención del lector desde la primera línea a la última.

        Sorprende que el autor haya reescrito el libro en su totalidad hasta el punto que, comparando los textos con los de 1976, no es posible encontrar ni tan siquiera dos líneas iguales. Parece obvio, pues, que no se han ahorrado esfuerzos en esta nueva redacción lo cual nos parece digno de elogio, pues, hoy en día abundan las versiones ampliadas que mantienen los textos preexistentes.

        Asimismo, es de destacar el esfuerzo realizado para integrar los nuevos conocimientos aportados por la extensa producción bibliográfica que ha visto la luz en los últimos veinticinco años. Son decenas los trabajos publicados en revistas europeas y americanas y los libros editados en muy distintas universidades lo que denota el interés general por la Historia de este país, especialmente por su pasado colonial.

        Encontramos dos nuevos capítulos, sumando un total de diecisiete frente a los quince que tenía la edición original. Estos dos capítulos son el primero, dedicado a la geografía física y humana de la isla, y el cuarto, en el que aparece una interesante síntesis de los principales aspectos de la historia africana. Efectivamente, el capítulo primero, titulado El territorio Dominicano y su poblamiento, era una carencia de la obra anterior que empezaba directamente por los antecedentes históricos europeos, sin hacer la más mínima referencia a la geografía de la isla y al particular marco caribeño. No debemos olvidar que la obra pretendió servir en todo momento de manual de historia dominicana lo cual justifica más si cabe la necesidad de incluir esta parte dedicada al espacio. En ella se recorren aspectos como la geomorfología, el relieve, los recursos naturales y el poblamiento, con especial incidencia en el aspecto fronterizo con Haití, subrayando, obviamente, su condición de barrera política, no geográfica.

         Pero, no menos acertada es la inclusión de un capítulo dedicado a la historia del mundo africano, pues, como es bien sabido, el aporte de este continente, junto con el europeo y, por supuesto, el sustrato americano, fueron claves en la conformación del ser y de la cultura americana y particularmente de la dominicana. El mismo autor justifica su decisión al decir que “de ese continente provino, en orden de aparición, la tercera fuente para la formación de la población dominicana, pero la más importante desde el punto de vista de la cuantía demográfica”. Se incide especialmente en la división entre el África Septentrional y el Meridional a partir de la conformación del desierto del Sahara. Pese a que esta frontera física nunca fue infranqueable, y cada vez más tenemos noticias de los abundantes contactos económicos y culturales que hubo entre el norte y el sur, lo cierto es que sí marcó a rasgos generales una división y, en el caso del África Subsahariana, un “afianzamiento de los rasgos negro-africanos”. El capítulo finaliza destacando ampliamente los efectos de la trata negrera a ambos lados del océano; un tráfico que estuvo incentivado por las amplias ganancias que esta práctica proporcionaba a los traficantes. Las consecuencias son bien conocidas: por un lado, un drama demográfico en el continente negro, cuyos efectos se atisban todavía en la actualidad. Y por el otro, el mestizaje del continente americano, a donde llegaron entre diez y quince millones de subsaharianos.

          En el capítulo siguiente, dedicado a los pobladores aborígenes, encontramos nuevos epígrafes y, sobre todo, nuevos enfoques. El autor insiste especialmente en el carácter pluriétnico de la isla, donde no solo había taínos, sino también macorixes, ciguayos y arcaicos ciboneyes, aunque eso sí, estaban en pleno proceso de “tainización”. Es de agradecer la incorporación, en esta edición, de sendos mapas sobre la división territorial y tribal de la isla tomando como fuente, por un lado, a Pedro Mártir de Anglería y, por el otro, a fray Bartolomé de las Casas y a Gonzalo Fernández de Oviedo.

         También encontramos reinterpretado y más desarrollado el capítulo séptimo, dedicado a la institución de la encomienda. Destaca el papel del Comendador Mayor de la Orden de Alcántara, frey Nicolás de Ovando, por un lado, en la conformación del nefasto sistema de la encomienda, y por el otro, atribuyendo al extremeño una idea preconcebida de genocidio, al provocar intencionadamente las conocidísimas guerras de Higüey y Xaragua. Tal planteamiento se recogía ya en la edición de 1976 y nos parece quizás exagerado por las profundas convicciones religiosas del Comendador Mayor, por el fomento, de acuerdo con sus instrucciones de gobierno, de los matrimonios mixtos entre españoles e indios y por la pionera experiencia que llevo a cabo con estos desdichados nativos con el objetivo de averiguar si eran capaces o no de vivir en libertad, antecedente remoto de las futuras reducciones.

        Asimismo desarrolla ampliamente a la luz de la nueva bibliografía los capítulos noveno y décimo, dedicados respectivamente a la industria azucarera y a la economía y la sociedad en el quinientos. En cambio, en el siguiente se estudia el devenir de la isla a lo largo de la centuria decimoséptima, haciendo especial hincapié en las devastaciones de Osorio. Sin embargo, lo más interesante de esta parte es el análisis de la situación de la isla en la segunda mitad del seiscientos. Se trata de una de las cuestiones más novedosas incorporadas en esta edición porque esta parte de la historia dominicana permanecía prácticamente olvidada por la historiografía. Y ello debido probablemente a que fue una de las épocas más decadentes y deprimidas de la historia dominicana.

En el siglo XVIII se produjo la recuperación demográfica y económica de la isla, arribando un nuevo contingente de españoles, especialmente de canarios. De hecho, se estima que, entre 1698 y 1864, llegaron a la Española unas 2.947 personas procedentes de este archipiélago. El hato ganadero, la crisis del orden colonial y la ocupación haitiana son otros aspectos analizados en el libro.

En cuanto a la bibliografía ya hemos dicho que incorpora e integra una buena parte de las investigaciones que se han publicado en las últimas décadas. Sin embargo, llama la atención que, tratándose de una ampliación de la obra inicial, elimine una buena parte de la bibliografía clásica que manejó en la primera edición. Historiadores de rango universal como Henri Pirenne, Frédéric Mauro Georges Duby, Albert Soboul, Georges Lefebvre o Marc Bloch desaparecen de la bibliografía, quizás con la intención de ofrecer unas referencias centradas exclusivamente en la historia dominicana. También se suprimen de la lista

–probablemente por descuido- otros autores americanistas pero no menos clásicos como Guillermo Céspedes del Castillo, Silvio Zavala o Frank Moya Pons.

En definitiva, y para finalizar, creo que el profesor Cassá ha escrito una obra fundamental para la historiografía dominicana. Una actualización y modernización de su clásico manual que servirá para que las nuevas generaciones de historiadores dominicanos y otros muchos estudiosos de la historia colonial puedan aproximarse con todas las garantías científicas a la historia de este país caribeño.

 

 

Esteban Mira Caballos