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EL ÁRBOL Y LA RAÍZ

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CLAVERO, Bartolomé: El árbol y la raíz. Memoria histórica familiar. Barcelona, Crítica, 2013, 217 págs.

 

        Nueva entrega del profesor Bartolomé Clavero, catedrático de Historia del Derecho en la Universidad de Sevilla, en la que traza un recorrido por los abusos del franquismo con los vencidos, a través de una microhistoria: la de su propia familia –franquista- y su entorno en la pequeña villa sevillana de Cazalla de la Sierra. Básicamente, el autor incide en tres cuestiones:

Una, que tras la victoria del bando Nacional se produjo el reparto del botín de guerra, es decir, el prorrateo de cargos políticos, cátedras, titularidades y puestos de responsabilidad de aquellos que pertenecían al bando vencedor, en detrimento de los vencidos. Un empobrecimiento en todos los ámbitos, merced a personas que ocuparon altos cargos de la administración o de la empresa privada no por méritos propios sino por filiación política. Un salto atrás en el tiempo que nos recuerda a los rancios estatutos de limpieza de sangre que coartaban el acceso a los puestos de la administración de todo aquel que no fuese cristiano viejo. Desgraciadamente, todavía en la España del siglo XXI, a la hora de acceder a cualquier puesto público o privado pesa más la familia o el apellido que los méritos.

Dos, en los abusos velados de los vencedores hacia los vencidos que se prolongaron durante décadas. La cruenta represión en Cazalla de la Sierra, como en tantos otros pueblos pequeños y no tan pequeños de Andalucía y Extremadura, que llevó al paredón, a personas como Isabel Acevedo León, de 19 años, simplemente por haber servido en la casa del alcalde republicano. Pero la mayor parte de la población era de extracción humilde y, por tanto, sospechosa de ser republicana, o peor aún, izquierdista. Pero no podían morir todos, hacían falta manos para trabajar la tierra de propietarios y rentistas. Por ello, tras la represión física, llegaron, por un lado, la contrarreforma agraria que empobreció aún más a los desheredados, y por el otro, las relaciones asimétricas con los supervivientes, entonces llamados braceros, gañanes o jornaleros. Algo que ya nos impresionó en el libro de Miguel Delibes, Los Santos Inocentes y que desgraciadamente, como se observa en este libro, no fueron hechos aislados. Es más, la mayoría veía ese tipo de relaciones serviles, casi feudales, como algo natural. Bartolomé Clavero, a través de su propia familia y de sus relaciones con los trabajadores de su finca, nos ofrece noticias conmovedoras sobre las personas que estaban al servicio de su propia parentela. Personas que habían sufrido la represión franquista, supervivientes del holocausto, como el matrimonio que vivía en la casilla –no casa- de su finca, y que por no poseer no poseían ni el derecho a su intimidad. Un medianero que trabajaba sin contrato escrito y en unas condiciones que el propio autor califica de leoninas y por las que encima debía mostrar agradecimiento.

        Y tres, en la necesidad de reconciliación, para lo que Bartolomé Clavero, a título individual –no familiar- pone su granito de arena. Él dice haber escrito el libro para descargar su conciencia, reconociendo su pertenencia a una familia que prosperó a la sombra del régimen y, por tanto, a costa de la desventaja y del sufrimiento de las demás. Tras la dura dictadura de más de tres décadas, en la Transición, se hizo un pacto de silencio y olvido, como dice el autor, para pasar página, concediéndole al franquismo el status de régimen preconstitucional pero legítimo. Y en esta política del olvido tuvo un papel destacado la complicidad de la Universidad, por mediación de profesores que ocuparon las cátedras de los republicanos asesinados o exiliados y de los que estos a su vez colocaron. A algunos de sus propios profesores, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, les acusa de perpetuar la desmemoria no ya de la Transición sino del franquismo. Afirma que la fachada de la Universidad aparentaba normalidad pero que moralmente estaba en ruinas, tras el arrasamiento franquista. Desde profesores sin los conocimientos adecuados hasta perpetradores de plagios. Pero lo peor de todo es que este olvido e, incluso, esta contramemoria ha llegado en algunos casos hasta nuestros días. Los testimonios actuales evidencian el holocausto no ya de la guerra sino de la postguerra, primero mediante la eliminación sistemática del adversario político, y luego a través de su silenciamiento. El olvido no se puede mantener por más tiempo, como indica la propia Ley de la Memoria Histórica. Ésta pretendía hacer justicia con las cientos de miles de víctimas de la postguerra y de la dictadura, pasando página no mediante el olvido sino por el reconocimiento de lo que allí ocurrió, para asentar sólidamente las bases de la reconciliación nacional. Sin embargo, como casi siempre, una cosa es la ley y otra su aplicación, que se está viendo indefinidamente retrasada por los poderes fácticos que temen que la verdad histórica destape horrores inconfesables que han permanecido ocultos durante décadas.

        Personalmente, debo reconocer que el libro me ha impresionado mucho, pese a que los que leemos asiduamente al profesor Clavero, conocemos su escritura directa y en ocasiones descarnada. Es innegable el fondo de razón de su línea argumental y lo digo no ya como historiador, sino como un ciudadano más que vivió en su juventud los años finales del franquismo. Todos conocimos la discriminación de aquellos amanerados a los que, en ocasiones sin serlo, se les atribuía la condición de homosexual. Todos vivimos la separación clara que existía entre las familias bien, las franquistas de toda la vida, frente a las que no se manifestaban públicamente como afines al régimen. Solamente, el velo de la sospecha era suficiente para postergar, despreciar, infravalorar o discriminar no sólo a individuos concretos sino a familias enteras. Verdaderas patentes familiares, en muchos casos las mismas que siglos atrás, alegaron la limpieza de sangre para quitarse competidores más meritorios. Por ello, aunque algún día tengamos todos o casi todos los nombres de la represión del régimen, jamás podremos cuantificar los miedos, los silencios o las postergaciones de miles de personas que nunca fueron represaliadas y que, por tanto, nunca figurarán en ninguna lista. Son los casos de algunos de los protagonistas de este libro, como el bueno de Manolo Palma o de Manolo Bernabé.

        Para finalizar, hay que agradecer y elogiar la valentía de su autor a la hora de reconocer sus propias culpas y la tardanza en tomar conciencia de las discriminaciones de las que fue partícipe en su juventud en el seno de su privilegiada familia. Expresamente reconoce que descarga su conciencia como su contribución a la recuperación de la Memoria Histórica. Pero su contribución no es pequeña, pues puede y debe refrescar la desmemoria de muchos, e incluso contribuir a la concienciación de personas que fueron partícipes –muchos sin saberlo- de la sociedad de castas y de la ideología represiva del régimen. Ahora bien, a mi juicio, se ensaña en exceso con algunos miembros de su familia hasta el punto de colocar al propio lector en una situación incómoda y, en ocasiones, hasta desagradable. Ahonda en viejas heridas familiares, en algunos casos relacionadas con el problema subyacente de la ideología franquista pero en otros meras cuestiones personales –como disputas por la herencia- que no contribuyen en nada al objetivo reconciliatorio del libro. En el fondo, aunque pide disculpas por ello, intenta redimir a toda su estirpe, pero él no debió erigirse en redentor de aquellos que no tienen conciencia de haber cometido agravio alguno o simplemente que no desean arrepentirse o disculparse. Y lo único que consigue es ofrecer argumentos a aquellos detractores que puedan pensar que su objetivo ha sido más la venganza personal que el resarcimiento de la Memoria Histórica. Ahora bien, todo esto no puede empañar su valor a la hora de enfrentarse a sus propios fantasmas personales. Un ejerció loable que nos puede iluminar en nuestro deseo de alcanzar la verdad histórica y acabar definitivamente con la impunidad de la desmemoria.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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