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CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

LOSURDO, Domenico: Contrahistoria del Liberalismo. Barcelona, El Viejo Topo, 2007, 374 págs.

 

        Domenico Losurdo, profesor de Filosofía de la Historia en la Universidad de Urbina, reflexiona en este libro sobre las contradicciones y mitos del liberalismo. La ideología liberal fue la responsable del fin del Antiguo Régimen, esgrimiendo las libertades individuales, frente al poder absoluto. Sin embargo, dicha ideología no puede identificarse con la libertad sin más. No podemos obviar –recalca Losurdo- que pese a su utilidad en el tránsito del Viejo al Nuevo Régimen, se trataba de un credo de clase, de la clase burguesa. Y por ello, siempre ha tendido a la defensa de los intereses del grupo dominante y no del pueblo. Como ya dijo en el siglo pasado René Rémond, el liberalismo tiende a mantener la desigualdad social. Por eso no sólo tolera la esclavitud sino que la auspicia y la justifica.

El aporte del autor de este libro consiste en haber demostrado de manera incontestable que la esclavitud y el imperialismo –de cualquier tipo- no es que permanezca residualmente en los inicios del liberalismo sino que es consustancial a él y que, incluso, alcanza su máximo desarrollo tras el triunfo liberal. Naciones tradicionalmente liberales como Inglaterra u Holanda estuvieron más implicadas que nadie en la trata negrera. Pero es más, padres del liberalismo, como Locke, Calhoun o John Stuart Mill defendieron la institución de la esclavitud en mayor o en menor grado, aunque otros como Montesquieu o el propio libertador Simón Bolívar, la censurasen con claridad. Locke lo mismo criticaba el servilismo autocrático de la monarquía absoluta que justificaba la esclavitud en las colonias. Es sin duda el último de los grandes filósofos que argumenta a favor de la esclavitud absoluta y perpetua, pues no en vano el mismo poseía inversiones en el lucrativo negocio de la trata. La situación en el siglo XVIII llegó a tal extremo que era más difícil que un esclavo de una colonia británica alcanzase la manumisión que otro que hubiese vivido en el antiguo Imperio Romano.

Si ya de por sí muchos liberales justificaban la esclavitud, con muchas más razones, lo hacían del servilismo. Incluso los abolicionistas tienen intereses velados, pues rechazan la esclavitud pero sostienen el trabajo servil. Las reclutas forzadas de marineros y de soldados eran prácticas habituales en el mundo anglosajón en los siglos XVIII y XIX. Dada la dureza de estos oficios y la alta tasa de mortalidad, las autoridades metropolitanas se veían obligadas a recurrir a métodos drásticos para mantener en servicio las más de 700 naves de guerra que surcaban y mantenían su imperio. Una forma de servidumbre que no guardaba apenas diferencias con la esclavitud.

Llegados a ese punto, el profesor Losurdo se plantea una interesante pregunta: ¿se puede ser liberal y esclavista al mismo tiempo? La respuesta no admite dudas, rotundamente sí. Dicha ideología, al ser clasista, defiende los derechos y libertades de la clase dominante, negando todas estas prerrogativas a pobres, marginados, huérfanos, vagabundos y minorías étnicas. La idea ciceroniana de que algunos pueblos eran indignos de la libertad se mantenía con énfasis en el ideario liberal. Para John Stuart Mill los anglosajones estaban en la cúspide civilizatoria, pues habían contribuido al progreso general de la humanidad. Por eso, el sometimiento de otros pueblos, teóricamente bárbaros, no sólo era posible sino deseable. Pero en esa defensa clasista los ideólogos liberales van mucho más allá: en caso de que dentro del propio país civilizado se produjese una barbarie interna –revueltas, manifestaciones, huelgas- que amenazase la estabilidad, es posible suprimir temporalmente las libertades y establecer un gobierno dictatorial. Esta idea la defendió en su día Montesquieu y la esgrime y usa reiteradamente el neoliberalismo en pleno siglo XXI.

        Asimismo, insiste el autor que el estado del bienestar, que durante varias décadas hemos conocido en Europa, no ha sido fruto del liberalismo como piensa la mayoría. En realidad, estos avances sociales no han sido una concesión graciosa de la élite dirigente –la burguesía- sino fruto de la larga lucha de clases que se inicia fundamentalmente a parte de la revolución rusa de 1917. Desde la caída del muro de Berlín, y tras el desprestigio de la praxis marxista, esta última ideología ha perdido fuerza lo que ha aprovechado la ideología liberal para acabar con el estado del bienestar. Si nada ni nadie lo remedia vamos a asistir en los próximos lustros al fin del estado social y a la vuelta de las grandes desigualdades sociales. La clase media se reducirá drásticamente, al tiempo que aparece una extensa prole de trabajadores pobres que ni aun trabajando conseguirán satisfacer sus necesidades más perentorias.

Lo que Losurdo deja claro en esta brillante obra es que la ideología y la praxis liberal no solo no han impedido la esclavitud, la servidumbre o el expansionismo imperialista sino que han sido consustanciales a su propio sistema. El panorama se presenta sombrío por el triunfo de la ideología neoliberal. La única esperanza que nos queda es que precisamente la reaparición de la clase obrera en su más extenso sentido, dé lugar a un retorno del movimiento obrero y a un renacer del pensamiento marxiano. También sería positivo que potencias regionales como Rusia o emergentes como China, consiguiesen el potencial suficiente para frenar o al menos limitar el expansionismo estadounidense por el mundo y su ideología neoliberal.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL ACOSO DE LAS FANTASÍAS

EL ACOSO DE LAS FANTASÍAS

ZIZEK, Slavoj: El acoso de las fantasías. Madrid, Ediciones Akal, 2011, 266 págs.

 

        El profesor Zizek aborda en este libro nada más y nada menos que el funcionamiento de la ideología postmoderna, condicionada por las fantasías. Dada la extensión del libro, las múltiples aportaciones y las numerosas ejemplificaciones, me voy a limitar a destacar algunos aspectos que me han llamado especialmente la atención.

El autor explora las relaciones entre la fantasía y la ideología. Aquella estructura el goce pero a la vez coarta sus excesos. Revela claramente su gran poder, capaz de enmascarar la realidad y de condicionar nuestra relación con el mundo visible. La fantasía se convierte así en un mecanismo para ocultarnos a nosotros mismos el horror de innumerables situaciones concretas que vivimos personalmente o conocemos a través de los medios de comunicación. Y va incluso más lejos, al afirmar que la función de la fantasía es similar al esquematismo trascendental kantiano: una fantasía conforma nuestro deseo, es decir, nos enseña cómo desear. La fantasía guarda con la realidad una íntima relación de cercanía y lejanía, creando un escenario en el que se enturbia el horror de la realidad. Todo se cubre bajo su manto, evitando ver la realidad tal cual. Este falseamiento de lo existente otorga cobertura ideológica a todo tipo de injusticias, desigualdades, asesinatos y genocidios. Así, por ejemplo, en la Alemania Nazi, el judío fue identificado con el mal, dando cobertura ideológica y justificación moral a los perpetradores del holocausto. Asesinar judíos aparecía así como algo aceptable para miles de alemanes que lo aceptaban como una muestra más de patriotismo. De igual manera, al Tercer Mundo se le otorga una imagen fantasmática irreal, como el infierno terrenal, un espacio desolado, donde sólo es posible el alivio mediante la caridad de occidente. Así, de paso que se esconde la verdadera causa del problema, las relaciones asimétricas que genera el capitalismo, se evita toda acción política para resolverlo. Por ello, queda bien claro que la fantasía puede ser la mejor amiga y a la vez la peor enemiga del ser humano.

Afirma Zizek que, dado que no hay una fórmula universal, cada persona individualmente inventa sus propias fantasías en su relación con la realidad. Cuando no se puede asumir la realidad en base a la razón se recurre casi instintivamente a ella. Sin embargo, a mi juicio, no somos tan originales, y dado que nos enfrentamos todos a situaciones muy similares, éstas no suelen ser particulares ni especialmente ingeniosas sino análogas o, al menos, incluidas en un corto número de variables. Lo cierto es que como bien explica el autor, la fantasía está detrás de toda organización humana, pues constituye el entramado sobre el que se articula todo discurso. Cuando la lógica social entra en conflicto, entonces es indispensable sumergirse en el abonado campo de la fantasía para encontrar el punto de fricción.

        La época actual, afirma el autor, está plagada de fantasmas, por el creciente antagonismo entre la abstracción del ciberespacio, con sus relaciones sociales y económicas virtuales, y el bombardeo continuo de imágenes concretas. Tradicionalmente se ha estudiado la relación entre la abstracción y la realidad social concreta, pero el autor plantea un análisis inverso, es decir, partir de lo concreto para llegar a lo abstracto. Analiza las consecuencias que el ciberespacio provoca sobre las relaciones sociales de los individuos y de las sociedades. Cada vez más, la actividad humana se limita a enviar señales a través del ratón de nuestro ordenador, desvinculando a las personas del mundo vital concreto. Dedica bastantes páginas a estudiar el cibersexo que, como bien dice, supone una fantasía ideológica en la que se separa la mente del cuerpo, permitiendo el goce de todos los placeres de la carne, deshaciéndonos de nuestros cuerpos. Muchos recurren a la pornografía para acceder a distintas formas de goce a las que no pueden convenir en su vida real. Y para acabar con el capítulo dedicado al mundo virtual del ciberespacio, el autor se plantea una interesante pregunta: si somos capaces de establecer todo tipo de relaciones a través del ordenador, incluidas las sexuales, ¿por qué no reemplazar las guerras reales por otras virtuales?

Para ir concluyendo, debemos decir que en esta obra su autor mantiene su tradicional crudeza, no concediendo ni un milímetro al academicismo y realizando una crítica directa y aguda lo mismo al estalinismo que al nazismo o, más recientemente, a la guerra en la antigua Yugoslavia. También permanece su discurso adictivo, en el que se mezcla su profundo conocimiento sociológico y filosófico con ejemplos y chistes extraídos de la vida real, igual de un episodio de los Simpson que de una actuación del tristemente desaparecido Michael Jackson. Sus ejemplos son tan expresivos, como rompedores –el cibersexo, o las diferencias nacionales a través del diseño de los inodoros, etc.-. A través de ellos explora el modo en que las fantasías estimulan el placer. En definitiva, estamos ante otra obra magistral del filósofo esloveno, preñada de reflexiones siempre agudas y críticas que nos permiten aproximarnos mejor a la complejidad del ser humano en el siglo XXI. Solo teniendo en cuenta la omnipresencia de las fantasías se puede llegar a entender la realidad pasada y presente.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

IMPERIALISMO Y PODER

IMPERIALISMO Y PODER

MIRA CABALLOS, Esteban: Imperialismo y poder. Una historia desde la óptica de los vencidos. El Ejido, Círculo Rojo, 2013, 220 págs.

 

Se presentan en este volumen un conjunto de reflexiones en las que se analiza, desde una óptica alternativa, las formas de poder del pasado y del presente así como sus consecuencias. Aunque se estudian aspectos muy diferentes, todos tienen en común el tratamiento que se hace de ellos, pretendiendo desmontar viejos mitos que se han perpetuado a lo largo del tiempo. Al final, buena parte de la historia de nuestra era se resume en las tres palabras incluidas en el título: Imperialismo y poder, que encierran lo esencial de la dramática historia de la humanidad en los últimos dos mil años.

El objetivo último ha sido la divulgación, pero realizada desde el conocimiento, es decir, intentando aunar una literatura asequible con el rigor científico. Se trata de lo que Eric Hobsbawm llamó la alta vulgarización que practican con frecuencia los intelectuales anglosajones.

En el primer ensayo se analiza el concepto de ciencia histórica a la luz del siglo XXI y la necesidad de formular la disciplina desde la óptica de los oprimidos. No se trata tanto de ideologías como de replantearnos las categorías históricas con las que trabajamos.

        Seguidamente se aborda el Imperialismo de Occidente y su justificación ética. El etnocentrismo ha planteado una historia deliberadamente falsa: todo el que no era occidental pertenecía a una cultura inferior y, por tanto, existía una justificación moral para invadirlos y someterlos. Ello enlaza con el siguiente acápite, en el que trato de destapar eso que yo llamo el gran engaño de Occidente, es decir, la idea generalizada de que el pensamiento racional tuvo su origen en el mundo grecolatino, sin conexión alguna con las grandes civilizaciones medievales. El Renacimiento, uno de los grandes hitos de la historia –eso es indudable- se nos presenta como un renacer de la sabiduría clásica, olvidada durante la oscura época medieval. Se trata de una premisa falsa, sobre la que se ha sustentado todo el pensamiento occidental y la supuesta superioridad indoeuropea. Y ello, como veremos, porque buena parte del pensamiento grecolatino, llegó a la cultura renacentista a través de pensadores islámicos.

Las exclusiones sociales sufridas en España -y en buena parte de Europa- durante la época moderna, constituyen otra de las grandes materias de análisis de este libro. Se trataba de una sociedad fundamentada en la desigualdad: los que tenían sangre noble frente a los que no, los cristianos viejos frente a los neófitos, los burgueses ricos frente a los pobres, los hombres sobre las mujeres, los adultos sobre los niños, etc. Por un lado, acometemos el problema de la venalidad y la corrupción en los cargos de la administración, en la que sólo había cabida para el noble o para aquel que era capaz de hacer un servicio pecuniario a la Corona. Y por el otro, nos adentramos en el estudio de los sectores sociales más débiles, es decir, los huérfanos y las mujeres. Asimismo, analizamos el problema morisco, una minoría perseguida durante casi un siglo y que fue, finalmente, extirpada de la sociedad cristiana. Y es que en la España Imperial se llegó a discriminar a todo aquel que no poseía sangre limpia, es decir, a los conversos o sus descendientes y a los perseguidos por la Santa Inquisición.

La América de la Conquista está ampliamente estudiada y ello debido tanto a razones de índole personal como científica. En cuanto a lo primero, se trata simplemente de la propia condición de americanista de su autor. Y en relación a lo segundo, por la convicción de la importancia que el Descubrimiento, la Conquista y la Colonización tuvieron en el desarrollo de Occidente y del capitalismo, en los últimos cinco siglos.

Los dos últimos acápites versan sobre el previsible colapso civilizatorio de Occidente y sus consecuencias. Después de varios siglos en los que el capitalismo ha sido el sistema dominante en el mundo, muchos tienden a pensar que es insustituible, es decir, que no podemos vivir sin él. Sin embargo, es obvio que esta idea además de errónea no resiste la más mínima crítica. El ser humano vivió varios millones de años sin el capitalismo y puede sobrevivir perfectamente a él. De lo que se trata es de repensar una alternativa al mismo, más justa y equilibrada. Se trata de retomar la senda de la fraternidad entre los seres humanos y entre nosotros y los demás seres vivos de nuestro sufrido planeta. Si queremos sobrevivir como especie, urge recuperar la armonía con la madre naturaleza.

        En definitiva, en este libro se amalgaman planteamientos y temas muy diversos que empiezan con una reflexión sobre la ciencia histórica y terminan vaticinando el más que previsible fin del capitalismo. Sin embargo, todo el texto tiene un hilo conductor, pues traza un largo viaje a través del tiempo desde una óptica diferente, tratando de empatizar con los vencidos, con los explotados y con los marginados. Y ello con la esperanza de contribuir a despertar la conciencia social ciudadana, a día de hoy un tanto aletargada.

Enlace al booktrailer: http://youtu.be/TTOvXbdbqj8

(El libro se puede adquirir en formato digital en la editorial Círculo Rojo y en papel, escribiendo al email: Caballoss1@gmail.com)

SOBRE LA VIOLENCIA

SOBRE LA VIOLENCIA

ZIZEK, Slavoj: Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Barcelona, Paidós, 2009, 287 págs.

 

        Excelente libro del filósofo esloveno, discípulo de Heidegger, en el que analiza, desde distintos puntos de vista, la omnipresencia de la violencia en nuestro tiempo. El libro se estructura en seis capítulos que coinciden con otros tantos ensayos. Sin embargo, no vamos a hacer un comentario uno a uno sino una valoración general de las ideas más destacadas.

Para él la violencia es sistémica, es decir, forma parte del sistema productivo y de las relaciones de dominación del capitalismo. Más allá de la violencia física y pública existe otra más profunda, anónima e invisible que genera excluidos sociales, desigualdades y dramas. Millones de personas han quedado en el camino desde la aparición de la idea de progreso, allá por los orígenes del capitalismo. Lo mismo las conquistas del siglo XVI que el Imperialismo de los siglos XIX y XX han generado grandes dramas que la población percibe como el necesario peaje del progreso. Y para colmo, la globalización ha demostrado la capacidad del capitalismo para adaptarse a todo tipo de civilizaciones.

        El colmo del cinismo capitalista es la presencia de lo que Zizek llama comunistas liberales, como Bill Gates o George Soros. Estos se enriquecieron con el capitalismo y ahora pretenden devolver parte de lo que ganaron entre los necesitados del mundo. De hecho, el primero se considera el mayor benefactor de la historia. Lo mismo dona dinero para paliar el hambre en África que financia campañas a favor de la infancia o en pro de la liberación de la mujer. Sin embargo, denuncia el autor, que estos supuestos benefactores, dan ahora lo que antes tomaron y además su actitud es hipócrita porque luchan contra la violencia subjetiva al tiempo que aceptan la violencia sistémica. Muy lúcidamente afirma Zizek que la acumulación de riqueza primero y la caridad después, han formado parte inherente del capitalismo desde sus orígenes. Y ello para intentar paliar en parte los desequilibrios entre ricos y pobres que el sistema ha generado y genera. Pero no podemos olvidar que en el fondo, todos estos filántropos son reaccionarios, pues se sitúan frente a la lucha progresista, atenuando en buena medida la crisis del capitalismo. De hecho, como afirma el autor, estos mismos bienhechores que donan miles de millones a la lucha contra las enfermedades o contra el hambre son los mismos que han arruinado la vida de millones de personas en su afán obsesivo de enriquecimiento.

        Asimismo, se refiere a la despersonalización de la tortura y la muerte. De hecho, explica el autor que a muchos les resultaría mucho más fácil matar a varias miles de personas apretando el botón de una bomba nuclear que ejecutar por sí mismo a una sola persona. Y de acuerdo con Chomsky, esto no deja de ser una absurda hipocresía, pues los mismos que están en contra de la violación de los Derechos Humanos en un caso concreto tolerarían, en cambio, el asesinato de miles de personas en una de las tristemente famosas guerras preventivas que practican con frecuencia los Estados Unidos. Por otro lado, es cierto que muchas personas, y hay miles de casos documentados, pueden cometer verdaderas atrocidades con sus enemigos o simplemente con personas a las que no conocen personalmente y desplegar una cálida humanidad con los suyos. Es decir, niegan al otro los derechos éticos básicos que siempre reconocerían a su entorno o a sus compatriotas. Un corporativismo, que en el caso de grupos de poder, como el ejército o la iglesia, ha permitido la impunidad de algunos delitos, como las torturas que marines infringieron a prisioneros de la guerra de Irak.

        Señala Slavoj Zizek que desgraciadamente la mayor parte de los seres humanos llevan dentro un deseo ilimitado que les hace estar siempre insatisfechos con lo que tienen y pedir siempre más. Eso provoca una patológica rivalidad y a la postre, en muchos casos, violencia. Por eso está claro, como bien indica el autor, que lo ilimitado está relacionado con el mal y lo limitado, lo finito, incluida la capacidad de morir, con el bien.

        Ahora bien, toda forma de violencia conlleva un reconocimiento implícito de impotencia, de fracaso. Atentados terroristas recientes, como el de las Torres Gemelas en Nueva York o el de Atocha en Madrid, no fueron más que muestras del odio que los integristas musulmanes sienten hacia occidente. Como afirma Zizek, no pretendían ningún noble objetivo sino simplemente causar daño para dar satisfacción a su rencor. Y por si fuera poco, estos ataques han dado alas a los países occidentales, y en especial a los Estados Unidos, para utilizar la fuerza en decenas de guerras que ellos llaman preventivas. Desaparecida la URSS, se ha producido un desequilibrio que ha permitido a los norteamericanos campar a sus anchas por el mundo.

Las exclusiones, la pobreza y las desigualdades cada vez mayores entre Norte y Sur han provocado la arribada masiva de inmigrantes a las fronteras de Occidente que ha optado por atrincherarse, dejando entrever su propio fracaso. Y digo que su fracaso porque han sido ellos mismos los que han generado millones de desplazados en el mundo. Evidentemente, la solución no debería ser la construcción de muros sino ofrecerles las condiciones socioeconómicas adecuadas para que esos inmigrantes no tengan que abandonar su país.

        En cuanto a la vieja Europa, dice Zizek, que su gran singularidad no son sus raíces cristianas, sino su ateísmo. Es decir, la posibilidad que tienen sus ciudadanos de optar por su condición de ateos de manera legítima sin que ello suponga una rémora social. Un liberalismo religioso que surgió fruto del sufrimiento que experimento Europa en las guerras religiosas entre católicos y protestantes en los siglos XVI y XVII.

        En resumen, el filósofo balcánico analiza en estas brillantes páginas las principales formas de violencia de nuestro tiempo, desde los ataques terroristas, a las manifestaciones estudiantiles, señalando como causa última de todas ellas, el miedo al prójimo. Destapar y condenar la violencia explícita e implícita de nuestro tiempo, puede contribuir a tomar consciencia de ella y a partir de ahí sentar las bases para superarla. Como bien dice el autor, en ocasiones no hacer nada es lo más violento que (se) puede hacer.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA LENGUA DEL IMPERIO

LA LENGUA DEL IMPERIO

CONDE, José Luis: La lengua del Imperio. La retórica del imperialismo en Roma y la globalización. Alcalá la Real, Alcalá Grupo Editorial, 2008, 230 págs.

 

          Esta obra, que obtuvo el II Premio Rosa María Calaf de Investigación Social 2008, plantea un análisis comparativo entre el imperialismo romano y el actual, liderado este último por los Estados Unidos. Sobre el influjo del imperialismo romano en los imperios modernos y contemporáneos existe una amplia bibliografía anglosajona. Sin embargo, en castellano, la literatura es mucho más parca por lo que este libro viene a cubrir ese vacío historiográfico, acercando la temática al lector hispano.

El autor establece interesantísimas conexiones ideológica entre los pensadores romanos imperialistas o antiimperialistas –Cicerón, Salustio, Cornelio Tácito, Tito Livio, etc.- y los estadounidenses –Miles, Chalmers, Badian, etc.- así como símiles sorprendentes en la evolución política de ambos imperios. Y como casi siempre, las estrategias que usan la comparación siempre ofrecen grandes y sorprendentes resultados, pese a que medien entre los elementos comparados dos milenios. Llaman la atención los paralelismos entre los defensores y sustentadores del imperialismo actual con los que, hace dos mil años, defendían y sostenían el de la Roma Imperial. Los romanos, crearon toda una corriente ideológica tendente a justificar su expansión. Ya en el siglo I d. C., Cornelio Tácito, en su obra Historias, afirmó que todas las anexiones territoriales se habían justificado en el falso pretexto de llevar la libertad a sus habitantes. Y es que, por paradójico que resulte, Roma justificaba sus guerras exteriores en motivos defensivos, para garantizar su seguridad y la de sus aliados. Algo tan absurdo como usar la guerra para preservar la paz. Pero lo realmente increíble que estos argumentos, esgrimidos hace cientos de años por escritores romanos, como Marco Tulio Cicerón, son absolutamente idénticos a los que sostienen una parte importante de la sociedad estadounidense, cuando alude a sus guerras preventivas. Asimismo, se someten países sin conquistarlos físicamente, siempre bajo la justificación de liberarlos o de democratizarlos. Estados Unidos, la mayor potencia bélica de nuestro tiempo, al igual que la Roma de los emperadores, hace la guerra por aquí y por allá, con la excusa de garantizar la paz, los derechos humanos y la libertad.

Conviene recordar, aunque no sea objeto de este libro, que estos mismos argumentos no saltaron en el tiempo dos mil años hasta llegar a nuestros días sino que han permanecido incrustados en el pensamiento de Occidente a lo largo de toda nuestra era. De hecho, en el siglo XVI también se alabó la expansión conquistadora, en nombre de Dios y de la cristiandad, en unos momentos donde cristiano equivalía a civilizado y pagano a bárbaro. La Conquista fue presentada como el triunfo de la civilización sobre la barbarie. Para la mayoría de los europeos de la época los amerindios constituían sociedades degeneradas y salvajes, por lo que se imponía la necesidad caritativa de civilizarlos o de cristianizarlos. Los romanos justificaron su expansión en la necesidad de difundir la cultura grecolatina que consideraban superior, y más de quince siglos después, los españoles, defendieron su imperio ultramarino en la necesidad de trasladar la fe cristianas a los paganos que vivían en las tinieblas. Y es que toda campaña militar o imperialista, o más aún, toda actuación política, ha ido siempre ligada a su correspondiente justificación ética.

Pero volviendo a la comparativa entre Roma y Washington, hay que señalar que las élites estadounidenses han visto en aquella el espejo remoto en el que mirarse y fuente permanente de justificación de sus actuaciones. Y lo peor de todo, es que pese al sabor rancio de sus argumentos, estos han calado en buena parte de la opinión pública. La larga rivalidad entre Roma y Cartago la compara el autor con la que mantuvieron USA y URSS durante la guerra fría, aunque la primera durase varios siglos y la segunda menos de medio. Desde la destrucción de Cartago, Roma se mantuvo como líder mundial en solitario, de forma similar al liderazgo sin límites que ostentan los Estados Unidos desde la desaparición de la Unión Soviética. Roma estableció un protectorado sobre los territorios de sus aliados, similar al que ejerce en nuestros días Estados Unidos. Roma tomaba duras represalias contra aquellos amigos que se atrevían a actuar por su cuenta, justo lo mismo que hacen ahora los americanos con aquellos aliados, como Sadam Husein o los talibanes afganos, que dejan de obedecer sus consignas. Y si para ello hay que inventar pruebas que justifiquen la guerra, como la existencia de armas químicas de destrucción masiva –que en Irak nunca aparecieron-, pues se inventan, ante la indiferencia o la credulidad de la comunidad internacional. Una situación que el autor de este libro compara con la guerra que Roma emprendió contra Mitrídates, un aliado díscolo, que se atrevió a crear un reino poderoso en la frontera oriental del imperio e intentó apoderarse de territorios vecinos, lo que fue interpretado por Roma como una amenaza para su seguridad.

          Esta comparación entre el imperialismo estadounidense y el romano, entre el que median más de dos milenios, la utiliza el autor para aseverar, acertadamente, que en el mundo actual conviven elementos antiguos, medievales y contemporáneos. Es decir, subsisten y coexisten la brutalidad de la Edad de Piedra, las supersticiones medievales, los ideales de limpieza de sangre modernos y el racionalismo contemporáneo. Muchas sombras y algunas luces, todas mezcladas en la sociedad de nuestro tiempo, en un cóctel harto peligroso.

          El Imperio Romano duró cinco siglos, hasta su desaparición fruto de las invasiones de los bárbaros del norte y de su propia descomposición interna. El autor se plantea, si los Estados Unidos están actualmente en el comienzo, en la madurez o en el crepúsculo de su evolución para tratar de predecir la durabilidad de su liderazgo. Pero, en realidad, contrariamente a lo que opina el profesor Conde, creo que eso no se puede pronosticar, pues aunque los argumentos ideológicos para justificar el imperialismo son idénticos, la durabilidad de ambas estructuras imperiales no tiene por qué ser idéntica.

          Para finalizar diré que no he pretendido hacer una reseña exhaustiva de esta obra, limitándome a comentar algunos aspectos que han llamado más mi atención. El lector podrá encontrar en esta bien documentada y brillante obra de Juan Luis Conde, muchos otros matices, detalles y datos no reflejados en estas líneas y que le ayudarán a comprender mejor las estructuras de poder del presente y del pasado.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

ÁGORA. ESTUDIO Y CRÍTICA DE FILOSOFÍA POLÍTICA

ÁGORA. ESTUDIO Y CRÍTICA DE FILOSOFÍA POLÍTICA

VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Ágora. Estudio y crítica de filosofía política. Villafranca de los Barros, Imprenta Rayego, 2012, 173 págs.

 

          El autor de Filosofía desde la trinchera o Pensamientos contra el poder, nos vuelve a sorprender ahora con esta valiosa obra sobre filosofía política. El objetivo, el método y la ideología son plenamente coherentes con sus trabajos anteriores. Se trata de un texto redactado en clave antiacadémica, como él mismo lo califica porque, a su juicio, así debe ser todo pensamiento que se dirija frente al poder. Asimismo, llama la atención su absoluta independencia de pensamiento, pues lo mismo ataca al neoliberalismo, que a los totalitarismos fascistas y marxistas o a los partidos políticos en general, sin distinción. Eso confiere a su obra un valor extra, pues está bien claro que no se debe a nadie, sino sólo a sus ideas, algo que no deja de ser una rareza en nuestro tiempo. Y ello a pesar de las consecuencias que puede tener situarse siempre frente al poder, por la falta total de apoyos institucionales. Este nuevo libro del profesor Viñuela, tiene desde mi punto de vista dos puntales que lo hacen especialmente valioso:

Primero, su objetivo didáctico, pues, continuamente alude a sus alumnos como si estos fuesen los lectores de su obra o los oyentes de su añorado ágora. Esto no sería más que una anécdota si no fuera porque el autor se empeña continuamente en hacer su pensamiento lo más accesible posible. Ello confiere al texto un carácter inteligible, no siempre fácil de encontrar entre las obras de los filósofos. El texto está pensado para ser entendido por cualquier persona, desde un estudiante de Enseñanza Secundaria a un profesor universitario. En ello, tiene una idea universalista porque su objetivo es contribuir a la concienciación social de la ciudadanía, intentando llegar al máximo número posible de lectores.

Y segundo, su estructura muy clara y ordenada pues sigue un orden cronológico, empezando por la polis griega y terminando por la democracia actual, aunque él no la defina exactamente como tal. El resto de los temas de actualidad, muy presentes en toda su producción anterior, como el relativismo, la eutanasia o el sexismo, los incluye en una especie de apéndice que él denomina addenda.

En el prólogo, hace una declaración de intenciones, justificando el sentido de su libro, dirigido especialmente a sus educandos y denunciando algo con lo que estoy plenamente de acuerdo: que tras la crisis económica subyace una crisis ética de dimensiones colosales. Por ello, frente a ella reivindica ante todo filosofía, dialéctica y acuerdo. Sólo así –afirma- conseguiremos verdaderos ciudadanos y haremos factible que el poder resida realmente en el pueblo. Y en relación a ello, cita a su admirado Sócrates quien decía que sin la reflexión y el análisis la vida no merece la pena.

En el primer capítulo se refiere a la democracia ateniense, a la que él admira, por ser el cimiento de Occidente, donde se obró el milagro del pensamiento racional. Concretamente la polis ateniense fue la que se convirtió en el centro del mundo civilizado por el desarrollo de la filosofía, del diálogo y de la democracia. Una democracia asamblearia, que valoraba la virtud y que otorgaba la igualdad ante la ley y la libertad de expresión. Allí, en el ágora –lo que hoy llamaríamos la plaza pública- se reunían personas que utilizaban la razón, el logos, el lenguaje y la argumentación. Nadie tenía la verdad absoluta y por el diálogo consensuado se llegaba al acuerdo. La participación pública de los ciudadanos y su reflexión les permitían un alto grado de libertad, inexistente en las que al autor denomina plutocracias y partidocracias actuales. Según Platón, el gobierno no debería ser de la mayoría ignorante sino de los mejores, es decir, de los sabios. Su gobierno ideal estaría formado por una élite aristocrática, aunque el tiempo le quitó la razón, pues ésta no tardó en convertirse en una oligarquía tiránica que sólo defendía sus propios intereses. Con el helenismo, sucumbió la democracia griega, al aparecer un imperio en el que los antiguos ciudadanos de las polis pasaron a convertirse en súbditos.

La aparición de Jesucristo, significó una renovación ética que desgraciadamente duró muy poco porque sus discípulos se encargaron de crear una institución de poder, llamada la Iglesia. San Pablo consiguió hacer triunfar su idea de que el mensaje de Jesús era universalista y se dirigía a todo el mundo y no sólo a los judíos. Ya en tiempos del emperador Constantino, se instauró una alianza entre el trono y el altar que tuvo consecuencias nefastas para la libertad. Con esta alianza dieron comienzo la expansión fanática, las cruzadas y las persecuciones de todo aquel que no parecía cristiano y que, por tanto, no podía ser otra cosa que pagano, infiel o hereje. Buena parte de la Edad Media estuvo dominada por el barbarismo, con el único bastión racionalista de Al-Andalus.

El Renacimiento es otro de los grandes hitos de Occidente en el que, en palabras del autor, se salió del claustro medieval, cambiando el teocentrismo por el antropocentrismo. Sin embargo, se terminaron imponiendo las teorías cesaristas, es decir, el absolutismo, fundamentado en teorías como la de Thomas Hobbes. Éste justificaba un poder fuerte, absoluto, justificándolo en la necesidad del ser humano de seguridad frente a la depredación de otros. Unas tesis que desgraciadamente siguen vigentes en nuestros días cuando, por temor, se blinda occidente frente a las oleadas de emigrantes del Tercer Mundo o cuando se practican las llamadas guerras preventivas.

En el último siglo de la Edad Moderna, llegó la Ilustración, otro de los grandes hitos de la Historia, junto al Renacimiento, en el que el hombre salió de su autoculpable minoría de edad. Las ideas ilustradas trajeron aire fresco a Occidente, quebrándose la alianza Estado-Iglesia, pues las luces de la razón introdujeron un laicismo que iba contra la verdad absoluta impuesta desde el altar. Se impuso la razón sobre la fe y eso contribuyó a hacer más libre a la humanidad. Sin embargo, se equivocaron en su optimismo y, sobre todo, en su idea de progreso como solución a los problemas y a los males pasados. Bien es cierto que Juan Jacobo Rousseau no compartía esta idea, pero el liberalismo contemporáneo la terminó imponiendo, lo que nos está llevando al agotamiento de los recursos planetarios y a la destrucción de nuestro propio hábitat.

En el siglo XIX, el marxismo cambió la forma de ver la Historia, fundamentándola en el economicismo y dotándola entre otras cosas de una impronta ética. La filosofía de Marx va encaminada, como él mismo afirmó, a transformar el mundo. Sin embargo, la praxis marxiana terminó derivando en totalitarismos que acabaron definitivamente tras la caída del Muro de Berlín. El problema es que, en la actualidad, se ha impuesto un capitalismo neoliberal radical, sin la competencia ya de los marxismos, que está acabando no sólo con el estado del bienestar sino también con la mismísima democracia. Socialdemocracia, derechos humanos y estado del bienestar están en franco retroceso en todo el mundo. De ahí que el autor hable del proyecto inacabado de la Ilustración. Para colmo, se está desarrollando una brutal globalización que sólo afecta a las finanzas, pero no a las personas, ni a la expansión de los Derechos Humanos o del Estado del bienestar. En el caso particular de España, sufrimos un bipartidismo en el que alternan las dos facciones de la casta política en defensa de sus propios intereses. El autor destaca el mito de la mayoría, pues para él, aunque tengan legitimación no siempre tienen la razón, por el mero hecho de constituir una mayoría.

En su opinión, ya no basta con reformar el capitalismo sino que urge plantear un nuevo sistema que auspicie la austeridad como forma de vida y la redistribución de la riqueza. Como dice al autor, en el Renacimiento se pasó del teocentrismo al antropocentrismo, y ahora urge dar un nuevo giro de tuerca y pasar al biocentrismo. Si no somos capaces de transformar este mundo antropocentrista, nacionalista y egoísta en otro cosmopolita y ecocentrista, la civilización, tal como la concebimos hoy, terminará desapareciendo.

          En definitiva, estamos ante un libro pequeño en extensión pero grande en compromiso social. Muy de agradecer es la claridad con la que se expresan todas sus ideas que contribuyen a la concienciación de sus lectores y seguidores, entre los cuales me incluyo. Así, pues estamos ante una magnífica interpretación filosófica del poder desde la antigüedad a nuestros días. Aunque, por desgracia también es la crónica del triste fracaso de la democracia y del proyecto inacabado de la Ilustración.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

LA DECADENCIA DE OCCIDENTE

LA DECADENCIA DE OCCIDENTE



Oswald Spengler: La decadencia de Occidente. Bosquejo de una morfología de la Historia Universal. Madrid, Espasa Calpe, 2002, (ed. original en Múnich, 1923), 2 vols., 748 pp., y 806 pp.

 

              Obra escrita durante la I Guerra Mundial y publicada poco después de acabada la contienda, fue un ingenioso intento de síntesis e interpretación filosófica de la historia universal, la cual, a su juicio, englobaba ocho grandes civilizaciones. La base de esas civilizaciones no era política, ni tan siquiera económica, sino cultural, en la que él cree encontrar el verdadero objeto histórico. Las influencias filosóficas del autor son variadas pero se notan muy especialmente las de Nietzsche, Goethe y Dilthey. Él reconoció explícitamente su deuda con los dos primeros, pero no tanto con el último.

El libro tuvo en su tiempo un éxito notabilísimo, editándose decenas de miles de ejemplares en varias ediciones que se vendieron una tras otra, en diversos idiomas. Pese a ello, en un trabajo tan ambicioso como éste, las críticas han sido muchas, aunque las podemos resumir en cuatro: primera, que presenta como propias muchas ideas que ya habían sido expuestas por otros autores con anterioridad. Segunda, que se fundamenta en una bibliografía de segundo orden, obviando obras maestras que eran perfectamente accesibles en su tiempo. Tercera, que introduce toda una plaga de imprecisiones en los datos, muchos de los cuales hierran en su cronología. Y cuarta, que establece comparaciones triviales o ingenuas en unos casos y, en otros, claramente equivocadas.

             A su juicio, todas las culturas tienen un ciclo vital, que pasa por su juventud, madurez y vejez. A través de la comparación con el devenir de otras civilizaciones que había acabado su ciclo a lo largo de la historia, se permite obtener conclusiones sobre lo que ocurrirá con la civilización de su tiempo, es decir, la occidental. Según Spengler, ésta se encontraba en su fase final, es decir en su vejez, decrepitud o decadencia –de ahí el título de la obra-. El imperialismo europeo de finales del siglo XIX y principios del XX era la evidencia clara de que se encontraba en sus postrimerías. En breve, la civilización del dinero daría pasó a otra dominada por el cesarismo. La fuerza bruta de las armas dominaría en un corto plazo a los tecnócratas y su dictadura del dinero y pondría en marcha un nuevo autoritarismo, dominado por la fuerza y la sangre. Todas las grandes culturas empeñadas en buscar la razón por encima de la acción, como la minoica o la bizantina, acabaron sucumbiendo. Y eso mismo vaticinaba que le ocurriría a Europa que, ensimismada en la búsqueda de la verdad y de la justicia, caería pronto en manos de otros para los que la acción estaba por encima de la razón. Sin embargo, su interpretación partía de supuestos erróneos, entre otras cosas porque parece obvio que el problema de la Europa de su tiempo no es que estuviese dominada por la razón sino al revés, por la sinrazón del imperialismo que provocó una carrera armamentística que terminó desembocando nada más y nada menos que en las dos mayores conflagraciones mundiales de la Historia.

             Oswald Spengler pretendió aportar una nueva visión de la historia, alternativa a la ofrecida medio siglo antes por Marx y Engels. Por eso fue muy bien acogida por todo un público no identificado con el socialismo. Ahora bien, mientras Karl Marx hizo una interpretación pionera y con una base científica incuestionable, la de Spengler carece de solidez y más bien parece un mosaico de retazos cuyas piezas no encajan. Como ha escrito Josep Fontana, su teoría sobre la decadencia de las civilizaciones, analizada con detenimiento, no aguanta la más mínima crítica y, por tanto, no resulta convincente ni creíble.

Es posible que los Nazis vieran con simpatía este libro que de alguna forma significaba una premonición, es decir, el asalto al poder que pronto ellos mismos protagonizarían. El Nacionalsocialismo se fundamentaba precisamente en la fuerza y en la acción, por lo que se parecían mucho al final cesarista que profetizaba Spengler. De hecho, el III Reich, liderado por Adolf Hitler, estuvo a punto de conseguir sus objetivos de expandir por gran parte de Europa un régimen racista, xenófobo y violento.

Occidente está actualmente en decadencia pero no porque se haya acabado el ciclo vital de su cultura sino porque el capitalismo sobre el que se sustenta está agonizando, fruto de sus propias contradicciones internas. Nada parecido a lo que dijo Oswald Spengler y sí a lo que predijo Marx. Ahora bien, en estos momentos se corre el peligro de que la cada vez más empobrecida clase media, permita de nuevo el advenimiento de los totalitarismos, como ocurrió en el período de Entreguerras. Habrá que estar alerta para que no termine sonando la flauta de las erróneas previsiones cesaristas planteadas por Oswald Spengler.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

EL LADO OSCURO DEL HOMBRE

EL LADO OSCURO DEL HOMBRE

GHIGLIERI, Michael P.: El lado oscuro del hombre. Los orígenes de la violencia masculina. Barcelona, Tusquets Editores, 2005, 375 págs.
    
         Estamos ante una excelente obra que analiza el instinto humano, tratando de buscar respuestas a nuestro comportamiento agresivo. Reconozco que pocos libros me han impactado tanto como éste, por los paralelismos que establece entre el comportamiento  humano y el de los prosimios. Esencialmente Michael Ghiglieri trata de demostrar que nuestro  comportamiento depredador está mediatizado a partes iguales por la genética y por las condiciones sociales y ambientales. Muchos de nuestros instintos proceden de nuestro pasado prehistórico, que por cierto duró millones de años. Según explica de manera convincente el autor, compartimos con los chimpancés el 98,4 % de nuestro ADN nuclear. Unos mamíferos a los que el autor ha investigado durante décadas, llegando a la conclusión que muchos de nuestros comportamientos tienen en buena parte un origen genético, procedente de nuestro amplio pasado primate. Así, por ejemplo, la gula que exhiben muchas personas estaría condicionada genéticamente, pues los primates, al igual que los simios actuales, comían cuanto podían en las épocas de abundancia para sobrevivir en los largos períodos de carestía. Las conductas violentas también tendrían relación con el comportamiento vehemente, sexista y xenófobo de los simios. A su juicio, ahí se encuentran las raíces de nuestro comportamiento.
        Ello explicaría la omnipresencia de la violencia en el pasado y en el presente de la historia humana. De hecho, se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Y es que parece obvio que la guerra ha estado plenamente ligada a la historia de la humanidad y, sobre todo, de la civilización. Y por si fuera poco, el siglo pasado ha sido el más bárbaro de la Historia, la centuria de las guerras como la denominó acertadamente Nietzsche. Además, el genocidio adquirió un carácter más perfeccionado y refinadamente inhumano. Obviamente las masacres han sido más masivas y sanguinarias a medida que la ciencia ha ido poniendo en manos del hombre artilugios cada vez más letales. Y es que la guerra moderna evolucionó hacia lo que algunos han llamado la guerra total industrial que implicaba la utilización de avanzadas tecnologías para causar el mayor daño posible al oponente. Un caso extremo fue el de los Nazis que, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica, depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e, incluso, alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían, según ellos, ser exterminados. Y lo peor de todo es que no se trataba de la idea de un demente, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales.
        Pero desgraciadamente el genocidio Nazi, con ser el más conocido, no ha sido ni mucho menos el único. A la par que ellos cometían su particular genocidio en Europa, su alma gemela, que era el Japón de la II Guerra Mundial, estaba llevando a cabo su expansión genocida por el Pacífico. Pretendían alcanzar, de manera similar a los nazis, el espacio vital para la raza yamato. Ha habido decenas de casos más antes y después, con el agravante de que no han calado tanto en la opinión pública y, en algunos casos, no ha habido nada parecido a los juicios de Núremberg. Por ejemplo, el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, cuando ya se sabía que los japoneses estaban dispuestos a suscribir la paz. Primó el interés de los estadounidenses por comprobar si su nuevo artilugio era realmente letal. Por desgracia, fue todo un éxito. En el lado opuesto, el gobierno comunista de Pekín, desde su ocupación del Tíbet, en 1959, se estima que ha eliminado a más de tres millones de tibetanos. En Camboya los Jemeres Rojos, liderados por el comunista Pol Pot, aterrorizaron a parte de la población y ejecutaron al menos a 14.000 personas. Pese a que sus actos de genocidio fueron mundialmente conocidos, el cruel líder camboyano murió rodeado de los suyos y sin haber respondido ante la justicia.
         En definitiva, Ghiglieri trata de hacer comprensible el comportamiento humano desde nuestro pasado biológico y desde el contexto ambiental. Estos dos factores explicarían buena parte de nuestras actitudes violentas, tanto de carácter criminal como sexual. Los planteamientos del autor son muy convincentes y, en parte, consiguen que entendamos algunas de las actitudes violentas del ser humano. No obstante, Ghiglieri habla de un cierto determinismo genético y ambiental, reduciendo excesivamente nuestro margen de autonomía. Yo creo que no debemos hablar de determinantes sino sólo de condicionantes porque afortunadamente el ser humano siempre ha tenido y tiene un margen más o menos amplio de libertad. Ese espacio es el que utilizan la mayor parte de las personas para neutralizar sus posibles instintos animales y comportarse como seres humanos, es decir, humanitariamente. Por tanto, es posible que estemos condicionados por nuestro pasado animal, pero no determinados, y así lo demuestra la propia Historia, salpicada tanto de hechos violentos como de destellos de humanidad.

ESTEBAN MIRA CABALLOS