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LA PRODUCCIÓN AURÍFERA CUBANA, 1518-1542

GARCIA REGUEIRO, Ovidio: Oro y población (la producción aurífera cubana: 1518-1542). Madrid, Fundación Centro Español de Estudios de América Latina, 1994, 381 pags.

 

Ante todo debemos agradecerle al autor su valentía al intentar abordar un tema profundamente espinoso y plagado de lagunas en las series documentales. Además, de sobra es conocido el esfuerzo que hay que hacer para redactar un estudio cuantificativo y la cantidad de horas de trabajo que hay detrás de cada cuadro y de cada cifra estadística.

No obstante, y sin dudar de los aportes que ofrece el libro, debemos hacer algunas observaciones. Desde el punto de vista de la organización de los contenidos el libro se muestra sumamente deficiente apareciendo una introducción, cuatro capítulos, conclusiones, apéndices y notas. Para empezar es un inconveniente -que se hubiera solucionado fácilmente- el hecho de que no vengan numerados los capítulos. Además se da la circunstancia de que los cuatro capítulos dan la impresión de ser introductorios, mientras que la conclusión, a la que se le dedican nada menos que 60 páginas, parece ser el capítulo fundamental del libro. Además se nota la ausencia de un índice de apéndices y, muy especialmente, de un índice de los abundantes y jugosos cuadros que se ofrecen en el libro.

Entrado de lleno en el contenido, a nuestro juicio el principal problema del libro es que está deficientemente fundado tanto documental como bibliográficamente. En cuanto a las fuentes documentales, exclusivamente trabaja con la serie segunda de la famosa Colección de documentos, usualmente citada como CODOIN y publicada, como es bien sabido, entre 1885 y 1932. Ni que decir tiene la importancia que tuvo en su día esta magna colección, especialmente para los investigadores de otros países europeos y americanos que tuvieron acceso a un importante regesto documental extraído del Archivo General de Indias. Sin embargo, también conocemos todos las deficiencias de esta Colección, las cuales se justifican en el momento histórico en el que se realizó, a saber: la primera, que lógicamente ni siquiera para los primeros años están todos -ni casi todos- los documentos del Archivo General de Indias, y la segunda, las numerosas erratas en la transcripciones que presenta, tanto más notables en aquellos documentos donde se ofrecen fechas o cifras, como es el caso de la documentación que ha manejado García Regueiro. Así, por ejemplo el autor denuncia algunas lagunas documentales, en los primeros años y en otros posteriores como 1533, cuyas referencias sabemos, por Leví Marrero, que se encuentran en el Archivo General de Indias. No cabe duda que hubiera sido muy provechoso que el autor hubiese cotejado las fuentes que utilizó con los oríginales del Archivo de Indias, completando asimismo las series documentales.

En cuanto a la bibliografía se notan enormes ausencias, pues, el libro se sustenta en poco más de una docena de libros que en su mayor parte son clásicos. Ignora la mayor parte de la historiografía de ambos lados del océano que desde hace años viene tratando este tema no sólo en lo referente a Cuba sino a las cuatro Grandes Antillas. Especialmente grave es el hecho de que ignore la monumental obra de Leví Marrero, "Cuba: Economía y Sociedad", publicada precisamente en Madrid en 1974. Obra clásica y fundamental para cualquier estudio sobre esta isla caribeña. Concretamente el tomo segundo, de cerca de 500 páginas, está dedicado exclusivamente a la economía de Cuba en la centuria decimosexta.

Por otro lado a veces el autor realiza incursiones lógicas en la temática de la mano de obra indígena, e incluso, de los experimentos sobre la libertad de los indios que se llevaron a cabo en tiempos de los Jerónimos y en épocas posteriores. Se nota claramente que no sólo no es un especialista en la temática sino que además se ha permitido prescindir de las autoridades en la materia como Giménez Fernández, Roberto Cassá o Luis Arranz Márquez.

Finalmente introduce un apartado entre las páginas 225 y 242 donde analiza de forma bastante detallada y correcta la renta del almojarifazgo. No obstante es un epígrafe que excede de alguna forma el marco de este libro, dedicado en principio exclusivamente a la producción de oro, máxime cuando desprecia el análisis de otras rentas como el diezmo o la renta de la sal. Finalmente en el apéndice documental introduce un extracto de las Leyes de Burgos (apéndice VII) y otro de las Leyes Nuevas (apéndice VIII). No tiene demasiado sentido incluirlos en un trabajo que no pretende -o al menos no lo consigue- introducirse en la difícil problemática de la mano de obra. Pero peor aún es el hecho de que utilice el extracto que ofreció Lesley Byrd Simpson en su libro "Los conquistadores y el indio americano" en vez de ir a una transcripción de primera mano como las conocidas del profesor Muro Orejón o las que ofrece don Francisco Morales Padrón en su obra "Teoría y Leyes de la Conquista".

A pesar de estas observaciones la obra de García Regueiro tiene desde luego múltiples valores que desde luego le van a dar un sitio en la historiografía antillana del siglo XVI. Para mi lo mejor del libro es el capítulo que el autor titula "El cálculo de la explotación aurífera: criterios utilizados". En él se ofrecen importantes puntualizaciones sobre la terminología de oro puro y oro bajo así como las equivalencias monetarias, corrigiendo en este sentido tanto a Hamilton y Szaszdi como a la mayoría de los historiadores posteriores.

Y para finalizar debemos reconocer también, pese a las observaciones anotadas en las líneas anteriores, la importancia que tiene este estudio como primer intento de establecer la secuencia completa de la evolución de la producción de oro en el llamado "ciclo del oro". Un periodo que en Cuba tuvo una especial importancia ya que duró veinte o veinticinco años más que en el resto de las Antillas Mayores.

Esteban Mira Caballos

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LOS SIETE MITOS DE LA CONQUISTA ESPAÑOLA

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Matthew Restall: Los siete mitos de la conquista española. Barcelona, Paidós, 2004, 307 pág. I.S.B.N.: 84-493-1638-3

 

Cuando la temática sobre la conquista de América parecía estar agotada, este trabajo ha venido a aportar nuevos análisis y nuevos enfoques. El objetivo de Matthew Restall es desmontar algunos de los grandes mitos de la Conquista, es decir, separar la leyenda de la historia, para así poder abordar los hechos con la máxima objetividad posible.

La estructura del libro es muy sencilla, pues incluye una breve introducción, siete capítulos –uno por cada mito que intenta desentrañar-, epílogo, notas, bibliografía y un índice analítico y onomástico.

En el capítulo primero intenta desmitificar a los conquistadores, restándoles ese halo de seres excepcionales. Muy acertadamente, rompe con la clásica idea de que Cristóbal Colón, Hernán Cortés o Francisco Pizarro, fueron prohombres que hicieron posible la “proeza” del descubrimiento y de la conquista de América. En realidad, fueron sencillamente personas de su tiempo. Según Restall, si Colón no hubiese llegado a América, cualquier otro navegante lo hubiera logrado en menos de una década. Igualmente, sostiene que en torno a Hernán Cortés y, en menor medida, a Francisco Pizarro se han forjado sendas leyendas que han falseado la realidad. Casi todas las actuaciones de Cortés o de Pizarro, calificadas de genialidades, eran formas de proceder que tenían amplios precedentes en la reconquista de la Península Ibérica, en las exploraciones portuguesas del siglo XV, e incluso, más cercanamente, en la conquista de las Grandes Antillas. La quema de las naves para evitar el retorno, la búsqueda de intérpretes y de guías indígenas, el ansia de oro, el fomento del mito de que los europeos eran dioses, eran ideas que tenían una vieja tradición. Y precisamente, esta mitificación de algunos personajes, contra la que escribe Restall, ha provocado que queden en la sombra decenas de conquistadores, incluidos, algunos de origen africano, que tuvieron un papel destacado en el desenlace de aquellos acontecimientos.

En el segundo capítulo, trata una cuestión mucho más conocida, pues explica que las huestes indianas jamás constituyeron un ejército imperial, ni tan siquiera Real. Y no es que no tenga razón que, obviamente, la tiene, sino que esa idea jamás ha constituido uno de los mitos de la conquista, como él defiende. En mi opinión, ni siquiera los cronistas pudieron ocultar que las huestes estaban formadas en buena medida por civiles, es decir, por personas de a pie. Hubo ballesteros, lombarderos, artilleros, escopeteros y soldados, algunos con larga experiencia en las guerras del norte de África o de Italia, pero también barberos, curtidores, herreros y labradores. Además, es bien sabido que los capitanes y adelantados que encabezaron las expediciones las pagaron de su propio bolsillo, no teniendo los miembros de su hueste más salario que el botín de guerra, incluidos los indios cautivos. Trabajos como los de José Durand, Juan Marchena o Francisco Castrillo hubiesen ayudado al autor a perfilar mucho mejor esta parte.

Seguidamente, intenta desmontar la creencia de que los conquistadores fueron todos españoles. Citando a William Prescott afirma que “El imperio indio fue, en cierto modo, conquistado por los indios”. Para ello, se basa en los miles de aborígenes que acompañaron a los españoles en sus campañas militares. La toma de Tenochtitlán por Cortés no hubiera sido posible sin la participación de varias decenas de miles de indios, fundamentalmente tlaxcaltecas. Asimismo, Francisco Pizarro no habría conquistado tan fácilmente el incario de no haberse aprovechado de la guerra civil existente entre Huascar y Atahualpa. También, en su intento de demostrar que el proceso no fue sólo hispano, cita a varios conquistadores africanos, como Juan Valiente, Juan Garrido, Sebastián Toral o Miguel Ruiz. Su planteamiento es indudablemente correcto. Ahora bien, considerar la conquista como fruto simplemente de un enfrentamiento entre indios es tan absurdo como hablar de una conquista euroafricana de América. Los indios tuvieron una parte activísima en la conquista, pero fueron en todo momento controlados, manipulados y sometidos a los intereses hispanos. La participación africana fue absolutamente testimonial.

En el capítulo cuarto trata del mito de la completitud de la conquista. Realmente, como bien defiende el autor, ésta tuvo un principio bien definido pero no un final, pese al interés de los conquistadores por demostrar que acabó a mediados del siglo XVI. Y ello, porque, una vez consumada la conquista, cualquier resistencia podía ser declarada rebelión, pudiendo ser sus responsables ejecutados y cautivados. Efectivamente, la Conquista nunca concluyó, pues, de hecho, araucanos, charrúas, guatusos-malekus, o mayas continuaron su resistencia hasta bien entrado el siglo XIX. Es obvio, pues, que la destrucción del mundo indígena no acabó con la dominación española, sino que se prolongó hasta el siglo XIX y, en casos concretos, hasta nuestros días.

Para el autor, según trata en el capítulo quinto, uno de los grandes problemas de la conquista fue el de la incomunicación. Realmente, españoles e indios tuvieron serios problemas para entenderse mutuamente. Y aunque, en la medida de lo posible emplearon lenguas o farautes indígenas, lo cierto es que no siempre fue fácil ni posible el entendimiento. Y esta comunicación fallida, fue precisamente la que convirtió al famoso requerimiento en un instrumento absurdo e irracional. Es obvio, que tras su lectura, los desdichados indios no podían aprobar ni desaprobar su contenido, sencillamente porque no lo entendían.

Se posiciona Restall con los que niegan el genocidio. Plantea la devastación indígena como un mito creado por los propios testimonios indígenas que –como los españoles-, no eran en absoluto inocentes. Reconoce que, en términos absolutos, el descenso demográfico del quinientos –entre 25 y 40 millones de indios-, constituye el mayor holocausto de la Historia. Ahora bien, niega la intencionalidad del exterminio, afirmando que los españoles necesitaban a los indios, “aunque solo fuera para explotarlos”. Y en general, es cierta su afirmación, pero omite casos más puntuales de genocidio. Aztecas, mayas o incas fueron incorporados sin problemas a la cadena productiva, aunque fuese en penosísimas condiciones laborales. Pero, hubo muchos otros grupos que no se adaptaron al trabajo sistemático y no hubo en absoluto voluntad de evitar su exterminio. Es el caso de los habitantes de las islas Bahamas, que en 1513 fueron declaradas “inútiles” y, su población susceptible de ser deportada y esclavizada. Una decisión verdaderamente genocida, aunque duela reconocerlo, y no muy diferente a algunas de las más crueles decisiones tomadas por los nazis en relación a los judíos.

Y finalmente, cuestiona el mito de la superioridad hispana sobre el mundo indígena. El falso mito del triunfo de la civilización sobre la barbarie. Una superioridad casi divina, pues hubo, incluso, quien consideró a España el pueblo elegido por Dios para la misión de civilizar el Nuevo Mundo. Restall, insiste en demostrar que la superioridad no era tan abrumadora. Fueron realmente las enfermedades, la desunión indígena y el acero las que desencadenaron esa fulminante derrota. Sin alguno de estos tres factores, dice el autor, la conquista no hubiera sido tan rápida ni tan aplastante. Ideas interesantes aunque discutibles, porque en extensas áreas de América la desigualdad entre ambos mundos –incluido el aspecto bélico- fue verdaderamente abismal.

Un aspecto criticable de este libro es que omite totalmente toda la historiografía escrita en castellano. Es cierto que la bibliografía aparecida en España e Hispanoamérica es tan abundante como desigual, pero existen decenas de obras que son absolutamente imprescindibles para acercarse al fenómeno de la Conquista. Pese a estas carencias bibliográficas y a algunos planteamientos muy discutibles, el libro de Matthew Restall incluye interesantes sugerencias. Supone, en definitiva, una revisión de algunos de los aspectos tradicionalmente sostenidos sobre el fenómeno de la conquista de América.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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HISTORIA SOCIAL Y ECONÓMICA DE LA REPÚBLICA DOMINICANA

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CASSÁ, Roberto: Historia social y económica de la República Dominicana, T. I. Santo Domingo, Editora Alfa y Omega, 2003, I.S.B.N.: 99934-76-82-X

 

        Desde que esta obra viera la letra impresa, allá por 1976, se ha convertido en todo un clásico de la historiografía americanista y especialmente de la dominicana. De hecho, ha sido un manual básico para centenares de estudiantes de historia en su país pero también para muchos investigadores, de muy distintos rincones del mundo, que pretendíamos aproximarnos a la historia de la República Dominicana, llamada en época colonial la Española. Una treintena de reediciones y centenares de referencias en repertorios bibliográficos son una buena prueba de todo lo que estamos diciendo. Pues, bien, veintisiete años después aparece esta nueva edición, en este caso revisada, corregida, reescrita y sustancialmente ampliada. De momento, solo ha aparecido el primer tomo, dedicado a la geografía y a la historia del país desde los orígenes hasta el final del período colonial.

       El autor, reconoce que se trata de la misma obra de 1976 y en parte tiene razón, pues, además del título, mantiene la estructura y la secuenciación cronológica de los contenidos. Sin embargo, aunque muchos aspectos recuerdan a la clásica obra, los capítulos incorporados, los novedosos puntos de vista, los nuevos cuadros y el material gráfico hacen que se mantenga la atención del lector desde la primera línea a la última.

        Sorprende que el autor haya reescrito el libro en su totalidad hasta el punto que, comparando los textos con los de 1976, no es posible encontrar ni tan siquiera dos líneas iguales. Parece obvio, pues, que no se han ahorrado esfuerzos en esta nueva redacción lo cual nos parece digno de elogio, pues, hoy en día abundan las versiones ampliadas que mantienen los textos preexistentes.

        Asimismo, es de destacar el esfuerzo realizado para integrar los nuevos conocimientos aportados por la extensa producción bibliográfica que ha visto la luz en los últimos veinticinco años. Son decenas los trabajos publicados en revistas europeas y americanas y los libros editados en muy distintas universidades lo que denota el interés general por la Historia de este país, especialmente por su pasado colonial.

        Encontramos dos nuevos capítulos, sumando un total de diecisiete frente a los quince que tenía la edición original. Estos dos capítulos son el primero, dedicado a la geografía física y humana de la isla, y el cuarto, en el que aparece una interesante síntesis de los principales aspectos de la historia africana. Efectivamente, el capítulo primero, titulado El territorio Dominicano y su poblamiento, era una carencia de la obra anterior que empezaba directamente por los antecedentes históricos europeos, sin hacer la más mínima referencia a la geografía de la isla y al particular marco caribeño. No debemos olvidar que la obra pretendió servir en todo momento de manual de historia dominicana lo cual justifica más si cabe la necesidad de incluir esta parte dedicada al espacio. En ella se recorren aspectos como la geomorfología, el relieve, los recursos naturales y el poblamiento, con especial incidencia en el aspecto fronterizo con Haití, subrayando, obviamente, su condición de barrera política, no geográfica.

         Pero, no menos acertada es la inclusión de un capítulo dedicado a la historia del mundo africano, pues, como es bien sabido, el aporte de este continente, junto con el europeo y, por supuesto, el sustrato americano, fueron claves en la conformación del ser y de la cultura americana y particularmente de la dominicana. El mismo autor justifica su decisión al decir que “de ese continente provino, en orden de aparición, la tercera fuente para la formación de la población dominicana, pero la más importante desde el punto de vista de la cuantía demográfica”. Se incide especialmente en la división entre el África Septentrional y el Meridional a partir de la conformación del desierto del Sahara. Pese a que esta frontera física nunca fue infranqueable, y cada vez más tenemos noticias de los abundantes contactos económicos y culturales que hubo entre el norte y el sur, lo cierto es que sí marcó a rasgos generales una división y, en el caso del África Subsahariana, un “afianzamiento de los rasgos negro-africanos”. El capítulo finaliza destacando ampliamente los efectos de la trata negrera a ambos lados del océano; un tráfico que estuvo incentivado por las amplias ganancias que esta práctica proporcionaba a los traficantes. Las consecuencias son bien conocidas: por un lado, un drama demográfico en el continente negro, cuyos efectos se atisban todavía en la actualidad. Y por el otro, el mestizaje del continente americano, a donde llegaron entre diez y quince millones de subsaharianos.

          En el capítulo siguiente, dedicado a los pobladores aborígenes, encontramos nuevos epígrafes y, sobre todo, nuevos enfoques. El autor insiste especialmente en el carácter pluriétnico de la isla, donde no solo había taínos, sino también macorixes, ciguayos y arcaicos ciboneyes, aunque eso sí, estaban en pleno proceso de “tainización”. Es de agradecer la incorporación, en esta edición, de sendos mapas sobre la división territorial y tribal de la isla tomando como fuente, por un lado, a Pedro Mártir de Anglería y, por el otro, a fray Bartolomé de las Casas y a Gonzalo Fernández de Oviedo.

         También encontramos reinterpretado y más desarrollado el capítulo séptimo, dedicado a la institución de la encomienda. Destaca el papel del Comendador Mayor de la Orden de Alcántara, frey Nicolás de Ovando, por un lado, en la conformación del nefasto sistema de la encomienda, y por el otro, atribuyendo al extremeño una idea preconcebida de genocidio, al provocar intencionadamente las conocidísimas guerras de Higüey y Xaragua. Tal planteamiento se recogía ya en la edición de 1976 y nos parece quizás exagerado por las profundas convicciones religiosas del Comendador Mayor, por el fomento, de acuerdo con sus instrucciones de gobierno, de los matrimonios mixtos entre españoles e indios y por la pionera experiencia que llevo a cabo con estos desdichados nativos con el objetivo de averiguar si eran capaces o no de vivir en libertad, antecedente remoto de las futuras reducciones.

        Asimismo desarrolla ampliamente a la luz de la nueva bibliografía los capítulos noveno y décimo, dedicados respectivamente a la industria azucarera y a la economía y la sociedad en el quinientos. En cambio, en el siguiente se estudia el devenir de la isla a lo largo de la centuria decimoséptima, haciendo especial hincapié en las devastaciones de Osorio. Sin embargo, lo más interesante de esta parte es el análisis de la situación de la isla en la segunda mitad del seiscientos. Se trata de una de las cuestiones más novedosas incorporadas en esta edición porque esta parte de la historia dominicana permanecía prácticamente olvidada por la historiografía. Y ello debido probablemente a que fue una de las épocas más decadentes y deprimidas de la historia dominicana.

En el siglo XVIII se produjo la recuperación demográfica y económica de la isla, arribando un nuevo contingente de españoles, especialmente de canarios. De hecho, se estima que, entre 1698 y 1864, llegaron a la Española unas 2.947 personas procedentes de este archipiélago. El hato ganadero, la crisis del orden colonial y la ocupación haitiana son otros aspectos analizados en el libro.

En cuanto a la bibliografía ya hemos dicho que incorpora e integra una buena parte de las investigaciones que se han publicado en las últimas décadas. Sin embargo, llama la atención que, tratándose de una ampliación de la obra inicial, elimine una buena parte de la bibliografía clásica que manejó en la primera edición. Historiadores de rango universal como Henri Pirenne, Frédéric Mauro Georges Duby, Albert Soboul, Georges Lefebvre o Marc Bloch desaparecen de la bibliografía, quizás con la intención de ofrecer unas referencias centradas exclusivamente en la historia dominicana. También se suprimen de la lista

–probablemente por descuido- otros autores americanistas pero no menos clásicos como Guillermo Céspedes del Castillo, Silvio Zavala o Frank Moya Pons.

En definitiva, y para finalizar, creo que el profesor Cassá ha escrito una obra fundamental para la historiografía dominicana. Una actualización y modernización de su clásico manual que servirá para que las nuevas generaciones de historiadores dominicanos y otros muchos estudiosos de la historia colonial puedan aproximarse con todas las garantías científicas a la historia de este país caribeño.

 

 

Esteban Mira Caballos


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LA ESCLAVITUD EN LA GRANADA DEL SIGLO XVI

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MARTÍN CASARES, Aurelia: La esclavitud en la Granada del siglo XVI. Granada, Universidad de Granada, 2000, I.S.B.N.: 84-338-2613-1. 558 págs.

Los estudiosos de la esclavitud en la España Moderna pueden felicitarse por la aparición de este magnífico trabajo, cuya base es la Tesis Doctoral de la autora, defendida en la Universidad de Granada el 1 de abril de 1998.

El libro consta de más de 550 páginas de letra prieta en las que encontramos un prólogo del prof. Bartolomé Bennassar, una pequeña introducción, 10 capítulos, un breve apéndice documental y una extensa bibliografía. Además el ejemplar se encuentra perfectamente ilustrado con nada menos que 43 gráficos, 18 cuadros y 6 mapas.

Esta obra supone un verdadero hito en la historiografía sobre la esclavitud en España, al igual que lo fueron en su día los trabajos ya clásicos de Domínguez Ortiz, Cortés Alonso, Lobo Cabrera, Bernard Vicent y Franco Silva. Un estudio sobre la esclavitud en una ciudad media como era la Granada del XVI, realizado en base a unos 2.500 documentos y con una metodología envidiable. En muchos aspectos este trabajo confirma lo que ya conocíamos por otros trabajos mientras que en otros da respuesta a interrogantes que no estaban hasta la fecha suficientemente verificadas.

Quizás lo más novedoso sea la atención que se presta a la esclavitud femenina. Se destaca el mayor precio de éstas con respecto a los esclavos de sexo masculino, aspecto ya detectado por muchos autores pero confirmado en el caso de Granada. Así, por ejemplo, ya Franco Silva subrayó el precio ligeramente superior de éstas como "regla general". Incluso en el caso de los indios americanos, esclavizados en el siglo XVI, se detecta un mayor precio de las mujeres debido precisamente al concubinato. La autora, no obstante, recalca a lo largo de todo el libro estos aspectos, abundando ampliamente en las causas de este mayor precio. Asimismo confirma, con una base documental abrumadora, el fin primordialmente laboral -y no suntuario- del esclavo, al menos en el caso de Granada.

Tras una brevísima introducción, en el Capítulo I realiza una recapitulación historiográfica y establece las acotaciones terminológicas. Asimismo destaca su intención de desmarcarse en algunos aspectos de la historiografía tradicional. Anticipa algunas cuestiones que desarrollará ampliamente en los capítulos posteriores, tales como las violaciones sistemáticas de las esclavas, la escasa presencia de las llamadas cartas de ahorría o el ya mencionado fin laboral de la servidumbre. Un apartado dedica a las fuentes, destacando la utilización de nada menos que 2.449 documentos del Archivo de Protocolos de Granada, casi todos ellos reflejo de distintas transacciones comerciales. Estas informaciones son completadas con otras extraídas de diversos archivos eclesiásticos -parroquiales y episcopales-, judiciales

-chancillería de Granada-, Municipales y Generales -Simancas e Histórico Nacional-. No cabe duda que es precisamente esta amplia y variada documentación lo que le da una inmensa solidez a sus planteamientos.

En el siguiente capítulo hace un breve repaso epistemológico sobre la esclavitud en la mentalidad de la época. Arranca de la visión de Aristóteles y termina con los teóricos modernos que, como es bien sabido, jamás condenaron abiertamente la institución.

En el capítulo III desarrolla la evolución de la población esclava en la Granada del Quinientos. Una población servil que osciló entre el 2 por ciento que suponía en 1561 y el 14 por ciento que representaba en 1571 con respecto al total de la población granadina. La mayor parte de ellos nacidos fuera de Granada y, como ya hemos comentado, con ligera mayoría femenina. Como era de esperar, hay mayoría de negros subsaharianos; sin embargo, la autora incide en la diversidad étnica de éstos. Es cierto que tradicionalmente se ha tendido a identificar al esclavo con el negro. Sin embargo, ni todos los esclavos eran negros ni todos los negros eran subsaharianos. En estas páginas se pone de manifiesto la presencia de esclavos hindúes, moriscos, berberiscos, turcos y hasta indios -tanto americanos como originarios de las indias orientales-.

En el capítulo V indaga en todo lo relacionado con el mercado de esclavos, los traficantes y la evolución de los precios a lo largo de la centuria. Un negocio muy lucrativo no sólo para compradores y vendedores sino también para la Corona que se beneficiaba a través de impuestos como la alcabala, el almojarifazgo y el quinto real, este último en el caso de esclavitud por guerra. Destaca asimismo el alto valor de las esclavas que en determinados momentos llegaba incluso a duplicar el precio medio de los varones.

El siguiente capítulo lo dedica enteramente a las esclavas que según la autora suponían más del 60 por ciento de la población esclava granadina. Partiendo de su mayor precio intenta establecer las posibles causas. Empieza demostrando que no es factible la explicación tradicional que aludía a su valor como reproductoras biológicas, porque resultaba más barato comprar al esclavo adulto que alimentarlo y criarlo durante su larga e improductiva infancia. Su valor se debía más bien a su alta productividad laboral, especialmente doméstica, y sobre todo a la dura explotación sexual a la que eran sometidas por parte de sus dueños.

En el capítulo VIII se estudian los distintos grupos sociales que participaron en las actividades de compra-venta de esclavos así como al trabajo de éstos. La mayoría de los vendedores eran andaluces, sobre todo de la parte oriental. No obstante también participaban comerciantes procedentes de otros puntos de la geografía española así como algunos extranjeros, fundamentalmente italianos. Entre los compradores los había de todas las categorías socio-profesionales. Desde agricultores, hasta artesanos, comerciantes, nobles, y, por supuesto, miembros del estamento eclesiástico. Confirma la autora que los estamentos privilegiados no eran los únicos poseedores de esclavos, destacando entre éstos los dedicados al sector servicios, especialmente los mercaderes y los oficiales públicos. El hecho de que encontremos esclavos dedicados a numerosas actividades económicas demuestra la racionalidad económica de la inversión. Los esclavos eran rentables desde el punto de vista económico por eso subsistió la institución hasta bien entrado el siglo XIX.

Seguidamente se analiza la desdicha de estos seres en las distintas etapas de su existencia. Una infancia difícil a la que no muchos sobrevivían, una iniciación laboral a partir de los 8 o 9 años, y unas raras posibilidades de desposarse debido a la fuerte oposición de los propietarios que veían en este sacramento el paso previo a la manumisión. Pero, aun en el caso de aquellas parejas que conseguían consumar el sacramento, el amo podía distanciarlos, e incluso, venderlos por separado si las circunstancias económicas así lo aconsejaban. Por último, el cuidado del esclavo durante las enfermedades debía ser atendido y costeadas por el propio dueño.

En el capítulo IX se indaga en la condición social de los esclavos que es clasificada acertadamente como "nula". Como es de sobra conocido, el esclavo poseía el status de cosa y como tal podía ser vendido, trocado, alquilado, heredado e incluso donado. Aurelia Martín señala algunos casos excepcionales de promoción social como el del negro Juan Latino que llegó a ser catedrático, o el de la bordadora Catalina de Soto.

Algunos de estos negros exhibían marcas de hierros en la cara o en el brazo. Al parecer sólo una minoría -los que tendían a huir- eran herrados, lo que parece indicarnos que se utilizaba de forma ejemplarizante como castigo. Contrariamente en amplias regiones de América, el herraje de indios y negros esclavos fue algo generalizado, primero, porque los identificaba en caso de huída, y segundo, porque la marca con el hierro real fue durante mucho tiempo una garantía de legalidad.

Finalmente, el último capítulo trata de la libertad de los esclavos a través de las cartas de ahorría. Realmente estas licencias fueron excepcionales y en muchas ocasiones encubrían un interés de los propietarios por no mantener a sus esclavos al final de sus vidas cuando ya no eran tan productivos. Ya lo dijo Miguel de Cervantes, que los ahorraban cuando se hacían viejos y "echándoles de casa con título de libres, los hacen esclavos del hambre".

Realmente en las cuestiones de fondo pocas son las críticas que se pueden hacer a esta obra. Quizás sí se percibe un tono excesivamente crítico con la historiografía precedente. Por ejemplo en las páginas 44-45 habla de la orientación "perversa y androcéntrica" de los estudios sobre la esclavitud en España. No menos crítica se muestra con muchos autores que tradicionalmente han empleado términos como "hembra" para designar a los esclavos de sexo femenino.

Por otro lado detectamos un cierto desastre en las citas y en la bibliografía. Numerosos son los libros que, al azar, siendo citados a pie de página no aparecen en la bibliografía final. Asimismo, en las notas a pie de página se cita siempre por este orden: editorial, ciudad y año, mientras que en la bibliografía se optó por alterarlo y poner ciudad, editorial y año. En la pág. 275 se cita la edición de 1985 de Caro Baroja, mientras que la bibliografía aparece otra edición posterior. Incluso, encontramos citado en un par de ocasiones al historiador francés Pierre Vilar como Villar, sin que además aparezca incluido en la bibliografía. Por último, el interesante apéndice documental aparece sin numerar, e incluso, sin desglosar en el índice general, dificultando su manejo. En cualquier caso se trata de pequeñas observaciones que en absoluto empañan el valor de una obra que es, desde el mismo momento de su aparición, de lectura obligada para todos los interesados en la historia social y económica de España.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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LA DESTRUCCIÓN DE LAS INDIAS AYER Y HOY

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Bartolomé CLAVERO: Genocidio y justicia. La destrucción de las Indias ayer y hoy. Madrid: Marcial Pons, 2002. 173 páginas.

 

Aunque estamos ante un libro de pocas páginas y de formato pequeño lo cierto es que es de difícil y compleja lectura por el reducido cuerpo de la letra, por la literatura y por la profundidad con la que se desgranan cada una de las ideas que aquí se presentan. Por contra, su estructura es muy sencilla, pues, consta de unas breves palabras preliminares, cuatro capítulos, tres anexos y un breve índice temático y bibliográfico.

Se trata de un ensayo crítico sobre la destrucción de los pueblos indígenas en el pasado y en el presente. Y ésta es precisamente la idea principal, es decir, la pervivencia a través de los siglos de las estructuras que permitieron el genocidio sobre los pueblos indígenas del continente americano. Y todo ello lo explica el autor partiendo del estudio comparado entre la Brevíssima relación de la destruyción de las Indias de fray Bartolomé de Las Casas y una publicación reciente, de Víctor Montejo, titulada -emulando al dominico- Brevísima relación testimonial de la continua destrucción del Mayab.

Los dos primeros capítulos están dedicados al análisis de la época colonial, teniendo como epicentro la obra del padre Las Casas. E insiste en la idea de que, pese al rosario de reediciones posteriores de la Brevíssima, en su época no tuvo apenas difusión ni influyó decisivamente en la administración española como el propio Las Casas pretendió. Y ello, se justifica en parte debido a la mentalidad de la época que era más tolerante con delitos como el asesinato que con otros de carácter religioso o sexual.

El autor critica la escasa formación teológica y, sobre todo, jurídica del dominico, pues, la califica de "tardía, atropellada, torpe y de acarreo". Y probablemente sea cierto, sin embargo, a mi juicio, con formación o sin ella, y con más o menos silenciamiento de la Brevíssima, la influencia que ejercieron las ideas lascasistas en los gobernantes y en la legislación española, sobre todo la relacionada con la protección del indio, fue determinante.

En el capítulo segundo, se centra en el ejemplo del cacique Tenamaztle que fue deportado a España desde Jalisco. Una vez en tierras castellanas, y al parecer teniendo como abogado defensor al padre Las Casas, pleiteó por su libertad y la de su pueblo en la corte de Valladolid. Pese al interés del caso no deja de ser uno más de tantos similares que sucedieron a lo largo de la Edad Moderna.

En los capítulos tercero y cuarto trata del genocidio y la destrucción de las Indias en el siglo XX. Hace un análisis pormenorizado de la Brevísima relación de la destrucción del Mayab, escrita por Víctor Montejo, un nativo que vivió los hechos en primera persona. Intentando emular a Las Casas le puso un título y una estructura similar y la editó en 1992, coincidiendo con la reimpresión de la obra del dominico, aunque eso sí, dedicándosela no ya al príncipe Felipe -el futuro Felipe II- como hizo Las Casas sino al rey don Juan Carlos I. Hay otras diferencias con la obra de Las Casas, pues, el libro de Montejo recoge informaciones de los propios indígenas, "los sobrevivientes del genocidio" dice Clavero, y ofrece además nombres concretos, a diferencia de lo que hizo el fraile sevillano.

Sea como fuere, lo cierto es que Bartolomé Clavero parte en su desarrollo de la coincidencia de la reimpresión de la obra de las Casas con la edición de la de Montejo. En realidad la destrucción del Mayab se centra en las matanzas de indígenas en Guatemala, en los años 70 y 80, en los combates librados entre la guerrilla guatemalteca y el ejército. Y todo ello le lleva a una conclusión probablemente muy cierta: se trata de la misma historia que reflejara Las Casas en el siglo XVI, con otros verdugos, cinco siglos después. Y todo ello, denuncia clavero, con la relativa indiferencia de la prensa internacional porque "la mortalidad, cuando es indígena, no parece constituir de por si noticia".

Finalmente, en los tres anexos, formados por otros tantos artículos, dos reeditados y el último al parecer inédito, trata diversas cuestiones relacionadas con la política indigenista en el continente americano. Reivindica el respeto por las naciones indígenas americanas, criticando la abusiva imposición de los estados constitucionales americanos sobre las naciones indígenas que, además, existían antes de la formación de aquellos. Asimismo, defiende que la educación de los niños indígenas -de acuerdo con la Convención de Derechos del Niño- se haga en el marco de sus respectivas culturas. Para Clavero, el monoculturalismo constitucional americano es absolutamente genocida con los pueblos indígenas americanos.

Así, pues, el libro de Bartolomé Clavero presenta a nuestro juicio, unos puntos de vista bastante novedosos y a veces muy comprometedores sobre la situación del indio en el pasado y en el presente. Aunque no lo especifica, el autor está claramente en la línea indianista, una ideología que ha experimentado un gran auge a partir de la declaración de Barbados del 2 de julio de 1977. Una posición que pretende desarrollar un proyecto civilizatorio diferente del occidental o indigenista, elaborado por los propios indios.

No obstante, hay algunas ideas que parecen más que discutibles, como el hecho de calificar el proceso expansivo español de genocida. Es verdad que pudieron darse casos concretos de genocidio pero la generalización en este caso nos parece excesiva. Muy al contrario, yo creo que no hubo una conciencia genocida en el proceso de expansión español porque no se pretendió de forma consciente exterminar al indio ni por causas políticas, ni religiosas ni raciales. Asimismo, minimiza la posición de los dominicos, muy reivindicativos desde aquella famosa homilía celebrada en 1511 por fray Antonio de Montesinos "Ego Vox Clamantis in deserto". Una oposición a la línea oficial de la que el padre Las Casas no era más que la punta de todo un iceberg. Y hasta tal punto fue dura la posición de la Orden que llegaron, incluso, a plantear la posible restitución de los reinos a los indígenas. Unas ideas que, obviamente, no pudieron prosperar porque, como afirmó el recordado don José Alcina Franch, "se adelantaron excesivamente a su tiempo".

Por otro lado, el autor critica duramente a las escuelas historiográficas tradicionales, tanto las relacionadas con la Historia de América como con la Historia del Derecho, por soslayar su obsesiva idea del genocidio. Asimismo, rechaza el uso de términos generalizados dentro de la historiografía como indio, América -propone como alternativa Abya Yala, en idioma Kuna-, descubrimiento, encuentro, etcétera.

En definitiva, y para concluir, creo que estamos ante una obra que contiene planteamientos novedosos que, con matices, pueden servir como punto de partida para un debate sobre la realidad indígena americana de ayer y de hoy.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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CARTAS DE LOS CABILDOS ECLESIÁSTICOS DE SANTO DOMINGO Y CONCEPCIÓN DE LA VEGA EN EL SIGLO XVI

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RODRÍGUEZ MOREL, Genaro: Cartas de los cabildos eclesiásticos de Santo Domingo y Concepción de la Vega en el siglo XVI. Santo Domingo, Patronato de la Ciudad Colonial de Santo Domingo, 2000, 304 págs. I.S.B.N.: 99934-819-2-0

 

Este regesto documental viene a sumarse a una serie iniciada por el autor con su obra "Cartas del cabildo de Santo Domingo en el siglo XVI" (Santo Domingo, 1999). Al parecer, es su intención ofrecer, en varios volúmenes sucesivos, la documentación de los cabildos seglares y seculares de la Española, durante la época colonial.

              El libro cuenta con una extensa introducción donde se estudian con detalle algunos aspectos relacionados con la institución eclesiástica en el siglo XVI, yendo mucho más allá del mero análisis de los documentos presentados. En ella se hacen algunas valoraciones de aspectos que no habían sido hasta la fecha suficientemente estudiados, como la relación Estado-Iglesia, el cisma entre franciscanos y dominicos a partir del sermón de fray Antón de Montesinos de 1511 o el enfrentamiento entre la élite azucarera de la isla y la alta jerarquía eclesiástica por el pago de los diezmos. Los señores del azúcar consiguieron por una disposición Real eximirse de su pago, basándose en el hecho de que mantenían en sus ingenios capillas servidas por clérigos, en las que se oficiaba regularmente. Sin embargo, el perjuicio para los canónigos de las dos cabildos eclesiásticos era evidente por lo que se resistieron con todos los recursos a su alcance a una medida tan lesiva para sus propios intereses. Asimismo, en la misma introducción, el autor ofrece una interesante y novedosa relación de las capellanías, censos, tributos y obras pías establecidas en los distintos templos de la isla.

             En cuanto a los documentos exhumados, que constituyen la base del libro, son exactamente cincuenta cartas de los cabildos catedralicios de Santo Domingo y Concepción de la Vega, con una cronología comprendida entre 1532 y 1599. Un conjunto documental homogéneo que procede íntegramente del Archivo General de Indias, concretamente de sección de la Audiencia de Santo Domingo, legajo 94.

             Se trata de una documentación conocida y citada usualmente por la historiografía contemporánea pero que se presenta ahora en un volumen, con cuidada transcripción y con unas grafías actualizadas que facilitan su lectura.

             Asimismo, aunque este corpus documental emana de la autoridad eclesiástica, no solo encontramos diversas informaciones sobre la vida capitular de las primeras mitras de la Española sino de toda una diversidad de aspectos políticos, sociales, económicos y culturales. Entre ellas los alzamientos de esclavos, las luchas políticas, la crisis económica y comercial, la defensa de la isla, los ataques corsarios, la arquitectura, la religiosidad, la vida cotidiana, etcétera. Y es que en los primeros tiempos lo espiritual y lo temporal estuvieron más ligados que nunca. La Iglesia jugó un papel destacadísimo en todos los aspectos del devenir histórico de la Española. Y de hecho, al leer las páginas de este libro uno tiene la sensación de estar palpando y de estar viviendo el discurrir diario de los colonos en el primer siglo de colonización.

             Además, otra de las virtudes que, en nuestra opinión, posee esta obra es que se introduce de lleno en la problemática de la segunda mitad del siglo XVI. Y esto es importante ya que, dado el esplendor económico que vivió la isla en el primer cuarto del siglo, habían sido muy pocos los historiadores que se habían adentrado en la difícil, oscura y decadente historia de la Española en la segunda mitad de la centuria. El material documental presentado en esta obra aporta bastantes pistas sobre las causas que llevaron a la despoblación y a la ruina de la colonia.

             En nuestra opinión, esta publicación contribuye decisivamente al conocimiento de la Española en el siglo XVI. Un período apasionante en el que la isla pasó del fugaz esplendor que le proporcionó la explotación aurífera a la más profunda decadencia.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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CARTAS DEL CABILDO DE LA CIUDAD DE SANTO DOMINGO EN EL SIGLO XVI

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RODRÍGUEZ MOREL, Genaro: Cartas del cabildo de la ciudad de Santo Domingo en el siglo XVI. Santo Domingo, Centro de Altos Estudios Humanísticos y del Idioma Español, 1999, 501 págs.

 

La publicación de este libro ha llenado de satisfacción a todos los interesados en el estudio de esa efímera "isla del oro" que fue la Española en el siglo XVI. Un siglo apasionante en el que, como es bien sabido, la Española, pasó del fugaz esplendor que le proporcionó la explotación aurífera hasta la más profunda de las decadencias.

Por primera vez se ofrecen, de forma conjunta, las cartas de una de las instituciones que -junto a la Audiencia- más importancia tuvieron en el devenir político de la isla. Leyendo las páginas de este libro el lector tiene la sensación de estar palpando y de estar viviendo el devenir diario en ese primer siglo de colonización.

El libro comienza con una valiosa introducción en la que, en unas densas cuarenta páginas, se sintetiza la historia de esta institución. Una entidad totalmente oligárquica que no fue otra cosa que un fiel "reflejo del viejo y decadente organismo municipal castellano". En este sentido podemos decir, que los pocos casos que se conocen de cabildos abiertos no son antillanos. No en vano, el cabildo que se llevó al Nuevo Mundo no fue el altomedieval sino el oligárquico que se desarrolló con posterioridad. No debemos olvidar, en este sentido, que, debido a la complejización de los problemas municipales, el cabildo abierto había caído en desuso ya en la Castilla bajomedieval.

Lo que sí hubo fue una reclamación continua de los vecinos de la isla para que los cabildos fuesen más "democráticos" sin que desde luego encontrasen eco alguno, ya que no agradaba ni a las élites indianas ni a la propia Corona. De hecho, ya la Junta de Procuradores de la isla Española, reunida en Santo Domingo en 1518, reivindicó la necesidad de que los regidores fuesen cadañeros, porque -según decían- por el hecho de ser perpetuos tan sólo se preocupaban de su propio provecho.

En cualquier caso el cabildo de Santo Domingo estuvo controlado en todo momento por la élite que supo mantener también su supremacía económica, primero con el aprovechamiento de los recursos mineros, y más tarde, con la explotación del azúcar y de los hatos de ganados. Esta oligarquía queda perfectamente al descubierto cuando se comprueban los apellidos de los regidores, repitiéndose sin cesar patronímicos como los Tapia, los Garay, los Santa Clara, los Lebrón, los Dávila o los Caballero entre algunos otros.

Finalmente, el autor realiza un detallado estudio de la rivalidad del cabildo con otras instituciones como la Audiencia, por un lado, y el cabildo eclesiástico, por el otro.

Las cartas presentadas en el volumen suman 122, abarcando cronológicamente desde el 4 de septiembre de 1531 hasta el 29 de julio de 1594. Como ya hemos afirmado, el caudal de información que presenta es abundantísimo, tratándose un amplio abanico temático. La lectura de estas cartas no sólo es fundamental para el conocimiento de la institución capitular sino también para entender la historia indiana en esta centuria. No en vano, las epístolas muestran una abundante información sobre temas tan diversos como los alzamientos de esclavos, las luchas políticas, la crisis económica y comercial, la defensa de la isla, los ataques corsarios, la arquitectura, la religiosidad, la vida cotidiana, etc.

Además, una de las mayores virtudes que en nuestra opinión posee el libro es que se introduce de lleno en la segunda mitad del siglo XVI. Y esto es importante ya que, dado el explendor económico que vivió la isla en el primer cuarto del siglo XVI, habían sido muy pocos los historiadores que se habían aventurado a analizar la difícil, oscura y decandente historia de la Española en la segunda mitad del la centuria. Este libro aporta una valiosa documentación sobre las causas que llevaron a la isla a la despoblación y a la ruina, especialmente en el último cuarto del siglo XVI. De esta manera se sientan las bases para un estudio más amplio y detallado de esa etapa tan poco conocida de la historia indiana como es el Santo Domingo de la segunda mitad del siglo XVI.

Antes de finalizar queremos señalar algunas pequeñas observaciones que en absoluto empañan la calidad y trascendencia de este valiosísimo regesto documental. En primer lugar, en la introducción el autor, haciendo un alarde de conocimiento del período, utiliza otras fuentes documentales alternativas para el estudio del cabildo. A nuestro juicio debió aprovechar también las cartas que presentaba, haciendo un estudio intrínseco de ellas que desde luego no encontramos en el libro. Y en segundo lugar, como el propio autor reconoce, las cartas no son exhaústivas, transcribiéndose tan sólo las que se encontraban de forma unificada en el Archivo General de Indias, legajo 73 de la Audiencia de Santo Domingo. Se omiten, pues, otras cartas como las redactadas por el cabildo de Santo Domingo en 1518, con motivo de la celebración de la Junta de Procuradores de la Española, o la que el 24 de octubre de 1528 escribió la misma institución al Emperador.

Para acabar, queremos insistir en el valor del libro, felicitando a su autor, a las instituciones que han hecho posible su publicación y al Americanismo, en especial al dedicado al estudio de la Española en el la centuria decimosexta.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LAS INDIAS DE CASTILLA EN SUS PRIMEROS AÑOS

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LADERO QUESADA, Miguel Ángel: Las Indias de Castilla en sus primeros años. Cuentas de la Casa de la Contratación (1503-1521). Madrid, Dyquinson, 2008, 540 pp. I.S.B.N.: 978-84-9849-259-0

 

 

Este nuevo libro del profesor Ladero Quesada cierra un ciclo, que comenzó hace más de una década, en el que ha estudiado las cuentas del doctor Sancho de Matienzo, tesorero de la Casa de la Contratación. Ya había publicado algunos avances en 2002 y en 2006 que se han visto culminados brillantemente con la publicación de este extenso volumen.

La citada contabilidad era de sobra conocida y, por supuesto, había sido trabajada por casi todos los investigadores que se dedican al estudio de la colonización temprana de América. Desde Fernández de Navarrete a Carmen Mena, pasando por Alice Gould, Clarence H. Haring, Earl Hamilton, Juan Manzano, Pierre Chaunu o Juan Gil. Incluso, se habían publicado algunos fragmentos, sobre todo los relativos a Colón y al apresto de armadas. Sin embargo, disponer de la contabilidad completa de Sancho de Matienzo en un volumen impreso es un lujo impagable para los que nos dedicamos al estudio de los primeros años de la colonización. Además, el profesor Ladero ha tenido el empeño de cotejar y completar los documentos conservados en el Archivo de Indias, con otros que se custodiaban en el de Simancas y que, al parecer, no habían sido utilizados por los investigadores.

El valor que tiene el manuscrito publicado es francamente excepcional, pues, aporta pequeños datos que matizan infinidad de aspectos por aquí y por allá. Unos relevantes y otros marginales, pero en todos ellos se palpa la agitación, el trasiego y el bullicio de esos pioneros años. Detalles que a pie de archivo, en la apresurada lectura del manuscrito, pasaban desapercibidos y que ahora, leídos pausadamente en este libro, provocan un sobresalto tras otro. Además, como bien señala el autor del libro, no solo aparecen datos relativos a América sino también a otras áreas que, en sus orígenes, fueron competencia de la Casa de la Contratación, como Berbería o las islas Canarias. Interesantes informaciones que igual hablan de la venta en Sevilla de 35 moriscos de Hornachos (Badajoz) que de la explotación de las almadrabas gaditanas.

De especial interés son los aportes a la economía indiana en las dos primeras décadas del siglo XVI. Las cifras aportadas confirman algo que ya sabíamos, es decir, que fue el Comendador Mayor frey Nicolás de Ovando quien convirtió el ruinoso virreinato colombino en una colonia viable y rentable. Éste llegó a las Indias en 1502 para hacerse cargo de la gobernación de una isla que era un auténtico desastre, lo cual motivó que sus poderes fuesen enormemente amplios, pues, estaban pensados para solventar una situación excepcional. No cabe la menor duda de la importancia del gobierno de Ovando a la hora de consolidar la colonización. No en vano fue en estos años cuando se fundaron los primeros hospitales, se diseñó el primer urbanismo y se asentaron los fundamentos de un nuevo orden económico y social que, con muy pocas variantes, pasó luego al continente americano. Como bien explica Miguel Ángel Ladero, el Comendador Mayor no solo sistematizó el trabajo minero sino que inició la explotación del palo brasil y se preocupó por el desarrollo de las empresas agropecuarias, tan necesarias para la misma supervivencia de la colonia.

Aunque el autor insiste que su único objetivo fue poner a disposición de los investigadores las cuentas de Matienzo, la verdad es que no se pudo resistir a elaborar una introducción de nada menos que 237 páginas. En ellas intentó desbrozar algunos de los principales aportes. Y ahí comienza verdaderamente el problema porque el documento aporta tantas cosas y de materias tan diversas que cualquier introducción hubiese resultado necesariamente incompleta. Trató algunos temas de gran interés pero omitió otros no menos importantes, como la farmacopea o el arte. Por las cuentas se pasean escultores, pintores, bordadores y plateros que aportan infinidad de detalles. Baste decir que del afamado escultor Jorge Fernández Alemán y de su hermano, el pintor Alejo Fernández, autor de la famosa tabla de la Virgen de los Navegantes, conservada en el Alcázar de Sevilla, se enviaron un buen número de imágenes de bulto redondo. Sin duda, el taller de los Fernández Alemán debió ser de los primeros que trabajaron en Sevilla de forma casi industrial, adelantándose bastantes décadas a otros de la envergadura del de Martínez Montañés o de Francisco de Zurbarán.

Por lo demás, encontramos pequeños errores o despistes sin importancia, como confundir, siguiendo a Úrsula Lamb, a Cristóbal de Santa Clara, tesorero de La Española en tiempos de Ovando, con otro colono de la isla, llamado Bernardino de Santa Clara. O cuando por error llama al famoso indio guatiao de Cristóbal Colón, Diego Colón, al que le puso ese nombre en honor a su primogénito, como Pedro Colón.

Y para finalizar, pienso que debió cotejar las cuentas de la Casa de la Contratación con las de la tesorería de la isla Española que se conservan casi íntegras. Las de Cristóbal de Santa Clara están publicadas, mientras que las de Miguel y Esteban de Pasamonte, se custodian en los repositorios del Archivo General de Indias. Sabemos lo que se recibió en Sevilla, pero también lo que se produjo y se gastó en las Antillas Mayores en las dos primeras décadas del siglo XVI. El cruce de ambas contabilidades puede aportarnos datos de gran interés.

Antes de acabar estas líneas, quisiera insistir en que estas pequeñas observaciones en absoluto empañan el meritorio trabajo realizado por el profesor Ladero. Que nadie dude que este libro es, desde el mismo momento de su publicación, de consulta obligada para todos los estudiosos de la colonización temprana en el Nuevo Mundo.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL BOTÍN DEL NUEVO MUNDO

PELEGRÍ PEDROSA, Luis Vicente: El botín del Nuevo Mundo. Capitales indianos en Extremadura. Sevilla, Muñoz Moya Editores Extremeños, 2004, 322 págs. I.S.B.N.: 84-8010-128-8.

 

          Este libro ha supuesto, desde el mismo momento de su aparición, un antes y un después en la historiografía que analiza las relaciones económicas entre España y América en la época colonial. Es cierto que la temática cuenta con una larga tradición bibliográfica que arranca desde los clásicos estudios de Earl Hamilton y que se ha visto ampliada en los últimos años con decenas de trabajos monográficos. Sin embargo, en este libro, tras un minucioso y arduo trabajo en los archivos locales, se presentan dos casos muy singulares, el de Cáceres y el de Castuera, en la Alta y en la Baja Extremadura respectivamente. Una obra que por su metodología, por su extensísima base documental, por la singular zona de estudio de la que trata y por las conclusiones resulta ya fundamental para conocer el impacto del Nuevo en el Viejo Mundo

          La obra, que es una versión íntegra de su tesis doctoral, está magníficamente estructurada, contando con un prólogo, una introducción, cuatro partes subdivididas en nueve capítulos, una conclusión y nada menos que veintinueve apéndices. En la introducción el autor establece algunas acotaciones terminológicas, distinguiendo entre los inversores emigrantes –los que se quedaron en las Indias- y los inversores retornados, es decir, una minoría que consiguió regresar a su lugar de origen. Unos y otros son calificados de “triunfadores” porque fue esta minoría –aproximadamente un diez por ciento de toda la emigración- la que obtuvo el suficiente montante económico como para remitir una parte de sus caudales a su localidad natal.

De hecho, de los novecientos ochenta emigrantes cacereños registrados en los siglos XVI y XVII tan solo ochenta y cinco hicieron algún tipo de inversión en su ciudad natal, mientras que, en Castuera, de un total de ciento doce emigrantes solo lo hicieron veintisiete. Muchísimos menos retornaron con su dinero a sus localidades de origen, cinco en Castuera y doce en Cáceres. Estos últimos eran conocidos como los peruleros y debieron ser un incentivo irresistible para centenares de desheredados que en la España Moderna estaban dispuestos a jugarse la vida buscando una existencia más digna para ellos y los suyos. Según se afirma en el libro casi todos los inversionistas eran hombres, en su mayoría miembros del clero o funcionarios, y su destino mayoritario fue el Virreinato del Perú seguido, a mucha distancia, por el de Nueva España. Nada tiene de particular esta última circunstancia dado que se trataba de los puntos neurálgicos del Imperio Español.

          Ya hemos dicho que la obra cuenta con un extenso respaldo documental. Concretamente, se han consultado los protocolos notariales de las localidades de Castuera y Cáceres, buscando hasta la más mínima referencia al mundo indiano. Y en este sentido, hay un dato verdaderamente demoledor: el autor extrajo información de ochenta y nueve legajos del Archivo de Protocolos de Cáceres para lo que debió registrar, ¡página a página!, nada menos que cuatrocientos cuatro legajos. También consultó materiales manuscritos en archivos generales españoles –como el de Indias y el de Simancas-, en archivos extranjeros –como el General de la nación de Perú- y en archivos familiares –como el del Conde de Canilleros en Cáceres-. Es, pues, esta abrumadora base documental lo que proporciona solidez a los argumentos planteados en este libro.

          En el segundo capítulo, se examina el marco histórico de Extremadura en los siglos XVI y XVII, tratando de buscar las causas de la abundante emigración que desangró la región. Su carácter periférico, la pobreza y aridez de la tierra, la concentración parcelaria en pocas manos y una economía agrícola absolutamente rudimentaria parecen ser algunas de las causas decisivas. Y todo ello, aumentado por la facilidad que suponía la relativa cercanía a Sevilla, considerada ya entonces la “puerta y puerto de Indias”. Frente a lo que se ha afirmado tradicionalmente, la existencia de numerosas tierras de señorío no fue una causa determinante en el proceso migratorio, pues, el autor no detectó diferencias significativas con respecto al número de emigrantes registrados en las tierras de realengo.

          En la segunda parte, capítulos III, IV y V, se analiza el origen de los capitales invertidos en Extremadura y el largo camino que recorrían desde las Indias hasta su lugar natal. Tradicionalmente se había pensado que el dinero indiano, bien, salió al extranjero para pagar las guerras españolas en Europa, o bien, se invirtió en objetos suntuarios y en fundaciones de memorias, sin una trascendencia significativa en la economía del común de la ciudadanía. Ya en 1978 el profesor Vázquez de Prada, advirtió la posibilidad de que una parte de los caudales indianos, los de los pequeños comerciantes y propietarios, hubiesen entrado “en el circuito de una economía productiva” (1978: III, 709). Pues, bien, para mi el gran aporte de este libro consiste en haber demostrado definitivamente la importancia que los caudales indianos tuvieron en la precaria economía de la Extremadura rural. De hecho, se estima que, entre 1541 y 1689, llegaron a Cáceres y a Castuera más de dos millones y medio de reales. Eso supone una media de más de diecisiete mil reales anuales para ambas localidades. Pero no olvidemos que, a finales del siglo XVI, Cáceres no llegaba a los siete mil habitantes, mientras que Castuera estaba en torno a los mil quinientos. Se trata, pues, de unas cantidades de dinero que a lo largo de casi siglo y medio supusieron una inyección considerable de numerario.

          También se analiza, en esta parte del libro, el tiempo que transcurría desde la disposición del inversor –casi siempre testamentaria- y su cobro en tierras castellanas, así como la merma que el capital experimentaba. Una espera media que el autor sitúa en cinco años y ocho meses pero que en ocasiones podía ser mucho más. De hecho, en un estudio reciente sobre las inversiones indianas en otra villa extremeña, Montijo, se citaba el caso del perulero Pedro Sánchez, cuyos caudales llegaron a Sevilla en 1581 y, por unos motivos u otros, sus herederos no cobraron hasta febrero de 1600 (Mira Caballos 2001: 219-248).

Una vez fallecido, salvo que algún heredero quisiese marchar a América, los bienes del finado debían ser subastados, no alcanzando nunca su valor real. Una vez que el patrimonio se convertía en caudal líquido se debían abonar los costes del funeral así como las misas y limosnas a las instituciones locales que el finado hubiese dispuesto en su testamento. A partir de aquí había que pagar el transporte, así como el obligatorio impuesto de la avería. Pero no acababan aquí los gastos, pues, una vez que el capital llegaba a la Casa de la Contratación, se le aplicaban importantes tasas para pagar desde al simple arriero que llevaba el dinero del buque a la Casa de la Contratación, hasta los tenedores de los bienes de difuntos y al abogado que defendió los bienes. Cuando el heredero era menor de edad la fortuna sufría un menoscabo aún mayor ya que había que financiar al llamado curador de menores. Los gastos medios derivados de la gestión de la Casa de la Contratación estuvieron, según el autor, ligeramente por encima del quince por ciento del montante total.

          En la tercera parte del libro se consideran las distintas formas de inversión de esos capitales. Fundamentalmente se invirtieron, por este orden, en propiedades rústicas, en propiedades urbanas y en censos. El autor insiste especialmente en esta última forma de inversión, que él califica de “auténtico sistema de crédito hipotecario”, cuyo interés se fijaba entre el cinco y el siete por ciento. Tradicionalmente se había criticado el censo como una de las cargas que gravó la economía castellana, especialmente la propiedad rústica. Sin embargo, en este estudio se resalta la importancia del censo como un instrumento capitalizador fundamental en el medio rural. Una verdadera “correa transmisora” -utilizando palabras del autor- del excedente de dinero indiano a las precarias explotaciones agrarias extremeñas. También tuvieron cierta importancia los legados dejados a familiares y allegados que debieron suponer un cierto desahogo económico para sus sufridas economías.

          Y finalmente, en la cuarta y última parte, se trata la administración y la evolución de esos capitales en Extremadura. Y llama la atención su pervivencia en el tiempo a través de fundaciones y obras pías, hasta bien avanzado el siglo XIX. De hecho, un caso extremo de esta pervivencia es la existencia actualmente en Trujillo de la Fundación Obra Pía de los Pizarro que al parecer se mantiene prácticamente sin solución de continuidad desde su erección, allá por la centuria decimosexta. Según el autor, esta pervivencia demostraría, primero, la buena administración de estos capitales, y segundo, su gran potencial económico.

          El libro de Luis Vicente Pelegrí nos parece, en definitiva, una de las obras más fundamentadas que se han escrito hasta la fecha sobre los caudales indianos invertidos en la España Moderna. Ello no impide que detectemos algunos pequeños errores, algunos tipográficos, otros meros descuidos de su autor. En la bibliografía se omiten aleatoriamente algunos de los autores citados a lo largo del libro como Rubio y Muñoz Bocanegra, Veitia Linaje, Sánchez Marroyo, Aragón Mateos o Bartolomé Clavero Arévalo. También hubiera sido oportuno, a nuestro juicio, que el autor hubiese colocado un subtítulo, especificando los nombres de las dos localidades estudiadas -Castuera y Cáceres- así como la cronología, es decir, los siglos XVI y XVII. En cualquier caso, se trata de pequeñeces que en absoluto empañan la solidez de una obra que está llamada a convertirse en un clásico en los estudios sobre los flujos económicos entre España y América en la Edad Moderna.

 

Esteban Mira Caballos

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LA CONCIENCIA SOCIAL EN LA CONQUISTA DEL IMPERIO AZTECA

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MEDIN, Tzvi: Mito, pragmatismo e imperialismo. La conciencia social en la conquista del imperio azteca. Madrid, Iberoamericana, 2009. 298 págs.

 

Esta obra analiza el enfrentamiento de dos civilizaciones absolutamente distintas, la hispana, presidida por un gran pragmatismo, y la azteca, dominada por una cosmovisión mítica. Aporta puntos de vistas muy novedosos sobre las causas de la rápida caída del imperio mexica. Un fulgurante colapso que, como bien explica su autor, estuvo provocado por dos motivos: uno, por el ideal mitológico de los mexicas que les llevó a pensar inicialmente que los españoles eran dioses. Cuando se quisieron dar cuenta de su condición humana ya era demasiado tarde. Y otro, porque fundamentaron su poder sobre el terror, de forma que cuando arribaron los españoles, muchos pueblos indígenas los acogieron con los brazos abiertos. Como bien dice el autor, los sacrificios públicos eran el medio de propagación del terror que utilizaban los aztecas para fidelizar a los distintos pueblos de la periferia de su imperio. Este mundo mítico y precario no tardó en desmoronarse ante el empuje y el pragmatismo de los hispanos.

Asimismo, Tzvi Medin intenta rehabilitar la figura del tlatoani azteca, Moctezuma. La historiografía lo ha presentado tradicionalmente como un cobarde, mientras que Cuauhtémoc suponía la otra cara de la moneda, es decir, el prototipo de héroe, símbolo de la resistencia y padre de la nación mexicana. Sin embargo, toda simplificación supone un falseamiento de la realidad. Probablemente, ni Moctezuma fue tan cobarde ni Cuauhtémoc tan valiente. Más bien parece que el tlatoani se mostró como una persona inteligente y calculadora y, cuando mostró temor, lo hizo consciente de lo que se le venía encima. En este sentido, dice el autor que Moctezuma nunca estuvo aterrorizado, sino solamente temeroso de la difícil situación a la que se enfrentaba. A diferencia de otros líderes mexicas, él sí se dio cuenta de la gran amenaza que los extranjeros venidos de oriente significaban para la propia supervivencia de su civilización. Por ello, combinó inteligentemente una hábil diplomacia con intentos secretos para acabar con ellos. Pero, desgraciadamente para él, su contrincante no era menos listo y además tenía a su mando un puñado de hombres con una capacidad estratégica infinitamente más avanzada. Unos hombres, ansiosos de oro, que sacaron lo peor de sí mismos por la lejanía del poder así como por el afán de enriquecerse a cualquier precio y retornar ricos a sus lugares de origen. Moctezuma no se equivocó en sus previsiones, cumpliéndose los peores augurios.

Además, la relativa pasividad de Moctezuma no fue la única causa de la rápida caída de la confederación azteca. También la gran estratificación social evitó su posible resistencia. Los hombres del común, la gran mayoría campesinos y artesanos, vieron con indiferencia el cambio de amos, a los que estaban acostumbrados a servir, al igual que los siervos o mayeques y los esclavos. Entre plebeyos, siervos y esclavos sumaban más de tres cuartas partes de la población. Pero, incluso, la pequeña élite local, ante la derrota de los grandes caciques, se aproximaron a los conquistadores, tratando de desempeñar el papel de intermediarios en la explotación, ahora al servicio de los nuevos señores.

Para colmo, se trataba de un imperio relativamente joven al que todavía le faltaba cohesión interna. Las defecciones de muchos de sus viejos aliados, fundadas más en el temor que en el amor, prueban esta precaria alianza. Tampoco habían podido de momento conquistar a los pueblos del norte, conocidos como chichimecas, ni tampoco a los tlaxcaltecas. Estos últimos, quizás intencionadamente con el fin de tener siempre cautivos a mano a los que sacrificar. Era el alto precio que debían pagar los tlaxcaltecas por conservar su libertad.

Está claro que, tanto Cortés como Moctezuma, representaron una verdadera obra de teatro, en la que cada uno defendió sus propios intereses. Este último cometió, sin embargo, un gran error táctico: a través de sus embajadores remitió ricos presentes áureos a los hispanos, advirtiéndoles que no debían llegar a Tenochtitlán. Pero, como bien escribe Tzvi Medin, cada vez que lo hacía conseguía el efecto contrario, es decir, espolear la ambición de los hispanos, que no tardaron en convencerse que su meta final debía ser necesariamente la capital mexica. Posteriormente, la decisión de dejarlos entrar en Tenochtitlán no parece tan descabellada. Seguramente pensó que sería más fácil acabar con ellos dentro de su misma ciudad que en un combate en campo abierto. Y prueba de su acierto, como indica el autor, fue la derrota de éstos en la Noche Triste.

Encontramos algunas erratas insignificantes pero a la vez llamativas. La más chocante sin duda la de citar, ¡en reiteradas ocasiones!, al secretario del Consejo, Lope de Conchillos, como Lope de Cochinillos. Asimismo, hay algunos errores meramente ortográficos, como transcribir pecezuelas por piecezuelas. También nos sorprenden los errores en la ordenación alfabética de la bibliografía final. Y finalmente, encontramos algunos conceptos mal definidos, como el de demora que, al menos en el área antillana, no era ningún sistema de organización de los taínos en grupos, como indica Tzvi Medin, sino simplemente la parte del año que los indios de repartimiento debían servir a sus encomenderos.

Insisto que se trata de pequeñeces que afean algo la apariencia pero que dejan intactas las brillantes reflexiones de su autor. A mi juicio estamos ante una obra consistente, inteligente y novedosa, fundamental para entender el proceso de conquista del imperio azteca.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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Miguel Ángel Naranjo Sanguino: La milicia Nacional de la ciudad de Badajoz. Badajoz, 2008.

NARANJO SANGUINO, Miguel Ángel: La milicia Nacional de la ciudad de Badajoz y su marco provincial hasta la disolución de 1844. Badajoz, Diputación Provincial, 2008. 205 págs. I.S.B.N.: 978-84-7796-112-3

 

               El profesor Miguel Ángel Naranjo, especialista en la Extremadura del siglo XIX, nos ha vuelto a sorprender con un nuevo libro. En esta ocasión analiza la Milicia Nacional de la ciudad de Badajoz, desde su formación a partir de 1812 hasta su disolución prematura en 1844. Como es bien sabido, en la Constitución de Cádiz se estableció, como complemento del ejército regular, la formación de una Milicia Nacional, organizada a nivel provincial y local con el objetivo de defender al Estado liberal. Ello delataba a las claras la necesidad que tuvo la débil burguesía española de contar con el brazo militar para hacer su revolución liberal. Por otro lado, el hecho de que naciese ligada a un bando condicionó su devenir; cada vez que se restauraba el absolutismo o gobernaban los moderados era abolida, restableciéndose cuando accedían al poder los progresistas. De hecho, fue abolida en 1814 y restablecida en 1822, para ser de nuevo suprimida entre 1823 y 1833 coincidiendo con la Ominosa Década. Todo ello, le confirió un grado de provisionalidad que le impidió cumplir satisfactoriamente con sus objetivos.

Hasta la fecha se había estudiado la Milicia en algunas ciudades como Madrid (Pérez Garzón, 1978), Cádiz (García León, 1983), Valencia (Chust, 1987), Lérida (Casals, 2002), Pamplona (Herrero Maté, 2003) o Vic (Portet, 2003). Sin embargo, para Extremadura apenas disponíamos de algunas referencias esporádicas a la Milicia de Badajoz, Mérida, Trujillo o Cáceres. El presente trabajo viene a llenar un hueco en el panorama historiográfico extremeño y español. Dada la carencia de fuentes bibliográficas el presente libro se fundamenta en fuentes documentales, extraídas básicamente de dos repositorios, a saber: el Municipal de Badajoz y el de la Diputación Provincial.

                  Se analizan detalladamente los más de 800 expedientes de reclutas para alcanzar conclusiones prácticamente definitivas. El número de milicianos que hubo en Badajoz puede considerarse medio en el panorama nacional, inferior a ciudades como Madrid o Valencia con 11.168 y 3.668 milicianos respectivamente pero superior a ciudades como Lérida, Pamplona o Vic. Sin embargo, en el panorama extremeño la Milicia de Badajoz fue la más regular y numerosa. De hecho, en 1822 se supo que de los más de 350 municipios que había en Extremadura tan sólo 18 disponían de un batallón de Milicias. Y las que sí disponían de Milicia Nacional como Mérida, Cáceres o Trujillo su número era a todas luces insuficiente. No en vano, en esta última ciudad, en el momento de máximo auge de su Milicia, llegó a disponer tan sólo de 400 hombres, aunque eso sí, con un notorio cuadro de oficiales. La mayor parte de los milicianos pacenses procedía de la clase media urbana (funcionarios, profesionales liberales, comerciantes, empleados y en menor medida propietarios de tierras), siendo el número de jornaleros, campesinos y agricultores muy reducido. De hecho, cerca del 85 % trabajaba en el sector terciario. Sin duda, la Milicia Nacional fue elitista de acuerdo con los ideales del liberalismo doctrinario. De hecho, según Domínguez Ortiz, en diversas ciudades se estableció como criba para pertenecer a ella, acreditar unos ingresos mínimos de 5 reales diarios. Por lo demás, como se desprende de este estudio, la inmensa mayoría de los milicianos pacenses tenían edades comprendidas entre los 18 y los 50 años (el 98,46 %) y en su mayoría eran casados (60,52 %).

La Milicia Nacional de Badajoz, al igual que las del resto de España, dependió de la Diputación Provincial, que era la que se encargaba de controlar, coordinar y vigilar el funcionamiento de las distintas milicias locales. Pese a esta supervisión siempre adoleció de medios suficientes de financiación para desarrollar eficazmente sus funciones. La Diputación Provincial colaboraba económicamente, e incluso, cedía locales desamortizados para que en caso necesario sirviesen de cuarteles. En el caso de Badajoz, el armamento se obtenía de los arsenales militares que había en la ciudad. Sin embargo, los pertrechos eran tan escasos que en 1837 había nada menos que 177 milicianos sin armas. El resto de los gastos recaía sobre los sufridos y esquilmados ayuntamientos. Una importante fuente de financiación siempre fue la cuota que se cobraba a los exceptuados que en el reglamento de 1820 se fijo en 5 reales mensuales.

Sus objetivos, como destaca el autor, fueron dos, a saber: uno, luchar contra las partidas de carlistas que de cuando en cuando hacían su aparición en tierras extremeñas. Y dos, perseguir a los malhechores y ladrones que proliferaban sobre todo en el medio rural. Cada vez que se tenían noticias de bandas de asaltantes se organizaban grupos de milicianos para perseguirlos, vigilarlos y controlarlos.

               Su autor concluye diciendo que la Milicia Nacional de Badajoz, tuvo graves carencias como las demás existentes en las más diversas ciudades españolas. Todo ello le restó eficacia frente a la brutal reacción absolutista. Además de medios, les faltó convicción frente a las tropas carlistas, siempre mucho más motivadas. Tampoco fue demasiado eficaz su lucha frente a los grupos incontrolados de malhechores, básicamente por su escasa preparación militar y por su deficiente organización.

 

Esteban Mira Caballos

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INDIOS Y MESTIZOS EN LA ESPAÑA DEL SIGLO XVI

MIRA CABALLOS, Esteban: Indios y mestizos americanos en la España del siglo XVI. Madrid, Iberoamericana, 2000, 174 pág. ISBN: 84951077831

 

Como acertadamente indica el autor, el fenómeno de los esclavos indios en la España del siglo XVI ha sido relegado en la casi totalidad de la historiografía americana, siendo escasos los historiadores que aluden al tema y, menos todavía, los que han investigado sobre él. Las causas de esta postura provienen, muy probablemente, de las escasas fuentes documentales con que contamos, de la dificultad para acceder a ellas y de la escasa importancia que se le ha otorgado dentro del contexto más amplio del indígena americano, que ofrece facetas y asuntos mucho más atractivos y significativos para el historiador.

A Mira Caballos, sin duda el mejor experto y que más ha investigado en el estudio de los esclavos indios en España, le debemos las mejores aportaciones en la materia, fruto de un trabajo difícil, arduo y tenaz, desarrollado en estos últimos años, que ha tenido como resultado la publicación de varios artículos y, finalmente, el libro que comentamos.

El autor, con toda sinceridad, nos habla de esa paciente labor, que ha tenido que realizar en el Archivo General de Indias (secciones de Indiferente General, Justicia, Contratación y Patronato) y en archivos parroquiales y protocolos notariales, en la búsqueda, no pocas veces incierta, en los documentos que pudieran aportar luz al tema, a lo que habría que añadir los incompletos resultados finales de su investigación, que hay que llenar con hipótesis más o menos plausibles.

En resumen, pocas fuentes, dificultades para su búsqueda y, en consecuencia, magros resultados concretos, que no por ello dejan de ser importantes. Esta trabajosa labor dice mucho a favor de Mira Caballos, pues, a pesar de tales y tantas dificultades, se ha adentrado en el tema con todo el rigor científico posible y, al menos, ha puesto de manifiesto el fenómeno de los esclavos indios en España que, de ahora adelante, tendrán que ser objeto de atención por parte de los historiadores y ocupar el lugar que le corresponde en la Historia de España y América.

Hay una cierta confusión en las materias tratadas en los dos primeros capítulos, pues el apartado del capítulo I legislación y Armadas de rescate, parece que hubiera sido mejor incluirlo en el capítulo II, dedicado primordialmente a la legislación. De esta manera, en el capítulo I, se podía haber profundizado más en la institución de la esclavitud en general, doctrina que el autor resume en dos cortos párrafos y que tan decisiva fue en su aplicación a los esclavos indios.

El capítulo II contiene como aportación novedosa la normativa particular sobre los esclavos indios en España. Los textos son pocos, pero lo bastante para indicarnos que sobre este asunto había problemas en España que merecieron normas adicionales, especialmente a partir de las Leyes Nuevas de 1542. Es mérito del autor el indicar que hubo diferencias en su aplicación en las Indias y en España, y la noticia de la entrada de esclavos indios procedentes del Brasil, sobre todo a partir de 1550, que se vendían mayoritariamente en Lisboa. Son aportaciones acertadas que demuestran que la esclavitud de los indios en España no podía ser tratada con los mismos criterios que se utilizaron en las Indias.

Hubiese sido conveniente que el autor hubiera desarrollado en extensión y en profundidad el largo proceso que abocó en la supresión definitiva de la esclavitud de los indios en América y , particularmente, en la polémica teológica y jurídica que se suscitó en España y en las Indias sobre este asunto.

En el capítulo III, se adentra el autor en resultados concretos de sus investigaciones: la travesía, los momentos iniciales en la Península, la visión española del indio, su status social y lugar en la estructura socio-laboral, los mercados de esclavos indígenas, principalmente en Lisboa y Sevilla, los indios libres, la enseñanza de hijos de caciques y, finalmente, la singular situación de los mestizos en España.

En el capítulo IV se nos ofrece un estudio aproximado de los indios traídos a la Península y del sexo y precio de los mismos. Es de alabar el esfuerzo del autor por exprimir al máximo los datos encontrados, con resultados cuyo valor histórico es innegable. A tenor de la documentación registrada hasta 1550 llegan a la Península 2.442 indios, la mitad de ellos durante los años 1493 a 1502 en los que se desarrolló un notable tráfico de esclavos indios, iniciado por Colón y expandida en el contexto de la factoría colombina.

En el capítulo V se dedica a hacer algunas valoraciones sobre la distribución geográfica del indio en la Península. La mayoría, por razones obvias, se localizan en Sevilla, seguida por las provincias occidentales andaluzas y Extremadura. Se presume que no fueron muchos los que llegaron a otros lugares de la Península, aunque hay datos esporádicos al respecto. Hay documentación sobre venta de indios en Zafra y en las islas Canarias, pero en pequeña cantidad. En cualquier caso, el porcentaje de esclavos indios con referencia a los negros era bajísimo. Añade el autor al final de la obra interesantes apéndices, del que es de destacar el primero, en el que da una estadística global del envío de indios a Castilla, señalando el número, los lugares de origen y de compra. El resto de los apéndices son diversas reales cédulas que tratan de la materia. Es interesante el documento de la venta de un indio en Valladolid en 1554.

José María García Añoveros

Instituto de Historia, CSIC

1 Reseña publicada en Hispania, Revista Española de Historia Nº 208. Madrid, 2001, pp. 778-781.

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