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EL INDIO ANTILLANO: REPARTIMIENTO, ENCOMIENDA Y ESCLAVITUD.

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Esteban Mira Caballos, El indio antillano: repartimiento, encomienda

y esclavitud (1492-1542), Sevilla, Muñoz Moya editor, 1997, 450 pp. 1

 

El trabajo que expone en este libro el historiador Esteban Mira Caballos fue

la tesis doctoral que presentó a la Universidad de Sevilla, con la cual obtuvo

la máxima distinción que concede ese centro docente: Apto Cum Laude. Los

temas que aborda, así como los propósitos que persigue y las estrategias

usadas para lograrlos, permiten decir que si bien adopta un tema tradicional

de estudio, hace aportes relevantes en relación, especialmente, con los

orígenes y evolución de instituciones como el repartimiento y la encomienda.

El texto se inicia con una discusión acerca del comportamiento demográfico

de la población de las Antillas. Tal discusión se relaciona directamente, al

menos para la población indígena y blanca, con el estudio de los

repartimientos y las encomiendas. Estas son analizadas tanto en sus formas

originales como en las adoptadas luego de consecutivas reformas. Dichas

instituciones, y sus características inherentes, expresan el contenido de las

relaciones sociales que se dieron en el contexto de la conquista y traza una

gama de posibilidades que va desde un paternalismo proteccionista hasta la

esclavitud. Finalmente, el autor aborda la situación laboral de los indios antillanos

hacia 1542 y el contexto en el cual se aplicaron las Leyes Nuevas.

Estos temas son estudiados en el periodo de 1492 a 1542. La primera fecha,

es señalada por el autor como la iniciación de las prestaciones laborales de

los indios a los españoles. La segunda es importante porque significa el

final del trabajo compulsivo para los aborígenes antillanos debido a la acelerada

extinción y también a la aplicación de las Leyes Nuevas. Aparte de

estos puntos, dicho periodo resulta especialmente crítico debido a que durante

los primeros cincuenta años de la presencia de España en América se

delinearon y trazaron los rasgos principales y los matices extremos de la

relación hispano-india, cuyos sucesivos desarrollos y replanteamientos dejaron

efectos duraderos para los habitantes de las Antillas y para las demás

culturas que, entre el siglo XVI y el XVIII, entablaron relaciones con los

españoles a lo largo y ancho del continente.

El marco geográfico que abarca este texto comprende las Antillas Mayores,

es decir: la Española (cuyo territorio actualmente está dividido entre la República

Dominicana y la República de Haití), Cuba, San Juan (actual Puerto Rico) y

Jamaica. Puntos geográficos antillanos que fueron, como se sabe, los escenarios

preliminares de contacto entre conquistadores e indios y, por ende, los primeros

territorios sujetos a los procesos de colonización hispana. El autor aclara que «el

concepto de Antillanidad como un todo homogéneo», (pág 21) no es válido para

la época prehispánica, ni para la actualidad, pero si lo fue para el siglo XVI, ya

que con la llegada de los Españoles, hubo un proceso de unificación del espacio

de las grandes islas caribeñas. Esta unidad estuvo dada por el papel que jugó

como área intermedia entre España y el continente americano, rol que sería

confirmado con el establecimiento de una Real Audiencia cuya sede fue Santo

Domingo. De este hecho se desprendió una dinámica que permitió, según el autor,

el desarrollo de una estructura social, política, económica y cultural con unas

características propias, que hicieron de las Antillas un espacio distinto de la

metrópoli y de la porción del continente hasta ese momento conocida.

Tales especificidades tuvieron una expresión en aspectos como el demográfico.

Refiriéndose a los indios, el autor argumenta que las consecuencias

de la llegada de los españoles al Nuevo Mundo se sintieron con rapidez en el

volumen de su población. Según él, la disminución no fue provocada por

enfrentamientos con los españoles durante la conquista, «sino, sobre todo,

por la imposición, sobre una cultura en un bajo estadio de desarrollo, de un

sistema laboral desconocido por ella.» (pág 359) A ello añade otras causas

de posterior ocurrencia como el trabajo excesivo y una dieta pobre en

proteínas. Esta situación los hizo muy vulnerables a las epidemias, las

cuales «fueron, en última instancia, las grandes responsables de la extinción

del aborigen antillano», (pág 359) Su número disminuyó rápidamente

y al cabo de medio siglo estaban casi extintos. Según las cifras del autor, en

1492 existían unos 300.000 en las cuatro islas estudiadas, hacia el año de

1550 apenas si quedaban 500 en la Española, poco más de mil en Cuba, y,

un centenar en San Juan y en Jamaica, respectivamente.

A medida que disminuía la población indígena fue necesario acudir a los

esclavos negros para reemplazarla. Estos fueron llegando lentamente desde

la primera década del siglo XVI, sin embargo, fue sólo a partir de 1518

cuando arribaron en mayor número. Su asignación a cada isla estaba en

correspondencia con los recursos explotables de cada una de ellas. Hasta el

año de 1518, a la Española fueron llevados más de 1800, a Cuba 708, a San

Juan 570 y a Jamaica 302sla. La prosperidad de la industria azucarera

iniciada en la Española requería de un mayor número de ellos. No ocurrió

así con San Juan y Cuba, las cuales tenían una magra economía signada por

la explotación del oro, en tanto que Jamaica se mantenía exclusivamente de

la producción agropecuaria.

La dinámica de la economía de las Antillas estaba en manos de una

población europea que inicialmente ocupó, de manera progresiva, la isla de la

Española. En los inicios del siglo XVI, empezó el poblamiento del resto de

islas de las Antillas Mayores, y no cesó de hacerlo hasta finales de la década

de 1620. Ya por esta época, se habían conformado grupos de intereses entre

los habitantes. La encomienda permitió la conformación de un sector que

tomó el control político a través de los Cabildos, desempeñando cargos de

oficiales reales y regidores. Estos, además, actuaron casi siempre en forma

armónica con la iglesia, en razón de intereses comunes, pues el sistema de

encomienda era el único que garantizaba la conversión de los indios. Sin

embargo, la prosperidad económica empezó su declive y, paralelo a él, se

fueron despoblando las islas. Los habitantes españoles se desplazaron a

otros puntos continentales, entre ellos México, en donde los descubrimientos

y las riquezas atrajeron su atención. De otro lado, la economía del oro había

entrado en declive y, en consecuencia, el alto endeudamiento de los

empresarios antillanos estimuló su fuga para evitar el pago y para probar

fortuna en otras tierras. Su salida de las islas se acentuó conforme se fueron

sucediendo nuevos y atractivos descubrimientos en el continente, el Perú

por ejemplo, y con ello se agudizaron los problemas de escasez de población

blanca para la administración colonial. Aunque hubo varios intentos

de repoblación, todos resultaron fallidos.

Al aspecto singular del comportamiento poblacional en las Antillas,

se añadió el de la especificidad de las instituciones que regularon las relaciones

entre españoles e indios. Por ejemplo, la evolución de la encomienda en

estos primeros años de aplicación demostró que, desde un principio, fue la

institución articuladora de todo el sistema social y económico de las islas.

Tomó fuerza a partir de la necesidad de crear un mecanismo de sujeción de

los aborígenes al español, permitir la explotación económica de su trabajo y

facilitar su evangelización. Estas concesiones, sin embargo, favorecieron

la ocurrencia de toda clase de abusos, por ejemplo, el trabajo excesivo, la

deficiencia en la calidad de la alimentación, y la permisividad de las autoridades

frente a la venta y alquiler de los indios. Si bien desde la segunda década del

siglo XVI hubo esfuerzos para contener o eliminar estas situaciones,

lo cierto es que sólo desaparecieron con la institución, la que a su vez

desapareció junto con los últimos indios. Tales hechos hicieron difícil la distinción

entre los indios encomendados, que supuestamente eran libres y los

indios esclavos. Un matiz de las relaciones de los españoles con los indios,

introducido por el autor, sugiere que el tipo de encomienda implantado a

finales del siglo XV en la Española, y en la primera década del siglo XVI en

San Juan, estuvo caracterizado por un trato muy duro hacia los nativos, en

razón de la falta de control de las autoridades hacia los actos de los

encomenderos. No parece haber ocurrido así con los indios de Cuba y Jamaica,

los cuales estaban protegidos, al menos formalmente, por una legislación

emanada de la experiencia encomendera de las dos primeras islas.

La encomienda en las Antillas se caracterizó, en los primeros años, por ser

eminentemente de servicios. Diferenciándose, en cada isla, el tipo de servicio

exigido a los indios, pues éste estaba en función de las

especializaciones de cada economía insular. En la Española, los indios

estaban dedicados a la minería. Años después, hacia 1520, el agotamiento

del oro y el florecimiento de la industria azucarera, los llevó a trabajar en los

ingenios. Ante la necesidad de una mayor fuerza de trabajo y dada una

especialización más compleja de la industria azucarera se incorporaron

esclavos africanos. Los pocos indios sobrevivientes fueron asignados

entonces al cuidado de los ganados. Similar situación puede dibujarse para

San Juan, aunque la importancia de su industria azucarera fue menor. Allí,

al indio desplazado del ingenio se le llevó a trabajar al campo. En cambio, en

Cuba, la permanencia de la economía del oro obligó a que estuvieran

dedicados a su explotación. En Jamaica, la inexistencia de fuentes auríferas

determinó su ocupación en faenas agrícolas desde la llegada de los

españoles.

Otra especificidad de las Antillas es que, durante el período analizado, no

sólo hubo indios en encomienda, también existió la esclavitud indígena. La

diferencia entre estas dos formas del trabajo compulsivo parecería ser grande,

pero en los aspectos prácticos fueron similares, siendo el único hecho

verdaderamente distinto, Imposibilidad de vender los indios esclavos. Estos

podían tener dos orígenes: los capturados durante los tiempos de la con quista

de las cuatro islas, cuyo número fue insignificante y, la mayoría,

constituida por los capturados en las armadas de rescate, especialmente a

partir de la segunda década del siglo XVI, traídos de las Antillas Menores y

Tierra Firme. No se conoce el número de indígenas esclavos, el autor sos-

tiene que la cantidad debió ser superior a seis mil, y este dato lo calcula a

partir de retroproyectar el número de ellos que aún vivía hacia 1550. La

disminución de la población indígena en las Antillas Mayores creó una

demanda creciente de mano de obra, ocasión que fue aprovechada por la

élite encomendera para organizar, previa autorización, las mencionadas

armadas de rescate. Este negocio fue muy lucrativo, pues los encomenderos

controlaban la oferta y la demanda de indios esclavos.

Los indios capturados en las Antillas Menores, no pertenecían a las mismas

culturas de quienes habitaban en las Antillas Mayores. De acuerdo con el

autor, antes de la llegada de los españoles a éstas últimas, «existían diversos

grupos pertenecientes a culturas diferentes como los ciboneyes, los

macoriex, los tainos y, finalmente, los caribes, indígenas estos últimos que

durante estos años se encontraban en pleno proceso de expansión hacia las

Antillas Mayores.» (pág 21) Los capturados en las Antillas Menores eran

caribes, y su sujeción a la esclavitud causó muchos inconvenientes a los

españoles. Los incidentes fueron creciendo y generaron preocupación en la

metrópoli, al punto de organizar, en 1514, una expedición desde Sevilla para

atacar sus posiciones en la isla de Guadalupe. Los problemas no sólo eran

causados por los indios libres de estas pequeñas islas, sino, también por aquellos

capturados y sometidos al trabajo y la esclavitud en las Antillas Mayores.

Fueron numerosos sus alzamientos, algunos de ellos, liderados por indios

conocedores del sistema hispano. Por otro lado, la despoblación española de

las islas les permitió el dominio de amplias zonas abandonadas en su interior

en las cuales se hicieron fuertes para resistir las numerosas expediciones

organizadas en su contra. Según el autor, la suerte de las insurreciones fue variada,

debido al fuerte descenso de la población indígena. La falta de intereses

comunes entre los grupos y la ausencia de una conciencia colectiva, hicieron

fracasar cualquier intento de mayor envergadura.

Hacia 1542, cuando se promulgaron las Leyes Nuevas, la encomienda había

perdido importancia para las economías insulares, debido a que los indios

se encontraban en una etapa irreversible de extinción. Por esta razón no fue

vigorosa la oposición de los encomenderos a las reformas y a los cambios

que la aplicación de tales leyes implicaba. Las medidas, sin embargo, suscitaron

cierta inquietud, basada fundamentalmente en que dada la fragilidad económica

de los españoles, éstos no pudieron comprar esclavos negros y por lo tanto su

sostenimiento dependía, casi exclusivamente, de la mano de obra de los indios.

Esta situación fue común para la Española, en donde aún había cierto número

de ellos sometidos a la esclavitud, y para Cuba en donde quedaban todavía unos

900 de encomienda y unos 730 en esclavitud, todos ellos ocupados en trabajos

de servicio como la atención a los hatos ganaderos y el trabajo en las estancias.

Se considera necesario resaltar algunos aspectos muy precisos que desarrolla

la obra, especialmente aquellos atinentes al periodo prehispánico de las

Antillas. El primero de ellos habla de que las diversas culturas antillanas a la

llegada de los españoles, estarían en una etapa de desarrollo neolítica,

subsistiendo gracias a la caza, la recolección y la agricultura. Si bien parece

un esfuerzo interesante tratar de insertar en un contexto global la presencia

de los grupos humanos antillanos, dicha labor requiere de una indagación

que rebase los límites de una frase bien hecha. Tal clasificación requeriría

por lo menos de un profundo análisis acerca de los rasgos comunes que

caracterizarían a los grupos en ese período. No se debe olvidar que desde

un principio el autor habló de grupos diversos y que esa condición impide

hacer amplias generalizaciones. Más aún, si, como parece, no se cuenta con

material de análisis que permita distinguir unos de otros. Por otro lado,

sería importante saber si las labores de caza, recolección y agricultura eran

practicadas por todos los grupos o sólo por algunos de ellos, dado que los

estudios arqueológicos han precisado, al menos para América, la importancia

de matizar entre cazadores-recolectores y cazadores, recolectores y agricultores,

en razón de que dicha diferencia implica un paso entre la banda

nómade y aquellas bandas que, circunscritas a un amplio territorio, practicaban

el semi-nomadismo, en el caso de que las labores de cultivo no los

hubiera llevado a sedentarizarse.

Afirmaciones como las ya señaladas están presentes a lo largo del trabajo.

Estas hacen evidente que el autor ha adoptado una perspectiva evolucionista

para explicar a través de ella las diversas culturas antillanas. No es el pro-

pósito de esta reseña discutir la predilección del autor por esta corriente

teórica, sin embargo, es pertinente resaltar algunas afirmaciones que pre tenden

hacer pasar por razones históricas verificadas lo que simplemente es

producto de la adecuación de ciertos hechos a las líneas de desarrollo trazadas

por la teoría propuesta o, el intento de llenar los vacíos del conocimiento con

respecto a los indios con formulaciones teóricas. Por ejemplo, refiriéndose

a la rápida extinción del indio antillano, el autor argumenta que "la causa

fundamental fue el choque cultural que fue mucho más duro en las Antillas

que en el resto del continente, lo cual se debió tanto al retraso evolutivo de

las culturas que allí habitaban, como al confinamiento que impuso la

geografía isleña, sin olvidar, por supuesto, el sistema laboral impuesto por

los españoles donde los malos tratos se convirtieron en algo usual y

cotidiano." (pág 66) Como se ve, la rápida extinción de los indios, según el

autor, habría sido fundamentalmente causada por un "retraso evolutivo de

las culturas".

En primer lugar, no se especifica a cuales culturas se refiere, además

no hay un conocimiento teórico ni documentado de ellas, y en últimas, no se

sabe con respecto a qué referente o a qué patrón de medida se encontraban

retrasadas. En segundo lugar, se habla de un confinamiento indígena impuesto

por la geografía isleña. Al respecto vale la pena recordar que los indios

Caribes, cuya expansión se hallaba en camino hacia las islas de las Antillas

Mayores cuando apareció Colón, originarios del Alto Xingú, en el corazón

amazónico, se habían desplegado hacia el norte del continente suramericano

y conquistado una por una, las incontables islas de las Antillas menores. Por

otro lado, los demás indios antillanos eran avezados circunnavegantes de

su archipiélago, dadas las constantes luchas libradas entre sí. Mal podría,

entonces, argumentarse que su confinamiento geográfico fue una causa

importante para la extinción de unos navegantes tan experimentados. Este

hecho podría explicarse, más bien, en el confinamiento de indios sujetos a

sistemas de trabajo extenuante, como el tipo repartimiento y de encomienda

que caracterizó el periodo, y en el tráfico de indígenas capturados y

sometidos a la esclavitud. Marco bajo el cual la población nativa fue objeto

de una amplia gama de formas de explotación y vejación, entre ellas la

subalimentación, que los llevó a morir por centenares frente al más inofensivo

virus. No fue gratuita, entonces, aunque el autor la tilde de exagerada, la

actitud de Bartolomé de Las Casas y la dinámica generada en torno a la

protección de los indios que desembocaría en las sucesivas reformas

implementadas por la Corona para el uso de la mano de obra india. La extinción

de los indios antillanos no fue causada por un "atraso evolutivo de sus culturas",

sino por un afán incontrolado de lucro económico encadenado a condiciones

de extrema dureza en el trabajo.

 

Luis Enrique Rodríguez B.

 

1Reseña publicada en la revista Fronteras Nº 3, vol. 3, 1998 (pp. 297-304).


CONQUISTA Y DESTRUCCIÓN DE LAS INDIAS

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Mira Caballos, Esteban: Conquista y destrucción de las Indias (1492-1573). Sevilla, Muñoz Moya, 2009.

 

 

 

El profesor Esteban Mira nos ha regalado con otro de sus numerosos trabajos. Este doctor en Historia cuenta con una densa labor investigadora centrada básicamente en la temática americana durante la Edad Moderna.

En esta ocasión se ha ocupado de la conquista y colonización de las Indias entre 1492 y 1573, en la consideración de que los españoles dieron por acabada la conquista definitivamente en la última fecha.

Se trata de un libro amplio, de líneas apretadas, denso de contenidos y con abundantes citas bibliográficas. Está dividido en siete grandes apartados con 21 capítulos en total, más la conclusión. Se completa con los ineludibles apartados de fuentes, bibliografía, ocho apéndices, un índice onomástico y otro topográfico. En suma, es una obra de más de 400 páginas.

Es un libro asequible al lector no especializado, pero elaborado con rigor metodológico. Se pretende dar una visión de la conquista y colonización de América por los españoles en la época indicada, alejada tanto de la “leyenda negra” como de la “leyenda blanca” con que la historiografía anterior ha envuelto este proceso histórico. El autor ha evaluado sistemáticamente todas las posiciones en pro y en contra sobre los distintos aspectos del tema, dando su valoración propia u ofreciendo una nueva posición.

Sostiene la tesis de que la conquista española supuso la aniquilación de la riqueza cultural precolombina y provocó también una auténtica hecatombe demográfica. Y todo ello se hizo, dice el autor, para implantar una cultura unitaria y unificadora, la de los vencedores. Los españoles contemplaron la riqueza cultura y racial que encontraron en las Indias con unos ojos reductores que sólo vieron “el indio”, sin entrar ni en matices ni en distinciones.

Sin embargo, Esteba Mira lo mismo que pone de relieve los valores de las civilizaciones precolombinas, también pone de manifiesto sus graves defectos, a la vez que demuestra que la conquista española tuvo muchos puntos de contacto con su paralela la anglosajona y que los caracteres de ambas tuvieron más que ver con los condicionamientos de la época que con la idiosincrasia propia. Aunque viene a decir en varias ocasiones que la explotación del hombre por el hombre en un fenómeno universal en el espacio y en el tiempo.

Sigue con un análisis de la legislación protectora de indio llevada a cabo por los Austrias, aunque demuestra que se acató pero pocas veces se cumplió. Carga la culpa mayor de tal circunstancia sobre los españoles afincados en las Indias, pero también señala que la Corona adoptó una posición demasiado pasiva ante los atropellos, por miedo a la reacción de aquellos españoles, que controlaban allí casi todos los resortes de poder.

Rechaza la posición oficial de la Corona española para quien la razón justificativa de la conquista y de la colonización fue la evangelización de los indios y encomia la labor evangelizadora de la Iglesia, sobre todo de los dominicos y algunos franciscanos. Aunque también señala que el clero contemporizó frecuentemente con la situación de explotación imperante y protagonizó la eliminación de las religiones anteriores, en un claro proceso de alienación cultural.

Hace un minucioso examen de la praxis conquistadora en la que pone de manifiesto la superioridad tecnológica y psicológica de los españoles sobre los indios, la política de terror aplicada por los primeros para consolidar su poder en un enorme mundo indio en donde los conquistadores fueron una exigua minoría, y después expone el triste destino de unos y otros en muchos casos.

Igualmente evalúa con detalle el proceso de colonización posterior. Resalta el genocidio que trajo la misma para numerosos grupos amerindios, pone de manifiesto las vejaciones y la esclavitud colectivas que sufrieron los indios a manos de los encomenderos y explica cómo la eliminación de las élites precolombinas fue un método de control de la población.

En las conclusiones finales el profesor Esteban Mira afirma que la conquista supuso un coste muy elevado para los indios, pues sufrieron una durísima merma demográfica, perdieron su mundo y además no mejoraron su calidad de vida. También cuestiona el beneficio real que España obtuvo de esta conquista y colonización que supuso una sangría migratoria para ella y favoreció el hundimiento de su economía.

Añade que la explotación de los indios es una estructura de larga duración que ha llegado a nuestros días pasando por encima incluso de la independencia de las naciones iberoamericas a principios del siglo XIX. Por último propone debatir sobre si fue posible otro tipo de comportamiento y de relación más civilizada y humana con los indios por parte de España. El autor de este libro opina que sí.

 

 

 

Miguel Ángel Naranjo Sanguino

-Reseña publicada en la Revista de Estudios Extremeños, 2010.

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PENSAMIENTOS CONTRA EL PODER

VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Pensamientos contra el poder. Villafranca de los Barros, Imprenta Rayego, 2010. I.S.B.N.: 978-84-693-5372-11

 

           Nueva entrega del profesor villafranqués Juan Pedro Viñuela. La estructura de este ensayo es original adoptando la forma de diario de clase, curso 2009-2010. Ello le permite afrontar decenas de ideas que fueron surgiendo en el devenir diario. Incluye reflexiones relacionadas sobre temas de actualidad que fueron surgiendo así como comentarios sobre libros y lecturas que fue leyendo. Para mí, el gran valor de esta obra consiste en su lucha contra la mentira y la hipocresía, proceda de quien proceda. Se trata de uno de los pocos intelectuales actuales a los que no se les nota ninguna afiliación política concreta. Su crítica no se dirige contra un partido político ni contra una tendencia ideológica sino contra el poder, lo ostente quien lo ostente. Ese es el verdadero trabajo intelectual del filósofo como afirma el autor, lo que a veces lleva aparejado un pernicioso aislamiento intelectual.

            Los temas tratados son tantos y tan variados que sería imposible ni tan siquiera relacionarlos en estas pocas líneas. Por ello, me centraré en algunos de los que me han llamado más la atención. Dedica decenas de páginas al análisis de la crisis económica actual, trascendiendo incluso a sus posibles soluciones. Interesantes son sus apuestas en torno al ecosocialismo. Para él la única salida para evitar una catástrofe no muy lejana es, por un lado, el decrecimiento sostenible y, por el otro, la redistribución. Estoy totalmente de acuerdo con el autor cuando delata que el actual capitalismo neoliberal nos está llevando a un callejón sin salida, es decir, a una mayor desigualdad en el mundo y al agotamiento de los recursos. Es obvio que el actual consumismo ilimitado es un modelo insostenible que nos terminará pasando factura.

            Otra de las grandes ideas del libro es la del relativismo cultural en la que el autor abunda en varias ocasiones. Existe la idea generalizada que las personas somos libres para decir y hacer lo que queramos. Pero esto no es más que un tremendo error: no todo tiene el mismo valor epistemológico. Hay actuaciones y opiniones no sólo equivocadas sino también peligrosas y, por tanto, como indica el autor, deben ser combatidas. No podemos olvidar que nuestra libertad individual acaba donde empieza la libertad del prójimo.

            La política, los políticos y los peligros que acechan a la democracia actual son otros temas largamente analizados en el libro. El autor lanza duros ataques a la política que a su juicio lleva implícita la corrupción y a los políticos cuyo principal objetivo no es el bien público sino alcanzar a toda costa el poder. Unos políticos que no viven para la política sino de la política. Censura a todos los gobernantes, lo mismo de derechas que de esa izquierda que él llama light, con capacidad para acceder al poder.

De gran interés son sus reiterados comentarios sobre el sistema educativo y la pérdida de la virtud y la excelencia que a su juicio han sido sustituidos por el concepto unitario de la mediocridad. Según el autor, educación para todos no significa devaluación de los contenidos como ha ocurrido lo que unido a la falta de autoridad del profesor provoca un verdadero caos educativo. Aunque su argumento es básicamente cierto, sostengo cierta discrepancia, pues, a mi juicio tanto la LOGSE como las leyes educativas posteriores, pese a que en algunos aspectos pueden ser mejoradas, supusieron un salto adelante en la democratización de la enseñanza. Todavía recuerdo el elitismo de los años setenta donde los más desfavorecidos tenían muy escasas posibilidades de acceder al sistema educativo. Actualmente, aunque muchos jóvenes lo desaprovechen, nos queda la tranquilidad de que todos, tengan el origen social que tengan, pueden acceder sin dificultad a una educación de más o menos calidad. Se trata de uno de los grandes sueños de algunos pensadores y políticos del primer tercio del siglo XX que se ha visto, por fin, cumplido.

Pese a tanta lacra, el profesor Viñuela se muestra relativamente optimista. A su juicio, aunque actuaremos tarde, el propio agotamiento del planeta así como la inviabilidad del capitalismo y del liberalismo nos llevarán a un cambio forzoso. Una profunda transformación que finalmente hará triunfar los viejos valores ilustrados, incluyendo el más olvidado de todos, la fraternidad. El autor defiende el cosmopolitismo frente al nacionalismo pues este último siempre lleva implícito la exclusión. Todas las personas somos iguales en dignidad y todos tenemos los mismos derechos sobre el planeta en el que vivimos. A fin de cuentas el hombre no es ningún protagonista destacado del universo sino un ser vivo más. El universo existía antes que nosotros apareciéramos y seguirá existiendo después de nuestra extinción que, antes o después, llegará.

            A mi modo de ver, esta obra presenta un conglomerado de ideas de la máxima actualidad que nos puede ayudar a entender los principales problemas de nuestro mundo. Una reflexión brillante aunque también valiente y arriesgada porque sus críticas alcanzan a todos los poderes fácticos, tanto a la Iglesia como al Estado. Sin embargo, como diría su autor, cueste lo que cueste y pese a quien pese, todo pensamiento debe ir frente a la verdad absoluta impuesta desde el poder.

Esteban Mira Caballos

1Esta reseña se ha publicado en la revista Ars et Sapientia (Cáceres, 2010)

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ESPAÑA EN SU CENIT (1516-1598)

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NADAL, Jordi: España en su cenit (1516-1598). Un ensayo de interpretación. Barcelona, Editorial Crítica, 2001, I.S.B.N.: 84-8432-180-0. 170 págs.

 

 

Después de una vida dedicada a la Historia de la Economía, aportando valiosísimos trabajos, el profesor Jordi Nadal nos ha sorprendido con un nuevo libro en esta ocasión referente a ese apasionante período de la Historia de España que Domínguez Ortiz denomina "el gran siglo". No obstante, el libro no abarca exactamente toda la centuria decimosexta sino exactamente los reinados del Emperador Carlos V y el de su hijo Felipe II, es decir, desde la llegada al trono de aquel, en 1516, hasta el fallecimiento de éste, en 1598.

El volumen está formado por diecisiete ensayos, referentes a distintos aspectos relacionados con dicho período histórico, completados por una breve introducción y un índice, etiquetado como onomástico pero que también hace las veces de topográfico. Está redactado sin aparato crítico, es decir, sin notas a pie de página ni bibliografía, y con una prosa amena y sencilla, comprensible para cualquier persona no especializada. De esta forma el autor logra su objetivo, explícito en la introducción, de aportar algunos comentarios a cuestiones cardinales de la época que verdaderamente consiguen suscitar -como él pretendía- la reflexión del lector.

Empieza el libro, como no podía ser de otra forma, con un ensayo dedicado al Imperio de Carlos V. Éste concentró enormes territorios en su persona, procedentes tanto de sus abuelos paternos, Maximiliano y María de Borgoña, como de los maternos, Fernando de Aragón e Isabel de Castilla. Y se fija el autor en un aspecto muy concreto, es decir, en la influencia que tuvo siempre en el Emperador el hecho de que el legado de su abuela paterna careciese precisamente de su núcleo esencial, el Ducado de Borgoña, arrebatado por Francia en el último cuarto del siglo XV. Según el autor, gran parte de la enemistad que Carlos V mantuvo con la Corona gala se debió a su pasado borgoñón. Por otro lado, se insiste en que fueron las circunstancias, y concretamente la gran cantidad de territorios que heredó, los que obligaron a Carlos V a adoptar la institución imperial, a la que dotó de contenido, en base a su ideal de república cristiana.

Otra de las cuestiones controvertidas a las que el profesor Nadal aporta su propia interpretación es a las causas que llevaron al Emperador a convertir a Castilla en el "pivote de su imperio". Probablemente pesaron decididamente tanto su ubicación geográfica, entre el mediterráneo y el pujante atlántico, como su buena situación política, desde la época de los Reyes Católicos.

Pero la creación de una monarquía absoluta moderna requería sobre todo una administración y un ejército eficiente. Y obviamente, la clave para conseguir estos dos elementos residía en la disponibilidad continua de dinero para sustentarlos. Según el autor, Carlos V se encontró para ello con dos graves obstáculos, a saber: uno, la existencia de amplias jurisdicciones señoriales, y dos, la corrupción del funcionariado que, a diferencia de lo que ocurría en Europa, era de baja extracción social. Pero el gran problema, tanto del Emperador como de su sucesor, fue siempre la balanza comercial negativa, derivada de los excesivos gastos destinados al mantenimiento del ejército. Esto provocó el recurso continuo al crédito, bien en forma de juros al siete por ciento, cuando se trataba de pequeñas cantidades, o de prestamos, concertados con grandes banqueros, al treinta y hasta al cincuenta por ciento de interés. Además, la llegada del metal precioso trajo consigo una revolución de los precios que desencadenó en breve tiempo el hundimiento de las manufacturas castellanas. Estos dos elementos: los gastos desmesurados en tropas y la quiebra del artesanado, dada su incapacidad para competir con los precios de los productos europeos, provocó a medio plazo el inicio del declive del imperio español.

Igualmente se analiza el afán hidalguista de la sociedad española. Afirma el autor que lo que sorprendía en el extranjero no era la existencia de hidalgos, que a fin de cuentas era un fenómeno europeo, sino su excesivo número. Aproximadamente el doce por ciento de la población española logró el reconocimiento de algún tipo de hidalguía, consiguiendo de esta forma la ansiada exención fiscal. Una dura lacra para España, pues, excluyendo a los disminuidos físicos -un 10 por ciento de la población- a los hidalgos, a los eclesiásticos, a las mujeres, a los niños y a los ancianos quedaban exclusivamente 1.350.000 tributarios para sufragar las necesidades imperiales.

No podía omitirse en esta obra el análisis de un fenómeno tan "genuinamente hispánico" como el erasmismo y el movimiento de los alumbrados. Una corriente religiosa heterodoxa que fue duramente reprimida y aniquilada y de cuyas cenizas aparecería posteriormente la Compañía de Jesús. Bajo Carlos V, y sobre todo bajo Felipe II, la Inquisición actuó con dureza sobre todos los brotes sospechosos de protestantismo en España.

En cuanto a la política internacional afirma Jordi Nadal que, pese a la apariencia, durante buena parte del siglo XVI el mediterráneo continuó siendo el epicentro de la política española. Y es cierto que Carlos V mostró siempre un gran interés por el dominio del mediterráneo en contraposición a la escasa atención que prestó a las colonias americanas. Un interés que se plasmó en las rivalidades con los turcos y en las pretensiones sobre Italia, territorio que se disputaron España y Francia. Sin embargo, a nuestro juicio, con Felipe II, el interés por las Indias y sobre todo por las remesas de metal precioso que, no en vano, eran el auténtico sostén del Imperio, hizo que el epicentro se trasladase decididamente a la vertiente atlántica.

Como es bien sabido, las Indias fueron vinculadas a la Corona de Castilla. Escribe el profesor Nadal que la prohibición del paso de aragoneses se prolongó hasta 1525 y posteriormente se reimplantó en 1538. El hecho parece dudoso, la prohibición oficial duró efectivamente hasta la expedición de una Real Cédula, fechada el 10 de noviembre de 1525, en que se autorizó el paso de cualquier persona del Imperio "como lo pueden hacer los naturales de estos nuestros reinos de Castilla y León". Y no hubo más prohibiciones, aunque sí recelos ocasionales de los colonos que protestaban por las intromisiones, alegando -como escribía Fernández de Oviedo- que fueron los castellanos los que descubrieron las Indias, "y no aragoneses, ni catalanes, ni valencianos...".

Los últimos ocho capítulos se dedican al reinado de Felipe II, abarcando aproximadamente la mitad del libro. Un monarca polémico del que se ha dicho lo mejor y lo peor. Fue un cristiano convencido que invirtió un buen número de caudales en la evangelización del continente americano. Tuvo un gobierno personalista que provocó una lentitud burocrática que perjudicó seriamente al Imperio. Afirma el autor que Felipe II sentía una gran desconfianza hacia los hombres, de ahí su intento desesperado y agónico por controlar personalmente la administración de su Imperio.

En lo referente a la política internacional mostró un gran empeño en la anexión de Portugal, motivado no solo por el viejo sueño de la unidad peninsular sino también por la importancia estratégica de la fachada oeste para la consolidación de las rutas comerciales atlánticas. Afirma Nadal que se ha censurado a Felipe II no haber trasladado la capital a Lisboa. Sin embargo, todo parece indicar que nada hubiera cambiado con esa medida. Desde muy pronto se vio que la unión duraría poco, sobre todo porque había llegado demasiado tarde, cuando el sentimiento luso como pueblo estaba plenamente consolidado y arraigado entre la población. Algo parecido ocurría con la región de Flandes, donde el empeño de Felipe II por conservarla a toda costa provocó luchas encarnizadas de las que a la larga el prestigio de Felipe II quedó seriamente dañado.

Para el dominio del Imperio se necesitaba una gran armada, como la que llegó a poseer Felipe II. Sus armadas fueron las más poderosas de su tiempo. El desastre de la invencible, en 1588, se debió a una serie de acontecimientos encadenados que hicieron que solo regresaran de la empresa sesenta y seis buques de los ciento treinta y uno enviados. La muerte del marino más preparado de su tiempo, Álvaro de Bazán, Marqués de Santa Cruz, las tormentas, las mareas de cuadratura de los puertos flamencos y otras adversidades llevaron a la Armada al desastre. El profesor Nadal cita una frase muy conocida de Felipe II que resume muy bien lo ocurrido: "Envié mis naves a luchar contra los hombres, no contra los elementos". Frente a lo que han defendido algunos historiadores, sobre todo ingleses, la derrota de la Armada Invencible no supuso el declive del dominio español de los mares hasta el punto que se sabe que, poco antes de su muerte, Felipe II tenía preparada una nueva armada con la que volver a intentar el asalto de Inglaterra.

Y estos son algunos de los aspectos relevantes que nos ha inspirado la lectura de este libro. No obstante, estas pocas páginas mías no agotan su contenido en el que el lector interesado en la Edad Moderna Española encontrará muy sugerentes ideas con las que profundizar en el controvertido y a la vez apasionante siglo XVI.

 ESTEBAN MIRA CABALLOS

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