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EL PERIPLO DE LA RAZÓN

MANZANERA SALAVERT, Miguel: El periplo de la razón. El racionalismo musulmán en la Edad Media. Sevilla, Fénix Editora, 2011. ISBN: 978-84-939261-4-4, 263 pp.

            Este libro aborda uno de los grandes mitos de la historia: la creencia generalizada de que el pensamiento racional tiene su origen en el mundo grecolatino, sin conexión alguna con las grandes civilizaciones medievales. El Renacimiento, uno de los grandes hitos de la Historia –eso es indudable- se nos presenta como un renacer de la sabiduría clásica, olvidada durante la oscura época medieval. En esta premisa falsa, se sustenta todo el pensamiento eurocentrista y la supuesta superioridad indoeuropea.

            A mí siempre me pareció sospechosamente falsa la idea de que el Renacimiento saltara diez siglos atrás para beber directamente de las fuentes antiguas. Realmente, lo que hizo fue tomarla de la sabiduría islámica y judía que habían mantenido vivo durante siglos el racionalismo. Como afirma el autor del libro, la gran revolución científica del Renacimiento no se puede explicar sin las aportaciones de la ciencia islámica, especialmente entre los siglos VII y XII de nuestra era.

            Sin embargo, la exclusión de la ciencia islámica y judía de los orígenes del racionalismo occidental no fue casual, sino que supuso un intento –logrado por cierto- de falsear conscientemente la Historia para fundamentar la superioridad de Occidente. Ese ha sido uno de los pilares del llamado choque de civilizaciones, utilizando los términos de Samuel P. Huntington.      

            El gran merito de la obra del profesor Manzanera consiste en haber demostrado, con un análisis minucioso, que la conexión entre el racionalismo renacentista y el antiguo se hizo a través de la sabiduría judía y, sobre todo, islámica. De esta forma, se le otorga la importancia vital que tuvo el islam y, muy particularmente, la brillante civilización de Al-Andalus, en la configuración del racionalismo moderno y contemporáneo.  

            La dialéctica, es decir, el diálogo entre distintos puntos de vista, surgió en la Grecia clásica, donde además se desarrollaron avances científicos en áreas como la lógica, la política, la metafísica, la ética o la biología. Todos estos conocimientos, junto a la razón misma, se extendieron durante la época helenística, cuando Alejandro Magno creó un efímero imperio que se extendía desde Egipto al río Indo. Por tanto, fue entonces cuando todo ese saber clásico se extendió por una buena parte de las civilizaciones mediterráneas. La Biblioteca de Alejandría es un buen ejemplo de ese saber, con epicentro en el norte de África y en oriente próximo. Unos siglos después, fue Al-Andalus la que experimentó un extraordinario desarrollo no sólo agrícola y artesanal sino también científico. Y es que en esos territorios la ciencia aristotélica se perpetuó durante siglos. Los sabios musulmanes bebieron directamente de las fuentes clásicas, dando un nuevo impulso científico en materias muy variadas como la filosofía, la astronomía, la geografía, la medicina, las matemáticas, la biología, la lógica, etc. Como bien demuestra Miguel Manzanera, el pensamiento racional no sólo no se perdió en el medievo –como sostiene la historiografía tradicional- sino que al menos en el Mediterráneo oriental aumentó considerablemente su acervo.

             El Islam contribuyó de manera decisiva en esa expansión del racionalismo, dado el ambiente de tolerancia que vivió en sus primeros siglos. De hecho, se trató de una herejía tolerante, que no tuvo dificultades para extenderse por territorios donde la población estaba harta de la rigidez dogmática del cristianismo. No olvidemos que el cristianismo, que había nacido como una religión revolucionaria que defendía el amor al prójimo, no tardó en alejarse en la praxis de estos ideales para convertirse en una institución de poder. Eso fue aprovechado por el Islam que permitía –y contra lo que pueda pensarse, todavía permite- una mayor libertad de conciencia, al menos en cuestiones dogmáticas. Ello creó un caldo de cultivo idóneo para el desarrollo del pensamiento y de la investigación científica, especialmente hasta el siglo X o XII d. C. Desde esa fecha, también en el seno del Islam se generó una gran intransigencia, probablemente provocada por la lucha feroz con el cristianismo, que terminó afectando al racionalismo. Sobrevivió en Al-Andalus, pero ese enorme saber desapareció en parte con la Reconquista, que supuso una verdadera tragedia en términos científicos y culturales. No olvidemos las quemas de libros decretadas por orden del cardenal Cisneros a principios del siglo XVI, así como las persecuciones y expulsiones de judíos primero y de musulmanes. 

            El libro, en definitiva, otorga un papel destacado a los filósofos, pensadores y científicos, no sólo islámicos, sino también judíos e, incluso, chinos e hindúes. El Renacimiento bebió directamente de ellos, por lo que es oportuno decir que el racionalismo actual es heredero no sólo del pensamiento grecolatino sino también de la cultura oriental, especialmente de la islámica. Dicho de otra forma, el Renacimiento fue posible gracias a la asimilación del saber oriental por parte de occidente. La sabiduría islámica actuó de puente entre el racionalismo grecolatino y el moderno.

            A mi juicio estamos ante un gran libro, pues desmonta uno de los grandes mitos de la cultura occidental. La Historia se ha construido durante siglos en base a mitos y creo que es hora ya, en pleno siglo XXI, de desmontarlos y de conocer la verdad.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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HERNÁN CORTÉS. EL FIN DE UNA LEYENDA

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MIRA CABALLOS, Esteban: Hernán Cortés, el fin de una leyenda. Trujillo, Editorial Palacio de los Barrantes Cervantes, 2010, en Revista de Estudios Históricos, del Instituto Chileno de Investigaciones Genealógicas, Nº 53. Santiago de Chile, 2011, pp. 361-363.

El autor, Esteban Mira Caballos, de nacionalidad española, natural de Carmona, es actualmente profesor de historia. Se licenció en 1990 en Geografía e Historia en la Universidad de Sevilla, doctorándose en Historia de América en la misma universidad en 1995.

Se ha especializado en el estudio de las relaciones entre España y América en el siglo XVI, teniendo 16 libros publicados y 30 ponencias en congresos españoles e internacionales. Asimismo, alrededor de 60 artículos suyos han sido dados a conocer en revistas relacionadas con la historia, tanto españolas como extranjeras. Actualmente, ayuda a la Academia de la Historia de España en la preparación de biografías para el Diccionario Biográfico Español, como asimismo, a la Academia Dominicana de la Historia, de la cual es miembro correspondiente, en la elaboración de una Historia General de la Nación Dominicana.

En el libro que comentamos, dividido en 11 capítulos, conclusión, bibliografía y apéndices, se analiza con detención la figura y obra de Hernán Cortés a la luz de archivos españoles y americanos consultados por el autor. La personalidad de Cortés, sus ancestros, su familia, su religiosidad, su relación con la corona española y con sus representantes en América, su vida y obra en Méjico, particularmente la conquista del imperio azteca, sus iniciativas posteriores, el regreso a España y muerte, son entre otros temas tratados de forma acuciosa por el autor.

Asimismo, se incluyen numerosos documentos como los ingresos anuales de Martín Cortés (padre del conquistador de Méjico) a principios del siglo XVI que demuestran que en ningún caso se trataba de una persona carente de recursos, de procedencia geográfica de los hombre de Cortés, la relación detallada de los componentes identificados de la expedición de Cortés, numerosas cartas dirigidas por Cortés al Emperador y al Consejo de Indias, varios relativos a la condición de hidalgos de la familia Cortés y la genealogía de Catalina Pizarro Altamirano, madre del conquistador.

En todo caso, lo que de preferencia nos interesa está tratado en los capítulos IV, “su familia en la Extremadura bajomedieval”, y V, “nacimiento, infancia y juventud”, donde se analizan los antecedentes familiares de Cortés y sus antepasados, la posición social y económica de su familia en la entonces Castilla de fines del siglo XV y la primera mitad del siglo XVI y que nos permite tener un conocimiento más preciso del entorno familiar del conquistador de Méjico. Asimismo, resulta de interés para Chile por la posible relación familiar que pudiese existir entre el conquistador de Méjico y Pedro Cortés Monroy quien llegó a Chile, como soldado, en 1557 y culminó su carrera militar como Maestre de Campo General del Ejército de Chile, constituyéndose en uno de los conquistadores más notables que llegaron a nuestro país, tronco de viejos linajes serenenses y genearca de la sociedad chilena.

Esteban Mira Caballos en su obra sobre Cortés, desautoriza a diversos investigadores que hacen descender a su familia de un abuelo paterno Monroy casado con una María Cortés, la cual nunca habría existido; como de otros que le asignaron por varonía paterna la de Rodríguez de las Varillas. Según sus investigaciones, el más remoto antepasado conocido de Cortés por línea de varón es su bisabuelo Nuño Cortés, vecino del Reino de León, al parecer residente en Salamanca y a quien cataloga como “probablemente hidalgo”. Hijo suyo y por consiguiente, abuelo de Hernán Cortés fue Martín Cortés el viejo, quien debe haber nacido en Salamanca, quien hacia 1431 participó en incursiones sobre la vega de Granada, tomando parte en la batalla de Higueruela el 1 de julio de ese año, oportunidad que vencieron las tropas comandadas por Juan II de Castilla, quien dos días después, el 3 de julio, armó al abuelo de Cortés, Caballero de la Espuela Dorada. Con posterioridad residió en Medellín donde tenía su casa solariega y en Don Benito donde tenía las tierras, las que le habrían sido otorgadas por sus servicios militares.

Según el autor, de las tres formas de caballería que había en Castilla la Espuela Dorada era la superior y solo se otorgaba a los hidalgos, motivo que probaría que Martín Cortés el viejo había nacido bajo esa condición de nobleza media, superior al hidalgo pero inferior a la nobleza titulada. El Caballero de la Espuela Dorada estaba obligado a mantener armas y caballos para salir en defensa de su rey. Precisamente este hecho constituyó un problema, según Mira Caballos, para los hijos y nietos de Martín Cortés, por haberse diluido el patrimonio familiar, tanto por lo numerosa de su descendencia como por la pobreza general que experimentó en esa época la comarca de Medellín, lo que provocó que muchas veces sus descendientes no pudiesen hacer frente a las obligaciones que implicaba pertenecer al estamento de los caballeros como concurrir con armas y caballos propios en los hechos de armas. Al no poder hacerlo, los descendientes de Martín Cortés el viejo, en numerosas ocasiones, incluso en el siglo XVII, tuvieron que solicitar en el concejo de Medellín y de Don Benito que no los eliminasen del padrón de hidalgos. Por esta circunstancia el padre del conquistador de Méjico habría tomado parte en la conquista de Granada como simple soldado de infantería, lo que sin embargo no implicaba que fuera pobre sino que carente de medios, según el autor, ya que contaba con varias propiedades agrícolas en el lugar de su residencia, además de casas en Medellín y en Don Benito pero que sin embargo en determinados períodos de su existencia no le permitieron mantenerse de acuerdo a su condición social.

Para Mira Caballos, Martín Cortés el viejo se habría casado con una Monroy a la que cataloga como una familia de abolengo, teniendo el matrimonio seis hijos, cuatro hombres y dos mujeres, además de por lo menos una hija nacida fuera del matrimonio. El mayor fue Hernán Cortés de Monroy, quien reclamó para si el privilegio de caballería. El segundo, Juan Cortés de Monroy, padre de Francisco Cortés, natural de Don Benito y activo en Méjico en 1518. El tercero se llamó Alonso quien, en 1500, era vecino de Don Benito, casado y con al menos dos hijas, y el cuarto fue Martín Cortés de Monroy, padre del conquistador, nacido alrededor de 1449, casado con Catalina Pizarro Altamirano, de antiguas familias hidalgas de Trujillo, siendo Hernán Cortés al parecer el único hijo hombre. Desafortunadamente, las mujeres no las menciona salvo la media hermana de su padre Inés Gómez de Paz, casada con Francisco Núñez Varela, profesor universitario en Salamanca, en cuya casa vivió el conquistador cuando asistió a esa universidad.

En lo que respecta al interés para nuestro país de esta obra, cabe señalar que al tratar el parentesco de los Cortés con los Monroy menciona que dispone de la partida de bautismo de Pedro Cortés de Monroy, celebrado en la parroquia de la Zarza de Alange el 15 de abril de 1536, “hijo de Juan Regas, natural de la Zarza y María Mateos y Cortés de Monroy, natural de Medellín”, lo que expresa que debe haber sido hija de una hermana de Martín Cortés de Monroy y por consiguiente, prima hermana del conquistador de México, el cual no es otro que nuestro conocido conquistador llegado a Chile en 1557 y quien según ello, sería sobrino en segundo grado de Hernán Cortés.

De acuerdo a esos antecedentes, Cortés de Monroy, conquistador en Chile tendría un posible origen hidalgo y no de pechero, condición que siempre se le ha otorgado y que además, fue refrendada por el Consejo de Órdenes cuando su segundo hijo solicitó el hábito de Santiago y dicho Consejo dictaminó que el solicitante era nieto de hombre llano y pechero llamado Juan Borregas, que es el mismo Juan Regas antes indicado. Asimismo, llama la atención que la descendencia de Pedro Cortés de Monroy jamás invocara su parentesco con Hernán Cortés, el conquistador de Méjico. Esperamos, en todo caso, que este probable parentesco origine a nuevos estudios sobre el tema.

 

Manuel José Ureta Álamos

Miembro de Número

Instituto Chileno de Investigaciones Genealógicas.

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HAY ALTERNATIVAS. PROPUESTAS PARA CREAR EMPLEO Y BIENESTAR SOCIAL EN ESPAÑA

NAVARRO, Vicenç, Juan TORRES LÓPEZ y Alberto GARZÓN ESPINOSA: Hay alternativas. Propuestas para crear empleo y bienestar social en España. Madrid, Ediciones Sequitur, 2011, 225 pp.

    En esta magnífica y clarividente obra se nos presenta un estudio muy completo sobre el origen de la crisis, el fracaso de las medidas neoliberales de austeridad y las posibles alternativas. Los autores son tres economistas que se mueven en una línea de pensamiento alternativo, muy cercana a las reivindicaciones del Movimiento 15M. No obstante, huelga decir que no cuestionan el capitalismo como modelo global, sino que buscan su mejoramiento, situándose en el polo opuesto de las tesis neoliberales y defendiendo una fuerte intervención estatal.
    En el prólogo, Noam Chomsky comienza hablando de la tendencia mundial a la  polarización social. Es decir, hay una minoría que está concentrando la riqueza y el poder mientras que el grueso de la población se empobrece. Una realidad que, si ningún cambio radical lo impide, se irá acentuando progresivamente en las próximas décadas.
    El detonante de la crisis fue la crisis financiera iniciada en 2008 por la banca estadounidense, que no tardó en extenderse a todo el mundo. Ello provocó, a su vez, el cierre del grifo del crédito, con la consiguiente caída de la actividad económica, lo que  redujo drásticamente la recaudación estatal y multiplicó el déficit. En el caso particular de España, todo esto se ha visto agravado por unas condiciones particulares, como el endeudamiento previo del Estado y de las familias, así como la burbuja inmobiliaria. La coincidencia de la crisis financiera mundial, con los problemas intrínsecos del país, le ha colocado al borde del abismo. Lo que algunos han denominado terrorismo financiero de los mercados, amenaza con arruinar a España y repartirse sus despojos. La Unión Europea se tambalea.   
    Ante esta situación, la respuesta de los países desarrollados, sometidos a la dictadura de los mercados, ha sido emprender una política de ajustes económicos, consistentes básicamente en la reducción de los salarios públicos y privados y en una disminución considerable del gasto social. Lo cual está provocando, a corto plazo, un aumento de la tasa de población que vive en el umbral de la pobreza y una reducción del poder adquisitivo de las clases medias. De hecho, los autores aportan un dato demoledor: 1.400 personas en España acaparan el 80,5% del PIB nacional. Es decir, el 0,0034% de la población acumulan más de cuatro quintas partes de la riqueza. Y lo peor de todo, es que las recetas neoliberales sólo van a conseguir acentuar aún más esta brecha social. La competitividad no aumentará bajando los salarios. De hecho, en España son más bajos que en los países ricos de la Unión Europea y no por ello el país es más competitivo. Es posible mejorar la competencia bajando precios de venta y no los salarios.
      A nivel mundial, la situación es aún más catastrófica, hay 2.400 millones de personas por debajo del umbral de la pobreza, y la cifra tiende a aumentar por el descenso acusado de la ayuda de los países desarrollados al llamado Tercer Mundo.
      El objetivo final de este libro es demostrar que hay alternativas mucho más justas y eficientes para salir de la crisis. De hecho, citan a grandes economistas, como Joseph Stiglitz o Paul Krugman, que se oponen a los planes de austeridad porque, según ellos, no harán otra cosa que prolongar durante años la recesión económica, agravando los padecimientos de la clase trabajadora.
       Como alternativa a la política económica neoliberal, los autores presentan más de un centenar de propuestas de toda índole, unas aplicables a España y otras al mundo. En ellas se reivindica desde una democracia participativa a una redistribución de la riqueza a nivel mundial y una economía al servicio de las personas y no de los poderes fácticos. Nosotros hemos agrupado algunas de ellas en cinco grandes bloques, que a mi juicio son las más importantes:
     Una, el fortalecimiento del mercado interno, mejorando el poder adquisitivo de los trabajadores. Se trata justo de lo contrario que se está haciendo, es decir, de estimular moderadamente la economía, evitando las políticas radicales de austeridad, aplicadas por el gobierno actual, que están agudizando la crisis y provocando el aumento del paro.
     Dos, el desarrollo de nuevos sistemas productivos, alternativos al inmobiliario, invirtiendo en energías alternativas, innovación, nuevas tecnologías, cultura, ocio, creación, reciclaje, ecología, agricultura, servicios sociales… En definitiva, un cambio radical del modelo productivo.
     Tres, la reforma del sistema bancario, que a juicio de los autores, se ha demostrado poco fiable. Debe crearse una banca más ética, vigilada de cerca por los organismos internacionales, y en la que se depuren las responsabilidades cada vez que se produzcan abusos. También proponen nacionalizar las Cajas de Ahorros.
      Cuatro, financiar suficientemente el sector público. El problema de España no es el funcionariado que, desde un punto de vista cuantitativo, es inferior al de otros países de nuestro entorno. Así, mientras en España solo el 9% de los trabajadores son funcionarios, en los países más desarrollados de Europa superan el 20%. Las cifras ponen al descubierto el mito de que España es un país de funcionarios.
      Y cinco, atajar la economía sumergida, que supone casi la cuarta parte del P.I.B. y que no contribuye al desarrollo del estado del bienestar.
       El libro tiene un enorme valor, pues pone al descubierto, con datos objetivos, las grandes mentiras del neoliberalismo, y además plantea soluciones concretas con las que mejorar la situación de España y del mundo. Sin embargo, pese a lo que pueda parecer, se trata de medidas que sólo buscan reformar el capitalismo. A mi juicio, ya puestos a soñar, habría que dar un paso más allá y crear un nuevo sistema que no se base en la acumulación de riqueza, en el capital y en la libre competencia. De hecho, el nuevo capitalismo que plantean los autores de este libro, presenta dos graves deficiencias:
      Primera, pretende aumentar el nivel de renta de la población, incrementando el consumo y de paso favoreciendo el crecimiento. Pero, precisamente el consumo y el crecimiento insostenible son dos de las lacras más importantes de nuestro tiempo. No podemos seguir consumiendo en los niveles actuales.
      Y segunda, prácticamente omiten el problema del agotamiento de las energías fósiles lo que provocará un aumento generalizado del precio de los alimentos. Todo ello nos llevará, en pocas décadas, como vaticinó Ramón Fernández Durán, a un colapso del capitalismo con dramáticas consecuencias para la humanidad.
      Por ello, a mi juicio, no basta con reformar el capitalismo sino que urge plantear un nuevo sistema que parta de una revolución ética, y que auspicie la austeridad como forma de vida, el consumo responsable de los recursos del planeta, el respeto por el medio ambiente y la redistribución global y local de la riqueza. Sólo así podremos sentar las bases de un mundo mejor para todos, compatible con el entorno en el que vivimos.


ESTEBAN MIRA CABALLOS


EL RÉGIMEN JURÍDICO DE LAS ARMADAS DE LA CARRERA DE INDIAS

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CABALLERO JUÁREZ, José Antonio: El régimen jurídico de las armadas de la Carrera de Indias. Siglos XVI y XVII. México, U.N.A.M., 1997, 387 pp. (Publicado en Historia Latinoamericana en Europa Nº 24. Torino, 1999, pp. 40-43)

 

            Esta obra, publicada por el Instituto de Investigaciones Jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México, contribuye brillantemente al conocimiento de las Armadas y Flotas de Indias en la Edad Moderna.

            La principal virtud del trabajo es que auna las labores de síntesis sin descuidar la investigación. Así, por un lado, el autor ha compendiado la extensa bibliografía existente sobre la temática que abarca desde las clásicas obras de Clarence H. Haring o Guillermo Céspedes del Castillo hasta las más recientes de Pablo E. Pérez Mallaína, José Luis Rubio, Antonio García-Baquero y Antonio Miguel Bernal entre algunos otros. Sin embargo, por otro lado, ha cotejado esas informaciones con una revisión documental llevada a cabo en varios repositorios españoles, a saber: el Archivo General de Indias, el Archivo del Museo Naval de Madrid, la Biblioteca Nacional y la Biblioteca del Palacio Real.

           El libro se estructura en seis capítulos, más un apartado de fuentes y dos anexos. El primer capítulo lo titula: Génesis y desarrollo del sistema, el cual hace las veces de introducción y síntesis global de lo que desarrollará con detenimiento en el resto del ensayo. Así, pues, en este apartado se traza un bosquejo que abarca desde el mismo Descubrimiento de América, hasta el sistema naval en tiempos de Carlos II. Llama la atención, en un trabajo tan exhaustivo, que en un epígrafe dedicado a la Casa de la Contratación no cite la conocida obra que la investigadora Juana Gil-Bermejo dedicó a la mencionada institución.

           El segundo capítulo analiza las más altas instituciones competentes en la gestión y provisión de las Armadas de Indias. Describe con detalle las competencias propias del rey y las que éste delegaba en el Consejo de Indias, la Casa de la Contratación y la Junta de Guerra de Indias. Como bien afirma el autor, el rey era la cabeza de toda la jerarquía estatal, y sólo él decidía los poderes que delegaba y a qué organismos.

           Seguidamente, en el tercer capítulo, el autor indaga en los mandos de las armadas que eran los siguientes: el capitán general, el almirante, el gobernador del tercio, los capitanes, el veedor y el contador. El capitán general era, como es obvio, la máxima autoridad de la armada, siendo el rey el único que podía investirlo. En cuanto al lugarteniente, era un oficio que apareció en la segunda mitad del quinientos, configurándose desde entonces como el segundo mando de a bordo. Inicialmente era la Casa de la Contratación la que lo designaba por delegación real pero, a partir de 1561, fue el mismo monarca quien expedía el nombramiento. Por su parte, el gobernador del tercio se encargaba de coordinar las tropas de infantería que se encontraban embarcadas. En relación al capitán debemos decir que frecuentemente solía ser el dueño o propietario del navío. Asimismo, solía desempeñar a la vez el cargo de maestre. El capitán tenía la máxima responsabilidad dentro del buque y respondía directamente ante el capitán general. Y finalmente, el veedor y el contador eran dos oficiales cuyo trabajo no estaba tan directamente relacionado con la actividad de la Armada. En realidad, su función estaba dirigidas a salvaguardar los intereses reales; el primero, velando por el cumplimiento de la normativa vigente; y el segundo, registrando cualquier operación que afectara a los fondos, bienes, derechos y obligaciones de la armada, así como de hacer las libranzas que fueran necesarias.

           En el capítulo cuarto, se traza un detenido estudio, por un lado, de la tipología y pertrecho de los navíos, y por el otro, de la tripulación. Realmente, se trata de un capítulo muy extenso -unas setenta y cinco páginas- donde se afrontan dos cuestiones muy distintas. Quizás hubiera sido más correcto haber dedicado el capítulo cuarto al estudio de la tripulación, siguiendo al tercero en el que se trataron los mandos de las armadas, y haber dejado la tipología naval para otro capítulo independiente. Así, pues, en esta densa sección se tratan los distintos tipos de embarcación utilizadas, es decir, naos, galeones, carabelas, carracas y pataches fundamentalmente. Además, no sólo es descrita la tipología sino que además se describe todo el proceso que va desde la fabricación hasta su precio o su puesta a punto. El apresto de una nave consistía no sólo en dotarla de todos los petrechos y jarcia necesaria para su buena navegación sino también en mantenerla en buen estado. Si necesitaba una reparación a fondo se carenaba, mientras que si tan sólo hacía falta un repaso superficial se daba de lado, según la terminología de la época. Como ya hemos afirmado, en este mismo capítulo se hace un detallado examen de todo lo relacionado con la tripulación, es decir, alistamiento, salario, servicios que prestaba y privilegios. El capítulo termina con una breve narración de la vida y la muerte a bordo del navío.

          El capítulo quinto, está dedicado íntegramente a los aspectos relacionados con la navegación, a saber: los puertos -tanto peninsulares como indianos-, las derrotas, el calendario de actuación, el orden del convoy y las funciones de las distintas armadas indianas.

          Y finalmente, en el sexto capítulo -más reducido que los anteriores- se analiza la financiación de las armadas. Una especial atención se presta al estudio de la avería, impuesto esporádico de viejos orígenes castellanos que gravaba con un porcentaje las mercancías que iban o venían de las Indias a los puertos andaluces. Como han escrito recientemente las profesoras del Vas Mingo y Navarro Azcue, su fin último era reducir el riesgo del transporte marítimo contra peligros no cubiertos por los seguros marítimos ordinarios.

          El libro se cierra con varios apéndices documentales, donde destaca una relación bastante completa de los distintos viajes de las armadas de Indias entre 1521 y 1599. En esta relación se especifica la fecha, el tipo de armada, el nombre de su general o almirante, así como algunas observaciones esporádicas.

          Creo que el libro de Juan Antonio Caballero constituye un aporte fundamental para la historia naval de España y América. Un tema difícil porque cubre nada menos que dos siglos de navegación ultramarina, con dos grandes escollos a salvar: las lagunas existentes -que han sido solventadas con una investigación propia- y la abundantísima bibliografía que el autor ha sabido sintentizar.

           Pocas son, por tanto, las críticas que se pueden hacer a esta obra. Tan sólo queremos mencionar alguna ausencia bibliográfica y documental. En cuanto a lo primero, debemos señalar que no aparecen algunos trabajos clásicos y a la par fundamentales de Rumeu de Armas, Carlos Martínez Campos y Ricardo Cerezo Martínez. Asimismo, cuando se refiere a los navíos de aviso omite algunas publicaciones monográficas de la investigadora Antonia Heredia. Y en lo que se refiere a la documentación se percibe la ausencia del Archivo General de Simancas, que posee un material relativamente abundante para este tema de investigación en las secciones de Secretaría de Estado, Guerra y Marina y Consejo y Juntas de Hacienda. A pesar de estas pequeñas observaciones, podemos concluir que estamos ante un libro bien escrito y a la vez sólido, recomendable no sólo para los investigadores de los temas navales sino para cualquier interesado en la temática histórica.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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NI UNA GOTA DE SANGRE IMPURA

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STALLAERT, Christiane: Ni una gota de sangre impura. La España inquisitorial y la Alemania nazi cara a cara. Barcelona, Galaxia-Gutenberg, 2006, 537 págs.

 

La antropóloga belga Christiane Stallaert, siguiendo el camino iniciado unos años antes por el discutido historiador israelí Benzion Netanyahu, ha realizado un novedoso ensayo comparando la España Inquisitorial con la Alemania Nazi, sin importarle el tiempo que media entre ambos acontecimientos. La autora se mueve dentro del comparativismo constructivo que está proporcionando en las últimas décadas grandes frutos. Ya Marcel Detienne nos habló de la necesidad de comparar lo incomparable, sin miedos, porque se podrán obtener de esta forma puntos de vistas interesantes y novedosas interpretaciones. Y efectivamente, este enlace ente pasado y presente lo han llevado a cabo ya numerosos historiadores con sorprendentes y enjundiosos resultados. Por citar algunos ejemplos, Eduardo Galeano comparó el saqueo de los conquistadores con el de los tecnócratas actuales, mientras que Bartolomé Clavero estableció paralelismos entre la destrucción de las Indias en la Conquista con la contemporánea destrucción del Mayab. Este último ha insistido en la perpetuación a lo largo de los siglos, como un fenómeno de larga duración, de la discriminación de los indígenas, que llega a nuestros días, en medio de la apatía y de la pasividad de la mayoría. 

La apuesta de la autora era arriesgada y, de hecho, ha recibido grandes críticas de algunos sectores de la historiografía hispana por entender que la simple comparación era inadmisible y hasta ofensiva. Sin embargo, una lectura sosegada de la obra, nos desvela los grandes frutos que puede ofrecernos la comparación histórica, aunque se trate de acontecimientos tan distantes en el tiempo. Los puentes que establece entre ellos nos ayudan a comprender que, a fin de cuentas,  los intransigentes, los narcisistas y hasta los genocidas comparten aspectos en común, aunque entre ellos medien siglos y hasta milenios. 

Es cierto que hubo diferencias de peso entre ambas realidades históricas, tanto cuantitativas como cualitativas. El genocidio nazi fue la forma más brutal de exterminio del diferente que haya ocurrido en la Historia. De hecho, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos –cinco millones más se salvaron porque les faltó tiempo-, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e incluso alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían ser exterminados. Y obviamente no se trataba de la idea de un demente, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales. En cambio, el objetivo último de la España inquisitorial no era eliminar sino incluir, es decir, integrar a las minorías dentro del más estricto casticismo católico. Asimismo, los españoles se movían más por un afán de unidad religiosa que no por un racismo biológico. El propio Felipe II lo decía con una claridad meridiana: prefiero no reinar a reinar sobre herejes.

Ahora bien, una vez enfatizadas las grandes diferencias entre ambas realidades históricas, conviene reconocer, de acuerdo con la autora, que también hubo aspectos en común. De hecho, ambos fenómenos compartieron una verdadera obsesión enfermiza por eliminar la diversidad –religiosa en un caso y étnica en el otro- y por lograr la más absoluta cohesión social. ¿Hubo racismo en la España Moderna? Los estatutos de pureza de sangre no dejan lugar a la duda. Estos mecanismos llevaban implícitas unas obvias connotaciones racistas –o si se prefiere, protorracistas- , aunque el concepto no tenga el mismo contenido que en la actualidad. Además, aunque no fuera su objetivo inicial, el casticismo español terminó provocando dramáticas exclusiones que terminaron con la expulsión de unos 100.000 judíos y cerca de 300.000 moriscos considerados irreductibles, así como con la destrucción del mundo indígena americano. Además, no podemos cuantificar el silencio y la discriminación que sufrieron miles de personas atemorizadas por el Santo Oficio. Todo ello inspirado, según Stallaert, no tanto en el odio al otro como en un enfermizo sentimiento narcisista de amor a sí mismo.  

 Como podemos observar, no sólo la Alemania nazi dejó víctimas en el camino. Y lo peor de todo, los nazis no consiguieron cumplir su objetivo de limpieza étnica, pero el casticismo español sí, logrando la unidad religiosa del imperio. Como muy bien afirma la autora, actualmente lloramos el genocidio perpetrado contra el pueblo judío, pero ¿quién se acuerda de los moriscos? Nadie; se trata de otra memoria escamoteada, como consecuencia del triunfo del casticismo. 

La obra de Christiane Stallaert me parece excelente porque busca nuevos cauces interpretativos, mediante una metodología novedosa. Probablemente no sea casualidad que los mejores trabajos sobre la Inquisición y sobre el casticismo español estén realizados por autores extranjeros, lejos de los condicionamientos de los historiadores españoles. Pero creo que ya es hora de perder el miedo al pasado; la historia fue la que fue y de eso no es responsable nadie. De lo que se trata es de conocer la verdad histórica, por amarga que ésta sea, y a partir de ahí intentar construir un futuro mejor.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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