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Se muestran los artículos pertenecientes a Enero de 2012.

SANGRE LIMPIA, SANGRE ESPAÑOLA



Jesús Hernández Franco: Sangre limpia, sangre española. El debate de los estatutos de limpieza (siglos XV-XVII). Madrid, Cátedra, 2011, 300 pág.

 

            La temática cuenta ya con una larga trayectoria, que se inició con los pioneros estudios de Antonio Domínguez Ortiz y Albert Sicroff seguidos, algunos lustros después, por los de Gutiérrez Nieto. En los últimos años la temática ha despertado el interés de numerosos historiadores que han ido aportando puntos de vista novedosos, pero nada de la envergadura de la obra que ahora comentamos. Este libro constituye un nuevo hito historiográfico por dos motivos: primero, porque sintetiza magistralmente lo que sabíamos hasta la fecha, y segundo, porque aporta concienzudas reflexiones, fruto de un profundo conocimiento de la materia. Precisamente los planteamientos del autor poseen una gran solidez porque los fundamenta sobre un abanico de fuentes verdaderamente abrumador y sobre una reflexión serena fruto de años de trabajo.

Como es de sobra conocido, estos perniciosos estatutos dieron comienzo en 1449 con la famosa Sentencia pronunciada por Pedro Sarmiento para el concejo de Toledo por la cual los descendientes de conversos fueron privados de cualquier oficio en la ciudad. Al parecer, en un primero momento ni la realeza ni el papado los vieron con buenos ojos. Ello no impidió su desarrollo, haciéndose omnipresentes en los siglos XVI y XVII y prolongando sus tentáculos hasta la Edad Contemporánea. Los llamados cristianos viejos consiguieron discriminar de los altos cargos de la administración a todas aquellas personas teóricamente sospechosas de tener un pasado judío o converso. Y todo con una excusa falsa, es decir, que la mayoría de los cristianos nuevos no sólo no eran buenos cristianos sino que además conspiraban contra la monarquía cristiana. Así, pues, se presentó al neófito como un mal cristiano y un mal súbdito de la monarquía. Una generalización que no se ajustaba a la verdad, pues, aunque hubo algunos conversos que se mostraron inasimilables, la mayoría trató de integrarse felizmente en la sociedad cristiana.

Lo cierto es que los conversos fueron perseguidos por la Inquisición y sus descendientes marginados de la administración, de los más prestigiosos colegios mayores, de las ordenes militares, e incluso, de determinadas congregaciones religiosas, como la jerónima. Fueron considerados, al igual que los judíos, linajes deicidas, con una permanente deuda de sangre. Además implantaron en España una perniciosa tradición, que en algunos sectores sociales ha llegado hasta la Edad Contemporánea, de que sólo la sospecha es suficiente para excluir a alguien. Los estatutos de limpieza sirvieron a los cristianos viejos para limitar la capacidad de los neófitos de acceder a las instituciones castellanas. En ellos había un componente racista, aunque el término no equivalga exactamente al contenido actual. Es por ello por lo que unos hablan de protorracismo y otros, como el profesor Columbus Collado, de racismo cultural.

Los afectados trataron de ocultar su pasado, recurriendo a diversas estrategias: cambio de apellido, mudanza de localidad, falsificación de su propia genealogía, e incluso, comprando testigos que aseverasen su pasado cristiano. Como indica el autor, esas estrategias permitieron al padre de Santa Teresa ocultar su origen converso.

Desde el siglo XVI estos estatutos habían tenido opositores, tan conocidos, como el arzobispo de Sevilla fray Diego de Deza, fray Luis de León, Domingo de Soto, Fernando Vázquez de Menchaca, Gerónimo Cevallos, el licenciado Martín de Cellorigo y el jesuita Fernando de Valdés, entre otros. Concretamente, el franciscano Uceda, en 1586, criticó los estatutos como un medio de los cristianos viejos para conseguir altos puestos de la administración con linaje, disimulando así su falta de méritos. No menos claro fue el licenciado Cellorigo cuando escribió, en 1619, que Jesús vino al mundo a reunir a todos los pueblos bajo las aguas del bautismo, eliminando el odio, justo lo contrario que los cristianos viejos hacían con los conversos. Y no menos elocuente se mostró Fernando de Valdés cuando negó las discriminaciones contra los neófitos alegando que los padres de la Iglesia fueron conversos y no por ello malos cristianos. En el segundo cuarto del siglo XVII, hubo un notable grupo de intelectuales, religiosos y políticos que se posicionó en contra de los estatutos a los que responsabilizaban de privar a la Monarquía de personas talentosas. El Conde Duque de Olivares, descendiente de conversos, intentó una reforma en profundidad para acabar con sus indeseables efectos, pues no hacían más que enfrentar a la sociedad entre cristianos viejos y nuevos, evitando que grandes talentos pudiesen acceder a los altos cargos de la administración. En 1623 expidió una reforma de estas probanzas por la que, entre otras medidas, se prohibían los memoriales anónimos y las murmuraciones, como pruebas acusatorias, como se había venido haciendo hasta ese momento.

Sin embargo, a juicio del autor, que se posiciona con Sicroff y frente a Henry Kamen, los apoyos al sistema estatutario fueron mucho mayores: primero, entre una parte de la intelectualidad -como Juan Martínez Silíceo-, y segundo, entre un amplio sector del Tercer Estado. Esta base social estatutaria terminó provocando el fracaso de lo todos los intentos de reforma, prolongándose estas prácticas nada menos que hasta el siglo XIX. Según el autor del libro, todavía en las Cortes de Cádiz hubo quien defendió la necesidad de mantenerlos para diferenciar a los neófitos de los cristianos viejos. El dato es tan elocuente que explica por sí solo el enorme retraso en todos los órdenes que acumulaba España a principios del siglo XIX.

Las consecuencias fueron nefastas tanto para la sociedad como para la economía del país. Por un lado, dividieron y enfrentaron a la sociedad y, por el otro, apartaron del poder a un buen número de personas meritorias. Miles de familias sufrieron la sospecha, mientras los cristianos viejos copaban los altos puestos de la administración sin exhibir más mérito que su supuesta sangre limpia. Todo ello contribuyó no sólo al progresivo retraso de España con respecto a sus competidores europeos, como Inglaterra, Holanda o Francia sino a ofrecer una imagen negativa de España en el contexto europeo.

Pocas críticas se pueden formular a un libro de esta solidez, no obstante, no me resisto a mencionar algunas pequeñeces: en el libro se alude en varias ocasiones al problema de la limpieza de sangre en Hispanoamérica pero, a mi juicio, hubiese sido oportuno dedicarle un epígrafe completo, sobre todo por las connotaciones especiales que en el espacio colonial tuvieron. Como es bien sabido, en las colonias se utilizó más como un mecanismo discriminatorio de las castas que para perseguir a los posibles judeoconversos. Asimismo, en una obra tan contundente donde se aglutinan infinidad de puntos de vista, hubiese sido oportuno incluir un capítulo de conclusiones en el que se recapitularan los principales aportes.

Pese a esas pequeñas objeciones, huelga decir que estamos ante una obra esencial no sólo para los estudiosos de la temática estatutaria sino para cualquier interesado en la historia social de España.

 

Esteban Mira Caballos

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EL ORO DEL DARIÉN

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Carmen Mena García: El oro del Darién. Entradas y cabalgadas en la conquista de Tierra Firme (1509-1526). Sevilla, Centro de Estudios Andaluces, 2011, 640 págs.

 

             En 1984 la autora publicó un libro, titulado La sociedad de Panamá en el siglo XVI, que actualmente es un verdadero clásico dentro de la historiografía americanista y panameña al que siguieron, en los años sucesivos, otras obras también centradas en el istmo. Pues bien, después de casi tres décadas, ve la luz este nuevo título que, a mi juicio, es su obra cumbre, pues, vierte en sus páginas todo el poso de conocimiento que la Dra. Mena adquirió a lo largo de toda una vida dedicada al estudio de ese territorio y de esa cronología.

             No se puede obviar la relación que guarda con el clásico de Mario Góngora, los grupos de conquistadores en Tierra Firme (1509-1530). Aunque con frecuencia se afirma que los clásicos nunca se superan, en esta ocasión yo creo que se consigue de largo. Pero es más, la obra de Góngora, aunque brillante, se centra exclusivamente en el análisis de las huestes de Tierra Firme, mientras que el presente trabajo aspira a ofrecer una visión global del territorio darienita, en el período analizado. Presenta una estructuración válida y muy clara, dividiéndose en cuatro grandes bloques, a saber:

El primero dedicado a la geohistoria del Darién, un área que constituyó la primera frontera continental de las Indias. Un medio hostil e inhóspito de tupidas selvas tropicales donde se curtieron y experimentaron decenas de hombres, llamados a ampliar las conquistas, lo mismo al norte que al sur que al levante y al poniente. En estos pioneros expedicionarios se cebaron enfermedades como la fiebre amarilla, la disentería o el paludismo. El tasa de mortalidad fue en los primeros años elevada, pero los supervivientes fueron muy valorados como baquianos, es decir, como personas experimentadas y sobre todo adaptadas al medio, inmunizadas a sus enfermedades y habituadas a la forma de guerrear de los aborígenes.

El territorio dependía administrativa y comercialmente de las Antillas Mayores, y especialmente de Santo Domingo, desde donde se abastecía de alimentos europeos, armas y hombres. A veces el contacto se ralentizaba de tal manera que la búsqueda de alimentos se convertía en un motor de conquista superior al oro. Y es que cuando el hambre arreciaba, los sueños áureos podían esperar, lo primero era lo primero, y nadie quería morir de inanición. Los cuevas, indígenas que habitaban el territorio, pertenecían al grupo arahuaco y practicaban una economía de subsistencia, en base a la caza, la recolección, la pesca y al cultivo de granos, tubérculos y frutales. Llegaron a desarrollar estilos metalúrgicos locales, aunque bajo una fuerte influencia del área colombiana. Experimentaron un descenso poblacional brutal, concretamente del 90 o del 95 por ciento entre 1500 y 1520, situándose casi al borde de la extinción. A la hecatombe demográfica se unió otra menos estudiada de carácter ecológica.

              El segundo bloque, se centra en el análisis pormenorizado de la efímera fundación de Santa María de la Antigua, nombre que recibió en honor a la Virgen de esta advocación de la Catedral de Sevilla. Su fundación en noviembre de 1510, en el interior de la selva, solo se explica en el contexto de espontaneidad tan propio de los primeros años de la colonización. De ahí que en breve plazo terminara siendo abandonada. Tanto Diego de Nicuesa como Alonso de Ojeda, los primeros gobernadores del istmo, acabaron muy malparados. Mientras el primero fue abandonado a su suerte por el jerezano Vasco Núñez de Balboa sin que nunca más se supiera de él, Alonso de Ojeda se marchó a Santo Domingo para no regresar. El de Jerez de Badajoz –hoy Jerez de los Caballeros- fue el encargado de someter a sangre y fuego a los caciques del Darién y de paso cruzar el istmo y descubrir el mar del Sur. Tras poco menos de cuatro semanas, el 27 de septiembre, él y sus 64 hombres pudieron divisar las aguas del océano Pacífico. Entre ellos se encontraba un joven trujillano, Francisco Pizarro, que varios lustros después se convertiría en el conquistador del incario. La expedición regresó exultante a Santa María de la Antigua. Sin embargo, la estrella de Balboa no tardaría en apagarse. En 1514 arribaría al istmo la gran armada que traía el nuevo gobernador Pedrarias Dávila que no tardaría en desembarazarse del jerezano que terminó ejecutado. Y es que la traición y la venganza fueron inherentes a la conquista. El asiento de Santa María de la Antigua, cobijo de las huestes en los primeros años, no tardó en despoblarse, por lo que en 1524 no era más que un recuerdo.

El tercer bloque enfoca el análisis de la hueste conquistadora de Tierra Firme, verdadera espina dorsal del libro. La autora realiza un meritorio análisis global de la hueste, sus características, sus armas y su capacidad ofensiva. Además de ofrecer interesantes puntos de vista, aporta un documento inédito de un valor excepcional: la nómina de la hueste real que el gobernador segoviano trajo en su armada, entre los que figuraban capitanes –casi todos ellos hidalgos de su entera confianza-, oficiales, su guardia personal, músicos, artilleros y soldados. Entre los capitanes destacaban el posteriormente afamado Diego de Almagro, mientras que entre su guardia personal aparece curiosamente un tal Hernando Cortés. Este último no parece que sea el futuro conquistador de la confederación mexica pero bien podría tratarse de algún pariente suyo, pues tanto su tío carnal como su primo hermano se llamaban exactamente así. En el Darién, en 1509, dieron comienzo las cabalgadas de origen medieval pero que formaron parte sustancial de la Conquista. Éstas implicaron el traslado a las Indias del espíritu de la Reconquista. En realidad, no fueron otra cosa que incursiones sobre cacicazgos indígenas con la única finalidad de obtener un botín. Ni que decir tiene que en ellas los conquistadores derrocharon crueldad con unos indios que se defendían como podían, es decir, con palos, piedras y flechas. El botín se repartía entre las huestes aunque eso sí, extrayendo previamente el quinto Real.

Y finalmente, en el cuarto bloque plantea un concienzudo estudio de las finanzas de la conquista, analizando las cuentas de las Cajas Reales de Tierra Firme en el período objeto de su investigación. Y los resultados vuelven a sorprendernos; la autora demuestra que entre 1520 y 1526 se fundieron en el istmo más de 220.000 pesos de oro. Unas cifras muy superiores a las que se suponían hasta la fecha, y comparables a las que en ese mismo período se extraían en el mayor centro aurífero del Caribe, es decir, en La Española. Una de las principales compañías mineras estuvo formada por Francisco Pizarro, Hernando de Luque y Diego de Almagro, que aparecen juntos desde 1521 y que mantendrán su asociación, incluso, después de 1524 cuando el trujillano se embarcó en su primera expedición a tierras del Levante.

El libro se cierra con una extensísima y completísima bibliografía y con útiles índices onomástico y topográfico así como de figuras, mapas, gráficos y tablas. Sin embargo, por señalar una crítica, en un trabajo tan completo y extenso hubiera sido oportuno incluir una buena conclusión, donde se sintetizasen y ponderasen los múltiples aportes hilvanados en sus densas páginas. Obviamente se trata de una mera sugerencia que en absoluto empaña la calidad de una obra que resulta, desde el mismo momento de su aparición, fundamental para entender el proceso conquistador en su conjunto.

 

Esteban Mira Caballos


POR EL BIEN DEL IMPERIO



Fontana, Josep: Por el bien del Imperio. Una historia del mundo desde 1945. Barcelona, Pasado& Presente, 2011, 1.230 pp.

 

             El profesor Fontana, vuelve a sorprendernos una vez más, con otra obra magistral en la que realiza un minucioso análisis de la historia reciente del mundo, desde 1945 hasta nuestros días. Obviamente, no se trata de una historia contemporánea más, sino una historia alternativa, diferente de la que la historiografía oficial y los poderes fácticos nos han ofrecido.

             Confiesa el autor que tardó tres lustros en escribirla y que es fruto de la frustración de las esperanzas que su generación depositó en las promesas contenidas en la Carta del Atlántico de 1941. En esos momentos, las potencias que después saldrían victoriosas de la II Guerra Mundial se comprometieron a luchar contra toda forma de totalitarismo y a garantizar un futuro mundial libres de guerras y de miseria. Sin embargo, nunca hubo voluntad de cumplir con tales promesas. La llamada guerra fría comenzó poco después del fin de la II Guerra Mundial, provocando enfrentamientos armadas como los de Corea o Vietnam. Después de la caída del muro de Berlín, todos volvimos a albergar esperanzas que el enfrentamiento mundial se acabase por falta del oponente político. El Pacto de Varsovia desapareció, pero ¿desaparecería la OTAN? Pues no, los países occidentales con Estados Unidos a la cabeza justificaron su permanencia, creando un nuevo concepto de enfrentamiento armado: la guerra preventiva contra el terror. Si no había enemigo había que inventarlo para de esta forma seguir justificando la existencia de la estructura militar que garantizaba la hegemonía del imperio. Ello explica, como afirma el autor, que sigan existiendo en la actualidad nada menos que 865 bases militares estadounidenses repartidas por el mundo.

Tras realizar un minucioso recorrido por todos los acontecimientos políticos y económicos ocurridos hasta 2010 en los cinco continentes, acaba el libro con la actual crisis global. La subida especulativa de los precios de los alimentos, así como el cambio climático y la crisis del capitalismo global pueden provocar gravísimos daños en un futuro cercano. Y la respuesta de los países europeos a esta crisis está consistiendo en la restricción progresiva de los gastos en servicios sociales, imitando el modelo estadounidense. Unas políticas que terminarán desmontando el estado del bienestar que hasta estos momentos había sido uno de los signos de identidad de la vieja Europa. Ahora bien, como indica el profesor Fontana, hay otra cara de la crisis mucho menos conocida y que está afectando gravemente a los países subdesarrollados. Se están paralizando o disminuyendo las ayudas al desarrollo, a la par que se encarecen los precios de los alimentos básicos en esos países. Todo un drama que justifica la proliferación en los últimos tiempos de motines, revoluciones y protestas populares que amenazan la estabilidad de muchos gobiernos, la mayoría de ellos tiránicos u oligárquicos.

Lamentablemente, setenta años después de la firma de la Carta del Atlántico, parece evidente que no fueron más que buenas palabras y que nunca hubo la más mínima intención de hacerlas cumplir. Las guerras, las desigualdades entre Norte y Sur y los abusos del capitalismo no sólo no han disminuido sino que se han multiplicado. Vivimos en un mundo peor, donde las diferencias entre unos países y otros son mayores que a mediados del siglo XX. Y lo peor de todo, ya no existe la esperanza de la alternativa comunista con la que soñaron antaño millones de personas en todo el mundo. La falta de una alternativa viable al capitalismo está llevando a un retorno del neoliberalismo que está provocando una involución en materia social. Como afirman algunos, el totalitarismo económico ya está aquí y es posible que el político pueda retornar en pocos años. Uno de los pensadores más destacados de nuestros tiempo, Tzvetan Todorov, ha confesado recientemente en una entrevista que estamos a menos de tres lustros de la reaparición de los totalitarismos. Josep Fontana no ofrece ninguna predicción en este sentido pero en su obra es fácil advertir su pesimismo sobre el futuro.

             En definitiva, el presente libro descubre las claves de lo ocurrido en los últimos setenta años de historia, desmontando todo tipo de mitos y de mentiras. Su lectura nos sirve para conocer mejor la realidad pasada para tratar de reconducir el presente y el futuro. No hay peor injusticia social que el hecho de que los grupos opresores ganen también la batalla de la memoria histórica. El presente libro tiene el mérito excepcional de descubrirnos la realidad que hay detrás de la historia oficial, poniendo a cada cual en su sitio. Y aunque en estas pocas cuartillas no es posible calibrar el verdadero alcance de una obra de esta magnitud, huelga decir que estamos ante un texto fundamental para entender la realidad presente y afrontar adecuadamente los difíciles retos a los que nos tendremos que enfrentar en los próximos años.

 Esteban Mira Caballos

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CÓMO CAMBIAR EL MUNDO

Hobsbawm, Eric: Cómo cambiar el mundo. Marx y el marxismo 1840-2011. Barcelona, Crítica, 2011, 490 pp.

 

Este libro es fruto de una compilación de trabajos presentados por el autor a lo largo de varias décadas, unidos a otros nuevos. Empieza con un novedoso ensayo sobre Marx en la actualidad en el que pone de manifiesto la necesidad que tenemos ahora más que nunca de observar el espíritu marxista. Como dice Hobsbawm, Karl Marx nunca ocupó altos cargos políticos, administrativos ni docentes. Incluso, su obra despertó poco interés en un primer momento, siendo su éxito póstumo. Actualmente, la obra de Marx puede considerarse la obra más influyente en toda la Edad Contemporánea. Lo que nos descubre el autor en este ensayo es que el filósofo alemán no sólo ha sido un pensador para el siglo XX sino también, y muy especialmente, para el XXI. Así, por ejemplo, si ponemos su nombre en cualquier buscador encontramos un número de entradas tan abismal que solamente es superado por dos personajes: Einstein y Darwin.

Eric Hobsbawm, uno de los historiadores más destacados de nuestro tiempo, ha militado a lo largo de toda su vida intelectual en el marxismo. Pese a ello, no reivindica la conversión del mundo a esta ideología sino simplemente el uso del espíritu de Marx para intentar crear un mundo mejor. Concretamente afirma sabiamente que para que haya alguna posibilidad de éxito ante los retos a los que se enfrenta actualmente el mundo deberán plantearse las preguntas formuladas por Marx, aunque no se quieran aceptar las respuestas que dieron sus discípulos. Para colmo, siempre habíamos pensado que Marx se equivocó cuando predijo el fin del capitalismo por sus propias crisis internas y por los conflictos sociales a los que daría lugar. Sin embargo, él no estableció plazos, por lo que todavía, viendo la crisis tan severa en la que se encuentra inmerso el capitalismo, no podemos descartar que finalmente tuviese también razón en esta predicción. Como dice el propio Hobsbawm, el fin del capitalismo fue una predicción marxista que todavía le suena plausible. Y es que el capitalismo siempre ha generado grandes desigualdades entre ricos y pobres así como crisis periódicas. Sin embargo, la actual no parece una crisis más sino el inicio de la quiebra de un sistema que lleva implícita su propia autodestrucción. No olvidemos que se basa en una falacia, es decir, el consumo ilimitado, cuando los recursos del planeta son limitados. El progresivo agotamiento de los recursos en las próximas décadas va a generar guerras, luchas y dramas a escala planetaria que, antes o después, pueden acabar con el sistema. Por ello, de acuerdo con el autor, no nos equivocamos, cuando decimos que el pensamiento de Marx es hoy en día más necesario que nunca.

Si la aplicación práctica del marxismo ha fracasado se ha debido en gran parte a la desvirtuación que hicieron algunos regímenes totalitarios de izquierda del pensamiento marxiano. Marx apenas concretó nada sobre la forma en que habría de planificarse la economía por lo que prácticas como los planes quinquenales, en los que se plantearon la consecución de ciertos objetivos de desarrollo a cualquier precio, no tuvieron nada de marxistas. La revolución rusa ha sido uno de los pocos intentos serios de organizar una economía marxista. Sin embargo, personajes siniestros como Stalin, acabaron con el sueño revolucionario de millones de obreros que antaño soñaron con un mundo comunista que los redimiera de sus miserias. Todos ellos, han perdido desde entonces lo único que les quedaba, es decir, la esperanza.

En el periodo comprendido entre 1983 y el 2000, el marxismo estuvo en franca recesión, afectado por la caída de la URSS y del muro de Berlín así como por el aparente éxito del sistema capitalista. Como reconoce el autor, el desmoronamiento de la URSS, del único país que intentó seriamente reconstruir una sociedad socialista, afectó no sólo a los comunistas sino incluso a la socialdemocracia. Todo el mundo pensó que el capitalismo había triunfado definitivamente sobre el modelo socialista. La profunda crisis del capitalismo de los últimos años ha vuelto a colocar al pensamiento marxista donde debe estar. Y en ese sentido las palabras del profesor Hobsbawn no pueden ser más claras: una vez más, ha llegado la hora de tomarse en serio a Marx.

Finalmente, decir que esta obra nos invita a reflexionar sobre la necesidad de releer a Marx, quien todavía en pleno siglo XXI nos puede ofrecer algunas de las claves necesarias para superar la grave crisis sistémica en la que estamos inmersos. Antes o después, el capitalismo se autodestruirá y, cuando esto ocurra, será necesario tener muy presente las ideas de justicia social planteadas por el gran filósofo alemán.

 

Esteban Mira Caballos

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