Facebook Twitter Google +1     Admin

Se muestran los artículos pertenecientes a Junio de 2012.



HERNANDO DE SOTO. EL CONQUISTADOR DE LAS TRES AMÉRICAS

20120619092005-soto2.jpg

MIRA CABALLOS, Esteban: Hernando de Soto. El conquistador de las tres Américas. Zafra, Excmo. Ayuntamiento de Barcarrota y Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2012, 127 pp.

 

Hernando de Soto fue el modelo mejor acabado de conquistador. Una persona extraordinariamente inquieta, lo que le empujaba continuamente a la acción. Estuvo en muy diversos escenarios, hasta el punto que pocos se pueden jactar de haber participado activamente en tantos escenarios diferentes: Panamá, Nicaragua, Perú y Norteamérica. Recorrió miles de kilómetros en una época en la que los medios de transportes eran extremadamente precarios. No sería demasiado aventurado decir que fue el conquistador que más distancias recorrió a lo largo y ancho de todo el continente americano, desde Norteamérica a Sudamérica.

Siempre destacó por su arrojo, por su valentía y, por qué no decirlo, por su crueldad. Sin estas cualidades no hubiese sido nunca el conquistador que fue. Se trataba de conquistar a sangre y fuego todo un continente y él así lo hizo. Se comportó simplemente como uno de los más eficientes conquistadores. En Castilla del Oro, Nicaragua y, sobre todo, Perú, se adaptó a todo tipo de situaciones. El clima del Perú era muy particular con extensas zonas desérticas o semidesérticas, con heladoras montañas y fértiles valles que salpicaban el territorio. Superar tan sólo las dificultades que el medio físico presentaba, equivalía a formar pequeños contingentes de hombres con gran movilidad que fuesen pasando rápido de un valle a otro, evitando las hambrunas entre las huestes.

Ese carácter inconformista e inquieto le costó caro, muy caro, tanto a él como a su mujer. Gonzalo Fernández de Oviedo, comparó muy agudamente el arrojo del barcarroteño que, como tantos otros, acabó en drama, frente a la capacidad de su socio Hernán Ponce que supo dejar las armas a tiempo y disfrutar de una vejez dulce. Sus palabras son muy significativas sobre dos talantes muy diferentes:

El capitán Hernán Ponce, que no llevó menos oro e plata a España que sus compañeros, me parece que él mejor que otros, ha entendido estas cosas de Indias; porque ido a Castilla, se casó con mujer rica e de buena casta e se heredó en Sevilla, donde vive muy honrado e a su placer y donde podrá emplear muy bien el tiempo e gozar de lo que tiene, sirviendo a Dios como caballero honrado. E con su persona ha alcanzado lo que Dios le ha dado, que es lo que he dicho, y en buena edad, para que con sus bienes temporales pueda granjear los de la vida eterna; pues no quiso, como otros embelesarse y buscar esos títulos de vana señoría…

 

Ambos regresaron riquísimos a Sevilla, pues se dice que traía cada uno más de 100.000 pesos de oro. Mientras Hernando de Soto lo invirtió prácticamente todo en su armada, su amigo Hernán Ponce, que en realidad no era un conquistador sino un hombre de negocios, decidió quedarse a vivir en Sevilla, disfrutando de su enorme fortuna y obteniendo una regiduría. Y es que el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, se refirió con ironía al mal fario de los adelantados de forma que ningún hombre en sus cabales procuraría tal título. Y no le faltaba razón, pues la mayoría de los adelantados y conquistadores tuvieron una muerte prematura y violenta mientras que otros acabaron totalmente arruinados, tras invertir en expediciones que terminaron en el más absoluto de los fracasos. Si el barcarroteño se hubiese comportado como su socio Hernán Ponce. Jamás hubiesen hablado de él los libros de historia. Vivió siempre en el filo de la navaja y tuvo una muerte dramática, acorde con su forma de vida.

El barcarroteño fue, pues, un hombre de su tiempo que se comportó de la manera que todos esperaban que se comportase. Fue leal a las personas que confiaron en él. Y por ello, en el contexto de su época, debemos valorarlo. Eso no impide que podamos juzgar e, incluso, denunciar ciertas formas de actuar del pasado, como el uso reincidente y recurrente de la guerra o la tolerancia con la esclavitud. Precisamente, si en algo puede contribuir la Historia a nuestra sociedad actual es en destapar los errores del pasado para intentar construir un mundo más justo y humano.


LA DECADENCIA DE OCCIDENTE

20120625100432-003.jpg



Oswald Spengler: La decadencia de Occidente. Bosquejo de una morfología de la Historia Universal. Madrid, Espasa Calpe, 2002, (ed. original en Múnich, 1923), 2 vols., 748 pp., y 806 pp.

 

              Obra escrita durante la I Guerra Mundial y publicada poco después de acabada la contienda, fue un ingenioso intento de síntesis e interpretación filosófica de la historia universal, la cual, a su juicio, englobaba ocho grandes civilizaciones. La base de esas civilizaciones no era política, ni tan siquiera económica, sino cultural, en la que él cree encontrar el verdadero objeto histórico. Las influencias filosóficas del autor son variadas pero se notan muy especialmente las de Nietzsche, Goethe y Dilthey. Él reconoció explícitamente su deuda con los dos primeros, pero no tanto con el último.

El libro tuvo en su tiempo un éxito notabilísimo, editándose decenas de miles de ejemplares en varias ediciones que se vendieron una tras otra, en diversos idiomas. Pese a ello, en un trabajo tan ambicioso como éste, las críticas han sido muchas, aunque las podemos resumir en cuatro: primera, que presenta como propias muchas ideas que ya habían sido expuestas por otros autores con anterioridad. Segunda, que se fundamenta en una bibliografía de segundo orden, obviando obras maestras que eran perfectamente accesibles en su tiempo. Tercera, que introduce toda una plaga de imprecisiones en los datos, muchos de los cuales hierran en su cronología. Y cuarta, que establece comparaciones triviales o ingenuas en unos casos y, en otros, claramente equivocadas.

             A su juicio, todas las culturas tienen un ciclo vital, que pasa por su juventud, madurez y vejez. A través de la comparación con el devenir de otras civilizaciones que había acabado su ciclo a lo largo de la historia, se permite obtener conclusiones sobre lo que ocurrirá con la civilización de su tiempo, es decir, la occidental. Según Spengler, ésta se encontraba en su fase final, es decir en su vejez, decrepitud o decadencia –de ahí el título de la obra-. El imperialismo europeo de finales del siglo XIX y principios del XX era la evidencia clara de que se encontraba en sus postrimerías. En breve, la civilización del dinero daría pasó a otra dominada por el cesarismo. La fuerza bruta de las armas dominaría en un corto plazo a los tecnócratas y su dictadura del dinero y pondría en marcha un nuevo autoritarismo, dominado por la fuerza y la sangre. Todas las grandes culturas empeñadas en buscar la razón por encima de la acción, como la minoica o la bizantina, acabaron sucumbiendo. Y eso mismo vaticinaba que le ocurriría a Europa que, ensimismada en la búsqueda de la verdad y de la justicia, caería pronto en manos de otros para los que la acción estaba por encima de la razón. Sin embargo, su interpretación partía de supuestos erróneos, entre otras cosas porque parece obvio que el problema de la Europa de su tiempo no es que estuviese dominada por la razón sino al revés, por la sinrazón del imperialismo que provocó una carrera armamentística que terminó desembocando nada más y nada menos que en las dos mayores conflagraciones mundiales de la Historia.

             Oswald Spengler pretendió aportar una nueva visión de la historia, alternativa a la ofrecida medio siglo antes por Marx y Engels. Por eso fue muy bien acogida por todo un público no identificado con el socialismo. Ahora bien, mientras Karl Marx hizo una interpretación pionera y con una base científica incuestionable, la de Spengler carece de solidez y más bien parece un mosaico de retazos cuyas piezas no encajan. Como ha escrito Josep Fontana, su teoría sobre la decadencia de las civilizaciones, analizada con detenimiento, no aguanta la más mínima crítica y, por tanto, no resulta convincente ni creíble.

Es posible que los Nazis vieran con simpatía este libro que de alguna forma significaba una premonición, es decir, el asalto al poder que pronto ellos mismos protagonizarían. El Nacionalsocialismo se fundamentaba precisamente en la fuerza y en la acción, por lo que se parecían mucho al final cesarista que profetizaba Spengler. De hecho, el III Reich, liderado por Adolf Hitler, estuvo a punto de conseguir sus objetivos de expandir por gran parte de Europa un régimen racista, xenófobo y violento.

Occidente está actualmente en decadencia pero no porque se haya acabado el ciclo vital de su cultura sino porque el capitalismo sobre el que se sustenta está agonizando, fruto de sus propias contradicciones internas. Nada parecido a lo que dijo Oswald Spengler y sí a lo que predijo Marx. Ahora bien, en estos momentos se corre el peligro de que la cada vez más empobrecida clase media, permita de nuevo el advenimiento de los totalitarismos, como ocurrió en el período de Entreguerras. Habrá que estar alerta para que no termine sonando la flauta de las erróneas previsiones cesaristas planteadas por Oswald Spengler.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

No hay comentarios. Comentar. Más...



Blog creado con Blogia. Esta web utiliza cookies para adaptarse a tus preferencias y analítica web.
Blogia apoya a la Fundación Josep Carreras.

Contrato Coloriuris
Plantilla basada en el tema iDream de Templates Next