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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2012.

EL LADO OSCURO DEL HOMBRE

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GHIGLIERI, Michael P.: El lado oscuro del hombre. Los orígenes de la violencia masculina. Barcelona, Tusquets Editores, 2005, 375 págs.
    
         Estamos ante una excelente obra que analiza el instinto humano, tratando de buscar respuestas a nuestro comportamiento agresivo. Reconozco que pocos libros me han impactado tanto como éste, por los paralelismos que establece entre el comportamiento  humano y el de los prosimios. Esencialmente Michael Ghiglieri trata de demostrar que nuestro  comportamiento depredador está mediatizado a partes iguales por la genética y por las condiciones sociales y ambientales. Muchos de nuestros instintos proceden de nuestro pasado prehistórico, que por cierto duró millones de años. Según explica de manera convincente el autor, compartimos con los chimpancés el 98,4 % de nuestro ADN nuclear. Unos mamíferos a los que el autor ha investigado durante décadas, llegando a la conclusión que muchos de nuestros comportamientos tienen en buena parte un origen genético, procedente de nuestro amplio pasado primate. Así, por ejemplo, la gula que exhiben muchas personas estaría condicionada genéticamente, pues los primates, al igual que los simios actuales, comían cuanto podían en las épocas de abundancia para sobrevivir en los largos períodos de carestía. Las conductas violentas también tendrían relación con el comportamiento vehemente, sexista y xenófobo de los simios. A su juicio, ahí se encuentran las raíces de nuestro comportamiento.
        Ello explicaría la omnipresencia de la violencia en el pasado y en el presente de la historia humana. De hecho, se han llegado a cuantificar las guerras ocurridas a lo largo de 5.600 años de historia documentada en 14.500, con un balance total de 3.500 millones de muertos. Y es que parece obvio que la guerra ha estado plenamente ligada a la historia de la humanidad y, sobre todo, de la civilización. Y por si fuera poco, el siglo pasado ha sido el más bárbaro de la Historia, la centuria de las guerras como la denominó acertadamente Nietzsche. Además, el genocidio adquirió un carácter más perfeccionado y refinadamente inhumano. Obviamente las masacres han sido más masivas y sanguinarias a medida que la ciencia ha ido poniendo en manos del hombre artilugios cada vez más letales. Y es que la guerra moderna evolucionó hacia lo que algunos han llamado la guerra total industrial que implicaba la utilización de avanzadas tecnologías para causar el mayor daño posible al oponente. Un caso extremo fue el de los Nazis que, en su perturbado afán de conseguir la pureza étnica, depuraron, vejaron y finalmente asesinaron a unos seis millones de judíos, además de a otras decenas de miles de gitanos, polacos, eslavos, rusos e, incluso, alemanes con defectos físicos o psíquicos. Ninguno de ellos estaba a la altura de lo que exigía la mítica pureza racial aria y merecían, según ellos, ser exterminados. Y lo peor de todo es que no se trataba de la idea de un demente, pues está demostrado que muchos miembros del partido nazi, incluidos no pocos científicos, compartían los mismos ideales.
        Pero desgraciadamente el genocidio Nazi, con ser el más conocido, no ha sido ni mucho menos el único. A la par que ellos cometían su particular genocidio en Europa, su alma gemela, que era el Japón de la II Guerra Mundial, estaba llevando a cabo su expansión genocida por el Pacífico. Pretendían alcanzar, de manera similar a los nazis, el espacio vital para la raza yamato. Ha habido decenas de casos más antes y después, con el agravante de que no han calado tanto en la opinión pública y, en algunos casos, no ha habido nada parecido a los juicios de Núremberg. Por ejemplo, el lanzamiento de las bombas nucleares de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, cuando ya se sabía que los japoneses estaban dispuestos a suscribir la paz. Primó el interés de los estadounidenses por comprobar si su nuevo artilugio era realmente letal. Por desgracia, fue todo un éxito. En el lado opuesto, el gobierno comunista de Pekín, desde su ocupación del Tíbet, en 1959, se estima que ha eliminado a más de tres millones de tibetanos. En Camboya los Jemeres Rojos, liderados por el comunista Pol Pot, aterrorizaron a parte de la población y ejecutaron al menos a 14.000 personas. Pese a que sus actos de genocidio fueron mundialmente conocidos, el cruel líder camboyano murió rodeado de los suyos y sin haber respondido ante la justicia.
         En definitiva, Ghiglieri trata de hacer comprensible el comportamiento humano desde nuestro pasado biológico y desde el contexto ambiental. Estos dos factores explicarían buena parte de nuestras actitudes violentas, tanto de carácter criminal como sexual. Los planteamientos del autor son muy convincentes y, en parte, consiguen que entendamos algunas de las actitudes violentas del ser humano. No obstante, Ghiglieri habla de un cierto determinismo genético y ambiental, reduciendo excesivamente nuestro margen de autonomía. Yo creo que no debemos hablar de determinantes sino sólo de condicionantes porque afortunadamente el ser humano siempre ha tenido y tiene un margen más o menos amplio de libertad. Ese espacio es el que utilizan la mayor parte de las personas para neutralizar sus posibles instintos animales y comportarse como seres humanos, es decir, humanitariamente. Por tanto, es posible que estemos condicionados por nuestro pasado animal, pero no determinados, y así lo demuestra la propia Historia, salpicada tanto de hechos violentos como de destellos de humanidad.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL RECHAZO A LA CIVILIZACIÓN

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Miquel Izard: El rechazo a la civilización. Sobre quienes no se tragaron que las Indias fueron esa maravilla. Barcelona, Península, 2000, 219 páginas.

 

           Esta obra, publicada hace más de una década, supuso un antes y un después en los estudios americanistas españoles. Su autor, que vivió largos años en el exilio venezolano para retornar a Barcelona en 1975, plantea una historia alternativa sobre la Conquista de América, revisando críticamente la historiografía academicista. Esta etapa ha sido considerada durante años como sagrada e intocable, uno de los grandes iconos de la historia patria. Ésta entendía la Conquista como una hazaña de titanes dedicados a cristianizar a personas que vivían en un estado de barbarie. Sin embargo, Miquel Izard, tilda esta forma de entender la Conquista como providencial, machista, racista, franquista, españolista y reaccionaria. A mi juicio se ensaña excesivamente con los principales autores de la leyenda apologética, como Rafael García Casariego, Julián Juderías o Ramiro de Maeztu, por citar sólo algunos de los representantes de aquella corriente que el autor del libro llama apologética. Concretamente a Maeztu lo tilda de teológico, racista, providencial y etnocentrista entre otros calificativos. Y aunque, su visión de la España imperial, como un cúmulo de virtudes, se aleja bastante de la realidad, no deja de ser un producto más de su tiempo.

Ahora bien, no le falta razón sobre su visión alternativa de la Conquista. Aquella no fue exactamente idílica, como defendió –y defiende aún- la historiografía tradicional, sino una guerra cruel donde se cometieron todo tipo de atrocidades. Desde los tiempos de Colón, la conquista estuvo jalonada de matanzas periódicas, premeditadas y sistemáticas de indígenas. También de mutilaciones de miembros así como de ajusticiamientos públicos en la hoguera, todo con la idea de que disuadiesen posibles alzamientos. Bien es cierto que no se trataba de tácticas inventadas por los conquistadores, sino que tenían una larga tradición desde la antigüedad clásica.

Por todo ello, el autor aboga por acabar de una vez por todas con el eurocentrismo y escribir una verdadera historia de la Conquista, donde se destape todo el dramatismo de aquella guerra. Y para ello –afirma- un buen punto de partida sería superar la celebración jovial y festiva del Día de la Hispanidad –antigua Fiesta de la Raza-, pues obvia que el 12 de octubre de 1492 fue el punto de partida de un genocidio que acabo con la vida de millones de indios en todo el continente americano. En otro trabajo publicado en 1995, el propio Miquel Izard se preguntaba irónicamente si dentro de 450 años los alemanes cambiarán de parecer y, al igual que hace España con el descubrimiento y la conquista, celebrarán la efeméride del holocausto de los nazis sobre el pueblo judío.

En definitiva, esta obra, algo radical en los duros calificativos contra los historiadores de la escuela tradicional, supuso en su momento un punto de inflexión en la historiografía americanista española. Un verdadero hito revisionista que hay que atribuírselo al profesor Izard. Él inauguró una corriente que trata de ver la Conquista de una manera mucho más ajustada a la realidad. Una historia desgraciadamente muy truculenta y muy lejos de las hazañas y heroísmos que tradicionalmente nos enseñaron nuestros maestros.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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ORÍGENES DE LA ECONOMÍA DE PLANTACIÓN DE LA ESPAÑOLA

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Genaro Rodríguez Morel: Orígenes de la economía de plantación de La Española. Santo Domingo, Editora Nacional, 2012. 371 páginas.
    
       Esta obra, galardonada con el Premio Nacional de Historia José Gabriel García, año 2011, que otorga el Estado de la República Dominicana, constituye la base de lo que fue en su día la tesis doctoral del autor, leída en la Universidad Jaume I de Castellón. Cubre un incomprensible vacío historiográfico, pues mientras otras áreas, como las islas Canarias, Cuba o Brasil, disponían de una abundante literatura sobre la industria del dulce, en el caso de Santo Domingo apenas si contábamos con varios estudios parciales de Mervin Ratekin, Justo L. del Río Moreno y del propio Rodríguez Morel. Y ello a pesar de que en esta isla se radicó la primera economía de plantación y la primera industria azucarera de todo el continente americano.
       La estructura es clásica, pues comienza con un prefacio, una presentación y una introducción, seguida de dos grandes bloques de contenido, el primero centrado en el apartado humano y estructurado en cuatro capítulos, y el segundo, dedicado estrictamente a la economía, al que se dedican otros tantos acápites. En su conjunto, detalla los orígenes de la economía de plantación en la Española en una doble vertiente: por un lado, analiza los grupos humanos implicados en el proceso, es decir, los dueños de ingenios, todos ellos pertenecientes a la élite blanca, los técnicos, la mayoría de origen canario o portugués, y la mano de obra, tanto india como negra. Y por el otro, se detalla el proceso productivo, desde la privatización de la tierra, a la siembra de la caña, la producción del dulce en trapiches e ingenios y su comercialización, tanto legal como a través del contrabando. Como es bien sabido, los trapiches eran movidos por tracción animal, mientras que los ingenios lo hacían con energía hidráulica, por lo que requerían una mayor inversión en infraestructura. Obviamente, los trapiches precedieron a los ingenios. A mediados del siglo XVI, la producción de la isla superaba las 100.000 arrobas anuales, incluyendo doce tipos de azúcares diferentes, fundamentalmente blanco, mascabado, quebrado y rosado.
        Dada la pronta desaparición de la población indígena, sobre todo a partir de la segunda década del siglo XVI, los esclavos negros fueron ocupando su puesto en los ingenios y plantaciones. Aunque en un primer momento los oficios más especializados los desempeñaban canarios o portugueses, no tardaron en dominarlos los propios herrados, que terminaron copando toda la cadena productiva, desde purgadores, a espumeros, refinadores y hasta maestros de azúcar. Aunque el dulce fuese de peor calidad, siempre resultaba más rentable a los dueños de ingenios que pagar a técnicos europeos. Las esclavas, en cambio, se dedicaban más a las tareas domésticas dentro del ingenio y de la plantación, aunque no faltaron algunas que se integraron en la cadena productiva del dulce. El precio de los esclavos fue siempre elevado, pero con el paso del tiempo se incrementó de manera prohibitiva lo que lastró las posibilidades económicas de los señores de ingenios que tenían que desembolsar grandes cantidades de numerario para conseguir mano de obra. Se estima que hacia 1546, los esclavos negros de la isla sumaban entre 12.000 y 15.000 efectivos. La mayoría eran Biáfaras o Manicongos, aunque también los había de otras muchas etnias africanas, como los Bran o los Zape. Y hasta tal punto era así que ya desde mediado del siglo XVI se puede decir, de acuerdo con el autor, que la isla era una colonia fundamentalmente negra y, unas décadas después, también mulata. Este conglomerado esclavo, jugó un papel determinante en la configuración de las relaciones sociales de la isla desde el mismo siglo XVI. Ante el miedo a las rebeliones, algunas tan sonadas como las de Sebastián Lemba o Diego de Guzmán, se incentivó el matrimonio entre esclavos, hasta el punto de ofrecerles, a cambio, su libertad. Curioso, pues en la Península, donde no había riesgo de alzamientos, ocurría justo lo contrario, es decir, sus dueños dificultaban los enlaces hasta donde podían, ya que además de la pérdida de valor de las esclavas desposadas, el matrimonio canónico les otorgaba en teoría ciertos privilegios contradictorios con su condición servil.
         La población blanca, al igual que la india, también entró en declive, aunque por motivos distintos. Así, mientras estos últimos desparecieron por las enfermedades y por su inadaptación al trabajo sistemático de una economía precapitalista, los españoles, fueron abandonando la isla, a medida que se descubrían nuevos territorios en Nueva España y el Perú. Y ello a pesar de los incentivos ofrecidos por la Corona para arraigar a sus pobladores dado que, a juicio del autor, se dirigieron a la élite y no a la gente común que era la más predispuesta a buscar nuevos horizontes.
        Una de las cuestiones más novedosas de este trabajo es el análisis de la siniestralidad laboral. Obviamente, no existía nada parecido a la prevención de riesgos laborales por lo que había frecuentes lesiones, sobre todo, rotura de huesos, llagas, pérdida de dedos y hernias. No menos interesante es el estudio del impacto medioambiental de las plantaciones, así como de los trapiches e ingenios. Ello provocó una hecatombe ecológica sin precedentes. A medio plazo se deforestó una isla que estaba formada por grandes bosques subtropicales, a la par que se fueron desecando humedales, hasta el punto que, a finales de la centuria, había graves dificultades para conseguir leña para las calderas y agua para mover los mecanismos hidráulicos. Este crecimiento insostenible provocó graves perjuicios al propio sector azucarero. En este sentido, esta obra contribuye a esa nueva corriente historiográfica que trata de reivindicar la naturaleza dentro de la historia.
        La industria azucarera dominicana siempre adoleció de varios problemas crónicos: primero, la dependencia de los capitales sevillanos, en su mayor parte de genoveses afincados en la capital del Guadalquivir. Y ello a pesar de las ayudas de hasta 6.000 pesos que la Corona concedía a aquellos que, desde 1520, quisiesen construir un ingenio, además de determinadas exenciones fiscales. Ello provocaba que las condiciones de producción y comercialización se impusieran desde la metrópolis, aunque los intereses no siempre coincidiesen con los de la élite local. Segundo, la competencia del azúcar procedente de otros lugares de América y de la propia España, en especial desde que se desarrolló la industria del dulce en Motril y en la costa levantina. Y tercero, el problema comercial, pues llegaban muy pocos barcos a la isla, y los que lo hacían vendían sus productos a precios muy altos y cobraban altos fletes por embarcar las mercancías de la tierra. Ello provocó un pujante contrabando, que hizo que, a finales del siglo XVI, gran parte del negocio de la isla se realizase al margen de la ley.   
       Se detectan en la obra pequeñas erratas y errores, sobre todo en los cuadros, pero que no alteran la línea argumental y que, por supuesto, no empañan su valía. Estamos ante una obra llamada a convertirse en un clásico de los estudios sobre plantación y producción de azúcar en el continente americano.

  ESTEBAN MIRA CABALLOS

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