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Se muestran los artículos pertenecientes a Abril de 2013.

HISTORIA GENERAL DEL PUEBLO DOMINICANO

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V.V.A.A.: Historia General del Pueblo Dominicano, T. I. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2013, 762 págs.

 

          Primero de los seis tomos en que la Academia Dominicana de la Historia ha programado esta obra que pretende ser a la vez síntesis y estado de la cuestión de la historia de la República Dominicana. La colección está coordinada y supervisada por el Dr. Roberto Cassá, mientras que el presente volumen ha estado coordinado por el Dr. Genaro Rodríguez Morel. Colaboran en él nueve investigadores, seis dominicanos y tres españoles, todos ellos con una larga trayectoria profesional. No se puede adscribir el libro a una escuela historiográfica concreta porque colaboran autores con formaciones, sensibilidades, intereses y especialidades muy diferentes. Ha prevalecido, como indica en la presentación el coordinador del presente tomo, el deseo de integrar todos los conocimientos y los últimos avances historiográficos, por encima de partidismos o de afinidades personales.

          Estamos, a mi juicio, ante un verdadero hito historiográfico, pues prácticamente, todas las obras generales sobre la historia de la República Dominicana habían sido firmadas por un solo autor, Antonio del Monte, José Gabriel García, Bernardo Pichardo, Máximo Coiscou, Américo Lugo, Gustavo Adolfo Mejía Ricard o Roberto Cassá, por citar solo algunos. En fechas muy recientes, Frank Moya Pons coordinó en un solo volumen una historia dominicana, útil aunque de objetivos modestos. Por eso, la obra que ahora reseñamos constituye la primera síntesis extensa, global y colectiva de la historia dominicana. Precisamente, se inicia con un amplio capítulo sobre historiografía, firmado por Roberto Cassá. En él se explica su tardío inicio tras la independencia, y su retraso secular, agudizado durante la etapa trujillista, entre 1930 y 1961. La dictadura provocó el exilio de los principales intelectuales, mientras que los historiadores afines al régimen plantearon una historia tradicionalista, positivista y hagiográfica, quedando un espacio mínimo de libertad para el resto de los intelectuales. Julián Casanova ha hablado del secano español para aludir al retraso de la historiografía española, provocada, en parte, por los 36 años de dictadura franquista, y esas mismas palabras pueden ser aplicadas a la historiografía dominicana. Muy tardíamente, en los años sesenta, emergió la historiografía marxista que contribuyó de manera fundamental a la renovación y a la innovación, con historiadores de cierta proyección, como Juan Bosch, Juan Isidro Jiménez Grullón o Emilio Cordero Michel. Tras ellos, aparecieron dos historiadores, con formaciones metodológicas muy diferentes, que ejercieron una enorme influencia en las generaciones posteriores de historiadores: Roberto Cassá y Frank Moya Pons. De entre su amplia producción historiográfica no podemos dejar de mencionar, del primero, su Historia social y económica de la República Dominicana, publicada en 1976, y del segundo su Manual de Historia Dominicana editado justo al año siguiente, aunque con numerosas reediciones posteriores. En la actualidad, está en activo una amplia generación de historiadores, unos vinculados a la corriente historiográfica marxista y, otros que, superando el historicismo tradicional, han incorporado elementos de muy distintas corrientes metodológicas.

          Muy acertada ha sido la inclusión de un capítulo dedicado a la geografía física y humana, que firma Frank Moya Pons. En él se especifica la extensión del territorio, el clima, la orografía, los ríos, los patrones de asentamiento de la población, los ecosistemas y su degradación a lo largo del tiempo. Se trata de una síntesis magistral del espacio insular lo que nos permite entender mejor los procesos humanos en él desarrollados. El medio condiciona la actividad humana, en todas sus estructuras, por lo que estas brillantes páginas hacen más comprensible la evolución del poblamiento y la dinámica histórica de la isla.

          Le siguen dos acápites en los que Marcio Veloz analiza las sociedades prehispánicas, empezando por las bandas arcaicas y terminando por las sociedades agrarias. Es de elogiar el esfuerzo de su autor por presentar un texto asequible, muy alejado de la especialización técnica de la arqueología. Hubo primitivamente unas sociedades arcaicas, los ciboneyes, que vivían en bandas recolectoras de mariscos, reptiles y frutos y cuya presencia en la isla está documentada al menos desde el 2.000 a. C. Eran de pequeña estatura y su esperanza media de vida no superaba los 15 años de edad. En el siglo V o IV a. C. llegaron los tainos, de origen arawaco, introduciendo la agricultura de roza en la isla, aunque manteniendo la caza y la recolección. En el norte de la isla, coexistieron otros grupos étnicos diferentes al tainato, concretamente los macorijes y los ciguayos. La sociedad taína fue la que alcanzó un mayor grado de desarrollo, cultivando la tierra y asentándose en poblados circulares, con plaza central que podían llegar a superar los 2.000 habitantes. Se agrupaban en cacicazgos, que llegaron a adquirir una gran extensión territorial. Eran politeístas, y se comunicaban con sus dioses haciendo sahumerios o cohobas, mientras que a través de sus bailes o areitos transmitían de generación en generación, las experiencias pasadas y la historia. Sorprende el amplio volumen demográfico que alcanzaron -entre 100.000 y 500.000 personas, según los autores- pues, los colonizadores europeos tardaron varios siglos en igualar esa cifra. Ello demuestra la perfecta adaptación de los taínos al medio.

          La conquista empezó de forma abrupta en 1492, sobre todo por el virulento azote de las enfermedades –influencia suina y/o aviar, gripe, viruela, sarampión, etc.-, y por la servidumbre abusiva impuesta por los conquistadores. No mucho mejor les fue a los españoles, mal dirigidos por un navegante sin experiencia gubernamental y con una ambición áurea desmedida. Para colmo, como indican Consuelo Varela y Juan Gil, no se calcularon adecuadamente las necesidades alimentarias, lo que combinado con la estrategia de los taínos de no cultivar la tierra para provocar su marcha, desató grandes hambrunas, a la par que se desencadenaban enfermedades, especialmente la sífilis, conocida entonces como el mal de las bubas. La primera ciudad del Nuevo Mundo, la Isabela, se erigió en el sitio equivocada y fue arrasada, primero, por el fuego y luego, en 1495, por un devastador huracán. A finales del año 1500, la colonia era un verdadero desastre, los hispanos no llegaban al medio millar y estaban enfrentados entre ellos, mientras que Santo Domingo no era más que una aldea formada por varias viviendas, construidas con materiales vernáculos. Los reyes enviaron sin suerte a Francisco de Bobadilla y, después, a Nicolás de Ovando que tuvo el mérito de enderezar el rumbo de la colonia, garantizando su viabilidad y afianzando la autoridad real. La creación de la Real Audiencia, en 1511, marco un hito en la historia política dominicana. Y ello, como destaca Wenceslao Vega, por los amplios poderes y la extensa jurisdicción de esta institución que, como es bien sabido, no comenzó a mermar hasta 1527, cuando se erigió la Audiencia novohispana.

          A nivel social se produjo una resistencia de los grupos oprimidos, primero de los indios y luego de los esclavos negros. Por fortuna para los dominadores, nunca hubo una alianza de la clase subalterna para hacer frente conjuntamente al poder. Como explica Genaro Rodríguez, los taínos siempre entendieron que la población de color eran elementos foráneos que formaban parte del sistema de dominación. Ni las rebeliones indígenas, ni las de cimarrones negros buscaron nunca cambiar el sistema sino simplemente su libertad. Y aunque se convirtieron en endémicas a lo largo de todo el siglo, nunca supusieron un peligro real para la élite criolla.

          Se analiza con especial detenimiento la economía de la isla, empezando por el llamado ciclo del oro, que resultó ser muy efímero, aunque los depósitos sedimentarios eran considerables a juzgar por las cantidades fundidas. Y segundo, el ciclo del azúcar, que tanta importancia tuvo a lo largo de toda la época colonial, aunque vivió su período álgido entre 1520 y 1560. En esos momentos, los esclavos llegaron a ser más de 25.000, mientras que la población blanca apenas superó los cinco millares. De esta simbiosis racial y cultural nació el componente social más importante de la colonia, el criollo. La economía de la isla no se colapsó porque los colonos buscaron otras fuentes de ingresos, produciendo y exportando jengibre, cañafístula, palo brasil, cueros vacunos y fortaleciendo las relaciones económicas con los corsarios en la banda norte. A mediados de siglo, había grandes hateros que tenían 20.000 y hasta 25.000 cabezas de ganado vacuno. Pero además, la fundición de oro continuó, como desvelan las páginas de esta obra, pues tan sólo en el quinquenio comprendido entre 1537 y 1542 se fundieron más de ¡260.000 pesos de oro! A partir de la segunda mitad del siglo XVI, el contrabando, practicado especialmente en la banda norte, se convirtió en uno de los motores de la economía insular. En realidad, no fue otra cosa que la respuesta de los sectores productivos locales a la tiranía impuesta por los cargadores sevillanos. Sin embargo, éste era un grupo demasiado poderoso como para consentir semejante violación del pacto colonial. Tras varios intentos fallidos de despoblar la zona para erradicar el fraude, se optó por una medida absolutamente radical, las tristemente famosas devastaciones llevadas a cabo por el gobernador Antonio Osorio entre 1605 y 1606. La decisión fue tan traumática que sentó las bases de la futura secesión de la isla.

          Además de las estructuras política, social y económica, se analizan también aspectos ideológicos, religiosos, culturales, artísticos y religiosos. El establecimiento de las primeras órdenes religiosas, las diócesis, las parroquias, los hospitales y las cofradías. Asimismo, Eugenio Pérez Montás nos introduce en la apasionante temática de las fundaciones de villas, el urbanismo y las primeras construcciones, tanto civiles como religiosas. Los españoles fueron conscientes en todo momento que conquistar equivalía a poblar y solo se podía poblar realmente mediante la fundación de ciudades. Todo esto y mucho más encontrará el lector entre las páginas de esta obra.

          En la introducción, el coordinador general señaló la intención de que este texto no solo fuese una síntesis novedosa de todos los conocimientos sobre la historia dominicana sino que, a la vez, tuviese un carácter divulgativo. El reto era difícil, porque nunca es fácil unir rigor científico con divulgación. La historiografía anglosajona tiene una amplia trayectoria en ese sentido pero no la hispánica. Por fortuna, el objetivo se ha superado, pues los textos poseen toda la veracidad científica, planteando un estado de la cuestión e, incluso, proyectando cuestiones no resueltas, marcando caminos a seguir por la historiografía y todo ello con un lenguaje accesible a cualquier persona que desee conocer el pasado de su país. Carlos Forcadell ha escrito acertadamente que uno de los grandes problemas de la historiografía hispánica es el miedo secular a las obras de síntesis, por la dificultad que tiene establecer generalizaciones. Por eso este libro tiene un valor añadido ya que contribuye al cambio de tendencia no sólo de la historiografía dominicana sino también de la hispánica. Pero al margen de su valor dentro del terreno historiográfico, lo realmente importante es su trascendencia en términos de utilidad social para cualquier persona interesada en conocer la verdad histórica en una época en la que la historia de la República Dominicana, se confunde con la historia del Imperio y, por extensión, con la historia del mundo.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LEYENDA NEGRA Y LEYENDAS DORADAS EN LA CONQUISTA DE AMÉRICA. PEDRARIAS Y BALBOA

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ARAM, Bethany: Leyenda negra y leyendas doradas en la conquista de América. Pedrarias y Balboa. Madrid, Marcial Pons, 2008, 451 pp.

          Con un lustro de retraso he leído esta brillante obra sobre este dúo de conquistadores, el segoviano Pedrarias Dávila y el jerezano Vasco Núñez de Balboa. Constituye un acierto de la autora el estudio comparado de ambos personajes porque no se puede entender uno sin el otro. Aram intenta ofrecer un punto de vista objetivo, aunque también confiesa su creciente simpatía por ambos conquistadores, especialmente por el primero. No obstante, a mi juicio sí consigue romper con el maniqueísmo tradicional que asociaba a Balboa con el héroe del pueblo, frente Pedrarias que pasó a la historia como el intransigente cortesano que envió al patíbulo al primero. No en vano, Hugh Thomas llegó a escribir que Pedrarias fue la persona más odiosa de toda la conquista. Obviamente, esta visión tan radical entre el héroe y el tirano, favorecida por la rápida desaparición del primero, no se ajusta a la realidad. El hecho ya lo había puesto de relieve María del Carmen Mena en su magnífica biografía de Pedrarias, pero lo apuntala definitivamente Bethany Aram.
          Como ya hemos dicho, la autora no logra totalmente esa supuesta neutralidad porque, en ocasiones, se aprecia una gran simpatía personal hacia la figura del conquistador segoviano. Tanto es así que llega a justificar el ajusticiamiento de Balboa en Acla por su rebelión, no contra Pedrarias sino contra su sucesor Lope de Sosa. A mi juicio, no hay pruebas suficientes que sugieran que el jerezano tuviese en mente rebelarse contra el poder real sino que, como tantos otros, pretendía ignorar al gobernador, proseguir con sus descubrimientos y después solicitar a posteriori el reconocimiento real. El segoviano pudo haber mostrado un ápice de indulgencia, pero no lo hizo, ni siquiera tratándose del prometido de su hija. Lo cierto es que a esto mismo jugaron decenas de conquistadores, y a unos les salió bien y a otros mal. Balboa fue uno más de tantos que desgraciadamente fracasaron, entre otras cosas porque se encontró enfrente a una persona dispuesta a aplicar la ley hasta sus últimas consecuencias. No debe ser casualidad que a Pedrarias se le conociera como el gran justador. Sin embargo, el jerezano tuvo una muerte acorde con su forma de vida, por eso los cronistas de su época interpretaron que, con traición o sin ella, su ejecución fue un castigo divino por las atrocidades cometidas durante su vida. Pedrarias Dávila tuvo algo más de suerte, pero no mucha más, pues aunque le sobrevivió más de una década, murió en la pobreza, tras perder a dos de sus hijos, y sólo, lejos de su querida esposa, doña Isabel de Bobadilla.
          Pero, ¿quién provocó el enfrentamiento? Pues indirectamente la propia Corona que, con frecuencia, contraponía a dos personas con la intención de facilitar el control del territorio. Ocurrió con Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda, ahora con Balboa y Pedrarias y pocos años después con Diego de Almagro y Francisco Pizarro. Y todo ello en beneficio propio, pues conseguía que uno controlase el exceso de poder del otro y viceversa.
          La autora señala la desmedida ambición del jerezano, dispuesto incluso a convertir el Darién en un gran mercado exportador de indios esclavos. Sin embargo, es indudable que Pedrarias también exhibía grandes dosis de ambición, por lo que, al igual que Balboa, estaba dispuesto a cualquier cosa con tan de enriquecerse. De hecho, para cobrar sus emolumentos, dado que la tierra no proporcionaba rentas suficientes, permitió todo tipo de abusos contra los sufridos nativos.
          Tampoco comparto con la autora sus juicios de valor cuando compara la crueldad de la conquista con la de la reconquista. Y no la comparto porque aunque las razias, la destrucción y las muertes fuesen similares, las fuerzas musulmanas mantenían un cierto equilibrio con las cristianas. En cambio, los pobres indios no tuvieron la más mínima oportunidad de éxito; su mundo estaba condenado a la desaparición.
          Una de las cuestiones más novedosas de esta obra, sustentada en documentación inédita, es el interés de Pedrarias en la empresa que Francisco Pizarro, Diego de Almagro y Fernando de Luque pretendían llevar al Levante y que acabó a medio plazo con la conquista del Tahuantinsuyu. Tradicionalmente, se pensaba que el segoviano puso muchas cortapisas a estas expediciones por la sangría de hombres y de esfuerzos que provocó en los primeros años. Sin embargo, la autora presenta un documento de 1525, en el que se pretendía cuantificar lo gastado desde 1524 en la campaña del Sur, confirmando la participación en la empresa a partes iguales de Almagro, Pizarro, Luque y Pedrarias. Toda la jornada dependía directamente del gobernador que se involucró en la jornada, repartiendo en cuatro partes la inversión y los futuros beneficios. Por tanto, queda claro, que las primeras expediciones en busca del Tahuantinsuyu gozaron de la bendición y la participación de la máxima autoridad de Castilla del Oro.  
          En general, algunos puntos de vista de la autora pueden ser discutibles, pero construye su argumentación sobre un aparato crítico impresionante, incontestable. Por un lado, sintetiza todo lo que sabíamos hasta la fecha sobre ambos personajes y, por el otro, aporta algunos documentos nuevos que nos permiten perfilarlos mucho mejor. Y además no se queda en la anécdota sino que trata de reconstruir a los personajes en su contexto histórico, lo que aporta singularidad a su estudio. Por tanto, huelga decir que estamos ante una obra valiosa que aporta novedades y nuevos puntos de vista a la historia de la colonización temprana de Castilla del Oro y a la biografía de sus protagonistas.

ESTEBAN MIRA CABALLOS


LA LEYENDA NEGRA. HISTORIA NATURAL Y MORAL DE UNA CATÁSTROFE ECOLÓGICA (1492-1592)

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MUÑOZ SANZ, Agustín: La Leyenda Negra. Historia natural y moral de una catástrofe ecológica (1492-1592). Mérida, Editora Regional de Extremadura, 2012, 252 pp.

 

        Interesante trabajo realizado por un médico en activo de la Unidad de Patología Infecciosa del hospital Infanta Cristina de Badajoz. En los orígenes de la colonización española del Nuevo Mundo aparecieron varias oleadas epidemiológicas que diezmaron, en algunos casos de forma irreversible, a las poblaciones indígenas: la influenza suina o gripe del cerdo (1493), la viruela (1518-1526), el sarampión (1530-1532, 1559, 1563-1564 y 1595), la varicela (1538), la gripe (1558-1559), el tifus o la peste pulmonar (1545-1548 y 1576-1580), las paperas (1550) la tosferina (1562), la peste (1560-1561 y 1587-1595), la difteria, etcétera. La mortalidad fue espantosa al igual que dos siglos después lo fue en Oceanía, muy a pesar de que ya se conocían los mecanismos de transmisión así como algunas vacunas, como la de la viruela.

El estudio de estas epidemias ha sido afrontado tanto por historiadores como por galenos, existiendo destacados estudios tanto de unos como de otros. Pues bien, el trabajo del Dr. Agustín Muñoz es un nuevo intento de concreción de las primeras epidemias desatadas en el Nuevo Mundo y su interpretación en el marco del proceso expansivo, en relación a la historia y a la leyenda. Para sustentar sus análisis contrasta los testimonios de la época con la sintomatología que esas patologías producen. Obviamente, en ello, los médicos tienen una formación de la que carecen los historiadores, y que les permiten precisar más razonadamente las enfermedades concretas que azotaron el Nuevo Mundo.

Precisamente, un médico, Francisco Guerra, fue el primero que demostró convincentemente que la primera gran epidemia americana tras la llegada de los europeos, la desatada en la Española en 1493, fue fruto de la influenza suina, trasmitida por unas cerdas compradas por Colón en la Gomera. Un tipo de gripe que se transmite del cerdo al ser humano y que provoca infecciones respiratorias severas que con frecuencia acaban en el deceso del afectado. Han sido historiadores los que han cuestionado, de forma quizás poco convincente, que se tratase de influenza. Así, Noble David Cook ha defendido que fue en realidad el primer brote de viruela, mientras que Massimo Livi Bacci ha llegado a decir que no hubo epidemia y que la hecatombe se debió al trastorno que experimentaron las estructuras socio-económicas indígenas. Agustín Sanz, que parece desconocer parte de la obra de Cook e ignora totalmente a Bacci, rebate por infundada la tesis de la viruela, posicionándose junto a los que defienden la influenza, aunque estableciendo un matiz bastante convincente: esta gripe pudo haber sido de origen porcino, pero también humana o aviar, o por la acción combinada de todas ellas.

Asimismo, plantea la posibilidad, siguiendo a Pablo Patrón, de que el Inca Huayna Cápac hubiese muerto entre 1525 y 1530 no de viruela, como tradicionalmente se ha sostenido, sino de una enfermedad endémica en el Perú, la bartonelosis. Con las reservas de un historiador, que no se siente seguro en cuestiones médicas, no creo que haya razones para pensar eso, precisamente por su carácter endémico en el área andina. De hecho, Adam Szászdi demostró que la epidemia que estuvo a punto de acabar con todos los hombres de Francisco Pizarro en Coaque, antes de la celada de Cajamarca, fue un brote de Bartonelosis. Sin embargo, dado que solía aparecer en forma benigna en la infancia, los naturales estaban más o menos inmunizados. Por ello, en principio no parece probable que la gran epidemia que asoló el Tahuantinsuyu, matando al Inca, fuese bartonelosis.

Pero la obra de Muñoz Sanz, brillante en los aspectos médicos, tiene a mi juicio, algunas lagunas cuando trata de contextualizarlos desde el punto de vista histórico. Aunque escribe, citando a Motolinía y a otros cronistas, que además de las enfermedades hubo otras causas que favorecieron la desaparición de millones de amerindios, en el fondo no parece integrar esta idea en su forma de entender el derrumbe de la población indígena. De hecho, termina cayendo en el error de usar la epidemiología para negar el genocidio –pág. 17-. Según el autor, epidemias y catástrofes naturales fueron las responsables de la hecatombe demográfica casi en exclusiva. Aunque él no lo sepa, se trata de una vieja línea de pensamiento defendida desde hace décadas por una parte de la historiografía hispanista, que afirma que la mortalidad provocada por las enfermedades, unido a otros factores concatenados en el tiempo, desmentían el genocidio. Además, recurre a la manida estrategia de desacreditar a la América Precolombina, con sus guerras, su antropofagia ritual y con la brutalidad de algunos de sus líderes. Sin embargo, con ser cierto, esto ni niega ni afirma el genocidio de la conquista.

A mi juicio, esta línea argumental habría que matizarla: por un lado, las epidemias con ser indudablemente la causa principal de la despoblación, no fue la única ni muchísimo menos. Es obvio que ni todos ni casi todos murieron por las enfermedades, ni tampoco por la tiranía ejercida por los vencedores; ambas posiciones implican una simplificación que necesariamente falsea la realidad. Millones de ellos perecieron de enfermedades pero otros cientos de miles fueron víctimas de asesinatos, violaciones, ejecuciones sistemáticas y esclavización hasta la extenuación. Algunos territorios americanos se convirtieron en los primeros años en factorías de esclavos a bajo precio, llegando a venderse varios miles de ellos en los mercados de esclavos de la propia Castilla. Y segundo, la leyenda negra, obviamente como tal leyenda, es absolutamente falsa y simple como bien indica el autor, pero no porque no se hubiesen cometido en la conquista todo tipo de crueldades –como en toda guerra- sino porque atribuye a los españoles una forma de actuar que había usado toda la humanidad, al menos desde los orígenes de la civilización. Por tanto, quede claro que la mayor parte de la población indígena murió de enfermedades, pero eso no excluye el genocidio. Cualquiera que esté habituado a leer los textos de la época, sabe que hubo un etnocidio sistemático y más puntualmente un genocidio que podríamos llamar arcaico o moderno.

Por lo demás encontramos algunos errores o erratas como citar al cronista Gonzalo Fernández de Oviedo como Francisco –pág. 28-, mencionar a Bartolomé de Las Casas como agustino –pág. 222-, o hablar del imperio azteca –pág. 108- cuando nunca pasó de ser una confederación, formada por Tenochtitlán, Texcoco y Tlatelolco. Asimismo, nos extraña en una obra tan documentada la ausencia de dos monografías que han revolucionado los estudios epidemiológicos del Nuevo Mundo, a saber: La conquista biológica. Las enfermedades en el Nuevo Mundo (Madrid, Siglo XXI, 2005) de Noble David Cook y Los estragos de la conquista (Barcelona, Crítica, 2006) del demógrafo italiano Massimo Livi Bacci.

Y para concluir, creo que el libro del Dr. Muñoz contiene algunos aportes de interés, sobre todo relacionados con cuestiones médicas. Además establece posicionamientos abiertos que al menos permiten el debate intelectual, aportando pistas para reflexiones e investigaciones futuras.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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