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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2013.

CONTRAHISTORIA DEL LIBERALISMO

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LOSURDO, Domenico: Contrahistoria del Liberalismo. Barcelona, El Viejo Topo, 2007, 374 págs.

 

        Domenico Losurdo, profesor de Filosofía de la Historia en la Universidad de Urbina, reflexiona en este libro sobre las contradicciones y mitos del liberalismo. La ideología liberal fue la responsable del fin del Antiguo Régimen, esgrimiendo las libertades individuales, frente al poder absoluto. Sin embargo, dicha ideología no puede identificarse con la libertad sin más. No podemos obviar –recalca Losurdo- que pese a su utilidad en el tránsito del Viejo al Nuevo Régimen, se trataba de un credo de clase, de la clase burguesa. Y por ello, siempre ha tendido a la defensa de los intereses del grupo dominante y no del pueblo. Como ya dijo en el siglo pasado René Rémond, el liberalismo tiende a mantener la desigualdad social. Por eso no sólo tolera la esclavitud sino que la auspicia y la justifica.

El aporte del autor de este libro consiste en haber demostrado de manera incontestable que la esclavitud y el imperialismo –de cualquier tipo- no es que permanezca residualmente en los inicios del liberalismo sino que es consustancial a él y que, incluso, alcanza su máximo desarrollo tras el triunfo liberal. Naciones tradicionalmente liberales como Inglaterra u Holanda estuvieron más implicadas que nadie en la trata negrera. Pero es más, padres del liberalismo, como Locke, Calhoun o John Stuart Mill defendieron la institución de la esclavitud en mayor o en menor grado, aunque otros como Montesquieu o el propio libertador Simón Bolívar, la censurasen con claridad. Locke lo mismo criticaba el servilismo autocrático de la monarquía absoluta que justificaba la esclavitud en las colonias. Es sin duda el último de los grandes filósofos que argumenta a favor de la esclavitud absoluta y perpetua, pues no en vano el mismo poseía inversiones en el lucrativo negocio de la trata. La situación en el siglo XVIII llegó a tal extremo que era más difícil que un esclavo de una colonia británica alcanzase la manumisión que otro que hubiese vivido en el antiguo Imperio Romano.

Si ya de por sí muchos liberales justificaban la esclavitud, con muchas más razones, lo hacían del servilismo. Incluso los abolicionistas tienen intereses velados, pues rechazan la esclavitud pero sostienen el trabajo servil. Las reclutas forzadas de marineros y de soldados eran prácticas habituales en el mundo anglosajón en los siglos XVIII y XIX. Dada la dureza de estos oficios y la alta tasa de mortalidad, las autoridades metropolitanas se veían obligadas a recurrir a métodos drásticos para mantener en servicio las más de 700 naves de guerra que surcaban y mantenían su imperio. Una forma de servidumbre que no guardaba apenas diferencias con la esclavitud.

Llegados a ese punto, el profesor Losurdo se plantea una interesante pregunta: ¿se puede ser liberal y esclavista al mismo tiempo? La respuesta no admite dudas, rotundamente sí. Dicha ideología, al ser clasista, defiende los derechos y libertades de la clase dominante, negando todas estas prerrogativas a pobres, marginados, huérfanos, vagabundos y minorías étnicas. La idea ciceroniana de que algunos pueblos eran indignos de la libertad se mantenía con énfasis en el ideario liberal. Para John Stuart Mill los anglosajones estaban en la cúspide civilizatoria, pues habían contribuido al progreso general de la humanidad. Por eso, el sometimiento de otros pueblos, teóricamente bárbaros, no sólo era posible sino deseable. Pero en esa defensa clasista los ideólogos liberales van mucho más allá: en caso de que dentro del propio país civilizado se produjese una barbarie interna –revueltas, manifestaciones, huelgas- que amenazase la estabilidad, es posible suprimir temporalmente las libertades y establecer un gobierno dictatorial. Esta idea la defendió en su día Montesquieu y la esgrime y usa reiteradamente el neoliberalismo en pleno siglo XXI.

        Asimismo, insiste el autor que el estado del bienestar, que durante varias décadas hemos conocido en Europa, no ha sido fruto del liberalismo como piensa la mayoría. En realidad, estos avances sociales no han sido una concesión graciosa de la élite dirigente –la burguesía- sino fruto de la larga lucha de clases que se inicia fundamentalmente a parte de la revolución rusa de 1917. Desde la caída del muro de Berlín, y tras el desprestigio de la praxis marxista, esta última ideología ha perdido fuerza lo que ha aprovechado la ideología liberal para acabar con el estado del bienestar. Si nada ni nadie lo remedia vamos a asistir en los próximos lustros al fin del estado social y a la vuelta de las grandes desigualdades sociales. La clase media se reducirá drásticamente, al tiempo que aparece una extensa prole de trabajadores pobres que ni aun trabajando conseguirán satisfacer sus necesidades más perentorias.

Lo que Losurdo deja claro en esta brillante obra es que la ideología y la praxis liberal no solo no han impedido la esclavitud, la servidumbre o el expansionismo imperialista sino que han sido consustanciales a su propio sistema. El panorama se presenta sombrío por el triunfo de la ideología neoliberal. La única esperanza que nos queda es que precisamente la reaparición de la clase obrera en su más extenso sentido, dé lugar a un retorno del movimiento obrero y a un renacer del pensamiento marxiano. También sería positivo que potencias regionales como Rusia o emergentes como China, consiguiesen el potencial suficiente para frenar o al menos limitar el expansionismo estadounidense por el mundo y su ideología neoliberal.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA POBREZA DE CLÍO

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BOLDIZZONI, Francesco: La pobreza de Clío. Crisis y renovación en el estudio de la historia. Barcelona, Crítica, 2013, 350 págs.

 

        En apariencia el libro se debería referir a la crisis de la ciencia histórica y las propuestas para superarla. Así se especifica incluso en la sinopsis de la contraportada, mientras que en el prefacio su autor confiesa que su objetivo ha sido el de un historiador preocupado por evangelizar a los economistas. Sin embargo, más bien parece que su objetivo real ha sido el inverso, es decir, el de un economista preocupado por evangelizar a los historiadores. Básicamente, el libro vuelve a incidir en el viejo enfrentamiento en el seno de la historia económica entre los partidarios de llevar la cuantificación hasta sus últimas consecuencias y los que no. Entre los primeros están la corriente cuantitativa que, a mediados del siglo pasado, lideró S. Kuznets, y la New Economic History –también llamada actualmente cliometría- que poco después encabezaron economistas como Conrad y Meyer, Fislow y R. W. Fogel. La escuela cliométrica, aunque cuenta con pocos adeptos, tiene una gran influencia en la historiografía anglosajona y amenaza también con ganar terreno en la europea.

        El autor atribuye la crisis actual de la historia a los historiadores historicistas que formularon una historia narrativa acorde con la ideología neoliberal y que, por tanto, no daban respuestas a los problemas de hoy. Y no le falta razón, sólo que hay más responsables, entre otros los economistas historiadores de la escuela cuantitativa que redujeron la historia a flujos económicos, haciendo extrapolaciones poco fiables. Tampoco contribuyeron al buen nombre de la historia los miembros de la escuela cliométrica cuando plantearon una historia contrafactual, utilizando hipótesis alternativas que no llevaban a ningún sitio. No tiene ningún sentido plantearse hipótesis contrafactuales: ¿cómo hubiese sido el curso de la historia Antigua si Aníbal hubiese conquistado Roma? ¿qué hubiese pasado si Hitler hubiese ganado la II Guerra Mundial?, etc. Evidentemente la historia hubiese sido otra, pero no podemos saber cómo, sencillamente porque no disponemos de herramientas para ello. Por tanto, la historia que plantea la cliometría es, de acuerdo con E. P. Thompson, totalmente inútil e improductiva. Además, en el fondo, cometen el error de tratar de compatibilizar el pasado con la economía neoliberal. Lo cierto es que la situación crítica en la que se encuentra la historia actualmente no se debe sólo a la insolvencia del método historicista sino también al fracaso de las escuelas cuantitativas y cliométrica. .

Dado que hay historiadores insatisfechos y economistas discrepantes, está claro que urge una solución alternativa que dé nuevas herramientas de análisis del pasado. Para evitar contaminaciones ideológicas el autor afirma que se ha esforzado en buscar una cierta neutralidad. Pero como suele ocurrir, el resultado final es un trabajo raro, mal definido ideológicamente, donde con mucha tibieza se critican los excesos del neoliberalismo y de las escuelas económicas cuantitativas. No obstante, y pese a su precaución por no implicarse ideológicamente, el autor está más próximo a una lectura neoliberal que supuestamente critica que a una interpretación progresista de la historia. La solución que plantea no es otra que el uso de los últimos avances en la historia económica. Enfoques muldimensionales del desarrollo de la economía que contribuyan a renovarla. Sin embargo, este planteamiento solo puede ser una solución para la historia económica no para la ciencia histórica en su globalidad. Y es que la historia es mucho más que eso, pues está condicionada y protagonizada por individuos y sociedades en las que la cultura, la ideología y las mentalidades condicionan la actividad humana. A mi juicio, hay corrientes historiográficas que han supuesto un aporte impagable a la historiografía, como la Escuela Anales que en su día supuso una verdadera revolución, o la escuela marxista, entre otras. El aporte a la historia económica de Karl Marx y sus discípulos ha sido notabilísimo, pese al silenciamiento que se hace de él en esta obra, pues su autor considera que eso pertenece ya al pasado. Asimismo, el profesor Boldizzoni insiste en que es necesario superar el relativismo que supone que estemos continuamente reescribiendo la historia para adecuarnos a los problemas del presente. Y en apoyo de ello, dice algo tan reaccionario como que el buen conocimiento de la historiografía tiene la acción beneficiosa de disminuir en gran medida las pretensiones de innovación de los profesionales actuales. Como si la innovación no fuese en realidad una necesidad perentoria. Yo creo precisamente lo contrario, es decir, que el buen conocimiento de la historiografía nos puede ayudar a innovar el método y el conocimiento del pasado desde nuestro presente. De hecho, la historia solo tiene valor si trata de proporcionarnos respuestas a los problemas de nuestro tiempo, es decir, si es historia del pasado-presente. No podemos olvidar que la historia, como quería Antonio Gramsci, es una disciplina que se refiere a todos los hombres del mundo en cuanto se unen entre sí en sociedades y trabajan, luchan y se mejoran a sí mismos. Los individuos responden a un entorno social, pero son en menor o mayor grado responsables de sus actos, no son una mera unión de moléculas egoístas que determinan sus acciones. Por eso, es impensable que la historia económica por sí sola pueda constituir una metodología global para la complejidad de la ciencia histórica.

  El análisis del profesor Boldizzoni puede ser brillante, no lo dudo, pero simple y llanamente no se ajusta al contenido del título, lo que no deja de ser una decepción para el lector que espera otra cosa entre sus páginas. Acierta de pleno en sus críticas a la corriente cliométrica, al tiempo que introduce sugerencias metodológicas atractivas sobre la historia económica. De hecho, su libro acaba con una especie de manifiesto en el que establece cinco recomendaciones para la renovación de la historia económica: fidelidad a las fuentes primarias, contextualización histórica, relación con otras disciplinas, uso adecuado de las técnicas cuantitativas y la puesta en práctica de una metodología inductiva. Sin embargo, apenas dedica unas páginas a las innovaciones metodológicas que en el último medio siglo han aportado la historia social, la antropología y la sociología. Acaso, la unión de esfuerzos de todas estas disciplinas así como los crecientes aportes de la historiografía de los países emergentes mejoren la creatividad y la credibilidad de nuestra querida ciencia histórica.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL PODER Y EL IMPERIO

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HEADRICK, Daniel R.: El Poder y el Imperio. La tecnología y el Imperialismo, de 1400 a la actualidad. Barcelona, Editorial Crítica, 2011, 456 págs.

 

        Traducción de la obra Power Over Peoples, con una variación acusada del título que literalmente era El poder sobre los Pueblos y que se ha cambiado por éste quizás más atractivo de El Poder y el Imperio. Una obra verdaderamente monumental, amena, bien escrita y muy documentada en la que Daniel R. Headrick, profesor emérito de la Roosevelt University of Chicago, analiza el papel de la tecnología en el imperialismo occidental, desde el siglo XV a nuestros días. El fenómeno arranca de la antigüedad con imperios como el acadio, el asirio, el romano o el chino de Gengis Khan. Como destaca el autor, este imperialismo no se limitaba a Occidente sino que se extendía por Oriente, con potencias como China que, a principios del siglo XV, poseía la armada de guerra y la marina mercante más poderosa del mundo. Problemas internos, y sobre todo el miedo a las invasiones nómadas del norte, les llevó a centrarse en la defensa interior de su territorio, con la construcción de la famosa Gran Muralla, y a abandonar su posible expansión naval. En cualquier caso, el autor analiza tan sólo el imperialismo moderno y contemporáneo, cuyo momento culminante se alcanzó poco antes del estallido de la I Guerra Mundial, cuando las potencias occidentales controlaban nada más y nada menos que el 84,4 por ciento de todo el orbe.

        A su juicio, el móvil fundamental fue el control económico y material de los pueblos conquistados o sometidos. Sin embargo, no le falta razón cuando afirma que hay algo que casi todos los investigadores han obviado y es que para llevar a cabo dichas aventuras coloniales o imperialista hacía falta una tecnología y unas condiciones medioambientales determinadas. Nada ha sido tan importante en la historia como los avances tecnológicos –las armas de fuego, el barco de vapor, la ametralladora, la aviación, etc.-, que han sido los responsables de las relaciones internacionales de dominio. Cada vez que un reino o un estado estimaba que poseía un potencial tecnológico suficiente para someter a otros lo hacía. Desgraciadamente, la ambición ha sido siempre un rasgo esencial del ser humano, que alcanza su máxima expresión en el sometimiento de unos pueblos a otros, pero que sólo se puede llevar a cabo cuando la tecnología lo permite.

        Inicialmente, la expansión europea estuvo influida por la necesidad de salir del confinamiento al que, desde el este y el sur, le sometían el Islam y la Reforma, pretendiendo ganar allende los mares lo que perdía en su propio continente. El descubrimiento del océano fue iniciado por los portugueses, seguidos de los españoles que no tardaron en incorporar la experiencia náutica lusa y sumarla a la suya propia. En la conquista de América se produjo una guerra asimétrica debido a la caballería y a las armas de fuego, pues los indígenas no poseían tecnología y tácticas capaces de frenarlos. Pero disiento del autor en varios aspectos: uno, maximiza la superioridad tecnológica de los hispanos, restando importancia a su superioridad psicológica y a la fuerza de las motivaciones que fueron elementos determinantes de aquella superioridad. Y otra, tampoco creo que los hispanos fracasaran en la conquista de Norteamérica, del sur de Chile o del Amazonas. Aunque las sociedades tribales eran más difíciles de ocupar porque había que ir sometiendo pueblo a pueblo o cacique a cacique, el motivo fundamental por el que no fueron conquistados fue que no hallaron metales preciosos. Si Francisco de Orellana hubiese encontrado en el Amazonas el Dorado o el país de la Canela es obvio que el pulmón del mundo hubiese desaparecido hace tiempo. Y lo mismo puede decirse de Chile, o Argentina. Tampoco parece cierto que la principal desigualdad entre el Tahuantinsuyu y los imperios occidentales como el romano, fuese la carencia de escritura. Ésta la suplían a nivel fiscal con el quipu y la historia y la literatura eran de transmisión oral. La principal diferencia no era esa sino el desconocimiento del hierro.

        A partir del capítulo cuarto se aborda el imperialismo contemporáneo, liderado por Gran Bretaña y Francia, que extendieron sus dominios por África y Asia. Las revoluciones industriales, despertaron un apetito insaciable por buscar nuevos mercados que solucionaran el problema de la superproducción que aquejaba a Europa, al tiempo que les permitía importar materias primas, fuentes de energía y productos exóticos. También aportaron las innovaciones tecnológicas necesarias para llevar a cabo esa expansión. El barco de vapor, las mejoras en las armas de fuego –más eficaces y, por tanto, más mortíferas- y la tecnología médica –como la profilaxis con quinina o la vacuna de la viruela- permitieron esta expansión sin precedentes. Bien es cierto que estos avances médicos no estaban destinados a mejorar la salud de los nativos sino la de los colonos europeos. Los vapores fueron el medio y el incentivo de la expansión imperialista de principios de la Edad Contemporánea. Los navíos ingleses surcaron los océanos del mundo, consolidando una línea entre Inglaterra y la India. Los ingleses establecieron su libre comercio a los asiáticos recalcitrantes, después de imponerse en la guerra del Opio, aunque fracasaron en la primera guerra anglo-afgana de 1839-1842. Ésta fue la primera de una larga serie de fracasos que las potencias mundiales han sufrido en Afganistán hasta nuestros días. África fue ocupada en poco más de cuatro décadas, debido fundamentalmente a la diferencia abismal entre las armas europeas y las de los nativos. También los Estados Unidos ocuparon el oeste americano, acabando con cientos de pueblos aborígenes a quienes se les asesinó o se les expulsó de sus tierras. La resistencia fue feroz, pues estos se habían convertido en veloces jinetes y además disponían de armas de fuego. Pero el hombre blanco acabó con su medio de vida, los bisontes, de los que se alimentaban y vestían. De esta forma los redujeron a la pobreza, sin alimentos, sin cobijo y sin ropa, facilitando su derrota, incluidos los cheyenes, comanches y lakotas que tuvieron el orgullo de vender cara su derrota.

Poco antes de la I Guerra Mundial, la expansión imperialista se había frenado drásticamente porque las antiguas colonias fueron incorporando la mayor parte de la tecnología bélica y médica de las metrópolis y acabó con ese expansionismo barato fácil y rentable. Los etíopes habían derrotado a los italianos en la batalla de Adua (1896), demostrando que era posible la victoria sobre las metrópolis. También los españoles fueron dolorosamente derrotados en Annual (1921), entre Ceuta y Melilla. La respuesta tardó en llegar cuatro años, cuando un desembarco hispano-francés, precedido de bombardeos masivos en los que además se usaron armas químicas –gas mostaza-, derrotó a los insurgentes. Pese al descalabro de los rifeños y a la captura de su líder Abd-el-Krim, el daño ya estaba hecho. Ahora, las guerras eran costosas en vidas humanas y en dinero, que no se compensaba ya con los posibles beneficios. Cuando los costes de una expansión superaran a los posibles beneficios, ésta se estanca.

Sin embargo, después de la Gran Guerra entró en juego una nueva arma, la aviación, que permitió relanzar aventuras imperiales no solo a los Estados Unidos, la URSS, Gran Bretaña o Francia, sino también a potencias de segundo orden como Italia o España. En el capítulo octavo, el autor indaga en el control aéreo entre 1911 y 1936. Sin embargo, después de la II Guerra Mundial, pese a las tecnologías aéreas, muchas de estas potencias tenían problemas para controlar aquellos países con condiciones naturales adversas –selvas, ciénagas, montañas, etc. Algunos estados modestos consiguieron derrotar o frenar el avance de auténticas superpotencias. Así le ocurrió a los Estados Unidos en Corea, Vietnam e Irak y a la URSS en Afganistán. Ya las victorias de los ejércitos convencionales no garantizan ni tan siquiera el control efectivo del territorio. Es más, como dice el autor, cuanto más cruentos son los bombardeos mayores simpatías y adhesiones despiertan los insurgentes y más facilidad tienen para captar nuevos adeptos. Por cada insurgente asesinado surgen diez nuevos rebeldes. Este declive del control del aire lo analiza el autor en el capítulo noveno, cuyo umbral cronológico prolonga hasta el año 2007. Esto demuestra, a juicio del profesor Headrick, que la tecnología por muy avanzada que sea no necesariamente otorga el poder sobre los pueblos con tecnologías más arcaicas. El creciente poder tecnológico de las grandes potencias coincide paradójicamente con la disminución del poder sobre los pueblos. Y esto en la actualidad es mucho más visible por la globalización que permite tener comunicados permanentemente a todos los insurgentes, rebeldes, opositores y hasta terroristas del mundo, ante la impotencia de los grandes poderes mundiales. Aún así los países más desarrollados siguen en su afán incansable por desarrollar nuevas y más sofisticadas tecnologías que les permitan controlar el mundo. Esa es la sinrazón humana, una ambición desmedida que no ha cesado de provocar desgracias, catástrofes, muertes e injusticias.

        Como es normal en una obra de esta envergadura, es posible encontrar aspectos más que discutibles e incluso mejorables, a saber: se aprecia que el autor maneja mucho mejor el imperialismo contemporáneo, que es donde encontramos los mejores aportes de la obra, que el moderno o el medieval, como el descubrimiento de los océanos y la conquista de América. Asimismo, se percibe un amplio conocimiento de las fuentes, aunque se limita casi exclusivamente a la bibliografía anglosajona, con muy pocas excepciones y casi siempre alusiva a algún cronista. Bien es cierto que la bibliografía de habla inglesa tiene una gran importancia, pero no se debe obviar la historiografía francesa, italiana, española y portuguesa, al menos en lo referente a sus respectivos territorios coloniales. Y finalmente quería incluir un comentario meramente anecdótico: que los hispanos usasen las especias como conservante o para encubrir el mal sabor de la carne putrefacta no deja de ser un comentario tan chusco como infundado. En Europa se conocían medios de conservación bastante eficaces, como la salazón, el ahumado o la inmersión de las carnes en recipientes con aceite de oliva, y las especias no dejaron de ser nunca un producto de lujo de los paladares más exquisitos. Ahora bien, estas pequeñas observaciones no empañan el extraordinario valor de una obra que está llamada a convertirse en todo un clásico de la historiografía sobre el imperialismo moderno y contemporáneo.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS




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