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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2013.

UN GRITO EN EL DESIERTO DE LO REAL

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VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Un grito en el desierto de lo real. Villafranca de los Barros, Imprenta Rayego, 2013, 198 págs.

 

        Último libro del filósofo extremeño en el que vuelve a abordar, con un lenguaje sencillo y directo, los grandes problemas de nuestro tiempo. Preguntas y respuestas se entrecruzan en su libro, casi siempre sin un orden aparente, siguiendo los impulsos espontáneos de su autor. Sin embargo, su elocuencia y sus característicos cambios de tercio, le dan una gran viveza al texto, al tiempo, que permiten una lectura libre, multidireccional, lo mismo por partes, que de principio a fin, que de fin a principio.

Su filosofía es utilitarista, pretende ser una herramienta para ayudar a entender nuestro mundo y servir al bien común. Y aunque difiero del autor en algunos de sus argumentos, coincido en lo fundamental, en su compromiso social. Para mí la filosofía –como la historia- no tiene ningún sentido si no contribuye a la construcción de un mundo mejor para todos. Y en este sentido, afirma el autor que, dado que la filosofía es pensar, no puede haber democracia sin filosofía, ni filosofía sin democracia. El valor de su obra reside en su juicio independiente, sin más compromiso que su conciencia y su lucha por la justicia social. Su crítica abarca a todas las instituciones de poder: Estado, Iglesia, Universidad, Academias, partidos políticos, etc. También analiza críticamente las ideologías, de todo tipo, no solo el capitalismo neoliberal. Y ello, supone un acto de valentía que puede conllevar algunas satisfacciones pero también grandes sacrificios personales. Como él mismo indica, lo fácil es estar con las mayorías y lo difícil vivir y hablar como un disidente. Eso le lleva al aislamiento, a la falta de apoyos institucionales y, hasta cierto punto, a la soledad académica. El poder recela siempre de estos pensadores, dedicados a destapar las grandes mentiras de nuestro tiempo. Y la forma con la que se le combate no es mediante el debate intelectual, sino con el silencio estremecedor del vacío; salvo a un grupo de fieles comprometidos con el cambio, en general se le ignora, lo que paradójicamente retroalimenta el deseo del autor de continuar en su lucha desde la que él llama su trinchera.

        Se abordan decenas de cuestiones, inquietudes que pasan por la cabeza de su autor, lo mismo referentes a estructuras de poder, que al origen del cosmos o al sentido de la vida y de la muerte. Como sería imposible reseñar todos los aspectos analizados, me limitaré a destacar algunas de las cuestiones que a mí personalmente más me han interesado.

El gran tema de su obra es la crítica al neoliberalismo y al pensamiento posmoderno, al tiempo que propone una alternativa: el ecosocialismo. El neoliberalismo nos está haciendo esclavos de los mercados, que son los que mandan en el mundo y los que están acabando con el estado del bienestar, abocándonos a una nueva Edad Media. Y ello, con la ayuda del pensamiento posmoderno cuyo relativismo favorece el nihilismo y narcotiza a las masas que aceptan sin rechistar la dramática situación. Y ello favorecido por la tendencia innata del hombre a la servidumbre voluntaria, como denunciara hace tiempo La Boètie. Lo cierto es que neoliberalismo y posmodernismo forman un cóctel verdaderamente letal. Por ello, el profesor Viñuela se atreve incluso a acusar al propio pueblo de permitir la tiranía. Y no le falta razón, pues de alguna forma toda la sociedad es responsable de lo que está ocurriendo, por su pasividad, por su renuncia al conocimiento, a la libertad y a la disidencia. Y ello porque no existe en nuestros días una conciencia de clase de los trabajadores frente a la oligarquía. Pronto nos obligarán a hacer las manifestaciones en el campo o en alguna especie de manistódromo, para no molestar, y nos quedaremos todos tan tranquilos, sin caer en la cuenta que una manifestación busca precisamente eso, incomodar cuanto más mejor y presionar al poder. En este mundo trivializado es donde aparecen algunas voces individuales, como la del profesor Viñuela, que no son otra cosa que gritos en el desierto ético, social y político de lo real. Un desierto que, como bien dice el autor, no es fruto de la casualidad sino que está auspiciado, controlado y dirigido por el poder que evita así la crítica de la razón, al tiempo que oculta sus despropósitos. Por eso, uno tiene la impresión de que ya no existen ideologías, ni soñadores que piensen que otro mundo mejor es posible, solo personas egoístas, nihilistas y hedonistas. Según el profesor Viñuela, no hemos sustituido la ética religiosa por la ética laica sino directamente por la indiferencia. El relativismo impuesto por el posmodernismo ha acabado con todo. Hasta aquí totalmente de acuerdo. Sin embargo, propone como alternativa retomar el programa inacabado de la Ilustración, que a su vez había sido continuación del proyecto ético de la Atenas de Pericles. Pretende la consecución, de una vez por todas, de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Pero, con todos mis respetos, tengo la impresión que tiene idealizada a la Ilustración y a los ilustrados, pues todos sabemos qué clase de libertad y de igualdad defendían. La Ilustración esgrimía las luces de la razón frente a la superchería, la libertad y la igualdad natural -la fraternidad ni siquiera se lo plantearon con seriedad-. Sin embargo, sí que justificaban la desigualdad por méritos, consagrando la sociedad de clases y, por supuesto, creían erróneamente que el progreso constante de la humanidad llevaría al ser humano a la felicidad. La ideología de progreso, el liberalismo clásico –idéntico al actual neoliberalismo- y el nacionalismo surgieron a la sombra del movimiento ilustrado. No lo olvidemos.

En cambio, en otro lugar de la obra, el autor se suma muy acertadamente al proyecto ecosocialista, como única alternativa posible al neoliberalismo actual. Esta ideología aunaría la justicia social del socialismo con la necesidad de un equilibrio con la naturaleza que propone el ecologismo, a través de un decrecimiento progresivo, como defiende Carlos Taibo. Se trataría de ligar la impronta ética del marxismo con una idea que el propio Karl Marx no pudo prever, es decir, con la necesaria conservación de la naturaleza, sustituyendo el antropocentrismo por el biocentrismo. El capitalismo está llevando a nuestro planeta al límite, pues plantea un consumo ilimitado, cuando los recursos son limitados. Como aclara el autor del libro, no se trata de volver a las cavernas, sino de racionalizar el consumo, de reducir drásticamente nuestras necesidades, de aprovechar todo, como viene haciendo desde hace milenios la propia naturaleza. Se trataría de vivir con menos, de reducir la producción y el consumo de bienes superfluos, de revalorizar valores de antaño como la conversación, la lectura o la meditación. En definitiva, de ralentizar el tiempo. Y no lo olvidemos, este decrecimiento llegará antes o después, por las buenas, planificado por el estado, o por las malas, impuesto por el agotamiento de los recursos. Con el actual crecimiento demográfico y el nivel de consumo de las potencias desarrolladas y emergentes, la lucha por el control de los recursos energéticos, alimentarios y de agua potable van a ser, a medio o largo plazo, dramáticos. Si no cambia radicalmente la situación, y no parece que vaya a ocurrir, se avecinan tiempos muy difíciles para varios miles de millones de seres humanos. Según el autor, para implantar este nuevo ecosocialismo es esencial que los ciudadanos fuercen el cambio.

La institución eclesiástica también es objeto de la crítica porque la iglesia dejó por el camino la idea de justicia social de Jesús de Nazaret y de los propios evangelios. Los cristianos fueron inicialmente perseguidos pero, desde el siglo IV d. C, en que el cristianismo se convirtió en religión oficial del Imperio Romano, pasaron de perseguidos a perseguidores. Su estrecha y secular vinculación con el Estado, a lo largo de los siglos, pervirtieron la institución, convirtiéndola en un excepcional instrumento de opresión de las masas. Pero eso no significa que, en la Iglesia de base, no hayan existido religiosos modélicos que han seguido realmente a Jesucristo y han practicado la caridad. Desde fray Bartolomé de Las Casas a los defensores en nuestro tiempo de la teología de la liberación. Precisamente el profesor Viñuela cita una frase del jesuita Jon Sobrino, militante de este último movimiento, que dice que fuera de los pobres no hay salvación. Y está claro que si existiera un Dios justiciero, la mayor parte de la jerarquía eclesiástica estaría condenada al infierno.

En cuanto al sistema educativo, el autor sitúa el origen de todos los males en la LOGSE, aprobada en 1990. Una norma que, a su juicio, primaba la mediocridad frente a la excelencia, al centrarse en la atención a la diversidad y en las TICs. Estoy con el autor cuando dice que la ley contiene errores, pues es necesario ofrecer alternativas formativas a aquellos que no quieren estudiar y terminan creando disrupción. También debería existir la posibilidad legal de adaptar el currículo, no sólo por abajo sino también por arriba, para aquellos alumnos mejor preparados. Sin embargo, a mi juicio, el avance social que supuso la LOGSE es irrenunciable. Los que tenemos ya una edad y conocimos la antigua educación, sabemos la cantidad de compañeros que se quedaron por el camino, casi todos pertenecientes a familias de baja extracción social. La ley de 1990 implicó un progreso sin precedentes, sobre todo al ampliar la obligatoriedad de la enseñanza hasta los 16 años. Y está demostrado que cuanto más tardía es la decisión de dejar los estudios menos correlación hay entre abandono y origen social. Mucho más de acuerdo estoy en su crítica a las leyes posteriores y en particular a la LOMCE, que en vez de arreglar los errores de la ley original, han sembrado de incertidumbre y de provisionalidad al sistema educativo.

También reflexiona Viñuela sobre la muerte de la que dice que es inminente –puede ocurrir en cualquier momento- y necesaria. Y yo añadiría, además, que es el más importante agente de justicia social, pues termina por igualarnos a todos. A fin de cuentas, la vida no es más que una larga lucha por la supervivencia cuya batalla final tenemos todos perdida.

Por las limitaciones de espacio que una reseña impone dejo aquí mi glosa, no sin antes aclarar al posible lector que en el libro encontrará, de manera mucho más amplia, sabías y profundas reflexiones sobre estos y otros temas. El texto invita a la reflexión, y por tanto, a la disidencia porque, como bien explica el autor, la razón es revolucionaria mientras que el poder es siempre reaccionario. Una obra útil, inteligente e interesante que intenta dar respuesta a los grandes problemas de nuestro tiempo. Animo a todas las personas comprometidas con el mundo en el que viven a disfrutar pausadamente de su lectura.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL MIEDO A LOS BÁRBAROS

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TODOROV, Tzvetan: El miedo a los bárbaros. Más allá del choque de civilizaciones. Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2008, 312 pp.

 

        Este ensayo del filósofo búlgaro Tzvetan Todorov constituye una réplica inteligente a la polémica obra de Samuel P. Huntington sobre el choque de civilizaciones. Y digo inteligente porque desmonta, con argumentos sólidos, la existencia de dicha confrontación. Con una dialéctica divulgativa, asequible por tanto a cualquier persona con una formación cultural media, ahonda en los orígenes del concepto de bárbaro y lo confronta con el de civilización. Y a continuación, analiza con ejemplos recientes el supuesto enfrentamiento entre civilización –Occidente- y barbarie –países islámicos- así como los enfrentamientos supuestamente étnicos o culturales, dentro de las fronteras de los propios países occidentales.

Los partidarios de la teoría del choque de civilizaciones concretan un total de ocho civilizaciones, incluida la occidental, todas ellas rivales. Pero, a juicio de estos, solo dos de ellas, la occidental y la islámica, libran en la actualidad un combate a muerte por el liderazgo mundial. Este nuevo combate entre Occidente e Islam, comenzó a Partir de 1990 cuando cayó el Muro de Berlín y se desmoronaron los regímenes comunistas de Europa. Del enfrentamiento del Capitalismo-Comunismo hemos pasado al enfrentamiento entre Occidente e Islam. Y para justificar su tesis del enfrentamiento civilizatorio, esgrimen todos y cada uno de los atentados perpetrados por los yihadistas; los ataques terroristas como las Torres Gemelas de Nueva York o el de Atocha en Madrid, fueron muestras inequívocas de esa guerra civilizatoria. El Islam se confunde con el integrismo islámico y con el barbarismo, mientras que Occidente encarna los valores liberales y democráticos.

Pero la realidad no es exactamente así; estos atentados no indican la existencia de nada parecido a un choque de civilizaciones sino que responden tan solo al deseo de una minoría integrista de satisfacer sus rencores personales y al de los otros de devolverlos. En esta teoría coinciden tanto Tzvetan Todorov como el filósofo esloveno Slavoj Zizek. Y las venganzas con que actúa sobre todo Estados Unidos con sus guerras preventivas o las torturas en Guantánamo y Abú Graíb no hacen más que acentuar el odio y retroalimentar el resentimiento. Además, los extremistas a sabiendas de que si son capturados sufrirán torturas, prefieren morir como kamikazes a ser capturados, aumentando considerablemente los daños y las víctimas. Occidente está renunciando a sus valores democráticos con la excusa de que se lucha contra el terror. Eso permite a Estados Unidos y a sus acólitos campar a sus anchas, invadiendo países, robando, y sembrando el terror y la destrucción por allí donde pasan. Cada golpe terrorista, vinculado al islam, se responde con otro golpe, lo que provoca un encadenamiento funesto de hechos dramáticos. Un círculo vicioso que es necesario romper. Y para colmo, esas agresiones son vistas como legítimas por los llamados países democráticos. Sin embargo, este contraterrorismo cada vez se parece más al terrorismo que combaten, dando argumentos a estos grupos extremistas para seguir en su lucha. Como dice el autor, es precisamente este miedo a los bárbaros lo que amenaza seriamente con convertirnos a todos en bárbaros. Porque esta idea de la confrontación civilizatoria, pese a ser falsa, crea un ambiente de hostilidad mundial peligrosa para todos.

El autor califica a los países del mundo en cuatro grupos, a saber: primero, los de apetito, formado por países emergentes como China, la India, Brasil, México y Sudáfrica. Segundo, los del resentimiento, formado por aquellos estados que están enojados por la continua humillación, real o imaginaria, padecida a costa de Occidente. Aquí se agruparían la mayoría de los países musulmanes como Pakistán, Afganistán, Irán, Irak, Libia, etc. Tercero, los países del miedo, que estaría formado por los estados occidentales que temen por igual los ataques terroristas de los países del resentimiento como la pujanza económica de los países del apetito. Y cuarto y último, los indecisos, que son un grupo de naciones que podríamos denominar neutrales y que, por tanto, no se pueden enmarcar fácilmente en ninguno de los tres grupos anteriores.

        El gran problema de Occidente es el miedo a los bárbaros que está provocando una serie de actuaciones que retroalimentan el problema. La palabra bárbaro tiene lejanos orígenes grecolatinos, pues estos llamaban así a todo el que no dominaba el griego, es decir, a todos los extranjeros. Estos bárbaros se caracterizarían porque obedecen a un tirano y porque no reconocen la humanidad de los demás grupos humanos. Es decir, que un bárbaro se caracterizaba sobre todo por su incapacidad para reconocer la humanidad del resto de los mortales, a diferencia de lo que hacían los grupos civilizados. Si aplicamos el concepto al Occidente actual nos daremos cuenta que son tan bárbaros como aquellos otros a los que pretenden controlar. No olvidemos que Estados Unidos ha sido único país del mundo que ha lanzado bombas nucleares contra población civil, en Hiroshima y Nagasaki, allá por 1945. ¿Hay acto mayor de barbarie?

        A nivel interno, en estos países supuestamente civilizados, se está generando un rechazo hacia el extranjero, y muy en particular hacia el musulmán. La xenofobia y la islamofobia se están convirtiendo en un gran problema, apoyada por algunos intelectuales, como Pim Fortuyn, que han escrito que el Islam es el mayor enemigo del mundo libre. Los extranjeros, son vistos como una amenaza, por lo que piensan que sería conveniente aislarlos o, incluso, expulsarlos. Suponen que contaminan la cultura europea, obviando que todas las culturas que existen en el mundo son mestizas. Es más la cultura está en permanente estado de transformación. De hecho la identidad europea es fruto de múltiples influencias: persas, árabes, celtas y, por supuesto, grecorromanas. La discriminación que sufren los europeos con raíces magrebíes provoca que muchos de ellos, pese a haber nacido en Occidente o ser, incluso, hijos o nietos de occidentales, se vinculen a su identidad originaria, ante el rechazo social. Pero, como afirma Todorov, sus aspiraciones no pasan por imitar a los ayatolas o a los suicidas islámicos sino simplemente conseguir el dinero suficiente para satisfacer su consumismo: unas deportivas de marca o un teléfono móvil de última generación. Es decir, que la agitación social no la provoca el Islam ni los ayatolás sino la rabia y la impotencia de unas personas que se sienten discriminadas y rechazadas en su propio país. No hay nada parecido a ese supuesto choque de civilizaciones. Como escribe Todorov, las civilizaciones no chocan, los que chocan son los intereses económicos y políticos. El Islam es una religión esencialmente pacifista y caritativa, aunque tenga o haya tenido, como el cristianismo, fases más violentas relacionadas con la guerra santa. Confundir o comparar terrorismo con Islam, supone herir la dignidad y el orgullo de los mil millones de musulmanes que viven en el mundo. Y ello, no supone otra cosa que alimentar la confrontación. Por tanto, el remedio a tanta indignación y a la radicalización de algunos grupos de integristas no es religiosa, ni cultural, como afirma Todorov, sino política.

        Para concluir, debemos decir que este libro desmonta a base de argumentos razonados el mito del choque de civilizaciones. Todo un entramado artificial, auspiciado por oscuros intereses de Occidente y, en particular, de los Estados Unidos de América. Desde el momento que práctica la ley del talión, aterrorizando, asesinando y torturando a terroristas, asume que puede ser igual de bárbaro al menos que sus oponentes. Asimismo, presentar a los musulmanes como enemigos peligrosos y violentos supone, además de una falsedad, multiplicar por dos la confrontación y hacer de nuestro planeta un mundo mucho más inseguro y peligroso. Estas páginas, magníficamente redactadas, pueden servirnos para reorientar nuestros posicionamientos y entender mejor nuestra realidad actual. Solo con diálogo y con empatía podremos conseguir un mundo mejor y más seguro para todos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS




TRANSFORMAR EL MUNDO. REVOLUCIONES BURGUESAS Y REVOLUCIÓN SOCIAL

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DAVIDSON, Neil: Transformar el mundo. Revoluciones burguesas y revolución social. Barcelona, Pasado& Presente, 2013, 956 págs.

 

        El nuevo libro del profesor de Sociología de la Universidad de Strathclyde, Glasgow (Escocia), Neil Davidson, constituye una auténtica obra maestra, fruto de una reflexión de varias décadas, como afirma en el prólogo Josep Fontana. Un estudio de casi mil páginas en el que se desentraña todo lo relativo a la teoría y a la praxis de la revolución en la Historia. Pese a su extensión, el texto se lee con relativa facilidad por estar bien redactado y por el uso de una terminología asequible al lector medio.

        Se traza un extenso y largo recorrido por la historia de las revoluciones, en un sentido amplio, desde la inglesa, en el siglo XVII, pasando por la holandesa, estadounidense, la francesa, la rusa y la china, hasta llegar a la actualidad. Y se hace a través de los hechos pero también de los distintos autores de filosofía política, desde el siglo XVII a nuestros días. Dada la extensión de la obra, nos limitaremos a resumir las principales conclusiones a las que he llegado después de su lectura.

        En sus páginas, no solo encontramos un recorrido histórico por todos los hitos históricos sino que, además, poseen un componente ideológico, pues demuestran el verdadero espíritu social de aquellas revoluciones burguesas. Tradicionalmente se habían segregado totalmente las revoluciones burguesas y las proletarias. Sin embargo, el autor del libro demuestra que unas y otras formaron parte de una misma cadena revolucionaria, en pro de la libertad y de la justicia social. Dos objetivos revolucionarios iniciales que los burgueses tuvieron el mérito de poner en la agenda, aunque finalmente no se materializaran. Pero ese es el espíritu ético de la llamada Era de la Revolución, desde 1789 hasta la Primavera de los Pueblos de 1848, que terminaron cambiando el mundo. Ahora bien, es importante destacar dos matices: uno, el liberalismo clásico y el capitalismo económico no tenían nada de democráticos. Estos valores se incorporaron mucho después, más como consecuencia de la presión del movimiento obrero que de la evolución ideológica de la propia burguesía. Y otro, sí habrá que agradecerles que, pese a la larga lucha, pusieran de relieve que la revolución puede ser una opción ganadora. El triunfo de las revoluciones burguesas desmonta la tesis conservadora de que todas las revoluciones acaban fracasando. Está claro que sin lucha no hay progreso y se puede triunfar si hay unas movilizaciones masivas y una adecuada dirección. Igual que el capitalismo derrotó al feudalismo, el socialismo puede derrotar al capitalismo.

        En la parte central del libro se abordan las revoluciones proletarias, nacidas como respuestas al fracaso socializador de las revoluciones burguesas. Empieza analizando con detalle la rusa de 1917, que debió haber sido la última revolución burguesa y la primera proletaria. Muchos pusieron sus esperanzas en que fuera el inicio de una nueva oleada revolucionaria que transformara de nuevo el mundo en la búsqueda de una sociedad mejor, más igualitaria y justa. Pero desgraciadamente, acabaron en un régimen burocratizado de signo totalitario, dando al traste con el sueño de la revolución. La china comunista que era otra de las esperanzas ha dado un giro neoliberal que ha sembrado el desaliento hasta el punto de que, como indica Josep Fontana, muchos piensan que no hay nada fuera del capitalismo. Y finalmente, la transición de Cuba desde el comunismo al capitalismo intervenido, ha dado al traste con una de las últimas esperanzas de los que todavía soñaban con la igualdad y la justicia social.

        Sin embargo, como han defendido por separado Eric Hobsbawm, Josep Fontana y el propio Neil Davidson, el espíritu del socialismo es hoy en día más necesario que nunca para hacer desaparecer las amenazas de hambre, epidemias, catástrofe ecológica y guerra que amenazan todo el orbe, incluido a los propios países occidentales. Solo con sus ideas de justicia social podremos limitar el daño medioambiental y humanitario que está provocando el capitalismo por todos los rincones del mundo. Será cuestión de analizar los errores cometidos en el pasado, para abrir nuevas vías que permitan la viabilidad de un sistema económico y social alternativo al capitalismo. Probablemente, el paso de un estado capitalista a uno socialista provocaría a corto plazo un decrecimiento económico y del mercado. Pero es una incógnita ya que no disponemos de experiencias previas. Y es que nunca se ha producido una secuencia larga de un estado proletario, salvo en cortos períodos de tiempo, en la URSS de 1922 a 1928, en España en 1936-1937, Hungría en 1956, etc. Brotes revolucionarios en el siglo XXI, como los de la primavera árabe, que han conseguido derrocar gobiernos estables, han demostrado una vez más que sigue existiendo actualmente una gran potencialidad revolucionaria que solo hay que saber canalizar.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA CONQUISTA DE LOS INCAS

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HEMMING, John: La conquista de los incas. México, Fondo de Cultura Económica, 2000, 687 págs.

        Esta obra fue publicada en inglés en 1970, siendo corregida y ampliada en 1993, coincidiendo con su traducción al castellano. Se trata de una densa y bien documentada historia de la conquista del incario, desde la llegada de los españoles hasta la caída de Vilcabamba la Vieja, en junio de 1572. Asimismo, incluye una breve biografía de los descendientes de la familia real inca, algunos de los cuales acabaron en España, abarcando hasta el primer tercio del siglo XVII. Estamos, sin duda, ante una obra cumbre sobre la conquista del Tahuantinsuyu que, a día de hoy, es todo un clásico, imprescindible para cualquiera que pretenda acercarse a la temática.

Como aclara el propio autor en el prefacio, no es una historia de la sociedad inca, ni tampoco una biografía de Francisco Pizarro. De ambos aspectos existen excelentes obras como las de María Rostworowski de Díez Canseco, José Antonio del Busto, Raúl Porras Barrenechea, etc., aunque ninguna de ellas puede considerarse definitiva.

Resumir el contenido de esta obra, implicaría una extensión inapropiada para una reseña. Y ello porque cada línea, cada párrafo, cada página, es fruto de la sosegada reflexión del autor, reforzada además por un denso aparato crítico. Todas sus aseveraciones cuentan con un amplio respaldo documental y bibliográfico. En ocasiones son fruto de deducciones realizadas a pie de campo, es decir, sobre unas ruinas y una topografía que Hemming conoce a la perfección.

Lo más destacado del texto que ahora comentamos es su aporte a la evolución de los incas desde su retiro a Vilcabamba, donde un grupo de naturales mantuvo por espacio de más de 40 años, un pequeño estado inca paralelo al español. Es decir, durante décadas convivieron el pequeño estado de Vilcabamba con el virreinato peruano, con sede en la Ciudad de los Reyes. Frente a lo que se había creído, Hemming demuestra la feroz resistencia de los incas a la conquista. La sorpresa inicial provocó la rápida caída de Atahualpa, excesivamente confiado en su superioridad numérica y, poco después, la de su ingenuo general Calcuchímac que se dejó arrestar sin oposición. Sin embargo, luego comenzó una feroz resistencia, iniciada por los generales quiteños Quizquiz y Rumiñahui, que prosiguió Manco Cápac en su reino de Vilcabamba. Inicialmente la rebelión pretendió aplastar a los pocos españoles que estaban en el Perú. Para ello planearon tomar la capital inca y ocupar después el resto de localidades en poder de los hispanos, como Jauja y la Ciudad de los Reyes. Probablemente faltó decisión, confiados de nuevo en su aplastante superioridad numérica. Ello les llevó a pensar que, antes o después, los hispanos capitularían. Pero se equivocaban, el tiempo concedido a sus oponentes permitió que estos planteasen una defensa eficaz del Cuzco, al tiempo que fueron llegando paulatinamente nuevos contingentes de europeos. Finalmente, los nativos comprendieron que era imposible acabar con los invasores por lo que, con buen criterio, Manco Cápac decidió retirarse, con sus más fieles seguidores, a las soledades selváticas de Vilcabamba, en la frontera nordeste del incario.

El autor, haciéndose eco de las últimas informaciones arqueológicas y aportando deducciones y datos propios, demuestra definitivamente el misterio de la ubicación del enclave en las ruinas hoy ubicadas en Espíritu Pampa. Por cierto, que confirma algo que ya sabíamos y es que no se puede identificar ni tan siquiera relacionar Vilcabamba con las ruinas de Machu Picchu, ciudad que seguramente fue una residencia real, abandonada después de la ocupación del Tahuantinsuyu por los hispanos. Lo cierto es que en Vilcabamba la Vieja consiguieron mantener durante casi cuatro décadas un pequeño estado indígena, en paralelo con el Perú español. Sus dimensiones eran muy modestas, apenas unas trescientas casas, controlando un territorio poco poblado de varias decenas de leguas a la redonda. Sin embargo, el virrey Francisco de Toledo, sorprendentemente creyó en la amenaza del pequeño reino, sobre todo por la posibilidad de que otros indios tomasen ejemplo y siguiesen el camino de la rebelión. Por ello, se empeñó en destruir dicho reducto, deportando de allí a los descendientes de la familia real incaica. Con ello, acababa el sueño de un puñado de personas que intentaron mantener su forma de vida, lejos de la tierra que los vio nacer. De haber sobrevivido, como indica el autor, hoy sería un pequeño reino indígena, probablemente reconocido por Naciones Unidas, de una extensión similar a la de algunos de los estados de Centroamérica.

Para acabar, destacaremos que el autor tiene un conocimiento detallado del Perú y de las ruinas incas. Eso, unido a la ingente documentación que manejó, le lleva a construir una narración de la conquista creíble, detallada, precisa y muy documentada. El texto consolida muchas de las ideas que ya teníamos sobre la conquista del incario y refuta otras. El minucioso estudio de la evolución de los orejones en su retiro de Vilcabamba es verdaderamente magistral. Tuvieron la capacidad de recrear la estructura política y religiosa del Tahuantinsuyu en un rincón alejado de los hispanos y de su propia tierra natal. Un verdadero exilio al que se adaptaron con éxito, pasando de ser una civilización andina a otra selvática.

        Los errores son pocos, casi todos relacionados con la biografía de Francisco Pizarro. Su desconocimiento del territorio de origen de los conquistadores induce al autor a escribir cosas como que los navíos que iban a Tierra Firme, pasaban primero por las islas Canarias y luego por las Azores, antes de tocar en las costas panameñas. Asimismo, afirma que Hernando Pizarro estuvo encerrado en Madrid, en el castillo de Medina del Campo –p. 611-, cuando como es bien sabido esta villa se encuentra en la provincia de Valladolid. Asimismo, afirma que Francisco Pizarro pasó a la Española en 1502, cuando la historiografía hace años que retrasa su llegada al menos a 1503 o 1505. Pese a esos errores e imprecisiones, propios de una obra monumental como ésta, estamos ante una obra singular, y yo diría, incluso, que insuperable, al menos en lo concerniente a la conquista del Tahuantinsuyu.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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