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Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2013.

SOBRE LA VIOLENCIA

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ZIZEK, Slavoj: Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Barcelona, Paidós, 2009, 287 págs.

 

        Excelente libro del filósofo esloveno, discípulo de Heidegger, en el que analiza, desde distintos puntos de vista, la omnipresencia de la violencia en nuestro tiempo. El libro se estructura en seis capítulos que coinciden con otros tantos ensayos. Sin embargo, no vamos a hacer un comentario uno a uno sino una valoración general de las ideas más destacadas.

Para él la violencia es sistémica, es decir, forma parte del sistema productivo y de las relaciones de dominación del capitalismo. Más allá de la violencia física y pública existe otra más profunda, anónima e invisible que genera excluidos sociales, desigualdades y dramas. Millones de personas han quedado en el camino desde la aparición de la idea de progreso, allá por los orígenes del capitalismo. Lo mismo las conquistas del siglo XVI que el Imperialismo de los siglos XIX y XX han generado grandes dramas que la población percibe como el necesario peaje del progreso. Y para colmo, la globalización ha demostrado la capacidad del capitalismo para adaptarse a todo tipo de civilizaciones.

        El colmo del cinismo capitalista es la presencia de lo que Zizek llama comunistas liberales, como Bill Gates o George Soros. Estos se enriquecieron con el capitalismo y ahora pretenden devolver parte de lo que ganaron entre los necesitados del mundo. De hecho, el primero se considera el mayor benefactor de la historia. Lo mismo dona dinero para paliar el hambre en África que financia campañas a favor de la infancia o en pro de la liberación de la mujer. Sin embargo, denuncia el autor, que estos supuestos benefactores, dan ahora lo que antes tomaron y además su actitud es hipócrita porque luchan contra la violencia subjetiva al tiempo que aceptan la violencia sistémica. Muy lúcidamente afirma Zizek que la acumulación de riqueza primero y la caridad después, han formado parte inherente del capitalismo desde sus orígenes. Y ello para intentar paliar en parte los desequilibrios entre ricos y pobres que el sistema ha generado y genera. Pero no podemos olvidar que en el fondo, todos estos filántropos son reaccionarios, pues se sitúan frente a la lucha progresista, atenuando en buena medida la crisis del capitalismo. De hecho, como afirma el autor, estos mismos bienhechores que donan miles de millones a la lucha contra las enfermedades o contra el hambre son los mismos que han arruinado la vida de millones de personas en su afán obsesivo de enriquecimiento.

        Asimismo, se refiere a la despersonalización de la tortura y la muerte. De hecho, explica el autor que a muchos les resultaría mucho más fácil matar a varias miles de personas apretando el botón de una bomba nuclear que ejecutar por sí mismo a una sola persona. Y de acuerdo con Chomsky, esto no deja de ser una absurda hipocresía, pues los mismos que están en contra de la violación de los Derechos Humanos en un caso concreto tolerarían, en cambio, el asesinato de miles de personas en una de las tristemente famosas guerras preventivas que practican con frecuencia los Estados Unidos. Por otro lado, es cierto que muchas personas, y hay miles de casos documentados, pueden cometer verdaderas atrocidades con sus enemigos o simplemente con personas a las que no conocen personalmente y desplegar una cálida humanidad con los suyos. Es decir, niegan al otro los derechos éticos básicos que siempre reconocerían a su entorno o a sus compatriotas. Un corporativismo, que en el caso de grupos de poder, como el ejército o la iglesia, ha permitido la impunidad de algunos delitos, como las torturas que marines infringieron a prisioneros de la guerra de Irak.

        Señala Slavoj Zizek que desgraciadamente la mayor parte de los seres humanos llevan dentro un deseo ilimitado que les hace estar siempre insatisfechos con lo que tienen y pedir siempre más. Eso provoca una patológica rivalidad y a la postre, en muchos casos, violencia. Por eso está claro, como bien indica el autor, que lo ilimitado está relacionado con el mal y lo limitado, lo finito, incluida la capacidad de morir, con el bien.

        Ahora bien, toda forma de violencia conlleva un reconocimiento implícito de impotencia, de fracaso. Atentados terroristas recientes, como el de las Torres Gemelas en Nueva York o el de Atocha en Madrid, no fueron más que muestras del odio que los integristas musulmanes sienten hacia occidente. Como afirma Zizek, no pretendían ningún noble objetivo sino simplemente causar daño para dar satisfacción a su rencor. Y por si fuera poco, estos ataques han dado alas a los países occidentales, y en especial a los Estados Unidos, para utilizar la fuerza en decenas de guerras que ellos llaman preventivas. Desaparecida la URSS, se ha producido un desequilibrio que ha permitido a los norteamericanos campar a sus anchas por el mundo.

Las exclusiones, la pobreza y las desigualdades cada vez mayores entre Norte y Sur han provocado la arribada masiva de inmigrantes a las fronteras de Occidente que ha optado por atrincherarse, dejando entrever su propio fracaso. Y digo que su fracaso porque han sido ellos mismos los que han generado millones de desplazados en el mundo. Evidentemente, la solución no debería ser la construcción de muros sino ofrecerles las condiciones socioeconómicas adecuadas para que esos inmigrantes no tengan que abandonar su país.

        En cuanto a la vieja Europa, dice Zizek, que su gran singularidad no son sus raíces cristianas, sino su ateísmo. Es decir, la posibilidad que tienen sus ciudadanos de optar por su condición de ateos de manera legítima sin que ello suponga una rémora social. Un liberalismo religioso que surgió fruto del sufrimiento que experimento Europa en las guerras religiosas entre católicos y protestantes en los siglos XVI y XVII.

        En resumen, el filósofo balcánico analiza en estas brillantes páginas las principales formas de violencia de nuestro tiempo, desde los ataques terroristas, a las manifestaciones estudiantiles, señalando como causa última de todas ellas, el miedo al prójimo. Destapar y condenar la violencia explícita e implícita de nuestro tiempo, puede contribuir a tomar consciencia de ella y a partir de ahí sentar las bases para superarla. Como bien dice el autor, en ocasiones no hacer nada es lo más violento que (se) puede hacer.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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ADIOS, HISTORIA, ADIOS.

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CRUZ, Manuel: Adiós, historia, adiós. El abandono del pasado en el mundo actual. Oviedo, Ediciones Nobel, 2012, 252 págs.

 

        Esta obra del filósofo catalán Manuel Cruz ganó el Premio Internacional de Ensayo Jovellanos del año 2012. Plantea un discurso denunciatorio sobre el fin de la historia, haciendo un símil con el título de la obra del discutido Francis Fukuyama. Sin embargo, mientras éste planteaba el final del sentido de la historia por la consecución de la plenitud, con el triunfo de los Derechos Humanos y de la libertad, aquél habla del olvido de esta ciencia en nuestros días. En su opinión, la ciencia histórica ha dejado de ser esa maestra de vida, que defendiera Ortega y Gasset. Ya pocos creen que del pasado se puedan extraer conclusiones válidas para comprender mejor nuestro presente y proyectar un futuro más esperanzador. Algunos, siguiendo la idea de Fukuyama, creen que la historia no puede enseñarnos nada nuevo porque hemos llegado a la meta, representada por el capitalismo liberal. Un nivel civilizatorio idílico que ya no puede ser superado. Y la mayoría, según Manuel Cruz, han empezado a olvidar la historia, pensando que ésta no puede aportarnos nada. Y es cierto que existe en nuestros días una crisis de las ideologías, que afecta no solamente a los políticos sino también al ciudadano de a pie. Pocos creen ya en la historia como motor de cambio, pues identifican a ésta con el pasado y al pasado con atraso. En la sociedad nihilista actual, existe la idea generalizada de que no tenemos nada que ver con el ayer, que somos personas distintas en un mundo tecnológico nuevo, sin correlación alguna con lo precedente. Y ello por el abismo generado por las transformaciones de nuestro mundo actual, basado en la tecnociencia.

        Desgraciadamente, como denuncia Manuel Cruz, ésta es una de las tesis hegemónicas de nuestro mundo actual. Sin embargo, todo este planteamiento no solamente es falso y reaccionario sino también sumamente peligroso. Y digo que es peligroso porque si se da por válida la idea de que la historia no se repite y, aún peor, que no nos puede enseñar nada, se está consiguiendo efectivamente el fin de esta ciencia, al robarle el alma, su razón de ser. Una ideología orquestada por el capitalismo burgués que, para perpetuarse en el poder, anhela el final de una de las ciencias que mejor puede destapar sus mentiras. Postmodernismo puro y duro que ha calado hondo incluso entre los historiadores, al convencerlos de que no existe ningún compromiso social y que debían volver a la clásica historia narrativa, desprovista de todo juicio de valor.

        La historia no se repite, eso es cierto, ya que nunca se dan las condiciones exactas para que un mismo fenómeno se renueve dos veces de forma idéntica. Y la literatura al respecto es extensa, partiendo desde el mismísimo Karl Marx. Ahora bien, de la historia sí se pueden y se deben aprender lecciones que nos permitan construir un futuro mejor para todos. Es más, somos personas no sólo porque tenemos razón sino también memoria, memoria de nuestro pasado. Sobre lo que ya sabemos y transmitimos, construimos nuestros nuevos conocimientos. Y del bagaje de nuestras experiencias y conocimientos pasados partimos siempre para mejorar nuestro presente. En realidad, el mundo actual necesita más que nunca del papel de la historia y de los historiadores. Vivimos unos momentos en los que la superpoblación, el cambio climático, el agotamiento de los recursos fósiles, las diferencias Norte-Sur y el fin del estado del bienestar hacen presagiar el final del capitalismo. Las tesis postmodernistas son obviamente falsas; el mundo va a superar en las próximas décadas el capitalismo liberal, voluntaria o forzosamente. Acaso, está amenazada también la propia supervivencia humana por la destrucción del medio en el que vivimos. Y en estas circunstancias, la historia debe retomar el papel que se merece para reinterpretar el pasado, comprender mejor nuestro presente y estar en mejores condiciones para prever un futuro más justo y más humano. Por tanto, es obvio que hay que combatir abiertamente esta desideologización de la historia para dotarla de su secular función social, redimiendo a los marginados, analizando las desiguales relaciones de producción y estableciendo la dependencia del hombre con el medio.

        Y ¿puede la doctrina marxistas ayudarnos en esa nueva comprensión del mundo y de la historia? Pues por supuesto que sí, aunque Manuel Cruz lo niega, tildando de utópicos a los pensadores marxistas, por plantear, a su juicio, alternativas globales vacías de propuestas concretas y por insistir en un modelo fracasado. Sin embargo, habría que recordar que sólo ha fracasado la praxis marxiana pero bajo ningún concepto la teoría marxista. Frente a lo que sostiene en este punto Manuel Cruz, ha escrito Eric Hobsbawm, en su brillante obra titulada Cómo cambiar el mundo, que ha llegado el momento de volver a tomarse en serio a Marx y afrontar unos problemas del siglo XXI para los que el liberalismo político y económico no tienen una respuesta.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LOS TAÍNOS EN 1492. EL DEBATE DEMOGRÁFICO

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MOYA PONS, Frank y Rosario FLORES PAZ (eds.): Los taínos en 1492. El debate demográfico. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2013, 406 págs.

 

        En esta obra se agrupan los principales trabajos publicados a lo largo del siglo XX en torno a la polémica sobre la población taína de la Española antes de la conquista y su derrumbe durante colonización temprana. El Dr. Frank Moya hizo la selección mientras que Rosario Flores, tradujo al castellano aquellos textos editados originalmente en inglés. El resultado es un estado de la cuestión sobre la problemática que se nos antoja fundamental para construir a partir de él, propuestas futuras. Se recopilan un total de catorce aportes que parecen seguir un orden más o menos cronológico, basado en el año de edición de la publicación original; tras una presentación e introducción, encontramos dos trabajos pioneros del filólogo venezolano Ángel Rosenblat, seguidos de otros de S.F. Cook y W. Borah, Frank Moya Pons, David Henige, Rudolph A. Zambardino, Francisco Guerra, María Enrica Danubio, Karen Frances Anderson-Córdova, Noble David Cook y Massimo Livi Bacci. Prácticamente están todos los que han trabajado la temática monográficamente, con la excepción quizás de Luis Arranz Márquez.

No voy a analizar una a una estas valiosas aportaciones sino que las comentaré todas globalmente. Las cifras más bajas son las de Ángel Rosenblat, que defendió en el siglo pasado unas 100.000 personas, mientras que las más altas – ocho millones- son esgrimidas por distintos miembros de la escuela de Berkeley, empezando por Sherburne Cook y Woodrow Borah y seguidos de sus discípulos, Leslie Byrd Simpson y Carl Sauer. El resto de los autores se mueven en posiciones intermedias. Después de releer estos trabajos, me quedan dos impresiones:

Una, que se aprecian tantas divergencias entre unos investigadores y otros que todo intento de establecer una cifra exacta y consensuada es a día de hoy un problema irresoluble. Si no aparecen nuevas fuentes documentales, como censos de tributarios o libros de repartimientos, será imposible que podamos acordar una cifra concreta que goce de una aceptación generalizada. Y no parece que se vayan a encontrar nuevas pruebas, pues los historiadores llevan años escudriñando los archivos y no se han podido localizar nuevos materiales seriados censales o tributarios. En cambio, sí que es posible que puedan aparecer nuevos datos arqueológicos de asentamientos indígenas, así como trabajos antropológicos que usen la comparación con otros espacios y que nos permitan acotar las cifras máximas y mínimas admisibles.

Y otra, que los guarismos que actualmente se barajan se mueven en parámetros medios o bajos. Prácticamente se han desechado cifras iguales o superiores al millón de personas que defendieran cronistas como Gonzalo Fernández de Oviedo o fray Bartolomé de Las Casas e historiadores contemporáneos, como Cook y Borah, Francisco Guerra, Willian Denevan, Pierre Chaunu y Rudolph Zambardino entre otros. Fue David Henige, de la Universidad de Wisconsin, quien cuestionó acertadamente los errores de las tesis maximalistas de la escuela de Berkeley, tanto en relación a la escasa fiabilidad de algunas de sus fuentes -que ellos dieron por seguras- como al método matemático usado. Pero al margen de los errores científicos que cometieran, el propio sentido común invalida sus hipótesis porque es francamente impensable que la densidad poblacional de la isla duplicase a la de Inglaterra e igualase a la española.

Efectivamente, la mayor parte de los investigadores barajan cifras más o menos bajas, comprendidas en todo caso entre los 100.000 y los 500.000 habitantes en el momento del contacto. Entre ellos Frank Moya, que analizando los descensos poblaciones entre 1508 y 1514, que disponemos de datos más o menos seguros, realiza una proyección retrospectiva hasta el año 1494, resultando exactamente una población de 377.559 personas. No muy diferentes fueron los resultados obtenidos por Luis Arranz que fijó la población indígena de la isla en el momento del contacto en 270.000 almas. También David Henige, Karen Frances Anderson-Córdova, Roberto Cassá o Massimo Livi- Bacci han esgrimido números más o menos bajos, incluidos en cualquier caso entre los dos parámetros señalados. Yo personalmente, desde 1997 me posicioné en cifras muy bajas, siguiendo de cerca a Ángel Rosenblat. Tres lustros después, me mantengo en unas estimaciones parecidas que en cualquier caso, se moverían entre las 100.000 y las 200.000 personas. No olvidemos que aunque los taínos habían desarrollado una agricultura más o menos eficiente, menos de la mitad de las tierras insulares eran aptas para el cultivo, mientras que las zonas montañosas debieron estar casi despobladas como las fuentes arqueológicas están demostrando.

        Asimismo, se incluyen varios textos sobre la polémica de las enfermedades que diezmaron hasta la extinción a los taínos. Hace ya varia décadas el médico español Francisco Guerra demostró convincentemente que la primera gran epidemia americana tras la llegada de los europeos, la desatada en la Española en 1493, fue fruto de la influenza suina, trasmitida por unas cerdas compradas por Colón en la Gomera. Un tipo de gripe que se transmite del cerdo al ser humano y que provoca infecciones respiratorias severas que con frecuencia acaban en el deceso del afectado. Sin embargo, con posterioridad Noble David Cook ha refutado su tesis, sosteniendo en cambio que la primera epidemia se debió a un brote temprano de viruela, mientras que Massimo Livi Bacci ha llegado a decir que no hubo epidemia y que la hecatombe se debió al trastorno que experimentaron las estructuras socio-económicas indígenas. Recientemente, otro médico español, Agustín Sanz, ha dado una vuelta de tuerca más a la polémica, rebatiendo por infundada la tesis de la viruela y posicionándose otra vez junto a los que defienden la influenza o gripe. Aunque establece un matiz, que esta gripe pudo haber tenido un origen porcino, pero también humano o aviar, o la acción combinada de todos ellos.

Quede constancia que estas pocas líneas no pretenden ser ninguna síntesis del libro, sino tan sólo un puñado de reflexiones que su lectura me ha inspirado. Mi sincera enhorabuena a los editores y a la Academia Dominicana de la Historia por haber realizado una pulcra edición y por haber seleccionado minuciosamente los textos, que recogen las principales hipótesis y sus argumentos. Ello dota a la obra de una gran valía, que es desde el mismo momento de su aparición de obligada consulta para todos los interesados en lo relacionado con la demografía taína.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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IMPERIALISMO Y PODER

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MIRA CABALLOS, Esteban: Imperialismo y poder. Una historia desde la óptica de los vencidos. El Ejido, Círculo Rojo, 2013, 220 págs.

 

Se presentan en este volumen un conjunto de reflexiones en las que se analiza, desde una óptica alternativa, las formas de poder del pasado y del presente así como sus consecuencias. Aunque se estudian aspectos muy diferentes, todos tienen en común el tratamiento que se hace de ellos, pretendiendo desmontar viejos mitos que se han perpetuado a lo largo del tiempo. Al final, buena parte de la historia de nuestra era se resume en las tres palabras incluidas en el título: Imperialismo y poder, que encierran lo esencial de la dramática historia de la humanidad en los últimos dos mil años.

El objetivo último ha sido la divulgación, pero realizada desde el conocimiento, es decir, intentando aunar una literatura asequible con el rigor científico. Se trata de lo que Eric Hobsbawm llamó la alta vulgarización que practican con frecuencia los intelectuales anglosajones.

En el primer ensayo se analiza el concepto de ciencia histórica a la luz del siglo XXI y la necesidad de formular la disciplina desde la óptica de los oprimidos. No se trata tanto de ideologías como de replantearnos las categorías históricas con las que trabajamos.

        Seguidamente se aborda el Imperialismo de Occidente y su justificación ética. El etnocentrismo ha planteado una historia deliberadamente falsa: todo el que no era occidental pertenecía a una cultura inferior y, por tanto, existía una justificación moral para invadirlos y someterlos. Ello enlaza con el siguiente acápite, en el que trato de destapar eso que yo llamo el gran engaño de Occidente, es decir, la idea generalizada de que el pensamiento racional tuvo su origen en el mundo grecolatino, sin conexión alguna con las grandes civilizaciones medievales. El Renacimiento, uno de los grandes hitos de la historia –eso es indudable- se nos presenta como un renacer de la sabiduría clásica, olvidada durante la oscura época medieval. Se trata de una premisa falsa, sobre la que se ha sustentado todo el pensamiento occidental y la supuesta superioridad indoeuropea. Y ello, como veremos, porque buena parte del pensamiento grecolatino, llegó a la cultura renacentista a través de pensadores islámicos.

Las exclusiones sociales sufridas en España -y en buena parte de Europa- durante la época moderna, constituyen otra de las grandes materias de análisis de este libro. Se trataba de una sociedad fundamentada en la desigualdad: los que tenían sangre noble frente a los que no, los cristianos viejos frente a los neófitos, los burgueses ricos frente a los pobres, los hombres sobre las mujeres, los adultos sobre los niños, etc. Por un lado, acometemos el problema de la venalidad y la corrupción en los cargos de la administración, en la que sólo había cabida para el noble o para aquel que era capaz de hacer un servicio pecuniario a la Corona. Y por el otro, nos adentramos en el estudio de los sectores sociales más débiles, es decir, los huérfanos y las mujeres. Asimismo, analizamos el problema morisco, una minoría perseguida durante casi un siglo y que fue, finalmente, extirpada de la sociedad cristiana. Y es que en la España Imperial se llegó a discriminar a todo aquel que no poseía sangre limpia, es decir, a los conversos o sus descendientes y a los perseguidos por la Santa Inquisición.

La América de la Conquista está ampliamente estudiada y ello debido tanto a razones de índole personal como científica. En cuanto a lo primero, se trata simplemente de la propia condición de americanista de su autor. Y en relación a lo segundo, por la convicción de la importancia que el Descubrimiento, la Conquista y la Colonización tuvieron en el desarrollo de Occidente y del capitalismo, en los últimos cinco siglos.

Los dos últimos acápites versan sobre el previsible colapso civilizatorio de Occidente y sus consecuencias. Después de varios siglos en los que el capitalismo ha sido el sistema dominante en el mundo, muchos tienden a pensar que es insustituible, es decir, que no podemos vivir sin él. Sin embargo, es obvio que esta idea además de errónea no resiste la más mínima crítica. El ser humano vivió varios millones de años sin el capitalismo y puede sobrevivir perfectamente a él. De lo que se trata es de repensar una alternativa al mismo, más justa y equilibrada. Se trata de retomar la senda de la fraternidad entre los seres humanos y entre nosotros y los demás seres vivos de nuestro sufrido planeta. Si queremos sobrevivir como especie, urge recuperar la armonía con la madre naturaleza.

        En definitiva, en este libro se amalgaman planteamientos y temas muy diversos que empiezan con una reflexión sobre la ciencia histórica y terminan vaticinando el más que previsible fin del capitalismo. Sin embargo, todo el texto tiene un hilo conductor, pues traza un largo viaje a través del tiempo desde una óptica diferente, tratando de empatizar con los vencidos, con los explotados y con los marginados. Y ello con la esperanza de contribuir a despertar la conciencia social ciudadana, a día de hoy un tanto aletargada.

Enlace al booktrailer: http://youtu.be/TTOvXbdbqj8

(El libro se puede adquirir en formato digital en la editorial Círculo Rojo y en papel, escribiendo al email: Caballoss1@gmail.com)

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EL ACOSO DE LAS FANTASÍAS

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ZIZEK, Slavoj: El acoso de las fantasías. Madrid, Ediciones Akal, 2011, 266 págs.

 

        El profesor Zizek aborda en este libro nada más y nada menos que el funcionamiento de la ideología postmoderna, condicionada por las fantasías. Dada la extensión del libro, las múltiples aportaciones y las numerosas ejemplificaciones, me voy a limitar a destacar algunos aspectos que me han llamado especialmente la atención.

El autor explora las relaciones entre la fantasía y la ideología. Aquella estructura el goce pero a la vez coarta sus excesos. Revela claramente su gran poder, capaz de enmascarar la realidad y de condicionar nuestra relación con el mundo visible. La fantasía se convierte así en un mecanismo para ocultarnos a nosotros mismos el horror de innumerables situaciones concretas que vivimos personalmente o conocemos a través de los medios de comunicación. Y va incluso más lejos, al afirmar que la función de la fantasía es similar al esquematismo trascendental kantiano: una fantasía conforma nuestro deseo, es decir, nos enseña cómo desear. La fantasía guarda con la realidad una íntima relación de cercanía y lejanía, creando un escenario en el que se enturbia el horror de la realidad. Todo se cubre bajo su manto, evitando ver la realidad tal cual. Este falseamiento de lo existente otorga cobertura ideológica a todo tipo de injusticias, desigualdades, asesinatos y genocidios. Así, por ejemplo, en la Alemania Nazi, el judío fue identificado con el mal, dando cobertura ideológica y justificación moral a los perpetradores del holocausto. Asesinar judíos aparecía así como algo aceptable para miles de alemanes que lo aceptaban como una muestra más de patriotismo. De igual manera, al Tercer Mundo se le otorga una imagen fantasmática irreal, como el infierno terrenal, un espacio desolado, donde sólo es posible el alivio mediante la caridad de occidente. Así, de paso que se esconde la verdadera causa del problema, las relaciones asimétricas que genera el capitalismo, se evita toda acción política para resolverlo. Por ello, queda bien claro que la fantasía puede ser la mejor amiga y a la vez la peor enemiga del ser humano.

Afirma Zizek que, dado que no hay una fórmula universal, cada persona individualmente inventa sus propias fantasías en su relación con la realidad. Cuando no se puede asumir la realidad en base a la razón se recurre casi instintivamente a ella. Sin embargo, a mi juicio, no somos tan originales, y dado que nos enfrentamos todos a situaciones muy similares, éstas no suelen ser particulares ni especialmente ingeniosas sino análogas o, al menos, incluidas en un corto número de variables. Lo cierto es que como bien explica el autor, la fantasía está detrás de toda organización humana, pues constituye el entramado sobre el que se articula todo discurso. Cuando la lógica social entra en conflicto, entonces es indispensable sumergirse en el abonado campo de la fantasía para encontrar el punto de fricción.

        La época actual, afirma el autor, está plagada de fantasmas, por el creciente antagonismo entre la abstracción del ciberespacio, con sus relaciones sociales y económicas virtuales, y el bombardeo continuo de imágenes concretas. Tradicionalmente se ha estudiado la relación entre la abstracción y la realidad social concreta, pero el autor plantea un análisis inverso, es decir, partir de lo concreto para llegar a lo abstracto. Analiza las consecuencias que el ciberespacio provoca sobre las relaciones sociales de los individuos y de las sociedades. Cada vez más, la actividad humana se limita a enviar señales a través del ratón de nuestro ordenador, desvinculando a las personas del mundo vital concreto. Dedica bastantes páginas a estudiar el cibersexo que, como bien dice, supone una fantasía ideológica en la que se separa la mente del cuerpo, permitiendo el goce de todos los placeres de la carne, deshaciéndonos de nuestros cuerpos. Muchos recurren a la pornografía para acceder a distintas formas de goce a las que no pueden convenir en su vida real. Y para acabar con el capítulo dedicado al mundo virtual del ciberespacio, el autor se plantea una interesante pregunta: si somos capaces de establecer todo tipo de relaciones a través del ordenador, incluidas las sexuales, ¿por qué no reemplazar las guerras reales por otras virtuales?

Para ir concluyendo, debemos decir que en esta obra su autor mantiene su tradicional crudeza, no concediendo ni un milímetro al academicismo y realizando una crítica directa y aguda lo mismo al estalinismo que al nazismo o, más recientemente, a la guerra en la antigua Yugoslavia. También permanece su discurso adictivo, en el que se mezcla su profundo conocimiento sociológico y filosófico con ejemplos y chistes extraídos de la vida real, igual de un episodio de los Simpson que de una actuación del tristemente desaparecido Michael Jackson. Sus ejemplos son tan expresivos, como rompedores –el cibersexo, o las diferencias nacionales a través del diseño de los inodoros, etc.-. A través de ellos explora el modo en que las fantasías estimulan el placer. En definitiva, estamos ante otra obra magistral del filósofo esloveno, preñada de reflexiones siempre agudas y críticas que nos permiten aproximarnos mejor a la complejidad del ser humano en el siglo XXI. Solo teniendo en cuenta la omnipresencia de las fantasías se puede llegar a entender la realidad pasada y presente.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL ÁRBOL Y LA RAÍZ

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CLAVERO, Bartolomé: El árbol y la raíz. Memoria histórica familiar. Barcelona, Crítica, 2013, 217 págs.

 

        Nueva entrega del profesor Bartolomé Clavero, catedrático de Historia del Derecho en la Universidad de Sevilla, en la que traza un recorrido por los abusos del franquismo con los vencidos, a través de una microhistoria: la de su propia familia –franquista- y su entorno en la pequeña villa sevillana de Cazalla de la Sierra. Básicamente, el autor incide en tres cuestiones:

Una, que tras la victoria del bando Nacional se produjo el reparto del botín de guerra, es decir, el prorrateo de cargos políticos, cátedras, titularidades y puestos de responsabilidad de aquellos que pertenecían al bando vencedor, en detrimento de los vencidos. Un empobrecimiento en todos los ámbitos, merced a personas que ocuparon altos cargos de la administración o de la empresa privada no por méritos propios sino por filiación política. Un salto atrás en el tiempo que nos recuerda a los rancios estatutos de limpieza de sangre que coartaban el acceso a los puestos de la administración de todo aquel que no fuese cristiano viejo. Desgraciadamente, todavía en la España del siglo XXI, a la hora de acceder a cualquier puesto público o privado pesa más la familia o el apellido que los méritos.

Dos, en los abusos velados de los vencedores hacia los vencidos que se prolongaron durante décadas. La cruenta represión en Cazalla de la Sierra, como en tantos otros pueblos pequeños y no tan pequeños de Andalucía y Extremadura, que llevó al paredón, a personas como Isabel Acevedo León, de 19 años, simplemente por haber servido en la casa del alcalde republicano. Pero la mayor parte de la población era de extracción humilde y, por tanto, sospechosa de ser republicana, o peor aún, izquierdista. Pero no podían morir todos, hacían falta manos para trabajar la tierra de propietarios y rentistas. Por ello, tras la represión física, llegaron, por un lado, la contrarreforma agraria que empobreció aún más a los desheredados, y por el otro, las relaciones asimétricas con los supervivientes, entonces llamados braceros, gañanes o jornaleros. Algo que ya nos impresionó en el libro de Miguel Delibes, Los Santos Inocentes y que desgraciadamente, como se observa en este libro, no fueron hechos aislados. Es más, la mayoría veía ese tipo de relaciones serviles, casi feudales, como algo natural. Bartolomé Clavero, a través de su propia familia y de sus relaciones con los trabajadores de su finca, nos ofrece noticias conmovedoras sobre las personas que estaban al servicio de su propia parentela. Personas que habían sufrido la represión franquista, supervivientes del holocausto, como el matrimonio que vivía en la casilla –no casa- de su finca, y que por no poseer no poseían ni el derecho a su intimidad. Un medianero que trabajaba sin contrato escrito y en unas condiciones que el propio autor califica de leoninas y por las que encima debía mostrar agradecimiento.

        Y tres, en la necesidad de reconciliación, para lo que Bartolomé Clavero, a título individual –no familiar- pone su granito de arena. Él dice haber escrito el libro para descargar su conciencia, reconociendo su pertenencia a una familia que prosperó a la sombra del régimen y, por tanto, a costa de la desventaja y del sufrimiento de las demás. Tras la dura dictadura de más de tres décadas, en la Transición, se hizo un pacto de silencio y olvido, como dice el autor, para pasar página, concediéndole al franquismo el status de régimen preconstitucional pero legítimo. Y en esta política del olvido tuvo un papel destacado la complicidad de la Universidad, por mediación de profesores que ocuparon las cátedras de los republicanos asesinados o exiliados y de los que estos a su vez colocaron. A algunos de sus propios profesores, en la Facultad de Derecho de la Universidad de Sevilla, les acusa de perpetuar la desmemoria no ya de la Transición sino del franquismo. Afirma que la fachada de la Universidad aparentaba normalidad pero que moralmente estaba en ruinas, tras el arrasamiento franquista. Desde profesores sin los conocimientos adecuados hasta perpetradores de plagios. Pero lo peor de todo es que este olvido e, incluso, esta contramemoria ha llegado en algunos casos hasta nuestros días. Los testimonios actuales evidencian el holocausto no ya de la guerra sino de la postguerra, primero mediante la eliminación sistemática del adversario político, y luego a través de su silenciamiento. El olvido no se puede mantener por más tiempo, como indica la propia Ley de la Memoria Histórica. Ésta pretendía hacer justicia con las cientos de miles de víctimas de la postguerra y de la dictadura, pasando página no mediante el olvido sino por el reconocimiento de lo que allí ocurrió, para asentar sólidamente las bases de la reconciliación nacional. Sin embargo, como casi siempre, una cosa es la ley y otra su aplicación, que se está viendo indefinidamente retrasada por los poderes fácticos que temen que la verdad histórica destape horrores inconfesables que han permanecido ocultos durante décadas.

        Personalmente, debo reconocer que el libro me ha impresionado mucho, pese a que los que leemos asiduamente al profesor Clavero, conocemos su escritura directa y en ocasiones descarnada. Es innegable el fondo de razón de su línea argumental y lo digo no ya como historiador, sino como un ciudadano más que vivió en su juventud los años finales del franquismo. Todos conocimos la discriminación de aquellos amanerados a los que, en ocasiones sin serlo, se les atribuía la condición de homosexual. Todos vivimos la separación clara que existía entre las familias bien, las franquistas de toda la vida, frente a las que no se manifestaban públicamente como afines al régimen. Solamente, el velo de la sospecha era suficiente para postergar, despreciar, infravalorar o discriminar no sólo a individuos concretos sino a familias enteras. Verdaderas patentes familiares, en muchos casos las mismas que siglos atrás, alegaron la limpieza de sangre para quitarse competidores más meritorios. Por ello, aunque algún día tengamos todos o casi todos los nombres de la represión del régimen, jamás podremos cuantificar los miedos, los silencios o las postergaciones de miles de personas que nunca fueron represaliadas y que, por tanto, nunca figurarán en ninguna lista. Son los casos de algunos de los protagonistas de este libro, como el bueno de Manolo Palma o de Manolo Bernabé.

        Para finalizar, hay que agradecer y elogiar la valentía de su autor a la hora de reconocer sus propias culpas y la tardanza en tomar conciencia de las discriminaciones de las que fue partícipe en su juventud en el seno de su privilegiada familia. Expresamente reconoce que descarga su conciencia como su contribución a la recuperación de la Memoria Histórica. Pero su contribución no es pequeña, pues puede y debe refrescar la desmemoria de muchos, e incluso contribuir a la concienciación de personas que fueron partícipes –muchos sin saberlo- de la sociedad de castas y de la ideología represiva del régimen. Ahora bien, a mi juicio, se ensaña en exceso con algunos miembros de su familia hasta el punto de colocar al propio lector en una situación incómoda y, en ocasiones, hasta desagradable. Ahonda en viejas heridas familiares, en algunos casos relacionadas con el problema subyacente de la ideología franquista pero en otros meras cuestiones personales –como disputas por la herencia- que no contribuyen en nada al objetivo reconciliatorio del libro. En el fondo, aunque pide disculpas por ello, intenta redimir a toda su estirpe, pero él no debió erigirse en redentor de aquellos que no tienen conciencia de haber cometido agravio alguno o simplemente que no desean arrepentirse o disculparse. Y lo único que consigue es ofrecer argumentos a aquellos detractores que puedan pensar que su objetivo ha sido más la venganza personal que el resarcimiento de la Memoria Histórica. Ahora bien, todo esto no puede empañar su valor a la hora de enfrentarse a sus propios fantasmas personales. Un ejerció loable que nos puede iluminar en nuestro deseo de alcanzar la verdad histórica y acabar definitivamente con la impunidad de la desmemoria.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA ESTRATEGIA DEL TERROR EN LA GUERRA DE CONQUISTA

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ROJAS, José María: La estrategia del terror en la guerra de conquista, 1492-1552. Medellín, Hombre Nuevo Editores, 2011, 165 págs.

 

        Interesante libro del sociólogo colombiano José María Rojas en el que se aborda la Conquista desde una nueva perspectiva así como sus consecuencias en la América Contemporánea. Comparto totalmente la línea argumental del autor, tal y como defendí en mi libro Conquista y destrucción de las Indias (Sevilla, 2009), y me parecen oportunos los términos que utiliza, evitando eufemismos de la época todavía usados en la actualidad como rescate, pacificación o evangelización. En la conquista se cometieron todo tipo de atrocidades y hubo una política sistemática y premeditada de terror, necesaria para que un puñado de conquistadores sometiera a millones de aborígenes a lo largo y ancho del continente americano. Por eso hubo matanzas ejemplarizantes, como las de Anacaona, Moctezuma, Atahualpa y otros cientos –quizás miles- de caciques y reyezuelos locales que mostraron resistencia al invasor. Aperreamientos, mutilaciones y quemas en la hoguera fueron moneda de cambo habitual en todo el proceso. Como afirma el autor, la cruz de una iglesia intransigente, inquisitorial, y el estado casticista se unieron para someter a sangre y fuego varios millones de kilómetros cuadrados. Y todo ello porque al tratarse de empresas privadas, en las que cada adelantado o conquistador capitulaba y financiaba su campaña, existía una necesidad perentoria de rentabilizarla por cualquier medio. Por las buenas o por las malas los conquistadores necesitaban obtener oro y esclavos. Si no había causa justa para la guerra, bastaba con provocarlos para que todo tipo de matanzas y rapiñas quedasen bendecidas.

Sin embargo, se aprecia que el autor no es especialista en la época y que además su documentación es magra, pues tan solo enumera diecisiete referencias bibliográficas entre cronistas y obras contemporáneas. Ello provoca que salten al texto algunos errores e imprecisiones. Así, por ejemplo afirma que el testamento de Isabel La Católica fue redactado por sus consejeros, cosa que no parece nada probable. Asimismo afirma que fueron expulsados de España entre 160.000 y dos millones de judíos, cifra sobre todo la última totalmente descartada. También afirma que Hernán Cortés se llevó en 1519 los últimos indios de Cuba, hecho totalmente incierto, o que Francisco Pizarro murió octogenario cuando es bien sabido que en el momento de su asesinato era sólo sexagenario.

Sin ninguna duda, la parte más brillante del libro es el último capítulo, dieciséis páginas en las que el autor aborda una aproximación al conflicto desde la contemporaneidad. Aquí sí que se aprecia la capacidad de análisis de un sociólogo que ha trabajado temas relacionados con la clase obrera y la minoría indígena en la Edad Contemporánea. La conquista creo unas relaciones asimétricas entre vencedores y vencidos que la oligarquía criolla se encargó de reproducir miméticamente en la Edad Contemporánea. En el siglo XX, dictaduras militares, apoyadas precisamente por esta oligarquía y bendecidas por Estados Unidos, se encargaron de mantener el status quo. Estos regímenes reprimieron todas las libertades individuales y cometieron impunemente miles de asesinatos, con la excusa de evitar el totalitarismo comunista. Y con ese razonamiento, Estados Unidos ha apoyado a personajes siniestros como Sadam Hussein, Bin Ladem o al propio Gadafi. Tras la caída de la URSS, y sobre todo desde 2001, el nuevo enemigo es el terrorismo internacional, y con la excusa de atajarlo realiza guerras preventivas y práctica cuando lo cree necesario todo tipo de violaciones de los derechos humanos. Los nuevos conquistadores son las grandes multinacionales que campan a sus anchas en países como Colombia, apoyadas por Estados Unidos y por el capitalismo internacional. Actualmente, mantiene al estado colombiano prácticamente intervenido con la excusa de luchar contra el narcotráfico o contra la insurgencia de la guerrilla. Un conflicto que dura ya más de medio siglo, que ha dejado miles de muertos y, lo que es peor una sociedad mafiosa. Y el Estado, con la excusa de luchar contra las mafias, con el beneplácito del Imperio, practica una guerra sucia en la que las víctimas son con frecuencia campesinos, sindicalistas, maestros, líderes comunales o ideólogos de izquierda. Grupos paramilitares, con la complacencia del ejército y de la policía, realizan razias en las que asesinan, sin mediar palabra, a personas simplemente sospechosas de simpatizar con la insurgencia.

La historia de Colombia en los últimos cinco siglos, ha dejado un interminable reguero de muertos en el camino. Primero los conquistadores, luego la oligarquía criolla y actualmente las injerencias del Imperio se han encargado de la destrucción del país. Este libro pretende contribuir a la concienciación ciudadana que permita la emancipación sociopolítica no solo de Colombia sino también de toda Latinoamérica.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EPIDEMIAS Y PODER

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WATTS, Sheldon: Epidemias y poder. Historia, enfermedad, imperialismo. Barcelona, Editorial Andrés Bello, 2000, 491 págs.

 

        Este libro, editado en inglés en 1997 y tres años después en castellano, constituye una obra sorprendente en la que su autor defiende, como indica el propio título, la relación entre la expansión de las epidemias y el imperialismo. Evidentemente, S. Watts posee un amplio conocimiento de las distintas sintomatologías, pero su formación como historiador social y cultural, hace que lo realmente valioso de su obra sea la interpretación de cada una de las epidemias en su contexto histórico. Además, dado que ha desarrollado su labor docente en distintos centros de África –Nigeria y Egipto-, conoce de primera mano las consecuencias que el imperialismo provocó en dicho continente, perceptibles, por supuesto, en la actualidad.

Se analizan pormenorizadamente las principales plagas que han azotado a la humanidad desde la Baja Edad media hasta nuestros días, es decir, la peste bubónica, la lepra, la viruela, la fiebre amarilla, el cólera, la malaria, la sífilis y, por último el SIDA.

La peste negra azotó el Viejo Continente y Asia a partir de 1347, matando en tan sólo cinco años a unos 24 millones de europeos, tres de cada diez. Ratas infestadas se colaron de polizonas en naves genovesas expandiéndola por amplias zonas ribereñas del Mediterráneo. Así, los egipcios que periódicamente se enfrentaban a malas cosechas, plagas de langostas, hambres y enfermedades, debieron afrontar la peste bubónica desde 1347. Solo los nómadas estuvieron en mejores condiciones para replegarse y evitar los peores efectos de la epidemia. Ya en ese siglo se puso de manifiesto una vez más la incapacidad de Occidente para frenar la expansión de las plagas que ella misma generaba. El autor se contradice en parte cuando afirma, por un lado, que la peste no respetaba a nadie y que lo mismo morían pobres vagabundos que ricos -p. 27-, y por el otro, lo contrario –p. 40-. Evidentemente, se refiere a que todos podían ser contagiados aunque es obvio que afectaba menos a los ricos que vivían en mejores condiciones y tenían menos contacto con ratas y pulgas –las transmisoras de la enfermedad-. También tenían la posibilidad de huir hacia el campo a los primeros síntomas del ataque epidémico. Por eso no extraña que se generalizara la máxima: huye pronto, huye lejos, vuelve tarde. Defiende el autor que esta enfermedad, como las demás estudiadas, sirvió para segregar socialmente a las personas, pues, se establecían cuarentenas para evitar los contagios. Se controlaban los desplazamientos, se sepultaba a los muertos en fosas comunes, calcinando sus efectos personales, y se aislaba a los afectados. Para los enfermos y sus familias, el hecho de ser aislados socialmente, de quemar los pocos enseres personales que poseían –a veces incluso sus propias casas- o enterrarlos en una fosa común como los apóstatas era difícil de asimilar. También la lepra, que ya causaba estragos en la antigüedad, implicaba el aislamiento atroz de los afectados en lazaretos, verdaderos morideros donde intentaban minimizar el riesgo de contagio. Y ello, no nos sorprende dada la discriminación que todavía, en pleno siglo XXI, sufren los enfermos de SIDA en nuestra propia sociedad.

Asimismo, desde el siglo XVI se produjo una enorme expansión de la sífilis que, en este caso, tuvo el flujo inverso, llegó de las colonias a la vieja Europa. Precisamente, un estudio reciente llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Emory, en Atlanta (Estados Unidos), y que por tanto el autor no pudo conocer, parece demostrar que la sífilis europea, aparecida desde 1495, pudo ser fruto de una mutación de la cepa original traída al Viejo Mundo por los hombres de Colón. En Europa se conocía un tipo de sífilis pero no la venérea que se inició en la última década del siglo XV y que se contagiaba por contacto sexual. Su difusión fue imparable, acentuada por la mentalidad de la época, que veía con normalidad el inicio de la vida sexual de los jóvenes con prostitutas de las mancebías. Además, esta enfermedad estigmatizaba a los afectados de manera similar a la lepra, hasta el punto que todo el que podía lo ocultaba, lo que no contribuía precisamente a su erradicación. El primer remedio llegó desde las mismas colonias; se usó el guayacán, un árbol que produce una madera actualmente muy apreciada –al igual que la caoba- por su dureza y calidad, pero que los amerindios la usaban para aliviar los síntomas de la sífilis. Su comercialización comenzó en 1521 cuando se remitieron a la Casa de la Contratación 2.429 quintales y dos arrobas. Gonzalo Fernández de Oviedo por un lado, y Andrés Laguna, en su traducción de la Materia Médica de Anazarbeo, editada en 1555, por el otro, elogiaron ampliamente sus virtudes para combatir la sífilis que por aquel entonces azotaba fundamentalmente a Europa. Dos décadas después fue el médico sevillano Nicolás Monardes quien volvió a defender el poder del guayaco no sólo frente a la sífilis, sino también contra otras enfermedades. Más adelante se usó otro método más efectivo a base de mercurio. Lo cierto es que esta nueva plaga afectó a las formas de socialización cerrándose, por ejemplo, los baños de vapor muy extendidos en la Europa de la época. Asimismo, cambió la percepción que la sociedad tenía de la prostitución.

Otra de las grandes plagas de la historia ha sido el cólera, en este caso mucho más selectiva que las anteriores ya que atacaba mucho más a personas débiles física o psíquicamente y mal alimentadas. La bacteria acuática que la produce se difundió por todo el orbe en los tanques de agua de los buques mercantes y en el transporte ferroviario. Se contagiaba a través de las aguas infectadas. En la época ni siquiera intuyeron el foco de transmisión. Así, por ejemplo, el médico Manuel de Aguilar Tablada explicaba el origen de la enfermedad en 1855 se la siguiente manera: la causa del mal se debe a la descomposición de algunas de las fuerzas terrestres o de su desequilibrio en un punto dado. En muchas colonias, como la India, el cólera había tenido una baja incidencia en la época pre-británica, volviéndose atroz y masiva desde mediados del siglo XIX. Por eso no duda el autor en hablar de una enfermedad sostenida por el imperialismo y que costó la vida a 25 millones de indios. Desde la India se propagó hasta la Rusia zarista y hacia el imperio Habsburgo hasta llegar a Inglaterra y Francia. Como en el caso de la lepra y otras epidemias, terminaron creándose asilos de afectados por el cólera, que eran verdaderos infiernos terrenales.La fiebre amarilla y la malaria también llegaron a América en los buques negreros causando graves estragos desde mediados del siglo XVII.

La expansión de todas estas enfermedades se difundió por todos los continentes a través de los buques mercantes y negreros de las potencias del viejo continente. Empezaron los pueblos ibéricos y lo continuaron con gran ímpetu los franceses, ingleses y holandeses principalmente. En el continente americano, los nativos sufrieron un sinfín de enfermedades que los diezmaron, empezando en 1493 por la influenza suina y continuando a partir de 1519 por la viruela, el sarampión, la gripe, el tifus exantemático, la sífilis, etc. Se estima que las enfermedades mataron entre el 80 y el 90 por ciento de la población aborigen de América, aunque posteriormente se recuperara en parte. La introducción de esclavos africanos para sustituir a la mano de obra indígena, modificó todo el panorama racial del Nuevo Mundo.

Por tanto, el imperialismo no sólo generó desigualdades económicas sino que extendió por extensas áreas del mundo plagas que diezmaron poblaciones que en muchos casos no habían tenido contacto previo con esos virus. De ahí que los estragos en las colonias americanas, africanas o asiáticas fuesen mucho más dramáticos que en la propia Europa. Por tanto, superpoblación, pobreza, consumismo, nacionalismo e imperialismo están en el origen de todos los males. Para Watts, la medicina occidental no sólo se mostró incapaz de curar las enfermedades que ella misma exportaba sino que éstas fueron a la vez agente e instrumento de dicha expansión imperialista. La creciente necesidad del mundo moderno de llegar a más partes del mundo en busca de potenciales consumidores ha tenido como consecuencia la creación de verdaderas líneas de penetración de las epidemias que se propagaron por todo el orbe. Todo ello fundamentado en el darwinismo social que entendía que los europeos eran una raza evolutivamente superior y, por tanto, con derecho a dominar al resto del mundo. Si a partir del siglo XIX se creó una medicina tropical para combatir las epidemias de las colonias, no se debió tanto al altruismo con las poblaciones aborígenes sino como el mejor medio de asentar la expansión imperialista. Esta es a grandes rasgos la tesis que defiende Watts y que en líneas generales compartimos.

Estamos ante una obra maestra, muy ambiciosa en el mejor sentido, ya que abarca un amplio espacio geográfico –prácticamente todo el mundo- y una amplia cronología que parte del siglo XIV y llega casi a la actualidad. En un trabajo de esta envergadura siempre es posible encontrar pequeños errores, como decir que Francisco Pizarro, conquistó el imperio inca en la década de 1520 –p- 131-. Asimismo, quiero advertir que la comprensión del texto se entorpece reiteradamente por la obsesión de Watts, siguiendo a Michel Foucault, de emplear conceptos muy abstractos como Constructo, Ideología del Orden o Desarrollo. Ello provoca que en más de una ocasión el lector más avezado tenga que releer un párrafo para entender lo que nos quiere decir. En cualquier caso, se trata de menudencias, detalles sin importancia que en nada pueden compararse con el aporte a la historia de la epidemiología y del imperialismo.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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