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Se muestran los artículos pertenecientes a Agosto de 2014.

BIBLIOGRAFÍA DE LA HISTORIA DOMINICANA

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MOYA PONS, Frank: Bibliografía de la Historia Dominicana, 1730-2010. Santo Domingo, Academia Dominicana de la Historia, 2013, 3 vols. (I: 893 págs.; II: 850 págs.; III: 833 págs.).

 

        Se trata de un exhaustivo repertorio de la bibliografía dominicana desde 1730 al 2010, es decir, un recorrido por prácticamente toda la historiografía del país. Como indica el autor en la introducción, se trata de un trabajo de toda una vida, pues comenzó a recopilar las primeras fichas en 1962, coincidiendo con el inicio de sus estudios universitarios, junto al maestro de maestros Vetilio Alfau Durán. Seis años después publicó un avance de sus estudios sobre la temática en la prestigiosa revista Latin American Research Review. Con el paso de los años, al tiempo que visitaba bibliotecas europeas, latinoamericanas y estadounidenses, fue ampliando el número de entradas. El acceso a las tecnologías de la información, desde las dos últimas décadas del siglo XX, le ha permitido completar un catálogo que aspira a ser exhaustivo. El repertorio publicado por la Academia Dominicana, siendo precisamente su presidente el propio Frank Moya, cuenta con poco más de 12.000 obras, entre artículos, ponencias y libros. Solo se han excluido de la relación los artículos de periódico y las reseñas de obras, pues a juicio del autor, este listado ya estaba cubierto por los regestos periódicos que el Dr. Emilio Cordero publica en la revista Clío, órgano de la Academia Dominicana de la Historia.

El trabajo se presenta en tres extensos volúmenes: en el primero, secuencia la serie de manera periódica y temática, en el segundo, adopta un orden cronológico, y, finalmente, en el tercero, se ordenan alfabéticamente, encabezando por el primer apellido de cada autor o, en su defecto, por la institución patrocinadora.

        Estamos, ante una obra fundamental para aquellos investigadores que, como yo, nos interesamos en la historia dominicana.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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CUANDO LOS INDIOS DESCUBRIERON EL VIEJO MUNDO

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TALADOIRE, Éric: D`Amérique en Europe. Quand les Indiens découvraient l`Ancien Monde (1493-1892). Paris, CNRS Éditions, 2014, 286 págs.

 

        Éric Tadaloire, profesor emérito de la Universidad de París y reconocido especialista sobre las civilizaciones mesoamericanas, nos sorprende ahora con este nuevo estudio sobre la presencia indígena en Europa. Como explica el autor, el Descubrimiento de América supuso un gran choque civilizatorio con consecuencias bidireccionales. De hecho, hubo una rápida adopción en el Viejo Mundo de determinados alimentos indianos, así como de plantas medicinales y de otros rasgos de su cultura material. Se produjeron de manera inmediata trasvases culturales en un doble sentido, muy a pesar de que a la postre la cultura inferior terminó sucumbiendo ante la invasora. Esto ha sido una dinámica frecuente en la historia de la humanidad, en la que reiteradamente las culturas más atrasadas desaparecieron ante el progreso de las más avanzadas.

Los europeos descubrieron América, pero también los nativos americanos descubrieron Europa. En este último aspecto, en el que la bibliografía es todavía escasa, se centra esta obra. Hasta finales del siglo XIX arribaron a Europa varios miles de indígenas y de mestizos por motivos extremadamente variados. La mayoría lo hicieron de manera forzada, como esclavos o sirvientes de los conquistadores y colonizadores, pero otros viajaron de manera voluntaria.

El autor habla de dos etapas: la primera abarcaría de 1493 a 1616, coincidiendo la primera fecha con el retorno de Colón con los primeros indios, y la segunda con la llegada a Londres de la bella Pocahontas. En esta etapa el flujo fue más intenso y, en general, la mayoría lo hicieron como esclavos, aunque desde 1542 se ralentizó por la expedición de las Leyes Nuevas en las que, en teoría, se abolió la esclavitud de los indios. A pesar de ello, en Lisboa y Zafra se siguieron vendiendo esclavos amerindios con total normalidad hasta bien entrado el siglo XVII. La segunda etapa, que incluiría desde 1616 a 1892, se caracteriza por un descenso del flujo y sobre todo por un cambio en las circunstancias por las que éste se producía. Las arribadas se relacionaban ahora con la política europea, dirigiéndose más a los países del norte de Europa, como Francia o Inglaterra.

        Como ya hemos afirmado, no solo llegaron aborígenes como mano de obra sino por motivos de lo más variados. Primero, fue frecuente traer naturales a España para que aprendiesen rápidamente la lengua castellana y que sirviesen de intérpretes en el proceso expansivo. Asimismo, se remitieron hijos de caciques y curacas en un intento de aculturar a la élite dirigente para así controlar al pueblo. De hecho, ya Cristóbal Colón trajo consigo en 1493 a los primeros indios que pisaron el continente europeo, siendo bautizados solemnemente en el monasterio de Guadalupe. Otros muchos fueron traídos como parte del espectáculo ostentoso de los peruleros. De hecho, muchos indianos adinerados regresaron a Europa con toda una corte de indios, causando auténtica sensación por allí donde pasaban. Sin ir más lejos, en 1519 Hernán Cortés envió a España a Portocarrero y Montejo con el quinto real con seis indios cempoaleses. Por citar otro ejemplo, en 1534 llegó a la capital del Guadalquivir Hernando Pizarro con una auténtica fortuna y una corte de llamas e indios, vestidos a su usanza, que provocaron el asombro de cientos de sevillanos que se congregaron en torno a la comitiva. Desde finales del siglo XVIII y sobre todo en la siguiente centuria se desarrolló en Europa, especialmente en Inglaterra, un interés por el indio como objeto de estudio antropológico.

        También nos consta el desembarco en la Península Ibérica de cientos de caciques, curacas y reyezuelos indígenas que fueron tratados en la Corte con las atenciones propias de su rango, hasta el punto de sufragar la propia Corona todos los gastos derivados de su estancia en tierras españolas. Como bien dice el profesor Taladoire, existe una extensa literatura sobre estas arribadas. Uno de los casos más conocidos es el del cacique don Franciscos Tenamaztle, llegado a la corte de Valladolid en mayo de 1554. Al parecer, llegó encadenado, procedente de la región de Jalisco de donde era señor y solicitando su libertad y la de su pueblo. También se han documentado casos similares en otros países europeos, como Francia o Inglaterra. Así, por ejemplo, el autor cita el caso de unos hijos de jefes iroqueses que en 1534 llegaron junto a Jacques Cartier a la corte gala. Aunque el caso más universalmente conocido es sin duda el de Pocahontas, la hija del jefe Powhatan de la confederación algonquina de Virginia, bautizada como Rebecca Lady y fallecida en Londres en 1617.

        Dedica el autor un capítulo completo -el VII- a la llegada de mestizos, muchos de ellos adinerados o descendientes de conquistadores y de estirpes reales prehispánicas. Sus motivos fueron muy diversos, en unos casos enviados por sus padres para que se educaran en la cultura hispana y en otros presionados por las autoridades por la inestabilidad que generaban en sus lugares de origen. Entre estos ilustres mestizos hay que citar a Martín Cortés, el Inca Garcilaso de la Vega, Melchor Carlos Inca o ya en el siglo XVIII a Bernardo Cano Moctezuma.

Ahora bien, se pregunta el autor sobre la sensación que debieron sentir al conocer la patria de los conquistadores. Es seguro que les impresionarían algunos avances tecnológicos y construcciones fastuosas, como palacios y catedrales. Sin embargo, también debieron sentirse horrorizados cuando contemplaron las enormes bolsas de mendicidad de las grandes urbes o las ejecuciones sangrientas de los tribunales civiles y eclesiásticos. Sensaciones contradictorias como las que experimentaron los conquistadores cuando contemplaron el templo-carnicería de Tenochtitlán o la fortaleza de Sacsahuamán.

Para concluir, debo decir que se trata de una obra importante, imprescindible, en una temática que hace más de tres lustros yo mismo comencé, cuando casi nadie la había abordado. Es cierto que el autor no ha realizado una investigación de archivo, pero eso no resta mérito a su texto que constituye una magnífica y necesaria síntesis de los aportes de investigadores españoles, portugueses, franceses y anglosajones. A mi juicio, la obra del profesor Eric Taladoire supone un salto cualitativo, al sintetizar prácticamente todo lo que sabemos sobre la temática, integrando los estudios de autores de muy diversas nacionalidades y escritos en español, francés, portugués e inglés. Por tanto, el mérito es doble: por un lado, desarrolla con una literatura fluida una visión global sobre el descubrimiento de Europa por los amerindios y, por el otro, supone un punto de partida necesario para aquellos investigadores que quieran aportar nuevos datos o nuevas interpretaciones.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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POR LA RELIGIÓN Y LA PATRIA

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ESPINOSA MAESTRE, Francisco y GARCÍA MÁRQUEZ, José María: Por la religión y la patria. La Iglesia y el golpe militar de julio de 1936. Barcelona, Crítica, 2014, 214 págs.

 

        Último libro del historiador Francisco Espinosa, en esta ocasión realizado en colaboración con el investigador José María García, ambos con una larga trayectoria en la temática de la guerra y de la postguerra. La obra en cuestión expone sintéticamente y con una redacción fluida, los argumentos que ligan a la Iglesia con la sublevación militar de 1936 y también como colaborador necesario y consustancial en el proceso depurador posterior. Era algo que ya sabíamos, aunque sus autores consiguen aislar decenas de ejemplos que demuestran de manera incontestable sus tesis. Y digo que ya lo sabíamos porque la II República pretendía conseguir una sociedad plenamente democrática para lo cual estimaba que era necesario el laicismo. Y éste a su vez implicaba necesariamente la aconfesionalidad del Estado y la relegación de lo religioso al ámbito de lo privado. La República entendía que la influencia de la Iglesia, sobre todo en el ámbito de la educación, era un obstáculo insalvable para el progreso social. En coherencia con tal pensamiento dictó leyes anticlericales, sacando a la institución de las escuelas y creando cientos de centros educativos públicos. Asimismo, aprobó la ley del divorcio, los matrimonios civiles y el sufragio universal femenino. Es obvio, que a los católicos radicales y a los monárquicos estas ideas les parecieron del todo inaceptables, vinculándose desde el primer momento a los opositores al régimen. Y ello porque no estaban dispuestos a perder de un plumazo los privilegios consolidados durante siglos.

Es importante señalar que las primeras iniciativas reaccionarias se produjeron en el mismo año de 1931, catalizándose al año siguiente en el fracasado golpe del general Sanjurjo. Y aquí los autores insertan una reflexión que no por obvia deja de ser relevante: frente a lo que se ha repetido hasta la saciedad, la oposición frontal y hasta militar a la república es anterior a la quema de conventos, a la revolución de 1934, en la que ardieron medio centenar de conventos y fueron asesinados algo más de treinta religiosos y, obviamente, al asesinato de Calvo Sotelo. Lo cierto es que como bien escriben los autores, la Iglesia tardó muy poco tiempo en pasar de sentirse víctima de la República a verdugo de los republicanos.

        El clero proporcionó la necesaria cobertura ética al golpe, calificándolo de cruzada cristiana. La guerra no enfrentaba a golpistas y a republicanos sino a buenos y a malos, los primeros encarnación de la providencia divina y los segundos marxistas, inspirados por el mismísimo diablo. La Virgen, el Sagrado Corazón de Jesús y el resto de la corte celestial, cómo no, eran monárquicos y, por tanto, estaban con los nacionales. Lo mismo el alzamiento que la guerra y la represión posterior estuvieron bendecidos por el altar y por Dios. Por ello, la mayoría no veía contradicción entre sus convicciones cristianas y la matanza de miles de personas, cuyo único delito había sido ser republicanos y/o de izquierdas. Nada tiene de extraño que muchos prelados hablasen de asesinados para referirse a los derechistas represaliados y de fusilados cuando aludían a los caídos de izquierda. Y esto no solo ocurrió al más alto nivel de prelaturas sino en cada parroquia, en cada púlpito, en los que se predisponía a los católicos a la beligerancia con la democracia republicana. Es ocioso repetir aquí los testimonios de autoridades religiosas que hablan en este sentido, pues se cuentan por centenares. Citaremos solo algunos muy representativos, como las palabras del obispo de Vitoria, Monseñor Mateo Múgica, quien afirmó que la peor de las monarquías era siempre preferible a la mejor de las repúblicas. No menos flagrante fue la actitud del prelado de Teruel, Anselmo Polanco, que al ver desde su balcón el desfile del Tercio Sanjurjo, con orejas, narices y otros miembros pinchados en las bayonetas de los soldados se limitó a comentar que se trataba de los excesos naturales de toda guerra. Un comentario del todo inapropiado para una persona que en teoría era un siervo de Dios. Asimismo, el párroco de la iglesia de San Martín de Salamanca, desde el púlpito, dijo a sus feligreses: ¿Sabéis quien mató a Jesucristo…, quién lo crucificó? Los rojos de entonces. Como ya hemos dicho, esta era la idea: los republicanos eran los malos, los judíos, mientras que los nacionales eran los elegidos por Dios para llevar adelante la cruzada cristiana.

En general, cientos de párrocos participaron activa o pasivamente en la guerra, junto al bando Nacional, como el cura de Zafra Juan Galán, el jesuita Bernabé Copado, Eugenio López, párroco de Encinasola, José Martín Domínguez, cura en Barcarrota, etcétera. Y después de la contienda, no les tembló el pulso a la hora de testificar en contra de miles de personas a lo largo y ancho de la geografía española. Y para facilitar la depuración no dudaron en inventar testimonios falsos cuando lo creyeron oportuno. Eso también lo sabíamos, lo novedoso de este libro es que demuestra con innumerables ejemplos, que esa perversa actitud no fue excepcional sino la norma. Eso sí, la mayoría de ellos se preocupaba de que a los condenados se les administrase la Extremaunción e, incluso, si no estaban desposados por la iglesia, los exhortaban a casarse instantes antes de su asesinato. Sus cuerpos se perdían pero salvaban sus almas, esta era la obsesión de estos infames, que incluso permitieron la ejecución de embarazadas.

        Es bien conocido el asesinato de unos seis mil curas a manos de los republicanos, y lo sabemos porque la Iglesia se ha encargado de investigar en sus propios archivos y de pregonar sus pérdidas. Sin embargo, al tiempo que usan libremente sus archivos en su beneficio impiden el acceso de otros investigadores a ellos que puedan esclarecer muchas de las verdades que esconden. Entre ellas, a los curas que fueron represaliados por los nacionales por no comulgar con sus ideas o simplemente por proteger a sus feligreses. Es conocido el asesinato de dieciséis curas vascos por su ideología nacionalista, pero existen algunos casos más hasta ahora no reconocidos, como el del cura de Caseda (Navarra) Eladio Celaya, o del párroco de Pereña de la Ribera (Salamanca), Leopoldo Vicente Urraza. Los autores consiguen identificar y aislar numerosos ejemplos aunque hay que decir que nunca fue un fenómeno generalizado porque, como ya hemos dicho, la mayor parte del clero se posicionó con los golpistas. Los que fueron asesinados a manos de los propios fascistas, la Iglesia no los consideran mártires porque, según dicen todavía en la actualidad, no murieron defendiendo su fe sino sus ideas nacionalistas o republicanas.

Los autores dedican un capítulo entero a la depuración de maestros lo cual era vital para la construcción del nuevo orden. Todos aquellos que habían mostrado su simpatía por la República o simplemente no habían apoyado el golpe, fueron apartados de sus puestos en el mejor de los casos o asesinados en el peor. Solo en la provincia de Sevilla ejecutaron a unos sesenta de ellos. Uno de los casos más flagrantes fue el de la joven maestra de Villafranca de los Barros, Catalina Rivera Recio. La pasividad del párroco de la villa, Tomás Carretero, contribuyó a ello con sus informes tibios. Consumada la ejecución, el citado clérigo se limitó a decir miserablemente: ha sido fusilada por marxista.

        Y para finalizar los autores aluden al tema recurrente del cura bueno, es decir, de aquellos religiosos que según la tradición oral se opusieron con todas sus fuerzas a las ejecuciones del bando Nacional. Es cierto que hubo religiosos que se mantuvieron al margen del golpe, e incluso algunos lucharon en las filas del bando republicano. Sin embargo, en algunos casos los relatos de estos curas buenos, están a medio camino entre la realidad y la ficción. Y para sostener esta afirmación se basan en el ejemplo del cura de Mérida, César Lozano, que en el último momento impidió la ejecución de diez trabajadores del ferrocarril. Pues bien, la literatura posterior exageró sus actos, hablando de su continua oposición a las matanzas, sin embargo, los autores solo han conseguido documentar esta actitud en una ocasión. Nada parecido a lo que Oscar Schindler hizo en el III Reich, salvando a miles de judíos. De Ahí que maticen cuando dicen que en realidad fue un cura bueno pero por un solo día. Más admiración merece fray Gurmesindo de Estrella que estuvo asistiendo a los presos que iban a ser fusilados en la cárcel de Torrero entre 1936 y 1942. Su detallado diario muestra el terror impuesto por los vencedores y el horror y la impotencia que sentía el pobre capuchino. Su diario constituye, como indican los autores, un testimonio del infierno fascista, realizado desde el interior de la máquina de matar franquista.

        A mi juicio este libro constituye un paso más en el conocimiento de la verdad sobre la guerra y la postguerra, un trabajo con el que están comprometidos los autores desde hace bastantes lustros. Para ser totalmente sincero, su lectura me ha resultado descorazonadora; la miseria del ser humano no tiene límites, como demuestran las actitudes de estos prelados ansiosos de vengar a sangre y fuego agravios pasados. Me hubiese gustado que la historia fuese otra, pero fue la que fue. Y en este compromiso con la historia y con la verdad me siento identificado con los autores.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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