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HERNÁN CORTÉS. MÁS ALLÁ DE LA LEYENDA

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DUVERGER, Christian: Hernán Cortés. Más allá de la leyenda. Madrid, Taurus, 2013, 439 págs., más cuadernillo con ilustraciones.

 

        Hace pocos meses escribí mis refutaciones a otro trabajo del historiador francés, Crónica de la Eternidad (2012), en la que éste afirmaba que el autor de la Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España no fue Bernal Díaz del Castillo sino el mismísimo Hernán Cortés. Creo que en aquella ocasión rebatí convincentemente su hipótesis. Ahora le toca el turno a su nueva obra: Hernán Cortés. Más allá de la leyenda (Madrid, Taurus, 2013).

Debemos empezar advirtiendo que este libro es anterior en realidad a su Crónica de la Eternidad, pues fue editado inicialmente en el año 2005, aunque la mayoría lo hemos conocido ahora, con motivo de su reedición, en julio de 2013. Por tanto, no es de extrañar que Bernal Díaz del Castillo siga siendo en esta obra el autor de la Historia Verdadera, porque aun faltaban varios años para que el historiador galo se plantease lo contrario. Sí sorprende, en cambio, que aporte incluso argumentos en contra de su futura hipótesis. Así, por ejemplo, afirma que la expedición de Grijalva llegó a San Cristóbal de La Habana, como bien sabía Cortés, y a diferencia de lo que afirma Bernal que situó la arribada en la villa de Santiago –Pág. 125-. Asimismo, dice que Hernán Cortés tuvo un hijo con una princesa Náhuatl a la que amó, pero que Bernal Díaz no se acordaba de su nombre de ahí que la llamara doña Fulana de Hermosilla –Pág. 244-. Queda claro, que si el metellinense hubiese sido el autor de la Historia Verdadera nunca hubiese olvidado el nombre de uno de sus primeros amores.

        En esta nueva entrega el profesor Duverger vuelve a sorprendernos con planteamientos e hipótesis inverosímiles que no consigue documentar, ni tan siquiera argumentar de manera convincente. El libro sigue su línea habitual: está magníficamente redactado, con una literatura fluida como solo los hispanistas franceses e ingleses saben hacer. Está descargado de aparato crítico, pues apenas se incluyen al final del texto varias decenas de notas así como una escueta bibliografía. Alterna capítulos dedicados a la conquista con otros en los que va describiendo la situación en Europa, lo que a mi juicio es un acierto, por dos motivos: primero, porque inscribe perfectamente la conquista de México en el contexto europeo y en el marco de los descubrimientos y de la conquista de América. Y segundo porque permite respiros periódicos que favorecen su lectura. El problema es que se presenta como una biografía histórica, realizada por un historiador científico. Y digo que es un problema porque reiteradamente esgrime planteamientos infundados y comete todo tipo de errores, unas veces provocados por un análisis deficiente, tendente a justificar sus hipótesis previas y, otras, por su desconocimiento de los avances historiográficos logrados en la materia de los últimos años.

Ya en los capítulos introductorios nos sorprende con ideas mal documentadas o deficientemente justificadas. Da por hecho que América fue descubierta por los portugueses en torno a 1481, convirtiendo de un plumazo a Cristóbal Colón en un impostor. Otro más, como Bernal Díaz del Castillo. Y todo ello lo basa simplemente en su apreciación de que el genovés sabía a dónde iba y cómo regresar. No es que personalmente no comparta lo esencial de la teoría del protonauta, pero una idea así, de tanto calado, merece una justificación más extensa o al menos una referencia al gran defensor de dicha tesis, el recordado Juan Manzano, y a su famosa y completa obra Colón y su secreto. También asume la tesis judía de Salvador de Madariaga, alegando que para compensar la expulsión sefardita de 1492, la reina le ofreció un contrato maravilloso. No creo que la soberana aceptara las capitulaciones de Santa Fe para calmar su conciencia por la expulsión de los supuestos correligionarios del genovés. Es rizar el rizo en exceso. En cuanto al gobernador frey Nicolás de Ovando, lo convierte en fraile, alegando que los miembros de las ordenes militares anteponían al nombre el distintivo fray –hermano-. Pero se equivoca otra vez porque, como es bien sabido, a los altos cargos de las órdenes militares no se les daba el tratamiento de fray sino de frey –véase la voz frey en el diccionario de la R.A.E.-, que no era ni por asomo lo mismo.

La hipótesis principal del libro es que Hernán Cortés nunca fue el guerrero cruel del que se ha hablado sino un pacifista –sic- que se pasó toda la conquista intentando alcanzar acuerdos de paz y minimizando daños. Su proyecto vital, como pacifista, fue crear un nuevo mundo mestizo, fruto de la feliz fusión de lo europeo y de lo indígena. Él no quería trasplantar las costumbres castellanas a México, sino crear un nuevo estado autóctono, fruto de la hibridación racial y cultural de ambos mundos – Pág. 234-. Como indica en el prólogo José Luis Martínez, glosando al francés, Cortés era bueno y los indígenas también mientras que los malos eran, en cualquier caso, el emperador Carlos V y la administración hispana que impidieron al héroe Cortés llevar a cabo sus acciones de mestizaje –pág. 17, prólogo-. ¡Toma ya! Ésta es la hipótesis impresionante, inverosímil e impactante con la que trabaja el historiador francés a lo largo de todo el libro. Pero va incluso un paso más allá; desde 1514, mucho antes de que nadie intuyese la existencia de una gran civilización en el valle de México, ya Cortés piensa en México –pág. 112- y en el nuevo mundo que quiere crear. Y al autor le parece una prueba irrefutable de su proyecto civilizatorio el hecho de que no apreciase el dinero. Afirma Duverger, que cuando recibió un rico presente de Moctezuma, en vez de salir corriendo para disfrutarlo en España, como otros hubiesen hecho, le restó importancia, lo que demostraría –en su opinión- que su interés no era otro que la construcción de un nuevo estado mestizo –Págs. 146-147-. Francamente, es absurdo; el metellinense dijo por activa y por pasiva, en numerosas ocasiones, que él no había ido a las Indias a por tan poca cosa como era el vil metal sino para servir a Dios y al Emperador. Es bien sabido que no le interesaba tanto el dinero como la honra y el poder. Y la misma idea muestran reiteradamente otros grandes protagonistas de la conquista de América, como Hernando de Soto, Francisco Pizarro, Diego de Almagro, etc.

        Como ya hemos dicho, defiende que Cortés siempre fue un pacifista, un padre Las Casas laico o un Mahatma Gandhi del siglo XVI. Afirma taxativamente: Cortés ama a los indios… y se ubicó muy pronto del lado indígena –Pág. 111-. Pues mire usted, amar lo que se dice amar a los indios y ponerse del lado de ellos parece tan ridículo en un conquistador que si el propio Cortés lo hubiese escuchado decir de él, se hubiese sonrojado. Y si tanto los amaba, ¿por qué fue el máximo responsable de la destrucción del mundo azteca, provocando millones de muertos directa o indirectamente? Sin duda no debieron pensar eso los naturales cuando quemó en la hoguera a Cuahpopoca y a varias decenas de miembros de su séquito, ante la atónita mirada de cientos de personas sobrecogidas por la esperpéntica escena. Tampoco se debieron sentir amadas el medio centenar de mujeres tlaxcaltecas que les llevaron comida a su campamento y el extremeño, sospechando que eran espías, decidió amputarles ambas manos a todas ellas. Por cierto, que el autor cita el dato –pág. 167-, pero sin especificar que eran mujeres, porque eso desmontaría su idea que desarrollaremos después, de que amaba a las indígenas, como procreadoras del nuevo mundo mestizo con el que soñaba. Y finalmente, por no extenderme en este aspecto, tampoco se aprecia el amor hacia los naturales cuando analizamos el inventario de bienes que poseía en Cuernavaca: se especificaron nada menos que 188 indios esclavos, de los cuales una veintena eran tlaxcaltecas, pese a la ayuda que estos le prestaron en la Conquista. La hecatombe de Cholula donde murieron, como en una enorme jaula, varios miles de indígenas, lo justifica el autor diciendo que era un acto de guerra, en una lógica de guerra –pág. 174-. Y lo mismo podría decirse de los 20.000 muertos en los llanos de Otumba. Un caso diferente, a juicio del profesor Duverger, es el brutal asedio de Tenochtitlán, uno de los más dramáticos de toda la historia de la humanidad que costó la vida a unas ¡100.000 personas! En este caso –afirma el autor- se trato de una inmolación del propio pueblo azteca, ante las reiteradas peticiones de paz del pacífico, inofensivo y civilizado Hernán Cortés. También menciona el posterior martirio y ejecución de Cuauhtémoc para que dijese donde ocultaba el oro. Pero matiza, claro: se hizo a espaldas de Cortés y, cuando éste lo supo, ordenó piadosamente su ejecución para evitarle el suplicio. Bueno, sobran los ejemplos y los comentarios, juzgue el propio lector.

         Pero Duverger, para defender su carácter pacifista se ve en la obligación de tratar de desmontar cualquier implicación del metellinense en todo tipo de asuntos turbios o siniestros. Cuando llegó el juez Ponce de León a hacerle un juicio de residencia, en breve plazo murieron de manera inesperada dicho juez y nada menos que una treintena de sus partidarios. Desde aquel justo instante, todo el mundo sostuvo la muerte del jurista por envenenamiento, perpetrada bien por el propio Cortés, o bien, por alguno de sus criados o amigos. Pero claro, una mancha tan grande perjudicaría la tesis de Duverger de su supuesto pacifismo, por lo que se permite atribuirlo el autor a una nefasta coincidencia –Pág. 287-.

        La otra de sus grandes hipótesis es el gran amor que el extremeño sentía hacia las mujeres indígenas, las mismas que debían ser las artífices de su idílica arcadia. Por eso -afirma Duverger- nunca consintió la presencia de españolas en sus armadas para así ¡favorecer la copulación con las nativas! Amó a la mujer indígena, en especial a Leonor Pizarro, a la que le dio el apellido materno, y a doña Marina, la Malinche. Si se desposó con españolas fue obligado por las circunstancias; primero con doña Catalina Suárez, por complacer al teniente de gobernador Diego Velázquez, y después, con Juana de Zúñiga para conseguir así el apoyo de una importante familia castellana. Nuevamente, para salvaguardar su supuesto pacifismo, el autor culpa del asesinato de su primera mujer, nada más y nada menos que ¡¡al despecho de doña Marina!! o de alguna otra de las indias con las que mantenía relaciones. ¿Será posible? reconstruyamos los hechos: tras una discusión pública, se retiró el metellinense y su esposa Catalina Suárez a sus aposentos. Poco después ésta apareció muerta en la alcoba, con señales de estrangulamiento y con las cuentas de su collar desparramadas. Pero según se deduce del relato de Duverger, Cortés debió quedarse profundamente dormido mientras, a su lado, su esposa era estrangulada por alguna de las concubinas indígenas que pudo acceder a la habitación. ¡Pero bueno!, algo así no ocurre ni en las mejores películas de ficción. A mi juicio, la explicación es mucho más simple: Hernán Cortés siempre quiso tener descendencia legítima con una española –por eso no se desposó con ninguna de las nativas con las que tuvo relación- y Catalina Suárez, no podía darle hijos. Era un estorbo, y el metilense tras comprobar que no había forma de librarse de ella, optó por acabar con su vida. Un acto brutal de violencia de género, pero no hay que rasgarse las vestiduras, uno más de los miles que se producían en aquellos tiempos y más aún en el marco de la guerra de aquella nueva frontera castellana. Después, como viudo, pudo desposarse con muchas de las amantes o combinas indias que tuvo pero no lo hizo porque, había encargado a su padre que le apañase unos esponsales con una mujer linajuda de Castilla. Y así lo hizo, aunque Duverger afirma que se casó ¡desgarrado por el dolor!, por la memoria de su padre y por la protección que le podría proporcionar su nueva familia política –Pág. 303-. Sin embargo, es obvio para todos los quehemos estudiado al metellinense que ese desgarramiento y ese dolor del que habla el autor no cuadra en absoluto con su personalidad.

Por otro lado, descarta los excesos libertinos que se le han achacado. Se le conocen relaciones con decenas de mujeres, algunas simultáneas en el tiempo. En Cuernavaca llegó a poseer un harem con más de cuarenta féminas, con la mayoría de las cuales mantenía relaciones, incluyendo, eso sí, a su segunda mujer, Juana de Zúñiga. Pero, según Duverger, no lo hacía por libertinaje sino porque quería imitar al tlatoani Náhuatl, de ahí que tratase con respeto y deferencia a sus numerosas esposas –Pág. 242-. ¡Increíble!; pero es más, ¿cómo trato a su amadísima doña Marina? La utilizó a su antojo; no se separó de ella mientras le interesó y, cuando ya no le fue útil, no dudó en regalársela al barcarroteño Juan Jaramillo.

Hay otros aspectos secundarios de la vida de Cortés que tampoco están bien documentados. Da por seguro que el metellinense estudio en la Universidad de Salamanca, obviando las dudas de la mayoría de los especialistas y sobre todo, ignorando el libro del doctor Demetrio Ramos, en el que desmontó de manera convincente dicha posibilidad. Según Duverger, el metellinense estuvo en Salamanca entre los 14 y los 16 años, pero ni tenía edad para cursar estudios universitarios ni estuvo el tiempo suficiente para conseguir un título universitario.

Su estancia en La Española, entre 1504 y 1511, la fundamenta en conjeturas, siguiendo a pie juntillas a López de Gómara que se permitió rellenar los huecos que desconocía de su hagiografía como buenamente le parecía. Ello, le induce a escribir que fue un personaje clave en la pacificación de la isla, algo que no suscribe ninguno de los especialistas en historia dominicana ni en la cortesiana. Su repartimiento en el Dayguao o su residencia en la conocida como casa de Francia de la capital dominicana son meras conjeturas que Duverger asume como ciertas, sin aportar el más mínimo argumento. Menos plausible aún es que se enriqueciera no con la minería ni con la agricultura sino por su intervención en el circuito administrativo –pág. 95-. Los salarios de los administradores públicos eran bajos y nadie, en aquellos años, se enriquecía con dicha actividad sino con la actividad minera y la esclavista. Por otro lado, según Duverger, si no se embarcó con Alonso de Ojeda, el 12 de noviembre de 1509, no fue por ningún contratiempo lógico sino porque adivinó que esa bicefalia entre Diego de Nicuesa y Alonso de Ojeda acabaría mal, como de hecho ocurrió. Una vez más le atribuye capacidades casi sobrenaturales, al igual que cuando afirma que era capaz de descifrar y leer los pictogramas náhuatl, aserto que cuestiona el mismísimo prologuista del libro –pág. 18-. Por cierto, nuevamente hierra cuando dice que Sebastián de Ocampo, circunnavegó por primera vez Cuba en 1509, cuando está probado documentalmente que lo hizo en 1506 –Revista de Indias Nº 206 de 1996, págs. 199-204-.

        Asimismo, niega que los mexicas tuviesen a los españoles por dioses, esgrimiendo que es un error de apreciación y que la idea fue incorporada por los cronistas posteriores a la Conquista –pág. 146-. Sin embargo, las pruebas que indican lo contrario son abrumadoras y no es suficiente con lanzar la idea. Debió empezar por rebatir primero al prestigioso mexicanista israelí Tzvi Medin quien en un reciente libro, publicado en 2009, situó el ideal mitológico de los aztecas como clave en su rápido desplome, al pensar precisamente que los invasores eran dioses.

        Finalmente, sin ánimo de ser exhaustivo, me gustaría indicar que algunos de los conceptos del glosario que incorpora al final del libro están mal definidos. Afirma cosas tan sorprendentes como que la encomienda era una propiedad territorial donada, que los indios naborías eran esclavos o que un vecino es un residente en una villa.

Creo que si el profesor Duverger hubiese añadido algunos personajes ficticios, hubiese redactado una buena novela histórica que acaso le habría reportado más ventas y quizás la notoriedad pública que persigue. Pero como libro de historia que es, lamento decir que es malo, carente de metodología histórica, plagado de incongruencias, de faltas de sentido común y de hipótesis innovadoras sin la más mínima base documental o argumental

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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CLÍO Y LAS AULAS

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MORADIELLOS, Enrique: Clío y las aulas. Ensayo sobre educación e Historia. Badajoz, Diputación Provincial, 2013, 315 págs.

 

        Esta obra, ganadora del premio Arturo Barea 2012, constituye un nuevo análisis de la evolución del concepto de Historia así como su docencia en las aulas. Como confiesa el propio autor, en estas páginas se sintetizan experiencias personales de más de veinte años de docencia, incluyendo la impartición de una asignatura sobre los fundamentos científicos de la historia en el Máster de Formación Universitaria del nuevo profesorado de enseñanza secundaria. Y efectivamente, leyendo el texto se aprecia continuamente el carácter didáctico con el que fue concebido. Pretende ser una orientación para los actuales y futuros profesores de historia, fundamentalmente los dedicados a la enseñanza secundaria, que es el destino de la mayoría de los que cursan la carrera. Al mismo tiempo, reivindica la necesidad de seguir contando con la Historia en los planes de estudio por ser una materia formativa global, que contribuye a crear conciencia cívica y, por tanto, ciudadanos.

        Como indica el autor, el primer requisito para ser un buen docente es dominar la materia. Es decir, hay que tener algo que enseñar. Y para argumentar esto utiliza, y repite hasta en tres ocasiones a lo largo del libro, la máxima clásica Primum discere, deinde docere, es decir, primero aprende y sólo después enseña. Pero no basta con tener conocimientos de la materia sino que también hay que saber transmitirlos. El autor dedica una parte entera del libro a explicar la didáctica de la historia y los elementos del proceso educativo. A su juicio, es imprescindible recurrir a la pedagogía, una disciplina que tiene experiencias acumuladas sobre cómo hay que realizar esa práctica docente. Cuando se confecciona la programación es importante que los contenidos cumplan varios requisitos: que guarden un orden lógico, que estén bien ordenados, actualizados y, sobre todo, que se adecuen a las características y a las necesidades del alumnado. La evaluación, por su parte, debe retroalimentar el proceso de enseñanza aprendizaje, de forma que no sólo evalúe al alumno sino la práctica docente en su globalidad. Y, por supuesto, debe ser siempre congruente con los objetivos y con los contenidos de la materia.

Dedica otra parte del libro a destacar las virtudes de la historia como saber disciplinar y, por tanto, de obligada enseñanza en cualquier sociedad mínimamente civilizada. La labor de la historia y de los historiadores es fundamental para desmontar los mitos y leyendas de la historia oficial. Se niega el autor a utilizar unos términos tan de moda como la memoria histórica porque, a su juicio, ésta es siempre engañosa y, a veces, hasta traicionera. Es más afirma, siguiendo a Gustavo Bueno, que la memoria es un concepto espurio, porque no es más que un recuerdo subjetivo del pasado mientras que la historia es el conocimiento científicamente elaborado del pasado. Como afirma Moradiellos, el historiador se acerca a la historia de un modo racional, riguroso, secular y demostrativo. Es verdad que el creador de Historia, es decir, el historiador, es una persona y, como tal, es falible, pero pretende siempre acercarse a la verdad con procedimientos objetivos. En cambio, la memoria, muestra la historia tamizada por la subjetividad del recuerdo.

        La Historia aparece en todos los planes de estudio españoles desde mediados del siglo XIX. Aquella realidad dio paso a la aparición del gremio de los historiadores, necesarios para impartir esa asignatura en todos los niveles educativos. Sin embargo, la asignatura ha estado cautiva, casi siempre, en manos de intereses nacionales o políticos diversos. Cada estado, cada nación, cada pueblo, pretende instruir a sus jóvenes en unos valores determinados, cimentados en una historia y en unos intereses particulares y diferentes del otro. Y ello porque ha sido utilizada como instrumento de legitimación de conductas perversas. Pero el historiador debe ser ante todo una persona crítica que analiza el pasado a partir de fuentes objetivas. Y el acercamiento a la verdad histórica del pasado es clave porque es la única base de datos que poseemos para afrontar con garantías el presente y el futuro. Precisamente lo que distingue al homo sapiens de otras especies es nuestra capacidad para acumular y aprender del pasado para construir sobre ellos nuevos avances. Y ese pasado debemos conocerlo desprovistos de los mitos pues, como escribió Tzvetan Todorov, no se prepara el porvenir sin aclarar el pasado.

        Da la impresión que el autor confía demasiado en la objetividad del historiador científico, sin advertir que todo el mundo es subjetivo aunque afirme lo contrario. A mi juicio, el historiador no debe buscar tanto la objetividad –que es una quimera- como la honestidad personal y profesional. Hay que ser profesional y buscar la verdad a secas, incluso a sabiendas de que no es más que nuestra propia verdad. Por otro lado, al historiador experimentado, la lectura de estas páginas sólo le sirve para confirmar algunos de los rudimentos relacionados con el conocimiento, la programación y la evaluación que usa a diario. Pero esto último no puede ser tomado como una crítica porque el autor es muestra explícito en el objetivo de este ensayo. Y es que la obra de Moradiellos no es ni más ni menos que un manual para estudiantes de historia, es decir, para los futuros profesores de la materia. Es sencillo, asequible desde el punto de vista terminológico, y didáctico. Una de sus mayores virtudes es la cantidad de ejemplos que usa para argumentar sus afirmaciones y que pasan por desmontar numerosos mitos, lo mismo relacionados con la guerra de Troya que con los Nazis. En general, creo que estamos ante un manual muy básico, pero por ello útil para los actuales y futuros profesores de historia.

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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ALCÁNTARA Nº 78 (julio-Diciembre de 2013)

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Alcántara, Revista del Seminario de Estudios Cacereños, Nº 79. Cáceres, julio-diciembre de 2013, 178 págs.

 

         Acaba de aparecer el último número de la revista de la Diputación de Cáceres Alcántara, correspondiente al segundo semestre de 2013. Como de costumbre, se trata de un ejemplar muy cuidado con artículos bien seleccionados, unos de carácter literario y otros relacionados con la historia de Extremadura.

         Como dice el propio coordinador de la revista, Salvador Calvo Muñoz, Alcántara fue siempre y es literatura. Y efectivamente, el signo de identidad de esta revista ha sido siempre la literatura, primero por el cuidado de todos los textos, y segundo, por la presencia de páginas de contenido literario. Destacan en este sentido las contribuciones de Cristina Torres Barrado sobre el poema de Federico García Lorca, Poeta en Nueva York, Alfonso Bernáldez Ordóñez, Ángela Vallvey y Matías Simón Villares.

         Sin embargo, a mí como historiador, me atraen más los ensayos históricos con contribuciones de Enrique Gómez Solano, Juan Antonio Caro del Corral, Fernando Cid Lucas, Rodrigo Calvo Tornero y José L. Rodríguez Plasencia. De entre ellos, destacaremos algunos que me han resultado más interesantes:

El trabajo de Caro del Corral sobre el ataque portugués a Sierra de Gata me ha parecido muy bien documentado, con fuentes que proceden de muy diversos repositorios españoles y portugueses. En unos momentos donde la historiografía se centra con profusión en los estudios contemporáneos resulta novedoso encontrar un trabajo referente a la Edad Moderna y en particular a una guerra, como la de Portugal, que tanto afectó negativamente a Extremadura. La primavera de 1642 marcó el inicio de la guerra en Sierra de Gata que sufrieron, de una u otra forma, hasta febrero de 1668.

Notable es el aporte de Fernando Cid que destaca la presencia de extremeños en los siglos XVI y XVII en Japón.. En los últimos años la historiografía está investigando la presencia de españoles en China y Japón a lo largo de la Edad Moderna. Los españoles fueron pioneros en el descubrimiento del Lejano Oriente, y en ello debemos incidir en unos momentos en los que el epicentro económico del mundo se está desplazando a aquella zona. Concretamente se centra en la figura de tres personajes: Pedro de Burguillos, Diego Collado y Lourenço Mexía. El primero de ellos, fray Pedro de Burguillos, nació en Burguillos del Cerro, en la segunda mitad de siglo XVI, dejándonos una crónica sobre su estancia en Japón entre 1601 y 1602. Fray Diego Collado O.P. fue natural de Miajadas, estuvo en el colegio de San Esteban de Salamanca, llegando a ser vicario de su orden en el territorio nipón. Y finalmente, Lourenço Mexía, nació en Olivenza –entonces perteneciente a Portugal- en 1539, marchando a evangelizar al Extremo Oriente y muriendo, en 1599, en la ciudad de Macao.

Y finalmente, me ha parecido muy curioso el trabajo de José L. Rodríguez, sobre el entorno mágico del Santuario de la Virgen de Navelonga de Cilleros. La presencia en el entorno de tumbas anteriores a nuestra era, cazoletas prerromanas y ronchaderas o resbaladeras, llevan al autor a concluir que en ese entorno pudo existir un lucus sacrum o un centro de culto. Incluso, sugiere la posibilidad de que estuviesen dedicados a la diosa celta Aataecina o alguna otra divinidad prerromana. No se trata más que de conjeturas, pero hay que reconocer que la aglomeración de todos estos restos anteriores a nuestra era, sugieren que aquel lugar fue especial para sus primitivos habitantes.

Solo me queda felicitar a los miembros de la revista y a los autores de los artículos por este nuevo número de tanta calidad. Desde estas líneas quiero animar a los lectores a disfrutar pausadamente de cada una de sus páginas.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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AMADO, Luis: Nova Hispania. Sevilla, Punto Rojo Libros, 2013, 215 págs. il.

 

        Mi amigo Luis Amado, periodista, pintor y escritor me ha hecho llegar su última obra, dedicada a la conquista de Nueva España por el conquistador Hernán Cortés. Al final de la obra, se anuncia que esta historia continuará en un segundo volumen, titulado los carniceros de la gloria, dedicado a la conquista del Perú.

        Se trata de un trabajo divulgativo, esencialmente bien documentado y con puntos de vistas coherentes sobre lo que fue el proceso de conquista. El metellinense Hernán Cortés aparece desprovisto del halo de héroe tan propio de otras obras literarias e históricas. El autor hace suyas las principales acusaciones que el ayuntamiento de Guadalajara (México) dictaminó en 1921 para oponerse a la erección de un monumento al conquistador. Da por seguro el estrangulamiento de su primera esposa Catalina Suárez Marcayda, así como la tortura de Cuauhtémoc o la conspiración contra su antigua compañera doña Marina. No escatima en calificativos cuando se refiere al saqueo, explotación y destrucción del mundo indígena. Sin embargo, no puede sustraerse a una cierta fascinación por su biografiado del que destaca que consiguió derrotar a oponentes cien veces superiores en número en la tristemente famosa batalla de Otumba. Asimismo, destaca el afán misionero que mostró en todo momento, anteponiendo siempre la conversión de los naturales.

Una de las partes más brillantes de la obra es un supuesto diálogo entre el escritor y Hernán Cortés, en el que Luis Amado le hace las preguntas que todos quisiéramos hacerle al conquistador, y éste responde. Y aquí muestra el autor su casta de periodista porque las preguntas no pueden estar mejor seleccionadas: ¿toleró la muerte de Moctezuma? ¿Ordenó la ejecución de Cristóbal de Olid? ¿atentó contra su esposa legítima? ¿fueron los tlaxcaltecas unos traidores?, etc. Y las respuestas no pueden ser más ecuánimes; a mi juicio, las podía haber contestado así el mismísimo Cortés. También son bastante lucidas las páginas que dedica al botín obtenido en la recámara de Moctezuma y al tesoro escondido, y tantas veces buscado, de su sucesor Cuauhtémoc. El libro finaliza con un extenso apéndice gráfico, en el que incluye imágenes –en blanco y negro- sobre Cortés y su conquista, así como artículos periodísticos reproducidos del original.

El autor, entremete comentarios suyos con otros extraídos de otros autores a los que, por supuesto, cita. El orden es relativo, pero a base de epígrafes y capítulos cortos y de una literatura sencilla consigue enganchar al lector. Lo más positivo de esta obra es que, en unas pocas horas, uno puede tener una visión bastante completa de Hernán Cortés y de la conquista de la confederación azteca.

A mi juicio hay pequeños aspectos mejorables, además de algunas erratas impertinentes. Da por segura la tesis del francés Christian Duverger cuando afirma que Hernán Cortés fue el autor de la Historia Verdadera de la Conquista de Nueva España, en detrimento del falsario medinense Bernal Díaz –p. 94-. Sin embargo, con posterioridad sigue citando los textos del famoso escritor de Medina del Campo como si el hubiese sido su autor. Una contradicción provocada por la aceptación sin críticas de la tesis de Duverger que, como ha desmontado la crítica, no tiene fundamento alguno. Son pequeñas objeciones a una obra que, a mi juicio, cubre con suficiencia su objetivo de divulgar la conquista de Nueva España

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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