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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2014.

TOLERANCE AND COEXISTENCE IN EARLY MODERN SPAIN

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DADSON, Trevor J.: Tolerance and coexistence in Early Modern Spain. Old christians and moriscos in the Campo de Calatrava. New York, Tamesis, 2014, 279 págs.

 

         Nueva entrega del hispanista Trevor J. Dadson, profesor de Queen Mary University of London, que viene a ampliar su ya larga trayectoria investigadora sobre los moriscos españoles. En teoría, el libro se presenta como una ampliación a los pueblos del Campo de Calatrava de su trabajo sobre esta minoría en Villarrubia de los Ojos (Madrid: Iberoamericana, 2007). Una comarca ubicada en la actual provincia de Ciudad Real y que incluiría, además de a la citada Villarrubia, a las localidades de Almagro, Daimiel, Aldea del Rey y Bolaños. Todas ellas comparten el hecho de haber albergado un contingente notable de conversos que, en el caso de Bolaños, suponía el 70 por ciento de su población. Sin embargo, huelga decir que el trabajo supera con creces este marco. El profesor Dadson, en un encomiable acto de modestia, destaca esa zona en particular porque fue objeto de una exhaustiva investigación personal sobre documentación de archivo, especialmente el de Simancas y el ducal de Híjar, depositado en el Archivo Histórico Provincial de Zaragoza. Pero en su libro encontramos alusiones a los moriscos de toda la geografía peninsular, constituyendo un verdadero estado de la cuestión, pues incluye un amplio repertorio bibliográfico que el autor ha sabido asimilar y sistematizar para llegar a conclusiones propias.

        El trabajo cuenta con una introducción, once capítulos, un glosario, una amplia bibliografía y un utilísimo índice de personas y lugares. Empieza analizando la situación de los moriscos antes de la expulsión, haciendo un especial hincapié en la actuación de la Inquisición y en la movilidad social y económica de esta minoría. Asimismo, frente a lo tradicionalmente sostenido, afirma que una parte de esta minoría era alfabeta y que, a medida que avanzaba el siglo XVI, su porcentaje aumentó, llegando a ser similar al que había entre los cristianos viejos. Pero es más, demuestra, con datos en la mano, el surgimiento de una élite morisca en Villarrubia bien instruida que quizás podría extrapolarse a otras villas morunas de la geografía española.

Le sigue un pormenorizado estudio de la expulsión y de la retorica del poder a favor de la misma, así como la oposición de amplios sectores de la población. Los fatídicos decretos fueron respaldados por la literatura oficial, que defendían su connivencia con los corsarios berberiscos o su mayor fecundidad, lo que significaba un potencial peligro para los cristianos. Pero no era cierto, pues ni había pactos con los berberiscos ni las parejas moriscas eran más fecundas que las formadas por cristianos viejos. Uno de los aspectos más novedosos de este trabajo es el estudio sistemático de todos los testimonios en defensa de la minoría conversa que se situó frente a la expulsión (Cap. 6). Hubo un sinfín de autoridades que se opusieron a la misma, desde religiosos –cardenales, obispos, abades o simples párrocos- a grandes señores –el duque del Infantado, por ejemplo- o simples regidores locales.

        El estudio de los que eludieron la orden de expulsión (Cap. 7) y los que regresaron (Cap. 8) es otro de los puntales de esta obra. No disponemos aún de datos exactos sobre el número de moriscos que permaneció en su tierra natal pero, a juicio del autor, bien pudo suponer el 40 por ciento de todos ellos, ¡en torno a 200.000 personas! Esclavos, niños menores de siete años, mujeres, ancianos y enfermos pero también familias integradas en la cristiandad. Como afirmó Domínguez Ortiz, había mucha diferencia entre unos moriscos irreductibles, como los valencianos, y otros más integrados en la sociedad cristiana mayoritaria. Muchas de estas familias ni siquiera fueron señaladas por sus conciudadanos, mientras que otras consiguieron demostrar su cristianismo sincero. Había habido no pocos matrimonios mixtos y sus descendientes lo eran tanto de cristianos viejos como de conversos. Algunos, incluso, ostentaban cargos de responsabilidad en los concejos y en algunas cofradías, en los momentos previos a la expulsión, lo que evidencia la confianza que depositaban en ellos sus conciudadanos. Además, habría que sumar los retornados, unos 30.000, o acaso más del doble si hemos de creer al historiador norteamericano Earl Hamilton. Una vez repatriados, algunos de ellos, residentes en el valle de Ricote y en el Campo de Calatrava, incluso otorgaron escrituras notariales para recuperar sus bienes, sin que nadie los denunciase por un retorno teóricamente ilegal. Un caso llamativo es el de Alonso Herrador, perteneciente a una conocida familia del Campo de Calatrava, que fue expulsado a Francia en agosto de 1611 y que ¡al mes siguiente! estaba de regreso en su villa natal, junto a otros de los compañeros de cadalso.

        Y finaliza el profesor Dadson disertando sobre la necesidad de reescribir la historia de esta minoría (Cap. 9), desde un enfoque diferente al tradicional y destacando la integración de una buena parte ellos (Cap. 11). Hay que corregir la tesis que defiende, siguiendo la literatura oficial, que la expulsión fue tan necesaria como inevitable. Los testimonios oficiales de la época moderna tienden a justificar lo injustificable, es decir, la expulsión, mientras que las fuentes inquisitoriales acentúan la diferencia. Pero no olvidemos que eran parte interesada, pues se financiaban en buena medida a través de las multas impuestas a esta minoría. Insiste el autor que no todo fue intolerancia dentro de la España casticista. Y no solo se integró a una parte de los moriscos sino también a los judeoconversos, al menos en el caso de Villarrubia de los Ojos, donde desaparecen de la documentación después de los procesos desarrollados entre 1511 y 1516. Fue precisamente esa coexistencia pacífica, a lo largo de más de un siglo, la que permitió que muchos evitasen el cadalso, tras los decretos de 1609 a 1614. Como dice acertadamente el autor, ni todos los moriscos eran falsos cristianos ni todos los cristianos viejos fanáticos intransigentes. La propia Inquisición, en ocasiones, se mostraba más tolerante de lo que cabría esperar, por lo que parece obvio que los fanáticos de un lado y de otro no dejaban de ser una parte más o menos pequeña. Frente a ellos hubo conversos dispuestos a integrarse plenamente y muchos cristianos viejos que los ayudaron en ese sentido, unos criticando la expulsión o consiguiendo permisos de permanencia para ellos, y otros, simplemente, no delatando el origen de sus conciudadanos. Hubo párrocos que omitieron la condición de moriscos de algunos de sus feligreses, que eran buenos cristianos y estaban bien integrados. En el momento de la expulsión, muchas familias conversas llevaban varias generaciones conviviendo pacíficamente con los cristianos de sangre limpia, sin que se apreciasen diferencias externas entre ellos.

        A mi juicio, este libro contribuye a desmontar la Leyenda Negra contra España, imperante desde la Edad Moderna en buena parte de Europa. Es cierto que hubo una España casticistas e intransigente que buscaba la limpieza religiosa, sin embargo, no lo es menos que había otra más tolerante, tradicionalmente silenciada por la historiografía. Se confirma pues, la tesis que hace años planteó Domínguez Ortiz y retomó recientemente Stuart Schwartz (Madrid, 2010) según la cual la tolerancia hacia otros credos estuvo más generalizada en el mundo ibérico de lo que se había creído. El hecho de que esta nueva obra se publique en inglés y fuera de España, puede facilitar la difusión en el mundo anglosajón de esta visión más equilibrada y coherente de nuestro pasado, al tiempo que revigoriza nuestro irrenunciable pasado moruno.

Pocas pegas se le pueden poner a un libro tan novedoso y sistemático como éste. No obstante, no me resisto a señalar algunas ausencias de obras importantes como los estudios de Nicolás Cabrillana sobre la Almería morisca (Granada, 1982), de Fermín Mayorga sobre los moriscos y la Inquisición de Llerena o el reciente y exhaustivo trabajo de Bartolomé Miranda y Francisco de Córdoba sobre el caso de la villa morisca de Magacela (Badajoz, 2010). Es cierto que, en teoría, como ya hemos dicho, el libro se centra en el Campo de Calatrava, pero dada la extensísima bibliografía que manejó el autor, bien pudo haber incluido a estos autores.

        Para concluir, huelga decir que esta obra constituye un nuevo hito en el estudio sobre la temática, similar al que en su día supuso la edición de Geógrafie de l’Espagne morisque (París, 1959) de Henry Lapeyre o la Historia de los moriscos (Madrid, 1993) de Antonio Domínguez Ortiz y Bernard Vincent. Un texto, pues, que es desde el mismo momento de su aparición de referencia obligada para todos los estudiosos de las minorías étnicas en la España Moderna.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL SIGLO DE LA GRAN PRUEBA

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RIECHMANN, Jorge: El siglo de la gran prueba. Tenerife, Ediciones de Baile del Sol- Colección Textos del Desorden, 2013, 162 págs.

 

        Curioso e interesante trabajo de Jorge Riechmann, profesor titular de filosofía moral en la Universidad Autónoma de Madrid, además de poeta, ensayista y traductor. Se trata de una recopilación de textos más o menos cortos, editados por el autor en forma de conferencias y artículos a lo largo de 2011 y 2012. No hay un inicio ni un final, sino reflexiones de temas diversos que permiten una lectura bidireccional. Presididas en buena parte por el tono irónico hay sentencias muy fáciles de entender y otras que requieren de dos o tres relecturas seguidas para entender el mensaje subliminar que el autor nos quiere hacer llegar.

        El tema fundamental que subyace en toda la obra es la crítica al capitalismo neoliberal y al relativismo imperante en nuestra época, al tiempo que plantea la necesidad de un cambio. No tiene nada de particular que la primera página del libro arranque con el Manifiesto ecosocialista, redactado en enero de 1992 por un grupo multidisciplinar de intelectuales de distintos países de Europa. Afirma con rotundidad, que el siglo XX fue trágico pero que el XXI lo va a ser multiplicadamente, si no cambiamos la actual e insostenible economía industrial y sociedad consumista. Lo cual no deja de ser trágico, máxime cuando vivimos en una época donde existen mejores condiciones tecnológicas y productivas que nunca para que todos los habitantes de este planeta llevasen una vida razonablemente buena. Pero lo cierto es que no ha sido así y, a su juicio, se trata de una de las grandes promesas incumplidas de la Ilustración y de la modernidad. Pero, la era del crecimiento ilimitado, que trajeron las revoluciones industriales contemporáneas se ha acabado y de no dar un giro radical pronto llegará una nueva Edad Media, idea que no solo predice Riechmann sino otros intelectuales como José David Sacristán, Slavoj Zizek y Juan Pedro Viñuela por citar solo a algunos. Es necesario, pues, cambiar radicalmente ya, pues como bien afirma el autor, el daño a la biosfera es ahora y el momento de la verdad –escribe- es ahora. Las multinacionales y los grandes poderes mundiales, en un acto de estupidez e irracionalidad, están acabando con el lugar en el que operan, es decir, con el propio planeta. Y mientras eso ocurre, algunas autoridades, dice el autor, transmiten la idea de que solo hay dos modelos productivos: el capitalismo existente o el fracasado modelo soviético. Es decir, capitalismo o capitalismo. Y lo peor de todo, es que estos discursos terminan calando en una parte de la población que piensa erróneamente que no hay alternativa. Pero, sí la hay, pero hay que actuar ¡ya! o será demasiado tarde. Si empezamos el cambio podemos paliar en cierta medida el colapso civilizatorio que se avecina y si nos quedamos de brazos cruzados nos sobrevendrá un drama aún mayor que el actual para varios miles de millones de personas. Lo cierto es que, aunque los medios de comunicación occidentales con frecuencia ridiculizan los regímenes antiliberales de Venezuela, Ecuador o Bolivia, a nadie le puede caber la menor duda que, antes o después, en el siglo XXII o en XXIII, en la tierra habrá algún tipo de socialismo, se llame así o no.

        Y para este cambio resulta fundamental modificar la actitud del ser humano. Actualmente, todo gira en torno al consumo como forma principal de satisfacción. Es necesario sustituir esta actitud ante la vida y mirar a la creación como forma de realizarnos: el arte, la poesía, la filosofía… son materias que nos permiten realizarnos personalmente, sin dañar el medio ambiente. Como dice el autor, los centenares de millones de personas que hoy buscan en el consumo un sentido a su vida podrían encontrarlo en el terreno de la creación y de las relaciones con los demás.

        Denuncia, asimismo, la cultura del soborno, de aquella que él llama de suplemento cultural y que está comprada por el poder. Eso provoca que junto a una cultura comprometida e independiente del poder, como la que practica Noam Chomsky o Ignacio Ramonet, haya otra que utilice la cultura como una cortina de humo, como una mera distracción intrascendente que narcotiza al pueblo, mientras la devastación del ecosistema y las desigualdades sociales prosiguen su dramática e imparable carrera. Las mismas multinacionales que asolan el mundo, luego financian lo mismo la conservación de un parque natural que una exposición de algún evento artístico. Una idea que hace años que denunció también Slavoj Zizek, cuando dijo que las personas más ricas del mundo, como los dueños de Zara, Amancio Ortega, o de Microsoft, Bill Gates, lavaban su imagen haciendo donaciones caritativas o a eventos culturales con el mismo dinero manchado del abuso capitalista. Como afirma el autor, la sociedad no se mueve exactamente en el nihilismo o en la carencia de valores, sino en los disvalores o antivalores, en unos valores acomodaticios que se ajustan perfectamente a los intereses del poder. Por eso, Riechmann, en una actitud algo provocativa, incita al lector a elegir: tienes que decidir con quién estás, con la cultura del compromiso o con la cultura prostituida. Más adelante, pide al lector una nueva decisión, el socialismo que pide la satisfacción de las necesidades básicas de todos los ciudadanos y el cultivo de la espiritualidad humana, o el capitalismo, que solo busca la acumulación de capital. Y añade un contundente: Tú decides.

El autor, que más que filósofo y poeta es las dos cosas juntas, filósofo-poeta, destaca las conexiones y similitudes entre estas dos formas de creación que aunque aparentemente diferentes tienen mucho en común. Dice escribir para ayudarse a sí mismo, lo cual, a veces, conlleva ayudar a los demás. Y no le falta razón, pues, todos los que escribimos lo hacemos ante todo por una necesidad vital, en mayor o menor medida egoísta, que, efectivamente, a veces puede servir a otros.

El cambio tiene que empezar ya, y para ello es importante abandonar el pensamiento revolucionario escatológico. Dejar de pensar en el advenimiento casi mítico de un futuro paraíso armonioso que la propiedad colectiva de los medios de producción traería. Para Riechmann es importante cambiar la imagen tradicional de la revolución y de los revolucionarios. Un marxismo sin mitos, sin tentaciones escatológicas y sin milenarismos. Un nuevo socialismo, basado en la búsqueda de los valores interiores de cada uno, de la empatía con el prójimo y de la certeza de pertenecer todos a una misma especie habitante de este maltrecho planeta llamado Tierra. Ahora bien, advierte el autor que no conviene crearse muchas expectativas y así los logros serán un regalo, minimizando el impacto de las decepciones. Una gran verdad, pues, somos muchos los que nos hemos esperanzado con cambios que después no han llegado y hemos caído en un patológico pesimismo que no contribuye a salir del túnel.

Para finalizar, creo que estamos ante un libro bien escrito, de contenido por momentos apasionante y en otras tedioso, pero que contiene algunas perlas que merece la pena, leer, saborear y disfrutar.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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