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LAS CUATRO PARTES DEL MUNDO

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GRUZINSKI, Serge: Las cuatro partes del mundo. Historia de una mundialización. México, Fondo de Cultura Económica, 2010, 480 págs., il.

 

        Acaba de caer en mis manos este ejemplar del historiador Serge Gruzinski, especializado en lo relacionado con el mestizaje moderno en su sentido más extenso. Ahora que tan de moda está el fenómeno de la globalización, este libro tiene un extraordinario interés pues aclara con cientos de pruebas el inicio de este fenómeno, a raíz de la expansión ibérica del siglo XVI. Que la globalización empezaba en la Edad Moderna era algo que ya sabíamos, o más bien sospechábamos, pero Serge Gruzinski aporta tal número de pruebas que queda demostrado definitivamente

El estudio arranca con el análisis del Diario de Domingo Chimalpahin, un indio chalca –señorío situado al sur del valle de México- que narró sucesos como el asesinato del rey Enrique IV de Francia. Este último era el segundo rey galo que moría en un intervalo de menos de dos décadas. Pero no era el único que se interesaba por la historia de Europa. Pintores japoneses también representaron al rey francés junto a otros príncipes del mundo. El propio Chimalpahin en su texto también se hace eco de diversas noticias ocurridas en Japón, como la tortura y muerte de seis franciscanos en aquellas remotas tierras del lejano oriente. A juicio de este indio el mundo de su tiempo se dividía en cuatro partes, a saber: Europa, Asia, África y el Nuevo Mundo con capital en Roma y un soberano universal como era el rey de España. Un mundo global con una única capital y con un único soberano.

        Todo esto lo que demuestra es que el mundo estaba ya globalizado a principios del siglo XVII, pues las noticias, los libros, los objetos artísticos, las ideas y las personas circulaban a escala planetaria. El propio Domingo Chimalpahin, aunque indígena, era por su formación un escritor mestizo. El hecho de que se interese lo mismo por la Francia de Enrique IV que por el Japón de los Tokugawa nos está indicando los vínculos de los cuatro continentes conocidos. Desde el siglo XVI miles de personas emigraron de Europa y África a las Indias Occidentales y Orientales, unos voluntariamente y otros de manera forzada, como mano de obra esclava. Además, varios miles de indígenas americanos llegaron a territorios europeos a lo largo de la Edad Moderna, creando incluso una oligarquía indígena y mestiza en la Península Ibérica. Hay un caso muy representativo como es el del cronista español Gonzalo Fernández de Oviedo que realizó varias decenas de viajes entre España y América, como si de un turista del siglo XXI se tratase.

        También los libros circulaban por las Indias desde los primeros años de la colonización. Unas décadas después se sintió la necesidad de instalar imprentas en el Nuevo mundo, sobre todo por el deseo de producir in situ catecismos adaptados a las necesidades de la evangelización. En 1561 se instaló en México la primera imprenta del Nuevo Mundo, aunque el Perú, debió esperar aún cuatro décadas para que el piamontés Antonio Ricardo estableciera la suya.

        Las obras de arte circularon también por las cuatro partes del mundo. Las colecciones de los nobles europeos no tardaron en atesorar lo mismo idolillos indígenas que cuernos de rinoceronte, huevos de avestruz, colmillos de elefante o pinturas y joyas de muy diversas civilizaciones. Hubo escultores índígenas, en México y en Puebla de los Ángeles por ejemplo, que realizaron imágenes de crucificados y santos para iglesias, conventos y cofradías españolas en el mismo siglo XVI. Así, por ejemplo, en 1571, el sevillano Pedro Martínez de Quevedo encargó al indio Joaquín n retablo con treinta escenas de los misterios de la Pasión así como de varias figuras de santas. Talleres indígenas que poseían entre su clientela a nobles europeos. Los colegios conventuales y las primeras universidades indianas se encargaron de difundir el latín como lengua culta, occidentalizando todo el orbe. También el pensamiento culto, en su tradición aristotélica formó parte del proceso de mundialización ibérica.

        Algún dato de los que aporta me parece más que dudoso. Por ejemplo, dice que Gonzalo Fernández de Oviedo realizó más de medio centenar de viajes entre España y America -pág. 54-. Sin embargo, eso es impensable pues implicaría casi un viaje anual; solo algunos marinos y tripulaciones con mucha suerte pudieron superar tal número de viajes. Y digo suerte porque es difícil pensar que sobrevivieran a tantas travesías.

        Pese a ésta y otras imprecisiones, podemos concluir que estamos ante una obra excelente y bien escrita que demuestra que la globalización dio comienzo en el siglo XVI, íntima ligada a la formación del primer gran imperio de la Edad Moderna, el hispánico.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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REFLEXIONES DE UN ESCÉPTICO

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VIÑUELA RODRÍGUEZ, Juan Pedro: Reflexiones de un escéptico. Villafranca de los Barros, Rayego, 2014, 196 págs.

 

        Buenas noches: es un placer para mí estar de nuevo en este Instituto Meléndez Valdés, donde hace ya una década impartí docencia en dos cursos académicos. Guardo un recuerdo imborrable; era entonces el director Juan Viera y el secretario Fernando Merino. Dos verdaderos personajes que a su manera siempre sabían resolver cada uno de los conflictos que se presentaban. Por ello, es muy grato para mí regresar a este centro y nada menos que para presentar el último libro de mi admirado amigo Juan Pedro Viñuela.

        Durante estos años, especialmente en los tres o cuatro últimos, hemos mantenido el contacto, intercambiando nuestras publicaciones y manteniendo debates en las redes sociales. Debo reconocer que el pensamiento de Juan Pedro me ha influido en mí forma de hacer historia. Ambos hemos llegado a conclusiones similares desde formaciones académicas muy diferentes. Él se define a sí mismo como un escéptico esperanzado, es más dice en el libro que todo escéptico por definición aúna la duda racional con la esperanza emocional. Yo en cambio, me defino a mí mismo como un ultra pesimista aunque también esperanzado. Ultra pesimista porque conocer la historia en profundidad me ha llevado a ese extremo; Desde la II Guerra Mundial, el pesimismo domina entre la intelectualidad. Miro al pasado igual que ese ángel de la historia divisaba espantado la barbarie de los tiempos. Cualquiera que conozca bien la historia, ese camino sembrado de cadáveres, llega a una convicción ultra pesimista. Y esperanzado porque no queda otra, todo historiador sabe que la esperanza es lo que han tenido millones de desheredados, de infelices, de hambrientos, de vencidos a lo largo de los tiempos. Antes la esperanza era la otra vida en el cielo ahora es mucho más mundana: la tecnociencia. Sin esperanza solo queda el suicidio por eso yo creo –de acuerdo con Juan Pedro- que la esperanza es innata, un mecanismo de supervivencia generado por la especie humana. Me pega a mí que el escéptico esperanzado y el ultra-pesimista esperanzado están muy próximos en sus convicciones.

        El caso de Juan Pedro es muy peculiar porque es un intelectual puro, sin bandera, eso le reporta mucha independencia pero también mucho aislamiento, mucho vacío. Juan Pedro lucha en su obra y en su vida contra la mentira y la hipocresía, proceda de quien proceda. El problema es que lo mismo ataca al neoliberalismo, que a los totalitarismos fascistas y marxistas o a los partidos políticos en general o a los sindicatos, sin distinción. Tampoco se libra el pueblo en general, es decir, la clase media que somos la inmensa mayoría que estamos a su juicio alienados y somos autoculpables –dice él- por nuestra indiferencia, cobardía y pereza. En ese sentido enlaza con La Boétie cuando hablaba de la servidumbre humana voluntaria. Eso confiere a su obra un valor extra, pues está bien claro que no se debe a nadie, sino sólo a sus ideas, algo que no deja de ser una rareza en los tiempos que corren. Para él todo pensamiento se hace como crítica al poder e implica siempre disidencia. Su crítica no se dirige contra un partido político concreto ni contra una tendencia ideológica sino contra el poder, lo ostente quien lo ostente. Ese es el verdadero trabajo intelectual del filósofo como afirma el autor, lo que a veces lleva aparejado un pernicioso aislamiento intelectual. Esa honestidad es un arma de doble filo porque le resta apoyos.

Entrando en el libro, quiero decir dos cosas:

 

Primero, que es un producto genuino de Juan Pedro, sus temas de siempre, de actualidad, comentado con su ingenio y su sentido crítico. También comparecen sus escritores favoritos, tanto clásicos como Platón, Séneca o Marco Aurelio o contemporáneos como Emil Ciorán, La Boétie.

Y segundo, hay una acumulación de reflexiones a veces inconexas, sin un hilo conductor, lo cual tiene su ventaja: se puede leer el libro salteado, de adelante atrás o a la inversa. Está plagado de máximas y de reflexiones, la mayoría referentes a problemas actuales y de una gran profundidad intelectual.

        Los temas tratados son tantos y tan variados que sería imposible ni tan siquiera relacionarlos en estas pocas líneas. Por ello, me centraré en algunos de los que me han llamado más la atención.

        Una de los grandes temas del libro es el del relativismo cultural en el que el autor abunda en varias ocasiones. Existe la idea generalizada que las personas somos libres para decir y hacer lo que queramos. Pero esto no es más que un tremendo error: no todo tiene el mismo valor epistemológico. Hay actuaciones y opiniones no sólo equivocadas sino también peligrosas y, por tanto, como indica el autor, deben ser combatidas. Por otro lado si todo es relativo y todo puede ser verdad se elimina la crítica, acabando a su vez con la dialéctica y ésta a su vez con la democracia. Sin pensamiento, sin crítica y sin disidencia, dice Juan Pedro, no existe la democracia. Para conseguirla es inexcusable que la Iglesia retorne al terreno de lo privado y haga suyo el discurso de la teología de la liberación que defiende que fuera de los pobres no hay salvación.

        El relativismo enlaza con el otro gran tema del libro que es el fracaso de la democracia actual y la existencia de lo que él llama una partidocracia oligárquica. Por ello, a su juicio urge reclamar un proceso constituyente para recuperarla.

De gran interés son sus reiterados comentarios sobre el sistema educativo, la LOGSE y la LOMCE son objetos de su crítica porque, a su juicio, conducen a la pérdida de la virtud y la excelencia, sustituida por el concepto unitario de la mediocridad. Según el autor, educación para todos no significa devaluación de los contenidos como ha ocurrido lo que unido a la falta de autoridad del profesor provoca un verdadero caos educativo. Aunque su argumento es básicamente cierto, sostengo cierta discrepancia, pues, a mi juicio tanto la LOGSE como las leyes educativas posteriores, pese a que en algunos aspectos pueden ser mejoradas, supusieron un salto adelante en la democratización de la enseñanza. Todavía recuerdo el elitismo de los años setenta donde los más desfavorecidos tenían muy escasas posibilidades de acceder al sistema educativo. Actualmente, aunque muchos jóvenes lo desaprovechen, nos queda la tranquilidad de que todos, tengan el origen social que tengan, pueden acceder sin dificultad a una educación de más o menos calidad. Se trata de uno de los grandes sueños de algunos pensadores y políticos del primer tercio del siglo XX que se ha visto, por fin, cumplido.

Pese a tanta lacra, el profesor Viñuela cree que habrá un cambio forzoso por el propio agotamiento del planeta así como la inviabilidad del capitalismo y del liberalismo. Una profunda transformación que finalmente hará triunfar los viejos valores ilustrados, incluyendo el más olvidado de todos, la fraternidad. El autor defiende el cosmopolitismo frente al nacionalismo pues este último siempre lleva implícito la exclusión. Todas las personas somos iguales en dignidad y todos tenemos los mismos derechos sobre el planeta en el que vivimos. A fin de cuentas el hombre no es ningún protagonista destacado del universo sino un ser vivo más. El universo existía antes que nosotros apareciéramos y seguirá existiendo después de nuestra extinción que, antes o después, llegará.

 

En definitiva, estamos ante un libro pequeño en extensión pero grande en compromiso social. Muy de agradecer es la claridad con la que se expresan todas sus ideas que contribuyen a la concienciación de sus lectores y seguidores, entre los cuales me incluyo. El pensamiento neoliberal –la nueva religión dice Juan Pedro- tiene como una de sus principales premisas que no existe vida más allá del capitalismo y que el sistema actual es insustituible. Lo más cómodo es pensar que las alternativas para crear un mundo más justo son utópicas. Pero no es cierto, yo como historiador sé que el mundo ha vivido durante millones de años sin capitalismo y puede sobrevivir al mismo. Sin embargo, que nadie olvide una frase del escritor chileno nacionalizado francés, Alejandro Jodorowsky, con la que quiero acabar mi intervención:

 

"Absolutamente todo lo que hoy nos parece imposible,

algún día será posible".

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Presentación del libro en el salón de actos del I.E.S. Meléndez Valdés de Villafranca de los Barros, 26 de noviembre de 2014).

 

 

 

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