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ESPAÑOLAS DEL NUEVO MUNDO

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GÓMEZ-LUCENA, Eloísa: Españolas del Nuevo Mundo. Ensayos biográficos, siglos XVI-XVII. Madrid, Cátedras, 2013, 462 págs.

 

        Se compendian en este libro 38 biografías -18 extensas y 20 breves- de otras tantas mujeres que hicieron las Américas en los dos primeros siglos de la colonización. Entre ellas hay un poco de todo, desde conquistadoras a gobernadoras, pasando por simples doncellas, costureras y hasta una prostituta, María de Ledesma. Maneja la autora una amplia bibliografía por lo que algunas de sus protagonistas están excelentemente documentadas. Se trata de un ensayo que sintetiza magníficamente lo que sabemos pero huelga decir que no es una obra de investigación por lo que no hay aportes significativos sobre esas biografiadas. De hecho, hay personajes como Ana de Ayala o doña Juana de Arellano y Zúñiga, esposas de Francisco de Orellana y Hernán Cortés respectivamente, de las que sabemos muy poco y que todavía esperan la mano de algún investigador que complete sus respectivas biografías.

        Tiene razón la autora cuando afirma que los cronistas de Indias narraron fundamentalmente las hazañas de los varones, omitiendo el de aquellas féminas que también estuvieron allí, en muchas ocasiones luchando codo a codo con ellos. En este sentido, reprocha a Bernal Díaz del Castillo que relacione uno a uno los équidos que llevaba Cortés y omitiera el nombre de las mujeres que iban en la hueste. Sin embargo, se trata de un comportamiento discriminatorio que estaba generalizado en la época y, ello sin contar que era más importante para la conquista un caballo que cualquier miembro de la hueste, hombre o mujer.

        La selección de biografías siempre es discutible sobre todo porque con las descartadas se podría escribir un segundo y hasta un tercer volumen. Sin embargo, sorprende que incluya algunas mujeres irrelevantes, no por su oficio sino porque murieron en la travesía sin pisar tierras americanas, como Francisca de la Cueva, y en cambio excluya a personas de tronío como las dos Isabel de Bobadilla, madre e hija. La madre era la esposa de Pedrarias Dávila, una mujer temperamental que quiso acompañar a su marido a Castilla del Oro mientras que la hija fue la mujer de Hernando de Soto, quien quedó como gobernadora interina en Cuba, cuando éste marchó a la Florida. También se nota la ausencia de doña Guiomar de Guzmán, recia encomendera con ansias de poder, que tuvo una gran significación en la Cuba de los primeros años, desposándose con el contador Pedro de Paz, y en segundas nupcias con el gobernador de la isla Gonzalo de Guzmán. Tampoco comparece la trujillana Inés Muñoz, la valiente esposa de Francisco Martín de Alcántara que tuvo agallas para enfrentarse a los almagristas, acusándolos de asesinos, al tiempo que salvaba la vida de los hijos del marqués, escondiéndolos en el convento de la Merced. Y por citar un último ejemplo, doña Isabel Rodríguez de Romera y Tamariz fue otra mujer singular, esposa del sevillano Rodrigo de Bastidas, y cuyos restos reposan en la catedral de Santo Domingo, bajo una losa con la siguiente inscripción: “Aquí yace la virtuosa cristiana y religiosa señora doña Isabel Rodríguez de Romera, natural de la insigne villa de Carmona, mujer que fue del Adelantado don Rodrigo de Bastidas y madre del Reverendo obispo de San Juan, don Rodrigo de Bastidas. Falleció año de 1553 a 15 de septiembre. Requiescat in Pace”.

         Dado que sería imposible reseñar una a una las 38 biografías que incluye la autora, nos limitaremos a glosar algunas de ellas para que el lector se pueda hacer una idea del contenido y del alcance de esta excelente obra. Sin duda una de las mujeres con más linaje que pisaron el continente americano fue la virreina de las Indias María Álvarez de Toledo, esposa de Diego Colón y por tanto nuera del Primer Almirante. Por cierto, llama la atención que reconstruya la vida de su esposo en base a un “Diccionario de Historia de España” en vez de usar la clásica obra de Luis Arranz Márquez –Don Diego Colón, T. I. Madrid, 1982-. Ella acompañó a su marido en la flota de 1509, llegando a Santo Domingo con un cortejo de damas que causaron verdadera sensación en la isla, instalándose desde 1514 en el bello alcázar gótico mudéjar que ellos mismos se mandaron construir. En 1526, tras la muerte de su esposo, se encargó de luchar por los derechos de sus hijos en los conocidos “Pleitos Colombinos”. En 1544 se reembarcó rumbo a la Española con un equipaje muy singular, los restos mortales de su marido y de su suegro que los llevaba a sepultar en la catedral de Santo Domingo, donde unos años después también se inhumó ella.

No menos apasionante es la vida de Ana de Ayala, esposa de Francisco de Orellana, el descubridor del Amazonas. Viajó junto a su esposo en la segunda expedición descubridora, zarpando de Sevilla en febrero de 1545 con la intención de remontar el Amazonas y poblar río arriba. A primeros de noviembre de 1546 falleció Francisco de Orellana víctima de una enfermedad, en medio de la selva ecuatorial, cuando sólo tenía 35 años. Entre los pocos supervivientes se contó su esposa Ana de Ayala que consiguió llegar, junto a un puñado de hombres, a la isla Margarita. Apenas hay datos para reconstruir su vida desde 1545, pese a que sobrevivió a su esposo más de un cuarto de siglo.

Muy interesante es también la biografía de la metellinense doña Mencía Calderón, Adelantada del Río de la Plata. Su marido había obtenido en 1547 licencia para descubrir y poblar el Río de la Plata. Pero, por desgracia falleció inesperadamente en Sevilla a primeros de marzo de 1549, justo antes de zarpar la expedición. En ese momento entró en acción su esposa, realizando unas eficaces y rápidas gestiones para lograr que su hijo Diego de Sanabria figurase como nuevo titular de la capitulación firmada por su marido. Ella zarpó, con sus hijas, hacia el Río de la Plata en 1550 al frente de tres barcos capitaneados por Hernando de Trejo, mientras su hijo se quedaba solucionando algunos asuntos en el Consejo de Indias. La travesía resultó ser muy accidentada; primero los vientos desplazaron la flota hasta las costa de África, donde fueron asaltados y robados por corsarios berberiscos, luego consiguieron arribar al puerto de Santa Catalina en Brasil. Desde allí pidieron socorros pero, como no llegaron, decidieron ir a pie a la ciudad de Asunción. Doña Mencía Calderón consiguió finalmente su objetivo, llegando al Río de la Plata y convirtiéndose en muy poco tiempo en una de las personas más influyentes del lugar.

         El relato de Catalina de Erauso, la Monja Alférez, era de obligada inclusión en esta obra y así lo hizo su autora que le dedica veintidós jugosas páginas. Como afirma Gómez-Lucena se trataba de un varón aprisionado en el cuerpo de una mujer por lo que se travistió de hombre, paseándose por toda América y viviendo infinidad de aventuras y peripecias. Son llamativas tanto su facilidad para hacerse pasar por un hombre como la comprensión por parte de algunas autoridades, en aquellas ocasiones en que fue descubierto su secreto. Y digo esto porque la sociedad de la época no se caracterizaba precisamente por la tolerancia, sobre todo en temas relacionados con la sexualidad.

         Comparecen varias de las mujeres que estuvieron presentes en la hueste cortesiana. Sin duda, la más destacada fue la soldado María de Estrada que tomó parte en los principales lances de la conquista de la confederación mexica. Por cierto, como mera anécdota, la autora niega que los mexicas practicasen el canibalismo ritual con sus prisioneros y, siguiendo a Motolinía, afirma que solo se comían el corazón los sacerdotes. Sin embargo, existen innumerables pruebas que demuestran lo contrario, pues a falta de grandes animales mamíferos, sus santuarios parecían mugrientas carnicerías donde los prisioneros eran descuartizados para el consumo. Los textos del antropólogo estadounidense Marvin Harris son muy explícitos en este sentido. Beatriz González, la propia María de Estrada, Isabel Rodríguez y Beatriz Bermúdez de Velasco hicieron de improvisadas enfermeras de los heridos, ante la falta de personal sanitario especializado.

         Muy completas y acertadas son las biografías de las damas Catalina Juárez –o Suárez- y Juana de Arellano y Zúñiga, las dos esposas que tuvo Hernán Cortés. La primera falleció en 1522 en extrañas circunstancias, sin haber llegado a tener descendencia, desposándose en segundas nupcias siete años después con doña Juana de Arellano y Zúñiga. Esta última era hija de Carlos Ramírez de Arellano, segundo Conde de Aguilar de Inestrillas y de doña Juana de Zúñiga. Era una muchacha joven, capaz de darle los hijos que el metellinense quería, de alta alcurnia y virtuosa. Regresó a España en los años sesenta y mantuvo un largo pleito con su hijo primogénito. Apenas tenemos referencias sobre su vida en Sevilla hasta su fallecimiento en 1578.

        Entre las biografías menores, destaca la de María de Escobar, mujer que fue de Martín Estete primero y después del trujillano Francisco de Chaves. Según Garcilaso de la Vega fue la primera persona que cultivó trigo en Perú, aunque bien es cierto que el padre Cobo atribuye tal logro a Inés Muñoz, la cuñada del gobernador.

        Por lo demás, se detectan algunos errores conceptuales, como confundir los Libros de Armada con los Registros de Pasajeros de la Casa de la Contratación –pág. 65- que son dos fuentes diferentes como sabe toda persona habituada a investigar en el Archivo de Indias. Asimismo, unifica las dos fases de las guerras civiles peruanas lo que le lleva a decir erróneamente que Diego de Almagro pertenecía al bando realista leal al rey mientras que Francisco Pizarro y su hermano Gonzalo, deseaban crear su propio reino independiente de la corona de los Habsburgo –págs. 46 y 47-. Tampoco usa correctamente algunos términos como navegación en “conserva” o la encomienda indiana.

        A modo de conclusión, hemos de decir que pese a estas puntualizaciones, estamos ante una obra valiosa, inteligente y bien documentada. Un libro recomendable lo mismo para cualquier lector no especializado que para el investigador que encontrará un estado de la cuestión a partir del cual seguir construyendo la historia de estas mujeres.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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PODER Y SOCIEDAD MORISCA EN EL ALTO VALLE DEL ALHAMA (LA RIOJA)

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MORENO RAMÍREZ DE ARELLANO, Miguel A.: Poder y sociedad morisca en el alto Valle del Alhama (1570-1614). Logroño. Instituto de Estudios Riojanos, 2009, 320 págs.

 

        Magnífico y documentado trabajo sobre el fenómeno morisco en el alto Valle del Alhama (La Rioja), antes durante y después de la expulsión, es decir, entre 1570 y 1614. Le precede un interesante prólogo del profesor Pedro Andrés Porras Arboledas, en el que afirma con argumentos sólidos que el cadalso morisco no fue una expulsión sino una expatriación. Se envió al cadalso a decenas de miles de personas que vivían en la Península Ibérica desde tiempo inmemorial y que en su mayor parte se sentían cristianos y españoles.

En el Valle del Alhama se dieron una serie de particularidades, empezando por la casi perfecta integración y asimilación de los neófitos, que estaban muy mezclados por vía matrimonial. A diferencia de lo que ocurría en otras zonas como Valencia o Granada, en las dos Castillas, la mayor parte de los moriscos estaban radicados allí de antiguo –no llegados tras la rebelión de las Alpujarras-, eran cristianos sinceros y estaban en un estado muy avanzado de aculturación. Habían olvidado la escritura islámica –algarabía-, usaban apellidos y nombres cristianos, y salvo excepciones, vestían y comían como castellanos.

Asimismo, como demuestra el autor, estos cristianos nuevos se alejaban bastante del prototipo de población marginada que se les atribuye en otras zonas de España, donde desempeñaban oficios propios de las capas más bajas de la sociedad, como arrieros, campesinos, braceros, artesanos, etc. En cambio, en esta comarca “su nivel de vida era equiparable al de sus convecinos cristianos viejos, y en la práctica totalidad eran propietarios, algunos de considerables haciendas”. Es decir, en el Valle del Alhama casi todos eran pequeños, medianos o grandes propietarios, lo cual además queda demostrado en el apéndice IV en el que se relaciona un listado interminable de propiedades que dejaron tras su expulsión.

Dada su casi perfecta integración en esta zona riojana, se palpa mejor que en otros sitios el drama humano que sufrieron antes y sobre todo después de la expulsión. El sinsentido de la extirpación quirúrgica de una parte de la población que no había cometido más delito que ser descendientes de antiguos conversos. Concejos, párrocos y vecinos salieron en defensa de sus vecinos y amigos, amenazados por la sinrazón del Estado. Es muy elocuente la escritura de poder que formalizó el concejo de Aguilar el 6 de diciembre de 1609 para tratar de evitar la posible expulsión de los neófitos del pueblo. La carta no tiene desperdicio por lo que me permito reproducirla parcialmente:

 

“La mayor parte de los vecinos de esta villa son descendientes de nuevamente convertidos de los muy antiguos y tan buenos cristianos que como tales siempre y de ordinario han recibido y reciben el Santísimo Sacramento y juntamente con los cristianos viejos han sido en fundar cofradías… Y han sido y son cofrades y alcaldes-mayordomos y priostes de ellas y elegidos y nombrados por alcaldes ordinarios, regidores, procuradores y otros oficios del concejo sin distinción como los cristianos viejos y muchos de estos por vía de matrimonio están mezclados con cristianos viejos y demás de estos han sido y son tan fieles y leales vasallos del rey…”

 

Está claro a juzgar por éste y otros testimonios que eran unos españoles más, que estaban totalmente integrados y que por el simple hecho de tener la sangre manchada se les señaló con el dedo, se les persiguió, se les sancionó y en muchos casos se les expulsó.

¿De quién o de quiénes partió la idea de la expulsión y por qué motivos? Pese a lo que pueda parecer yo creo que es una cuestión que sigue sin estar clara. Con respecto a quién, la Iglesia por lo general los protegió –tanto los párrocos como los altos prelados- al tiempo que Papa Paulo V nunca sancionó ni respaldó moralmente dicha expatriación. Las autoridades locales por lo general los protegieron, mientras que el Consejo mantuvo primero una actitud dubitativa y, finalmente, cambió de opinión para situarse a favor de la exclusión. Sin embargo, hasta el propio Duque de Lerma mantuvo escrúpulos de conciencia por lo que suponía enviar al cadalso a varios cientos de miles de cristianos, aunque fuesen solo neófitos, engordando la población de la civilización islámica a la que consideraban enemiga. Por tanto, creo que la primera respuesta es contundente, se trató de una decisión de una minoría intransigente, radical e irracional, situada en el entorno de Felipe III. Con respecto a los motivos tampoco está claro; tradicionalmente se afirmó que fue la consecuencia del fracaso de la asimilación y el miedo a que se convirtieran en la quinta columna islámica que colaborase desde dentro a una reconquista de berberiscos y turcos. Es posible que a la Corona también le movieran objetivos económicos cortoplacistas, pues le debió parecer una buena oportunidad de conseguir dinero fácil y rápido a través de la confiscación de los bienes dejados por los neófitos. Sin embargo, no hay que olvidar que tras la consumación del genocidio, decenas de arbitristas se dedicaron a construir una explicación que justificase tan dramática decisión. Todo gobierno, todo estado, ha tratado siempre de justificar éticamente sus actuaciones. Consumada la expulsión muy pocos se atrevieron a criticar ya el decreto. Al tiempo que la maquinaria oficial elaboró una coartada oficial. A mi juicio fue una decisión absurda, basada en conjeturas y auspiciada por una minoría cristiana intransigente.

Con respecto a la cuestión de la permanencia el autor ofrece interesantísimos datos. Primero, detecta en la mayor parte de los pueblos del alto Valle del Alhama un aumento considerable de los matrimonios mixtos de moriscas con cristianos viejos, mientras que otros consiguieron licencias para quedarse, lo que en la época llamó el propio conde de Salazar “bulas de buenos cristianos”. Otros muchos permanecieron por encontrarse enfermos o como ocurrió en Aguilar, por no tener descendencia y comprometerse por escrito a legar su patrimonio, tras sus respectivos fallecimientos, a la Real Hacienda. Y segundo, consigue aislar numerosos casos de conversos que regresaron a los tres o cuatro años, reintegrándose en sus pueblos sin demasiados problemas. Algunos incluso, reclamaron y consiguieron la restitución de los bienes que perdieron tras la expulsión. Ahora bien, pese a los numerosos casos que documenta el autor concluye que la permanencia fue solo residual. Pero yo creo que esa conclusión está condicionada por el peso excesivo de la historiografía tradicional que sostuvo siempre tal circunstancia. No da la impresión, por los numerosos casos que aísla perfectamente el autor, que fuera solo residual. Muchos eludieron la expulsión, en algunos casos por estar incrustados en la sociedad cristiana por vía matrimonial, otros consiguieron licencias y un pequeño grupo regresó, en ocasiones sin problemas para reintegrarse. A mi juicio, la permanencia en el alto Valle del Alhama, obviamente no fue ni pudo ser masiva pero afecto a un porcentaje razonablemente alto de antiguos moriscos muchos de ellos tan mezclados con los cristianos viejos que pasaron desapercibidos.

Para finalizar diré que al trabajo de Miguel A. Moreno Ramírez de Arellano no se le puede hacer ni una sola crítica. Se trata de un estudio serio, profundo, y sobre todo excelentemente documentado con fuentes primarias de muy diversos archivos locales, provinciales y nacionales y con una bibliografía actualizada y muy completa. Un paso más en el largo proceso de reconstrucción de la historia de los moriscos españoles en el que muchos estamos embarcados desde hace años.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

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