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        Último libro de la trilogía que el periodista y escritor Luis Amado ha dedicado a la conquista de América. En su línea divulgativa habitual, analiza distintos aspectos del hundimiento de la confederación mexica y de la incaica. Como bien dice el autor, se trataba de estados legítimos, tan civilizados o incivilizados como los propios países europeos.

La figura de Quetzalcóatl, ocupa un lugar principal en la trama argumental, el dios civilizador azteca, la serpiente emplumada que, según la leyenda, retornaría al valle de México para establecer una nueva era. Esas profecías atenazaron a Moctezuma II que interpretó que Hernán Cortés era la encarnación del dios que retornaba a su reino. Esta errónea interpretación fue una de las causas del rápido hundimiento de la confederación mexica. También se trata extensamente la figura de doña Marina, la Malinche, una mujer objeto de duras críticas por la traición al pueblo indígena. Su apoyo fue decisivo en la consumación de la Conquista, no sólo por ser su traductora personal sino porque era siempre la primera en enterarse de las conspiraciones. Precisamente por ello algunos historiadores, indianistas e indigenistas, la acusan de traicionar a su pueblo, opinión muy extendida en el México actual. Para muchos, es una mujer maldita, una de las principales responsables de la caída de la confederación. Me atrevo a decir que se ha encontrado un chivo expiatorio que, como en tantos casos, suele ser la persona más débil. Igual que se acusa a los propios indios de haber matado a Moctezuma, hecho no del todo probado, se señala a una nativa de ser una de las causantes del desastre de la Conquista. Pero huelga decir que no se le puede culpar de haber traicionado al pueblo mexicano porque éste no existía como tal, pero ni tan siquiera al pueblo indio porque nunca tuvieron conciencia de unidad –y esa fue precisamente su perdición-. Tampoco le debía nada a la confederación mexica, pues su misma madre la había vendido en Tabasco –Yucatán-. El único error que cometió fue enamorarse de un hombre que no le correspondió en la misma medida en que recibió. De hecho, posteriormente la regaló a su amigo y paisano Hernández de Portocarrero. Pero, tras enviarlo a España, la volvió a tomar, procreando con ella. Un mero espejismo porque no tardó en despreciarla de nuevo, entregándola a su amigo, el barcarroteño Juan Jaramillo.

Finaliza el libro con una sugerente crítica a la Conquista, en la que el autor insiste en la necesidad de restitución del inenarrable daño causado durante el proceso. Y es que, tradicionalmente la historiografía hispanista ha defendido ardorosamente los grandes aportes de España a Iberoamérica: una lengua común, una cultura, una religión superior, el fin de prácticas indígenas como el canibalismo, la poligamia o los sacrificios rituales. Todo eso está muy bien, pero ¿a qué precio se impuso todo eso?, ¿realmente mejoró a corto o medio plazo la vida de esos indios? Claro está que no. Como bien refleja el autor en este libro, al margen de los cientos de miles de amerindios que murieron por enfermedades, hambres y malos tratos, los que sobrevivieron tuvieron que afrontar unas condiciones laborales penosas. Los hispanos usaron palabras eufemísticas para designar a la esclavitud –encomienda- o a las razias –armadas de rescate-, tratando de disimular los atropellos cometidos.

Muy curiosa es la inclusión en un capítulo –el 21- titulado Juicio de Residencia y digo que es curioso, porque el juez es el propio autor que, sin pesquisa secreta, presenta los principales cargos contra conquistadores como Hernán Cortés, Pedro de Alvarado, y los hermanos Pizarro. El fallo no deja de ser ocurrente: condeno a todos y cada uno de los aquí imputados a la condenación en los infiernos, por ésta mi sentencia que de suso va incorporada…

Esto y mucho más puede encontrar el lector entre las páginas de este libro, entretenido, curioso, documentado y bien razonado desde el punto de vista ideológico. Cinco siglos después de la Conquista ya es hora de redimir y hacer justicia con la América Prehispánica, desaparecida entre el olor a pólvora de las humeantes bombardas. Ese es el empeño que anima los textos de Luis Amado.

En cuanto a las críticas, son pocas pero no quiero dejar de reseñarlas: por un lado, las láminas son de una calidad ínfima y no aportan nada al relato por lo que debió haberlas omitido. Y por el otro, como de costumbre en los textos de Luis Amado, se aprecia un cierto desorden en la secuencia de los hechos, yo creo que muy acorde con la personalidad de su autor, que escribe en base a impulsos más que a una planificación serena. Bien es cierto, que esta anarquía en la línea argumental, le proporciona a su obra un notable dinamismo que impiden que el aburrimiento del lector.

Enhorabuena, pues, a su autor por esta nueva entrega y por culminar el proyecto que empezara hace algún tiempo con la publicación del primer tomo de la trilogía. Y dicho sea de paso, está en fase avanzada la grabación de un documental, La estrategia del ajedrez, cuyo guión se basa en los textos de esta trilogía.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS