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Se muestran los artículos pertenecientes a Febrero de 2015.

FRANCISCO PIZARRO, EL HOMBRE DESCONOCIDO

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MARTÍN RUBIO, María del Carmen: Francisco Pizarro, el hombre desconocido. Oviedo, Ediciones Nobel, 2014, 413 págs. ISBN: 978-84-8459-715-5

 

        Nueva obra sobre el conquistador del imperio de los incas, en esta ocasión escrita por la doctora y académica María del Carmen Martín Rubio. El libro incluye un prólogo, firmado por el Cónsul General del Perú en Madrid, Arturo Chipoco, un prefacio sobre la decadencia de España, firmados por Gracia Rubio y Salvador Rojí, una introducción, catorce capítulos, epíteto, apéndice y bibliografía. El libro está bien escrito y magníficamente editado, casi se lee como una novela histórica. Asimismo, tiene su punto fuerte en el buen conocimiento que la autora posee del territorio andino, lo que le permite identificar perfectamente los topónimos de la época de la conquista con los nombres actuales. A mi juicio ese es su mejor aporte, el estudio pormenorizado de la ruta que siguió la hueste conquistadora, señalando uno a uno cada uno de los pueblos y curacas que fueron sometidos por los hispanos en su proceso de anexión del Tahuantinsuyu.

        Ahora bien, nuevamente nos vemos en la tesitura, con todo el respeto hacia la autora, de objetar la apología que se hace del trujillano. En la introducción explica la metodología y las fuentes, quedando al descubierto las debilidades que vamos a encontrar a lo largo de todo el texto. Se presenta como un libro novedoso que pretende descubrir la “sensibilidad humanitaria” de Francisco Pizarro -Pág. 372-, hasta ahora oculta por culpa de la leyenda negra. Sorprenden afirmaciones como que Pizarro ¡siempre intentó proteger a los nativos mediante la legislación! Y digo que sorprenden porque, al igual que los demás conquistadores, sabía infringir castigos dolorosos y ejemplarizantes cuando lo creía oportuno. Estando en la isla de la Puná, cuando los nativos urdieron a sus espaldas una rebelión, decidió propinar un castigo ejemplar: los cabecillas fueron todos ajusticiados quemando en la hoguera a algunos de ellos y cortando las cabezas a los otros. Pero la autora no ofrece ni un solo dato de estas matanzas, ni en relación a la Puná ni a otros lugares, como Cajamarca, donde ni siquiera formula una estimación de las posibles bajas de dicha celada. Y por supuesto, la ejecución del Inca la hizo engañado por los testimonios del intérprete Felipe de Poechos, despechado por el amor que sentía hacia una de sus mujeres. Ello le lleva a concluir que el trujillano apreciaba mucho al Inca y que lamentó profundamente su ejecución -Págs. 230-231-. Es más, a su juicio, el tribunal que lo juzgó estuvo formado por almagristas quienes lo aprobaron pese a su oposición y, dado que era analfabeto, no pudo ni tan siquiera leer su sentencia –Pág. 377-. En lo que respecta a la muerte en la hoguera de Calcuchímac, el general de Atahualpa, dice la profesora Martín Rubio que fue inevitable porque era la muerte establecida por el catolicismo de la época a los infieles. Bueno, el argumento no es convincente, sobre todo teniendo en cuenta que los amerindios eran vasallos de la corona de Castilla desde tiempos de Isabel la Católica y, por cierto, no eran infieles sino paganos, que no era exactamente lo mismo. Está claro que Pizarro tenía un extraño sentido de la bondad y del amor que supuestamente profesó a los pobres quechuas. Y es que hablar de “sensibilidad humanitaria” en aquella época no deja de ser chusco y más si va referido a un conquistador.

Asimismo, huelga decir que su línea historiográfica no es nueva porque, muy contrariamente a lo que afirma ella misma, el grueso de la bibliografía pizarrista es hagiográfica y en este sentido esta obra es continuista. En cuanto al método, sostiene que ha escrito una obra “rigurosa, imparcial y objetiva”, limitándose a narrar los hechos para que el lector los juzgue y construya su propia opinión. Evidentemente estamos ante la más rancia metodología historicista, superada al menos desde mediados del siglo pasado.

En cuanto a las fuentes, afirma que son muy novedosas, pero en realidad son exclusivamente bibliográficas y encima extremadamente magras. Se basa fundamentalmente en el regesto publicado en 1986 por Guillermo Lohmann y en la crónica de Juan de Betanzos que ella misma editó hace unos años. Fuentes de sobra conocidas por todos los investigadores de ambos lados del océano.

Por lo demás encontramos ciertos errores e imprecisiones que conviene aclarar para evitar que continúen pasando a las obras de síntesis. Señala como fecha de nacimiento del conquistador el 26 de abril de 1478, siguiendo el testimonio de Pedro Cieza que dijo que en el momento de su óbito tenía 63 años y dos meses. Sin embargo, otras fuentes no verifican ese dato y hay que tener en cuenta que este mismo autor equivocó otras fechas que proporcionó. Además, Cieza no llegó a conocer personalmente al trujillano por lo que se debió basar en algún testimonio de su época. A mi juicio, sin disponer de una partida de bautismo o de un registro de nacimiento, es más que osado intentar fijar una fecha de nacimiento con día y mes. Mucho más grave es afirmar, siguiendo a José Antonio del Busto, que se bautizó en la parroquia de San Miguel de Trujillo. Y ello por la práctica de muchos historiadores de copiar de fuentes anteriores sin verificar los datos. Digo esto porque en esa ciudad extremeña jamás ha existido, ni en el pasado ni en el presente, una parroquia dedicada a esa advocación. Tampoco hay datos que verifiquen la presencia del trujillano en las guerras de Italia. Conocía las tácticas de combate del Gran Capitán, pero su fama en la época fue de tal magnitud que no hacía falta haber luchado con él para conocerlas. También afirma la Dra. Martín Rubio que “hay plena constancia” de que se embarcó en la armada de Nicolás de Ovando, arribando al puerto de Santo Domingo en 1502. Sin embargo, de constancia nada de nada, acabo de publicar yo mismo el rol de aquella expedición y he descartado totalmente su presencia en la misma. Igualmente, comete el error de copiar los nombres de los “Trece de la Fama” de la transcripción de la capitulación de Toledo que insertó en su obra el cronista López de Caravantes, induciéndole a algunos errores que hubiera evitado si los hubiese tomado directamente del documento original que es accesible desde el portal PARES y además se encuentra publicado en numerosas obras. Y finalmente, no creo que en marzo de 1529 se entrevistase en Toledo con Carlos V. Todo parece indicar que llegó varios días después de su marcha de ahí que en las instrucciones que le dejó a su esposa para los asuntos de Indias no mencione ni media palabra de la cuestión peruana ni mucho menos de la capitulación que tenía que firmar con el trujillano.

Otras erratas se pasean por el libro, lo que no dejan de ofrecer una mala impresión aunque se trate de errores sin importancia. Entre ellos, aparece el gobernador de Santa Marta García de Lerma como Pedro de Lerma o el historiador Guillermo Lohmann como Lhomann. Finalmente, en el apéndice transcribe el acta de refundación de Cuzco del 23 de marzo de 1534, documento que lejos de ser novedoso, está recogido en numerosos libros, sin errores paleográficos. Pero la autora se permite volverlo a transcribir, sin mencionar que no era inédito y para colmo, por error tipográfico, se saltó la primera línea del mismo.

En definitiva, como libro de lectura, como narración de hechos, está bien escrito y puede ser entretenido. Pero como libro de historia contiene enfoques metodológicos que distorsionan la realidad con el objetivo de verificar su hipótesis inicial, es decir el carácter humanitario y bondadoso del conquistador. Que más hubiese querido yo que los conquistadores hubiesen sido esos adalides del bien, esos caballeros andantes como nuestro legendario don Quijote de la Mancha.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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OREJANOS, CIMARRONES Y ARROCHELADOS

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IZARD, Miquel: Orejanos, cimarrones y arrochelados. Barcelona, Sendai Ediciones, 1988, 126 págs.

 

        Excelente trabajo sobre los Llaneros y la extensa región del Llano, entre Venezuela y Colombia, en la época moderna y contemporánea. Me ha sorprendido que, pese a las casi tres décadas que hace que fue publicado, su texto es verdaderamente imperecedero y en mi opinión lo hubiese escrito sin añadir ni quitar una coma en este año 2015 en el que vivimos.

        Está en la línea habitual en la que se mueve el autor, siempre dando voz a los marginados, a los rebeldes y a los oprimidos, que casi siempre suelen ser los mismos. De esta forma pretende dar voz a los eternamente vencidos, a uno de esos grupos humanos que fueron barridos por el devenir, al representar un estorbo en el proceso de expansión de las sociedades excedentarias o capitalistas. Por robarles, se les robó hasta el alma, la memoria de su propia existencia. Y es que, como diría Walter Benjamin, tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, un enemigo que no ha cesado de vencer.

        Con la ocupación europea del territorio americano, se desencadenó una violencia fatal, tendente a explotar económicamente el territorio con mano de obra indígena y africana en condiciones en ambos casos de esclavitud. Sin embargo, los hispanos solo ocuparon las áreas nucleares, zonas donde había mano de obra aprovechable, pues habían estado al servicio de una organización estatal, y minas de metales preciosos. En total, el Imperio apenas ocupó un 20 por ciento del continente, quedando grandes vacios, como el oeste de Norteamérica, la Pampa austral o los Llanos, un espacio de más de 500.000 Km2 entre los actuales estados de Venezuela y Colombia. A aquel espacio, dominado por la sabana, escaparon algunas reses vacunas y équidos que en breve plazo formaron grandes manadas de ganado cimarrón.

Allí, junto a los nativos, sociedades primitivas autosuficientes, fueron llegando infinidad de arrochelados de muy distinta condición étnica: esclavos negros, mulatos, mestizos, indios y hasta europeos que huían de la represión física o ideológica de la llamada “civilización”. Estos continuaron arribando a lo largo de toda la colonia, huyendo casi siempre de la presión tributaria en los pueblos controlados por las autoridades coloniales. Una vez en el Llano se disolvían en un espacio inmenso y podían sobrevivir de la caza, de manera independiente o uniéndose a otros grupos de forajidos. Algunas rochelas llegaron a tener varios centenares de personas, mientras que otras se limitaban a una familia nuclear o simplemente a una o dos personas.

En este medio, agreste, pero también libre, se desarrolló una cultura riquísima, de la que desgraciadamente han llegado pocos vestigios hasta nuestros días. Estos llaneros se enfrentaban a las inclemencias de la naturaleza, la misma que unas veces se lo daba todo y otras se lo quitaba. Para los propios llaneros solo existían dos cosas, o al menos dos cosas importantes: el ganado y el cielo. Eran nómadas o seminómadas y viajaban necesariamente muy cortos de equipaje. Además del imprescindible caballo, apenas poseían dos pequeñas alforjas, con algunos enseres: sogas, lazos, aguja, cera, un cuerno usado como vaso y poco más. En sus diversiones recitaban historias de llaneros legendarios y entonaban canciones, acompañadas de alguno de los instrumentos que usaban habitualmente: maracas, hechas de calabaza con pepitas en su interior, una especie de guitarra de cuatro cuerdas y el arpa, esta última de madera de cedro con 32 cuerdas. Asimismo, conocían las plantas curativas que el entorno les proporcionaba y que usaban para combatir males comunes como la fiebre, dolores de estómago o las temidas diarreas.

Este mundo fue calificado de bárbaro, simplemente porque sus habitantes no se movían por el afán de lucro como en las sociedades capitalistas. Desde mediados del siglo XVII fueron llegando misioneros con la excusa de la evangelización y con el beneplácito de la oligarquía del norte que veía en ello una gran posibilidad de enriquecimiento. Obviamente, estos últimos ambicionaban aquellas extensas sabanas y sobre todo las grandes manadas de ganado orejano que allí había. Los primeros religiosos fueron franciscanos capuchinos, que trataron con poco éxito de reducirlos a pueblos. Después se incorporaron al proyecto otras órdenes como la dominica y la jesuita. Tras los religiosos llegaban siempre los empresarios u los oportunistas, dispuestos a quedarse con la tierra y sobre todo con el abundante ganado. La expulsión de los jesuitas, dejó grandes terrenos vacíos, ocasión que aprovecharon algunos oligarcas para hacerse con miles de hectáreas. La élite caraqueña siempre ambicionó el control del Llano de manera que a finales de la colonia el enfrentamiento de los grandes propietarios con los llaneros era una realidad enquistada. Estos viendo amenazada su propia supervivencia adoptaron una posición hostil en la que surgieron caudillos, como Esteban, el Jerezano o Pedro Peña que decidieron morir luchando en defensa de sus libertades. Obviamente, a la violencia de los grandes propietarios solo se podía responder con más violencia por lo que los llaneros, tomaron fama de crueles, ya que a veces después de asesinar a sus oponentes los desollaban y los colgaban de árboles. Era su forma brutal de resistencia, de marcar su territorio frente a la invasión que se les venía encima. Todo ello en un último, desesperado e infructuoso intento de salvar su mundo.

En la guerra de la independencia y en la federal los llaneros jugaron un papel muy destacado, pero fueron finalmente traicionados por la oligarquía criolla. Durante este tiempo el Llano recibió numerosas oleadas de desertores que preferían la huída a una muerte segura en el campo de batalla, luchando por ideales que les eran ajenos. Ello provocó un desquiciamiento cultural y un desarraigo que aumentó aún más el grado de violencia, al tiempo que se incrementaban las incursiones del ejército para apresar a ladrones, vagos y todo aquel que no pareciese una persona civilizada a la usanza occidental. La Revolución no significó un cambio social, los llaneros se sintieron traicionados y se vieron obligados a continuar el combate para salvaguarda su tierra y su cultura. Considerados simples bandidos, personas irreductibles, refractarios al capitalismo, fueron combatidos, exterminados y su cultura silenciada.

Una vez más, Miquel Izard se sitúa en el bando de los derrotados, de los eternamente olvidados, para darles voz a estos llaneros brutalmente exterminados y silenciados. El mayor mérito del autor es que consigue emocionar y enganchar al lector, restableciendo la memoria de este entrañable mundo del Llano y de los llaneros que sucumbieron ante el avance arrollador de la llamada “civilización” y del modo de producción capitalista.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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DOÑA FRANCISCA PIZARRO YUPANQUI EN EL ARCHIVO DE PROTOCOLOS DE TRUJILLO

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LÓPEZ ROL, María Luisa: Doña Francisca Pizarro Yupanqui en el Archivo de Protocolos de Trujillo. Badajoz, Fundación Obra Pía de los Pizarro, 2014, 227 págs.

 

Francisca Pizarro Yupanqui es uno de esos personajes que, varios siglos después de su muerte, siguen causando fascinación. Hija del marqués Francisco Pizarro y de Inés Huaylas, fue la más rica mestiza que se paseó por tierras castellanas. Dado que todos los hijos varones del marqués fallecieron prematuramente y sin descendencia, ella se convirtió en la heredera de la enorme fortuna de su padre, el conquistador del Imperio de los Incas.

Tras las guerras civiles del Perú, la Corona optó por sacar de aquel territorio a todos los Pizarro, por lo que en abril de 1551 se encaminó a España. Una vez en la Península se desposó con su tío Hernando, hermano de su difunto padre, unificando entre ambos la gran fortuna familiar. Obviamente, fue un matrimonio de conveniencia, pues ella tenía 19 años y él en torno al medio siglo. Hernando Pizarro sentaba la base para recuperar todo el patrimonio familiar, consolidando social y económicamente a su estirpe para varias generaciones. Cuando Francisca enviudó en 1578, era una de las mujeres más ricas de España. Se casó en segundas nupcias con un arruinado noble extremeño, llamado Pedro Arias Portocarrero, Conde de Puñonrostro, con quien vivió en Madrid, en un palacete en la calle princesa hasta su fallecimiento en 1598. El inventario de sus bienes realizado entre junio y septiembre de 1598, demuestra que vivió con un esplendor solo comprable al de la corte madrileña.

        En este libro la archivera de Trujillo, María Luisa López Rol, recopila un total de 58 documentos, unos protocolizados directamente por ella o por alguno de sus apoderados y otros, formalizados por otros pero en relación a ella. Entre ellos figuran poderes, arrendamientos, escrituras de compra-venta, cuentas, pleitos, etc. Los umbrales cronológicos se mueven entre 1574 y 1598, fecha de su fallecimiento. Se trata de un material documental totalmente inédito y en algunos casos no manejados hasta la fecha por la historiografía. Hay un aporte importante a la actividad social y económica desplegada en Trujillo por la más ilustre de las mestizas. Da la impresión que nadie la discriminó por tener la sangre manchada, Y es que entonces pasaba como ahora, que si el racialmente diferente o el extranjero tenía fortuna no había ningún problema en aceptarlo y hasta integrarlo. No hay que olvidar que hubo mestizos y hasta descendientes de musulmanes granadinos que ostentaron hábitos de caballería y en ocasiones hasta títulos nobiliarios. Doña Francisca era mestiza sí, pero pesaba a su favor su noble ascendencia incaica y la enorme fortuna que poseía ella y su marido Hernando Pizarro. Mucho linaje y mucho postín como para que alguien con menos posición económica que ella la discriminase. Y es que como decía Francisco Quevedo el metal precioso indiano igualaba lo mismo al noble que al pordiosero, al cobarde que al guerrero “porque poderoso caballero es don Dinero”.

        Bienvenida esta nueva obra que aporta datos inéditos sobre las actividades de doña Francisca Pizarro y que contribuyen a esclarecer un poco más la biografía de una de las mujeres más ricas y afamadas de su tiempo.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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EL MIEDO A LA REVOLUCIÓN. LA LUCHA POR LA LIBERTAD EN VENEZUELA, 1777-1820

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IZARD, Miquel: El miedo a la revolución. La lucha por la libertad en Venezuela 1777-1830. Caracas, Centro Nacional de Historia, 2009, 251 págs.

 

        El autor se centra en el largo periodo de más de medio siglo en el que Venezuela se estremeció por la revolución de Independencia, desde los primeros alzamientos a la segregación de la Gran Colombia. Hay dos partes bien diferenciadas: una primera en la que analiza la estructura socioeconómica previa a la Independencia y que explica el papel que cada clase jugó en el proceso. Y otra, en la que profundiza en el proceso independentista en sí y en el posicionamiento de cada clase social en función a sus intereses. Todo ello convirtió el proceso en una verdadera guerra civil en la que al tiempo que se dirimía la segregación de la metrópoli se producía una lucha entre la oligarquía cacaotera –también llamado mantuana- y la extensa clase subalterna, formada fundamentalmente por negros y mulatos.

        A lo largo del siglo XVIII Venezuela se había especializado en el cultivo del cacao que exportaba masivamente a Nueva España, a la metrópoli y, mediante el contrabando, a otros lugares de Europa. Este último comercio ilícito aumentó a partir del decreto de libre comercio de 1789. Pero de este comercio se beneficiaba una parte muy pequeña de la población, pues solo el uno por ciento poseía la mayor parte de los cacaotales del País. La minoría blanca apenas superaba el veinte por ciento de la población, y pese a su escaso número, mantenía intereses clasistas muy diferentes. Los campesinos pobres y los llaneros veían a la oligarquía mantuana con recelo, al tiempo que interpretaban que la metrópoli los protegía del exceso de ambición de esta élite. Pero incluso entre la oligarquía criolla había dos grandes grupos: los conservadores que pretendían mantener a toda costa la esclavitud y, temiendo los posibles beneficios que los aherrojados podían conseguir de la lucha armada, se alinearon junto al bando realista, es decir, del lado de los que defendían que Venezuela permaneciera dentro de la estructura del imperio, con un mayor o menor grado de autonomismo. Y los radicales, partidarios de la independencia que fueron paulatinamente ganando peso, aunque sin hacer apenas concesiones sociales a la clase subalterna. Eso le costó caro a la primera república que sucumbió a los realistas, apoyados por la mayoría de color de la isla que veía en los criollos a su adversario. Para colmo, un terremoto que azotó duramente Venezuela el 26 de abril de 1811 fue aprovechado por la Iglesia, y en particular por el arzobispo de Caracas Coll y Prat, para atribuir el mismo a un castigo divino contra los independentistas. Estos, llamados patriotas, quedaron muy mermados, al tiempo que el capitán Domingo Monterde, con un pequeño ejército traído desde Puerto Rico, entraba en Caracas sin apenas resistencia. Los independentistas capitularon a cambio de conservar la vida. Pese a lo pactado, la represión fue brutal, llenándose las cárceles de patriotas al tiempo que se les confiscaban sus tierras.

La ofensiva de los insurgentes prosiguió aunque se encontraron con un ordenado bando realista, dirigido por el asturiano José Tomás Boves y reforzado, desde 1815, por el general Pablo Morillo, enviado desde España. A finales de este año, toda Venezuela estaba bajo dominio realista; la contrarrevolución había triunfado.

Bolívar entonces maniobró inteligentemente, ofreciendo la libertad a los esclavos para ganar apoyos. Asimismo, centró sus esfuerzos en la liberación de Colombia, controlando en breve la ciudad de Bogotá. En pocos años pasaría a la ofensiva en Venezuela, librando la batalla final en Carabobo el 24 de junio de 1821. Los españoles quedaron reducidos a la plaza de Puerto Cabello hasta que, dos años después, no quedaron ya tropas realistas en la zona.

        Tras varias décadas de lucha, Venezuela había quedado totalmente asolada y para colmo en breve se produciría la ruptura de Gran Colombia porque la oligarquía venezolana interpretaba que sus intereses estaban muy alejados de los de los colombianos.

        La conclusión del profesor Izard es contundente, titulando el epígrafe muy gráficamente: “de la dependencia a la dependencia”. El egoísmo de la élite mantuana, incapaz de hacer la más mínima concesión, provocó que la Independencia no contribuyera al cambio social, negando cualquier transformación de la estructura socioeconómica del país. La nueva república se estructuró de acuerdo a sus propios intereses de clase. Se mantuvo inalterado el modo de producción y el sojuzgamiento de la clase subalterna. Dejaron de depender de España y pasaron a hacerlo de terceros países como Inglaterra o los Estrados Unidos de América. La traición de la burguesía, fue en el caso de Venezuela, la de la oligarquía terrateniente sobre el resto de la estructura social. Y así sigue Venezuela, “de aquellos polvos estos lodos”.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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