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EL PERÚ POR DENTRO

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VALADÉS, María del Carmen: El Perú por dentro. Una guía cultural para el viajero. Barcelona, José J. de Olañeta, Editor, 2012, 483 págs.

 

        No estamos ante una guía cultural al uso, sino ante una obra extensa, excelentemente documentada y fundamental para entender la idiosincrasia del Perú y de los peruanos. Y ello porque María del Carmen Valadés es una antropóloga española que ha pasado muchos años de su vida en la selva peruana. Ello le da un conocimiento y una seguridad cuando habla del Perú difícilmente igualable.

Trata todos los aspectos, empezando por el entorno geográfico, como marco en el que se desarrolla la peruanidad. Le sigue un concienzudo y amplio capítulo dedicado a la Historia, que arranca en el período arcaico y se prolonga hasta la Edad Contemporánea. Los siguientes acápites son aspectos específicos de la realidad del país: religión y mitología –Cap. III-, sociedad y tradición –Cap. IV-, lenguas y arte –Cap. V-, el Estado –Cap. VI- y el Perú esencial –Cap. VII-. Finaliza con unos apéndices en los que se incluyen entre otros, un glosario de términos, topónimos quechuas y una bibliografía estructurada por temática.

        Llama la atención la particularidad de un país en el que, como dice la autora, todo el pasado está presente en su devenir diario. La masificación turísticas ha afectado a las grandes ciudades como Lima o Cuzco, y a centros de afluencia turística masiva como Machu Picchu pero, en cambio, todavía se pueden apreciar los “sabores, olores y colores” de la tierra en poblaciones situadas fuera de estos circuitos. El mundo incaico está muy presente en el sentimiento de sus habitantes; es lo que ellos llaman el “lamento andino”, que no es otra cosa que la añoranza por el pasado inca. También el tiempo discurre para ellos de forma distinta a la de un europeo, rememorando una forma de entender el mundo precolombino, para los que el tiempo reproducía un “esquema circular-espiral”, en el que solo existía el presente.

Se aprecian todavía en la actualidad tres grandes regiones con formas de vida y realidades socio-económicas totalmente diferentes: el desierto costero, que constituye el 12 por ciento del territorio, los Andes, con un 28 por ciento y la selva que supone un 60 por ciento. El grueso de la población es mestiza aunque también hay un porcentaje considerable de indígenas, personas de color y criollos, estos últimos descendientes de los antiguos colonos. Las lenguas cooficiales son el quechua y el español, el primero de ellos hablado por una tercera parte de la población. La religión es la católica, aunque perviven ciertas formas sincréticas lo que implica la asimilación de Dios con el culto al sol, Jesús con Viracocha o la Virgen con la Pachamama.

En un extenso capítulo trata la historia del Tahuantinsuyu, el mayor imperio de la época prehispánica en América, que llegó a abarcar territorios de los actuales estados de Perú, Ecuador, Bolivia Colombia, Brasil, Chile y Argentina. La capital era Cusco, una ciudad preincaica desde cuyo templo principal, el Coricancha, partían los cuatro caminos que se dirigían a cada una de las partes del Estado. En la capital imperial residía el Inca, identificado como el hijo del sol, la máxima autoridad civil y religiosa. En toda la época prehispánica se tiene constancia de trece Incas según unos cronistas, catorce según otros, incluyendo a Atahualpa. Residían, asimismo, los funcionarios y disponían de vivienda, asimismo, los principales curacas o jefes de los ayllus de todo el imperio. Así, los incas conseguían crear un estrecho vínculo y a la vez un férreo control sobre los jefes de los distintos pueblos sometidos a la autoridad imperial. Dado que tenía al oeste el océano Pacífico y al este la selva ecuatorial, los incas pensaban que la expansión había terminado y que ahora solo tocaba consolidar el dominio sobre tan vasto territorio. Su mayor mérito consistió en crear una estructura económica razonablemente próspera, basada en los principios de producción, recaudación y redistribución. Huelga decir que no poseían ningún rasgo ni tan siquiera parecido al capitalismo, pues ni usaban dinero, ni las producciones se regían por las reglas del libre mercado.

La vida en la colonia fue mucho más dura para el pueblo llano, simplemente porque se quebró el sistema de reciprocidad incaico. El estado inca se mantuvo residualmente en Vilcabamba hasta la captura de Túpac Amaru I en 1572. La Independencia, tras la batalla de Ayacucho de 1824, significó la creación de la República del Perú.

Es imposible glosar ni resumir todos los aspectos tratados en esta obra: los mitos, las costumbres, su cosmovisión, los dioses, los ritos, la literatura, el arte y la situación política y social del país en nuestros días. Son aspectos tratados con precisión, amplitud, conocimiento y rigor que deben ser disfrutados con una lectura pausada por parte del lector. Solo añadir el gran interés que tiene el capítulo 38 en el que la autora ofrece una serie de recomendaciones para viajar al país. En particular habla del “soroche”, una fatiga que experimentan muchas personas no acostumbradas cuando ascienden por encima de los 2.500 o los 3.000 metros de altura y que se combate habitualmente con los “matesitos de coca”.

        Hay algunos pequeños errores sobre todo en la parte histórica. Por ejemplo, dice que Atahualpa nunca se coronó con la mascapaicha, lo que no es cierto porque, como es bien sabido, apareció coronado con ella cuando fue capturado en Cajamarca. Asimismo afirma que los Trece la Fama fueron en realidad doce, cuando en realidad sabemos que fueron algunos más que trece. En cualquier caso se trata de pequeñeces que no empañan la extraordinaria valía de esta obra, cuya lectura recomendamos a todos los interesados en la historia del Perú.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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PRESENTACIÓN DEL LIBRO LA GRAN ARMADA COLONIZADORA DE NICOLÁS DE OVANDO

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La publicación de este libro supone para mí la consecución de un viejo sueño. Hace un cuarto de siglo, cuando estudiaba Historia en la Universidad de Sevilla soñé con escribir algún día un estudio sobre la primera flota estrictamente colonizadora al Nuevo Mundo, tras el fracaso de la factoría colombina. Se trataba de la flota de 32 navíos que el Comendador Mayor de la Orden de Alcántara, Nicolás de Ovando, comandó en 1502 rumbo a la ciudad de Santo Domingo. Pero había un problema de difícil solución:

        El libro de armada, donde constaba el pasaje alistado y todo lo embarcado, se extravió en el segundo cuarto del siglo pasado. Otros historiadores, como la estadounidense Úrsula Lamb, estuvieron años buscándolo, pero nunca apareció. Yo tampoco lo he encontrado, sin embargo, me di cuenta que varios eruditos, que lo tuvieron en sus manos desde el siglo XVIII, lo habían copiado parcialmente: Juan Bautista Muñoz en el siglo XVIII anotó los nombres de los nobles alistados, mientras que Fernando Belmonte y Clemente enumeró a los marineros y fray Ángel Ortega en 1925, a los religiosos. Faltaban las personas corrientes que eran la mayoría, pero descubrí que habían formalizado su pasaje ante notario y su registro se podía localizar en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla. Hace unos meses acabé de unir el puzle y hoy ha visto la luz mi nuevo libro, publicado amablemente por la Academia de la Historia de la República Dominicana.

        En él aparecen con nombres y apellidos, empleos, origen social y lugar de nacimiento una buena parte de aquel pasaje. Y no se trata simplemente de nombres sino de los primeros colonos estables del recién descubierto continente americano. Muchos permanecieron, y son los más remotos antepasados de los dominicanos, mientras que otros, se alistaron como conquistadores de Puerto Rico, Cuba, Jamaica y Nueva España. Sueño cumplido; a partir de hoy me tengo que plantear una nueva meta para seguir viviendo.

 

OBJETIVO

         Mi objetivo ha sido recolectar minuciosamente todos los datos fiables que conocemos sobre la escuadra para, a continuación, realizar un análisis detallado de la misma. Es posible que éste sea el único mérito de esta obra, es decir, el de haber recopilado todos los datos que circulaban, la mayoría impresos, en muy distintos ensayos, trabajos de investigación y colecciones documentales. Huelga decir, que el libro puede tener cierto valor mientras no aparezca el libro de armada porque cuando eso ocurra –si ocurre-, su trascendencia será meramente anecdótica, aunque eso sí, sabremos exactamente cuántas de mis hipótesis eran ciertas.

 

TÍTULO

         La elección del título ha sido meditada; hablamos de colonización frente a descubrimiento y conquista porque, por primera vez, la idea era establecer lo que Juan Pérez de Tudela llamó nuevo poblamiento, de ahí que se premiase con pasaje franco a todos los casados que decidiesen llevar consigo a sus familias. No ignoro que algunas armadas anteriores, especialmente la del segundo viaje colombino, también habían tenido pretensiones colonizadoras, pero nunca hasta ahora se había puesto tanto empeño en asentar la colonización.

         Utilizamos la palabra armada y flota indistintamente, porque también en la documentación se usa de manera sinónima. Sin embargo, pese al mantenimiento del nombre de las Flotas de Nueva España, en adelante se usó más el término armada cuando era una formación de carácter estrictamente militar, y flota cuando se trataba de una comercial.

 

APRESTO

El bullicio que presumiblemente generó debió ser verdaderamente espectacular. La flota de Nicolás de Ovando pretendía asentar de una vez por todas las bases de una colonización estable y próspera al otro lado del océano. Evidentemente, nunca hasta entonces se había concebido ni, por supuesto, despachado una escuadra de tales dimensiones con destino al Nuevo Mundo. Tan sólo la del segundo viaje colombino guardaba ciertas similitudes pero cualitativas no cuantitativas. El objetivo de ambas fue la colonización, aunque el número de barcos, el tonelaje y la cifra de pasajeros fuesen sensiblemente superiores en la jornada de 1502. Por ello, esta escuadra supuso un antes y un después en la colonización española del Nuevo Mundo. Atrás quedaba la fracasada factoría colombina, comenzando desde este justo instante una nueva etapa caracterizada por el deseo de consolidar definitivamente el poblamiento. No en vano, viajaban todo tipo de funcionarios reales, artesanos, profesionales liberales, etcétera. Más exactamente encontramos entre los alistados a oficiales reales, médicos, boticarios, artilleros, carpinteros, aserradores, albañiles, vidrieros, barreros, caleros y, por supuesto, agricultores -todos ellos casados- para nutrir el poblamiento indiano. Asimismo, viajaban un número indeterminado de familias, lo cual respondía a las necesidades de la nueva política de colonización.

Dicha flota tuvo una importancia excepcional por varios motivos:

Primero, porque fue la mayor empresa colonizadora preparada hasta esos momentos por Castilla.

Segundo, porque fue la primera aprestada en Sevilla, ciudad que comenzaba a configurarse como la metrópolis del comercio indiano, en detrimento de los puertos onubenses y gaditanos, como se confirmaría solo un año después con la fundación en aquella ciudad de la Casa de la Contratación.

Y tercero, porque su organización fue modélica, hasta el punto que se convirtió en punto de referencia para otras posteriores, como la de Diego Colón de 1509 o la de Pedrarias Dávila de 1513.

         De hecho, Carmen Mena ha destacado los paralelismos entre ambas armadas: el mismo tipo de navíos -naos y carabelas-, la implicación real, el nombramiento de una burocracia estatal o la fecha de partida en febrero con una diferencia de trece días entre una y otra. Para colmo, el azar quiso que a las dos le sorprendiera una tormenta en el trayecto a las Canarias, siendo mínimos los daños en ambos casos.

 

APORTES

        El libro contiene tres aportes fundamentalmente:

 

Uno, el listado fiable de pasajeros un total de 476 de los aproximadamente 1.500 que transportó. De ese listado salen a relucir dos novedades: uno, que la mayoría eran andaluces (50%) mientras que los extremeños apenas suponían el 13,10 %. Eso sí sobre esta minoría extremeña el Comendador Mayor depositó buena parte de las responsabilidades de gobierno.

Dos, que el pasaje se limitó a unas 1.500 personas y no 2.500 como se ha afirmado hasta nuestros días. Hacemos diversos cálculos del tonelaje y de la capacidad de carga para dejar demostrada esta cifra.

Y tres, que la empresa fue fundamentalmente privada y no Real como se había creído. La Corona se limitó a su organización y al apresto de un tercio de los buques para dar cabida a sus funcionarios y a los religiosos. El resto corrió por parte de la iniciativa privada. Comenzaba así una carrera comercial capitalista que dura hasta nuestros días

 

GANADORES Y PERDEDORES

         Las cosas no fueron fáciles en los primeros momentos, pues, de hecho, en los meses inmediatamente posteriores a la arribada pereció, de hambre y enfermedades, casi la mitad de la expedición. Sin embargo, la política pobladora de Ovando no tardó en dar sus frutos. Para la Metrópolis, el gobierno indiano de Nicolás de Ovando no pudo ser más satisfactorio pues encontró una isla al borde la ruina y dejó tras sí una colonia consolidada que sirvió de referente para toda la colonización española en Ultramar. Durante su gobierno se consolidó un modelo de organización, centralizado en Santo Domingo, que sirvió de referente para toda la colonización española de Ultramar. No en vano, fue durante su administración cuando se fundaron los primeros hospitales, se diseñó el primer urbanismo y se asentaron los fundamentos de un nuevo orden económico y social que, con muy pocas variantes, pasó luego a todo el continente americano. En los ocho años que estuvo al frente de la gobernación de las Indias no sólo impuso definitivamente la autoridad real en la isla sino que expandió las exploraciones a otras islas del entorno. Por tanto, su logro fue doble: primero, porque despejó todas las dudas sobre la rentabilidad de los nuevos territorios incorporados a la Corona de Castilla. Y segundo, porque creó un sistema colonial que mutatis mutandis tuvo una vigencia de más de tres siglos en la América Colonial. En 1509, llegó a la Española el segundo Almirante, Diego Colón, para sustituirlo al frente de la administración de la Española. En general la despedida fue lamentada por una mayoría de españoles. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo citaba el hecho con las siguientes palabras:

       

        Se dijo muy público que le había pesado al Rey por le haber removido del cargo, porque acá le echaron luego (de) menos y le lloraban muchos. Y si no se muriera desde a poco tiempo después que de acá fue, se creía que el Rey le tornara a enviar a esta tierra...

 

El Comendador Mayor zarpó de Santo Domingo el 17 de septiembre de 1509 en una flota que iba a las órdenes de Hernando Colón. Casi dos meses después, y concretamente en noviembre de ese mismo año, arribó al puerto de Lisboa. Desde la capital lusa escribió al Rey a la par que emprendía el viaje hacia la Corte. Atrás dejaba una colonización próspera y una isla en pleno apogeo minero.

        Bien es cierto que también hubo perdedores; para los pobres taínos, la llegada del Comendador Mayor supuso la aniquilación de toda esperanza de supervivencia. Su éxito como poblador y colonizador tuvo un altísimo e irreversible coste: la rápida aniquilación de la población aborigen que, en poco más de dos décadas, entró prácticamente en vías de extinción. Y ello más bien debido a las enfermedades, a la extenuación laboral y a la desnutrición que a las guerras. Asimismo, hubo otros daños que apenas han sido analizados hasta la fecha: comenzó un proceso de alteración ecológica, producido por la introducción de animales y plantas de la vieja Europa. Ello provocó la extinción de numerosas especies vegetales y animales autóctonas. Las talas indiscriminadas de las décadas posteriores, para alimentar las calderas de los ingenios, hicieron el resto. A finales de los años veinte, la catástrofe ecológica estaba prácticamente consumada.

        Dicho esto, conviene también recordar que el Comendador Mayor fue un hombre de su tiempo que se comportó de la manera que todos esperaban que se comportase. Además, cumplía órdenes estrictas y muy claras: debía someter cualquier insurgencia y dar viabilidad a la colonia. Era un soldado de la reina, un hombre leal que sabía bien que su único objetivo debía ser cumplir con lo que se esperaba de él, a cualquier precio. ¿Qué otra cosa podía hacer?, ¿debía perder la guerra?, ¿debía fracasar en sus objetivos y dar por perdida la colonia?, ¿debía defraudar a los Reyes Católicos? Pues no; se comportó como un fiel e incorruptible servidor de los intereses de la Corona y de la Iglesia. En el servicio de la Reina y de Dios empleó todas sus energías. Un pensamiento y una forma de actuar que resultan más o menos éticos si lo contextualizamos en la época que le tocó vivir.

        De regreso en la Península, sobrevivió un par de años, sin disfrutar de un verdadero reconocimiento por parte de la Corona, que no supo compensarle en la medida de lo que había recibido de él. Retornó a la sede de la encomienda mayor de su Orden, hasta que, un tiempo después, concretamente el 26 de febrero de 1511, fue llamado por Fernando el Católico para que le acompañase en una expedición contra los bereberes del norte de Africa. La intención última era que la orden alcantarina fundase un convento suyo en Bujía. La expedición no se llegó a realizar y el Rey aprovechó la estancia en Sevilla de varios miembros de la cúpula rectora de la orden para celebrar capítulo general. Éste se inició el 8 de mayo de 1511, y el día 29 del mismo mes y año moría inesperadamente en tales actos. Su cuerpo fue trasladó al Monasterio de San Benito de Alcántara, donde inicialmente fue inhumado en una modesta sepultura. Unas décadas después se labraría un majestuoso sepulcro en alabastro, por el escultor Pedro de Ibarra, donde actualmente reposan sus restos.

 

APÉNDICES

         Lo más valioso del libro son a mi juicio los ocho apéndices que he incluido al final del texto. En ellos se encuentra la información básica sobre la que he cimentado mi análisis. El primero tiene, a mi juicio, un valor extraordinario ya que es la primera relación alfabética documentada de los pasajeros. Se trata de un listado con cerca de medio millar de personas cuya presencia en la flota es segura o muy probable. Está confeccionada con todo el material documental e impreso disponible hasta la fecha. Hemos excluido de la lista a todo aquel sobre el que teníamos dudas fundamentadas, incluyéndolos en el apéndice II. Los apéndices III, IV y V no tendrían ningún valor si se conservase el libro de armada, hasta el presente extraviado. Se trata de tres extractos que realizaron otros tantos historiadores, de ahí su interés. El apéndice III es una interesante relación que elaboró, en el siglo XVIII, el célebre erudito y archivero Juan Bautista Muñoz y que nos aporta infinidad de detalles sobre los pasajeros y la cargazón. En el apéndice IV, reproducimos otro extracto, en esta ocasión redactado en 1886 por Fernando Belmonte y Clemente, que se centra fundamentalmente en los navíos y en la tripulación. Y finalmente, en el apéndice V, incluimos otro resumen que publicó fray Ángel Ortega O.F.M. sobre los franciscanos que viajaron en la misma y los enseres que llevaban. Las tres minutas son complementarias y suplen en buena medida la ausencia del tantas veces citado –y añorado- libro de armada. En el apéndice VI, presentamos una extensa relación de todos los trabajadores que viajaban con contrato laboral, especificando sus condiciones. En el apéndice VII, reproducimos el registro de la nao Santa Catalina que zarpó del puerto de Santo Domingo en septiembre de 1505. En dicha relación se incluyen los nombres de algunos recién llegados que enviaban a Castilla diversas partidas de oro, algunas muy cuantiosas. Y finalmente, en el apéndice VIII, elaboramos un listado fiable de aquellas personas que permanecieron en la isla, retornaron a la Península o marcharon a otros lugares. En base a este registro, ofrecemos algunas reflexiones en el texto.

 

AGRADECIMIENTOS

         Antes de acabar estas palabras preliminares quisiera mostrar mi agradecimiento a las personas e instituciones que me han ayudado en su desarrollo.

-En primer lugar al personal del Centro de Estudios Andaluces que me dieron todas las facilidades para acceder al valioso Fondo Otte que ellos custodian.

-A la Academia Dominicana de la Historia y muy en particular a su entonces presidente Frank Moya Pons, por su amabilidad al aceptar desde el primer momento y de buen grado mi propuesta para publicar este trabajo por la institución que él presidía.

-A la Fundación Obra Pía de los Pizarro, por la ayuda y cobertura que siempre presta a cualquier evento relacionado con América o la conquista y que tan importante labor está ya realizando en Extremadura.

-Al Excmo. Ayuntamiento de Brozas, tanto a su alcalde como a Isidro, técnico de cultura, por acoger con entusiasmo esta presentación.

-Y a personas concretas, especialmente a mi buen amigo el doctor Genaro Rodríguez Morel, siempre atento a ayudar a cualquier investigador que quiera trabajar cualquier tema relacionado con la historia de su querido país, la República Dominicana.

-También, conté con la ayuda desinteresada de la Dra. Carmen Mena, una de las mayores especialistas en la colonización temprana de América, y que respondió puntualmente a cuantas preguntas le hice sobre la armada de Pedrarias y sus similitudes o diferencias con la de 1502.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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MUJERES ESCLAVAS Y ABOLICIONISTAS EN LA ESPAÑA DE LOS SIGLOS XVI AL XIX

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MARTÍN CASARES, Aurelia y PERIÁÑEZ GÓMEZ, Rocío (Eds.): Mujeres esclavas y abolicionistas en la España de los siglos XVI al XIX. Madrid, Iberoamericana, 2014, 265 págs.

 

        Este libro reúne una decena de trabajos relacionados con la esclavitud femenina entre los siglos XVI y XIX. Se estructura en dos grandes bloques: el primero dedicado a las mujeres esclavas y, el segundo, al análisis de la obra de las primeras mujeres comprometidas con la literatura antiesclavista.

        Carmen Fracchia y Luis Méndez Rodríguez se ocupan de la representación de las esclavas en la pintura española. Casos muy concretos porque éstas no fueron nunca, ni podían serlo, sujetos relevantes para los artistas que, en cambio, dedicaron su tiempo a pintar composiciones religiosas para las instituciones eclesiásticas y paisajes, bodegones y retratos para la élite. No obstante, nos han quedado algunos ejemplos excepcionales como el cuadro “La mulata” atribuido al célebre pintor de cámara de Felipe IV, Diego Velázquez. En él, como no podía ser de otra forma, aparece una mujer de color con mirada bondadosa y sumisa, como aceptando su condición. Y es que ésta era la mayor virtud que se esperaba de una aherrojada.

        Interesantísimo es el trabajo firmado por la Dra. Martín Casares sobre el mundo laboral de las esclavas. En unas páginas esclarecedoras demuestra que estas empleadas de hogar forzosas eran trabajadoras rentables para sus dueños, pues realizaban una multitud de trabajos, a veces especializados, como planchadoras, cocineras o lavanderas. También, dependiendo de las circunstancias, las encontramos ejerciendo de nodrizas, o cuidando enfermos. Otros servicios domésticos no siempre se producían dentro del hogar del dueño o de la dueña, pues con frecuencia la esclava acudía al mercado a comprar vituallas, actuaba de moza de recados o incluso de dama de compañía de su dueña.

También existía la posibilidad de alquilar sus servicios a otra familia percibiendo el dueño todo o parte del dinero obtenido por su esclava. Estos salarios por el alquiler del trabajo vuelven a verificar el alto valor económico del servicio domestico. Además, habría que sumar el repugnante uso sexual que algunos dueños hacían de sus aherrojadas así como la posibilidad de procrear nuevos esclavos. Todo ello, determinaba un mayor valor en el mercado que el esclavo de sexo masculino.

        Bernard Vincent analiza la devoción que profesaban a Santa Ifigenia y en menor medida a San Elesbán, dos santos negros. Estos, junto a San Benito de Palermo y a San Mateo –que predicó en Etiopía-, son algunos de las advocaciones más veneradas por los esclavos y libertos. La mayor parte de las imágenes de estos santos que se conservan en España eran propiedad de antiguas cofradías de negros, como la de los Negritos de Sevilla o la de Nuestra Señora de la Salud, San Benito de Palermo y Santa Ifigenia de la iglesia parroquial de Nuestra Señora del Rosario de Cádiz.

        Sobre la liberación de esclavos tratan los trabajos de Alessandro Stella y Rocío Periáñez. Concederles la libertad –también llamada ahorría- dependía exclusivamente de la voluntad del propietario. En algunos casos fue totalmente altruista, bien por haberse criado la persona en cuestión en casa de su señor o por haberlos servido fielmente durante largo tiempo. Con cierta frecuencia se deja dispuesta su libertad en el testamento del dueño como un acto de caridad más. Sin embargo, esta caridad era limitada pues, como bien explica Rocío Periáñez, el esclavo era una inversión en una fuerza laboral a la que el dueño no quería renunciar. Por ello, hay muchos casos en que la libertad se concede después de haber pagado un “rescate”. Incluso, según la Dra. Periáñez, algunos amos inflaban el precio cuando sabían que había un marido enamorado o una madre empeñada en conseguir la libertad de su esposa o de su hija. Otras veces se les concedía la libertad pero con condiciones, que podían ir desde servirlos por un período de tiempo determinado, que no se pudiesen desposar o que sirviesen a la otorgante y a sus hijos mientras estos viviesen. Esta última era tan gravosa que probablemente el aherrojado moría antes de haber conseguido su libertad. Muchas, una vez conseguida la libertad, quedaban como criadas de sus antiguos dueños, desempeñando prácticamente el mismo trabajo. Eso lleva a la Dra. Periáñez a plantearse si les compensaba la obtención de la libertad, a lo que ella misma responde, que sí, pese a la penosa situación en la que se encontraban. Y es que ya lo decía Miguel de Cervantes: “la libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos…”

        En el segundo bloque del libro se incluyen cuatro trabajos referidos a mujeres antiesclavistas y abolicionistas, firmados sucesivamente por Marie Christine Delaigue, Arturo Morgado, Carmen de la Guardia y Enriqueta Vila. Sin duda, la pionera fue Gertrudis Gómez de Avellaneda cuya novela “Sab”, publicada en 1841, se adelantó una década a la famosa obra de la norteamericana Harriet Beecher Stowe, “La Cabaña del Tío Tom”. Sorprende la crítica que hace de la situación de la mujer que a su juicio es peor que la de los esclavos porque ésta estaba siempre sometida a su marido, mientras que estos podían cambiar de dueño o comprar su libertad.

        En definitiva, estamos ante un libro valioso que aporta datos y reflexiones novedosas sobre las mujeres esclavas y las escritoras abolicionistas. Dos caras de una misma moneda, las sometidas y las que encontraron la posibilidad de luchar con su pluma en defensa de la libertad.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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