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CONGRESO INTERNACIONAL LOS DESCENDIENTES DE ANDALUSÍES MORISCOS EN MARRUECOS, ESPAÑA Y PORTUGAL

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AITOUTOUHEN TEMSAMANI, Fatima-Zahra (Coord.): Congreso Internacional los descendientes Andalusíes “Moriscos” en Marruecos, España y Portugal. Tánger, Fundación Al-Idrisi, 2014, I.S.B.N.: 978-9954-9484-0-0

 

        Acaba de caer en mis manos el libro impreso de las Actas del I Congreso Internacional de descendientes Andalusíes, aunque ya se han publicado en CDROM las del II Congreso, celebradas en abril de 2015 en Ojós (Murcia). El libro recoge las aportaciones presentadas en ese evento celebrado en Tánger en 2013, por profesores de distintas universidades del norte de África y de Europa. La mayor parte de las ponencias están en castellano, pero también las hay en francés, portugués y árabe.

        Muy interesante es el estudio preliminar del Dr. Ahmed Tahiri, en el que plantea la necesidad de sustituir el término morisco por el de andalusí. Y es que el término morisco tiene un matiz peyorativo y fue impuesto por los “cristianos viejos” para señalar, identificar y marginar a los cristianos nuevos. Ellos nunca se autodenominaron moriscos sino andalusíes, y esta es la denominación que a su juicio debe prevalecer. Se trata de un detalle en el que no había caído y que demuestra hasta qué punto los verdugos consiguieron imponer una denominación que todavía usa la mayor parte de la historiografía en pleno siglo XXI. Por tanto, su nombre era andalusíes y además me permito añadir que no fueron expulsados sino expatriados.

        La ponencia de Amparo Sánchez Rosell, del Centro Cultural Islámico de Valencia, se refiere a su propia familia y cuenta experiencias personales. Pese a ello me ha impresionado como en su familia perduraron generación tras generación determinadas costumbres, ya sin saber o ser consciente de su origen andalusí. Costumbres tan típicas como lavarse específicamente los pies de manera recurrente y que le llevaron a descubrir su descendencia morisca, pues su familia paterna era oriunda nada menos que del valle de Ricote. Y digo que el aporte es interesante pues evidencia como muchas de estas familias ocultaron sus orígenes, pero mantuvieron en el interior de sus hogares determinadas costumbres.

        El aporte del Dr. Mohamed Khattabi se centró en la influencia de estos andalusíes en la arquitectura mudéjar americana. Es bien sabido que muchos de ellos consiguieron emigrar a las Indias, dejando su influjo en la cultura y el arte al otro lado del océano.

        El profesor Trevor J. Dadson abundó en un tema en él que ha sido pionero, el de la permanencia y el retorno de muchos andalusíes del Campo de Calatrava. El problema fundamental que tuvieron que afrontar una vez retornados fue de pura supervivencia, pues sus bienes habían sido enajenados y vendidos. Debieron esperar para litigar por ellos, temiendo que eso delatase su retorno y se produjese una nueva orden de expulsión. Lo realmente sorprendente es que por la persistencia de Pedro de Yébenes “el Ciego” consiguieron que en 1627 Felipe IV les confirmase sus antiguos privilegios, reconociendo que descendían de musulmanes convertidos después de la toma de Granada. Parece increíble que Felipe IV actuase contra lo decretado por su padre entre 1609 y 1614.

        Antonio Manuel Rodríguez Ramos, explica la necesidad de restituir el daño realizado contra decenas de miles de españoles conversos. Se trata de una restitución moral, concediéndoles la nacionalidad española a los descendientes del genocidio que logren acreditarlo. Así se ha hecho hace solo unos meses con los sefardíes y es de justicia que también se extienda a los andalusíes. Es más, creo que es un agravio comparativo que se les haya concedido a unos y no a los otros, cuando sufrieron una exclusión y un cadalso similar. También es necesario poner en valor el legado que esos andalusíes nos dejaron, en la lengua, en la economía, en el folclore popular, en la cultura y en las artes no solo en España sino también en América y en el Magreb.

        En estas líneas tan solo he querido ofrecer una muestra de algunas de las ideas que más me han llamado la atención de esta obra. Obviamente, los aportes de los ponentes y comunicantes van mucho más allá de lo que se pueden incluir en una breve reseña como ésta. Una lectura muy recomendable no solo para los especialistas en la cuestión morisca sino para todos los interesados en la historia social de Europa, América y África.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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GENOCIDAS, CRUZADOS Y CASTRADORES

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IZARD, Miquel: Genocidas, cruzados y castradores. Terror y humillación en nuestro pasado. Madrid, Los Libros de la Catarata, 2015, 238 págs. I.S.B.N.: 978-84-9097-021-8

 

Nueva entrega del maestro de historiadores Miquel Izard que en esta ocasión nos sorprende con un ensayo en el que compara la conquista de América y la guerra civil y la postguerra. Hay que recordar que el profesor Izard ha sido a lo largo de toda su carrera un historiador combativo y apasionado; su obra no ha dejado indiferente a nadie porque sus posiciones y su lenguaje han sido siempre contundentes. De él aprendí que el trabajo de cualquier historiador que se precie debía ser doble: por un lado, dar voz a los oprimidos, a los vencidos a los eternamente olvidados, y por el otro, desenmascarar los mitos de la historia tradicional. Y eso solo se consigue otorgando el protagonismo a la masa anónima, a esos millones de personas que, como diría Michel Vovelle, no han podido pagarse el lujo de una expresión individual. Hacer historia implica necesariamente reconstruir el pasado nunca escrito de los eternamente vencidos pues, como afirmo Walter Benjamin, si la situación no da un vuelco definitivo, tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo, un adversario que no ha cesado de vencer. Y esta afirmación en el caso que nos ocupa es axiomática, pues, como demuestra el profesor Izard, a los vencidos no solo les robaron sus vidas sino también su memoria. Los que hoy pretenden pasar página mediante el olvido ignoran que una herida de esta magnitud solo se puede cerrar destapando la verdad, por dura que ésta sea. No puede ser, como muy bien indica el autor, que un país como España, encabece el ranking mundial de desaparecidos, solo superado por Camboya.

Uno de los aspectos más novedosos de esta obra es la comparativa que hace entre los cruzados de la conquista de América y los de la Guerra Civil y la Postguerra. En ambos casos hubo matanzas, así como vencedores y vencidos; en la primera europeos e indios y en la segunda fascistas y rojos. Y en ambos episodios se escamoteo el pasado, usando términos del propio Izard, convirtiendo sendos genocidios en dos cruzadas gloriosas. Tras la victoria se produjo el reparto del botín, es decir, el prorrateo de cargos políticos, cátedras, titularidades y puestos de responsabilidad de aquellos que pertenecían al bando vencedor, en detrimento obviamente de los vencidos. Un empobrecimiento en todos los ámbitos, merced a personas que ocuparon altos cargos de la administración o de la empresa privada no por méritos propios sino por filiación política. Un salto atrás en el tiempo que nos recuerda a los rancios estatutos de limpieza de sangre que coartaban el acceso a la administración a todo aquel que no fuese cristiano viejo.

Es cierto que en el período que transcurrió entre febrero y julio de 1936 hubo una grave crisis de convivencia, así como detenciones ilegales de derechistas. Pero, como ha escrito Francisco Espinosa, no sabemos aún hasta qué punto las amenazas y los intentos de golpe de estado, que empezaron en 1931, provocaron reacciones violentas entre los republicanos para así obtener la cobertura ideológica necesaria para emprender el alzamiento definitivo. Efectivamente, en la zona gubernamental se produjeron excesos y matanzas de inocentes. Sin embargo, la diferencia fundamental es que mientras estos desmanes fueron obra de personas o de grupos de incontrolados, los nacionales urdieron un plan sistemático de exterminio del adversario político. Y prueba de esta premeditación es que allí donde triunfaba el alzamiento, le seguía la represión, variando tan sólo la intensidad de la misma, dependiendo de las circunstancias. Y es que, como ha escrito Josep Fontana, el objetivo del golpe depurador estaba claro. Había que aniquilar todos los elementos de la sociedad española que habían servido para articular aquella alternativa reformista iniciada en 1931 y que el triunfo electoral de 1936 volvía a poner en marcha. En cualquier caso no se trata solo de interpretaciones pues basta con leer las afirmaciones de algunos de estos cruzados, para verificarlo. El profesor Izar reproduce algunas locuciones del general Queipo de Llano que explicitan muy bien el talante de estos nuevos salvadores de la patria: ¿Parlamentar? ¡Jamás! Esta guerra tiene que terminar con el exterminio de los enemigos de España… Yo veo a mi padre en las filas contrarias y lo fusilo. Ésta era la justicia de Queipo, usando otra vez palabras del historiador Francisco Espinosa.

Otra idea mil veces repetida y que debemos matizar es la que afirma que hubo bajas en ambos bandos. Y lo digo porque encubre otra realidad, es decir, que cayeron muchos más republicanos que nacionales. Y ello sin contar con algo mucho más difícil de evaluar que vino después: los abusos velados de los vencedores hacia los vencidos que se prolongaron durante décadas. Por ello, tras la represión física llegaron la contrarreforma agraria, que empobreció aún más a los desheredados, y las relaciones asimétricas con los supervivientes, entonces llamados braceros, gañanes, jornaleros o directamente rojos. Algo que ya nos impresionó en la obra de Miguel Delibes, Los Santos Inocentes y que desgraciadamente, como se observa en este libro, no fueron hechos aislados.

La posición de la iglesia fue muy clara, proporcionando la necesaria cobertura ética a la insurrección militar, a la que calificó de cruzada cristiana. La guerra no enfrentaba a golpistas y a republicanos sino a buenos y a malos, los primeros encarnación de la providencia divina y los segundos marxistas, inspirados por el mismísimo diablo. La Virgen, el Sagrado Corazón de Jesús y el resto de la corte celestial, cómo no, eran monárquicos y, por tanto, estaban con los nacionales. Lo mismo el alzamiento que la guerra y la represión posterior estuvieron bendecidos por el altar y por Dios.

Una vez perpetrado el genocidio urgía montar una buena coartada que resultase creíble a las generaciones venideras. Empezaron eliminando todas las pruebas documentales que pudieron –los archivos del terror como les llama Izard- y, después de tres décadas machacando con lo mismo, se impuso una gruesa losa de mentira que creo ha llegado el momento de romper. Difundieron –exitosamente por cierto- hechos supuestamente perpetrados por el bando republicano que nunca ocurrieron o que sucedieron muy puntualmente: amputaciones de miembros, torturas, violaciones, exclaustraciones de monjas, quema de iglesias, etc. Y la excusa más reiterada para justificar sus propias atrocidades: ellos hubiesen hecho lo mismo si hubiesen ganado la guerra. Bueno, no lo podemos descartar, pero no ocurrió y nunca podremos saber si hubiera sido así o no.

Asimismo, tras la victoria pasaron a construir una nueva patria ultranacionalista, tradicionalista y católica. Para ello era fundamental contar con mujeres adoctrinadoras en el hogar y con una escuela vinculada al régimen. Lo primero que hicieron fue desmontar rápidamente la escuela republicana, realizando una dramática purga entre los enseñantes, comenzando por el cuerpo de maestros y profesores de secundaria y terminando con los de la Universidad. Todo aquel que hubiese mostrado alguna inclinación o simpatía hacia la república o simplemente hacia el ideario liberal era una posible cabeza de turco. Unos fueron fusilados y otros consiguieron escapar al exilio. Pero la cosa no quedó ahí; el franquismo asumió desde un primer momento la idea falangista de la revolución social, poniendo en marcha una verdadera contrarrevolución educativa. Ésta sólo se podía llevar a cabo a medio plazo, educando a los jóvenes en la ideología Nacional-Catolicista. A la caza de brujas que supuso la depuración de educadores, siguió el expurgo de las bibliotecas escolares, eliminando todas aquellas publicaciones que no fuesen acordes con el nuevo espíritu que ellos llamaban revolucionario pero que en todo caso era contrarrevolucionario. El círculo se cerró con una férrea censura, supervisada por la Iglesia, sobre las publicaciones, los periódicos, el cine, la televisión, el teatro, etcétera. La democratización y la universalización de la escuela, que con tanto ímpetu pretendiera implantar la II República, eran ya agua pasada. La nueva educación se basaría en una visión conservadora y patriótica de la historia nacional.

Las historias que narra Miquel Izar sobre las cárceles de mujeres y los orfanatos, conmueven. Las mujeres y los niños, esposas e hijos de los vencidos, constituían el segmento de población más vulnerable y sufrieron con rigor la larga dictadura. Durante el dilatado período franquista fueron maltratadas decenas de miles de mujeres y niños pues a fin de cuentas los vencedores interpretaban que eran personas descarriadas, contaminadas por ideales incompatibles con la el nuevo régimen que pretendían construir. Se les amedrentó para que escondieran su propia memoria en lo más profundo de su alma, aceptando o aparentando aceptar la nueva ideología de los vencedores, de los mismos que habían asesinado a los suyos.

Duele comprobar que la España democrática, la misma que con orgullo se dedicó durante años a juzgar genocidios internacionales ocurridos muy lejos de nuestras fronteras, tenga tantos muertos escondidos y haya corrido un tupido velo de silencio sobre ellos. Creo que los españoles estamos ya preparados para conocer la verdad, sin venganzas y sin rencores. Simplemente se trata de desvelar la magnitud del genocidio y de restaurar el honor a decenas de miles de personas y sus familias que fueron asesinadas y maltratadas durante décadas por el simple hecho de simpatizar con la república o de no ser afectos a los alzados. En la Transición se cometió el error de vincular la reconciliación al olvido lo cual, según Izard, es una constante en todas las dictaduras, es decir, que tras su desaparición afloran los organizadores del olvido. Pero esto nunca debió hacerse así y menos aún, como escribió Francisco Espinosa, que la amnistía se extendiera a la historia. El libro de Miquel Izard desafía a la Memoria Oficial al tiempo que contribuye de manera muy notable a reconstruir el pasado escamoteado y a hacer justicia a los eternamente vencidos.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

 

(Reseña tomada del prólogo la obra, escrito por mí)

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LOS MORISCOS MUDÉJARES DE PLIEGO

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PASCUAL MARTÍNEZ, José: Los moriscos mudéjares de Pliego: origen y expulsión de una comunidad. Murcia, Editum, 2014, 370 págs. I.S.B.N.: 978-84-16038-31-2

 

        Este libro sobre los andalusíes moriscos de la villa de Pliego, Murcia me ha sorprendido gratamente. Y me ha sorprendido tanto por el amplio manejo de fuentes documentales y bibliográficas que exhibe el autor, como por la cantidad y trascendencia de sus aportes.

        En general, el proceso de expulsión de los moriscos andalusíes murcianos fue singular, pues duró casi un lustro, permitiendo la permanencia o el retorno de un gran número de los expelidos. Y ello porque su nivel de integración con los cristianos viejos era mayor que en otras partes de la Península, como Valencia o Granada. La carta del Común de Murcia a favor de los mudéjares de Pliego, fechada el 4 de abril de 1610, que el autor reproduce en el anexo II es muy significativa al respecto: manifestaban el sentimiento que en la villa había causado el bando de expulsión porque eran todos buenos cristianos y leales a la Corona. Pese a que estaban integrados y no mantenían costumbres, lengua ni indumentaria de su pasado mudéjar, muchos de ellos –no todos- se vieron implicados en el edicto de destierro del 19 de octubre de 1613. En esta fecha se comisionó al conde de Salazar para que viajase al Reino de Murcia y organizase la expulsión de los moriscos del valle de Ricote. Para llevarla a cabo dispuso del apoyo de Pedro de Rocaful, sargento mayor de la milicia del reino de Murcia, así como del alguacil Diego de Marta, Hernando de Parrilla y Juan Ruiz. Los días 17 y 18 de diciembre de ese mismo año se cumplimentó la orden, siendo encaminados al puerto de Cartagena.

        Ahora bien, lo que hay que descartar de nuevo es que expulsaran a todos o a casi todos los andalusíes. En el caso de Pliego, el autor demuestra que muchos eludieron el destierro y otros regresaron. Más de la mitad de los moriscos andalusíes de Pliego consiguieron eludir la expulsión, pues el descenso entre 1611 y 1631 lo ha cifrado el autor en el 26,59 % según las listas de expulsados o en el 40,07 según los censos. Los vecinos de Pliego ingeniaron todo tipo de estratagemas para eludir el bando de expulsión. Muchos se ausentaron de la villa el mismo día del bando o en los inmediatamente posteriores por lo que no pudieron ser localizados para ejecutar la expulsión. Pero hay un dato que me ha impresionado por su magnitud: el mismo día 21 de diciembre de 1613 cuando los expulsos debían marchar al destierro se celebraron en la parroquia de Santiago Apóstol de Pliego ¡43 matrimonios!, todos ellos concertados para evitar la expatriación. Salvo en un caso, todos los varones contrayentes eran cristianos viejos o mudéjares excluidos de los bandos de expulsión. Pero hay más, en el año comprendido entre el 21 de diciembre de 1613 y finales de 1614, cuando se produjo el último bando de expulsión, se celebraron en una villa que apenas superaba el millar de habitantes ¡98 matrimonios!

Se trata de una práctica que todos conocíamos, la de féminas que se desposaron con cristianos viejos para eludir el cadalso. En otras villas murcianas también se produjo pero en menor medida, como en Mulas con diez esponsales o en Blanca con 21 matrimonios entre diciembre de 1613 y enero de 1614. Pero el caso de Pliego es singular por la magnitud y por el descaro con las que estas desesperadas mujeres se casaron con el primero que encontraron para evitar el cadalso. Muchos de los forasteros que acudieron a Pliego a desposarse con las andalusíes no lo hacían por motivos altruistas sino atraídos por las posesiones que los padres expulsos dejaban a sus hijas. Como dice el autor, el elevado número de enlaces puede ser indicativo del alto poder adquisitivo de estos moriscos andalusíes de Pliego.

Hay casos curiosos y dramáticos como el de María de Montoya que concertó su matrimonio con Juan de Zafra, con la idea de eludir el bando. Pese a tener las amonestaciones y todos los trámites en regla, al final éste no se quiso desposar. Para evitar in extremis el cadalso se encontró con un “pobre hombre” llamado Francisco de Ávila, natural de Mallorca, y le suplicó que enlazara con ella, fingiendo ser Juan de Zafra, dada la urgencia del desposorio. Así evitó el destierro. Sin embargo sus penalidades no acabaron ahí. Francisco de Ávila no tardó en desaparecer por lo que el 29 de agosto de 1616 se casó de nuevo con Francisco de Toro, natural de Totana. Fue descubierto su doble matrimonio y condenada por la Inquisición a pasearla como rea por las calles del pueblo y a una pena de cuatro años de destierro. No fue el único caso, en 1621 fue condenado un tal Luis Ballesteros porque, pese a estar casado en la villa de Santiesteban, se desposó con una mujer de Pliego llamada Catalina de Leiva que “se echó a sus pies y le dijo que por amor de Dios” que no quería ir a tierra de enemigos.

Los hijos de las familias incluidas en el bando los dejaron con familiares excluidos de la expulsión o con cristianos viejos, concertando el matrimonio presente o futuro de sus hijas, a las que dotaron con los bienes que dejaban atrás.

        Pese a la permanencia de unos y al retorno de otros, es obvio que los decretos de Felipe III supusieron un auténtico drama para estos andalusíes perseguidos y expulsados. Además, fue un desastre cultural y económico para España, pues la rica huerta morisca jamás recuperó su productividad hasta el punto que se decía en relación a la huerta de Ojós (Murcia) que una parcela que antes alimentaba a diez o más moriscos ahora no sustentaba ni a un cristiano por el deficiente aprovechamiento de la tierra de los nuevos colonos. Destapar el drama de esta población morisca perseguida, señala y expatriada, cuya memoria fue borrada de nuestra historia, es otro de los grandes retos de la historiografía actual. El libro de José Pascual Martínez constituye un avance notabilísimo en ese proceso de recuperación de la memoria de estos andalusíes.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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ATRAVESANDO EL DESIERTO

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MANZANERA SALAVERT, Miguel: Atravesando el desierto. Balance y perspectivas del marxismo en el siglo XXI. Barcelona, El Viejo Topo, 2015, 317 págs. I.S.B.N.: 978-84-16288-35-9

 

        Nueva obra del Dr. Miguel Manzanera en la que aborda una historia de la teoría y de la praxis marxista, reconociendo los errores que le han llevado a una profunda crisis, pero destacando sus valores y su utilidad en el presente y en el futuro. Un planteamiento agudo, profundo, denso, serio y certero, en la línea de lo que han defendido en los últimos años otros filósofos e historiadores, especialmente Eric Hobsbawm en su obra Cómo cambiar el mundo, Marx y el marxismo 1840-2011 (Barcelona, Crítica, 2011).

        La doctrina marxista ha significado durante más de un siglo y medio una esperanza para millones de personas. Y pese a su fracaso como praxis política, ha transformado el mundo, pues ni siquiera el capitalismo ha sido el mismo después de su aparición. Efectivamente, el autor reconoce que ha fallado a la hora de conseguir establecer un mundo más justo para todos. Pero no se queda solo en el reconocimiento de estos errores sino que hace una profunda reflexión autocrítica, con el objetivo último de que esta evolución le permita seguir siendo una ideología útil en el siglo XXI.

        Tras el fracaso de los regímenes comunistas de la Europa del este y la posterior caída del muro de Berlín y de la URSS se habló de la muerte de Marx. La burocracia estatalizada de la era estalinista se cargó la democracia proletaria de los soviets, mientras que el sectarismo radical del partido comunista hizo el resto, ante “su incapacidad para establecer un diálogo con todas las corrientes sociales”. Este fracaso del socialismo real terminó por desprestigiar toda la doctrina marxista que quedó arrinconada como una ideología obsoleta, fracasada e inútil. Como contrapartida, el neoliberalismo conseguía imponerse a escala planetaria, implementando una explotación intensiva de los recursos del planeta Tierra y agudizando las diferencias entre norte y sur y entre ricos y pobres.

        Sin embargo, la última crisis del capitalismo, que comenzó en el año 2008, ha puesto de manifiesto que el neoliberalismo es una praxis peligrosa que puede llevarnos a medio plazo al colapso civilizatorio. La crisis es estructural porque la expansión consumista ha superado la capacidad del planeta de satisfacer esas necesidades. Marx se pudo equivocar en muchas cosas, sobre todo estimando en exceso la racionalidad humana, pero no en su crítica al capitalismo y en su convicción de que este sistema terminaría destruyendo las dos fuentes principales de riqueza: la tierra y el trabajador. La evolución posterior del capitalismo le ha terminado por dar la razón. Y es que parece obvio que el capitalismo actual, en su fase imperialista, está provocando dos dinámicas extremadamente perniciosas: una, que los ricos lo sean cada vez más y a la inversa, es decir, que los pobres sean cada vez más pobres. Y otra, que la voracidad del mercado, que obliga a un consumismo ilimitado, está esquilmando los recursos del planeta y provocando una verdadera catástrofe ecológica que estará en su momento álgido a mediados de este siglo. Ello unido a las armas de destrucción masiva, a la proliferación de transgénicos que amenazan la diversidad genética del planeta, a los genocidios continuos y a la contaminación del medio pueden terminar provocando el temido colapso civilizatorio. Y es que, como insiste el profesor Manzanera, la base del capitalismo es errónea e irracional porque se basa en el crecimiento continuo e ilimitado cuando los recursos del planeta son justo lo contrario, es decir, limitados. Y mientras todo eso ocurre la mayor parte de la población asiste como espectador impasible a dicho colapso, ubicada en el conformismo y reconfortada con la fe ciega en la tecnociencia, que suponen resolverá todos los problemas presentes y futuros.

        En medio de la actual zozobra del sistema capitalista, se antoja necesaria la inspiración ética del marxismo, como diría el recordado Francisco Fernández Buey. Es necesario superar el modo de producción capitalista y sustituirlo por un nuevo modo de producción que permita nuestra propia supervivencia como especie y la creación de un sistema más justo y equitativo para todos. Ahora bien, para recuperar la credibilidad del materialismo histórico hay que recurrir a las aportes de investigadores marxistas de cuarta generación, como Manuel Sacristán (1925-1985). Éste llevó a cabo una profunda reflexión sobre el comunismo, detectando los errores y proponiendo su renovación práctica, fundamentalmente a través de los movimientos sociales. Y es que merece la pena rescatar la doctrina marxista por sus ideales de justicia social y por su utilidad para explicar los fenómenos históricos en base a la lucha de clases.

        Por tanto queda claro, de acuerdo con el autor, que hay que rechazar el racionalismo productivista actual que cree ciegamente en la tecnociencia para dominar a la naturaleza y cambiarlo por un nuevo racionalismo ilustrado, que se base en la austeridad, en el respeto de los ecosistemas y en la presencia de repúblicas democráticas que mantengan entre ellas un sistema internacional de relaciones pacíficas. Un nuevo orden mundial basado en el respeto mutuo entre los seres humanos y entre estos y las demás especies del planeta. Ahora bien, como reconoce el Dr. Manzanera, no será fácil implementarlo entre otras cosas por la hegemonía de los países capitalistas y del capital y por el aburguesamiento de una parte de la sociedad, bajo el placebo del consumo. Pero antes o después el cambio llegará, voluntario o forzoso, dentro de occidente o fuera, y cuando eso ocurra, la doctrina marxista deberá ser tenida muy en cuenta para construir el nuevo orden.

        Este trabajo de Miguel Manzanera contribuye a revalorizar la doctrina marxista y a darle el sitio que merece en el pensamiento actual, como un modelo coherente y racional de entender la humanidad, muy diferente de la que propone el capitalismo neoliberal. Esta breve reseña mía es solo una reflexión de algunas de las ideas centrales de esta obra. El lector encontrará un análisis mucho más profundo de la evolución de la doctrina y de la praxis marxista, con sus aciertos y sus errores, así como una crítica aguda al sistema capitalista, actualmente en crisis.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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