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LEE MARKS, Richard: Hernán Cortés. El gran aventurero que cambió el destino del México azteca. Barcelona, Vergara, 2005, 327 págs. I.S.B.N.: 88-666-2095-8

           El norteamericano Richard Leer es autor de varias novelas, ensayos, e incluso, una obra de teatro. No es especialista en la conquista, ni tan siquiera en Hernán Cortés, aunque vivió un tiempo en México y en España y en esos dos mundos nació su interés por la figura del metellinense.

           El libro está magníficamente redactado y se lee del tirón, haciéndose progresivamente más interesante. A través de las crónicas y del conocimiento del terreno el autor conoce mejor la etapa mexicana del conquistador que la española. Relativiza la crueldad de Cortés, alegando sus intentos reiterados para alcanzar un acuerdo con Moctezuma II, para evitar la guerra y convertirlo en vasallo y tributario de la Corona de Castilla. La narración se desenvuelve como si de una novela histórica se tratase, percibiéndose la vitalidad desbordante y el apasionamiento de Hernán Cortés, a un mismo tiempo comprensivo o cruel, según aconsejasen las circunstancias. Al principio del libro incluye tres mapas, los únicos que aparecen en toda la obra, cuya autora es Claudia Carlson y que tienen un valor extraordinario. Señala con una gran claridad la ruta seguida por las huestes desde Veracruz a Tenochtitlán. Destaca asimismo, el carácter prolífico y mujeriego del metellinense a quien califica de “auténtico semental”. En otro de los mapas representa con detalle la zona lacustre de Tenochtitlán, con las calzadas, y los tres lagos el Texcoco, el Xochimilco y el Chalco.

           A lo largo de las páginas del libro se aprecia la dureza de la conquista, donde tuvieron que derrotar militarmente incluso a los que, solo después de probar los aceros toledanos, aceptaron la alianza con los hispanos. Los mexicas ofrecieron una gran resistencia pese a la parálisis inicial del tlatoani Moctezuma II que pensaba que era el dios Quetzalcóatl y sus hombres que regresaban para acabar con su mundo y establecer una nueva era. Afirma lúcidamente el autor que fue una suerte que no usaran flechas envenenadas y que no lo hacían para evitar contaminar la carne de unos prisioneros que constituían su despensa proteínica.

           En Cholula protagonizaron una gran matanza aunque no hicieron otra cosa que adelantarse a una encerrona en donde pretendían apresarlos para luego enviarlos a Tenochtitlán para ser sacrificados en presencia de Moctezuma. Bien es cierto que ya era suficiente falta de respeto que las huestes llegasen a la ciudad sagrada del valle de México y lo primero que hiciesen fuera pedirles que renunciasen a sus creencias y abandonasen a sus dioses. En esta ciudad dice el autor que murieron entre seis mil y diez mil personas aunque lo más probable es que los fallecidos estuviesen en torno a los tres millares.

           Trepidante es la narración de la subida al cráter del volcán Popocatépetl, que entró en erupción poco después. Éste se encontraba a 6.000 metros de altura y los expedicionarios estuvieron capitaneados por Diego de Ordaz, a quien el emperador le otorgó el derecho de incluir un volcán humeante en su escudo heráldico.

            Los españoles consiguieron entrar en la capital sin disparar ni un solo tiro, siendo hospedados por el tlatoani en el palacio de su padre. Estos quedaron impresionados por la ciudad, especialmente por el mercado de Tlatelolco, frecuentado por sesenta mil personas, entre mercaderes y compradores. La llegada de Narváez a San Juan de Ulúa lo cambió todo, obligando a Cortés a salir de la ciudad y dirigirse a su encuentro. Cuando regresó la ciudad estaba ya en pie de guerra contra los hispanos que tuvieron que salir huyendo en la Noche Triste, donde perecieron más de la mitad de sus efectivos. Eso sí, en la batalla final, la de Otumba, pocos días después, consiguieron derrotar a los mexicas, tras matar a su general, que iba en unas andas, la tropa salió en estampida. Luego comenzaría el cerco de Tenochtitlán, que duró setenta y cinco días, y cayó un 13 de agosto de 1521, festividad de San Hipólito.

Ahora bien, sí que hay que señalar algunos errores de bulto que comete su autor, de más grueso calibre cuando se refiere a las etapas vividas por el conquistador en la Península Ibérica. Citaré algunos de los más llamativos: Afirma que en la Edad Media las España tenía muchos reinos como “Aragón, León, Asturias, Cataluña, Valencia, Zaragoza, Castilla, Toledo y otros” –p. 21-, ignorando que muchos de ellos nunca fueron reinos independientes. Poco más adelante afirma que “cuando nació Hernán Cortés su nombre se inscribió en el libro de bautismo de la iglesia de Medellín”, desconociendo de nuevo que en esa fecha no se registraban todavía los nombres en los libros de bautismo y que en la villa había cuatro parroquias no una como insinúa el autor. Asimismo, hace a los Alvarado de Lobán –por Lobón- cuando hoy sabemos que eran en realidad de Badajoz –p. 51-. Por otro lado acepta clichés cuando dice que Cortés era muy bromista algo que es “un rasgo y un talento español”. Asimismo, afirma que Cortés zarpó de Sevilla con destino a Nueva España a mediados de 1531 cuando hay documentación en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla que demuestra que ese hecho se produjo más de un año antes, concretamente en marzo de 1530. Para finalizar, omite algunas crónicas a mi juicio imprescindibles, como las de Fernández de Oviedo o Pedro Mártir de Anglería, y biografías clave como la de José Luis Martínez, que ya estaban editada años antes de que el autor publicase su obra.

            En general, la obra merece la pena, hay algunas valoraciones muy acertadas y una visión bastante equilibrada del conquistador. Asimismo, el autor posee una pluma ágil que permite una lectura fluida y atractiva.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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