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SANZ CAMAÑES, Porfirio: Los ecos de la Armada. España, Inglaterra y la estabilidad del Norte (1585-1660). Madrid, Sílex, 2012, 443 págs. I.S.B.N.: 978-84-7737-570-8

        Las batallas de la Armada Invencible, Lepanto y Trafalgar han marcado la historia de España en los últimos cinco siglos. Este libro, del profesor Sanz Camañes, tras sintetizar los hechos de 1588, analiza con detalle las secuelas, “los ecos”, de aquella contienda sobre la política internacional hasta avanzado el siglo XVII.

        El conflicto anglo-español se remontaba a principios del siglo XVI, agudizándose a partir de 1560, cuando comenzó a implantarse en Inglaterra el anglicanismo. Las diferencias entre católicos y protestantes en la Europa del siglo XVI terminaron provocando un distanciamiento irreconciliable entre ambos países. Cada vez más, los corsarios ingleses -especialmente sir Francis Drake y John Hawkins- practicaban campañas de saqueo y rapiña en los puertos de la América Hispana, interfiriendo gravemente en el tráfico mercantil. Por eso, desde el tercer tercio del siglo XVI dominaba en la monarquía de los Habsburgo la idea de que era necesario frenar la política isabelina para salvaguardar la seguridad no solo de las flotas y puertos indianos sino de la propia España. Desde 1588 pasaron de la guerra encubierta al enfrentamiento abierto.

            El monarca Prudente juntó en Lisboa una armada de unas proporciones nunca vista, con la que pretendía dar un gran escarmiento a los británicos. El objetivo no era invadir Inglaterra, ni tan siquiera destruir la armada inglesa, sino simplemente asestar un golpe de fuerza que obligase a la reina Isabel a rectificar su política antiespañola. Pero las cosas no salieron según  lo esperado, la armada se vio obligada en el camino de regreso a bordear las islas Británicas, sufriendo todo tipo de penalidades. Un cúmulo de decisiones erróneas que, unido a la mala fortuna, dio al traste con el proyecto de Felipe II. Y aunque nunca fue derrotada por la escuadra inglesa, lo cierto es que lo que no hizo el enemigo se encargó de hacerlo la meteorología. Una serie de tormentas, desencadenadas los días seis, diecinueve y veintidós de septiembre terminaron por desaparejar la armada. No pocos navíos se vieron obligados a arribar a puertos escoceses e irlandeses, corriendo los tripulantes una suerte muy dispar. Algunos fueron acogidos por familias escocesas y regresaron meses después a España pero la mayoría de ellos fueron robados y asesinados, mientras el resto de las naves sufrían hambrunas por falta de víveres, frío y epidemias.

            En total, de los ciento treinta buques solo regresaron sesenta y seis y de los veintiocho mil hombres embarcados tan solo diez mil. La improvisación con la que fue pertrechada, las indecisiones del duque de Medina Sidonia, la incompetencia de Alejandro Farnesio y los desastres atmosféricos convirtieron a la Invencible en uno de los mayores dramas de la historia naval española. España perdió buena parte de su armada así como a muchos de los altos mandos, como Oquendo, Leiva o Moncada. Por cierto, Medina Sidonia, la máxima autoridad de la armada, no solo sobrevivió sino que el rey le mantuvo sus honores, probablemente porque entendió que no hubo cobardía ni defección, lo que sin duda le hubiese llevado al patíbulo.

        Sin embargo, como todos los hechos que pasan al imaginario colectivo, la contienda se ha estereotipado de manera interesada. Y es que como afirma el profesor Sanz Camañes, las repercusiones de la batalla se prolongan en el inconsciente colectivo hasta el mismísimo siglo XXI. Fue la propia Inglaterra la que bautizó torticeramente a la escuadra española como la “Invencible”. Y ello con el objetivo premeditado de ensalzar su propia gesta, asimilando a los ingleses con David y a los españoles con Goliat. Un país pequeño que con tesón y una mayor altura moral fue capaz de derrotar a la tiranía de un gigante. La Leyenda Negra antiespañola hizo el resto. Nada más conocerse la derrota de la armada española, Inglaterra se inundó de panfletos en los que se explicaba la victoria en términos religiosos y providencialistas. Los ingleses tomaban conciencia de su nacionalidad al tiempo que propagaban el inicio de su dominio de los mares y la decadencia del gigante hispano. Y es que, como muy bien afirma el profesor Sanz Camañes, España no solo fue derrotada en el mar sino que perdió también el combate por la propaganda. Inglaterra obtuvo un altísimo rédito de su victoria sobre la escuadra hispana. En cambio, en España apareció una amplia generación marcada por el derrotismo, de ahí que Francisco de Quevedo se lamentase de aquellos muros caídos de su patria.

        Ahora bien, como aclara el autor, la derrota de la Invencible no supuso ese punto de inflexión que la historiografía inglesa ha pregonado. De hecho, tras el envite, a sabiendas de la indefensión de España, la escuadra inglesa realizó una campaña de asaltos sobre puertos españoles que se prolongó hasta 1591 y que acabó en un sonoro fracaso. Y es que España mantuvo la primacía en los mares al menos durante todo el reinado de Felipe II. De hecho, tras el fiasco de 1588, Felipe II comenzó una política agresiva encaminada a consolidar los intereses geopolíticos del imperio. Lo primero que hizo fue reconstruir la flota, creando el servicio de Millones, que implicaba el reparto de los costes entre cada corregimiento, que pagaban en función al número de vecinos. Mucho antes del final de su reinado disponía de un número de navíos y un tonelaje similar al momento anterior a la derrota. Además, diseñó un proyecto de consolidación de la red de fortalezas de las colonias americanas para impedir o al menos frenar los ataques corsarios. Y finalmente, impulsó el corso hispano, practicado lo mismo desde los puertos del norte de España como desde Dunquerque, en Flandes. La monarquía hispana pagaba a los ingleses con su misma moneda.

        Y es que el rey Prudente tenía muy claro algo que, escribiría dos décadas después el conde de Gondomar, embajador español en Londres, que “el que es señor de la mar lo es también de la tierra”. Realmente, el poderío naval español no comenzó a declinar hasta la primera década del siglo XVII. E incluso después de esa fecha, casi hasta el final de la Guerra de los Treinta Años, mantuvo su dominio de los mares, merced a un sistema bastante eficiente de flotas y armadas.

        Sin duda alguna, la derrota de la Armada española, al mando de Antonio de Oquendo, en las Dunas (1639) sí que supuso un punto de inflexión en el dominio español de los mares. No en vano, de la derrota de la Invencible se recuperó pero de la de las Dunas nunca se recobraría totalmente. Las rebeliones internas así como los desastres terrestres y navales externos llevarían a la monarquía hispánica al borde del colapso. Ya en 1641, el embajador inglés en Madrid pudo decir  que “la grandeza de esta monarquía –la hispánica- apunta a su final”.

        La llegada de Jacobo I al trono Inglés y de Felipe III al español, así como el buen hacer del embajador español en Londres, el conde de Gondomar, permitió un amplio período de entendimiento entre las dos potencias. Como dice Porfirio Sanz, la gran habilidad diplomática de Gondomar aproximó más que nunca las posiciones hasta entonces irreconciliables de ambas naciones. El Tratado de Londres (1604) dejó atrás las irreconciliables relaciones del siglo XVI, dando paso a un período de tranquilidad entre ambos países. El principal beneficiario fue sin duda la monarquía hispánica que con la neutralidad inglesa recibía oxígeno, al tiempo que mantenía el control de la mayoría de sus rutas comerciales. Los irlandeses también tomaron oxígeno ante la tolerancia de Inglaterra con los católicos, así como los mercaderes ingleses a los que se les permitió volver a comerciar con los puertos del Imperio Habsburgo. Veintiséis años después, en 1630, se firmaría entre ambos países el Tratado de Madrid, en el que se relanzaba el acuerdo de paz de 1604. Y pese a las discordias en tiempos de Oliver Cromwell, de nuevo en las paces de 1660 se reanudaría la concordia, aunque jamás se recuperarían las plazas de Dunquerque o Jamaica.

        Estamos ante una obra excepcionalmente documentada, que desmonta con argumentos y datos concretos los mitos difundidos desde el mismo siglo XVI por la historiografía inglesa. Solo se le pueden objetar algunas cuestiones menores de poca importancia. Por ejemplo, en la pág. 151 se habla de la flota del Perú, nombre inapropiado porque no existía como tal, más allá de los Galeones de Tierra Firme, a los que probablemente se refiere el autor y en cuyo cometido estaba el transporte de la plata peruana. En relación a la bibliografía, aunque el libro se publicó en 2013, la mayoría de las referencias son anteriores a 2006, siendo apenas tres o cuatro las referencias posteriores a esta fecha. Da la impresión que el texto original se escribió años antes y que el autor se limitó a incorporar en los años posteriores alguna lectura esporádica. Para acabar solo resta destacar el valor de esta obra que, a mi juicio, es imprescindible para valorar objetivamente la casi legendaria batalla de la Invencible y sus consecuencias.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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