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Se muestran los artículos pertenecientes a Diciembre de 2016.

EL PASADO NO EXISTE. ENSAYO SOBRE LA HISTORIA

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SERNA, Justo: “El pasado no existe. Ensayo sobre la Historia”. Madrid, Punto de Vista Editores, 2016, 226 págs. I.S.B.N.: 9788415930334


           Justo Serna nos presenta un ensayo en el que trata de divulgar su idea del pasado, de la historia y del oficio de historiador. Empieza contextualizando su texto en el mundo actual, en una realidad en el que todo está en continua evolución y el bombardeo continuo de información nos ahoga, creando una sensación generalizada de zozobra. En este contexto, el historiador debería jugar un papel clave como indagador del pasado.

La historia no es una disciplina inútil, dedicada a rescatar curiosidades del pasado, como algunos han pretendido. Muy al contrario, tiene una importantísima función social. No en vano, la palabra historiador viene de la raíz “histor” que en griego significa “el que ve, el que sabe el que cuenta porque sabe”. La historia debe ser una maestra de vida, pues al analizar el pasado nos permite conocer sus errores y construir un presente y un futuro más justo. Y sin esa función transformadora del presente la historia no tiene ningún sentido.

Este pasado, como afirma Justo Serna, no existe, va progresivamente desapareciendo cuando van muriendo sus protagonistas. Sin embargo, nos quedan sus vestigios, más o menos abundantes, dependiendo de la época. Y como diría Lucien Febvre, esos materiales constituyen precisamente “el polen milenario” con el que los historiadores escriben la historia. Y eso es lo que hacemos exactamente, reconstruir ese pasado extinto a través de las fuentes que nos han quedado.

El problema es que cualquier persona no está cualificada para interpretar esos vestigios del pasado. Todos los documentos tienen algún sesgo, porque responden a alguna intencionalidad o a intereses particulares. También los recuerdos de las personas, están tamizados por su propia experiencia personal y por el carácter selectivo de la propia memoria. Como bien dice el profesor Serna todos tenemos pasado, y eso condiciona nuestros recuerdos. Lo cierto es que como ya escribió hace varias décadas Jacques Le Goff no hay documento inocente. Es por eso por lo que el historiador debe ser ese profesional cualificado que analice científicamente esos materiales. Unas fuentes que deben ser lo más amplias posibles, aunque debidamente cotejadas. Y es que no existe historia de calidad sin unas fuentes previamente calibradas y cuya veracidad y corrección hayan sido contrastadas. Pero para que los historiadores consigan hacer esa función social deben cumplir varios requisitos.

Primero, seguir unas normas deontológicas básicas. Fundamentalmente, afirma el autor, debemos evitar las explicaciones simplistas, la manipulación, el rencor personal, la fantasía y la mentira. La historia es una ciencia humanística y como tal tiene unos métodos de investigación y una terminología propia que solo el historiador conoce en profundidad. Como indica Justo Serna, el pensamiento del historiador debe ser “informado, analítico, contextual, hipotético, comprensivo y explicativo”.

Segundo, usar un lenguaje sencillo que les permita conectar con la sociedad. Muchos historiadores escriben solamente para sus colegas, con un lenguaje “obtuso”, no apto para el gran público. El autor distingue entre la historia de investigación y la de divulgación. La primera dirigida más a otros historiadores y la segunda encaminada a difundir esos saberes entre el gran público. Lo que ocurre a veces es que los historiadores se centran en la obra de investigación, abandonando la divulgación. Y ello ha traído como inconveniente que ese espacio de comunicación con la sociedad lo hayan ocupado otros profesionales, como periodistas, ensayistas, escritores o tertulianos. Algo que es una dejación de responsabilidad por parte de los historiadores. Por eso, el autor defiende, y además lo pone en práctica con su propio ejemplo, que los historiadores adoptemos un lenguaje sencillo que nos permita llegar a la sociedad y contribuir a formar opinión. Y yo debo añadir que para ello disponemos del mejor ejemplo a seguir, el de los historiadores anglosajones que son capaces de divulgar como nadie desde la investigación. Grandes maestros anglosajones como John Elliott, Henry Kamen, Hugh Thomas o Paul Preston practican lo que muchos llaman alta divulgación.

Tercero, reconstruir el pasado no nos puede llevar en ningún caso a tratar de predecir el futuro. Es cierto que los humanos se comportan de forma parecida desde hace miles de años pues, como señala el autor, somos menos originales de lo que creemos. Sin embargo, en el devenir histórico no solo influyen sujetos determinados sino que pueden confluir fuerzas sociales, reacciones, anticipaciones o revoluciones que alteran cualquier previsión predecible.

Y cuarto, luchar contra los mitos, escribiendo la verdad y no lo que los demás quieren oír. Como dijimos en líneas precedentes, el historiador debe conectar con la sociedad, aproximándose al pasado con honestidad y con un lenguaje sencillo, pero nunca alagándola con lo que ésta quiere escuchar. La historia, usando las mismas palabras que el autor, debe desmontar mitos, tópicos, estereotipos, esquemas, falsedades e inexactitudes. Es por eso que el analista puede ser un tipo fastidioso, porque destapa horrores y errores que molestan la conciencia de los lectores. Y para ello es importante preservar la independencia porque todos los regímenes, especialmente los nacionalistas, han financiado y patrocinado historias míticas para legitimar su Nación. Como dice el autor, especialmente durante los últimos dos siglos la historia ha servido para nacionalizarnos. Y concreta no solo el ejemplo del nacionalismo español sino también el valenciano, con el mito colectivo de la fundación del reino por Jaume I. Y todavía en la actualizad se tratan de evocar las gestas del pasado mediante las conmemoraciones, de las que el autor, con razón, desconfía.

           Ahora bien, que destapemos los horrores del pasado no significa que tengamos que pedir perdón por lo que otros hicieron hace cincuenta años, un siglo o cinco siglos. Como afirma Justo Serna, es tan indefendible como inaceptable que los descendientes de hoy tengan que rendir cuentas por lo que hicieron sus antepasados. Otra cosa muy diferente es que de alguna forma los descendientes nos veamos obligados, aunque sea de manera subconscientes, a cargar con las culpas de ese pasado.

           Se trata de un texto de ágil lectura y muy entretenido, aunque personalmente no me ha aportado gran cosa sobre el método histórico. Pero no porque no esté de acuerdo con él, sino al contrario, porque coincido en casi todo, y plantea una forma de hacer historia que yo también pongo en práctica desde hace muchos lustros. En resumidas cuentas, se trata de un libro bien escrito, muy ameno, y que plantea muchas ideas sensatas y bien fundamentadas de lo que debería ser el oficio de historiador. Un texto asequible y útil no solo para historiadores noveles sino para todas las personas interesadas en la historia.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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UN ERROR HISTÓRICO: LA IDENTIDAD DE ALONSO DE MENDOZA

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CARMONA CERRATO, Julio: “Un error histórico: la identidad de Alonso de Mendoza”. Don Benito, XV Premio de Investigación Santiago González, 2016, 389 págs.

           Su autor, paisano de su biografiado, nos aclara la identidad de Álvaro de Mendoza y de sus hijos que alcanzaron gran notoriedad en la América de los siglos XVI y XVII. De los más de 14.000 extremeños que hicieron las Américas hay varios cientos de ellos que están mal identificados. Empieza el autor desmontando la idea tradicional de que Alonso de Mendoza –que tiene una calle en Don Benito- fuese el fundador de la ciudad de La Paz. Como demuestra el autor, el fundador de esta urbe fue un zamorano del mismo nombre. Y es que la existencia de varios homónimos del mismo nombre ha favorecido la confusión.

           El dombenitense Alonso de Mendoza era en realidad un criollo, aunque eso sí, hijo del capitán Álvaro de Mendoza Carvajal. Este último nació en Don Benito en torno a 1504, pasando a América en 1534, en la expedición liderada por Rodrigo Durán. Una vez en llegado a las Indias, participó en numerosas campañas militares, a las órdenes de Pedro de Heredia y de Jorge Robledo en Popayán y Antioquía. Estuvo presente en la fundación de las ciudades de Anserma y Cartago. Obviamente, cuando se produjo el enfrentamiento entre Pedro de Heredia y Sebastián de Belalcázar se posicionó del lado de su pariente político Pedro de Heredia. De vuelta en Cartagena ostentó la alcaldía ordinaria del cabildo, al tiempo que era capitán y maestre de campo. Asimismo poseyó enjundiosas encomiendas, sobre todo desde 1550 en que obtuvo las de Pinchorroy y Chenú.

En 1555 se embarcó hacia la metrópolis en la accidentada flota del general Farfán que sufrió numerosos avatares y terminó naufragando. Pero Álvaro de Mendoza y su hermano Francisco de Carvajal sobrevivieron al percance y se presentaron en Valladolid, obteniendo numerosas mercedes de Felipe II.

En 1557 estaba de vuelta en Cartagena de Indias, siendo en ese momento gobernador Gonzalo Jiménez de Quesada. Un contratiempo pues ya no existía la protección de su pariente Pedro de Heredia y fue residenciado, siendo condenado primero y en absuelto en grado de apelación. En 1559 participó en la defensa de Cartagena ante el asalto de los corsarios galos Martín Cote y Jean de Beautemps. Poco después se reembarcó por segunda vez hacia España, estando de vuelta en Cartagena de Indias en 1560. En 1568, siendo maestre de campo de Cartagena, hizo frente al asalto de la ciudad por parte del corsario inglés John Hawkins. Y siendo ya un anciano, en 1586, vivió la dramática ocupación de la ciudad, por parte del corsario Francis Drake. El dombenitense sobrevivió al menos hasta 1598 aunque ya con más de 90 años de edad y prácticamente impedido.

Fruto de su matrimonio con Francisca de Heredia, sobrina del gobernador y fundador de la ciudad de Cartagena Pedro de Heredia, nacieron varios hijos: Alonso de Mendoza, Francisco de Carvajal y María de Mendoza. Estos perpetuarían su linaje en Cartagena de Indias.

           Cono conclusión, el libro detalla con minuciosidad las andanzas de Álvaro de Mendoza, al tiempo que aclara que su hijo, el criollo Alonso de Mendoza no fue el fundador de la ciudad de La Paz. El libro está muy bien documentado y el esfuerzo de su autor es digno de elogio. A mi juicio, el título de la obra debió ser otro; no Alonso de Mendoza, que ni fundó La Paz ni tan siquiera era extremeño, sino Álvaro de Mendoza. Éste dombenitense sí que tuvo una vida casi novelesca y digna de ser recordada. Habría que plantearse, quizás mantener por tradición histórica la calle de Alonso de Mendoza, pero urge colocar otra a Álvaro de Mendoza Carvajal, este sí, un dombenitense que sobrevivió a rebeliones, ataques corsarios y a tempestades.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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APUNTES PARA LA HISTORIA DE LA CIUDAD DE BADAJOZ, T. XI

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“Apuntes para la historia de la ciudad de Badajoz”, T. XI. Badajoz, Real Sociedad Económica de Amigos del País, 2016, ISBN: 978-8461765188, 211 Págs.

         Desde el año 2015, el coordinador de esta publicación, el Dr. Miguel Ángel Naranjo Sanguino, ha conseguido transformar una publicación poco útil, en una obra esperada por muchos interesados en la historia de Badajoz. El profesor Naranjo, Catedrático de Historia, se ha preocupado por homogeneizar la publicación, con trabajos que mantienen la misma línea en cuanto a aparato crítico y a extensión. Asimismo, se ha preocupado de recabar trabajos entre investigadores acreditados, de manera que los textos tienen todas las garantías y presentan aportes desconocidos.

         Dado que en 2016 se produjeron dos efemérides, el bicentenario de la Económica (1816-2016) y la renuncia del presidente de la institución desde 1989 a 2016, el profesor y pintor don Francisco Pedraja Muñoz, se dedican varios artículos a ambas cuestiones. Carmen Araya aborda la labor del presidente saliente, al tiempo que Zacarías Calzado analiza su extensa obra pictórica. Por su parte, Laura Marroquín Martínez, firma una crónica de los actos realizados por la Sociedad Económica en 2016, con motivo del citado bicentenario.

         Pedro Castellano Bote realiza un pormenorizado estudio de la casa del Cordón, actualmente sede del Arzobispado de Mérida-Badajoz, analizando pormenorizadamente la evolución del solar y la casa, los deslindes y sus sucesivos propietarios. El escudo que aparece, en el centro de la portada corresponde a su antiguo dueño Miguel de Andrade Alvarado, y puede fecharse en torno a 1775.

         Muy interesante es el trabajo del prof. Julián García Blanco sobre la cárcel pública de Badajoz, de la que se conservan referencias al menos desde 1495. Como ya intuíamos la situación del presidio fue casi siempre deplorable, debido a sus pésimas condiciones de salubridad y a la corrupción de los propios alcaides. Incluso, hubo años en los que no hubo alcaide por falta de dotación económica. Lo cierto es que, bien por negligencia o bien por prevaricación del responsable de la prisión, se produjeron innumerables fugas, en muchos casos de presos que estaban condenados a servir en galeras. En el siglo XIX la situación del recinto debió mejorar por lo que las fugas ya no se producían desde el interior de la cárcel sino en los traslados al hospital o a otra cárcel o durante las salidas para realizar trabajos para el municipio. La cárcel real –también llamada vieja-, fue demolida en los años treinta del siglo pasado.

         Muy peliagudo era el trabajo del cronista local Alberto González Rodríguez, sobre historiadores, archiveros y cronistas vinculados a Badajoz. Pero el autor completa este trabajo historiográfico con bastante solvencia y sin entrar en vanas polémicas. Hace un completo recorrido por todas las personas que desde hace siglos han realizado algún trabajo relacionado con la historia o con la documentación del municipio. Cita a cientos de autores modernos y contemporáneos y no se aprecian olvidos significativos ni entra en cuestiones polémicas de signo ideológico. Es un buen trabajo de síntesis historiográfica sobre Badajoz.

         Teodoro A. López, canónigo archivero del repositorio Diocesano analiza el archivo de la Catedral de Badajoz, con unos umbrales cronológicos que van desde el año 1255 hasta nuestros días. Se limita a describir los fondos lo que hace con solvencia ya que es la persona que mejor los conoce.

         Muy interesante es el estudio que presenta Álvaro Meléndez Teodoro sobre los cementerios de Badajoz, haciendo especial hincapié en el de San Juan. Un camposanto inaugurado en 1839 y que se mantiene en activo en nuestros días. Reivindica su consideración como espacio histórico para evitar la desaparición de lápidas antiguas y monumentos que constituyen verdaderas obras de arte desconocidas.

         Le sigue mi trabajo sobre los pacenses participantes en la conquista del Perú. En él destaco el origen badajocenses del famoso artillero de Cajamarca, Pedro de Candía. Asimismo, dedico varias páginas al enfrentamiento entre almagristas y pizarristas, que llevo a varios oriundos de la ciudad a luchar en bandos opuestos a varios miles de kilómetros de su ciudad natal.

         Y el volumen se cierra con un trabajo del Prof. Tomás Pérez Marín sobre el comercio en Badajoz en el Siglo de las Luces. Analiza los abastos de pan, carne, vino, aceite, etc., que salvo en el caso del pan se sacaba anualmente a subasta. Los precios variaban mucho en función a la oferta, es decir, a la abundancia o escasez de esos productos que dependía de la cosecha. Otros productos eran un estanco regio, como la sal, el tabaco o los naipes. Destaca especialmente el comercio transfronterizo con Portugal, una parte del cual era legal aunque también había mucho contrabando. Este comercio ilegal era mayor en tiempos de crisis, de guerras o de malas cosechas, pues la limitada oferta hacía que el precio de los productos se disparase y el contrabando resultase mucho más rentable.

         Para finalizar, destacar la calidad científica de los textos presentados en este volumen, lo cual obviamente hay que agradecer a los profesores participantes pero sobre todo al coordinador del volumen.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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