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EXTREMEÑOS CONDENADOS A GALERAS

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Carmona Gutiérrez, Jessica: Extremeños condenados a galeras. Delito y represión en tiempos de Felipe II. Badajoz, Diputación Provincial, 2015, 205 págs., I.S.B.N.: 978-84-7796-278-6

        Este libro se circunscribe al análisis de un grupo de ocho expedientes del Archivo General de Simancas, concretamente de la sección Cámara de Castilla, legajos 28 (Nº 1 y 2) y 29 (Nº 1 al 6). Después de la batalla de Lepanto, concretamente a finales de 1572, el monarca ordenó a las justicias de Castilla que señalasen el número de condenados que había en las cárceles públicas con la intención de incorporarlos como remeros en las galeras reales. Había un déficit crónico de estos efectivos lo que provocó que casi a cualquier delincuente, por pequeña que fuese la infracción cometida, se le enviase al menos dos años para servir de fuerza motriz de las embarcaciones del Mediterráneo. Un total de diecisiete municipios extremeños respondieron y en base a esas respuestas la autora confeccionó el presente libro. Cronológicamente se limita también a un período muy concreto, determinado por los umbrales cronológicos de esa misma documentación, el reinado de Felipe II. Pese a este encorsetamiento, el trabajo resulta de interés por el atractivo tema que aborda y por el serio análisis de los datos localizados.

        El tema tiene ya una larga trayectoria, pues disponemos de trabajos clásicos firmados por autores como José Luis de las Heras, Manuel Martínez o José Manuel Marchena. Sabíamos de lo ingrato que era el trabajo de galeote, tanto que la mayor parte de ellos eran condenados porque pocos estaban dispuestos a ir asalariados. De ahí que se hablase de remeros de buena boya –asalariados- frente a los de mala boya –forzados-aunque a todos se les llamase chusma. Un concepto que, como se aclara en el prólogo, no tenía las connotaciones despectivas que tiene en la actualidad.

        Las necesidades de forzados en las galeras provocaron que cualquier delito por nimio que fuese se condenase con la pena de entre dos y diez años de galeras. Un simple hurto se condenaba a seis años, mientras que el simple hecho de ser vagabundo se condenaba con cuatro o el ser jugador con seis. Un vagabundo era, según Castillo de Bovadilla, un holgazán y éste a su vez era un ladrón en tanto que mendigando vivía del sudor de la frente de las demás personas. El simple hecho de deshonrar a una doncella, prometiéndole falsamente matrimonio para tener acceso carnal con ella se condenaba con cinco o seis años de servicio en galeras. Pero por la misma razón, un delito grave, como el asesinato o el incesto, que normalmente se saldaba con la ejecución del infractor, también en estos momentos se conmutaba por el servicio en la boga.

        Asimismo, en la misma cédula de 1572 se incluía entre los candidatos a galeotes a los gitanos. Una minoría que fue criminalizada en tiempos del rey prudente, quien satisfacía con ellos las necesidades de galeotes al tiempo que reducía el problema del descontrol de estos grupos seminómadas. En cuanto a la edad de estos forzados se amplió la edad de servicio, pues en 1530 se estableció que los remeros debían tener al menos veinte años, y en 1566 se rebajó hasta los diecisiete, aunque desde los catorce podían trabajar en las galeras pero no en sus bancadas. Eso sí, la edad máxima se mantuvo en los cincuenta porque era un trabajo tan duro que difícilmente una persona que superase esa edad podía ser útil para la boga.

        Por lo demás, dedica un epígrafe a los moriscos, aduciendo un testimonio del corregidor de Trujillo en el que recomendaba su recluta para dicho fin. Sin embargo, la autora no consigue documentar ni un solo caso concreto por lo que no podemos saber si realmente fue una práctica más o menos habitual. En cambio, llama la atención que no aparezcan expósitos, pese a que hay documentación que indica que muchos de estos engrosaron las filas de la mendicidad en las grandes ciudades, acabando finalmente, junto a los demás vagabundos, encadenados al banco de una galera.

        El volumen se completa con un apéndice documental de casi cuarenta páginas y con un completo regesto de fuentes documentales y bibliográficas.

        Se trata de un libro de objetivos limitados, pues tan solo analiza unos documentos muy concretos del Archivo de Simancas. El contraste, mucho más laborioso, de este material con los documentos localizados en los archivos locales le hubiese proporcionado muchísima más información. Yo mismo he visto algunas cartas de en las que los dueños de esclavos condenaban al servicio en galeras de sus aherrojados más desobedientes. Pese a dichas limitaciones, el mérito de su autora es ofrecer bastantes ejemplos de extremeños condenados a galeras por dichos delitos. En resumidas cuentas, estamos ante un libro atractivo por su temática y que consigue aislar no pocos casos de extremeños que acabaron sus días en un medio tan diferente al suyo como era el banco de una galera.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LAS REDUCCIONES JESUÍTICAS DEL PARAGUAY

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DÍAZ RISCO, Juan: Las reducciones jesuíticas del Paraguay. Madrid, Éride Ediciones, 2014, 706 págs. I.S.B.N.: 978-84-16085-95-8

           El autor se declara autodidacta, un apasionado por la historia, que ha dedicado varios años de su vida a estudiar las reducciones del Paraguay, accediendo a los fondos documentales del Archivo jesuítico de Alcalá de Henares. Y su falta de formación académica se nota sobre todo en la forma heterodoxa de construir su relato: insertando en el mismo cuerpo del texto documentos que ilustran sus afirmaciones. Pero esta fórmula, tan poco usada en los medios universitarios donde preferimos los apéndices documentales y el abigarramiento de las notas a pie de página, lejos de ser una rémora, le proporciona una gran viveza a su relato. De hecho, consigue sumergir al lector en el fabuloso mundo de las reducciones guaraníes. Asimismo, dichos textos transmiten la sensación de que el autor sabe de lo que habla y que cada una de sus afirmaciones está perfectamente documentada. Y dado que va glosando los textos, uno puede saltarse perfectamente la lectura de los que crea prescindibles sin perder el hilo de la narración.

           El libro comienza con una introducción que arranca desde el Descubrimiento de América, mencionando el testamento de Isabel “La Católica” y la legislación posterior protectora del amerindio. Las Leyes de Burgos de 1512 y sobre todo las Leyes Nuevas de 1542 regularon el trabajo del nativo, tratando de impedir su esclavitud. Omite en dicha introducción los antecedentes reduccionistas, llevados a cabo en las Antillas Mayores, en Nueva España y en Perú. De especial importancia fueron las pioneras reducciones llevadas a cabo por los frailes Jerónimos, a partir de 1518, en la Española y de las que no se dice ni media palabra.

Las reducciones a pueblos tuvieron dos motivaciones distintas: una, la protección de los aborígenes del pernicioso contacto con los hispanos. Esta fue la idea que inspiró los experimentos antillanos, los proyectos de Vasco de Quiroga, del padre Las Casas y del Obispo Marroquín, así como las reducciones jesuíticas. Y otra, la de controlar laboralmente a una población que vivía excesivamente dispersa. A esta segunda motivación respondieron muy claramente las reducciones planteadas, por ejemplo, por el virrey Francisco de Toledo en el Perú. En la segunda mitad del siglo XVI muchos religiosos, como fray Gerónimo de Mendieta, denunciaron claramente las reducciones, alegando que servían para que explotar más intensivamente a los indios y de paso, para apropiarse de las tierras abandonadas que estos abandonaban. Pero, en uno u otro caso, las reducciones tuvieron unas consecuencias fatales para los amerindios. Provocaron la ruptura definitiva de sus estructuras prehispánicas así como de sus nichos ecológicos, desarraigándolos de la tierra y acentuando la virulencia de las epidemias. En líneas generales, las reducciones indígenas, pese a que en muchos casos, se llevaron a cabo de manera bienintencionada, provocaron más perjuicios que beneficios, sobre todo en lo relacionado con la difusión de las enfermedades.

El caso de las reducciones de guaraníes practicadas por los jesuitas en los siglos XVII y XVIII es singular porque afectaban a pueblos nómadas o seminómadas que fueron sedentarizados. El objetivo no era su aprovechamiento interesado de la mano de obra, como en otros lugares de América, sino preservarlos de las mortíferas encomiendas y de la perniciosa influencia de los españoles, y evangelizarlos. Visto desde hoy se puede considerar una práctica etnocida pues se trataba de que renunciasen a su forma de vida y a su cosmovisión para que adoptasen las costumbres y la forma de vida europea. Pero el fin era noble pues, como ya hemos dicho, su obsesión era protegerlos y evangelizarlos. Los religiosos estuvieron guiados por un amor al indígena, convirtiendo sus misiones en verdaderos refugios y en escuelas de cultura, civilización y religiosidad.

Todo empezó en 1607 cuando el gobernador de Paraguay, Hernandarias de Saavedra, auspició la creación de las misiones jesuitas, obteniendo un permiso regio. El 29 de diciembre de 1609 el padre Marciel de Lorenzana fundaba la primera misión, la de San Ignacio Guazú. Después vendrían otras fundaciones, como las de Nuestra Señora de Loreto, San Ignacio Miní, Santo Tomé o la Concepción. Poco antes de la expulsión, en 1768, los pueblos administrados por los jesuitas eran un total de treinta y dos.

En estos pueblos, los seguidores de San Ignacio de Loyola, crearon un sistema político, económico y social pionero. Una forma de autogobierno y autoadministración indígena, formado por comunas libres de trabajadores. Los integrantes de las reducciones fueron eximidos de la encomienda, evitando los servicios personales a los españoles en condiciones de semiesclavitud que padecían otros naturales. Cada familia tenía su chacra o parcela privada, pero la producción se guardaba en graneros para su uso colectivo. No había diferenciación social, ni discriminación sexista. Las mujeres que quedaban solas, se les permitía ingresar en una “casa de viudas” que había en cada pueblo, en la que practicaban trabajos artesanales y eran sostenidas por la comunidad. Los religiosos educaban a los niños desde pequeños, tratando de desarrollar la habilidad que cada uno tenía. Unos se convertían en artesanos, otros en agricultores, ganaderos, músicos, artistas o escribanos. Llama la atención la variedad de productos que se fabricaban en las misiones, algunos de los cuales requieren un alto grado de especialización, como la producción de objetos de acero o la fundición de campanas. Los excedentes se exportaban a través de pequeños navíos y canoas que ellos mismos fabricaban.

Los jesuitas usaron el arte y la música para acercar a las personas a Dios. Las construcciones de iglesias en las misiones fueron llevadas a cabo por jesuitas y por albañiles y canteros guaraníes, y los restos que se conservan son ejemplo de la grandeza que alcanzaron. En cuanto a la música, tuvieron un especial talento, tocando una gran variedad de instrumentos, especialmente la flauta de caña y el arpa

Desgraciadamente, este mundo casi ideal, este oasis de paz y de buena convivencia se convirtió pronto en el punto de mira de las ambiciones de españoles y portugueses. Los bandeirantes paulistas formaron verdaderos ejércitos que atacaban las misiones para reclutar mano de obra barata para las plantaciones brasileñas. Los jesuitas armaron a los guaraníes para defenderse de estos asaltantes, y tuvieron éxito, sobre todo en la famosa batalla de Mbororé en 1641 o en las campañas de 1725 y 1735. Sin embargo, en 1750, el Tratado de límites de Madrid, dejó la zona en manos de los portugueses, y el acoso de los paulistas no tuvo ya ningún tipo de cortapisas. El experimento tocaría a su fin con el decreto de expulsión de los jesuitas de 1768. Después de la salida de los sesenta y ocho jesuitas que administraban las treinta y dos misiones, la mayoría fueron abandonadas y los naturales volvieron a la selva. Las que sobrevivieron permanecieron en manos de franciscanos o de administradores laicos pero a la postre terminaron también destruidas. Y ello por los abusos de los hacendados y los continuos asaltos de criollos españoles y portugueses que robaban sus ganados, su grano y sus plantaciones de yerba mate. Las últimas misiones desaparecieron en el siglo XIX por orden directa de los nuevos gobiernos independientes, como el de José Gaspar de Francia o Carlos Antonio López. Acababa así un proyecto pionero, humanitario y a la vez revolucionario en el que tomaron parte entre 1608 y 1768 unos mil quinientos jesuitas.

           Las reducciones del Paraguay fueron ensalzadas ya por ilustrados como Voltaire, quien escribió que encarnaban “el triunfo de la humanidad”. Y es que, independientemente de que se pueda criticar el carácter etnocida de este proyecto aculturador, habrá que reconocer la grandiosidad de una empresa que consideró a los guaraníes como seres humanos, con el mismo trato y consideración que los europeos. Eso fue todo un hito, teniendo en cuenta que las poblaciones indígenas todavía son discriminadas en gran parte de América, en pleno siglo XXI. Realmente, para mí representa una luz en la alargada sombra de la historia. Pequeñas luces de humanidad que quedaron en el camino porque la ambición de los poderosos no puede permitir este tipo de utopías que, de generalizarse, mermarían su poder. Pero el éxito durante más de un siglo de estas misiones comunales demuestra que son posibles otras formas de organización alternativas, libres de la competencia, del consumismo, de la avaricia, de la ambición y de la sinrazón que padecemos en el mundo actual.

           Finalmente, solo me resta dar la enhorabuena al autor por esta monumental obra, que es desde ya de referencia obligada para todo aquel que desee adentrarse en este apasionante mundo de las reducciones jesuíticas del Paraguay. Su lectura me ha deleitado y además me ha recordado que existen pequeñas luces en el pasado sobre las que debemos poner el acento para tratar de construir un presente y un futuro más justo.



ESTEBAN MIRA CABALLOS

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LA PATRIA DEL CRIOLLO

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MARTÍNEZ PELÁEZ, Severo: La patria del criollo. Ensayo de interpretación de la realidad colonial guatemalteca. México, Fondo de Cultura Económica, 1998, 543 págs. I.S.B.N.: 968-16-5160-X

           Esta obra fue editada por la Universidad de San Carlos de Guatemala en 1970 y reeditada en México en 1998, poco después del fallecimiento del autor. Lo que quiero decir con ello es que, aunque yo lo haya leído y conocido ahora, estamos ante un trabajo clásico que se acerca al medio siglo de vida.

           Se trata de un trabajo ambicioso y denso, con más de medio millar de páginas apretadas, en el que se analiza la sociedad guatemalteca desde la formación de la colonia hasta el siglo XX. Es mucho más que un estudio del criollismo, aunque le dedique a éste una especial atención. En cuanto a las fuentes, aunque utiliza una gran variedad, gran parte de la información procede del análisis detallado de la obra “Recordación florida” del cronista guatemalteco del seiscientos Francisco Antonio de Fuentes y Guzmán. Un criollo que escribe a favor y en defensa de su clase, pero que aporta datos esenciales para el conocimiento de la sociedad colonial guatemalteca.

           Tras la conquista, la sociedad quedó configurada claramente en vencedores y vencidos. Los primeros eran los blancos y los segundos los indios; sin embargo esta simple estructura social se fue haciendo progresivamente más compleja con el paso de los años. Entre los blancos se fueron configurando dos clases sociales con intereses opuestos: los españoles peninsulares, y los criollos, descendientes de los primeros conquistadores y pobladores. Además aparecieron otros grupos sociales, como las clases medias urbanas, los esclavos negros y las castas, mestizos, mulatos y zambos, con circunstancias sociales e intereses muy variados.

           La Corona recompensó los esfuerzos de sus conquistadores, otorgándoles mercedes, es decir, tierras y encomiendas. Esta última constituyó en la praxis una forma encubierta de esclavitud, pues permitió a los encomenderos apropiarse de la fuerza productiva de los indios. Todos los indios en edades comprendidas entre los 16 y los 60 años debían prestar servicio a cambio de un real diario que, además de ser una cantidad ínfima, ni siquiera se le abonaba en la práctica. Pero estas concesiones fue un sistema hábil que le permitió a la monarquía ganar un imperio sin apenas ocasionarle gastos. Sin embargo, no tardó en aparecer la contradicción del sistema, es decir, los intereses contrapuestos entre los primeros pobladores y sus descendientes –criollos- y los peninsulares –llamados gachupines- que defendían los intereses de la Corona. Ese enfrentamiento se fue haciendo progresivamente más agrio y a largo plazo terminó desembocando en la Independencia. La clase criolla se autoafirmó justificando primero el sometimiento de los vencidos en su propio beneficio y en su defensa frente a los peninsulares que pretendían limitarles y recortarles su poder. Ellos se convirtieron en los verdaderos explotadores de la población indígena, mientras que los administradores llegados desde España adoptaron el papel, también interesado, de defensores de los indígenas. La pugna entre españoles peninsulares y españoles americanos, apareció poco después de la primera conquista. En toda la América Colonial hubo una virulenta enemistad que en algunos casos extremos, como el Perú, llegó a provocar una guerra civil. Los criollos admiraban a los conquistadores y su hazaña, pues era una forma de reivindicar sus merecimientos y derechos, frente a los peninsulares a los que veían como advenedizos. En cambio, estos últimos defendían los intereses reales y por tanto, tendían a proteger a los vasallos y tributarios del rey, es decir, a los indios. Además, su altivez y engreimiento provocaba la ira de los criollos, que se sentían discriminados socialmente y políticamente, pues no podían acceder a los altos cargos de la administración colonial.

Para los criollos un indio era un trabajador al que explotar en su propio beneficio, mientras que para los peninsulares eran tributarios del rey a los que había que preservar. En ese sentido fueron expedidas las Leyes Nuevas de 1542, pues pretendió sin éxito sacar a los indios de las manos de los conquistadores y convertirlos en tributarios de la Corona. En Guatemala fue el presidente de la audiencia, Alonso López de Cerrato, el encargado de aplicar las leyes de 1542, algo que hizo con eficiencia, pese a la indignación de los criollos. Pero digo que a la postre no hubo éxito porque los criollos se las apañaron para perpetuar las encomiendas y para obtener mano de obra gratuita para sus haciendas. Al final se prorrogaron las encomiendas para los descendientes hasta en cuarta y en quinta generación, y se disimularon los excesos a cambio de contribuciones extraordinarias la Corona. Los encomenderos compraron tierras, alrededor de sus encomiendas para usar a los nativos en ellas. El negocio era redondo, mano de obra gratis para sus haciendas, por lo que los criollos se convirtieron en una clase explotadora y parasitaria, pues vivía sin trabajar. Por eso, afirma con razón el Prof. Severo Martínez que la patria del criollo no era en absoluto la patria del indio.

           La nación india fue siempre vapuleada, sometida, esclavizada y pauperizada, primero por los conquistadores y luego por los criollos. Fueron reducidos a pueblos, después de 1542, para favorecer su protección frente a los encomenderos. Ellos, acostumbrados a una forma de vida más dispersa, no lo vieron con buenos ojos pero lo prefirieron a seguir en la esclavitud al lado de los criollos. En general, los indios rehusaban trabajar a cambio de nada y tendían a escaparse a los montes fuera del alcance de sus dominadores. Por eso, los cronistas criollos hablan de la holgazanería de aquellos, que no era tal, sino una mera resistencia legítima a la esclavitud. Ellos veían que su esfuerzo era en balde, por eso mostraban el desgano por el trabajo, siendo preciso obligarlos con amenazas y azotes. Existía la necesidad de someterlos mediante el terror y el castigo permanente para evitar que levantasen la cabeza. Unos castigos que podían recibir tanto de la élite o de sus corregidores como de los propios caciques que colaboraban con los blancos en su sistema de explotación.

También los esclavos negros, formaban otro grupo social dominado, en una situación casi tan mala como la de los indios. A diferencia de otras zonas americanas, como las Grandes Antillas, los esclavos de color nunca fueron un grupo numeroso ya que el grueso del trabajo en las haciendas recayó sobre el trabajo servil de los indios y mestizos.

           Entre la minoría dominante –peninsular y criolla- y la mayoría oprimida – indios y esclavos africanos- surgieron un amplio conglomerado social de capas medias o media alta, como los artesanos, los mestizos o los grupos medios urbanos y rurales. Los intereses de estos grupos no coincidían ni con los de los criollos ni con los de los peninsulares. De hecho, en el siglo XIX trataron de hacer su revolución de independencia propia, como la encabezada por el cura mestizo José María Morelos. Sin embargo, estos intentos independentistas fueron contrarrestados por la represión de los propios criollos que querían hacer una independencia a su medida. Y lo lograron, de forma que este grupo social se consiguió perpetuar en el poder hasta nuestros días.

           Sorprende la ecuanimidad del autor, cuando culpa de buena parte de los males de su país a la perpetuación de las estructuras coloniales por parte de la élite local. El culpable de la situación actual –afirma- no es España ni los españoles sino la élite guatemalteca que ha perpetuado sus intereses de clase y sigue tratando a los indios y a las castas como sus subordinados. La revolución de las estructuras coloniales no se ha producido aún y la mayoría social está sometida a la élite terrateniente dominante. La Independencia la hicieron los criollos no para acabar con la estructura social colonial sino al contrario, para perpetuarla y beneficiarse de ella sin tener que rendir cuentas a las autoridades españolas. La Ley de la Vagancia, aprobada en 1934, que permitía condenar a trabajos forzados a aquellos indígenas que no hubiesen cumplido cien jornales al año en las fincas de los terratenientes supuso la culminación de la explotación servil de la población indígena.

Asimismo, defiende que lo indio es una creación del periodo colonial. Por ello, es absurdo tratar de preservarlos en su atraso primigenio como si fuesen piezas de museo o especímenes para el trabajo antropológico. Deben evolucionar y sumarse a la sociedad del bienestar; su redención debe venir de la mano de la lucha obrera, que no distingue entre etnias sino entre explotadores y explotados. Una opinión discutible pero en cualquier caso valiente, pues defiende el indigenismo frente al indianismo, al tiempo que señala como culpables a la propia élite guatemalteca.

           Para finalizar, decir que se trata de un trabajo de referencia para el estudio del pasado y del presente de América Latina y, en particular, de Guatemala. Una obra muy bien razonada que destapa las mentiras de la historiografía oficial guatemalteca que ha tratado de buscar culpables externos cuando, en realidad, los tenía mucho más cerca, dentro de sus propias fronteras nacionales.

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

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