20160305192416-003.jpg

COARASA, Ricardo: “Hernán Cortés. Los pasos borrados”. Madrid, Espejo de Tinta, 2007, ISBN: 978-84-96280-99-1, 221 págs.

 

            La lectura de este libro no me ha decepcionado, precisamente porque no aspira a ser lo que no es; no se trata de una biografía de Hernán Cortés, sino de un relato minucioso del viaje que el autor hizo a México, en compañía de su esposa, buscando especialmente los lugares cortesianos. El autor aprovecha la visita de cada ciudad o monumento para recrear históricamente los hechos protagonizados por el conquistador y sus huestes.

          El subtítulo de la obra tampoco es azaroso, “los pasos borrados”, porque refleja bien, una idea que resalta el autor una y otra vez, que la huella de Cortés está escondida, camuflada, por lo que hay que ir preguntando e indagando para encontrarla. Ni una sola estatua en México D.F.,  ni una sola placa conmemorativa, y para colmo sus restos casi ocultos en un solitario rincón de la capilla del antiguo hospital de Jesús Nazareno fundado por él mismo. Los mexicanos aún no se han reconciliado con su pasado, no han asumido que son una nación mestiza fruto de la irrupción de los hispanos y de su mezcla racial y cultural con los distintos pueblos que poblaban Nueva España. Y precisamente, un escritor mexicano lo ha expresado mejor que nadie cuando en su biografía sobre el conquistador le colocó el subtítulo del inventor de México.

          Empieza su recorrido por México, D.F. visitando la Catedral, la Plaza de las Tres Culturas –antiguo mercado de Tlatelolco-, el santuario de Guadalupe y el hospital de Jesús, donde se encuentra enterrado el conquistador. El autor llama la atención sobre este sobrio mausoleo, empotrado en la nave central de la capilla hospitalaria, en el número 82 de la avenida 20 de Noviembre, en el Zócalo del Distrito Federal. No tiene más inscripción que el escudo de armas del marqués del Valle de Oaxaca y la aséptica inscripción “Hernán Cortés, 1485-1547”. Señala el autor que todos los forjadores de la patria mexicana tienen su sitio, sus estatuas, sus plazas o sus placas conmemorativas, incluido el general Santa Anna que perdió 2,4 millones de km2 a costa de los yanquis, excepto Hernán Cortés. El santuario de Guadalupe se ubica donde se apareció la Virgen a Juan Diego, otra víctima del malinchismo, según Ricardo Coarasa, porque de alguna forma se le sitúa entre los traidores, al colaborar con los extranjeros. Por cierto, menciona la visita a Culiacán, zona donde residió Cortés y que hoy está integrada en la propia capital federal.

          Pero la obra no se limita solo a narrar los sitios cortesianos, también se alude a otros aspectos festivos, gastronómicos o folclóricos. Menciona la costumbre de los vendedores ambulantes de ofrecerte un trago de pulque o tequila, al tiempo que tratan de vender sus botellas. El pulque es una bebida de origen prehispánico, que se obtiene de la fermentación del jugo de maguey. A diferencia del tequila, tiene una graduación muy baja, similar a la cerveza. También señala el gusto de los mexicanos por las parrilladas de insectos, algo también tradicional, pues los mexicas tenían fama de comerse todo lo que se moviese. También refiere la presencia a veces pesada de mariachis o de danzantes con taparrabos que tratan de reproducir, con escaso mérito, las supuestas danzas de los mexicas a sus antiguas divinidades. 

          La visita a Teotihuacán, impresionó al autor por las dimensiones de la pirámide que evidencia la gran civilización que en su día albergó. Tlaxcala, la ciudad aliada de Cortés fue otra de las paradas obligadas, así como las ciudades de Xalapa y la Antigua Villa Rica de Veracruz, la primera fundación en Nueva España. También visitó Cholula, aquella villa ceremonial en la que el metellinense protagonizó la brutal matanza de caciques. Afirma Coarasa, que actualmente está poblada de iglesias y capillas católicas, lo que la sitúa como el paradigma de la mutación cultural, religiosa y social que sufrió el mundo mexica tras la llegada de los españoles. Y cómo no, estuvo en Cuernavaca, donde Cortés ubicó su residencia de manera definitiva, aunque solo vivió en él unos cinco años, a diferencia de su segunda esposa Juana de Arellano y Zúñiga que permaneció allí casi dos décadas. La ciudad de Taxco, a 160 km de la capital, aunque no estuvo vinculada a Cortés, muestra palacios y templos barrocos muy suntuosos, acordes con su apogeo como centro minero en los siglos XVII y XVIII. Tampoco faltaron visitas a zonas arqueológicas como Cacaxtla, Tajín, Cempoala o visitas a zonas naturales como la laguna de Catemaco.

          El libro ofrece muchos más detalles de los sitios cortesianos y de la idiosincrasia de los mexicanos. Se trata de un buen relato, cuya lectura recomiendo para aquellos que tengan pensado visitar México, y en particular, las ciudades, villas y lugares por donde anduvo el metellinense. Asimismo, las valoraciones y juicios del autor son sorprendentemente comedidos, alejados tanto de la habitual leyenda negra como de la rosa.

 

 

ESTEBAN MIRA CABALLOS

Etiquetas: , , , , , , , ,